Travesuras de la niña mala

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 17 de junio de 2006

travesurasninamalaA Mario Vargas Llosa aún lo salva el oficio, aunque esta vez camina por el borde del abismo. Esta novela parece un trabajo fallido al que le falta una parte, un desarrollo paralelo que asoma en largas parrafadas pedagógicas incongruentes con la personalidad y estilo del protagonista y narrador de la historia. Vargas Llosa suele trabajar en textos e historias paralelas. En realidad, es casi su marca de fábrica, el sello de su estilo, que llevó a cotas notables en La Casa Verde y Conversación en la Catedral. Esta novela, en cambio, es lineal y única, una sola historia, pero a ratos pareciera emerger el fantasma de la ausente en trozos que parecen incrustaciones sociológicas, históricas o filosóficas, con el agravante de que no son asumidas como tales: entonces, además, son de una liviandad exasperante.

Tal como se preocupa de señalar el texto de la contratapa del libro, la trama se desarrolla en ciudades como París, Londres, Tokio y Madrid (además de Lima, claro, aunque no es tanto Lima como Miraflores, el barrio de la infancia del autor y de muchos de sus personajes, incluido el protagonista de ésta) y en el momento más oportuno: el despertar de los sesenta en París, paralelo a la emergencia de las guerrillas en Perú; el hippismo en Londres; el apogeo de la yakuza en Tokio; el destape en Madrid. La ubicación estratégica en el tiempo y el espacio posibilita el mecanismo de la digresión, pero también muestra con demasiada claridad el pie forzado.

La principal historia es algo mejor. La relación entre el niño bueno y la niña mala, entre el Perú de los privilegios y el Perú de la miseria, tiene sus momentos atractivos y el carácter de ella, de la niña mala, está bien logrado, pero todo ello no es suficiente para darle vigor a una novela anémica, con falsos finales y un romanticismo tan azucarado que le vendría bien la etiqueta de novela rosa. Cabe aún una interpretación más audaz: la novela puede ser entendida como la historia de la relación de Vargas Llosa, el niño bueno, con el Perú, la niña mala, que se mueve entre la atracción y el asco, el encantamiento y la repulsión, el amor loco y el odio furibundo. Puede ser extremar la libertad interpretativa, pero al menos proporciona un eje de lectura que le da algo de misterio al desabrido texto.

Mario Vargas Llosa. Alfaguara, Madrid, 2006. 376 páginas.

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Bonsái

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, primero de abril de 2006

Bonsái«Al final, Emilia muere y Julio no muere. El resto es literatura». Así cierra el primer párrafo de esta novela -­digámoslo así­- de Alejandro Zambra, poeta y crítico literario que debuta en el género narrativo. La frase final suele usarse, en otros contextos, para desacreditar lo que se considera accesorio o no atingente a un determinado asunto. Una frase hecha, una muletilla que suele escucharse en programas televisivos y, desde luego, en tono y con ademán descalificador.

En Bonsái, en cambio, el resto es la novela. Podría decirse, entonces, que la frase es redundante e innecesaria, pero no es así: Zambra busca, desde el principio y por diversos medios, mantener siempre una cierta distancia entre el lector y lo narrado, una distancia que recalca, precisamente, que se trata de un texto literario y no de la imitación o transposición de la realidad. No hay efectos especiales para ilusionar al lector y hacerlo creer que el texto es algo distinto de un texto literario, carácter acentuado más aún porque los protagonistas, Emilia y Julio, estudian literatura, hablan de libros e incluso incorporan las lecturas en voz alta a sus ritos sexuales, y porque el ritmo sinuoso que sigue su historia está también marcado por páginas y autores determinados.

