Las fuentes del afecto. Cuentos dublineses

Reseña publicada en la revista Sábado del diario El Mercurio, primero de febrero de 2014

Con cuentagotas y a algunas librerías llegan los libros de la editorial barcelonesa Alfabia, que, como algunas otras independientes (o pequeñas, digamos), cultiva un catálogo ecléctico en géneros, épocas y nacionalidades, aunque una de sus fortalezas (de nuevo, se ha hecho un procedimiento habitual en este tipo de sellos) es el rescate de autores olvidados o nunca traducidos al español. Es el caso de la irlandesa Maeve Brennan, una escritora que sólo cabe calificar de extraordinaria. Emigró muy joven a Estados Unidos (su padre fue el primer embajador irlandés en aquel país) y se quedó para siempre, aunque su narrativa siempre se sitúa en su país natal. También cultivó con gran éxito la crónica, que centró en la ciudad donde definitivamente se radicó, Nueva York, y sus textos -livianos, agudos, con gran sentido para elegir el detalle exacto- conforman un retrato magnífico de la ciudad.

Este volumen reúne todos los cuentos de Brennan (no fue una escritora prolífica) y la nouvelle que da título al volumen, uno de los retratos más descarnados y melancólicos sobre la edad madura y sobre el peso de las relaciones de familia en el curso de una vida, la vida de Min, tan aferrada a esos lazos que nunca puede escapar de ellos y los rumia incansablemente, ya en su vejez, rodeada de los objetos que fueron de sus parientes y que por fin han retornado donde ella cree que deben estar, en el último santuario de la familia. Alice Munro piensa que se trata de «una de las mejores narraciones en lengua inglesa del siglo XX» y seguro que tiene razón. Los primeros cuentos tienen un marcado carácter autobiográfico, ya desde el narrador en primera persona, y tienen ese sabor agridulce de los momentos de infancia fijados por el recuerdo. La siguiente serie de relatos se centra en dos familias, los Derdon y los Bagot, y en estos cuentos la anécdota es lo que menos importa; a la inversa de la chispa y gracia de sus crónicas neoyorquinas, los relatos dublineses abordan, de manera implacable, el declive de vidas que ceden el empuje y la energía ante el hastío y la creciente soledad. Son cuentos donde la atmósfera lo es todo, y en ambientes cerrados, con rutinas que son la única salvación ante la decadencia o la locura, los personajes de Brennan muestran hasta qué punto el vacío y la pérdida de sentido pueden enrarecer y asfixiar todo posible atisbo de vida, de verdadera vida. Así y todo, es imposible escapar del sutil  e inmisericorde tejido narrativo de la autora, por su excepcional calidad narrativa.

Maeve Brennan. Alfabia, Barcelona, 2013. 437 páginas.

El nervio óptico

Reseña publicada en la revista Sábado del diario El Mercurio, 30 de julio de 2016

Este libro –un libro raro, curioso, extraño, pero también deslumbrante- representa una forma original de seguir una tendencia ya asentada, la imbricación de los géneros o el borramiento de la frontera entre ellos. María Gainza, argentina, sabe de plástica, y por las páginas de su libro desfilan Modigliani, Courbet, el aduanero Rousseau, Cándido López (argentino que pintó las batallas de la Guerra de la Triple Alianza contra Paraguay), El Greco y muchos otros, a partir de cuadros vistos en casas señoriales o en museos porteños o en alguna vuelta de la vida. Su acercamiento es personal y construye amenísimas crónicas en torno a ellos, situadas en las antípodas de la mirada del erudito, a tal punto de que sus juicios se sienten como parte de la respiración del texto, como parte indisoluble de breves relatos que abrevan de la historia, sí, pero que tienen una textura tan propia y característica que se tornan en irresistibles piezas de seducción. Cuando dice, por ejemplo, que las marinas de Courbet son “tanteos directos hacia la abstracción, sostenidos todavía por la línea del horizonte”, el lector ve desplegarse todo el arte del siglo XX a partir de la borrasca que azota las rocas.

