La coma

Reseña publicada en la revista «Sábado» del diario El Mercurio, 15 de febrero de 2020

La Coma - FrontalLa editorial Elefante tiene una línea muy firme en sus publicaciones: edita, hasta el momento, solo a jóvenes escritoras argentinas. Agustina Luz López, Romina Paula, Ariana Harwicz y Camila Fabbri (los dos últimas, reseñadas en esta columna). Robustece así lo que podríamos llamar “la conexión argentina” de las editoriales independientes; Laurel, Overol, Cuneta y Montacerdos, entre otras, han publicado libros escritos al otro lado de la cordillera. Hay que sumar la presencia en Chile de la distribuidora Big Sur, que ha ensanchado considerablemente la disponibilidad de libros latinoamericanos en varios países. En este panorama, Elefante tiene el mérito de haber publicado primeras ediciones, lo que constituye, sin duda, un acto de osadía. A su catálogo se suma María Florencia Rua, de 27 años, con su primera novela (había publicado antes poesía en Argentina y España). El título del libro no se refiere tanto al signo que determina una breve pausa en la lectura, sino a ese estado tan temido de la muerte cerebral; solo que en este caso la niña que yace inmóvil en la habitación 222 de un hospital recuerda, reprocha, mira la tele, reconoce a sus amigas y a sus padres, se enamora de la enfermera y no para de producir breves textos que repasan todo lo imaginable. No hay aquí ni la menor especulación médica, sino exploración poética y literaria de una voz que pierde los contornos y por ello es capaz de moverse de manera tan caótica como salvaje.

Hay que destacar la finura del oído de la autora para captar el habla de la calle y de los jóvenes, pasada por el tamiz de esa libertad de movimiento que resalta desde las primeras líneas y que se expresa en párrafos autónomos y vibrantes de asociaciones libres, saltos y revueltas, pero siempre dotados de una extraña coherencia; un lenguaje que atropella y acelera, que nunca pierde la vivacidad y el ritmo, que remite también a sus inicios como escritora de poesía. El accidente es un motivo que resurge de vez en cuando; hay pequeñas historias como cuentos intercalados; hay personajes que crecen en el relato, como Nancy, la enfermera; y, desde esa plataforma de la libertad de escritura, no se ahorra juicios ni preguntas ni dolores ni tristezas. La voz narrativa de Azul, que así se llama la niña, se permite invenciones deslumbrantes en La coma, en ese espacio que se ha convertido en su hogar y que solo al final, cuando todo parece disolverse, se dispara con frenesí en un monólogo que pierde también los bordes de la sintaxis y que extrema la cercanía entre la vida, la muerte y la conciencia.

María Florencia Rúa. Elefante, Santiago, 2019. 80 páginas.

Matate, amor

Reseña publicada en la revista «Sábado» del diario El Mercurio, 1 de septiembre de 2018

matate“Somos parte de esas parejas que mecanizan la palabra amor hasta cuando se detestan: amor, no quiero volverte a ver”, dice la protagonista y una de las voces narrativas de esta obra de la argentina Ariana Harwicz. Desde muy temprano, esa frase y otras de feroz incorrección política marcan el tono de una novela febril y desarmante, que pone en juego tantas cosas que suelen darse por sentadas. El amor de madre o, más que eso, el acomodo automático, instintivo e inevitable de la mujer al papel de madre. La fidelidad en el matrimonio o, más bien, la libertad para seguir impulsos que no tienen mucha explicación ni más causa aparente que el calor, o la noche, o el encuentro furtivo en un bosque. La fortaleza de los vínculos familiares, o, mejor dicho, la supervivencia de parejas y de grupos familiares más amplios entendida siempre como milagro, camino a contramarcha, negación de la naturaleza. Es impresionante el juego con las voces narrativas (“Ahora hablo como él. Siendo él, pienso en ella y se me seca la boca”), cuando el personaje protagónico se desdobla, se mira, se juzga y enciende una tormenta en el otro: “Pienso en ella y tengo arcadas de deseo”, y, cuando vuelve a sí misma, a esa joven madre que enloquece en la soledad cuando viaja el marido y que solo atina a preguntarle qué comió, logra también la ácida lucidez de quienes ven más allá de sí mismos: “Y la perorata de los celos, el bla bla bla que destruye simultáneamente al celoso y al celado dio rienda suelta a patadas, golpes, idiota, pelotudo de mierda, loca histérica y demás banalidades”.

