Madariaga y otros

Reseña publicada en la revista «Sábado» del diario El Mercurio, 23 de junio de 2018

Marcelo Mellado vuelve a mostrar acá su talento para el relato breve, pero, sobre todo, exhibe las características que lo convierten en un escritor úmadariaganico, dueño de un repertorio léxico que se enlaza de manera atípica. Esa ruptura de la lógica discursiva es original, desmesuradamente cómica y también iluminadora de esas zonas de la realidad que suelen rehuir los faros. El autor, como ya lo ha hecho en libros ejemplares como La provincia, pone a circular jergas provenientes de distintas áreas: la desangelada escritura burocrática, el discurso político lleno de tópicos, el análisis sociológico y, claro, la veta netamente literaria. Ahí burbujea y chisporrotea el lenguaje de Mellado, con singulares y frecuentes hallazgos que se clavan en la memoria. La oposición entre el país cardumen y el país rebaño, los partidos políticos como “clubes de machos tristes que se juntaban por inercia democratoide”, el poeta como “artista de la palabra oblicua”, más “toda esa metafísica cubierta de zarzamora de los líricos más descalzados”, son algunos ejemplos de cómo Mellado hace del lenguaje un instrumento subversivo.

El libro está dividido en tres partes. En la primera, el protagonista es Madariaga, que maneja un taxi colectivo -un viejo Lada- por San Antonio y los sectores aledaños. Estuvo preso en Tejas Verdes y militó por años en el Partido Comunista, con el que mantiene una relación de profunda ambivalencia. Si lo llaman, va, pero no se ahorra críticas, aunque su gran enemigo es “la institución edilicia” y su correlato de componendas, arreglines y corruptelas. Los cuentos son vagamente policiales; hay enfrentamientos y persecuciones, hay desmantelamiento de redes, pero lo importante está en otra parte, en ese personaje escéptico que mantiene una relación especial con el litoral, con el entorno, con el río y con sus antiguos habitantes, tocado incluso por una vena mística. La segunda parte es un conjunto de variaciones sobre la provincia, la política, el alcohol, la naturaleza y la poesía, con textos desternillantes como “Antológame” y “Bar silvestre”. Hay temas que atraviesan prácticamente todo el libro: las nuevas cepas que se cultivan en los valles costeros, la naturaleza -o más bien el paisaje costero, el río, los cerros- como un personaje más, la conciencia política, el recuerdo de la lucha contra la dictadura. El cierre del libro, un cuento largo ambientado en Chiloé hace más de cien años, parece el apronte para una novela de largo aliento. Ojalá la escriba.

Literatura Random House, Santiago, 2018. 180 páginas.

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Dos novelas de Mo Yan

Reseña publicada en la Revista de Libros del diario El Mercurio, 2 de diciembre de 2012

La bolita de la ruleta del Premio Nobel de Literatura cayó esta vez en un casillero chino, Mo Yan, tal como ocurrió hace 12 años con Gao Xinjiang. Hay dos diferencias destacables entre ambos autores. Gao salió de China en 1987 y es ciudadano francés, mientras que el recién galardonado vive en su país; y si Gao comenzó a ser traducido al castellano a partir de la recepción del premio, Mo Yan ya estaba publicado por la editorial Kailas, otra muestra de la creciente importancia de las editoriales independientes en la ampliación de los mapas literarios en nuestro idioma. Tal como el año pasado Nórdica resultó adelantada a su tiempo con la edición de las poesías de Tomas Tranströmer, Kailas —que renovó su contrato con Mo Yan— recibe un justo premio por difundir a un autor antes de que sonara el gong de la fama. Y quizá el hecho de haber sido ya publicado exprese otra cuestión relevante: mientras Xingjiang ha desaparecido virtualmente de los catálogos editoriales, indicio seguro de que no alcanzó a constituirse en una voz realmente interesante para los lectores en castellano, Mo Yan ya lo es; y la rápida reedición se las seis novelas publicadas por Kailas (y el anuncio de la pronta aparición de otras tres) probablemente reafirmará esa percepción.

baladas ajoEntre las que están disponibles, Las baladas del ajo, de 1989, es una de las primeras obras del autor. Una novela singular, con una escritura poderosa que fluye con un ritmo que a veces estremece, compleja en estructura pero a la vez impresionante por la abundancia de recursos narrativos e imágenes que rescatan de manera inolvidable el cerrado mundo rural en que transcurre. Uno de los personajes, cuando es transportado en un vehículo policial, se hincha de orgullo: «¿Alguna vez habías ido tan rápido? ¡No, nunca!». La intensidad del relato opone diversos factores. Por un lado, los gruesos errores de la planificación centralizada, que dictamina que todos deben plantar ajo; y el hedor insoportable de las montañas de ajo pudriéndose al sol, porque no es posible comercializarlas, que desata la ira de los campesinos y la consecuente represión policial. Por otro, se despliega el conflicto entre las costumbres antiguas —casar a las hijas con desconocidos— y las nuevas normas que prohíben hacerlo, aunque el peso de lo ancestral las suele tornar letra muerta. Entre ambos cauces discurre la novela, con saltos en el tiempo y relatos paralelos donde los personajes —magníficamente retratados, que a veces toman la primera persona y más frecuentemente se la entregan al narrador— son los mismos.

rana okRana, por su parte, de 2009, es la más reciente entrega de Mo Yan. También ambientada en el mundo rural de la década de los cincuenta, también con registros estilísticos múltiples (en este caso, la literatura epistolar, el teatro y la narrativa), también cruzada por tensiones entre antiguas costumbres y nuevas ideas, cuenta la historia de Wan Xin, una ginecóloga que progresivamente reemplaza a las antiguas matronas, cuya función principal era gritar, sudar y sufrir del mismo modo que la parturienta. Pero la vocación de Wan Xin, que le permite salvar niños que usualmente morían por la ignorancia de “las abuelitas”, las matronas antiguas, también la sume en agudas contradicciones cuando el gobierno central decide implantar la política de planificación familiar para limitar el crecimiento de la población. Vasectomías primero, que indignan a la gente («Joder, hay gente que capa a los cerdos, hay gente que castra a los caballos y mulos, ¿desde cúando se ha visto que se castre a los hombres?»), y abortos forzados después, generan una espiral de culpas en ella y de profundos rencores en su entorno. «A la hora de escribir hay que tocar la parte más dolorosa del corazón y describir las experiencias que no queremos recordar», dice el sobrino de Wan Xin, narrador de la novela; y en esa frase algo cursi hay, de todos modos, una especie de poética del autor.

