El escritorio de Walter Benjamin


Este 27 de septiembre se cumplen 71 años desde que Walter Benjamin se suicidara en Port Bou, Cataluña, cuando su fuga de los nazis se vio interrumpida. Ante la amenaza de ser devuelto a Francia, optó por quitarse la vida (recientemente han surgido versiones que achacan su muerte tanto a los fascistas como a los estalinistas; sin embargo, tanto su largo historial de depresión y coqueteo con la idea del suicidio como la última nota que escribió en Port Bou les quitan verosimilitud).

Benjamin tenía, en ese entonces, 48 años y una vasta obra en su mayor parte inconclusa, en calidad de esbozo o proyecto, detrás. Publicó poco en vida, pero sus obras completas ocupan miles de páginas. Sólo el proyecto al que le dedicó mayor tiempo (y que, paradojalmente, quedó más inacabado), El libro de los pasajes, tiene más de mil páginas en la edición de Akal y ocupará dos volúmenes de la elegante edición de las obras completas que está llevando a cabo Abada. Algunos de sus textos han vuelto a leerse con una fruición que parece difícil de explicar: ¿qué tanto tiene que decir hoy un filósofo de la primera mitad del siglo XX que trató de situar en el mismo horizonte discursivo el marxismo y la cábala? ¿Alguien que tuvo intuiciones geniales que quedaron en calidad de esbozo sobre el orden urbano vigente en aquella época y que tanto ha cambiado hoy? ¿Un escritor que desperdigó cuentos, recuerdos, memorias, en libritos que hoy no es posible ubicar en librerías o que, incorporados a las obras completas, valen oro? ¿Un osado que investigó en el uso de drogas blandas y duras, que escribió protocolos sobre su ingesta y que usó la morfina –que tenía en abundancia para su uso personal- para suicidarse? Sea como sea, Benjamin es un ícono cultural que se resiste a desaparecer y que, al contrario, emerge citado en textos de muy distinta procedencia. La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica, Tesis sobre filosofía de la historia, Para una crítica de la violencia, son sus trabajos más conocidos y citados desde un arco ideológico de extraordinaria amplitud. Pero, ojo, con toda razón George Steiner, en el ensayo sobre Benjamin que incluyó en Los logócratas, habla de «la inmensidad de la industria benjaminiana, del Journal, de la voracidad universitaria en torno a su obra».

Pero esa obra resiste incólume la avalancha de interpretaciones, porque no se agota en ellas y sigue hablando el lenguaje de este tiempo. Para César Rendueles y Ana Useros, responsables de una interesante «Propuesta de lectura» de Benjamin, este filósofo «se ha convertido en el intérprete privilegiado de las transformaciones más características de nuestra contemporaneidad: la mercantilización generalizada, las nuevas formas cognoscitivas, la crisis de la experiencia histórica tradicional o las propuestas estéticas en un contexto tecnológico avanzado».

¿De dónde viene esta propuesta de lectura? El año pasado, en el Círculo de Bellas Artes madrileño se montó la exposición Walter Benjamin. Constelaciones, un intento por dilucidar por qué, hasta dónde y de qué manera está presente en el diálogo cultural contemporáneo este intelectual alemán que se resiste a todo encasillamiento (Hannah Arendt caracterizó su singularidad mejor que nadie; al final va una larga cita). La exposición fue acompañada por la edición de dos libros: uno, dedicado a la muestra y llamado del mismo modo; el otro es Archivos de Walter Benjamin. Fotografías, textos y dibujos.

Atlas Walter Benjamin / Constelaciones

El libro contiene tres objetos. Un dvd con el documental Constelaciones, trabajo audiovisual que sigue el método de trabajo de Benjamin: el pastiche, el diálogo de las citas, el montaje de retazos y trozos de muy distinta procedencia. La “propuesta de lectura” a que aludía más arriba, a cargo de los mismos responsables del documental (incluye también los textos citados más bibliografía y origen de los materiales usados), que sigue, más o menos, el programa planteado en la cita anterior, en seis capítulos que denotan un muy buen manejo de las ideas de Benjamin y una buena cuota de audacia y creatividad en la búsqueda de dar cuenta cabal de su complejidad. Y un cdrom con el Atlas Walter Benjamin, “una herramienta informática que permite navegar por una colección de textos unidos por hipervínculos”, interesantísima propuesta que carga un hipertexto que ya multiplica las relaciones y los posibles significados.

Hay que destacar que Círculo de Bellas Artes permite el libre acceso a todos esos materiales. Quien quiera tener el libro, puede hacerlo; quien quiera mirar el documental o navegar por el Atlas en la web, o descargar el pdf del libro, puede hacerlo en el sitio del Círculo (basta seguir los links previos). No es una práctica corriente en el ámbito editorial y tampoco en el Círculo. Sin conocer las razones que motivaron tan sana decisión, se puede especular y decir que tiene que ver también con la estrategia de producción de Benjamin y su magno trabajo de acopio de trabajo ajeno hasta otorgarle un sentido completamente distinto gracias a la yuxtaposición heteróclita de textos e imágenes que distingue al menos su gran proyecto, El libro de los pasajes. «Un libro que jamás fue escrito» según dice Susan Buck-Mors en su monumental trabajo Dialéctica de la mirada. Walter Benjamin y el proyecto de los pasajes, pero que, no obstante, existe para mover a la reflexión sobre la historia desde los materiales que la forman y no desde una interpretación académica que legitima el presente. El libre acceso rompe también, de alguna manera, el formato del libro y su circulación como mercancía: nada más apropiado para Walter Benjamin.

Editorial Círculo de Bellas Artes, Madrid, 2010. 99 páginas. Incluye un dvd y un cdrom. Disponible en la librería Prosa & Política.

Archivos de Walter Benjamin. Fotografías, textos y dibujos

El segundo libro editado por Círculo de Bellas Artes no está colgado en la web. Es que se trata de un objeto de distinta naturaleza, un objeto-libro que no incluye otro tipo de soportes y que define su carácter en la página impresa. Impresión de gran calidad, desde luego. El libro reproduce la edición alemana del Walter Benjamin Archiv que, a su vez, también se editó con motivo de una exposición que ofreció a la vista del público los 13 archivos incluidos acá. Benjamin, un fugitivo errabundo a partir de 1932, repartió desde temprano los materiales acumulados en las manos de buenos amigos; cada archivo incluye fotografías, sobres, textos, dibujos, todo, cuando corresponde, traducido al español. Y aunque se sabe a ciencia cierta que muchas cosas –textos y cartas, sobre todo- se perdieron, y se presume que las pérdidas pueden ser aún mayores, es sorprendente la cantidad y calidad de materiales que pudieron ser rescatados años después –en ocasiones, muchos- de la muerte de Benjamin. En 1955, 15 años después de su muerte, la porfía de sus amigos Gershom Scholem y Theodor Wiesengrund Adorno logró la edición de sus principales trabajos en dos volúmenes; ahí nació la leyenda Benjamin, que no ha cesado de rodar y que, según el primero, dio origen a que se escribieran “muchos disparates y mezquindades”, además, claro, de textos que . Ese trabajo de recuperación continuó por décadas y aparecieron los archivos que este libro muestra y analiza; cada archivo, a su vez, cuenta con una sustanciosa introducción, escritas por Ermudt Wizisla, Michael Schwarz, Ursula Marx o Gudrun Schwarz.