Pero el libro es muchísimo más que una colección de crónicas-ensayos sobre pintura. De alguna manera, esa línea narrativa se funde con otra crónica, la de las vidas de la autora, de su familia, de su marido. Cada capítulo del libro —que algunos llaman novela, que no es una colección de cuentos, que no tiene principio, o tiene muchas entradas, pero que sí tiene un final— se compone de fragmentos que van hilando distintas historias, espirales que giran juntas y que en ese movimiento de perfiles encontrados encuentran una unidad de sentido que, si se piensa bien, no tiene asidero ni motivación pero ahí está, en cada cierre, en cada nuevo título, como una revelación súbita, algo visto en un cruce de caminos que nos llena la mirada y que ya quedó atrás, inasible. Aunque lo mejor de El nervio óptico es la escritura que sostiene las historias. “Nos protegíamos con la cursilería, un poco como una forma de pudor y otro poco como una forma alta de la sinceridad”, dice María sobre la relación con su amiga Alexia, una frase misteriosa que obliga a detenerse en ella y darle vuelta a sus múltiples sentidos. Hallazgos como “La legión de perdedores que plantaban sus carpas en las llanuras del fracaso” o “el buen citador evita pensar por sí mismo” tienen el valor de aforismos; y todo ello además va acompañado por ágiles cambios en la voz narrativa, que alterna, sobre todo, la primera y la segunda persona, el yo, el tú y el vos, como si en medio del libro hubiera una interminable sucesión de espejos.

María Gainza. Libros del Laurel, Santiago, 2016. 160 páginas.

Mudanza

Reseña publicada en la revista Sábado del diario El Mercurio, 20 de julio de 2019

La argentina Mercedes Halfon escribió El trabajo de los ojos (publicado en Argentina por Entropía y en Chile por Lecturas), donde sus problemas con el sentido de la vista iluminan un recorrido biográfico hacia la palabra. Este libro de la mexicana Verónica Gerber también usa como punto de partida un problema visual; a los ocho años, a la autora le diagnosticaron ambliopía, o síndrome del “ojo flojo”, cuando uno de ellos se niega a cumplir su misión y, en lugar de fijarse en lo que se quiere ver, sigue un camino “errante e indescifrable”, propio, autónomo, el de un extraño que te habita y que marca el rumbo de los peatones perpetuos, “que caminan en medio de nubarrones, que van y vienen del aquí a un lugar lejanamente imaginario, los que enfocan y desenfocan”. Desde ese descentramiento, desde ese ser habitado por otro, Gerber inicia el acercamiento a un puñado de artistas que comenzaron por la palabra, que fueron escritores, pero que luego se tornaron errantes, buscando “decir sin palabras lo que solo la palabra puede decir”. Para efectos de las clasificaciones habituales, son artistas conceptuales: Vito Acconci, Ulises Carrión, Sophie Calle, Marcel Broodthaers, Öyvind Fahlström. La exposición “Cuídese mucho”, de la artista francesa, estuvo en el MAC entre enero y abril de este año, tras recorrer muchas ciudades del mundo. El resto son menos conocidos en estas latitudes.

El libro de Gerber abre y cierra con ensayos vagamente autobiográficos; habla de su ambliopía y de su zurdera —dos barreras que la separan de la mayoría—, pero se trata de excusas para reflexionar sobre el lenguaje, el arte y las diferentes aproximaciones que se pueden llevar a cabo. Ambos textos rodean cinco ensayos, que van mucho más allá de la descripción del trabajo de los artistas. Ahí reside el mayor valor de Mudanza: se aprende mucho con la lectura, sí, y dan ganas de buscar referencias, de investigar más, pero es sobre todo la calidad de la escritura y su continua exploración de las maneras de apropiarse del mundo del lenguaje lo que seduce de este libro. En la contrasolapa se cita a Julián Herbert, quien sostiene que Gerber se propone construir “una ensayística que funcione al mismo tiempo como pieza de arte conceptual”. Sí, pero también puede decirse que se trata de ensayos que abren puertas al fulgor de la obra de otros y que reflejan, al mismo tiempo, la manera en que Gerber entiende su propio proyecto de creación: y ahí sí que hay que seguir la pista, por su capacidad para indagar en esas travesías del ojo que se manda solo.

