Tras las huellas de Simenon

Artículo publicado en la «Revista de Libros» del diario El Mercurio, sábado 11 de enero de 2003

Con el pulso seguro y el olfato imbatible para estructurar historias atractivas, en 1931 la multitud de seudónimos dio paso al nombre real de Georges Simenon, quien toma de la mano al personaje que lo haría famoso: el comisario Maigret.

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Simenon nació en Lieja, Bélgica, en un medio sumamente modesto. Su padre, empleado de una compañía de seguros, se sentía satisfecho en ese lugar, y, con sus hijos, sus vecinos, su pipa y su diario, era feliz. Su madre, en cambio, era todo lo contrario: insatisfecha, angustiada, inestable, insegura respecto de su posición social, introdujo una tensión en el hogar que acompañó a Simenon toda su vida. Y, entre sus dos hijos, Georges y Christian, eligió al segundo: Georges es tu hijo, le decía a su marido, y Christian es el mío. Comprensiblemente, el hijo repudiado abandonó tempranamente la casa paterna y sólo resolvió sus problemas con su madre tras la muerte de ésta, en uno de los escritos autobiográficos más descarnados que conoce la literatura (ver recuadro).

A los 16 años, el joven franco-belga abandonó la escuela e ingresó a trabajar como reportero de la Gaceta de Lieja, donde hizo sus primeras armas en un oficio que siempre reconoció como propio: siempre habló de los periodistas como de sus colegas y, de hecho, durante muchos años combinó la escritura de novelas con el ejercicio de la crónica y el reportaje.

25 libros por año

Se trasladó a París en 1923, a los veinte años, y empezó a colaborar con Le Matin. En los ocho años siguientes escribió no menos de 200 novelas, con distintos seudónimos. Hay quienes dicen que escribió, en realidad, más de mil, pero la bibliografía oficial – si cabe el término- recogida por Claude Menguy y Pierre Deligny en el lujoso volumen de homenaje que editó el Fondo Simenon en 1993 a propósito de la exposición Tout Simenon, reconoce 431 títulos, incluidos tanto los firmados con seudónimo como los que asumió bajo su nombre propio, y de todos los géneros, novelas, crónicas, diarios y memorias.

Novelitas baratas, historias de amor, de sexo, de crimen, de pasión, de aventuras, que tenían como objetivo básico ganar dinero. Literatura estrictamente alimentaria, que, sin embargo, fue educando el estilo, la sensibilidad y la capacidad para mirar y aprehender la realidad de uno de los grandes escritores del siglo XX. “Yo era un fabricante, un artesano -señaló- y trabajaba ocho horas diarias de acuerdo al cálculo de que podía escribir a máquina veinticuatro páginas en ese lapso, de manera que necesitaba sólo tres días para una novela de aventuras de diez mil líneas y seis días para una novela de amor de veinte mil líneas”. Sobre esa base fijaba sus honorarios.

Jean du Perry, Georges Simm o Sim, Jean Dorsage, Georges-Martin Georges, Christian Brulls, G. Violis, Gaston Viallis, Gom Gut, Luc Dorsan, eran los principales seudónimos mediante los cuales publicaba títulos como Aquella que amé, Lili tristeza, Amar, morir, Los piratas de Texas, ¡Demasiado bella para él!, El Rey del Pacífico, El monstruo blanco de la Tierra del Fuego, Víctima de su hijo, La isla de los malditos, Un señor libidinoso, en diferentes editoriales y colecciones populares de muy bajo costo.

simenon 4Así también alimentó el mito Simenon. García Márquez, en la introducción a la serie Maigret editada por Tusquets, escribe que Simenon, en la década de los cincuenta, era ya un autor legendario, aunque no tanto por sus libros como por el modo de escribirlos, y por su fecundidad casi irracional. Se decía que terminaba uno cada sábado, que había escrito varios dentro de la vitrina de la editorial para que los peatones pudieran dar fe de la rapidez de su maestría, o que estaba dándole la vuelta al mundo en un yate para aumentar su rendimiento a uno por día.

Literatura también de aprendizaje: en una carta a André Gide, Simenon señaló que había decidido comenzar por obras semi literarias, tanto para vivir de ellas como para aprender a escribir y a aprehender la vida. No tienen más mérito, entonces, que haberle dejado a su autor la capacidad de estructurar rápidamente un relato o de realizar un perfil psicológico.

Y en 1931, con la experiencia acumulada, el pulso seguro y el olfato imbatible para estructurar historias atractivas, la multitud de seudónimos dio paso a Georges Simenon, de la mano del personaje que lo haría universalmente famoso, el comisario Maigret. Paralelamente, Simenon se dedicó a viajar y a escribir reportajes, que reunió en varios volúmenes que hacen notar más aún la destreza alcanzada para captar ambientes y retratar tan certera como rápidamente a sus personajes, que, en el caso de las crónicas, son reales.

