Canción de tumba

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 18 de agosto de 2012

ECanción de tumbal escritor mexicano Julián Herbert -mayormente poeta, hasta ahora, que en narrativa sólo había publicado un volumen de cuentos- ha escrito una de las novelas más sorprendentes y admirables de la época reciente, Canción de tumba, donde el protagonista se llama Julián Herbert y tiene un indudable contenido biográfico, aunque sea novela y ficción pura por el modo de organizar el relato y el impecable estilo. Del hilo que conduce la larga agonía de su madre en el Hospital Universitario de Saltillo, el hijo la muestra en toda su grandeza y su miseria, con un cariño atravesado en la garganta y esculpido a punta de decepciones por lado y lado. En esas noches, largas noches de vela y atención al dolor de su madre, a las agujas que la alimentan y medican, a sus excrementos y a su orina, el escritor teje la trama de la vida de ella, de la suya y del país donde nacieron, estremecido por la violencia y el latido de los disparos de las Kalashnikov. “Cada vez que uno redacta en presente está generando una ficción, una voluntaria suspensión de la incredulidad gramatical. Por eso este libro (si es que esto llega a ser un libro, si es que mi madre sobrevive o muere en algún pliegue sintáctico que restaure el sentido de mis divagaciones) se encontrará eventualmente en las librerías archivado de canto en el más empolvado estante de «novela»”.

Esa autoconciencia del narrador es uno de los tantos atractivos de este libro; una ficción que se construye en el camino, que lleva al lector a vivir un presente desde donde se rearticula no sólo una vida, sino también el sentido de escribir. En eso Herbert marca una pauta que nuevamente conduce a la narrativa del norte de México, por más que esa etiqueta sea insuficiente para abarcar el fenómeno. Yuri Herrera, Carlos Velázquez y Herbert están escribiendo la ficción más renovadora e interesante del momento. Y esta novela-documento, esta dolida biografía de una prostituta que huía de las palabras soeces y tenía extraños aires aristocráticos siendo india de pura cepa, es una de aquellas creaciones que estremecen y revelan mucho más, quizá, de lo que fue su intención inicial, conjurar los propios fantasmas y arreglar cuentas con el tumultuoso pasado del autor-narrador. Herbert logra, cosa rara ya en estos tiempos, redibujar el arte de la novela en una extraordinaria clave que descifra, otra vez, la violencia y el desamparo que sacuden tantos rincones de América Latina.

Julián Herbert. Mondadori, Barcelona, 2012. 206 páginas. 

Anuncios

Tratado sobre la infidelidad

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 21 de noviembre de 2015

tratado-393x600Tras leer esta colección de relatos, se entiende que los autores -los mexicanos León Plascencia Ñol y Julián Herbert- no se refieren a la infidelidad en su sentido clásico, aquel del triángulo amoroso, y tampoco a las escapadas ocasionales fuera del marco de la pareja. Se trata de una cuestión mucho más de fondo. Quizá de ahí viene el título, curiosa elección para un conjunto de cuentos cuyo hilo conductor no es tanto la infidelidad como el deseo y los modos en que este se proyecta, se desplaza, se pervierte, se desdobla o se frustra. “No hay deseo más puro que el no correspondido”, dice una de las más felices frases del libro. Puede desprenderse de ahí una pauta de lectura: en el más extenso y uno de los mejor logrados, “Tokyo big diary”, el intenso erotismo de la relación de Fuzzaro -personaje que protagoniza varios relatos- con su amante japonesa no es otra cosa que una operación de olvido, una suerte de terapia donde el deseo por Shino se enciende y se multiplica para borrar, para abolir, para olvidar el deseo por Nita. En otro cuento, el protagonista muere; pero muere lo que él es en ese momento, el hombre que ama a una artista conceptual madura y atractiva, y lo mata él mismo, para volver a sus juergas con las jóvenes actrices que su trabajo de guionista le pone a la mano. La infidelidad puede ser, así, una forma mucho más sutil y profunda de traición. No se trata del mero acto físico, sino de una operación compleja y premeditada que hunde a ambos en el mismo abismo de dolor y desgarro.