Matate, amor tiene una intensidad narrativa impresionante. Harwicz maneja el ritmo a través de las divisiones entre párrafos, la mayoría de más de una página pero tampoco demasiado largos, que cierran siempre como si de un cuento se tratara. Esos respiros, esas pausas en el desarrollo de la novela, permiten también al lector tomar aire y seguir adentrándose en la historia de la protagonista. Todos los demás, el marido, el amante, el hijo, la suegra, son personajes secundarios. Ella devora la acción, la mueve con el lenguaje desgarbado de su lengua inquieta, con su mirada que incendia la pradera a la menor provocación. “Intento pertenecerle. Le doy mi cuero cabelludo. Tomá. Le doy mi cerebro. Le doy mi piel estirada. Tironeá. Le doy mis pestañas, no me importa perderlas. Que mis ojos se sequen en un abrir y cerrar. Me ofrezco. Agarrá. Tené, Probá”. Y así hasta que todo parece estallar en pedazos. Nadie puede salir incólume de esta lectura.

Ariana Harwicz. Elefante, Santiago, 2018. 104 páginas.

Los accidentes

Reseña publicada en la revista «Sábado» del diario El Mercurio, 29 de junio de 2019

losaccidentes4435Actriz, dramaturga y cuentista, Camila Fabbri es una nueva e interesante voz en la siempre prolífica literatura argentina. Los accidentes es un libro desconcertante, compuesto de breves relatos donde se alternan jirones de sueños y pesados bloques de realidad, pero que sobre todo dejan en suspenso la idea de una narración lineal de estructura familiar. Fabbri explora con libertad y soltura –y una cierta desprolijidad, como lo dijo en una reciente entrevista- las posibilidades del relato. Hay historias de obsesiones, como la de Lautaro con las bombas, o la de Lorena con los planeadores y el estallido nuclear en el cielo de Hiroshima; hay relatos donde el agua desempeña un papel protagónico; por ejemplo, “Superficie celeste”, donde la frontera entre la superficie del agua y el cielo es tan borrosa como lo que se narra, la historia de una ausencia que deja atrás otra posibilidad más sombría y aterradora, la de un descuido fatal. El primer cuento recuerda a J.G. Ballard y su versión cinematográfica, Crash, a cargo de David Cronenberg. No es casual el vínculo porque relee precisamente el título del libro, Los accidentes, desde una lógica muy distinta. Hay otras líneas narrativas con hijos, hijas y, sobre todo, madres, o parejas, como los papás de María, en el cuento “Carretera plena”, de “espaldas longilíneas”, “y todo lo bello que tienen no fue heredado por María”. El paisaje es siempre vagamente familiar, en todo hay una reminiscencia de algo, pero tampoco el entorno entrega certezas reconocibles.

El protagonista de “Perros muertos”, un periodista deportivo enviado a cubrir a un equipo de provincia y sobre todo a un jugador sumamente talentoso, piensa en su situación en una desangelada pieza de un hotel: “estar convirtiéndome en escritor. Convertirme en un escritor durante un viaje, o algo parecido. Como si fuese una religión. Algo que tuviera que militar, o defender con un poco de delirio”. Esa tensión de la escritura como una religión, una militancia, que solo puede ser posible con una cuota de delirio, atraviesa el libro; aunque los relatos difuminen las líneas argumentales y den giros hacia otros abismos, hay también una cierta contención, la búsqueda de un cierre, el establecimiento de un punto final que, paradójicamente, suele no serlo. No se trata de finales abiertos, ni de historias que muestran lo que se vería en el fugaz tiempo de un relámpago, sino de la particular atmósfera y estructura quebrada de cuentos que parecen surgir de la nada para volver a ese mismo origen.

Camila Fabbri. Elefante, Santiago, 2019. 106 páginas.

