Lucía McCartney

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 21 de junio de 2014

Fonseca- Lucía McCartney- boceto 2-solo tapaEs digno de aplauso que la editorial Tajamar prosiga en su empeño de publicar en Chile obra tras obra del brasileño Rubem Fonseca. El abogado nació en 1925 y comenzó a publicar ficción a los 38 años, pero el reconocimiento oficial del mundo literario solo vino en 2003, cuando recibió el Premio Juan Rulfo en Guadalajara, y el Camoes, el más prestigioso en portugués, otorgado por Portugal y Brasil. Es que la narrativa de Fonseca -áspera, directa, mordiente- desató inicialmente el escándalo por su crudeza y la persecución por sus denuncias de los abusos y la corrupción en su país en los años 60 y 70, y ello oscureció, de alguna manera, una recepción más abierta y amplia a textos que oscilan entre la aparente simplicidad del relato policial, la ironía metaliteraria y la densidad estilística y argumental de sus grandes novelas.Lucía McCartney es el tercer libro de Fonseca, publicado en 1967, y no había aparecido antes en castellano. La traducción de John O’Kuinghttons sigue la interesante tónica de otras ediciones del autor brasileño en Tajamar: es al castellano de Chile, con los modismos propios de este país, apuesta que tiene sus riesgos, pero que, finalmente, se revela como un inesperado placer. El libro de cuentos destaca dentro de la obra de Fonseca por varios motivos. Uno importante es que ya muestra una variedad de estilos y temáticas, aunque, por la época en que fueron escritos, están muy en línea con su experiencia como abogado penalista y funcionario de la policía. “El cuarto sello (fragmento)” es quizá el más representativo de esta vertiente: Fonseca imagina una sociedad aún más sujeta a controles y una realidad social más explosiva de lo que ha sido jamás Brasil, y envuelve la despiadada violencia en el lenguaje seco y el amor por las siglas que suele desplegar un buen funcionario. También acá se registra la primera aparición de Mandrake, el abogado que es una especie de alter ego del autor y protagonista de algunos de sus mejores relatos. Mandrake, alias de Paulo Mendes, aparece en el “El caso de F. A.”, donde se entremezclan el poder político, la violencia, la explotación de las mujeres y la particular manera en que Mandrake -sin escrúpulos a la hora de golpear o mentir- resuelve los conflictos en que se ve envuelto. En tanto, el cuento “*** (asteriscos)” revela otra faceta, la del escritor que mira con sorna su oficio y desnuda a la vez los mecanismos de la crítica veleidosa y la censura inconmovible.

Rubem Fonseca. Tajamar, Santiago, 2014.182 páginas. 

Novela negra y otras historias

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 26 de mayo de 2012
tapa Novela negraEste libro, de 1992, nunca había sido traducido al castellano. Siempre es una buena noticia que se amplíe el corpus de Fonseca disponible y más cuando se trata de un libro atípico, que coincide en su deriva con una línea narrativa que atraviesa las últimas décadas en autores tan relevantes como Enrique Vila-Matas y Roberto Bolaño: el protagonismo de los escritores y de la literatura en la ficción. Ello es especialmente notorio en la nouvelle que da título a la colección. “Novela negra” es una historia tanto de crímenes como, sobre todo, de escritores y de identidades. Fonseca aprovecha un coloquio sobre el género policial para ofrecer además una suerte de poética, en páginas tan interesantes como mordaces sobre el oficio de escribir y de adentrarse en la caja negra de la mentalidad criminal. En el coloquio participan, entre otros, James Ellroy, que aúlla en público, y P. D. James, que expone de manera muy modosa la visión clásica de la novela policial a la manera inglesa. Pero también está Winner, autor del más exitoso libro del género en los últimos años, Novela negra, un portador de secretos inconfesables que pugnan por salir a la luz. Relato elegante, arroja también una ácida luz sobre la manera en que Fonseca entiende el oficio. Muchas frases no esconden su propósito incendiario y provocador: “Los escritores y los profesores son básicamente personas exhibicionistas. De lo contrario, ¿cómo soportarían el trabajo que hacen?”.