El trabajo es impresionante, porque permite ingresar al taller de Benjamin, a su metodología de trabajo -a su escritorio mental, por así decirlo- y apreciar tanto su extraordinaria curiosidad como el modo en que iba construyendo relaciones y vínculos entre objetos e ideas de muy distinto orden. El recorrido tiene un gran valor biográfico, puesto que permite internarse desde el modo en que Benjamin usaba la lengua en la escritura hasta su interés por figuras religiosas como la sibila o las vírgenes, por las postales de viaje, por los juguetes infantiles o por espacios urbanos como los pasajes de París, de los que recopiló muchas fotografías (y que son, claro, el punto de partida del ya citado Libro de los pasajes). En buenas cuentas, el taller, el lugar de trabajo, el paisaje íntimo en donde Benjamin acumulaba, pensaba y escribía, con la ventaja adicional de que el libro supera la valla de la especialización erudita y se dirige al lector culto en general. Es una gran cosa.

Archivos de Walter Benjamin. Fotografías, textos y dibujos. Editorial Círculo de Bellas Artes, Madrid, 2010. 256 páginas. Disponible en la librería Prosa & Política.

Texto escogido: Hannah Arendt sobre Walter Benjamin

«La fama póstuma parece ser, por tanto, la suerte de los inclasificables, es decir, aquellos cuyos trabajos no encajan dentro del orden existente ni introducen un nuevo género que lleve a una futura clasificación. Los innumerables intentos de escribir «al estilo Kafka», todos ellos rotundos fracasos, sólo sirvieron para enfatizar el carácter único de Kafka, la absoluta originalidad que no puede hallarse en ningún predecesor y no tiene seguidor.

Esto es lo que la sociedad no logra aceptar y a lo que siempre se verá reticente de otorgar su sello de aprobación. Para decirlo de otro modo, en la actualidad sería tan engañoso recomendar a Walter Benjamin como crítico literario y ensayista como habría sido recomendar a Kafka en 1924 como novelista y escritor de cuentos. Para describir su trabajo en forma adecuada y a él como autor dentro de nuestro usual marco de referencia, tendría que hacer varias declaraciones negativas, tales como: su erudición fue grande, pero no era un erudito; sus temas comprendían textos y su interpretación, pero no era un filólogo; no lo atraía mucho la religión pero sí la teología y el tipo de interpretación teológica para la que el texto en sí es sagrado, pero no era teólogo y no sentía un interés particular por la Biblia; era un escritor nato, pero su mayor ambición fue producir una obra que consistiera sólo en citas; fue el primer alemán que tradujo a Proust (junto con Franz Hessel) y St.-John Perse, y antes de eso había traducido los Tableaux parisiens de Baudelaire, pero no era traductor; revisó varios libros y escribió una serie de ensayos sobre escritores vivos y muertos, pero no era crítico literario; escribió un libro sobre el barroco alemán y dejó un estudio sin terminar sobre el siglo XIX francés, pero no era historiador, ni de la literatura ni de otros aspectos; trataré de demostrar que pensaba en forma poética, pero no era ni poeta ni filósofo».

Del ensayo “Walter Benjamin 1892-1940”, incluido en Hombres en tiempos de oscuridad, Gedisa, Barcelona, 2001. La cita está en las páginas 163 y 164 de esa edición.

Publicado antes en El Post.

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La biblioteca ideal versus la biblioteca posible

Columna publicada originalmente en El Post, 20 de julio de 2011

Si por un azar abrupto me convirtiera en un hombre rico –con esa riqueza material que parece ilimitada respecto de los patrones habituales de consumo de una persona común y corriente-, convertiría mi biblioteca en un proyecto. Con seguridad, compraría menos libros y me desharía de muchos de los que tengo. Importaría menos la cantidad que el perfil de las estanterías. Probablemente apostaría por la narrativa latinoamericana. Viajaría para ratonear en librerías de usados y mercados callejeros en busca de títulos desaparecidos. La mantendría al día con catálogos contemporáneos. En fin, le dedicaría tiempo y trabajo, porque, a fin de cuentas, si efectivamente fuera un hombre rico, tendría que rellenar los días de una manera creativa e imponer un cierto orden al ejercicio de la lectura y la escritura; en ese sentido, la definición de la biblioteca sería, también, la definición de un horizonte de trabajo.

Pero, en la realidad, cada buen lector, cada persona para quien el libro es una necesaria compañía, construye la biblioteca posible, la que está al alcance del bolsillo y de las oportunidades, que se arma en viajes, en saldos, en librerías de viejo, en liquidaciones, a punta de encargos y del simple azar que te conduce hacia un libro u otro. Entras, por ejemplo, a la bodega de un distribuidor santiaguino, a un  espacio trasero donde van a dar los libros que no se han vendido en seis o más años. Los libros que nadie quiso, lo que acumularon polvo en las librerías e iniciaron el largo camino de regreso hacia aquella bodega o que, peor aún, nunca salieron de ella porque nadie los solicitó. Allí puede haber –de hecho, hay- tesoros, libros que tú habías buscado en vano, títulos que alguna vez perdiste, pero también hay muchos otros que te llevas guiado tanto por la genuina curiosidad como porque están ahí, arrumbados y a precio vil, al diez o al cinco por ciento del valor que tendrían si en lugar de esa bodega estuvieran en la vitrina de una librería de la plaza. ¿Cómo resistirlo? Son el material de la biblioteca posible, y hay que obedecer a las incitaciones del azar. O vas a Buenos Aires y en alguna librería de Corrientes liquidan títulos de una editorial normalmente muy cara y que alguna vez quisiste tener, pero luego te interesaste en otros temas y autores, pero ahí están, a unos cinco dólares, una ganga: te llevas un montón. O das con un autor que te interesa. Buscas sus libros. Y libros sobre aquel autor. Y así das con otros, y sigues la rama del árbol, y de repente estás comprando y leyendo a gente que no sabías que existía. Y le das gracias al azar.

Esa es la biblioteca posible, que siempre tendrá muchos libros que están por si acaso o porque sí, porque los encontraste baratos, porque alguna vez te interesaron, porque quieres tener completa una colección de ensayos de muy buen gusto, porque estaban entre los saldos, porque hubo un ofertón, porque alguna vez quisiste saberlo todo sobre los ríos africanos o sobre la inquisición en Chile o sobre el nacimiento de las universidades en la vieja Europa, esas bibliotecas dentro de bibliotecas que proliferan también según las posibilidades y según la variación de tus ingresos.

Todo puede cambiar, es obvio, con los libros electrónicos, que no ocupan espacio y además están al alcance de un click. Cuando se cumpla la promesa de la infinita abundancia, estarás más cerca, entonces, de la posibilidad de la biblioteca ideal, de aquella que tú diseñas y labras como si se tratara de una escultura o mejor dicho de un bonsái, que crece de manera controlada y en la dirección que tú le das; y que, así mirada -una colección de ficheros alojada en un disco duro o en la nube-, tiene que ser muy atractiva para vencer la insipidez de la fórmula. Pero sabes que no será lo mismo. Que aquel conjunto de íconos podrá adaptarse a tu designio inicial, pero es tan distinto que te arropen y te abriguen los libros que el azar puso en tu camino y que forman tu biblioteca posible, que tiene, al fin y al cabo, una personalidad única, un carácter propio y distinto que no obedece tanto a un diseño preconcebido, sino a esa combinación de azar, necesidad y gusto que, vaya, tanto se parece a la vida.