Cuaderno de faros

Reseña publicada en la revista «Sábado» del diario El Mercurio, 4 de abril de 2020

faros2146El momento de la lectura influye mucho sobre cómo nos enfrentamos a un texto y qué nos impresiona de él. En uno de los primeros apartados del libro, Jazmina Barrera (escritora y traductora mexicana) habla de la bitácora, un mueble en el que se solía guardar el cuaderno de registro de los hechos relevantes de la navegación de un barco. Con el tiempo, bitácora pasó a ser ese registro y el mueble pasó al olvido. Al final de ese texto, escribe que “cuando el tiempo es indefinido, el calendario y el reloj se vuelven indispensables para evitar la parálisis. Por eso la bitácora, o el diario, es un referente constante, única herramienta contra el tedio: cada día menos una cruz más sobre el papel”. Es extraña la resonancia que despiertan esas ideas en tiempos de cuarentena, aunque hayan sido escritas para otro contexto: Cuaderno de faros es el registro de un viaje más literario que físico, aunque también la autora visita faros reales en su empeño de coleccionista. Es un viaje que gracias al libro podemos repetir y acompañar con nuestra experiencia, porque es de esos textos raros y cercanos, que hablan desde el yo sin que este termine por imponerse, que dan rienda suelta a la curiosidad, a la obsesión, al intento —siempre inútil, cosa que Barrera sabe— de agotar un tema, de exprimirlo hasta la última gota, y que por todo ello permiten que le lector se incorpore a la aventura.

La primera parte es una mirada más general, presidida por las figuras de Virginia Woolf, el abuelo de Robert Louis Stevenson y Edgar Allan Poe; las siguientes se organizan en torno a faros concretos, con nombre y fotografía, que a su vez albergan no solo la luz intermitente sino también otros faros, otras historias, otras referencias literarias. Pero el libro nunca pierde el hilo de la experiencia, la reconstrucción biográfica, la indagación intelectual y personal en torno al porqué los faros pueden asomar como una respuesta en el horizonte de quien navega desde su casa: “Ante el temor a la deriva, coleccionar. Coleccionar, por ejemplo, faros, aporta una dirección, por más arbitraria que sea. Se vuelve entonces una manera no solo de escapar, sino también de construir”. El luminoso estilo y la riqueza impresionante de observaciones, mapas, anécdotas personales, historias de faros y referencias literarias hacen de este viaje inmóvil uno especialmente seductor, que actualiza también la historia de un oficio –el de farero- que parece sumarse a la gran caja donde yacen los restos obsoletos de otra era.

Jazmina Barrera. Montacerdos, Santiago, 2019. 126 páginas.

 

 

Llevátela, amigo, por el bien de los tres

Reseña publicada en la revista Sábado del diario El Mercurio, 27 de agosto de 2016

llévatelaUna pareja –Eduardoylila o Lilayeduardo- regresa a Buenos Aires a mediados de los ochenta, tras veinte años de peregrinaje por diferentes latitudes. “La nostalgia es otra forma del deseo”, dice el narrador, que comienza hablando desde un lugar externo —el observador, el voyeur— que mira hacia esa pareja, aunque es parte de ella. Lo que pasa, dice, en el mismo inicio de la novela, es que, para mantener el calor en el iglú, se precisan huéspedes, y que, para que se generen altas temperaturas, “el fuego precisa al menos tres órganos: la pija de él, la concha de ella, mis ojos”. Esa manera de situarse fuera y dentro a la vez marca todo el relato. La novela, escrita a fines de los ochenta, trata de reconstruir la historia de Lila y Eduardo desde esa alternancia de miradas; aunque el yo —el yo de Eduardo— pase a ser el dominante, hay siempre un intento de mantener la distancia y al mismo tiempo involucrarse en el relato de cómo dos personas, enarbolando las máximas y prácticas de los antipsiquiatras R.D. Laing y David Cooper, así como de las huellas de Wilhelm Reich, muy de moda en los tumultuosos sesentas, intentan construir una relación abierta que explora el sexo de a tres, de a cuatro, del recurso a los amantes, del voyeurismo, de la conversación franca sobre las relaciones del otro con otros, que hasta tocan cuestiones prácticas: cuando Lila va con su amante a un hotel caro, él le pregunta si pagaron a medias, porque,“después de todo, compartíamos las cuentas”.