Un juego adicional se establece entre el título de la obra y sus características: es una miniatura literaria, un texto muy breve, muy bien trabajado y decantado hasta el extremo, cuya principal virtud quizá es que relata, como tantos otros libros, una historia de amor; pero lo hace con herramientas nuevas, con otra mirada, con otra sensibilidad, hasta el punto de traspasar la distancia establecida artificiosamente y establecer, en último término, una comunicación privilegiada con el lector. En efecto, la novela de Zambra finalmente conmueve y remueve con el hálito de tragedia ya anunciado en el primer párrafo, aunque lo hace de manera insidiosa, como si no quisiera hacerlo, como si sólo se tratara de literatura en el sentido derogatorio de la expresión; pero no, es literatura de la mejor clase, una obra de extraña madurez que hace de la brevedad una de sus mayores virtudes, por lo mucho que se puede decir y sobre todo sugerir en tan pocas páginas.

Alejandro Zambra. Anagrama, Barcelona, 2006. 96 páginas.

Violencia nueva sobre fondo clásico

Reseña publicada en el suplemento «Babelia» del diario El País, 24 de septiembre de 2011

La prueba del ácido

Élmer Mendoza

Tusquets. Barcelona, 2011

248 páginas. 17 euros

2011 10 Cubierta_LaPruebaDelAcidoNarrativa. En su anterior novela, Balas de plata, que ganó el Premio Tusquets 2008, Élmer Mendoza puso en escena a un personaje de nombre sospechosamente parecido al suyo -Edgar Mendieta-, detective que se recorta sobre la silueta de Philip Marlowe y esa ancha estirpe de hombres taciturnos, solitarios e incorruptibles que anima el género de la novela negra desde Hammett y Chandler en adelante. Como es de rigor, Mendieta tiene rasgos que lo distinguen de sus colegas más allá de la nacionalidad y la época; un pasado de niño abusado sexualmente y su relación con un psicólogo bastante particular, el doctor Parra, le dan un perfil torturado que establece la diferencia. A su vez, esa marca biográfica se incorpora a la trama de La prueba del ácido de manera oblicua, puesto que tiene que ver más bien con la política de alianzas que con la investigación criminal en que se embarca Mendieta desde las primeras páginas. Política de alianzas que resulta clave en una ciudad del norte de México, Culiacán, en el Estado de Sinaloa, uno de los territorios clave para el tráfico de drogas y, por lo tanto, para la guerra desatada entre el gobierno federal y el narco.

Quizá el índice de la violencia psicótica de los cárteles de la droga se refleja mejor en el momento en que los jefes, mientras comen exquisiteces antes de hablar de negocios, abren paso a la nostalgia por el tiempo pasado: “¿Se acuerdan cuando me dio por matar jóvenes de camisa blanca? En qué bronca nos metiste”. Sobre ese telón de fondo se construye una novela de trama clásica que aparentemente aspira a nada más que contar la historia de un crimen y su resolución. El asesinato de una bailarina parece uno de aquellos hechos de la crónica roja que apenas dará para una investigación rutinaria y un rápido paso a la carpeta de casos sin resolver; pero ocurre que Mendieta la conocía -e incluso algo más- y pronto se sabe también que los principales sospechosos son gente importante. Y ahí radica uno de los problemas de la novela: hay mucha gente importante -aparece incluso el padre del presidente de Estados Unidos, que va a cazar patos a una hacienda cerca de Culiacán- y por lo tanto proliferan demasiado las tramas y subtramas que deben desenredar Mendieta y su compañera detective, que responde al improbable nombre de Gris Toledo. Entonces el hilo se pierde por largos tramos y, cuando al fin se recupera, la solución parece salida de la proverbial chistera del mago. En el medio -y eso sí puede reputarse como un mérito- queda el vivo retrato de una sociedad que comienza a vivir en estado de guerra. El espacio no permite citar extensamente el listado de armas que McGiver, el traficante del rubro, vende a distintos cárteles por una suma fija, siete millones de dólares y tres millones de euros. Ni tampoco hacer la lista exhaustiva de todas las muertes que Mendoza acumula en las casi 250 páginas, muertes que poco tienen que ver con la de Mayra Cabral de Melo, la bailarina -de acuerdo, es un eufemismo: la prostituta- de cuerpo espectacular y ojos de diferentes colores que tenía cautivados a los poderosos de Culiacán y de la vecina Mazatlán.

