La coma

Reseña publicada en la revista «Sábado» del diario El Mercurio, 15 de febrero de 2020

La Coma - FrontalLa editorial Elefante tiene una línea muy firme en sus publicaciones: edita, hasta el momento, solo a jóvenes escritoras argentinas. Agustina Luz López, Romina Paula, Ariana Harwicz y Camila Fabbri (los dos últimas, reseñadas en esta columna). Robustece así lo que podríamos llamar “la conexión argentina” de las editoriales independientes; Laurel, Overol, Cuneta y Montacerdos, entre otras, han publicado libros escritos al otro lado de la cordillera. Hay que sumar la presencia en Chile de la distribuidora Big Sur, que ha ensanchado considerablemente la disponibilidad de libros latinoamericanos en varios países. En este panorama, Elefante tiene el mérito de haber publicado primeras ediciones, lo que constituye, sin duda, un acto de osadía. A su catálogo se suma María Florencia Rua, de 27 años, con su primera novela (había publicado antes poesía en Argentina y España). El título del libro no se refiere tanto al signo que determina una breve pausa en la lectura, sino a ese estado tan temido de la muerte cerebral; solo que en este caso la niña que yace inmóvil en la habitación 222 de un hospital recuerda, reprocha, mira la tele, reconoce a sus amigas y a sus padres, se enamora de la enfermera y no para de producir breves textos que repasan todo lo imaginable. No hay aquí ni la menor especulación médica, sino exploración poética y literaria de una voz que pierde los contornos y por ello es capaz de moverse de manera tan caótica como salvaje.

Hay que destacar la finura del oído de la autora para captar el habla de la calle y de los jóvenes, pasada por el tamiz de esa libertad de movimiento que resalta desde las primeras líneas y que se expresa en párrafos autónomos y vibrantes de asociaciones libres, saltos y revueltas, pero siempre dotados de una extraña coherencia; un lenguaje que atropella y acelera, que nunca pierde la vivacidad y el ritmo, que remite también a sus inicios como escritora de poesía. El accidente es un motivo que resurge de vez en cuando; hay pequeñas historias como cuentos intercalados; hay personajes que crecen en el relato, como Nancy, la enfermera; y, desde esa plataforma de la libertad de escritura, no se ahorra juicios ni preguntas ni dolores ni tristezas. La voz narrativa de Azul, que así se llama la niña, se permite invenciones deslumbrantes en La coma, en ese espacio que se ha convertido en su hogar y que solo al final, cuando todo parece disolverse, se dispara con frenesí en un monólogo que pierde también los bordes de la sintaxis y que extrema la cercanía entre la vida, la muerte y la conciencia.

María Florencia Rúa. Elefante, Santiago, 2019. 80 páginas.

Matate, amor

Reseña publicada en la revista «Sábado» del diario El Mercurio, 1 de septiembre de 2018

matate“Somos parte de esas parejas que mecanizan la palabra amor hasta cuando se detestan: amor, no quiero volverte a ver”, dice la protagonista y una de las voces narrativas de esta obra de la argentina Ariana Harwicz. Desde muy temprano, esa frase y otras de feroz incorrección política marcan el tono de una novela febril y desarmante, que pone en juego tantas cosas que suelen darse por sentadas. El amor de madre o, más que eso, el acomodo automático, instintivo e inevitable de la mujer al papel de madre. La fidelidad en el matrimonio o, más bien, la libertad para seguir impulsos que no tienen mucha explicación ni más causa aparente que el calor, o la noche, o el encuentro furtivo en un bosque. La fortaleza de los vínculos familiares, o, mejor dicho, la supervivencia de parejas y de grupos familiares más amplios entendida siempre como milagro, camino a contramarcha, negación de la naturaleza. Es impresionante el juego con las voces narrativas (“Ahora hablo como él. Siendo él, pienso en ella y se me seca la boca”), cuando el personaje protagónico se desdobla, se mira, se juzga y enciende una tormenta en el otro: “Pienso en ella y tengo arcadas de deseo”, y, cuando vuelve a sí misma, a esa joven madre que enloquece en la soledad cuando viaja el marido y que solo atina a preguntarle qué comió, logra también la ácida lucidez de quienes ven más allá de sí mismos: “Y la perorata de los celos, el bla bla bla que destruye simultáneamente al celoso y al celado dio rienda suelta a patadas, golpes, idiota, pelotudo de mierda, loca histérica y demás banalidades”.

