La resta

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 10 de octubre de 2015

La_restajpgEs sorprendente que el relevo más filoso y mordiente para las novelas dedicadas a la dictadura por escritores como Bolaño, Marín, Cerda y Varas venga de una escritora muy joven, de 32 años. Llama la atención por la madurez de la escritura y el modo en que desacomoda todas las versiones oficiales: nada fue plácido, el heroísmo tuvo su costo en sufrimientos propios y ajenos, las huellas del castigo, de los silencios y de las versiones oficiales siguen ahondando una herida que está lejos de cerrar. Pero lo que más deslumbra de La resta es el oído, si se puede expresar así, o la musicalidad de una prosa que nunca decae en un ritmo único, que vuelve una y otra vez sobre el peso de las palabras: “Y yo, una vez más, dejé de oír, intentando escapar del peso de esas frases, convencida, como cuando niña, de que cada persona no vivía una cantidad de años sino un número predestinado de palabras que podía escuchar a lo largo de la vida (y había palabras leves como planeador o libélula y otras pesadas como gruta, queloide y rajadura). Las de mi madre valían por ciento, por miles, y me mataban más rápido que ninguna”.

Los protagonistas son hijos de exiliados y resistentes a la dictadura, con vidas quebradas, truncadas o desviadas por la potencia aniquiladora del fin de un proyecto; y la novela se construye en un doble registro: el que se abre con los recuerdos infantiles del triunfo del No -con una voz narrativa que tiene las enormes virtudes de no impostar el tono y de no caer en la autoindulgencia- y un presente en un Santiago cubierto de cenizas y una muerta repatriada cuyo ataúd fue a dar a Mendoza. En la novela hay dos voces alternas, las de Iquiela y la de Felipe; y ellos, junto a Paloma, la hija de la muerta, deben ir en busca del cuerpo perdido en otro aeropuerto. Si la voz de Iquiela intenta ordenar el relato y resistir, siempre, el peso de las palabras -que por eso reinventa en juegos y audaces metáforas, así como descubre las grietas del castellano de Paloma, cuyo “chileno” se pierde cuando habla con franqueza alemana-, la de Felipe es más enloquecida y libre, con la obsesión de los números y los muertos, como si contar y reducir todo a cifras pudiera borrar, también, la textura del mundo. La primera parte de la novela es, casi, un largo prólogo; la segunda, la búsqueda de algo más que un ataúd, la de una cifra que haga encajar las piezas, que permita deshacerse de “costras, penas, lutos; pagando con sílabas esa deuda incalculable”.

Alia Trabucco Zerán. Tajamar Editores, Santiago, 2015. 220 páginas.

Space Invaders

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 16 de noviembre de 2013

Space InvadersEsta novela corta de Nona Fernández, escritora y guionista de televisión, pone en clave de ficción la misma historia que narró, en clave autobiográfica, en Volver a los 17, reunión de testimonios de escritores y periodistas nacidos entre 1969 y 1979 sobre su infancia y adolescencia en tiempos de dictadura. Hay mayor elaboración, desde luego, y trabajo de la ficción, especialmente en el modo de revivir la época y en la variedad de voces y materiales convocados para enriquecer la historia y el punto de vista. Pero el personaje sobre el que se articula la trama es el mismo: González, Estrella González, hija de don González –quien luego resulta ser Guillermo González Betancourt, el oficial de Cara¬bineros que orquestó y ejecutó el secuestro y degüello de los dirigentes comunistas José Manuel Parada, Manuel Guerrero y Santiago Nattino–, cuyo destino fue trágico por razones muy distintas a la política. La novela se estructura en etapas –llamadas “Vidas”–, y en cada una de ellas los recuerdos se hilan tanto desde la memoria que es siempre frágil –“El tiempo no es claro, todo lo confunde, revuelve los muertos, los transforma en uno, los vuelve a separar, avanza hacia atrás (…) y nos entrampa en funerales y marchas y detenciones, sin darnos ninguna certeza de continuidad o escape”–, como desde un tejido onírico que se compone de cartas, de manos fantasmales, de marcianitos verdes que salen del juego clásico de los 80 (que da título a la novela) para tocar con sus eléctricos dedos el lado de acá de los sueños. Através de estas dos vertientes emerge un relato coral a cargo de los ex compañeros de Estrella, identificados, como es costumbre en los liceos y escuelas públicas, por el apellido –Maldonado, Zúñiga, Bustamante, Fuenzalida–, que parece traducir, más allá de los hechos que se convierten en titulares, la profunda sensación de desamparo y peligro que la época imponía a tantos chilenos. Fernández trabaja sin estridencias ni excesos retóricos, y por algo buena parte de la materia prima de la novela está tomada de los sueños; en una pesadilla de Zúñiga, quien desempeñaba siempre el papel de Arturo Prat en las celebraciones del Combate Naval de Iquique, recuerda la Guerra del Pacífico y piensa que quizá esos soldados eran también “un ejército de adolescentes, punta de lanza barata con apellidos de mierda, provenientes de un liceo de mierda”, línea que hila mucho más profundamente la historia del país y el destino de los jóvenes.

