Los otros son más felices

Reseña publicada en el suplemento «Babelia» del diario El País, 28 de enero de 2012

freixasNarrativa. Cuarta novela de Laura Freixas, Los otros son más felices es un recorrido que tiene, según indicó la autora, una raíz biográfica; ella procede de dos familias, una de “la burguesía catalana y otra de clase baja castellana”, y la novela lleva a cabo un minucioso retrato de ambos microcosmos. Quien hace de puente es Áurea, una mujer que en sus cuarenta se encuentra en Londres con una antigua conocida y se ponen largamente al día, pero el lector sólo accede a la voz de Áurea, en una curiosa torsión estilística a la que se le encuentra rápido el tranquillo. Áurea, pues, hace un doble recuento, el de su relación con los catalanes Soley, a quienes visita por primera vez en su adolescencia, y el de su familia manchega tanto en La Era, su pueblo de origen, como en Madrid. Como se trata de la reproducción de un diálogo, la memoria fluye de manera discontinua y los distintos temas se van entrelazando en el relato, que tanto se desplaza en el tiempo como en el espacio; y en todas las líneas se verifica un doble juego de descubrimientos y encubrimientos. En toda familia hay secretos y versiones de la realidad que hacen más tolerable o embellecen un pasado oscuro, vergonzante o simplemente anodino; esos secretos salen a la luz de manera gradual, aunque la necesidad de suspenso e intriga tiende a acumular los hallazgos en los capítulos finales del libro. Los otros son más felices abunda, además, en reflexiones sobre el arte -Áurea es pintora y varios otros personajes importantes también- y en descripciones riquísimas en detalles y matices de los cielos, la luz, el color y la textura de los paisajes de Londres, La Mancha, Madrid y la costa mediterránea. La primera parte añade el interés adicional de capturar el pulso de la vida cotidiana en los años de la transición a la democracia en España. Es también la mejor tramada; ese primer encuentro de Áurea con los Soley, que tan importante fue para ella, es el que mejor se ancla en la memoria. El resto se ve perjudicado a ratos por el exceso de digresiones y la creciente sensación de que ya pasó lo realmente importante. Hay que destacar la obstinación de la mirada de Áurea, que madura y reconstruye su identidad casi a pesar de su pasado; y en ese trabajo de buscar, mirar y decidir con autonomía está la línea secreta que anima un relato maduro y cuidado, donde descubrir al otro -a ese otro que solemos presumir más feliz- es, ante todo, descubrirse a uno mismo.

Los otros son más felices
Laura Freixas
Destino, Barcelona, 2011
255 páginas, 17.50 euros

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El libro contra la muerte

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 17 de junio de 2017

canettiLa obra entera de Elias Canetti, Nobel de Literatura en 1981, es una de esas catedrales enormes que, aunque el autor murió en 1994, siguen edificándose: parte de su legado se hizo público en 2004, pero para acceder a sus diarios, a sus cartas y a una ingente cantidad de material inédito, 104 cajas repletas de manuscritos, habrá que esperar hasta 2024. Quizá entonces el presente libro, que ya es póstumo, merezca importantes modificaciones y agregados. Es un libro sobre el que Canetti escribió muchísimo, pero que nunca organizó. Solo hacia 1970 mencionó una posible estructura. Y, al revés de otro de sus libros clave, Masa y poder, no quiso que fuera un desarrollo ordenado de sus ideas, sino una colección de fragmentos que colisionan entre sí. Él lo expresó de la mejor manera: “Solo en sus frases dispersas y contradictorias consigue el hombre recogerse, ser un todo sin perder lo más importante, repetirse, respirarse, enterarse de sus gestos, fundamentar su acento, ensayar sus máscaras, temer sus verdades, convertir sus mentiras en vapor de verdades, encolerizarse para la muerte y desaparecer rejuvenecido”. A pesar de su obsesión contra la muerte, desde que vio morir a su padre de un infarto cuando él tenía 7 años; a pesar de su constante reflexión sobre el posible libro, nunca escribió la primera línea, como indica Peter von Matt en el postfacio. Pero sí sembró su obra de aforismos, reflexiones, microhistorias, citas, referencias literarias, materiales diversos que, para citar una vez más a Matt, “no sabemos cómo se habrían integrado” en la obra que Canetti rumió a lo largo de su vida.

