La apicultura según Samuel Beckett

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 25 de abril de 2015

apicultura beckett«La vida personal está muy sobrestimada», dice Samuel Beckett, personaje de esta novela, a un joven estudiante que lo ayuda a ordenar sus archivos. Y agrega, más adelante, que «lo que importa es la biografía de quienes leen mis libros, más que la mía. Los universitarios harían mejor en investigar su propia vida si quieren entender algo de mi obra». Y para rematar su argumento, Beckett y su ayudante se dedican a crear archivos falsos que se sumarán a los verdaderos en las universidades que le han pedido donaciones del material sobre el que el escritor trabaja. Hay ahí un programa de lectura, un modo de enfrentar la literatura, que se extiende a todo el volumen. Ficción sobre un personaje real que se presenta como parte real de los archivos de Beckett, ficción sobre el creador. Y más en el caso del escritor irlandés, famoso por sus silencios y su fuga del mundo, que aquí es retratado como un jovial anciano hippie, que tiene colmenas en el techo de su edificio.

La novela trabaja con humor sobre cuestiones que podrían parecer muy serias. O que lo son, pero esa seriedad está amortiguada por una suave ironía que se proyecta sobre el trabajo de la escritura, de la memoria, de la función del arte y de su imbricación con la biografía. De hecho, esta reseña suena mucho más seria y solemne que la novela de Martin Page, escritor francés que tiene varias obras traducidas al castellano. Page resuelve muy bien el dilema de hablar de cosas serias en forma liviana, pero, sobre todo, lleva al límite su propósito de subvertir la biografía canónica de Beckett. Una de las líneas del relato es la representación de Esperando a Godot en una cárcel sueca, que el autor trata como si fuera una novedad absoluta en 1985, año en que se desarrolla la novela. Pero ocurre que esa obra fue montada por presidiarios en San Quintín, California, a comienzos de los años sesenta, y Beckett -el real- se involucró mucho con la compañía que surgió de esas representaciones. Las frases de Beckett personaje sobre la cárcel probablemente parafrasean otros textos, pero San Quintín desaparece y aflora, en cambio, otra prisión, con un director que no es un interno y que no tiene las claves para entender qué pasa con ese acto. Así, Page añade otro retorcimiento de la biografía, otra manera de insistir en que, cuando se trata de escritores, la vida personal está sobrestimada y que lo que importa es qué le ocurre al lector con una obra.

Martín Page. Edhasa, Buenos Aires, 2015. 128 páginas.

Perro come perro

Rseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 18 de abril de 2015

Perro come perroEdward Bunker escribió poco -cinco novelas, un libro de memorias y un par de guiones de cine- e hizo una suerte de cameo en una película famosa, Reservoir Dogs, de Quentin Tarantino. Es Mister Blue, uno de los ladrones que mueren al inicio del filme y a quien el guion le asigna solo unas pocas palabras (en Perro come perro hay un guiño cómplice, una mención a la siguiente película de Tarantino, Pulp fiction). Y, de paso, es el único criminal de verdad: pasó buenos años de su vida en prisiones californianas y tuvo el (dudoso) honor de ser incluido en la lista de los 10 criminales más buscados por el FBI. La escritura, claramente, lo llevó por otro derrotero (escribió sus dos primeras novelas en prisión), que sacó a relucir un talento excepcional para construir historias a partir de su experiencia y de su capacidad de observación. Que es muy alta. No en vano escritores como William Styron y James Ellroy han celebrado sus obras. El primero escribió que esta novela tiene una “espantosa autenticidad”, para remarcar un motivo permanente en la obra de Bunker: los hijos abandonados por los padres y que, entregados a un sistema que va del reformatorio a la cárcel de alta seguridad, se convierten en perros de presa. La editorial Sajalin -que ocasionalmente llega a las librerías chilenas, pero es accesible vía Amazon.es- ha publicado todos sus libros.

