Violencia nueva sobre fondo clásico

Reseña publicada en el suplemento «Babelia» del diario El País, 24 de septiembre de 2011

La prueba del ácido

Élmer Mendoza

Tusquets. Barcelona, 2011

248 páginas. 17 euros

2011 10 Cubierta_LaPruebaDelAcidoNarrativa. En su anterior novela, Balas de plata, que ganó el Premio Tusquets 2008, Élmer Mendoza puso en escena a un personaje de nombre sospechosamente parecido al suyo -Edgar Mendieta-, detective que se recorta sobre la silueta de Philip Marlowe y esa ancha estirpe de hombres taciturnos, solitarios e incorruptibles que anima el género de la novela negra desde Hammett y Chandler en adelante. Como es de rigor, Mendieta tiene rasgos que lo distinguen de sus colegas más allá de la nacionalidad y la época; un pasado de niño abusado sexualmente y su relación con un psicólogo bastante particular, el doctor Parra, le dan un perfil torturado que establece la diferencia. A su vez, esa marca biográfica se incorpora a la trama de La prueba del ácido de manera oblicua, puesto que tiene que ver más bien con la política de alianzas que con la investigación criminal en que se embarca Mendieta desde las primeras páginas. Política de alianzas que resulta clave en una ciudad del norte de México, Culiacán, en el Estado de Sinaloa, uno de los territorios clave para el tráfico de drogas y, por lo tanto, para la guerra desatada entre el gobierno federal y el narco.

Quizá el índice de la violencia psicótica de los cárteles de la droga se refleja mejor en el momento en que los jefes, mientras comen exquisiteces antes de hablar de negocios, abren paso a la nostalgia por el tiempo pasado: “¿Se acuerdan cuando me dio por matar jóvenes de camisa blanca? En qué bronca nos metiste”. Sobre ese telón de fondo se construye una novela de trama clásica que aparentemente aspira a nada más que contar la historia de un crimen y su resolución. El asesinato de una bailarina parece uno de aquellos hechos de la crónica roja que apenas dará para una investigación rutinaria y un rápido paso a la carpeta de casos sin resolver; pero ocurre que Mendieta la conocía -e incluso algo más- y pronto se sabe también que los principales sospechosos son gente importante. Y ahí radica uno de los problemas de la novela: hay mucha gente importante -aparece incluso el padre del presidente de Estados Unidos, que va a cazar patos a una hacienda cerca de Culiacán- y por lo tanto proliferan demasiado las tramas y subtramas que deben desenredar Mendieta y su compañera detective, que responde al improbable nombre de Gris Toledo. Entonces el hilo se pierde por largos tramos y, cuando al fin se recupera, la solución parece salida de la proverbial chistera del mago. En el medio -y eso sí puede reputarse como un mérito- queda el vivo retrato de una sociedad que comienza a vivir en estado de guerra. El espacio no permite citar extensamente el listado de armas que McGiver, el traficante del rubro, vende a distintos cárteles por una suma fija, siete millones de dólares y tres millones de euros. Ni tampoco hacer la lista exhaustiva de todas las muertes que Mendoza acumula en las casi 250 páginas, muertes que poco tienen que ver con la de Mayra Cabral de Melo, la bailarina -de acuerdo, es un eufemismo: la prostituta- de cuerpo espectacular y ojos de diferentes colores que tenía cautivados a los poderosos de Culiacán y de la vecina Mazatlán.

Con personajes que se repiten y una cierta épica del desencanto que de todos modos remata a la manera clásica de la novela negra, Mendoza aporta otro grueso bloque a la construcción de un mundo narrativo que pone en escena a los demonios de la violencia desatada por el tráfico de drogas y su capacidad de corromper a políticos y policías. No tiene el poder perturbador de Roberto Bolaño en 2666 ni el lirismo trágico de Yuri Herrera en Trabajos del reino, pero, con recursos menos vistosos y algo de torpeza en el delicado trabajo de hacer calzar las piezas de un puzle que él mismo complica en exceso, logra también ofrecer un poderoso atisbo del sombrío panorama abierto en México luego de que el poder político le declarara la guerra al narco.

El azar también desempeña un papel en la novela. Estamos lejos de esos argumentos que calzan de manera perfecta y que progresan de manera armónica, con las debidas y previsibles vueltas de tuerca (para ocupar también un tópico sumamente desgastado). Mendoza se las arregla para introducir, como en la realidad, el azar, ese componente fortuito, ese rayo que cae donde quiere y cambia el destino de una vida. O de una novela.