Eso sí, Plascencia y Herbert no pierden el sentido del humor. Negro, por fuerza, para estar a la altura de las circunstancias. Cuando se enfrentan en serio asuntos tan serios como el deseo y la infidelidad, no queda más que asomarse a aspectos sumamente sórdidos de los seres humanos, extrañas maneras -a veces extrañísimas- que las parejas descubren para mantener ya no viva, sino apenas posible, una relación; y el humor y la distancia alivianan el amargo trago. En ese sentido, el cuento “Palabras mucho más cortas que un sentimiento abatido” es ejemplar. Aunque en más de alguna oportunidad se les arranca una frase hecha o un epigrama sin mayor sustancia, impresiona cómo los autores lograron dar coherencia, claridad y estilo a una propuesta narrativa con ese sello hasta melancólico de lo irrepetible. El último cuento, “Una horda de locos”, es, precisamente, un ejercicio de estilo sobre una vieja fotografía.

León Plascencia Ñol y Julián Herbert. Montacerdos, Santiago, 2015. 120 páginas.

La pasión y la condena

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 29 de noviembre de 2014

pasión y condena - villoroEl título apunta a la desmesura y a la desgracia, cuanto menos; sin embargo, como empieza a aclararlo el subtítulo, “Viaje en torno a una mesa de trabajo”, se trata, en realidad, de un luminoso y ameno ensayo sobre la escritura. Juan Villoro inauguró el festival Puerto de Ideas en 2013 con la lectura de esta conferencia, que aborda desde la materialidad que rodea el ejercicio de la creación literaria -la mesa, los objetos que la cubren parcialmente, el entorno- hasta lo que significa la vocación de escritor en otras dimensiones. Escribir como un trabajo. Escribir como una condena. La escritura como sufrimiento y como placer, o en qué momento y por qué oscila de un polo a otro.

Apoyado en abundantes referencias literarias, Villoro va desenredando la madeja con su habitual solvencia; el escritor mexicano cultiva el ensayo con un estilo diáfano y cercano, lo que se advierte aún más en el cuidado de la escritura en un texto destinado en primer lugar a la lectura en voz alta, que trabaja también con recursos retóricos como la paradoja y el chiste, entre otros, para que no solo corra con fluidez, sino igualmente con quiebres que rompan toda posible monotonía. En una palabra, es una conferencia escrita con empatía, pensando en quienes la van a escuchar, y que, una vez transformada en texto impreso, no pierde nada de su frescura y de su fluidez.

Aparte de, por cierto, su certero modo de iluminar un oficio, digamos, una vocación, una elección creativa, que implica casi siempre soledad (aunque hay casos notables de escritura compartida, como los textos a dúo de Borges y Bioy Casares) y ensimismamiento, así como -estamos hablando de escritores de verdad, no de meros entretenedores- una fuerte carga de angustia, sufrimiento y agobio. Villoro, en este aspecto, cita a Vila-Matas y su novela sobre los escritores que abandonaron la tarea, a Fresán y sus reflexiones sobre lo liberador que debe ser dejar la escritura, a Walser y la búsqueda de una medianía silenciosa que lo rescatara del abismo, a Warburg y su redención de la locura a través del camino inverso, el de escribir. Este último caso es quizá el más revelador, por lo singular y extremo: el historiador y teórico del arte escribe una ponencia para demostrar su sanidad mental, pero el discurso que construye es un método curativo en sí mismo, una manera de establecer cómo inscribir el pensamiento mágico en el orden racional y así conciliar los fantasmas interiores con las reglas del mundo.

Juan Villoro. Editorial UV de la Universidad de Valparaíso, Valparaíso, 2014. 54 páginas.