Butamalón

Reseña publicada en la revista Caras número 199, 27 de noviembre de 1995

ButamalónEduardo Labarca, chileno, fue periodista de prensa y radio en los años sesenta y a comienzos de los setenta. Fue autor de grandes reportajes. Salió tempranamente al exilio tras el golpe militar y residió en Bogotá, Moscú y París, hasta que en 1985 se radicó en Viena, donde ejerce su oficio de traductor. Sólo muy tardíamente se dedicó a la creación literaria y Butamalón es su primera novela, luego de incursionar brevemente por el cuento. Como además el libro fue editado en España, Labarca es un virtual desconocido en su propio país: y contra  lo que pudiera pensarse, dada su larga estadía en otras latitudes, no son sus vivencias de exiliado las que aquí se exponen, sino la experiencia colectiva de Chile durante la conquista y en nuestros días, mediante dos relatos cruzados que se necesitan mutuamente.

Por un lado está el traductor de un libro norteamericano sobre el padre Barba, misionero que llegó a Chile a fines del siglo XVI, fue capturado por los indios y terminó unido a ellos en su lucha contra los españoles. El traductor se relaciona con personajes designados por su función -la dueña de la pensión, el cartero, la empleada- y a través de sus diálogos ofrece una mirada sobre el Chile contemporáneo. Y con la empleada, de origen mapuche, abre otra puerta de comunicación hacia el segundo relato, las aventuras del padre Barba, de dimensiones épicas y alucinadas, que se inscriben perfectamente en una corriente de poco pero significativo desarrollo en Chile: la novela histórica, que ha ofrecido libros tan notables como Ay, mama Inés, de Jorge Guzmán, a Hijo de mí, de Antonio Gil. Es en este segundo relato donde reside la fuerza turbulenta de la prosa de Labarca, que rescata el léxico y los giros castizos para dar cuenta desde dentro de las turbulencias y dilemas inscritos en  el acto conquistador. La fe y el afán de lucro de los españoles, la libertad y la capacidad de actuar unidos de los mapuches, son algunos de los temas que atraviesan la reconstrucción libre del conflicto armado  entre ambos pueblos. Labarca hace gala de un gran dominio del lenguaje, mezclando estilos y maneras de abordar a sus personajes o su tema, lo que redunda en un texto que vibra con fuerza y desgarro. Mientras tanto, en la otra serie, el traductor revive a su manera el choque de las dos culturas. El libro tiene una moraleja implícita, pero no molesta –precisamente- por la calidad de la propuesta.

Eduardo Labarca. Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1994. 421 páginas.

Cuestión de astronomía

Artículo publicado en la revista Caras número 297, 11 de marzo de 1996

cuestión de astronomíaLópez-Aliaga ganó el premio para cuentos inéditos del Consejo Nacional del Arte y la Cultura 1995. Se trata de un autor que recién se interna en la década de los treinta y que ha escrito tanto poesía como cuento. Es fácil presumir, entonces, que pronto se incorporará a la ya nutrida colección de novelistas jóvenes chilenos. La mención a su edad no es casual: su opción por el relato en primera persona es casi una marca de fábrica, al igual que el relativo hastío y la mediana desolación que envuelven a muchos de sus personajes. Igualmente, el carácter iniciático de varios relatos (primeros amores, primeros trabajos) los remite a una especie de fórmula que ha circulado, con distinto éxito, por muchas obras primerizas de los años recientes. Ello no le resta mérito a su propuesta, pero sí le quita el brillo de la originalidad.

En todo caso, este apronte lo muestra como un narrador seguro de lo que hace, dueño de un tono narrativo convincente y parejo. López-Aliaga no apuesta por la innovación o los experimentos, sino que quiere limitarse a contar historias cotidianas, con protagonistas cotidianos. En entorno es el de la transición, “Cóndor” Rojas incluido, con algunos episodios internacionales intercalados entre barrios capitalinos y los infaltables bares y parrilladas que adornan, más que la ciudad misma, el imaginario criollo. Algunos rasgos de humor levantan el tono general del conjunto, que se lee con rapidez y facilidad.

El mayor problema de sus relatos es que el final es perfectamente previsible. Y esto, tratándose de cuentos, no es pecado venial. Los personajes protagónicos tienen un sospechoso parecido unos con otros, a tal punto que, con otra estructura, un orden distinto y un buen esfuerzo de ensamblaje, el libro podría haber dado paso a una novela, iniciática por cierto. Escapan del esquema unas pocas narraciones y algunos personajes secundaros sumamente característicos de la fauna santiaguina, muy bien rescatados por el autor.

En definitiva, se trata de un narrador talentoso, seguro en el manejo de su estilo, pero muy amarrado todavía a su propia circunstancia para dejar volar su imaginación y dar paso a relatos más atractivos.

Luis López- Aliaga. Mondadori, Santiago, 1995. 154 páginas.

 

 

De solapa en solapa (y a veces, contratapa)

Jean Starobinski “es una de las figuras más destacadas en el pensamiento europeo contemporáneo”.

Paul Ricoeur “fue uno de los filósofos más destacados e innovadores del siglo XX”.

Elsa Morante “es una de las más grandes novelistas delsiglo XX”.

Virginia Woolf “está considerada como uno de los mayores exponentes del modernismo literario del siglo XX”.

James Joyce “está considerado uno de los escritores más grandes del siglo XX por su gran influencia y su escritura innovadora”.

Marcel Reich-Ranicki “es, sin duda, el crítico literario alemán más prestigioso, además del más controvertido”.

Marcel Proust “es el novelista francés más influyente de todo el siglo XX y un maestro indiscutible de la literatura moderna”.

Cyrill Connolly “está considerado unánimemente uno de los grandes ensayistas ingleses del siglo XX”.

T.S. Eliot, “además de uno de los grandes poetas del XX(sic), fue el crítico más ambicioso y exhaustivo de su generación”.

J.M. Coetzee, “además de uno de los novelistas más prestigiosos del mundo, es un crítico literario del más alto calibre”.

Saul Bellow “es sin duda uno de los grandes escritores norteamericanos del siglo pasado”.

Malcolm Lowry “es uno de los escritores ineludibles del siglo XX”.

