Banda sonora

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 7 de abril de 2007

Banda sonoraPor segundo año consecutivo, la Universidad Diego Portales convocó a los críticos literarios de la plaza a discernir dos premios: a las mejores obras publicadas en narrativa y en poesía durante en año anterior. En narrativa, la distinción recayó en Bonsái, de Alejandro Zambra, oportunamente comentado en esta columna, y en poesía, en Banda Sonora, de Andrés Anwandter.

La conversación alrededor de este último texto dio lugar a una mirada más amplia sobre la escasa circulación de los libros de poesía en Chile. Críticos de distintos medios habíamos leído obras muy diversas, pero más guiados por el azar o la amistad que por los mecanismos habituales de selección de obras para comentar. En mi caso, leí Banda sonora en la casa de un amigo, un fin de semana de primavera, y, aunque me gustó mucho, no se me ocurrió comentarla aquí. Esta columna es, entonces, un tardío gesto de reparación hacia el libro que con toda justicia elegimos como el mejor libro de poesía aparecido en 2006, de un joven poeta valdiviano. Libro breve, no sólo por su escaso número de páginas, sino también porque los 16 fragmentos que lo componen están estructurados sobre versos muy cortos, frecuentemente de una sola palabra, sin puntuación alguna que establezca pausas. El texto tampoco se ciñe a ritmos familiares ni repetitivos, lo que plantea un desafío adicional al lector. Sin embargo, aunque la experimentación y el juego sean la marca de este libro, hay también una sólida intuición poética y una habilísima manera de retratar el tiempo contemporáneo, hecho también de retazos, de estímulos múltiples, de collages que funcionan como un telón de fondo, como música de fondo, como la banda sonora interminable que compone la ciudad a punta de bocinazos, gritos, chirridos, voces, silbidos, silbatos, frenazos, risas, emisoras de radio, televisores prendidos, pájaros. Poesía para armar, podría decirse, parafraseando a Cortázar; poesía de múltiples entradas, que acumula palabras aparentemente sueltas o perdidas en frases degradadas, palabras cabeza, palabras cola, pero que se las arregla para construir un retrato-relato sobrio y poderoso sobre este tiempo y sobre este mundo y muestra –cosa que hay que destacar en Chile– nuevos rumbos para la poesía.

Andrés Anwandter. Libros la Calabaza del Diablo, Santiago, 2006. 56 páginas.

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Veneno de escorpión azul

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 11 de agosto de 2007

EEscorpión azuln mayo de 2006, Gonzalo Millán se enteró de que estaba enfermo de cáncer al pulmón. Comenzó entonces un “diario de vida y de muerte”, un documento extraordinario que desarrolla al menos tres registros: la vida cotidiana en su más concreta actividad; la creación poética; y la reflexión lúcida, valerosa y descarnada del hombre enfrentado a la certeza de la muerte, aunque esta última certeza también informa los otros registros. Todo se torna despedida, hasta el hecho de ver pasar al cartero, y la muerte es también la materia prima de los versos que Millán escribe en una carrera de antemano perdida: murió cinco meses después de iniciar el diario.

Hay antecedentes. El escritor estadounidense Harold Brodkey escribió Esta salvaje oscuridad. Diario de mi muerte (Anagrama, 2001), entre el momento en que le diagnosticaron sida y el de su muerte, tres años después. Enrique Lihn, también enfermo de cáncer, escribió más de 300 poesías ya en la condición de desahuciado. Pero lo que aquí interesa no es la originalidad del proyecto, sino el ritmo febril de una escritura casi compulsiva que no pierde el pulso, ni la claridad, ni la lucidez. La RAE define lúcido como claro en el razonamiento, en las expresiones, en el estilo, pero también se asocia la palabra con rapidez intelectual y cordura. Y en la encrucijada que motivó la escritura de este libro, nada más fácil que rendirse a la oscuridad: la desesperación, la autocompasión, los sufrimientos aparejados a una enfermedad terminal, son motivos suficientes para el extravío de la cordura, la pérdida de la claridad y la entrega al derrotismo estéril. Millán no se rinde jamás. Con ello gana la textura y el contenido de un libro agónico y ejemplar, con hallazgos brillantes (no en vano es el poeta chileno que más ha dado que hablar en los últimos años) y una tensión interna que a ratos sobrecoge; texto que termina por privilegiar el primer polo del enunciado, la celebración de la vida hasta que llegue la hora de cercenar la luz, que se extingue la vela.

Gonzalo Millán. Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago, 2007. 321 páginas.

Juan Luis Martínez: el doble, el otro, el mismo

La nueva novelaGeneral Salvo o General Bari, no me acuerdo. Una de esas callecitas de nombres militares que serpentean entre José Miguel Infante y Salvador, en Providencia. Ahí estaban las primeras oficinas de la revista APSI, hasta mediados de los 80. Y ahí conversábamos colaboradores y amigos en alguna especie de sobremesa, cuando la periodista Claudia Donoso me mostró un ejemplar de La nueva novela de Juan Luis Martinez. Ella, un alma generosa, debe haber visto quizás qué en mi cara cuando hojeaba el libro, así que, en un gesto arrebatado, me dijo: “¿sabís qué? Te lo regalo”. Tenía dos. Me regaló uno. Claudia, qué gran regalo. En ese mundo pre internet y clausurado por la dictadura, la posibilidad de exponerse a ese tipo de estímulos era privilegio de las élites artísticas y culturales (y bueno, de ahí éramos, de ahí somos, para qué decir una cosa por otra). Ahora es lo mismo, pero con más transacciones comerciales de por medio. Ese libro -que tiene elementos incorporados a mano, como anzuelos, por ejemplo- nunca ha sido reeditado. Hoy se vende por al menos 300 dólares el ejemplar; y cada vez que se vende uno, sube de precio. Pero no quiero adelantarme a lo que viene.

