El navegante solitario

Teignmouth.jpgDonald Crowhurst tenía una pequeña empresa de productos electrónicos para la navegación marina en el pueblo de Teignmouth, en Devon, Inglaterra. Corrían los años sesenta. El negocio iba mal. Con poca experiencia en navegación, Donald decidió participar en el Sunday Times Golden Globe Race, carrera de yates cuya exigencia era circunnavegar el mundo, sin tocar tierra en ninguna parte. Vendió su casa y compró un trimarán, “barco multicasco que consta de un casco principal y dos flotadores más pequeños atados al lado del casco principal con puntales laterales”, según indica wikipedia.

Si se busca información en la web, es prácticamente unánime la opinión de que Crowhurst era un tramposo que falseó datos para quedarse con las cinco mil libras del premio y salvar así su negocio, pero le salió el tiro por la culata: perdido en el Atlántico, su bitácora se torna cada vez más delirante y finaliza abruptamente: el trimarán, bautizado como Teignmouth Electron en honor a su pueblo, que lo despidió con aplausos, apareció varado y sin su piloto y único pasajero en una isla del Caribe. La explicación fácil es que lo venció la culpa aunada a la inexperiencia; las febriles anotaciones de su diario de viaje dan cuenta de su extravío y, ante su incapacidad para afrontar la verdad, optó por el suicidio.

Pero, como suele pasar, las explicaciones fáciles no tienen por qué ser verdaderas (la navaja de Occam puede ser muy traicionera). La artista Tacita Dean dedicó años a reconstruir el caso y lo publicó en un libro que lleva el nombre del barco. Fue a Teignmouth, y se sorprendió de la mezquindad de sus autoridades, que apostaron por Crowhurst para atraer más visitantes al antiguo puerto reconvertido en destino turístico. Fue a fotografiar los restos del trimarán, que había cambiado de manos y terminó varado en otra playa, azotado por los huracanes y arrimado a un solitario árbol que parecía sostener los restos frente a la violencia de los vientos. Leyó con atención obsesiva la bitácora. Reparó en el detalle de que Donald dejó el barco junto con el cronómetro, único instrumento que le permitía fijar su posición en aquella era pre satelital. En su libro, melancólico, triste, que se interroga sobre todo por la soledad y la huella, Dean da cuenta de su peregrinaje tras la huella de Crowhurst y llega a una conclusión totalmente opuesta a la común: la bitácora no es una muestra de locura, sino de lucidez; y si su autor optó por el suicidio, fue para mostrar la verdad, no para ocultarla. Si hubiera querido pasar a la historia como una víctima de la soledad en el interminable horizonte marítimo, habría lanzado por la borda su bitácora y la planificación de su viaje, que trazaba un risueño recorrido entre dos puntas: el islote Tristán da Cunha y las Islas Malvinas, dos avanzadas -o dos restos- del Imperio Británico en dos extremos, lo que puede sugerir que el engaño (que lo fue; Crowhurst nunca intentó realmente circunnavegar el globo terráqueo y falseó datos sobre su ubicación) ya era una intención larvada, no consciente, antes de zarpar de la costa de Devon.

IMG_4008La artista reconstruye ese momento o esos días o esas semanas de soledad pura y dura, y sobre todo ese momento silencioso, tranquilo, meditado, consciente, en que Donald abrazó el cronómetro y se dejó caer, suavemente, por la borda, con el rumbo perdido y la inmensidad del mar por compañía. Probablemente fue de noche. Y puede haber sido un enorme descanso. Atrás, en la embarcación, quedaba el registro de su empresa imposible. Como escribe Tacita Dean, es tan común embarcarse en proyectos que sabemos que no vamos a poder llevar a cabo. La mayor parte de las veces se trata sólo de fracasos personales que lastran la existencia; Donald, en cambio, llevó su empeño hasta un callejón imposible y se dejó caer, con los ojos abiertos, plenamente consciente de la futilidad de su empeño (o de cualquier empeño, si se lo mira en el eje definitivo de la muerte).