Yuri Dombrovski es el “autor de la que es considerada por gran parte de la crítica como la mayor novela rusa del siglo XX, escritor de la misma envergadura de Mijail Bulgákov, Vasili Grosman y Varlan Shalámov”.

Margaret Atwood “es una de las escritoras de más prestigio del panorama internacional”.

Margaret Atwood está “considerada como una de los (sic) poetas mayores de la actual poesía anglosajona”.

Margaret Atwood “es hoy la novelista número uno de Canadá y una de las voces femeninas más interesantes de la literatura contemporánea”.

Michel Tournier “es una de las figuras capitales de la literatura francesa actual”.

Rudyard Kipling “es ampliamente considerado uno de los principales escritores británicos de todos los tiempos”.

Yuri Kazakov “es el más destacado de los cuentistas soviéticos contemporáneos”.

Stanislaw Lem “es sin discusión uno de los mayores escritores vivos”.

Jean-Marie Gustave Le Clézio “en 1994 fue elegido por los lectores de la revista Lire como el mejor escritor francés vivo”.

Samuel Beckett “es uno de los escritores más grandes del siglo”.

José Lezama Lima hizo “una de las más considerables aportaciones de las letras americanas a la cultura de nuestro siglo”.

Luis Goytisolo es “uno de los autores fundamentales del siglo XX”.

 Kurt Vonnegut “fue un maestro de la literatura norteamericana contemporánea”.

Trabajo en (infinito) progreso.

Estaciones de viaje

Reseña publicada en la revista APSI número 315, 31 de julio de 1989

Salir (la balsa). Por Guadalupe Santa Cruz. Editorial Cuarto Propio, Santiago, 1989. 116 páginas.

guadalupe santa cruz

Esta es la primera novela de Guadalupe Santa Cruz, escritora chilena nacida en 1952. Su escueta biografía resume los destinos de su generación: estudios universitarios, exilio, incorporación a otro país, a otra cultura, y regreso acuciado por las marcas de una doble nostalgia: el país de la infancia, remoto, construido a pulso en la memoria, y el país de la madurez, cuya aprendida cotidianidad se revela como el único modo posible de vivir.

De este trayecto se da cuenta en la novela. Su adscripción genérica plantea un problema inicial de lectura, puesto que el proyecto de escritura de Guadalupe Santa Cruz circula por los bordes de un género reconocidamente elástico. La autora desdeña aquellos recursos que constituyen la armadura tradicional de una novela o más bien los sumerge bajo un tejido verbal que se articula desde la subjetividad del narrador.

“Si el mundo se construye por excrecencia de los sentidos, de la experiencia en los ojos, en la punta de los dedos, que el cuerpo dilata hasta refugiarlos en la memoria, esta sobrevivencia sin casa deberá arraigarse en el terreno pantanoso de la abstracción, falto de nombres, nostálgico de ellos”. Tal pareciera ser el designio oculto que rige la construcción completa de Salir. Ese es el modo de funcionamiento de la novela: la paciente y morosa entrega de una experiencia que se cumple como viaje sin haber salido realmente, que completa su círculo en los vericuetos de la memoria, que cubre las cosas con el tupido velo de la experiencia elaborada en el interior de la mente.

Por lo mismo, la novela, considerada en su totalidad, se difumina, se pierde en la ausencia de marcas. Pero, a la vez, es en los tramos breves -el párrafo, la frase- donde se encuentran los mayores logros de Guadalupe Santa Cruz; una escritura cuidada, atenta, con una extremada lucidez para describir su experiencia interior, brillante a veces en sus aciertos de estilo, y que logra, por una especie de efecto geométrico, no solo dar plena cuenta de las estaciones de su viaje, sino, también, construir un clima narrativo personalísimo en donde la nostalgia, los encuentros y las separaciones sobrepasan el nivel de la anécdota para constituirse en puntos de cierre y de inicio, en umbrales, en puertas.

“I want to be alone”

Reseña publicada en la revista APSI número 333, del 4 al 10 de diciembre de 1989.

pepita 1Enrique Lafourcade es una de las más características figuras de la literatura  nacional; es decir, tiene un fuerte carácter. Es un agudo polemista y no trepida en romper lanzas cuando la causa le parece justificada: así contra la Teletón, por ejemplo, con lo que se ganó la antipatía de las amas de casa y del público en general que se enternecía hasta las lágrimas con la afluencia de dinero para los niños lisiados. Desde su página dominical en El Mercurio de Santiago, Lafourcade ironiza, satiriza y divierte a sus lectores en crónicas que pocas veces dejan relucir la prisa con que fueron redactadas. Sus refunfuños gastronómicos -también publicados en el decano de la prensa nacional- cuentan con un público fiel y variado.

Su trayectoria como escritor es menos nítida y más polémica. De hecho, pocos recuerdan El príncipe y las ovejas, Pronombres personales o La fiesta del Rey Acab, tempranas incursiones de Lafourcade en la narrativa que revelaban a un escritor original, levemente perverso y con una buena dosis de sentido del humor. ¿Qué pasó luego? Palomita blanca, novela célebre por haberse constituido en un resonante best seller y por un frustrado intento de llevarla al cine. Ahí Lafourcade descubrió una veta que, si bien le ha deparado grandes éxitos de venta, lo ha obligado a adaptarse a los gustos masivos. Esa veta es el tratamiento de la más reciente historia, disfrazándola apenas o no disfrazándola; novela-crónica con las adecuadas dosis de sexo, violencia y suspenso para atrapar al público.

pepita 2Vistos estos antecedentes, es difícil entender cómo Lafourcade se embarcó en el proyecto de Pepita de oro, novela situada difusamente en los años cuarenta y ambientada en el otrora elegante barrio República. Se trata de la historia de una cargante mocosa de siete años que se pasa las tardes en los rotativos del barrio y que sueña con ser estrella de cine. Esperanza del Carmen, autodenominada Pepita de Oro, vive con su madre, con su nana, con una Virgen de Lourdes que de repente rompe a llorar y con un neumático llamado Felipe. Pepita de Oro no estudia, no aprende a sumar, pero se sabe las canciones en inglés y repite los diálogos de las películas; es amiga del borrachín del barrio, apodado El Almirante, quien, en compañía de la nana, rescata a Pepita de Oro de las garras de unos gitanos que la habían vestido de princesa, no sin antes meterle los dedos por todas partes; Pepita de Oro sueña con su padre, permanentemente de viaje, y ve poco a su madre, esforzada doctora que se quema las pestañas para alimentar a su querido retoño; Pepita de Oro odia la paella dominical que le ponen por delante en la casa de su tía Suspiros; recibe de regalo dos blancos gatitos persas llamados Pompon y Pomponette, porque son hombre y mujer; Pepita de Oro, cuando se enoja con la nana, le dice “I want to be alone”; a veces sufre, como cuando se frustró el milagro de la virgen, su nana fue despachada a Molina y la nueva no la dejaba ir al cine ni juntarse con El Almirante; a veces es feliz, como cuando se ve tres películas al hilo; etcétera.