Verónica Gerber. Montacerdos, Santiago, 2019. 112 páginas.

Siempre hemos vivido en el castillo

Reseña publicada en la revista Sábado del diario El Mercurio, 27 de julio de 2017

Dieciocho años cumplió la editorial Minúscula, una de las primeras –junto con Acantilado- en nacer en España a fines de los noventa, cuando, tras el primer reordenamiento gigantesco de los grandes grupos editoriales, surgieron iniciativas para reabrir el campo cultural del libro. Partió con una colección que recuperaba ensayos y novelas ligadas a Alemania, “Alexander Platz” especialmente de la primera mitad del siglo XX. Luego abrió una colección de libros de viaje, “Paisajes narrados”, sumamente atípica en la selección de títulos, para luego ampliarse al ensayo, a la narrativa contemporánea y al rescate de títulos de otras tradiciones literarias. En esta última línea –la colección “Tour de force”- se inscribe la edición de obras de Shirley Jackson, novelista estadounidense que vivió entre 1916 y 1965 y que ejerció una profunda influencia entre los escritores que cultivan el género de la literatura de horror; pero sin duda que a ella le habría molestado que la encasillaran de manera rotunda en cualquier corriente. Lo que muestra con esta novela, Siempre hemos vivido en el castillo (1962) va mucho más allá de la mera intención de inquietar al lector; o, si lo logra, es de una manera tan sutil como hondamente perturbadora.

Es la historia de un personaje que se ha convertido en un clásico, Merrycat, Mary Katherine, quien vive en la casa familiar junto a los sobrevivientes de su familia: su hermana Constance, a la que adora y que es su principal referente y preocupación en el mundo, su tío Julian y Jason, el gato con el que dialoga constantemente. Hay una profunda dislocación en el relato, algo que aparece como desenfocado; parece realista y apegado a los cánones tradicionales, pero en sus omisiones y revelaciones parciales late algo muy inquietante. Pronto el lector sabe de qué se trata, pero incluso la revelación de la tragedia que asoló a la familia Blackwood está velado por la manera indirecta de contarlo. Merrycat lleva la voz narrativa, lo que impone desde ya una restricción del punto de vista y que se agolpen las preguntas sobre, por ejemplo, por qué ella tiene permiso para algunas cosas y para otras –que parecen perfectamente inocentes-, no. El arte de Jackson se basa en sugerir, no en explicitar, y así su extraordinaria lectura de la soledad, la avaricia, la lucidez, el sacrificio y la locura quedan más de relieve, circunscritas a un espacio clausurado, un refugio inexpugnable ante los males del mundo.

Shirley Jackson. Minúscula, Barcelona, 2017. 204 páginas.

Cartas de José María Arguedas a Pedro Lastra

Reseña publicada en la revista Caras, 8 de septiembre de 1997

La publicación de este breve epistolario podría perfectamente pasar inadvertido en el mundo narrativo actual. El autor de las cartas murió a fines de los años sesenta, y es tarea difícil ubicar sus obras en las librerías. Para más remate, no formó nunca parte del boom latinoamericano, es decir: nunca estuvo de moda. Y, sin embargo, al recorrer estos textos, no puede uno menos que recordar la furia y el vigor de novelas inolvidables como Todas las sangres y Yawar fiesta; esa impresionante conjunción de culturas y lenguaje con que José María Arguedas resolvió su doble herencia, la del occidente españolizado y las tradiciones ancestrales de las culturas indígenas de la sierra peruana, y con que hizo literatura del desgarro y el dolor de la desintegración de esas mismas culturas. En fin, no puede uno menos que recordar el mundo de Arguedas, las haciendas campesinas, los “pueblos libres” en los arrabales de Lima, los pescadores de anchovetas en Chimbote. Mundo o mundos de tragedia, miseria y hambre, rescatados por la belleza de páginas tensas y profundamente amantes de su tierra y de su gente, páginas de una intensidad que parece relegada al tiempo de las utopías y los anhelos fundacionales. Arguedas fue el primero en darle al indio una voz auténtica, hecha del castellano en sintaxis quechua, y le dio a esa voz un tono épico irrepetible. Quizá su gran hermano es el otro cholo de la literatura peruana, César Vallejo, como él, serrano y heredero de dos culturas.