Matate, amor tiene una intensidad narrativa impresionante. Harwicz maneja el ritmo a través de las divisiones entre párrafos, la mayoría de más de una página pero tampoco demasiado largos, que cierran siempre como si de un cuento se tratara. Esos respiros, esas pausas en el desarrollo de la novela, permiten también al lector tomar aire y seguir adentrándose en la historia de la protagonista. Todos los demás, el marido, el amante, el hijo, la suegra, son personajes secundarios. Ella devora la acción, la mueve con el lenguaje desgarbado de su lengua inquieta, con su mirada que incendia la pradera a la menor provocación. “Intento pertenecerle. Le doy mi cuero cabelludo. Tomá. Le doy mi cerebro. Le doy mi piel estirada. Tironeá. Le doy mis pestañas, no me importa perderlas. Que mis ojos se sequen en un abrir y cerrar. Me ofrezco. Agarrá. Tené, Probá”. Y así hasta que todo parece estallar en pedazos. Nadie puede salir incólume de esta lectura.

Ariana Harwicz. Elefante, Santiago, 2018. 104 páginas.

Los accidentes

Reseña publicada en la revista «Sábado» del diario El Mercurio, 29 de junio de 2019

losaccidentes4435Actriz, dramaturga y cuentista, Camila Fabbri es una nueva e interesante voz en la siempre prolífica literatura argentina. Los accidentes es un libro desconcertante, compuesto de breves relatos donde se alternan jirones de sueños y pesados bloques de realidad, pero que sobre todo dejan en suspenso la idea de una narración lineal de estructura familiar. Fabbri explora con libertad y soltura –y una cierta desprolijidad, como lo dijo en una reciente entrevista- las posibilidades del relato. Hay historias de obsesiones, como la de Lautaro con las bombas, o la de Lorena con los planeadores y el estallido nuclear en el cielo de Hiroshima; hay relatos donde el agua desempeña un papel protagónico; por ejemplo, “Superficie celeste”, donde la frontera entre la superficie del agua y el cielo es tan borrosa como lo que se narra, la historia de una ausencia que deja atrás otra posibilidad más sombría y aterradora, la de un descuido fatal. El primer cuento recuerda a J.G. Ballard y su versión cinematográfica, Crash, a cargo de David Cronenberg. No es casual el vínculo porque relee precisamente el título del libro, Los accidentes, desde una lógica muy distinta. Hay otras líneas narrativas con hijos, hijas y, sobre todo, madres, o parejas, como los papás de María, en el cuento “Carretera plena”, de “espaldas longilíneas”, “y todo lo bello que tienen no fue heredado por María”. El paisaje es siempre vagamente familiar, en todo hay una reminiscencia de algo, pero tampoco el entorno entrega certezas reconocibles.

El protagonista de “Perros muertos”, un periodista deportivo enviado a cubrir a un equipo de provincia y sobre todo a un jugador sumamente talentoso, piensa en su situación en una desangelada pieza de un hotel: “estar convirtiéndome en escritor. Convertirme en un escritor durante un viaje, o algo parecido. Como si fuese una religión. Algo que tuviera que militar, o defender con un poco de delirio”. Esa tensión de la escritura como una religión, una militancia, que solo puede ser posible con una cuota de delirio, atraviesa el libro; aunque los relatos difuminen las líneas argumentales y den giros hacia otros abismos, hay también una cierta contención, la búsqueda de un cierre, el establecimiento de un punto final que, paradójicamente, suele no serlo. No se trata de finales abiertos, ni de historias que muestran lo que se vería en el fugaz tiempo de un relámpago, sino de la particular atmósfera y estructura quebrada de cuentos que parecen surgir de la nada para volver a ese mismo origen.

Camila Fabbri. Elefante, Santiago, 2019. 106 páginas.

