¿Hablemos de premios?

Sobre la literatura, el Premio Nacional de Literatura y los raros consuelos del oficio

Por Roberto Bolaño (Las Últimas Noticias, 27 de agosto de 2002)

teiller1enrique lihn .jpgPrimero que nada y para que quede claro: Enrique Lihn y Jorge Teillier no obtuvieron nunca el Premio Nacional de Literatura. Lihn y Teillier están muertos.

Ahora entremos en materia. Puesto a escoger entre la sartén y el fuego, escojo a Isabel Allende. Su glamour de sudamericana en California, sus imitaciones de García Márquez, su indudable valentía, su ejercicio de la literatura que va de lo kitsch a lo patético y que, de alguna manera la asemeja, en versión criolla y políticamente correcta, a la autora de “El valle de las muñecas”, resulta, aunque parezca difícil, muy superior a la literatura de funcionarios natos de Antonio Skármeta y Volodia Teitelboim.

Emilia Pardo BazánEs decir: la literatura de Allende es mala, pero está viva, es anémica, como muchos latinoamericanos, pero está viva. No va a vivir mucho tiempo, como muchos enfermos, pero por ahora está viva. Y siempre cabe la posibilidad de un milagro. No sé, el fantasma de Juana Inés de la Cruz se le puede aparecer un día y le puede dar una lista de lecturas. El fantasma de Teresa de Ávila. En el peor de los casos el fantasma de Pardo Bazán. No se puede decir lo mismo de la literatura de S y T. A esos no los salva ni Dios.

Ahora bien: escribir -juro que lo leí en un periódico de Chile- que hay que apresurarse a darle el Premio Nacional a Allende antes de que le den el Nobel, me parece no ya una tomadura de pelo desproporcionada sino que acredita a1 autor del aserto como un ignorante de antología. ¿De verdad hay inocentes que piensan así? ¿Y los que piensan así son inocentes o simples botones de muestra de una estulticia que se ha apoderado Anatole-Franceno solo de Chile sino de Latinoamérica? Hace poco, Nélida Piñón, celebrada novelista brasileña y asesina en serie de lectores, dijo que Paulo Coelho, una especie de Barbusse y Anatole France en versión telenovela de brujos cariocas, debía ingresar en la Academia brasileña puesto que había llevado el idioma brasileño a todos los rincones del mundo. Como si el “idioma brasileño” fuera una ciencia infusa, capaz de soportar cualquier traducción, o como si los sufridos lectores del metro de Tokio supieran portugués. Además, ¿qué es eso de “idioma brasileño”? Una idea tan desmesurada como si habláramos del idioma canadiense o australiano o boliviano. Ciertamente, hay escritores bolivianos que parece que escriben en “idioma norteamericano”, pero eso se debe a que no saben escribir bien en español o castellano, pero en el fondo, bien o mal, lo que hacen es escribir en español.

coelho¿En dónde íbamos? En Coelho y la Academia y el sillón vacante que finalmente le dieron, gracias, entre otras cosas, a popularizar el “idioma brasileño” a lo largo y ancho del mundo. Francamente, leyendo esto uno podría llegar a pensar que Coelho tiene un vocabulario (brasileño) comparable al “idioma irlandés” de Joyce. Pero no. La prosa de Coelho, también en lo que respecta a riqueza léxica, de vocabulario, es pobre. ¿Cuáles son sus méritos? Los mismos que los de Isabel Allende. Vende libros. Es decir: es un autor de éxito.