«Mis documentos», de Alejandro Zambra (bis)

Desarraigo sin fronteras (reseña publicada en el suplemento «Babelia» del diario El País, primero de febrero de 2014)

Mis documentos
Alejandro Zambra
Anagrama. Barcelona, 2014
208 páginas. 16,90 euros

CUENTOS. A SUS 38 AÑOS, el chileno Alejandro Zambra ya muestra una obra prolífica y diversa que combina, hasta ahora, poesía, ensayo y novela. Mis documentos es su cuarto libro de narrativa y el primero en que aborda el cuento como género. El libro muestra con singular claridad una seña de identidad de Zambra como escritor, la habilidad para borronear las fronteras y hacer emerger —en el caso de este libro— relatos que tratan de vidas tan inciertas como reconocibles y queribles que despiertan en el lector no solo una cierta solidaridad, sino también la impresión difusa de que los retratos de Zambra —esos episodios, esos quiebres en las relaciones de pareja, esa vulnerabilidad tanto del chileno atrapado en un secuestro exprés en un taxi mexicano o la del que va a Bélgica en busca de su pareja, ella lo rechaza y él, sin apenas dinero y con la maleta perdida en un tren, solo atina a caminar por Bruselas— son una cifra de interpretación que expresa una nueva forma del desarraigo ya no territorial, sino de las certezas que por tanto tiempo constituyeron la base de la sociabilidad chilena. El libro destaca además por su unidad de temática y estilo; y si bien hay varios cuentos de indudable base autobiográfica que establecen una clara continuidad con Formas de volver a casa, su más reciente novela, la fortaleza del tejido narrativo y su manera de vincular entre sí los textos con líneas invisibles hace tan difícil como inoficioso pretender distinguir si hay relatos de otras vidas o si se trata de distintas máscaras del autor, especialmente si la única pista es tan poco confiable como que el relato esté escrito por un narrador en primera o tercera persona.

Foto: Reuters / Tomas Bravo Los relatos de Zambra tratan de vidas tan inciertas como queribles.

Quizá el último cuento del libro es el que mejor ilustra la muy original manera en que Zambra explora nuevas fronteras, que lo identifica como un escritor que renueva los géneros y propone nuevas maneras de leer. Hay un yo narrador que recibe el encargo de escribir un relato policial, y cuenta —entre tazas de café y siestas— cómo lo va escribiendo, pero nunca cita ese cuento sino los recuerdos (verdaderos o falsos, qué más da) que sirven de pie para la historia: la vecina que le gustaba en su adolescencia y que dejó de ver hasta una noche muy posterior de marihuana y alcohol en que ella anunció que quería matar a su papá. A partir de ello el narrador fabula una historia de pedofilia e incesto donde los personajes cambian de profesión o de edad o de cualquier otro detalle para hacerlos calzar en la historia que nunca se narra, o que se narra de otro modo, o que constituye, en definitiva, la manera en que Zambra aborda la materia de sus relatos, desde un yo altamente consciente de su papel de demiurgo. Aquí hay metaliteratura, sin duda, pero muy alejada del modo en que suele abordarse el ejercicio de tomar a los escritores y sus obras como materia de la ficción. Lo nuevo de Zambra es la manera en que el narrador muestra sus cartas, su taller íntimo, su manera de imbricar la vida y el trabajo de la ficción. Desde ahí es posible intentar otra lectura de Mis documentos; si ya la estrategia narrativa difumina las fronteras entre el testimonio y la creación, el personaje protagónico que surge del conjunto (pues bien podría ser uno solo), con su fragilidad y su manera de exponerse en tantas dimensiones —amorosa, sexual, familiar—, se constituye en una suerte de síntesis —y quizá en el punto culminante— de un proyecto narrativo que no ha cesado de abrevar en la autobiografía.

Farsa y tragedia

Reseña publicada en «Babelia», suplemento del diario El País, 28 de enero de 2012

carrozabolivarEn 1994, la Bienal de Arte de Santiago de Chile incluyó una muestra de obras de Juan Guillermo Dávila que contenía una postal de Simón Bolívar con tetas al aire y el dedo medio de la mano izquierda en alto. La obra motivó encendidas protestas de las embajadas de Venezuela, Colombia y Ecuador ante el Gobierno de Chile, puesto que su trabajo contó con subsidios estatales. La incendiaria postal de Dávila se inscribía en otro contexto -el diálogo del arte con la historia, para decirlo en pocas palabras-, pero es probable que el libro de Rosero desencadene similares reacciones de indignación, aunque, como dice uno de los personajes, “en un libro sería distinto; nadie los lee”. Es que la segunda parte de La carroza de Bolívar es una impugnación en forma a la imagen asentada del Libertador de Venezuela, Colombia y Ecuador, que lo deja como un cobarde oportunista que además cobraba tributo en la virginidad de las más bellas adolescentes que la violencia de la guerra dejaba al descubierto. Y si la primera mitad del segundo tercio peca de aridez en el profuso detalle de los errores, inconsistencias, cobardías y falseamiento de la realidad en documentos oficiales, cartas y proclamas que Bolívar llevó a cabo, la segunda mitad levanta vuelo a través de los testimonios de descendientes de aquellas jovencitas perseguidas por el prócer de la libertad latinoamericana. La ciudad de Pasto, donde transcurre la novela, fue también el sitio en donde Bolívar -según la lectura del doctor Proceso y el académico Arcaín Chivo- mostró el peor rostro posible. Por esa vía, la novela levanta un cuadro sumamente ilustrativo de un proceso que fue harto más confuso, complejo y enredado que las versiones oficiales, con el añadido de que Rosero insiste en el peso de esa herencia de mentiras y falsedades en la identidad cultural e institucional de Colombia (y de otras naciones latinoamericanas). No será raro, entonces, que este libro -aunque sea solo un libro- irrite la sensibilidad de quienes levantan su figura como estandarte de la revolución siempre prometida y nunca actualizada.