pepita 3Esto es Pepita de Oro, novela repleta de ripios, indecisa en el estilo; que se quiere coloquial, pero no lo logra; que se quiere añorante, pero no se descubre qué quiere evocar; que recurre al cine como significante, pero con una tesis tan inverosímil que parece sacada de un cuento de hadas; ¿es, entonces, un cuento de hadas? No, no lo es. La probable lección es que no conviene abusar de los diversos registros si no se está seguro de dominarlos bien. De otro modo, un escritor que maneja más o menos correctamente una veta que le da frutos corre el riesgo de darse un severo porrazo. Cabe, sin embargo, otra tesis: que la infinita cursilería de Pepita de Oro sea una broma más, un inmenso chiste, una genialidad que se prolonga durante 158 páginas.

Pepita de oro. Por Enrique Lafourcade. Editorial Zig-Zag, Santiago, 1989. 158 páginas.

El porvenir es largo

Artículo publicado en la revista Caras número 144, 18 de noviembre de 1993

Impactantes memorias del filósofo Louis Althusser

“¡He estrangulado a Hélène!”

El domingo 16 de noviembre de 1980, en su departamento de París, el filósofo Louis Althusser estranguló a su esposa, Hélène. Pocos meses después, el tribunal concedió al filósofo el beneficio de la sentencia de “No ha lugar”, liberándolo de culpa a causa de sus graves trastornos síquicos. Althusser no pudo, pues, ni siquiera intentar una explicación: fue sepultado, sin más, bajo la losa sepulcral del silencio. Años después, ya liberado del encierro en hospitales psiquiátricos, pudo escribir, en 1986, el impresionante testimonio de su vida y de su crimen, publicado póstumamente- murió en 1990- con el título que él mismo eligió: El porvenir es largo. Acaba de aparecer en nuestras librerías.

althusser¿Qué puede ser peor, el juicio público, la defensa pública, la sentencia por un tiempo preciso -durante el cual se considera que el criminal “paga su deuda” con la sociedad-, o el silencio total bajo la losa del no ha lugar? Es lo que Althusser se interroga en las páginas iniciales de su libro. El criminal sicópata, cercenado de todo derecho a voz, aislado por tiempo indefinido en un pabellón para locos, desaparece, literalmente, de la vida pública. Restringido su derecho a visitas, al contacto con abogados, con parientes, con colegas, reducido a la rutina de los médicos y los enfermeros, el criminal beneficiado por el no ha lugar no tiene manera de restablecer su contacto con la realidad, salvo el difícil camino de la recuperación de su bienestar síquico en un ambiente que no lo favorece, sino todo lo contrario, y, aun, expuesto a que los médicos tratantes reconozcan -o no- su eventual mejoría.

Nada de esto justifica, por cierto, el crimen, y el primero en saberlo es Althusser, tremendamente consciente -a posteriori- del hecho atroz de haber dado muerte a la mujer que amaba por sobre todas las cosas, su nexo más fuerte con ]a realidad, su impulso más decisivo para toda su carrera de filósofo y profesor. Por lo mismo es tan fuerte la voluntad expresiva de A]thusser, en busca no de una justificación, no de la legitimación de su asesinato, sino de la explicación de las circunstancias -dolorosas, crueles, terribles- que permitieron que se cometiera. De paso. en un autoanálisis que deslumbra por su claridad y por su falta de complacencia consigo mismo, Althusser pasa revista a todos aquellos sucesos que lo marcaron y estructuraron su personalidad. Parte de ello lo constituye su singular trayectoria filosófica, que lo levantó como uno de los más importantes pensadores marxistas del siglo.

Fantasmas de la infancia

Althusser nació en Argel, en ese entonces capital de la colonia francesa de Argelia, en 1918. Dos parejas de hermanos están en el origen de su tragedia vital: Charles (su padre) y Louis Althusser, por una parte; y las hermanas Lucienne (su madre) y Juliette Berger. Amigos los padres, no tardaron en concordar el matrimonio de sus hijos: Louis con Lucienne y Charles con Juliette. Pero, en el transcurso de la Primera Guerra Mundial, Louis murió en un accidente aéreo, y su hermano Charles optó por pedir la mano de su prometida, Lucienne. Esta última, que adoraba a Louis, tranquilo, estudioso y puro como ella, se vio repentinamente en los brazos de Charles. Según el hijo de ambos, Lucienne jamás pudo recuperarse de la impostura, y amó a través del hijo a su hombre ausente. Dolorosa sensación de irrealidad, de no existir o de existir solo en el recuerdo de otro, tal es el primer y central fantasma en la historia del filósofo, que marcó –junto a otras fobias de su madre y a la ausencia del padre, no tanto fisica, sino más bien como ausencia del ejercicio de la función de tal- el crecimiento de Althusser. Niño aislado de los otros niños, dedicado al amor por su madre violada y violentada por su padre, con la aterradora sensación de no existir realmente, sobrevivió, sin embargo, y creció soportando las agudas tensiones que desembocarían, más tarde, en prolongadas depresiones y periodos posteriores de exaltación. Sólo a los 27 años, Althusser supo que la excitación sexual podía concluir en un orgasmo; a los 29, cuando conoció a Hélène, no sólo era virgen, sino que además nunca había besado a una mujer. La extraordinaria lucidez del análisis, casi maniática en el detalle y el tramado argumental, hace virtualmente imposible sintetizarla en breve espacio. Por lo demás, Althusser escribió el libro, entre otras razones, para volver a sumergirse en el anonimato, diciendo todo lo que era posible decir sobre sí mismo y comentándolo ampliamente, de tal manera de no dejar el hueco para voces ajenas que intentaran “tener ideas” sobre él.