¿Y por qué escribo hoy, casi de memoria, sobre un libro que leí hace unos cuatro años, probablemente deformándolo completamente? Ya se sabe, la memoria es más traicionera que las soluciones simples. Es porque el epígrafe del libro es Space Oddity, la canción completa, compuesta en el mismo año de la epopeya -por qué no llamarla así- del Teignmouth Electron, y uno puede perfectamente entender -y aplaudir- que el mayor Tom sea la cifra que preside el peregrinaje de Tacita Dean tras la huella de Donald Crowhurst:

estoy pasando a través de la puerta
estoy flotando en una forma muy peculiar
y las estrellas lucen muy diferente hoy”.

Tacita Dean. Alias Editorial, Ciudad de México, 2009. Sin folio de páginas. Traducción de José Ignacio Rodríguez Martínez.

Cuaderno alemán

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 26 de diciembre de 2015

Cuaderno alemánLa escritora argentina María Negroni tiene dos novelas a su haber, pero ha transitado mayormente por la poesía y el ensayo; y en libros recientes –Pequeño mundo ilustrado y Elegía Joseph Cornell, por ejemplo- ha mostrado que es posible también que ambos se invadan y se mezclen; poesía con secciones ensayísticas, ensayos con una escritura que se aproxima a la poesía en prosa. En Cuaderno alemán, Negroni avanza por una línea distinta: invitada a Alemania como parte de un intercambio cultural entre ese país y Argentina, debía escribir un blog. Esas entradas están recogidas en este (demasiado) breve libro, y, como era dable esperar, no son precisamente un diario de viaje, sino un registro de experiencias donde caben desde lo que vio hasta lo que alguna vez leyó, recuerdos que se le vienen de súbito a la cabeza, referencias culturales y cinematográficas, sueños, dibujos, fotos y poemas. La segunda parte del libro recoge los que escribió a propósito de Berlín, “su extensión melancólica, su corazón partido, de un lado y otro, por una divisoria todavía palpable, aunque invisible”.

La manera atípica en que la autora resuelve la obligación de escribir en un blog -de los que desconfía- y el también poco habitual modo de dar cuenta de un viaje se deben quizá a lo que parece ser la enunciación de una poética: “La literatura es una de las formas menos claras y más profundas de la resistencia”. Negroni aborda, por ejemplo, temas históricos y políticos a propósito de su visita al Museo Mercedes Benz, pero el asunto es mucho más complejo. En la escritura es donde mejor se muestra su modo de resistir (al lugar común, a la desidia, a la tentación de no ver) y de subvertir, ya no los géneros, sino cualquier tipo de instalación cómoda en la realidad. Cuando recuerda a un hombre que fue su pareja durante muchos años, escribe una frase terrible: “El desprecio, que es otro nombre del resentimiento, era su mejor defensa y su manera de esconder algo más bien maligno”; pero, un par de páginas antes, incluye una foto de un cochecito de perros muy graciosa. La primera parte del libro se llama “Entre Madame de Stäel y Dora la Exploradora”. La primera es autora de un libro sobre Alemania, único texto que Negroni llevó al viaje; y la segunda es la que la lleva a preguntarse qué hace ella entre tanto rubio. Son dos formas de mirar que se despliegan y se superponen constantemente, y que se pueden sintetizar en otra frase del libro: “La felicidad (o lo que llamamos la felicidad), contrariamente a lo que pregonan las agencias de viajes, fecunda en lo familiar”.

María Negroni. Alquimia, Santiago, 2015. 102 páginas.