Y aunque la otra lectura de Bolívar sea el eje que afirma la estructura de la novela, la trama es una mesa de tres patas. La historia principal transcurre entre fines de 1966 y comienzos de 1967, cuando el continente hervía de ínfulas revolucionarias y los afanes libertarios eran un viento poderoso que sacudía todas las estructuras instaladas. Un médico, el doctor Justo Pastor Proceso López, descubre que una carroza hecha para el desfile de Reyes es el mejor instrumento para difundir sus ideas políticamente incorrectas sobre Bolívar, largamente elaboradas en un proyecto de libro y sustentado, en buena medida, en un historiador de principios del siglo XX. Aquel relato corre paralelo con la vida familiar y conyugal del doctor, una historia de desencuentro y frustración que resuena familiar en tantos contextos diferentes. La tercera parte de la novela introduce un tema nuevo, aunque ya anunciado: la violencia justiciera de los incipientes movimientos revolucionarios, a los que la iniciativa iconoclasta del doctor Proceso hiere tanto como a las burocracias asentadas sobre la verdad oficial, aunque sea por distintas razones (de un lado, el sueño de las utopías; del otro, el fundamento de la idea de nación). Unos y otros buscan destruir el artificio de Justo Pastor en alianza con artesanos de la ciudad de Pasto, la carroza carnavalesca que revelará la verdad no oficial sobre el Libertador.

Los dos tercios iniciales tienen mucho de farsa; en el tercero, en cambio, asoma la tragedia, desenlace natural, si se quiere, de cualquier historia que se constituya desde las premisas de la violencia, la inestabilidad y el poder. Todos los hilos confluyen hacia el 6 de enero (y hay que destacar, de paso, la riqueza de las tradiciones festivas en Colombia tal como las describe Rosero). Hilos que en su denso tramado y el vuelo de un estilo de singular riqueza sitúan a los personajes en una danza en donde las masacres feroces de la guerra independentista se dan la mano con la violencia del fanatismo ideológico, pero sobre el sustrato de una historia, al fin, de amor y desamor, de encuentro y desencuentro, entre el doctor Proceso y Primavera, su esposa, que por sí sola habría bastado para sostener el relato y que, por momentos, asoma como lo más atractivo del conjunto. El cuidado por los personajes secundarios es otra virtud de una novela que, a pesar del énfasis por momentos excesivo en detalles de la historia, está lejos de ser una tesis disfrazada de ficción. Al contrario, la superposición de planos narrativos, la distancia en el tiempo y el hábil contrapunto entre la desmitificación de Bolívar, la agitación de los sesenta y la historia personal del doctor Proceso (una interrogante: ¿qué gana la novela con nombres y apellidos extravagantes como Primavera, Luz de Luna, Chivo, Sañudo y Proceso?) logran una densidad narrativa que obliga a mirar desde otro ángulo no solo el cruento proceso independentista, sino también el áspero presente de muchas democracias latinoamericanas.

La carroza de Bolívar. Evelio Rosero. Tusquets. Barcelona, 2012. 392 páginas. 20 euros.

La historia verdadera en verso y prosa

Ocho títulos clave para entender el Chile de los últimos veinte años

Artículo publicado en «Babelia», suplemento del diario El País, 16 de noviembre de 2013

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Mala onda

No es el mejor libro de Alberto Fuguet. Quizá ni siquiera sea una buena novela. El crítico literario más importante de la época -1991- escribió una reseña furibunda en donde comenzó por decir que la había soportado hasta la mitad. Pero nadie puede dudar acerca del impacto que tuvo en el medio literario nacional, especialmente entre los lectores jóvenes. Para narrar la vida del adolescente Matías Vicuña, alejada de la áspera confrontación política y centrada en los dilemas clásicos de aquella etapa de la vida, Fuguet apeló a un lenguaje vivo, plagado de los chilenismos en boga y ágilmente coloquial. Fue la primera gran bocanada de aire fresco en un panorama narrativo que, recién liberado de la censura, podía expresarse a gusto, por más que a los críticos de la vieja escuela les pareciera estilísticamente aberrante y sin más contenido que el reflejo del espejo sobre el ombligo del autor. 1991, Planeta.

