Estaciones de viaje

Reseña publicada en la revista APSI número 315, 31 de julio de 1989

Salir (la balsa). Por Guadalupe Santa Cruz. Editorial Cuarto Propio, Santiago, 1989. 116 páginas.

guadalupe santa cruz

Esta es la primera novela de Guadalupe Santa Cruz, escritora chilena nacida en 1952. Su escueta biografía resume los destinos de su generación: estudios universitarios, exilio, incorporación a otro país, a otra cultura, y regreso acuciado por las marcas de una doble nostalgia: el país de la infancia, remoto, construido a pulso en la memoria, y el país de la madurez, cuya aprendida cutidianidad se revela como el único modo posible de vivir.

De este trayecto se da cuenta en la novela. Su adscripción genérica plantea un problema inicial de lectura, puesto que el proyecto de escritura de Guadalupe Santa Cruz circula por los bordes de un géneyo reconocidamente elástico. La autora desdeña aquellos recursos que constituyen la armadura tradicional de una novela o más bien los sumerge bajo un tejido verbal que se articula desde la subjetividad del narrador.

“Si el mundo se construye por excrecencia de los sentidos, de la experiencia en los ojos, en la punta de los dedos, que el cuerpo dilata hasta refugiados en la memoria, esta sobrevivencia sin casa deberá arraigarse en el terreno pantanoso de la abstracción, falto de nombres, nostálgico de ellos”. Tal pareciera ser el designio oculto que rige la construcción completa de Salir. Ese es el modo de funcionamiento de la novela: la paciente y morosa entrega de una experiencia que se cumple como viaje sin haber salido realmente, que completa su círculo en los vericuetos de la memoria, que cubre las cosas con el tupido velo de la experiencia elaborada en el interior de la mente.

Por lo mismo, la novela, considerada en su totalidad, se difumina, se pierde en la ausencia de marcas. Pero, a la vez, es en los tramos breves -el párrafo, la frase- donde se encuentran los mayores logros de Guadalupe Santa Cruz; una escritura cuidada, atenta, con una extremada lucidez para describir su experiencia interior, brillante a veces en sus aciertos de estilo, y que logra, por una especie de efecto geométrico, no solo dar plena cuenta de las estaciones de su viaje, sino, también, construir un clima narrativo personalísimo en donde la nostalgia, los encuentros y las separaciones sobrepasan el nivel de la anécdota para constituirse en puntos de cierre y de inicio, en umbrales, en puertas.

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“I want to be alone”

Reseña publicada en la revista APSI número 333, del 4 al 10 de diciembre de 1989.

pepita 1Enrique Lafourcade es una de las más características figuras de la literatura  nacional; es decir, tiene un fuerte carácter. Es un agudo polemista y no trepida en romper lanzas cuando la causa le parece justificada: así contra la Teletón, por ejemplo, con lo que se ganó la antipatía de las amas de casa y del público en general que se enternecía hasta las lágrimas con la afluencia de dinero para los niños lisiados. Desde su página dominical en El Mercurio de Santiago, Lafourcade ironiza, satiriza y divierte a sus lectores en crónicas que pocas veces dejan relucir la prisa con que fueron redactadas. Sus refunfuños gastronómicos -también publicados en el decano de la prensa nacional- cuentan con un público fiel y variado.

Su trayectoria como escritor es menos nítida y más polémica. De hecho, pocos recuerdan El príncipe y las ovejas, Pronombres personales o La fiesta del Rey Acab, tempranas incursiones de Lafourcade en la narrativa que revelaban a un escritor original, levemente perverso y con una buena dosis de sentido del humor. ¿Qué pasó luego? Palomita blanca, novela célebre por haberse constituido en un resonante best seller y por un frustrado intento de llevarla al cine. Ahí Lafourcade descubrió una veta que, si bien le ha deparado grandes éxitos de venta, lo ha obligado a adaptarse a los gustos masivos. Esa veta es el tratamiento de la más reciente historia, disfrazándola apenas o no disfrazándola; novela-crónica con las adecuadas dosis de sexo, violencia y suspenso para atrapar al público.

