La coma

Reseña publicada en la revista «Sábado» del diario El Mercurio, 15 de febrero de 2020

La Coma - FrontalLa editorial Elefante tiene una línea muy firme en sus publicaciones: edita, hasta el momento, solo a jóvenes escritoras argentinas. Agustina Luz López, Romina Paula, Ariana Harwicz y Camila Fabbri (los dos últimas, reseñadas en esta columna). Robustece así lo que podríamos llamar “la conexión argentina” de las editoriales independientes; Laurel, Overol, Cuneta y Montacerdos, entre otras, han publicado libros escritos al otro lado de la cordillera. Hay que sumar la presencia en Chile de la distribuidora Big Sur, que ha ensanchado considerablemente la disponibilidad de libros latinoamericanos en varios países. En este panorama, Elefante tiene el mérito de haber publicado primeras ediciones, lo que constituye, sin duda, un acto de osadía. A su catálogo se suma María Florencia Rua, de 27 años, con su primera novela (había publicado antes poesía en Argentina y España). El título del libro no se refiere tanto al signo que determina una breve pausa en la lectura, sino a ese estado tan temido de la muerte cerebral; solo que en este caso la niña que yace inmóvil en la habitación 222 de un hospital recuerda, reprocha, mira la tele, reconoce a sus amigas y a sus padres, se enamora de la enfermera y no para de producir breves textos que repasan todo lo imaginable. No hay aquí ni la menor especulación médica, sino exploración poética y literaria de una voz que pierde los contornos y por ello es capaz de moverse de manera tan caótica como salvaje.

Hay que destacar la finura del oído de la autora para captar el habla de la calle y de los jóvenes, pasada por el tamiz de esa libertad de movimiento que resalta desde las primeras líneas y que se expresa en párrafos autónomos y vibrantes de asociaciones libres, saltos y revueltas, pero siempre dotados de una extraña coherencia; un lenguaje que atropella y acelera, que nunca pierde la vivacidad y el ritmo, que remite también a sus inicios como escritora de poesía. El accidente es un motivo que resurge de vez en cuando; hay pequeñas historias como cuentos intercalados; hay personajes que crecen en el relato, como Nancy, la enfermera; y, desde esa plataforma de la libertad de escritura, no se ahorra juicios ni preguntas ni dolores ni tristezas. La voz narrativa de Azul, que así se llama la niña, se permite invenciones deslumbrantes en La coma, en ese espacio que se ha convertido en su hogar y que solo al final, cuando todo parece disolverse, se dispara con frenesí en un monólogo que pierde también los bordes de la sintaxis y que extrema la cercanía entre la vida, la muerte y la conciencia.

María Florencia Rúa. Elefante, Santiago, 2019. 80 páginas.

Matate, amor

Reseña publicada en la revista «Sábado» del diario El Mercurio, 1 de septiembre de 2018

matate“Somos parte de esas parejas que mecanizan la palabra amor hasta cuando se detestan: amor, no quiero volverte a ver”, dice la protagonista y una de las voces narrativas de esta obra de la argentina Ariana Harwicz. Desde muy temprano, esa frase y otras de feroz incorrección política marcan el tono de una novela febril y desarmante, que pone en juego tantas cosas que suelen darse por sentadas. El amor de madre o, más que eso, el acomodo automático, instintivo e inevitable de la mujer al papel de madre. La fidelidad en el matrimonio o, más bien, la libertad para seguir impulsos que no tienen mucha explicación ni más causa aparente que el calor, o la noche, o el encuentro furtivo en un bosque. La fortaleza de los vínculos familiares, o, mejor dicho, la supervivencia de parejas y de grupos familiares más amplios entendida siempre como milagro, camino a contramarcha, negación de la naturaleza. Es impresionante el juego con las voces narrativas (“Ahora hablo como él. Siendo él, pienso en ella y se me seca la boca”), cuando el personaje protagónico se desdobla, se mira, se juzga y enciende una tormenta en el otro: “Pienso en ella y tengo arcadas de deseo”, y, cuando vuelve a sí misma, a esa joven madre que enloquece en la soledad cuando viaja el marido y que solo atina a preguntarle qué comió, logra también la ácida lucidez de quienes ven más allá de sí mismos: “Y la perorata de los celos, el bla bla bla que destruye simultáneamente al celoso y al celado dio rienda suelta a patadas, golpes, idiota, pelotudo de mierda, loca histérica y demás banalidades”.