Karl Kraus en los últimos días de la humanidad

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 23 de mayo de 2015

KrausAdan Kovacsics nació en Chile y emigró joven a Viena, donde se especializó en la traducción de autores austriacos y húngaros de entreguerras al castellano, a lo que añadió una breve y sugestiva obra ensayística propia. A esta vertiente pertenece la presente obra. Kovacsics es uno de los grandes especialistas en Karl Kraus, un intelectual y dramaturgo que ejerció ambos oficios con una lucidez y un manejo de la lengua que tiene poco parangón en el siglo XX. Escribió miles de páginas, por decenas de años, en su revista Die Fackel (La Antorcha). Las editoriales Visor y Acantilado han publicado contundentes selecciones de sus escritos. También cultivó el aforismo. Agreguemos su carrera de dramaturgo, que consta al menos de dos obras capitales: La tercera noche de Walpurgisy, Los últimos días de la humanidad, que se extiende por más de 700 páginas. Kraus la escribió mientras se libraba la Primera Guerra y usó en ella una enorme variedad de léxico y estilos que Kovacsics logró verter al castellano en una versión que ya no se encuentra en librerías (aunque sí una edición resumida por el mismo Kraus y traducida por Kovacsics).

Valga esta introducción para recomendar la lectura del ensayo de Kovacsics, que gira en torno a la relación que mantuvo con la baronesa Sidonie Nádherny. La primera parte registra episodios, viñetas y reflexiones, con un estilo libre, que hace surgir a un personaje muy distinto de la imagen atrabiliaria y severa que se ha difundido. El hombre enamorado de una aristócrata (y que por su origen no puede casarse con ella), que muestra una personalidad compleja y sorprendente, que vive y viaja mientras escribe y que se apasiona por las escenas de su propia vida. Luego, entrega fragmentos de la correspondencia entre Karl y Sidonie, que podía ser leída por otros (la censura oficial y el espionaje de la familia de ella) y que, por tanto, está llena de claves y sobrentendidos. Pero, sobre todo, es una prueba de pasión amorosa, con esa cursilería que jamás avergüenza a los auténticos amantes. La segunda parte se compone de tres breves ensayos de Kovacsics sobre Kraus, que exhiben tanto el conocimiento del autor sobre su personaje como una singular y atractiva afinidad en la manera de leer el mundo.

Adan Kovacsics. Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago, 2015. 251 páginas.

El tercer personaje

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 9 de mayo de 2015

Maquetación 1Sergio Pitol es un escritor curioso. En realidad, le corresponde perfectamente su propia definición de excéntrico: “Escriben de la única manera que les exige su instinto. El canon no les estorba ni tratan de transformarlo. Su mundo es único, de ahí que la forma y el tema sean diferentes”. Quizá por eso, por su condición de excéntrico, el mundo literario tardó en reconocerlo. Cuando se habla del boom, no se lo nombra, aunque es más joven que García Márquez y tres años mayor que Vargas Llosa. Solo a partir de los 90, cuando ya había completado la Trilogía del carnaval, que debe estar entre la mejor literatura latinoamericana del siglo XX, obtuvo premios como el Juan Rulfo y el Cervantes. Nada menos. Y comienza a surgir también la certeza de que la generación de Bolaño tiene mucho más relación con Pitol y Augusto Monterroso que con los patriarcas del boom.

Sus últimos libros son una muy personal mezcla de autobiografía, de ensayo y de crónica. El presente libro se decanta más hacia el ensayo, pero en modo alguno incurre en la pesadez de la academia. Nunca deja un tono personal ni la primera persona, lo que convierte estos textos en una experiencia de lectura poco habitual. Ya sea que analice ideas y tendencias o a sus autores favoritos, que escriba sobre sus amigos (escritores), sobre pintura, sobre la novela policial o sobre cine -una de sus grandes influencias, según expone en algunos de estos ensayos-, Pitol habla a partir de sí mismo, de cómo esas lecturas o esas películas se incorporaron a su vida y le permitieron entender mejor el mundo. El escritor mexicano tiene otra característica realmente memorable, y es que nunca ha bajado la intensidad de su pasión por la lectura. En este libro recoge ensayos sobre César Aira y Mario Bellatin, por ejemplo, y celebra el placer de encontrar formas renovadas y nuevas ideas en literatura. También habla de Monterroso, de José Emilio Pacheco, de Virginia Woolf y de Cervantes; y uno no puede dejar de asombrarse de que en pocas páginas Pitol encuentre algo nuevo que decir sobre el autor de El Quijote. Mención aparte merece su pasión cinéfila y la lucidez de varios ensayos que van mucho más allá de la erudición en su recuento sobre cómo el cine del siglo XX se ha hecho presente en la historia cultural (y en la suya personal). Mantener intacta la curiosidad y la lucidez a los 82 años es una hazaña poco habitual.