“Entre John Lennon y el Martín Fierro íbamos construyendo nuestra filosofía de cama, útil para las grandes masas opiadas por la monogamia”, dice el narrador, mientras tratan de hilar un discurso contra la pareja como un espacio de asfixia, un ataúd compartido. La novela de Baigorria es revulsiva y potente, una exploración que tiene momentos hilarantes —el análisis comparado de las poesías del amante de Lila y las que Eduardo escribió, por ejemplo— y otros llenos de ese drama que bordea la cursilería, el rencor profundo y la estética del culebrón. Al leerla, se entiende por qué Caja Negra. editorial más dedicada al ensayo, rescató este texto: hay mucho para discutir acá, a partir de una lectura de la pareja, el sexo y el erotismo en una época en que el sida cambiaba las pautas de encuentro y parecía señalar un retorno al conservadurismo o, como propone una de las mujeres del libro, a la desgenitalización del amor, momentos antes de sumergirse en un trío nada de protegido. Una novela de un poder revulsivo que sin duda merece su rescate y su lectura.

Osvaldo Baigorria. Caja Negra, Buenos Aires, 2015. 142 páginas.

Kintsugi

Reseña publicada en la revista El Sábado del diario El Mercurio, 9 de marzo de 2019

kintsugiEl título del libro alude a una técnica japonesa para reparar fracturas de la cerámica mediante la aplicación de distintos tipos de barnices. La idea es que las grietas sean visibles, porque forman parte de la historia del objeto. La referencia es doble. Por una parte, es una novela compuesta de retazos, de narraciones que se sostienen plenamente de manera autónoma; de hecho, dos de los capítulos aparecieron como cuentos en Lugar , uno de los dos libros previos de María José Navia, y otro fue publicado previamente en una revista. Las líneas del ensamblaje son los puntos finales, los nombres de los relatos, los cambios en el tiempo y en los personajes protagónicos, quiebres siempre a la vista, líneas de costura que no ocultan el carácter fragmentario de cada pieza. Y, por otra, todas las historias refieren a una sola familia, cuyo origen ya es anómalo: el encuentro entre dos personas solitarias que ya han pasado por acontecimientos que quiebran el futuro. “Estaban rotos. Y habían decidido quedarse juntos”, dice Caro, esposa, madre y abuela del resto de los personajes. Caro y José; Tomás, Sofía y Eduardo, los hijos; y Ema, la nieta, asumen alternadamente el foco de la narración y revelan cómo la visible grieta inicial, la unión entre dos personas rotas, no hace más que seguir fragmentándose.

El kintsugi narrativo es posible gracias a la omisión del contexto temporal. No hay marcas de fechas o de asuntos característicos de una determinada época. Ello permite pasar limpiamente del matrimonio de Caro y José al paseo de Sofía con su sobrina. La excepción es el último relato, arrojado hacia el futuro tanto porque la protagonista es Ema como por la rareza de la premisa en que se asienta. Y la costura más fuerte está dada por el estilo medido y dosificado que asume la voz narrativa, con abundante uso del punto seguido y del punto aparte entre frases cortas para marcar los énfasis. Tal vez ahí radique un defecto del libro; a veces, esa estructura sorprende; otras, sobre todo hacia el final de los relatos, parece indicar con demasiado énfasis lo que el narrador quiere que el lector vea. Con todo, esa unidad de estilo y las obligadas referencias entre los relatos le otorgan una unidad “rara” que vence en el desafío de componer un argumento sobre la base de trazos. En algún capítulo -“Hojas”, por ejemplo- se echa de menos la continuidad.

María José Navia. Kindberg Editorial, Valparaíso, 2018. 141 páginas.

Excesos

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 29 de enero de 2005

excesos de mauricio wacquezMauricio Wacquez, nacido en 1939, pasó buena parte de su vida fuera de Chile. Si antes del golpe militar residió mayormente en Francia, después del mismo se radicó en Barcelona, desde donde continuó su labor como traductor y narrador. En 1971, la prestigiosa colección Cormorán, de la entonces pujante Editorial Universitaria, publicó Excesos, su primera recopilación de cuentos, escritos en Europa, pero situados en diversos rincones de Chile y muy a tono con el espíritu de los sesenta, quizá la década más abierta a nuevas experiencias y a la revolución en todos los ámbitos de la vida social, política y cultural.