Tela de sevoya

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 22 de noviembre de 2014

sevoyaEs un libro tan inclasificable como extraño es el título, escrito en ladino, la lengua de los sefardíes expulsados de España a fines del siglo XV. Una lengua que se resiste a morir, aunque casi nadie la hable ya en la chiquez (la infancia), y que es el hilo que sigue la autora, Myriam Moscona, mexicana, descendiente de sefardíes radicados en Bulgaria y emigrados a México en la década de los 40 del siglo pasado. El hilo la lleva a la abuela Victoria, una mujer amargada y rencorosa que, sin embargo, tuvo para ella una importancia fundamental por hablarle siempre en ladino, porque quienes hablan el castellano en México “no saben decir las kosas kon su muzika de orijín”. También la lleva, a los 50 años, a Bulgaria, un encuentro tardío con la cuna de las tradiciones que alimentaron su infancia y que le significa un sorpresivo encuentro con una amplísima colección de refranes sefardíes.

Uno de ellos es el origen del título: “El meoyo del ombre es tela de sevoya”, que la autora traduce como “La fragilidad humana es como tela de cebolla”. Y capa tras capa, a través de breves capítulos agrupados en seis secciones, Moscona desnuda la cebolla del ladino, de los sefardíes, de su vida familiar, de la sabiduría popular acumulada en el refranero, de la aventura de un pueblo que echó raíces en distintos lugares y que mantenía, a pesar de todo, una lengua común, un regreso a la infancia de la lengua que hablamos, de una viveza y colorido envidiables, que sostiene la estructura de un libro atípico que hace gala de libertad, de frescura y de una originalidad ajena a toda fórmula. Si en “Kantikas” y “La cuarta pared” hay poemas en ladino, cartas y diarios, en “Molino de viento” hay sueños, cuentos, fantasías, que podrían ser algo así como el reverso de “Diario de viaje” -el relato de su encuentro con Bulgaria- y de “Distancia de foco”, que agrupa los recuerdos de su infancia y de su familia, como la historia del tío Milcho, compañero de colegio de Elías Canetti, perdido de la memoria hasta que escucha en la televisión que su antiguo amigo ha recibido el Premio Nobel de Literatura. La vertiente creativa y misteriosa es tan estimulante como la biográfica; entre ambas, “Pisapapeles” aborda el ladino desde una perspectiva más ensayística, aunque esos papeles que se resisten a volar estén también en sus sueños, en sus recuerdos, en la presencia de esa abuela tiránica que ni en la hora de su muerte abrió camino al perdón.

Myriam Moscona. Acantilado, Barcelona, 2014. 280 páginas.

Salón de belleza

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 22 de febrero de 2014

Salón de bellezaLa historia editorial de este libro ya es larga. Fue publicado por primera veza en Lima, en 1994; luego, en Tusquets México, en 1999; la misma editorial lo lanzó en España en 2005. Ninguna de esas ediciones está disponible hoy en Chile, de manera que es muy bienvenido este rescate de Cuneta. Es que se trata de una de sus novelas más importantes -ha escrito más de veinte- porque muestra con claridad el modo en que el autor desarrolla sus ficciones e incluye sus temas preferentes: la enfermedad, la sensación de amenaza, el mundo que se enrarece, la decadencia, la ambigüedad sexual. Un antiguo salón de belleza atendía sobre todo a clientas bajo cuyos “cutis gastados era visible una larga agonía que se vestía de una especie de esperanza en cada una de las visitas”. Era atendido por travestis, que algunas tardes ponían ropa femenina en sus maletines, partían al centro de la ciudad, se cambiaban en algún lugar discreto y salían a explorar la noche. Sin embargo, una extraña enfermedad comienza a causar estragos en la población y el último sobreviviente de los peluqueros, aficionado también a mantener acuarios y criar en ellos a peces raros, y movido quién sabe por qué impulso, transforma gradualmente el salón de belleza en el Moridero, un lugar donde van a parar los enfermos ya incurables (“aparte del Moridero, la única alternativa sería perecer en la calle”). La narración no es lineal; los recuerdos del salón de belleza, de las andanzas nocturnas y de la crianza de peces (el capítulo sobre los ajolotes, o axolotl, es uno de los más memorables, quizá por la enorme carga simbólica que ese animal ha alcanzado en América Latina: la “ferocidad de sus costumbres” parece hermanarse extrañamente con la violencia que asola buena parte de la región) se alternan con las escenas del Moridero, ya un espacio nauseabundo donde el olor a agua estancada de la única pecera sobreviviente parece lo único que aporta al lugar algo de frescura. Poco a poco, la enfermedad se toma los espacios y las reflexiones del protagonista alcanzan puntos más extremos y más extraños, donde resalta la frialdad de la mirada sobre la muerte y los asuntos prácticos que conlleva en un lugar como el Moridero. No hay frivolidad, sino una manera muy seria de considerar el asunto más importante de la existencia humana: su término.