Y aquí llegamos a uno de los meollos de la cuestión. Los premios, los sillones (en la Academia), las mesas, las camas, hasta las bacinicas de oro son, necesariamente, para quienes tienen éxito o bien se comportan como funcionarios leales y obedientes. Digamos que el poder, cualquier poder, sea de izquierdas o de derechas, si de él dependiera, solo premiaría a los funcionarios. En este caso skármetaSkármeta es el favorito de lejos. Si estuviéramos en el Moscú neostalinista, o en La Habana, el premio sería para Teitelboim. Me da miedo (y asco) solo de imaginármelo. Pero el éxito también tiene sus paladines: todos los enanos mentales que buscan una sombra, que son legión. O todos los escritores que esperan una gauchada de Isabelita A. En fin, si he de escoger entre esos tres, yo también me decanto por ella.

Pero si de mí dependiera le daría el premio a Armando Uribe, o a Claudio Bertoni, o a Diego Maquieira. Cualquiera de los tres me parece creador de una obra con méritos más que suficientes para postular a tan digno galardón. Se me dirá que los tres son poetas y que este año toca a lSalomónos narradores. ¡Cuándo se ha visto una regla, aunque sea no escrita, tan imbécil! Nicaragua, durante un largo periodo de tiempo, tuvo grandes poetas, desde el viejo Salomón de la Selva hasta Beltrán Morales. Narradores y prosistas, en cambio, tuvo pocos, la mayoría, además, perfectamente olvidables. Por esta regla de tres, un colectivo brillante de poetas hubiera debido compartir los premios con un grupo nefasto de prosistas y narradores. Esto es lo primero que tiene que cambiar en el Premio Nacional. Probablemente esto será lo único que cambie. El escritor joven, el que carece de fortuna y solo tiene un nombre por labrar, sigue y seguirá en la intemperie, que es el coto de caza de los consagrados, de los que están satisfechos de sí mismos.  Para ellos, solo para ellos, tal vez no sea del todo inútil decir algo más.

Los que están satisfechos suelen ser iracundos, pero también son cobardes. Su discurso es el discurso de la mediocridad y del miedo y se desmonta con la risa. La literatura chilena, tan prestigiosa en Chile, no tiene más de cinco nombres válidos, eso hay que recordarlo como ejercicio crítico y autocrítico. También hay que recordar que en la literatura siempre se pierde, Judas Tadeopero que la diferencia, la enorme diferencia, estriba en perder de pie, con los ojos abiertos, y no arrodillado en un rincón rezándole a san Judas Tadeo y dando diente con diente.

La literatura, supongo que ya ha quedado claro, no tiene nada que ver con premios nacionales sino más bien con una extraña lluvia de sangre, sudor, semen y lágrimas. Sobre todo con sudor y lágrimas, aunque Bertoni seguro que añadiría el semen. La literatura chilena no sé con qué tiene que ver. Tampoco, francamente, me interesa. Eso lo tendrán que dilucidar los poetas, los narradores, los dramaturgos, los críticos literarios que trabajan en la intemperie, en la oscuridad; ellos, los que ahora no son nada o son poca cosa al lado de los pavos hinchados, se enfrentarán al reto de hacer de esa posible literatura  chilena algo más decente, más radical, más libre de componendas. Ellos se enfrentarán, algunos hombro con hombro y otros más solos que la una, al reto de hacer de la literatura chilena algo razonable y visionario, un ejercicio de inteligencia, de aventura y de tolerancia. ¿Si la literatura no es esto + placer, que demonios es?

Coda

Impresiona la visión de Bolaño. En narrativa, con la excepción de José Miguel Varas, premiado el 2006, su análisis fue certero: todos los candidatos de 2002 resultaron, finalmente, ganadores, aupados tanto por sus méritos funcionarios como por el hecho de vender muchos libros. Así las cosas, si hubiera que apostar por los ganadores de las próximas versiones, ya se sabe: Pilar Sordo, ensayista, debería encabezar la lista de favoritos.

En poesía, de los que Bolaño propuso, sólo Armando Uribe recibió el premio; en lugar de Bertoni y Maquieira, entraron Efraín Barquero -un hombre de la viejísima guardia- y Óscar Hahn. Quizá acá la cosa sea un poco menos vergonzosa. Mal que mal, hay poco poeta best seller. Aunque hay quienes consideran poeta a Ricardo Arjona.