Hélène, la desesperada

Althusser - HeleneAl regreso del campo de concentración, ya militante del Partido Comunista Francés (PCF) e iniciado en los estudios superiores, Althusser conoció a Héléne, mujer ocho años mayor que él y, si cabe, aún más desesperada. Su madre esperaba un hijo y, en lugar de él, se encontró a una niña morena y fea a la que odió hasta su muerte. A los 12 años, el padre de Hélène enfermó de cáncer y ella lo cuidó. Cuando llegó el momento de la agonía teminal, el médico solicitó a la hija que fuera ella quien administrara la dosis de mortina que le traería el definitivo descanso. Un año después, la misma situación se repitió con la madre que la odiaba. Durante la segunda guerra mundial, todos los amigos de Hélène, comunistas como ella, fueron apresados y fusilados por los nazis. Al término del conflicto, Hélène, perdidos los lazos con el partido y en medio de la más absoluta miseria, reflejaba en su rostro todo el dolor de una existencia marcada por la muerte y la desgracia. El impulso irrefrenab]e de Louis fue de salvarla a corno diera lugar, de su pobreza, de su aislamiento, de su fama de mujer con un terrible carácter. Que Althusser la amó, no cabe duda. A su manera, claro, con sus neurosis a cuestas, con su afán de mantener reservas, de dinero, de alimentos, de libros; pero también de amigos y de mujeres, para prevenir la horrible posibilidad de que Hélène lo abandonara y lo devolviera, una vez más, a la soledad que lo cercaba desde niño.

Filósofo y político

Althusser da cuenta de la peculiar relación que existe entre la filosofía y su vida personal, en un análisis sorprendente que lleva a la conclusión de que la formulación de una cosmovisión filosófica es mucho menos el resultado de la reflexión pura, que el resultado de la particular puesta en marcha de obsesiones personales derivadas de la propia historia. De esta manera, esa visión de la filosofía que se sintetiza en la imagen de subir a hombros de un gigante y, desde esa altura, mirar un poco más lejos que los antecesores en la tarea del pensar, se ve brutalmente refutada. El recurso al texto de los filósofos, a la historia de la filosofía, y su atenta lectura (trepar por el cuerpo del gigante), frecuente manera de entender el aprendizaje y la práctica de la filosofía (que, como se puede deducir prontamente, no lleva muy lejos, por el ingente corpus de lectura que el fatigado aspirante a filósofo debe enfrentar), sufre un serio golpe ante este teórico famoso que se reconoce no solo un mal lector (incluso de Marx), sino que también hace gala de deducir, a partir de frases sueltas, el pensamiento o la Iínea central de pensamiento de un libro o de un autor, tremenda refutación del hábito de recorrer una por una, con ánimo reverencial, las palabras de algún filósofo, elaborando al propio tiempo comentarios que enriquecen (o simplemente aumentan) el ya desmesurado corpus textual del autor y sus referencias.

Althusser - Para leerSus relaciones con el marxismo canónico y el Partido Comunista Francés nunca fueron buenas. Sus puntos de vista, bastante poco ortodoxos, desembocaron en una lectura de Marx que pretendía restituirlo al propio rigor de su pensamiento, desechando sus incongruencias y pensando lo que debió haber pensado sobre sus propios supuestos. Borraba así de un plumazo las interpretaciones literales de Marx, la lectura reverencial y el apego a la letra, así como la tradición soviética y estalinista. Nunca renunció, ni en la etapa más tardía de su vida, a sus postulados, a su afirmación del valor del materialismo, a la utopía de arribar, alguna vez, a una sociedad en la que no existan relaciones mercantiles. Pero su opinión acerca de la Unión Soviética y de los socialismos reales, aun antes de su estrepitosa caída, era durísima. Para Althusser, la transición del capitalismo al socialismo vía socialismo de Estado -el modelo que se puso en marcha en la Unión Soviética y sus satélites- era, simplemente, mierda, un río de mierda. Respecto del PCF, a pesar de reconocer que no había una mejor escuela para la formación intelectual y práctica de militantes dedicados a la consecución del objetivo de luchar por una sociedad sin clases, le enrostra no sólo corrupción, burocratismo y dogmatismo, sino también lo acusa de traición a quienes se debía en primer lugar, los proletarios. Traición durante la segunda guerra mundial, por un equivocado alineamiento con la política de pactos de Stalin; y traición durante los sucesos de mayo de 1968, cuando el temor a las masas soliviantadas e izquierdizantes llevó al PCF, según Althusser, a renunciar al triunfo en una situación que sólo cabía definir como revolucionaria.

En suma, se trata de la notable aventura mental y política de un inlelectual metido de lleno en la historia de su época. Althusser opina largamente acerca de las figuras del pensamiento francés contemporáneo –Sartre, Derrida. Merleau-Ponty, Foucault-, de los dirigentes del PCF, de los sucesos de mayo de 1968, de la política del partido. No es preciso, ni mucho menos. compartir sus tesis para acompañarlo en un recorrido que deslumbra por su claridad y rigor, por la generosidad de su pensamiento y el respeto de Althusser por el pensamiento de otros. Como señala en el libro, “aunque se crea y se diga de derechas, eso me da igual, me interesa todo pensamiento cuando no se contenta con palabras, cuando atraviesa la capa ideológica que nos aplasta para llegar, como por un contacto físico material (una modalidad más de la existencia del cuerpo), a la realidad totalmente desnuda”.

Los hechos

Toda la polémica trayectoria de este filósofo. gran formador de intelectuales y creador de su propia escuela de pensamiento, pareció romperse en ese domingo de otoño de 1980.

¿Qué ocurrió antes del crimen, qué desató la tragedia? Ya está dicho que Althusser sufría de frecuentes depresiones, que requerían hospitalización y medicación. En 1980, debió someterse a una operación para corregir una hernia al hiato. La anestesia total y ]a intervención quirúrgica en su cuerpo desataron no solo una melancolía aguda, muy diversa a sus anteriores depresiones, sino también un profundo cambio fisiológico, alterando su reacción a determinadas drogas. El primero de junio ingresó a una clínica y fue tratado mediante el método acostumbrado por los médicos de Althusser, la aplicación de niamida, un antidepresivo que usualmente era elicaz, pero que ahora tuvo los resultados opuestos: cayó en un grave estado de confusión mental, de onirismo y de persecución suicida. Solo estaba pardalmente recuperado cuando volvió a su departamento de la Ecole. Una vez en casa, su relación con Hélène empeoró a tal grado que ella amenazó con dejarlo de la manera más definitiva posible: mediante el suicidio. “Vivíamos encerrados los dos en la clausura de nuestro propio infierno”, escribe Althusser. Incluso ella llegó a rogarle que la matara. Así, en esa mañana de domingo, luego de varios días de encierro en que no contestaban el teléfono ni abrían la puerta, y a solo tres días de que se concretara, a instancias de su analista, un nuevo período de hospitalización, Althusser, como acostumbraba, comenzó a darle masajes en el cuello a Hélène.

