Chilean Electric

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 6 de febrero de 2016

chilean-electricLa abuela de Nona Fernández -o del personaje que toma su voz- le contó que estuvo en la Plaza de Armas la noche en que por primera vez se encendió la luz eléctrica en Santiago. Con detalles precisos que fijaban el recuerdo y el momento de modo sumamente vívido: “La luz se paseaba entre los cuerpos potenciando colores, formas y diseños. Abrazaba cinturas, despeinaba cabezas, estrechaba manos, hombros, pechos, espaldas. Sacaba fuera una nueva dimensión de cada uno”. Pero la abuela, en realidad, nació 25 años después de la llegada de la luz eléctrica a Santiago. Ese recuerdo falso desencadena la pesquisa del libro, pero en realidad lo constituye como una poderosa metonimia desde la que se lee la historia del país. Tras la historia de la abuela, la narradora escribe sobre los cortocircuitos en su vida, cuando las cosas se trastrocan, cuando surge un dato o una realidad que quiebra la lógica y que cambia la vida: la niñita que descubre que los caballos de palo no tienen ombligo, un niño que pierde un ojo en una protesta (“un ojo ahorcado en la plaza pública”), los detenidos-desaparecidos, el traslado de los restos de Salvador Allende y el recuerdo de una de sus frases que tiene una rara vigencia: “Más pasión y más cariño”.

La posterior reflexión sobre la luz y la historia de la electricidad en Chile continúa la manera de reconstruir la historia del país a partir de uno de sus rasgos. Fernández escribe con un estilo de contenido lirismo, que privilegia la claridad -el brillo de la luz, se diría-, y con esa herramienta estilística funde la historia de su abuela, de su máquina de escribir, de sus recuerdos inventados, con la suya y con la del país. Habla igual, brevemente, de las luciérnagas y se refiere a un famoso artículo de Pasolini en donde escribe que se extinguieron en Italia por el avance del progreso. El teórico de arte Georges Didi-Huberman lo contradice y sostiene que “para conocer a las luciérnagas hay que verlas en el presente de su supervivencia: hay que verlas danzar vivas en el corazón de la noche, aunque se trate de una noche barrida por algunos feroces reflectores”. Así funciona, de alguna manera, el libro de Fernández: hay noche, hay cortocircuitos, hay una plaza que se ilumina bruscamente, y hay también los trazos de una luz más tenue y parpadeante, la de las vidas y las esperanzas de los vivos, así como existe la oscuridad de los muertos y el reflector feroz cuya cruda luz solo deja lugar al contraste.

Nona Fernández.Alquimia Ediciones, Santiago, 2015. 108 páginas.

Las leyes de la herencia

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 5 de diciembre de 2015

leyes herencia“En literatura”, escribió Simenon, “todo es siempre autobiográfico, incluso la imaginación”, recuerda María Negroni en Pequeño mundo ilustrado. La cita viene al caso porque este libro es un conjunto de relatos que oscila entre ambos polos, la autobiografía sin máscaras y la fantasía pura, como la historia del escriba que no sabe por qué traza cifras en tablillas e ignora también “cuántas vidas pagarán para hacer realidad esa escritura”. Episodios fechados en años concretos alternan con historias que no se sabe bien de dónde emanan; para el caso, da lo mismo. Lo interesante es cómo Videla (autor, hasta ahora, de poesía y de una interesante novela, Campo de tiro) varía los registros narrativos y que, de algún modo, no cesa de interrogar a la escritura y al porqué de escribir. Puede ser, por ejemplo, una forma de humillar al otro más eficiente que el bullying escolar. O un destino del que se quiere huir. O un trabajo, el trabajo de imitar un estilo “flatulento”, de frases cortas, sin oraciones subordinadas, sin gerundios, que finalmente se escapa de las páginas de un libro destinado a una campaña senatorial a las señas publicitarias, a los letreros, hasta terminar contaminando toda la realidad. Una realidad flatulenta (el cuento, “Fantasmas”, es una parodia inmisericorde de un personaje de la política criolla).

La escritura puede ser asimismo un instrumento de seducción, por supuesto. Desde el Cyrano de Bergerac, de Edmond Rostand, que está claro. Pero igual puede ser un gigantesco equívoco y un motivo de sospechas familiares sobre las cartas que el tío que vive en Italia le manda a su sobrina. ¿Y si, para demostrar que no hay equívoco, el autor de las cartas decide escribir cuentos con un título de fantasía: “Las leyes de la herencia”, donde alternará “fragmentos autobiográficos con relatos improbables, de ciencia ficción o policiales o góticos”? La escritura, en fin, también puede ser una eficiente manera de ocultar la realidad a través de un enorme sistema de noticias, una serie de mentiras cuya sucesión termina por revelar dolorosas verdades o puede algo infinitamente peor, un modo de opresión, una dictadura en regla, con sesiones obligatorias de lectura, una policía del libro, una cultivada clausura de los espacios de libertad. Leer a Videla desde este ángulo resulta bastante más provechoso que seguir el entrecortado hilo autobiográfico; los cuentos valen mucho más por su autonomía narrativa que por su posible anclaje en la realidad. “La visita”, donde los olores corporales y el hedor de las aguas estancadas de Venecia son protagonistas, es la mejor muestra de ello.

