Inventario de cosas ausentes

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 9 de enero de 2016

inventarioCarola Saavedra nació en Chile, en 1973, pero a los 3 años su familia emigró a Brasil, país donde, con un volumen de cuentos y cinco novelas a su haber, es considerada una de las escritoras más relevantes del momento. Y este Inventario de cosas ausentes muestra claramente por qué; se trata de una novela de amplio registro, que explora el pasado de dos países y que, como otras obras de escritores de su generación y más jóvenes, lidia con las herencias de la(s) dictadura(s) y su efecto en los lazos personales. Por eso es que, a pesar de tratarse de su primer libro traducido al español, resulta familiar; no como un déjà-vu, sino como otra manera de afrontar y elaborar historias que tienen resonancias históricas y biográficas cercanas. Además, Saavedra lleva a cabo un interesante juego con la estructura narrativa, y en eso se advierte más aún su talento y el rigor con que afronta la tarea de la escritura.

Inventario… está organizado en dos partes muy distintas. En la primera, “Cuaderno de anotaciones”, el narrador cuenta fragmentos de la vida de Nina, un personaje que comparte algunos datos biográficos con la autora, y de sus padres y abuelos (todos chilenos); da cuenta de su trabajo en la escritura de una novela; intercala historias paralelas; habla de su vida y de Luiza, su mujer. Dice que “el libro es sobre una mujer llamada Nina”, y eso es verdad, pero respecto de la obra completa, porque la segunda parte, “Ficción”, parece encajonarse durante bastantes páginas en una muy dañada y tormentosa relación padre-hijo, reconstruida a través de fragmentos donde la repetición es el principal recurso estilístico: el hijo dejó la casa paterna a los 23 años; 23 años más tarde, el padre lo cita a la misma casa, al mismo escritorio, y le dice, una y otra vez, las mismas cosas que le decía cuando vivía ahí. La novela vuelve a levantar vuelo con el reingreso de Nina al relato, que se quiebra en historias ajenas, en recuerdos, en biografías, que dejan constantemente en claroscuro quién es quién, pues solo Nina se perfila con claridad frente al que escribe la primera parte y el que protagoniza la segunda. Dos series de diarios operan como fantasmal contrapunto a un relato donde “hay de esos muertos que nunca mueren porque no tienen cuerpo que enterrar”, cuerpos femeninos que envejecen, cuerpos masculinos que deben afrontar, finalmente, que, “para su espanto, llegaba el fin”, a sabiendas también de que el esfuerzo de la escritura, el intento de fijar la historia, puede ser igualmente un espejismo.

Carola Saavedra. Tajamar editores, Santiago, 2015. 134 páginas.

La tercera mano

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 19 de septiembre de 2015

la tercera manoAdolfo Couve es un raro dentro del canon narrativo chileno, tanto por la excentricidad de su obra -de la que él estaba muy consciente- como por la discusión en torno a su figura: hay quienes lo consideran imprescindible y otros, entre los que me incluyo, que lo consideramos sobrevalorado. Se suele alabar su estilo, sin tomar en cuenta que ganaba en comas y rigidez con cada nueva obra (las comas son un tema: “como nadie sabe dónde poner una coma, porque es una cosa de respiración personal, hay que jugársela por ellas”). No obstante es un escritor interesante, que se movió toda su vida entre dos polos expresivos: la pintura -donde tenía una facilidad admirable- y la escritura, que, según señaló, le costaba más (y eso se nota). Couve no dejó, que se sepa, diarios, y escribió pocos artículos sobre su manera de entender el arte y la literatura. Este libro viene a reparar, en parte, esas ausencias. Se trata de una recopilación de frases, ordenadas por temas, pero en apartados sin título, de las entrevistas que dio a lo largo de 30 años. El procedimiento es el mismo que llevó a cabo Andrés Braithwaite en la sección “Balas pasadas” de Bolaño por sí mismo y, tal como en ese caso, el conjunto así expuesto gana en claridad y densidad; y complementa muy bien el monumental trabajo de la editorial Tajamar, que publicó las Obras completas de Couve.

