Usted está aquí

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 18 de julio de 2015 

Usted está aquíEste libro es una buena muestra de la obra de la escritora colombiana Margarita García Robayo (Cartagena de Indias, 1980): cuatro cuentos y una novela -o nouvelle, mejor dicho-, “Hasta que pase un huracán”, que ocupa unas 50 páginas en esta edición. El limpio estilo de la autora, ajeno a alardes vanguardistas y fiel al designio de armar buenas historias, hace que la escritura fluya con naturalidad y les da fuerza a relatos cotidianos de un Caribe desacostumbrado, lejano tanto de los excesos del realismo mágico como de los lugares comunes sobre la fogosidad, el ritmo y la intensidad de la vida sobre la línea del Ecuador. Los cuentos desarrollan historias que inquietan y dejan un regusto amargo: el niño obeso que ve cerrarse el mundo, la hija que no quiere ver a su padre, la joven intelectual que a fuerza de querer una relación no convencional termina por sucumbir a la ausencia de un concepto, el cuarentón de viaje doblemente atrapado en un hotel de paso y en la historia de una mujer que tiene miedo. La novela es protagonizada por una chica cuyo único objetivo en la vida es irse del país, y en ese empeño descubre que, aunque el mundo no tenga fin, da igual donde estés. “Lo bueno y lo malo de vivir frente al mar es exactamente lo mismo: que el mundo se acaba en el horizonte, o sea que el mundo nunca se acaba”, escribe al comienzo de su relato, que, al igual que los otros, puede leerse como que el horizonte en realidad no existe, que las historias son circulares, que las historias que le cuenta Gustavo, el viejo pescador, son tan repetitivas y monótonas como el videojuego en que entretiene sus días el adolescente ya tan gordo que necesita una silla de ruedas para moverse.

Hay que destacar, más allá de la amargura, la potencia de los relatos y la calidad de la escritura. Aunque a primera vista parezca que hay más de algún final abierto, los relatos están perfectamente concluidos, con sutileza y elegancia; y la novela, sobre todo, muestra el talento de García Robayo para delinear en una sola historia, en un golpe de mirada, en la trayectoria de un personaje cuya inteligencia se convierte en su peor condena, el destino de las clases medias, residentes y migrantes, en el ámbito caribeño. “El medio es el peor lugar en donde estar: casi nadie salía del medio, en el medio vivía la gente insalvable”.

Margarita García Robayo. Montacerdos, Santiago, 2015. 127 páginas. 

Latinoamérica criminal

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 17 de enero de 2015

650_RH29112.jpgBrasil concentra un tercio de la población de América Latina, pero suele estar excluido de las antologías de literatura regional. Por el diferente idioma, seguro, pero también por una decisión que se funda en el desconocimiento. Es asombroso, en realidad, que exista tan poco contacto entre ambos mundos. Esta antología -hecha por un escritor brasileño para una revista estadounidense- es un claro aporte en esta línea, puesto que en algo equilibra las cosas. Uno de los mejores cuentos del volumen es “Caballos entre el humo”, de Carol Bensimon, escritora de Porto Alegre que captura la violencia desde un ángulo mucho más político que criminal. La antología incluye asimismo cuentos de Bernardo Carvalho y Joca Reiners Terron, autores escasamente traducidos al castellano.

Tres de trece. El resto viene de México, Guatemala, Cuba, Venezuela, Colombia, Bolivia, Uruguay, Argentina, Perú y Chile. El cuento de Alejandro Zambra, “Hacer memoria”, apareció también en su libro Mis documentos y sirve para ilustrar otra característica de la antología: no se trata de historias policiales al uso, ni los crímenes son el soporte principal. Según indica Daniel Galera en la introducción, “pedimos a trece escritores de diez (en realidad, once) nacionalidades distintas que escribieran una historia de suspense ambientada en sus respectivos países de origen”. Sin embargo, cada autor afrontó con libertad el encargo y el resultado es mucho más diverso y complejo que una simple selección de género. Mariana Enríquez, por ejemplo, sorprende con una historia de ritos satánicos y miseria urbana en pleno Buenos Aires, un cuento magistral que se emparenta mucho más con el horror que con el crimen. El de Zambra es un ejercicio metaliterario singularmente atractivo. Otros cuentos, como el de Santiago Roncagliolo, se inscriben con más propiedad en el género policial, aunque, en el caso del escritor peruano, con una deriva humorística que rompe completamente el molde. “1986”, de Rodrigo Rey Rosa, tiene la estructura de una novela y el misterio o la ambigüedad que siempre se filtra en sus cuentos y novelas, un elusivo punto de fuga que parece quedar fuera de la obra. En síntesis, se trata de una selección original, amplia y de gran calidad, que abre tanto la frontera del relato policial como las fronteras nacionales.