Pero volvamos al comisario Maigret. No por firmar con su nombre disminuyó Simenon el ritmo febril de su escritura: en 1931, el editor Arthème Fayard publicó nueve novelas del célebre comisario. Con él Simenon tocó una tecla muy honda en la sensibilidad francesa. Este hombretón grueso, de rostro inexpresivo, permanentemente refugiado tras una humeante pipa, que desayuna pastis u otros alcoholes, casado y sin hijos, que vive en un departamento en la ribera derecha del Sena, en la muy tradicional Place des Vosges, es francés y parisino hasta la médula; y su particular mirada sobre el ejercicio de la justicia, que une la implacable persecución de los criminales con la capacidad de entender las debilidades y flaquezas de los hombres y mujeres que la pesquisa policial pone ante sí, cautivó a los lectores y catapultó a Simenon a la fama.

simenon 5El mismo Simenon, en un texto destinado a un productor cinematográfico, describió a Maigret como alguien que odia la maldad deliberada, odia a los hombres que impregnan el mal de sangre fría, y se muestra feroz con la hipocresía. Por el contrario, es indulgente para con las faltas que son fruto de las debilidades de la naturaleza humana. Un joven o una joven que van por mal camino le inspiran no sólo piedad, sino irritación contra su suerte o contra la organización social que está en el origen de esa mala orientación.

No es extraño entonces que en la turbulenta década de los treinta, cuando arreciaban los vientos de guerra y las amenazas totalitarias, este comisario, tan implacable como compasivo, ganara el favor de los lectores. Aunque ello ocurrió más bien hacia la mitad de la década, cuando Simenon y Maigret pasaron de Fayard a Gallimard, una editorial con bien ganado prestigio en el ámbito de la cultura, y, posteriormente, a Presses de la Cité.

Un comisario bonachón

La saga de Maigret creció hasta totalizar 76 novelas, y el comisario pasó rápidamente a la historia del cine. La noche de la encrucijada, dirigida por Jean Renoir, se estrenó en 1932. Desconocidos en casa, de 1992, con Jean-Paul Belmondo, es la última película hasta la fecha basada en una obra de Simenon.

El comisario tiene otra particularidad. Dentro del género policial, la mayor parte de los protagonistas son detectives privados, desde Sherlock Holmes a Phillip Marlowe, desde Sam Spade a Hércules Poirot, pasando por el detective Heredia creado por Ramón Díaz Eterovic; y, consecuentemente, siempre van un paso más adelante que la policía. Es cierto que la tendencia se ha revertido en los últimos años: los comisarios Montalbano, de Andrea Camilieri, y Michael Ohayon, creado por la israelí Batya Gur, más el inspector Kurt Wallander, del sueco Henning Mankell, han devuelto – en la ficción, a lo menos- la capacidad de resolver crímenes a la policía. De todos ellos, por supuesto, Maigret es el padre, por más que se diferencien en estilos de vida y contextura física, y lo es por combinar de la mejor manera el celo investigativo con la capacidad de entender, que es lo que quiere, siempre, Maigret.

portada_el-hombre-que-miraba-pasar-los-trenes-fab_georges-simenon_201602290258Mientras crecía la serie del comisario, Simenon comenzó a escribir novelas que distan tanto de la narrativa policial como de las novelitas de sus comienzos. Y en ellas dio paso a una indagación sobre la condición humana más honda, más conflictiva, más dolorosa y, con mucha frecuencia, más sórdida. Son las novelas que está editando Tusquets -que está llevando adelante la edición de sus obras completas- en la colección Andanzas. Simenon, en una carta a André Gide, aseguró que recién a los cuarenta años publicaría su primera novela de verdad. Quizá seguía considerando a Maigret como una prolongación – más digna, por supuesto- de la literatura alimentaria que escribió a granel, y la serie que inauguró con El hombre que miraba pasar los trenes era, para él, narrativa de verdad.

Lo cierto es que estas novelas muestran otra dimensión del narrador: un hombre más escéptico, más amargo y más complejo que quien está detrás del comisario. Porque el policía es, en definitiva, un hombre bonachón, comprensivo y hasta cariñoso en su parquedad; pero los protagonistas de sus novelas no policiales -con frecuencia enredados también en crímenes- son la otra cara de la medalla, personajes que muestran la miseria humana, los egoísmos y la dureza de vidas que no encuentran su destino. En ellas destacan, sobre todo, su capacidad para crear personajes y escenarios, con trazos simples y escritura directa, que se unen a tramas siempre bien delineadas.

Las novelas no son mejores ni peores que los relatos de Maigret; son distintas, y revelan, por contraste, la excepcional capacidad de Simenon para crear mundos y desarrollar historias. Y aquí está, quizá, la razón que ha hecho de Simenon un autor universal, que, para muchos lectores y críticos, debería haber recibido el Premio Nobel de Literatura. Más allá de Maigret, se alza como un novelista tan profundo como obsesivo, que mostró el mapa íntimo de Francia como muy pocos otros escritores. Pero no hay que restarle mérito tampoco al comisario, un personaje que es parte de la historia de la literatura por derecho propio.