Y es así, porque Couve da cuenta de cómo entendía él las artes, la literatura de su tiempo, la narrativa chilena, el impresionismo (al que desprecia), los best sellers (aunque no los llama así). Valora muchísimo la poesía y su poder de síntesis, al que trató de acercarse, dice, en sus novelas, siempre cortas y partes de un tejido mayor que no se ve (“la gran literatura es fragmentos nomás. Uno debiera ser tan valiente como para publicar solo fragmentos”). Revela toda la conciencia y la deliberación que puso en sus libros, así como su (relativa) distancia con la pintura (“¿Por qué pinto en verano dos o tres cuadritos y no pinto más en todo el año? Porque siento ese llamado de la luz”). A fin de cuentas, La tercera mano reafirma el carácter excéntrico de un escritor que afirmaba ser vanguardista porque huía de las vanguardias a través de un clasicismo muy ceñido en las formas. Acá habla, naturalmente, con más soltura y libertad. Y se muestra más que en sus obras de ficción: más contradictorio, más tajante, más entusiasmado, incluso, con la luz, con la palabra, con la materialidad de la escritura y las manchas de color.

Adolfo Couve (edición de Macarena García y Catalina Porzio). Alquimia Ediciones, Santiago, 2015. 99 páginas.

Lanchas en la bahía

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 4 de julio de 2015 

15.06-Lanchas-en-la-bahia-PortadaLa editorial Tajamar tiene el propósito de rescatar toda la obra de Manuel Rojas, un autor injustamente relegado al nicho de lecturas escolares y, por lo tanto, poco publicado en colecciones destinadas a todos los lectores. De ahí viene la empresa de rescate emprendida por Tajamar: que se vuelva a leer a Rojas, que volvamos a hablar de sus libros. Porque, sin duda, se trata de uno de los grandes narradores chilenos, que merece estar en el diálogo literario contemporáneo.

Lanchas en la bahía es su primera novela, y sorprende por su aire fresco y renovado, que no esquiva ni las metáforas audaces ni el monólogo interior. Compuesta a través de escenas en la vida de Eugenio, un joven de pueblo que llega a trabajar al puerto de Valparaíso, es tanto una novela de iniciación como un cuadro de costumbres, un relato social y una novela de aventuras. Rojas tenía 35 años cuando la publicó, cuando ya demostraba un singular talento para poner en escena a personajes de pueblo y para capturar de manera certera el ambiente de su tiempo, con un lenguaje vibrante y rico: “Algunos gritos se erguían como espadas y otros ascendían perezosamente por los peldaños de las vocales; unos abríanse como abanicos y otros rezongaban como mendigos pertinaces, y todos se unían, se desunían, se enlazaban, se desenlazaban, luchando entre sí, ascendiendo hacia el cielo atardecido de diciembre, de donde descendían ondulando, y morían”. A la vez, Rojas ya indicaba que, más allá de su talento, tenía la capacidad de ofrecer una nueva forma de escribir narrativa, muy lejos del criollismo, por ejemplo. Y, conforme a su trayectoria de dirigente de la FECh de izquierdas -igual que José Santos González Vera, otro gran escritor que no tiene la notoriedad que merece-, no descuida, en el fragor urbano del puerto cosmopolita y pobre, los temas sindicales y sociales. Volver a leer a Rojas, o conocerlo, es restablecer un cierto orden en la escena literaria, a veces descentrada por afanes vanguardistas que en realidad parecen borradores inacabados. Y Lanchas en la bahía, por su brevedad y frescura, es una excelente puerta de entrada al mundo que creó Manuel Rojas en una serie de novelas ejemplares.

Manuel Rojas. Tajamar Editores, Santiago, 2015. 110 páginas.

