Cuaderno alemán

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 26 de diciembre de 2015

Cuaderno alemánLa escritora argentina María Negroni tiene dos novelas a su haber, pero ha transitado mayormente por la poesía y el ensayo; y en libros recientes –Pequeño mundo ilustrado y Elegía Joseph Cornell, por ejemplo- ha mostrado que es posible también que ambos se invadan y se mezclen; poesía con secciones ensayísticas, ensayos con una escritura que se aproxima a la poesía en prosa. En Cuaderno alemán, Negroni avanza por una línea distinta: invitada a Alemania como parte de un intercambio cultural entre ese país y Argentina, debía escribir un blog. Esas entradas están recogidas en este (demasiado) breve libro, y, como era dable esperar, no son precisamente un diario de viaje, sino un registro de experiencias donde caben desde lo que vio hasta lo que alguna vez leyó, recuerdos que se le vienen de súbito a la cabeza, referencias culturales y cinematográficas, sueños, dibujos, fotos y poemas. La segunda parte del libro recoge los que escribió a propósito de Berlín, “su extensión melancólica, su corazón partido, de un lado y otro, por una divisoria todavía palpable, aunque invisible”.

La manera atípica en que la autora resuelve la obligación de escribir en un blog -de los que desconfía- y el también poco habitual modo de dar cuenta de un viaje se deben quizá a lo que parece ser la enunciación de una poética: “La literatura es una de las formas menos claras y más profundas de la resistencia”. Negroni aborda, por ejemplo, temas históricos y políticos a propósito de su visita al Museo Mercedes Benz, pero el asunto es mucho más complejo. En la escritura es donde mejor se muestra su modo de resistir (al lugar común, a la desidia, a la tentación de no ver) y de subvertir, ya no los géneros, sino cualquier tipo de instalación cómoda en la realidad. Cuando recuerda a un hombre que fue su pareja durante muchos años, escribe una frase terrible: “El desprecio, que es otro nombre del resentimiento, era su mejor defensa y su manera de esconder algo más bien maligno”; pero, un par de páginas antes, incluye una foto de un cochecito de perros muy graciosa. La primera parte del libro se llama “Entre Madame de Stäel y Dora la Exploradora”. La primera es autora de un libro sobre Alemania, único texto que Negroni llevó al viaje; y la segunda es la que la lleva a preguntarse qué hace ella entre tanto rubio. Son dos formas de mirar que se despliegan y se superponen constantemente, y que se pueden sintetizar en otra frase del libro: “La felicidad (o lo que llamamos la felicidad), contrariamente a lo que pregonan las agencias de viajes, fecunda en lo familiar”.

María Negroni. Alquimia, Santiago, 2015. 102 páginas.

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Pequeño recuento sobre mis faltas

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 24 de octubre de 2015

PORTADAPAVONLa obra de la mendocina Cecilia Pavón (1973) es breve y variada: poesía recogida en un volumen, un libro de relatos breves, curadora de una galería de arte que dio mucho que hablar en Buenos Aires. Esta breve selección recoge algunos de sus cuentos y significa la introducción en Chile de una escritora más que interesante, que coquetea de manera genial con la cursilería hasta el punto de otorgarle otro sentido al término. Cuando escribe que la literatura “no es más que un halo de luz color durazno o azul, algo parecido a esos aros de fuego azul que hay muy cerca del castillo del Conde Drácula cuando Keanu Reeves pasa a toda velocidad en una carroza, en la película de Francis Ford Coppola)”, no se advierte ni como una provocación ni una frase absurda, sino como la respiración natural de un relato donde una escritora vampiriza -literariamente hablando- a sus alumnos.