Matate, amor tiene una intensidad narrativa impresionante. Harwicz maneja el ritmo a través de las divisiones entre párrafos, la mayoría de más de una página pero tampoco demasiado largos, que cierran siempre como si de un cuento se tratara. Esos respiros, esas pausas en el desarrollo de la novela, permiten también al lector tomar aire y seguir adentrándose en la historia de la protagonista. Todos los demás, el marido, el amante, el hijo, la suegra, son personajes secundarios. Ella devora la acción, la mueve con el lenguaje desgarbado de su lengua inquieta, con su mirada que incendia la pradera a la menor provocación. “Intento pertenecerle. Le doy mi cuero cabelludo. Tomá. Le doy mi cerebro. Le doy mi piel estirada. Tironeá. Le doy mis pestañas, no me importa perderlas. Que mis ojos se sequen en un abrir y cerrar. Me ofrezco. Agarrá. Tené, Probá”. Y así hasta que todo parece estallar en pedazos. Nadie puede salir incólume de esta lectura.

Ariana Harwicz. Elefante, Santiago, 2018. 104 páginas.

Los accidentes

Reseña publicada en la revista «Sábado» del diario El Mercurio, 29 de junio de 2019

losaccidentes4435Actriz, dramaturga y cuentista, Camila Fabbri es una nueva e interesante voz en la siempre prolífica literatura argentina. Los accidentes es un libro desconcertante, compuesto de breves relatos donde se alternan jirones de sueños y pesados bloques de realidad, pero que sobre todo dejan en suspenso la idea de una narración lineal de estructura familiar. Fabbri explora con libertad y soltura –y una cierta desprolijidad, como lo dijo en una reciente entrevista- las posibilidades del relato. Hay historias de obsesiones, como la de Lautaro con las bombas, o la de Lorena con los planeadores y el estallido nuclear en el cielo de Hiroshima; hay relatos donde el agua desempeña un papel protagónico; por ejemplo, “Superficie celeste”, donde la frontera entre la superficie del agua y el cielo es tan borrosa como lo que se narra, la historia de una ausencia que deja atrás otra posibilidad más sombría y aterradora, la de un descuido fatal. El primer cuento recuerda a J.G. Ballard y su versión cinematográfica, Crash, a cargo de David Cronenberg. No es casual el vínculo porque relee precisamente el título del libro, Los accidentes, desde una lógica muy distinta. Hay otras líneas narrativas con hijos, hijas y, sobre todo, madres, o parejas, como los papás de María, en el cuento “Carretera plena”, de “espaldas longilíneas”, “y todo lo bello que tienen no fue heredado por María”. El paisaje es siempre vagamente familiar, en todo hay una reminiscencia de algo, pero tampoco el entorno entrega certezas reconocibles.

El protagonista de “Perros muertos”, un periodista deportivo enviado a cubrir a un equipo de provincia y sobre todo a un jugador sumamente talentoso, piensa en su situación en una desangelada pieza de un hotel: “estar convirtiéndome en escritor. Convertirme en un escritor durante un viaje, o algo parecido. Como si fuese una religión. Algo que tuviera que militar, o defender con un poco de delirio”. Esa tensión de la escritura como una religión, una militancia, que solo puede ser posible con una cuota de delirio, atraviesa el libro; aunque los relatos difuminen las líneas argumentales y den giros hacia otros abismos, hay también una cierta contención, la búsqueda de un cierre, el establecimiento de un punto final que, paradójicamente, suele no serlo. No se trata de finales abiertos, ni de historias que muestran lo que se vería en el fugaz tiempo de un relámpago, sino de la particular atmósfera y estructura quebrada de cuentos que parecen surgir de la nada para volver a ese mismo origen.

Camila Fabbri. Elefante, Santiago, 2019. 106 páginas.

