Sepulcros de vaqueros

Reseña publicada en la revista «Sábado» del diario El Mercurio, 16 de septiembre de 2017

Es estéril, a estas alturas, continuar el debate sobre los inéditos de Roberto Bolaño. Su heredera y albacea ha decidido publicarlos, y ya está. Sí se puede discutir la intención de presentar Sepulcros de vaqueros como «un libro desconcertante» frente al cual «no tiene sentido tratar de distinguir si estamos ante tres partes independientes o ante la unidad propia de una novela», según dice el autor del prólogo, Juan Antonio Masoliver. Toda obra de Bolaño, según él, es parte del gran libro de las obras completas y así hay que leer este volumen, como un capítulo más de un proyecto creativo. Está bien, pero ello no quita que se reunió aquí tres textos muy dispares en calidad, en estructura y en grado de elaboración. Si entre los dos primeros, «Patria» y «Sepulcros de vaqueros» hay tenues lazos (el escenario chileno, la presencia del alter ego del autor, Belano, aunque con nombres de pila distintos, las referencias —probables— a la biografía), el tercero, «Comedia del horror en Francia», no tiene nada que ver.

«Patria», escrito entre 1993 y 1995, es un texto muy valioso para apreciar mejor el método de trabajo de Bolaño. Las numerosas y cruciales coincidencias con Estrella distante llevan a pensar que puede tratarse de un primer borrador de aquella novela, aunque las diferencias de estilo y estructura sean gigantescas. También hay una flecha que apunta a un relato posterior de Bolaño, «El Ojo Silva». Los capítulos finales evidencian clarísimamente que el proyecto quedó trunco y que Bolaño, un escritor radical en todo sentido, prefirió desarrollar la historia de una manera completamente distinta. «Sepulcros de vaqueros» es un texto más maduro y mucho más afinado, pero, tal como lo muestra el índice que Bolaño tenía pensado para esta obra (incluido en las reproducciones facsimilares de sus notas de trabajo al final del volumen), también es un proyecto que quedó a medio camino. De todos modos, los cuatro cuentos que lo componen (o capítulos de una posible novela, uno de los cuales, «El gusano», pasó, con muchos cambios, a Llamadas telefónicas), son, lejos, lo mejor del volumen; iluminan con claridad el juego entre biografía y escritura que desarrolló Bolaño en toda su obra y son también muy valiosos para entender mejor su relación con Chile y con el golpe de Estado de 1973. «Comedia del horror en Francia» parecer ser, efectivamente, el desarrollo ficcional de una columna publicada en Las Últimas Noticias, «Conjeturas sobre una frase de Breton», pero es imposible saber si su final es abierto o simplemente quedó trunco.

Roberto Bolaño. Alfaguara, Santiago, 2017. 216 páginas.

El corazón a contraluz

Reseña publicada en la revista Caras, 21 de julio de 1997

Manns, en Chile, es más conocido y recordado por su trayectoria como autor de canciones e intérprete en una época bastante convulsionada. Sin embargo, ya antes de partir al exilio en 1973 había abierto una interesante veta narrativa, que continuó en el extranjero con el ciclo de las Actas (la primera, Actas de Marusia, fue llevada al cine en 1976, y evidentemente no se estrenó en Chile). Su más reciente obra, El corazón a contraluz, fue publicada primero en Francia, donde recibió un gran apoyo de la crítica. Se trata de una novela caótica y dispar, que pasa sin transición del seco tono de la crónica a una narración demorada y barroca, densa de adjetivos y retorcida en las frases, que vuelve una y otra vez sobre un motivo central que tarda encerrarse. Poco a poco, ese estilo, el dominante, impone sus normas al lector, que no puede más que dejarse llevar por el torbellino de estímulos que brinda el narrador.