Pero vamos a esta edición, hecha con cuidado y cariño, que recoge la versión facsimilar de las cartas y su transcripción, más un par de prólogos y un apéndice de imágenes. Es la historia, parcelada y fragmentaria, de su amistad con el escritor chileno Pedro Lastra. No hay demasiadas alusiones literarias ni biográficas. Su gran virtud es traer nuevamente la presencia de Arguedas a las librerías criollas y motivar, ojalá, un nuevo interés por su obra. Habría mucho que decir sobre el autor, sobre la soberana y me ditada decisión de su suicidio, sobre Todas las sangres,  sobre El zorro de arriba y el zorro de abajo y los diarios intercalados en que muestra su conflicto y su grandeza. A falta de espacio, vaya esta cita: “Y en Chile, lo que más me deslumbró y me reconfortó,  fue sentir cómo el altísimo grado de civilización no ha matado lo que llamaríamos la fraternidad aldeana ni ha exacerbado el individualismo, sino que, por el contrario, ha enriquecido la llama de la cordialidad profunda, especialmente por el latinoamericano”. Curiosa imagen y lectura de este país, actualmente de los jaguares, cuando todavía Chile era una sociedad provinciana y acogedora, y mantenía casi sin quiebres sus tradiciones democráticas y republicanas. ¿Quién podría reconocerse hoy en las palabras de Arguedas? Pero quizá la pregunta es injusta. La carta a la que pertenece la cita es del 8 de febrero de 1962, y demasiada agua ha pasado bajo los puentes.

Edición, prólogo y notas de Edgar O‘Hara. Lom ediciones, Santiago, 1997. 151 páginas.

Nada de nada

Reseña publicada en la revista Sábado del diario El Mercurio, 6 de julio de 2019

Hanif Kureishi tiene 65 años, pero en sus últimas novelas —La última palabra, reseñada en esta columna, y Nada de nada— se ha dedicado a explorar, con inclaudicable lucidez y hasta ferocidad, en la vejez. En la anterior una vieja gloria de la literatura, Mamoon Hazan, quiere relanzar su carrera a través de una biografía que le encarga a un joven londinense; en esta el protagonista es Waldo, un cineasta que ya pasa largamente de los ochenta y que, desde su cama o su silla de ruedas, descubre que Zee, su esposa, 22 años menor que él, se ha enamorado de Eddie, un frecuente visitante de la casa, y que ambos lo engañan del otro lado de la pared. Waldo, quien lleva la voz narrativa, no cesa de decir que se siente muy vivo —«sentimos más ansias de mantenernos activos a medida que envejecemos»— y con la sensualidad intacta, porque ha descubierto que «la libido, como Elvis y los celos, nunca muere». En ese torbellino del deseo que no puede consumarse y la pesquisa sobre quién es Eddie se desarrolla la novela, ácida y divertida, con una irreverencia hacia la muerte y hacia ciertas convenciones sociales propias de la narrativa de Kureishi, pero que aquí son llevadas hasta un extremo inédito: Waldo, ya lanzado en desmontar el mundo, sostiene que «la ética es una violencia psicológica y la bondad un obstáculo».