Leonardo Videla. Das Kapital, Santiago, 2015. 120 páginas.

Triage

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 14 de noviembre de 2015

TriagePatricio Alvarado, artista, fotógrafo y ensayista, publica su primera obra de ficción, un libro misterioso y con algo de inasible, compuesto de fragmentos y materiales diversos. En letras blancas y fondo negro, noticias sobre el comando Hernán Trizano y sobre el mismo personaje, lo que sitúa a la novela en el marco del conflicto mapuche. En los otros fragmentos, la voz del protagonista relata principalmente una vida laboral fantasmal, tanto como digitador de una empresa virtual donde su tarea es agregar chilenismos y cambiar palabras a artículos extranjeros, como de empleado en un edificio deshabitado donde, sin embargo, la basura no cesa de acumularse; pero también recoge casos de la crónica policial temuquense -peleas de borrachos que terminan en brutales asesinatos, accidentes carreteros, crímenes de mujeres- y se dirige a otro personaje aún más fantasmal, Andrea, a quien nunca ve, quien nunca contesta.

Todo en Triage es precario e impreciso; y si hacia el final el protagonista empieza a contar sus sueños, ello solo recalca el tono onírico -pesadillesco- dictado por frases como “se derrite la luz de la pantalla y es absorbida por el suelo. El cielorraso comienza a gotear y cada gota taladra el piso percutiendo al ritmo de mi pulso”. La extrema soledad del protagonista, que trabaja desde piezas en casas antiguas o pensiones desangeladas donde nunca ve a los vecinos, que atrapa redes adivinando las contraseñas, que se arma una cama en un sótano con cartones para no volver a una pensión, que de súbito se encuentra cesante cuando nadie le contesta el teléfono ni el correo, que llega a direcciones tan fantasmales como sus trabajos, es sobrecogedora y se constituye en lo esencial del texto, en su exploración más profunda, más destacada, aun cuando la sitúa contra el fondo de la muerte que sobreviene por el azar, por la influencia del alcohol, por un descuido en la carretera. De ahí la sensación de precariedad que recorre el texto y también su carácter circular; hay párrafos intercambiables entre el inicio y el final, que refuerzan la idea de que el único relato posible es esa sensación de asfixia y soledad tan propia de este tiempo. Destaca también en Triage el cuidado con el lenguaje y la calidad de las metáforas: “En los arrecifes de la ciudad, las piedras y las rompientes parecen copiadas de un álbum fotográfico. No hay espacio para carreteras o calles donde el humo dibuje minúsculas nubes dispuestas a disolverse junto a los edificios”.

Patricio Alvarado. Alquimia Ediciones, Santiago, 2015. 136 páginas.

La resta

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 10 de octubre de 2015

La_restajpgEs sorprendente que el relevo más filoso y mordiente para las novelas dedicadas a la dictadura por escritores como Bolaño, Marín, Cerda y Varas venga de una escritora muy joven, de 32 años. Llama la atención por la madurez de la escritura y el modo en que desacomoda todas las versiones oficiales: nada fue plácido, el heroísmo tuvo su costo en sufrimientos propios y ajenos, las huellas del castigo, de los silencios y de las versiones oficiales siguen ahondando una herida que está lejos de cerrar. Pero lo que más deslumbra de La resta es el oído, si se puede expresar así, o la musicalidad de una prosa que nunca decae en un ritmo único, que vuelve una y otra vez sobre el peso de las palabras: “Y yo, una vez más, dejé de oír, intentando escapar del peso de esas frases, convencida, como cuando niña, de que cada persona no vivía una cantidad de años sino un número predestinado de palabras que podía escuchar a lo largo de la vida (y había palabras leves como planeador o libélula y otras pesadas como gruta, queloide y rajadura). Las de mi madre valían por ciento, por miles, y me mataban más rápido que ninguna”.

Los protagonistas son hijos de exiliados y resistentes a la dictadura, con vidas quebradas, truncadas o desviadas por la potencia aniquiladora del fin de un proyecto; y la novela se construye en un doble registro: el que se abre con los recuerdos infantiles del triunfo del No -con una voz narrativa que tiene las enormes virtudes de no impostar el tono y de no caer en la autoindulgencia- y un presente en un Santiago cubierto de cenizas y una muerta repatriada cuyo ataúd fue a dar a Mendoza. En la novela hay dos voces alternas, las de Iquiela y la de Felipe; y ellos, junto a Paloma, la hija de la muerta, deben ir en busca del cuerpo perdido en otro aeropuerto. Si la voz de Iquiela intenta ordenar el relato y resistir, siempre, el peso de las palabras -que por eso reinventa en juegos y audaces metáforas, así como descubre las grietas del castellano de Paloma, cuyo “chileno” se pierde cuando habla con franqueza alemana-, la de Felipe es más enloquecida y libre, con la obsesión de los números y los muertos, como si contar y reducir todo a cifras pudiera borrar, también, la textura del mundo. La primera parte de la novela es, casi, un largo prólogo; la segunda, la búsqueda de algo más que un ataúd, la de una cifra que haga encajar las piezas, que permita deshacerse de “costras, penas, lutos; pagando con sílabas esa deuda incalculable”.

