Urondo comprometido

Reseña publicada en el suplemento «Babelia» del diario El País, 7 de enero de 2012

La reciente aparición en España y Argentina de los cuentos reunidos de Francisco Urondo, así como de su novela Los pasos previos (primera edición en España, segunda de Adriana Hidalgo en Argentina) ha relanzado a un escritor más recordado, hasta ahora, por su poesía y por su biografía: murió joven, a los 46 años, como militante de la guerrilla de su patria, los Montoneros, en un enfrentamiento con la policía en Mendoza. Corría 1976, cuando se iniciaba la cruenta dictadura de Videla y compañía, pero la Argentina llevaba años azotada por la violencia y la confrontación entre miradas totalizadoras.

tapa la imposible amistad FINAL ok copy.aiLeer a Urondo hace apenas dos o tres años habría sido apenas un incurable ejercicio de nostalgia por un mundo romántico donde campeaban los ideales y los intelectuales se comprometían con la revolución. Hoy, en cambio, en la estela de los movimientos sociales que se iniciaron en el norte de África y nadie sabe dónde ni cuándo terminarán, la lectura de Urondo permite replantearse los viejos temas de la literatura y el compromiso político desde una perspectiva histórica, pero también cercana y viva en la memoria.

Urondo publicó dos colecciones de relatos. Todo eso (1966) consta de tres cuentos largos, casi nouvelles; Al tacto (1967), de 15 relatos breves. Esta edición incluye ambos, más un extenso estudio introductorio de Susana Cella. Los cuentos funcionan muy bien como el preámbulo de la única novela que escribió, bastante más extensa y abarcadora. Se trata de historias de amor, cuadros de costumbres, pequeñas biografías que a veces quedan truncas o que se alargan demasiado; los cuentos no innovan en el género y muchos no cierran bien, pero el conjunto es muy interesante y sugerente por el rescate de la sociabilidad argentina en Buenos Aires, pero sobre todo en la provincia, en los agitados años sesenta; y también como hitos que muestran el creciente compromiso político de Urondo y su giro hacia posturas más radicales.

Urondo pasos previosEra un escritor intenso y apasionado, a veces poco cuidadoso con la sintaxis -que sus editores tampoco se esforzaron por corregir-, pero también tocado por una vena de lirismo que aliviana no sólo los riscos de la prosa, sino también el peso -la posible losa- del compromiso político que con tanta fuerza emerge en Los pasos previos, publicada originalmente en 1974. Transcurre en los últimos años de los sesenta, más o menos entre la muerte de Che Guevara en Bolivia y el Cordobazo de mayo de 1969. Ángel Rama, en el prólogo (escrito en 1977), dice, con razón, que “es simplemente la historia -fiel, sumisa, real, cotidiana- de la incorporación del equipo intelectual latinoamericano a la lucha revolucionaria de la década anterior”. Múltiples protagonistas, la mayor parte de ellos intelectuales de izquierda, y muchos escenarios dentro y fuera de Argentina (La Habana, Praga, París, Argelia, entre otros) desarrollan una trama que si a ratos se desboca y se pierde en meandros cotidianos irrelevantes, en general mantiene el pulso y el ritmo. Cada capítulo está antecedido por materiales históricos o periodísticos de la época que documentan el desarrollo del sindicalismo argentino, cuyo plúmbeo estilo llama a superar cuanto antes el obstáculo. En realidad, molestan e interrumpen el fluir de una narración que documenta mucho mejor, desde la conciencia de los personajes, el contradictorio y estremecido devenir político argentino de aquellos años. Urondo podrá caer, con irritante frecuencia, en la retórica circular propia de la guerra fría (“la única manera en que se podía realmente aportar al proceso revolucionario era haciendo la revolución”); podrá intentar establecer analogías bastante explícitas entre la buena nueva evangélica y la buena nueva revolucionaria a través de cuatro personajes, dos de los cuales desempeñan papeles protagónicos, que se llaman Mateo, Marcos, Lucas y Juan (además, tienen un cercano amigo que se llama Pablo); podrá derrochar ingenuidad, idealismo, voluntarismo; pero en su novela late con fuerza impresionante el espíritu de una época contradictoria y convulsionada, con una fe ciega en ideologías abarcadoras y esa sensación incomparable de estar contribuyendo a escribir la historia. Pero el tono es, finalmente, desesperanzado. Hay una tristeza y una sensación de impotencia que se cuelan por detrás de las ínfulas guerrilleras y las perspectivas totalizadoras. Quizá el poeta que hay en Urondo le daba una cierta visión del futuro que no logró hacer explícita sino, precisamente, en el tono, en la vibración de la melancolía que traspasa las páginas de Los pasos previos.

Tiene razón Rama cuando afirma que, desde la perspectiva de la derrota, esta novela puede leerse “como el diagrama de una gran equivocación, como el pecado hijo del irrealismo cuando no del idealismo”; pero como él mismo indica, esa lectura está implícita en la novela, aunque menos en las discusiones ideológicas, como sostiene, y más en su melancolía, en su intuición de la muerte, en la angustia de los desencuentros y las despedidas prematuras. Pero, para citar de nuevo a Rama, era una batalla, no la guerra.

Los pasos previos / Todos los cuentos. Francisco Urondo.

Introducción de Susana Cella. Adriana Hidalgo. Madrid, 2011. 392 / 255 páginas.