Con personajes que se repiten y una cierta épica del desencanto que de todos modos remata a la manera clásica de la novela negra, Mendoza aporta otro grueso bloque a la construcción de un mundo narrativo que pone en escena a los demonios de la violencia desatada por el tráfico de drogas y su capacidad de corromper a políticos y policías. No tiene el poder perturbador de Roberto Bolaño en 2666 ni el lirismo trágico de Yuri Herrera en Trabajos del reino, pero, con recursos menos vistosos y algo de torpeza en el delicado trabajo de hacer calzar las piezas de un puzle que él mismo complica en exceso, logra también ofrecer un poderoso atisbo del sombrío panorama abierto en México luego de que el poder político le declarara la guerra al narco.

El azar también desempeña un papel en la novela. Estamos lejos de esos argumentos que calzan de manera perfecta y que progresan de manera armónica, con las debidas y previsibles vueltas de tuerca (para ocupar también un tópico sumamente desgastado). Mendoza se las arregla para introducir, como en la realidad, el azar, ese componente fortuito, ese rayo que cae donde quiere y cambia el destino de una vida. O de una novela.

Pajarito

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 16 de enero de 2016

Epajaritoste libro, de la escritora peruana Claudia Ulloa, demuestra que siempre es posible entender de manera nueva la construcción de un libro de cuentos. No se trata solo de la renovación de un género de por sí dúctil, sino de cómo darle una estructura con originalidad, carácter y estilo. Es lo que logra con Pajarito, organizado en torno a seis temas, ambientado en diferentes ciudades, con textos intercalados que no tienen título y que funcionan como una especie de contrapunto de las narraciones, y que entrega una amplia variedad de registros. Algunos cuentos corren por la línea del “neorrealismo fantástico”, de la que, según Juan José Becerra, Cortázar fue un precursor. Cuentos donde la sangre, la panza de los gatos, las luciérnagas, las plantas asumen desasosegantes papeles protagónicos; alguno que, como “Olor a pescado”, podría ser perfectamente una columna de opinión sobre el autoexilio; otro que está escrito en versos libres separados por una barra, salvo un párrafo (“The wrong girl”: “entonces como a las 3 am / vi que la luna brillaba / en mis pupilas de ron”). Cuentos narrados por hombres o por mujeres. Y también hay cuentos derechamente realistas, sutilmente realistas, con una (posible) base autobiográfica, que exploran distancias, palabras, lejanías, insomnios e infancias perdidas.

Una de las secciones más logradas del libro se llama “Cosas de dos”. El cuento del mismo nombre ahonda en uno de los más insondables misterios de cualquier relación de pareja: cuándo el hábito de amoldarse al otro y acceder a sus deseos -incluso a algo tan extraño como pasar las tardes dentro de un armario- deja de ser un gesto de amor, o de cómo el otro puede leerlo como un gesto de desamor. Y aunque por ahí Ulloa enlaza con tópicos bien asentados en la literatura universal, en general tiende a romper con ellos, a darlos vuelta, a ponerlos de cabeza. Ahí, en su peculiar modo de concebir y desarrollar historias breves, y en la intensidad de un estilo propio, transparente y musical, radica lo mejor de Pajarito. Uno de los cuentos de la sección “Placebo” se llama “Tom”, y buena parte de su extensión es la entrada del diccionario noruego (la autora vive en ese país) sobre los significados de “tom”, todos negativos, todos rodeando la figura de la carencia, el abandono o la ausencia; pero, para la narradora, “Tom es un balde vacío en una habitación y yo llego a vomitar, orinar, sangrar, a llenarlo de algo mío y muy interno”. Tom viste de negro. Tom hace trekking. Tom es un psiquiatra. Con Tom se habla de la muerte.

Claudia Ulloa Donoso. Libros del Laurel, Santiago, 2015. 140 páginas.