El proyecto Hemon

Publicado previamente en El Post, 29 de junio de 2011

Cuando leí, hace algunos años ya, La cuestión de Bruno y El hombre de ninguna parte, de Aleksandar Hemon, me pareció que había encontrado al escritor del futuro, al hombre por el que había que apostar todas las fichas, y dije, varias veces, que era mi candidato al Premio Nobel de Literatura en unos 20 o 30 o 40 años más. Hemon nació en 1964, así que, si vive unos 80 años, lapso nada extraño en un país desarrollado (es bosnio, pero vive en Estados Unidos), tiene hasta 2044 para recibir el galardón.

El Nobel es, en todo caso, una lotería, y no vale la pena abundar en ello. Quería decir con eso que me parecía un escritor al que había que seguirle la pista, un escritor que hablaba por nuestro tiempo y lo interpretaba de manera cabal. Me parecía también admirable que escribiera en inglés, una lengua adoptada ya adulto, igual que Conrad y Nabokov. No podía dejar de recordar a Deleuze y Guattari y su definición de literatura menor, la que “una minoría hace dentro de una lengua mayor”. Hablan de Kafka, que escribe en alemán, pero el alemán de la minoría judía en Praga, donde se habla mayoritariamente checo; y apuntan, como otra característica de una literatura menor, que en ellas “todo es político”. En cambio, agregan, en las grandes literaturas, “el problema individual (familiar, conyugal, etcétera) tiende a unirse con otros problemas no menos individuales, dejando el medio social como una especie de ambiente o trasfondo. (…) La literatura menor es completamente diferente: su espacio reducido hace que cada problema individual se conecte de inmediato con la política”. Hemon, bosnio que escribe en inglés y que expresa la experiencia de su comunidad inmersa en la cultura estadounidense, manifiesta de manera clarísima la presión por politizar un discurso que se articula desde los bordes y desde ahí hace crujir tanto el lenguaje como la expresión de cuestiones como el desarraigo, el extrañamiento, el exilio, la extrañeza.

Todo ello era especialmente notorio en los cuentos de La cuestión de Bruno y en la novela El hombre de ninguna parte, escritas tanto desde la memoria como desde la experiencia, desde el recuerdo de Sarajevo y desde la vivencia del desarraigo. El proyecto Lázaro profundiza y enriquece esa vertiente, puesto que pone en línea otras experiencias de migración y rechazo, de búsqueda de nuevos horizontes y de racismo, de fuga de la violencia homicida y encuentro con otro tipo de presión sobre las personas, una violencia más solapada pero no por ello menos atroz.

En mi reseña de El hombre de ninguna parte propuse algunas similitudes entre la obra de Hemon y la de Bolaño: el tratamiento del desarraigo y el hábito de desarrollar historias que ya aparecían en algún libro anterior. Agrego ahora otra: así como Bolaño se situaba como personaje a través de su alter ego Arturo Belano, Hemon repite, bajo distintos nombres y profesiones, a un mismo personaje que, como él, es un exiliado bosnio en Estados Unidos. Antes, en los dos libros anteriores, se llamaba Josef Pronek; en El proyecto Lázaro, Vladimir Brick, que tiene a su Ulises Lima en el personaje del fotógrafo Rora. Y una más: como Bolaño, Hemon adopta una estructura distinta y a la medida de cada proyecto literario. Así, por más que exista una poderosa continuidad temática en su obra, cada proyecto tiene una identidad fuerte y distinta. No se sabe hasta dónde Hemon prolongará esta suerte de sistema planetario de novelas con órbitas concéntricas en torno al desarraigo. Mientras tanto, esta nueva novela arroja inesperadas luces sobre dos momentos de la historia, sin dejar de gravitar en torno a Sarajevo y la desaforada violencia de las guerras civiles en la península de Los Balcanes. Y es que Brick se pone como tarea investigar el asesinato de un joven judío, Lázaro Avervuch, en Chicago en la primera década del siglo pasado, cuando sucesivas olas de inmigrantes fluían desde Europa Oriental en una fuga desesperada de los pogromos que devastaban los barrios judíos en la madre Rusia. La novela fluye entonces en una doble vía, en capítulos que se sitúan en uno u otro tiempo, hasta que progresivamente la historia de Lázaro se entromete en la de Brick y Rora, que han partido a Ucrania y Moldavia en busca de las raíces de la historia del joven judío y de su hermana Olga (quien quizá es la gran heroína de la novela); y aún se podría hablar de una tercera, compuesta por las historias de Sarajevo que Rora le cuenta a Brick durante su viaje. Hay dos periodistas de apellido Miller en la novela. Uno está al servicio del poder en Chicago y deforma hasta extremos increíbles la historia de Lázaro y de Olga; el otro es corresponsal de guerra en Sarajevo. No sabemos qué escribe, pero sí del modo en que se relaciona con el poder; él es el poder.

Mucho más que en sus anteriores obras, Hemon pulsa las teclas del grotesco, del ridículo, del humor sangriento. Sus descripciones de las ciudades ucranianas y moldavas logran desalentar a cualquier proyecto de turista, al tiempo que revelan, como otros autores de la zona, el feroz contraste entre sectores rurales y urbanos pobres atrasados y la invasión que Occidente lleva a cabo a través de productos comerciales y de la industria del entretenimiento. Es una novela que amplía, sin duda, su reflexión –literaria- sobre los efectos de la guerra civil y del desarraigo, pero desde una clave más universal y también más desesperanzada, que revela, sobre todo, las dificultades que implica cerrar el círculo; o, más bien, el problema de no cerrarlo, de dejar abiertas las interrogantes, de regresar, una vez más, al punto de partida, pero en la caída de la espiral y no del encuentro con la propia historia.

La cuestión de Bruno. Anagrama, Barcelona, 2001. 245 páginas.
El hombre de ninguna parte
. Anagrama, Barcelona, 2004. 257 páginas.
El proyecto Lázaro
, Duomo, Barcelona, 2009. 362 páginas.

Marte en Aries

Artículo publicado originalmente en El Post, 6 de junio de 2011

En astrología, «Marte en Aries» indica una persona enérgica, directa, impulsiva, pero también un guerrero en el campo de batalla. Lo más probable es que el escritor austríaco Alexander Lernet-Holenia (1897-1976), que participó en las dos guerras mundiales y que vivió los 21 años que mediaron entre una y otra como «un interludio», haya escogido el título de la novela que quiso publicar en 1941 con ese significado, hombres en guerra, guerreros en el campo de batalla. Sin embargo, es curioso comprobar que otra atribución de significado astrológico a «Marte en Aries» describa tan bien el ánimo, el temple, la disposición de la Alemania nazi:

«Fuerte combatividad, voluntad de afirmación, sin tener en cuenta a los demás. Inconstancia en la acción. Estados depresivos que generan agresividad. Dificultad en las relaciones con los demás. Fe en sí mismo, audacia. Falta de diplomacia, impaciencia, impulsividad. Rudeza, reacciones instintivas. Energía intelectual, sensualidad intensa. Independencia. Disarmónico: Excesiva irritabilidad. Frases y gestos violentos que suscitan hostilidad. Frustraciones, acciones irracionales con graves consecuencias. Falta absoluta de diplomacia».