Daniel Galera. Penguin Ramdon House, Barcelona, 2014. 296 páginas.

La ola

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 20 de diciembre de 2014

La-olaSiete cuentos dan forma a este libro de la escritora boliviana Liliana Colanzi (1981). Algunos, como “Vacaciones permanentes”, habían aparecido en un libro previo que llevaba precisamente ese título. El contrapunto entre antiguo y nuevo es muy útil; ese relato es representativo de una escritura bien lograda, pero con un punto todavía de adolescencia en los temas escogidos y en el desarrollo de una trama que podría haber ocurrido en Santa Cruz (la ciudad natal de la autora), Nueva York o Talca: jóvenes perdidos en su camino hacia la madurez, relaciones quebradas, la intensidad dramática de decisiones que más tarde serán tenues hebras de humo en la memoria. Otros relatos -“Retrato de familia”, “El ojo”, “Meteorito”, “La ola”- escapan claramente de ese marco y despliegan historias bien logradas que demuestran una singular madurez en el tratamiento del relato breve.

El mayor logro de Colanzi radica en su modo de trabajar los finales. Hay, aunque a veces sea solo en las últimas líneas, una aceleración del ritmo y una intensificación del sentido que elevan la intensidad narrativa y de alguna manera transforman la narración en otra cosa, o en otro cuento; unas pocas líneas o un par de párrafos que actúan con un efecto bumerán y golpean la conciencia del lector desde ángulos inesperados. Historias familiares o campesinas, cuentos de taxistas, presencias sobrenaturales, frutas autóctonas, dejan ver también el origen de la autora y atisbos sobre la vida cotidiana en Santa Cruz, pero sin ningún afán localista. Al contrario, se nota en Colanzi su voluntad de escribir para todos, con historias que no se arraigan en el color local, sino en sensaciones y percepciones más universales, aunque recuerde, con especial gusto, el achachairú, “la fruta más deliciosa del mundo: por fuera es de un anaranjado violento y por dentro es carnosa, blanca, dulce, ligeramente ácida”. Esa nota de nostalgia funciona como un sello de origen que otorga una identidad más precisa a los relatos, así como cuando habla de los cambas o incorpora una construcción verbal tan propia del castellano de Bolivia, el “había sido”. A partir de ella, Colanzi modula una forma de imaginar, de construir ficciones, desde otro lugar de América Latina, cuyo mapa -gracias, en buena medida, a las editoriales pequeñas de catálogos más arriesgados- se ha enriquecido singularmente en los últimos años.

Liliana Colanzi. Montacerdos, Santiago, 2014. 125 páginas.

El seminarista / El cobrador

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 18 de diciembre de 2010

el seminarista portadaPocas cosas hay más gratas que el encuentro entre el deber y el placer, entre la obligación de estar al día en las lecturas y el encuentro con la más reciente novela de Rubem Fonseca, quien no pierde, a sus 85 años, el vigor narrativo. Y más todavía cuando El seminarista retoma viejos tópicos del autor y vuelve a tomarle el pulso a la violencia criminal en Río de Janeiro, su ciudad adoptiva (desde los 7 años vive en Río). Es muy interesante apreciar, además, cómo el personaje creció desde un esbozo previo (algunos cuentos contenidos en Ella y otras mujeres, de 2006, historias a las que alude el protagonista) hasta su caracterización plena en una novela que tiene múltiples conexiones con otras previas.El protagonista es un asesino a sueldo, conocido como El Especialista, y está a las órdenes de El Despachante, intermediario entre quien encarga el crimen y quien lo ejecuta. José, o Zé, estudió en el seminario y desde esa época conserva la manía de las citas latinas y un par de amigos que también desertaron de la carrera sacerdotal.Zé tiene una suerte de ética del crimen: si bien nunca lee los diarios o ve noticias para evitar saber, aunque sea por casualidad, quiénes son sus víctimas, no mata a mujeres -salvo las debidas excepciones, claro- ni menos a niños; y, si alguna vez se encarnizó cruelmente en la ejecución, se debió a que el designado para morir era un pedófilo. La trama tiene algo de desquiciado y en algún punto de las sucesivas tramas que se hilan en torno a Zé y su novia el lector puede ver flaquear su fe en la verosimilitud interna del relato; pero, en realidad, eso no es importante. Lo que impresiona en El seminarista es la formidable capacidad de Fonseca para poner en circulación a tipos criminales complejos, cuya posible sicopatía está perfectamente a tono con una sociedad que no sólo los hace posibles, sino que también, de algún modo, los necesita.