Pero Excesos, tal como lo muestra la reciente edición de Sudamericana, es algo más que el espíritu de la época. Wacquez, como lo demostró más tarde en obras como Frente a un hombre armado (1981, reeditada en 2002) y Epifanía de una sombra (2000, editada tras su muerte), es un narrador de rara finura, con una asombrosa sensibilidad para los matices (quizá por ello fue muy cotizado traductor para importantes editoriales españolas; tradujo, entre otros, a Gustave Flaubert, Jean Cocteau y Julien Green) y hábil constructor de relatos.

En el caso de Excesos, hay que matizar el concepto de relatos. Se trata a veces de viñetas, de momentos, de objetos narrativos, por así decirlo, a caballo entre el cuento y la autobiografía y articulados entre sí por personajes o lugares. Es decir, se trata de una de esas colecciones de cuentos que son bastante más que la suma de sus partes y, por tanto, difíciles de incluir individualmente en una antología. A estos rasgos estilísticos hay que sumar la voluntad de provocación contenida en la obra de Wacquez, quien no se detiene ante la maraña de prejuicios que rigen, de manera no declarada pero implacable, la sociabilidad chilena y la corrección de la escritura.

Sin embargo, Excesos transita, se diría, por diversas corrientes o profundidades dentro del mismo cauce; si por un lado hay extremos, violencia, muertes; por otro, por debajo, o por arriba, circula el recuerdo de la infancia, no menos feroz, pero en el sentido de la voluntad de desnudamiento, de exploración hasta las últimas consecuencias de las figuras paternas, del sumergirse en el yo con una sinceridad implacable que no abunda en las letras chilenas.

En el prólogo, Carla Cordua destaca el carácter elusivo de algunos relatos, que abordan mediante rodeos, mediante lo no dicho o lo dicho a medias, temas como la bisexualidad o la homosexualidad. Aquí también, y más que nunca, Wacquez recoge el espíritu de los sesenta, pero no de la revolución que recorría el mundo, sino del clausurado espacio de la sociedad chilena.

Mauricio Wacquez. Editorial Sudamericana, Santiago, 2005. 114 páginas.

Puedo explicarlo todo

Reseña publicada en el suplemento «Babelia» del diario El País, 3 de diciembre de 2011

portada-puedo-explicarlo-todoNarrativa. Obra de largo vuelo y compleja estructura, Puedo explicarlo todo es la nueva apuesta del mexicano Xavier Velasco, un escritor prolífico que cada tanto no sólo publica otra vez, sino que además lo hace a lo grande, con novelones de larga extensión. Hay algo extraño en esta obra de Velasco. Si a propósito de Diablo Guardián Rafael Conte le reprochaba, en estas mismas páginas, el uso de “jerga mexicana a ultranza” hasta el punto de dificultar la comunicación, en esta nueva novela los mexicanismos salen con cuentagotas y se trata de aquellos ya incorporados al diccionario de la Academia. Mexicanismos elocuentes, de todos modos, que dan ganas de incorporar de inmediato al propio léxico, como chimuelo, cacarizo, empistolado; pero dosificados en un estilo que no se puede calificar sin más de neutro y aséptico porque tiene también algo de ese replegarse del lenguaje sobre sí mismo que constituye el mínimo exigible para declarar que una obra pertenece al mundo de la literatura. Así la novela gana en fluidez, pero cuesta dejar de sentir el extraño retintín de la ausencia de un habla más vigorosa, expresiva y vital. Aunque, es cierto, se escucha a ratos en los monólogos de Isaac Balboa, el impresor que quería ser gurú, maestro de sabiduría, vendedor de pócimas para el alma, sanador de lectores. Y por ahí surge la segunda rareza de este libro. Podría legítimamente decirse que se trata de una novela sobre escritores y escritura, pero en realidad aborda el subgénero más degradado y despreciado por el campo propiamente literario, la autoayuda. Balboa tiene las ideas pero le faltan, más que la habilidad, la paciencia y la disciplina, de modo que contrata un negro tras otro hasta que da con Joaquín Medina, narrador principal y protagonista de Puedo explicarlo todo. Un joven sin estudios, sin fortuna y ya sin familia que pasa a ser el escribano de Isaac y también su cómplice en un oficio harto más original, la seducción de viudas y parientes llorosas en funerales de completos desconocidos (que parece una nueva versión del texto de Cortázar sobre los velorios, más perversa, pero en la misma línea de hacer surgir los dobleces en la digna apariencia de los dolientes). En torno a esa escritura mercenaria está lo mejor de una trama larga y compleja, llena de vericuetos y giros, que transcurre mayormente en una casa -la de la familia de Joaquín- y el edificio que está delante, pero que se compone sobre todo de personajes -la actual obsesión de Xavier Velasco- que dan nombre a las diversas partes de la novela o, dicho de otra manera, que concentran transitoriamente el foco de la narración sobre sí mismos. Cada parte, a su vez, se mueve en dos planos, ya sea que Joaquín alterne distintos momentos de su biografía o surja otra voz a cargo del relato.