Althusser - Spectacol-Viitorul-dureaza-indelung“En esta ocasión, el masaje es en la parte delantera de su cuello. Apoyo los dos pulgares en el hueco de la carne que bordea lo alto del esternón y voy llegando lentamente, un pulgar hacia la derecha, otro un poco sesgado hacia la izquierda, hasta la zona más dura encima de las orejas. El masaje es en V. Siento una gran fatiga muscular en los antebrazos: en verdad, dar masajes siempre me produce dolor en el antebrazo.
“La cara de Hélène está inmóvil y serena, sus ojos abiertos. miran al techo.
“Y, de repente, me sacude el terror: sus ojos están interminablemente fijos y, sobre todo, la punta de la lengua reposa, insólita y apacible, entre sus dientes y labios.
“Ciertamente, ya había visto muertos, pero en mi vida había visto el rostro de una estrangulada. Y, no obstante, sé que es una estrangulada. Pero, ¿cómo? Me levanto y grito: ¡He estrangulado a Hélène!”.

El filósofo se hundió entonces en una larga noche de delirio, de la que emergió definitivamente al cabo de tres torturantes años. La suma de imponderables -su alterado estado síquico, el encierro en su infierno de a dos, la pasividad de la misma Hélène y los impulsos autodestructivos que perseguían a ambos- se combinaron en el momento preciso para desencadenar la tragedia. Y, sin embargo. Althusser, en principio condenado a la losa sepulcral del silencio en hospitales siquiátricos de por vida, pudo sobreponerse y escribir el asombroso, lúcido y bello testimonio que da cuenta a la vez de su desgracia, de su locura y de su esperanza.

Epílogo

El caso Althusser levantó inmediatas polémicas. Algunos se portaron con decencia; otros aprovecharon la oportunidad de pasarle la cuenta a un filósofo marxista responsable de la  formación de varias generaciones de profesores y filósofos, estableciendo igualdades del tipo marxismo=crimen, filosofía=locura.

Mientras tanto, en sucesivos hospitales siquiátricos -el de Sante Anne, del Estado; el de Soissy, privado-, Althusser daba una prueba más de su excepcional capacidad de sobreponerse a la muerte, a la muerte que lo perseguía desde niño con el fantasma de su tío Louis, y concretada finalmente en la muerte de la única persona que creía realmente en su existencia, la única persona, en definitiva, que lo hacía existir: Hélène, y por sus propias manos.

“Creo haber aprendido -escribió al final del libro- qué es amar: ser capaz, no de tomar iniciativas de sobrepuja sobre uno mismo y de ‘exageración’, sino de estar atento al otro, respetar sus deseos y sus ritmos, no pedir nada pero aprender a recibir, y recibir cada don como una sorpresa de la vida, y ser capaz, sin ninguna pretensión, tanto del mismo don como de la sorpresa para el otro, sin vìolentarlo en lo más mínimo”.

Lección aparentemente simple, que, sin embargo, le costó a Althusser la pérdida más grande posible. Al cabo, pudo decir que “la vida puede aún, a pesar de sus dramas, ser bella. Tengo sesenta y siete años, pero al fin me siento, yo que no tuve juventud porque no fui querido por mí mismo, me siento joven c:omo nunca, incluso si la historia debe acabarse pronto.
Sí. el porvenir es largo”.

Treinta años de novela y burbujas

Artículo publicado en el suplemento «Babelia» del diario El País, 23 de octubre de 2004

 

1. En busca del tiempo perdido. El golpe de 1973 significó una drástica ruptura en todos los planos de la vida nacional, incluida, por cierto, la producción artística y literaria. Muchos escritores, entre ellos los más significativos de la generación del 50 y de la siguiente (José Donoso, Antonio Skármeta, Ariel Dorfman) partieron al exilio. La clausura cultural de la dictadura, que ejercía censura previa a la edición de libros, dio pie para hablar de un “apagón cultural” y, consecuentemente, a la virtual desaparición de narradores y poetas de la escena pública. Hubo, por cierto, excepciones. El poeta Raúl Zurita recibió el impensado espaldarazo de la crítica oficial. Donoso publicó en España y circuló sin trabas en Chile. Otros -Diamela Eltit, Gonzalo Contreras, Carlos Franz- publicaron a mediados de los ochenta, pero con poquísima repercusión.

En 1989, en vísperas de la entrega del poder, la dictadura levantó las restricciones a la circulación de libros. En 1990, ya en democracia, la editorial Planeta dio un golpe a la cátedra con su colección de literatura chilena. El público y la crítica recibieron con entusiasmo la avalancha de títulos; mal que mal, una de las funciones de la novela es trazar el imaginario del país, devolverle sus pesadillas y sus sueños, ayudar a entender, desde la ficción, quiénes y qué somos, y eso es lo que esperaban, en buena medida, los lectores chilenos.

Aquella colección de tomos de lomo blanco era un cajón de sastre, con autores de las más variadas edades y estilos narrativos, desde José Miguel Varas, que había publicado sus primeros cuentos en la década de los cuarenta, hasta Alberto Fuguet, que lanzó aquí su primera colección de cuentos a los 26 años. Entre ellos, dramaturgos convertidos a la narrativa, como Marco Antonio de la Parra; escritores que siguieron fuera de nuestras fronteras, como Fernando Alegría, José Leandro Urbina y Roberto Castillo; los que ya habían comenzado, pero ahora con crítica y ventas, como Diamela Eltit, Gonzalo Contreras y Carlos Franz, más la nueva hornada -también de edades variadas- entre los que están Arturo Fontaine, Ana María del Río, Jaime Collyer, Sergio Gómez y tantos más.