Pero, como se trata de Fonseca, los otros cuentos donde los escritores participan son de una cuerda muy distinta. “El arte de andar por las calles de Río de Janeiro” es una suerte de radiografía urbana de la ciudad,  con un escritor obsesivo cuya divisa parece ser lo que le dice a Kelly, una joven prostituta que quiere acostarse con él: “No tengo deseo ni esperanza, ni fe, ni miedo”(y cómo no recordar el lema de Isabel del Este que tanto citó Roberto Bolaño, “sin esperanza ni miedo”). No hay crimen y sí la tristeza y la perplejidad ante la existencia características de buena parte de la narrativa de Fonseca.  El segundo es un apócrifo diario de Joseph Conrad en que el escritor polaco-inglés discute con la sombra de Stephen Crane y su posible influencia en su obra. “El libro de los panegíricos” es otra muestra de los posibles cruces entre la violencia y el sexo, la culpa y el crimen. El resto de los relatos -alguno más débil- completan un volumen que debíamos haber leído antes.

Rubem Fonseca. Tajamar Editores, Santiago, 2012. 189 páginas.

La última palabra

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 7 de febrero de 2015

Maquetación 1El novelista Hanif Kureishi es, sin duda, uno de los más destacados de su generación, conocida como el Dream Team británico. De ascendencia paquistaní, ha explorado como pocos los intersticios del melting pot en que ha devenido la Gran Bretaña poscolonial, pero su narrativa está muy lejos de circunscribirse a ello; sus novelas circulan por los grandes espacios de la familia, la pareja, la relación padres e hijos, las pulsiones del amor y del deseo, pero, como ocurre con escritores sobresalientes como Kureishi, el tópico universal adquiere nuevos rostros y matices. En esta novela incluye otro factor que ayuda a profundizar en todas las líneas, la relación entre biografía y ficción, entre literatura y vida. El argumento es simplísimo: Mamoon Azam, hindú radicado desde joven en Inglaterra, es una vieja gloria de la literatura que quiere relanzar su carrera a través de una biografía que trace su perfil como si se tratara de una moneda de impecable diseño. El encargado de escribirla es un hijo de familia típicamente londinense (al menos en la superficie), quien se instala en la mansión campestre de Mamoon por unos meses.

La idea tiene un alto potencial irónico: Mamoon podría ser un álter ego del autor con un par de décadas más, y quizá sus lapidarios y muy graciosos juicios sobre autores como Forster y Orwell (y prácticamente toda una generación sumida en el olvido) podrían ser suscritos por Kureishi, así como las también tajantes y terribles frases del padre de Harry sobre la pareja y el amor: “Cuando rompes una relación y dices que has dejado de amar a una persona, lo que realmente estás diciendo es que nunca la has querido. El pasado es un río, no una estatua”. La densa nube emocional que se instala y crece en torno al escritor consagrado y sus mujeres, y el investigador de su vida y las suyas, extiende sus largos brazos por una Inglaterra donde los pueblos rurales han pasado a ser territorio hooligan. Donde ya no existe el clásico caballero inglés en que Mamoon, con toda su iconoclastia y capacidad para anticiparse a modas y tendencias, quería convertirse. Retrato social, profunda indagación en el inagotable tema de cómo sobrevivir a una relación de pareja (y más si se ha petrificado en matrimonio), interesantísima y libre exploración sobre escritura y vida -capas que se solapan y confunden, donde el recuerdo es invención y la invención es recuerdo-, esta novela, además de entretenida, remueve el limo apozado en las vidas de sus personajes y en la de cada lector que se adentra en sus turbias aguas.

Hanif Kureishi. Anagrama, Barcelona, 2014. 295 páginas.

Kureishi y la tradición literaria

Hablan Mamoon Azam, vieja gloria literaria, y Harry Johnson, su biógrafo.

