Decencia

Immagine mostra. Umberto Saba. La poesia di una vita

«¿Acaso te volviste loco, que pretendes hacerme colaborar en una revista? Soy una persona decente que pasa casi todo su tiempo en cama, fumando o leyendo, y que cada tanto sale para hacer alguna visita o para ir al cinematógrafo. Además, carezco por completo de espíritu mesiánico-divulgativo, y jamás he sentido necesidad alguna de compartir mis ideas con los demás, menos aún con los lectores de revistas».

Carta de Roberto Bazlen a Eugenio Montale, 16 de noviembre de 1925, en Informes de lectura / Cartas a Montale, La Bestia Equilátera, Buenos Aires, 2012. 126 páginas. Traducción de Ernesto Montequin.

Kureishi y la tradición literaria

Hablan Mamoon Azam, vieja gloria literaria, y Harry Johnson, su biógrafo.

E. M. Forster

-¿Ese enervante sarasa de la literatura inglesa, ese maricón vago, cobarde y pegado a las faldas de su madre?
Harry había mencionado de pasada y en voz baja a E. M. Forster.
-¿Por qué dice eso, cuál es su opinión sobre él?
-¿Mi opinión? No tengo ninguna opinión sobre un hombre que proclamaba que quería escribir sobre sexo homosexual, un tema sobre el que sin duda necesitamos tener información. Como no tenía pelotas para hacerlo, se pasó treinta años mirando por la ventana, cuando no estaba enseñándoles el culo a los conductores de autobús o a otros pakistaníes. Un medio hombre que proclamaba detestar el colonialismo mientras utilizaba el Tercer Mundo como su burdel porque sabía que ahí no lo arrestarían, como sucedería si se ponía a enseñar el pene en un aseo público de Chiswick. ¡Por lo visto prefería a sus amigos antes que a su país! ¡Qué valiente y original!

George Orwell

-Claro que -continuó, con los ojos centelleando- Orwell era todavía peor. Él es el peor de los Blairs. ¿Todavía se lo toman en serio en este país?
-Sobre todo como ensayista.
-Escribió libros para niños, o más bien para niños que tienen la desgracia de estudiarlo. Toda esa escritura facilona, el estilo simplón, la mente vacía y hueca con un fuerte flujo de sadismo, el socialismo sentimental y el Gran Hermano y los cerdos, y nada sobre el amor… intolerable. Ningún adulto que no fuera profesor perdería el tiempo con alguna de sus novelas. Si me imagino el infierno, consiste en estar solo para siempre en la habitación 101 sin otra cosa que leer que uno de sus libros. (…) Ninguno de esos escritores, el marica y el puritano, ha descrito jamás a una mujer hermosa. ¿Qué clase de escritor es incapaz de hacerlo?

Jean Rhys

-La única que todavía disfruto leyendo es a la Diosa.
-¿A cuál?
-A la que me recuerda mis solitarios vagabundeos de alcohólico perro callejero por Londres y París cuando llegué por primera vez: Jean Rhys. Es la única escritora inglesa con la que uno desearía acostarse. ¡El resto no son más que Bröntes, Eliot, Woolf, Murdoch! ¿Puedes imaginarte hacerle un cunnilingus a alguna de ellas? Tal como dijo Jean, el mundo es sencillo: no se trata más que de cafés en los que caes simpático y cafés en los que no.

Los otros

-Cuando tenía diez, veinte o incluso treinta años, me encantaba leer, y podía estar absorto en un determinado escritor durante semanas, leyendo toda su obra, todo lo que hubiese publicado. Ahora eso ya no me sucede, y además ya todo ha desaparecido.
-¿Desaparecido?
-Piensa en ellos: Bertrand Russell, A. J. Ayer, D. H. Lawrence, Aldous Huxley, Anthony Powell, Anthony Burgess, William Golding, Henry Green, Graham Greene…
-No, ese Greene no. No… jamás.
-Bueno, eres osado. Pero el resto… nadie los lee, son ilegibles, han sido desechados, olvidados, una montaña de palabras que se han disuelto en el mar y que no van a volver. Popeye el Marino tiene más longevidad cultural.

Joseph Conrad

A veces Mamoon era más Johnny Rotten que Joseph Conrad.