Sergio Pitol. Anagrama, Barcelona, 2014. 252 páginas.

Mis lecturas favoritas de 2014

Hacer una lista de fin de año entraña un gran riesgo: revela tanto lo leído como, sobre todo, el inagotable universo de lo no leído. Dicho esto, van, sin orden de prioridades ni pretensiones canónicas, algunos de los libros que más me gustaron en mis lecturas de 2014.

Galveston, de Nick Pizzolatto.  Recién llegada a Chile. Leí la edición argentina hace unos meses. Es de las mejores novelas policiales que he leído en los últimos años, aparte de dos clásicos de los que hablo más abajo. Acá la reseña.

Tela de sevoya, de Myriam Moscova. La reseñé acá. Es un ensayo autobiográfico escrito con una admirable cercanía, que además descubre un bellísimo sustrato de la lengua que hablamos en América Latina y España.

clarisseEse libro fue la principal motivación para comprar El color del tiempo. Poesías completas, de Clarisse Nicoïdski (Sexto Piso, Madrid, 2014; 117 páginas), escritora francesa de origen sefardí que, aparte de novelas escritas en francés y no traducidas al castellano, escribió un puñado de poemas cuyo propósito fue el de mantener viva la lengua, o la lingua, familiar. «Muchas linguas se hablaban en casa: el italiano, el serbo croato, unas palabras en allemán, y un poquito de francés. Y se cantavanlas todas. Una lingua tenian mis padres conocida de ambos: la que llamabamos el “spaniol muestru” y que nos venia de nuestros abuelos, llegados al “Ottoman turco” como se decia, desde la Inquisición d’España». Son poemas de extraordinaria limpidez, dedicados a los ojos, a las manos, a la boca, a las penas de amor, a las palabras; versos breves, poemas breves, que hay que leer “kon su musika de orijín”, como dice la abuela de Moscova, e intentar entenderlos bajo esa cadencia del lenguaje antes de mirar la página de enfrente, donde el traductor, Ernesto Kavi, trató de aliviar la “herida abierta”, la “memoria que está sangrando”, entre el sefardí y el castellano, para recuperar la dulzura perdida en el tiempo.

qui dizirás?
in tu boca
las palavras puedin ser piedras

i puedin ser palavras

qui dizirás?

La casa de hojas, de Mark Z. Danielewski. Es de 2013, pero se distribuyó en Chile en 2014, así que acá la incluyo con la reseña anotada. Es una novela apasionante, por lo distinta y por la enorme capacidad lúdica de su autor. Un placer de principio a fin.

Cuando hablábamos con los muertos, de la escritora argentina Mariana Enríquez, es otra interesantísima obra que muestra cómo la narrativa de género puede romper fronteras y anclarse en situaciones sumamente cotidianas o en procesos históricos. Es de 2013, pero la leí y reseñé a comienzos de 2014.

El silencio de los animales, de John Gray. Un filósofo inglés que escribe mucho y que vuelve sobre sus temas, hasta destilarlos en un libro breve y provocador. La reseña de rigor, aquí.

uno-es-un-numero-solitarioUno es un número solitario, de Bruce Elliott. No la he reseñado. En 2012, la editorial de clásicos de la novela negra Stark House rescató, en un solo volumen, dos novelas policiales de comienzos de la década del cincuenta. A su vez, la editorial argentina La Bestia Equilátera las publicó, pero por separado. En 2013 apareció Mi ángel tiene alas negras, de Elliot Chaze, reseñada aquí; y en 2014, la de Elliott. Impresiona cuánto tienen en común ambas, aunque las historias sean completamente distintas. Las mujeres también desempeñan acá un papel crucial y la desgracia se respira desde las primeras líneas. Como retrato de la sociedad estadounidense, es despiadada. Como indagación en los abismos del espíritu humano, es más implacable aún.