Nosotros caminamos en sueños

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 28 de marzo de 2015

nosotroscaminanosensuenosHay una venerable tradición literaria y cinematográfica antibelicista. La premisa es que el horror de la guerra es tan atroz, tan brutal, tan carente de sentido, que hay que sacarlo a la luz a como dé lugar, para que nunca vuelva a repetirse. Ya se sabe que aquel empeño es vano.

Ahora mismo, en una veintena de lugares, por lo menos, en África, Asia y Europa Oriental, hay conflictos bélicos que mantienen la producción de armas en pleno rendimiento. Adentrarse aunque sea mínimamente en ese torrente de datos es espeluznante, por tantas razones, así que es mejor retomar el hilo. En esa corriente antibelicista se inscribe Nosotros caminamos en sueños, novela del argentino Patricio Pron que se dibuja sobre el paisaje desolado y frío de las islas Malvinas, pero que en realidad puede referirse a cualquier guerra o a todas las guerras. La particularidad de esta obra es la manera en que el autor carga las tintas o pone los énfasis, y ello porque desde la presentación de la contratapa, el libro se asume como una obra cómica. El humor es, en todo caso, desaforado, explosivo, mordiente. Un oficial gordo que parece “un Frankenstein de segunda mano”. Un soldado que se inscribió como voluntario porque, de acuerdo a un test, tenía las características óptimas para destacar en el ejército: “Violento, agresivo, inútil, torpe, desafecto, irritable”. Negociaciones para que el enemigo mate en los días impares, para facilitar la recogida y la identificación de los cadáveres.

Nosotros caminamos en sueños es una novela desquiciada, pero cuya lógica impecable e implacable produce risa, sí, pero de aquella que brota del desconcierto, del desajuste de las expectativas, de la extrema seriedad del humor que no reconoce límites. Hay personajes alegóricos -El Nuevo Periodista, el Soldado Cornudo, el Teniente Perdido- y el resto reúne apellidos de resonancias francesas, alemanas, polacas, rusas y españolas, entre otras, para reforzar que el relato rebasa con mucho la guerra que estalló cuando Pron tenía 6 años y la soñó, o soñó que la soñaba; y desde ese paseo de sonámbulo entrega una obra impecable que quizá, como tantas obras anteriores en la misma vena, poco contribuya al fin de las guerras, pero que se constituye, a la vez, en una narración que sacude el panorama “como cerillas en una caja medio vacía” y que logra, con más fuerza que la veta testimonial, dejar al descubierto que esa mitología de la guerra como manifestación de heroísmo y bravura no es más que barro ceniciento en una playa perdida en el fin del mundo.

Patricio Pron. Literatura Random House, Buenos Aires, 2014. 122 páginas.

Facsímil, de Alejandro Zambra

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 21 de marzo de 2015

FacsímilSi el proyecto narrativo de Alejandro Zambra se ha mantenido más o menos fiel a la línea de la ficción elaborada sobre hechos pertenecientes a la biografía -con todas las salvedades posibles; hablamos de literatura, de ejercicios creativos de la imaginación, y no de memorias encubiertas-, este libro abre un especial capítulo que representa a muchas generaciones de escolares, pero que también, desde luego, alcanza la autonomía narrativa de toda obra que interrogue seriamente el lenguaje. Porque, en definitiva, Facsímil es un doble retorcimiento de la forma: si el lenguaje poético o literario aspira siempre a ser algo más que las palabras que se encadenan en frases, en el presente caso, al ceñirse a las estructuras discursivas que adoptó por muchos años la parte verbal de la Prueba de Aptitud Académica, Zambra establece un juego de significaciones y reverberaciones que otorga nuevos significados a esas estructuras y que, a la vez, devuelve a lo que ha sido su trabajo como narrador.