Ted Hughes

-Ted Hugues, a quien conocí y admiré, hizo lo correcto con los diarios de Sylvia, los metió en el horno después de que su mujer introdujera allí la cabeza. De no haberlo hecho, esos académicos ilegibles no hubiesen cejado en el empeño de utilizarlos para lanzar sus carreras y conseguir unos buenos ingresos, haciendo que él pareciese un ogro. Lo valoran todo según les conviene, sin imaginación. Y es la sexualidad masculina ordinaria lo que no soportan.

Marcel Proust

-La culpa existe, maldito tarado, y debe ser negociada y afrontada. Es duro traicionar a los demás para no traicionarte a ti mismo. Y entretanto uno se convierte en el pobre miope Swann de Proust, que se degrada a sí mismo abriendo la correspondencia de Odette, espiando su casa y pasando cada tarde con la horripilante Verdurin. Los celos sobreviven al deseo, y Swann utiliza a esa abominable mujer para introducirse excrementos en su propia boca.

Hanif Kureishi. La última palabra, Anagrama, Barcelona, 2014. Traducción de Mauricio Bach. Las citas están tomadas de las páginas 84-85, 144, 209, 259-260.

«Sobre la crítica» (1925), de William Faulkner

Walt WWalt Withman dijo, entre pretenciosas e hipertrofiadas banalidades, que para tener grandes poetas también debe haber grandes audiencias. Si Walt Whitman se dio cuenta de esto debe de resultar universalmente obvio en estos días de radios que nos informan y de las llamadas revistas de alto copete que corrigen nuestra información; por no hablar del toque personal de los programas de lectura. Y aun así, ¿qué han hecho los periódicos y los programas para hacer de nosotros grandes audiencias o grandes escritores?, ¿han cogido estas sibilas al neófito delicadamente de la mano instruyéndole en los fundamentos del gusto? Ni siquiera han intentado inculcarle una reverencia por sus misterios (despojando así a la crítica incluso de su valor emocional -¿y de qué modo vas a controlar el rebaño si no es mediante sus emociones?, hubo alguna vez una multitud lógica?-). De modo que no hay tradición, no hay espíritu de equipo; todo lo que se necesita para ser admitido en las filas de la crítica es una máquina de escribir.

Ni siquiera intentan moldear sus opiniones por él. Es cierto, resulta poco apreciado el moldear la opinión de alguien en su lugar, pero es un agradable pasatiempo el cambiar su opinión de una falacia a otra, por el bien de su alma. El crítico americano, como el prestidigitador, intenta averiguar exactamente cuánto debe dejar ver al espectador y todavía salirse con la suya -la superioridad de la mano sobre el ojo-. Confunde la pieza a examinar con un instrumento con el que realizar arpegios de la inteligencia. Esto parece tan pretencioso, tan inútil, como el corneta que lleva a cabo acrobacias acústicas mientras espera a que se junte la banda. Con esta diferencia: el corneta después de un rato se cansa y lo deja. Aquí se da la asombrosa posibilidad de que el crítico disfrute con su propia música. ¿Es así, disfrutan leyéndose los unos a los otros? Uno puede imaginar igual de fácil barberos afeitándose unos a otros por diversión.

El crítico americano permanece ciego, no sólo su público sino también él, respecto a la esencia principal. Su negocio se ha convertido en gimnasia mental: se ha convertido en una reencarnación del charlatán de feria de memoria privilegiada, manteniendo embelesada a la rústica parroquia, no por lo que dice, sino por cómo lo dice. Sus mentes vuelan libres ante la vistosa ampulosidad de la pirotecnia. ¿Quién no ha oído esta conversación?

«¿Has visto el último… (escoja usted mismo)? Jones Brown está bien esta vez; él… humm, ¿cuál es ese libro? Una novela, creo… lo tengo en la punta de la lengua, de algún tío. En cualquier caso, Jones se refiere a él como un boy scout estético. Es bueno: tienes que leerlo.»«Sí, lo haré. Brown siempre está bien, ¿te acuerdas cuando dijo de alguien: “Un loro que no podía volar y que nunca había aprendido a maldecir?»

William Faulkner en 1931 (2)Y aun así, cuando le preguntas por el nombre del autor, del libro o acerca de qué se trata, ¡no te lo puede decir! Él tampoco lo ha leído, o no sólo no le ha conmovido sino que a esperado a leer a Brown para tener una opinión. Y Brown no le ha ofrecido ninguna opinión en absoluto. Quizá el propio Brown no tenga ninguna.