Al sur de la Alameda, de Lola Larra, con ilustraciones de Vicente Reinamontes, es una excelente novela destinada al público juvenil, con una sólida historia de revuelta estudiantil y de ritos de paso hacia la madurez. Puede sonar tópica la idea, pero está muy bien desarrollada.

Continuación de ideas diversas, de César Aira. Entre las muchas publicaciones de Ediciones Universidad Diego Portales, hay muchísimas dignas de figurar en esta lista. Me decanté finalmente por estos ensayos de Aira, que dan para parodiar la famosa frase bélica: “el ensayo es la continuación natural de la narrativa”. Acá la reseña.

Ejercicios de encuadre, de Carlos Araya, es una propuesta original, arriesgada y bien escrita, que muestra nuevos caminos para la narrativa chilena.

CortezasDestaco dos ensayos difíciles de encontrar en Chile –y por eso no los reseñé-, pero Amazon está en todas partes. Cortezas, de Georges Didi-Huberman, continúa su ya larga y sumamente prolífica exploración de la imagen, su significado y su contenido. En Cortezas (Shangri La, Santander, 2014; 68 páginas) retoma los temas que planteó en Imágenes pese a todo. Memoria visual del Holocausto (Paidós, 2004) a través de una visita al campo de concentración de Birkenau y las reflexiones que se abren a partir de veintena de imágenes conducen a un ámbito más complejo y de mayores repercusiones, la barbarie, la historia y la cultura: «la cultura no es la cereza del pastel (nota: en Chile decimos “la guinda de la torta”) de la historia: es todavía y en todo caso un lugar de conflictos donde la historia misma cobra forma y visibilidad en el corazón de las decisiones y los actos, no importa cuán “bárbaros” o “primitivos” sean».

no tan incendiarioNo tan incendiario (Periférica, Cáceres, 2014; 189 páginas), de Marta Sanz, es un libro atípico –que incorpora columnas publicadas en diarios con un hilo reflexivo enunciado siempre en primera persona-, que viene a remover viejos asuntos más bien olvidados –o soslayados- en el presente: la relación entre literatura y política no tanto desde la militancia o la denuncia, sino desde una trinchera previa, el desenmascaramiento de la ideología, de las estrategias de mercado, de la sobrevaloración del lector (¡no siempre tiene la razón!), de la cultura como mercancía que todos consumimos. Mejor citarla: «Globalización y pensamiento único están en la raíz de la producción de unos textos que no se limitan a reflejar el contexto –tal es la creencia más común-, sino que son en sí mismos contexto: aquí volvemos a la necesidad servil y mercantil de complacer al lector, y también a la costumbre de profesionalizar la escritura y de pagar abundantemente a un escritor satisfecho, estómago lógicamente agradecido, mientras se excluye del campo, del canon literario y de las mesas de novedades, al escritor que no sintoniza con una sensibilidad mayoritaria».

Y al final, un cuarteto: me gustaron dos buenas lecturas venidas desde Argentina pero editadas en Chile, Desubicados, de María Sonia Cristoff, y Flores nuevas, de Federico Falco; y los primeros libros de dos escritoras jóvenes y promisorias, Reinos, de Romina Reyes, e Incompetentes, de Constanza Gutiérrez.

La pasión y la condena

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 29 de noviembre de 2014

pasión y condena - villoroEl título apunta a la desmesura y a la desgracia, cuanto menos; sin embargo, como empieza a aclararlo el subtítulo, “Viaje en torno a una mesa de trabajo”, se trata, en realidad, de un luminoso y ameno ensayo sobre la escritura. Juan Villoro inauguró el festival Puerto de Ideas en 2013 con la lectura de esta conferencia, que aborda desde la materialidad que rodea el ejercicio de la creación literaria -la mesa, los objetos que la cubren parcialmente, el entorno- hasta lo que significa la vocación de escritor en otras dimensiones. Escribir como un trabajo. Escribir como una condena. La escritura como sufrimiento y como placer, o en qué momento y por qué oscila de un polo a otro.