Clima anímico en que se inscribe Marte en Aries, novela que sin duda recoge al menos la cronología biográfica del autor; tanto él como el protagonista, el teniente Wallmoden, se enrolaron como voluntarios en 1915 para combatir en la Primera Guerra Mundial; ambos regresaron a su regimiento en 1939, a cumplir con la obligación de dirigir, cada cierto tiempo, ejercicios bélicos; y ambos fueron atrapados por el torbellino bélico que los llevó a participar en la campaña de Polonia, en septiembre de aquel año.

De ahí la extraordinaria viveza de las escenas bélicas, al ritmo de ese avance veloz desde Eslovaquia hasta los valles y las colinas de Polonia, a la sombra de los Montes Tatras, en un paisaje fantasmagórico dominado por el polvo: «Se alzaba en gigantescas nubes, se levantaba como torres, se fraguaba como una tempestad. Todo el país yacía bajo los velos en los que se disolvía y de los que iba cayendo una especie de llovizna. No se podía comer nada sin que crujiera entre los dientes, no se podía tocar nada sin introducir la mano en el polvo, era como si se tratase de advertir a los hombres que ellos mismos eran solo polvo, nada más que polvo». Pero Lernet-Holenia está muy lejos de participar con exaltación en el espíritu bélico. Al contrario, el panorama de desolación y muerte que pinta en las páginas de esta novela, así como la viva resistencia de las tropas polacas que muestra, fueron algunas de las razones para que Goebbels vetara la publicación de Marte en Aries en 1941 (y probablemente también la total ausencia de alusiones a la ideología nazi; la guerra, acá, es más un hecho ineluctable que una empresa gloriosa, un acto del destino antes que un designio de la voluntad).

Pero lo más destacable de esta novela, con todo, no es eso. Es decir, solo esas páginas de caos, ruido incesante, torbellinos de polvo, multitudes en fuga y feroces escaramuzas justifican la lectura, páginas que se articulan desde una voz impersonal que, sin embargo, denota de inmediato el conocimiento de primera fuente tanto como un extraordinario desapego de la escena. El conde Wallmoden está ahí, pero también en otra parte: en sus sueños, en sus mareos –síntomas de un estado de exaltación, según el médico a quien consulta-, en su enamoramiento de una mujer misteriosa que lo evade tanto como lo invita, en sus conversaciones sobre fantasmas y sus reflexiones sobre mundos paralelos. Es que Lernet-Holenia es mucho, muchísimo más que un cronista bélico. Antes bien, la guerra parece una excusa para adentrarse en territorios misteriosos, allí donde se cruzan las fronteras entre la vida y la muerte, entre el mundo del sueño y el mundo de la vigilia, entre la imaginación y la realidad. Las sorprendentes continuidades que establece entre esas distintas esferas le da a Marte en Aries una textura realmente extraordinaria, una fisonomía peculiar que lo constituye, sin duda, en un autor cuya singularidad merece un más amplio conocimiento. Tal como ocurre en El barón Bagge, editada por Siruela por primera vez en la tristemente desaparecida colección de narrativa de terror y misterio «El ojo sin párpado», la actividad onírica tiene un papel destacado -aunque menos relevante en la trama-, pero hay más de una conexión entre aquella cabalgata frenética en busca del enemigo ausente y este otro deambular por el campo de batalla entre apariciones y desmayos que trasladan a Wallmoden a otro estado de conciencia o a otro plano de la realidad:

«Cuando nos quedamos sin conocimiento, no existe una pérdida de conciencia completa, sino que solamente nos trasladamos (como en la muerte) de un reino a otro, pero estos reinos carecen de embajadores, y solo muy de cuando en cuando –en contadísimas ocasiones- se desprenden partículas de los otros reinos y, como madera flotante procedente de algún continente lejano, varan en las costas de nuestras percepciones; o como pájaros que se han perdido, de tarde en tarde viene a parar entre nosotros el alma de algún fallecido o ángeles o dioses extraviados».

Hay que agregar, finalmente, que hay también una trama levemente policial o de espionaje, no se sabe bien, que otorga a ciertos diálogos y encuentros (muy importantes en la novela) un singular aire de extrañeza; y que la inolvidable visión de Wallmoden la noche previa a la invasión, miles de cangrejos que huyen del río que constituye la frontera y se arrastran por tierra en una cinta que «continuamente subía y bajaba un poquito, raspaba y crujía y hasta daba la sensación de soltar de vez en cuando un ligero sonido metálico», es tanto un adelanto de la debacle que se cierne sobre el teniente y sus hombres como la imagen que atrapa de manera perfecta los universos encontrados que Lernet-Holenia hace confluir -y chisporrotear en su contacto hasta la incandescencia- en esta novela.

Párrafo escogido

 «Antes, cuando los escuadrones se ponían en marcha, se oía el estruendo de innumerables cascos de caballos, como si el viento levantara montones de hojas marchitas o como si se precipitaran témpanos de hielo. Ahora zumbaban los motores. Antes, cuando uno estaba en las líneas o se avanzaba un poco a ellas, creía ver el paisaje cubierto de regimientos como de inamovibles figuras geométricas, en las que, como si fuesen constelaciones, se sabía con exactitud, en todo momento y en todas partes, en qué punto se hallaba cada uno, los abanderados, los cornetas, los oficiales, y cuyo hermético orden incluso hubiera mantenido erguido a un muerto; y ahora también se notaba la ensambladura de la comunidad, la más terrible de la que jamás hayan existido, y se percibía que uno no solo avanzaba rumbo al peligro con la gente, sino en la comunidad de la gente, de la que no había escapatoria. ¿Rumbo a qué peligro? No se sabía. Nunca se sabe».

Alexander Lernet-Holenia. Marte en Aries. Editorial Minúscula, Barcelona, 2011. 218 páginas.

El placer del descubrimiento

Reseña publicada originalmente en El Post, 17 de mayo de 2011

Bueno, no la descubrí yo, sino Impedimenta. Y antes que ellos, Mondadori, pero me parece que muy poca gente logró apreciar el talento de Penelope Fitzgerald hará un poco más de diez años, cuando sus novelas La flor azul (1998) y A la deriva (2000) circularon por las librerías; y ya ni siquiera aparecen en los catálogos de la editorial. Y antes, desde luego, la descubrió el editor inglés que decidió publicar sus libros (cuestión arriesgada, la dama llegó al mundo editorial cuando estaba a punto de cumplir 60 años), y luego los lectores ingleses. Estuvo a punto de ganar el Booker Prize en 1978 con La librería, la novela suya que acabo de leer y que me sedujo desde las primeras líneas, y lo obtuvo con la siguiente, A la deriva, sobre su vida en una casa fluvial sobre el Támesis. Publicó otros libros, ganó otros premios, murió en 2000 a los 83 años.

Y ahora me tocó a mí descubrirla. Bueno, no fue tan así tampoco, leí comentarios en twitter y un librero me la recomendó encarecidamente. No es extraño, obviamente La librería es un libro que puede tocar teclas especiales para quienes venden o editan o tienen que ver con los libros, pero no hay tanto librero o editor como para lograr lo que descubrí al mirar el colofón: entre marzo y octubre de 2010, llevaba seis ediciones. Es que el encanto de Penelope va mucho más allá de ello y pasa, en buena medida, por el modo fragmentario en que avanza y los muchos espacios que debe rellenar el lector. Una cierta aspereza, una clara distancia, marcan el tono de la novela, acorde con el paisaje de desolados pantanos en la costa del Mar del Norte del condado de Suffolk.