Pero, aunque una parte importante del libro trate de escritores y escritura, el proyecto de Velasco está muy lejos de situarse en aquella corriente cultivada por Vila-Matas, Bolaño y otros narradores que le otorgan un papel protagónico a la literatura. Acá hay más bien una nota estridente y grotesca que se burla sin piedad de la producción seriada de frases hechas y de libros de títulos rimbombantes y contenidos idénticos (otro juego de esta novela se desarrolla en torno al plagio y la cita, al original y la copia, a la propiedad intelectual de productos de desecho). En torno a Isaac y sus delirios redentores hay humor y lenguaje desenfadado, sobre todo cuando él y Joaquín se dedican a producir fragmentos de futuras obras como Pésames y epitafios: cápsulas de sabiduría intemporal y brillan las frases fuera de contexto como “soy el que todos fuimos y seremos”. La historia luego asume otros rumbos y los hilos familiares que convergen en el mismo complejo familiar adquieren más importancia a medida que progresa un relato ciertamente ambicioso, con afanes totalizadores y aires de gran novela. Pero, aunque el libro de Velasco se lee bien, ello no es en modo alguno suficiente para subirlo a algún podio. Especialmente porque hay algo más en la historia que hace ruido, y mucho ruido: ¿hasta dónde hay pasión por el detalle y hasta dónde relleno? Cuando se presenta la tentación de saltarse párrafos porque nada va a cambiar mucho en unas cuantas páginas, algo anda mal. Y éste es el caso: aunque la novela fluye, entretiene y plantea algún nivel de dificultad por la intrincada estructura, los cambios temporales y la aparición, desaparición y reaparición de personajes con cientos de páginas de diferencia, queda también la sensación de que el texto padece de una cierta hinchazón que conspira contra sí mismo.

Xavier Velasco. Alfaguara, Madrid, 2010. 746 páginas.

La carretera es siempre la misma

Reseña publicada en el suplemento «Babelia» del diario El País, 6 de agosto de 2011

Maximiliano Barrientos (Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, 1979) es el escogido por editorial Periférica para incrementar un catálogo que aúna la recuperación de clásicos con la difusión de voces poco conocidas de la narrativa latinoamericana, como, entre otros, el venezolano Israel Centeno, el colombiano Octavio Escobar Giraldo o el chileno Carlos Labbé. Voces distintas y nuevas, en algunos casos, voces que recién están iniciando la andadura de sus carreras literarias, cuestión que se hace notar en los dos libros de Barrientos lanzados por Periférica: los cuentos de Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer y la novela Hoteles. Los cuentos denotan a un autor que señaló, en una entrevista, que sus principales referentes son Carver, Faulkner y otros escritores estadounidenses. Barrientos pone en escena a personajes mínimos en historias casi sin anécdota, en su mayoría jóvenes que se enfrentan ya al hastío y al sinsentido de existencias privadas de épica y condenadas a ritos tan cotidianos como vacíos. Lo interesante es que Barrientos, más que otros escritores latinoamericanos que han escogido la misma veta de desarrollo, muestra una encomiable voluntad de estilo que se suma a su autoconciencia como escritor. En sus cuentos, siempre queda claro que se trata de literatura y no de una mala imitación de la vida.