Otra vertiente fecunda: Los escritos autobiográficos

Simenon 6La tercera – y también monumental- vertiente de la escritura de Simenon son sus escritos autobiográficos. Su madre murió en 1970 tras una semana de agonía, durante la cual su hijo novelista la acompañó todo el tiempo. Si no habían sido cercanos cuando era niño, más extraños se habían hecho durante la vida adulta del escritor. De ahí que no extrañe la frase que dijo la madre cuando vio a Simenon: “¿Por qué has venido, Georges?” Tal como lo relata Simenon en su Carta a mi madre, escrita un año después de su muerte, en esa pregunta está quizá la explicación de la vida de su madre, marcada por la desconfianza y la inseguridad, y una clave de la tormentosa relación que mantuvieron desde siempre. Realizar el ejercicio catártico de escribir aquel libro, donde indagó con precisión quirúrgica en la historia de su madre y de sí mismo, tuvo otra consecuencia: Simenon dejó por completo la narrativa y se concentró en la escritura autobiográfica. En 1973, escribió: “¡Soy yo mismo, por fin! ¿Escribir todavía? No lo sé”. Continuó escribiendo sucesivos tomos de lo que llamó sus Dictados, mezcla de diario, memorias y reflexiones, hasta culminar con sus Memorias íntimas, que se extienden por cerca de mil quinientas páginas. Esa nueva obsesión, su propia vida, sus sucesivos matrimonios (institución en la que no creía, y de ello da prueba su cuenta de infinitas aventuras amatorias), el suicidio de su hija y todo aquello que vivió, miró, comparó y apreció, copó sus últimos años y dejó, finalmente, un testimonio del siglo que ya pasó, un testimonio apasionado, conflictivo e iluminador.

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Cosmética del enemigo

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 20 de junio de 2003

cosméticaAmélie Nothomb, mucho más que Michelle Houellebecq y su provocación posmoderna, es la gran noticia de la literatura escrita en francés, aunque ella sea de origen belga y haya nacido en Japón. Escribe una novela al año, generalmente breves (entre 100 y 150 páginas; Cosmética del enemigo tiene 96) y ha logrado, hasta el momento, responder al desafío de mantener la calidad de una propuesta que circula tanto por los terrenos de la autobiografía como por la imaginación pura. Tal es el caso de esta novela, que comienza como la peor y más vulgar pesadilla de un viajero frecuente: atrapado en un aeropuerto por el retraso de su vuelo, es literalmente asaltado por un pelmazo que lo obliga a escucharlo. Tal como el intruso lo señala, el oído es, en ese contexto, el más desprotegido de los cinco sentidos. Tocarlo sería ilegal, pero no lo es hablar, y hablar, y hablar, y confrontar a su víctima con una extravagante biografía que, poco a poco, toma un rumbo insospechado: el de la violación y el crimen. Jérôme Angust es el acosado y Textor Texel, el acosador. En una prueba más de su talento y versatilidad, la novela se sostiene sólo sobre la base del diálogo que mantienen, sin prácticamente otros personajes y con sólo dos intervenciones de un narrador, al inicio y al final de la novela. Diálogo ágil, saturado de ­­ ironías, de citas, de breves disquisiciones sobre la verdad, la mentira, la moral, la apariencia, la realidad, que enfrenta a personajes que, a primera vista, no pueden ser más disímiles. Pero lo más interesante es ­ el perverso juego que abre ­Nothomb con las identidades de ambos, y cómo la trama va dando sucesivos giros hasta desembocar en algo muy distinto de lo que parecía al comienzo. La cosmética es, según lo define Textor Texel, “la ciencia del orden universal, la suprema moral que determina el mundo”, degradada por los esteticistas; y la “cosmética del enemigo” alude al personaje que cada quien alberga ­dentro de sí, aquel que en el plano interno, en la imaginación, en el sueño, se permite todo lo que las convenciones, las leyes, el buen gusto, el criterio, impiden realizar en este lado de la realidad; ese enemigo interno que recuerda todo lo vivido y todo lo leído, ese fantasma donde se dan la mano la memoria, los sueños, las pesadillas, las aversiones, los deseos ocultos, las aberraciones secretas, los deseos inconfesados. Angust y Texel son las dos caras de la medalla, y el proceso de descubrirlo es lo que produce la tensión narrativa en esta espléndida novela que, más allá de sus resonancias morales y sus historias de crímenes, maneja un sabio sentido del humor que la hace aún más extraña y, además, atractiva.

Amélie Nothomb. Anagrama, Barcelona, 2003. 96 páginas.