En esencia, se trata de la historia de un inmigrante judío rumano en la Patagonia. Julius o Julio Popper, cazador de indios, colonizador, filósofo, guerrero, es un personaje complejo, de múltiples facetas, extranjero al fin no sólo en las desoladas pampas sureñas, sino en cualquier lugar del mundo. Su encuentro con la ona Drimys Winteri (así bautizada por los misioneros anglicanos) tiene toda la extrañeza de la diversidad: el aventurero europeo ya mayor y la india casi adolescente con el pelo completamente blanco, la sabiduría de Occidente y las tradiciones y saberes mágicos de los selk’nam. Manns avanza por un terreno ya extensamente explorado por Francisco Coloane y otros cronistas de la tragedia indígena en la Patagonia. Aparte de la singularidad de una escritura que se encanta a sí misma en un juego permanente de metáforas y figuras literarias, lo más novedoso de El corazón a contraluz es el punto de vista narrativo, que no se detiene en la brutalidad de la historia ni en la denuncia estéril, sino que intenta la comprensión de un período desde todos los puntos de vista. Popper, el líder, sus empleados (diestros en la bala y el cuchillo para recortar orejas de onas como prueba de su muerte) y los indios, tienen su propia voz, fundidos todos, eso sí, en el mismo fluir torrencial y barroco del relato. A ello se añade la crónica de los años en que se sitúa la historia, contrapunto que sirve de efectiva pausa ante la densidad verbal de la narración principal. Interesante aporte de un escritor que merece un lugar en el ya amplio —y diverso, tanto en edades como en calidad— panorama de la narrativa chilena de los noventa.

Patricio Manns. Emecé, Buenos Aires, 1996. 300 páginas (hay una edición posterior en Catalonia).

Thimor

Reseña publicada en la revista «Sábado» del diario El Mercurio, 13 de octubre de 2018

ThimorManuel Astica Fuentes desarrolló una larga carrera literaria entre las décadas de los treinta y los setenta, aunque su punto de partida fue debido al azar. No lo sabemos, pero es posible que el despensero de un buque de la Armada de Chile no tuviera en mente abrazar el camino de la escritura hasta que pasó un año recluido en una cárcel. Astica participó en la sublevación de la Escuadra nacional en 1931, en los años especialmente turbulentos que siguieron al estallido de la Gran Depresión. Hay dos libros ejemplares sobre el período: La tiranía en Chile (1938), de Carlos Vicuña Fuentes, y Del avión rojo a la república socialista (1972), de Carlos Charlín Ojeda, un libro de más de 900 páginas, escrito con pasión y amenidad. Es de esos libros que merecen una reedición. Uno de los episodios que narran Vicuña y Charlín, entre otros historiadores, es la mencionada sublevación. Astica era despensero de uno de los barcos y le correspondió dialogar -discutir, más bien- con el contralmirante Von Schroeders, y, como se cita en la solapa, este no le escatimó calificativos: «peligroso espécimen», funesto», «instruido para su clase social».

Tras el fracaso del levantamiento, Astica fue condenado a cadena perpetua, pero al año fue indultado por el gobierno de Marmaduke Grove. En su estadía en la cárcel escribió Thimor, calificada como la primera novela utópica de Chile. Es un texto ingenuo, apasionado y revelador de los sueños de Astica sobre la justicia social en Chile y en el mundo. Es un libro «lírico y hasta algo místico», dice el autor del prólogo, el dramaturgo Antonio Acevedo Hernández, que lo aplaude, pero entre líneas manifiesta también su desconcierto. Porque está, por un lado, una suerte de manifiesto utópico, un alegato contra la concentración de la riqueza, una exposición del Estado como un ser viviente y que, por lo tanto, cuida de todas las partes de su cuerpo; están también los fantásticos descubrimientos hechos por el protagonista, un capitán de navío que surcó los mares a mediados del siglo XIX; pero todo ello envuelto en una gasa volátil de pasiones y amores, de cuerpos que desean y que subliman. Para el lector contemporáneo es de una ingenuidad adorable, y por eso la novela de Astica, a pesar de sus imperfecciones, de su estructura errática y de sus arranques de romanticismo adolescente, es atractivo y curioso, un documento de época, sí, pero también el depósito de intuiciones certeras.