Pero Waldo no puede dejar que Zee se vaya. Aunque al comienzo siente que se está abriendo una gran puerta a la que ella tiene derecho porque él ya no puede satisfacerla, y que «el dolor es un placer y el placer duele», pronto la cuestión se vuelve más turbia. No se trata solo de que ella se enamore de alguien más joven y que esa persona viva en la casa, conformando un trío quizá no tan inusual, sino también del elusivo carácter de Eddie, que se va revelando tanto a través de sus confidencias a Zee como de las investigaciones que lleva a cabo Anita, una actriz protegida de Waldo cuyo personaje va creciendo en importancia. Kureishi construye una densa trama donde se imbrican abusos sexuales, traiciones y dobleces, más personajes —señaladamente un amigo de Eddie, que parece guiarlo en sus acciones— y, atravesándolo todo, la relación entre Waldo y Zee, otra manera de mirar la pareja y el matrimonio (o cómo se sobrevive a ambos), tema que, aunque es recurrente en Kureishi, siempre queda iluminado de otra manera, acá por la cercanía de la muerte. Paradojalmente, el autor logra hacer reír hasta en los momentos más solemnes de ese rito de paso.

Hanif Kureishi. Anagrama, Barcelona, 2018. 180 páginas.

Siempre es medianoche

Reseña publicada en la revista Caras, noviembre de 2001

Hanif Kureishi es un hijo de la vieja Gran Bretaña o, más bien, del gigantesco imperio que se repartió por lo cinco continentes y que, tras la ola independentista, vuelve como reflujo a la metrópoli más cosmopolita del planeta.

Kureishi, pues, es de origen pakistaní, pero nacido y criado en Inglaterra, y uno de los escritores más talentosos de su generación, lo que no es poco decir. Y, se diría que naturalmente, sus primeras obras abordaron precisamente el tema de los inmigrantes, de todos aquellos ex súbditos que buscan, desde hace décadas, un lugar en el corazón del imperio. Las novelas El Buda de los suburbios y El álbum negro, más algunos cuentos y guiones de películas notables como Mi hermosa lavandería y Sammy y Rosie se lo montan, no solo lo situaron como uno de los mejores intérpretes del crisol cultural en que ha devenido la ciudad de Londres, sino también en la vanguardia literaria de su país.

Pero no era esa la única veta de la narrativa de Kureishi, un escritor tan británico como Martin Amis o Julian Barnes, solo que con otro punto de vista, otra manera de situarse frente a la ciudad y el país que comparten. Como ya había mostrado en algunos cuentos y, sobre todo, en su tercera novela, Intimidad, Kureishi no estaba escribiendo solo la crónica de la integración racial, sino también la crónica de una generación, los que crecieron con las utopías de los sesenta, que ha perdido el rumbo. Ese es el hilo que retoma en esta magistral decena de cuentos, en su mayor parte historias de parejas, que están en alguna etapa del reencuentro, la ruptura, el volver a empezar o el arrojarlo todo por la borda. Parejas que a su vez tienen historias antiguas, que a veces asoman dramáticamente, hijos de una u otra etapa, y, naturalmente, heridas, resquemores, desconfianzas y desengaños a cuestas.

El narrador de «Eso era entonces», antes de comenzar con la historia de Natasha y Nick, se asume como parte de los personajes y escribe: «somos infalibles en nuestra elección de amantes, especialmente cuando necesitamos a la persona equivocada. Hay un instinto, imán o antena que nos guía hacia la peor decisión». Esta cita da el tono del libro, que navega entre naufragios y salvatajes, que no tiene reparos a la hora de la crueldad, del sarcasmo, de la ironía, que tiene algo de ferocidad en su disección de aquellas historias siempre al borde de la disolución, pero tan claramente reconocibles en otros entornos, más cotidianos y menos literarios. Y ahí radica buena parte del atractivo de este amargo texto, en su capacidad para evocar y retratar personajes e historias que no hablan solo por sí mismos, sino por toda una generación, en su manera de tomarle el pulso al tiempo y entregar un diagnóstico de aquellos que el paciente –el lector- no quiere oír, pero que se constituyen, después, en algo así como una revelación.