Este libro -un impresionante trabajo, desde luego- recoge cronológicamente los apuntes y fragmentos sobre la muerte, tanto en la obra publicada por Canetti en vida como en los materiales inéditos disponibles, cribados y vueltos a cribar para evitar repeticiones, por ejemplo, pero también para mostrar cómo Canetti volvía a formular, de una manera, antiguas ideas. El resultado es formidable. Si hay alguien que pensó a fondo, en todas sus variables, en el modo en que la muerte nos interroga y a la vez da forma a nuestro destino individual y colectivo, es Canetti. De su rabia contra la muerte, de su afán de vencerla -que sabía vano, pero no por ello renunciaba a él- surge un incesante chisporroteo de intuiciones y reflexiones que no agotan su sentido y que invitan a volver, una y otra vez, a acompañarlo en la desesperación y la ira, en la sensación de que tal vez “esta vida sería menos mala si no fuera arbitrariamente cortada y desgarrada”.

Elias Canetti. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2017. 390 páginas.

La ternura de los monstruos

Reseña publicada en el suplemento «Babelia» del diario El País, 21 de abril de 2012

La mujer de sombra
Luisgé Martín
Anagrama, Barcelona, 2012
228 páginas, 16,90 euros

la mujer de sombraNARRATIVA. La mayoría de los personajes de esta novela tiene dos nombres: Antonio, en realidad, es Segismundo; Olivia fue bautizada como Nicole; Julia usa el nick de Marcia. Solo Eusebio, el protagonista, se mantiene fiel al suyo, aunque también en cierto tipo de chats asume una variada gama de falsas identidades. El dato es un indicio de lo que viene: una novela que se teje y desteje en torno a la doble vida de los protagonistas y a la tesis implícita de que toda persona tiene un lado irreconocible, impenetrable, diferente. Eusebio intenta probarlo cuando contrata a un detective para que investigue a seis de sus conocidos. No le interesan cuestiones banales, como un adulterio, sino “más siniestras, más sórdidas, más escandalosas”: “Incesto, proxenetismo, estafa, violación, secuestro, chantaje, asesinato”. Es que Eusebio, un hombre rico que no necesita trabajar y alimenta una recalcitrante soltería que le permite mantener varias parejas, ha dado, pareciera, con la horma de su zapato: se ha enamorado de una mujer -Julia / Marcia”- y ella le corresponde, pero él es dueño de un secreto que desmiente radicalmente tanto el modo en que se relacionan como la imagen que Julia le ofrece, la amante solícita y plena de ternura, la mujer convencional que quiere su fiesta de matrimonio. Lo inconfesable acá no es el secreto de Julia / Marcia, sino el hecho de que Eusebio lo sepa. “Yo creo que la verdad es muchas veces perniciosa”, dice ella, cuando Eusebio trata de forzar confesiones radicales entre ambos; y este último, cuando intenta fundir en una sola las dos caras de la mujer que ama, se interna en un tortuoso recorrido por los abismos del deseo y del ejercicio del sexo duro. Lo que quiere Eusebio es “saber cómo se comportan a la luz del día los seres aberrantes, cómo se disfrazan. Ver la bondad de los vampiros y la ternura de los monstruos”. Es interesante el desafío narrativo de llevar al límite esa tensión entre saber y confidencia, entre conocer el lado oscuro del otro y no poder revelarlo hasta que el otro quiera, pero el claro desequilibrio en el tratamiento de ambos personajes afecta a la progresión del relato. Y, en general, falta un elemento de contraste que establezca un contrapunto con la escalada de perversiones y secretos; a pesar de su crudez y su vocación transgresora, pierden relieve porque no tienen un fondo distinto sobre el que recortarse.