E. M. Forster

-¿Ese enervante sarasa de la literatura inglesa, ese maricón vago, cobarde y pegado a las faldas de su madre?
Harry había mencionado de pasada y en voz baja a E. M. Forster.
-¿Por qué dice eso, cuál es su opinión sobre él?
-¿Mi opinión? No tengo ninguna opinión sobre un hombre que proclamaba que quería escribir sobre sexo homosexual, un tema sobre el que sin duda necesitamos tener información. Como no tenía pelotas para hacerlo, se pasó treinta años mirando por la ventana, cuando no estaba enseñándoles el culo a los conductores de autobús o a otros pakistaníes. Un medio hombre que proclamaba detestar el colonialismo mientras utilizaba el Tercer Mundo como su burdel porque sabía que ahí no lo arrestarían, como sucedería si se ponía a enseñar el pene en un aseo público de Chiswick. ¡Por lo visto prefería a sus amigos antes que a su país! ¡Qué valiente y original!

George Orwell

-Claro que -continuó, con los ojos centelleando- Orwell era todavía peor. Él es el peor de los Blairs. ¿Todavía se lo toman en serio en este país?
-Sobre todo como ensayista.
-Escribió libros para niños, o más bien para niños que tienen la desgracia de estudiarlo. Toda esa escritura facilona, el estilo simplón, la mente vacía y hueca con un fuerte flujo de sadismo, el socialismo sentimental y el Gran Hermano y los cerdos, y nada sobre el amor… intolerable. Ningún adulto que no fuera profesor perdería el tiempo con alguna de sus novelas. Si me imagino el infierno, consiste en estar solo para siempre en la habitación 101 sin otra cosa que leer que uno de sus libros. (…) Ninguno de esos escritores, el marica y el puritano, ha descrito jamás a una mujer hermosa. ¿Qué clase de escritor es incapaz de hacerlo?

Jean Rhys

-La única que todavía disfruto leyendo es a la Diosa.
-¿A cuál?
-A la que me recuerda mis solitarios vagabundeos de alcohólico perro callejero por Londres y París cuando llegué por primera vez: Jean Rhys. Es la única escritora inglesa con la que uno desearía acostarse. ¡El resto no son más que Bröntes, Eliot, Woolf, Murdoch! ¿Puedes imaginarte hacerle un cunnilingus a alguna de ellas? Tal como dijo Jean, el mundo es sencillo: no se trata más que de cafés en los que caes simpático y cafés en los que no.

Los otros

-Cuando tenía diez, veinte o incluso treinta años, me encantaba leer, y podía estar absorto en un determinado escritor durante semanas, leyendo toda su obra, todo lo que hubiese publicado. Ahora eso ya no me sucede, y además ya todo ha desaparecido.
-¿Desaparecido?
-Piensa en ellos: Bertrand Russell, A. J. Ayer, D. H. Lawrence, Aldous Huxley, Anthony Powell, Anthony Burgess, William Golding, Henry Green, Graham Greene…
-No, ese Greene no. No… jamás.
-Bueno, eres osado. Pero el resto… nadie los lee, son ilegibles, han sido desechados, olvidados, una montaña de palabras que se han disuelto en el mar y que no van a volver. Popeye el Marino tiene más longevidad cultural.

Joseph Conrad

A veces Mamoon era más Johnny Rotten que Joseph Conrad.

Ted Hughes

-Ted Hugues, a quien conocí y admiré, hizo lo correcto con los diarios de Sylvia, los metió en el horno después de que su mujer introdujera allí la cabeza. De no haberlo hecho, esos académicos ilegibles no hubiesen cejado en el empeño de utilizarlos para lanzar sus carreras y conseguir unos buenos ingresos, haciendo que él pareciese un ogro. Lo valoran todo según les conviene, sin imaginación. Y es la sexualidad masculina ordinaria lo que no soportan.

Marcel Proust

-La culpa existe, maldito tarado, y debe ser negociada y afrontada. Es duro traicionar a los demás para no traicionarte a ti mismo. Y entretanto uno se convierte en el pobre miope Swann de Proust, que se degrada a sí mismo abriendo la correspondencia de Odette, espiando su casa y pasando cada tarde con la horripilante Verdurin. Los celos sobreviven al deseo, y Swann utiliza a esa abominable mujer para introducirse excrementos en su propia boca.