Alia Trabucco Zerán. Tajamar Editores, Santiago, 2015. 220 páginas.

El baile de la victoria

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 28 de noviembre de 2003


baile victoriaAntonio Skármeta destacó como uno de los narradores más promisorios de su generación, aquella que comenzó a publicar sus obras en la década de los sesenta. De ese tiempo datan cuentos memorables como «El ciclista del San Cristóbal» o «Tiro libre». Más tarde alcanzó fama con El cartero de Neruda, una historia de amor en torno a la figura del poeta que mereció una versión cinematográfica. Otras ocupaciones postergaron su dedicación a la literatura y, cuando regresó con La chica del trombón, el resultado no pudo ser más decepcionante. Anunciada como primera parte de una trilogía, la novela mezclaba por igual los lugares comunes, las inverosimilitudes, los guiños al realismo mágico, las inconsistencias y la imborrable impresión de haber sido escrita muy a la rápida.

La trilogía no tiene, hasta ahora, continuación. En cambio, llegó El baile de la victoria, que mereció el Premio Planeta 2003. Ahora bien, como se sabe, los premios que dan las editoriales son, casi sin excepción, operaciones de marketing para potenciar un producto ya de por sí vendedor, o que requiere del apoyo del premio para convertirse en best seller. Pareciera que con esta novela ocurre lo segundo. Está escrita con un ojo en la curva de ventas y con un descuido lamentable. Sólo dos ejemplos: en la página 42, Victoria, la protagonista, pasa a llamarse Laura y, luego, nuevamente Victoria. La acción transcurre ya iniciado el siglo veintiuno, pero, cuando otro personaje protagónico recién había comenzado a cumplir una condena de cárcel cinco años atrás, su socio de fechorías llevó la mitad de las joyas que a ambos les pertenecían y las donó “para la reconstrucción del país que estaban haciendo los militares”.

La trama se desarrolla a través de dos relatos paralelos, cada uno a cargo de un ex convicto: el joven Ángel Santiago y el veterano Nicolás Vergara Grey. Mientras el segundo quiere el dinero que su socio le debe y retirarse tranquilamente, el primero quiere asociarse con él para llevar a cabo una “obra de arte”, un plan maestro diseñado por otro convicto. Vergara Grey (apellido compuesto) recibe el rechazo de su familia; Ángel Santiago encuentra una novia, hija de un detenido desaparecido (el último de ellos, según la novela) y aprendiz de bailarina en una academia de ínfima categoría. Abundan también las inconsistencias, las erratas y la sensación de descuido; claro que la novela es tan poco exigente desde el punto de vista del estilo que una lectura rápida simplemente las pasa por alto. Y se lee rápido porque así lo demanda el texto, de una liviandad pasmosa, con los debidos ganchos de erotismo, amenazas de muerte y promesas de robos espectaculares que, se supone, llevan a pedir más de lo mismo. En fin. Aunque a ratos se nota el oficio del autor, queda claro que el Premio Planeta no es una recomendación que haya que tomar en cuenta.

Lanchas en la bahía

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 4 de julio de 2015 

15.06-Lanchas-en-la-bahia-PortadaLa editorial Tajamar tiene el propósito de rescatar toda la obra de Manuel Rojas, un autor injustamente relegado al nicho de lecturas escolares y, por lo tanto, poco publicado en colecciones destinadas a todos los lectores. De ahí viene la empresa de rescate emprendida por Tajamar: que se vuelva a leer a Rojas, que volvamos a hablar de sus libros. Porque, sin duda, se trata de uno de los grandes narradores chilenos, que merece estar en el diálogo literario contemporáneo.

Lanchas en la bahía es su primera novela, y sorprende por su aire fresco y renovado, que no esquiva ni las metáforas audaces ni el monólogo interior. Compuesta a través de escenas en la vida de Eugenio, un joven de pueblo que llega a trabajar al puerto de Valparaíso, es tanto una novela de iniciación como un cuadro de costumbres, un relato social y una novela de aventuras. Rojas tenía 35 años cuando la publicó, cuando ya demostraba un singular talento para poner en escena a personajes de pueblo y para capturar de manera certera el ambiente de su tiempo, con un lenguaje vibrante y rico: “Algunos gritos se erguían como espadas y otros ascendían perezosamente por los peldaños de las vocales; unos abríanse como abanicos y otros rezongaban como mendigos pertinaces, y todos se unían, se desunían, se enlazaban, se desenlazaban, luchando entre sí, ascendiendo hacia el cielo atardecido de diciembre, de donde descendían ondulando, y morían”. A la vez, Rojas ya indicaba que, más allá de su talento, tenía la capacidad de ofrecer una nueva forma de escribir narrativa, muy lejos del criollismo, por ejemplo. Y, conforme a su trayectoria de dirigente de la FECh de izquierdas -igual que José Santos González Vera, otro gran escritor que no tiene la notoriedad que merece-, no descuida, en el fragor urbano del puerto cosmopolita y pobre, los temas sindicales y sociales. Volver a leer a Rojas, o conocerlo, es restablecer un cierto orden en la escena literaria, a veces descentrada por afanes vanguardistas que en realidad parecen borradores inacabados. Y Lanchas en la bahía, por su brevedad y frescura, es una excelente puerta de entrada al mundo que creó Manuel Rojas en una serie de novelas ejemplares.