El palacio de la risa

Pareciera una de las obras menores de Germán Marín, publicada tras su monumental trilogía Historia de una absolución familiar. Pero es también, en la brevedad de sus 200 páginas, quizá la obra más mordiente y provocadora sobre el devenir histórico de Chile en las últimas décadas. La historia tiene como trasfondo la historia de cómo un palacete situado en la precordillera santiaguina pasó de ser una mansión familiar a una discoteca para jóvenes y, luego, el centro de torturas más importante de la época de la dictadura, la Villa Grimaldi. Pero Marín, con su estilo sinuoso que hace de la coma una señal inequívoca de estilo y su modo de enfrentar la tarea de narrar como si lo hiciera de soslayo, desde la personal circunstancia del narrador, logra ser tanto más efectivo en revelar la historia que si fuera de frente y a toda marcha. 1995, Planeta.

La esquina es mi corazón

Desde mediados de los ochenta, otra sensibilidad se daba a conocer lentamente en Chile. Pedro Lemebel y Francisco Casas, miembros del colectivo “Las Yeguas del Apocalipsis”, ponían en la escena pública la homosexualidad y el travestismo. Lemebel optó crecientemente por la escritura, que desperdigó por años en diarios y revistas, hasta que en 1995 publicó La esquina es mi corazón, un conjunto de crónicas que no sólo revelaban un mundo hasta entonces menospreciado, sino que también ponían en circulación a un magnífico escritor cuya agudeza, soltura e irreverencia corrían a la par de un estilo único y musical que bordea siempre la cursilería, pero con el suficiente talento para hincar desde allí el diente en borde repelente de la hipocresía. Pocos escritores como Lemebel para mirar por debajo de las faldas de la sociedad y decir lo que se ve desde ahí, sin tapujos, con humor y genuina indignación. 1995, Cuarto Propio.

Chile actual. Anatomía de un mito

Cuando la democracia chilena parecía haberse afirmado y se vivía el mejor momento de un ciclo de alto crecimiento económico, el sociólogo Tomás Moulian publicó un ensayo que en pocas semanas se convirtió en uno de los libros más vendidos (dicen que hasta estaba en los almacenes de barrio) y más comentados en Chile. Su ensayo -directo, al hueso y sin eufemismos, aunque con el ropaje académico de rigor- significó rasgar todos los velos del optimismo y las miradas complacientes sobre una transición habituada a esconder las incomodidades bajo de la alfombra de la retórica optimista y bien pensante. Y si hoy se cuestiona el modelo desde todos los frentes, Moulian -y así lo entendieron los lectores de su tiempo- fue el primero en denunciar el gatopardismo de la transición chilena. El título del primer capítulo -“El Chile actual, páramo del ciudadano, paraíso del consumidor”- tiene una desasosegante vigencia. LOM, 1997.

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Nocturno de Chile

Tras su primera visita de regreso a Chile en 1998, Roberto Bolaño publicó en la revista española Ajo blanco un artículo revulsivo que lo situó ya no como el importante escritor latinoamericano que era, sino también como un escritor incómodo que no tenía escrúpulos en criticar a sus pares. La historia de la casa en donde arriba se celebraban talleres literarios y abajo se torturaba -recogida en Nocturno de Chile– se convirtió tanto en una dura denuncia de la hipocresía local como en parte de una interpretación histórica y literaria más amplia. Que la protagonice un crítico literario y que zumben en el oído del lector dos personajes tan siniestros como los señores Oido y Odeim no es un efecto casual, sino el corazón de una de las lecturas más penetrantes y desoladas de lo vivido (y de lo escrito) por los chilenos desde los años sesenta en adelante. Anagrama, 1999.

Mano de obra

Desde Lumpérica, 1983, Diamela Eltit ha construido un mundo narrativo en donde campean los excluidos, los derrotados, los perdedores. Se inició escribiendo bajo la dictadura, pero su denuncia va mucho más allá -aunque la época dejó, sin duda, una huella en el estilo quebrado y contenido a la vez que caracteriza su escritura- y apunta a los efectos perversos y duraderos de una manera de convivir que trasciende fronteras. Tal vez la forma más desnuda de esa línea de denuncia está en Mano de obra, novela ambientada en un supermercado (y una casa donde viven algunos empleados) que además recorre irónicamente nombres de publicaciones obreras del siglo XX. La novela desnuda los efectos de la explotación laboral y el espejismo terrible del consumo como factor de ilusoria felicidad hasta conducir el relato a la degradación y la violencia que sólo parecen una consecuencia lógica del estado de las cosas.  Seix Barral, 2002.

