El ocupante

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 29 de septiembre de 2012

El ocupanteEsta quinta novela de Sarah Waters representa un paso más de la autora en su exploración estilística a partir de la novela clásica. La impecable factura de sus obras, su extensión y su vocación realista evocan de inmediato las formas clásicas, la gran tradición narrativa de la Inglaterra del siglo XIX; pero, a la vez, son un sutilísimo ejercicio de subversión y relectura, tanto de las épocas en que se sitúan las narraciones como del género novelesco. Pero si en las anteriores la subversión iba mayormente por descubrir los estratos ocultos tras las rigideces victorianas y la vida que fluía, generosa y a borbotones, por los intersticios del orden social y desde los barrios de indecible pobreza, en El ocupante Waters se ocupa de reelaborar la clásica historia de fantasmas; M. R. James, Walter de la Mare y Charles Dickens, entre muchos otros, crearon un riquísimo paisaje de apariciones, espectros y hechos inexplicables, que hoy parece más bien de capa caída ante la emergencia de formas más seductoras de la fantasía. Waters no se arredra ante ese panorama y sitúa los hechos de su novela en los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial, en un rincón rural milagrosamente respetado por los bombardeos. La mayoría de las grandes casas solariegas están abandonadas o han sido vendidas para otros fines; sólo en algunas, sus ocupantes luchan por detener el inclemente paso del tiempo y también el incontenible avances de fuerzas sociales que amenazan su estatus y su capacidad de mantener el estilo de vida de sus antepasados. Una de estas casas es Hundreds Hall, donde un oscuro médico rural llega a trabar amistad con los dueños de casa, la viuda y sus dos hijos, los Ayres. La novela es también un brillante estudio social; esa pequeña sociedad provinciana es la miniatura de una sociedad cruzada por un estricto orden de clases cuya violación acarrea el más vergonzoso bochorno. Buena prueba de ello es que, sin que deje jamás de ser amena y ligeramente misteriosa, la aparición de lo extraordinario, de lo fantástico, de lo impensable, asoma recién tras unas 180 páginas. De ahí en adelante el tejido se hace más denso y pleno de matices; por más que la incredulidad sea la nota dominante, por más que el hermano esté internado en un hospital psiquiátrico (y muy contento de estar ahí, lejos de la “infección” que corroe Hundreds Hall), habrá de pasar aún más tiempo para que el terror muestre sus fríos dedos en los oscuros pasillos de la casona.

Sarah Waters. Anagrama, Barcelona, 2012. 532 páginas.

Anuncios

Falsa identidad

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 12 de marzo de 2005

Falsa identidadLa escritora galesa Sarah Waters ha cultivado un filón que, hasta ahora, le ha dado magníficos frutos: la subversión de la novela victoriana. El lustre de la perla y Falsa identidad son novelas de vasta extensión, al estilo Dickens o William Wilikie Collins, y transcurren en los altos y bajos estratos de la sociedad británica, desde los callejones más miserables a las más elegantes mansiones. Las apariencias, las sagradas apariencias de la época, muestran aquí, sin embargo, su revés, que, en rigor, debería ser el derecho: la impostura y la máscara, el corsé y el miriñaque, esconden seres que aman y sufren, cuerpos que desean y exploran, y eso es lo que revela, magistralmente, Sarah Waters.

Esta novela en particular añade al cuadro general una trama de engaños y dobleces que multiplica, por así decirlo, el espíritu de la época. La protagonista, Susan Trinder, hija de una asesina que fue ahorcada frente a su ventana poco después de haber ella nacido, deviene en Susan Smith, doncella de una mansión en las afueras de Londres. La nueva Susan es parte de una intriga compleja para arrebatarle su cuantiosa herencia a otra huérfana, Maud Tilly; pero, en cuanto Susan y el lector ingresan en Briar, casona oscura, silenciosa e intimidante, advertirán, más allá de las veladas advertencias de la narradora, que tras el silencio y las estrictas normas de convivencia alientan fantasmas oscuros, imágenes perversas y espíritus retorcidos. Porque complejo y retorcido es el dueño de casa, el señor Tilly, coleccionista de libros dedicados al placer; de literatura pornográfica, en buenas cuentas, que reúne, enumera y clasifica para escribir un índice general y universal del género, vasta obra en la que le ayuda su sobrina, el ama de Susan. La doncella se cree lista y el ama finge inocencia mientras ambas tejen sus redes. La primera quiere dinero; la segunda, escapar de su tío y gozar de su herencia. Es ahí donde la autora teje, a su vez, sus propias redes, que atrapan al lector y lo conducen a una vertiginosa espiral de conspiraciones, trampas y cambios de papeles en el mismo Briar, en un manicomio y en otros espacios donde se funden la codicia, el deseo, el placer clandestino y la furia.