Esta diversidad generacional y temática hizo que la polémica subsiguiente -muy destacada por los medios- acerca de la existencia o inexistencia de una “nueva narrativa chilena” pronto se revelara como artificiosa y más hija del marketing que de una sensibilidad común o una propuesta coherente. Así y todo, los escritores chilenos gozaron, por algunos años, del favor del público y de la aquiescencia de la crítica: por lo menos había algo que leer, era el sentimiento no expresado, y, entre tanto título, bien podía saltar la liebre. A Planeta se sumaron editoriales como Mondadori, Los Andes y Alfaguara. Los lanzamientos de libros se sucedían uno tras otro. La tradicional Feria del Libro que se mal instalaba en los polvorientos senderos de un parque se trasladó a una vetusta y remozada estación de ferrocarriles. Chile parecía recuperar, gracias a la narrativa, su carácter de país lector.

2. El estallido de la burbuja. Pero la verdad es que, entre tanto título y tanto reclamo publicitario, a mediados de los noventa había poco que rescatar. Tres novelas sobre el exilio (Urbina, Varas y Cerda). Una novela distanciada que ponía en escena el Chile profundo, la primera y mejor de Gonzalo Contreras. Algunos cuentos de Jaime Collyer. La voz de Ana María del Río. Algunas páginas de Diamela Eltit. Las novelas y cuentos desgarradores de José Miguel Varas. Díaz Eterovic es un escritor menor, pero muy seguro en el género que maneja, la novela negra. Jorge Guzmán rompió un silencio de más de 25 años al publicar Ay mama Inés, una de las buenas novelas históricas que se han escrito en Chile. En la misma línea escribe Antonio Gil, más tributario de la poesía que de la narrativa.

Hay que señalar, como contexto, la insularidad de las letras chilenas. Por políticas de distribución y el criterio de la apuesta segura, las editoriales que controlan el mercado suramericano habían decidido que cada país leía a sus propios autores, y nada más. Sólo lograban traspasar las fronteras quienes tenían asegurado el éxito de ventas, y ello nunca ha sido sinónimo de buena literatura. Chile exportaba a Marcela Serrano, una escritora rosa, y escritores radicados fuera, como Luis Sepúlveda e Isabel Allende, tenían también tribuna, aplauso y circulación. Hasta acá llegaba uno que otro escritor argentino, más los clásicos de siempre. Nada más. Y, mientras tanto, críticos y lectores comenzaban a cansarse. Demasiado libro, demasiado “talento desconocido que renovará la literatura criolla”, y muy pocas nueces. La operación Mc’Ondo, a cargo de Alberto Fuguet y Sergio Gómez, fue apenas un volador de luces que no alcanzó a constituirse en manifiesto.

3. Otras miradas. Pasada la mitad de la década, ocurrieron dos acontecimientos en el ámbito del libro. El primero fue la aparición de un penetrante ensayo del sociólogo Tomás Moulian sobre el Chile de los noventa. Fue tal su éxito que llegó a venderse en almacenes y panaderías de barrio. Y es que la radiografía del país se veía con mucha mayor nitidez en este libro que en la suma de la narrativa publicada hasta la fecha. Ahí se inició un cambio de rumbo, tanto en las decisiones editoriales como en las preferencias de los lectores.

El segundo fue, primero, un rumor boca a boca y, luego, una suerte de instalación de la crítica: la irrupción local, morosa y medida, de Roberto Bolaño en las letras chilenas. Es bueno registrar aquí la incredulidad, la desconfianza e incluso la negación explícita que corrió pareja con la circulación de sus libros. No es chileno, dijeron algunos, cuando se le proclamó como el mejor escritor del país en la década. Es que la narrativa de Bolaño, sin duda la más lúcida y más reveladora sobre el imaginario criollo en ese par de décadas de oscuridad que nos tocó en desgracia, rompía demasiados esquemas. Esa telaraña inasible, ese mecanismo de relojería que desmontaba el edificio de los eufemismos, de los silencios cómplices, de los subentendidos, puso en perspectiva global una narrativa local, y el resultado fue vergonzoso. No sólo por Bolaño, sino también por la irrupción de otras voces, venidas de todo el ámbito del español o del castellano hablado, escrito, rugido o balbuceado en estas latitudes. ¿Quién eres? Mírate al espejo. ¿Qué ves? No te engañes.

Informe Tapia o la provincia sublevada

Artículo publicado en Contrafuerte Nº 3, diciembre de 2009

Por los intersticios, un poco a contrapelo y por vías poco habituales, Marcelo Mellado se ha ido instalando como una de las voces más genuinas e interesantes de su generación.

TapiaAunque fue columnista de Artes y Letras en El Mercurio y recibió el año pasado el Premio de la Crítica a la mejor obra de narrativa publicada en 2007, por Ciudadanos de baja intensidad, sigue siendo una suerte de rara avis en la narrativa criolla, un marginal que no sólo está consciente de serlo, sino que usa además la marginalidad como estrategia discursiva para dirigir, desde ahí, un ataque en forma a una cierta idea de país anclada en el sentido común. Bajo la mirada áspera y corrosiva de Mellado, esa idea parece disolverse en un amasijo de urbanismo derruido, tribus inmisericordes en sus enfrentamientos, ejércitos de burócratas que trabajan para sí mismos y ambientes degradados donde campean el vino malo, los orines y los hedores de la descomposición del paisaje citadino.

Tras una novela, El huidor (1991) y un volumen de relatos, El objetor (1995), hoy inencontrables, Mellado pareció encontrarse con la difusión –relativamente- masiva cuando Sudamericana le publicó La provincia (2001). Para la anécdota queda que los santantoninos se enfurecieron con Mellado, por ese extraño hábito de confundir la verdad novelesca con el lado de acá de la realidad.

Cuando publicó Informe Tapia, Mellado señaló, en una entrevista en El mostrador, que “El rayón mío en ese momento era el tema de los discursos. Alrededor de uno, no sé por qué, se mueven siempre cientistas sociales o intelectuales que manejan una jerga que tiene que ver con los desarrollos territoriales, que viene de las estudios culturales, de los estudios de género. El tema que más me interesó es todo esto del desarrollo territorial es el “bicentenarismo” cultural; una especie de ocupación discursiva del territorio”. Pero sin duda que ese “rayón” venía desde antiguo: uno de los rasgos más singulares que el lector advierte en La provincia y luego en todo su proyecto narrativo, es su notable habilidad para situar en la misma línea sintáctica voces y términos procedentes de distintas jergas.

