Cuaderno de Tokio

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 29 de agosto de 2015

portada-cuadernodetokio1Desde mediados de 2009 hasta enero de 2010, Horacio Castellanos -ganador del Premio Iberoamericano de Novela 2014- vivió en Tokio, para escribir un ensayo sobre Kenzaburo Oe (Premio Nobel de Literatura en 1994). Durante esos meses, en paralelo a su investigación sobre Oe, avanzó en un libro híbrido, a ratos un diario que registra su mirada sobre Japón, por momentos una colección de epigramas, y también una suerte de revisión vital dictada por la soledad. No solo ni principalmente por estar en Tokio, en un departamento pequeñísimo, sino por el término de una relación afectiva importante. El autor es implacable consigo mismo, con su edad, con sus fracasos, con su calentura, con su bloqueo para escribir. En una clara referencia a su obra más conocida, escribe “tengo que recuperar mi asco, el asco hacia mí mismo y hacia lo que me rodea”. O bien: “Creíste que alejarte te haría inaccesible o te daría libertad. Cómo eres de tonto. Es tu ansiedad la que te tiene atrapado”.

Ese tono le da una extraña temperatura al libro. El subtítulo -“Los cuervos de Sangenjaya”- se refiere a ese pájaro ruidoso y muy presente en el barrio en donde vivió en Tokio. También registra costumbres locales: Japón es el país en donde dar propina es una ofensa y, si lo haces, te persiguen para darte el dinero que olvidaste. Es el país del tren bala, de la ceremonia del atún en la madrugada, de los templos budistas y sintoístas (Castellanos pasó unos días en un templo en la montaña, cerca de Osaka), de las omnipresentes pantallas, del pescado crudo, de las muchedumbres: la pesadilla que vivió en la estación de Shinagawa, la puerta sur de Tokio, es inolvidable. “Aquello era un pandemónium con miles de oficinistas uniformados con traje oscuro, camisa blanca y un portafolio en la mano”. Pero más importante es la otra línea del libro, aquella que indaga en sus obsesiones y frustraciones, y que de tanto en tanto, acierta con aforismos de este estilo: “La muerte mató a sus mensajeros. ¿Ahora quién nos avisará?”. O bien: “He visto en la web un video con una entrevista a la escritora que más libros vende, a la best seller por antonomasia. Dice que escribe historias felices. No he sentido envidia, nada más cierta repugnancia. ¿O es eso la envidia?”. Escribir no es fácil, es lo que cualquier lector avisado deduce de la lectura de este libro, desasosegante por su descarnada franqueza.

Horacio Castellanos Moya. Hueders, Santiago, 2015. 84 páginas.

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Postales de Japón (primera parte)

I. Llegar

DSC_0028El aeropuerto de Narita tiene mala fama; que es demasiado grande, que cuesta ubicarse, que las cosas no son fáciles. Pero llegar no es complicado. Para un chileno, el trámite de policía internacional y aduanas es muy simple y, a la salida, le pregunté a una chica local cómo llegar a las oficinas de Japan Rail. Había comprado un pase por tres semanas, que cubre tanto el Shinkansen -el tren bala; según me enteré por una crónica de Juan Villoro sobre su viaje a Japón, la traducción literal es “ferrocarril troncal”, porque sólo en lenguas extranjeras se destaca que los pasajeros salen disparados como bala; los japoneses lo dan por supuesto- como líneas de metro y trenes locales de la misma compañía. Hay muchas. El transporte en Japón es privado y las líneas trazan otro mapa con múltiples combinaciones. El caso es que llegué con facilidad a esa oficina, pero seguro que con una cara de terror muy notoria. La señorita que me atendió, en un inglés con el fortísimo acento característico de la mayoría de la gente que algo sabe, pero poco, me preguntó si era mi primera vez en Japón. Y en Asia, le dije. Ella me reservó asientos en un tren de Narita a la estación de Shinagawa, la puerta sur de Tokio, y me dio ánimo. De verdad. Ahí tenía que buscar la línea del Shinkansen que paraba en mi destino de ese día, Nagoya. Llevaba muchas horas de viaje: once horas de Santiago a Dallas, cinco de espera, y trece más a Tokio. Pero tenía la adrenalina en un punto muy alto. En los boletos de trenes japoneses aparece el nombre del tren, el carro, el asiento y la hora de salida y llegada (son exactísimos; en algún recorrido escuché que el conductor pedía disculpas por llevar uno o dos minutos de atraso, “a causa de un pasajero”). El tren a Shinagawa fue un relajo. El carro casi vacío. La maleta en la entrada del carro. El paisaje urbano apenas interrumpido por arrozales. Poder estirar las piernas y mirar por la ventana. Ni me di cuenta de cuándo estábamos ya en Tokio.