¡En Inglaterra hacen este tipo de cosas mucho mejor que en América! Por supuesto que en América hay críticos igual de juiciosos y tolerantes y sólidamente preparados, pero con pocas excepciones no tienen estatus: las revistas que establecen el estándar los ignoran; o ante condiciones insoportables, ignoran a las revistas y viven fuera. En un número reciente de The Saturday Review el señor Gerald Gould, reseñando El jugador oculto de Alfred Noyes dice:

«La gente no habla así… No refleja la forma de hablar común de la gente común: lo que generalmente resultaría pálido… al dar tantísimos detalles resulta confuso».

Aquí está la esencia de la crítica. Tan exacta y clara y completa: no hay nada más que decir. Una crítica que no sólo el público, sino también el autor, puede leer con provecho. ¿Pero qué habría hecho el crítico americano ante esto? ¿Quién de nuestros árbitros literarios habría dejado pasar esta oportunidad de referirse al señor Noyes como un «boy scout estético» o alguna otra cosa igual de pretensiosa e irrelevante?, ¿y qué lector cogería el libro con una mente imparcial, sin un ligero malestar de paternalismo y confusión… no hacia el libro, sino hacia el señor Noyes? Uno de cada cien. ¿Y qué escritor, con su propia compulsión al sufrimiento, su propio impulso a calificar de tábano a todo papel que le hostigue, podría obtener algún provecho o sustento de ser denominado un boy scout estético? Ninguno.

Cordura, esa es la palabra. Vive y deja vivir; critica con gusto en virtud de un criterio, y no riñas. La reseña inglesa crituca al libro, la americana al autor. El crítico americano le endosa al público lector un distorsionado bufón en el seno de cuya sombra acechan imprecisamente los títulos de varios volúmentes íntegros. Sin duda, si hay dos profesiones en las que no deberían existir envidias profesionales son la prostitución y la literatura.

double_dealer_192205Tal como es, la competición se vuelve encarnizada. El escritor no puede empezar a competir con el crítico, está demasiado ocupado escribiendo y también está orgánicamente incapacitado para la contienda. Y si tuviese tiempo y se armase adecuadamente, sería injusto. El crítico, una vez que se ha convertido en un hábito para sus lectores, es considerado infalible por ellos; y su contacto con ellos es lo suficientemente directo como para permitirle tener siempre la última palabra. Y con el americano la última palabra es la que tiene peso, la definitiva. Probablemente porque le da una oportunidad de decir algo sobre sí mismo.

[Double Dealer, enero-febrero de 1925; reimpreso en William Faulkner: early prose and poetry, ed. Carvel Collins, Boston, 1962. Ese texto es el reproducido aquí.]

William Faulkner. Ensayos y discursos. Capitán Swing, Madrid, octubre de 2012. 372 páginas. Traducción de David Sánchez Usanos. El artículo reproducido está en las páginas 107 a 109.

Elogios envenenados (Conrad, Crane, Fonseca)

joseph-conrad-y-su-mundo-9788496867840En 1896, Joseph Conrad bordeaba los 40 años y era ya un escritor consagrado. Según lo retrató Jessie, su esposa, en Joseph Conrad y su mundo (un libro extraordinario, muy cómico y desarmante en su honestidad), era además un hombre de muy mal genio, maniático y de un egocentrismo insufrible. Jessie se lo tomaba con humor, mucho más del que su marido aplicaba en las cosas de la vida. Nada de ello afecta la genialidad de Joseph, por supuesto, pero sí da el pie como para que, con casi cien años de tardanza, otro escritor, el brasileño Rubem Fonseca, especule con ironía y sombrío humor sobre la amistad entre Stephen Crane –que llegó a Inglaterra precedido del éxito de La roja insignia del valor, publicada a sus 23 años- y Conrad, quien no perdía oportunidad de señalarle que, entre ellos, él era el veterano, puesto que lo superaba en edad y en obras publicadas (aunque ninguna, todavía, de las novelas que lo convirtieron en uno de los grandes escritores ingleses de todos los tiempos, como Lord Jim o El corazón de las tinieblas). De cualquier modo, fueron amigos cercanos, tal como lo atestigua Jessie Conrad: «Aquel joven, casi un niño, era el primer escritor estadounidense a quien conocía y me encantó ver el maravilloso compañerismo y el absoluto entendimiento que tenían los dos artistas. Ambos eran hombres de viva imaginación y una asombrosa capacidad de observación».