El perseguido

Reseña publicada en el suplemento «Babelia» del diario El País, 23 de junio de 2012

portada_guebelNarrativa. Pocas miradas tan originales -y desquiciadas- podrán encontrarse bajo la premisa de lapersecución política, que es, en realidad, un pretexto, un punto de partida para una ficción dislocada que se sirve de ella para desatar la paranoia y examinar a fondo el asunto de la identidad. “Yo quería ser otro, pero no puedo. Por eso uno viaja: no cambia el ser, cambia el paisaje”, dice uno de los protagonistas, el doctor Hunico. Unas cien páginas más adelante, un personaje secundario, el actor Doctorovich, retruca: “nadie quiso con tanto ímpetu ser otro. El problema es que nunca supe bien quién soy”. Entre ambos, Ferretti, el otro personaje protagónico, vive una continua sucesión de transformaciones en planos distintos, algunas de extrema radicalidad: es que el pánico ante los omnipresentes aparatos de seguridad lo lleva a elegir caminos cada vez más extremos en el arte de ocultarse y de convertirse en otro, cuestión que la novela se empeña en demostrar que es imposible. A su delirio persecutorio se suma el de grandeza del doctor Hunico, una suerte de gran demiurgo de la acción que sigue a Ferretti incluso hasta las profundiades del océano. Más que en el estilo -transparente y sin rebuscamientos formales-, Guebel pone la fuerza de su narrativa en una trama que siempre va un paso más allá en el empeño por trastocar la realidad y llevar la ficción hasta el límite, tan ilusorio, a su vez, como la línea del horizonte. Y si las transformaciones y aventuras de Ferretti, por asombrosas que sean, no afectan el núcleo de su identidad, los feroces y rigurosos razonamientos del doctor Hunico aspiran a demoler progresivamente el endeble tinglado en que aquella se funda. En las disquisiciones de Hunico, y también en las de Doctorovich, hay otra muestra del talento de Guebel para acopiar saberes y citas sin que parezca un alarde de erudición. La deriva hacia lo grotesco y el gusto por la sangre pueden llegar a ser agobiantes, pero quedan más que compensados por la brillante ejecución de un plan narrativo que desafía la capacidad de acombro.

El perseguido. Daniel Guebel. El Desvelo Ediciones, Santander, 2012. 181 páginas, 20,90 euros.

Puedo explicarlo todo

Reseña publicada en el suplemento «Babelia» del diario El País, 3 de diciembre de 2011