De un lado, está el lenguaje sociologizante de quienes suelen analizar asuntos urbanos y sociales, una jerga correosa, plagada de esdrújulas y horrendos neologismos; de otro, el lenguaje burocrático, oficinesco, plano y retentivo, con notas provenientes de los servicios de seguridad y control; cruzando a ambos, el habla de la calle, el “tenimos”, por ejemplo, más notas de chilenglish, variación chilena del spanglish que viene dada no tanto por la convivencia en una comunidad donde se habla tanto inglés como español, sino por el imperio de las modas y la inútil búsqueda de un toque de distinción en el discurso. Es decir, no se trata sólo de que Mellado -para hablar como él- problematice todo lo que sostiene o que se autoparodie constantemente, como sostiene Marcelo Somarriva en la estupenda entrevista que le hizo a propósito de La provincia. Se trata de que desde el léxico y la sintaxis ya se subvierte el orden y se pone en juego otro sistema de relaciones muy poco habitual -único, hay que decir- en la narrativa chilena.

Allí radica, sobre todo, el carácter excéntrico y marginal de la narrativa de Marcelo Mellado. De manera consecuente, dejó el sello multinacional para optar por una editorial pequeña, marginal, que no accede a los circuitos de distribución, que no hace lanzamientos, que no manda ejemplares para su difusión en la prensa, que saca ediciones de 300 ejemplares. Es un gesto político, tal como él mismo señala (“Es un gesto importante. Esta editorial es una Pyme (pequeñas y medianas empresas). Es el mismo tema que en otras cosas: la lucha entre las Pymes y las grandes empresas. Es un gesto editorial, hay que promover a las Pymes y hay que legislar para ellas o hay que protegerlas porque los otros güevones son unas bestias”), pero no gratuito: forma parte de una estrategia discursiva cuyo mayor valor reside en su capacidad de subvertir los códigos lingüísticos y sociales de la narrativa criolla.

Mellado es, en ese sentido, un escritor incómodo: las tribus de poetas que se enfrentan en Informe Tapia por cuestiones harto poco relevantes son una suerte de copia degradada y risible de los ghettos más visibles de lo que algunos llaman la escena literaria nacional y, aunque exista un cadáver de por medio, la novela jamás pierde el pulso de farsa y parodia que potencia su capacidad de demolición de ritos, mitos y discursos. Es que una de las características clave del estilo de Mellado es el perverso sentido del humor que anima su escritura. El texto que mejor revela cómo opera éste es “Borradores para una teoría del desprecio o El hacedor de asados”, en La provincia. El exhaustivo análisis de los “capítulos” involucrados en esa ceremonia tan habitual y (aparentemente) sin secretos, que alterna cuestiones de orden general con la crónica de un asado específico, es irresistiblemente cómica por la manera en que desnuda códigos tan cotidianos que han pasado a ser invisibles. Así, la conjunción de jergas diversas aplicadas a un suceso anodino tiene el corrosivo poder de mostrar el reverso de las cosas, aquello que normalmente el lenguaje oculta o sepulta bajo capas de lugares comunes y subentendidos donde cada cual sabe exactamente qué no se dijo, pero en un nivel de conciencia donde ni siquiera aflora ese conocimiento.

En realidad, esa manera de proceder se aplica a toda la narrativa de Mellado. En Informe Tapia, hasta la trama tiende a hacerse también invisible en la nube de palabras que la rodean y oprimen; aún así, tras las máscaras de personajes que ni siquiera alcanzan un nombre definitivo –Padilla, Badilla o también Ladilla; Atilio Vera, o Vega, o Varas o, tal vez, Vargas- y las distintas versiones que entrega el narrador, que avanza, retrocede, anuncia o desmiente sus dichos, se arma una historia que también es subversiva, que también cuestiona el perfil oficial de país moderno e integrado al mundo, que extrapola –y así revela- las estrategias de poder que se disputan los espacios en una ciudad de provincias y, por lógica extensión, los espacios de poder en todo el país. La jerga bélica o guerrillera, de la resistencia y la represión, de los aparatos de seguridad y los barretines, añade un punto de paranoia y furia al discurso, pues también se encuentra desplazada al menos de época. La reproducción de ese tipo de discurso en el contexto del país democrático no remite sólo a la dictadura ni tampoco a operaciones de inteligencia como la de la Oficina, sino a una operación aún más subversiva y contraria al consenso instalado en el país: las cosas no han cambiado tanto.

La dislocación de la trama; sus personajes de barrio, sin sofisticación alguna pero tan reconocibles también en los tipos cotidianos que encontramos a diario; la proliferación de lenguajes al interior de los párrafos y su desaforado sentido del humor, son algunas de las características que señalan a Mellado como, al menos, un excéntrico, pero sus decisiones políticas –o ideológicas, como él mismo dice- lo sitúan además en el plano de la marginalidad. Habla desde el borde costero, pero también desde el borde de las estructuras de poder, desde esa conjunción de fronteras donde se funden, por un instante, la iniciativa ciudadana y la institucionalidad oficial, y las tierras de frontera se caracterizan por la inestabilidad, el peligro y el riesgo de pisar minas anti personales; habla desde un puerto ciertamente exitoso, pero también un puerto de segunda que no se mira entre sus pares del mundo, sino ante el espejo del puerto principal que por lo menos puede reivindicar sus andrajos como patrimonio de la humanidad.

Y ahí está lo más interesante de una propuesta narrativa que se resiste no sólo a las modas, sino también a incorporarse a la ritualidad escénica de la literatura criolla. Mellado, de nuevo, es un escritor incómodo, una suerte de Pepe Grillo que sólo por desmarcarse con tanta fuerza de sus pares muestra sus debilidades y desnuda sus transacciones ante el poder. No es el caso de todos, desde luego, pero habrá muchos que prefieren mantener a Mellado en la casilla del loco que farfulla en lenguas desde un puerto infecto y degradado, en lugar de reconocer que su propuesta es de las más originales y sólidas de su generación, los escritores nacidos en la década de los cincuenta.

Una nota al pie: con todo respeto por su marginalidad, a Mellado le hace falta un editor sólo para efectos de revisar la ortografía y la sintaxis. Puede parecer un asunto menor y hasta acorde con su intento de demolición institucional, pero no: para derrotar al enemigo hay que construir una propuesta que resista cualquier embate, hasta los de la Academia de la Lengua.