Barrientos

Mucho más interesante, por sus innovaciones formales y la escala de su desarraigo, es Hoteles, una novela -o nouvelle- de camino donde “la carretera era siempre la misma. Había sol y parajes inhóspitos, paisajes de países pobres”, que relata la fuga hacia adelante de una pareja de actores de películas porno y la hija de ella, una fuga sin destino ni objetivo. “Todas las fugas son quiebres de identidad”, se dice, y de los fragmentos que resultan de ese quiebre está hecha Hoteles. Cada uno de los personajes toma la palabra en capítulos puntuados a su vez por otra voz, la del director de un documental que quiere reconstruir esa fuga, en un desarrollo donde la multiplicidad de voces devuelve -otra vez- a la inanidad de la existencia. Tal parece ser, entonces, el punto de mira de la búsqueda de Barrientos, esas vidas truncadas casi desde el inicio por la simple fatalidad de lo cotidiano. Es llamativa la ruptura con el contexto de origen y la búsqueda de universalidad, aunque en este caso no se remita a hablar de su aldea, sino a dejar hablar a los hoteles anónimos de piscinas cuadradas que jalonan las carreteras de un país cualquiera, entre cervezas, películas viejas en el cable y un caballo atropellado al borde del camino.

Fotos tuyas cuando comienzas a envejecer. Periférica, Cáceres, 2011. 136 páginas.
Hoteles. Periférica, Cáceres, 2011. 128 páginas.

Lecciones para un niño que llega tarde

Reseña publicada en el suplemento «Babelia» del diario El País, 13 de agosto de 2011

Yushimito.jpgNarrativa. Los cuentos de Carlos Yushimito son una genuina sorpresa. Desgajados de un lugar específico, tanto desde la geografía como desde las tradicionales categorías a las que se apela para clasificar, parecen brotar desde un territorio nuevo, desde una zona fronteriza que siempre está más allá, en otro lado, bañada por otra luz. Poco importa, en este sentido, si los protagonistas son personajes reciclados de El mago de Oz, aprendices de criminales que viven en alguna ciudad brasileña o niños que escapan de las clases de piano para despanzurrar insectos en el jardín; Yushimito habla desde otro lugar. Será que es peruano de origen japonés y vive en Estados Unidos. Será que este escritor de 34 años recicla con inusitado vigor distintas tradiciones y las sintetiza en una propuesta audaz y finamente trabajada, con un estilo de factura clásica que reparte por igual la claridad y la sombra, la ambigüedad y el trazo preciso, en cuentos cuya resolución nunca se reduce a una sola posibilidad de lectura, en historias complejas que nunca son breves y que, más aún, parecen más largas que las páginas que las contienen por su densidad y riqueza lingüística.

Varios de los protagonistas -como en el cuento que da título al volumen- son niños, y por esa vía hay fronteras que se abren y no solo por el ángulo más previsible -el ingreso legítimo de la fantasía, de ese modo de romper las convenciones tan propio de la infancia adoptada como motivo por la literatura-, sino también por el lado de los contornos éticos que dejan pasar la crueldad entendida también como un modo legítimo de aproximarse al otro. Que los mundos narrativos que compone Yushimito se articulen desde otro lugar implica a la mirada que describe o lee esos mundos, no al paisaje físico y humano que el autor pone en escena. Pero a su vez están tocados por una vara que los transfigura y desplaza levemente de su eje hasta el punto en que, sin dejar de ser familiares y de contornos reconocibles, dejan pasar un punto de singularidad y rareza que les proporciona una textura intensamente original. Y aunque hay relatos donde parece insinuarse un anclaje más firme en modos convencionales, no hay que descuidarse: el libro tiene, además, la virtud de la coherencia, y no deja de sorprender jamás.

Carlos Yushimito. Duomo, Barcelona, 2011. 246 páginas.