La apicultura según Samuel Beckett

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 25 de abril de 2015

apicultura beckett«La vida personal está muy sobrestimada», dice Samuel Beckett, personaje de esta novela, a un joven estudiante que lo ayuda a ordenar sus archivos. Y agrega, más adelante, que «lo que importa es la biografía de quienes leen mis libros, más que la mía. Los universitarios harían mejor en investigar su propia vida si quieren entender algo de mi obra». Y para rematar su argumento, Beckett y su ayudante se dedican a crear archivos falsos que se sumarán a los verdaderos en las universidades que le han pedido donaciones del material sobre el que el escritor trabaja. Hay ahí un programa de lectura, un modo de enfrentar la literatura, que se extiende a todo el volumen. Ficción sobre un personaje real que se presenta como parte real de los archivos de Beckett, ficción sobre el creador. Y más en el caso del escritor irlandés, famoso por sus silencios y su fuga del mundo, que aquí es retratado como un jovial anciano hippie, que tiene colmenas en el techo de su edificio.

La novela trabaja con humor sobre cuestiones que podrían parecer muy serias. O que lo son, pero esa seriedad está amortiguada por una suave ironía que se proyecta sobre el trabajo de la escritura, de la memoria, de la función del arte y de su imbricación con la biografía. De hecho, esta reseña suena mucho más seria y solemne que la novela de Martin Page, escritor francés que tiene varias obras traducidas al castellano. Page resuelve muy bien el dilema de hablar de cosas serias en forma liviana, pero, sobre todo, lleva al límite su propósito de subvertir la biografía canónica de Beckett. Una de las líneas del relato es la representación de Esperando a Godot en una cárcel sueca, que el autor trata como si fuera una novedad absoluta en 1985, año en que se desarrolla la novela. Pero ocurre que esa obra fue montada por presidiarios en San Quintín, California, a comienzos de los años sesenta, y Beckett -el real- se involucró mucho con la compañía que surgió de esas representaciones. Las frases de Beckett personaje sobre la cárcel probablemente parafrasean otros textos, pero San Quintín desaparece y aflora, en cambio, otra prisión, con un director que no es un interno y que no tiene las claves para entender qué pasa con ese acto. Así, Page añade otro retorcimiento de la biografía, otra manera de insistir en que, cuando se trata de escritores, la vida personal está sobrestimada y que lo que importa es qué le ocurre al lector con una obra.

Martín Page. Edhasa, Buenos Aires, 2015. 128 páginas.

En el café de la juventud perdida

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 29 de noviembre de 2008

cafe-juventud-perdida-patrick-modiano_1_1_1332772El escritor francés Patrick Modiano (1945) ha tenido una presencia constante, pero errática, en el ámbito editorial español. En la década de los setenta, Alfaguara le publicó novelas como Los bulevares periféricos y La ronda de noche. En ese entonces, el autor era una joven promesa de la narrativa francesa, un creador singular que, aunque no había vivido la Segunda Guerra Mundial, recreaba de manera magistral la sordidez del París ocupado. En los ochenta y noventa, la misma editorial publicó sucesivos libros del escritor galo, sin que alcanzaran la resonancia de sus primeras obras. En la presente década, las editoriales Debate y Anagrama han tomado el relevo; la primera, con Las desconocidas y Joyita; la segunda, con Un pedigrí y En el café de la juventud perdida, calificada por la revista Lire como la mejor novela francesa publicada en 2007.

La nostalgia y la paciente reconstrucción de la vida parisina en tiempos ya idos parecen ser las marcas de fábrica de la narrativa de Modiano, especialmente en aquellas novelas que han alcanzado el mayor reconocimiento de la crítica. El título de esta última está tomado de un texto de Guy Debord, el filósofo situacionista cuya obra suele asociarse a la revuelta francesa de 1968, y está ambientada precisamente en esa época, en un café parisino donde la filosofía, los paraísos artificiales, las utopías y la literatura se dan cita en torno al alcohol y la bohemia. Personajes ya un poco perdidos, ya descentrados del curso burgués de la existencia, alcanzan un cierto sentido de la pertenencia gracias a su inclusión en un cuaderno donde se registran todas las entradas y salidas de los parroquianos del café Condé: una identidad frágil, en todo caso, expuesta al “maelstrom de las grandes urbes”, con poca o ninguna historia, propia del bohemio que Modiano define, apelando al diccionario, como “persona que lleva una vida de vagabundeo, sin normas ni preocupación por el mañana”. Pero sí hay una preocupación común a varios de los bohemios, el personaje en torno al cual se ordena la narración y que da pie a que la crítica señale que se trata de una novela de misterio. Es Louki, así rebautizada en el café Condé, una mujer joven, callada y enigmática que atrae no tanto las miradas como la curiosidad, no tanto el deseo como la interrogación, pero que también convoca en su estela el ansia de poseerla o al menos de hacerse parte, o de conocer siquiera, su vida fuera del café, su esquiva identidad, el secreto del que se rodea. El celebrado trabajo de Modiano en torno al “formidable poder de la memoria” se verifica aquí a través de los distintos personajes que rodean la figura de Louki, cuyo destino da un sentido muy distinto al título de la novela. No sólo es el paso de los años, no sólo es la nostalgia; hay más maneras de perder la juventud que dejar que el tiempo cumpla con su implacable tarea.

Anagrama, Barcelona, 2008. 131 páginas.