Mario Bellatín. Cuneta, Santiago, 2013. 83 páginas.

La transmigración de los cuerpos

Reseña publicada en Babelia, suplemento cultural del diario El país, 9 de febrero de 2013.

En una ciudad sin nombre, asediada por una epidemia que poco a pocoScan10030 encierra a la gente en sus casas y libra las calles a los desesperados, a los militares, a los que deben salir quizá porque tampoco tienen esperanzas, transcurre la tercera novela del escritor mexicano Yuri Herrera. El protagonista de La transmigración de los cuerpos es el Alfaqueque, un tipo tan anodino que asume, respecto de sí mismo, que “las cosas entendían pronto que su vida era como la parada de un camión, útil momentáneamente, pero donde nadie se quedaría a vivir”. Lo curioso es que esa dolorida conciencia acerca de sí mismo y  sobre lo dura y triste que es la existencia (“se repitió lo que tantas veces en circunstancias distintas se había dicho: todo lo bueno es un pedazo de algo horrible”), lo convierte en un personaje entrañable, que gana en humanidad y calor mientras más se adentra el
relato en una cruel historia en medio de las calles vacías por el miedo. La concisión característica del estilo de Herrera da acá un paso adelante, con una capacidad expresiva que impresiona más por la contención que por el exceso, más por el exigente rigor en la expresión que por el adjetivo fácil.

El Alfaqueque tiene también –a su manera- el don de la palabra. De oscuro tinterillo pasó, gracias a ese talento, a convertirse en un negociante. “Muchas veces la gente estaba esperando que alguien viniera a bajarle la bilis y a ofrecerle una manera de salirse de la pelea; y para eso es que servía ajustar el verbo. El verbo es ergonómico, decía, Sólo hay que saber calzarlo con cada persona”. Acompañado por el Ñárdertal -un personaje que parece, pero sólo parece, que quisiera que lo maten pronto- y por la Vicky -enfermera que sobre todo verifica la dignidad de los cadáveres que circulan cerca del protagonista-, el Alfaqueque se ve atrapado en una sombría historia de enfrentamientos familiares. Él pone el verbo por un lado y el Menonita, otro especialista en deshacer conflictos, por el otro; y en cada una de las puntas de la madeja hay un muerto. La novela tiene una estructura vagamente policial; el Alfaqueque recuerda al clásico detective de la novela negra cuando va desentrañando el hilo oculto de una trama que se adentra cada vez más en antiguos rencores y cuentas por cobrar, pero no tiene afán justiciero alguno. Quiere la verdad sólo en la medida en que le sirva para evitar más cadáveres cerca suyo y ello porque ese es su trabajo, no por algún imperativo de orden moral. La compañía permanente del Alfaqueque es un perro negro que le roe las entrañas y la leal compañía del mezcalito nocturno, “la mugrita destilada limpiándole la mugrita de adentro”, ese sedimento implacable que la soledad y la violencia van acumulando en la vida cotidiana del Alfaqueque, por más que esta última aparezca como en sordina, en la disputa por los cuerpos de los muertos y en un par de escenas de calculada brutalidad. En su mansa desesperación, en su desapego, hasta en su incredulidad frente al hecho de que su vecina, la Tres Veces Rubia, lo desee como compañero sexual, el personaje protagónico despliega una integridad que es a la vez frágil e imbatible, un precario equilibrio entre la maldad que lo asedia y la compasión, una compasión sincera, profunda y contenida, que siente hacia los cuerpos yertos de la Muñe y Romeo, las dos puntas de una madeja que no por asordinada es menos triste y desoladora, donde sólo la lucidez amarga y humilde del Alfaqueque ofrece  algún camino de redención. Es una novela dura, como las que provienen de una zona fronteriza y asediada por la extrema violencia, pero también extrañamente consoladora, en buena medida gracias a su excepcional calidad literaria.