Perro come perro es un libro que rebasa el género policial. No hay un enigma que resolver. Tampoco aparece un policía o detective como protagonista. La historia se centra en criminales. Caricaturizando al extremo, uno es el inteligente; otro, el forzudo; y el tercero, el psicópata. Pero todos ellos están fuera de los márgenes, incapaces de adaptarse, dispuestos a morir violentamente antes que volver al encierro de la cárcel. Es posible que lo más novedoso de esta novela sea el papel que desempeña el azar. Así como no hay caso policial ni detective investigador, tampoco hay un gran plan en marcha. O hay varios que ocurren sucesivamente y con resultados diversos si se los juzga desde el cumplimiento de los objetivos. Pero la trama se resuelve desde otro lugar, desde lo inesperado, desde aquello que está ahí siempre, en la realidad y en la ficción, que desencadena los accidentes, los errores, las reacciones desmedidas. Aquí la violencia no es una espiral, sino una constante, y la fina cornisa por donde circula el trío protagónico no deja mucho más espacio que para mirar el abismo e intentar mantener fijo el pulso.

Edward Bunker. Sajalin Editores, Barcelona, 2014. 342 páginas.

Muerte a los latinos

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 15 de diciembre de 2007

Villegas

En una entrevista que dio cuando apareció este libro, el autor se apresuró a señalar que “la crítica iba a ningunear” su novela (la cita es aproximada). Hay dos maneras de entender la frase.Villegas puede pensar que el nivel de la crítica nacional es malo, muy lejos de lo necesario para evaluar adecuadamente su novela; o bien sabe que su novela es mala, y se pone el parche antes de la herida. Como es bien difícil que alguien se dé el trabajo de escribir más de 400 páginas y luego publicarlas con la conciencia de estar dando a luz un bodrio infumable, probablemente la primera hipótesis es la correcta. Pues bien, para hundir un clavo más en su estandarte de gurú, habrá que decir, conforme a su predicción, que Muerte a los latinos es una novela rematadamente mala, de estilo farragoso y proclive a la frase sentenciosa con apariencia deprofundidad, que abusa de la digresión hasta la absoluta exasperación del lector. Con esas pobres herramientas va hilando trabajosamente episodios de dudosa justificación y soporíferas teorías socio culturales, todo conducido por un narrador y protagonista con un ego tan desmedido como básico es su bagaje emocional.

Si hay algo que vale la pena comentar, en todo caso, es el texto de la contratapa, donde se dice, resumiendo, que un Cabrera Infante menos cubano, un Ricardo Piglia menos inteligente, un Donoso menos cuico y una Isabel Allende menos conocida habrían escrito felices esta novela. Asombra el desparpajo y la desmesura del anónimo redactor en un desesperado intento por subirle el pelo a un texto que en el mejor de los casos, con toda la indulgencia del mundo, podría ser calificado como mediocre.
Fernando Villegas. Plaza & Janés, Santiago, 2007. 430 páginas.

Hotel Florida

Reseña publicada eb la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 11 de abril de 2015

Cub Hotel Florida L30.inddEl subtítulo del libro es “Verdad, amor y muerte en la Guerra Civil”. Es el tipo de obra cuya lectura plantea, desde las primeras páginas, una pregunta que solo la autora podría contestar: ¿cómo se le ocurrió escribirla? Es que historias, crónicas, novelas y ensayos sobre la Guerra Civil en España hay muchos y muy variados y la frondosa bibliografía no cesa de crecer, especialmente cuando de manera sumamente tardía se abordan los silencios de la transición a la democracia. Sin embargo, la estadounidense Amanda Veill -escritora de biografías y ensayos que han ganado numerosos premios- encontró el modo de entrar en el tema de forma original y apasionante. La autora escogió seis personajes que se vincularon con la Guerra Civil desde distintos ángulos. Varios de ellos son famosos: Ernest Hemingway y Martha Gellhorn, quien se convirtió en su pareja en los agitados días de la guerra, y Robert Capa y Gerda Taro, fotógrafos, jóvenes y llenos de talento, que documentaron como pocos el conflicto y el entorno, los enfrentamientos y sus consecuencias (Taro murió mientras cubrían una retirada republicana, lo que destrozó a Capa, aunque no dejó su empeño de cronista bélico hasta que falleció, también víctima de su cercanía a los combates, en Corea en 1953). Otros son menos conocidos (al menos fuera de España), como Arturo Barea, que escribió sus memorias en el exilio y dejó una abundante obra literaria escrita en Inglaterra, y su esposa, la periodista austríaca Ilse Kulcsar, activista de izquierda en su país y en la República Checa que recaló en Madrid gracias al espíritu aventurero de André Malraux. Todos ellos -en algún momento de los tres años de enfrentamiento- recalaron en el Hotel Florida.