En 2003 apareció otro libro de Martínez, que celebramos con bombos, platillos, castañuelas, cascabeles y aplausos. Lo leímos, los martínezfans, lo gozamos, lo reseñamos. Y se abrió una trama que está lejos de desanudarse. Va la reseña que escribí en 2003 en «El Sábado» (no logré encontrar la fecha exacta) y, luego, la apertura de la Caja de Pandora, el artículo que Pedro Pablo Guerrero publicó en El Mercurio en 2014, juego de espejos enfrentados, donde la imagen del que se mira se multiplica hasta el infinito.

Poemas del otro

Juan Luis Martínez tiene una presencia notable en el ya hiperpoblado panorama de la poesía chilena, con muy pocas obras a su haber. De hecho, antes de su prematura muerte (1993, a los cincuenta años, de infarto) había publicado sólo un libro (La nueva novela, 1977; hay una reedición de 1985) y un curioso artefacto, La poesía chilena (1978), una caja que contiene una bolsa de tierra, postales con la bandera chilena y copias de los certificados de defunción de Vicente Huidobro, Gabriela Mistral y Pablo Neruda (ambos están disponibles en algunas librerías, pero a precios prohibitivos).

Martínez es, entonces, más un enigma que un referente, o es esto último de manera distinta, según se conozcan sus obras o su leyenda. Poemas del otro viene a salvar, en parte, la distancia entre el lector de poesía y la obra de este poeta, que cultivó un anonimato tan firme como las restricciones que puso a la circulación de su obra editada. Y vale la pena conocerlo, sobre todo porque posee una voz propia y distinta, separada por completo de las grandes vertientes de la poesía chilena. Poesía intelectual, metafísica, reflexiva, matemática, física, lógica; burlesca y satírica también, pero en esos planos (por ejemplo, en La nueva novela: “a través de su canto los pájaros/comunican una comunicación/en la que dicen que no dicen nada”). Claro que citar de manera breve a Martínez puede inducir a todo tipo de equívocos, porque se trata, sobre todo, de un poeta que sabe lo que quiere decir y que maneja todos los recursos que le brinda el arte de la palabra.

Poemas del otroLo curioso de Poemas del otro es que recoge otra veta de su creación, insospechada si se piensa en sus otros textos. Se trata de poemas de intenso lirismo, pero que también incorporan el mundo de referencias que los enriquece y proyecta hacia una mayor amplitud de significados. Poesía que se enuncia desde el yo prácticamente ausente en su libro mayor, un yo que sufre, que se pregunta, que se hunde en la materialidad del sexo y, a la vez, lo trasciende en nombre de las preguntas de siempre: “Yo soy mi sexo en el espacio abolido: penetrarte hasta el estallido/no sería ya vivir: esa línea de sombra entre tus muslos/es el inasible vuelo de la verdad”. Poemas, en fin, magistrales, que quedan resonando en la memoria y que exigen más de una lectura, por su extrañeza, por su fuerza, por su calidad, por su inquietante carácter.

Completan el libro dos secciones: la primera se compone de ocho poemas aparecidos en diversas publicaciones, más cercanos a sus inquietudes metafísicas. Entre ellos está un notable homenaje al filósofo Patricio Marchant. La segunda es una recopilación de las pocas entrevistas que aceptó. Así se completa, por ahora, el mapa Martínez. Ojalá alguna vez se reedite La nueva novela en un formato accesible para todos: así la leyenda podrá anclarse mejor.

El Sábado, algún día de 2003

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Nuevo libro Importante hallazgo. Juan Luis Martínez y su doble
Pedro Pablo Guerrero
El
Mercurio, 20 de julio de 2014
En el ensayo que publicará dentro de unos días, un investigador estadounidense asegura que la primera parte del libro póstumo Poemas del otro no corresponde a textos escritos por el autor viñamarino. Le dio un ataque de risa. Esta fue la reacción del escritor y académico Marcelo Rioseco cuando en enero de este año, después de asistir a la conferencia anual del MLA (Modern Language Association) en Chicago, el profesor Scott Weintraub, de la University of New Hampshire, le contó que los primeros 17 textos de Poemas del otro (2003) no eran de Juan Luis Martínez, sino de un autor suizo-catalán del mismo nombre. Bueno, casi. El apellido de su homónimo no lleva acento y los poemas traducidos por el chileno desde el libro Le Silence et sa brisure, que Éditions Saint-Germain-des-Prés publicó en París el año 1976, tienen mínimas variantes.

