La extinción de los coleópteros

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 3 de septiembre de 2016

portada_la-extincion-de-los-coleopteros_diego-vargas_201608020615Lo más llamativo de esta segunda novela del temuquense Diego Vargas Gaete, nacido en 1975, publicado y más conocido en Argentina que en Chile, es la estructura, quebrada y sinuosa, construida a través de retazos que se persiguen a través de las páginas, dividida en dos partes que no son tales; y, sin embargo, es una novela que se lee con extraña facilidad. En esa aparente paradoja se advierte el talento de un escritor que escapa a los contornos de su generación. Vargas deja completamente a un lado la biografía como material de su escritura y aborda, siempre a través de una suerte de caleidoscopio, dos historias familiares. El corazón secreto del libro parece radicarse en los abusos cometidos en el sótano del Colegio Germano de Temuco, entre 1979 y 1990. Algunos son señalados de manera explícita y otros se sitúan en la zona más difusa de todos los abusos posibles de cometer durante la dictadura. Y aquí se advierte más aún el valor de la estructura quebrada que soporta la novela: lo que ocurre en el sótano es parte de la historia de los personajes, pero no de manera explícita. Dicho de otro modo, la novela no se sumerge en las profundidades del Aula Magna del colegio, sino que bascula en torno a ese centro de gravedad que atrae las historias que ahí se narran.

Algunas son tangenciales. Otras se refieren a los antepasados. Pero incluso la que más parece escapar de ese sótano, la de Julio Mellado, hijo de Joselito Mellado, el guardián de las puertas de aquel recinto, académico en una universidad de Valparaíso, está tocada de forma imborrable a través de unas fotos que Julio descubre en una caja en el clóset de su padre. Fotos que pasan por las manos de los personajes, pero que nunca se describen, que solo exudan un rastro ominoso y terrible que el lector percibe a través de los personajes. La de Julio es, también, la más lúdica y desaforada, y lleva la novela hasta una culminación donde parecen fundirse el pasado de su infancia, el pasado del país y el futuro de todos. La otra historia importante es, por cierto, la de la familia Kunz, conocida a través de retazos y de los fragmentos de un libro llamado “Diario de un viaje: historia secreta de la familia Kunz”. Si el sótano es el corazón de La extinción de los coleópteros, el “Diario…” es su columna vertebral, porque le otorga dureza, solidez y continuidad a personajes que entran y salen del texto.

Diego Vargas Gaete. Emecé, Santiago, 2016. 199 páginas.

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El rincón de los niños

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 20 de septiembre de 2008

el rincónHay que resaltar, como uno de los hechos destacados del año literario, la reedición de El rincón de los niños, novela publicada originalmente por Nascimento en 1980, momento en que recibió apenas el juicio desfavorable de la crítica y la indiferencia de los lectores, salvo, claro está, dos o tres opiniones entusiastas; una de ellas, el texto que Adriana Valdés escribió para la primera edición, figura aquí como apéndice, más el prólogo de Carlos Labbé.

Cristián Huneeus (1937-1985), su autor, fue uno de los miembros más activos de la generación del cincuenta, cuya obra de ficción relativamente corta, más ensayos y escritos biográficos, se redescubre, se valora y se lee, finalmente, como lo mereció desde su origen. Además de escritor, Huneeus fue “estudiante de arquitectura y literatura, narrador, conductor radial, agricultor, profesor universitario”, tal como lo sintetizaron los editores de sus artículos de prensa, y, consistentemente con aquella diversidad de intereses, Roberto Merino sostiene que esta novela pone en escena “el lenguaje de las sucesivas tribus a las que un individuo puede pertenecer parcialmente en su vida: la tribu barrial, la de la clase social, la literaria, la académica, la de la abandonada juventud e incluso la psicoanalítica”.

