Trilobites

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 16 de junio de 2012

PORTADA setenta acr’licoUna docena de cuentos es todo lo que legó a la posteridad Breece Dexter Pancake, que adoptó el D’J como segundo nombre en sus publicaciones por un error de imprenta que terminó por gustarle. Escueta herencia: es que se suicidó a los 26 años, en 1979, por razones que no han podido dilucidarse. A la inversa de otra gran promesa de las letras estadounidenses que también se quitó tempranamente la vida, John Kennedy Toole, el talento de Pancake sí era reconocido y varios de sus relatos aparecieron en la prestigiosa revista The Atlantic, donde precisamente se originó la errata que lo rebautizó. A cuatro años de su muerte apareció la edición de estos 12 cuentos, traducidos al castellano por primera vez.

La impresión que produce la lectura de los relatos es extraña. Por un lado, pareciera tratarse de un estilo y temáticas familiares; de hecho, tal como señaló Rodrigo Fresán, Pancake se inscribe en la tradición muy estadounidense de la literatura de los espacios abiertos. Pero también ofrece una sorprendente madurez estilística y recoge como pocos el ambiente rural de los blancos pobres, tal como antes James Agee en Hablemos ahora de hombres famosos (en plan reportaje, eso sí) y hace poco Donald Ray Pollock en Kno-ckemstiff. También recuerda, pero sólo en el sentido de la manera de construir los relatos, a Raymond Carver; se trata de momentos, de retazos de vidas, de tramas que podrían haber comenzado antes y haber terminado después. Lo que importa es el clima y su certera caracterización de personajes que muestran tanto la dureza que emana de sus malas condiciones de vida como la fragilidad propia de la especie humana. Hay algo ásperamente sofocante en cuentos que desnudan miserias y brutalidades, celos y pasiones, pero sobre todo la desesperanza que atenaza vidas sin horizonte ni misterio. Por lo mismo, importan poco los finales abiertos y las tramas que parecen no resolverse; lo que pueda haber ocurrido antes y lo que después vendrá no será muy distinto de estos momentos de implacable dureza que Pancake supo trazar con tanta firmeza. Él mismo lo sugiere: “En la gasolinera, en un día sin nada que hacer, a veces pienso en las cosas que tal vez le ocurrieron a Chester, me invento pequeñas obras para que me las represente, esté donde esté”. Pocas líneas pueden representar mejor el tedio profundo de un pueblo perdido en el campo sin límites de la América rural.

Breece D’J Pancake.Alpha Decay, Barcelona, 2012. 229 páginas.

Excentricidad anglosajona, antídoto para la melancolía

Artículo publicado en la revista APSI 323, del 25 de septiembre al 1° de octubre de 1989

SitwellLas islas británicas han sido pródigas en especímenes humanos a los cuales cuadran los adjetivos de excéntricos o de extravagantes. Aquello ha sido, incluso, motivo de chanas universal; un ejemplo claro es el personaje Phileas Fogg, el héroe de la novela La Vuelta al mundo en 80 días, debida al ingenio francés de Julio Verne. Su maniática observancia de hábitos y de horarios, puesta radicalmente a prueba por una expedición de tal magnitud, no sufre menoscabo alguno, y la mayor felicidad de Fogg, al cabo de tan accidentado viaje, radica en restituirse a su amada rutina, el té de las cinco, los diarios en el club, la pipa.

Los mismos ingleses han contribuido generosamente a alimentar su fama de rareza. Sólo un aspecto -su manía de asociarse en estrambóticos clubes- servirá para ilustrar el aserto. Thomas De Quincey, en Del asesinato considerado como una de las bellas artes, informó de la existencia de la Sociedad para el Fomento del Vicio. de la Sociedad para la Supresión de ]a Virtud y de otras no menos escandalosas para la rígida moral victoriana. Robert L. Stevenson propuso, como escenario para las aventuras del príncipe FIorizel de Bohemia, el Club de los Suicidas, organizado para ayudar a salir de esta desesperanzada vida a quienes carecen del valor necesario para obrar por sí mismos. Gilbert K. Chesterton, por último. ideó el Club de los Doce Pescadores Legítimos, cuya única razón de existir es -nada más y nada menos- el exclusivísimo derecho de pertenecer a él.

Los mismos escritores, más allá de sus obras, han marcado caminos en esto de la extravagancia. William Beckford, por ejemplo, que en 1780 pubIicó sus ma1évolas -y ficticias- Memorias biográficas de pintores extraordinarios. una genial tomadura de pelo a confesioneslos eruditos y conocedores de arte de su tiempo; el mismo De Quincey, opiómano empedernido, que hizo de su afición a la droga la fuente de una de sus más notables creaciones, las Memorias de un inglés comedor de opio; o el tranquilo y tímido clérigo Charles L. Dogson, que pasó a la historia de la literatura como Lewis Caroll, autor del ciclo de Alicia y de obras de lógica y de matemáticas en las que e1 p1anteamiento de los problemas adquiere insólitos caracteres oníricos. Carroll, además de escritor, fue fotógrafo, y las imágenes de su sobrina Alicia Liddell y de otras pequeñas amiguitas han dado pábulo a las más diversas teorías sobre el inconsciente y e1 consciente de este solterón que amaba a las niñas.