Scott Weintraub (Nueva York, 1979) estudia a Martínez desde hace seis años. Mientras revisaba su tesis doctoral y editaba un libro sobre Vicente Huidobro, sostuvo largas conversaciones con el poeta chileno Luis Correa-Díaz, profesor de la University of Georgia, quien le regaló un ejemplar de La nueva novela correspondiente a la edición facsimilar de 1985. “Al enfrentarme con la radicalidad de ese libro perdí interés en la tesis inmediatamente y supe que tendría que escribir otro libro dedicado exclusivamente a la obra de Martínez”, recuerda.

brisureA fines de este año, Bucknell University Press publicará en Estados Unidos el resultado de esa investigación: Juan Luis Martínez’s Philosophical Poetics . El ensayo constituye el primer trabajo profundo en inglés sobre la obra del poeta chileno. Su hipótesis, dice Weintraub, es que “a través de su engagement con una variedad de conceptos esotéricos -tales como la lógica patafísica y la combinatoria del grupo Oulipo , la física cuántica y la cosmología, la matemática del infinito, el I Ching , las vanguardias históricas y el nonsense verse -, Martínez crea un sistema riguroso de apropiación, desaparición y borradura que es una poética filosófica además de ser una filosofía poética”.

La prueba concluyente de esta búsqueda de la anonimia provino de un hallazgo. En octubre del año pasado, Weintraub estaba revisando el capítulo correspondiente a Poemas del otro (Ediciones UDP) cuando en una base de datos de la biblioteca encontró libros de tres autores llamados Juan Luis Martínez: el chileno; un novelista español y profesor de zoología en la Universidad de Oviedo, y el poeta suizo-catalán Juan Luis Martinez. Consiguió la obra de este último, Le Silence et sa brisure (El Silencio y su trizadura), mediante un préstamo interbibliotecario. “Casi me morí de risa al darme cuenta de que era idéntico a la primera sección de Poemas del otro. Los textos incluso aparecen en el mismo orden”, recuerda.

Un dudoso Juan Luis Martínez lírico

¿Pero cómo había llegado ese libro a manos de Martínez? Weintraub dio con la respuesta gracias a otro libro póstumo del autor, editado con ocasión de los veinte años de su muerte, por iniciativa de su viuda, Eliana, y del galerista chileno Pedro Montes. En El poeta anónimo (o el eterno presente de Juan Luis Martínez) , publicado en 2012 por la editorial brasileña Cosac & Naify, Weintraub reparó en dos imágenes insertas por Martínez en la mitad exacta del libro, bajo el subtítulo “La Ausencia de Autor”. La primera es una copia de la reseña en francés de Le Silence et sa brisure mientras que la segunda reproduce la ficha, sin anotaciones de préstamo, de un ejemplar perteneciente a la biblioteca del Instituto Chileno-Francés de Valparaíso, hoy desaparecido. Martínez fue quizás el primer y único lector chileno de su “doble” suizo-catalán.

En La última broma de Juan Luis Martínez: No sólo ser otro sino escribir la obra de otro (Cuarto Propio), Weintraub postula que el chileno tradujo un poemario escrito por un autor con su mismo nombre y lo hizo pasar como suyo sin que nadie se diera cuenta durante más de diez años. Hasta se dio el gusto de enviar poemas a diarios y revistas. El más conocido, “Quién soy yo”, incluso fue leído por Martínez como autopresentación en París durante el encuentro “Les Belles Étrangères”, realizado en La Sorbonne en abril de 1992.

La primera estrofa dice: “Espero que la sombra me separe del día / y que fuera del tiempo, bajo un cielo sin techo / la noche me acoja donde mejor sé morir”.

En 2003, Cristóbal Joannon, editor del primer libro póstumo de Martínez, escribió en el prólogo: ” Poemas del otro es poesía lírica. Si se compara con La nueva novela , difícilmente podría inferirse que Juan Luis Martínez es el autor de ambos libros. Esa era la idea: que hablara un otro, un personaje del todo distinto”. Y tenía razón, pero no podía saber hasta qué punto. La crítica quedó fascinada. Juan Luis Martínez parecía revelar “otra veta de su creación, insospechada” (Rodrigo Pinto). Sin embargo, nadie prestó mayor atención a otro texto de Poemas del otro, incluido en la sección “Poemas dispersos”, titulado “No sólo ser otro sino escribir la obra de otro”, escrito -esta vez sí- por Martínez. El hablante poético habla en él de “La gran impostura / el gran impostor / desvelado / nunca develado”, capaz de “Decir versos / que fueron del otro” y que pide: “Construye tu no-yo: / su ausencia: la tuya”.

Como señala Rioseco en el prólogo al libro de Weintraub, en sus entrevistas “Martínez siempre dijo que los poemas los había escrito ‘el otro’. Me inclinaría a pensar que cuando dijo esto, estaba hablando en serio”.

Sin embargo, hay que hacer ciertas consideraciones. “Con la información disponible antes de la publicación de El poeta anónimo (o el eterno presente de Juan Luis Martínez) era muy difícil averiguar la fuente verdadera de Poemas del otro . Así que preferiría ser generoso con la edición a cargo de Joannon, que me facilitó el camino para destapar este enigma martiniano y luego resaltar la genialidad de Martínez en mi ensayo. Todo lector de Martínez ha caído en sus trampas y aporías; es parte del gran juego interminable de su obra”, dice Weintraub.