portada-puedo-explicarlo-todoNarrativa. Obra de largo vuelo y compleja estructura, Puedo explicarlo todo es la nueva apuesta del mexicano Xavier Velasco, un escritor prolífico que cada tanto no sólo publica otra vez, sino que además lo hace a lo grande, con novelones de larga extensión. Hay algo extraño en esta obra de Velasco. Si a propósito de Diablo Guardián Rafael Conte le reprochaba, en estas mismas páginas, el uso de “jerga mexicana a ultranza” hasta el punto de dificultar la comunicación, en esta nueva novela los mexicanismos salen con cuentagotas y se trata de aquellos ya incorporados al diccionario de la Academia. Mexicanismos elocuentes, de todos modos, que dan ganas de incorporar de inmediato al propio léxico, como chimuelo, cacarizo, empistolado; pero dosificados en un estilo que no se puede calificar sin más de neutro y aséptico porque tiene también algo de ese replegarse del lenguaje sobre sí mismo que constituye el mínimo exigible para declarar que una obra pertenece al mundo de la literatura. Así la novela gana en fluidez, pero cuesta dejar de sentir el extraño retintín de la ausencia de un habla más vigorosa, expresiva y vital. Aunque, es cierto, se escucha a ratos en los monólogos de Isaac Balboa, el impresor que quería ser gurú, maestro de sabiduría, vendedor de pócimas para el alma, sanador de lectores. Y por ahí surge la segunda rareza de este libro. Podría legítimamente decirse que se trata de una novela sobre escritores y escritura, pero en realidad aborda el subgénero más degradado y despreciado por el campo propiamente literario, la autoayuda. Balboa tiene las ideas pero le faltan, más que la habilidad, la paciencia y la disciplina, de modo que contrata un negro tras otro hasta que da con Joaquín Medina, narrador principal y protagonista de Puedo explicarlo todo. Un joven sin estudios, sin fortuna y ya sin familia que pasa a ser el escribano de Isaac y también su cómplice en un oficio harto más original, la seducción de viudas y parientes llorosas en funerales de completos desconocidos (que parece una nueva versión del texto de Cortázar sobre los velorios, más perversa, pero en la misma línea de hacer surgir los dobleces en la digna apariencia de los dolientes). En torno a esa escritura mercenaria está lo mejor de una trama larga y compleja, llena de vericuetos y giros, que transcurre mayormente en una casa -la de la familia de Joaquín- y el edificio que está delante, pero que se compone sobre todo de personajes -la actual obsesión de Xavier Velasco- que dan nombre a las diversas partes de la novela o, dicho de otra manera, que concentran transitoriamente el foco de la narración sobre sí mismos. Cada parte, a su vez, se mueve en dos planos, ya sea que Joaquín alterne distintos momentos de su biografía o surja otra voz a cargo del relato.

Pero, aunque una parte importante del libro trate de escritores y escritura, el proyecto de Velasco está muy lejos de situarse en aquella corriente cultivada por Vila-Matas, Bolaño y otros narradores que le otorgan un papel protagónico a la literatura. Acá hay más bien una nota estridente y grotesca que se burla sin piedad de la producción seriada de frases hechas y de libros de títulos rimbombantes y contenidos idénticos (otro juego de esta novela se desarrolla en torno al plagio y la cita, al original y la copia, a la propiedad intelectual de productos de desecho). En torno a Isaac y sus delirios redentores hay humor y lenguaje desenfadado, sobre todo cuando él y Joaquín se dedican a producir fragmentos de futuras obras como Pésames y epitafios: cápsulas de sabiduría intemporal y brillan las frases fuera de contexto como “soy el que todos fuimos y seremos”. La historia luego asume otros rumbos y los hilos familiares que convergen en el mismo complejo familiar adquieren más importancia a medida que progresa un relato ciertamente ambicioso, con afanes totalizadores y aires de gran novela. Pero, aunque el libro de Velasco se lee bien, ello no es en modo alguno suficiente para subirlo a algún podio. Especialmente porque hay algo más en la historia que hace ruido, y mucho ruido: ¿hasta dónde hay pasión por el detalle y hasta dónde relleno? Cuando se presenta la tentación de saltarse párrafos porque nada va a cambiar mucho en unas cuantas páginas, algo anda mal. Y éste es el caso: aunque la novela fluye, entretiene y plantea algún nivel de dificultad por la intrincada estructura, los cambios temporales y la aparición, desaparición y reaparición de personajes con cientos de páginas de diferencia, queda también la sensación de que el texto padece de una cierta hinchazón que conspira contra sí mismo.

Xavier Velasco. Alfaguara, Madrid, 2010. 746 páginas.