tapa El cobradorY la buena noticia es doble: además de esta novela, los editores chilenos lanzaron su edición de El cobrador, de 1979, volumen de cuentos largamente desaparecido de las librerías y uno de los más feroces y contundentes de Fonseca. El protagonista del relato que da título al libro tiene más de un rasgo común con Zé, aunque la violencia inaudita del personaje lo supera largamente y lo constituye en una suerte de prototipo del criminal. Escritos a más de 30 años de distancia, ambos libros conforman un díptico indispensable para abordar a un autor que sigue sorprendiendo por la calidad de su escritura y su radical y desesperanzada mirada sobre la ciudad que lo acoge y la violencia que incuba.

Rubem Fonseca. El seminarista. Tajamar Editores, Santiago, 2010. 156 páginas

Rubem Fonseca. El cobrador. Tajamar Editores, Santiago, 2010. 171 páginas.

Humillaciones

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 15 de noviembre de 2014

HumillacionesMarcelo Mellado establece un nuevo hito en una narrativa ya profusa, aunque se trate de un escritor que se incorporó tardíamente a la escena literaria. Y lo hace con un estilo consolidado, una escena ya habitual y temas recurrentes, lo que habla bien de un proyecto que tiene claro su itinerario y que, mediante una suerte de espiral, cava más profundo en los sedimentos del país: en la provincia degradada, en la política mínima de los arreglines, en el tráfico de influencias y las movidas partidarias. También abreva en la biografía de su generación, aquella a la que el golpe de Estado sorprendió en la primera juventud y que creció entre la nostalgia, los arrebatos revolucionarios y la omnipresencia de la represión.

El autor tiene la virtud de tomar cada vez más distancia, incluso de sí mismo, lo que es más visible en un cuento en que ajusta cuentas con las miserias y dobleces de la escena literaria chilena a través de un protagonista fóbico y amargado que odia a los progres, a los pobres y a quien se le ponga por delante. Sobre la base de esa distancia, Mellado puede permitirse renovar -o actualizar- su mirada crítica (o cítrica) sobre costumbres burocráticas, pequeñeces cotidianas y hábitos sexuales. El Chile que emerge de estos cuentos da entre lástima, risa y pena, por la capacidad del autor para pasar de las convenciones y las buenas maneras y encontrar así nuevas energías para describir el patetismo nacional con humor y renovado desencanto. Aunque todavía pareciera que hay algo que rescatar, como esa gente buena que queda todavía en la provincia, “una porción importante de gente que cumple su palabra y que no anda con esa huevá maldita de los flaites y de los choros que cagan el negocio con su mala onda o con su informalidad”; pero si quien habla es un vendedor de droga al por menor, la frase tiene otra lectura.

El habla popular siempre ha sido un arma arrojadiza en los libros de Mellado, una manera de romper lo que habitualmente se entiende por literatura o por lenguaje literario, más todavía si, como ocurre en este y en otros de sus libros, se funde con la jerga legalista y el léxico de la conversación política. Ese efecto es una marca de estilo de Mellado, que en este libro se enriquece con la variación de voces narrativas que dan forma a otra colección de cuentos que amplía y profundiza un proyecto de singular coherencia y continuidad.

Marcelo Mellado. Hueders, Santiago, 2014. 120 páginas.