Manuel Astica Fuentes. La Pollera Ediciones, Santiago, 2018. 104 páginas.

Kintsugi

Reseña publicada en la revista El Sábado del diario El Mercurio, 9 de marzo de 2019

kintsugiEl título del libro alude a una técnica japonesa para reparar fracturas de la cerámica mediante la aplicación de distintos tipos de barnices. La idea es que las grietas sean visibles, porque forman parte de la historia del objeto. La referencia es doble. Por una parte, es una novela compuesta de retazos, de narraciones que se sostienen plenamente de manera autónoma; de hecho, dos de los capítulos aparecieron como cuentos en Lugar , uno de los dos libros previos de María José Navia, y otro fue publicado previamente en una revista. Las líneas del ensamblaje son los puntos finales, los nombres de los relatos, los cambios en el tiempo y en los personajes protagónicos, quiebres siempre a la vista, líneas de costura que no ocultan el carácter fragmentario de cada pieza. Y, por otra, todas las historias refieren a una sola familia, cuyo origen ya es anómalo: el encuentro entre dos personas solitarias que ya han pasado por acontecimientos que quiebran el futuro. «Estaban rotos. Y habían decidido quedarse juntos», dice Caro, esposa, madre y abuela del resto de los personajes. Caro y José; Tomás, Sofía y Eduardo, los hijos; y Ema, la nieta, asumen alternadamente el foco de la narración y revelan cómo la visible grieta inicial, la unión entre dos personas rotas, no hace más que seguir fragmentándose.

El kintsugi narrativo es posible gracias a la omisión del contexto temporal. No hay marcas de fechas o de asuntos característicos de una determinada época. Ello permite pasar limpiamente del matrimonio de Caro y José al paseo de Sofía con su sobrina. La excepción es el último relato, arrojado hacia el futuro tanto porque la protagonista es Ema como por la rareza de la premisa en que se asienta. Y la costura más fuerte está dada por el estilo medido y dosificado que asume la voz narrativa, con abundante uso del punto seguido y del punto aparte entre frases cortas para marcar los énfasis. Tal vez ahí radique un defecto del libro; a veces, esa estructura sorprende; otras, sobre todo hacia el final de los relatos, parece indicar con demasiado énfasis lo que el narrador quiere que el lector vea. Con todo, esa unidad de estilo y las obligadas referencias entre los relatos le otorgan una unidad «rara» que vence en el desafío de componer un argumento sobre la base de trazos. En algún capítulo -«Hojas», por ejemplo- se echa de menos la continuidad.

María José Navia. Kindberg Editorial, Valparaíso, 2018. 141 páginas.

Madariaga y otros

Reseña publicada en la revista «Sábado» del diario El Mercurio, 23 de junio de 2018

Marcelo Mellado vuelve a mostrar acá su talento para el relato breve, pero, sobre todo, exhibe las características que lo convierten en un escritor úmadariaganico, dueño de un repertorio léxico que se enlaza de manera atípica. Esa ruptura de la lógica discursiva es original, desmesuradamente cómica y también iluminadora de esas zonas de la realidad que suelen rehuir los faros. El autor, como ya lo ha hecho en libros ejemplares como La provincia, pone a circular jergas provenientes de distintas áreas: la desangelada escritura burocrática, el discurso político lleno de tópicos, el análisis sociológico y, claro, la veta netamente literaria. Ahí burbujea y chisporrotea el lenguaje de Mellado, con singulares y frecuentes hallazgos que se clavan en la memoria. La oposición entre el país cardumen y el país rebaño, los partidos políticos como «clubes de machos tristes que se juntaban por inercia democratoide», el poeta como «artista de la palabra oblicua», más «toda esa metafísica cubierta de zarzamora de los líricos más descalzados», son algunos ejemplos de cómo Mellado hace del lenguaje un instrumento subversivo.