Quizá el mayor interés del libro -que se basa en fuentes autobiográficas, en crónicas, en memorias de conocidos de los protagonistas- y lo que hace su lectura tan absorbente, es que sigue la participación de los protagonistas desde su ángulo de mirada, desde cómo ellos percibían la realidad y cómo reaccionaban. Si Barea quería contribuir de alguna manera a la causa republicana; si Capa y Taro querían tomarles el pulso a los verdaderos combates; si saltaba la chispa de la atracción entre Hemingway y Gellhorn, Vaill lo relata desde su mirada; y en esos tiempos de tensión y peligro, de amores súbitos y feroces, de desafíos constantes a la muerte, la construcción es impecable y tanto más convincente de su verosimilitud que las miradas globales sobre el conflicto.

Lanza internacional

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 4 de abril de 2005

lanzainternacionalcoverEl novelista y biógrafo de Allende Eduardo Labarca vivió buena parte de su exilio en Moscú, pero luego se trasladó a Viena, donde vivió hasta bien entrada la década pasada. Allí, y en sus viajes por Europa, tuvo la oportunidad de observar en acción y de leer sobre los lanzas chilenos, habilísimos en liberar bolsillos y carteras de billeteras, chaucheras, monederos y todo tipo de recipientes susceptibles de guardar valores. Su siempre despierta curiosidad lo llevó a investigar ese mundo. De ahí surgió una novela de corte clásico que sigue las aventuras del Flecha, nacido con un ojo claro y otro oscuro en la población Santa Estela, en familia de delincuentes orgullosos de su oficio y de sus tradiciones. Pero el Flecha quiere algo más que ser el más rico de la población. Algo más que vivir entre la casa y la cana. Algo más que pavonearse entre sus iguales. La novela -que abusa un poco de la reiteración de la escena en que el Flecha vuelve a Santiago y sufre La Pálida, es decir, la terrible sensación de haber sido descubierto, sin que el enigma se resuelva hasta muy adelante- sigue su aprendizaje y el crecimiento paralelo de su fama en la prensa policial: desde el tirón de collares hasta la especialización extrema en arrebatar billeteras, el paso por el matrimonio y la cárcel donde las cicatrices lo consagran como un auténtico choro, hasta su éxito como lanza en las calles, plazas y el metro de París.

Labarca recrea una época -las décadas que van de los años cincuenta a los ochenta-, y en ese sentido es una interesante mirada sobre cómo se percibió el golpe (el Flecha andaba por el fin de la adolescencia) en los sectores populares, así como la vida cotidiana con toque de queda, controles vehiculares y enfrentamientos con la policía; y también, aunque menos desarrollado, cómo fue la relación entre choros y exiliados en las ciudades europeas. Labarca usa bien el sarcasmo cuando toca las teclas de la política, un mundo que conoció muy de cerca, mucho más que el de los lanzas. Y asimismo trabaja con cuidado y habilidad la recreación del habla popular en aquellos tiempos; uno podrá preguntarse si “pasar piola” es más moderno o desde cuándo la palabra “cuico” reemplazó a “pije”, pero en general hay soltura y habilidad en el desarrollo de esa manera de expresarse, con picardía y viejos chilenismos, así como en la recreación del lenguaje de la prensa policial, con toques de Puro Chile, Clarín y La Cuarta, que aporta humor y distancia al tramado de la novela.

Eduardo Labarca. Catalonia, Santiago, 2014. 271 páginas.

Pánico al amanecer

(Contiene spoilers, para los fijados; aunque sutiles -creo-)

paaEsta es una de las obras que interrogan la tradición. Fue publicada en 1961. Cincuenta años después apareció en castellano en Seix Barral con muchos blurbs (comentarios críticos o frases que siempre elogian la obra). Hubo una adaptación cinematográfica a los diez años y, según dice el texto de la contratapa, se convirtió en una de las películas más importantes del cine australiano. Dirigió Ted Kotcheff. En 2013 regresó al mercado a través de la edición blu-ray, de manera que hay una edición legítima y copias personales circulando por la red (no diré cómo llegué a ella, pero, después de leer la novela, no resistí la tentación de verla; añado que se puede ver online por una módica suma en el sitio estadounidense de Amazon).