Waters no se limita a la paráfrasis del género, o la asume sólo en la extensión y el lujo de detalles que rodea la trama. Sus novelas encierran una clave de interpretación muy contemporánea, una lectura de la historia sin complacencias ni falso orgullo, con maestría, elegancia y sentido del ritmo. No son entonces, estrictamente, novelas históricas; no recrea un mundo, sino que lo revela; y ahí está, sobre todo, su fuerza subversiva.

Sarah Waters. Anagrama, Barcelona, 2003. 624 páginas. 

El lustre de la perla

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 20 de marzo de 2004

lustreLa Inglaterra victoriana está asociada a una serie de tópicos y a algunos personajes. A ella pertenecen la represión, los miriñaques, la exacerbación de la virtud, Sherlock Holmes, Jack El Destripador y Oscar Wilde. Sarah Waters, uno de los estandartes de la nueva generación de narradores británicos, muestra el reverso de la medalla, la otra cara de Gran Bretaña en las décadas finales del siglo XIX, a través de un entrañable personaje que, a cada paso que da, descubre que las cosas no son como parecen y que, más que nunca, las apariencias engañan.

De hecho, la novela se desarrolla a partir de equívocos sobre la identidad de género. La protagonista, Nancy Astley, procede de un pequeño pueblo en la desembocadura del Támesis, cuya principal fuente de trabajo son las ostras. Pero su pasión es el teatro de variedades en la cercana Canterbury. Cuando recién ha cumplido los 18 años, ve a una artista que representa la última moda de los teatros de la época: una joven mujer que se disfraza de hombre y saca aplausos con canciones que resaltan su ambigüedad. Nancy se enamora de la chica-chico, la asiste en el vestuario, se marcha con ella a Londres y al cabo de un tiempo sube con ella al escenario, disfrazada también de chico.

Es sólo el primero de los equívocos; Nancy descubre pronto los recovecos, los rincones y los secretos de la noche londinense, así como el desengaño, la furia y la caída en la absoluta pobreza. Su propio travestismo se convierte en una herramienta de trabajo y seducción, explotando de la manera más singular su talento para parecer lo que no es o bien para resaltar lo que es debajo del disfraz.

De la mano de una impecable reconstrucción de época que cruza todos los ambientes sociales, desde el mundo del espectáculo a las grandes mansiones y, luego, el mundo obrero, Waters desarrolla su historia de equívocos que conduce, finalmente, al reconocimiento de la propia identidad y al descubrimiento del amor genuino. Esa veta romántica está siempre presente en la ingenua Nancy, que, a pesar de todo su aprendizaje erótico y su inmersión en el mercado del sexo nocturno, conserva una mirada que tarda mucho en descubrir la dirección real de los acontecimientos.

La autora demuestra un firme pulso narrativo, aunque, a ratos, se complace demasiado en su propia voz. Cuando el lector sabe ya lo que va a ocurrir más adelante, sea por anuncios del narrador o bien porque simplemente no cabe otra alternativa, Waters demora la revelación en una sucesión de hechos y reflexiones que no pierden el ritmo ni la riqueza del estilo, pero que perfectamente podrían haber sido narradas con mayor economía. Le habría hecho muy bien a una novela de casi quinientas páginas, aunque no por ello pierde interés.

Sarah Waters. Editorial Anagrama, Barcelona, 2004. 496 páginas.

Nocturnos

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 10 de julio de 2010

noctur221012011En el mundo contemporáneo, la música ha pasado a ser parte del tramado cotidiano de manera radical. Puede crear vínculos y establecer misteriosas afinidades, tanto como desatar odios y desprecios. La complicidad en torno a los gustos musicales suele ser un ingrediente esencial en cualquier tipo de relación. Sobre ese fondo, Kazuo Ishiguro, uno de los estandartes del dream team de narradores británicos nacidos mayormente en la década de los cincuenta, escribió su primer volumen de cuentos.El subtítulo del libro es “Cinco historias de música y crepúsculo”. Desde luego, el papel protagónico de la música, ya sea desde la interpretación como desde la complicidad en torno a los gustos, y a un cierto tono de melancolía ligado al paso del tiempo y al desgaste que produce en las relaciones de pareja. Es que otro denominador común de los relatos es que se refieren a parejas que están en una zona crepuscular, recién separadas o en vías de hacerlo, por más que el amor mutuo siga siendo una presencia poderosa y viva entre ellos.