Pero la que ha asumido la peculiaridad de los ingleses como objeto de su texcéntricosrabajo literario es Edith Sitwell, autora de Ingleses excéntricos. Una galería de hombres y mujeres raros y pasmosos. El libro, publicado originalmente en 1933 y traducido sólo en 1989 al castellano, es una auténtica caja de sorpresas que rescata del olvido, con humor y con distancia, con cariño y con sorna, a personajes que cumplen cabalmente con las características enunciadas en el titulo. Edith Sitwell, poetisa y ensayista británica, murió en 1964, y ésta es su obra actualmente más difundida. Se dice que ella, tal como Beckford, Carlyle y Borges, prefirió simular 1a realidad en lugar de reconocer e1 carácter ficticio de sus personajes. Hayan existido o no, son, de todos modos, cabal expresi6n de la excentricidad inglesa.

El don de la infalibilidad

¿En qué consiste, pues, la ya tan nombrada excentricidad? EI diccionario, con su habitual proceder tautológico, la define como ‘”rareza o extravagancia de carácter”. En extravagancia, no es mucho más descriptivo: “desarreglo en el pensar u obrar”. En extravagante alcanza, por fin, cierta precisión: “que se hace o dice fuera del orden a común modo de obrar”. En el caso de los ingleses, tal comportamiento desajustado obedece, según Edith Sitwell, “a ese conocimiento pecu1iar y satisfactorio de su infalibilidad, que es el sello distintivo y el derecho de nacimiento de la nación británica”. Esa percepción puede !levar a afirmar a un distinguido señor que “el principio vital, los nervios del tronco y las extremidades, la sensación y el movimiento, pueden existir con independencia del cerebro”. En e1 mismo orden de cosas, los médicos de los siglos XVI y XVII podían recetar -y los enfermos ingerir- remedios de este tipo: “piojos de cerdo vivos, lombrices de tierra recién cogidas, puntas negras de patas de cangrejo, huesos humanos calcinados, estiércol de ganso recogido en primavera y secado al sol, hígado de rana, estiércol blanco y seco de pavo real y carne de sapo y de víbora”. Según la autora, el riesgo que implicaba someterse a tales tratamientos determinaba que el número de enfermos imaginarios debía ser mucho menor que en nuestros días.

La infalibilidad podía, también, ayudar a que un personaje como e1 capitán Philip Thicknesse encontrara que ingresar subrepticiamente al domicilio de una rica viuda y asomarse a la ventana con camisón y gorro de dormir era un buen sistema para obligarla a contraer matrimonio; o que el hecho de encerrar de por vida a dos jovencitas en un convento porque su perro devoró al periquito regalón de su mujer (Ia viuda), no era más que una estupenda broma; o a considerar que no haber logrado arrebatarle a sus hijos la fortuna que heredaran por la vía materna era la mayor frustración de su vida, tanto, que el capitán Thicknesse escribió en su testamento: “Dejo mi mano derecha. que será cortada después de mi muerte. a mi hijo Lord Audley. Deseo que se la envíen, con la esperanza de que, al verla, se acuerde de su deber hacia Dios, tras haber abandonado durante tanto tiempo el deber hacia un padre que en otro tiempo le prodigó tanto afecto”.

hermit2Una de las profesiones más singulares que el ingenio inglés ha podido inventar es la de “ermitaño decorativo”. Parece ser que en algún tiempo se consideró de buen tono poseer, dentro de las propiedades campestres de ]as familias inglesas, a un ermitaño que sirviera de viva demostración de la vanidad de las cosas terrenales. Así. en un periódico podía encontrarse la oferta de cincuenta libras anuales “a cualquier hombre que viviera siete años bajo tierra, sin ver a ningún ser humano y sin cortarse el pelo. la barba y las uñas de pies y manos”. Lo notable del caso es que hubo un interesado en el trabajo, pero sólo pudo perseverar durante cuatro años en aquella ocupación.

Una mirada oblicua

Con este recorrido por las más variadas formas que reviste el don inglés para comportarse de modo extravagante, Edith Sitwell logra construir una obra que no sólo es entretenida –y, a su vez, excéntrica-, sino, también, propositiva: hay una lectura implícita que da cuenta del modo de ser inglés mucha más fehacientemente que el más sesudo ensayo socio o antropológico. Aquella lectura enlaza con la rica tradición literaria inglesa que hace del humor una de las más eficaces herramientas para describir la realidad. A través de los muchos personajes y de la infinidad de anécdotas asoma el tejido de relaciones sociales y de concepciones de mundo que han regido durante siglos las islas británicas. En su misma atribución de causa a la excentricidad –la certeza de no errar- hay más que un juego de palabras o una ironía gratuita; se trata, en realidad. de una certera caracterización que desborda los límites del libro.

Por lo mismo, Edith Sitwell, a medio camino entre la autocompasión y el sarcasmo, propone su indagación como un antídoto contra la melancolía, aquella que asalta “cuando incluso la nieve y las nubes de contornos oscuros parecen viejos accesorios teatrales, harapos desechados que pertenecieron a actores muertos”. La autora equipara el material básico a un gigantesco montón de basura en el cual es posible encontrar “alguna actitud rígida, e incluso, espléndida, ante la muerte, alguna exageración de las actitudes corrientes en la vida. De tales distorsiones puede alzarse una risa polvorienta”.