pepita 2Vistos estos antecedentes, es difícil entender cómo Lafourcade se embarcó en el proyecto de Pepita de oro, novela situada difusamente en los años cuarenta y ambientada en el otrora elegante barrio República. Se trata de la historia de una cargante mocosa de siete años que se pasa las tardes en los rotativos del barrio y que sueña con ser estrella de cine. Esperanza del Carmen, autodenominada Pepita de Oro, vive con su madre, con su nana, con una Virgen de Lourdes que de repente rompe a llorar y con un neumático llamado Felipe. Pepita de Oro no estudia, no aprende a sumar, pero se sabe las canciones en inglés y repite los diálogos de las películas; es amiga del borrachín del barrio, apodado El Almirante, quien, en compañía de la nana, rescata a Pepita de Oro de las garras de unos gitanos que la habían vestido de princesa, no sin antes meterle los dedos por todas partes; Pepita de Oro sueña con su padre, permanentemente de viaje, y ve poco a su madre, esforzada doctora que se quema las pestañas para alimentar a su querido retoño; Pepita de Oro odia la paella dominical que le ponen por delante en la casa de su tía Suspiros; recibe de regalo dos blancos gatitos persas llamados Pompon y Pomponette, porque son hombre y mujer; Pepita de Oro, cuando se enoja con la nana, le dice “I want to be alone”; a veces sufre, como cuando se frustró el milagro de la virgen, su nana fue despachada a Molina y la nueva no la dejaba ir al cine ni juntarse con El Almirante; a veces es feliz, como cuando se ve tres películas al hilo; etcétera.

pepita 3Esto es Pepita de Oro, novela repleta de ripios, indecisa en el estilo; que se quiere coloquial, pero no lo logra; que se quiere añorante, pero no se descubre qué quiere evocar; que recurre al cine como significante, pero con una tesis tan inverosímil que parece sacada de un cuento de hadas; ¿es, entonces, un cuento de hadas? No, no lo es. La probable lección es que no conviene abusar de los diversos registros si no se está seguro de dominarlos bien. De otro modo, un escritor que maneja más o menos correctamente una veta que le da frutos corre el riesgo de darse un severo porrazo. Cabe, sin embargo, otra tesis: que la infinita cursilería de Pepita de Oro sea una broma más, un inmenso chiste, una genialidad que se prolonga durante 158 páginas.

Pepita de oro. Por Enrique Lafourcade. Editorial Zig-Zag, Santiago, 1989. 158 páginas.

El revés de la utopía

La república Independiente de Miranda. Por Enrique Lihn. Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1989. 140 páginas.

miranda.jpgEnrique Lihn fue conocido básicamente por su obra poética (La musiquilla de las pobres esferas, París situación irregular, El paseo Ahumada, entre otros títulos), obra que destacó por su seriedad intelectual, por su ceñido trabajo con las formas y por una irreverencia fundada en un acendrado escepticismo. Pero Lihn también destacó en el ámbito de la prosa; desde Agua de arroz, volumen de cuentos publicado en 1964, hasta su novela El arte de la palabra (1981), este autor trabajó, al igual que en su poesía, sobre sendas poco transitadas, con una propuesta estilística y temática que se desmarcaba de las tradiciones vigentes en la literatuta nacional.

En La República Independiente de Miranda, volumen de relatos editado póstumamente, Lihn propone un nuevo territorio para un mapa que registra varios antecedentes: el distrito de Yoknapathawpha de Faulkner, la Santa María de Onetti y el Macondo de García Márquez, para nombrar sólo los más ilustres. Mapa que reinventa e interpreta –o permite leer- el continente real sobre el que se superpone. Este nuevo territorio es una especie de anti utopía de remota ubicación tropical y dislocada geografía, descrito con trazos irónicos y  distanciados que quiebran la esperable alegoría.

El exceso paródico que campea en estos relatos abre una zona imaginaria desgajada del más probable referente (un Chile real agazapado en esta espectral Miranda). Es decir: ante el riesgo de caer en una obvia caricatura o en una historia en clave donde bastaría cambiar los nombres para encontrarse ante una mera crónica, Lihn optó por el exceso. De ahí la delirante geografía de la superposición de islas que conforman Miranda, trazada según líneas cuya regularidad geométrica repugna al sentido común -en el libro es calificada de “estúpida”- e induce a atribuir su creación a humana mano; de ahí la improbabilidad de las catástrofes que arrasan su territorio; de ahí la extravagante importancia de las teorías y prácticas artísticas en la vida política de Miranda.

De este exceso brota una punzante ironía que desafía los códigos del lector. Así como el territorio de Miranda no es reductible al territorio de Chile, estos relatos escapan a la circunstancia en que fueron escritos y se convierten, de carambola, en una mirada de singular lucidez sobre nuestra sociedad.