M

Reseña publicada en la revista «Sábado» del diario El Mercurio, 25 de mayo de 2019

EricSchierlohM_En su edición y traducción de Lejos de tierra y otros poemas (Bajolaluna, 2008), de Herman Melville, el escritor Eric Schierloh incluyó una extensa cronología –alrededor de cien páginas- de la vida del autor de Moby Dick. En M, señala que esa amplia investigación es el “material en bruto” para esta novela, que comenzó a cristalizarse “en cuanto asomó la aleta del hombre gastado”, que también es “un hombre entrecomillado”, “una oreja de mar”, “una especie de molusco marino”. Hubo un impostor. Es posible que Melville haya aprovechado sus datos como otra manera de encubrirse o de ocultarse, y esa presencia lateral desencadena que Schierloh comenzara en ese punto una elaboración impresionante en torno a la vida de M. Hay otro material en bruto, para tomar las palabras del autor: Jay Leyda llevó a cabo una tarea ímproba, gigantesca, “cachalotesca”, la de recopilar en The Melville Log. A Documentary Life of Herman Melville (cuya segunda edición, de casi mil páginas, apareció en 1969), una “maravillosa investigación y monumental transcripción día por día de todo (absolutamente todo) cuanto se sabía de la vida de Melville para 1951 y, después, para 1969”. La manera de construir la parte medular y más extensa del libro, bajo el título de Láthe biósas, es decir, “vive oculto”, en latín, es entresacar (pero no solo eso) datos, citas y fotografías de esa avalancha de materiales, tomados de cartas, diarios, artículos periodísticos, etcétera.

El encadenamiento de citas, informaciones y fragmentos diversos, centrado en el período que va de 1863 a 1891, es decir, desde que Melville comenzó a escribir poesía hasta su muerte, no apunta a establecer la biografía, sino a reconstruir, siempre por la vía de indicios, cómo fue aquella manera de vivir oculto, como funcionario de aduanas, con la poesía como nueva manera de mirar al mundo que desembocó, como no podía ser de otra manera con Melville, en la escritura de Clarel, el poema más largo de la poesía estadounidense. Pero M es una novela. Las citas (y los datos) son los materiales que estructuran la búsqueda de algo inasible, que siempre se escapa de entre los dedos: quién fue Melville y por qué ese impostor, con 19 líneas en The Melville Log, puede servir como delgadísimo contrapunto a este ciudadano que trabaja en aduanas, que sufre terribles desgracias familiares, que ve cómo sus obras más queridas se hunden en el olvido. M obtuvo merecidamente el Premio 2018 a la Mejor Novela del Fondo Nacional de las Artes argentino.

Eric Schierloh. Eterna Cadencia, Buenos Aires, 2019. 160 páginas.

Nuestra parte de noche

Reseña publicada en la revista «Sábado» del diario El Mercurio, 29 de febrero de 2020

nuestra parte de nocheAunque Mariana Enriquez publicó dos novelas muy joven, se hizo ampliamente conocida gracias a sus colecciones de relatos, publicadas en Argentina y Chile, primero, y luego en España, por Anagrama, salto que la convirtió en una de las escritoras más valoradas de Latinoamérica. Por eso es admirable el modo en que transitó a la escritura de una novela de casi 700 páginas, atrapante y subyugadora. Abarca una largo periodo de tiempo —desde 1960 hasta 1997—, con diferentes narradores y protagonistas. Enriquez insiste en la línea de fondo que anima su proyecto literario: la irrupción de lo sobrenatural aparejado con la maldad, la mirada hacia ese mundo extraño y pavoroso donde se mueven entidades, presencias y dioses que contradicen las seguridades de la razón y el abrigo de la cultura secular. Es un mundo antiguo que parece desaparecido, pero que aflora con terrible fuerza y poder aniquiladores. Como es también habitual en su narrativa, se trata de una maldad que se expresa en nuestro presente, en la historia de la Argentina (dictadura incluida), en este caso, en una alianza que a la autora le parece natural: el dinero es poder y, como dice en la novela, “el dinero es un país dentro de otro país”. Y si ya se tiene todo, hay que ir por lo imposible, por el derecho a permanecer más allá de los límites que imponen la vejez y la muerte.