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Travesuras de la niña mala

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 17 de junio de 2006

travesurasninamalaA Mario Vargas Llosa aún lo salva el oficio, aunque esta vez camina por el borde del abismo. Esta novela parece un trabajo fallido al que le falta una parte, un desarrollo paralelo que asoma en largas parrafadas pedagógicas incongruentes con la personalidad y estilo del protagonista y narrador de la historia. Vargas Llosa suele trabajar en textos e historias paralelas. En realidad, es casi su marca de fábrica, el sello de su estilo, que llevó a cotas notables en La Casa Verde y Conversación en la Catedral. Esta novela, en cambio, es lineal y única, una sola historia, pero a ratos pareciera emerger el fantasma de la ausente en trozos que parecen incrustaciones sociológicas, históricas o filosóficas, con el agravante de que no son asumidas como tales: entonces, además, son de una liviandad exasperante.

Tal como se preocupa de señalar el texto de la contratapa del libro, la trama se desarrolla en ciudades como París, Londres, Tokio y Madrid (además de Lima, claro, aunque no es tanto Lima como Miraflores, el barrio de la infancia del autor y de muchos de sus personajes, incluido el protagonista de ésta) y en el momento más oportuno: el despertar de los sesenta en París, paralelo a la emergencia de las guerrillas en Perú; el hippismo en Londres; el apogeo de la yakuza en Tokio; el destape en Madrid. La ubicación estratégica en el tiempo y el espacio posibilita el mecanismo de la digresión, pero también muestra con demasiada claridad el pie forzado.

La principal historia es algo mejor. La relación entre el niño bueno y la niña mala, entre el Perú de los privilegios y el Perú de la miseria, tiene sus momentos atractivos y el carácter de ella, de la niña mala, está bien logrado, pero todo ello no es suficiente para darle vigor a una novela anémica, con falsos finales y un romanticismo tan azucarado que le vendría bien la etiqueta de novela rosa. Cabe aún una interpretación más audaz: la novela puede ser entendida como la historia de la relación de Vargas Llosa, el niño bueno, con el Perú, la niña mala, que se mueve entre la atracción y el asco, el encantamiento y la repulsión, el amor loco y el odio furibundo. Puede ser extremar la libertad interpretativa, pero al menos proporciona un eje de lectura que le da algo de misterio al desabrido texto.

Mario Vargas Llosa. Alfaguara, Madrid, 2006. 376 páginas.

Bonsái

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, primero de abril de 2006

Bonsái«Al final, Emilia muere y Julio no muere. El resto es literatura». Así cierra el primer párrafo de esta novela -­digámoslo así­- de Alejandro Zambra, poeta y crítico literario que debuta en el género narrativo. La frase final suele usarse, en otros contextos, para desacreditar lo que se considera accesorio o no atingente a un determinado asunto. Una frase hecha, una muletilla que suele escucharse en programas televisivos y, desde luego, en tono y con ademán descalificador.

En Bonsái, en cambio, el resto es la novela. Podría decirse, entonces, que la frase es redundante e innecesaria, pero no es así: Zambra busca, desde el principio y por diversos medios, mantener siempre una cierta distancia entre el lector y lo narrado, una distancia que recalca, precisamente, que se trata de un texto literario y no de la imitación o transposición de la realidad. No hay efectos especiales para ilusionar al lector y hacerlo creer que el texto es algo distinto de un texto literario, carácter acentuado más aún porque los protagonistas, Emilia y Julio, estudian literatura, hablan de libros e incluso incorporan las lecturas en voz alta a sus ritos sexuales, y porque el ritmo sinuoso que sigue su historia está también marcado por páginas y autores determinados.

Un juego adicional se establece entre el título de la obra y sus características: es una miniatura literaria, un texto muy breve, muy bien trabajado y decantado hasta el extremo, cuya principal virtud quizá es que relata, como tantos otros libros, una historia de amor; pero lo hace con herramientas nuevas, con otra mirada, con otra sensibilidad, hasta el punto de traspasar la distancia establecida artificiosamente y establecer, en último término, una comunicación privilegiada con el lector. En efecto, la novela de Zambra finalmente conmueve y remueve con el hálito de tragedia ya anunciado en el primer párrafo, aunque lo hace de manera insidiosa, como si no quisiera hacerlo, como si sólo se tratara de literatura en el sentido derogatorio de la expresión; pero no, es literatura de la mejor clase, una obra de extraña madurez que hace de la brevedad una de sus mayores virtudes, por lo mucho que se puede decir y sobre todo sugerir en tan pocas páginas.

Alejandro Zambra. Anagrama, Barcelona, 2006. 96 páginas.

Mis reseñas de Roberto Bolaño en Caras

Estrella distante
Caras, 23 de diciembre de 1996

59f4a-estrellaAunque su nombre es más bien desconocido en el país, se trata de un novelista chileno que ha tenido un enorme éxito de crítica. Sobre todo, con La literatura nazi en América (Seix Barral, Barcelona, 1996; 237 páginas), una novela cuya impresionante eficacia narrativa radica en la superposición de territorios imaginarios -el mapa literario de América sobre el mapa de la narrativa nazi- y de ambos sobre el trazado cultural y geográfico del continente, en un revelador y apasionante juego de sombras y contrastes.