En esta edición, los blurbs están en la portada. El más destacado (y confiable, porque media el paso de los años; el responsable también elogió una novela reciente y horrible) es de J. M. Coetzee: «un inquietante clásico de la literatura australiana». Como no hay fecha, no es posible decir cuándo escribió eso el Premio Nobel sudafricano, pero, para adjudicarle la categoría de clásico, tiene que haber sido en años recientes. Luego viene Douglas Kennedy -el perfecto desconocido para mí, cosa más que habitual en el género blurb, y no voy a googlearlo-, que sitúa la novela en la perspectiva universal: «una gran historia, un verdadero clásico moderno». Cierra el músico y escritor australiano Nick Cave: «la mejor y más aterradora historia que existe sobre Australia». Si Mala Semilla lo dice, es ley.

wake-in-fright-bTodo esto viene a cuento por el comienzo de esta entrada. Es, sin duda, una excelente novela, inquietante, desasosegadora, que toca y escenifica pulsiones muy básicas y muy universales: el espíritu de grupo (o seguir a la patota, más bien), el recurso al escapismo para evadir una realidad muy dura (el alcohol, las drogas), la violencia como catalizadora de la frustración y el desencanto; el sueño del golpe de fortuna; la insalvable barrera entre profesores urbanos y niños rurales; y otros temas más acotados pero que también tienen que ver -aunque no siempre- con el aislamiento y la cerrazón de horizontes, como la promiscuidad sexual y la idealización del propio territorio. Eso es muy llamativo en la novela. Tanto el pueblo de Tiboonda (exageración a todas luces: hay una estación de tren, un bar-hotel y la escuela, más granjas desperdigadas en muchas hectáreas de suelo pedregoso, resistente y seco) donde el protagonista hace clases, como, sobre todo, la ciudad en la que recala cuando intenta llegar a Sidney, Bundayabba, apelan a una identificación que escapa totalmente a la lógica y que a la vez se convierte en un tópico. Para los locales, “Yabba” es el mejor lugar de Australia; para cualquier ojo ajeno, es un infierno, una pesadilla, una sepultura, un ardiente páramo donde no hay nada que hacer más que trabajar, beber hasta la inconsciencia y jugarse el salario de la semana a un juego terrible porque, siempre, es todo o nada. Es el caso de John Grant, el profesor, que en la deriva interminable del alcohol, el calor y la desesperación se topa de golpe con la única manera de escapar, de verdad, de Bundayabba y Tiboonda, y fracasa en el intento.

Se puede leer también como una novela de formación, que conduce al más áspero y crudo realismo. No hay espacio para las ilusiones y fantasías. No hay escapatoria al destino. No hay nada más que la resaca interminable, que en Bundayabba, cuya agua no es potable, sólo puede apelar a la cerveza sin gas. Dice el narrador, al final, que todo puede transformarse “en un pozo de cordura”. Sí. De la cordura que te dice que no hay esperanza ni futuro sobre la faz de la tierra. Tal vez es eso lo que inscribe a esta novela en la tradición universal: es otro capítulo de la tragedia.

Coda uno: los canguros

Las escenas más brutales del libro (y de la película) son las de la cacería de canguros, que no son animales especialmente inteligentes. Si no pudieron atraparlos a plena luz, un foco potente en la noche los inmoviliza, como a los conejos, y se convierten en presas fáciles. Hoy no sería posible filmar algo así. La película contiene una nota donde dice que la matanza fue llevada a cabo por cazadores profesionales e incluso nombra como personaje a uno de los canguros, un boxeador experto. Todo ello excede largamente la corrección política de nuestro tiempo. Si hubiera un remake -cosa difícil, por los cambios de contexto- los efectos especiales serían los protagonistas, pero ni así sería aceptable tal nivel de violencia asesina en contra de animales. Nos hemos habituado a noticias de personas quemadas vivas, decapitadas y torturadas, y es aceptable que la literatura y el cine las denuncien (al fin y al cabo, es ficción); pero la violencia contra los animales ya no tiene estatuto viable en el presente.