La protagonista es Florence Green, una mujer que derrocha coraje. Al menos así se lo dice un personaje importante del pueblo, desgraciadamente recluido en una soledad insobornable que sólo la quijotesca empresa de Florence –abrir una librería en la localidad- logra romper. Ella es una mujer menuda, que pasa ya de los cuarenta, solterona muy a la inglesa, «un poco insignificante vista desde delante y completamente insignificante por detrás», que cree que Hardborough es una buena plaza para la venta de libros, puesto que no hay nada semejante en muchos kilómetros a la redonda. Para tal fin, compra Old House, una histórica y venerable casona llena de corrientes de aire y humedad que además tiene su propio habitante, un poltergeist (en la época de la narración, 1959, se les llamaba rappers, «golpeadores»), con la ayuda de un crédito bancario. Pero antes incluso de que tome posesión de Old House e instale las estanterías de libros abajo y su domicilio en el segundo piso, su decisión despierta una sorda resistencia, que termina por convertirse en guerra cuando gente de la vecindad se agolpa en la puerta en busca de un ejemplar de Lolita.

La construcción de la novela es de una sutileza que abisma. Donde parecería imponerse la obviedad, Fitzgerald opta por la elipsis, la distancia, el corte; y aunque hay pocas tramas más fáciles de contar, se trata también de una de las más difíciles de reproducir en su ritmo quebrado y en la delicadeza con que asoman los distintos actores del drama. El final, por otra parte, es una maravilla de concisión: pocas líneas han dicho tanto y tan bien para rematar un desarrollo simplemente soberbio. Y pocas cosas dan tanto placer como decidir no ser parco en el elogio de una novela cautivante. Ahora espero que llegue pronto a Chile El inicio de la primavera, otra vez de la mano de Impedimenta, y que Random House atine y reedite las que publicó antes. O que ceda los derechos. También estoy dispuesto a aceptar los designios del azar y que estén arrumbadas en esos mesones de ofertas en las librerías de la porteña avenida Corrientes. Juro que la próxima vez que vaya a Buenos Aires voy a llevar “Penelope Fitzgerald” escrito en la frente, por ahí por el tercer ojo.

Penelope Fitzgerald. La librería. Impedimenta, Madrid, 2010. 185 páginas. En Chile, Hueders distribuye Impedimenta.

El amigo catete. Soma Morgenstern y Joseph Roth

Columna publicada originalmente en El Post, 21 de abril de 2011

Hay amistades literarias que permanecen en el tiempo y otras que se redescubren y arrojan nuevas luces sobre las respectivas obras. Una es la de Soma Morgenstern con Joseph Roth, aunque para muchos efectos es como su tía solterona. No fue un albacea como Brod con Kafka (aún contra su voluntad), pero sí el amigo fiel, que lo conoció cuando ambos eran aún estudiantes en Galitzia y que estuvo junto a él en París, cuando Roth, ya sin la compañía de mujeres como Manga Bell o Irmgard Keun, continuaba el circuito de alcohol y escritura que ocupaba sus días desde la mañana al anochecer. Morgenstern se hizo cargo de las maletas de Roth, aquellas en donde guardaba todos sus bienes (nunca tuvo casa; vivía en hoteles y trenes, bebía en cafés y restaurantes), pero sólo para pedir que las revisara el editor de Roth. Ambos eran proscritos; judíos galitzianos cuya patria, antes austríaca, era entonces polaca (luego soviética y ahora ucraniana), cuyos libros habían sido prohibidos en Alemania, país en donde también se habían agotado, por cierto, las colaboraciones periodísticas para ellos.

Pero si Roth, según escribió Carlos Barral en el prólogo de La leyenda del Santo Bebedor, bebía para alejar “esa molesta lente de lucidez que el alcohol tan oportunamente mitiga cuando conviene”, Morgenstern atestiguaba, con indignado moralismo, el deterioro de su amigo. Así describe él mismo su propósito al escribir Huida y fin de Joseph Roth: “mi intención era describir con exactitud, por medio de su ejemplo, cómo el alcohol destruye a un artista del valor de Joseph Roth física, moral, social y, por desgracia, también mentalmente”. Quizá Morgenstern, el pacato, tiene razón, y no Barral, que celebra “las funciones sacrales del alcohol” y detesta a quienes “ignoran la gloria de los paraísos artificiales, el aliento a la imaginación creativa, la mitigación de las timideces y la burbuja de cordialidad y solidaridad con las que el alcohol envuelve a los que lo aprecian”.

La polémica está servida desde hace demasiado tiempo como para perderse en ella: ¿qué habría escrito Roth sin la absenta verde –l’absinthe aux vert piliers del verso de Rimbaud– que lo acompañaba en mesas y terrazas donde escribía incansablemente cartas, artículos periodísticos, panfletos monárquicos, cuentos y novelas? Claro que si uno lee las cartas advierte lo mismo que Morgenstern, el deterioro, la decadencia, las peleas amargas con sus más queridos y respetados amigos (Stefan Zweig, por ejemplo), pero también la bibliografía de Roth arroja, aún cuando ya el alcoholismo anunciaba los monstruos del delirium tremens, una joya tan bien labrada y lograda como La leyenda del Santo Bebedor. Es inútil preguntarse qué favorece más la creatividad, si la vida cortesana de Goethe en la corte de Weimar o la desesperada lucha contra la miseria de Dostoievski en Moscú. Lo mismo ocurre con los paraísos artificiales. Quienes los frecuentaron –De Quincey, Baudelaire, Roth, Lowry– no desmerecen en nada frente a quienes escribieron en la disciplina y la soledad del abstemio ocasional o militante.

De cualquier modo, aunque sólo sea por ese gesto de arriscar la nariz y lamentarse por la debilidad del otro, Morgenstern cae mal en este libro; uno no puede menos que simpatizar más con Roth. ¿Pero quién es este amigo catete con nombre de droga (inventada, eso sí, por Aldous Huxley en Un mundo feliz), que, aunque respeta su genio, pinta a su amigo de la infancia con luces harto poco favorables? Es otro escritor galitziano, para empezar, como Roth, Bruno Schultz, Paul Celan y, mucho más recientes y activos, Yuri Andrujovich o Andrzej Stasiuk (hace algún tiempo escribí algo sobre Galitzia, aquí). Y un escritor que, cuando evade el tono pedagógico y cargado a la moralina de su libro sobre Roth, es muchísimo mejor, como en su libro En otro tiempo. Memorias de juventud en Galitzia Oriental, editado por Minúscula en 2005, o –dicen, porque no he podido leerla aún- en su trilogía Destellos en el abismo, de la que Funambulista editó los dos primeros tomos, El hijo del hijo pródigo e Idilio en el exilio, en 2009, y el tercero, El testamento del hijo pródigo, en 2010.