Cristóbal Joannon confirma su desconocimiento de que Poemas del otro era la traducción de otro libro. “Qué curioso. Igual me hace total sentido que Juan Luis Martínez se apropie de textos ajenos. No sería nuevo. Calza con su forma de ver el desdoblamiento y la anonimia. Claramente no es un plagio. En la entrevista con Guattari le dice que, en el fondo, no hay autoría”. Y va más allá: “En la sección ‘Poemas dispersos’ de Poemas del otro descubrí que ‘No eres nada sin mí a pesar de mi mala memoria’ es una versión en verso de una prosa de Borges y he encontrado en La nueva novela un montón de citas de otros textos, en algunos casos de autores muy desconocidos de los 70. Por lo demás, cuando Martínez difundió sus poemas inéditos no dijo que fueran suyos sino del libro El Silencio y su trizadura . No sé si es una broma, porque una broma presupone una autoría. Hay más bien un juego de espejos y heterónimos”.

Lo que a Joannon le parece sorprendente es que exista un poeta con el mismo nombre.

Martínez, insiste Marcelo Rioseco, “fue armando la broma durante años”, como el scriptor ludens que era, según lo denomina en su ensayo Maquinarias deconstructivas. Poesía y juego en Juan Luis Martínez, Diego Maquieira y Rodrigo Lira (Cuarto Propio, 2013).

Weintraub, en efecto, considera la traducción del libro un “deslumbrante chiste del afterlife poético de Martínez”, diseñado para seguir funcionando post mortem , en fases que incluían la publicación de traducciones no atribuidas ni autorizadas por él.

“Como bien sabemos -dice el autor de La última broma de Juan Luis Martínez -, cuando murió Kafka, Max Brod salvó las obras del maestro. Desobedeció a Kafka pero se justificó diciendo algo como: ‘Franz debería haber elegido a otro si hubiera estado absolutamente decidido a que se quemara todo’. Me imagino, pero no se lo he preguntado a Eliana todavía, que Juan Luis contaba con la voluntad de su viuda para ser ‘la memoria viva’ de su legado poético, tal como ella me lo expresó una vez, además de anticipar la curiosidad intelectual de sus críticos”.

En el caso de Martínez es también una cuestión de herencia y de violencia , asegura el profesor estadounidense, quien recuerda que en La poesía chilena (1978) Martínez escribió: “Existe la prohibición de cruzar una línea que sólo es imaginaria. / (La última posibilidad de franquear ese límite se concretaría mediante la violencia): / Ya en ese límite, mi padre muerto me entrega estos papeles”.

Martínez, como un genio del crimen, habría dejado pistas que permitieron descubrir su “robo” sin menoscabar la “originalidad” de su obra, que consistía precisamente en despreciar ese atributo. Según Weintraub, el autor enriquece su radical proyecto poético con un remate póstumo sublime: “ser aún más Martínez en los textos escritos por otro (Martinez)”.

El fantasmal poeta suizo-catalán

juan luis.jpg¿Pero quién es el otro Juan Luis Martinez? La reseña que su homónimo chileno incluye en El poeta anónimo -tomada de una fuente desconocida- solo dice que nació en Palamós, Cataluña, en 1953, y que desde 1957 vive en Suiza cuando no está recorriendo otros países. Indica que su primera colección de poemas, Un homme est seul avec sa tête, se publicó en Ginebra el año 1973. Después de Le Silence et sa brisure, sacó cuatro libros de poemas en Suiza. Uno de ellos, Traité des nuits blanches, recibió en 1984 el Premio de literatura de la Sociedad Ginebrina de Escritores. En la contraportada dice que el poeta tuvo una educación autodidacta en bibliotecas y viajes alrededor del mundo. Weintraub advierte que a partir de ese libro, editado en 1986, Martinez dejó de usar su segundo nombre, Luis. El autor escribió, además, los guiones de dos libros de cómic ilustrados por Daniel Ceppi : L’ombre de Jaïpur (1981) y Les aventures de Natrix (1993). Desde entonces no figuran en ninguna base de datos nuevas publicaciones de Juan Martinez. 1993 es el mismo año en que muere el poeta chileno…

¿No será el doble suizo-catalán otra invención de Martínez y Le Silence et sa brisure un libro suyo escrito en francés y enviado a un chileno residente en París a mediados de los años 70 para gestionar su publicación?

“Aunque no es imposible este escenario, es poco probable”, responde Weintraub. “He leído casi todos los libros publicados bajo el nombre de Juan Luis Martinez y dudo que el francés del poeta chileno fuera suficientemente bueno para escribirlos. El mismo Joannon observó en las notas de Poemas del otro que durante la conversación entre Martínez y Guattari, en 1991, ‘Guadalupe Santa Cruz ofició como traductora’. En los trabajos colaborativos entre Martinez y Daniel Ceppi, no creo que el chileno estuviera al nivel para escribir con alguien como él, y menos a larga distancia. La primera edición de L’ombre de Jaïpur incluye en su contraportada una foto de Juan Martinez. Es verdad que podría ser de cualquiera, otra máscara de Juan Luis Martínez, pero se ve claramente que no es el chileno”.