Hanif Kureishi. La última palabra, Anagrama, Barcelona, 2014. Traducción de Mauricio Bach. Las citas están tomadas de las páginas 84-85, 144, 209, 259-260.

Pedro Lemebel

Columna publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 31 de enero de 2015

AMLEl último título de Pedro Lemebel que llegó a las librerías chilenas es Adiós mariquita linda, reedición en Seix Barral del libro publicado en Sudamericana 10 años antes. El título no puede ser más apropiado para despedir a un escritor que, desde mediados de los noventa, ganó no solo fama y prestigio entre la academia, la crítica y los lectores bien informados de Iberoamérica, sino también el cariño y la cercanía de la gente. Las redes sociales y la fiesta -que eso fue- de su funeral, multitudinario y caótico, expresaron muy bien esa especial empatía de Lemebel con su público, aquel que llenaba sus presentaciones y que asistía, en los últimos años, al tono ronco de su voz quebrada por el cáncer, y que salió a las calles a despedirlo con esa mezcla inseparable, cuando de Lemebel se trata, de rabia y cariño, de marginalidad y gran literatura, de subversión y reconocimiento. Pocos escritores logran esa conexión viva, fuerte y sincera con los lectores, y eso habla muy bien de su capacidad para interpretar a un sector muy amplio de la sociedad chilena.

No fue un poeta, como lo calificó Roberto Bolaño, uno de los autores que más contribuyó al reconocimiento de Lemebel más allá de nuestras fronteras (y, de rebote, acá también). Publicó una sola novela, aunque Tengo miedo torero es más débil que sus colecciones de crónicas. En este género, Lemebel desplegó de manera deslumbrante un talento único, tanto en la sintaxis ondulante y el léxico innovador y creativo como en su capacidad de mirar las costuras, las inconsistencias y los dobleces de la sociedad chilena. Se ha insistido mucho, y con razón, en su triple marginalidad: cola, comunista y pobre. Él mismo la enarboló como seña de identidad y a partir de ella construyó una figura que el canon no ha sido capaz de absorber plenamente, aunque la academia le dedique sucesivas tesis, artículos y libros. Lemebel es una figura literaria, sin duda, pero igualmente política y social, que ayudó a empujar las fronteras de lo que se puede decir en el espacio público de un país donde, como escribió otro cronista, no hay escándalos, sino malos ratos. Lemebel sí fue escandaloso, la loca que se instala en el centro del escenario y que pone a prueba los prejuicios de izquierdas y derechas, de moros y cristianos, y que se ríe de las risas nerviosas de quienes prefieren no ver jamás todo el arco de la realidad.

Murió joven. Tanto escapar del sida y me agarró el cáncer, dijo. Y dejó esta herencia de ruptura y pasión, de su impresionante arraigo popular, de sus colecciones de crónicas que seguirán siendo materia de tesis, pero sobre todo materia de lectura para todos los que quieran saber más sobre nuestra identidad, nuestras oscuridades, nuestros prejuicios.

Te quiero

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 24 de enero de 2015

Te quiero_final-alta-2La Alt-Lit -o literatura alternativa- se ha instalado como la última moda en el ámbito anglosajón, especialmente, y su rasgo central son su inscripción en los nuevos formatos de comunicación digitales. Blogs, cuentas de Twitter y de Facebook, chateos, han pasado a ser la materia prima de argumentos más bien volátiles (o gaseosos, por así decirlo), que también infiltran, contaminan o se posesionan del estilo.

A propósito de Megan Boyle, escribí que no está claro si será una moda transitoria o una tendencia que gane importancia en el futuro, pero, en todo caso, acá está el libro de un escritor argentino que oculta su identidad bajo el muy moderno o posmoderno o hipster seudónimo de J.P. Zooey. Hay que destacar que el autor escribe de una manera bien poco estereotipada y, si bien usa las herramientas de la comunicación digital, se ríe igual de ellas y las incorpora con mediaciones (“escribió en el chat de Skype”, por ejemplo).