Lo seductor de estas páginas está en la perfecta amalgama entre el pretexto y el fondo; es decir, en el modo en que la música y sus efectos se entrelazan con tramas de alcance más universal. Ishiguro, tal como lo mostró en su novela más conocida, Los restos del día, es un maestro en la creación de tonalidades, de climas narrativos, que acompañen y resalten el hilo de sus historias. En este caso, desde el cantante melódico estadounidense que quiere relanzar su carrera y necesita para ello una esposa joven, hasta la pareja de suizos que funden lírica y pop en pequeños escenarios de Europa y ya no logran conciliar el desbocado optimismo de él y la lucidez descarnada de ella, cada relato crece y se desarrolla buscando en todo momento la empatía con los personajes y, por esa vía, con el lector, que no puede menos que hacerse cómplice de ellos. Pero no resulta fácil; Ishiguro no es un optimista y el segundo relato, que podría leerse en clave de comedia, termina por crear la asfixiante sensación de que los malentendidos pueden envenenar cualquier relación. Algunos de los personajes se repiten en los cuentos, aunque en otros contextos, lo que enriquece aún más el tramado delicado y firme a la vez que propone el autor. Y de paso demuestra que, a contrapelo de algunos rezongos que se escuchan ocasionalmente, su generación aún tiene mucho que decir en la narrativa británica.

Kazuo Ishiguro. Anagrama, Barcelona, 2010. 251 páginas.

El Libro de las cosas nunca vistas

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 21 de mayo de 2016

PN914_El libro de las cosas nunca vistasOK.inddPeter Leigh, pastor cristiano, postula a un trabajo. Lo examinan durante semanas o meses. Una de las situaciones a las que debe reaccionar es esta: va a otra ciudad y sale a comer con sus anfitriones. En el restorán, muy animado, hay una jaula donde pequeños patitos corretean junto a su madre. “Cada pocos minutos, un chef agarra uno de los patitos y lo arroja a una olla de aceite hirviendo. Una vez frito, lo sirven a los comensales y todo el mundo está contento y relajado”. Quizá la cita ayude a indicar lo singular que es esta novela; aunque su trama se puede resumir rápido en viajes interestelares, alienígenas, capitalismo desenfrenado, caos apocalíptico en la Tierra y amores trágicos, nada de eso puede orientar la lectura. Si alguien busca una novela de ciencia ficción, saldrá decepcionado (o no pasará de las primeras páginas). Si alguien no la lee porque hay extraterrestres, se perderá una creación genial. Es uno de aquellos raros casos de novelas que revientan las categorías y de las que se puede decir, sin más, que es literatura, pura, dura y buena literatura.

Faber retoma aquí algo que ya había planteado de alguna manera en Bajo la piel, que tuvo una horrible versión cinematográfica, quién es el otro. O, mejor dicho, cuándo reconocemos que estamos frente a un otro y no frente a algo donde no vemos un reflejo especular que nos permita sentirnos interpelados. A ello agrega Faber una interrogante poderosísima: cómo puede ser recibido, entendido y asimilado un relato tan complejo y lleno de símbolos como la Biblia entre seres cuya historia es no tener historia, ni memoria, ni recuerdo, solo presencia. Seres parecidos hasta un cierto punto, pero tan radicalmente distintos en otros que el solo hecho de lograr hablar con ellos es una hazaña social y lingüística mayor. Y mientras Peter lidia con ellos con mucho más éxito de lo esperado, allá lejos y atrás la Tierra se desmorona y Bea, su mujer, pareciera derrumbarse con el planeta. Pocas novelas tocan también, tan de cerca y con tanta delicadeza, la fragilidad humana, ya no física ni tecnológica, sino aquella que se expresa en la capacidad de resistir los embates de la existencia y de entablar relaciones afectivas. Todos los personajes de Faber -los humanos, al menos- están dañados, y cómo resuelven los puzzles de su existencia es una de las tantas variables que atrapan en esta novela dislocada, extraña y apasionante, tan genial como su gran obra anterior, Pétalo carmesí, flor blanca, tan de este tiempo y a la vez tan adelantada a él.