Lucía McCartney

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 21 de junio de 2014

Fonseca- Lucía McCartney- boceto 2-solo tapaEs digno de aplauso que la editorial Tajamar prosiga en su empeño de publicar en Chile obra tras obra del brasileño Rubem Fonseca. El abogado nació en 1925 y comenzó a publicar ficción a los 38 años, pero el reconocimiento oficial del mundo literario solo vino en 2003, cuando recibió el Premio Juan Rulfo en Guadalajara, y el Camoes, el más prestigioso en portugués, otorgado por Portugal y Brasil. Es que la narrativa de Fonseca -áspera, directa, mordiente- desató inicialmente el escándalo por su crudeza y la persecución por sus denuncias de los abusos y la corrupción en su país en los años 60 y 70, y ello oscureció, de alguna manera, una recepción más abierta y amplia a textos que oscilan entre la aparente simplicidad del relato policial, la ironía metaliteraria y la densidad estilística y argumental de sus grandes novelas.Lucía McCartney es el tercer libro de Fonseca, publicado en 1967, y no había aparecido antes en castellano. La traducción de John O’Kuinghttons sigue la interesante tónica de otras ediciones del autor brasileño en Tajamar: es al castellano de Chile, con los modismos propios de este país, apuesta que tiene sus riesgos, pero que, finalmente, se revela como un inesperado placer. El libro de cuentos destaca dentro de la obra de Fonseca por varios motivos. Uno importante es que ya muestra una variedad de estilos y temáticas, aunque, por la época en que fueron escritos, están muy en línea con su experiencia como abogado penalista y funcionario de la policía. “El cuarto sello (fragmento)” es quizá el más representativo de esta vertiente: Fonseca imagina una sociedad aún más sujeta a controles y una realidad social más explosiva de lo que ha sido jamás Brasil, y envuelve la despiadada violencia en el lenguaje seco y el amor por las siglas que suele desplegar un buen funcionario. También acá se registra la primera aparición de Mandrake, el abogado que es una especie de alter ego del autor y protagonista de algunos de sus mejores relatos. Mandrake, alias de Paulo Mendes, aparece en el “El caso de F. A.”, donde se entremezclan el poder político, la violencia, la explotación de las mujeres y la particular manera en que Mandrake -sin escrúpulos a la hora de golpear o mentir- resuelve los conflictos en que se ve envuelto. En tanto, el cuento “*** (asteriscos)” revela otra faceta, la del escritor que mira con sorna su oficio y desnuda a la vez los mecanismos de la crítica veleidosa y la censura inconmovible.

Rubem Fonseca. Tajamar, Santiago, 2014.182 páginas. 

Novela negra y otras historias

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 26 de mayo de 2012
tapa Novela negraEste libro, de 1992, nunca había sido traducido al castellano. Siempre es una buena noticia que se amplíe el corpus de Fonseca disponible y más cuando se trata de un libro atípico, que coincide en su deriva con una línea narrativa que atraviesa las últimas décadas en autores tan relevantes como Enrique Vila-Matas y Roberto Bolaño: el protagonismo de los escritores y de la literatura en la ficción. Ello es especialmente notorio en la nouvelle que da título a la colección. “Novela negra” es una historia tanto de crímenes como, sobre todo, de escritores y de identidades. Fonseca aprovecha un coloquio sobre el género policial para ofrecer además una suerte de poética, en páginas tan interesantes como mordaces sobre el oficio de escribir y de adentrarse en la caja negra de la mentalidad criminal. En el coloquio participan, entre otros, James Ellroy, que aúlla en público, y P. D. James, que expone de manera muy modosa la visión clásica de la novela policial a la manera inglesa. Pero también está Winner, autor del más exitoso libro del género en los últimos años, Novela negra, un portador de secretos inconfesables que pugnan por salir a la luz. Relato elegante, arroja también una ácida luz sobre la manera en que Fonseca entiende el oficio. Muchas frases no esconden su propósito incendiario y provocador: “Los escritores y los profesores son básicamente personas exhibicionistas. De lo contrario, ¿cómo soportarían el trabajo que hacen?”.