Reinos

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 10 de mayo de 2014

reino-portRomina Reyes (1988), periodista, debuta en la ficción con este breve libro compuesto por seis relatos, con el que ganó el premio Mejores Obras Literarias Inéditas 2013 en la categoría cuento. Y merecidamente, puesto que el libro revela una mano segura en el trazo y una voz propia que tiene muchas posibilidades de ganar madurez y depurar un estilo que ya se manifiesta con claridad. Se trata de historias situadas en las antípodas de la épica, escritas en un tono menor donde la melancolía y la sensación de vacío se instalan con suavidad, sin aspavientos, sin el más mínimo vestigio de autocompasión. La contención, sin embargo, no implica amargura; hay lucidez, una profunda y cristalina lucidez, pero sin que esa capacidad de sentir el vacío o la inutilidad de las cosas se transforme en un lastre para el fluir de los relatos. “A veces pienso como si nada bueno me fuera a pasar nunca, lo que no significa que esté triste ni que la pase mal”, dice uno de los personajes, y parece resumir el tono general de los cuentos. La autora asume con mucha propiedad voces narrativas masculinas y femeninas, y a través de ellas construye relatos que establecen una clara correspondencia con su experiencia de vida; no intentan ir más allá, pero ello no limita, ni mucho menos, su capacidad expresiva. Más que la metaliteratura, tan de moda, o que la ficción elaborada a partir de la propia biografía, otra tendencia muy marcada en la narrativa chilena reciente, lo de Romina Reyes es el intento de atrapar fragmentos de vidas en esos momentos donde la claridad, o algo semejante a la lucidez, obliga a mirar la realidad de frente y a percibir cuánto hay de inestable, de frágil, de incierto, en la existencia de cada uno. Momentos de crecimiento, ritos de paso, que operan de alguna manera a contrapelo del famoso verso de Gabriela Mistral “todas íbamos a ser reinas”: en los cuentos de Romina Reyes, los reinos son el dominio de la incertidumbre, el desvelo, de la intuición de “Qué terrible debe ser no tener que hacer otra cosa que pensar”, porque por ahí se asoman el peso de vivir y la inutilidad de la esperanza: “Debe ser desgastante vivir pensando que hay que esperar algo, como si la vida estuviera en otra parte”. El último cuento, que da su título al libro, es quizá el que mejor trabaja el desgarro, el dolor y la dificultad de conocer al otro; y sin duda que es uno de los mejores motivos para conocer la obra de esta joven autora.

Romina Reyes. Montacerdos ediciones, Santiago, 2014. 121 páginas.

Cuentos completos de Thomas Mann

Reseña publicada en la revista “El Sábado” del diario El Mercurio, 12 de febrero de 2011

Cuentos Thomas MannEn realidad, el título es -felizmente- engañoso. La edición incluye por primera vez no sólo todos los relatos breves de Thomas Mann (excepto uno escrito en hexámetros que el mismo autor miraba de reojo), que pueden ajustarse a la definición clásica de cuento, sino también sus novelas cortas o nouvelles, esos relatos que transitan entre el rigor exigente de la forma breve y la complejidad arquitectónica de la novela. Entre ellas están varias que suelen editarse como volúmenes independientes, como Muerte en Venecia, Señor y perro, Las cabezas trocadas y La engañada. Así, puesto que Mann se dedicó al cuento sólo en sus primeras etapas, se logra un recorrido amplísimo, que va desde el primer relato escrito a sus 17 años (Visión, apenas dos páginas de empalagoso impresionismo), hasta La engañada (1953, la última novela que Mann entregó antes de su muerte, ocurrida dos años después). En el intervalo queda otro puñado de cuentos memorables, que funcionan como hitos en un recorrido reconocido por las vastas catedrales narrativas que constituyen lo más característico de la producción literaria de Thomas Mann.

Bien dice la editora, en el prólogo, que Mann «escribió novelas cortas a lo largo su vida. Acompañaban la escritura de las grandes novelas que cimentaron su fama, y algunas de ellas son tan famosas como las obras de mayor envergadura o incluso más». Se refiere, naturalmente, a Muerte en Venecia.También hay que destacar la sutil relación entre las obras de larga extensión y las más breves; algunas funcionan como primeros ensayos, esbozos, maneras de situar un tema en el horizonte narrativo del autor. Tonio Kröger, por ejemplo, adelanta el motivo del artista herido por una sensibilidad fuera de lo común que retoma en Muerte en Venecia y Doktor Faustus; en cambio, La ley es una suerte de coda de José y sus hermanos, un nuevo episodio bíblico escrito casi por la inercia de los 14 años que le tomó la escritura de su novela más monumental. En muchas de ellas, Mann introduce de manera subrepticia su biografía, tal como lo hizo en libros como Buddenbroocks y Doktor Faustus. Ignorar esas circunstancias no le quita nada de valor a los relatos; como dice Hermann Kurzke, autor de Thomas Mann. La vida como obra de arte, “el rastro que sus vivencias personales han dejado en su obra literaria es parcialmente muy nítido, parcialmente diluido”, de tal manera que su reconstrucción, tarea de especialistas, sólo otorga un punto adicional de inquietud a relatos que siempre, aún hasta los muy imperfectos que abren el volumen, muestran de otra manera el mundo y resisten incólumes el paso del tiempo. 