Recuerdos de hace un cuarto de hora

Reseña publicada en la revista El Sábado del diario El Mercurio, 15 de junio de 2013

El escritor mexicano Jorge Ibargüengoitia se ganó un puesto en el canon latinoamericano por al menos dos de sus novelas, Los relámpagos de agosto, Premio Casa de las Américas 1964, y Las muertas. Además de novelas, cuentos y obras de teatro, escribió muchísimas crónicas y columnas que publicó en el diario Excélsior y la revista Vuelta entre 1968 y 1983, año ibarguengoitia-729x1024en que murió, junto a intelectuales latinoamericanos como Ángel Rama, Marta Traba y Rafael Scorza, en un accidente aéreo cerca de Madrid. En vida, Ibargüengoitia publicó dos antologías de sus crónicas y posteriormente han aparecido seis más. De manera que la selección de Recuerdos de hace un cuarto de hora -hecha por Rafael López Giral sobre la base de esos ocho libros- es el destilado del destilado, lo mejor de un gran observador dotado, además, de un sentido del humor quizá involuntario, como él se encargó de recalcarlo: “Lo que a mí me interesa es presentar la realidad, y si la presentación es chistosa está muy bien. Pero hacer un chiste de algo que no es chistoso me parece grotesco”. Es que es irresistible hablar de humor luego de la lectura de estas crónicas. Quizá la realidad es chistosa por sí misma, aunque es más probable que se trate del modo en que Ibargüengoitia la lee y la desnuda. Como bien señala Álvaro Díaz en el prólogo, la más extensa crónica del libro, Revolución en el jardín, es también la que mejor expresa su manera de mirar. Rara vez emite un juicio y aquí, menos; pero su manera de escoger lo que narra y cómo lo dispone tiene una envidiable capacidad de mostrar. Dividido en cuatro secciones -“En primera persona”, “Cortesías mexicanas”, “Lo que vi, lo que no vi”, “Preguntas que no puedo contestar”-, el autor reflexiona sobre palabras, costumbres, museos, tipos de conversación, literatura, viajes, sueños, crónica roja (una columna extraordinaria sobre el modo en que se presentan los crímenes en la prensa mexicana, francesa e inglesa), recomendaciones de pintores o gasfíteres que resultan ser los peores en su ámbito, idiosincrasias nacionales, conferencias, la educación (su diatriba contra la escuela es memorable: “El sistema escolar es una confabulación diabólica, de la que los alumnos son las principales víctimas”) y mucho más. Este rescate es uno de los más refrescantes, agudos y divertidos publicados en Chile en mucho tiempo.

Jorge Ibargüengoitia. Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago, 2013. 166 páginas.

Ese modo que colma

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 17 de julio de 2010

El mexicano Daniel Sada ganó, el año pasado, el Premio Herralde de Novela con Casi nunca. Fue una excelente noticia, especialmente porque puso en circulación en todo el ámbito iberoamericano la obra de un autor saludado por sus compañeros de generación como uno de los más interesantes y renovadores de la narrativa latinoamericana. Mucho se podrá criticar recientes decisiones editoriales de Anagrama, pero lo cierto es que incorporaciones como las de Sada y el guatemalteco Rodrigo Rey Rosa reafirman su relevancia para los lectores. Ese modo que colma es una colección de cuentos en los que Sada insiste en el cultivo de un estilo personalísimo: un lenguaje lleno de recovecos y giros, que juega con los sentidos, que retuerce las frases o las modula mediante un uso muy poco tradicional e intensivo de los signos de puntuación. Los cuentos se ambientan en el norte de México y no escapan, en modo alguno, a las determinaciones del tiempo: el cuento más revelador en ese sentido es el que da título al libro. En una fiesta de cárteles que miran pasar una avioneta cargada de cocaína rumbo a Estados Unidos, aparecen tres cabezas guillotinadas en una gran hielera. Pero Sada ni intenta adentrarse en la psicología del narco ni abunda en la senda de la investigación criminal; en cambio, sigue el rumbo más doméstico, a cargo de las recientes viudas, sobre qué hacer con las cabezas, además de seguir picando hielo para evitar el mal olor. De este modo, lo grotesco se superpone a la tragedia y la marca feroz que la violencia narco impone a la sociedad mexicana agrega aquí una dimensión más cotidiana, aunque no menos espeluznante. Ese juego entre lo grotesco y la violencia, entre la capacidad reveladora del lenguaje y la crudeza de hechos que pertenecen a la crónica policial es lo que saca chispas en estos cuentos. El primero, por ejemplo, “El gusto por los bailes”, escrito mayormente en versos octosílabos que podrían cantarse como un corrido, es una tragedia que se inscribe casi alegremente en la tradición de la canción popular que habla de desgracias y se refocila en el dolor ajeno. Hay también notas de costumbres, siempre tocadas por un estilo que las transforma y las devuelve al lector como ironías o juegos o bromas. Leer a Sada es un ejercicio demandante, pero también de los más estimulantes y divertidos que se pueda encontrar en la narrativa contemporánea.