Nona Fernández. Alquimia Ediciones, Santiago, 2013. 88 páginas.

Ciencias morales

Reseña publicada el 26 de mayo de 2009, en mi anterior blog

Ciencias moralesUna novela como las que me gustaría leer en Chile sobre la época de la dictadura: personajes anodinos y miserias cotidianas contra el telón de fondo que moldea conductas, sospechas y relaciones; y un abuso, un sólo abuso, que no por aislado es menos terrible y que sólo es posible en virtud de ese panorama general que apenas se sugiere. Los pequeños delatores, los guardianes del deber ser, los que reciben un poder vicario pero no menos opresivo, los que encarnan esa perversa manera de ejercer la corrección en nombre de abstracciones inhumanas, los que, en realidad, hacen posible que las dictaduras se sostengan más allá del mero ejercicio del poder de las armas: el señor Biasutto.

Y, del otro lado, las víctimas, con la ingenuidad de la juventud y la credulidad que emana de la ignorancia, atrapadas en una madeja de tensiones soterradas, que aceptan como normal un orden de cosas profundamente trastocado y que, cuando se revela en su real dimensión y las hace sentir la violencia en carne propia, no pueden responder más que con el pavor mudo, el silencio estremecido, el terror paralizante y, lo que es peor, con un punto de complicidad: la señorita María Teresa, a quien en casa llaman Marité.

La historia es simple y está muy bien contada, con un estilo frío y preciso y tanto más eficaz por ello. Transcurre casi por completo en el Colegio Nacional de Buenos Aires, la institución más antigua y prestigiada de la Nación, en 1982, cuando estalla la guerra de Las Malvinas y la dictadura argentina se encamina hacia su abrupto final. Pero ese es el telón de fondo. Sobre ese tapiz, Kohan logra construir una novela minuciosa, a ratos asfixiante y de una rara sabiduría para dosificar los efectos y hacer crecer, en el lector, la opresiva sensación de déja vù que puede asediar a cualquier latinoamericano que vivió en esos años. Pero no sólo a ellos, en realidad: a cualquiera que haya sufrido la presencia ominosa de los dueños de la verdad, que nunca faltan en cualquier época o régimen político.

Anagrama, Barcelona, 2007. 219 páginas.

Formas de volver a casa, Alejandro Zambra

Reseña publicada en la revista “El Sábado” del diario El Mercurio, 4 de junio de 2011

Hay diversas maneras de hablar de esta novela. La más obvia es decir que se trata de un libro intensamente literario, que se estructura sobre la base de dos relatos aparentemente paralelos pero que se superponen en más de un sentido; de un lado, está la historia de Claudia, en los capítulos 1 y 3; del otro, la historia del narrador –un escritor que podría ser Alejandro Zambra-, en los capítulos 2 y 4, que muestra cómo la escritura de la novela influye en su biografía y en su relación de pareja. Ambas confluyen, en el nivel más amplio, en el tema de la memoria, en cómo se constituyen los recuerdos y en cómo las diversas lecturas de los mismos hechos terminan por constituirse en un relato tan insustituible como variable. Al fin y al cabo, la biografía –la propia, la del otro, la del personaje creado- es mudable, un puro objeto de lectura que se recorta más sobre los recuerdos –reales, inventados, intervenidos por el tiempo- que sobre los hechos; y esta novela es un trabajo ejemplar en este sentido, puesto que ambas historias son diversas posibilidades de la misma biografía.

Pero los porfiados hechos, no se entienda mal, existen, están ahí, son el soporte de toda historia. Y por ahí se articula otra manera de hablar de Formas de volver a casa, como una novela que habla sobre cómo una cadena de hechos –la dictadura, sus prácticas represivas y el clima de silencios, omisiones y secretos- influyó en la generación que comenzó su educación formal en esos años. Los niños que espían a los adultos y no entienden ni las más amables formas de la mentira, aunque los sancionan a ellos si caen en la misma falta. Los niños que aprenden, unos más pronto que otros, a procesar las diversas formas de la culpa, de la sospecha y del miedo; y de cómo esas marcas biográficas influyen en sus decisiones de adultos.

Adultos y niños. Ahí está el tercer vértice de esta novela o la tercera posibilidad de lectura: es una novela sobre padres e hijos y sobre esos tránsitos -que a veces duelen mucho- de la infancia a la adolescencia y a la adultez, que cambia las miradas y suele endurecer los juicios sobre la anterior. Una novela sobre el regreso a la memoria, al recuerdo, a la pieza de la infancia, pero ya desde una distancia irrecuperable, la distancia de la mirada adulta.

Alejandro Zambra. Anagrama, Barcelona, 2011. 165 páginas.