La protagonista de “Todas las carteras que he tenido” muestra que es perfectamente posible narrar una vida, hacer recaer el peso de la biografía y de la historia de su tiempo, en un accesorio que refleja estados anímicos, cuestiones de la edad y del crecimiento, circunstancias históricas, modas en formas y tipo de materiales (que a su vez reflejan el estado de la economía y del progreso) con gracia, estilo y profundidad. De esa profundidad que hay que descubrir en la superficie del relato; Pavón no apela ni a grandes palabras ni a trascendentales conceptos para desnudar aquello que nos constituye y que nutre el tiempo. “En la década de los noventa lo sintético era ‘fashion’ y políticamente correcto”, frase que la sensibilidad actual contradice por completo. Algunos cuentos -como este de las carteras- tienen un vago aire autobiográfico; otros muestran su experiencia en el mundo de los artistas y las galerías que exponen sus obras (incluidos poetas y perfumes robados), pero lo más interesante está en su estudiada levedad, en el absurdo sin estridencias ni dramas existenciales, en su muy especial modo de tomarle el pulso a nuestro tiempo, en la serena y nada de impostada reflexión sobre la belleza que surge en alguna página. Hacia el final del libro, un episodio y una frase parecen quebrar el tono o bien anuncian una nueva línea narrativa, que hace surgir la angustia de una manera menos lúdica: “Nadie nunca más debería acusar a nadie de preferir la inconsistencia de las nubes a las luchas de poder que se libran debajo de ellas”.

Cecilia Pavón. Overol, Santiago, 2015. 59 páginas.

La comemadre

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 5 de septiembre de 2015

comemadre 1En la actual generación de novelistas argentinos cercanos a los 40 años, Roque Larraquy destaca como el más impredecible. Siete años tardó en escribir La comemadre, compuesta por dos historias separadas por 90 años, unidas por unas ranas de juguete, por un sanatorio situado en el campo, por los recuerdos de un médico de comienzos de siglo y por la diabólica habilidad de Larraquy para tejer tenues hilos entre ambas. La primera circula por los vericuetos del delirio, de la frontera entre la vida y la muerte o, más precisamente, por el momento de la muerte tras un corte limpio y preciso de la guillotina que permite nueve segundos de sobrevida a la cabeza cercenada. La segunda es la historia de un artista, de un genio, de un gordo insoportable por algunos años, de un escultor de su propio cuerpo. Ambas están narradas en primera persona, pero con estilos distintos; el médico a cargo del primer relato, el doctor Quintana, deja relucir la ironía y el don de atrapar los instantes en frases cortas, con alguna distancia de lo que narra y con una segunda línea argumental, su amor por la enfermera Menéndez; el segundo, a cargo del artista, es un monumento al ego descomunal del protagonista, que complementa con sus recuerdos una tesis sobre su vida escrita por una estadounidense “que asistió a un campamento para gordos a los quince” y que se llama igual que la protagonista de Wonder Woman, por lo que se siente “pop y sucia”. En sus confesiones, el artista despacha aforismos como este: “La monogamia es, como todas las cosas artificiales, estrictamente necesaria, porque el hombre inventa solo lo que necesita”, o “el techo de la ambición ajena se ve muy bajo”.

El hilo común a ambas historias, aparte de las ranas que son juguetes para ciegos, es la monstruosidad. De un lado, un experimento brutal puntuado, sin embargo, por un humor irresistible; del otro, un artista que fija la monstruosidad como el objeto de su trabajo expresivo. Si en el primero las cabezas caen, en el segundo un niño de dos cabezas es el modelo para el artista. Finalmente, todo vuelve a fluir hacia el sanatorio Temperley, donde la comemadre, una planta que produce larvas capaces de hacer desaparecer cadáveres, tuvo alguna vez una importante función en el sótano del lugar y vuelve a aparecer en el segundo relato, esta vez como parte de una instalación artística que completa el círculo del absurdo ferozmente humorístico que Larraquy pone en escena.

Roque Larraquy. Turner/Océano, Madrid, 2014. 157 páginas.

Pequeña flor

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 25 de julio de 2015

Pequeña florIosi Havilio integra, junto a Roque Larraquy, Gabriela Cabezón Cámara, Hernán Ronsino, Carlos Ríos, Betina Keizman, Selva Almada, el tan nombrado en estos días Pablo Katchadjian, Patricio Pron y María Sonia Cristoff, entre muchos otros, la impresionante renovación de la narrativa argentina en la última década, un panorama amplio, diverso y sorprendente a la altura de su muy generosa tradición. Pequeña flor es la cuarta novela de Havilio (autor también de Estocolmo, una obra que nos interpela de manera directa: transcurre en Chile y aúna los temas del exilio y la segregación por cuestiones de género), que destaca por su economía narrativa y el ventarrón desquiciado de una trama que se adentra en extraños territorios.

