«Sobre la crítica» (1925), de William Faulkner

Walt WWalt Withman dijo, entre pretenciosas e hipertrofiadas banalidades, que para tener grandes poetas también debe haber grandes audiencias. Si Walt Whitman se dio cuenta de esto debe de resultar universalmente obvio en estos días de radios que nos informan y de las llamadas revistas de alto copete que corrigen nuestra información; por no hablar del toque personal de los programas de lectura. Y aun así, ¿qué han hecho los periódicos y los programas para hacer de nosotros grandes audiencias o grandes escritores?, ¿han cogido estas sibilas al neófito delicadamente de la mano instruyéndole en los fundamentos del gusto? Ni siquiera han intentado inculcarle una reverencia por sus misterios (despojando así a la crítica incluso de su valor emocional -¿y de qué modo vas a controlar el rebaño si no es mediante sus emociones?, hubo alguna vez una multitud lógica?-). De modo que no hay tradición, no hay espíritu de equipo; todo lo que se necesita para ser admitido en las filas de la crítica es una máquina de escribir.

Ni siquiera intentan moldear sus opiniones por él. Es cierto, resulta poco apreciado el moldear la opinión de alguien en su lugar, pero es un agradable pasatiempo el cambiar su opinión de una falacia a otra, por el bien de su alma. El crítico americano, como el prestidigitador, intenta averiguar exactamente cuánto debe dejar ver al espectador y todavía salirse con la suya -la superioridad de la mano sobre el ojo-. Confunde la pieza a examinar con un instrumento con el que realizar arpegios de la inteligencia. Esto parece tan pretencioso, tan inútil, como el corneta que lleva a cabo acrobacias acústicas mientras espera a que se junte la banda. Con esta diferencia: el corneta después de un rato se cansa y lo deja. Aquí se da la asombrosa posibilidad de que el crítico disfrute con su propia música. ¿Es así, disfrutan leyéndose los unos a los otros? Uno puede imaginar igual de fácil barberos afeitándose unos a otros por diversión.

El crítico americano permanece ciego, no sólo su público sino también él, respecto a la esencia principal. Su negocio se ha convertido en gimnasia mental: se ha convertido en una reencarnación del charlatán de feria de memoria privilegiada, manteniendo embelesada a la rústica parroquia, no por lo que dice, sino por cómo lo dice. Sus mentes vuelan libres ante la vistosa ampulosidad de la pirotecnia. ¿Quién no ha oído esta conversación?

«¿Has visto el último… (escoja usted mismo)? Jones Brown está bien esta vez; él… humm, ¿cuál es ese libro? Una novela, creo… lo tengo en la punta de la lengua, de algún tío. En cualquier caso, Jones se refiere a él como un boy scout estético. Es bueno: tienes que leerlo.»«Sí, lo haré. Brown siempre está bien, ¿te acuerdas cuando dijo de alguien: “Un loro que no podía volar y que nunca había aprendido a maldecir?»

William Faulkner en 1931 (2)Y aun así, cuando le preguntas por el nombre del autor, del libro o acerca de qué se trata, ¡no te lo puede decir! Él tampoco lo ha leído, o no sólo no le ha conmovido sino que a esperado a leer a Brown para tener una opinión. Y Brown no le ha ofrecido ninguna opinión en absoluto. Quizá el propio Brown no tenga ninguna.

¡En Inglaterra hacen este tipo de cosas mucho mejor que en América! Por supuesto que en América hay críticos igual de juiciosos y tolerantes y sólidamente preparados, pero con pocas excepciones no tienen estatus: las revistas que establecen el estándar los ignoran; o ante condiciones insoportables, ignoran a las revistas y viven fuera. En un número reciente de The Saturday Review el señor Gerald Gould, reseñando El jugador oculto de Alfred Noyes dice:

«La gente no habla así… No refleja la forma de hablar común de la gente común: lo que generalmente resultaría pálido… al dar tantísimos detalles resulta confuso».