Thomas Mann. Edhasa, Madrid, 2010. 952 páginas.

«Mis documentos», de Alejandro Zambra

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 4 de enero de 2014

plantDOCUMENTOS.qxd:plantCULPABLES.qxdEs el cuarto libro de Alejandro Zambra en el género narrativo. Es también el más largo que ha publicado, y el primero en que aborda el relato breve. Y con razón -aunque haya aparecido hace pocas semanas- ha sido destacado como uno de los libros del año por diversos críticos y medios. En realidad, cada nuevo libro del autor confirma lo que se sabe, que es el narrador más destacado de su generación (y de las que siguen), por su habilidad para entretejer historias que, especialmente en este, difuminan la frontera entre la biografía y la ficción y que, a la vez, logran establecer un retrato tan fiel de la sociabilidad chilena contemporánea. Hay dos tipos de cuentos en Mis documentos: aquellos narrados en primera persona, que evidentemente tienen más arraigo en la biografía del autor, y aquellos en donde un narrador en tercera persona expone fragmentos de otras vidas. Los autobiográficos -por decirlo de alguna manera: nunca se trata solo o en primer lugar de apelar a la memoria, sino de construir una historia que la devela- muestran alguna continuidad con su obra previa, Formas de volver a casa, y hay tres especialmente destacados: la humanidad, ternura y nostalgia (“una nostalgia frívola y quejumbrosa”, se lee en algún relato, aunque en realidad los adjetivos sean, aplicados al libro, una suerte de ironía) con que está construido “Camilo”, y el rencor inmisericorde -aunque también, de alguna manera, nostálgico- que atraviesa “Instituto Nacional”, donde largos fragmentos repiten la fórmula que creó Joe Brainard y continuó Georges Perec: “me acuerdo”. El tercero, “Yo fumaba muy bien”, celebra el cigarrillo (o el cigarro, como se suele decir en Chile) como una manera de mirar el mundo, de instalarse en la realidad, aunque cuente las historia de cómo lo dejó (aunque haya sido a la manera de Svevo, donde el último cigarrillo es siempre el primero de los últimos cigarrillos de la vida). Los otros, los fragmentos de otras vidas, suelen abordar otro tópico en la narrativa de Zambra, la dificultad para establecer relaciones amorosas duraderas (“era a todas luces un hombre normal, porque se había casado, había tenido un hijo, había vivido y aguantado unos años en familia y después, como hacen todos los hombres normales, se había separado”), con indiscutible y enorme talento para situar la mirada en la fragilidad y precariedad del encuentro con un otro, en esos pozos abisales de donde nacen tanto la calentura como el hastío, el amor y la rabia.

Alejandro Zambra. Anagrama, Santiago, 2013. 205 páginas.

El tiempo de los peces

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 21 de abril de 2012

Juana Inés Casas (1977), argentina radicada en Chile, publica su primer volumen de narrativa. Se trata de casi una docena de cuentos breves, la mayor parte ambientados en Argentina; historias que capturan momentos cotidianos, encuentros fugaces, viejas historias que necesitan una resolución, ramalazos de inquietud y temor que se agazapan en los pliegues de la siempre aparente normalidad. Con estilo cuidado y trabajado, con un lenguaje preciso que usa la justa y necesaria cantidad de modismos, la autora elabora postales de firme textura y delicado trazo y hace explícita su capacidad para observar y atrapar escenas de vida que suelen remitir al desamparo y la fragilidad, a la fugacidad del tiempo, a la inquietud que deriva de la obligación de vivir en medio de y junto a otros, al azar que se introduce en la tranquilizadora –y anodina- rutina. La única adulta cerca de niñas en una playa pierde súbitamente de vista a una de ellas y se confirma su premonición: “Lo ha presentido desde el principio de esas vacaciones compartidas con otra familia. Hay una sensación de peligro que envuelve a esa nena”. En otro relato, otra mujer llega al departamento de un hombre que le ha encargado alimentar a su gato. “Siempre temió ser una asesina y sabía que en algún lugar podía serlo, no por voluntad pero sí por omisión, por negligencia”. Pero se trata sólo de la inquietud, de la premonición, del temor a que algo salga mal, de la inseguridad, que Juana Inés Casas atrapa con maestría y segura intuición; pero no son estas las únicas teclas que pulsa. “¿Vos querés casarte y tener hijos?” desarrolla una historia casi clásica de desencuentro y frustración amorosa, pero el punto de vista del narrador, que usa sobre todo la segunda persona; la fina y distanciada reconstitución del pasado y el preciso final, que corta como un bisturí, le dan relieve y originalidad al cuento. “Todas íbamos a ser paquitas” es una certera revisión del impacto de programas de televisión –el Show de Xuxa y La familia Ingalls- en la vida de una niña y de sus amigas. “En cierta forma es fumar” aborda otro tópico clásico, el tembloroso paso de la infancia a la adolescencia, esta vez en un veraneo que se desarma y enrarece por esa entropía familiar que a veces parece inevitable. Hay que agradecer la intensidad del trazo y la delicadeza del dibujo de estos relatos, que no dejan de sorprender en una narradora debutante.