Ingleses excéntricos. Por Edith Sitwell. Tusquets Editores, Colección Afueras, Barcelona, 1989. 289 páginas.

Veneno de escorpión azul

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 11 de agosto de 2007

EEscorpión azuln mayo de 2006, Gonzalo Millán se enteró de que estaba enfermo de cáncer al pulmón. Comenzó entonces un “diario de vida y de muerte”, un documento extraordinario que desarrolla al menos tres registros: la vida cotidiana en su más concreta actividad; la creación poética; y la reflexión lúcida, valerosa y descarnada del hombre enfrentado a la certeza de la muerte, aunque esta última certeza también informa los otros registros. Todo se torna despedida, hasta el hecho de ver pasar al cartero, y la muerte es también la materia prima de los versos que Millán escribe en una carrera de antemano perdida: murió cinco meses después de iniciar el diario.

Hay antecedentes. El escritor estadounidense Harold Brodkey escribió Esta salvaje oscuridad. Diario de mi muerte (Anagrama, 2001), entre el momento en que le diagnosticaron sida y el de su muerte, tres años después. Enrique Lihn, también enfermo de cáncer, escribió más de 300 poesías ya en la condición de desahuciado. Pero lo que aquí interesa no es la originalidad del proyecto, sino el ritmo febril de una escritura casi compulsiva que no pierde el pulso, ni la claridad, ni la lucidez. La RAE define lúcido como claro en el razonamiento, en las expresiones, en el estilo, pero también se asocia la palabra con rapidez intelectual y cordura. Y en la encrucijada que motivó la escritura de este libro, nada más fácil que rendirse a la oscuridad: la desesperación, la autocompasión, los sufrimientos aparejados a una enfermedad terminal, son motivos suficientes para el extravío de la cordura, la pérdida de la claridad y la entrega al derrotismo estéril. Millán no se rinde jamás. Con ello gana la textura y el contenido de un libro agónico y ejemplar, con hallazgos brillantes (no en vano es el poeta chileno que más ha dado que hablar en los últimos años) y una tensión interna que a ratos sobrecoge; texto que termina por privilegiar el primer polo del enunciado, la celebración de la vida hasta que llegue la hora de cercenar la luz, que se extingue la vela.

Gonzalo Millán. Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago, 2007. 321 páginas.

Del diario íntimo a la bitácora digital

En Lecturas y libros, el blog donde subo los textos publicados en medios, acabo de incorporar un largo artículo sobre los diarios y sus derivaciones contemporáneas en la esfera digital. Pensé, por un momento, ponerlo acá como parte de la evaluación de la década, pero en rigor no corresponde: no lo es, y, sobre todo, tendría que haber incluido otros diarios que leí en estos años.

Por ejemplo, Una mujer en Berlín, de Anónima, sobre el que escribí aquí (y en uno de los comentarios, Rosa Sala Rose me señaló que se sabe ya que la autora fue la periodista Marta Hillers). O el extraordinario y monumental diario de Viktor Klemperer, sobre el que escribí acá. Y me gustaría haber hablado más sobre los diarios de Kafka, pero creo que ya se ha dicho mucho sobre ellos. Y también me habría gustado haber leído a tiempo los de Tólstoi y Gombrowicz, pero no alcancé; además, ya se agotaba el espacio disponible. Quedarán para una segunda mirada sobre el tema.

Lecturas de la década: relecturas y bodrios

 

 

 

 

 

 

 

 

Relecturas

1. La cartuja de Parma. La leí hace por lo menos 20 años, en una edición en dos tomos de una desaparecida editorial argentina con traducción de José Bianco. La presté y la perdí hace muchos años también y ya pensaba que iba a tener que conseguir otra versión cuando Mondadori reeditó la misma traducción, que procedí a comprar y releer de inmediato; y renové mi amor eterno por Gina Pietranera, para mi gusto, el mejor personaje femenino de la literatura mundial de todos los tiempos.

2. Ivanhoe. En la entrada anterior de este blog escribí sobre esta experiencia, así que no me repetiré.

3. El gran arte. Gracias a la editorial chilena Tajamar, pude volver a leer esta enorme novela de Rubem Fonseca, su obra más ambiciosa, un placer que agradezco y que recomiendo encarecidamente. Tajamar acaba de publicar además Vastas emociones y pensamientos imperfectos; mi reseña aparece el sábado 9 de enero.

4. El conde Montecristo. Otro clásico que no leía desde que era chico. Estupenda la edición de Mondadori. Es un culebrón incomparable. 1100 páginas que pasan volando.

5. El elegido. Es una de las novelas tardías (y menos conocidas) de Thomas Mann. La leí en una antigua edición de Sudamericana, creo. Ahora vuelve por Edhasa. La reseñé, pero no sé si el diario la publique: no les gustan las reediciones. No importa que lleve décadas fuera de las librerías, que sea una nueva traducción en otra editorial, en fin.