Los afectos

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 2 de enero de 2016

Los-afectosEl novelista boliviano Rodrigo Hasbún aborda, en esta novela, la vida de una familia de inmigrantes alemanes que llegó en los años 50 a La Paz. Aclara, desde el inicio, que es una obra de ficción que en ningún caso pretende “ser un retrato fidedigno” de alguno de los miembros de la familia. Y sin duda que se trata de una obra de ficción, por la manera de desarrollar a los personajes y la alternancia de voces y tiempos verbales que recorre el texto. Ocurre que los Erlt no son cualquier familia. El padre fue el camarógrafo estrella de la cineasta Leni Riefenstahl, quien fue a su vez la gran retratista de los nazis; y su hija Monika, la principal protagonista del libro, una de las destacadas líderes del Ejército de Liberación Nacional que impulsó Guevara y continuaron los hermanos Inti y Coco Peredo.

Sin embargo, no hay acá una reconstrucción mitificadora de la guerrilla, que aparece recién en la segunda parte del libro. Tal como indica el título, el relato indaga mucho más en el tejido de relaciones en una familia, tanto entre ellos como con sus amigos, maridos (Hans Erlt tuvo tres hijas) y amantes. La alternancia de voces enriquece considerablemente el desarrollo, y más todavía cuando parece acercar el foco con algunos personajes y alejarlo en otros, como en el caso de Monika, una figura enigmática que resiste las lecturas fáciles y los clichés habituales en estos casos. Hasbún incluso se ríe de algunos de ellos, como aquel de que ser comunista es muy fácil para alguien que viene de una familia acomodada. Que ese tejido de relaciones se imbrique con la realidad social y política boliviana en las décadas de los 50 y los 60 le da un áspero contexto a la vida familiar, aunque, ya está dicho, la línea de la novela transcurre por los descubrimientos de la adolescencia y la juventud, por los impulsos de fuga de lo que te proporciona seguridad, por los sueños desbocados del padre y el hambre utópico de la hija, por las opciones de la soledad o de la seguridad. Y por ese camino una de las protagonistas escribe una frase reveladora: “No es cierto que la memoria sea un lugar seguro. Ahí también las cosas se desfiguran y se pierden. Ahí también terminamos alejándonos de la gente que más amamos”. Cuando solo queda la memoria, cuando hay otros que solo aparecen en los hitos del pasado, se puede comprobar asimismo que los afectos igual cambian, se degradan, se traicionan, o simplemente encuentran la profundidad irreversible del olvido. Hasbún, junto a Liliana Colanzi y Maximiliano Barrientos, representa a una nueva y muy viva generación narrativa de su país.

Rodrigo Hasbún. Literatura Random House, Barcelona, 2015. 140 páginas.

Cuaderno alemán

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 26 de diciembre de 2015

Cuaderno alemánLa escritora argentina María Negroni tiene dos novelas a su haber, pero ha transitado mayormente por la poesía y el ensayo; y en libros recientes –Pequeño mundo ilustrado y Elegía Joseph Cornell, por ejemplo- ha mostrado que es posible también que ambos se invadan y se mezclen; poesía con secciones ensayísticas, ensayos con una escritura que se aproxima a la poesía en prosa. En Cuaderno alemán, Negroni avanza por una línea distinta: invitada a Alemania como parte de un intercambio cultural entre ese país y Argentina, debía escribir un blog. Esas entradas están recogidas en este (demasiado) breve libro, y, como era dable esperar, no son precisamente un diario de viaje, sino un registro de experiencias donde caben desde lo que vio hasta lo que alguna vez leyó, recuerdos que se le vienen de súbito a la cabeza, referencias culturales y cinematográficas, sueños, dibujos, fotos y poemas. La segunda parte del libro recoge los que escribió a propósito de Berlín, “su extensión melancólica, su corazón partido, de un lado y otro, por una divisoria todavía palpable, aunque invisible”.