Discursos de sobremesa

Si hay todavía una figura dominante y señera entre los poetas chilenos vivos, es la de Nicanor Parra. Si parecía que no había nada más que agregar a un proyecto literario que recurría cada vez más a la visualidad, Parra reinventó el género del discurso y lo dio vuelta por completo desde que en 1991 recibió el Juan Rulfo. Un discurso de Parra es una clase magistral de cómo escribir poesía con humor, con filo, con actualidad y con pleno dominio de las herramientas que brinda el lenguaje. Sólo en 2006 accedió a reunirlos en un grueso tomo que, tras su traducción de Lear Rey & Mendigo (2004), son los hitos mayores de lo que ha escrito en las últimas dos décadas el casi centenario e impredecible poeta que, a pesar de tener publicadas en dos volúmenes sus Obras Completas, puede guardar aún un tomo de sorpresas bajo la cama. Ediciones Universidad Diego Portales, 2006.

Formas de volver a casa

De los escritores chilenos menores de 40, Alejandro Zambra es el que ha alcanzado mayor resonancia en Chile y en el ámbito hispanoamericano. Su primera novela, Bonsaï, con su aire leve, su brevedad y su manera de rendir homenaje a Bolaño sin caer en el remedo, significó un punto de renovación literaria tan hondo y más interesante que el de Fuguet en 1991. La culminación, hasta ahora, de su trabajo narrativo es Formas de volver a casa, un relato de dobles y triples niveles que no renuncia por ello a la transparencia de la escritura, siempre accesible pero no por ello menos cuidada. Esta novela viene a cerrar el círculo aquí descrito, puesto que narra la experiencia de un niño que crece en la dictadura (nació en 1975) y que funde y confunde diversos despertares a medida que crece y toma conciencia de quién es, de dónde y en qué tiempo vive. Anagrama, 2011.

Sarcasmo y sátira

Artículo publicado en el suplemento Babelia del diario El País, primero de junio de 2013

el-sueno-del-retorno-ebook-9788483836880Es mejor aclarar de entrada que el autor nacido en Honduras en 1957 y radicado en El Salvador durante casi toda su infancia y juventud —es decir, mientras la última época de una sucesión de 41 años de dictaduras militares incubaba una hirviente caldera de ira y descontento que terminó por estallar en 1980— sostiene que “no escribo literatura de la violencia, como más de algún reseñista ha señalado; escribo literatura, a secas”. Pero la violencia es inescapable; si, como el autor sostiene en La metamorfosis del sabueso. Ensayos personales y otros textos (Ediciones de la Universidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2011), “si la patria que me muerde es la memoria, no he encontrado otra forma de ajustar cuentas con ella que a través de la invención”. De ahí que la violencia sea una línea que atraviesa a todo lo largo las ficciones de Castellanos Moya, a veces con mayor intensidad, a veces con carácter protagónico, a veces como el telón de fondo en que se desarrolla la ficción, pero nunca deja de estar ahí, aunque en las últimas décadas haya cambiado de carácter.

Tusquets ha editado casi todas sus obras de ficción (aunque falta La diabla en el espejo, una de las que mejor retrata la vida cotidiana salvadoreña antes de la crisis). Entre ellas destaca El asco. Thomas Bernhard en El Salvador, un relato revulsivo e inmisericorde, una sátira sarcástica y feroz dirigida hacia todo lo que puede identificar al salvadoreño medio y que le valió al autor un buen número de amenazas.

Algún trasunto autobiográfico hay en su más reciente novela, El sueño del retorno. Como el autor, Erasmo Aragón se exilió en México y trabajó en una agencia de prensa controlada por la guerrilla salvadoreña, pero, si el autor duró poco tiempo en ella, Erasmo, en 1991, todavía trabaja ahí. El primer recuerdo de la infancia de ambos es el mismo, una bomba que estalló en el frente de la casa de sus respectivas abuelas, y ambos regresan a El Salvador pocos meses antes del fin de la guerra civil en 1992. Pero hasta ahí parece llegar la similitud. Erasmo Aragón es un personaje de la picaresca más que de la épica, un tipo voluble que ahoga su desazón con vodka y tónica en la noche y cócteles estrambóticos a media mañana para sacarse la resaca, asediado por el miedo a volver a su patria antes del fin del conflicto y por el deterioro irreversible de su relación matrimonial.