Mientras Crane y su mujer vivieron en Gran Bretaña, cultivaron la amistad con los Conrad a través de periódicas visitas. Los Conrad pasaron varias temporadas en la casa de los Crane, húmeda y ventosa, que poco ayudaba a sanar la tuberculosis de Stephen. En 1899 viajó a Alemania en busca de cura a su enfermedad y murió poco antes de cumplir 29 años; dejó tras de sí La roja insignia del valor –que tiene una magnífica versión cinematográfica realizada por John Huston- y un puñado de poemas, novelas y relatos, entre los que destaca El bote abierto y otros cuentos.

el bote abiertoPasaron los años. En 1919, cerca del aniversario de los 20 años de la muerte de Crane, un diario le solicitó a Conrad un breve texto sobre su amigo, que figura como prólogo en la reciente y cuidada edición de El bote abierto de Veintisiete Letras. Ahí, Conrad –además de confesar que apela a la memoria de Jessie para reconstituir los datos duros de su amistad con Crane- se mueve en una constante deriva entre el elogio y la crítica, entre el palo y la zanahoria. «Ciertamente –escribe-, tenía un maravilloso poder de intuición», don que compensaba «su ignorancia del mundo en general». Crane «hablaba lentamente, con una entonación que, en mi opinión, en algunas personas, sobre todo americanas, resulta desagradable. Aunque no para mí». «Sabía poco de literatura, tanto de otros países como del suyo, pero en cuanto cogía la pluma se volvía un artista de la palabra».

 Luego escribe: «Esta exitosa obra fue interrumpida por su temprana muerte. Supuso una gran pérdida para sus amigos, pero quizá no mucho para la literatura. Creo que ha dado plenamente su medida de escritor en los pocos libros que tuvo tiempo de escribir. Que no se me entienda mal: la pérdida fue grande, pero supuso la pérdida del disfrute que pudo haber dado su arte, no la de alguna revelación más». Conrad matiza después, y mucho, una afirmación que suena incendiaria si se la aísla del contexto -¡Crane no habría escrito nada mejor de lo que hizo antes de los 30!- y se aviene muy mal con un autor que comenzó a escribir después de esa edad; y el texto, en los párrafos finales, suena como un auténtico homenaje al amigo perdido.

La historia continúa. Cuatro años después, Conrad recibió el encargo de escribir el prólogo a la biografía de Crane escrita por Thomas Beer. Tras varias páginas uno se encuentra con esta confesión: «Me da la impresión de que si bien intento poner en orden mis recuerdos de Stephen Crane, solo he hablado de mí». Luego logra enfilar el rumbo y habla de Crane (aunque sobre todo habla de sí mismo, o de cómo creía que él y Crane se identificaban y coincidían en mirada y punto de vista). El extenso prólogo está a la altura de los peores rasgos con que Jessie adornó a su esposo –aquel egocéntrico insoportable- y, aunque trata de ahondar todo lo posible en la personalidad del escritor estadounidense y en la breve historia de su amistad, es bastante poco lo que ilumina respecto a su biografía y a su literatura.

fuera-de-la-literatura-joseph-conrad-novedad-2009_MLU-O-11714991_5032En 1992, Rubem Fonseca publicó Novela negra y otras historias, recién editado en Chile por Tajamar. La colección de relatos incluye uno titulado Llamaradas en las tinieblas, Fragmentos del diario secreto de Teodor Konrad Nalecz Korzeniowski, cuento donde Fonseca introduce, retrospectivamente, un afilado bisturí en la historia de la amistad entre Conrad y Crane. La primera entrada está fechada el 5 de agosto de 1900. «Hoy me enteré, con dos meses de atraso, de la muerte de Crane». Abunda un poco en la circunstancia y cierra así el párrafo: «Una inesperada felicidad se apoderó de mí por el resto del día». Varios fragmentos tienen que ver con Crane y las comparaciones –odiosas comparaciones- que uno que otro crítico hizo entre ambos autores; para más remate, uno acusó a Conrad de copiar a su amigo estadounidense. El Conrad de Fonseca guarda celosamente todos los recortes de las críticas a sus libros y cada tanto vuelve a ellos, para revivir el odio. «Cuando al criticar An Outcast of the Islands Wells dijo que yo era palabroso y que todavía tenía que aprender lo más importante: el arte de dejar las cosas por escribir, eso me molestó, pero no tanto como las informaciones idiotas de que imito a Crane. Alguien ha dicho que el diario de ayer sirve para envolver pescado hoy. Pero eso no me consuela. Y de cualquier manera no todos los Daily Telegraph del día 8 de septiembre de 1897 fueron usados para envolver pescado. El mío, por ejemplo», se lee en la entrada del 10 de septiembre de 1900.