Tanto Weintraub como El Mercurio se han comunicado con las editoriales que publicaron las obras de Juan Martinez sin conseguir datos sobre su paradero. “Hace mucho tiempo que no tenemos contacto con el señor Martinez”, respondió Michel Moret, de Editions de L’Aire, sello que publicó sus cuatro poemarios entre 1986 y 1991. El editor suizo da la dirección y el teléfono que Martinez tenía en Ginebra, pero ya no corresponden. Aconseja dirigirnos al Comité Internacional de la Cruz Roja, “donde él trabajó”, pero tampoco obtuvimos respuesta. ¿Existe realmente Juan Luis Martinez o es otro fantasma creado por Martínez? El enigma sigue abierto.

Larga tradición de apropiacionesLa literatura chilena tiene una larga lista de traducciones no atribuidas. Algunas son derechamente plagios, pero otras son juegos o errores que cometen los editores tras la muerte del autor. El caso de plagio más conocido es el de Enrique Molina Ventura, el célebre Chico Molina, que cautivó a sus oyentes -Luis Oyarzún, Roberto Humeres, Enrique Lihn- con la lectura de un capítulo de la novela que estaba escribiendo hasta que lo descubrieron: se trataba de una traducción suya de El lobo estepario, de Hermann Hesse, según cuenta Lihn.

“El poeta Eduardo Molina Ventura concibió muchos libros, pero lo cierto es que no publicó ninguno”, escribió su amigo Miguel Ruiz, editor de Eduardo Molina. Un poeta mítico (Platero, 1996), la única antología de sus poemas. Se realizó póstumamente a partir de manuscritos casi ilegibles en los que el poeta no diferenciaba sus versos de los que copiaba de otros autores. De hecho, Ruiz encontró un poema titulado “Hippy” que reconoció como una traducción de “Clown”, de Henri Michaux.

Gran amigo del Chico Molina, Jorge Teillier hizo circular el poema “Invoco un nombre: Pablo”, escrito el 23 de septiembre de 1979, en el sexto aniversario de la muerte de Neruda. Se lo envió incluso al poeta peruano Juan Cristóbal, quien lo difundió en una plaquette el año 1996. Una década más tarde, el poeta chileno Álvaro Ruiz lo publicó como un inédito de Teillier en Correspondencia con Juan Cristóbal (Ediciones Clásicos del Pacífico, Lima, 2006). Según Ruiz, el poeta de Lautaro “nunca permitió que se publicara por razones de seguridad”. En realidad, no lo autorizó por la simple razón de que no era suyo, sino de su amigo Enrique Valdés.

Los malentendidos continuaron tras la muerte de Teillier. Cuando Fondo de Cultura Económica publicó la recopilación de inéditos En el mudo corazón del bosque (1997), los editores atribuyeron el poema “Nostalgia de la Tierra” al autor lautarino, pero era una traducción que había hecho de “Le Regret de la Terre”, de Jules Supervielle. El mismo poema se incluyó y hasta dio su título a la antología crítica Nostalgia de la Tierra, de Jorge Teillier (Cátedra, 2013).

80 días

Reseña publicada en la revista «Sábado» del diario El Mercurio, 8 de noviembre de 2014

80 díasEste trabajo excede las posibilidades de un libro (de hecho, en la página web http://www.80dias.cl se puede escuchar su banda sonora) y es también un trabajo colectivo que hace dialogar textos y fotografías en el soporte impreso. Su carácter híbrido se acentúa más aún por el tipo de escritura -de Jaime Pinos- que lo recorre: fragmentos temáticos que abordan diversos aspectos de la vida urbana en Santiago, escritos a lo largo de 80 días, que funden autobiografía -el personaje que narra se hace llamar el Transeúnte-, observación social y ensayo, todo en un estilo con identidad y sello personal.

Pinos es poeta y ello se refleja en el texto, muy trabajado, que no elude los adjetivos ni la descripción de sensaciones que remiten al vacío existencial en el contexto de una ciudad desmadrada en sus dimensiones, segregada y agresiva. Hay algo de tremendismo en sus observaciones, una exacerbación de los males urbanos, como cuando se refiere al esmog (“peces enfermos en las aguas podridas de un mar muerto, boqueamos en medio de la enorme nube oscura”) o a la inseguridad de las calles (“aquí el miedo es parte del paisaje”). Nada reprochable hay en eso, puesto que la mirada personal del Transeúnte bien puede ser el reflejo de vivencias, de experiencias de lo urbano, mucho más extendidas de lo que reflejan las estadísticas y la vida de algunos barrios; el ojo del Transeúnte se fija quizá con mayor énfasis en los puntos negros, en los lunares, en las zonas desnudas de árboles, luces y áreas verdes.

Los pasajes del centro remiten inevitablemente a Walter Benjamin y dan cuenta de la degradación imparable de lo que fue un símbolo de la modernidad (“marchita toda fantasía, perdida en estos túneles del tiempo, ya nadie ingresa a estos pasillos en busca de otro cielo”). La segregación urbana remite, en definitiva, a la soledad, a la “multitud de los desconocidos, nuestros semejantes, ese vacío en que nos movemos, a golpes o a empujones, codo a codo con nadie”. Subterráneos, vitrinas, grafitis, bares, son otras maneras de abordar lo urbano y de establecer una cartografía personal, “solo por saber dónde está uno parado, en qué mundo entre los mundos”, que ilumina -aunque sea con crudas luces- la ciudad que habitamos. Las fotografías de Alexis Díaz se relacionan muy bien con los textos de Pinos, duros y poco complacientes; al fin y al cabo, nada peor que la mirada conformista.