Quien mejor se define es el mismo Erasmo: “De pronto percibí la volubilidad de mi carácter, la forma en que los eventos hacían conmigo lo que ellos querían”; y aquellos eventos, en El sueño del retorno, comienzan cuando el protagonista, que además sufre del colon, decide visitar a don Chente, médico salvadoreño exiliado como él, que ve en sus males físicos una manifestación de los trastornos de su espíritu. Aquí la novela se convierte en una exploración de la memoria, con un doble juego entre tres líneas: lo que Erasmo le cuenta al médico en las primeras sesiones; lo que no le cuenta, porque lo avergüenza o porque no le tiene confianza suficiente, pero sí se lo cuenta al lector, bajo la fórmula “pero no le conté que…”; y lo que le cuenta a don Chente en sesiones de hipnosis y que el médico anota en una libreta y que Erasmo desconoce por completo. De ahí que lo asalta la zozobra, más aún cuando el médico desaparece de la escena. Y si las sesiones de hipnosis le producen una extraña paz, pronto su ánimo voluble, las copas, las discusiones con otros exiliados, sus líos matrimoniales y un extraño personaje que es parte de la inteligencia clandestina de la guerrilla salvadoreña en México lo arrastran a bruscos cambios de ánimo que a su vez lo arrojan al alcohol y al desquiciamiento. Pero sobre todo es la incógnita sobre qué le contó a don Chente mientras está dormido le atenaza el cerebro y lo lleva a sumergirse en sus recuerdos, pero también a ponerlos en duda; y en ese trabajo de la memoria asoma también la violencia que vivió en su país y la que le llega por las noticias sobre su patria, pero sobre todo la desazón infinita de no saber quién es realmente y qué va a encontrar en el regreso.

En ese sentido, el título de la novela puede aludir al carácter a ratos onírico —pesadillesco— de las desventuras de Erasmo, que culminan en una desternillante escena en el aeropuerto, cuando cree ver pasar a don Chente y al mismo tiempo no puede resistirse al encanto del cuerpo de una pasajera. En esta novela brilla como pocas veces la contorsión hacia “el sarcasmo y la sátira” —en palabras de Castellanos— que caracteriza una obra que interroga e inquieta sin perder otro rasgo: “A veces reímos tanto o nos ponemos chistositos, para atajar la locura”.

El sueño del retorno. Horacio Castellanos Moya. Tusquets. Barcelona, 2013. 184 páginas. 15 euros

La transmigración de los cuerpos

Reseña publicada en Babelia, suplemento cultural del diario El país, 9 de febrero de 2013.

En una ciudad sin nombre, asediada por una epidemia que poco a pocoScan10030 encierra a la gente en sus casas y libra las calles a los desesperados, a los militares, a los que deben salir quizá porque tampoco tienen esperanzas, transcurre la tercera novela del escritor mexicano Yuri Herrera. El protagonista de La transmigración de los cuerpos es el Alfaqueque, un tipo tan anodino que asume, respecto de sí mismo, que “las cosas entendían pronto que su vida era como la parada de un camión, útil momentáneamente, pero donde nadie se quedaría a vivir”. Lo curioso es que esa dolorida conciencia acerca de sí mismo y  sobre lo dura y triste que es la existencia (“se repitió lo que tantas veces en circunstancias distintas se había dicho: todo lo bueno es un pedazo de algo horrible”), lo convierte en un personaje entrañable, que gana en humanidad y calor mientras más se adentra el
relato en una cruel historia en medio de las calles vacías por el miedo. La concisión característica del estilo de Herrera da acá un paso adelante, con una capacidad expresiva que impresiona más por la contención que por el exceso, más por el exigente rigor en la expresión que por el adjetivo fácil.

El Alfaqueque tiene también –a su manera- el don de la palabra. De oscuro tinterillo pasó, gracias a ese talento, a convertirse en un negociante. “Muchas veces la gente estaba esperando que alguien viniera a bajarle la bilis y a ofrecerle una manera de salirse de la pelea; y para eso es que servía ajustar el verbo. El verbo es ergonómico, decía, Sólo hay que saber calzarlo con cada persona”. Acompañado por el Ñárdertal -un personaje que parece, pero sólo parece, que quisiera que lo maten pronto- y por la Vicky -enfermera que sobre todo verifica la dignidad de los cadáveres que circulan cerca del protagonista-, el Alfaqueque se ve atrapado en una sombría historia de enfrentamientos familiares. Él pone el verbo por un lado y el Menonita, otro especialista en deshacer conflictos, por el otro; y en cada una de las puntas de la madeja hay un muerto. La novela tiene una estructura vagamente policial; el Alfaqueque recuerda al clásico detective de la novela negra cuando va desentrañando el hilo oculto de una trama que se adentra cada vez más en antiguos rencores y cuentas por cobrar, pero no tiene afán justiciero alguno. Quiere la verdad sólo en la medida en que le sirva para evitar más cadáveres cerca suyo y ello porque ese es su trabajo, no por algún imperativo de orden moral. La compañía permanente del Alfaqueque es un perro negro que le roe las entrañas y la leal compañía del mezcalito nocturno, “la mugrita destilada limpiándole la mugrita de adentro”, ese sedimento implacable que la soledad y la violencia van acumulando en la vida cotidiana del Alfaqueque, por más que esta última aparezca como en sordina, en la disputa por los cuerpos de los muertos y en un par de escenas de calculada brutalidad. En su mansa desesperación, en su desapego, hasta en su incredulidad frente al hecho de que su vecina, la Tres Veces Rubia, lo desee como compañero sexual, el personaje protagónico despliega una integridad que es a la vez frágil e imbatible, un precario equilibrio entre la maldad que lo asedia y la compasión, una compasión sincera, profunda y contenida, que siente hacia los cuerpos yertos de la Muñe y Romeo, las dos puntas de una madeja que no por asordinada es menos triste y desoladora, donde sólo la lucidez amarga y humilde del Alfaqueque ofrece  algún camino de redención. Es una novela dura, como las que provienen de una zona fronteriza y asediada por la extrema violencia, pero también extrañamente consoladora, en buena medida gracias a su excepcional calidad literaria.