El comienzo puede recordar el “método Aira”, cuando lo que parece ser un libro convencional y casi costumbrista gira bruscamente y se abre a lo desconocido. La diferencia radica en que Havilio es más contenido y ahonda en la huella en lugar de permitir que el zigzagueo de la imaginación lo lleve a cualquier parte, aunque lo que va apareciendo en el foso -que hay uno, y una pala- sea cada vez más desconcertante; pero quizá lo más extraño de todo es que la novela no se sale del molde, una casa en los suburbios, un matrimonio que pasa por una crisis, un terapeuta alternativo que es una mala copia de Jodorowsky -lo que ya es mucho decir-, un hombre cesante que asume las tareas del hogar, una baby sitter que se despide con un beso que cae al lado de su natural destino, un vecino empalagosamente acogedor. Dentro de ese cauce casi trivial, el protagonista descubre que tiene un don único, que puede ser a la vez una maldición; y, en la exploración de sus posibilidades y límites, la novela sigue una deriva impredecible. Las frecuentes digresiones no hacen más que reforzar el planteamiento narrativo, la idea de normalidad bruscamente asediada por un hecho fortuito y espantoso que sitúa todo bajo otra luz y cambia el curso de las cosas. La narración en primera persona dibuja muy bien al resto de los personajes y especialmente a la hija pequeña, dotada (quizá) de otros dones, con quien teje una silenciosa relación de complicidad que crece en el misterio y que precipita el desarrollo final de la novela. Havilio confirma aquí todo el talento mostrado en Opendoor, Estocolmo y Paraísos: un autor en forma, que maneja diversos registros, escribe muy bien y crea mundos que no son su reflejo especular.

Iosi Havilio. Literatura Random House, Buenos Aires, 2015.

Distancia de rescate

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 6 de junio de 2015

Distancia de rescate - SchweblinLa escritora argentina Samanta Schweblin ha cultivado hasta ahora, y con singular éxito, la narrativa breve. Sus cuentos han ganado diversos premios en Argentina, México y España. La única excepción es Distancia de rescate, una novela breve y compleja que prolonga una tendencia de su trabajo, la aparición del misterio, “el guiño a lo fantástico”, como ella misma la ha caracterizado. En la novela acuña una expresión precisa para la atención que las madres -y los padres- prestan a sus hijos pequeños, esa suerte de radar que los mantiene en alerta frente a su presencia o ausencia, a los ruidos y los silencios, a la distancia justa que permite acudir en su auxilio si tienen algún problema. Esa es la “distancia de rescate” que se pone en tensión en la novela, cuando Amanda y su hija Rita llegan a un lugar de veraneo donde el principio de realidad comienza a descarrilarse.

Hay una oscura amenaza en el lugar, una enfermedad misteriosa, una casa verde que no se relaciona para nada con la de Vargas Llosa; es el lugar de la práctica de una suerte de medicina no tradicional, que propone la curación mediante la migración del espíritu hacia otro cuerpo, único modo de detener un mal tan inasible como desacostumbrado. “Eso no es lo importante”, repite, como un mantra, uno de los personajes, David, que dialoga con Amanda y la ayuda a reconstruir el hilo de lo sucedido. Así está construida la novela, un relato en primera persona donde Amanda se interroga y describe los días recién pasados, puntuado por intervenciones de David -un niño- que trata de no hacerla perder el hilo y fijar la historia con exactitud: se trata, sobre todo, de atrapar un momento, el instante en que Amanda perdió la distancia de rescate y se precipitó la desgracia. Schweblin trabaja muy bien el misterio y el suspenso; el relato explora morosamente lo ocurrido en pocos días, pero esa exactitud, esa mirada minuciosa, se pierde también en lo que no se puede atrapar, en los hechos que se escurren entre los dedos, en el flujo de una historia donde los breteles de un bikini o una mancha de humedad que ha dejado el pasto en la ropa, pueden ser las señales definitivas o una pista que conduce a un punto ciego. Todo el libro está atravesado por la extrañeza de la transformación, del uno que pasa a ser otro, y esa es otra distancia que el relato enuncia, explora y nunca termina de agotar.

Samanta Schweblin. Literatura Random House, Buenos Aires, 2014. 124 páginas.