El libro está dividido en tres partes. En la primera, el protagonista es Madariaga, que maneja un taxi colectivo -un viejo Lada- por San Antonio y los sectores aledaños. Estuvo preso en Tejas Verdes y militó por años en el Partido Comunista, con el que mantiene una relación de profunda ambivalencia. Si lo llaman, va, pero no se ahorra críticas, aunque su gran enemigo es «la institución edilicia» y su correlato de componendas, arreglines y corruptelas. Los cuentos son vagamente policiales; hay enfrentamientos y persecuciones, hay desmantelamiento de redes, pero lo importante está en otra parte, en ese personaje escéptico que mantiene una relación especial con el litoral, con el entorno, con el río y con sus antiguos habitantes, tocado incluso por una vena mística. La segunda parte es un conjunto de variaciones sobre la provincia, la política, el alcohol, la naturaleza y la poesía, con textos desternillantes como «Antológame» y «Bar silvestre». Hay temas que atraviesan prácticamente todo el libro: las nuevas cepas que se cultivan en los valles costeros, la naturaleza -o más bien el paisaje costero, el río, los cerros- como un personaje más, la conciencia política, el recuerdo de la lucha contra la dictadura. El cierre del libro, un cuento largo ambientado en Chiloé hace más de cien años, parece el apronte para una novela de largo aliento. Ojalá la escriba.

Literatura Random House, Santiago, 2018. 180 páginas.

Butamalón

Reseña publicada en la revista Caras número 199, 27 de noviembre de 1995

ButamalónEduardo Labarca, chileno, fue periodista de prensa y radio en los años sesenta y a comienzos de los setenta. Fue autor de grandes reportajes. Salió tempranamente al exilio tras el golpe militar y residió en Bogotá, Moscú y París, hasta que en 1985 se radicó en Viena, donde ejerce su oficio de traductor. Sólo muy tardíamente se dedicó a la creación literaria y Butamalón es su primera novela, luego de incursionar brevemente por el cuento. Como además el libro fue editado en España, Labarca es un virtual desconocido en su propio país: y contra  lo que pudiera pensarse, dada su larga estadía en otras latitudes, no son sus vivencias de exiliado las que aquí se exponen, sino la experiencia colectiva de Chile durante la conquista y en nuestros días, mediante dos relatos cruzados que se necesitan mutuamente.

Por un lado está el traductor de un libro norteamericano sobre el padre Barba, misionero que llegó a Chile a fines del siglo XVI, fue capturado por los indios y terminó unido a ellos en su lucha contra los españoles. El traductor se relaciona con personajes designados por su función -la dueña de la pensión, el cartero, la empleada- y a través de sus diálogos ofrece una mirada sobre el Chile contemporáneo. Y con la empleada, de origen mapuche, abre otra puerta de comunicación hacia el segundo relato, las aventuras del padre Barba, de dimensiones épicas y alucinadas, que se inscriben perfectamente en una corriente de poco pero significativo desarrollo en Chile: la novela histórica, que ha ofrecido libros tan notables como Ay, mama Inés, de Jorge Guzmán, a Hijo de mí, de Antonio Gil. Es en este segundo relato donde reside la fuerza turbulenta de la prosa de Labarca, que rescata el léxico y los giros castizos para dar cuenta desde dentro de las turbulencias y dilemas inscritos en  el acto conquistador. La fe y el afán de lucro de los españoles, la libertad y la capacidad de actuar unidos de los mapuches, son algunos de los temas que atraviesan la reconstrucción libre del conflicto armado  entre ambos pueblos. Labarca hace gala de un gran dominio del lenguaje, mezclando estilos y maneras de abordar a sus personajes o su tema, lo que redunda en un texto que vibra con fuerza y desgarro. Mientras tanto, en la otra serie, el traductor revive a su manera el choque de las dos culturas. El libro tiene una moraleja implícita, pero no molesta –precisamente- por la calidad de la propuesta.