Porque los temas que se infiltran en esas estructuras son los que ha incorporado habitualmente en sus textos: la infancia bajo la dictadura, la educación en un liceo fiscal de alto rendimiento, las desventuras amorosas, la soledad, los personajes extrañamente amenazantes que de tanto en tanto surgen, solapados, en sus relatos. La particular textura del libro ofrece una oportunidad muy poco habitual en la narrativa: la de hacerse parte del relato, la de tomar decisiones junto con el autor o de construir secuencias de significados que no tienen por qué haber estado en su cabeza. Facsímil es, como pocos, un libro abierto a múltiples interpretaciones que en algunos momentos, en algunas secuencias, construye historias más unívocas o series de afirmaciones que tienen que ver con otro tipo de discursos: los del adoctrinamiento o la domesticación. Con todo, es un juego interminable y gozoso, que revela el particular talento de un autor que viene de la poesía y que, desde esa especial sensibilidad con la palabra, convierte un instrumento de medición de aptitudes en una fiesta del lenguaje que va in crescendo, igual que la PAA-Verbal: los términos excluidos, los ilativos, el orden de las frases; en fin, todas esas herramientas estandarizadas y acá despedazadas por la vocación poética rematan en los textos de comprensión de lectura, donde el autor se revela de manera más profunda y también, a la vez, se cuestiona, se interroga y da la libertad para escoger las respuestas.

Alejandro Zambra Hueders, Santiago, 2014. 104 páginas.

La bestia de París y otros relatos

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 14 de marzo de 2015

bestiaAunque el cuadro de la portada recuerda las esculturas del Parque de Bomarzo, tan socorridas para dar una idea de lo monstruoso, en realidad es un cuadro de Eugène Atget, muy apropiado para el primer y más extenso reportaje de este breve libro. El volumen agrupa cuatro crónicas de Marie-Luise Scherer -alemana y ganadora de varios premios por su trabajo-, escritas en París. Un asesino, dos escritores y muchos diseñadores de vestuario son los temas que permiten el despliegue del consumado talento de Scherer, cuyo trabajo periodístico se sitúa en la vereda opuesta del afán de golpear con una noticia.

Lo suyo va mucho más allá. El reportaje inicial es un ejemplo: todos los datos importantes están en los diarios y, aunque se advierte un intenso trabajo de reporteo, está en el entorno de los hechos, en la personalidad de víctimas y victimarios, en la caracterización de barrios y de calles. “La bestia de París” fue el apodo que los medios de prensa entregaron a un misterioso y escurridizo asesino especializado en señoras ancianas que vivían solas. El asesino -que contó con un cómplice en los primeros crímenes- sembró el terror en los barrios en torno a Montmartre durante varios años. Podría ser una crónica policial como tantas; lo interesante es el elusivo punto de mirada de Scherer, que huye de todo tipo de interpretaciones o que, más bien, dispone los hechos de tal modo que el lector podrá llevarlas a cabo. La historia es sórdida, triste, brutal y despojada de humor, pero también es una oportuna ventana a las carencias y debilidades que pueden alimentar la aparición de personajes tan amorales como el protagonista.

Otra crónica ejemplar es sobre Marcel Proust o, más exactamente, sobre el rodaje de El amor de Swann, de Volker Schlöndorff, a comienzos de los ochenta. Scherer presta tanta atención a los hábitos sociales del escritor francés como a las personalidades de Alain Delon, Ornella Muti o Jeremy Irons, los protagonistas de la película, y se las arregla para establecer una lectura que se superpone a las obras del escritor y del cineasta, una interpretación sutil, amable y original. Las otras dos crónicas -sobre el surrealista Philippe Supault y sobre el mundo de los desfiles de moda- siguen la misma pauta: más que información, hay lectura; más que apego a los datos, hay elegancia en el estilo; y la originalidad no está en los temas escogidos, sino en el modo de tratarlos.