Manuel Rojas. Tajamar Editores, Santiago, 2015. 110 páginas.

Bolaño, ¿un clásico?

Artículo publicado en la revista Pensamiento y Cultura de la Universidad Diego Portales, agosto de 2006

Archivo Bolaño Alicia andares 6Mi profesor de literatura española en la universidad estuvo a punto de quitarle toda posibilidad de placer a la lectura del Quijote. Era un obseso de las citas textuales. Había que enfrentarse al libro como a una eterna suma de frases y atender, sobre todo, a los personajes mínimos, a aquellos nombrados de pasada en algún oscuro episodio, porque esos eran los que había que recordar. Nada de miradas a vuelo de pájaro, intentos de interpretaciones audaces o búsqueda de un atisbo de perspectiva; era, realmente, una lectura literal del Quijote, a la letra y letra por letra, una suerte de trabajo forzado lleno de trampas y rincones minados. Pero el libro se impuso por sí mismo y terminé leyéndolo con creciente interés y luego con pasión (muy lejos de lo que había sido mi primera y parcial experiencia durante la enseñanza media, con el mismo libro), olvidando el pie forzado, arriesgando bajas calificaciones en los controles de lectura. Qué más daba. No estaba de acuerdo con el método y me bastaba con aprobar el curso, cosa que logré sin brillo y sin gloria, pero feliz de haber leído a Cervantes a mi ritmo y siguiendo mis propias obsesiones.

Bolaño, Roberto - 2666-tapaY ahora que releí 2666 de Roberto Bolaño, sin la obligación de hacerlo rápido para alcanzar a redactar una reseña para la revista en que escribo semanalmente, recordé a mi antiguo profesor, que en paz descanse, e imaginé que se reencarnaba en el año 2666, como profesor de literatura latinoamericana del siglo XX, y que preguntaba a sus alumnos, por ejemplo, cuántas generaciones de María Expósito convivieron en la misma casa, o cómo se llamaba el bar donde bebieron juntos Marco Antonio Guerra y Amalfitano, o cuál de las víctimas murió tras su cuarto infarto al miocardio, o qué episodio corresponde al cruce de las tramas de esta novela y de Los detectives salvajes. 2666 habría sido un desafío memorable para mi profesor: sólo en “La parte de los crímenes” habría tenido nada menos que 352 páginas con un protagonista colectivo, una interminable procesión de personajes de fugaz aparición entre algunos pocos que entran y salen cada cierto tiempo del caudaloso río del relato; y en las otras cuatro partes, historias innumerables que extienden zarcillos y raíces, líneas de comunicación, ventanas y túneles, entre unas y otras.

Pero pronto deseché tal ejercicio imaginativo. Era demasiado inverosímil pensar que en seis siglos más todavía existirán profesores y alumnos reunidos en una sala, sin más recursos técnicos que el pizarrón y la tiza. Para ese entonces, es más fácil pensar que un libro estará contenido en un chip diminuto que se insertará en un terminal instalado, por ejemplo, en el antebrazo, para traspasarse directamente a la memoria, que se desplegará para acogerlo y juzgarlo sin más trámite. Aunque quién sabe. Auscultar el futuro es tarea de videntes y novelistas de ciencia ficción, no de un crítico literario. Perdido ante la instantánea aparición de cientos de futuros posibles para el libro y la literatura, tiré la esponja.

Pero seguí pensando en mi profesor y sus ejercicios memorísticos (por cierto, la suya era una memoria prodigiosa). Y vi, o creí ver, que había cuestiones de fondo que socavaban desde el inicio tal ejercicio imaginativo.