Michel Faber. Editorial Anagrama, Barcelona, 2016. Traducción de Inga Pellisa. 624 páginas.

La dama de la furgoneta

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 18 de abril de 2009

dama furgonetaEl año pasado, Anagrama publicó Una lectora nada común, de Alan Bennett, comentada en esta columna: una novela chispeante y provocadora, acorde con la fama de su autor, considerado el dramaturgo más célebre del Reino Unido. La misma editorial trae ahora La dama de la furgoneta, que es más bien un perfil periodístico que una novela (de hecho, la mayor parte del texto apareció en 1989 en London Review of Books; en 1994, para su publicación como libro, Bennet agregó una postdata de unas 15 páginas).

Obviamente, el rescate de esta obra se debe al éxito de la anterior, y está muy bien que así sea. Breve y magistral en su precisión, relata la extraña relación que el autor estableció con una especie de vagabunda que rondaba por su barrio. Gracias al subsidio que recibía del gobierno, Miss Shepperd tenía recursos –modestos, claro– que le permitían comprar furgonetas de segunda mano, convertidas de inmediato en un cruce de basural y casa, cuya pestilencia ahuyentaba a los paseantes. Después de un par de encuentros callejeros que pusieron a prueba la paciencia de Bennett, ocurrió un desagradable incidente: un par de borrachos rompió los vidrios de la furgoneta y Miss Shepperd quedó con cortes en la cara. El autor se compadeció de ella y le ofreció estacionar la furgoneta en su jardín y de ahí prácticamente no se movió más. Miss Shepperd tenía además un auto, cuyo motor encendía en las mañanas y lo aceleraba por unos cuarenta minutos; dos coches de niño; y, en los últimos años, una silla de ruedas, aunque podía caminar perfectamente. A través de breves notas, fechadas entre 1969 y 1990, cuando la dama de la furgoneta ya había muerto, Bennett entrega un retrato preciso, humorístico y generoso de esta excéntrica anciana, siempre elusiva respecto de sí misma y con claras convicciones morales, religiosas y políticas, fundadora –y única militante– del Fidelis Party, vendedora callejera de panfletos ultraconservadores escritos por ella misma, coleccionista de los más diversos objetos que, amontonados en la furgoneta, recibían además una gruesa capa de polvos de talco. Pero lo más interesante del texto no es el recuento de las excentricidades y manías de una anciana que bien podría haber estado internada en algún hospital psiquiátrico (de hecho, lo estuvo, antes de conocer a Bennett), sino la manera en que el autor retrata su relación con ella, una relación que tenía claras fronteras –alguna vez traspasadas por ella, por supuesto– y un complejo sistema de signos y señales que rigió la estrecha vecindad por más de 15 años. Bennett es singularmente respetuoso de la intimidad y de la reserva de su vecina sobre sí misma, aunque al final, tras el registro de la furgoneta, da con algunas claves, pero no todas: Miss Shepperd sigue siendo un enigma.

Alan Bennett. Editorial Anagrama, Barcelona, 2009. 96 páginas.

Una lectora nada común

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 19 de julio de 2008

lectora nada comúnAlan Bennett es uno de los dramaturgos más célebres del Reino Unido, además de guionista de cine y novelista. En este último género ha cultivado más bien la nouvelle, la novela corta, ese desafío mayor que exige mantener la tensión y el equilibrio y el suspenso del cuento en una extensión mucho mayor. Anagrama publicó, hace algunos años, dos de ellas, Con lo puesto y La ceremonia del masaje, y ahora Una lectora nada común, publicada el año pasado en inglés. Y, como las otras, es una notabilísima muestra del sentido del humor británico, así como de la impresionante habilidad narrativa de Bennett.

Isabel II, siguiendo el rumbo de sus díscolos perros, llega hasta un sector del palacio que nunca visita y se encuentra con la biblioteca ambulante del vecino municipio. Sólo por real gentileza y no desairar al bibliotecario, pide en préstamo un libro, que devuelve debidamente leído a la semana siguiente (“cuando empezamos un libro, lo terminamos. Nos han educado así”), y vuelve a toparse tanto con el señor Hutchings como con un pinche de cocina, ávido lector, cuyos gustos son un tanto particulares: lee sólo autores gay. La reina, en pocas semanas, se convierte en una ávida lectora, que hasta descuida sus deberes por el placer que le brindan los libros. Su nuevo hábito no pasa desapercibido y comienza a despertar una sorda resistencia entre los cortesanos. La biblioteca ambulante no llega más, el pinche de cocina ascendido a amanuense es trasladado, los libros que la reina llevaba en una gira a Canadá se pierden; pero la reina sigue leyendo, cada vez más, hasta que lentamente otra actividad se abre paso, actividad quizá aún más amenazante para quienes la rodean: Isabel II ha comenzado a escribir.