Marie-Luise Scherer. Sexto Piso, Madrid, 2014. 127 páginas.

Las esposas de Los Álamos

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 7 de marzo de 2015

AlamosLos Álamos es el poblado -construido especialmente para la ocasión; sus habitantes lo llamaban “La Colina”- en donde se instalaron los científicos, sus familias y los laboratorios en donde se llevó a cabo lo central del Proyecto Manhattan, destinado a crear una bomba basada en la fisión nuclear. Una bomba atómica, en buenas cuentas, como las que arrasaron Hiroshima y Nagasaki a comienzos de agosto de 1945: Little Boy y Fat Man. Hay una amplísima documentación sobre la historia de la fisión nuclear y del Proyecto Manhattan, así como sobre sus efectos en las ciudades japonesas. Este libro se refiere a los mismos hechos, pero desde un ángulo tan inexplorado como original, la voz de las mujeres que acompañaron a los científicos a un desolado rincón de Nuevo México y que asistieron -en medio del viento cargado de polvo y la precariedad de la vida en un campamento militar- al trabajo secreto de sus maridos, quienes no podían contarles nada.

La autora escogió además una novedosa manera de narrar. En lugar de una historia coral, donde muchas voces se perfilan y se turnan para construir un relato abarcador, Tarashea Nesbit optó por fundir todas esas voces en un nosotros, en una voz colectiva que establece diferencias y enumera casos, pero que habla siempre desde el grupo, desde aquel conjunto de mujeres cultas, muchas de ellas también científicas. Desde la desolación de la meseta y la omnipresente sensación de soledad (no solo por el aislamiento y la lejanía de Los Álamos), las esposas, las mujeres, las madres enuncian esa voz plural que da cuenta, por una parte, de cómo se procesaban las noticias de la guerra en pequeñas comunidades y, por otra, muestra, sin exagerar la nota, hasta qué punto ellas eran postergadas solo por el hecho de ser mujeres. Es muy interesante cómo esa opresión se conjuga con otra nota social, la presencia en La Colina de mujeres de tribus indias o de origen mexicano que prestaban servicios domésticos, y que eran objeto de otras discriminaciones.

Lo que más destaca en el libro es la fluidez del relato y de qué manera logra avanzar y conmover mediante recursos sencillos y bien trabajados, a tal punto que sería un error abrazar la novela como un instrumento ideológico o un libro de denuncia. Al contrario, esa voz colectiva narra una historia que se abre a algunos de los vientos más feroces del siglo XX, sin perder ternura, delicadeza ni sensibilidad.

Tarashea Nesbit. Turner, Madrid, 2014. 296 páginas. Distribuye Océano.

El leopardo

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 28 de febrero de 2015

El leopardoEs llamativo que en países nórdicos como Suecia y Noruega la novela negra tenga una presencia tan destacada. Se trata de antiguos Estados de bienestar que están entre los más prósperos del mundo, tienen un número relativamente bajo de habitantes (entre ambos no alcanzan la población de Chile) y en el Índice de Desarrollo Humano -que conjuga variables de bienestar social con indicadores económicos-, Noruega ocupa el primer lugar y Suecia, el duodécimo. Claro que hace poco un ciudadano noruego, Anders Breivik, asesinó en un solo día a más de cien compatriotas suyos, pero fue, claramente, un hecho excepcional no solo para Noruega, sino para el mundo. Bueno: de ese país de altísimo bienestar, con cinco millones de habitantes, de ciudades pequeñas y amables, viene Jo Nesbø, el último triunfador en el género policial, con una historia de psicopatía que viene de al menos una generación atrás y que se desarrolla en medio de disputas ácidas, bajas y despiadadas entre los servicios policiales.