Primero, el contenido de 2666 no es del tipo susceptible de resistir una evocación de los detalles, especialmente en “La parte de los crímenes”. El lector tiende, más bien, a olvidarlos rápido, para atender al despliegue del conjunto. Tanta suma de horrores, uno detrás de otro; tantos cuerpos violados, mutilados, torturados y asesinados, tanta angustia, tanto dolor, esa sensación terrible que experimentaron la madre de las desaparecidas hermanas Noriega y sus vecinas, “lo que era estar en el purgatorio, una larga espera inerme, una espera cuya columna vertebral era el desamparo, algo muy latinoamericano, por otra parte, una sensación familiar, algo que si uno lo pensaba bien experimentaba todos los días, pero sin angustia, sin la muerte sobrevolando el barrio como una bandada de zopilotes y espesándolo todo, trastocando la rutina de todo, poniendo todas las cosas al revés”. ¿Habría sido mi profesor, realmente, capaz de exigir a sus alumnos detalles tan siniestros como que Herminia Noriega murió tras su cuarto infarto, tras horas de torturas inimaginables? ¿Habría querido que recordaran que, pensando en los cuatro infartos que sufrió la niña, el judicial Juan de Dios Martínez “se cubría la cabeza con las manos y de sus labios escapaba un ulular débil y preciso, como si llorara o pugnara por llorar”?

Lo dudo. Era un hombre profundamente conservador, aunque capaz de apreciar matices nuevos, pero me atrevo a apostar que 2666, y en general la obra de Bolaño, le habría parecido un completo despropósito, indigna del parnaso literario. Que se entienda bien: no quiero desmerecer a mi antiguo profesor. Es que, simplemente, no es de esta época. Probablemente, como Luis Sánchez Latorre, habría dicho que ya no leyó a Bolaño.

Y aquello del parnaso literario lleva a la pregunta de si Bolaño llegará a ser un clásico. Caso en el cual habría lugar para estudios interesantes y enriquecedores, pero también para cartografías aún más perversas; por ejemplo, una tesis literario-estadística sobre el número de mujeres muertas en 2666, con tablas que detallen grado de desnudez, causa de la muerte, si fueron o no violadas y por cuáles conductos, número de mutiladas, edades, porcentaje de mujeres delgadas con cabello negro y largo, etcétera, todo ello dirigido a mostrar, por ejemplo, la función de la reiteración en la narrativa, o para demostrar que 2666 responde a la estética minimalista que adelantaron, en la música, LaMonte Young y Steve Reich, y que popularizó el más accesible de ellos, Philip Glass. Que para todo da la academia, especialmente si se trata de clásicos.

De cualquier modo, aquello no se ha cumplido aún -ninguna obra de Bolaño es todavía considerada un clásico-, aunque, por cierto, ya deben menudear las tesis de pre y post grado sobre el autor y su obra. Avancemos, entonces, en la pregunta formulada. Para no especular simplemente, comencemos por sus filiaciones literarias: dime de dónde vienes y te diré quién eres.

Borges caricatura al óleoHasta el momento, que se sepa, no se ha escrito ni investigado mucho sobre qué escritores influyeron en la poética de Bolaño. No hay que escarbar en exceso para situar a Borges, Kafka y Vallejo como antecedentes relevantes; el primero por La historia de la literatura nazi en América. Bolaño explicitó, en una entrevista, la genealogía: el primer hito es La sinagoga de los iclonoclastas, de Rodolfo Wilcock, que, a su vez, “le debe muchísimo a Historia universal de la infamia, de Borges, cosa nada de rara porque Wilcock fue amigo de Borges y admirador de Borges”. A su vez, ese libro le debe mucho a uno sus maestros, Alfonso Reyes, “el escritor mexicano que tiene un libro que se llama Retratos reales e imaginarios, una joya. A su vez, el libro de Alfonso Reyes le debe mucho a Vidas imaginarias, de Marcel Schwob, que es de donde parte esto. Pero, a su vez, Vidas imaginarias le debe mucho a toda la metodología y la forma de servir en bandeja ciertas biografías que usaban los enciclopedistas”. Toda una familia literaria, que aún podría remontarse a William Beckford y sus Memorias biográficas de pintores extraordinarios, que remite a un procedimiento que Bolaño posteriormente perfeccionó y amplió hasta notables dimensiones.

kafkaEl segundo, muy claramente por “El policía de las ratas”, cuento que pertenece a El gaucho insufrible, extraordinario y explícito homenaje al autor checo a partir de su cuento “Josefina la cantora”; pero también por un tono subterráneo que recorre la obra de Bolaño, las empresas imposibles, las desviaciones eternas, la sensación de que no hay un punto de llegada posible. En ambos autores, además, hay un juego entre sus propios nombres y los de los personajes: el señor K y Arturo Belano están más emparentados de lo que parece, pasajeros de obras que remiten a otras y que van creciendo hasta que pareciera que forman parte de una sola, una novela total que se entrega por capítulos, algunos más cercanos al centro, unos en la periferia, otros que anuncian nuevos desarrollos y variantes.

cesar-vallejoEl tercero, por Monsieur Pain, donde el poeta peruano agoniza en un hospital mientras a su alrededor se teje una rara trama de mesmerismo y crimen. Vallejo es el gran escritor mestizo de América, que escribió buena parte de su obra desde su auto exilio en Madrid y París. Bolaño pone en escena los acentos y las expresiones de chilenos, argentinos, uruguayos, mexicanos y españoles, por lo menos, y su perspectiva del desarraigo, uno de los temas recurrentes en su obra, tiene alcances latinoamericanos.