Escritura estructurada sobre el fragmento, la yuxtaposición de distintos relatos y un cierto caos que llama la atención sobre el mismo proceso de dar forma a la novela, ciertamente se trata de un libro llamativo, rupturista, que, sin embargo, ya lejos de la clausura cultural y política de su fecha de edición original, se lee con relativa facilidad y creciente asombro. Asombro, porque esta especie de crónica tribal, para insistir en la expresión de Merino, tiene un grado de libertad y de soltura que es raro encontrar en narrativa chilena de aquella época y también en la más reciente, donde los afanes de innovación se reducen, con frecuencia, al mero quiebre de la sintaxis y a la acumulación de nombres de escritores. Sobre distintas capas de significado, que comienzan por el nombre del protagonista, Gaspar Ruiz, Huneeus da vuelta a su época y la subvierte, a ratos de manera sutil, a ratos con una franqueza casi brutal. “Gaspar Ruiz” ya es toda una referencia: un cuento –o novela corta- de Joseph Conrad tiene ese título y alude a un campesino y soldado chileno que padeció miles de vicisitudes en la guerra por la independencia. Este Gaspar, el de Huneeus, vive en su tiempo y escribe copiosamente textos que llegan a las manos del narrador que los transcribe y comenta, además de introducir fragmentos de diversos orígenes. Tras ese ejercicio se esconde una convicción radical, la pregunta acerca de si “algo tan impreciso y vulnerable a la interpretación como es una vida humana puede postularse como ‘real”‘: y ahí está el juego de una novela provocadora, irreverente y estimulante.

Sangría, Santiago, 2008. 307 páginas.

Urondo comprometido

Reseña publicada en el suplemento «Babelia» del diario El País, 7 de enero de 2012

La reciente aparición en España y Argentina de los cuentos reunidos de Francisco Urondo, así como de su novela Los pasos previos (primera edición en España, segunda de Adriana Hidalgo en Argentina) ha relanzado a un escritor más recordado, hasta ahora, por su poesía y por su biografía: murió joven, a los 46 años, como militante de la guerrilla de su patria, los Montoneros, en un enfrentamiento con la policía en Mendoza. Corría 1976, cuando se iniciaba la cruenta dictadura de Videla y compañía, pero la Argentina llevaba años azotada por la violencia y la confrontación entre miradas totalizadoras.

tapa la imposible amistad FINAL ok copy.aiLeer a Urondo hace apenas dos o tres años habría sido apenas un incurable ejercicio de nostalgia por un mundo romántico donde campeaban los ideales y los intelectuales se comprometían con la revolución. Hoy, en cambio, en la estela de los movimientos sociales que se iniciaron en el norte de África y nadie sabe dónde ni cuándo terminarán, la lectura de Urondo permite replantearse los viejos temas de la literatura y el compromiso político desde una perspectiva histórica, pero también cercana y viva en la memoria.

Urondo publicó dos colecciones de relatos. Todo eso (1966) consta de tres cuentos largos, casi nouvelles; Al tacto (1967), de 15 relatos breves. Esta edición incluye ambos, más un extenso estudio introductorio de Susana Cella. Los cuentos funcionan muy bien como el preámbulo de la única novela que escribió, bastante más extensa y abarcadora. Se trata de historias de amor, cuadros de costumbres, pequeñas biografías que a veces quedan truncas o que se alargan demasiado; los cuentos no innovan en el género y muchos no cierran bien, pero el conjunto es muy interesante y sugerente por el rescate de la sociabilidad argentina en Buenos Aires, pero sobre todo en la provincia, en los agitados años sesenta; y también como hitos que muestran el creciente compromiso político de Urondo y su giro hacia posturas más radicales.