Nocturnos

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 10 de julio de 2010

noctur221012011En el mundo contemporáneo, la música ha pasado a ser parte del tramado cotidiano de manera radical. Puede crear vínculos y establecer misteriosas afinidades, tanto como desatar odios y desprecios. La complicidad en torno a los gustos musicales suele ser un ingrediente esencial en cualquier tipo de relación. Sobre ese fondo, Kazuo Ishiguro, uno de los estandartes del dream team de narradores británicos nacidos mayormente en la década de los cincuenta, escribió su primer volumen de cuentos.El subtítulo del libro es “Cinco historias de música y crepúsculo”. Desde luego, el papel protagónico de la música, ya sea desde la interpretación como desde la complicidad en torno a los gustos, y a un cierto tono de melancolía ligado al paso del tiempo y al desgaste que produce en las relaciones de pareja. Es que otro denominador común de los relatos es que se refieren a parejas que están en una zona crepuscular, recién separadas o en vías de hacerlo, por más que el amor mutuo siga siendo una presencia poderosa y viva entre ellos.

Lo seductor de estas páginas está en la perfecta amalgama entre el pretexto y el fondo; es decir, en el modo en que la música y sus efectos se entrelazan con tramas de alcance más universal. Ishiguro, tal como lo mostró en su novela más conocida, Los restos del día, es un maestro en la creación de tonalidades, de climas narrativos, que acompañen y resalten el hilo de sus historias. En este caso, desde el cantante melódico estadounidense que quiere relanzar su carrera y necesita para ello una esposa joven, hasta la pareja de suizos que funden lírica y pop en pequeños escenarios de Europa y ya no logran conciliar el desbocado optimismo de él y la lucidez descarnada de ella, cada relato crece y se desarrolla buscando en todo momento la empatía con los personajes y, por esa vía, con el lector, que no puede menos que hacerse cómplice de ellos. Pero no resulta fácil; Ishiguro no es un optimista y el segundo relato, que podría leerse en clave de comedia, termina por crear la asfixiante sensación de que los malentendidos pueden envenenar cualquier relación. Algunos de los personajes se repiten en los cuentos, aunque en otros contextos, lo que enriquece aún más el tramado delicado y firme a la vez que propone el autor. Y de paso demuestra que, a contrapelo de algunos rezongos que se escuchan ocasionalmente, su generación aún tiene mucho que decir en la narrativa británica.

Kazuo Ishiguro. Anagrama, Barcelona, 2010. 251 páginas.

La carretera es siempre la misma

Reseña publicada en el suplemento «Babelia» del diario El País, 6 de agosto de 2011

Maximiliano Barrientos (Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, 1979) es el escogido por editorial Periférica para incrementar un catálogo que aúna la recuperación de clásicos con la difusión de voces poco conocidas de la narrativa latinoamericana, como, entre otros, el venezolano Israel Centeno, el colombiano Octavio Escobar Giraldo o el chileno Carlos Labbé. Voces distintas y nuevas, en algunos casos, voces que recién están iniciando la andadura de sus carreras literarias, cuestión que se hace notar en los dos libros de Barrientos lanzados por Periférica: los cuentos de Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer y la novela Hoteles. Los cuentos denotan a un autor que señaló, en una entrevista, que sus principales referentes son Carver, Faulkner y otros escritores estadounidenses. Barrientos pone en escena a personajes mínimos en historias casi sin anécdota, en su mayoría jóvenes que se enfrentan ya al hastío y al sinsentido de existencias privadas de épica y condenadas a ritos tan cotidianos como vacíos. Lo interesante es que Barrientos, más que otros escritores latinoamericanos que han escogido la misma veta de desarrollo, muestra una encomiable voluntad de estilo que se suma a su autoconciencia como escritor. En sus cuentos, siempre queda claro que se trata de literatura y no de una mala imitación de la vida.