Una línea consistente en su obra discurre por la literatura. Cuentos de escritores, personajes que escriben y que hablan de escritores, poemas dedicados a la literatura. En ese sentido, funciona como un catálogo de lectura, de amores y de odios, de preferencias arbitrarias, de descubrimientos, de revelaciones; pero también como un sustrato explícito de su obra, que muestra a su vez cómo entiende Bolaño la tarea del escritor. No se puede escribir sin los otros, sin dialogar con ellos, sin establecer también puentes, filiaciones y líneas de contacto con sus obras. Catálogo, además, siempre revelador, tanto del monumental lector que fue Bolaño como de la manera en que logró engarzar ese diálogo en sus obras. Hay quien dice que, al menos en esa variante, Bolaño es un escritor para escritores. Hace pocos meses, una apoderada del colegio de mis hijos me contó que le había regalado a su papá, ex funcionario de la policía de investigaciones, Los detectives salvajes. Al comienzo, el antiguo detective refunfuñaba y reclamaba contra el autor: mucho sexo y mucho nombre, decía. Pero terminó la lectura del libro llorando.

TPG108073 Portrait of Miguel de Cervantes y Saavedra (1547-1615) by Jauregui y Aguilar, Juan de (c.1566-1641); Private Collection; Spanish,  out of copyright

TPG108073 Portrait of Miguel de Cervantes y Saavedra (1547-1615) by Jauregui y Aguilar, Juan de (c.1566-1641); Private Collection; Spanish, out of copyright

Recordemos otro antecedente: en el discurso de recepción del Rómulo Gallegos, Bolaño habló de Cervantes y de su comparación entre la milicia y la poesía, punto que escogió para explicitar su poética, la visión de su obra como un homenaje a la generación perdida de América Latina. Pero también, en un detalle nada trivial, dijo que “desde la mesa donde escribo estoy viendo mis dos ediciones del Quijote”. Que es como decir: alzo los ojos y las veo. O bien: escribo bajo la mirada vigilante de Cervantes. O: Cervantes es el punto focal de mi escritura. Cuando le preguntaron, en una entrevista, acerca de sus lecturas fundamentales, enumeró: “El Quijote, de Cervantes. Moby Dick, de Melville. La Obra Completa de Borges. Rayuela, de Cortázar. La conjura de los necios, de Kennedy Toole. Nadja, de Breton. Las cartas de Jacques Vaché. Todo Ubú, de Jarry. La vida, instrucciones de uso, de Perec. El castillo y El proceso, de Kafka. Los aforismos de Lichtenberg. El Tractatus de Wittgenstein. La invención de Morel, de Bioy Casares. El Satiricón, de Petronio. La Historia de Roma, de Tito Livio. Los Pensamientos de Pascal”.

Cervantes, el primero en la lista, es el padre de la novela universal. Bolaño, sin necesidad de nombrar las obras del párrafo anterior, se refiere a ellas cuando escribe en 2666 que “ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez”. Y, sin duda, Bolaño tenía clara conciencia acerca del valor fundacional de su obra, en el sentido de establecer un nuevo paradigma para la novela.

Contrastemos esa conciencia (que se desprende de su obra, no de sus declaraciones a la prensa o de sus columnas y ensayos) con sus dichos en esos contextos. Bolaño siempre negó el carácter trascendente de su obra, así como, por otra parte, de la de todo el mundo, salvo, claro , la de los grandes maestros.

“Yo no sé cómo -dijo- hay escritores que aún creen en la inmortalidad literaria. Entiendo que haya quienes creen en la inmortalidad del alma, incluso puedo entender a los que creen en el Paraíso y el Infierno, y en esa estación intermedia y sobrecogedora que es el Purgatorio, pero cuando escucho a un escritor hablar de la inmortalidad de determinadas obras literarias me dan ganas de abofetearlo. No estoy hablando de pegarle sino de darle una sola bofetada y después, probablemente, abrazarlo y confortarlo. En esto, yo sé que algunos no estarán de acuerdo conmigo por ser personas básicamente no violentas. Yo también lo soy. Cuando digo darle una bofetada estoy más bien pensando en el carácter lenitivo de ciertas bofetadas, como aquellas que en el cine se les da a los histéricos o a las histéricas para que reaccionen y dejen de gritar y salven su vida”.

Y, sin embargo, a pesar de ese escepticismo, persistió en la tarea de escribir obras descomunales como Los detectives salvajes y 2666. Obras de compleja arquitectura, cuya extensión y osadía formal ya son un desafío formidable para los lectores. Está por verse qué efecto ejercerá la poética de Bolaño sobre las nuevas generaciones de escritores, pero lo que sí está claro es que ya se lo define como un nítido punto de referencia, que marca un antes y un después: ¿será aquello el primer requisito para alcanzar la estatura de un clásico?