Bodrios infumables

1. El premio mayor se lo lleva Muerte a los latinos, de Fernando Villegas. Con mi reseña me gané el mote de “critiquillo huevoncete”, una de las mejores cosas que me pasaron en 2007. Aquí, la reseña y la enjundiosa respuesta del autor.

2. Como bien dice Andrea Palet, da lo mismo que Ampuero sea un mal escritor y que apoye a Piñera; lo insoportable es que crea que es un intelectual. Sus primeras novelas policiales son pasables, pero luego ha ido cuesta abajo en la rodada. Aquí está mi reseña de Pasiones griegas, una de esas novelas que te hacen rabiar por el tiempo perdido en la lectura.

3. No es tan mal libro como para caer en la categoría de bodrio infumable, pero su autor ha armado tal alharaca por las reseñas desfavorables que lo incluyo en la lista. Está bien, se puede discrepar del crítico, pero atribuir intenciones o personalismos es un recurso muy bajo. Me cae bien Gumucio, pero eso no es razón para callar lo que pienso: La deuda es una novela fallida, débil y pretenciosa. Mi reseña, aquí.

Lecturas de la década: autores

Para empezar, aclaremos: las décadas van del 1 al 10 y no del cero al 9. Esa discusión ardió con el cambio de milenio y las mayores celebraciones tuvieron lugar el año del cambio de folio –el paso de 1999 a 2000- y no cuando propiamente terminaron el año, el siglo y el milenio, el paso de 2000 a 2001. Ahora ocurre algo similar: menudean las evaluaciones de una década que aún no concluye, pero parece que se trata de una batalla perdida.

En segundo lugar, encuentro dificilísimo esto de armar listas de evaluación. Ya me cuesta para un año, cuanto más para un período más largo. ¿Quién, honestamente hablando, se acuerda de los libros leídos en 2001 0 2005? Y si hay que evaluar lo leído, ¿hay que incluir sólo los libros nuevos? ¿Qué pasa con los clásicos y con los libros que compramos a destiempo? Y más aún: ¿cómo salir del cliché, de los libros que todo el mundo reconoce como hitos?

Y, en tercer lugar, no entiendo la utilidad de las listas. Por muy buen lector que seas, y aunque tengas la obligación de leer al menos un libro por semana para escribir su reseña, el conjunto de lo que has leído es una gota en el océano. De manera que tu evaluación será necesariamente parcial y restringida no sólo por tu gusto, sino también por tu capacidad de lectura.

Dicho esto, intentaré hacer más bien la lista de los autores que en esta década –que no termina- he leído con mayor placer e interés. Habrá antiguos y modernos, nuevos y viejos. ¿Qué importa, si todo esto es un ejercicio de muy dudosa utilidad? En otras entradas irán relecturas, bodrios infumables y narrativa infantil-juvenil (y si me da el ánimo, ensayos).

Autores

1. Tengo que partir por el cliché, no hay más remedio. Los primeros cuatro años estuvieron marcados por Roberto Bolaño: aparecieron Putas asesinas (2001), Amberes (2002), Una novelita lumpen (2002), El gaucho insufrible (2003), Entre paréntesis (2004) y, sobre todo, su gran novela póstuma, 2666, uno de los pocos libros que volvería a leer ya. Aquí escribí sobre esta novela. Él fue, además, el gran motivador para leer a otros latinoamericanos de su generación, como Villoro, Rey Rosa, Aira y Castellanos Moya.

2. Rodrigo Rey Rosa. Guatemalteco, nacido en 1958. Leí casi toda su obra ya en esta década, aunque sus primeros libros son de 1992. El que más me ha gustado es Ningún lugar sagrado (de 1998). Es un imperdible. Ojalá que Anagrama recupere todos sus títulos, largamente desaparecidos del mercado editorial. Muchos –entre ellos, los últimos que editó por Seix Barral- nunca han llegado a Chile (pero sí a Buenos Aires, por fortuna). Entre los últimos, El material humano (2009) y Caballeriza (2006) destacan por un tratamiento distinto del narrador: Rey Rosa se incorpora como personaje. Y son buenísimas novelas, claro.

3. Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948). Es un antiguo conocido, de quien –creo- he leído todo. Destaca, entre lo que publicó en esta década, El mal de Montano 2002), novela que en parte transcurre en Chile (vino precisamente cuando ocurrió el cambio de folio). El narrador escribe, en la página 146: “Valparaíso será ya siempre la pólvora y el nombre de seis amigos chilenos: los Brodsky (Paula y Roberto), Andrés, Rodrigo, Carolina y Gonzalo. Con todos ellos pasamos la agitada noche del 30 de noviembre en una casa frente al Pacífico, en Tunquén, y al día siguiente, en un largo recorrido en coche y con la idea de celebrar el fin de siglo, nos dirigimos al Brighton de Valparaíso, donde teníamos reservadas la totalidad de las habitaciones -seis- de ese pequeño hotel que cuenta con una terraza realmente inolvidable, una terraza con una gran vista sobre la ciudad y la bahía, un espacio que hoy, con la perspectiva del recuerdo, me parece uno de los lugares centrales de mi vida”. Entre sus últimos libros, me gustó muchísimo Dietario voluble.