El libro es, derechamente, muy gracioso, ya desde la elección de los nombres de los protagonistas -Bonnie (cuyo gato se llama Deschanel), Clyde, Gordo Marxxx- y otros personajes que, como bien observó la crítica trasandina, parecen nicks, hasta el especial sentido del absurdo que Zooey le imprime a diálogos que se articulan desde lo cotidiano, sí, pero cuidadosamente transfigurados por el humor, la distancia y el talento para trabajar con el lenguaje sin que ello se note demasiado. “Miau”, dice Bonnie, empleada en una lavandería, cuando Clyde (por escrito, generalmente) le suelta una parrafada sobre la crítica o sobre los clásicos literarios. En esa vena, J.P. Zooey se burla también de la Alt Lit, que a veces incurre en el pecado de querer partir de cero, y de un cero bien absoluto.

Te quiero es, claro que sí, una historia de amor en los tiempos del chat, pero asimismo es una historia que a su festiva manera sostiene que se puede escribir de otro modo sin dejar por ello de escribir. Ahí están los emojis, las abreviaturas, las extremas elipsis, los diálogos entrecortados, pero también hay lectura, hay trabajo, hay proyecto y hay humor, como en esos planes deschavetados que urden Bonnie y Clyde como una suerte de aplazamiento para las citas convencionales que inevitablemente llegarán, o en los juegos verbales que enriquecen la cultura del chat. Hay igual una interesante mirada sobre el Buenos Aires contemporáneo, esa ciudad que también se transfigura y adapta sin dejar de ser por ello fascinante, como la buena literatura.

J.P. Zooey. Páprika, Buenos Aires, 2014. 125 páginas.

Latinoamérica criminal

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 17 de enero de 2015

650_RH29112.jpgBrasil concentra un tercio de la población de América Latina, pero suele estar excluido de las antologías de literatura regional. Por el diferente idioma, seguro, pero también por una decisión que se funda en el desconocimiento. Es asombroso, en realidad, que exista tan poco contacto entre ambos mundos. Esta antología -hecha por un escritor brasileño para una revista estadounidense- es un claro aporte en esta línea, puesto que en algo equilibra las cosas. Uno de los mejores cuentos del volumen es “Caballos entre el humo”, de Carol Bensimon, escritora de Porto Alegre que captura la violencia desde un ángulo mucho más político que criminal. La antología incluye asimismo cuentos de Bernardo Carvalho y Joca Reiners Terron, autores escasamente traducidos al castellano.

Tres de trece. El resto viene de México, Guatemala, Cuba, Venezuela, Colombia, Bolivia, Uruguay, Argentina, Perú y Chile. El cuento de Alejandro Zambra, “Hacer memoria”, apareció también en su libro Mis documentos y sirve para ilustrar otra característica de la antología: no se trata de historias policiales al uso, ni los crímenes son el soporte principal. Según indica Daniel Galera en la introducción, “pedimos a trece escritores de diez (en realidad, once) nacionalidades distintas que escribieran una historia de suspense ambientada en sus respectivos países de origen”. Sin embargo, cada autor afrontó con libertad el encargo y el resultado es mucho más diverso y complejo que una simple selección de género. Mariana Enríquez, por ejemplo, sorprende con una historia de ritos satánicos y miseria urbana en pleno Buenos Aires, un cuento magistral que se emparenta mucho más con el horror que con el crimen. El de Zambra es un ejercicio metaliterario singularmente atractivo. Otros cuentos, como el de Santiago Roncagliolo, se inscriben con más propiedad en el género policial, aunque, en el caso del escritor peruano, con una deriva humorística que rompe completamente el molde. “1986”, de Rodrigo Rey Rosa, tiene la estructura de una novela y el misterio o la ambigüedad que siempre se filtra en sus cuentos y novelas, un elusivo punto de fuga que parece quedar fuera de la obra. En síntesis, se trata de una selección original, amplia y de gran calidad, que abre tanto la frontera del relato policial como las fronteras nacionales.