Cuaderno de faros

Reseña publicada en la revista «Sábado» del diario El Mercurio, 4 de abril de 2020

faros2146El momento de la lectura influye mucho sobre cómo nos enfrentamos a un texto y qué nos impresiona de él. En uno de los primeros apartados del libro, Jazmina Barrera (escritora y traductora mexicana) habla de la bitácora, un mueble en el que se solía guardar el cuaderno de registro de los hechos relevantes de la navegación de un barco. Con el tiempo, bitácora pasó a ser ese registro y el mueble pasó al olvido. Al final de ese texto, escribe que “cuando el tiempo es indefinido, el calendario y el reloj se vuelven indispensables para evitar la parálisis. Por eso la bitácora, o el diario, es un referente constante, única herramienta contra el tedio: cada día menos una cruz más sobre el papel”. Es extraña la resonancia que despiertan esas ideas en tiempos de cuarentena, aunque hayan sido escritas para otro contexto: Cuaderno de faros es el registro de un viaje más literario que físico, aunque también la autora visita faros reales en su empeño de coleccionista. Es un viaje que gracias al libro podemos repetir y acompañar con nuestra experiencia, porque es de esos textos raros y cercanos, que hablan desde el yo sin que este termine por imponerse, que dan rienda suelta a la curiosidad, a la obsesión, al intento —siempre inútil, cosa que Barrera sabe— de agotar un tema, de exprimirlo hasta la última gota, y que por todo ello permiten que le lector se incorpore a la aventura.

La primera parte es una mirada más general, presidida por las figuras de Virginia Woolf, el abuelo de Robert Louis Stevenson y Edgar Allan Poe; las siguientes se organizan en torno a faros concretos, con nombre y fotografía, que a su vez albergan no solo la luz intermitente sino también otros faros, otras historias, otras referencias literarias. Pero el libro nunca pierde el hilo de la experiencia, la reconstrucción biográfica, la indagación intelectual y personal en torno al porqué los faros pueden asomar como una respuesta en el horizonte de quien navega desde su casa: “Ante el temor a la deriva, coleccionar. Coleccionar, por ejemplo, faros, aporta una dirección, por más arbitraria que sea. Se vuelve entonces una manera no solo de escapar, sino también de construir”. El luminoso estilo y la riqueza impresionante de observaciones, mapas, anécdotas personales, historias de faros y referencias literarias hacen de este viaje inmóvil uno especialmente seductor, que actualiza también la historia de un oficio –el de farero- que parece sumarse a la gran caja donde yacen los restos obsoletos de otra era.

Jazmina Barrera. Montacerdos, Santiago, 2019. 126 páginas.

 

 

Nuestra parte de noche

Reseña publicada en la revista «Sábado» del diario El Mercurio, 29 de febrero de 2020

nuestra parte de nocheAunque Mariana Enriquez publicó dos novelas muy joven, se hizo ampliamente conocida gracias a sus colecciones de relatos, publicadas en Argentina y Chile, primero, y luego en España, por Anagrama, salto que la convirtió en una de las escritoras más valoradas de Latinoamérica. Por eso es admirable el modo en que transitó a la escritura de una novela de casi 700 páginas, atrapante y subyugadora. Abarca una largo periodo de tiempo —desde 1960 hasta 1997—, con diferentes narradores y protagonistas. Enriquez insiste en la línea de fondo que anima su proyecto literario: la irrupción de lo sobrenatural aparejado con la maldad, la mirada hacia ese mundo extraño y pavoroso donde se mueven entidades, presencias y dioses que contradicen las seguridades de la razón y el abrigo de la cultura secular. Es un mundo antiguo que parece desaparecido, pero que aflora con terrible fuerza y poder aniquiladores. Como es también habitual en su narrativa, se trata de una maldad que se expresa en nuestro presente, en la historia de la Argentina (dictadura incluida), en este caso, en una alianza que a la autora le parece natural: el dinero es poder y, como dice en la novela, “el dinero es un país dentro de otro país”. Y si ya se tiene todo, hay que ir por lo imposible, por el derecho a permanecer más allá de los límites que imponen la vejez y la muerte.

También es una historia familiar y de los intentos de esa familia –los principales protagonistas que a veces se apoderan de la primera persona para contar la historia- de escapar a un destino que parece definitivamente sellado. El poder que tiene Juan Peterson es adictivo: comunicarse con la Oscuridad, hacerla emerger y dejar que estalle su funesto poder es incomparable, pero también cree que es una maldición; y si el mandado de la Orden que la venera es que su hijo sea el siguiente médium a costa de sacrificarlo, no es una decisión fácil, por decirlo suavemente. La novela tiene una estructura sumamente firme que sigue un ritmo similar en muchas de sus partes: hay una apariencia de normalidad, hay amistades cotidianas, un hijo que crece, que es adolescente, que luego es joven, pero ya se sabe que el horror terminará por aflorar y buscar que todo vuelva al cauce determinado por el destino. Nuestra parte de noche es un prodigio en su inventiva y en la forma fluida en que se desarrolla el relato; todos los elementos se van anudando hasta constituirse en una épica de la resistencia ya no contra la muerte, sino contra el mal que cobra vidas al precio de prometer la eternidad.