Nosotros caminamos en sueños

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 28 de marzo de 2015

nosotroscaminanosensuenosHay una venerable tradición literaria y cinematográfica antibelicista. La premisa es que el horror de la guerra es tan atroz, tan brutal, tan carente de sentido, que hay que sacarlo a la luz a como dé lugar, para que nunca vuelva a repetirse. Ya se sabe que aquel empeño es vano.

Ahora mismo, en una veintena de lugares, por lo menos, en África, Asia y Europa Oriental, hay conflictos bélicos que mantienen la producción de armas en pleno rendimiento. Adentrarse aunque sea mínimamente en ese torrente de datos es espeluznante, por tantas razones, así que es mejor retomar el hilo. En esa corriente antibelicista se inscribe Nosotros caminamos en sueños, novela del argentino Patricio Pron que se dibuja sobre el paisaje desolado y frío de las islas Malvinas, pero que en realidad puede referirse a cualquier guerra o a todas las guerras. La particularidad de esta obra es la manera en que el autor carga las tintas o pone los énfasis, y ello porque desde la presentación de la contratapa, el libro se asume como una obra cómica. El humor es, en todo caso, desaforado, explosivo, mordiente. Un oficial gordo que parece “un Frankenstein de segunda mano”. Un soldado que se inscribió como voluntario porque, de acuerdo a un test, tenía las características óptimas para destacar en el ejército: “Violento, agresivo, inútil, torpe, desafecto, irritable”. Negociaciones para que el enemigo mate en los días impares, para facilitar la recogida y la identificación de los cadáveres.

Nosotros caminamos en sueños es una novela desquiciada, pero cuya lógica impecable e implacable produce risa, sí, pero de aquella que brota del desconcierto, del desajuste de las expectativas, de la extrema seriedad del humor que no reconoce límites. Hay personajes alegóricos -El Nuevo Periodista, el Soldado Cornudo, el Teniente Perdido- y el resto reúne apellidos de resonancias francesas, alemanas, polacas, rusas y españolas, entre otras, para reforzar que el relato rebasa con mucho la guerra que estalló cuando Pron tenía 6 años y la soñó, o soñó que la soñaba; y desde ese paseo de sonámbulo entrega una obra impecable que quizá, como tantas obras anteriores en la misma vena, poco contribuya al fin de las guerras, pero que se constituye, a la vez, en una narración que sacude el panorama “como cerillas en una caja medio vacía” y que logra, con más fuerza que la veta testimonial, dejar al descubierto que esa mitología de la guerra como manifestación de heroísmo y bravura no es más que barro ceniciento en una playa perdida en el fin del mundo.

Patricio Pron. Literatura Random House, Buenos Aires, 2014. 122 páginas.

Te quiero

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 24 de enero de 2015

Te quiero_final-alta-2La Alt-Lit -o literatura alternativa- se ha instalado como la última moda en el ámbito anglosajón, especialmente, y su rasgo central son su inscripción en los nuevos formatos de comunicación digitales. Blogs, cuentas de Twitter y de Facebook, chateos, han pasado a ser la materia prima de argumentos más bien volátiles (o gaseosos, por así decirlo), que también infiltran, contaminan o se posesionan del estilo.

A propósito de Megan Boyle, escribí que no está claro si será una moda transitoria o una tendencia que gane importancia en el futuro, pero, en todo caso, acá está el libro de un escritor argentino que oculta su identidad bajo el muy moderno o posmoderno o hipster seudónimo de J.P. Zooey. Hay que destacar que el autor escribe de una manera bien poco estereotipada y, si bien usa las herramientas de la comunicación digital, se ríe igual de ellas y las incorpora con mediaciones (“escribió en el chat de Skype”, por ejemplo).

El libro es, derechamente, muy gracioso, ya desde la elección de los nombres de los protagonistas -Bonnie (cuyo gato se llama Deschanel), Clyde, Gordo Marxxx- y otros personajes que, como bien observó la crítica trasandina, parecen nicks, hasta el especial sentido del absurdo que Zooey le imprime a diálogos que se articulan desde lo cotidiano, sí, pero cuidadosamente transfigurados por el humor, la distancia y el talento para trabajar con el lenguaje sin que ello se note demasiado. “Miau”, dice Bonnie, empleada en una lavandería, cuando Clyde (por escrito, generalmente) le suelta una parrafada sobre la crítica o sobre los clásicos literarios. En esa vena, J.P. Zooey se burla también de la Alt Lit, que a veces incurre en el pecado de querer partir de cero, y de un cero bien absoluto.