Jaime Pinos y Alexis Díaz. Alquimia Ediciones/Siega, Santiago, 2014. 64 páginas.

Amarillo crepúsculo

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 2 de junio de 2012

amarilloEl título de este libro de Andrés Anwandter (1974) alude a un colorante sintético, también llamado “amarillo ocaso” o “amarillo nº 5”, presente en cientos de productos y denunciado por la OMS por los riesgos para la salud de los consumidores. Pero también puede leerse, como lo sugiere la portada y la inflexión general del libro, como el tono agonizante de la luz que se filtra a través de capas de contaminación: el paisaje santiaguino en invierno. O a la neblina tóxica producto de la polución generalizada que se extiende sobre el mundo, y también a esa otra niebla, que no se ve pero de todos modos ahoga, que surge de la incertidumbre: el planeta convertido en una esfera incandescente “que los líderes mundiales se pasan /de una mano a otra”. Es que el tono de Amarillo crepúsculo es apocalíptico, pero no a la manera del profeta que eleva la voz ante las multitudes, sino al del espectador desesperanzado, el testigo anónimo que suma a las perplejidades de siempre las preguntas por la extinción y el futuro del hombre sobre la tierra; y es también una crónica personal de la década pasada, y aún más atrás, desde la cual se ramifica la mirada sobre los medios y su sostenido falseamiento de la realidad, los alimentos, la política, la cotidianidad, la paternidad, la economía, los negocios, la burocracia. Un libro abarcador, fuertemente político, que avanza poema tras poema -todo en minúsculas y sin títulos, aunque cada comienzo está marcado por otra tipografía- en aquella crónica vital donde no hay heroísmo ni aventura ni riesgo, sino rutina, dudas y abismos donde se hunde la pregunta por el sentido. Las referencias filosóficas y literarias que menudean en el texto se incorporan con fluidez al desconcierto de la voz de esa suerte de narrador que enuncia los poemas (“qué es la política / según hobbes / el griterío de los pájaros /del capitolio en sus orejas”). Andwandter trata también de desmontar las retóricas al uso, con resultado dispar y aciertos certeros como “la volatilidad del mercado /es el último efecto especial / de la poesía”. El poemario representa un paso sustancial en una trayectoria poética que lo llevó a ganar el Premio de la Crítica en 2007 por Banda sonora. Más maduro, más distanciado y más perplejo, Anwandter merece la compañía de los lectores en su afán de explorar el reverso de las apariencias morales, políticas y existenciales del mundo contemporáneo.

Andrés Anwandter. La Calabaza del Diablo, Santiago, 2012. 250 páginas.

Poema de Chile

Reseña publicada en la revista “El Sábado” del diario El Mercurio, 23 de noviembre de 2013

portada_mistralLa historia de este libro es rara y singularmente injusta. Tan injusta, en realidad, como el extraño trato que ha recibido Gabriela Mistral, tan ícono del orgullo patrio como escasamente leída y realmente apreciada. Hay actos de reparación -como las estupendas ediciones de Tala y Lagar por parte de la UDP-, que la sacan de la academia y la devuelven a los lectores de a pie. A ellos se suma esta edición -la más completa hasta la fecha- de su libro más ignorado y al que probablemente le dedicó más trabajo, 20 años; y no alcanzó a publicarlo en vida. En 1967 apareció una primera edición, realizada por Doris Dana, que pasó totalmente desapercibida; y, claro, eran tiempos agitados no solo por la política, sino que también en el ámbito poético: Lihn y Parra, Neruda y De Rokha, entre otros muchos, animaban una escena compleja y riquísima donde la estampa de la profesora rural no tenía mayor espacio.

Tras la muerte de Doris Dana y la cuidadosa investigación de la enorme cantidad de manuscritos que dejó Mistral, aparecieron 59 poemas que, por métrica, tema y estilo, indudablemente formaban parte de este largo recorrido por Chile de norte a sur, realizado por una mujer fantasma, un indiecito atacameño y un huemul pequeño que celebra, desde luego, la geografía del país y sus hitos más relevantes, pero es mucho más que eso: hay de fondo una exploración similar a la de sus Recados, una pregunta sobre la identidad, una reflexión sobre lo que nos constituye como comunidad cultural, que por sí sola hace de Poema de Chile un libro fundamental en la producción mistraliana. A ello hay que sumar el trabajo de Mistral con el lenguaje. Siempre en octosílabos, pero con distintas rimas y estrofas, la poeta logra un libro singularmente unitario, riquísimo en descubrimientos y versos que escapan largamente del recorrido fijado, como estos: “Porque algunas cosas son / a la vez buenas y malas, / tal como ocurre con hojas / de un lado aterciopeladas / y con el otro te dejan / con la palma ensangrentada. / Casi no parecen hojas, / parecen mujeres malas”. Hay mucho que contar sobre esta cita, pero basta como muestra de una manera de hacer crecer la poesía desde un viaje didáctico hasta una suerte de diario de vida que va llenando cada vez más de sentidos distintos sus páginas. Es de esperar que esta edición tenga mejor suerte que la de 1967, tanto porque es mucho más completa (59 de los 130 poemas estaban inéditos) como porque el libro se lo merece.