Pero no sólo de Miranda tratan estos cuentos. Los hay ambientados en Nueva York y en el mismo Chile; su atmósfera, nada mirandiana, tiene, no obstante, indudables relaciones de sentido con los del ciclo de Miranda. Un cuento es ejemplar: “Los gatos”, en donde gatunidad y humanidad se interpelan, agreden y niegan mutuamente.

Apsi 313, del l7 al 23 de julio de 1989

Excentricidad anglosajona, antídoto para la melancolía

Artículo publicado en la revista APSI 323, del 25 de septiembre al 1° de octubre de 1989

SitwellLas islas británicas han sido pródigas en especímenes humanos a los cuales cuadran los adjetivos de excéntricos o de extravagantes. Aquello ha sido, incluso, motivo de chanza universal; un ejemplo claro es el personaje Phileas Fogg, el héroe de la novela La Vuelta al mundo en 80 días, debida al ingenio francés de Julio Verne. Su maniática observancia de hábitos y de horarios, puesta radicalmente a prueba por una expedición de tal magnitud, no sufre menoscabo alguno, y la mayor felicidad de Fogg, al cabo de tan accidentado viaje, radica en restituirse a su amada rutina, el té de las cinco, los diarios en el club, la pipa.

Los mismos ingleses han contribuido generosamente a alimentar su fama de rareza. Sólo un aspecto -su manía de asociarse en estrambóticos clubes- servirá para ilustrar el aserto. Thomas De Quincey, en Del asesinato considerado como una de las bellas artes, informó de la existencia de la Sociedad para el Fomento del Vicio. de la Sociedad para la Supresión de ]a Virtud y de otras no menos escandalosas para la rígida moral victoriana. Robert L. Stevenson propuso, como escenario para las aventuras del príncipe FIorizel de Bohemia, el Club de los Suicidas, organizado para ayudar a salir de esta desesperanzada vida a quienes carecen del valor necesario para obrar por sí mismos. Gilbert K. Chesterton, por último. ideó el Club de los Doce Pescadores Legítimos, cuya única razón de existir es -nada más y nada menos- el exclusivísimo derecho de pertenecer a él.

Los mismos escritores, más allá de sus obras, han marcado caminos en esto de la extravagancia. William Beckford, por ejemplo, que en 1780 pubIicó sus ma1évolas -y ficticias- Memorias biográficas de pintores extraordinarios. una genial tomadura de pelo a confesioneslos eruditos y conocedores de arte de su tiempo; el mismo De Quincey, opiómano empedernido, que hizo de su afición a la droga la fuente de una de sus más notables creaciones, las Memorias de un inglés comedor de opio; o el tranquilo y tímido clérigo Charles L. Dogson, que pasó a la historia de la literatura como Lewis Caroll, autor del ciclo de Alicia y de obras de lógica y de matemáticas en las que e1 p1anteamiento de los problemas adquiere insólitos caracteres oníricos. Carroll, además de escritor, fue fotógrafo, y las imágenes de su sobrina Alicia Liddell y de otras pequeñas amiguitas han dado pábulo a las más diversas teorías sobre el inconsciente y e1 consciente de este solterón que amaba a las niñas.

Pero la que ha asumido la peculiaridad de los ingleses como objeto de su texcéntricosrabajo literario es Edith Sitwell, autora de Ingleses excéntricos. Una galería de hombres y mujeres raros y pasmosos. El libro, publicado originalmente en 1933 y traducido sólo en 1989 al castellano, es una auténtica caja de sorpresas que rescata del olvido, con humor y con distancia, con cariño y con sorna, a personajes que cumplen cabalmente con las características enunciadas en el titulo. Edith Sitwell, poetisa y ensayista británica, murió en 1964, y ésta es su obra actualmente más difundida. Se dice que ella, tal como Beckford, Carlyle y Borges, prefirió simular 1a realidad en lugar de reconocer e1 carácter ficticio de sus personajes. Hayan existido o no, son, de todos modos, cabal expresión de la excentricidad inglesa.