El leopardo es una novela extensa, cuya trama da vueltas y revueltas, con intervenciones de la voz en off del asesino hasta alrededor de la mitad; el resto, cuando ya más o menos se conoce su identidad, es un juego de persecuciones aderezado con traiciones, amores, armas de grueso calibre, instrumentos africanos de tortura (aunque más bien se trata de instrumentos creados por europeos para torturar a africanos), viajes a Ruanda y El Congo, encuentros con mercenarios, volcanes en erupción, sobornos. En fin, de casi todo lo que es posible encontrar en el género está en estas páginas, protagonizadas por un detective de personalidad inestable y muy dañado por un caso anterior; quien vuelve a la pista de la caza por necesidad, pero que aún no está preparado para asumir eso que suele llamarse una vida normal.

La novela es, sin duda, interesante, aunque provoque más de una duda que las calles de Oslo sean tan traicioneras. Tiene raptos discursivos sobre la condición humana, por así decirlo, que perturban el desarrollo narrativo. Y el montaje de los tramos finales parece destinado a una eventual versión cinematográfica, lo que, en verdad, no es ningún problema: el suspenso está bien logrado y Harry Hole, el detective protagónico, resuelve lo que parecía imposible, en páginas de acción electrizante que cierran bien el amplio desarrollo narrativo.

Jo Nesbø. Literatura Random House, Buenos Aires, 2014. 691 páginas.

El libro de mis vidas

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 21 de febrero de 2015

EllibrodemisvidasAleksandar Hemon es un escritor de origen bosnio que vive en Estados Unidos desde 1992, cuando ya las guerras étnicas y nacionalistas desgarraban a la antigua Yugoslavia. Ha escrito algunos libros de relatos y un par de novelas ejemplares; sin duda, su proyecto es uno de los más interesantes de la narrativa contemporánea. Esta breve colección de crónicas -escritas a regañadientes, según él mismo indica- admite al menos dos lecturas. Para quienes lo han leído, ilustrará de mejor manera hasta qué punto y cómo su biografía se imbrica en la ficción. Escribí en otro lugar sobre la profunda similitud entre Hemon y Bolaño, a pesar de sus distancias lingüísticas, culturales y geográficas. En definitiva, ambos trabajan sobre el desarraigo como materia prima, y los dos, para usar la feliz expresión de Ignacio Echevarría, son escritores extraterritoriales. En el caso de Hemon, se da, además, que escribe en inglés, una lengua adoptada cerca de los 30 años, y que por eso late en sus libros con una textura original. Desde el desarraigo, desde un punto de vista descentrado. Ambos dan cuenta, como pocos escritores de nuestro tiempo, de la precariedad de la vida actual y de la sensación de desamparo que sacude a tanta gente.

Para quienes no lo han leído, estas crónicas son una excelente introducción a uno de los conflictos más desgarradores y violentos de la post Guerra Fría, las guerras genocidas que se sucedieron en la península de los Balcanes. Hemon vivió los momentos previos y, cuando recién abandonaba la casa familiar, se vio arrastrado por el vértigo de un conflicto que, si atendemos al escritor albanés Ismaíl Kadaré, se remonta a más de un milenio. Hemon escribe con enorme cariño sobre su familia, sus perros, sus primeros empleos, pero detrás de esas crónicas está el latido de la bestia, la sensación de que todo se desmoronará, el aliento de la furia genocida; por ejemplo, en su profesor de literatura, el único que les abría puertas y que luego pasó a ser ideólogo de la peor épica genocida: “Puede que por culpa del profesor Koljevic mi literatura esté empapada de irritada intolerancia ante el parloteo burgués, lamentablemente contaminada de una impotente cólera de la que no puedo desprenderme”. El libro es ejemplar. Pocos escritores se miran con tanto humor y tan poca indulgencia. Y pocos atestiguan, como él, que la literatura puede ser una forma de compromiso más allá de las ideologías.

Aleksandar Hemon. Duomo Ediciones, Barcelona, 2013. 228 páginas.