También es una historia familiar y de los intentos de esa familia –los principales protagonistas que a veces se apoderan de la primera persona para contar la historia- de escapar a un destino que parece definitivamente sellado. El poder que tiene Juan Peterson es adictivo: comunicarse con la Oscuridad, hacerla emerger y dejar que estalle su funesto poder es incomparable, pero también cree que es una maldición; y si el mandado de la Orden que la venera es que su hijo sea el siguiente médium a costa de sacrificarlo, no es una decisión fácil, por decirlo suavemente. La novela tiene una estructura sumamente firme que sigue un ritmo similar en muchas de sus partes: hay una apariencia de normalidad, hay amistades cotidianas, un hijo que crece, que es adolescente, que luego es joven, pero ya se sabe que el horror terminará por aflorar y buscar que todo vuelva al cauce determinado por el destino. Nuestra parte de noche es un prodigio en su inventiva y en la forma fluida en que se desarrolla el relato; todos los elementos se van anudando hasta constituirse en una épica de la resistencia ya no contra la muerte, sino contra el mal que cobra vidas al precio de prometer la eternidad.

Mariana Enriquez. Anagrama, Barcelona, 1999. 672 páginas.

Alguien camina sobre tu tumba

Reseña publicada en la revista Sábado del diario El Mercurio, 16 de junio de 2018

Los cementerios-parques han cambiado la cartografía y la cultura de 402789-portada-ALGUIEN-CAMINA-SOBRE-finalrelación con los muertos en Chile. De las solemnes y bien delineadas calles del Cementerio General, o de los pasillos elevados del Católico, tocados por el gris y el blanco, lugares como el Parque del Recuerdo ofrecen verdes muros y pasto impecablemente cortado. Si Mariana Enríquez fuera a verlos diría que no son latinoamericanos, que les faltan colorinche y personajes clásicos como la sanadora que acumula ofrendas, el niño milagrero, la muerte enamorada, las leyendas que alimentan el miedo a la oscuridad y las ganas de abandonarlos pronto. ¿O hace falta una cronista como ella para investigar por qué deberíamos estremecernos tras atravesar las venerables puertas de nuestros camposantos? Hay, en esta colección de visitas a cementerios en distintos países y continentes, firmes intuiciones sobre el carácter de pueblos y ciudades a partir de ellos. Los de Guadalajara y esa relación tan cercana, familiar y festiva con la muerte. O el de Génova, la mejor expresión de cómo el alza de la burguesía podía también traducirse en una competencia por la tumba más fastuosa. O esas notas de colores y panteones tipo casitas con azulejos que irrumpen en el verde oscuro y y el orden profundo en un cementerio alemán, huella migrante que puede espantar a los deudos tradicionales.

Y sí, están los cementerios. En Australia, en Argentina, en México, en Italia, en Estados Unidos, en Francia, en Cuba, y, al final del libro, una lista de los que la autora todavía quiere conocer. Y está también la mirada de la escritora que los recorre. No son simples acumulaciones de datos o notas descriptivas: Mariana Enríquez, la más destacada cultivadora del género del horror en la narrativa latinoamericana contemporánea, muestra también acá, en este recorrido, las obsesiones que recorren su obra narrativa (la muerte, el sexo, la extrañeza, lo insólito, lo nocturno), sus gustos musicales, algunas notas muy reveladoras de su biografía –por ejemplo, que soñaba con pertenecer a la familia de Lestat, el vampiro protagonista de las novelas de Anne Rice- o bien simplemente informativas, como las que se refieren a su pareja, Brian. Su mundo, en cualquier caso, que se despliega en torno al viaje y a las visitas a los cementerios, en un libro que bien podría ser una autobiografía a partir de los viajes, la aventura, el desacomodo, pero que deja ver, entre líneas, esa dimensión cotidiana en donde Mariana Enríquez vive y escribe, esa trama cotidiana donde lo extraño puede estar agazapado, pero nunca ausente.

Mariana Enríquez. Montacerdos, Santiago, 2018. 280 páginas.

Las cosas que perdimos en el fuego

Reseña publicada en la revista «Sábado» del diario El Mercurio, 11 de junio de 2016

NH559 Las cosas que perdimos en el fuego.inddLa escritora argentina Mariana Enriquez comenzó a publicar muy joven –su primera novela apareció cuando tenía 22 años-, pero ha ganado fama y reconocimiento en los últimos seis años en otros géneros: la crónica –donde publicó un libro absolutamente ejemplar, Alguien camina sobre tu tumba. Mis viajes a cementerios (2013), el cuento (la editorial chilena Montacerdos le publicó en 2014 Cuando hablábamos con los muertos, que incluyó una novela corta magnífica), y el ensayo (su libro sobre Silvina Ocampo fue publicado también en Chile por Ediciones Diego Portales). Ahora Anagrama publica otra colección de relatos, la mayor parte de ellos nuevos, con el sello inconfundible de una escritura que si bien se inscribe en un género habitualmente menospreciado o reducido al nicho de la mera entretención –la narrativa de terror-, lo subvierte y lo trasciende a la vez.