La manera atípica en que la autora resuelve la obligación de escribir en un blog -de los que desconfía- y el también poco habitual modo de dar cuenta de un viaje se deben quizá a lo que parece ser la enunciación de una poética: “La literatura es una de las formas menos claras y más profundas de la resistencia”. Negroni aborda, por ejemplo, temas históricos y políticos a propósito de su visita al Museo Mercedes Benz, pero el asunto es mucho más complejo. En la escritura es donde mejor se muestra su modo de resistir (al lugar común, a la desidia, a la tentación de no ver) y de subvertir, ya no los géneros, sino cualquier tipo de instalación cómoda en la realidad. Cuando recuerda a un hombre que fue su pareja durante muchos años, escribe una frase terrible: “El desprecio, que es otro nombre del resentimiento, era su mejor defensa y su manera de esconder algo más bien maligno”; pero, un par de páginas antes, incluye una foto de un cochecito de perros muy graciosa. La primera parte del libro se llama “Entre Madame de Stäel y Dora la Exploradora”. La primera es autora de un libro sobre Alemania, único texto que Negroni llevó al viaje; y la segunda es la que la lleva a preguntarse qué hace ella entre tanto rubio. Son dos formas de mirar que se despliegan y se superponen constantemente, y que se pueden sintetizar en otra frase del libro: “La felicidad (o lo que llamamos la felicidad), contrariamente a lo que pregonan las agencias de viajes, fecunda en lo familiar”.

María Negroni. Alquimia, Santiago, 2015. 102 páginas.

Coronel Lágrimas

Reseña publicada en la revista El Sábado» del diario El Mercurio, 12 de diciembre de 2015

Maquetación 1Si hay un adjetivo que puede describir esta novela del costarricense Carlos Fonseca, es elegancia. Su manera de construir el personaje del coronel, mediante rodeos, acercamientos y la figura de un narrador que se pone límites para asegurar que siempre se mantenga una cierta distancia, un relativo secreto, un espacio de privacidad -“sin embargo hay algo que no vemos, algo que se esconde detrás de las historias y de la multitud de rostros, algo punzante y latente como el presentimiento del peor malestar”-, es un ejercicio bien ejecutado y sorprendente. Capa tras capa, surge la historia del protagonista, hijo de anarquistas rusos que se exiliaron en México que queda huérfano de padre en la Guerra Civil española y escoge Francia como su nueva patria. Son las primeras coordenadas de una vida que se va revelando, ya está dicho, de una forma indirecta; el coronel vive solo en una casa en Los Pirineos, escribe aforismos en postales e historias biográficas imaginarias -en la escuela de Beckford, Schwob y Borges, entre otros-, que pasan al cuerpo de la novela también de modo fragmentado, por retazos.

Así, Carlos Fonseca urde un tapiz que tiene partes provenientes de Rusia, de México, de España, de Francia, de Vietnam, de Alemania y de muchos otros lugares; de la matemática y de la guerra; de la religión y del amor; del doble delirio de querer borrar las huellas y de continuar, a la vez, con un proyecto quimérico llamado Los Vértigos del Siglo, que tiene capítulos como Diatriba contra los Esfuerzos Útiles: Tesis contra el Trabajo en la Era Práctica. El autor, más que construir una ficción, interroga al material con el que trabaja y desde esa elaboración textual hace emerger algo nuevo y distinto; tal como dice el narrador, “la vida del coronel requiere un nuevo género, una especie de farsa trágica que anula las distinciones entre lo cómico y lo trágico”. Y hay que agregar que nunca afloja la conciencia del narrador, su estilo distanciado que a la vez busca, incesantemente, la complicidad del lector, a través de un nosotros que funde su voz, su inconfundible voz, con la de quien sigue la lectura; y nosotros, sí, nosotros, no podemos entender al coronel, “pero sí podemos cuestionar la tragedia de su farsa y acorralarlo hasta verlo pronunciar su última risa”. Lo que está detrás de estas líneas es que el coronel, este esquivo personaje, se funde también con la historia de un siglo, y esa es la costura que le da profundidad y vértigo a esta novela.