Bolaño dijo que la literatura era un oficio peligroso, frase que fue tomada con cierta sorna en los comidillos literarios. El peligro no radica, desde luego, en el acto de escribir, que tiene algo de burocratico y oficinesco por más nobles que sean sus materiales, sino en lo que se puede descubrir a través de la escritura, en los mundos que el escritor abre, en lo que puede llegar a revelar, finalmente, sobre las profundidades del corazón humano.

Ciudad Juárez“Ciudad Juárez” -Santa Teresa en 2666- es nuestra maldición y nuestro espejo, el espejo desasosegado de nuestras frustraciones y de nuestra infame interpretación de la libertad y de nuestros deseos”, dijo en su última entrevista, respondiendo a la pregunta de qué era para él el infierno. Y, ciertamente, es infernal el mundo que describe en “La parte de los crímenes”, “la náusea y la rabia” que siente Harry Magaña, el sheriff de Huntville que sigue el rastro de mujeres estadounidenses desaparecidas, cuando ve, en una casona oscura, que alguien levanta un bulto de la cama envuelto en plástico. Náusea y rabia ante la violencia, el asesinato, la impunidad, la complicidad de policías y jueces, náusea y rabia ante el designio de matar, “infame interpretación de la libertad y de nuestros deseos”. Pero no se trata, ni mucho menos, solamente de una denuncia moral, social o política. Es un paso más -y tan certero como apasionante- en la indagación sobre la violencia como la cifra inscrita en la identidad latinoamericana, desde Chile a México, desde El Salvador hasta Argentina, que en este libro alcanza, además, resonancias universales.

Se puede emplear una metáfora geométrica para describir la obra de Bolaño: se trata de series de círculos concéntricos que se intersectan en espiral, rodeando el centro o cayendo directamente en él; ondas que se propagan por cuentos y novelas, poemas y artículos, casi siempre ligados entre sí por personajes, situaciones, historias y lugares. Tal vez la mayor anomalía del sistema, por así decirlo, el círculo aparentemente sin intersecciones, es Una novelita lumpen; pero ahí también están los temas de siempre de Bolaño y, por si fuera poco, desde el título dialoga irónicamente con la obra de José Donoso.

A tres años de su muerte, con dos libros póstumos anunciados -cuentos y poesías, respectivamente-, el rescate editorial de su primera novela, Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, que pronto llegará a Chile, y la reciente aparición de una selección de sus entrevistas, aún queda mucho por leer de Bolaño. Y mucho más que decir: no es aventurado afirmar que, como la obra de Kafka, seguirá interrogando a los lectores y desafiando los intentos por reducirla a una sola mirada, a una sola lectura. Y no es tan arriesgado tampoco afirmar que, de los novelistas chilenos del siglo XX, Bolaño es uno de los destinados a perdurar en el tiempo. Su obra sigue ganando premios y, sobre todo, lectores, no sólo por el aura trágica de su prematura muerte -otra dimensión del peligro del oficio de la escritura-, sino, sobre todo, por su capacidad de abrir mundos, de establecer resonancias, de desarrollar un imaginario tan profundamente revelador como el contenido en su obra.

Muerte a los latinos

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 15 de diciembre de 2007

Villegas

En una entrevista que dio cuando apareció este libro, el autor se apresuró a señalar que “la crítica iba a ningunear” su novela (la cita es aproximada). Hay dos maneras de entender la frase.Villegas puede pensar que el nivel de la crítica nacional es malo, muy lejos de lo necesario para evaluar adecuadamente su novela; o bien sabe que su novela es mala, y se pone el parche antes de la herida. Como es bien difícil que alguien se dé el trabajo de escribir más de 400 páginas y luego publicarlas con la conciencia de estar dando a luz un bodrio infumable, probablemente la primera hipótesis es la correcta. Pues bien, para hundir un clavo más en su estandarte de gurú, habrá que decir, conforme a su predicción, que Muerte a los latinos es una novela rematadamente mala, de estilo farragoso y proclive a la frase sentenciosa con apariencia deprofundidad, que abusa de la digresión hasta la absoluta exasperación del lector. Con esas pobres herramientas va hilando trabajosamente episodios de dudosa justificación y soporíferas teorías socio culturales, todo conducido por un narrador y protagonista con un ego tan desmedido como básico es su bagaje emocional.

Si hay algo que vale la pena comentar, en todo caso, es el texto de la contratapa, donde se dice, resumiendo, que un Cabrera Infante menos cubano, un Ricardo Piglia menos inteligente, un Donoso menos cuico y una Isabel Allende menos conocida habrían escrito felices esta novela. Asombra el desparpajo y la desmesura del anónimo redactor en un desesperado intento por subirle el pelo a un texto que en el mejor de los casos, con toda la indulgencia del mundo, podría ser calificado como mediocre.
Fernando Villegas. Plaza & Janés, Santiago, 2007. 430 páginas.