El don de la infalibilidad

¿En qué consiste, pues, la ya tan nombrada excentricidad? EI diccionario, con su habitual proceder tautológico, la define como ‘”rareza o extravagancia de carácter”. En extravagancia, no es mucho más descriptivo: “desarreglo en el pensar u obrar”. En extravagante alcanza, por fin, cierta precisión: “que se hace o dice fuera del orden a común modo de obrar”. En el caso de los ingleses, tal comportamiento desajustado obedece, según Edith Sitwell, “a ese conocimiento pecu1iar y satisfactorio de su infalibilidad, que es el sello distintivo y el derecho de nacimiento de la nación británica”. Esa percepción puede !levar a afirmar a un distinguido señor que “el principio vital, los nervios del tronco y las extremidades, la sensación y el movimiento, pueden existir con independencia del cerebro”. En e1 mismo orden de cosas, los médicos de los siglos XVI y XVII podían recetar -y los enfermos ingerir- remedios de este tipo: “piojos de cerdo vivos, lombrices de tierra recién cogidas, puntas negras de patas de cangrejo, huesos humanos calcinados, estiércol de ganso recogido en primavera y secado al sol, hígado de rana, estiércol blanco y seco de pavo real y carne de sapo y de víbora”. Según la autora, el riesgo que implicaba someterse a tales tratamientos determinaba que el número de enfermos imaginarios debía ser mucho menor que en nuestros días.

La infalibilidad podía, también, ayudar a que un personaje como e1 capitán Philip Thicknesse encontrara que ingresar subrepticiamente al domicilio de una rica viuda y asomarse a la ventana con camisón y gorro de dormir era un buen sistema para obligarla a contraer matrimonio; o que el hecho de encerrar de por vida a dos jovencitas en un convento porque su perro devoró al periquito regalón de su mujer (Ia viuda), no era más que una estupenda broma; o a considerar que no haber logrado arrebatarle a sus hijos la fortuna que heredaran por la vía materna era la mayor frustración de su vida, tanto, que el capitán Thicknesse escribió en su testamento: “Dejo mi mano derecha. que será cortada después de mi muerte. a mi hijo Lord Audley. Deseo que se la envíen, con la esperanza de que, al verla, se acuerde de su deber hacia Dios, tras haber abandonado durante tanto tiempo el deber hacia un padre que en otro tiempo le prodigó tanto afecto”.

hermit2Una de las profesiones más singulares que el ingenio inglés ha podido inventar es la de “ermitaño decorativo”. Parece ser que en algún tiempo se consideró de buen tono poseer, dentro de las propiedades campestres de ]as familias inglesas, a un ermitaño que sirviera de viva demostración de la vanidad de las cosas terrenales. Así. en un periódico podía encontrarse la oferta de cincuenta libras anuales “a cualquier hombre que viviera siete años bajo tierra, sin ver a ningún ser humano y sin cortarse el pelo. la barba y las uñas de pies y manos”. Lo notable del caso es que hubo un interesado en el trabajo, pero sólo pudo perseverar durante cuatro años en aquella ocupación.

Una mirada oblicua

Con este recorrido por las más variadas formas que reviste el don inglés para comportarse de modo extravagante, Edith Sitwell logra construir una obra que no sólo es entretenida –y, a su vez, excéntrica-, sino, también, propositiva: hay una lectura implícita que da cuenta del modo de ser inglés mucha más fehacientemente que el más sesudo ensayo socio o antropológico. Aquella lectura enlaza con la rica tradición literaria inglesa que hace del humor una de las más eficaces herramientas para describir la realidad. A través de los muchos personajes y de la infinidad de anécdotas asoma el tejido de relaciones sociales y de concepciones de mundo que han regido durante siglos las islas británicas. En su misma atribución de causa a la excentricidad –la certeza de no errar- hay más que un juego de palabras o una ironía gratuita; se trata, en realidad. de una certera caracterización que desborda los límites del libro.

Por lo mismo, Edith Sitwell, a medio camino entre la autocompasión y el sarcasmo, propone su indagación como un antídoto contra la melancolía, aquella que asalta “cuando incluso la nieve y las nubes de contornos oscuros parecen viejos accesorios teatrales, harapos desechados que pertenecieron a actores muertos”. La autora equipara el material básico a un gigantesco montón de basura en el cual es posible encontrar “alguna actitud rígida, e incluso, espléndida, ante la muerte, alguna exageración de las actitudes corrientes en la vida. De tales distorsiones puede alzarse una risa polvorienta”.

Ingleses excéntricos. Por Edith Sitwell. Tusquets Editores, Colección Afueras, Barcelona, 1989. 289 páginas.