Lo subvierte porque la meta de su trabajo no es sólo provocar el proverbial escalofrío en la espalda, sino vincular, con sutileza y finura, los males de acá y de allá: los fantasmas que provee la imaginación y los monstruos creados por la maldad humana; las casas misteriosas que suenan, crujen y chillan porque en ellas ha ocurrido lo indecible, porque sus paredes han sido testigos de horrores; la magia y la adivinación con la vida cotidiana bajo una dictadura; las excentricidades adolescentes que en una vuelta de tuerca pueden lindar con el extravío y la pérdida de límites, el policía abusador que sin saberlo despierta un mal mucho más profundo. Enriquez nunca es demasiado explícita, ni en el lado de acá ni en el lado de allá, y algunos de estos cuentos –“El chico sucio”, “El patio del vecino”, “Bajo el agua negra”, “Las cosas que perdimos en el fuego”- se leen con la fascinación de sentirte arrastrado a un abismo, a un punto ciego, a un límite que no quieres ver pero ahí estás, siguiendo cada línea hasta que puedes respirar tras el punto final. La calidad literaria de los relatos es lo que trasciende el límite genérico; un estilo que nunca cae en lo estridente, personajes bien dibujados con pocos trazos, el inteligente anclaje en la realidad de los relatos –algunos en los ochenta, otros en la miseria que se adueña de sectores de Buenos Aires- y, sobre todo, su capacidad para crear historias que nunca pierden la verosimilitud, aunque se trate de un río de agua negra y fétida contaminado no por descuido, sino por obligación, o de una colección de uñas cortadas seguida por una colección de dientes, o de un antiguo asesino de niños que aparece, fantasmal, en un tour por la ciudad.

Mariana Enriquez. Anagrama, Barcelona, 2016. 200 páginas.

Llevátela, amigo, por el bien de los tres

Reseña publicada en la revista Sábado del diario El Mercurio, 27 de agosto de 2016

llévatelaUna pareja –Eduardoylila o Lilayeduardo- regresa a Buenos Aires a mediados de los ochenta, tras veinte años de peregrinaje por diferentes latitudes. “La nostalgia es otra forma del deseo”, dice el narrador, que comienza hablando desde un lugar externo —el observador, el voyeur— que mira hacia esa pareja, aunque es parte de ella. Lo que pasa, dice, en el mismo inicio de la novela, es que, para mantener el calor en el iglú, se precisan huéspedes, y que, para que se generen altas temperaturas, “el fuego precisa al menos tres órganos: la pija de él, la concha de ella, mis ojos”. Esa manera de situarse fuera y dentro a la vez marca todo el relato. La novela, escrita a fines de los ochenta, trata de reconstruir la historia de Lila y Eduardo desde esa alternancia de miradas; aunque el yo —el yo de Eduardo— pase a ser el dominante, hay siempre un intento de mantener la distancia y al mismo tiempo involucrarse en el relato de cómo dos personas, enarbolando las máximas y prácticas de los antipsiquiatras R.D. Laing y David Cooper, así como de las huellas de Wilhelm Reich, muy de moda en los tumultuosos sesentas, intentan construir una relación abierta que explora el sexo de a tres, de a cuatro, del recurso a los amantes, del voyeurismo, de la conversación franca sobre las relaciones del otro con otros, que hasta tocan cuestiones prácticas: cuando Lila va con su amante a un hotel caro, él le pregunta si pagaron a medias, porque,“después de todo, compartíamos las cuentas”.