 Coda dos: la película

030elogiemosLa presencia de Donald Pleasence, el “hombre de los ojos hipnóticos”, como se le conocía en el ambiente cinematográfico, actor inglés ya consagrado en 1971, obligó a algunos cambios en la narrativa. Su personaje tiene mayor protagonismo en la película que en el libro. Pero, además, la versión cinematográfica no alcanza a traducir todos los matices y simplifica algunas dimensiones, aunque, a pesar de eso, logra traducir de manera más o menos fiel la historia. Es más piadosa, eso sí. Y en las primeras escenas es chocante: la lectura hace imaginar escolares harapientos, de todas las edades, condenados a repetir el destino de picar terrones en el páramo; pero las imágenes muestran a adolescentes rubios, chicas de trenzas, chicos altos y robustos, tan lejanos a la imagen de blancos pobres que muestran, por ejemplo, las fotografías y los textos de James Agee y Walker Evans en Elogiemos ahora a hombres famosos. Es el sur estadounidense a mediados de la década de los treinta, pero el imaginario no está ten lejano.

Kenneth Cook. Seix Barral, Barcelona, 2011. Tradicción de Pedro Donoso. 189 páginas. Planeta no trajo el libro a Chile, pero un librero diligente, quien me lo recomendó, sí lo hizo. Está en Metales Pesados.

¿Hablemos de premios?

Sobre la literatura, el Premio Nacional de Literatura y los raros consuelos del oficio

Por Roberto Bolaño (Las Últimas Noticias, 27 de agosto de 2002)

teiller1enrique lihn .jpgPrimero que nada y para que quede claro: Enrique Lihn y Jorge Teillier no obtuvieron nunca el Premio Nacional de Literatura. Lihn y Teillier están muertos.

Ahora entremos en materia. Puesto a escoger entre la sartén y el fuego, escojo a Isabel Allende. Su glamour de sudamericana en California, sus imitaciones de García Márquez, su indudable valentía, su ejercicio de la literatura que va de lo kitsch a lo patético y que, de alguna manera la asemeja, en versión criolla y políticamente correcta, a la autora de “El valle de las muñecas”, resulta, aunque parezca difícil, muy superior a la literatura de funcionarios natos de Antonio Skármeta y Volodia Teitelboim.

Emilia Pardo BazánEs decir: la literatura de Allende es mala, pero está viva, es anémica, como muchos latinoamericanos, pero está viva. No va a vivir mucho tiempo, como muchos enfermos, pero por ahora está viva. Y siempre cabe la posibilidad de un milagro. No sé, el fantasma de Juana Inés de la Cruz se le puede aparecer un día y le puede dar una lista de lecturas. El fantasma de Teresa de Ávila. En el peor de los casos el fantasma de Pardo Bazán. No se puede decir lo mismo de la literatura de S y T. A esos no los salva ni Dios.

Ahora bien: escribir -juro que lo leí en un periódico de Chile- que hay que apresurarse a darle el Premio Nacional a Allende antes de que le den el Nobel, me parece no ya una tomadura de pelo desproporcionada sino que acredita a1 autor del aserto como un ignorante de antología. ¿De verdad hay inocentes que piensan así? ¿Y los que piensan así son inocentes o simples botones de muestra de una estulticia que se ha apoderado Anatole-Franceno solo de Chile sino de Latinoamérica? Hace poco, Nélida Piñón, celebrada novelista brasileña y asesina en serie de lectores, dijo que Paulo Coelho, una especie de Barbusse y Anatole France en versión telenovela de brujos cariocas, debía ingresar en la Academia brasileña puesto que había llevado el idioma brasileño a todos los rincones del mundo. Como si el “idioma brasileño” fuera una ciencia infusa, capaz de soportar cualquier traducción, o como si los sufridos lectores del metro de Tokio supieran portugués. Además, ¿qué es eso de “idioma brasileño”? Una idea tan desmesurada como si habláramos del idioma canadiense o australiano o boliviano. Ciertamente, hay escritores bolivianos que parece que escriben en “idioma norteamericano”, pero eso se debe a que no saben escribir bien en español o castellano, pero en el fondo, bien o mal, lo que hacen es escribir en español.

coelho¿En dónde íbamos? En Coelho y la Academia y el sillón vacante que finalmente le dieron, gracias, entre otras cosas, a popularizar el “idioma brasileño” a lo largo y ancho del mundo. Francamente, leyendo esto uno podría llegar a pensar que Coelho tiene un vocabulario (brasileño) comparable al “idioma irlandés” de Joyce. Pero no. La prosa de Coelho, también en lo que respecta a riqueza léxica, de vocabulario, es pobre. ¿Cuáles son sus méritos? Los mismos que los de Isabel Allende. Vende libros. Es decir: es un autor de éxito.