Apoyado en abundantes referencias literarias, Villoro va desenredando la madeja con su habitual solvencia; el escritor mexicano cultiva el ensayo con un estilo diáfano y cercano, lo que se advierte aún más en el cuidado de la escritura en un texto destinado en primer lugar a la lectura en voz alta, que trabaja también con recursos retóricos como la paradoja y el chiste, entre otros, para que no solo corra con fluidez, sino igualmente con quiebres que rompan toda posible monotonía. En una palabra, es una conferencia escrita con empatía, pensando en quienes la van a escuchar, y que, una vez transformada en texto impreso, no pierde nada de su frescura y de su fluidez.

Aparte de, por cierto, su certero modo de iluminar un oficio, digamos, una vocación, una elección creativa, que implica casi siempre soledad (aunque hay casos notables de escritura compartida, como los textos a dúo de Borges y Bioy Casares) y ensimismamiento, así como -estamos hablando de escritores de verdad, no de meros entretenedores- una fuerte carga de angustia, sufrimiento y agobio. Villoro, en este aspecto, cita a Vila-Matas y su novela sobre los escritores que abandonaron la tarea, a Fresán y sus reflexiones sobre lo liberador que debe ser dejar la escritura, a Walser y la búsqueda de una medianía silenciosa que lo rescatara del abismo, a Warburg y su redención de la locura a través del camino inverso, el de escribir. Este último caso es quizá el más revelador, por lo singular y extremo: el historiador y teórico del arte escribe una ponencia para demostrar su sanidad mental, pero el discurso que construye es un método curativo en sí mismo, una manera de establecer cómo inscribir el pensamiento mágico en el orden racional y así conciliar los fantasmas interiores con las reglas del mundo.

Juan Villoro. Editorial UV de la Universidad de Valparaíso, Valparaíso, 2014. 54 páginas.

Cambiar de idea

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 9 de febrero de 2013

cdiZadie Smith publicó Dientes blancos, su primera novela, a los 21 años. Intentó leerla unos años después y cuenta: “Llegué a leer unas diez frases antes de que me invadieran las náuseas”. No es falsa modestia; es que, como dice en esta luminosa colección de ensayos y crónicas, “cuando una publica a edad temprana, su escritura crece con ella, y en público”. De ahí su profunda extrañeza -y repugnancia- ante aquella primera novela y, en términos más generales, la idea que está detrás del título: las personas cambian, la escritura cambia y, para ella, además, “la incoherencia ideológica es prácticamente un artículo de fe”. Y cuando uno lee este libro, no puede menos que admirar la plasticidad y la elegancia de su estilo, tanto como la riqueza de las ideas. Y si bien la mayoría son ensayos sobre literatura, escritores y sus obras, también hay materiales diversos, como una sustanciosa y terrible crónica sobre la vida en la actual Liberia, textos sobre cine -desde un magnífico análisis de Visconti hasta una graciosa y amena crónica sobre “el fin de semana de los Oscar”-, conferencias que aúnan biografía y reflexiones sobre la escritura o bien biografía, sociedad y política, e historias familiares extraordinariamente bien tramadas, donde la distancia que Smith abre con su mirada se convierte en una asombrosa cercanía con el lector. Puede parecer contradictorio, pero sin duda una de las grandes cualidades de la autora es su capacidad para situarse en la vereda del frente y mirar desde ahí su vida y su obra. Imposible no sentir, entonces, empatía con ella.

El libro tiene cinco secciones: leer, ser, ver, sentir y recordar, con algo de capricho en el orden interno, pero en realidad eso es lo de menos: el libro se puede asaltar por cualquier parte y en ninguna hay desperdicio. El ensayo sobre Kafka, por ejemplo, a partir de la biografía del checo escrita por Louis Begley (editada por Alba en castellano en 2009), explora la idea de que “como ocurre con Shakespeare, cada nuevo siglo traerá consigo a un Kafka cercano a nuestras preocupaciones”. Y llega a la inquietante conclusión de que si algo se ha hecho universal en nuestro tiempo, es la sensación de desacomodo frente las identidades convencionales y, por tanto, todos somos alimañas, traducción literal de Ungeziefer, la palabra que Kafka usa para describir aquello en que se transformó Gregor Samsa.