4. Yuri Andrujovich (Ivano-Francisk, 1960). Partí leyendo El último territorio (2003; la edición española es de 2006) y me atrapó. Se trata de ensayos sobre su tierra natal, Gallitzia, un enclave que ha pasado por muchas manos. Luego leí Doce anillos y Recreaciones, novelas donde el manejo de la sátira es de los mejores que he leído alguna vez. Un tipo para seguir sin vacilaciones. Todos sus libros en español han sido editados por Acantilado. Aquí escribí algo sobre El último territorio.

5. Aleksandar Hemon (Sarajevo, 1964). Es mi apuesta a Premio Nobel de Literatura por ahí por el 2050. La cuestión de Bruno y El hombre de ninguna parte son libros deslumbrantes, que trabajan temas como el desarraigo y la memoria de manera soberbia. Acaba de aparecer en español una nueva novela, El proyecto Lázaro. Desgraciadamente ya no lo edita Anagrama, sino Duomo, que no tiene distribución acá. Si llega, llegará carísima. Para saber un poco más de él, aquí hay un magnífico artículo suyo donde habla de su vida en Sarajevo y la literatura; acá, una reseña de El proyecto Lázaro, escrita por Alberto Manguel (también se puede leer las primeras páginas del libro); y aquí, mi reseña de El hombre de ninguna parte. Hemon, tras los pasos de Conrad y Nabokov, es un gran escritor en inglés, aunque su lengua nativa es otra.

6. Alejandro Zambra (Santiago, 1975). Sus dos novelas, Bonsái y La vida privada de los árboles, están entre lo mejor que se ha escrito en Chile en esta década. Zambra, con su modelo minimalista de escritura, demuestra que la concisión y el cuidado por la escritura son virtudes espléndidas que se traducen, en sus manos, en obras memorables a pesar de su brevedad. También leí, hace poco, su excelente cuento “Noventa días”, incluido en la antología Vagón fumador. Aquí está mi reseña de la segunda novela y acá la que escribí sobre Bonsái.

7. Vasili Grossman (Berdichev, 1905)  En realidad, sólo he leído una novela suya, pero qué novela: Vida y destino es una de las grandes obras de la literatura universal. Acá está el artículo que publiqué sobre ella en Artes y Letras. También leí Un escritor en guerra, de Antony Beevor, que contiene largos fragmentos del diario que llevó durante la Segunda Guerra Mundial. Y estoy juntando el ánimo $uficiente para comprar Todo fluye, también editado por Galaxia Gutenberg.

8. Michel Faber (Holanda, 1960). Otro viajero, otro trasplantado: Faber nació en Holanda, pero sus padres emigraron pronto a Australia, donde estudió literatura, y ahora vive en Escocia, país donde transcurre su primera novela, Bajo la piel, un curiosísimo experimento narrativo que sólo la manía de etiquetar podría inscribir en la sección de ciencia ficción. En realidad, es una novela sobre el otro. Con la segunda, Pétalo carmesí, flor blanca, ganó fama y lectores. Como este listado está muy auto referente, no me da pudor decir que en la contratapa de la edición en Compactos Anagrama citan el final de mi reseña, que está acá.

9. Amélie Nothomb (Kobe, 1967). Nació en Japón porque su padre es diplomático, pero es belga, escribe en francés y vive en Bruselas. Es muy prolífica -casi, casi una novela por año- y, por lo mismo, es irregular; de hecho, sus últimas novelas no han estado a la altura de las que más me han gustado, todas publicadas y leídas en esta década: Estupor y temblores, Metafísica de los tubos, Cosmética del enemigo. Totalmente recomendable, en todo caso, aún en sus obras menos buenas, que tienen, de todos modos, la mirada original y la imaginación loca que me gustan mucho.

Menciones honrosas para autores de los que no he leído lo suficiente: Daniel Sada, por Casi nunca; David Lodge , por ¡El autor, el autor!, uno de los homenajes literarios más entrañables y bien escritos que he leído; Fabián Casas, por Ocio; Natalia Ginzburg, por Querido Miguel; Flann O’Brien, por La vida dura; Goran Petrovic, por Diferencias; Alan Bennett, por Una lectora nada común y La ceremonia del masaje; Chang-Rae Lee, por En lengua materna.

Roth, Ivanhoe, Albahari

Decidí escribir un artículo sobre las Cartas de Joseph Roth, así que retomé la lectura que había dejado incompleta. Roth es uno de los autores de la Europa de entre guerras que más ha persistido en los catálogos editoriales; Bruguera, Seix Barral, Siruela y Anagrama tienen obras suyas. Recientemente, Acantilado ha emprendido las publicación de la mayoría de sus obras, a las que se suman selecciones de crónicas editadas por Minúscula y Siglo XXI (y también por Acantilado). Ejerció largamente el periodismo, aunque desde una muy particular concepción de la crónica. Y fue un compulsivo escritor de cartas: según el editor y autor del prólogo, Hermann Kesten, escribió más de cinco mil, de las que logró rescatar alrededor de 600. Un número significativo de ellas está dirigida a Stefan Zweig, con el valor agregado de que se incluyen también muchas cartas que Zweig le escribió a Roth.