Estrella distante es ni más ni menos que la extensión a novela de uno de los episodios de la obra anterior a Bolaño, “Ramirez Hoffman, el infame”. En Concepción, antes del golpe militar, un personaje inquietante deambula por los talleres literarios de la universidad penquista, integrados mayormente por personajes que hablaban “en argot o en jerga marxista mandrakista”. Es poeta, efectivamente, pero su escritura tiene algo de distanciado, de ajeno, que pone nerviosos a sus interlocutores. El golpe revela su verdadera identidad: se trata del capitán de aviación Carlos Wieder, cuyo concepto del verdadero arte está demasiado lejos de los modelos convencionales. No es sólo la estela de muertes tras de sí lo que convierte a Wieder en un personaje de leyenda, sino su particular y siniestro credo estético. Su trayectoria es seguida de lejos por el narrador, tanto en Chile como en el exilio, con la fascinación y el terror que despiertan los personajes de múltiples caras y una sola idea.

La estructura no es, obviamente, convencional, pero su novedad pasa casi inadvertida al ritmo de una trama que no otorga respiro al lector. Espacios, texturas y personajes de rara originalidad dan cuerpo a una obra notable por su capacidad de remecer las convenciones –literarias y sociales– vigentes en el país.

Una escritura tan poderosamente original y reveladora merece mucho más difusión de la que ha tenido. Aunque, como suele ocurrir en el caso de los que realmente valen, la recomendación “boca a boca” ha significado que los libros de Bolaño desaparezcan con rapidez de las vitrinas.

Roberto Bolaño. Anagrama, Barcelona, 1996. 157 páginas.

Llamadas telefónicas
Caras, 23 de enero de 1998

9c90e-llamadasLa aparición de Bolaño en nuestro medio literario, aún cuando ya había publicado cinco libros de poesía y tres de narrativa, se produjo bruscamente con la distribución de sus dos siguientes obras, La Literatura nazi en América y Estrella distante, ambas de 1996. Con la mayor parte de su trayectoria realizada en España y sumamente reacio a dar entrevistas, el autor de Llamadas telefónicas mantiene abierta una curiosidad que sólo puede satisfacerse mediante la lectura de sus libros: y aquí está su estupenda colección de cuentos para hacerlo.

El libro está estructurado en tres partes, cada una titulada como el último relato de cada sección (y a su vez, el de la primera parte el título al conjunto total). Y efectivamente, aunque de manera elástica y casi imperceptible, los relatos de cada subgrupo tiene rasgos comunes. En el primero, los personajes son escritores o tienen alguna ligazón con la literatura; en el segundo, “Asesinos”, la muerte –o la amenaza de muerte– es una presencia más leve o más poderosa, pero constante; y el último, “Vida de Anne Moore”, reúne cuatro relatos sobre mujeres. Pero más allá de esta división, el libro denota una sorprendente continuidad y coherencia en el estilo al que Bolaño comienza a acostumbrarnos: historias de personajes que están en el margen, en algún margen, en el borde de la desesperación, de la sicosis, del desarraigo; historias que se construyen, sin embargo, en el tono casi monocorde de lo más cotidiano y vulgar de cualquier existencia. Paralelamente, Bolaño asume plenamente el juego de la cita, de la parodia, de la literatura dentro de la literatura, multiplicando las referencias sin que ello se haga sentir en la lectura. De hecho, en lo que también parece ser su marca de fábrica, remitir a su propia obra, uno de los mejores relatos del libro -“Joanna Silvestri”– es la ampliación de un fugaz episodio de Estrella distante. Hay que señalar, también, que Bolaño se muestra aquí como un maestro en los finales abiertos, cuestión siempre difícil de resolver en las narraciones cortas.

El denso mundo narrativo de Bolaño recorre lugares de muy diversa geografía; España, en muchos cuentos, pro también México, Rusia, Estados Unidos, Chile. Las referencias políticas y sociales están aquí asumidas como parte de la realidad, y no como un factor desencadenante de la trama, lo que multiplica la eficacia narrativa de esta propuesta. En síntesis, Bolaño confirma aquí todas sus virtudes que lo señalan inequívocamente como el escritor más promisorio de su generación.

Por Roberto Bolaño. Anagrama, Barcelona, 1997. 205 páginas.

La pista de hielo
Caras, 11 de diciembre de 1998

e5317-pistahieloEl escritor chileno Roberto Bolaño vino al país, tras más de 20 años de ausencia, al lanzamiento de esta novela, publicada previamente y en edición limitada en 1993 como ganadora del Premio de Narrativa Ciudad Alcalá de Henares. En consecuencia, este libro es anterior a las obras que lo abrieron una gran ventana en el ámbito literario hispanoamericano, La literatura nazi en América, Estrella distante y Llamadas telefónicas. No por ello, sin embargo, se trata de una obra menor u olvidable; al contrario, revela, una vez más, la extrema ductilidad de estilo de Bolaño y marca también algunos de los temas que no cesa de invocar en el conjunto de la narrativa más interesante que ha producido un escritor de esta generación.