Juana Inés Casas. Ediciones de La Lumbre, Santiago, 2011. 90 páginas.

Ojos que no ven, corazón desierto

Iris García, acapulqueña, 1977, tiene una breve carrera literaria; publica poco, pero en variados géneros (teatro, cuento, novela). Me encontré con este libro por recomendación de Yuri Herrera. Lo encargué a México para luego descubrir que, oh sorpresa, está disponible (al menos vi un ejemplar) en la librería Gonzalo Rojas del Fondo de Cultura Económica.

Se trata de diez cuentos organizados como un díptico, cinco y cinco, dos caras de la medalla, dos maneras de mirar o, mejor dicho, dos puntos de partida diferentes: de un lado, en los primeros, la violencia desde los que la ejercen; del otro, las vidas anónimas de quienes la sufren, ya sea de manera directa o por la simple carencia de oportunidades, por la miseria o la discriminación.

La primera parte -«Ojos que no ven»- apela al lenguaje preciso del género policial, pero renueva la habitual sintaxis entrecortada mediante párrafos bien tramados y el uso de distintas personas gramaticales. Así se adentra con precisión en los meandros de la corrupción, el matonaje, el asesinato, la venganza y compone relatos de singular eficacia, mordientes y duros, algunos tocados por un cinismo que nunca suena impostado; es como si el narrador realmente fuera un amoral que asiste al espectáculo de la fuerza desencadenada y se hiciera, de algún modo, cómplice de quienes cabalgan sobre el cuerpo del otro y trabajan para su propio beneficio (aunque, claro, nadie sabe para quién trabaja, como queda muy claro en «Río revuelto»). El más desolador de este primer grupo de relatos es «Gatos pardos», una muestra feroz de cómo la lealtad mal entendida, el machismo, el alcohol y la desidia pueden hasta pisarse la cola en el empeño de mantener el estado de las cosas.

El segundo grupo de relatos, reunidos bajo el título de «Corazón que no siente», es más diverso y no solo se sitúa en el lado de las víctimas -por ejemplo, en «Sueños de arena», un relato terrible sobre el destino de una joven cuyo cuerpo es explotado hasta las últimas consecuencias, primero como objeto sexual y luego como receptáculo del tráfico de drogas-, sino también en una amarga mirada sobre las relaciones de pareja y la dificultad para mantenerlas vivas especialmente en un contexto de miseria y ausencia de horizontes. «Está triste. La tristeza que oprime los pulmones y abre un hueco en la boca del estómago. Da grandes bocanadas. Quisiera echarse en el suelo como un perro, y quedarse dormida para siempre. Ahora no es posible. Aún debe lavar platos de la cena». Si los primeros son mordientes y casi cínicos, los segundos actúan como un revulsivo que devuelve de golpe al asco y al espanto.

Y destacan, en todo el volumen, el cuidado por la escritura, el juego del estilo, la habilidad para combinar voces y efectos, la precisión en los finales (sean abiertos o cerrados; Iris García maneja tan bien los tiempos que nunca es precedible aunque el desenlace pueda parecer el inevitable. O no: a veces es pura sorpresa). Un gusto leerla, aunque la materia que nutre sus relatos no sea precisamente agradable.

Iris García. Fondo Editorial Tierra Adentro – Conaculta, México D.F., 2009. 96 páginas.