La ciudad de los hoteles vacíos

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 14 de febrero de 2015

portada-hoteles-vacios-1Gonzalo Baeza nació en Houston, Texas; vivió muchos años en Chile, donde estudió periodismo; actualmente reside en Virginia. Esta recopilación de cuentos es su primer libro, que transita por temas ligados, de alguna manera, a tan escuetos datos biográficos: las historias están ambientadas en distintos pueblos -siempre pueblos, rara vez ciudades- del sur de Estados Unidos, y sus protagonistas suelen ser inmigrantes, centroamericanos, mexicanos o chilenos, da igual; lo que importa es su posición en un mapa geográfico y social tocado por la decadencia, la miseria y la precariedad. Baeza trabaja el tema del desarraigo con habilidad y sin exageraciones; algunos cierres forzados o repetitivos en algunos relatos no afectan su capacidad para desarrollar ficciones breves y desoladas, donde hay un permanente descalce entre la voluntad y la suerte: entre lo que alguna vez se soñó ser y los datos de una realidad con frecuencia brutal y despiadada. El desarraigo no termina nunca, parecen decir sus personajes, que no tocan tierra de verdad en ninguna parte. Varios cuentos concluyen con una partida intempestiva (y sus protagonistas son sospechosamente parecidos, tanto, en algunos casos, que con un poco más de hilos comunes la colección de cuentos habría sido una novela).

El estilo de escritura es seco, sin mayores adornos, y el autor rara vez pierde tiempo en rodear el asunto. Es una narrativa directa y simple en su estructura, y eso le otorga también eficacia, rapidez y variedad. Porque los asuntos son variados, así como variados son los rostros de la marginalidad, desde las ilegales peleas de perros hasta el caficheo, el robo de cables o el robo a secas. El paisaje es dolorosamente hostil (“en el horizonte interminablemente plano, solo un par de tallos cafés como dientes podridos se mantenían verticales en una pantomima de vitalidad prolongada a punta de fertilizantes”) y la miseria es omnipresente.

Baeza podría haber cultivado con más conciencia los tópicos de la literatura de camino, pero, por fortuna, optó por soslayar, de algún modo, esa vía (más fácil) y discurrir por el borde, por las pequeñas tragedias que ocurren a la vera del camino entre casas rodantes, parajes arrasados por los huracanes y bares de camioneros que no prometen futuro, con cuentos que iluminan fugazmente escenas de vidas heridas no por grandes catástrofes, sino por la dureza de la vida cotidiana.

Gonzalo Baeza. Narrativa Punto Aparte, Valparaíso, 2014. 170 páginas.

Lucía McCartney

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 21 de junio de 2014

Fonseca- Lucía McCartney- boceto 2-solo tapaEs digno de aplauso que la editorial Tajamar prosiga en su empeño de publicar en Chile obra tras obra del brasileño Rubem Fonseca. El abogado nació en 1925 y comenzó a publicar ficción a los 38 años, pero el reconocimiento oficial del mundo literario solo vino en 2003, cuando recibió el Premio Juan Rulfo en Guadalajara, y el Camoes, el más prestigioso en portugués, otorgado por Portugal y Brasil. Es que la narrativa de Fonseca -áspera, directa, mordiente- desató inicialmente el escándalo por su crudeza y la persecución por sus denuncias de los abusos y la corrupción en su país en los años 60 y 70, y ello oscureció, de alguna manera, una recepción más abierta y amplia a textos que oscilan entre la aparente simplicidad del relato policial, la ironía metaliteraria y la densidad estilística y argumental de sus grandes novelas.Lucía McCartney es el tercer libro de Fonseca, publicado en 1967, y no había aparecido antes en castellano. La traducción de John O’Kuinghttons sigue la interesante tónica de otras ediciones del autor brasileño en Tajamar: es al castellano de Chile, con los modismos propios de este país, apuesta que tiene sus riesgos, pero que, finalmente, se revela como un inesperado placer. El libro de cuentos destaca dentro de la obra de Fonseca por varios motivos. Uno importante es que ya muestra una variedad de estilos y temáticas, aunque, por la época en que fueron escritos, están muy en línea con su experiencia como abogado penalista y funcionario de la policía. “El cuarto sello (fragmento)” es quizá el más representativo de esta vertiente: Fonseca imagina una sociedad aún más sujeta a controles y una realidad social más explosiva de lo que ha sido jamás Brasil, y envuelve la despiadada violencia en el lenguaje seco y el amor por las siglas que suele desplegar un buen funcionario. También acá se registra la primera aparición de Mandrake, el abogado que es una especie de alter ego del autor y protagonista de algunos de sus mejores relatos. Mandrake, alias de Paulo Mendes, aparece en el “El caso de F. A.”, donde se entremezclan el poder político, la violencia, la explotación de las mujeres y la particular manera en que Mandrake -sin escrúpulos a la hora de golpear o mentir- resuelve los conflictos en que se ve envuelto. En tanto, el cuento “*** (asteriscos)” revela otra faceta, la del escritor que mira con sorna su oficio y desnuda a la vez los mecanismos de la crítica veleidosa y la censura inconmovible.