Zadie Smith.Salamandra, Barcelona, 2011. 413 páginas.

Continuación de ideas diversas

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 8 de marzo de 2014

continuacion-de-ideas-diversas-674x1024Aunque el escritor argentino César Aira ha escrito algunos ensayos (sobre Alejandra Pizarnik y sobre Copi, pero sobre todo su inigualable Diccionario de autores latinoamericanos), y aunque ha incursionado en el género dramático, el trazo principal de su escritura corre por la novela y, en menor medida, el cuento. Este libro -y en verdad no podría ser de otra manera, tratándose de Aira- rompe las convenciones exigidas tanto al ensayo como al diario de vida y aún a la ficción, puesto que de todo ello hay en esta sucesión de parágrafos que alguna vez enlazan con el siguiente, aunque lo habitual es que el tema cambie completamente. Recuerdos, películas, hechos del día anterior, el insomnio, la literatura y sus procedimientos, ideas de novelas, las pesadillas, ácidos juicios sobre el mundo contemporáneo, su manera de entender el ejercicio de la escritura, dan forma a un libro que gana valor (unos cuántos parágrafos se refieren al tema del valor literario o artístico) por varias razones. Primero, se trata de la inconfundible voz narrativa de Aira, uno de los escritores menos convencionales y más atractivos de la escena latinoamericana actual. Segundo, Aira habla de sí mismo, en primera persona, y, aunque sea de manera parcelada y casi renuente, como si tratara de esconder en la ironía o la distancia la peripecia autobiográfica, ofrece un singular recorrido por su formación como lector y algunas luces -pocas- sobre su familia y su entorno. Tercero, recupera una tradición (y la subvierte, por supuesto) ya antigua, esos libros de pensamientos (que solían incluir aforismos, pero esas frases cerradas y tajantes, que sobreviven la cita en cualquier contexto, no van con el autor) que menudearon en Europa hará un par de siglos. Aira la subvierte por la libertad que se toma con los temas y la ausencia de todo intento moralizante o al menos pedagógico. Se convierte así en un recorrido que el mismo autor describe como un “cadáver exquisito”, esa forma de escribir entre varios donde cada uno aporta un verso o un párrafo, solo que en este caso todas las ideas, las ocurrencias, los sueños, vienen de un escritor que si a los 14 años leía a Proust, Borges y Kafka (y por ello dice de sí mismo que fue “un lector muy precozmente intelectual, muy highbrow y no poco esnob, muy literario”), también afirma que la principal influencia en su vida de escritor son “las historietas de Superman, de los años cincuenta y sesenta”. Este contraste -uno de tantos- puede dar una idea de lo que hay en este libro singular y único, tan Aira como Aira.

César Aira. Ediciones Universidad Diego Portales, 2014. 86 páginas.

Valiente clase media. Dinero, letras y cursilería

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 8 de febrero de 2014

Maquetaci—n 1Hay muchas maneras de abordar la historia y la literatura de lo que solemos llamar América Latina, que en realidad es un conjunto harto más heterogéneo de lo que se pretende. En este riguroso y personal ensayo, el novelista mexicano Álvaro Enrigue sitúa el foco tanto en momentos menores de la gran historia, como en la tenue línea de la emergencia de las clases medias y la tensión que mantienen con los extremos de la escala social. Además, Enrigue lleva a cabo el desarrollo de sus tesis a través de textos literarios, en lo que constituye un gesto tan audaz como heterodoxo; la poesía, el manual de urbanidad o el tratado histórico, no están para ilustrar los movimientos de la historia, sino que se constituyen en ella, en el modo en que las sociedades cambian y expresan un nuevo estadio en la manera de entender el mundo. Enrigue viaja hacia el pasado en sucesivas etapas, que van desde Rubén Darío y su cursilería extrema, que abre una luminosa ventana sobre esa condición donde la burguesía decimonónica “está contenta con lo que tiene, pero no con lo que es”, según Enrique Tierno Galván, o, según Juan Valera, “la esencia de eso que llamamos cursi está en el exagerado temor de parecerlo”, hasta poemas de sor Juana Inés de la Cruz, donde el tópico del triángulo amoroso está descrito en términos contables.