Eduardo Labarca. Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1994. 421 páginas.

Cuestión de astronomía

Artículo publicado en la revista Caras número 297, 11 de marzo de 1996

cuestión de astronomíaLópez-Aliaga ganó el premio para cuentos inéditos del Consejo Nacional del Arte y la Cultura 1995. Se trata de un autor que recién se interna en la década de los treinta y que ha escrito tanto poesía como cuento. Es fácil presumir, entonces, que pronto se incorporará a la ya nutrida colección de novelistas jóvenes chilenos. La mención a su edad no es casual: su opción por el relato en primera persona es casi una marca de fábrica, al igual que el relativo hastío y la mediana desolación que envuelven a muchos de sus personajes. Igualmente, el carácter iniciático de varios relatos (primeros amores, primeros trabajos) los remite a una especie de fórmula que ha circulado, con distinto éxito, por muchas obras primerizas de los años recientes. Ello no le resta mérito a su propuesta, pero sí le quita el brillo de la originalidad.

En todo caso, este apronte lo muestra como un narrador seguro de lo que hace, dueño de un tono narrativo convincente y parejo. López-Aliaga no apuesta por la innovación o los experimentos, sino que quiere limitarse a contar historias cotidianas, con protagonistas cotidianos. En entorno es el de la transición, “Cóndor” Rojas incluido, con algunos episodios internacionales intercalados entre barrios capitalinos y los infaltables bares y parrilladas que adornan, más que la ciudad misma, el imaginario criollo. Algunos rasgos de humor levantan el tono general del conjunto, que se lee con rapidez y facilidad.

El mayor problema de sus relatos es que el final es perfectamente previsible. Y esto, tratándose de cuentos, no es pecado venial. Los personajes protagónicos tienen un sospechoso parecido unos con otros, a tal punto que, con otra estructura, un orden distinto y un buen esfuerzo de ensamblaje, el libro podría haber dado paso a una novela, iniciática por cierto. Escapan del esquema unas pocas narraciones y algunos personajes secundaros sumamente característicos de la fauna santiaguina, muy bien rescatados por el autor.

En definitiva, se trata de un narrador talentoso, seguro en el manejo de su estilo, pero muy amarrado todavía a su propia circunstancia para dejar volar su imaginación y dar paso a relatos más atractivos.

Luis López- Aliaga. Mondadori, Santiago, 1995. 154 páginas.

 

 

Estaciones de viaje

Reseña publicada en la revista APSI número 315, 31 de julio de 1989

Salir (la balsa). Por Guadalupe Santa Cruz. Editorial Cuarto Propio, Santiago, 1989. 116 páginas.

guadalupe santa cruz

Esta es la primera novela de Guadalupe Santa Cruz, escritora chilena nacida en 1952. Su escueta biografía resume los destinos de su generación: estudios universitarios, exilio, incorporación a otro país, a otra cultura, y regreso acuciado por las marcas de una doble nostalgia: el país de la infancia, remoto, construido a pulso en la memoria, y el país de la madurez, cuya aprendida cotidianidad se revela como el único modo posible de vivir.

De este trayecto se da cuenta en la novela. Su adscripción genérica plantea un problema inicial de lectura, puesto que el proyecto de escritura de Guadalupe Santa Cruz circula por los bordes de un género reconocidamente elástico. La autora desdeña aquellos recursos que constituyen la armadura tradicional de una novela o más bien los sumerge bajo un tejido verbal que se articula desde la subjetividad del narrador.

“Si el mundo se construye por excrecencia de los sentidos, de la experiencia en los ojos, en la punta de los dedos, que el cuerpo dilata hasta refugiarlos en la memoria, esta sobrevivencia sin casa deberá arraigarse en el terreno pantanoso de la abstracción, falto de nombres, nostálgico de ellos”. Tal pareciera ser el designio oculto que rige la construcción completa de Salir. Ese es el modo de funcionamiento de la novela: la paciente y morosa entrega de una experiencia que se cumple como viaje sin haber salido realmente, que completa su círculo en los vericuetos de la memoria, que cubre las cosas con el tupido velo de la experiencia elaborada en el interior de la mente.