Rubem Fonseca. Tajamar, Santiago, 2014.182 páginas. 

Novela negra y otras historias

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 26 de mayo de 2012
tapa Novela negraEste libro, de 1992, nunca había sido traducido al castellano. Siempre es una buena noticia que se amplíe el corpus de Fonseca disponible y más cuando se trata de un libro atípico, que coincide en su deriva con una línea narrativa que atraviesa las últimas décadas en autores tan relevantes como Enrique Vila-Matas y Roberto Bolaño: el protagonismo de los escritores y de la literatura en la ficción. Ello es especialmente notorio en la nouvelle que da título a la colección. “Novela negra” es una historia tanto de crímenes como, sobre todo, de escritores y de identidades. Fonseca aprovecha un coloquio sobre el género policial para ofrecer además una suerte de poética, en páginas tan interesantes como mordaces sobre el oficio de escribir y de adentrarse en la caja negra de la mentalidad criminal. En el coloquio participan, entre otros, James Ellroy, que aúlla en público, y P. D. James, que expone de manera muy modosa la visión clásica de la novela policial a la manera inglesa. Pero también está Winner, autor del más exitoso libro del género en los últimos años, Novela negra, un portador de secretos inconfesables que pugnan por salir a la luz. Relato elegante, arroja también una ácida luz sobre la manera en que Fonseca entiende el oficio. Muchas frases no esconden su propósito incendiario y provocador: “Los escritores y los profesores son básicamente personas exhibicionistas. De lo contrario, ¿cómo soportarían el trabajo que hacen?”.

Pero, como se trata de Fonseca, los otros cuentos donde los escritores participan son de una cuerda muy distinta. “El arte de andar por las calles de Río de Janeiro” es una suerte de radiografía urbana de la ciudad,  con un escritor obsesivo cuya divisa parece ser lo que le dice a Kelly, una joven prostituta que quiere acostarse con él: “No tengo deseo ni esperanza, ni fe, ni miedo”(y cómo no recordar el lema de Isabel del Este que tanto citó Roberto Bolaño, “sin esperanza ni miedo”). No hay crimen y sí la tristeza y la perplejidad ante la existencia características de buena parte de la narrativa de Fonseca.  El segundo es un apócrifo diario de Joseph Conrad en que el escritor polaco-inglés discute con la sombra de Stephen Crane y su posible influencia en su obra. “El libro de los panegíricos” es otra muestra de los posibles cruces entre la violencia y el sexo, la culpa y el crimen. El resto de los relatos -alguno más débil- completan un volumen que debíamos haber leído antes.

Rubem Fonseca. Tajamar Editores, Santiago, 2012. 189 páginas.