La historia ha sido más generosa con Morgenstern que con el siempre cuestionado Max Brod, ya sea por no cumplir con las instrucciones de Kafka o por ir mucho más allá del trabajo del albacea en la edición e interpretación sesgada de los textos de su amigo. Soma, en cambio, recibe la valoración que nunca tuvo en vida. Vistos en perspectiva, estos dos amigos que nacieron con un año de diferencia resaltan sus diferentes maneras de abordar la vida y la literatura. El más famoso vivió con rapidez e intensidad, tuvo tres parejas y ningún hijo, fue reconocido en vida y murió en su ley, en brazos del alcohol; y, aunque Morgenstern sugiera un fin terrible y atormentado, parece mejor quedarse con el epitafio que Roth escribió pocos meses antes para Andreas Kartak, el protagonista de su última novela, y que tan bien se aplica a sí mismo: “Denos Dios a todos nosotros, bebedores, tan liviana y hermosa muerte”. Y su amigo fiel, el sobreviviente, soportó como Job –personaje tanto de la Biblia como de una hermosa novela de Roth– todos los males del mundo; perdió a su familia casi completa en los campos de concentración nazis, excepto a su esposa y a su hijo, que pudieron huir a Dinamarca y luego se encontraron con él en Estados Unidos; perdió sus bibliotecas, escritos y archivos en dos sucesivas fugas; perdió el habla en su exilio neoyorquino y la recuperó lentamente mientras tejía el resto de su obra (la trilogía es de los años treinta y cuarenta; sus escritos autobiográficos, de los años sesenta y setenta) debatiéndose entre la afasia y la tentación del suicidio. La posteridad, sin embargo, vuelve a hermanarlos en la memoria de esas amistades que nada pudo romper.

Contra el entusiasmo

Columna publicada originalmente en El Post, 5 de abril de 2011

No, no es uno de esos títulos tan atractivos de la serie de Tumbona Ediciones: Contra la poesía, Contra las buenas intenciones, Contra la homofobia, Contra la televisión, Contra los no fumadores, etc. Pero claro que hace falta uno que increpe con dureza a los entusiastas, esos seres de ojos brillosos, gestos exaltados y voz estentórea cuya misión en la vida es embarcar a otros en lo que ellos consideran importante, relevante, bueno para la salud, bueno para la sociedad toda. Los detesto cordialmente. Cuando siento que anda cerca un entusiasta, me escabullo lo más rápido que puedo. El palmoteo en la espalda, el firme apretón de manos, la pregunta de siempre pero formulada como si se tratara de lo más importante del universo y sus alrededores: «¿Cómo estai?». La sola idea de someterme a esa ceremonia puede lanzarme al consumo desenfrenado de alcohol o a barajar, cuerda en mano, la posibilidad del suicidio.

Y parece que al novelista ruso Iván Goncharov le ocurría algo más o menos similar. Hace muchos años, cuando todavía era un escolar aplicado, leí Oblomov, novela de la que, francamente, recuerdo muy poco, pero sí tengo grabado en la memoria que el protagonista era un filósofo de la pereza, un artista de la inacción, un declarado cultivador de la contemplación vana, aquella que se solaza en una caca de mosca descubierta en un rincón del cielo raso. Y el domingo pasado leí El mal del ímpetu, uno de cuyos personajes, Nikon Ustínovich Tiazhelenko, es presentado de tal manera que inevitablemente recuerda a Oblomov: «Había sido célebre desde su juventud por una incomparable y metódica pereza y una heroica indiferencia hacia el mundano ajetreo». Y es Tiazhelenko quien, tras un opíparo desayuno, advierte al protagonista sobre el mal que afecta a sus amigos comunes, los Zúrov: el terrible «Mal del ímpetu». En invierno, que es cuando Filip Klímovich los frecuenta, son una apacible y acogedora familia que incluye entre sus filas a una dama que le gusta a Filip; pero, en cuando se aproxima el tiempo cálido y se anuncian los brotes de la primavera, los Zúrov, según denuncia Tiazhelenko con espanto, «se lanzan a vadear los ríos, se sumergen en los pantanos, se abren paso por entre tupidos matorrales cubiertos de espinas, trepan a los árboles más altos; ¡cuántas veces se han caído, se han precipitado en abismos, se han hundido en el lodo, han tiritado de frío e incluso, qué horror, han padecido hambre y sed!».

Filip pronto advierte que lo que dice su amigo es rigurosamente cierto y fracasa sin vuelta de hoja en su empeño por detener esta pasión por el movimiento, que encuentra justificaciones de este estilo: en el campo «la circulación sanguínea es mejor, el pensamiento más libre, el alma más luminosa, el corazón más puro». Contra su voluntad, es arrastrado a una vorágine de paseos diurnos y nocturnos, aunque llueva torrencialmente o aunque un denso manto de niebla no deje ver más allá de las narices, hasta que el azar viene a salvarlo. Y no diré más por si alguien se interesa en esta breve lectura. Lo que quiero destacar es que, con mucho humor y hasta sarcasmo desatado, Goncharov arremete contra el entusiasmo por la vida campestre y. en términos más amplios, contra la pérdida de la mesura, el extravío de los límites y la invasión de la esfera privada. Precisamente lo que hacen los entusiastas que no saben cuándo detenerse y no logran incorporar en su cabeza que otros pueden, legítimamente, pensar distinto y resistirse a su aluvión de frases exclamativas: ¡Es que tienes que escuchar esto! ¡Es que, si no has visto esta película, nunca has ido al cine! ¡No vayas a la ciudad X, anda a Z, es muchísimo más bonita! ¡En este restaurant tienes que pedir este plato! ¡Vámonos al campo!

El mal del ímpetu. Iván Goncharov. Editorial Minúscula, Barcelona, 2010. 110 páginas.

Limbo para suicidas. Dos libros de Etgar Keret

Columna publicada originalmente en El Post el 15 de marzo de 2011.

Aunque existe una ancha y extensa huella de literatura judía en la cultura occidental (hay tantos y de tan distintas latitudes: Joseph y Philip Roth, Saul Bellow, Stefan Zweig, Isaac Bashevis Singer, Elias Canetti, Alejandra Pizarnik, por nombrar algunos), sólo una pequeña parte de ella proviene del moderno Estado de Israel. Es explicable sobre todo por la juventud del país, nacido oficialmente en 1949. Hasta entonces, y de manera totalmente habitual hasta nuestros días, la literatura judía se inscribe o se solapa en otras tradiciones y contextos; excepto, claro, en Israel.

Algunos escritores de ese origen han alcanzado un amplio reconocimiento en el ámbito literario: Amos Oz ha sido un recurrente candidato al Nobel de Literatura y no hay dudas sobre el gran talento literario de David Grossman. En una segunda línea -de lo que yo conozco, claro-, hay una interesante escritora de novelas policiales, Batya Gur, y otro escritor sefardí que suele aparecer en campañas de activismo por la paz con Grossman, Abraham B. Yehoshúa. Entre los que han traspasado las discutidas fronteras de Israel está Etgar Keret, mucho más joven que los anteriores (nació en 1967) y, según reportan las contratapas de sus libros y la entrada en wikipedia, el más popular entre los jóvenes de su país. Es que Keret escribe desde otras coordenadas. O quizá desde las coordenadas que le corresponden, y por tanto su discurso narrativo escapa de manera tan marcada de lo previsible.