Gabriela Mistral. La Pollera Ediciones, Santiago, 2013. 343 páginas.

El soneto chileno

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 14 de septiembre de 2013

Soneto chilenoEsta antología, con selección y notas del poeta Juan Cristóbal Romero, es de lectura tan grata como sorprendente. Con razón recuerda el editor que el soneto “fue durante años el filtro que utilizó parte importante de la crítica para distinguir la calidad de un poeta: quienes salían airosos eran encaramados a los altares; a quienes cojeaban de alguna sílaba o abrochaban ya sin aliento los tercetos con una rima floja, se les despreciaba como a versificadores de domingo”. Ese desafío para todo poeta se manifiesta en que por muy vanguardista que fuera, Huidobro escribió sonetos, igual que Mistral, Neruda, De Rokha, Parra y Lihn, entre tantos otros. De ahí que el libro, como lo sugiere Romero, puede funcionar también como una antología de la mejor poesía chilena desde Pedro de Oña a Óscar Hahn (los poetas jóvenes, incluido el editor, han sido deliberadamente omitidos). Adriana Valdés, autora del prólogo, indica las múltiples posibilidades del soneto, desde el cuadro costumbrista a la férrea prisión, desde la ironía y la rabia a la cursilería enorme. Y de todo ello hay en el libro, con presencias inesperadas; ¿quién recuerda que Pedro Sienna, además de pionero del cine, fue poeta, y bueno? ¿O que Manuel Rojas se inició como poeta y seguía un complicado método de escritura que lo llevaba a gastar más de cien hojas para escribir un soneto? ¿O que Blest Gana, aparte de sus grandes novelas, escribió sonetos que se encuentran, como bien dice Valdés, entre lo mejor del siglo XIX chileno? Pero, además, la sorpresa y la gracia de la antología descansan en el diálogo que se establece al interior de una forma precisa y muy regulada de escribir poesía. Apreciar la manera en que abordan el soneto poetas de talantes y tiempos tan distintos es un ejercicio de indudable frescura y vivacidad. Aparte hay que destacar las notas introductorias de Juan Cristóbal Romero, que construyen otro hilo que enlaza toda la poesía chilena, hecho “con conocimiento, humor y buena pluma”, como destaca Adriana Valdés en el prólogo. Algunas muestras: “Escribió mucho y publicó demasiado”, sobre Daniel de la Vega; “a pesar de haber sido un buen poeta, aseguran, fue una excelente persona”, sobre Carlos R. Mondaca; “poeta eminentemente de ocasión. Compuso poemas como el mar da peces, por la sola fuerza de su naturaleza”, sobre Mercedes Marín del Solar.

Juan Cristóbal Romero, selección y notas. Tácitas, Santiago, 2013. 233 páginas.

 

Spandau

Reseña publicada en la revista El Sábado del diario El Mercurio, 3 de noviembre de 2012

SpandauEl título del libro alude a la cárcel berlinesa donde cumplieron sus condenas siete altos dirigentes del Tercer Reich, entre ellos Albert Speer y Rudolph Hess. En este nuevo poemario de Gloria Dünkler, Spandau funciona en realidad como una ausencia, como el lugar otro donde alguno de los aludidos en el libro debería haber purgado sus condenas. Y aunque hay referencias explícitas a Walter Rauff, cuya extradición a Alemania no fue concedida por la Corte Suprema de Chile, no hay que entenderlas de manera restrictiva; podría haber sido él o cualquier otro nazi que encontró refugio en Chile. Ese no lugar recorre el libro a través de fragmentos, de retazos de un tapiz cuya forma seguirá dibujándose a medida que progrese su proyecto poético. Su libro anterior, Füchse von Llafenko, es más amplio en el arco de temas que éste, aunque vuelven a surgir de manera más tenue. Son la sustancia de la que se nutre la creatividad de Dünkler, al menos en estas obras (las poesías inéditas incluidas en Gutiérrez parecen sugerir un cambio de rumbo): la convivencia entre alemanes e indios, entre gringos y criollos, en el paisaje agreste al sur de Temuco; la áspera naturaleza, la fría crueldad con los animales, la violencia de la memoria, las consignas nazis, la Segunda Guerra Mundial y su carga de exterminio. La mirada de Dünkler viene desde dentro, desde el seno de esa comunidad de inmigrantes, pero también desde la extrañeza, la lejanía y la dificultad de enfrentarse a una herencia siniestra. Dividido en cuatro secciones («Vecinos», «Tijerales», «Cuidados del hijo» y «Finales»), el libro progresa en esa durísima inmersión en el pasado desde un presente poblado de animales domésticos, noche y niebla en este rincón perdido del mundo: “cada tarde los empujaba a sus establos / y marchaban sin protestar / entonando su canción lastimera. / Ayer eran prisioneros hambrientos / hoy son patos y gallinas”. Poemas breves que suelen dar un giro sorpresivo, versos cortantes y directos, «es un viejo malo del cuesco que repite “era mi trabajo”», que «cree en las razones de los otros y en las propias / habla con fantasmas»: los fantasmas de Adolfo y de José, de Paulo y de Augusto en Villa Baviera, «de marchas y cantos que nos hacían llorar». «Adónde vamos los vivos. / De dónde vienen los muertos», pregunta otro poema, y esas interrogantes nunca se pierden de vista en el recorrido.