Urondo pasos previosEra un escritor intenso y apasionado, a veces poco cuidadoso con la sintaxis -que sus editores tampoco se esforzaron por corregir-, pero también tocado por una vena de lirismo que aliviana no sólo los riscos de la prosa, sino también el peso -la posible losa- del compromiso político que con tanta fuerza emerge en Los pasos previos, publicada originalmente en 1974. Transcurre en los últimos años de los sesenta, más o menos entre la muerte de Che Guevara en Bolivia y el Cordobazo de mayo de 1969. Ángel Rama, en el prólogo (escrito en 1977), dice, con razón, que “es simplemente la historia -fiel, sumisa, real, cotidiana- de la incorporación del equipo intelectual latinoamericano a la lucha revolucionaria de la década anterior”. Múltiples protagonistas, la mayor parte de ellos intelectuales de izquierda, y muchos escenarios dentro y fuera de Argentina (La Habana, Praga, París, Argelia, entre otros) desarrollan una trama que si a ratos se desboca y se pierde en meandros cotidianos irrelevantes, en general mantiene el pulso y el ritmo. Cada capítulo está antecedido por materiales históricos o periodísticos de la época que documentan el desarrollo del sindicalismo argentino, cuyo plúmbeo estilo llama a superar cuanto antes el obstáculo. En realidad, molestan e interrumpen el fluir de una narración que documenta mucho mejor, desde la conciencia de los personajes, el contradictorio y estremecido devenir político argentino de aquellos años. Urondo podrá caer, con irritante frecuencia, en la retórica circular propia de la guerra fría (“la única manera en que se podía realmente aportar al proceso revolucionario era haciendo la revolución”); podrá intentar establecer analogías bastante explícitas entre la buena nueva evangélica y la buena nueva revolucionaria a través de cuatro personajes, dos de los cuales desempeñan papeles protagónicos, que se llaman Mateo, Marcos, Lucas y Juan (además, tienen un cercano amigo que se llama Pablo); podrá derrochar ingenuidad, idealismo, voluntarismo; pero en su novela late con fuerza impresionante el espíritu de una época contradictoria y convulsionada, con una fe ciega en ideologías abarcadoras y esa sensación incomparable de estar contribuyendo a escribir la historia. Pero el tono es, finalmente, desesperanzado. Hay una tristeza y una sensación de impotencia que se cuelan por detrás de las ínfulas guerrilleras y las perspectivas totalizadoras. Quizá el poeta que hay en Urondo le daba una cierta visión del futuro que no logró hacer explícita sino, precisamente, en el tono, en la vibración de la melancolía que traspasa las páginas de Los pasos previos.

Tiene razón Rama cuando afirma que, desde la perspectiva de la derrota, esta novela puede leerse “como el diagrama de una gran equivocación, como el pecado hijo del irrealismo cuando no del idealismo”; pero como él mismo indica, esa lectura está implícita en la novela, aunque menos en las discusiones ideológicas, como sostiene, y más en su melancolía, en su intuición de la muerte, en la angustia de los desencuentros y las despedidas prematuras. Pero, para citar de nuevo a Rama, era una batalla, no la guerra.

Los pasos previos / Todos los cuentos. Francisco Urondo.

Introducción de Susana Cella. Adriana Hidalgo. Madrid, 2011. 392 / 255 páginas.

La resta

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 10 de octubre de 2015

La_restajpgEs sorprendente que el relevo más filoso y mordiente para las novelas dedicadas a la dictadura por escritores como Bolaño, Marín, Cerda y Varas venga de una escritora muy joven, de 32 años. Llama la atención por la madurez de la escritura y el modo en que desacomoda todas las versiones oficiales: nada fue plácido, el heroísmo tuvo su costo en sufrimientos propios y ajenos, las huellas del castigo, de los silencios y de las versiones oficiales siguen ahondando una herida que está lejos de cerrar. Pero lo que más deslumbra de La resta es el oído, si se puede expresar así, o la musicalidad de una prosa que nunca decae en un ritmo único, que vuelve una y otra vez sobre el peso de las palabras: “Y yo, una vez más, dejé de oír, intentando escapar del peso de esas frases, convencida, como cuando niña, de que cada persona no vivía una cantidad de años sino un número predestinado de palabras que podía escuchar a lo largo de la vida (y había palabras leves como planeador o libélula y otras pesadas como gruta, queloide y rajadura). Las de mi madre valían por ciento, por miles, y me mataban más rápido que ninguna”.