La pista de hielo se sitúa en el balneario de Z, en la costa mediterránea catalana, un pueblo que vive su esplendor en los meses de verano y languidece en calma durante el invierno. Tres narradores alternan sus voces: un chileno poeta y escritor, Remo Morán, responsable de un texto delirante, “San Bernardo” –resumido en uno de los capítulos-, protagonizado por un santo, un perro o un hombre que responde al nombre de Bernardo. Pero Morán vive de tiendas de bisutería, hoteles, bares y campings, alejado por completo de la escritura. El segundo narrador es un poeta mexicano, lejano amigo de Morán, que asume un trabajo como guarda del camping de este último. El tercero es Enric Rosquelles, funcionario del municipio, un gordo con una alta opinión de sí mismo. Circulan además por sus páginas una bella patinadora, una joven vagabunda que suele portar un enorme cuchillo, una revenida cantante de ópera que vive de la caridad, un misterioso mendigo que responde al apodo de El Recluta, y una pequeña galería de personajes que completa el reparto de una trama cuyo rumbo se encamina, inequívoco, a la tragedia, pero con un lenguaje, una distancia y una saludable dosis de humor negro que evitan toda tentación de exagerado dramatismo.

La trama es simple, con contrapuestas historias de amor, con una estafa de por medio y un solitario caserón, el palacio Benvingut, en donde se concentran los hilos del relato. La pista de hielo podría leerse como una historia policial, puesto que hay un crimen de por medio; pero basta conocer un poco la narrativa de Bolaño para advertir, de entrada, que lo que importa es otra cosa, no el cuchillo o el asesinato, sino la vida marginal y castigada de la mayoría de los personajes, cuya búsqueda errabunda parece limitarse a encontrar un lugar en donde apenas sobrevivir. Parece: porque la historia, aun con esos ingredientes y personajes, abre paso a otras realidades, a otros encuentros, a aquello que el lector atento sabrá descubrir y apreciar.

Por Roberto Bolaño. Planeta, Santiago,1998. 188 páginas.

Los detectives salvajes
Caras, 22 de enero de 1999

97e5e-detectivesA un ritmo vertiginoso, Roberto Bolaño ha ido construyendo la obra más significativa y poderosa de la narrativa chilena de las últimas décadas. Tras la edición en Chile de La pista de hielo, una de sus primeras obras, vino pronto desde España su más reciente y más ambiciosa obra, Los detectives salvajes, de una extensión correspondiente con el espíritu que anima sus páginas. Abarcadora y total, pone en movimiento temas ya característicos de la narrativa de Bolaño: el exilio de su más amplia acepción, o, más bien, el desarraigo como una característica de los tiempos; la vida de los escritores y el sentido (o sin sentido) de escribir; la instalación del azar como un poderoso motor de la narración.

Los detectives salvajes abre con el extenso diario de un poeta mexicano, Juan García Madero, en 1976, que narra su encuentro con los poetas real visceralistas y sus dos líderes, el chileno Arturo Belano (alter ego del autor) y el mexicano Ulises Lima. Concluye el diario cuando ellos tres y Lupe, una prostituta mexicana perseguida por su patrón, huyen hacia Sonora, con la tarea de descubrir las huellas de Cesárea Tinajero, poeta fundadora de un movimiento que antecede y prefigura la estética real visceralista. En este punto, la novela abre paso a su sección más extensa, entregada a una multiplicidad de voces que narran sus encuentros a veces sumamente laterales con Belano y Lima, que se prolonga hasta 1996; y, finalmente, retoma el relato García Madero, con lo que ocurrió después de su partida hacia Sonora.

Tal vez uno de los rasgos más notables de esta novela es el doble juego entre la investigación de Belano y Lima tras las huellas de Cesárea Tinajero y la investigación, por así decirlo, del narrador tras las huellas de Belano y Lima. Los personajes de la novela son los testigos de esta búsqueda. Cada uno en escenarios tan diversos como Barcelona y Tel Aviv, París y Viena, Nigeria y Nicaragua, aporta una pieza al puzzle, aunque en muchos momentos sus historias alcanzan un perfecto nivel de autonomía, relatos dentro del relato, cuentos que podrían leerse en forma independiente, pero que son, en realidad, parte de una novela extraordinaria en la que Bolaño despliega sus recursos narrativos y su desencantada visión del mundo. Con un rigor asombroso, el autor somete a juicio a toda la literatura latinoamericana del siglo y a buena parte de la historia, siempre en nombre del empeño de sus personajes protagónicos por descubrir las huellas secretas que pueden revelar el sentido de la poesía y de la vida.

No se equivocan ni exageran los críticos que comparan esta novela con Rayuela y otras obras fundacionales del boom de los sesenta. Bolaño ha elaborado una propuesta compleja y múltiple, que, nuevamente, reinventa el arte de escribir novelas y remece el sentido de la escritura.

Por Roberto Bolaño. Anagrama, Barcelona, 1998, 616 páginas.

Amuleto
Caras, 21 de julio de 1999

04441-amuletoEn esta columna se habló de Los detectives salvajes como la gran novela del desarraigo latinoamericano, que exploró tres décadas de la convulsa historia (literaria y política) de este continente. Uno de los muchos episodios de este vasto fresco cuenta la historia de una poetisa uruguaya que permaneció quince días encerrada en el baño de la Facultad de Filosofía de la Universidad Autónoma de México en 1966, cuando el ejército y los granaderos violaron la autonomía universitaria y detuvieron o expulsaron a todos los habituales ocupantes del campus, excepto a Auxilio Lacouture. Es este episodio el que Roberto Bolaño, conforme a un procedimiento ya habitual en su narrativa, extiende a novela. Novela breve y menor, según indicó el autor en una entrevista reciente, porque está escrita en primera persona, y las grandes obras, según él, se escriben en tercera persona. Independientemente de la validez de esta provocativa afirmación, lo cierto es que Amuleto no “pesa” lo mismo que la anterior, sin por ello dejar de ser una estupenda novela.