Te quiero es, claro que sí, una historia de amor en los tiempos del chat, pero asimismo es una historia que a su festiva manera sostiene que se puede escribir de otro modo sin dejar por ello de escribir. Ahí están los emojis, las abreviaturas, las extremas elipsis, los diálogos entrecortados, pero también hay lectura, hay trabajo, hay proyecto y hay humor, como en esos planes deschavetados que urden Bonnie y Clyde como una suerte de aplazamiento para las citas convencionales que inevitablemente llegarán, o en los juegos verbales que enriquecen la cultura del chat. Hay igual una interesante mirada sobre el Buenos Aires contemporáneo, esa ciudad que también se transfigura y adapta sin dejar de ser por ello fascinante, como la buena literatura.

J.P. Zooey. Páprika, Buenos Aires, 2014. 125 páginas.

Mis lecturas favoritas de 2014

Hacer una lista de fin de año entraña un gran riesgo: revela tanto lo leído como, sobre todo, el inagotable universo de lo no leído. Dicho esto, van, sin orden de prioridades ni pretensiones canónicas, algunos de los libros que más me gustaron en mis lecturas de 2014.

Galveston, de Nick Pizzolatto.  Recién llegada a Chile. Leí la edición argentina hace unos meses. Es de las mejores novelas policiales que he leído en los últimos años, aparte de dos clásicos de los que hablo más abajo. Acá la reseña.

Tela de sevoya, de Myriam Moscova. La reseñé acá. Es un ensayo autobiográfico escrito con una admirable cercanía, que además descubre un bellísimo sustrato de la lengua que hablamos en América Latina y España.

clarisseEse libro fue la principal motivación para comprar El color del tiempo. Poesías completas, de Clarisse Nicoïdski (Sexto Piso, Madrid, 2014; 117 páginas), escritora francesa de origen sefardí que, aparte de novelas escritas en francés y no traducidas al castellano, escribió un puñado de poemas cuyo propósito fue el de mantener viva la lengua, o la lingua, familiar. «Muchas linguas se hablaban en casa: el italiano, el serbo croato, unas palabras en allemán, y un poquito de francés. Y se cantavanlas todas. Una lingua tenian mis padres conocida de ambos: la que llamabamos el “spaniol muestru” y que nos venia de nuestros abuelos, llegados al “Ottoman turco” como se decia, desde la Inquisición d’España». Son poemas de extraordinaria limpidez, dedicados a los ojos, a las manos, a la boca, a las penas de amor, a las palabras; versos breves, poemas breves, que hay que leer “kon su musika de orijín”, como dice la abuela de Moscova, e intentar entenderlos bajo esa cadencia del lenguaje antes de mirar la página de enfrente, donde el traductor, Ernesto Kavi, trató de aliviar la “herida abierta”, la “memoria que está sangrando”, entre el sefardí y el castellano, para recuperar la dulzura perdida en el tiempo.

qui dizirás?
in tu boca
las palavras puedin ser piedras

i puedin ser palavras

qui dizirás?

La casa de hojas, de Mark Z. Danielewski. Es de 2013, pero se distribuyó en Chile en 2014, así que acá la incluyo con la reseña anotada. Es una novela apasionante, por lo distinta y por la enorme capacidad lúdica de su autor. Un placer de principio a fin.

Cuando hablábamos con los muertos, de la escritora argentina Mariana Enríquez, es otra interesantísima obra que muestra cómo la narrativa de género puede romper fronteras y anclarse en situaciones sumamente cotidianas o en procesos históricos. Es de 2013, pero la leí y reseñé a comienzos de 2014.

El silencio de los animales, de John Gray. Un filósofo inglés que escribe mucho y que vuelve sobre sus temas, hasta destilarlos en un libro breve y provocador. La reseña de rigor, aquí.

uno-es-un-numero-solitarioUno es un número solitario, de Bruce Elliott. No la he reseñado. En 2012, la editorial de clásicos de la novela negra Stark House rescató, en un solo volumen, dos novelas policiales de comienzos de la década del cincuenta. A su vez, la editorial argentina La Bestia Equilátera las publicó, pero por separado. En 2013 apareció Mi ángel tiene alas negras, de Elliot Chaze, reseñada aquí; y en 2014, la de Elliott. Impresiona cuánto tienen en común ambas, aunque las historias sean completamente distintas. Las mujeres también desempeñan acá un papel crucial y la desgracia se respira desde las primeras líneas. Como retrato de la sociedad estadounidense, es despiadada. Como indagación en los abismos del espíritu humano, es más implacable aún.