Aquí está la esencia de la crítica. Tan exacta y clara y completa: no hay nada más que decir. Una crítica que no sólo el público, sino también el autor, puede leer con provecho. ¿Pero qué habría hecho el crítico americano ante esto? ¿Quién de nuestros árbitros literarios habría dejado pasar esta oportunidad de referirse al señor Noyes como un «boy scout estético» o alguna otra cosa igual de pretensiosa e irrelevante?, ¿y qué lector cogería el libro con una mente imparcial, sin un ligero malestar de paternalismo y confusión… no hacia el libro, sino hacia el señor Noyes? Uno de cada cien. ¿Y qué escritor, con su propia compulsión al sufrimiento, su propio impulso a calificar de tábano a todo papel que le hostigue, podría obtener algún provecho o sustento de ser denominado un boy scout estético? Ninguno.

Cordura, esa es la palabra. Vive y deja vivir; critica con gusto en virtud de un criterio, y no riñas. La reseña inglesa crituca al libro, la americana al autor. El crítico americano le endosa al público lector un distorsionado bufón en el seno de cuya sombra acechan imprecisamente los títulos de varios volúmentes íntegros. Sin duda, si hay dos profesiones en las que no deberían existir envidias profesionales son la prostitución y la literatura.

double_dealer_192205Tal como es, la competición se vuelve encarnizada. El escritor no puede empezar a competir con el crítico, está demasiado ocupado escribiendo y también está orgánicamente incapacitado para la contienda. Y si tuviese tiempo y se armase adecuadamente, sería injusto. El crítico, una vez que se ha convertido en un hábito para sus lectores, es considerado infalible por ellos; y su contacto con ellos es lo suficientemente directo como para permitirle tener siempre la última palabra. Y con el americano la última palabra es la que tiene peso, la definitiva. Probablemente porque le da una oportunidad de decir algo sobre sí mismo.

[Double Dealer, enero-febrero de 1925; reimpreso en William Faulkner: early prose and poetry, ed. Carvel Collins, Boston, 1962. Ese texto es el reproducido aquí.]

William Faulkner. Ensayos y discursos. Capitán Swing, Madrid, octubre de 2012. 372 páginas. Traducción de David Sánchez Usanos. El artículo reproducido está en las páginas 107 a 109.

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Citas de cine

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 25 de febrero de 2012

La idea es buena y su ejecución, también: una selección de citas de cine que en ningún momento se propone ni canónica ni «lo mejor de», aunque el resultado sea –como casi siempre cuando se trata de hacer una selección- una suerte de canon. Pero no tendría el menor sentido discutir si aquí están las mejores películas de todos los tiempos o las mejores citas de películas de todos los tiempos; cada quien recordará las suyas, cada quien alegará por la inclusión de algunas de ellas (en mi caso, los insulsos diálogos de Harry Potter o los chistes fáciles de Woody Allen), así que es totalmente inconducente juzgar este libro por su valor canónico. Lo que sí hay que destacar es que se trata de una selección sumamente estimulante, un ejercicio de recopilación que sitúa nuevamente en el recuerdo el cine ya visto o incita a ver aquellas que nos faltan, y que muestra, de paso, el valor de la palabra para el cine, por más que los efectos especiales la hagan pasar crecientemente a un discreto segundo plano. El orden cronológico comienza con Sucedió una noche (1934), de Frank Capra, y una de sus citas es de aquellas frases que suelen decirse –a veces con significativas variantes- sin conocer su origen: «¡No se puede tener hambre y miedo al mismo tiempo!»; y cierra con Gracias por fumar (2005), de Ivan Reitman («Mi trabajo requiere de cierta flexibilidad moral»). Entre ambas, alrededor de 70 películas más. Cada entrada consta de mínimos datos técnicos (director y casting; ¿por qué no se incluyó a los guionistas? Misterio), un breve resumen, un más escueto juicio y las citas, tanto frases sueltas como diálogos. Hay frases chispeantes, divertidas, trágicas, desconcertantes, en una gama amplísima que recupera desde clichés  como «El dinero nunca duerme» (Wall Street, 1987) hasta prodigiosos hallazgos de concisión expresiva: «No hay nada trágico en tener cincuenta años. A no ser que finjas tener veinticinco» (El crepúsculo de los dioses, 1950). Los diálogos, en tanto, suelen sorprender por su autonomía y valor autónomo, desgajado de su contexto, aunque ello es más notorio en las primeras décadas que cubre este libro. Es que, claro, una película basada en una novela de Raymond Chandler con William Faulkner de guionista no puede menos que ofrecer diálogos geniales.