Por lo mismo, la novela, considerada en su totalidad, se difumina, se pierde en la ausencia de marcas. Pero, a la vez, es en los tramos breves -el párrafo, la frase- donde se encuentran los mayores logros de Guadalupe Santa Cruz; una escritura cuidada, atenta, con una extremada lucidez para describir su experiencia interior, brillante a veces en sus aciertos de estilo, y que logra, por una especie de efecto geométrico, no solo dar plena cuenta de las estaciones de su viaje, sino, también, construir un clima narrativo personalísimo en donde la nostalgia, los encuentros y las separaciones sobrepasan el nivel de la anécdota para constituirse en puntos de cierre y de inicio, en umbrales, en puertas.

«I want to be alone»

Reseña publicada en la revista APSI número 333, del 4 al 10 de diciembre de 1989.

pepita 1Enrique Lafourcade es una de las más características figuras de la literatura  nacional; es decir, tiene un fuerte carácter. Es un agudo polemista y no trepida en romper lanzas cuando la causa le parece justificada: así contra la Teletón, por ejemplo, con lo que se ganó la antipatía de las amas de casa y del público en general que se enternecía hasta las lágrimas con la afluencia de dinero para los niños lisiados. Desde su página dominical en El Mercurio de Santiago, Lafourcade ironiza, satiriza y divierte a sus lectores en crónicas que pocas veces dejan relucir la prisa con que fueron redactadas. Sus refunfuños gastronómicos -también publicados en el decano de la prensa nacional- cuentan con un público fiel y variado.

Su trayectoria como escritor es menos nítida y más polémica. De hecho, pocos recuerdan El príncipe y las ovejas, Pronombres personales o La fiesta del Rey Acab, tempranas incursiones de Lafourcade en la narrativa que revelaban a un escritor original, levemente perverso y con una buena dosis de sentido del humor. ¿Qué pasó luego? Palomita blanca, novela célebre por haberse constituido en un resonante best seller y por un frustrado intento de llevarla al cine. Ahí Lafourcade descubrió una veta que, si bien le ha deparado grandes éxitos de venta, lo ha obligado a adaptarse a los gustos masivos. Esa veta es el tratamiento de la más reciente historia, disfrazándola apenas o no disfrazándola; novela-crónica con las adecuadas dosis de sexo, violencia y suspenso para atrapar al público.

pepita 2Vistos estos antecedentes, es difícil entender cómo Lafourcade se embarcó en el proyecto de Pepita de oro, novela situada difusamente en los años cuarenta y ambientada en el otrora elegante barrio República. Se trata de la historia de una cargante mocosa de siete años que se pasa las tardes en los rotativos del barrio y que sueña con ser estrella de cine. Esperanza del Carmen, autodenominada Pepita de Oro, vive con su madre, con su nana, con una Virgen de Lourdes que de repente rompe a llorar y con un neumático llamado Felipe. Pepita de Oro no estudia, no aprende a sumar, pero se sabe las canciones en inglés y repite los diálogos de las películas; es amiga del borrachín del barrio, apodado El Almirante, quien, en compañía de la nana, rescata a Pepita de Oro de las garras de unos gitanos que la habían vestido de princesa, no sin antes meterle los dedos por todas partes; Pepita de Oro sueña con su padre, permanentemente de viaje, y ve poco a su madre, esforzada doctora que se quema las pestañas para alimentar a su querido retoño; Pepita de Oro odia la paella dominical que le ponen por delante en la casa de su tía Suspiros; recibe de regalo dos blancos gatitos persas llamados Pompon y Pomponette, porque son hombre y mujer; Pepita de Oro, cuando se enoja con la nana, le dice «I want to be alone»; a veces sufre, como cuando se frustró el milagro de la virgen, su nana fue despachada a Molina y la nueva no la dejaba ir al cine ni juntarse con El Almirante; a veces es feliz, como cuando se ve tres películas al hilo; etcétera.