Me explico: es un escritor que pertenece a su tiempo y nació ya en un país con tradición e identidad, por lo que le cuesta menos romper con las convenciones y proponer una mirada desde un cierto margen. Y digo “cierto” porque el contexto sigue ahí –el aislamiento del Estado de Israel, las distintas maneras de entender el judaísmo en tanto religión-, pero Keret lo interroga desde dentro y sin tapujos. Claramente está a mucha distancia de las posiciones más ortodoxas y de estricta observancia de la Torá; y sin duda que parte de su popularidad entre los jóvenes tiene que venir de su capacidad de plantearse preguntas y dudas a través de relatos donde la ironía, la tristeza y el humor se conjugan en una fórmula singularmente seductora.

Pizzería Kamikaze es el único relato, considerados los dos libros leídos para esta columna, que rebasa las cuatro o seis páginas. Dan ganas de considerarlo una nouvelle. Cuenta lo que le ocurre a un israelí cualquiera que decide suicidarse y va a parar a una especie de limbo para suicidas, donde todo es igual, con la diferencia de que no puedes optar por la vía rápida para salir de esa existencia tan inane como monótona, un mundo donde todo parece difuminarse y la magia –totalmente inútil, en todo caso- irrumpe sin que la llamen. Desolador, pero, sin embargo, atractivo, ilustra de manera perfecta lo poco tradicional que es Keret en su apreciación de la religión y el más allá (otro cuento magnífico, El coctel del infierno, se ambienta en una ciudad uzbeca que colinda con una puerta al infierno; por ahí salen los condenados que tienen permiso por un día cada 100 años para dar una miradita a un paisaje tan desolado, probablemente, como el que está al interior de la puerta).

Otros cuentos abordan la política, el servicio militar, la locura, los amores, el erotismo, pero siempre desde una perspectiva distinta. Quizá haya que subrayarla: aunque Keret varía el tono de sus relatos, suele incluir herramientas que ponen en cuestión la realidad o la abren hacia otros derroteros. De ahí también que es difícil de definir y le caen etiquetas, como la de “posmoderno”, de las que él se defiende: “todavía no encuentro a alguien que me explique qué es posmodernismo. A veces pienso que es como una papelera en la que todos arrojan a todos los artistas que no pueden definir de otra forma”. Quizá mejor es la definición que él mismo se aplica: “Corto y no del todo claro”, pero es obvio que Keret es mucho más que eso. De todos modos, se trata de una experiencia de lectura totalmente recomendable. En Chile circulan las ediciones mexicanas de sus libros, de la editorial Sexto Piso, distribuida por Hueders (el más reciente, Un hombre sin cabeza, aún no llega); pero también hay ediciones españolas –más caras-, de Siruela (aunque algunos están agotados).

Extrañando a Kissinger. Sexto Piso, Ciudad de México, 2006. 209 páginas.

Pizzería Kamikaze y otros cuentos. Sexto Piso, Ciudad de México, 2008. 107 páginas.

Yo (no) quiero creer

Columna publicada originalmente en El Post el 16 de febrero de 2011

Algo extraño hay allá afuera. Algo misterioso, inexplicable, enigmático. La ciencia no tiene todas las respuestas y la religión, tampoco (al menos, no las viejas y anquilosadas que se han fosilizado en instituciones normativas). Hay misterios sin resolver en el mundo y en las afueras de este mundo. ¿Por qué negarnos a la posibilidad de que efectivamente seres de otros planetas hayan puesto en la tierra las semillas de la vida y de la inteligencia? ¿Quién asegura, a ciencia cierta, con total certeza, que en la construcción de las pirámides no intervino una raza alienígena? ¿Por qué pensar que es imposible descubrir, en el fondo del mar, los restos de la perdida civilización atlante? Este es el tipo de preguntas que Ronald H. Fritze plantea en la introducción de Conocimiento inventado. Falacias históricas, ciencia amañada y pseudo-religiones, un ensayo contundente que pone al desnudo un complejo sistema que entremezcla la buena (y excesiva) fe y el afán de lucro.

En efecto, la industria en torno al conocimiento inventado es sumamente próspera; basta mirar, por ejemplo, cuántas entradas hay en Amazon por Atlantis (sólo en libros, 6.528 y subiendo) y se tendrá claro cuánto éxito ha logrado un tema cuyo venerable origen está en un par de referencias en dos diálogos de Platón, el Timeo y el Critias. Ahí debería haberse acabado todo, pero una serie inacabable de relevos que daban por verdad histórica la especulación filosófica terminaron por cimentar, en el siglo XIX, la fortaleza del mito y la construcción de la leyenda.

La abundante bibliografía resultante en torno a este tema –y a muchísimos otros, por desgracia- se funda en que sus autores sitúan el prejuicio antes del conocimiento. Es decir, creen saber previamente lo que ocurrió y van en busca de las pruebas; de manera consecuente, desecharán todo lo que contradiga sus hipótesis y utilizarán todo lo que pueda respaldarlas, aunque se trate de otras afirmaciones voluntaristas. A la inversa, un historiador serio va en busca del conocimiento y coteja, compara y pondera todas las evidencias disponibles, aunque lo conduzcan por un camino totalmente inesperado. La cuestión se agrava con el paso del tiempo; si en el siglo XIX era posible aún sostener como verdades muchos hechos inexactos simplemente por la falta de evidencia y de conocimiento científico, hoy no lo es; y si en aquella época alguien podía afirmar, con relativa buena fe, que la Atlántida existió, hoy no es posible. Pero el mito no deja de rodar. Es lo que Fritze llama el “entorno cúltico”, que lleva, por ejemplo, a que innumerables lectores atribuyan valor histórico a las novelas de Dan Brown y decenas de escribidores con buen ojo para las demandas del mercado publiquen libros de exégesis (¡!) de El código Da Vinci. Un entorno cúltico que confunde e identifica mito y leyenda, aunque los respectivos puntos de partida sean muy distintos, e identifica posibilidad con probabilidad.

El ejemplo que da Fritze es muy claro y lo adapto en su primera parte: es posible que el loto que compré hoy sea el número ganador; y es probable que mañana me levante, porque es día laboral y tenga que ir a trabajar. Entonces, si dices que “es posible que unos exploradores chinos alcanzaran y colonizaran América circunvalando todo el globo terráqueo”, está bien, aunque si nos atenemos a la evidencia disponible, es altamente probable que no lo hayan hecho. Pero, si en el desarrollo argumental eliminas la diferencia entre posibilidad y probabilidad, tienes pseudo historia. De hecho, el segundo capítulo del libro está dedicado a los innumerables conquistadores de América antes de Colón. Otro capítulo –“Gente del fango, hijos de Satán e Identidad Cristiana”- se interna en delirantes teorías sobre los orígenes del hombre, las razas preadanitas (negras, claro) y oscuros fundamentos bíblicos para asentar el racismo sobre bases pretendidamente históricas. El siguiente vuelve a lo mismo, pero desde el Islam.

Más adelante, Fritze revisa sumariamente la bibliografía de los principales pseudohistoriadores: Immanuel Velikovsky, Charles H. Hapgood, Erich von Daniken, Zecharia Sitchin y Graham Hancock. El problema con ellos no es que escriban libros sin reales fundamentos históricos; es que algunos cultos religiosos toman sus temas –por ejemplo, el catastrofismo y los astronautas en la antigüedad- y los transforman en objetivos religiosos. Y ahí, como en el caso de la Puerta del Cielo, el culto puede ser letal (inspiró un suicidio colectivo; los humanos debían “abandonar sus cuerpos” para recibir nuevamente la visita de los Hermanos del Espacio). En sus manifestaciones más inofensivas, estos autores abonan el camino para películas y series como Stargate o Los expedientes X.