¿Por qué Auxilio Lacouture y sus quince días encerrada en el baño? ¿Por qué este episodio, entre tantos otros que dan para entender el riquísimo mundo narrativo del autor, es el que quedó como deuda pendiente dentro de Los detectives salvajes? Se debe, probablemente, al carácter emblemático que los hechos de 1968 (la toma de la universidad y la matanza de la Plaza de Tlatelolco) tienen para la década de los sesenta. Y se da aquí una curiosa paradoja: Amuleto es una de las novelas más políticas del autor y, sin embargo, es también la que más se deja llevar por el ritmo poderoso del sueño y el delirio de la poetisa encerrada en el baño, que revive e inventa sin transición escenas o historias en donde se pierde completamente la distinción entre la historia y la fantasía. Sucesivos fantasmas asoman en la conciencia errante de Auxilio y el hilo de la narración oscila y vuelve permanentemente a la luna que recorre las baldosas, mientras ella, con su boca privada de dientes, se tapa pudorosamente la boca cuando enfrenta a sus personajes, a sus recuerdos, a sus fantasías, a los seres evocados por su delirio. Entonces va tomando forma un oblicuo (y no por ello menos eficaz) homenaje a quienes lucharon por cambiar el mundo en esos años. Un antiguo mito griego se enlaza con los vaivenes de la política latinoamericana y los frustrados intentos revolucionarios, dos tragedias se unen y ganan fuerza y sentido para dotar a Amuleto, pese a su carácter menor, de un papel central en la narrativa de Roberto Bolaño.

Por Roberto Bolaño. Anagrama, Barcelona, 1999. 154 páginas.

Monsieur Pain
Caras, 7 de enero de 2000

22114-monsieurpainEscrita a comienzos de la pasada década, esta novela de Bolaño (publicada originalmente con el título de La senda de los elefantes) pertenece al grupo de obras que el autor señala como “dinosaurios” dentro de su trayectoria de escritura, al igual que Consejos de un discípulo de Joyce a un fanático de Morrison, escrita junto a Antonio García-Porta, y La pista de hielo, reeditada por Planeta en Chile. Y si bien ésta última ya puede asimilarse, aunque sea lateralmente, al ciclo narrativo que gira en torno a Los detectives salvajes, las dos primeras responden a otras obsesiones y rumbos.

Consejos…es una obra sumamente curiosa, que funde reflexiones literarias con las andanzas de una pareja de jóvenes sicópatas asesinos de Barcelona, muchos años antes de que el cine de Hollywood popularizara el tópico. Monsieur Pain, con el mérito de ser la primera novela enteramente escrita por Bolaño, contribuye en varios sentidos a afirmar la cronología y el recorrido del autor. Partamos por lo más circunstancial: la novela ganó dos premios y fue editada, lo que está narrado en uno de los cuentos de Llamadas telefónicas. Estos premios, según la nota escrita por Bolaño para esta edición, son los más importantes que ha recibido, “premios búfalo que un piel roja tenía que salir a cazar pues en ello le iba la vida”. El escritor a la intemperie, en el descampado, tuvo finalmente la recompensa por sus desvelos, lo que no disminuye en nada su reconocimiento por los primeros trofeos.

En un sentido muy diferente, Monsieur Pain revela a un Bolaño ya dueño de su talento narrativo, pero con un tono distinto y algo rígido todavía en el desarrollo de la historia, aunque ésta, desde luego, ya evidencia algunas de sus obsesiones y temáticas. Por de pronto, la relación con los libros y la literatura; el argumento circunda y rodea al poeta César Vallejo, agonizante en un hospital parisino, y los textos sobre el mesmerismo o curación por la hipnosis son abundantemente citados. El epígrafe cita a quien más contribuyó a divulgar esa teoría, Edgar Allan Poe, con su relato Revelaciones mesméricas. Pero sólo lo rodea, puesto que la historia cuenta de una oscura conspiración que tiene en su centro al poeta y al mesmerista Pain, llamado a última hora para tratar de sanar al enfermo. En sus intentos por acceder a Vallejo, Pain va encontrando personajes siniestros de ocultas motivaciones y conoce la existencia un París sepulcral y siniestro muy distinto del habitual. Y, como suele ocurrir con Bolaño, nada es simple y todo giro de la novela, por inexplicable que parezca, tiene un sentido oculto. Así, una conspiración conduce a otra, a acontecimientos ya lejanos en el tiempo. Esas verdades acechan a un tranquilo, tímido y algo timorato Pierre Pain, que a sus cuarenta y tantos años sólo ha descubierto formas calmadas de resistir la angustia, y sólo terminan de ensamblarse en el Epílogo de voces: la senda de los elefantes que cierra el libro con datos biográficos (o datos simplemente) sobre algunos de los personajes del libro.

En suma, una novela con algo más que valor arqueológico, que muestra un narrador fuera de su círculo habitual con personajes distintos y en otro entorno, que trae ecos de lecturas y preocupaciones probablemente ya superadas o, mejor dicho, trabajadas y transformadas en las obras posteriores que han merecido el justo reconocimiento de la crítica y los lectores.