Carlos Fonseca. Anagrama, Barcelona, 2015. 172 páginas.

Canción de tumba

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 18 de agosto de 2012

ECanción de tumbal escritor mexicano Julián Herbert -mayormente poeta, hasta ahora, que en narrativa sólo había publicado un volumen de cuentos- ha escrito una de las novelas más sorprendentes y admirables de la época reciente, Canción de tumba, donde el protagonista se llama Julián Herbert y tiene un indudable contenido biográfico, aunque sea novela y ficción pura por el modo de organizar el relato y el impecable estilo. Del hilo que conduce la larga agonía de su madre en el Hospital Universitario de Saltillo, el hijo la muestra en toda su grandeza y su miseria, con un cariño atravesado en la garganta y esculpido a punta de decepciones por lado y lado. En esas noches, largas noches de vela y atención al dolor de su madre, a las agujas que la alimentan y medican, a sus excrementos y a su orina, el escritor teje la trama de la vida de ella, de la suya y del país donde nacieron, estremecido por la violencia y el latido de los disparos de las Kalashnikov. “Cada vez que uno redacta en presente está generando una ficción, una voluntaria suspensión de la incredulidad gramatical. Por eso este libro (si es que esto llega a ser un libro, si es que mi madre sobrevive o muere en algún pliegue sintáctico que restaure el sentido de mis divagaciones) se encontrará eventualmente en las librerías archivado de canto en el más empolvado estante de «novela»”.

Esa autoconciencia del narrador es uno de los tantos atractivos de este libro; una ficción que se construye en el camino, que lleva al lector a vivir un presente desde donde se rearticula no sólo una vida, sino también el sentido de escribir. En eso Herbert marca una pauta que nuevamente conduce a la narrativa del norte de México, por más que esa etiqueta sea insuficiente para abarcar el fenómeno. Yuri Herrera, Carlos Velázquez y Herbert están escribiendo la ficción más renovadora e interesante del momento. Y esta novela-documento, esta dolida biografía de una prostituta que huía de las palabras soeces y tenía extraños aires aristocráticos siendo india de pura cepa, es una de aquellas creaciones que estremecen y revelan mucho más, quizá, de lo que fue su intención inicial, conjurar los propios fantasmas y arreglar cuentas con el tumultuoso pasado del autor-narrador. Herbert logra, cosa rara ya en estos tiempos, redibujar el arte de la novela en una extraordinaria clave que descifra, otra vez, la violencia y el desamparo que sacuden tantos rincones de América Latina.

Julián Herbert. Mondadori, Barcelona, 2012. 206 páginas. 

Tratado sobre la infidelidad

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 21 de noviembre de 2015

tratado-393x600Tras leer esta colección de relatos, se entiende que los autores -los mexicanos León Plascencia Ñol y Julián Herbert- no se refieren a la infidelidad en su sentido clásico, aquel del triángulo amoroso, y tampoco a las escapadas ocasionales fuera del marco de la pareja. Se trata de una cuestión mucho más de fondo. Quizá de ahí viene el título, curiosa elección para un conjunto de cuentos cuyo hilo conductor no es tanto la infidelidad como el deseo y los modos en que este se proyecta, se desplaza, se pervierte, se desdobla o se frustra. “No hay deseo más puro que el no correspondido”, dice una de las más felices frases del libro. Puede desprenderse de ahí una pauta de lectura: en el más extenso y uno de los mejor logrados, “Tokyo big diary”, el intenso erotismo de la relación de Fuzzaro -personaje que protagoniza varios relatos- con su amante japonesa no es otra cosa que una operación de olvido, una suerte de terapia donde el deseo por Shino se enciende y se multiplica para borrar, para abolir, para olvidar el deseo por Nita. En otro cuento, el protagonista muere; pero muere lo que él es en ese momento, el hombre que ama a una artista conceptual madura y atractiva, y lo mata él mismo, para volver a sus juergas con las jóvenes actrices que su trabajo de guionista le pone a la mano. La infidelidad puede ser, así, una forma mucho más sutil y profunda de traición. No se trata del mero acto físico, sino de una operación compleja y premeditada que hunde a ambos en el mismo abismo de dolor y desgarro.