Pero, como se trata de Fonseca, los otros cuentos donde los escritores participan son de una cuerda muy distinta. “El arte de andar por las calles de Río de Janeiro” es una suerte de radiografía urbana de la ciudad,  con un escritor obsesivo cuya divisa parece ser lo que le dice a Kelly, una joven prostituta que quiere acostarse con él: “No tengo deseo ni esperanza, ni fe, ni miedo”(y cómo no recordar el lema de Isabel del Este que tanto citó Roberto Bolaño, “sin esperanza ni miedo”). No hay crimen y sí la tristeza y la perplejidad ante la existencia características de buena parte de la narrativa de Fonseca.  El segundo es un apócrifo diario de Joseph Conrad en que el escritor polaco-inglés discute con la sombra de Stephen Crane y su posible influencia en su obra. “El libro de los panegíricos” es otra muestra de los posibles cruces entre la violencia y el sexo, la culpa y el crimen. El resto de los relatos -alguno más débil- completan un volumen que debíamos haber leído antes.

Rubem Fonseca. Tajamar Editores, Santiago, 2012. 189 páginas.

El seminarista / El cobrador

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 18 de diciembre de 2010

el seminarista portadaPocas cosas hay más gratas que el encuentro entre el deber y el placer, entre la obligación de estar al día en las lecturas y el encuentro con la más reciente novela de Rubem Fonseca, quien no pierde, a sus 85 años, el vigor narrativo. Y más todavía cuando El seminarista retoma viejos tópicos del autor y vuelve a tomarle el pulso a la violencia criminal en Río de Janeiro, su ciudad adoptiva (desde los 7 años vive en Río). Es muy interesante apreciar, además, cómo el personaje creció desde un esbozo previo (algunos cuentos contenidos en Ella y otras mujeres, de 2006, historias a las que alude el protagonista) hasta su caracterización plena en una novela que tiene múltiples conexiones con otras previas.El protagonista es un asesino a sueldo, conocido como El Especialista, y está a las órdenes de El Despachante, intermediario entre quien encarga el crimen y quien lo ejecuta. José, o Zé, estudió en el seminario y desde esa época conserva la manía de las citas latinas y un par de amigos que también desertaron de la carrera sacerdotal.Zé tiene una suerte de ética del crimen: si bien nunca lee los diarios o ve noticias para evitar saber, aunque sea por casualidad, quiénes son sus víctimas, no mata a mujeres -salvo las debidas excepciones, claro- ni menos a niños; y, si alguna vez se encarnizó cruelmente en la ejecución, se debió a que el designado para morir era un pedófilo. La trama tiene algo de desquiciado y en algún punto de las sucesivas tramas que se hilan en torno a Zé y su novia el lector puede ver flaquear su fe en la verosimilitud interna del relato; pero, en realidad, eso no es importante. Lo que impresiona en El seminarista es la formidable capacidad de Fonseca para poner en circulación a tipos criminales complejos, cuya posible sicopatía está perfectamente a tono con una sociedad que no sólo los hace posibles, sino que también, de algún modo, los necesita.

tapa El cobradorY la buena noticia es doble: además de esta novela, los editores chilenos lanzaron su edición de El cobrador, de 1979, volumen de cuentos largamente desaparecido de las librerías y uno de los más feroces y contundentes de Fonseca. El protagonista del relato que da título al libro tiene más de un rasgo común con Zé, aunque la violencia inaudita del personaje lo supera largamente y lo constituye en una suerte de prototipo del criminal. Escritos a más de 30 años de distancia, ambos libros conforman un díptico indispensable para abordar a un autor que sigue sorprendiendo por la calidad de su escritura y su radical y desesperanzada mirada sobre la ciudad que lo acoge y la violencia que incuba.

Rubem Fonseca. El seminarista. Tajamar Editores, Santiago, 2010. 156 páginas

Rubem Fonseca. El cobrador. Tajamar Editores, Santiago, 2010. 171 páginas.