“Entre John Lennon y el Martín Fierro íbamos construyendo nuestra filosofía de cama, útil para las grandes masas opiadas por la monogamia”, dice el narrador, mientras tratan de hilar un discurso contra la pareja como un espacio de asfixia, un ataúd compartido. La novela de Baigorria es revulsiva y potente, una exploración que tiene momentos hilarantes —el análisis comparado de las poesías del amante de Lila y las que Eduardo escribió, por ejemplo— y otros llenos de ese drama que bordea la cursilería, el rencor profundo y la estética del culebrón. Al leerla, se entiende por qué Caja Negra. editorial más dedicada al ensayo, rescató este texto: hay mucho para discutir acá, a partir de una lectura de la pareja, el sexo y el erotismo en una época en que el sida cambiaba las pautas de encuentro y parecía señalar un retorno al conservadurismo o, como propone una de las mujeres del libro, a la desgenitalización del amor, momentos antes de sumergirse en un trío nada de protegido. Una novela de un poder revulsivo que sin duda merece su rescate y su lectura.

Osvaldo Baigorria. Caja Negra, Buenos Aires, 2015. 142 páginas.

El perseguido

Reseña publicada en el suplemento «Babelia» del diario El País, 23 de junio de 2012

portada_guebelNarrativa. Pocas miradas tan originales -y desquiciadas- podrán encontrarse bajo la premisa de lapersecución política, que es, en realidad, un pretexto, un punto de partida para una ficción dislocada que se sirve de ella para desatar la paranoia y examinar a fondo el asunto de la identidad. “Yo quería ser otro, pero no puedo. Por eso uno viaja: no cambia el ser, cambia el paisaje”, dice uno de los protagonistas, el doctor Hunico. Unas cien páginas más adelante, un personaje secundario, el actor Doctorovich, retruca: “nadie quiso con tanto ímpetu ser otro. El problema es que nunca supe bien quién soy”. Entre ambos, Ferretti, el otro personaje protagónico, vive una continua sucesión de transformaciones en planos distintos, algunas de extrema radicalidad: es que el pánico ante los omnipresentes aparatos de seguridad lo lleva a elegir caminos cada vez más extremos en el arte de ocultarse y de convertirse en otro, cuestión que la novela se empeña en demostrar que es imposible. A su delirio persecutorio se suma el de grandeza del doctor Hunico, una suerte de gran demiurgo de la acción que sigue a Ferretti incluso hasta las profundiades del océano. Más que en el estilo -transparente y sin rebuscamientos formales-, Guebel pone la fuerza de su narrativa en una trama que siempre va un paso más allá en el empeño por trastocar la realidad y llevar la ficción hasta el límite, tan ilusorio, a su vez, como la línea del horizonte. Y si las transformaciones y aventuras de Ferretti, por asombrosas que sean, no afectan el núcleo de su identidad, los feroces y rigurosos razonamientos del doctor Hunico aspiran a demoler progresivamente el endeble tinglado en que aquella se funda. En las disquisiciones de Hunico, y también en las de Doctorovich, hay otra muestra del talento de Guebel para acopiar saberes y citas sin que parezca un alarde de erudición. La deriva hacia lo grotesco y el gusto por la sangre pueden llegar a ser agobiantes, pero quedan más que compensados por la brillante ejecución de un plan narrativo que desafía la capacidad de acombro.

El perseguido. Daniel Guebel. El Desvelo Ediciones, Santander, 2012. 181 páginas, 20,90 euros.

Urondo comprometido

Reseña publicada en el suplemento «Babelia» del diario El País, 7 de enero de 2012

La reciente aparición en España y Argentina de los cuentos reunidos de Francisco Urondo, así como de su novela Los pasos previos (primera edición en España, segunda de Adriana Hidalgo en Argentina) ha relanzado a un escritor más recordado, hasta ahora, por su poesía y por su biografía: murió joven, a los 46 años, como militante de la guerrilla de su patria, los Montoneros, en un enfrentamiento con la policía en Mendoza. Corría 1976, cuando se iniciaba la cruenta dictadura de Videla y compañía, pero la Argentina llevaba años azotada por la violencia y la confrontación entre miradas totalizadoras.

tapa la imposible amistad FINAL ok copy.aiLeer a Urondo hace apenas dos o tres años habría sido apenas un incurable ejercicio de nostalgia por un mundo romántico donde campeaban los ideales y los intelectuales se comprometían con la revolución. Hoy, en cambio, en la estela de los movimientos sociales que se iniciaron en el norte de África y nadie sabe dónde ni cuándo terminarán, la lectura de Urondo permite replantearse los viejos temas de la literatura y el compromiso político desde una perspectiva histórica, pero también cercana y viva en la memoria.