Esos sonetos, escritos cuando se produjo la primera globalización comercial y la capital de Nueva España fue el crisol de una nueva manera de entender el funcionamiento del dinero como una abstracción; las obras de los expatriados jesuitas en el siglo XVIII que reivindicaron con evidente exageración las riquezas del Nuevo Mundo como sustento político para reclamar su derecho a manejarlas; el Manual de José Antonio Carreño, un gesto de autoafirmación (por momentos delirante) destinado a la aristocracia que terminó por convertirse en una guía universal que aún hoy se reedita en México; y la obra poética de Manuel Gutiérrez Nájera, un adelantado a su tiempo, y de Darío, son las estaciones inversas de un recorrido tan estimulante como novedoso por un pasado que obliga a mirar de otra manera el presente. Es decir, lo que debería lograr cualquier ensayo histórico realizado con rigor y perspicacia.

Álvaro Enrigue. Anagrama, Barcelona, 2013. 193 páginas.

La liebre con ojos de ámbar. Una herencia oculta

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 10 de noviembre de 2012

la-liebre-con-ojos-de-ambarLos netsuke son pequeños objetos artesanales -esculturas en miniatura- cuya función es cerrar, abrochar, como si se tratara de un botón, pero frecuentemente -como en el caso del kimono, que en realidad se cierra con el cinturón- su uso es sólo decorativo. Los netsuke también cierras tabaqueras, bolsas de opio y cajas en general. De madera, bambú o marfil, con un sello y significado especial cada uno, dan pie a una de las formas más destacadas de coleccionismo. El ceramista inglés Edmund de Waal, descendiente por el lado materno de una antigua familia judía, los Ephrussi, recibió en herencia de uno de sus tíos una colección de más de 200 netsukes; el primer Ephrussi coleccionista, Charles, inició las compras de esculturas en París en 1870; y luego, conforme a la tradición familiar, había que legarla a un pariente, ojalá un sobrino. De Waal la recibió en Tokio de manos de su tío Iggie, quien residió más de cincuenta años en esa ciudad. Es una herencia especialmente interesante para un ceramista cuyos objetos están destinados a museos, galerías de arte y coleccionistas, no para el uso cotidiano. De Waal se enorgullece de poder recordar “el peso y el equilibrio de un cuenco y cómo funciona la superficie en relación con el volumen”. Pocos como él para apreciar, entonces, la delicadeza de estos pequeños objetos que suelen acompañarlo en un bolsillo, para sacarlos de vez en cuando e interrogarse sobre la forma y la historia de la escultura. Y entonces, cuando recibe la herencia, decide contar la historia de los netsuke en su contexto, en el París de 1870, en la Viena de la primera mitad del siglo XX, en el Tokio de la segunda. Lo fascinante del libro está en el modo en que de Waal aborda el relato. No quiere entregar un libro más de memorias familiares, “un puñado de anécdotas bien cosidas”. Y aventura una interesante hipótesis: “Todo en los relatos se reduce al paso de los objetos de mano en mano. Te doy esto porque te quiero. O porque a mí me lo dieron. Porque lo compré en un lugar especial. Porque tú lo vas a cuidar. Porque te va a complicar la vida”. Y bajo esa hipótesis sigue el recorrido de los netsuke, de las casas donde habitaron, de quienes los cuidaron; una epopeya familiar narrada con delicadeza y profundidad, un viaje al pasado que también lo es, sobre todo, hacia el presente, hacia el autor y su manera de descubrir quién es y por qué ha sido elegido por los netsuke para hablar de ellos.

Edmund de Waal. Acantilado, Barcelona, 2012. 366 páginas.