Mariana Enriquez. Anagrama, Barcelona, 1999. 672 páginas.

Las cosas que perdimos en el fuego

Reseña publicada en la revista «Sábado» del diario El Mercurio, 11 de junio de 2016

NH559 Las cosas que perdimos en el fuego.inddLa escritora argentina Mariana Enriquez comenzó a publicar muy joven –su primera novela apareció cuando tenía 22 años-, pero ha ganado fama y reconocimiento en los últimos seis años en otros géneros: la crónica –donde publicó un libro absolutamente ejemplar, Alguien camina sobre tu tumba. Mis viajes a cementerios (2013), el cuento (la editorial chilena Montacerdos le publicó en 2014 Cuando hablábamos con los muertos, que incluyó una novela corta magnífica), y el ensayo (su libro sobre Silvina Ocampo fue publicado también en Chile por Ediciones Diego Portales). Ahora Anagrama publica otra colección de relatos, la mayor parte de ellos nuevos, con el sello inconfundible de una escritura que si bien se inscribe en un género habitualmente menospreciado o reducido al nicho de la mera entretención –la narrativa de terror-, lo subvierte y lo trasciende a la vez.

Lo subvierte porque la meta de su trabajo no es sólo provocar el proverbial escalofrío en la espalda, sino vincular, con sutileza y finura, los males de acá y de allá: los fantasmas que provee la imaginación y los monstruos creados por la maldad humana; las casas misteriosas que suenan, crujen y chillan porque en ellas ha ocurrido lo indecible, porque sus paredes han sido testigos de horrores; la magia y la adivinación con la vida cotidiana bajo una dictadura; las excentricidades adolescentes que en una vuelta de tuerca pueden lindar con el extravío y la pérdida de límites, el policía abusador que sin saberlo despierta un mal mucho más profundo. Enriquez nunca es demasiado explícita, ni en el lado de acá ni en el lado de allá, y algunos de estos cuentos –“El chico sucio”, “El patio del vecino”, “Bajo el agua negra”, “Las cosas que perdimos en el fuego”- se leen con la fascinación de sentirte arrastrado a un abismo, a un punto ciego, a un límite que no quieres ver pero ahí estás, siguiendo cada línea hasta que puedes respirar tras el punto final. La calidad literaria de los relatos es lo que trasciende el límite genérico; un estilo que nunca cae en lo estridente, personajes bien dibujados con pocos trazos, el inteligente anclaje en la realidad de los relatos –algunos en los ochenta, otros en la miseria que se adueña de sectores de Buenos Aires- y, sobre todo, su capacidad para crear historias que nunca pierden la verosimilitud, aunque se trate de un río de agua negra y fétida contaminado no por descuido, sino por obligación, o de una colección de uñas cortadas seguida por una colección de dientes, o de un antiguo asesino de niños que aparece, fantasmal, en un tour por la ciudad.

Mariana Enriquez. Anagrama, Barcelona, 2016. 200 páginas.

Llevátela, amigo, por el bien de los tres

Reseña publicada en la revista Sábado del diario El Mercurio, 27 de agosto de 2016

llévatelaUna pareja –Eduardoylila o Lilayeduardo- regresa a Buenos Aires a mediados de los ochenta, tras veinte años de peregrinaje por diferentes latitudes. “La nostalgia es otra forma del deseo”, dice el narrador, que comienza hablando desde un lugar externo —el observador, el voyeur— que mira hacia esa pareja, aunque es parte de ella. Lo que pasa, dice, en el mismo inicio de la novela, es que, para mantener el calor en el iglú, se precisan huéspedes, y que, para que se generen altas temperaturas, “el fuego precisa al menos tres órganos: la pija de él, la concha de ella, mis ojos”. Esa manera de situarse fuera y dentro a la vez marca todo el relato. La novela, escrita a fines de los ochenta, trata de reconstruir la historia de Lila y Eduardo desde esa alternancia de miradas; aunque el yo —el yo de Eduardo— pase a ser el dominante, hay siempre un intento de mantener la distancia y al mismo tiempo involucrarse en el relato de cómo dos personas, enarbolando las máximas y prácticas de los antipsiquiatras R.D. Laing y David Cooper, así como de las huellas de Wilhelm Reich, muy de moda en los tumultuosos sesentas, intentan construir una relación abierta que explora el sexo de a tres, de a cuatro, del recurso a los amantes, del voyeurismo, de la conversación franca sobre las relaciones del otro con otros, que hasta tocan cuestiones prácticas: cuando Lila va con su amante a un hotel caro, él le pregunta si pagaron a medias, porque,“después de todo, compartíamos las cuentas”.