Urondo publicó dos colecciones de relatos. Todo eso (1966) consta de tres cuentos largos, casi nouvelles; Al tacto (1967), de 15 relatos breves. Esta edición incluye ambos, más un extenso estudio introductorio de Susana Cella. Los cuentos funcionan muy bien como el preámbulo de la única novela que escribió, bastante más extensa y abarcadora. Se trata de historias de amor, cuadros de costumbres, pequeñas biografías que a veces quedan truncas o que se alargan demasiado; los cuentos no innovan en el género y muchos no cierran bien, pero el conjunto es muy interesante y sugerente por el rescate de la sociabilidad argentina en Buenos Aires, pero sobre todo en la provincia, en los agitados años sesenta; y también como hitos que muestran el creciente compromiso político de Urondo y su giro hacia posturas más radicales.

Urondo pasos previosEra un escritor intenso y apasionado, a veces poco cuidadoso con la sintaxis -que sus editores tampoco se esforzaron por corregir-, pero también tocado por una vena de lirismo que aliviana no sólo los riscos de la prosa, sino también el peso -la posible losa- del compromiso político que con tanta fuerza emerge en Los pasos previos, publicada originalmente en 1974. Transcurre en los últimos años de los sesenta, más o menos entre la muerte de Che Guevara en Bolivia y el Cordobazo de mayo de 1969. Ángel Rama, en el prólogo (escrito en 1977), dice, con razón, que “es simplemente la historia -fiel, sumisa, real, cotidiana- de la incorporación del equipo intelectual latinoamericano a la lucha revolucionaria de la década anterior”. Múltiples protagonistas, la mayor parte de ellos intelectuales de izquierda, y muchos escenarios dentro y fuera de Argentina (La Habana, Praga, París, Argelia, entre otros) desarrollan una trama que si a ratos se desboca y se pierde en meandros cotidianos irrelevantes, en general mantiene el pulso y el ritmo. Cada capítulo está antecedido por materiales históricos o periodísticos de la época que documentan el desarrollo del sindicalismo argentino, cuyo plúmbeo estilo llama a superar cuanto antes el obstáculo. En realidad, molestan e interrumpen el fluir de una narración que documenta mucho mejor, desde la conciencia de los personajes, el contradictorio y estremecido devenir político argentino de aquellos años. Urondo podrá caer, con irritante frecuencia, en la retórica circular propia de la guerra fría (“la única manera en que se podía realmente aportar al proceso revolucionario era haciendo la revolución”); podrá intentar establecer analogías bastante explícitas entre la buena nueva evangélica y la buena nueva revolucionaria a través de cuatro personajes, dos de los cuales desempeñan papeles protagónicos, que se llaman Mateo, Marcos, Lucas y Juan (además, tienen un cercano amigo que se llama Pablo); podrá derrochar ingenuidad, idealismo, voluntarismo; pero en su novela late con fuerza impresionante el espíritu de una época contradictoria y convulsionada, con una fe ciega en ideologías abarcadoras y esa sensación incomparable de estar contribuyendo a escribir la historia. Pero el tono es, finalmente, desesperanzado. Hay una tristeza y una sensación de impotencia que se cuelan por detrás de las ínfulas guerrilleras y las perspectivas totalizadoras. Quizá el poeta que hay en Urondo le daba una cierta visión del futuro que no logró hacer explícita sino, precisamente, en el tono, en la vibración de la melancolía que traspasa las páginas de Los pasos previos.

Tiene razón Rama cuando afirma que, desde la perspectiva de la derrota, esta novela puede leerse “como el diagrama de una gran equivocación, como el pecado hijo del irrealismo cuando no del idealismo”; pero como él mismo indica, esa lectura está implícita en la novela, aunque menos en las discusiones ideológicas, como sostiene, y más en su melancolía, en su intuición de la muerte, en la angustia de los desencuentros y las despedidas prematuras. Pero, para citar de nuevo a Rama, era una batalla, no la guerra.

Los pasos previos / Todos los cuentos. Francisco Urondo.

Introducción de Susana Cella. Adriana Hidalgo. Madrid, 2011. 392 / 255 páginas.