Por Roberto Bolaño. Anagrama, Barcelona, 1999, 171 páginas.

Los trabajadores de la muerte

Reseña publicada en la revista Caras, 30 de octubre de 1998

Trabajadores de la muerteEl proyecto narrativo de Diamela Eltit destaca nítidamente dentro del panorama de la narrativa chilena, por su rigurosidad y persistencia en la definición de sus coordenadas. Sin concesiones al lector, sin atención alguna a la emergencia de formas expresivas que por un tiempo se tornan dominantes, sin apartarse ni por un momento de su propio rumbo, la autora ha perfilado una serie narrativa con hitos como Lumpérica, Vaca sagrada y Los vigilantes, que culmina, por ahora, con Los trabajadores de la muerte. La novela es una inquietante parábola cuyo enigmático manejo de los símbolos aprovecha también, y de manera notable, la fuerza del lenguaje popular y de las situaciones cotidianas que asedian la maternidad, la pobreza, la sexualidad. Se trata, pues, de una obra compleja, especie de rompecabezas cuyas piezas van cambiando de forma a medida que avanza la narración. El enigma inicial, planteado por el hombre que sueña a la niña del brazo mutilado en un bar de mala muerte, tiene resonancias metafísicas cuyas conexiones con los textos que siguen son todo menos evidentes. Los relatos alternados de la madre y del hijo fluyen en medio de una frecuente variación de la voz del narrador, que pasa de la primera a la segunda persona y luego regresa a la primera, y van construyendo una historia inexorable, el tejido de destinos cruzados que confluyen en un solo desenlace posible. Entonces asoma la otra historia, la de la niña del brazo mutilado, otra metáfora de las carencias, los desgarramientos y las incertidumbres de la sociedad que Diamela Eltit atrapa y configura en su texto.

Así como hay “una hora precisa en que la taberna representa realmente una taberna y los parroquianos imitan a los parroquianos”, hay también un momento en que el texto, más allá de las opciones que pueden alejarlo de lectores acostumbrados a las lecturas predigeridas e incluso simplemente a la literatura más convencional en el buen sentido del término, representa realmente una novela y los personajes imitan a los personajes. El tejido verbal es de una densidad envolvente que pasa del aparente cálculo excesivo en la construcción de atmósferas a un ritmo feroz que dicta sus propias normas de lectura. Y en ese crecimiento o variación o transmutación de los materiales asoma y domina una historia trágica y dura, pero historia al fin, en la que es posible reconocer tanto los motivos más clásicos de la literatura universal como el aporte original y poderoso de una autora siempre fiel a sus convicciones.

Diamela Eltit. Planeta, Santiago, 1998. 207 páginas.

Inventario de cosas ausentes

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 9 de enero de 2016

inventarioCarola Saavedra nació en Chile, en 1973, pero a los 3 años su familia emigró a Brasil, país donde, con un volumen de cuentos y cinco novelas a su haber, es considerada una de las escritoras más relevantes del momento. Y este Inventario de cosas ausentes muestra claramente por qué; se trata de una novela de amplio registro, que explora el pasado de dos países y que, como otras obras de escritores de su generación y más jóvenes, lidia con las herencias de la(s) dictadura(s) y su efecto en los lazos personales. Por eso es que, a pesar de tratarse de su primer libro traducido al español, resulta familiar; no como un déjà-vu, sino como otra manera de afrontar y elaborar historias que tienen resonancias históricas y biográficas cercanas. Además, Saavedra lleva a cabo un interesante juego con la estructura narrativa, y en eso se advierte más aún su talento y el rigor con que afronta la tarea de la escritura.

Inventario… está organizado en dos partes muy distintas. En la primera, “Cuaderno de anotaciones”, el narrador cuenta fragmentos de la vida de Nina, un personaje que comparte algunos datos biográficos con la autora, y de sus padres y abuelos (todos chilenos); da cuenta de su trabajo en la escritura de una novela; intercala historias paralelas; habla de su vida y de Luiza, su mujer. Dice que “el libro es sobre una mujer llamada Nina”, y eso es verdad, pero respecto de la obra completa, porque la segunda parte, “Ficción”, parece encajonarse durante bastantes páginas en una muy dañada y tormentosa relación padre-hijo, reconstruida a través de fragmentos donde la repetición es el principal recurso estilístico: el hijo dejó la casa paterna a los 23 años; 23 años más tarde, el padre lo cita a la misma casa, al mismo escritorio, y le dice, una y otra vez, las mismas cosas que le decía cuando vivía ahí. La novela vuelve a levantar vuelo con el reingreso de Nina al relato, que se quiebra en historias ajenas, en recuerdos, en biografías, que dejan constantemente en claroscuro quién es quién, pues solo Nina se perfila con claridad frente al que escribe la primera parte y el que protagoniza la segunda. Dos series de diarios operan como fantasmal contrapunto a un relato donde “hay de esos muertos que nunca mueren porque no tienen cuerpo que enterrar”, cuerpos femeninos que envejecen, cuerpos masculinos que deben afrontar, finalmente, que, “para su espanto, llegaba el fin”, a sabiendas también de que el esfuerzo de la escritura, el intento de fijar la historia, puede ser igualmente un espejismo.

Carola Saavedra. Tajamar editores, Santiago, 2015. 134 páginas.