Y aquí llegamos a uno de los meollos de la cuestión. Los premios, los sillones (en la Academia), las mesas, las camas, hasta las bacinicas de oro son, necesariamente, para quienes tienen éxito o bien se comportan como funcionarios leales y obedientes. Digamos que el poder, cualquier poder, sea de izquierdas o de derechas, si de él dependiera, solo premiaría a los funcionarios. En este caso skármetaSkármeta es el favorito de lejos. Si estuviéramos en el Moscú neostalinista, o en La Habana, el premio sería para Teitelboim. Me da miedo (y asco) solo de imaginármelo. Pero el éxito también tiene sus paladines: todos los enanos mentales que buscan una sombra, que son legión. O todos los escritores que esperan una gauchada de Isabelita A. En fin, si he de escoger entre esos tres, yo también me decanto por ella.

Pero si de mí dependiera le daría el premio a Armando Uribe, o a Claudio Bertoni, o a Diego Maquieira. Cualquiera de los tres me parece creador de una obra con méritos más que suficientes para postular a tan digno galardón. Se me dirá que los tres son poetas y que este año toca a lSalomónos narradores. ¡Cuándo se ha visto una regla, aunque sea no escrita, tan imbécil! Nicaragua, durante un largo periodo de tiempo, tuvo grandes poetas, desde el viejo Salomón de la Selva hasta Beltrán Morales. Narradores y prosistas, en cambio, tuvo pocos, la mayoría, además, perfectamente olvidables. Por esta regla de tres, un colectivo brillante de poetas hubiera debido compartir los premios con un grupo nefasto de prosistas y narradores. Esto es lo primero que tiene que cambiar en el Premio Nacional. Probablemente esto será lo único que cambie. El escritor joven, el que carece de fortuna y solo tiene un nombre por labrar, sigue y seguirá en la intemperie, que es el coto de caza de los consagrados, de los que están satisfechos de sí mismos.  Para ellos, solo para ellos, tal vez no sea del todo inútil decir algo más.

Los que están satisfechos suelen ser iracundos, pero también son cobardes. Su discurso es el discurso de la mediocridad y del miedo y se desmonta con la risa. La literatura chilena, tan prestigiosa en Chile, no tiene más de cinco nombres válidos, eso hay que recordarlo como ejercicio crítico y autocrítico. También hay que recordar que en la literatura siempre se pierde, Judas Tadeopero que la diferencia, la enorme diferencia, estriba en perder de pie, con los ojos abiertos, y no arrodillado en un rincón rezándole a san Judas Tadeo y dando diente con diente.

La literatura, supongo que ya ha quedado claro, no tiene nada que ver con premios nacionales sino más bien con una extraña lluvia de sangre, sudor, semen y lágrimas. Sobre todo con sudor y lágrimas, aunque Bertoni seguro que añadiría el semen. La literatura chilena no sé con qué tiene que ver. Tampoco, francamente, me interesa. Eso lo tendrán que dilucidar los poetas, los narradores, los dramaturgos, los críticos literarios que trabajan en la intemperie, en la oscuridad; ellos, los que ahora no son nada o son poca cosa al lado de los pavos hinchados, se enfrentarán al reto de hacer de esa posible literatura  chilena algo más decente, más radical, más libre de componendas. Ellos se enfrentarán, algunos hombro con hombro y otros más solos que la una, al reto de hacer de la literatura chilena algo razonable y visionario, un ejercicio de inteligencia, de aventura y de tolerancia. ¿Si la literatura no es esto + placer, que demonios es?