Epitafio de Romain Gary

Reseña publicada en la revista El Sábado del diario El Mercurio, 3 de agosto de 2013

romaingaryportadaEste libro de Nancy Huston, editado originalmente en 1995, tiene un doble valor. Por una parte, rescata la memoria de uno de los escritores franceses más destacados del pasado siglo, cuya obra ha vuelto a aparecer, con cuentagotas, en los catálogos editoriales españoles; está disponible un puñado de los 35 libros que escribió con sus principales seudónimos (nació como Roman Kacew en Lituania y, tras un largo ciclo como Romain Gary, reapareció con increíble fuerza como Émile Ajar). Pero no se trata de cualquier rescate. No es un ensayo escrito a la manera clásica, sino una interesantísima indagación sobre la identidad y su relación con la construcción de relatos. Huston sostiene, en otro ensayo que Mauricio Electorat cita en el prólogo, que el hombre es la única especie que sabe que nace y que muere, que la vida describe un arco: “Una forma que se despliega en el tiempo, con un principio, unas peripecias y un final. En otras palabras: un relato”. Por eso es tan interesante y provocadora la figura de Romain Gary para Huston, aunque esté en el lado opuesto de su feminismo: porque el relato de Gary, quebrado y múltiple, arropado en distintas identidades, camaleónico en el estilo y en el lenguaje (escribió novelas en inglés y en francés, cuando ninguna de las dos era su lengua materna, y se autotradujo en ambas direcciones), en perpetua contradicción consigo mismo, capaz de escribir alternativamente una obra maestra y un bodrio fatal, le permite un diálogo fecundo y revelador con el hombre y la obra. El ensayo está escrito como si se tratara de una conversación entre la autora y Gary, donde ella lo interpela directamente y busca las respuestas no solo en las obras, sino también en las declaraciones y fanfarronadas del escritor, quien también inventaba a su antojo su propio pasado. Es decir, hacía lo que todos hacemos, el trabajo de la memoria que archiva, olvida, falsea, clasifica y ordena, solo que, en el caso de Gary, acompañado por una obra monumental donde ajusta cuentas con su origen judío, con su madre que lo alimentó de sueños y murió antes de asistir a su cumplimiento, con su vida, en buenas cuentas, siempre enmascarada y que conduce a esta reflexión final de la autora: “Como tú. Romain, todos somos metecos bastardos echados a la tierra sin la menor razón, para forcejear para siempre entre lo noble y lo innoble, la gracia y la desgracia que nos habitan”.

Nancy Huston. Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago, 2013. 123 páginas.

La lista de Bolaño y Perec

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A pesar de sus radicales diferencias, hay una secreta hermandad entre el francés Georges Perec y el chileno Roberto Bolaño a la hora a abordar la construcción de ficciones.

1. Dos publicaciones recientes y una posta

Con las recientes ediciones de Los sinsabores del verdadero policía, de Roberto Bolaño, y de La cámara oscura, de Georges Perec, los vasos comunicantes entre la obra de ambos autores se hacen mucho más evidentes y queda más claro aún el sentido y la dirección del homenaje que el chileno le hizo al francés en «Un paseo por la literatura», contenido en Tres, pero también una notoria red de puntos de contacto entre muchas otras de las ficciones que construyeron en una suerte de posta; cuando Perec murió, en 1982, Bolaño tenía 27 años, ya era conocido como poeta y daba sus primeros pasos en la escritura de prosa, donde Perec, sin duda, fue uno de sus maestros.

2. Bolaño sueña con Perec

«Soñé que Georges Perec tenía tres años y visitaba mi casa. Lo abrazaba, lo besaba, le decía que era un niño precioso». Así empieza el citado poema en prosa de Bolaño, compuesto por 57 fragmentos numerados. Y salvo los párrafos que van del dos al seis, todos comienzan con la misma fórmula, «soñé»; y así como Perec está en el primero, también está en el último, algo más extenso: “Soñé que Georges Perec tenía tres años y lloraba desconsoladamente. Yo intentaba calmarlo. Lo tomaba en brazos, le compraba golosinas, libros para pintar. Luego nos íbamos al Paseo Marítimo de Nueva York y mientras él jugaba en el tobogán yo me decía a mí mismo: no sirvo para nada, pero serviré para cuidarte, nadie te hará daño, nadie intentará matarte. Después se ponía a llover y volvíamos tranquilamente a casa. ¿Pero dónde estaba nuestra casa?”.

«Un paseo…» es, sin duda, una compleja elaboración desarrollada en la vigilia, donde el soñar se inscribe más bien en lo que Bolaño entiende como poesía más que en la actividad onírica: «La poesía entra en el sueño / como un buzo muerto / en el ojo de Dios». La poesía, que también «entra en el sueño / como un buzo en un lago» es una inmersión creativa articulada desde la conciencia vigilante, pero que el poema comience y termine con la infancia de Perec, el hombre que no tuvo infancia porque le arrebataron a sus padres y construyó una obra en torno a esa ausencia, es indicio de una cuestión harto más programática que la simple admiración. Queda pendiente el ejercicio de construir la biblioteca de Bolaño a partir de los rastros que dejó en la poesía y en la ficción. También hay huellas en el ensayo y la escritura periodística, pero en esos géneros participaba más bien de las discusiones de su tiempo y tomaba partido; en cambio, en estos otros géneros, Bolaño asume de manera más directa el juego de las influencias y de los reconocimientos y en su particular paseo por la literatura, Perec está al comienzo y al final.