Hanif Kureishi. Editorial Anagrama, Barcelona, 2001. 219 páginas

La luz negra

Reseña publicada en la revista «Sábado» del diario El Mercurio, 16 de marzo de 2019

Tras su deslumbrante debut literario con El nervio óptico (Laurel, 2016, reseñado en esta columna), María Gainza vuelve con una novela también renovadora en las formas y con la plástica como el gran sustrato de la ficción. La novela, al inicio, se estructura como una serie de muñecas rusas: una historia abre otra historia y luego se despliega otra más, pero es un efecto buscado, un truco de imaginería para ocultar o al menos postergar la búsqueda “del corazón de esta historia, encontrarlo donde quiera que esté”; pero la narradora también dice que le gusta “el callejón, el pliegue, el recoveco”, y de eso está tejida La luz negra, de pliegues que se abren al inicio con una amistad o, mejor dicho, con una relación de maestra a discípula, una relación iniciática en los recovecos del mundo del arte y de la distinción entre original y copia, entre una pintura auténtica y su falsificación, que ocurre en el lugar en donde se certifica aquello que es verdadero de lo que es falso en el arte. Pero, dice la narradora, “como si la verdad fuera la gran cosa y no simplemente un cuento bien contado”. Y la gran pregunta que recorre el libro es cuánto hay de cierto en la historia que Enriqueta, la experta en autenticidad, le ha contado a su discípula sobre “La banda de falsificadores melancólicos” y sobre un personaje conocido como La Negra, cuyo mayor talento es imitar a la perfección el estilo de otro.

Gainza muestra aquí un amplio abanico de influencias. El inventario de los bienes de la pintora más falsificada en el libro, Mariette Lydis, recuerda a Perec (y también a Sei Shonagon). Las abundantes referencias, las citas encubiertas, las historias de cuadros y de libros, perfectamente integradas en el conjunto, recuerdan a Vila-Matas; y la búsqueda de La Negra a través de entrevistas a distintos personajes hace pensar, cómo no, en Bolaño. Pero la síntesis es suya y muy bien lograda, otra muestra del talento de Gainza para cabalgar sobre la tradición y usarla y moldearla a su gusto. Es curioso que el citado corazón de la historia aparentemente no existe, pero, si más allá de la búsqueda de un personaje que nunca se constituye como tal miramos a las reflexiones de la narradora sobre la escritura, puede estar ahí: “una escribe para auscultarse, para entender qué tiene dentro”, pregunta acuciante para quien su familia consideraba “un caso perdido, alguien que en la vida, como mucho, podía algún día llegar a sobresalir cazando mariposas”.

María Gainza. Anagrama, Barcelona, 2018. 144 páginas.

Un vaso de cólera

Reseña publicada en la revista «Sábado» del diario El Mercurio, 11 de mayo de 2007

El escritor brasileño Raduan Nassar, de ascendencia libanesa, publicó dos novelas en la década de los setenta y una recopilación de cuentos escritos en la misma época en 1994, que tuvieron una extraordinaria recepción por parte de la crítica y de los lectores. Una de esas novelas, Labor arcaica, tuvo dos ediciones en castellano, en 1982 y 2005; el resto de su obra permanecía inédita en nuestro idioma. A tal punto es reconocida la calidad de su breve producción que el año pasado recibió el Premio Camoes, el más prestigioso en portugués, otorgado por los gobiernos de Portugal y de Brasil. En la recepción del premio, Nassar, que dejó la escritura por la agricultura («No hay creación artística o literaria que se compare a la cría de gallinas», declaró una vez), lanzó fuertes críticas contra el gobierno de Michel Temer. El premio, más que el incidente, reavivó el interés por su obra, que Sexto Piso publicará íntegramente en castellano. En enero de 2017, Nassar recibió varias veces a un reportero del New York Times, interesado en saber por qué había dejado de escribir. Cuando por fin pudo plantearle el asunto, Nassar respondió: «¿Quién sabe? Yo realmente no lo sé».