“Entre John Lennon y el Martín Fierro íbamos construyendo nuestra filosofía de cama, útil para las grandes masas opiadas por la monogamia”, dice el narrador, mientras tratan de hilar un discurso contra la pareja como un espacio de asfixia, un ataúd compartido. La novela de Baigorria es revulsiva y potente, una exploración que tiene momentos hilarantes —el análisis comparado de las poesías del amante de Lila y las que Eduardo escribió, por ejemplo— y otros llenos de ese drama que bordea la cursilería, el rencor profundo y la estética del culebrón. Al leerla, se entiende por qué Caja Negra. editorial más dedicada al ensayo, rescató este texto: hay mucho para discutir acá, a partir de una lectura de la pareja, el sexo y el erotismo en una época en que el sida cambiaba las pautas de encuentro y parecía señalar un retorno al conservadurismo o, como propone una de las mujeres del libro, a la desgenitalización del amor, momentos antes de sumergirse en un trío nada de protegido. Una novela de un poder revulsivo que sin duda merece su rescate y su lectura.

Osvaldo Baigorria. Caja Negra, Buenos Aires, 2015. 142 páginas.

Kintsugi

Reseña publicada en la revista El Sábado del diario El Mercurio, 9 de marzo de 2019

kintsugiEl título del libro alude a una técnica japonesa para reparar fracturas de la cerámica mediante la aplicación de distintos tipos de barnices. La idea es que las grietas sean visibles, porque forman parte de la historia del objeto. La referencia es doble. Por una parte, es una novela compuesta de retazos, de narraciones que se sostienen plenamente de manera autónoma; de hecho, dos de los capítulos aparecieron como cuentos en Lugar , uno de los dos libros previos de María José Navia, y otro fue publicado previamente en una revista. Las líneas del ensamblaje son los puntos finales, los nombres de los relatos, los cambios en el tiempo y en los personajes protagónicos, quiebres siempre a la vista, líneas de costura que no ocultan el carácter fragmentario de cada pieza. Y, por otra, todas las historias refieren a una sola familia, cuyo origen ya es anómalo: el encuentro entre dos personas solitarias que ya han pasado por acontecimientos que quiebran el futuro. “Estaban rotos. Y habían decidido quedarse juntos”, dice Caro, esposa, madre y abuela del resto de los personajes. Caro y José; Tomás, Sofía y Eduardo, los hijos; y Ema, la nieta, asumen alternadamente el foco de la narración y revelan cómo la visible grieta inicial, la unión entre dos personas rotas, no hace más que seguir fragmentándose.

El kintsugi narrativo es posible gracias a la omisión del contexto temporal. No hay marcas de fechas o de asuntos característicos de una determinada época. Ello permite pasar limpiamente del matrimonio de Caro y José al paseo de Sofía con su sobrina. La excepción es el último relato, arrojado hacia el futuro tanto porque la protagonista es Ema como por la rareza de la premisa en que se asienta. Y la costura más fuerte está dada por el estilo medido y dosificado que asume la voz narrativa, con abundante uso del punto seguido y del punto aparte entre frases cortas para marcar los énfasis. Tal vez ahí radique un defecto del libro; a veces, esa estructura sorprende; otras, sobre todo hacia el final de los relatos, parece indicar con demasiado énfasis lo que el narrador quiere que el lector vea. Con todo, esa unidad de estilo y las obligadas referencias entre los relatos le otorgan una unidad “rara” que vence en el desafío de componer un argumento sobre la base de trazos. En algún capítulo -“Hojas”, por ejemplo- se echa de menos la continuidad.

María José Navia. Kindberg Editorial, Valparaíso, 2018. 141 páginas.