Eso sí, Plascencia y Herbert no pierden el sentido del humor. Negro, por fuerza, para estar a la altura de las circunstancias. Cuando se enfrentan en serio asuntos tan serios como el deseo y la infidelidad, no queda más que asomarse a aspectos sumamente sórdidos de los seres humanos, extrañas maneras -a veces extrañísimas- que las parejas descubren para mantener ya no viva, sino apenas posible, una relación; y el humor y la distancia alivianan el amargo trago. En ese sentido, el cuento “Palabras mucho más cortas que un sentimiento abatido” es ejemplar. Aunque en más de alguna oportunidad se les arranca una frase hecha o un epigrama sin mayor sustancia, impresiona cómo los autores lograron dar coherencia, claridad y estilo a una propuesta narrativa con ese sello hasta melancólico de lo irrepetible. El último cuento, “Una horda de locos”, es, precisamente, un ejercicio de estilo sobre una vieja fotografía.

León Plascencia Ñol y Julián Herbert. Montacerdos, Santiago, 2015. 120 páginas.

Habrá que hacer algo mientras tanto

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 31 de octubre de 2015

NeyraEzio Neyra (1980) es uno de los más promisorios escritores peruanos de las jóvenes generaciones. Por esos azares de la deriva editorial, sus obras han sido publicadas en Chile, por Juan Carlos Sáez Editor y Cuneta. Bienvenido sea. El auge de las editoriales empeñadas en construir catálogos de calidad ha tenido como consecuencia el enriquecimiento de las posibilidades de lectura. Habrá que hacer algo mientras tanto es la primera novela de Neyra, publicada en Lima hace 10 años, pero la madurez de su escritura no delata, en absoluto, que haya sido escrita antes de los 25 años. Aunque el tema, sí, es vagamente juvenil: tres amigos que no logran obtener una visa para salir del país simplemente porque llegan tarde -y se pelean a puñetazos en la espera-, deciden construir un barco para abandonar el país; pero la ciudad en que viven no tiene ríos, ni lagos, ni mar. Es, propiamente hablando, una utopía tal como la define el Diccionario de la Real Academia Española: “Plan, proyecto, doctrina o sistema optimista que aparece como irrealizable en el momento de su formulación”. La embarcación, construida dentro de una casa, parece sucesivamente escritorio, bicicleta, patíbulo, rampa, cabaña. Los tres amigos -Alto, Gordo y Mediano- trabajan día y noche, acechados por los curiosos vecinos, hasta que finalmente emprenden la marcha, sobre ruedas, pero impulsados por el viento.

La primera mitad de la novela está narrada por Alto; de ahí en adelante se alternan las voces y traducen mucho mejor las tensiones entre ellos y las diferencias en el modo de mirar y apreciar el trabajo que han realizado. No se trata de una empresa feliz; el primer capítulo enuncia de manera general la posible motivación de querer irse, con una descripción demoledora del vacío de la vida cotidiana que remata así: “Ingresar, bostezar, mirar, callar, reposar, rezar, llorar, acostarse tarde en la noche y pensar que es una lástima que mañana haya mañana”. Y si antes era el tedio, en la soledad del viaje y bajo un sol tremendo, será el odio puro y duro el que marque el desarrollo del relato, que a ratos le parece a uno de los protagonistas “un sueño dentro de otro sueño”, y donde, tal como ocurre en la actividad onírica, la realidad parece fundirse con la imaginación: a veces la nave surca el mar, pero en el siguiente párrafo el escenario vuelve a ser la tierra calurosa, el sudor, la soledad, el miedo y la rabia.

Ezio Neyra. Editorial Cuneta, Santiago, 2015. 73 páginas.