Daniel Sada. Anagrama, Barcelona, 2010. 185 páginas.

La Biblia Vaquera

Reseña publicada en «Babelia», suplemento del diario El País, 24 de marzo de 2012

Rica pirotecnia de juegos verbales

La Biblia Vaquera
Carlos Velázquez
Sexto Piso, Madrid, 2011
101 páginas, 14.90 euros

El norte de México no solo es el territorio donde con mayor encarnizamiento se lleva a cabo la guerra entre los cárteles de la droga y la policía y el ejército mexicanos; también es el ámbito en donde ha crecido una literatura distinta y profundamente renovadora, que responde como pocas a la multiforme realidad de un mundo que funde realidades –o las crea, más bien- al ritmo imparable de la globalización. Velázquez, a su vez, crea en este libro un país imaginario que se establece precisamente en la línea de contacto entre culturas: Popstock, con ciudades como San Pedrosburgo, San Pedrosvelt, San Pedrosttugart, Saltillo, Monterreycillo, donde superpone nombres del mundo con el desierto del norte de México. Ese cruce se expresa también en el recurrente uso de términos del lenguaje mestizo de la frontera, el espanglish, pero con un estilo que rebasa y deja atrás los usos habituales. Sobre esta superficie lingüística, Velázquez extiende otra densa capa de juegos verbales, de cambios de sentido, de creación de términos al estilo de las «palabras baúl» de Lewis Carroll, como -«por los sigilos de los sigilos», «drogoficante», «San Juditas Tarareo», una pirotecnia incontinente que hace saltar chispas a cada momento. Sobre esa capa, Velázquez suma aún otra de desplazamientos de significado que hacen de La Biblia Vaquera un texto delirante y efervescente, una sopa que hierve hasta la incandescencia. Cuando el lector piensa en campeones de lucha libre, se trata de DJs que combaten a punta de mp3. Cuando se trata de una banda de rock pesado, el instrumento principal es la rasuradora con que The Country Bible se ha hecho una artista en el depilado del pubis femenino. Hay un diablo burócrata que manda nuevas habilidades por DHL. Hay episodios y personajes históricos también desplazados de sentido que inducen a una nueva lectura del pasado. El subtítulo del libro –Un triunfo del corrido sobre la lógica‘- da una idea acerca de la fusión de mundos que propone, así como sus afirmaciones sobre, por ejemplo, el pop: «Y el tiempo mi querido espectador, el tiempo es pop. El Diablo es pop. El amor es pop. Y el pop es una puta». Y sobre todo están todas las Biblias, protagonistas de cada relato: la Biblia Vaquera, The Country Bible, The Cowboy Bible, es decir, un personaje proteico que puede ser hombre o mujer, experta con la rasuradora, Dj combatiente, gorda encargada de curar las penas de amor, piel de botas, Biblia de verdad forrada de mezclilla, campeón de resistencia al alcohol. En los cuentos se filtra, cruenta y grotesca, la rotunda presencia del narco en la quebrada convivencia social mexicana y norteña, que Velázquez –presente, por la fuerza del azar, en unos cuantos tiroteos- aborda con humor negro y chispeante.  Así, La Biblia Vaquera –tanto como el anterior libro de Velázquez publicado por Sexto Piso en España, La marrana negra de la literatura rosa– es un laboratorio que dinamita los sentidos y abre cauces nuevos para la narrativa latinoamericana. El autor está por concluir su primera novela, El coleccionista de salsas, que define como «un mamotreto que le dará carpetazo a Los detectives salvajes». Mucha ambición, quizá, pero sin duda que Velázquez, con el ritmo quebrado de sus relatos, el trabajo al interior del lenguaje que lo quiebra y multiplica los sentidos, que revitaliza la respiración de la lengua y entrega a cada momento felices hallazgos que obligan a pensar de otra manera las palabras –es decir, la realidad que nombran-, puede convertirse en un nuevo punto de referencia en un mapa que a cada momento gana en complejidad y riqueza.