El diario apócrifo de Fonseca dice, un mes después: «Estoy seguro de que nadie, en todo el mundo, crítico o lector, podrá decir hoy que algún día fui influenciado por Crane. Aun así, el pecho me aprieta, como si tuviera en el corazón una herida no cicatrizada. ¿Cómo es posible que un muerto me pene así?». El maligno humor de Fonseca quizá se haga eco aquí de una afirmación de Conrad en el citado prólogo escrito en 1923, cuando sostiene que la preocupación de Crane por «la psicología de las masas» en La roja insignia del valor es la misma, a escala reducida, que preside El negro del «Narcissus»; la primera estudia el comportamiento colectivo de un ejército en batalla; la segunda, el comportamiento de un grupo sometido a una intensa presión. «Todo esto podría tenerse por un remotísimo punto de contacto entre estas dos obras, a tal extremo que la idea podría parecer demasiado traída por los pelos para señalarla aquí, pero debo decir que ése fue mi sentimiento indudable en aquel entonces».

novelanegrayotrashistorias_052012-500x500Volvamos al Conrad apócrifo. En una entrada de 1919, el diario recoge un perverso resumen del artículo de ese año, que recorta los matices y se parece mucho más a una diatriba que a un obituario. «Hay cosas que no se perdonan, ni siquiera a los inocentes», dice este Conrad; la culpa no es de Crane, sino del hatajo de idiotas que insisten en compararlos y, peor aún, sostener que el joven influenció al más viejo. Esa idea es un compendio de toda aquella familia de comparaciones que, aunque elogiosas y propuestas con el afán de tender lazos de afinidad y orientar así a los lectores, pueden resultar más mordientes e insultantes para el ego herido de un escritor que las más acerbas críticas. ¡Cómo! ¡Mi novela es buena, dicen, pero no original! De ahí que a veces sea más fácil, desde la vereda de la crítica, escribir sobre libros imperfectos, claramente mal escritos y pésimamente estructurados, que sobre libros bien tramados y de buen estilo pero que, aunque les pese, se inscriben derechamente en una tradición y tienen parentesco claro con obras previas. Más allá de eso, es muy interesante cómo Fonseca ve una grieta y se abalanza sobre ella con picota y pala para ensancharla y abrir un curso paralelo al de la historia oficial.

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Rubem Fonseca. Novela negra y otras historias. Tajamar Editores, Santiago de Chile, 2012. 189 páginas.

Stephen Crane. El bote abierto. Prólogo de Joseph Conrad. Veintisiete Letras, Madrid, 2011. 85 páginas.

Joseph Conrad. Fuera de la literatura. Siruela, Madrid, 2009. 236 páginas (el artículo sobre Crane está en las páginas 209 a 236).

Jessie Conrad. Joseph Conrad y su mundo. Sexto Piso, México D.F., 2011 (hay también una edición española del mismo año).

El Diario de Ángel Rama

El uruguayo Ángel Rama es uno de los nombres claves en el desarrollo de la crítica y los estudios literarios en América Latina. Nacido en 1926, murió en un accidente aéreo en 1983 junto a la escritora argentina Marta Traba, su segunda mujer. Dejó atrás una obra enorme, en libros, artículos de prensa, ensayos académicos, colecciones editoriales (quizá su mayor creación, en esta línea, es la Biblioteca Ayacucho) y el diario que llevó a partir de 1974. Pocos meses antes de comenzarlo ocurrió el golpe de Estado en Uruguay; Rama estaba en Venezuela y no pudo volver a su patria. Recién en 2001 se editó el Diario 1974-1983 en su país, y en 2008, en Argentina.