Pajarito

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 16 de enero de 2016

Epajaritoste libro, de la escritora peruana Claudia Ulloa, demuestra que siempre es posible entender de manera nueva la construcción de un libro de cuentos. No se trata solo de la renovación de un género de por sí dúctil, sino de cómo darle una estructura con originalidad, carácter y estilo. Es lo que logra con Pajarito, organizado en torno a seis temas, ambientado en diferentes ciudades, con textos intercalados que no tienen título y que funcionan como una especie de contrapunto de las narraciones, y que entrega una amplia variedad de registros. Algunos cuentos corren por la línea del “neorrealismo fantástico”, de la que, según Juan José Becerra, Cortázar fue un precursor. Cuentos donde la sangre, la panza de los gatos, las luciérnagas, las plantas asumen desasosegantes papeles protagónicos; alguno que, como “Olor a pescado”, podría ser perfectamente una columna de opinión sobre el autoexilio; otro que está escrito en versos libres separados por una barra, salvo un párrafo (“The wrong girl”: “entonces como a las 3 am / vi que la luna brillaba / en mis pupilas de ron”). Cuentos narrados por hombres o por mujeres. Y también hay cuentos derechamente realistas, sutilmente realistas, con una (posible) base autobiográfica, que exploran distancias, palabras, lejanías, insomnios e infancias perdidas.

Una de las secciones más logradas del libro se llama “Cosas de dos”. El cuento del mismo nombre ahonda en uno de los más insondables misterios de cualquier relación de pareja: cuándo el hábito de amoldarse al otro y acceder a sus deseos -incluso a algo tan extraño como pasar las tardes dentro de un armario- deja de ser un gesto de amor, o de cómo el otro puede leerlo como un gesto de desamor. Y aunque por ahí Ulloa enlaza con tópicos bien asentados en la literatura universal, en general tiende a romper con ellos, a darlos vuelta, a ponerlos de cabeza. Ahí, en su peculiar modo de concebir y desarrollar historias breves, y en la intensidad de un estilo propio, transparente y musical, radica lo mejor de Pajarito. Uno de los cuentos de la sección “Placebo” se llama “Tom”, y buena parte de su extensión es la entrada del diccionario noruego (la autora vive en ese país) sobre los significados de “tom”, todos negativos, todos rodeando la figura de la carencia, el abandono o la ausencia; pero, para la narradora, “Tom es un balde vacío en una habitación y yo llego a vomitar, orinar, sangrar, a llenarlo de algo mío y muy interno”. Tom viste de negro. Tom hace trekking. Tom es un psiquiatra. Con Tom se habla de la muerte.

Claudia Ulloa Donoso. Libros del Laurel, Santiago, 2015. 140 páginas.

Los afectos

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 2 de enero de 2016

Los-afectosEl novelista boliviano Rodrigo Hasbún aborda, en esta novela, la vida de una familia de inmigrantes alemanes que llegó en los años 50 a La Paz. Aclara, desde el inicio, que es una obra de ficción que en ningún caso pretende “ser un retrato fidedigno” de alguno de los miembros de la familia. Y sin duda que se trata de una obra de ficción, por la manera de desarrollar a los personajes y la alternancia de voces y tiempos verbales que recorre el texto. Ocurre que los Erlt no son cualquier familia. El padre fue el camarógrafo estrella de la cineasta Leni Riefenstahl, quien fue a su vez la gran retratista de los nazis; y su hija Monika, la principal protagonista del libro, una de las destacadas líderes del Ejército de Liberación Nacional que impulsó Guevara y continuaron los hermanos Inti y Coco Peredo.

Sin embargo, no hay acá una reconstrucción mitificadora de la guerrilla, que aparece recién en la segunda parte del libro. Tal como indica el título, el relato indaga mucho más en el tejido de relaciones en una familia, tanto entre ellos como con sus amigos, maridos (Hans Erlt tuvo tres hijas) y amantes. La alternancia de voces enriquece considerablemente el desarrollo, y más todavía cuando parece acercar el foco con algunos personajes y alejarlo en otros, como en el caso de Monika, una figura enigmática que resiste las lecturas fáciles y los clichés habituales en estos casos. Hasbún incluso se ríe de algunos de ellos, como aquel de que ser comunista es muy fácil para alguien que viene de una familia acomodada. Que ese tejido de relaciones se imbrique con la realidad social y política boliviana en las décadas de los 50 y los 60 le da un áspero contexto a la vida familiar, aunque, ya está dicho, la línea de la novela transcurre por los descubrimientos de la adolescencia y la juventud, por los impulsos de fuga de lo que te proporciona seguridad, por los sueños desbocados del padre y el hambre utópico de la hija, por las opciones de la soledad o de la seguridad. Y por ese camino una de las protagonistas escribe una frase reveladora: “No es cierto que la memoria sea un lugar seguro. Ahí también las cosas se desfiguran y se pierden. Ahí también terminamos alejándonos de la gente que más amamos”. Cuando solo queda la memoria, cuando hay otros que solo aparecen en los hitos del pasado, se puede comprobar asimismo que los afectos igual cambian, se degradan, se traicionan, o simplemente encuentran la profundidad irreversible del olvido. Hasbún, junto a Liliana Colanzi y Maximiliano Barrientos, representa a una nueva y muy viva generación narrativa de su país.

Rodrigo Hasbún. Literatura Random House, Barcelona, 2015. 140 páginas.