pepita 3Esto es Pepita de Oro, novela repleta de ripios, indecisa en el estilo; que se quiere coloquial, pero no lo logra; que se quiere añorante, pero no se descubre qué quiere evocar; que recurre al cine como significante, pero con una tesis tan inverosímil que parece sacada de un cuento de hadas; ¿es, entonces, un cuento de hadas? No, no lo es. La probable lección es que no conviene abusar de los diversos registros si no se está seguro de dominarlos bien. De otro modo, un escritor que maneja más o menos correctamente una veta que le da frutos corre el riesgo de darse un severo porrazo. Cabe, sin embargo, otra tesis: que la infinita cursilería de Pepita de Oro sea una broma más, un inmenso chiste, una genialidad que se prolonga durante 158 páginas.

Pepita de oro. Por Enrique Lafourcade. Editorial Zig-Zag, Santiago, 1989. 158 páginas.

Treinta años de novela y burbujas

Artículo publicado en el suplemento «Babelia» del diario El País, 23 de octubre de 2004

 

1. En busca del tiempo perdido. El golpe de 1973 significó una drástica ruptura en todos los planos de la vida nacional, incluida, por cierto, la producción artística y literaria. Muchos escritores, entre ellos los más significativos de la generación del 50 y de la siguiente (José Donoso, Antonio Skármeta, Ariel Dorfman) partieron al exilio. La clausura cultural de la dictadura, que ejercía censura previa a la edición de libros, dio pie para hablar de un «apagón cultural» y, consecuentemente, a la virtual desaparición de narradores y poetas de la escena pública. Hubo, por cierto, excepciones. El poeta Raúl Zurita recibió el impensado espaldarazo de la crítica oficial. Donoso publicó en España y circuló sin trabas en Chile. Otros -Diamela Eltit, Gonzalo Contreras, Carlos Franz- publicaron a mediados de los ochenta, pero con poquísima repercusión.

En 1989, en vísperas de la entrega del poder, la dictadura levantó las restricciones a la circulación de libros. En 1990, ya en democracia, la editorial Planeta dio un golpe a la cátedra con su colección de literatura chilena. El público y la crítica recibieron con entusiasmo la avalancha de títulos; mal que mal, una de las funciones de la novela es trazar el imaginario del país, devolverle sus pesadillas y sus sueños, ayudar a entender, desde la ficción, quiénes y qué somos, y eso es lo que esperaban, en buena medida, los lectores chilenos.

Aquella colección de tomos de lomo blanco era un cajón de sastre, con autores de las más variadas edades y estilos narrativos, desde José Miguel Varas, que había publicado sus primeros cuentos en la década de los cuarenta, hasta Alberto Fuguet, que lanzó aquí su primera colección de cuentos a los 26 años. Entre ellos, dramaturgos convertidos a la narrativa, como Marco Antonio de la Parra; escritores que siguieron fuera de nuestras fronteras, como Fernando Alegría, José Leandro Urbina y Roberto Castillo; los que ya habían comenzado, pero ahora con crítica y ventas, como Diamela Eltit, Gonzalo Contreras y Carlos Franz, más la nueva hornada -también de edades variadas- entre los que están Arturo Fontaine, Ana María del Río, Jaime Collyer, Sergio Gómez y tantos más.