Daniel Galera. Penguin Ramdon House, Barcelona, 2014. 296 páginas.

El tesoro de Sierra Madre

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio. 12 de septiembre de 2009

sierra madreB. Traven intentó, y fue exitoso en ello, ocultar sus huellas, esconder su verdadera identidad, permanecer en el anonimato. Pero no porque quisiera ocultarse de sus seguidores o porque detestara a la prensa: no, se trataba de algo más profundo, del auténtico afán por aislar al autor de la obra. Parece más o menos claro, a estas alturas, que nació como Ret Marut en Alemania; que fue anarquista; que huyó a México, perseguido políticamente, en los primeros años 20; que Esperanza López Mateos, hermana de un ex Presidente de México, fue su traductora al español y representante oficiosa del escritor hasta que se suicidó en 1950; que el misterioso estadounidense que se hacía llamar Hal Groves y se presentó en el set de filmación de El tesoro de la Sierra Madre era Traven, y con ese nombre se casó con Rosa Elena Luján, heredera, hasta la fecha, de sus derechos de autor. Y de todo ello no hay, tampoco, seguridad.

El caso es que Traven comenzó a publicar sus novelas a fines de los años 20, ya radicado en México. La segunda de ellas, El tesoro de Sierra Madre, lo catapultó a la fama, con una historia de ambición y desesperanza ambientada en las montañas de México. La versión cinematográfica de John Huston, estrenada en 1948, es una de las grandes películas que protagonizó Humphrey Bogart. Hasta la fecha, sus libros eran muy difíciles de encontrar, así que el rescate de Acantilado es sumamente bienvenido. Tras éste, anuncian El barco de la muerte, la primera novela de B. Traven (o la primera que publicó bajo ese seudónimo).

El tesoro de Sierra Madre es una novela intensamente claustrofóbica, a pesar de transcurrir en los puertos petroleros y en los espacios abiertos del interior montañoso de México. Tres personajes -dos vagabundos que coquetean con la mendicidad y un viejo buscador de oro- se internan en la sierra. Antes de partir, el más veterano advierte que el hallazgo de un depósito aurífero es peligroso, porque “el oro es algo endemoniado” y, cuando lo hay en abundancia, “se pierde la noción del bien y del mal, se olvida la diferencia entre lo honesto y lo deshonesto, se pierde la capacidad de juzgar”. Ahí está el hilo conductor de la novela. Los buscadores de oro tienen éxito y Fred C. Dobbs, el personaje encarnado por Bogart, comienza a sufrir la maldición de la riqueza súbita. Su creciente paranoia y desconfianza corren parejas con la ambición y la codicia desatadas y, por más que se trate de espacios abiertos, la novela transmite una asfixiante sensación de encierro, apenas alivianada por historias secundarias que Huston no recogió en la película. Traven es un gran escritor que introduce ingredientes y matices de singular riqueza y complejidad en el molde de la novela de aventuras. Por eso es un placer leerlo.

B. Traven. Acantilado, Barcelona, 2009. 352 páginas.

Racimo

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 10 de enero de 2015

racimoLa segunda novela del escritor iquiqueño Diego Zúñiga (1987), Racimo es una interesante propuesta que se despliega en varios ámbitos: la novela policial, el costumbrismo y el relato de la búsqueda personal de sentido. Aunque la enunciación suene extraña, el personaje protagónico, un fotógrafo conocido como Torres Leiva, se encuentra casi por azar en la provincia -de ahí las bien logradas imágenes de la vida tal como transcurre lejos de la capital de Chile- y con el caso de las adolescentes asesinadas en Alto Hospicio en la década de 1990; y está allí, en parte, por la fractura que atraviesa su vida, la prematura muerte de su hija y la subsiguiente ruptura matrimonial. De ahí que Torres Leiva mire con alguna distancia el drama que creció en el desangelado pueblo levantado de la nada en la planicie pampina, y que su ojo de fotógrafo reaccione a veces tarde y mal ante la historia con la que tropieza; su peripecia personal -la búsqueda de pareja, la relación lejana con su otro hijo, el imperativo de capturar imágenes que se sostengan como hitos en su vida- se imbrica casi tangencialmente con las adolescentes desaparecidas.