Los protagonistas son hijos de exiliados y resistentes a la dictadura, con vidas quebradas, truncadas o desviadas por la potencia aniquiladora del fin de un proyecto; y la novela se construye en un doble registro: el que se abre con los recuerdos infantiles del triunfo del No -con una voz narrativa que tiene las enormes virtudes de no impostar el tono y de no caer en la autoindulgencia- y un presente en un Santiago cubierto de cenizas y una muerta repatriada cuyo ataúd fue a dar a Mendoza. En la novela hay dos voces alternas, las de Iquiela y la de Felipe; y ellos, junto a Paloma, la hija de la muerta, deben ir en busca del cuerpo perdido en otro aeropuerto. Si la voz de Iquiela intenta ordenar el relato y resistir, siempre, el peso de las palabras -que por eso reinventa en juegos y audaces metáforas, así como descubre las grietas del castellano de Paloma, cuyo “chileno” se pierde cuando habla con franqueza alemana-, la de Felipe es más enloquecida y libre, con la obsesión de los números y los muertos, como si contar y reducir todo a cifras pudiera borrar, también, la textura del mundo. La primera parte de la novela es, casi, un largo prólogo; la segunda, la búsqueda de algo más que un ataúd, la de una cifra que haga encajar las piezas, que permita deshacerse de “costras, penas, lutos; pagando con sílabas esa deuda incalculable”.

Alia Trabucco Zerán. Tajamar Editores, Santiago, 2015. 220 páginas.

Space Invaders

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 16 de noviembre de 2013

Space InvadersEsta novela corta de Nona Fernández, escritora y guionista de televisión, pone en clave de ficción la misma historia que narró, en clave autobiográfica, en Volver a los 17, reunión de testimonios de escritores y periodistas nacidos entre 1969 y 1979 sobre su infancia y adolescencia en tiempos de dictadura. Hay mayor elaboración, desde luego, y trabajo de la ficción, especialmente en el modo de revivir la época y en la variedad de voces y materiales convocados para enriquecer la historia y el punto de vista. Pero el personaje sobre el que se articula la trama es el mismo: González, Estrella González, hija de don González –quien luego resulta ser Guillermo González Betancourt, el oficial de Cara¬bineros que orquestó y ejecutó el secuestro y degüello de los dirigentes comunistas José Manuel Parada, Manuel Guerrero y Santiago Nattino–, cuyo destino fue trágico por razones muy distintas a la política. La novela se estructura en etapas –llamadas “Vidas”–, y en cada una de ellas los recuerdos se hilan tanto desde la memoria que es siempre frágil –“El tiempo no es claro, todo lo confunde, revuelve los muertos, los transforma en uno, los vuelve a separar, avanza hacia atrás (…) y nos entrampa en funerales y marchas y detenciones, sin darnos ninguna certeza de continuidad o escape”–, como desde un tejido onírico que se compone de cartas, de manos fantasmales, de marcianitos verdes que salen del juego clásico de los 80 (que da título a la novela) para tocar con sus eléctricos dedos el lado de acá de los sueños. Através de estas dos vertientes emerge un relato coral a cargo de los ex compañeros de Estrella, identificados, como es costumbre en los liceos y escuelas públicas, por el apellido –Maldonado, Zúñiga, Bustamante, Fuenzalida–, que parece traducir, más allá de los hechos que se convierten en titulares, la profunda sensación de desamparo y peligro que la época imponía a tantos chilenos. Fernández trabaja sin estridencias ni excesos retóricos, y por algo buena parte de la materia prima de la novela está tomada de los sueños; en una pesadilla de Zúñiga, quien desempeñaba siempre el papel de Arturo Prat en las celebraciones del Combate Naval de Iquique, recuerda la Guerra del Pacífico y piensa que quizá esos soldados eran también “un ejército de adolescentes, punta de lanza barata con apellidos de mierda, provenientes de un liceo de mierda”, línea que hila mucho más profundamente la historia del país y el destino de los jóvenes.

Nona Fernández. Alquimia Ediciones, Santiago, 2013. 88 páginas.

Ciencias morales

Reseña publicada el 26 de mayo de 2009, en mi anterior blog

Ciencias moralesUna novela como las que me gustaría leer en Chile sobre la época de la dictadura: personajes anodinos y miserias cotidianas contra el telón de fondo que moldea conductas, sospechas y relaciones; y un abuso, un sólo abuso, que no por aislado es menos terrible y que sólo es posible en virtud de ese panorama general que apenas se sugiere. Los pequeños delatores, los guardianes del deber ser, los que reciben un poder vicario pero no menos opresivo, los que encarnan esa perversa manera de ejercer la corrección en nombre de abstracciones inhumanas, los que, en realidad, hacen posible que las dictaduras se sostengan más allá del mero ejercicio del poder de las armas: el señor Biasutto.