Ojos que no ven, corazón desierto

Iris García, acapulqueña, 1977, tiene una breve carrera literaria; publica poco, pero en variados géneros (teatro, cuento, novela). Me encontré con este libro por recomendación de Yuri Herrera. Lo encargué a México para luego descubrir que, oh sorpresa, está disponible (al menos vi un ejemplar) en la librería Gonzalo Rojas del Fondo de Cultura Económica.

Se trata de diez cuentos organizados como un díptico, cinco y cinco, dos caras de la medalla, dos maneras de mirar o, mejor dicho, dos puntos de partida diferentes: de un lado, en los primeros, la violencia desde los que la ejercen; del otro, las vidas anónimas de quienes la sufren, ya sea de manera directa o por la simple carencia de oportunidades, por la miseria o la discriminación.

La primera parte -«Ojos que no ven»- apela al lenguaje preciso del género policial, pero renueva la habitual sintaxis entrecortada mediante párrafos bien tramados y el uso de distintas personas gramaticales. Así se adentra con precisión en los meandros de la corrupción, el matonaje, el asesinato, la venganza y compone relatos de singular eficacia, mordientes y duros, algunos tocados por un cinismo que nunca suena impostado; es como si el narrador realmente fuera un amoral que asiste al espectáculo de la fuerza desencadenada y se hiciera, de algún modo, cómplice de quienes cabalgan sobre el cuerpo del otro y trabajan para su propio beneficio (aunque, claro, nadie sabe para quién trabaja, como queda muy claro en «Río revuelto»). El más desolador de este primer grupo de relatos es «Gatos pardos», una muestra feroz de cómo la lealtad mal entendida, el machismo, el alcohol y la desidia pueden hasta pisarse la cola en el empeño de mantener el estado de las cosas.

El segundo grupo de relatos, reunidos bajo el título de «Corazón que no siente», es más diverso y no solo se sitúa en el lado de las víctimas -por ejemplo, en «Sueños de arena», un relato terrible sobre el destino de una joven cuyo cuerpo es explotado hasta las últimas consecuencias, primero como objeto sexual y luego como receptáculo del tráfico de drogas-, sino también en una amarga mirada sobre las relaciones de pareja y la dificultad para mantenerlas vivas especialmente en un contexto de miseria y ausencia de horizontes. «Está triste. La tristeza que oprime los pulmones y abre un hueco en la boca del estómago. Da grandes bocanadas. Quisiera echarse en el suelo como un perro, y quedarse dormida para siempre. Ahora no es posible. Aún debe lavar platos de la cena». Si los primeros son mordientes y casi cínicos, los segundos actúan como un revulsivo que devuelve de golpe al asco y al espanto.

Y destacan, en todo el volumen, el cuidado por la escritura, el juego del estilo, la habilidad para combinar voces y efectos, la precisión en los finales (sean abiertos o cerrados; Iris García maneja tan bien los tiempos que nunca es precedible aunque el desenlace pueda parecer el inevitable. O no: a veces es pura sorpresa). Un gusto leerla, aunque la materia que nutre sus relatos no sea precisamente agradable.

Iris García. Fondo Editorial Tierra Adentro – Conaculta, México D.F., 2009. 96 páginas.