No es raro que escribiera tantas cartas. Desde muy temprano llevó una vida errante por las capitales de Europa, vivía en hoteles, se jactaba de tener sólo tres maletas y su contenido. Era complicado de trato, rebelde ante los editores, duro con sus acreedores, y así lo manifestaba; y un gran comentarista de lo que pasaba en torno a sí y de los libros que pasaban por sus manos. Pero es sólo una fuente más, importante, pero no suficiente, para conocer bien al personaje detrás de novelas tan abarcadoras del derrumbe del Antiguo Régimen como La marcha de Radetzky o tan iluminadoras de la lucha contra los demonios del alcoholismo como La leyenda del Santo Bebedor.

También, a ratos, y con placer culpable, he releído Ivanhoe, de Walter Scott, una de las compras que hice en la última Feria del Libro. Fue una de las primeras novelas que leí de chico; tenía tapas azules, duras, y letra chica. Y no la leí una, sino varias veces, para re-vivir las aventuras de Wilfred Ivanhoe, el Rey Ricardo y Locksley -también conocido como Robin Hood– contra desalmados normandos como el templario Brian de Bois-Gilbert, Reginald Front-de-Boeuf, Phillipe de Malvoisin y otros nobles de la corte del Príncipe Juan. En el centro, dos mujeres, Lady Rowena y la judía Rebecca de York. Y por ahí, el porquerizo Gurth y Wanda el bufón. Y Cedric el Sajón. Y Athelstane de Connisburgh. Y Waldemar Fitzurze. Cito de memoria: descubrí que el libro está aún muy presente en mi memoria, pero aún así el reencuentro ha sido un real placer. Es una novela bien construida, que presenta con largueza a los personajes, que los lleva de una aventura a otra, que señala con claridad los bandos, que exalta virtudes clásicas de la caballería andante como el valor, la gentileza y la lealtad desde dos puntos divergentes: los que las encarnan y los que las traicionan.Y si algo no le falla a Scott, que a veces se demora demasiado en detalles que ahora me parecen irrelevantes, es el pulso para llevar la trama hacia la aventura, el riesgo y el peligro, con notas de humor y, como corresponde a un romántico, las penas y las alegrías del amor.

Y ayer, antes de decidirme por hincarle el diente al voluminoso tomo de Roth, había empezado la novela Goetz y Meyer, del escritor serbio de origen judío David Albahari. Es de Funambulista, una editorial española independiente que llega a la librería del FCE en el Paseo Bulnes (también he visto un par de títulos en la Ulises, pero bastante más caros). Se trata, en breve, de la reconstrucción de la vida de dos soldados de la SS, Goetz y Meyer, durante el tiempo en que condujeron un camión en cuya parte trasera, a razón de alrededor de 100 al día -0 200,  si había tiempo-, asfixiaban con monóxido de carbono a mujeres, niños y ancianos judíos. Ahí murió buena parte de la familia del narrador; otra, los hombres adultos, habían sido fusilados previamente. El libro, como descubrí, a propósito de una frase que subí a twitter y de las reacciones que despertó, circula peligrosamente por el borde de la cursilería,cuestión que no se advierte hasta que se priva de contexto los dichos del narrador, un solterón de cincuenta años que ve que su árbol genealógico, tan cuidadosamente reconstruido a partir de archivos y de entrevistas con otros pocos sobrevivientes, se extingue con él. Albahari enfrenta la tragedia y el horror con una distancia que no viene de la ironía y el humor, sino del sentimentalismo, y eso le da a su relato una textura muy especial, una manera morosa de aproximarse a los hechos que no excluye, incluso, la compasión por los verdugos.

El ninguneo de Fuentes a la literatura europea

Un pope de las letras. Una autoridad (in)discutible. Uno de los sobrevivientes del boom: Carlos Fuentes. No discutiré sobre su obra. Es responsable de dos novelas canónicas, La muerte de Artemio Cruz y La región más transparente, y de una nouvelle o cuento largo que está entre mis favoritas de todos los tiempos, Aura, el auténtico palo al gato: si todos sus libros pasan al olvido, Aura los sobrevivirá. Palabra de ferretero.

Lo que pasa es que, a la hora de escoger el libro que comentaré esta semana, me decidí -nada raro, en todo caso- por uno europeo. Y entonces se me vino a la memoria una afirmación de Fuentes leída en los diarios del fin de semana, y de ahí sobrevino la siguiente reflexión, que trato de situar con apoyo de las correspondientes citas.

El problema de la autoridad de Fuentes es que ya no lee. No lee a Bolaño por el aura que rodea a su muerte; pero Bolaño murió hace cinco años y se dio a conocer en el mundo de habla hispana hace quince. No es disculpa. Dice, a sus venerables 85 años, que esperará aún unos cinco años más antes de hacerlo. Y no es broma. Pero sus deficiencias de lectura, y sus prejuicios, se hicieron más patentes aún en las entrevistas que dio al criollo duopolio de la prensa en su pasada por la Feria del Libro de Santiago 2009, la FILSA. La tesis global es la siguiente:

El gran crítico francés Roger Caillois señaló alguna vez que la novela de la primera mitad del siglo XIX correspondía a los europeos; la segunda mitad del XIX, a los rusos; la primera mitad del XX, a los estadounidenses y la segunda mitad del XX, a los latinoamericanos. Pero no es tan así, pues la segunda mitad del siglo XX también pertenece a los sudafricanos, los hindúes, los paquistaníes, los árabes, etc. Hay, por supuesto, grandes escritores europeos, como Günter Grass o Juan Goytisolo, pero no existe la centralidad de un solo lugar, y la novela en parte se ha desplazado hacia el Tercer Mundo (sic: a Grass le sobra una ese).