El libro tuvo alguna repercusión en Chile, por la dureza de los juicios de Rama sobre algunos escritores chilenos y sobre la diáspora procedente de este país. Es cierto, Rama no esquiva el bulto a la hora de expresar sus opiniones, más aún considerando que se trataba de un diario escrito más bien por el impulso de la soledad y la dureza del exilio que con el propósito de publicar alguna vez aquellas páginas. Aunque con los diarios, especialmente de los escritores, nunca se sabe: el ojo suele estar puesto en la posteridad aunque se asegure explícitamente lo contrario; y si bien Ángel Rama fue un crítico y estudioso de la literatura, su conciencia del lenguaje y del poder de la palabra era, sin duda, muy poderosa, y algunos pasajes del diario denotan una intención creativa que va más allá del mero registro.

Es cierto que fue duro con los chilenos. Sobre Jorge Edwards, por ejemplo, escribió que “tanto ha reprimido, en el estilo diplomático y aristocrático, sus emociones y sus opiniones, que ha concluido por no tenerlas, consagrándose a una conversación plana de cocktail mundano, intercambiando datos y tramando intereses del momento”. Sobre los intelectuales chilenos en general, manifestó su extrañeza ante su propio cambio de opinión. En contraste con las impresiones que se llevó de Chile a mediados de los sesenta, “ahora me parecen ‘flojos’, bastante mal preparados intelectualmente, algo simples y cerradamente nacionalistas, con un horizonte acorralado, frecuentemente reducidos a debates nimios como de patio de vecindad y muy a menudo dotados de falsa cordialidad, como de un sistema defensivo (ofensivo) basado en la simpatía, tras del cual está agazapado un oportunismo primario”.

Pero Rama fue duro con todos. En 1977, antes de que le concedieran el Premio Nobel de Literatura y antes de la publicación de obras como Crónica de una muerte anunciada y El amor en los tiempos del cólera, entre muchas otras, el crítico uruguayo se preguntaba sobre Gabriel García Márquez: “¿Quién es, hoy, Gabo? Parecen no quedar huellas del escritor, al menos como ese escritor fue, él lo sabe y aún trata de jugar con esa imagen superpuesta a la antigua. Tampoco un periodista, pero asimismo no un político, sino algo parecido a ambos términos y diferente: un viajante político-cultural quizás, un agitador, pero no un ideólogo, ‘of course’, sino un animador o relacionador que opera entre los centros de poder político de la izquierda. Evidentemente eso lo fascina, es su acción, y eso ha sido logrado con la literatura pero nada tiene que ver con ella”. Y cuando en 1981 da dos conferencias sobre Cien años de soledad, certifica por un lado “las virtudes que contiene, a manera de un juego gozosamente enrevesado”, pero también señala sus defectos, lo que se ve muerto con el tiempo y la “escasa originalidad para la palabra poética” de su autor. Considera a Julio Cortázar su amigo, pero ello no obsta a que, cuando lo escucha hablar de política en ese mismo año, sus palabras le produzcan “desagrado, cólera y más tarde una larga, larga depresión”. Y agrega: “a pesar de que sigue siendo un ‘literato puro’ opina sobre política con tal simpleza, ignorancia de los asuntos y elementalidad del razonamiento, que produce o descorazonamiento o cólera. A mí las dos cosas y concluyo abominando de los escritores metidos a políticos: concluyen haciendo mal las dos cosas”.

Con todo, mucho más ácido y crítico fue Rama con algunos de sus compatriotas, con el provincianismo venelozano que resistía la participación de extranjeros en la vida cultural del país (comenzando por los escritores y académicos de izquierda, paradoja que Rama no cesó de señalar), con la sequedad y poquedad de los académicos latinoamericanos afincados en Estados Unidos.