Y, del otro lado, las víctimas, con la ingenuidad de la juventud y la credulidad que emana de la ignorancia, atrapadas en una madeja de tensiones soterradas, que aceptan como normal un orden de cosas profundamente trastocado y que, cuando se revela en su real dimensión y las hace sentir la violencia en carne propia, no pueden responder más que con el pavor mudo, el silencio estremecido, el terror paralizante y, lo que es peor, con un punto de complicidad: la señorita María Teresa, a quien en casa llaman Marité.

La historia es simple y está muy bien contada, con un estilo frío y preciso y tanto más eficaz por ello. Transcurre casi por completo en el Colegio Nacional de Buenos Aires, la institución más antigua y prestigiada de la Nación, en 1982, cuando estalla la guerra de Las Malvinas y la dictadura argentina se encamina hacia su abrupto final. Pero ese es el telón de fondo. Sobre ese tapiz, Kohan logra construir una novela minuciosa, a ratos asfixiante y de una rara sabiduría para dosificar los efectos y hacer crecer, en el lector, la opresiva sensación de déja vù que puede asediar a cualquier latinoamericano que vivió en esos años. Pero no sólo a ellos, en realidad: a cualquiera que haya sufrido la presencia ominosa de los dueños de la verdad, que nunca faltan en cualquier época o régimen político.

Anagrama, Barcelona, 2007. 219 páginas.

Formas de volver a casa, Alejandro Zambra

Reseña publicada en la revista “El Sábado” del diario El Mercurio, 4 de junio de 2011

Hay diversas maneras de hablar de esta novela. La más obvia es decir que se trata de un libro intensamente literario, que se estructura sobre la base de dos relatos aparentemente paralelos pero que se superponen en más de un sentido; de un lado, está la historia de Claudia, en los capítulos 1 y 3; del otro, la historia del narrador –un escritor que podría ser Alejandro Zambra-, en los capítulos 2 y 4, que muestra cómo la escritura de la novela influye en su biografía y en su relación de pareja. Ambas confluyen, en el nivel más amplio, en el tema de la memoria, en cómo se constituyen los recuerdos y en cómo las diversas lecturas de los mismos hechos terminan por constituirse en un relato tan insustituible como variable. Al fin y al cabo, la biografía –la propia, la del otro, la del personaje creado- es mudable, un puro objeto de lectura que se recorta más sobre los recuerdos –reales, inventados, intervenidos por el tiempo- que sobre los hechos; y esta novela es un trabajo ejemplar en este sentido, puesto que ambas historias son diversas posibilidades de la misma biografía.

Pero los porfiados hechos, no se entienda mal, existen, están ahí, son el soporte de toda historia. Y por ahí se articula otra manera de hablar de Formas de volver a casa, como una novela que habla sobre cómo una cadena de hechos –la dictadura, sus prácticas represivas y el clima de silencios, omisiones y secretos- influyó en la generación que comenzó su educación formal en esos años. Los niños que espían a los adultos y no entienden ni las más amables formas de la mentira, aunque los sancionan a ellos si caen en la misma falta. Los niños que aprenden, unos más pronto que otros, a procesar las diversas formas de la culpa, de la sospecha y del miedo; y de cómo esas marcas biográficas influyen en sus decisiones de adultos.

Adultos y niños. Ahí está el tercer vértice de esta novela o la tercera posibilidad de lectura: es una novela sobre padres e hijos y sobre esos tránsitos -que a veces duelen mucho- de la infancia a la adolescencia y a la adultez, que cambia las miradas y suele endurecer los juicios sobre la anterior. Una novela sobre el regreso a la memoria, al recuerdo, a la pieza de la infancia, pero ya desde una distancia irrecuperable, la distancia de la mirada adulta.

Alejandro Zambra. Anagrama, Barcelona, 2011. 165 páginas.