Vastas emociones y pensamientos imperfectos

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 9 de enero de 2010

Tapa Vastas emocionesDe las cuatro novelas extensas de Rubem Fonseca, Vastas emociones y pensamientos imperfectos es la única que nunca había llegado a Chile. El autor obtuvo un tardío reconocimiento: recién cuando ganó, en 2003, el Premio Juan Rulfo y el Premio Luis de Camoes, distinción que entregan de manera conjunta los gobiernos de Brasil y Portugal, su impresionante aporte a la novela negra del continente rebasó la frontera de un reducido y fiel grupo de lectores.

Fonseca, que ha vivido casi toda su vida en Río de Janeiro, retrata sin piedad un entorno urbano largamente asediado por la violencia y el crimen, pero también mucho más que eso, especialmente en sus relatos de largo aliento, donde late el pulso febril y complejo de un país que tiene algo de impenetrable. Sus personajes, como el cineasta que protagoniza Vastas emociones…, suelen ser hombres cultos, escépticos y mujeriegos, que de repente son arrastrados por el ritmo vertiginoso del azar. En esta novela, el protagonista se cambia de casa; en la primera noche, recibe a una bailarina de carnaval que le deja una caja. La bailarina muere, la caja tiene piedras preciosas, una banda criminal le sigue la pista. Mientras tanto, recibe una inesperada invitación a filmar en Alemania una película sobre Caballería roja, el volumen de cuentos de Isaak Bábel, que es una de las joyas menos conocidas de la literatura rusa del siglo pasado. El escritor ruso y su libro alcanzan una gran importancia en la trama, que se desdobla y sigue rumbos que llevan desde Río a Berlín Occidental y Oriental, luego a París, a Minas Gerais, a Río, nuevamente, y se enriquece con referencias literarias y análisis políticos: hay un mundo que se derrumba y Fonseca, un gran observador y un escéptico con un sentido finísimo del ritmo de los tiempos, lo atrapa en precisos y certeros rasgos. La novela es, también, un relato policial, y Fonseca se muestra nuevamente como un maestro de la intriga. Las líneas se cierran de manera perfecta y, en este caso, la novela tiene un extraño aire circular; pero, en realidad, quien cambia es, sobre todo, el lector. Es muy difícil leer a Fonseca sin aprender algo sobre nosotros mismos, por el poder revelador de una escritura sin concesiones.

Rubem Fonseca. Tajamar Editores, Santiago, 2009. 278 páginas.

El gran arte

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 27 de diciembre de 2008

Tapa El gran arte“Perdí un diente”, dice Ada, la mujer del abogado conocido como Mandrake, protagonista de varias obras de Rubem Fonseca, y se pone a llorar. En realidad, lo que le ocurrió, precisamente por acompañar a Mandrake, es muchísimo más grave. “Parecía más pequeña y frágil, una vieja asustada”, piensa el abogado, antes de que ella decida abandonarlo, incapaz de lidiar con sus fantasmas.

Todo ello es un episodio más, y menor, incluso, en la vasta trama de El gran arte, la novela más extensa y ambiciosa de Fonseca. Publicada originalmente en 1983, tuvo una edición española, por Seix Barral, largamente agotada en las librerías; esta nueva edición, a cargo de una editorial chilena y con una nueva traducción (a ratos desconcertante, por la aparición de gruesos chilenismos donde uno menos lo espera), rescata con plena justicia una obra mayor de la narrativa latinoamericana del siglo XX, donde el gran fresco de la violencia que azota muchas ciudades de la región queda retratado a la perfección. La trama que soporta este retrato no sólo corresponde a la mejor tradición de la novela negra, con abogados y policías siguiendo un rastro jalonado de cadáveres; además, se sumerge en la densa trama social del Brasil, en la espesura de los privilegios, en la crueldad de las discriminaciones, en la soberbia de los poderosos, en la brutal iniquidad que condena a los débiles. La primera parte, “Percor” (por “perforar y cortar”, nombre de una división de la policía especializada en el uso de armas blancas), pone en escena a los personajes. Una cinta de video perdida va marcando un rastro de sangre -incluyendo las heridas de Mandrake y de Ada-, que en algún momento se cruza con una operación de contrabando de cocaína. La segunda, “Retrato de familia” amplía la mirada hacia la historia de una prominente familia de Río de Janeiro.