Un vaso de cólera, en una realmente destacable versión castellana del escritor mexicano Juan Pablo Villalobos, muestra una voz única y distinta, con un lenguaje de singular riqueza y una penetración asombrosa en los recovecos de una relación de pareja. Nassar captura de manera brillante ese momento en que el deseo se persigue con el hastío, así como el crepitar de los ritos y juegos donde cada uno desempeña el papel que sabe, que conoce de memoria, y que siempre, a la vez, tiene el retorno de lo nuevo. El protagonista dice de su pareja que ella «nunca tiene bastante, pero sí lo suficiente» de él. Los cinco primeros capítulos describen los ritos amorosos y hacen crecer la tensión escondida en «cada burbuja envenenada de silencio». Un hecho fortuito desencadena una discusión, «La bronca», el capítulo más largo del libro, que se enmaraña y complejiza cada vez más, alcanzando dimensiones que tocan cuestiones metafísicas y existenciales, una discusión que vierte «bilis en la sangre de las palabras», en un pasmoso crescendo que abisma por el estilo vibrante y los durísimos ataques que ambos se propinan. La novela es asombrosa por lo extraña, por lo hiriente, por lo barroca, por lo dura, por lo sabia, con un epílogo que estremece y vuelve a poner todo en juego, donde ella toma la palabra y la hace retorcerse a su vez hasta lo súbito e insospechado.

Raduan Nassar. Sexto Piso, Madrid, 2016. 80 páginas.

El libro más peligroso

Reseña publicada en la revista «Sábado» del diario El Mercurio, 23 de marzo de 2019

El Ulises de Joyce está considerado hoy un libro canónico, crucial en el desarrollo de la literatura del siglo XX. Tiene fama de difícil, de literatura para especialistas, pero no es así: se puede leer y gozar. Tiene, en castellano, una interesantísima historia de traducciones donde destacan la primera y la última, ambas realizadas por argentinos, ambos traductores no profesionales. Joyce es parte indiscutible del canon y una de las mayores ausencias en la lista de premiados por el Nobel de Literatura. Sin embargo, el camino para arribar a ello fue más largo e intrincado de lo que se piensa. De hecho, el libro fue condenado por obscenidad y prohibido en el Reino Unido y en Estados Unidos. Fue publicado en Francia y desde ahí circulaban copias clandestinas que encontraban muchas dificultades para sortear las revisiones aduaneras. Más todavía, se impuso el silencio sobre el autor y la obra en los medios de comunicación; una obra censurada, para los encargados de la salud moral de la población, no existe, y ya solo mencionarla en un programa radial podía acarrear el inmediato ostracismo en cadenas como la BBC. Si se han escrito ríos de tinta sobre la novela, menos se ha explorado el sinnúmero de dificultades que debió atravesar para llegar a las vitrinas de las librerías y a los lectores.

Es la historia que reconstruye Kevin Birmingham en El libro más peligroso. James Joyce y la batalla por el Ulises, una investigación que sigue hasta cierto punto —pero con apasionante detalle— la huella biográfica del irlandés y de Nora, su mujer, mientras escribía su obra mayor, para luego centrarse en el largo e intrincado conflicto que la novela vivió en su enfrentamiento con tribunales y agencias estatales. Los personajes de reparto son estudiados y retratados de acuerdo con su gravitación en esta densa trama. Por ejemplo, Sylvia Beach, la fundadora de una de las librerías de mayor fama mundial, Shakespeare & Company, que publicó en 1922 la primera edición del Ulises; o el juez John Woolsey, autor del fallo de 1933 que liberó la circulación de la novela, dictamen jurídico que cambió la legislación estadounidense sobre la obscenidad, pero que también fue una sentencia histórica y política. Cuando se llevó a cabo el juicio, los nazis ya habían comenzado a quemar libros; la abolición de la censura, entonces, fue un gesto libertario y democrático que, como dice el autor, «convirtió la insurgencia cultural en una virtud cívica», gesto que sigue resonando hasta hoy.

Kevin Birmingham. Es Pop Ediciones, Madrid, 2016. 478 páginas.