Quizá Fritze abunda demasiado en detalles, pero, sin duda, su investigación es contundente e ilustrativa de un fenómeno que se niega a desaparecer y que en Chile adopta una arista inquietante, que lamentablemente el autor sólo enuncia en el prólogo y no desarrolla porque requeriría otro libro: “Los nazis tenían su propia mitología pseudohistórica acerca de una súper raza aria, la cual intentaron sustentar con toda clase de investigaciones pseudohistóricas y pseudocientíficas”. Tal como se demuestra en algunos capítulos de este libro, “la pseudohistoria se presta fácilmente a ser una herramienta del racismo, el fanatismo religioso y el extremismo nacionalista”. Nada más cierto, y de ello hay muestras cercanas. Al concluir la introducción, Fritze cita, con mucha propiedad, a Mark Twain, para reforzar la idea de que hay que estar prevenido cuando uno se encuentra con gente que quiere creer: “Podría pensarse que tengo prejuicios. Quizás los tenga. Me avergonzaría de mí mismo si no los tuviera”.

Ronald H. Fritze. Conocimiento inventado. Falacias históricas, ciencia amañada y pseudo-religiones. Editorial Turner, Madrid, 2010. 351 páginas.

El púlpito picarón

(Columna publicada originalmente en El Post, el 2 de febrero de 2011).

El consultorio sentimental es un género periodístico de larga data en los diarios del país (y del mundo; aún existe en The Guardian, por ejemplo). La voz experta y el lector inseguro son una pareja ideal para dar vida a secciones especializadas en amores, sexualidad y dudas del corazón que, a pesar de su aparente seriedad, por estas latitudes suelen derivar hacia ese humor socarrón y campechano que parece ser, según los expertos, una nota distintiva del carácter chileno.

El periodista Axel Pickett pesquisó los consultorios sentimentales desde las primeras décadas del siglo pasado hasta sus versiones más contemporáneas en Las Últimas Noticias y The Clinic y seleccionó lo más representativo según su criterio. Capítulos temáticos estructuran una muestra sumamente expresiva de las timideces, inseguridades y percances del amor cotidiano y citadino. Por ahí desfilan personajes y temas prototípicos, los mismos que giran por los chistes cochinos y las rutinas de humor en horario para adultos: el frescolín que quiere con todas, el profesor y la alumna, el viejo y la bella jovencita, la secretaria picarona, la matrona tan deseable como inaccesible, la suegra que es mejor que la hija, el maestro y la señora sola, en fin, una galería variopinta que cuenta con algunos redactores de destacable estilo, maestros del uso del doble sentido, la alusión pícara y la creatividad metafórica, como Jacques de la Tour (Las Últimas Noticias), Jean de Fremisse (Clarín) y el Doctor Cariño (La Cuarta). Y precisamente en el estilo es cuando parece más obvio que muchas veces el autor de la pregunta y el autor de la respuesta son el mismo personaje. “Conocernos, mirarnos y decidir ir al ring de cuatro perillas fue una sola cosa”, dice un tal Gordito en consulta a Clarín, en 1971; “Me hizo de todo: la carretilla humana, el enfierrado a presión, la estucada mágica y el apretón de clavijas”, le confidencia Abigail al Doctor Cariño en La Cuarta, en 2007. Es muy fácil colegir que ambos son fruto de la imaginación y pie para el despliegue jocoso de los consultados.

Pero también, al verlos todos juntos, saltan chispas; y las chispas encienden un campo de prejuicios sorprendente por su uniformidad y coherencia, una reveladora trama de prejuicios, conservadurismo, machismo y homofobia. “A un hombre no se le puede tener amarrado con una correa como a un perrito regalón”, dice la consultora de Margarita en 1937; aún antes, en 1929, se podía leer lo siguiente en el consultorio de Las Últimas Noticias: “Las coquetas son seres anticonyugales y su vicio es la antecámara del adulterio”. Y Yazmín aconseja, en 1964, desde las páginas de Confidencias, a un joven que se ha topado con una coqueta: “Debes ser capaz de pasar la esponja a los desbordes que no han faltado en la vida de esa chica”, pero, mejor aún, “resérvate para una muchacha cuya vida no sea una serie de aventuras sin mañana”. Pero, ojo, los hombres por supuesto que tienen permiso para lo que se les ofrezca; como escribía Jean de Fremisse en Clarín, en 1964, “Los hombres, mijita, los hombres bien hombrecitos, siempre andan con su puñalito bajo el poncho, pronto a ensartarlo al primer descuido”.

No es preciso abundar en lo que estas frases dejan ver. Por si no fueran suficientes, uno de los que mejor escribe, Jacques de la Tour, redactor de Las Últimas Noticias en la década del setenta, decía -un poco en broma, claro, pero también un poco en serio- que “la mujer está sujeta a continua tentación y, cuando no es la serpiente, es su propia curiosidad la que la pierde” (1978). Y en el mismo año, a una señora que recurría a todos los medios posibles para retener a su marido (espionaje, seguimiento y hasta misteriosas pócimas), le señaló, enojado: “¡Ay, señora mía, cuando se nace tonta, fea y copuchenta hay muy poca esperanza que darle a una mujer!”.

Pero es frente a la homosexualidad cuando los consultores revelan con más claridad sus prejuicios. “No eres culpable de ser homosexual, ya que te pervirtieron cuando todavía eras niño”, se puede leer en Rosalyn aconseja, La Tercera, en 1967 (la sección incluía sólo la respuesta y omitía el texto de la consulta). Poco más adelante, ella ahonda su reflexión: “Debes hacer un esfuerzo extraordinario para sobreponerte a este vicio que es la perdición de muchos hombres (…). Lo tuyo no es una enfermedad incurable, pero como todo vicio hay que sufrir un poco hasta lograr vencerlo”. Y la guinda de la torta: “No lo pienses más y consulta a un médico psiquiatra y verás que con un par de inyecciones quedarás más macho que el más fornido galán”. La misma tecla pulsa Yolanda Sultana Halabi en Las Últimas Noticias (1976), que también recomienda la visita al psiquiatra porque “muchos se han recuperado totalmente, ¿por qué no puedes tú llegar a mejorar de ello?”.

La calificación de enfermedad respecto del homosexualismo se queda corta al lado de las palabras del Doctor Cariño en La Cuarta ya en 1990, es decir, como si fuera ayer, en respuesta a una mujer que sospecha que su marido es homosexual: “Bichos como su marido son los culpables de que el Sida se haya propagado por el mundo como reguero de pólvora”. Pero el que se lleva la palma es Jean de Fremisse en Clarín, en 1973. Responde a una carta más provocadora que graciosa, probablemente escrita por él mismo y evidentemente puesta ahí como pretexto para soltar párrafos como este: “sus amigos tienen toda la razón al tildarlo de maraco, porque eso es usted. Y sin arreglo. Siga pecando y ligerito lo vamos a ver adornando las páginas centrales de policía, con otros especímenes tan extraviados como usted. O ya aparecerá con las tripas al aire o un tiro en la nuca en alguna calle marginal. Ese es el destino de los colipatos”.

Axel Pickett. Corazones rotos. Antología de consultorios sentimentales en la prensa chilena (1914-2007). Catalonia, Santiago, 2010. 167 páginas.