Al sur de la Alameda, de Lola Larra, con ilustraciones de Vicente Reinamontes, es una excelente novela destinada al público juvenil, con una sólida historia de revuelta estudiantil y de ritos de paso hacia la madurez. Puede sonar tópica la idea, pero está muy bien desarrollada.

Continuación de ideas diversas, de César Aira. Entre las muchas publicaciones de Ediciones Universidad Diego Portales, hay muchísimas dignas de figurar en esta lista. Me decanté finalmente por estos ensayos de Aira, que dan para parodiar la famosa frase bélica: “el ensayo es la continuación natural de la narrativa”. Acá la reseña.

Ejercicios de encuadre, de Carlos Araya, es una propuesta original, arriesgada y bien escrita, que muestra nuevos caminos para la narrativa chilena.

CortezasDestaco dos ensayos difíciles de encontrar en Chile –y por eso no los reseñé-, pero Amazon está en todas partes. Cortezas, de Georges Didi-Huberman, continúa su ya larga y sumamente prolífica exploración de la imagen, su significado y su contenido. En Cortezas (Shangri La, Santander, 2014; 68 páginas) retoma los temas que planteó en Imágenes pese a todo. Memoria visual del Holocausto (Paidós, 2004) a través de una visita al campo de concentración de Birkenau y las reflexiones que se abren a partir de veintena de imágenes conducen a un ámbito más complejo y de mayores repercusiones, la barbarie, la historia y la cultura: «la cultura no es la cereza del pastel (nota: en Chile decimos “la guinda de la torta”) de la historia: es todavía y en todo caso un lugar de conflictos donde la historia misma cobra forma y visibilidad en el corazón de las decisiones y los actos, no importa cuán “bárbaros” o “primitivos” sean».

no tan incendiarioNo tan incendiario (Periférica, Cáceres, 2014; 189 páginas), de Marta Sanz, es un libro atípico –que incorpora columnas publicadas en diarios con un hilo reflexivo enunciado siempre en primera persona-, que viene a remover viejos asuntos más bien olvidados –o soslayados- en el presente: la relación entre literatura y política no tanto desde la militancia o la denuncia, sino desde una trinchera previa, el desenmascaramiento de la ideología, de las estrategias de mercado, de la sobrevaloración del lector (¡no siempre tiene la razón!), de la cultura como mercancía que todos consumimos. Mejor citarla: «Globalización y pensamiento único están en la raíz de la producción de unos textos que no se limitan a reflejar el contexto –tal es la creencia más común-, sino que son en sí mismos contexto: aquí volvemos a la necesidad servil y mercantil de complacer al lector, y también a la costumbre de profesionalizar la escritura y de pagar abundantemente a un escritor satisfecho, estómago lógicamente agradecido, mientras se excluye del campo, del canon literario y de las mesas de novedades, al escritor que no sintoniza con una sensibilidad mayoritaria».

Y al final, un cuarteto: me gustaron dos buenas lecturas venidas desde Argentina pero editadas en Chile, Desubicados, de María Sonia Cristoff, y Flores nuevas, de Federico Falco; y los primeros libros de dos escritoras jóvenes y promisorias, Reinos, de Romina Reyes, e Incompetentes, de Constanza Gutiérrez.

Desubicados

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 18 de octubre de 2014

desubicados-portada-1Hay muchas maneras de transitar por la frontera entre géneros, una de las tendencias de la literatura contemporánea. Aunque la idea de fundir narrativa y ensayo se puede rastrear en sus orígenes hasta muchas décadas atrás -piénsese, por ejemplo, en Thomas Mann-, lo que comenzó por la incorporación de ideas a la trama narrativa se ha convertido en una ancha corriente que se cuenta entre las más fecundas de hoy.