La cita es de la entrevista a El Mercurio, pero en la que dio a La Tercera -que no he podido linkear- profundiza la tesis, en alguna medida producto de la torpe pregunta que le formuló alguno de los dos entrevistadores, Héctor Soto y Roberto Careaga (sospecho que fue el primero, por el tono descalificador implícito):

– Pero en Europa hay un tipo de novela más centrado en el lenguaje, que se mira más el ombligo.

– ¿Cree que en Europa se está cultivando la novela? Yo creo que no (sigue, casi idéntico,  el texto citado más arriba, referido a Caillois). Hoy los mejores escritores de lengua inglesa son nigerianos, indios, sudafricanos, pakistaníes… Existe la idea en algunos escritores del norte de que ya está todo dicho.

Bueno: primero castiguemos a quien preguntó, que probablemente leyó a Claude Simon como la última novedad europea. Es abismante que se ponga en el mismo saco reductor y peyorativo -literatura que mira más el ombligo- a toda la producción literaria de la Europa contemporánea; y peor es que Fuentes confirme la tesis. Se me ocurre, para abreviar, partir por algunas preguntas.

¿Qué es Europa? Supongo que más que Inglaterra, para empezar. Y supongo que “lengua inglesa” es más que las Islas Británicas, porque hay gringos -esos ingleses que por mala pata nacieron en ultramar- que escriben muy bien. Ahora, no en tiempos de Faulkner o James o Melville. Y supongo que entre los paquistaníes no cuenta a Hanif Kureishi, ni entre los japoneses a Kazuo Ishiguro, nacidos o criados en la pérfida Albión. ¿Habrá novela más inglesa que Los restos del día, de Ishiguro? ¿Es que el melting pot aplica para el mestizaje sudamericano, pero no para las mezclas de anglosajones -o europeos en general- con las hilachas raciales de los antiguos imperios?

Aún si fuera así, aún si fuera admisible la exigencia de un certificado genealógico que garantice raigambres medievales en antiguas potencias coloniales para calificar como escritor europeo, Fuentes desvaría. Para empezar, la tesis de Caillois -tal como la presenta Fuentes– es de un simplismo rampante; según ella, Flaubert, Maupassant y Zola, para remitirnos sólo a venerables apellidos franceses, no existen, porque en esa época dominaban los señores rusos. Kafka no existe, porque no era estadounidense y de ellos es la primera mitad del siglo pasado. ¿Cómo puede alguien citar semejante argumento de autoridad?

Más aún si cualquier lector puede conocer a Amélie Nothomb, Julian Barnes, Antonio Tabucchi, Philip Roth, Enrique Vila-Matas, Javier Marías (aunque, claro, puede que para Fuentes los últimos dos no sean europeos), W. G. Sebald (ya, se murió) y tantos otros escritores que ni se miran el ombligo para escribir; y para qué hablar de escritores tan brillantes y provocativos como Goran Petrovic o Yuri Andrujovich: su ubicación en las fronteras de la Europa clásica disculpa a Fuentes de no conocerlos.

Está bien, no se puede leer todo, y la marea de libros es indomable. Lo irritante es que se pretenda dar cátedra sobre esa base. Se suele incurrir en generalizaciones que no resisten mayor análisis; y es grave, creo yo, que, cuando se trata de vacas sagradas como Fuentes, nadie haga las contrapreguntas pertinentes. Es cierto, finalmente, que el mapa literario se ha ampliado considerablemente y que muchas de las voces más interesantes y renovadoras vienen desde coordenadas hasta hace poco desconocidas, pero, vamos, la literatura no es una carrera de relevos y no se puede jubilar sin más a todo un continente.

Pistas de un naufragio + Lichtenberg

Hoy leí unas 80 páginas de Pistas de un naufragio, el libro de Chiara Bolognese sobre Roberto Bolaño. Se trata de la primera aproximación al conjunto de su obra; o, al menos, la primera que trasciende el ámbito académico, o la primera tesis de doctorado sobre Bolaño que se edita como libro, algo aligerado del aparato crítico y teórico que suele ser la pesada mochila de la academia. Está en algunas librerías de Santiago y pronto comienza a venderse en España.

Está estructurado en cinco partes. La primera es “Itinerarios”, que comienza por una aproximación a la biografía de Bolaño; luego, también de manera somera, inscribe al autor en su “época literaria”, sus pares y maestros, sus enemigos, sus detractores; y cierra con el enunciado de su poética. Es interesante, porque, además de pa perspectiva general, bien lograda, entrega pistas y líneas para profundizar en aspectos puntuales de su obra; por ejemplo, su relación con la poesía chilena, o su manera de inscribirse en la tradición argentina, o su modo de leer el canon. Bolognese tiene además la virtud de hilar bien textos de épocas y géneros disímiles, desde la poesía y el ensayo hasta, obviamente, la narrativa del autor, la parte más voluminosa de su obra.