Butamalón

Reseña publicada en la revista Caras número 199, 27 de noviembre de 1995

ButamalónEduardo Labarca, chileno, fue periodista de prensa y radio en los años sesenta y a comienzos de los setenta. Fue autor de grandes reportajes. Salió tempranamente al exilio tras el golpe militar y residió en Bogotá, Moscú y París, hasta que en 1985 se radicó en Viena, donde ejerce su oficio de traductor. Sólo muy tardíamente se dedicó a la creación literaria y Butamalón es su primera novela, luego de incursionar brevemente por el cuento. Como además el libro fue editado en España, Labarca es un virtual desconocido en su propio país: y contra  lo que pudiera pensarse, dada su larga estadía en otras latitudes, no son sus vivencias de exiliado las que aquí se exponen, sino la experiencia colectiva de Chile durante la conquista y en nuestros días, mediante dos relatos cruzados que se necesitan mutuamente.

Por un lado está el traductor de un libro norteamericano sobre el padre Barba, misionero que llegó a Chile a fines del siglo XVI, fue capturado por los indios y terminó unido a ellos en su lucha contra los españoles. El traductor se relaciona con personajes designados por su función -la dueña de la pensión, el cartero, la empleada- y a través de sus diálogos ofrece una mirada sobre el Chile contemporáneo. Y con la empleada, de origen mapuche, abre otra puerta de comunicación hacia el segundo relato, las aventuras del padre Barba, de dimensiones épicas y alucinadas, que se inscriben perfectamente en una corriente de poco pero significativo desarrollo en Chile: la novela histórica, que ha ofrecido libros tan notables como Ay, mama Inés, de Jorge Guzmán, a Hijo de mí, de Antonio Gil. Es en este segundo relato donde reside la fuerza turbulenta de la prosa de Labarca, que rescata el léxico y los giros castizos para dar cuenta desde dentro de las turbulencias y dilemas inscritos en  el acto conquistador. La fe y el afán de lucro de los españoles, la libertad y la capacidad de actuar unidos de los mapuches, son algunos de los temas que atraviesan la reconstrucción libre del conflicto armado  entre ambos pueblos. Labarca hace gala de un gran dominio del lenguaje, mezclando estilos y maneras de abordar a sus personajes o su tema, lo que redunda en un texto que vibra con fuerza y desgarro. Mientras tanto, en la otra serie, el traductor revive a su manera el choque de las dos culturas. El libro tiene una moraleja implícita, pero no molesta –precisamente- por la calidad de la propuesta.

Eduardo Labarca. Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1994. 421 páginas.

Cuestión de astronomía

Artículo publicado en la revista Caras número 297, 11 de marzo de 1996

cuestión de astronomíaLópez-Aliaga ganó el premio para cuentos inéditos del Consejo Nacional del Arte y la Cultura 1995. Se trata de un autor que recién se interna en la década de los treinta y que ha escrito tanto poesía como cuento. Es fácil presumir, entonces, que pronto se incorporará a la ya nutrida colección de novelistas jóvenes chilenos. La mención a su edad no es casual: su opción por el relato en primera persona es casi una marca de fábrica, al igual que el relativo hastío y la mediana desolación que envuelven a muchos de sus personajes. Igualmente, el carácter iniciático de varios relatos (primeros amores, primeros trabajos) los remite a una especie de fórmula que ha circulado, con distinto éxito, por muchas obras primerizas de los años recientes. Ello no le resta mérito a su propuesta, pero sí le quita el brillo de la originalidad.

En todo caso, este apronte lo muestra como un narrador seguro de lo que hace, dueño de un tono narrativo convincente y parejo. López-Aliaga no apuesta por la innovación o los experimentos, sino que quiere limitarse a contar historias cotidianas, con protagonistas cotidianos. En entorno es el de la transición, “Cóndor” Rojas incluido, con algunos episodios internacionales intercalados entre barrios capitalinos y los infaltables bares y parrilladas que adornan, más que la ciudad misma, el imaginario criollo. Algunos rasgos de humor levantan el tono general del conjunto, que se lee con rapidez y facilidad.

El mayor problema de sus relatos es que el final es perfectamente previsible. Y esto, tratándose de cuentos, no es pecado venial. Los personajes protagónicos tienen un sospechoso parecido unos con otros, a tal punto que, con otra estructura, un orden distinto y un buen esfuerzo de ensamblaje, el libro podría haber dado paso a una novela, iniciática por cierto. Escapan del esquema unas pocas narraciones y algunos personajes secundaros sumamente característicos de la fauna santiaguina, muy bien rescatados por el autor.

En definitiva, se trata de un narrador talentoso, seguro en el manejo de su estilo, pero muy amarrado todavía a su propia circunstancia para dejar volar su imaginación y dar paso a relatos más atractivos.

Luis López- Aliaga. Mondadori, Santiago, 1995. 154 páginas.