¿Era Rama el prototipo del gruñón, un permanente descontento, una pulga en la oreja guiada por el mero afán de criticar? Sin duda que no. Aunque lo más llamativo del diario es precisamente la severidad y abundancia de los juicios ásperos sobre sus contemporáneos, el paso de la escritura revela, sin pausa, la figura de un intelectual ejemplar. Se puede apelar al tópico -tenía una curiosidad insaciable-, pero es mejor dejarlo hablar a él: “soy de los que lamentarán irse sin haber podido ver y saber más cosas, tanto antiguas como nuevas”, dice, explicitando aún más su “voraz (y siempre insuficiente) curiosidad de lo que pasa en el mundo”. Y en ese andar muestra también sus amores, sus preferencias, sus experiencias de lectura y de relectura que lo llevan permanentemente a indagar más allá de las obras y su inscripción en la cultura de su tiempo. Y aunque la literatura de América Latina fue el campo en donde Rama trabajó de preferencia, también hay en su diario una fecunda muestra de sus aproximaciones a la literatura universal. El novelón romántico de Alejandro Dumas, El Conde de Montecristo, es una referencia frecuente, entendido como una fuente de ideas cuya universalidad y ambición admiten fecundas aproximaciones a otras obras y épocas.

Esa curiosidad y apertura de Rama es también una suerte de sello de su manera de entender la labor académica. En Venezuela, en España, en Estados Unidos y finalmente en Francia (el diario no abunda en detalles, pero, una vez que asumió Ronald Reagan la Presidencia de Estados Unidos, para los Rama se desató la pesadilla: Ángel fue acusado de “subversivo comunista”, le negaron la visa y tuvo que dejar el país), la variedad de tareas que asume es una clara muestra de su excepcional apertura. Alguien podría calificarla de dispersión, pero, si cabe el término, bienvenido sea en su caso, a la vista de la obra que dejó atrás. La Universidad Alberto Hurtado reeditó,hará un año, La novela en América Latina: Panoramas 1920-1980; y la editorial Tajamar, en 2004, La ciudad letrada.

Casi a pie de página: el diario de Rama también es eso, un diario, un registro de lo cotidiano, de su relación con Marta y con sus hijos, de sus malestares dentales, del cáncer de mama que afectó a su mujer, del insomnio, del tabaquismo, del registro implacable del paso del tiempo en su semblante, de las esperas en los aeropuertos, de los paisajes (que lo llevan a posturas cada vez más ecologistas), de su sensación de incompletitud cuando Marta está ausente. Este soporte auténticamente biográfico, menos opinante, más desnudo, lo hace más humano y le aporta una carga de autenticidad que se transmite, sin más, al resto de las reflexiones y opiniones.

Cómo hablar de los libros que no se han leído

Hace tiempo que tenía ganas de leer este ensayo de Pierre Bayard y, luego de unas cuarenta páginas, está absolutamente a la altura de las expectativas. Es más, creo que es un libro imprescindible para todo aquel que se mueve en el mundo de los libros. Una de sus tesis es que importa más la situación que el contenido, es decir, la capacidad de situar el libro en el continuo de la cultura, más que dominar perfectamente su contenido. Es una idea provocativa e interesantísima. Mientras avanzo, quiero compartir una extensa Bayardcita de Paul Valéry, un mal lector, un pésimo lector, pero tan brillante que hizo de su aversión al libro una teoría sobre el modo correcto de aproximación a la biblioteca infinita. La cita pertenece a su discurso de incorporación a la Academia Francesa, donde llegó en reemplazo de Anatole France (Premio Nobel de Literatura en 1921 y, de lejos, uno de los autores más olvidables de su tiempo). Valéry estaba obligado a rendirle homenaje y su texto es un modelo incomparable de solapada perfidia:

El público supo agradecer infinitamente a mi ilustre antecesor haberle procurado la sensación de un oasis. Su obra sorprende dulce y agradablemente por el contraste refrescante y graduado con los estilos resplandecientes o complejos que se elaboran por doquier. Parecía que la sencillez, la claridad, la simplicidad hubieran regresado a la tierra. Son diosas que complacen a la mayoría. Se estimó rápidamente un lenguaje que era posible degustar sin pensar demasiado, que seducía por medio de una apariencia natural, y cuya limpidez dejaba sin duda evidenciar a veces un trasfondo, aunque no misterioso; al contrario, siempre legible cuando no consolador. En sus libros se halla un arte consumado sobre el florecimiento de las ideas y los problemas más graves. Nada detiene la mirada, si no es la maravilla de no encontrar en ellos ninguna resistencia. ¿Acaso hay algo más precioso que la ilusión deliciosa de la claridad que nos procura la sensación de enriquecernos sin esfuerzo, de apreciar el placer sin pena, de comprender sin atención, de disfrutar el espectáculo sin tener que pagar?

Maravilloso, ¿no?