3. Perec entra en la cámara oscura

La cámara oscura de Perec es la transcripción de sueños tal y como el autor los recordaba al despertar, pasados por el tamiz de la escritura. Y aunque el ejercicio fue intenso y continuado, seis años después, cuando apareció La boutique obscure, Perec puso una cierta distancia con el libro, pero a la vez expuso un método que bien puede haber sido el de Bolaño con la única diferencia del punto de partida, la actividad onírica en cuanto tal y o la invención de lo soñado como acto poético:

“Así que mi experiencia de soñador se convirtió, de forma natural, en nada más que la experiencia de escribir: ni revelación de símbolos, ni ruptura del sentido, ni esclarecimiento de la verdad (aunque me parece que, muy en el fondo de aquellos textos, queda constancia del camino recorrido, de una búsqueda a tientas), sino el vértigo de poner lo que fuera en palabras, la fascinación de un texto que parecía producirse por sí solo”.

4. Trazas opacas y limpias a la vez

En Bolaño tampoco hay revelación de símbolos, por ejemplo, ni apelación a mitologías espurias, ni búsquedas ni rupturas del sentido; más bien, hay ausencia de sentido, el enfrentamiento puro y duro a una experiencia vital que se nutre del azar y desemboca en la oscura, sempiterna y anonadante presencia de la muerte.

Luego, Perec avanza aún más en la definición de su libro de sueños: “Ya casi no me acuerdo de que fueron sueños; no son ya más que textos, estrictos y turbios, enigmáticos para siempre, incluso para mí que no sé ya muy bien qué rostro asociar a qué iniciales, ni qué recuerdo diurno inspiró secretamente qué imagen desvaída, de la que las palabras impresas no volverán a dejar, ya fijadas para siempre, más que una traza opaca y limpia a la vez”.

Esos pares de palabras sirven también para describir la obra de Bolaño: estricta y turbia, de traza opaca y limpia a la vez, anclada en el enigma del recuerdo que no se puede reconstituir ya fuera de la escritura del autor, fuera del universo narrativo que aún, a siete años de su muerte, sigue añadiendo piezas al sólido tramado que lo contiene.

5. Una autobiografía nada convencional

El libro de Perec -sus propios textos «estrictos y turbios, enigmáticos para siempre»- se lee con tanta velocidad e interés como frágil es el tenue rastro de los sueños que queda al despertar. La gimnasia de Perec en el tiempo en que los guardaba enriqueció los detalles y ayudó a que se constituyeran en breves relatos autónomos y con valor en sí mismos, que conforman un capítulo más de esa autobiografía que desperdigó en múltiples lugares y con singulares estrategias: “He escrito fragmentos autobiográficos que siempre se desviaban. ¡No era: «He pensado tal o cual cosa», sino las ganas de escribir una historia de mis ropas o de mis gatos!, o relatos de sueños. Mi maestro en esto es una japonesa, Sei Shonagon, que escribió «Notas de cabecera» (la traducción de la editorial Adriana Hidalgo, única disponible en español, lo tituló «El libro de la almohada»), una recopilación de pensamientos sobre naderías, en fin, sobre las cascadas, los vestidos, las cosas que dan placer, las cosas que tienen una gracia refinada, las cosas sin valor, etc. Para mí ese es el verdadero realismo: apoyarse en una descripción de la realidad despojada de toda presunción”.

6. Del sueño a la estructura

Enrique Vila-Matas escribió, en un antiguo texto suyo sobre Bolaño, que «Una red impalpable de precarias galerías une el segundo bloque de Los detectives salvajes con las mil y una historias de La vida instrucciones de uso del ciudadano Perec». Según Ítalo Calvino, que compartió militancia con Perec en el OuLiPo (Ouvroir de littérature potentielle», que se traduce como “Taller de literatura potencial”), la novela mayor de Perec era «el último acontecimiento en la historia de la novela». A lo que agrega Vila-Matas, en otro texto: «De hecho, durante un largo tiempo La vida instrucciones de uso fue para muchos, en efecto, el último verdadero acontecimiento de la novela moderna. Después, vendría un gran libro de Roberto Bolaño, Los detectives salvajes, que recogía con extraordinaria osadía y talento el guante lanzado por Perec».