Barrientos

Mucho más interesante, por sus innovaciones formales y la escala de su desarraigo, es Hoteles, una novela -o nouvelle- de camino donde “la carretera era siempre la misma. Había sol y parajes inhóspitos, paisajes de países pobres”, que relata la fuga hacia adelante de una pareja de actores de películas porno y la hija de ella, una fuga sin destino ni objetivo. “Todas las fugas son quiebres de identidad”, se dice, y de los fragmentos que resultan de ese quiebre está hecha Hoteles. Cada uno de los personajes toma la palabra en capítulos puntuados a su vez por otra voz, la del director de un documental que quiere reconstruir esa fuga, en un desarrollo donde la multiplicidad de voces devuelve -otra vez- a la inanidad de la existencia. Tal parece ser, entonces, el punto de mira de la búsqueda de Barrientos, esas vidas truncadas casi desde el inicio por la simple fatalidad de lo cotidiano. Es llamativa la ruptura con el contexto de origen y la búsqueda de universalidad, aunque en este caso no se remita a hablar de su aldea, sino a dejar hablar a los hoteles anónimos de piscinas cuadradas que jalonan las carreteras de un país cualquiera, entre cervezas, películas viejas en el cable y un caballo atropellado al borde del camino.

Fotos tuyas cuando comienzas a envejecer. Periférica, Cáceres, 2011. 136 páginas.
Hoteles. Periférica, Cáceres, 2011. 128 páginas.

Lecciones para un niño que llega tarde

Reseña publicada en el suplemento «Babelia» del diario El País, 13 de agosto de 2011

Yushimito.jpgNarrativa. Los cuentos de Carlos Yushimito son una genuina sorpresa. Desgajados de un lugar específico, tanto desde la geografía como desde las tradicionales categorías a las que se apela para clasificar, parecen brotar desde un territorio nuevo, desde una zona fronteriza que siempre está más allá, en otro lado, bañada por otra luz. Poco importa, en este sentido, si los protagonistas son personajes reciclados de El mago de Oz, aprendices de criminales que viven en alguna ciudad brasileña o niños que escapan de las clases de piano para despanzurrar insectos en el jardín; Yushimito habla desde otro lugar. Será que es peruano de origen japonés y vive en Estados Unidos. Será que este escritor de 34 años recicla con inusitado vigor distintas tradiciones y las sintetiza en una propuesta audaz y finamente trabajada, con un estilo de factura clásica que reparte por igual la claridad y la sombra, la ambigüedad y el trazo preciso, en cuentos cuya resolución nunca se reduce a una sola posibilidad de lectura, en historias complejas que nunca son breves y que, más aún, parecen más largas que las páginas que las contienen por su densidad y riqueza lingüística.

Varios de los protagonistas -como en el cuento que da título al volumen- son niños, y por esa vía hay fronteras que se abren y no solo por el ángulo más previsible -el ingreso legítimo de la fantasía, de ese modo de romper las convenciones tan propio de la infancia adoptada como motivo por la literatura-, sino también por el lado de los contornos éticos que dejan pasar la crueldad entendida también como un modo legítimo de aproximarse al otro. Que los mundos narrativos que compone Yushimito se articulen desde otro lugar implica a la mirada que describe o lee esos mundos, no al paisaje físico y humano que el autor pone en escena. Pero a su vez están tocados por una vara que los transfigura y desplaza levemente de su eje hasta el punto en que, sin dejar de ser familiares y de contornos reconocibles, dejan pasar un punto de singularidad y rareza que les proporciona una textura intensamente original. Y aunque hay relatos donde parece insinuarse un anclaje más firme en modos convencionales, no hay que descuidarse: el libro tiene, además, la virtud de la coherencia, y no deja de sorprender jamás.

Carlos Yushimito. Duomo, Barcelona, 2011. 246 páginas.