Luego empecé la segunda parte, “El territorio Bolaño“, que analiza variables como el exilio (voluntario, en su caso) y el tipo de espacios en que se desarrolla buena parte de su obra, espacios urbanos desangelados y marginales, generalmente, que trazan un territorio bien delineado y poderoso en su manera de poner en cuestión las certezas del lector. Voy en el capítulo dedicado a la ciudad; ya hablaré más del tema más adelante, porque vale la pena revisar, aunque sea muy brevemente, las ideas que la autora pone en juego.

Sólo quiero agregar que, en algunos casos -pocos, por fortuna-, Bolognese cede a la tentación -o quizá a obligación- de la academia e incorpora conceptos tales como “literatura fractal”, que viene de las matemáticas, o la “modernidad líquida”, un péstamo de la sociología de Zygmut Bauman, que no muestran mucha utilidad para iluminar la obra de Bolaño. Lo curioso es que las conclusiones o inferencias de la autora a partir de esos textos son mucho más interesantes y atingentes que el concepto utilizado, y uno se pregunta si era de verdad necesario hacer ese rodeo. De cualquier modo, el libro de Bolognese me ha parecido, hasta este momento, muy interesante, útil y esclarecedor, una buena guía para adentrarse en una lectura sistemática, o un buen fruto de una lectura sistemática.

Y para amenizar la tarde, avancé unas cuantas páginas de un libro gracioso, ingenioso, divertido, amable y muy literario: 62 maneras de apoyar la cabeza, de Georg Chistoph Lichtenberg (un par de páginas) y Andrés Virreynas (todo el resto, que es bastante). Este último, mexicano, supongo, en realidad comenta y extiende un curioso apartado de los cuadernos donde Lichtenberg solía escribir sus famosos -y notables- aforismos, de la mano de imágenes de escritores, pintores, ajedrecistas, etc., que ilustran algunos de los modos de sostener la cabeza, o el rostro, como escribió originalmente el escritor alemán, traducido, para esta edición, por Juan Villoro. Un modelo de libro perfectamente inútil que, sin embargo, se lee con insólito placer. Edita Tumbona; en Chile, distribuye Hueders.

Historia de una mujer bomba

Aquí va el texto original de otra columna que fue jibarizada por los avisos, como se puede ver aquí.mujer bomba

Historia de una mujer bomba y otras crónicas de América Latina

Cuando se leen crónicas como éstas, extensas, bien investigadas y mejor escritas, se entiende mejor a aquellos que incluyen la crónica dentro de los “géneros referenciales”, sumándolas a diarios íntimos, cartas, memorias y otros, que con cada vez mayor frecuencia transitan, sostiene Leonidas Morales, hacia “las grandes peripecias de la historia del sujeto, los grandes temas de la cultura e incluso, por qué no, los grandes modelos estéticos”.

Historia de una mujer bomba y otras crónicas de América Latina, edición conjunta de Uqbar y la Escuela de Periodismo de la Universidad Adolfo Ibáñez, demuestra plenamente lo anterior. Por ejemplo: “Lazos de sangre”, del colombiano Alberto Caicedo, tiene una estructura propia de la mejor novela; comienza su historia por la mitad, por su momento más dramático, y desde ahí, hacia atrás y hacia adelante, reconstruye, en 30 apretadas páginas, la historia de dos hermanos que combatían en frentes opuestos. Uno militaba en las FARC; el otro, en un grupo paramilitar de derecha. La historia de la familia es mejor que todo un tomo de estudios para apreciar el terrible impacto que el enfrentamiento entre fuerzas irregulares y de éstas con el ejército ha producido en Colombia, un paisaje arrasado por la pobreza donde la militancia no es una opción ideológica, sino el único empleo posible. En otros casos, lo atractivo está en el rigor de la investigación y en su apego a la línea escogida. Es el caso de la única crónica chilena incluida en el libro, “Viaje al fondo de la biblioteca de Pinochet”, de Cristóbal Peña, que logra, sólo al correr del hilo de los libros acumulados por el ex dictador, un implacable retrato del personaje, más certero por cuando se define por trazos indirectos, por sombras y huellas más que por una imagen frontal. La crónica usada para el título del libro, “Historia de una mujer bomba”, de Josefina Licitra, destaca por el modo en que avanza la progresión del relato: desde una conversación en una calle cualquiera de Tucumán a la trata de blancas en la Argentina, desde una vida familiar que seguía el molde clásico hasta la desesperación, la furia y la indignación que transformaron a Susana Trimarco en “una bomba atómica en el trasero de los políticos”, una mujer que liberó a 115 mujeres atrapadas en burdeles argentinos, que recibió en Estados Unidos el premio Coraje y que, como dice la autora, logró que el secuestro y la trata de mujeres, una práctica antigua, cobrara existencia “a los ojos del Estado y la opinión pública”.

El resto de las crónicas es igualmente bueno y, realmente, hay aquí una lectura de América Latina imprescindible, de la mano de periodistas que escriben muy bien pero que, sobre todo, van a mirar lo que muchos se resisten a ver: la precariedad que marca, todavía, nuestra vida común.

Bárbara Fuentes, edición. Uqbar/UAI, Santiago, 2009. 208 páginas.