Coda

Impresiona la visión de Bolaño. En narrativa, con la excepción de José Miguel Varas, premiado el 2006, su análisis fue certero: todos los candidatos de 2002 resultaron, finalmente, ganadores, aupados tanto por sus méritos funcionarios como por el hecho de vender muchos libros. Así las cosas, si hubiera que apostar por los ganadores de las próximas versiones, ya se sabe: Pilar Sordo, ensayista, debería encabezar la lista de favoritos.

En poesía, de los que Bolaño propuso, sólo Armando Uribe recibió el premio; en lugar de Bertoni y Maquieira, entraron Efraín Barquero -un hombre de la viejísima guardia- y Óscar Hahn. Quizá acá la cosa sea un poco menos vergonzosa. Mal que mal, hay poco poeta best seller. Aunque hay quienes consideran poeta a Ricardo Arjona.

Nosotros caminamos en sueños

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 28 de marzo de 2015

nosotroscaminanosensuenosHay una venerable tradición literaria y cinematográfica antibelicista. La premisa es que el horror de la guerra es tan atroz, tan brutal, tan carente de sentido, que hay que sacarlo a la luz a como dé lugar, para que nunca vuelva a repetirse. Ya se sabe que aquel empeño es vano.

Ahora mismo, en una veintena de lugares, por lo menos, en África, Asia y Europa Oriental, hay conflictos bélicos que mantienen la producción de armas en pleno rendimiento. Adentrarse aunque sea mínimamente en ese torrente de datos es espeluznante, por tantas razones, así que es mejor retomar el hilo. En esa corriente antibelicista se inscribe Nosotros caminamos en sueños, novela del argentino Patricio Pron que se dibuja sobre el paisaje desolado y frío de las islas Malvinas, pero que en realidad puede referirse a cualquier guerra o a todas las guerras. La particularidad de esta obra es la manera en que el autor carga las tintas o pone los énfasis, y ello porque desde la presentación de la contratapa, el libro se asume como una obra cómica. El humor es, en todo caso, desaforado, explosivo, mordiente. Un oficial gordo que parece “un Frankenstein de segunda mano”. Un soldado que se inscribió como voluntario porque, de acuerdo a un test, tenía las características óptimas para destacar en el ejército: “Violento, agresivo, inútil, torpe, desafecto, irritable”. Negociaciones para que el enemigo mate en los días impares, para facilitar la recogida y la identificación de los cadáveres.

Nosotros caminamos en sueños es una novela desquiciada, pero cuya lógica impecable e implacable produce risa, sí, pero de aquella que brota del desconcierto, del desajuste de las expectativas, de la extrema seriedad del humor que no reconoce límites. Hay personajes alegóricos -El Nuevo Periodista, el Soldado Cornudo, el Teniente Perdido- y el resto reúne apellidos de resonancias francesas, alemanas, polacas, rusas y españolas, entre otras, para reforzar que el relato rebasa con mucho la guerra que estalló cuando Pron tenía 6 años y la soñó, o soñó que la soñaba; y desde ese paseo de sonámbulo entrega una obra impecable que quizá, como tantas obras anteriores en la misma vena, poco contribuya al fin de las guerras, pero que se constituye, a la vez, en una narración que sacude el panorama “como cerillas en una caja medio vacía” y que logra, con más fuerza que la veta testimonial, dejar al descubierto que esa mitología de la guerra como manifestación de heroísmo y bravura no es más que barro ceniciento en una playa perdida en el fin del mundo.

Patricio Pron. Literatura Random House, Buenos Aires, 2014. 122 páginas.

Facsímil, de Alejandro Zambra

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 21 de marzo de 2015

FacsímilSi el proyecto narrativo de Alejandro Zambra se ha mantenido más o menos fiel a la línea de la ficción elaborada sobre hechos pertenecientes a la biografía -con todas las salvedades posibles; hablamos de literatura, de ejercicios creativos de la imaginación, y no de memorias encubiertas-, este libro abre un especial capítulo que representa a muchas generaciones de escolares, pero que también, desde luego, alcanza la autonomía narrativa de toda obra que interrogue seriamente el lenguaje. Porque, en definitiva, Facsímil es un doble retorcimiento de la forma: si el lenguaje poético o literario aspira siempre a ser algo más que las palabras que se encadenan en frases, en el presente caso, al ceñirse a las estructuras discursivas que adoptó por muchos años la parte verbal de la Prueba de Aptitud Académica, Zambra establece un juego de significaciones y reverberaciones que otorga nuevos significados a esas estructuras y que, a la vez, devuelve a lo que ha sido su trabajo como narrador.