Cuaderno alemán

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 26 de diciembre de 2015

Cuaderno alemánLa escritora argentina María Negroni tiene dos novelas a su haber, pero ha transitado mayormente por la poesía y el ensayo; y en libros recientes –Pequeño mundo ilustrado y Elegía Joseph Cornell, por ejemplo- ha mostrado que es posible también que ambos se invadan y se mezclen; poesía con secciones ensayísticas, ensayos con una escritura que se aproxima a la poesía en prosa. En Cuaderno alemán, Negroni avanza por una línea distinta: invitada a Alemania como parte de un intercambio cultural entre ese país y Argentina, debía escribir un blog. Esas entradas están recogidas en este (demasiado) breve libro, y, como era dable esperar, no son precisamente un diario de viaje, sino un registro de experiencias donde caben desde lo que vio hasta lo que alguna vez leyó, recuerdos que se le vienen de súbito a la cabeza, referencias culturales y cinematográficas, sueños, dibujos, fotos y poemas. La segunda parte del libro recoge los que escribió a propósito de Berlín, “su extensión melancólica, su corazón partido, de un lado y otro, por una divisoria todavía palpable, aunque invisible”.

La manera atípica en que la autora resuelve la obligación de escribir en un blog -de los que desconfía- y el también poco habitual modo de dar cuenta de un viaje se deben quizá a lo que parece ser la enunciación de una poética: “La literatura es una de las formas menos claras y más profundas de la resistencia”. Negroni aborda, por ejemplo, temas históricos y políticos a propósito de su visita al Museo Mercedes Benz, pero el asunto es mucho más complejo. En la escritura es donde mejor se muestra su modo de resistir (al lugar común, a la desidia, a la tentación de no ver) y de subvertir, ya no los géneros, sino cualquier tipo de instalación cómoda en la realidad. Cuando recuerda a un hombre que fue su pareja durante muchos años, escribe una frase terrible: “El desprecio, que es otro nombre del resentimiento, era su mejor defensa y su manera de esconder algo más bien maligno”; pero, un par de páginas antes, incluye una foto de un cochecito de perros muy graciosa. La primera parte del libro se llama “Entre Madame de Stäel y Dora la Exploradora”. La primera es autora de un libro sobre Alemania, único texto que Negroni llevó al viaje; y la segunda es la que la lleva a preguntarse qué hace ella entre tanto rubio. Son dos formas de mirar que se despliegan y se superponen constantemente, y que se pueden sintetizar en otra frase del libro: “La felicidad (o lo que llamamos la felicidad), contrariamente a lo que pregonan las agencias de viajes, fecunda en lo familiar”.

María Negroni. Alquimia, Santiago, 2015. 102 páginas.

Coronel Lágrimas

Reseña publicada en la revista El Sábado» del diario El Mercurio, 12 de diciembre de 2015

Maquetación 1Si hay un adjetivo que puede describir esta novela del costarricense Carlos Fonseca, es elegancia. Su manera de construir el personaje del coronel, mediante rodeos, acercamientos y la figura de un narrador que se pone límites para asegurar que siempre se mantenga una cierta distancia, un relativo secreto, un espacio de privacidad -“sin embargo hay algo que no vemos, algo que se esconde detrás de las historias y de la multitud de rostros, algo punzante y latente como el presentimiento del peor malestar”-, es un ejercicio bien ejecutado y sorprendente. Capa tras capa, surge la historia del protagonista, hijo de anarquistas rusos que se exiliaron en México que queda huérfano de padre en la Guerra Civil española y escoge Francia como su nueva patria. Son las primeras coordenadas de una vida que se va revelando, ya está dicho, de una forma indirecta; el coronel vive solo en una casa en Los Pirineos, escribe aforismos en postales e historias biográficas imaginarias -en la escuela de Beckford, Schwob y Borges, entre otros-, que pasan al cuerpo de la novela también de modo fragmentado, por retazos.

Así, Carlos Fonseca urde un tapiz que tiene partes provenientes de Rusia, de México, de España, de Francia, de Vietnam, de Alemania y de muchos otros lugares; de la matemática y de la guerra; de la religión y del amor; del doble delirio de querer borrar las huellas y de continuar, a la vez, con un proyecto quimérico llamado Los Vértigos del Siglo, que tiene capítulos como Diatriba contra los Esfuerzos Útiles: Tesis contra el Trabajo en la Era Práctica. El autor, más que construir una ficción, interroga al material con el que trabaja y desde esa elaboración textual hace emerger algo nuevo y distinto; tal como dice el narrador, “la vida del coronel requiere un nuevo género, una especie de farsa trágica que anula las distinciones entre lo cómico y lo trágico”. Y hay que agregar que nunca afloja la conciencia del narrador, su estilo distanciado que a la vez busca, incesantemente, la complicidad del lector, a través de un nosotros que funde su voz, su inconfundible voz, con la de quien sigue la lectura; y nosotros, sí, nosotros, no podemos entender al coronel, “pero sí podemos cuestionar la tragedia de su farsa y acorralarlo hasta verlo pronunciar su última risa”. Lo que está detrás de estas líneas es que el coronel, este esquivo personaje, se funde también con la historia de un siglo, y esa es la costura que le da profundidad y vértigo a esta novela.

Carlos Fonseca. Anagrama, Barcelona, 2015. 172 páginas.