Gloria Dünkler. Ediciones Tácitas, Santiago, 2012. 57 páginas.

Gutiérrez

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 21 de enero de 2012

Este proyecto editorial de Andrés Braithwaite va por su segundo número (no numerado, eso sí) y mantiene –y mejora- las características del primero. Se trata de una colección de textos inéditos de escritores chilenos, narradores y poetas, sin segundas lecturas. Es decir, no hay ninguna intención de trazar mapas, ni generacionales ni genéricos, ni de establecer algún tipo de canon. Esa libertad que anima el proyecto Gutiérrez es, sin duda, una de las razones de su atractivo. El orden alfabético impone la alternancia de géneros y la yuxtaposición de perspectivas, aunque es claro que se trata también de uno de esos libros con tantas puertas de entrada como el número de autores incluido en la selección. Se trata, en su mayoría, de conocidos, aunque hay uno que otro que o bien estaba largamente desaparecido de la escena o publica por primera vez. Tampoco hay notas biográficas que satisfagan la natural curiosidad del lector, que tendrá que investigar por sus propios medios.

Hay que decir que la selección de este Gutiérrez casi no tiene puntos bajos, salvo Claudio Bertoni, que parece una copia degradada y más fome de su poesía de siempre. Hay otros cuyo tono de siempre es muy parecido a su tono de siempre –Óscar Hahn, Germán Marín-,  y otros cuyo aporte vuelve a sorprender y a encantar, como Gloria Dünkler (qué ganas de leer más cosas suyas), Yanko González, Jaime Huenún (dos poemas largos, narrativos, magníficos), Matías Rivas, Leonardo Sanhueza, Alejandro Zambra. En la esquina de los narradores, Alejandra Costamagna está muy bien;  los relatos brevísimos de Carlos Labbé son buenísimos; el de Marcela Fuentealba, una grata sorpresa; el de Marcelo Mellado, simplemente brillante (si hay algún escritor chileno que no tiene la repercusión internacional que merece, es Mellado); el de Roberto Merino, un ejercicio de nostalgia a la altura de sus mejores textos; Yuri Pérez se confirma como uno de los escritores más interesantes de la escena criolla. También es valioso el reencuentro con voces como las de Paulo de Jolly, Bruno Vidal, Diego Maquiera y Erich Pohlhammer, así como la incursión de Rafael Gumucio en el espinudo género del aforismo. Hay otros nombres, pero con lo enumerado es suficiente para insistir en la calidad de una propuesta original y libre, una postal de lo que leeremos en el futuro.

Andrés Braithwaite, recolección y edición. Santiago, 2012, 144 páginas.

Un muerto equivocado

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 26 de noviembre de 2011

Podría ser el título de una novela de Robert Louis Stevenson, en esa vertiente de la comedia negra donde brilló como pocos el novelista inglés. O de una novela policial. O de una página de la crónica roja. Pero en realidad es el título de un libro de poesía, breve, tan breve como la producción de Matías Rivas, su autor: han pasado 14 años desde la aparición de Aniversario y otros poemas. Y, sin embargo, Un muerto equivocado no tiene nada de leve. En su primera parte –“Beautiful Agony”- asoman voces destempladas, sombrías, que sin contención ni medida se asoman a esos rincones que nadie quiere ver ni oír: la decadencia de la vejez, la humillación y la esclavitud sexual, el real origen del dinero, la trastienda repugnante de hospitales y casas de reposo. Voces que podrían ser aullidos, pero, sometidas al rigor del lenguaje de Rivas, que depura las vibraciones y las ajusta a un ritmo de verso largo, casi excesivo, adquieren una frialdad que las hace aún más atroces. “Quiero escalofríos. Gritar. Pedir otro roto más si se me antoja”, le dice una vieja heredera a su empleada; “soy yo quien le lame el infinito hoyo a la nada”, se lee en otro lugar, en un poema que también habla de “la contemplación de la náusea fría del orden”, que podría ser también una buena manera de describir estos poemas.

La segunda parte, “Un amor contemporáneo”, es más diversa en la métrica y en el tono de resonancias clásicas que emparenta más con su primer libro. Aunque también se filtra algo de la fría desesperación de la parte inicial (“Estoy convertido en un hipocondríaco y sediento puto, / en un neurasténico bestia”), estos poemas brillan más por la sobria elegancia de, por ejemplo, “Hora incierta”, quizá la mejor pieza de la colección: “A la hora no ha lugar en que escribo estas palabras / invoco una claridad glacial, impía, / y en cínico silencio registro anonadado, / al ritmo de irresponsables crayones, / algo sobre ese amor desafiante que arremete / como una hija furiosa pidiendo ser golpeada”. Poesía, pues, ajustada y precisa, que cuesta situar de buenas a primeras en las tradiciones que se disputan la escena criolla y que muestra, por lo mismo, que aún es posible retorcer el lenguaje hasta que fluya con renovada originalidad y fuerza expresiva.

Matías Rivas. Ediciones Tácitas, Santiago, 2011. 59 páginas.