En una entrevista, Bolaño señaló lo siguiente: “No sé si lo dijo Borges. Tal vez fue Platón. O tal vez fue Georges Perec. Toda historia remite a otra historia que a su vez remite a otra historia que a su vez remite a otra historia”. Es bastante claro que esa afirmación, que muy probablemente pertenezca en realidad a Bolaño, describe muy bien el mecanismo de construcción narrativa que orienta ambas novelas: historias que pululan, que se reenvían, que siempre abren una ventana, una puerta, un túnel, un pasadizo, hacia otra historia, y luego hacia otra, y así sucesivamente. El milagro que ambos logran es que, pese a esa proliferación estructural, las obras tienen centro, línea y desarrollo.

7. Desesperación maniática

Enrique Vila-Matas también sostiene que «En el Bolaño de Los detectives salvajes hay algo de desesperación maniática». Lo dice en el contexto de un razonamiento tan riguroso como lúdico que busca establecer las afinidades y las diferencias entre su obra y la de Bolaño, de manera que no hay que interpretarlo literalmente (que es, en realidad, la peor manera de leer a Vila-Matas), pero la elección de las palabras es indicativa. Y aunque está comparando a Bolaño con Gadda y no menciona a Perec (como sí lo hace en otros textos), el latido de esa desesperación maniática sacude a los tres, a Bolaño, a Perec, a Vila-Matas, y arroja una pista certera que conduce a ese observador de la realidad que quería recoger todo lo que «generalmente no se anota, lo que no tiene importancia, lo que pasa cuando no pasa nada, salvo tiempo, gente, autos y nubes» (Perec y su Tentativa de agotar un lugar parisino) y ese otro escritor latinoamericano para quien la única manera de atrapar el caos circundante era realizando su minuciosa cartografía, un escritor que, Vila-Matas dice, «ve el mundo como un enredo, una maraña o un ovillo».

8. La lista (parcial) de las listas

Perec y Bolaño tienen un rasgo más en común, el uso de las listas como recurso narrativo, aunque de manera muy distinta. Si Bolaño en cierto sentido las enmascara o las incorpora de manera sutil al texto, Perec las explicita, se regodea en ellas, las estira hasta un punto en que dejan de ser listas y se convierten en maneras de enunciar el universo; pero, a veces, Bolaño las utiliza como parte del tramado narrativo, y de manera tan radical que se convierten en la espina dorsal del relato. De este modo, no sólo está el vínculo estructural, sino también esta manera de acopiar enumeraciones que al poco rato dejan de serlo y se convierten en artificios narrativos deslumbrantes.

La más vasta, de complejidad imposible, la lista de las listas en Bolaño, está compuesta por los asesinatos múltiples de mujeres en Santa Teresa, soporte central de «La parte de los crímenes» en 2666. No hay equivocación mayor, no hay lectura más errada, que aquella que adjudica monotonía e inútil repetición a «La parte de los crímenes»; en esa letanía salvaje está la cifra que permite entender la violencia latinoamericana. Pero también está el listado clasificatorio de poetas en Los detectives salvajes, que también aparece, con algunas modificaciones, en Los sinsabores del verdadero policía; en este último libro, la lista de cosas que Amalfitano ha hecho en su vida, un modelo de autobiografía que merece un lugar indiscutible entre las mejores páginas que escribió Bolaño (hay otra versión más adelante, en tercera persona, que difiere sensiblemente en algunos datos); las profecías de Auxilio Lacouture sobre escritores en Amuleto; y diversos fragmentos esparcidos por toda la obra de Bolaño, que descubrirá –y gozará- el lector atento.

9. Perec, la reencarnación de Cristo

Aparte de «Un paseo por la literatura», Bolaño nombra poco a Perec. En Entre paréntesis, la recopilación de sus ensayos y artículos periodísticos, aparece una sola vez y para señalar que el francés Antoine Bello es un «discípulo aventajado de Perec», un gran elogio que no sé si Bello merecía. En el último libro póstumo publicado por sus herederos, Los sinsabores del verdadero policía, aparece Perec como parte de las amistades de J.M.G. Arcimboldi, personaje nombrado fugazmente en Los detectives salvajes y que no hay que confundir con el Benno von Archimboldi de 2666. «Georges Perec, al que admiraba profundamente. En cierta ocasión dijo de él que seguramente era la reencarnación de Cristo», dice en la lista –por supuesto- de amistades.

Otro personaje de la novela, Padilla, poeta, situaba a Arcimboldi “en el cruce improbable de Aloysius Bertrand y Georges Perec y (agárrate) Gide y el Robbe-Grillet del Proyecto para una revolución en Nueva York”. Son alusiones humorísticas en su desmesura y eclecticismo, pero ese es el tono dominante en esta novela que su autor dejó a medio camino. Quizá por lo mismo –porque es una suerte de depósito de materiales que luego fluyeron hacia otras obras o quizá era algo así como un laboratorio para probar fórmulas y temas- es pródiga en listas y tiene una estructura tan enmarañada que el mismo Bolaño la calificó de diabólica. Así termina por remitir de nuevo a Perec, con el añadido de que, como ocurría sólo en «Un paseo por la literatura», la referencia es explícita.