La escritora argentina María Sonia Cristoff se inscribe con este libro -el primero suyo publicado en Chile (la edición argentina es de 2006)- en esa corriente y de forma bastante radical: Desubicados apenas tiene trama y, además, está mayormente en los capítulos iniciales, dedicados al insomnio, a los misterios de la acústica y a la actividad sexual de una pareja de vecinos de la protagonista que todos los días, con inquietante puntualidad, empieza ruidosos escarceos amatorios a las tres de la madrugada. Cristoff tiene un humor sombrío y enfocado sobre todo en la narradora, que cada vez que va al teatro -sea buena o mala la obra- sufre una incómoda picazón en el lado izquierdo de la cara y que encuentra en los zoológicos un lugar de refugio y de comunión con el mundo, un remanso de paz que le devuelve la tranquilidad y le alivia la comezón.

Ahí está la vía para la introducción del ensayo -o de la crónica, si se quiere, que de ambos hay- referido al mundo animal, a la conservación de las especies, al calentamiento global, a los intentos por salvar especies, a los modos de relación de los miembros del género humano con el mundo animal. Cristoff incorpora abundante información en páginas donde la anécdota se pierde -o vuelve al pasado, a sus viajes, a zoológicos de otras latitudes- y cede el paso a una reflexión que, aunque pase de la jirafa al ornitorrinco, del jabalí al demonio de Tasmania, o a sus modos de inserción en el imaginario cultural de niños y adultos, tiene un punto inasible: no se trata exactamente de eso, no estamos ante un sermón ecologista, sino de una interrogación que tiene mucho más que ver con el lugar que ocupamos en el mundo. La enorme gracia de Cristoff es que plantea asuntos muy graves con humor y humanidad, con una protagonista que expone su fragilidad, su acerado sentido del ridículo y una vitalidad reflexiva que supera insomnios, desvelos, picazones y ruidos perturbadores a las tres de la madrugada.

María Sonia Cristoff. Libros del Laurel, Santiago, 2014. 138 páginas.

Flores nuevas

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 19 de julio de 2014

Flores-nuevasEl argentino Federico Falco nació en General Cabrera, en la provincia de Córdoba, y, a juzgar por sus relatos, también se crió en aquellas tierras: en los seis cuentos recogidos en este volumen, tanto el paisaje como la especial sociabilidad provinciana son la materia que nutre un desarrollo narrativo por lo general clásico, pero sin duda atractivo.

Falco construye buenas historias que se adentran en esa manera de vivir, que conjuga la amplitud del horizonte de la planicie con la cerrazón de perspectivas que parece inherente al pueblo chico, donde todo tiene un aire de rito vacío, y que cifra la identidad y el destino en cuidar los límites de lo conocido, aunque en ese devenir alimenta tensiones, odios y rivalidades que crean grietas subterráneas en el paisaje aparentemente tranquilo.

“El cementerio perfecto”, el cuento más extenso del libro (que podría haberse estirado hasta constituirse en una novela; hay un gran mérito del autor en mantenerlo como un cuento largo, una nouvelle de bien cuidada arquitectura), ilustra perfectamente el modo en que Falco dispone los elementos para crear el especial clima de sus relatos, cuyo melancólico humor actúa como un leve contrapunto para la tristeza que los recorre. El pueblo de Coronel Isabeta no tiene cementerio; los muertos van al del pueblo vecino. El intendente de la localidad, cuyo padre, de 104 años, tiene una fractura en la cadera y debería morir de un momento a otro, quiere cambiar tal estado de cosas y contrata a un especialista en el diseño de cementerios, que advierte de inmediato las posibilidades estéticas de la ladera del cerro que se alza a un costado del pueblo y pone manos a la obra.

Pero lo que parecía ser el homenaje de un hijo a su padre saca a la luz historias familiares y tensiones pueblerinas que amenazan la obra y angustian al diseñador, cuya vida solitaria y volcada a su trabajo queda expuesta con una cruda luz, apenas matizada por, ya está dicho, el humor suave y casi a contrapelo que se cuela en todos los cuentos. Ya se trate de las fiestas de 15 y los embarazos juveniles, del sentimiento de culpa o del ímpetu revolucionario, de suicidios o de accidentes de autos, la radiografía de la provincia que Falco lleva a cabo seduce por la calidad de las historias, pero sobre todo por esa nota sostenida de melancolía y distancia que hace más cercanos a personajes de vidas anodinas y, claro está, provincianas.

Federico Falco. Montacerdos Ediciones, Santiago, 2014. 167 páginas.