Dos primos, especialmente, concentran el foco del narrador. Decadencia y perversidad parecen ir de la mano en esta crónica de época. La violencia desencadenada en la primera parte no se atenúa, aunque ocurre más distanciada, en la segunda, y casi siempre bajo las reglas del “gran arte”, el arte de escoger el cuchillo adecuado y darle el uso que corresponde para lograr la mayor efectividad posible en la tarea de matar rápido. Mandrake cita a un poeta griego: “Tengo un gran arte, hiero duramente a aquellos que me hieren”. La posible metáfora del poema se torna, en esta novela, en despiadado apego a la letra. El carismático Mandrake, entre sus puros, la afición a la buena comida y sobre todo a las mujeres, un adicto al sexo que resuelve con elegancia e ironía su vocación polígama, es el hilo conductor -y narrador de buena parte del libro- de una historia amplia y revulsiva, cruel y descarnada, implacable en su retrato de la miseria humana, magistral en su desarrollo.

Rubem Fonseca. Tajamar Editores, Santiago, 2008. 319 páginas.

El estado de la cuestión

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 28 de diciembre de 2013

RamoneTras Basura de Grecia, una desafiante novela de estructura quebrada que tuvo una buena recepción crítica, Kato Ramone entrega esta colección de relatos -nueve- que denotan un muy buen manejo del género, con una escritura precisa y bien trabajada. Se aprecia aquí a un escritor cuyo talento no le impide pasar también por el trabajo de pulir la forma y lograr de ese modo un libro tan fluido como inquietante. Y lo es porque Ramone, en varios de los relatos y casi como un motivo que recorre subterráneamente todo el conjunto, pone en evidencia la fugacidad de la vida y se pregunta -sin hallar respuesta, porque, de hecho, no la hay- por su sentido último. Y si esa claridad ante la muerte como destino es inquietante, también lo es el retrato descarnado del país, otro asunto que surge en los relatos; ese país cuyos trabajos de demolición y reconstrucción semejan “escenografías caídas, como una ciudad fundada y ahora demolida por tramoyistas de un largometraje llamado Chile”, se lee en un cuento, y en otro se encuentra una frase que podría haber ido a continuación: “un país que a él a ratos le parece la parodia fastidiosa de algo menos vago y más grande, la relectura equivocada de una lectura ya equivocada”.

Hay dos cuentos donde la fotografía es una suerte de protagonista, pero, si el primero es una reflexión casi minimalista sobre el uso de la imagen para revelar la inanidad de las cosas, el segundo abre paso a una misteriosa violencia; violencia que también es un tema constante en los relatos de Ramone, bajo distintas formas, en distintos contextos. El último y más extenso de los cuentos, “Atribución de lo sensible”, es una distopía amenazante que pone en cuestión la institución republicana, al tiempo que traza un ácido panorama de la cesantía en la provincia. Otro par de cuentos refieren a la siempre complicada relación con los padres y semejan ajustes de cuentas por donde se filtran rencores, odios, rabias acumuladas que nunca tuvieron un cauce por donde fluir. Tanto en aquellos como en el libro en general, Ramone sugiere más que muestra, diluye las escenas, describe indirectamente, y esa forma de mirar corresponde de manera muy profunda con lo que escoge como materia de sus cuentos. Se trata, pues, de un libro tan valioso como inquietante, escrito por alguien que “sabe asimismo que no puede evitar ser depositario de un impulso muy latinoamericano: la nostalgia de lo que nunca fue”.

Kato Ramone. Tajamar Editores, Santiago, 2013. 132 páginas.