Narita NagoyaEn Shinagawa están muy bien señalizados los accesos al Shinkansen, de modo que tras una hora (más) de viaje estuve en mi puesto para afrontar dos horas y media (más) de viaje hasta Nagoya. Me tocó en la ventana de la derecha. Vi el Monte Fuji, casi despojado de nieve. Vi una trama urbana interrumpida ocasionalmente por cerros colmados de verde y por arrozales. Una vez en Nagoya, apelé a la solución universalmente fácil: busqué un taxi y le pedí que me llevara al hotel. 38 horas habían pasado desde que otro taxi me recogió en mi casa en Santiago cuando tuve a mano otra cama donde acostarme y estirar la espalda. Nagoya. Un polígono industrial según mi amigo Arturo, artífice de mi viaje. Lo que vi en el camino de la estación al hotel fueron calles anchas, arboladas, con señalizaciones en ideogramas que me parecían -y nunca dejaron de hacerlo- parte del paisaje más que de maneras de comunicarse.

II. El taxi, el tren y el mapa

En Japón, las direcciones son un intrincado sistema. Lo destaca Horacio Castellanos Moya en sus Cuadernos de Tokio. El primer número indica el barrio; el segundo, la manzana; el tercero, la casa o edificio. Los taxistas usan aplicaciones computacionales para llegar a destino. En realidad, basta con mostrarles el teléfono fijo de la dirección para que el mapa virtual les señale el recorrido. Son muy amables, como (casi) todos los japoneses. Villoro viajaba con traductora, así que podía enterarse de lo que hablaban los conductores. Mi experiencia fue distinta: Saludo -konichiwa-, muestra de un papel con la dirección o la enunciación del nombre del hotel, en Nagoya, o de algún templo, en Kioto; y eso fue otro problema, por ejemplo, con uno de los más famosos y visitados de la ciudad, Kiyomizu-Dera, que Roberto y yo pronunciábamos con IMG_1420los acentos y los espacios cambiados, es decir, Kiyo-Mizudera, y no entendían adónde queríamos ir. La cuestión no es banal. Roberto buscaba figuras de Godzilla para su hijo. En vano. Hasta que algún vendedor atinó, abrió mucho los ojos y exclamó: “ahhh, Gúuudzira”, y todo se solucionó. Pero nunca supe de qué hablaban los taxistas, cosa importante. El porteño te habla del momento político, de la historia argentina y de lo que se le cante. El chileno se queja o te pone tópicos insufribles, como el frío o el calor. Me tocó un taxista parlanchín, pero en japonés. Nunca tomó nota de que su pasajero no entendía (espacio para localismos: un bledo, castellano clásico; un carajo, castellano centroamericano; ni una weá, castellano chileno), y tampoco esperaba respuesta. Hay taxistas así, los más insufribles, los que te interpelan constantemente sólo para reafirmar sus puntos de vista. Los japoneses -salvo la excepción indicada- guardan silencio. Un respetuoso silencio. Todos los autos son un modelo especial de Nissan, con la puerta trasera que se abre automáticamente y muy amplio espacio interior. Autos grandes. Una excepción.

Pero la abstracción de los números en las direcciones no es el único rasgo que distingue el mapa japonés. El viajero del Shinkansen entre Tokio y Osaka -unos 500 kilómetros- verá que, salvo raras lagunas verdes, hay un continuo donde la única diferencia es la altura de las edificaciones. Es que sólo el 25 % de todo el territorio japonés es plano, y ahí se IMG_1669bconcentra la población urbana. Su superficie es menos de la mitad de Chile y tiene alrededor de 7.5 veces más habitantes, 130 millones versus 17, repartidos mayoritariamente en menos de un octavo de la superficie de este país. Alojé unos días en Hirakata, una ciudad -según nuestro concepto- que está entre Kioto y Osaka, distantes unos 50 kilómetros entre sí. Pero, en realidad, Hirakata-Koen (koen = parque) y Hirakata (que tiene municipio, diputados, normas locales) son estaciones de tren, puntos en un mapa de conexiones. No estás en Hirakata, estás en Kansai, una amplia división administrativa que se considera la segunda aglomeración urbana de Japón, con unos 18 millones de habitantes, más que toda la población chilena (el complejo Tokio-Yokohama agrupa a 38 millones de personas). Desde cualquier punto de Kansai, vía trenes locales, puedes acceder a Kioto, Nara, Osaka, Kobe, y múltiples otros lugares. Arashiyama, por ejemplo, un lugar precioso con el bosque de bambúes más grande de Japón, un río caudaloso, colinas boscosas, templos sintoístas y budistas, calles estrechas, tiendas de artesanías sumamente trabajadas. Bueno: Hirakata y Arashiyama son puntos en el mapa que se conectan vía trenes. Es Kansai. Hay un tren para turistas que va de Kioto a Arashiyama, pero no. Lo mejor es llegar cuando logres situar tu lugar en el mapa, el punto que eres en un espacio interactivo, un lugar que no existe salvo que estés en él, que hayas salido de las estaciones, pero que además sepas cómo volver, cómo reconstruir el recorrido.