Porque los temas que se infiltran en esas estructuras son los que ha incorporado habitualmente en sus textos: la infancia bajo la dictadura, la educación en un liceo fiscal de alto rendimiento, las desventuras amorosas, la soledad, los personajes extrañamente amenazantes que de tanto en tanto surgen, solapados, en sus relatos. La particular textura del libro ofrece una oportunidad muy poco habitual en la narrativa: la de hacerse parte del relato, la de tomar decisiones junto con el autor o de construir secuencias de significados que no tienen por qué haber estado en su cabeza. Facsímil es, como pocos, un libro abierto a múltiples interpretaciones que en algunos momentos, en algunas secuencias, construye historias más unívocas o series de afirmaciones que tienen que ver con otro tipo de discursos: los del adoctrinamiento o la domesticación. Con todo, es un juego interminable y gozoso, que revela el particular talento de un autor que viene de la poesía y que, desde esa especial sensibilidad con la palabra, convierte un instrumento de medición de aptitudes en una fiesta del lenguaje que va in crescendo, igual que la PAA-Verbal: los términos excluidos, los ilativos, el orden de las frases; en fin, todas esas herramientas estandarizadas y acá despedazadas por la vocación poética rematan en los textos de comprensión de lectura, donde el autor se revela de manera más profunda y también, a la vez, se cuestiona, se interroga y da la libertad para escoger las respuestas.

Alejandro Zambra Hueders, Santiago, 2014. 104 páginas.

La bestia de París y otros relatos

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 14 de marzo de 2015

bestiaAunque el cuadro de la portada recuerda las esculturas del Parque de Bomarzo, tan socorridas para dar una idea de lo monstruoso, en realidad es un cuadro de Eugène Atget, muy apropiado para el primer y más extenso reportaje de este breve libro. El volumen agrupa cuatro crónicas de Marie-Luise Scherer -alemana y ganadora de varios premios por su trabajo-, escritas en París. Un asesino, dos escritores y muchos diseñadores de vestuario son los temas que permiten el despliegue del consumado talento de Scherer, cuyo trabajo periodístico se sitúa en la vereda opuesta del afán de golpear con una noticia.

Lo suyo va mucho más allá. El reportaje inicial es un ejemplo: todos los datos importantes están en los diarios y, aunque se advierte un intenso trabajo de reporteo, está en el entorno de los hechos, en la personalidad de víctimas y victimarios, en la caracterización de barrios y de calles. “La bestia de París” fue el apodo que los medios de prensa entregaron a un misterioso y escurridizo asesino especializado en señoras ancianas que vivían solas. El asesino -que contó con un cómplice en los primeros crímenes- sembró el terror en los barrios en torno a Montmartre durante varios años. Podría ser una crónica policial como tantas; lo interesante es el elusivo punto de mirada de Scherer, que huye de todo tipo de interpretaciones o que, más bien, dispone los hechos de tal modo que el lector podrá llevarlas a cabo. La historia es sórdida, triste, brutal y despojada de humor, pero también es una oportuna ventana a las carencias y debilidades que pueden alimentar la aparición de personajes tan amorales como el protagonista.

Otra crónica ejemplar es sobre Marcel Proust o, más exactamente, sobre el rodaje de El amor de Swann, de Volker Schlöndorff, a comienzos de los ochenta. Scherer presta tanta atención a los hábitos sociales del escritor francés como a las personalidades de Alain Delon, Ornella Muti o Jeremy Irons, los protagonistas de la película, y se las arregla para establecer una lectura que se superpone a las obras del escritor y del cineasta, una interpretación sutil, amable y original. Las otras dos crónicas -sobre el surrealista Philippe Supault y sobre el mundo de los desfiles de moda- siguen la misma pauta: más que información, hay lectura; más que apego a los datos, hay elegancia en el estilo; y la originalidad no está en los temas escogidos, sino en el modo de tratarlos.

Marie-Luise Scherer. Sexto Piso, Madrid, 2014. 127 páginas.