Restos humanos

Tras su ciclo de novelas sobre la Guerra Civil Española y un libro de retratos o perfiles que tienen mucho más de literario que de periodístico, Soler se adentra en el espinoso territorio del tráfico de órganos humanos y, más en general, de la rampante corrupción de una ciudad nunca identificada. Sin embargo, su aproximación está muy lejana del tono de denuncia que restos humanospodría esperarse en los tiempos que corren. Aún más, se podría postular que el núcleo de la novela está en otra parte, en la vida de los dos hermanos que la protagonizan; si el menor es el ambicioso y triunfador, el mayor –conocido como “el Santo”- opta por la excéntrica existencia de profeta del barrio que soporta estoicamente burlas despiadadas por su túnica y sus prédicas en los lugares más inapropiados. Un buen día, en las charlas que da en su departamento, un extraño personaje deposita en su refrigerador un envase de plástico que debe permanecer congelado. Es el punto de partida para que todo se distorsione, especialmente la contenida vida del Santo (que bordea la cincuentena y aún no ha conocido mujer), y entren en la danza mafias internacionales, prostitutas rusas y clínicas inescrupulosas. A diferencia de otros libros de Soler, marcados por la frase corta y la velocidad narrativa, Restos humanos corre de manera más plácida, con mucho espacio para el humor esperpéntico en torno a cuestiones que pueden irritar la piel: la religión y la fe, la confiabilidad de las instituciones públicas, la ética médica, el cuidado de los vagabundos. Tras las desventuras del Santo, que ve que un abismo se abre a sus pies, hay una inteligente y humorística manera de plantear que ninguna convicción puede resistir algunos embates del azar y que, bajo la superficie social, suelen agitarse aguas muy oscuras.

Jordi Soler. Mondadori, Barcelona, 2013. 190 páginas, 17.90 euros.

La Biblia Vaquera

Reseña publicada en «Babelia», suplemento del diario El País, 24 de marzo de 2012

Rica pirotecnia de juegos verbales

La Biblia Vaquera
Carlos Velázquez
Sexto Piso, Madrid, 2011
101 páginas, 14.90 euros