La liebre con ojos de ámbar. Una herencia oculta

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 10 de noviembre de 2012

la-liebre-con-ojos-de-ambarLos netsuke son pequeños objetos artesanales -esculturas en miniatura- cuya función es cerrar, abrochar, como si se tratara de un botón, pero frecuentemente -como en el caso del kimono, que en realidad se cierra con el cinturón- su uso es sólo decorativo. Los netsuke también cierras tabaqueras, bolsas de opio y cajas en general. De madera, bambú o marfil, con un sello y significado especial cada uno, dan pie a una de las formas más destacadas de coleccionismo. El ceramista inglés Edmund de Waal, descendiente por el lado materno de una antigua familia judía, los Ephrussi, recibió en herencia de uno de sus tíos una colección de más de 200 netsukes; el primer Ephrussi coleccionista, Charles, inició las compras de esculturas en París en 1870; y luego, conforme a la tradición familiar, había que legarla a un pariente, ojalá un sobrino. De Waal la recibió en Tokio de manos de su tío Iggie, quien residió más de cincuenta años en esa ciudad. Es una herencia especialmente interesante para un ceramista cuyos objetos están destinados a museos, galerías de arte y coleccionistas, no para el uso cotidiano. De Waal se enorgullece de poder recordar “el peso y el equilibrio de un cuenco y cómo funciona la superficie en relación con el volumen”. Pocos como él para apreciar, entonces, la delicadeza de estos pequeños objetos que suelen acompañarlo en un bolsillo, para sacarlos de vez en cuando e interrogarse sobre la forma y la historia de la escultura. Y entonces, cuando recibe la herencia, decide contar la historia de los netsuke en su contexto, en el París de 1870, en la Viena de la primera mitad del siglo XX, en el Tokio de la segunda. Lo fascinante del libro está en el modo en que de Waal aborda el relato. No quiere entregar un libro más de memorias familiares, “un puñado de anécdotas bien cosidas”. Y aventura una interesante hipótesis: “Todo en los relatos se reduce al paso de los objetos de mano en mano. Te doy esto porque te quiero. O porque a mí me lo dieron. Porque lo compré en un lugar especial. Porque tú lo vas a cuidar. Porque te va a complicar la vida”. Y bajo esa hipótesis sigue el recorrido de los netsuke, de las casas donde habitaron, de quienes los cuidaron; una epopeya familiar narrada con delicadeza y profundidad, un viaje al pasado que también lo es, sobre todo, hacia el presente, hacia el autor y su manera de descubrir quién es y por qué ha sido elegido por los netsuke para hablar de ellos.

Edmund de Waal. Acantilado, Barcelona, 2012. 366 páginas.

Tokio año cero

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 12 de octubre de 2013

tokio-año-ceroEsta novela policial de David Peace es una de las poquísimas del género que incluye una amplia bibliografía. Es que, claro, que un escritor inglés sitúe la trama en la ciudad de Tokio y en el año de 1946 requiere, para lograr la necesaria verosimilitud, un trabajo de investigación acucioso y prolongado. Tokio año cero plantea, además, una pregunta interesante, que suele ser tratada de modo más bien teórico que a través de la ficción: ¿qué ocurre con la policía y con la aplicación de la justicia en una ciudad (y un país) destruido, donde las personas viven al límite de sus posibilidades, arrasado por las bombas, depredado por epidemias como el cólera y el tifus, por el hambre, por la desnutrición, un país donde la prostitución infantil y el robo son recursos de sobrevivencia más que lacras sociales? En ese contexto, ¿qué importa que un psicópata añada unas cuantas muertes más, unas cuantas jovencitas desaparecidas, unas violaciones que se suman a montañas de violaciones? Por ahí discurre Tokio año cero, que muestra cómo, a pesar de todo, la policía logra realizar su labor conforme a códigos y procedimientos que en algo se parecen y en mucho se diferencian a los que conocemos en latitudes distintas. Pero mucho más interesante es el modo en que Peace se adentra en el quiebre tanto de la identidad nacional como de las identidades personales; la guerra y la derrota encierran también secretos y, como repite un sonsonete a lo largo de toda la novela, «nadie es quien dice ser» y, por lo tanto, todo punto de vista, hasta (y quizá sobre todo) el del detective Minami, narrador de la novela, es sospechoso, porque, además, tantas pistas remiten a otras pistas, los crímenes del psicópata se cruzan con asesinatos ligados a las luchas entre mafias por el control del mercado negro y con la omnipresencia de los Vencedores que imponen purgas y castigos en los cuerpos policiales. Aunque el estilo de Peace puede llegar a ser irritante por el uso desmedido de la reiteración y de tanta frase intercalada en cursivas que pulsa la misma tecla, el libro de todos modos se lee rápido y el autor tiene la suficiente inteligencia como para que el puzzle que hay que armar resulte atractivo y guarde sus misterios hasta el momento que corresponde. Alguien tuvo la ocurrencia de sugerir que la novela es «un cruce entre Murakami y Ellroy». No se me ocurre un argumento de venta menos feliz. No es eso, por fortuna.

David Peace. Mondadori Roja y Negra, Buenos Aires, 2013. 476 páginas.