El Libro de las cosas nunca vistas

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 21 de mayo de 2016

PN914_El libro de las cosas nunca vistasOK.inddPeter Leigh, pastor cristiano, postula a un trabajo. Lo examinan durante semanas o meses. Una de las situaciones a las que debe reaccionar es esta: va a otra ciudad y sale a comer con sus anfitriones. En el restorán, muy animado, hay una jaula donde pequeños patitos corretean junto a su madre. “Cada pocos minutos, un chef agarra uno de los patitos y lo arroja a una olla de aceite hirviendo. Una vez frito, lo sirven a los comensales y todo el mundo está contento y relajado”. Quizá la cita ayude a indicar lo singular que es esta novela; aunque su trama se puede resumir rápido en viajes interestelares, alienígenas, capitalismo desenfrenado, caos apocalíptico en la Tierra y amores trágicos, nada de eso puede orientar la lectura. Si alguien busca una novela de ciencia ficción, saldrá decepcionado (o no pasará de las primeras páginas). Si alguien no la lee porque hay extraterrestres, se perderá una creación genial. Es uno de aquellos raros casos de novelas que revientan las categorías y de las que se puede decir, sin más, que es literatura, pura, dura y buena literatura.

Faber retoma aquí algo que ya había planteado de alguna manera en Bajo la piel, que tuvo una horrible versión cinematográfica, quién es el otro. O, mejor dicho, cuándo reconocemos que estamos frente a un otro y no frente a algo donde no vemos un reflejo especular que nos permita sentirnos interpelados. A ello agrega Faber una interrogante poderosísima: cómo puede ser recibido, entendido y asimilado un relato tan complejo y lleno de símbolos como la Biblia entre seres cuya historia es no tener historia, ni memoria, ni recuerdo, solo presencia. Seres parecidos hasta un cierto punto, pero tan radicalmente distintos en otros que el solo hecho de lograr hablar con ellos es una hazaña social y lingüística mayor. Y mientras Peter lidia con ellos con mucho más éxito de lo esperado, allá lejos y atrás la Tierra se desmorona y Bea, su mujer, pareciera derrumbarse con el planeta. Pocas novelas tocan también, tan de cerca y con tanta delicadeza, la fragilidad humana, ya no física ni tecnológica, sino aquella que se expresa en la capacidad de resistir los embates de la existencia y de entablar relaciones afectivas. Todos los personajes de Faber -los humanos, al menos- están dañados, y cómo resuelven los puzzles de su existencia es una de las tantas variables que atrapan en esta novela dislocada, extraña y apasionante, tan genial como su gran obra anterior, Pétalo carmesí, flor blanca, tan de este tiempo y a la vez tan adelantada a él.

Michel Faber. Editorial Anagrama, Barcelona, 2016. Traducción de Inga Pellisa. 624 páginas.

Urondo comprometido

Reseña publicada en el suplemento «Babelia» del diario El País, 7 de enero de 2012

La reciente aparición en España y Argentina de los cuentos reunidos de Francisco Urondo, así como de su novela Los pasos previos (primera edición en España, segunda de Adriana Hidalgo en Argentina) ha relanzado a un escritor más recordado, hasta ahora, por su poesía y por su biografía: murió joven, a los 46 años, como militante de la guerrilla de su patria, los Montoneros, en un enfrentamiento con la policía en Mendoza. Corría 1976, cuando se iniciaba la cruenta dictadura de Videla y compañía, pero la Argentina llevaba años azotada por la violencia y la confrontación entre miradas totalizadoras.

tapa la imposible amistad FINAL ok copy.aiLeer a Urondo hace apenas dos o tres años habría sido apenas un incurable ejercicio de nostalgia por un mundo romántico donde campeaban los ideales y los intelectuales se comprometían con la revolución. Hoy, en cambio, en la estela de los movimientos sociales que se iniciaron en el norte de África y nadie sabe dónde ni cuándo terminarán, la lectura de Urondo permite replantearse los viejos temas de la literatura y el compromiso político desde una perspectiva histórica, pero también cercana y viva en la memoria.