Lanza internacional

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 4 de abril de 2005

lanzainternacionalcoverEl novelista y biógrafo de Allende Eduardo Labarca vivió buena parte de su exilio en Moscú, pero luego se trasladó a Viena, donde vivió hasta bien entrada la década pasada. Allí, y en sus viajes por Europa, tuvo la oportunidad de observar en acción y de leer sobre los lanzas chilenos, habilísimos en liberar bolsillos y carteras de billeteras, chaucheras, monederos y todo tipo de recipientes susceptibles de guardar valores. Su siempre despierta curiosidad lo llevó a investigar ese mundo. De ahí surgió una novela de corte clásico que sigue las aventuras del Flecha, nacido con un ojo claro y otro oscuro en la población Santa Estela, en familia de delincuentes orgullosos de su oficio y de sus tradiciones. Pero el Flecha quiere algo más que ser el más rico de la población. Algo más que vivir entre la casa y la cana. Algo más que pavonearse entre sus iguales. La novela -que abusa un poco de la reiteración de la escena en que el Flecha vuelve a Santiago y sufre La Pálida, es decir, la terrible sensación de haber sido descubierto, sin que el enigma se resuelva hasta muy adelante- sigue su aprendizaje y el crecimiento paralelo de su fama en la prensa policial: desde el tirón de collares hasta la especialización extrema en arrebatar billeteras, el paso por el matrimonio y la cárcel donde las cicatrices lo consagran como un auténtico choro, hasta su éxito como lanza en las calles, plazas y el metro de París.

Labarca recrea una época -las décadas que van de los años cincuenta a los ochenta-, y en ese sentido es una interesante mirada sobre cómo se percibió el golpe (el Flecha andaba por el fin de la adolescencia) en los sectores populares, así como la vida cotidiana con toque de queda, controles vehiculares y enfrentamientos con la policía; y también, aunque menos desarrollado, cómo fue la relación entre choros y exiliados en las ciudades europeas. Labarca usa bien el sarcasmo cuando toca las teclas de la política, un mundo que conoció muy de cerca, mucho más que el de los lanzas. Y asimismo trabaja con cuidado y habilidad la recreación del habla popular en aquellos tiempos; uno podrá preguntarse si “pasar piola” es más moderno o desde cuándo la palabra “cuico” reemplazó a “pije”, pero en general hay soltura y habilidad en el desarrollo de esa manera de expresarse, con picardía y viejos chilenismos, así como en la recreación del lenguaje de la prensa policial, con toques de Puro Chile, Clarín y La Cuarta, que aporta humor y distancia al tramado de la novela.

Eduardo Labarca. Catalonia, Santiago, 2014. 271 páginas.

Facsímil, de Alejandro Zambra

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 21 de marzo de 2015

FacsímilSi el proyecto narrativo de Alejandro Zambra se ha mantenido más o menos fiel a la línea de la ficción elaborada sobre hechos pertenecientes a la biografía -con todas las salvedades posibles; hablamos de literatura, de ejercicios creativos de la imaginación, y no de memorias encubiertas-, este libro abre un especial capítulo que representa a muchas generaciones de escolares, pero que también, desde luego, alcanza la autonomía narrativa de toda obra que interrogue seriamente el lenguaje. Porque, en definitiva, Facsímil es un doble retorcimiento de la forma: si el lenguaje poético o literario aspira siempre a ser algo más que las palabras que se encadenan en frases, en el presente caso, al ceñirse a las estructuras discursivas que adoptó por muchos años la parte verbal de la Prueba de Aptitud Académica, Zambra establece un juego de significaciones y reverberaciones que otorga nuevos significados a esas estructuras y que, a la vez, devuelve a lo que ha sido su trabajo como narrador.

Porque los temas que se infiltran en esas estructuras son los que ha incorporado habitualmente en sus textos: la infancia bajo la dictadura, la educación en un liceo fiscal de alto rendimiento, las desventuras amorosas, la soledad, los personajes extrañamente amenazantes que de tanto en tanto surgen, solapados, en sus relatos. La particular textura del libro ofrece una oportunidad muy poco habitual en la narrativa: la de hacerse parte del relato, la de tomar decisiones junto con el autor o de construir secuencias de significados que no tienen por qué haber estado en su cabeza. Facsímil es, como pocos, un libro abierto a múltiples interpretaciones que en algunos momentos, en algunas secuencias, construye historias más unívocas o series de afirmaciones que tienen que ver con otro tipo de discursos: los del adoctrinamiento o la domesticación. Con todo, es un juego interminable y gozoso, que revela el particular talento de un autor que viene de la poesía y que, desde esa especial sensibilidad con la palabra, convierte un instrumento de medición de aptitudes en una fiesta del lenguaje que va in crescendo, igual que la PAA-Verbal: los términos excluidos, los ilativos, el orden de las frases; en fin, todas esas herramientas estandarizadas y acá despedazadas por la vocación poética rematan en los textos de comprensión de lectura, donde el autor se revela de manera más profunda y también, a la vez, se cuestiona, se interroga y da la libertad para escoger las respuestas.

Alejandro Zambra Hueders, Santiago, 2014. 104 páginas.