El libro es una aguda sátira del poder, que también pone en la picota a los políticos (su ignorancia, especialmente) y a los escritores (su soberbia y narcisismo, no sus obras). Todo ello es casi obvio, dado el argumento de la novela, pero no por ello la sátira es menos mordiente o el humor menos eficaz. El autor perfila un personaje convincente que descubre con rapidez el infinito campo de estímulos representado por los libros, con los que crecientemente dialoga y va redefiniendo su relación no sólo con ellos, sino también consigo misma y con el mundo. Escribe la reina: “Creo que quizá me estoy convirtiendo en un ser humano. No estoy segura de que sea una evolución bien recibida”. Y claro que no: a su alrededor crece la incomodidad, pero ella, impertérrita, continúa con el trabajoso proceso de humanizarse, y lo lleva hasta un punto que sin duda sorprenderá al lector. Por último, la novela es una afilada y muy graciosa introducción a la narrativa inglesa, y, a pesar del protagonismo de la literatura, no es un libro destinado a especialistas, sino a todo ser humano.

Alan Bennett. Anagrama, Barcelona, 2008. 119 páginas.

La última palabra

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 7 de febrero de 2015

Maquetación 1El novelista Hanif Kureishi es, sin duda, uno de los más destacados de su generación, conocida como el Dream Team británico. De ascendencia paquistaní, ha explorado como pocos los intersticios del melting pot en que ha devenido la Gran Bretaña poscolonial, pero su narrativa está muy lejos de circunscribirse a ello; sus novelas circulan por los grandes espacios de la familia, la pareja, la relación padres e hijos, las pulsiones del amor y del deseo, pero, como ocurre con escritores sobresalientes como Kureishi, el tópico universal adquiere nuevos rostros y matices. En esta novela incluye otro factor que ayuda a profundizar en todas las líneas, la relación entre biografía y ficción, entre literatura y vida. El argumento es simplísimo: Mamoon Azam, hindú radicado desde joven en Inglaterra, es una vieja gloria de la literatura que quiere relanzar su carrera a través de una biografía que trace su perfil como si se tratara de una moneda de impecable diseño. El encargado de escribirla es un hijo de familia típicamente londinense (al menos en la superficie), quien se instala en la mansión campestre de Mamoon por unos meses.

La idea tiene un alto potencial irónico: Mamoon podría ser un álter ego del autor con un par de décadas más, y quizá sus lapidarios y muy graciosos juicios sobre autores como Forster y Orwell (y prácticamente toda una generación sumida en el olvido) podrían ser suscritos por Kureishi, así como las también tajantes y terribles frases del padre de Harry sobre la pareja y el amor: “Cuando rompes una relación y dices que has dejado de amar a una persona, lo que realmente estás diciendo es que nunca la has querido. El pasado es un río, no una estatua”. La densa nube emocional que se instala y crece en torno al escritor consagrado y sus mujeres, y el investigador de su vida y las suyas, extiende sus largos brazos por una Inglaterra donde los pueblos rurales han pasado a ser territorio hooligan. Donde ya no existe el clásico caballero inglés en que Mamoon, con toda su iconoclastia y capacidad para anticiparse a modas y tendencias, quería convertirse. Retrato social, profunda indagación en el inagotable tema de cómo sobrevivir a una relación de pareja (y más si se ha petrificado en matrimonio), interesantísima y libre exploración sobre escritura y vida -capas que se solapan y confunden, donde el recuerdo es invención y la invención es recuerdo-, esta novela, además de entretenida, remueve el limo apozado en las vidas de sus personajes y en la de cada lector que se adentra en sus turbias aguas.

Hanif Kureishi. Anagrama, Barcelona, 2014. 295 páginas.

¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 12 de enero de 2013

feliz wintersonParece el título de un libro de autoayuda. Los nombres de un par de capítulos (“Un consejo para todos: vale la pena nacer” y “Este es el camino”) pueden reforzar esa sensación. Y si se lo hojea a la rápida, saltarán a la vista aforismos como “me he dado cuenta de que hacer lo más inteligente sólo es una buena idea cuando se trata de decisiones pequeñas. Para las cosas que te cambian la vida, hay que arriesgarse”, así como una manera sentenciosa de narrar que puede también inducir a confusión. Pero nada más lejano que este libro de memorias al estúpido optimismo de creer que basta con tener fe en la bondad para que el mundo sea bueno. Jeanette Winterson nació a fines de los 50 en Manchester, en tiempos de miseria y chatura de horizontes, y fue adoptada por un matrimonio disfuncional; o, mejor dicho, por una madre cuyo desajuste e incomodidad perpetua con el mundo la llevaron a adoptar a una hija con el solo propósito de tener una amiga, una cómplice; pero, como solía decir la señora Winterson, escogió “la cuna equivocada”. La autora se adentra con una lucidez implacable en un mundo áspero y durísimo: una niña, ella, criada entre la lectura de la Biblia, los golpes y las noches a la intemperie, sentada en la escalera de acceso a la casa, o encerrada en la carbonera. Una madre que veía en ella -ya que no fue lo que esperaba- la encarnación del mal. Mucho se podría decir de la señora Winterson -de hecho, quizá, la gran protagonista del libro-, pero es más interesante apuntar a cómo su hija adoptiva logró sobrevivir a esa figura que por momentos parecía hincharse hasta dimensiones monstruosas y construir, a partir de los libros que su madre odiaba, una vida y una identidad. Si la escena en que la madre saca los libros que Jeanette escondía bajo el colchón y los quema en el patio es apabullante en su brutalidad, más luminosa se torna la lección que ella extrajo del hecho: “Me había dado cuenta de algo importante: en cualquier momento te pueden quitar lo que asoma al exterior. Sólo lo que está en mi interior está a salvo”. Y aquello conduce el hilo de estas memorias que llevan a Jeanette hasta su otra madre, la biológica, en un trayecto salpicado de reflexiones, decisiones y sobresaltos de una mujer que nunca tuvo miedo de saltar al vacío y comenzar todo otra vez.

Jeanette Winterson. Lumen, Barcelona, 2012. 251 páginas.

NW London

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 5 de julio de 2014

Noroeste_152X230Zadie Smith regresa a los temas de su primera novela, Dientes blancos: la vida de gentes de origen caribeño o africano en el melting pot londinense. El sector geográfico que da título a la novela es donde se han asentado por décadas, y la autora recrea la existencia cotidiana a través de un relato que alterna el foco, el escenario y los personajes protagónicos, así como el modo en que se construye en cada una de las cinco partes. Hay dos personajes dominantes: Leah Hamwell, pelirroja y alta descendiente de irlandeses, y Keisha Blake (quien cambia su nombre por Natalie), de familia jamaicana (al igual que Félix, el personaje invitado que protagoniza la segunda parte y de cuya -mala- suerte se enteran las amigas por la prensa). Son amigas desde los cuatro años y, a pesar de la distinta evolución de sus vidas, siguen ligadas por una especie de pacto que escapa a toda racionalización. Más que por el tema de la ciudad multirracial y las tensiones y dificultades que acarrea, la novela interesa por la inteligente construcción de personajes y la exploración de distintas sensibilidades femeninas. En eso Smith demuestra su maestría y madurez narrativa; no hay esa exploración ya desgastada de la psicología, sino una puesta en escena que la destaca sobre el plano y que mantiene intactas las oscuridades e indefiniciones presentes en la vida de cualquiera. Ese relieve preside tanto el desarrollo narrativo como las variaciones de estilo; si la parte de Leah (la primera) recuerda, con su flujo nervioso, novelas previas de Smith, la parte de Natalie (la tercera), construida sobre la base de fragmentos numerados que admiten una amplia continuidad, pero también excursos, adelantos hacia el futuro, regresos a la infancia, muestra que la autora tiene muchos, variados y ricos recursos para rodear a sus personajes y hacerlos emerger siempre bajo renovadas luces. Luces que revelan un paisaje que, a veces, se reviste de inesperada crudeza; es que, como lo demuestra la autora, vivir, ya sea en el noroeste de Londres o en cualquier otra latitud, es una experiencia que suele estrellar las planificaciones e, incluso, la idea que cada quien tiene de sí mismo. Esa lectura -que nadie es inmutable; que cada uno puede ser sorprendido por lo que anida, desconocido, en su interior; que no hay claridad en la mirada sobre uno mismo- es lo que puede quedar resonando tras concluir la novela.

Zadie Smith. Salamandra, Madrid, 2013. 377 páginas.