Esta diversidad generacional y temática hizo que la polémica subsiguiente -muy destacada por los medios- acerca de la existencia o inexistencia de una «nueva narrativa chilena» pronto se revelara como artificiosa y más hija del marketing que de una sensibilidad común o una propuesta coherente. Así y todo, los escritores chilenos gozaron, por algunos años, del favor del público y de la aquiescencia de la crítica: por lo menos había algo que leer, era el sentimiento no expresado, y, entre tanto título, bien podía saltar la liebre. A Planeta se sumaron editoriales como Mondadori, Los Andes y Alfaguara. Los lanzamientos de libros se sucedían uno tras otro. La tradicional Feria del Libro que se mal instalaba en los polvorientos senderos de un parque se trasladó a una vetusta y remozada estación de ferrocarriles. Chile parecía recuperar, gracias a la narrativa, su carácter de país lector.

2. El estallido de la burbuja. Pero la verdad es que, entre tanto título y tanto reclamo publicitario, a mediados de los noventa había poco que rescatar. Tres novelas sobre el exilio (Urbina, Varas y Cerda). Una novela distanciada que ponía en escena el Chile profundo, la primera y mejor de Gonzalo Contreras. Algunos cuentos de Jaime Collyer. La voz de Ana María del Río. Algunas páginas de Diamela Eltit. Las novelas y cuentos desgarradores de José Miguel Varas. Díaz Eterovic es un escritor menor, pero muy seguro en el género que maneja, la novela negra. Jorge Guzmán rompió un silencio de más de 25 años al publicar Ay mama Inés, una de las buenas novelas históricas que se han escrito en Chile. En la misma línea escribe Antonio Gil, más tributario de la poesía que de la narrativa.

Hay que señalar, como contexto, la insularidad de las letras chilenas. Por políticas de distribución y el criterio de la apuesta segura, las editoriales que controlan el mercado suramericano habían decidido que cada país leía a sus propios autores, y nada más. Sólo lograban traspasar las fronteras quienes tenían asegurado el éxito de ventas, y ello nunca ha sido sinónimo de buena literatura. Chile exportaba a Marcela Serrano, una escritora rosa, y escritores radicados fuera, como Luis Sepúlveda e Isabel Allende, tenían también tribuna, aplauso y circulación. Hasta acá llegaba uno que otro escritor argentino, más los clásicos de siempre. Nada más. Y, mientras tanto, críticos y lectores comenzaban a cansarse. Demasiado libro, demasiado «talento desconocido que renovará la literatura criolla», y muy pocas nueces. La operación Mc’Ondo, a cargo de Alberto Fuguet y Sergio Gómez, fue apenas un volador de luces que no alcanzó a constituirse en manifiesto.

3. Otras miradas. Pasada la mitad de la década, ocurrieron dos acontecimientos en el ámbito del libro. El primero fue la aparición de un penetrante ensayo del sociólogo Tomás Moulian sobre el Chile de los noventa. Fue tal su éxito que llegó a venderse en almacenes y panaderías de barrio. Y es que la radiografía del país se veía con mucha mayor nitidez en este libro que en la suma de la narrativa publicada hasta la fecha. Ahí se inició un cambio de rumbo, tanto en las decisiones editoriales como en las preferencias de los lectores.

El segundo fue, primero, un rumor boca a boca y, luego, una suerte de instalación de la crítica: la irrupción local, morosa y medida, de Roberto Bolaño en las letras chilenas. Es bueno registrar aquí la incredulidad, la desconfianza e incluso la negación explícita que corrió pareja con la circulación de sus libros. No es chileno, dijeron algunos, cuando se le proclamó como el mejor escritor del país en la década. Es que la narrativa de Bolaño, sin duda la más lúcida y más reveladora sobre el imaginario criollo en ese par de décadas de oscuridad que nos tocó en desgracia, rompía demasiados esquemas. Esa telaraña inasible, ese mecanismo de relojería que desmontaba el edificio de los eufemismos, de los silencios cómplices, de los subentendidos, puso en perspectiva global una narrativa local, y el resultado fue vergonzoso. No sólo por Bolaño, sino también por la irrupción de otras voces, venidas de todo el ámbito del español o del castellano hablado, escrito, rugido o balbuceado en estas latitudes. ¿Quién eres? Mírate al espejo. ¿Qué ves? No te engañes.