En esta última veta -sobre todo ante escenas como el secuestro que sufre Torres Leiva- es imposible no recordar uno de los motivos centrales de 2666, de Roberto Bolaño, por esa sensación de ubicua e indefinible amenaza que parece cernirse sobre quienes se acercan demasiado a una historia de violencia sobre mujeres jóvenes. El relato se desarrolla mediante un estilo contenido, distanciado, incluso asordinado, donde nada parece relucir ni conmover demasiado, donde hasta el dolor de la abuela de Ximena, la niña en coma cuyo eventual testimonio puede resolverlo todo, llega al lector como si lo viera a través de una espesa cortina. Zúñiga demuestra su talento al mantener ese tono que solo ocasionalmente vibra y se acelera, y que calza muy bien con una trama que se desarrolla a través de saltos y discontinuidades, pero esa estructura quebrada puede ser también desconcertante en la medida en que parece no encontrar cabalmente su cauce. Esas líneas que se intersectan atrapan muy bien el vacío existencial de Torres Leiva y la solapada presencia del azar en la constitución de tantas historias, pero eluden, de alguna manera, aquello que parece ser el núcleo narrativo de Racimo, especialmente en el tramo final de la novela.

Diego Zúñiga. Penguin Random House,Santiago, 2014. 242 páginas.

«Dispara a todo lo que se mueva»

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 3 de enero de 2015

disparaHay una ingente bibliografía sobre la guerra de Vietnam, de la que conocemos -en castellano- solo una mínima parte, que va desde el elogio del militarismo y la crítica al Partido Demócrata, hasta la crónica descarnada del sinsentido del conflicto. El clásico libro de Michael Herr (Despachos de guerra), que sirvió como una de las fuentes de películas como Apocalypse now y Full metal jacket, está abundantemente citado junto a cientos o miles de libros, artículos y, sobre todo, material desconocido encontrado por el autor en archivos militares completamente ignorados hasta ahora. El resultado es una crónica terrible que muestra en toda su crudeza el feroz prontuario de las fuerzas armadas estadounidenses en Vietnam.

Los títulos de algunos capítulos son elocuentes: “Un sistema de sufrimiento”, “Una letanía de atrocidades”, “Sufrimiento sin límites”. Por debajo -aunque Nick Turse, periodista, no la explicita en ningún momento- está la tesis de que la guerra no se perdió tanto en el campo de batalla, sino que en la otra dimensión del combate: la batalla por ganar “corazones y mentes”; es decir, lograr el apoyo mayoritario de la población civil al régimen de Vietnam del Sur. La escala de los abusos es tan amplia, tan extendida, tan brutal, que parece difícil de creer, y, sin embargo, el único defecto del libro es que puede parecer una escritura plana y repetitiva precisamente porque pone el acento en el sustento documental, en los archivos, testimonios y entrevistas que respaldan la veracidad de su información. Las cifras marean y la impunidad indigna, puesto que había un aval institucional que condonaba casi todo abuso, desde la violaciones de niñas al asesinato de niños, ancianos y mujeres.

Como investigación periodística, es impecable. Como demostración de que es posible levantar una historia paralela desde el ángulo de los vencidos, también, y ahí radica una cuestión que tiene mucho que ver con el poder en una dimensión más amplia que la escala nacional. El capítulo sobre Vietnam en La marcha de la locura, de Barbara Tuchman, es una exposición casi incomparable de cómo un país puede llevar a cabo una empresa bélica en contra de sus auténticos intereses; el libro de Turse demuestra, por su parte, cuán poco de la Constitución estadounidense, tan citada e importante para la identidad de la mayor democracia del mundo, llegó a la selva vietnamita.

Nick Turse. Sexto Piso, Madrid, 2014. 439 páginas.