Lídice Varas. Los Libros Que Leo, Santiago, 2011. 163 páginas.

Editores

«Nuestros editores sienten mucho amor por su arte, pero dudo de que el amor de nuestros editores llegue a igualar al de los Manuzio, los Froben, los Amerbach, los editores que florecieron en los albores del arte de la imprenta. Los editores holandeses del siglo XVI exponían en los escaparates de sus tipografías las pruebas de imprenta de sus ediciones griegas, ofreciendo buenos premios a los estudiantes por cada errata que descubrieran en ellas. Querría equivocarme, pero pienso que, desde entonces, la conciencia del editor se ha cegado, se ha atascado un poco. He corregido ya cuatro veces las pruebas de un libro mío de próxima publicación y todavía no he conseguido dar una grafía correcta a los retruécanos que hace Homero con los nombres de Aquiles y Odiseo. Pero hay algo peor. Hace unos días, en la biblioteca de una amiga mía, la señora D. M., veo Santuario, de William Faulkner, en traducción francesa de R. N. Raimbault y Henry Delgove, con prólogo de André Malraux y publicado por Gallimard, de París, el editor de la Nouvelle Revue Francaise; y como yo, al contrario de algunos de mis colegas, no rehúyo, por rigor nacionalista, la lectura de libros extranjeros, le pido a mi amiga que me preste el libro de Faulkner, y ella, amablemente, me lo presta. Conozco el tema de Santuario y sé que es un libro más obsesivo incluso que los otros de Faulkner; se trata de un curioso caso de perversión psíquica. En vista de ello, la misma noche me meto en la cama con aquel pequeño artilugio en la mano prometiéndome intensísimas emociones. Pero en el primer capítulo, titulado «Fin de los padres tranquilos», leo que «a los franceses les gusta la voluptuosidad del pensamiento» y que «en todo momento éstos fueron de los más fértiles en ideas»; y en el capítulo segundo, titulado «La miseria funcionaria», leo que «la República deja morir de hambre a sus funcionarios, que son la guardia pretoriana del sufragio universal». Lleno de recelo por causa de estas extrañas aseveraciones, tanto más raras en una novela de ambiente norteamericano en la que, entre otras cosas, se habla de una joven que es violada con una panoja de maíz, miro la primera página del libro y leo en la portada: Pierre Hamp. La peine des hombres. Une nouvelle fortune, es decir, un libro de un tal Pierre Hamp sobre la situación de Francia después de la Gran Guerra. Si Manuzio, Froben, Amerbach llegan a publicar un libro de Pierre Hamp bajo la cubierta de un libro de William Faulkner, lo más probable es que ninguno de esos príncipes de la edición hubiera sobrevivido a tal vergüenza, pero no tengo noticias de que el señor Gallimard haya muerto de este bochorno. Al día siguiente tropiezo con mi amiga y le pregunto si ha leído Santuario, de William Faulkner, que tan amablemente me ha prestado, y me responde que sí, que lo ha leído, pero que lo ha encontrado un poco distinto de los demás libros de este autor».

Alberto Savinio, Nueva enciclopedia, págs. 133-134, en la edición de Acantilado, 2010, 407 páginas. Traducción de Jesús Pardo.