Urondo publicó dos colecciones de relatos. Todo eso (1966) consta de tres cuentos largos, casi nouvelles; Al tacto (1967), de 15 relatos breves. Esta edición incluye ambos, más un extenso estudio introductorio de Susana Cella. Los cuentos funcionan muy bien como el preámbulo de la única novela que escribió, bastante más extensa y abarcadora. Se trata de historias de amor, cuadros de costumbres, pequeñas biografías que a veces quedan truncas o que se alargan demasiado; los cuentos no innovan en el género y muchos no cierran bien, pero el conjunto es muy interesante y sugerente por el rescate de la sociabilidad argentina en Buenos Aires, pero sobre todo en la provincia, en los agitados años sesenta; y también como hitos que muestran el creciente compromiso político de Urondo y su giro hacia posturas más radicales.

Urondo pasos previosEra un escritor intenso y apasionado, a veces poco cuidadoso con la sintaxis -que sus editores tampoco se esforzaron por corregir-, pero también tocado por una vena de lirismo que aliviana no sólo los riscos de la prosa, sino también el peso -la posible losa- del compromiso político que con tanta fuerza emerge en Los pasos previos, publicada originalmente en 1974. Transcurre en los últimos años de los sesenta, más o menos entre la muerte de Che Guevara en Bolivia y el Cordobazo de mayo de 1969. Ángel Rama, en el prólogo (escrito en 1977), dice, con razón, que “es simplemente la historia -fiel, sumisa, real, cotidiana- de la incorporación del equipo intelectual latinoamericano a la lucha revolucionaria de la década anterior”. Múltiples protagonistas, la mayor parte de ellos intelectuales de izquierda, y muchos escenarios dentro y fuera de Argentina (La Habana, Praga, París, Argelia, entre otros) desarrollan una trama que si a ratos se desboca y se pierde en meandros cotidianos irrelevantes, en general mantiene el pulso y el ritmo. Cada capítulo está antecedido por materiales históricos o periodísticos de la época que documentan el desarrollo del sindicalismo argentino, cuyo plúmbeo estilo llama a superar cuanto antes el obstáculo. En realidad, molestan e interrumpen el fluir de una narración que documenta mucho mejor, desde la conciencia de los personajes, el contradictorio y estremecido devenir político argentino de aquellos años. Urondo podrá caer, con irritante frecuencia, en la retórica circular propia de la guerra fría (“la única manera en que se podía realmente aportar al proceso revolucionario era haciendo la revolución”); podrá intentar establecer analogías bastante explícitas entre la buena nueva evangélica y la buena nueva revolucionaria a través de cuatro personajes, dos de los cuales desempeñan papeles protagónicos, que se llaman Mateo, Marcos, Lucas y Juan (además, tienen un cercano amigo que se llama Pablo); podrá derrochar ingenuidad, idealismo, voluntarismo; pero en su novela late con fuerza impresionante el espíritu de una época contradictoria y convulsionada, con una fe ciega en ideologías abarcadoras y esa sensación incomparable de estar contribuyendo a escribir la historia. Pero el tono es, finalmente, desesperanzado. Hay una tristeza y una sensación de impotencia que se cuelan por detrás de las ínfulas guerrilleras y las perspectivas totalizadoras. Quizá el poeta que hay en Urondo le daba una cierta visión del futuro que no logró hacer explícita sino, precisamente, en el tono, en la vibración de la melancolía que traspasa las páginas de Los pasos previos.

Tiene razón Rama cuando afirma que, desde la perspectiva de la derrota, esta novela puede leerse “como el diagrama de una gran equivocación, como el pecado hijo del irrealismo cuando no del idealismo”; pero como él mismo indica, esa lectura está implícita en la novela, aunque menos en las discusiones ideológicas, como sostiene, y más en su melancolía, en su intuición de la muerte, en la angustia de los desencuentros y las despedidas prematuras. Pero, para citar de nuevo a Rama, era una batalla, no la guerra.

Los pasos previos / Todos los cuentos. Francisco Urondo.

Introducción de Susana Cella. Adriana Hidalgo. Madrid, 2011. 392 / 255 páginas.