El norte de México no solo es el territorio donde con mayor encarnizamiento se lleva a cabo la guerra entre los cárteles de la droga y la policía y el ejército mexicanos; también es el ámbito en donde ha crecido una literatura distinta y profundamente renovadora, que responde como pocas a la multiforme realidad de un mundo que funde realidades –o las crea, más bien- al ritmo imparable de la globalización. Velázquez, a su vez, crea en este libro un país imaginario que se establece precisamente en la línea de contacto entre culturas: Popstock, con ciudades como San Pedrosburgo, San Pedrosvelt, San Pedrosttugart, Saltillo, Monterreycillo, donde superpone nombres del mundo con el desierto del norte de México. Ese cruce se expresa también en el recurrente uso de términos del lenguaje mestizo de la frontera, el espanglish, pero con un estilo que rebasa y deja atrás los usos habituales. Sobre esta superficie lingüística, Velázquez extiende otra densa capa de juegos verbales, de cambios de sentido, de creación de términos al estilo de las «palabras baúl» de Lewis Carroll, como -«por los sigilos de los sigilos», «drogoficante», «San Juditas Tarareo», una pirotecnia incontinente que hace saltar chispas a cada momento. Sobre esa capa, Velázquez suma aún otra de desplazamientos de significado que hacen de La Biblia Vaquera un texto delirante y efervescente, una sopa que hierve hasta la incandescencia. Cuando el lector piensa en campeones de lucha libre, se trata de DJs que combaten a punta de mp3. Cuando se trata de una banda de rock pesado, el instrumento principal es la rasuradora con que The Country Bible se ha hecho una artista en el depilado del pubis femenino. Hay un diablo burócrata que manda nuevas habilidades por DHL. Hay episodios y personajes históricos también desplazados de sentido que inducen a una nueva lectura del pasado. El subtítulo del libro –Un triunfo del corrido sobre la lógica‘- da una idea acerca de la fusión de mundos que propone, así como sus afirmaciones sobre, por ejemplo, el pop: «Y el tiempo mi querido espectador, el tiempo es pop. El Diablo es pop. El amor es pop. Y el pop es una puta». Y sobre todo están todas las Biblias, protagonistas de cada relato: la Biblia Vaquera, The Country Bible, The Cowboy Bible, es decir, un personaje proteico que puede ser hombre o mujer, experta con la rasuradora, Dj combatiente, gorda encargada de curar las penas de amor, piel de botas, Biblia de verdad forrada de mezclilla, campeón de resistencia al alcohol. En los cuentos se filtra, cruenta y grotesca, la rotunda presencia del narco en la quebrada convivencia social mexicana y norteña, que Velázquez –presente, por la fuerza del azar, en unos cuantos tiroteos- aborda con humor negro y chispeante.  Así, La Biblia Vaquera –tanto como el anterior libro de Velázquez publicado por Sexto Piso en España, La marrana negra de la literatura rosa– es un laboratorio que dinamita los sentidos y abre cauces nuevos para la narrativa latinoamericana. El autor está por concluir su primera novela, El coleccionista de salsas, que define como «un mamotreto que le dará carpetazo a Los detectives salvajes». Mucha ambición, quizá, pero sin duda que Velázquez, con el ritmo quebrado de sus relatos, el trabajo al interior del lenguaje que lo quiebra y multiplica los sentidos, que revitaliza la respiración de la lengua y entrega a cada momento felices hallazgos que obligan a pensar de otra manera las palabras –es decir, la realidad que nombran-, puede convertirse en un nuevo punto de referencia en un mapa que a cada momento gana en complejidad y riqueza.

La luz difícil

Reseña publicada  en «Babelia», suplemento del diario El País, sábado 18 de febrero de 2012

Narrativa. Un pintor anciano, de vuelta en su país y que está perdiendo rápidamente la vista, escribe. En un papel rugoso, con letra muy grande y con la ayuda de una poderosa lupa cuadrada que se fija con un brazo al escritorio. Viudo y sin problemas de dinero –el éxito, finalmente, lo alcanzó-, vive, recuerda y trata de capturar, esta vez con las palabras, «la luz esquiva, la luz difícil» que persiguió en su carrera de pintor, aquella que desencadena «la punzada, como la del amor,  que se produce cuando uno siente que toca el infinito». Solo que esta vez el objeto no es la luz atrapada en un casco viejo en un brazo de mar, o las formas de un cuerpo, o el juego permanente de la sombra y la claridad sobre los objetos que, ante la luz, están tan vivos como los seres humanos. El objeto es su vida, pero especialmente el momento más doloroso posible, enunciado ya en la primera página: «la muerte de mi hijo Jacobo, que habíamos programado para las siete de la noche, hora de Portland, diez de la noche en Nueva York». Tomás González (1950), colombiano, es de esos escritores que poco han trascendido fuera de las fronteras de su país a pesar de merecerlo con creces. Esta novela revela también cierto trasunto biográfico –el autor y el protagonista residieron largos años en Estados Unidos, en Miami y Nueva York-, pero sin duda que la reflexión de fondo escapa de esa determinante. «Me asombra otra vez lo dúctiles que son las palabras; lo mucho que por sí solas, o casi por sí solas, expresan lo ambiguo, lo trasmutable, lo poco firme de las cosas», dice el protagonista, y ello se aplica, por supuesto, no solo a cómo un objeto o un paisaje o un cuerpo cualquiera varía según las condiciones de luz y claridad que recaen sobre él; sino también a la mudable experiencia vital, que puede ser tocada de manera tan radical como el drogadicto que embistió el taxi en el que iba Jacobo y le produjo parálisis parcial, acompañada de dolores tan persistentes y atroces que todos –su padre, su madre, su novia, sus hermanos, sus amigos- lo ayudaron a planificar su muerte. Con una escritura errática en el tiempo, que va desde el pueblo colombiano donde ha vuelto el pintor -que tiene el pintoresco nombre de La Mesa de Juan Díaz- hasta ese día y esa noche neoyorquina en que esperaban noticias desde Portland, el anciano habla también sobre el resto de su vida, sobre la pintura y sobre la luz, para luego volver otra vez a la ductilidad de las palabras y lo errático de las cosas, a esa vida, a cualquier vida tocada por el azar y el dolor. Hay destellos de humor y toques de sensiblería que al mismo narrador le provocan una cierta vergüenza; y hay un final que destella con luz propia.

Tomás González. Alfaguara, Madrid, 2012. 144 páginas, 17 euros