10. 53 sinsabores póstumos

A Perec lo sorprendió la muerte cuando aún era más joven que Bolaño al momento de la suya. Trabajaba en otro de sus proyectos aparentemente imposibles, la novela 53 días, novela policial, homenaje a Stendhal (el título alude al tiempo que le tomó a este último escribir La cartuja de Parma, libro extraordinario, probablemente el mejor que escribió el autor) y juego y parodia del arte de narrar articulado en torno a una frase del mismo Stendhal, «una novela es un espejo que se pasea a lo largo de un camino», que quedó lamentablemente inacabada. La edición de Harry Mathews y Jacques Roubaud, publicada en en 1989 y en español, por Mondadori, al año siguiente, recoge una primera parte más o menos terminada –un enigma policial-, de alrededor 100 páginas y 11 capítulos; el esquema de los capítulos restantes; y otras 150 páginas con apuntes, carpetas, esbozos y apuntes que al menos formulan un argumento imposible de endemoniada estructura, el juego de espejos que tanto le gustaba a Perec. Y a Bolaño: se sabe que era un gran entusiasta por ese libro incompleto y provocador. Y si se mira desde la distancia y en una sola mirada 53 días y Los sinsabores del verdadero policía, se advierte que el río de las coincidencias corre con mayor fuerza y arrastra bloques de peso insospechado; las cajas chinas y las historias que proliferan, las dobles y triples lecturas en el mismo libro, los libros dentro de los libros, están aquí y allá, en los 53 sinsabores póstumos que Perec y Bolaño ofrecen en un juego que espejea en el horizonte.

Coda

Georges Perec. La cámara oscura. Impedimenta, Madrid, 2010. No tiene folio de páginas. Se compone de 123 sueños y unas diez páginas con un muy sugerente índice de materias. La edición francesa es de 1972.

Roberto Bolaño. Los sinsabores del verdadero policía. Anagrama, Barcelona, 2011. 325 páginas. Corresponde a una serie de carpetas agrupadas bajo ese título, algunas escritas a máquina y otras impresas desde el computador de Bolaño; por otras referencias del autor, sabemos que trabajaba en este libro ya desde mediados de los ochenta, pero no se sabe cuándo dejó de intervenir en el manuscrito. Probablemente, al menos en lo que estaba en su computador, lo trabajó hasta poco tiempo antes de su muerte.

Artículo publicado en la revista Universidad Diego Portales – Pensamiento y cultura, número 9, 2012.

Ilustración de Alejandra Acosta

Viaje de invierno, Amélie Nothomb

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 23 de abril de 2011

Amélie Nothomb escribe novelas cortas, pero con frecuencia. Lo suyo no es, sin duda, la vasta construcción, la catedral narrativa, sino la miniatura bien trabajada, el rincón urbano que de repente sorprende por su originalidad y osadía. Y de esos rincones hay muchos en la ya amplia producción narrativa de Nothomb, unas 15 o 20 novelas, aunque siguen brillando más algunas ya clásicas como Estupor y temblores, Metafísica de los tubos o Cosmética del enemigo. En algunas de sus obras recientes, la autora belga criada en Japón ha escogido tópicos de la vida cotidiana mundial (u occidental, por lo menos), como la figura del sicario o la emergencia del género de los reality show. Acá vuelve a pulsar una cuerda similar, pero es apenas el punto de partida. Desde la primera página sabemos que el protagonista se propone derribar un avión, pero muy pronto la deriva narrativa fluye hacia territorios muy distintos de los previsibles: en realidad, no se trata, para nada, de un terrorista al uso ni de la reivindicación de causa alguna, sino del ejercicio del odio en su forma más pura y desasida; y, por tanto, el objeto del odio, el blanco de la destrucción, debe ser algo hermoso. “No existen ejemplos humanos de atentados contra la fealdad”, reflexiona el protagonista. “Lo extremadamente feo sólo suscita una indignación estéril. Sólo lo sublime monopoliza el ardor necesario para su degradación”.

Y el odio, por cierto, tiene su raíz, su origen, su fuerza invencible, en el sentimiento opuesto. Zoilo ama a la mujer más sublime del mundo que, sin embargo, lo trata con desprecio y burla; y si lo mejor del mundo es capaz de reaccionar así, ¿qué queda para el resto? Así que Zoilo trama su venganza apocalíptica mientras narra la historia de ese amor en páginas donde Nothomb recupera el brío, la agudeza y la rapidez de sus novelas más famosas, aquellas en donde retuerce la realidad tanto como los tópicos habituales para hacerlos renacer en una trama tan limpia y simple como desquiciada. La novela progresa a punta de frases como “los atentados sólo existen por el qué dirán y los medios de comunicación, ese cotilleo a escala planetaria” y contiene también, en abundancia, giros, reflexiones y nombres propios que resaltan más aún la capacidad de Nothomb para exprimir el lenguaje y sacarle chispas con humor, picardía y una saludable cuota de desesperación.

Amélie Nothomb. Anagrama, Barcelona, 2011. 119 páginas.