Treinta años de novela y burbujas

Artículo publicado en el suplemento «Babelia» del diario El País, 23 de octubre de 2004

 

1. En busca del tiempo perdido. El golpe de 1973 significó una drástica ruptura en todos los planos de la vida nacional, incluida, por cierto, la producción artística y literaria. Muchos escritores, entre ellos los más significativos de la generación del 50 y de la siguiente (José Donoso, Antonio Skármeta, Ariel Dorfman) partieron al exilio. La clausura cultural de la dictadura, que ejercía censura previa a la edición de libros, dio pie para hablar de un “apagón cultural” y, consecuentemente, a la virtual desaparición de narradores y poetas de la escena pública. Hubo, por cierto, excepciones. El poeta Raúl Zurita recibió el impensado espaldarazo de la crítica oficial. Donoso publicó en España y circuló sin trabas en Chile. Otros -Diamela Eltit, Gonzalo Contreras, Carlos Franz- publicaron a mediados de los ochenta, pero con poquísima repercusión.

En 1989, en vísperas de la entrega del poder, la dictadura levantó las restricciones a la circulación de libros. En 1990, ya en democracia, la editorial Planeta dio un golpe a la cátedra con su colección de literatura chilena. El público y la crítica recibieron con entusiasmo la avalancha de títulos; mal que mal, una de las funciones de la novela es trazar el imaginario del país, devolverle sus pesadillas y sus sueños, ayudar a entender, desde la ficción, quiénes y qué somos, y eso es lo que esperaban, en buena medida, los lectores chilenos.

Aquella colección de tomos de lomo blanco era un cajón de sastre, con autores de las más variadas edades y estilos narrativos, desde José Miguel Varas, que había publicado sus primeros cuentos en la década de los cuarenta, hasta Alberto Fuguet, que lanzó aquí su primera colección de cuentos a los 26 años. Entre ellos, dramaturgos convertidos a la narrativa, como Marco Antonio de la Parra; escritores que siguieron fuera de nuestras fronteras, como Fernando Alegría, José Leandro Urbina y Roberto Castillo; los que ya habían comenzado, pero ahora con crítica y ventas, como Diamela Eltit, Gonzalo Contreras y Carlos Franz, más la nueva hornada -también de edades variadas- entre los que están Arturo Fontaine, Ana María del Río, Jaime Collyer, Sergio Gómez y tantos más.

Esta diversidad generacional y temática hizo que la polémica subsiguiente -muy destacada por los medios- acerca de la existencia o inexistencia de una “nueva narrativa chilena” pronto se revelara como artificiosa y más hija del marketing que de una sensibilidad común o una propuesta coherente. Así y todo, los escritores chilenos gozaron, por algunos años, del favor del público y de la aquiescencia de la crítica: por lo menos había algo que leer, era el sentimiento no expresado, y, entre tanto título, bien podía saltar la liebre. A Planeta se sumaron editoriales como Mondadori, Los Andes y Alfaguara. Los lanzamientos de libros se sucedían uno tras otro. La tradicional Feria del Libro que se mal instalaba en los polvorientos senderos de un parque se trasladó a una vetusta y remozada estación de ferrocarriles. Chile parecía recuperar, gracias a la narrativa, su carácter de país lector.

2. El estallido de la burbuja. Pero la verdad es que, entre tanto título y tanto reclamo publicitario, a mediados de los noventa había poco que rescatar. Tres novelas sobre el exilio (Urbina, Varas y Cerda). Una novela distanciada que ponía en escena el Chile profundo, la primera y mejor de Gonzalo Contreras. Algunos cuentos de Jaime Collyer. La voz de Ana María del Río. Algunas páginas de Diamela Eltit. Las novelas y cuentos desgarradores de José Miguel Varas. Díaz Eterovic es un escritor menor, pero muy seguro en el género que maneja, la novela negra. Jorge Guzmán rompió un silencio de más de 25 años al publicar Ay mama Inés, una de las buenas novelas históricas que se han escrito en Chile. En la misma línea escribe Antonio Gil, más tributario de la poesía que de la narrativa.

Hay que señalar, como contexto, la insularidad de las letras chilenas. Por políticas de distribución y el criterio de la apuesta segura, las editoriales que controlan el mercado suramericano habían decidido que cada país leía a sus propios autores, y nada más. Sólo lograban traspasar las fronteras quienes tenían asegurado el éxito de ventas, y ello nunca ha sido sinónimo de buena literatura. Chile exportaba a Marcela Serrano, una escritora rosa, y escritores radicados fuera, como Luis Sepúlveda e Isabel Allende, tenían también tribuna, aplauso y circulación. Hasta acá llegaba uno que otro escritor argentino, más los clásicos de siempre. Nada más. Y, mientras tanto, críticos y lectores comenzaban a cansarse. Demasiado libro, demasiado “talento desconocido que renovará la literatura criolla”, y muy pocas nueces. La operación Mc’Ondo, a cargo de Alberto Fuguet y Sergio Gómez, fue apenas un volador de luces que no alcanzó a constituirse en manifiesto.

3. Otras miradas. Pasada la mitad de la década, ocurrieron dos acontecimientos en el ámbito del libro. El primero fue la aparición de un penetrante ensayo del sociólogo Tomás Moulian sobre el Chile de los noventa. Fue tal su éxito que llegó a venderse en almacenes y panaderías de barrio. Y es que la radiografía del país se veía con mucha mayor nitidez en este libro que en la suma de la narrativa publicada hasta la fecha. Ahí se inició un cambio de rumbo, tanto en las decisiones editoriales como en las preferencias de los lectores.

El segundo fue, primero, un rumor boca a boca y, luego, una suerte de instalación de la crítica: la irrupción local, morosa y medida, de Roberto Bolaño en las letras chilenas. Es bueno registrar aquí la incredulidad, la desconfianza e incluso la negación explícita que corrió pareja con la circulación de sus libros. No es chileno, dijeron algunos, cuando se le proclamó como el mejor escritor del país en la década. Es que la narrativa de Bolaño, sin duda la más lúcida y más reveladora sobre el imaginario criollo en ese par de décadas de oscuridad que nos tocó en desgracia, rompía demasiados esquemas. Esa telaraña inasible, ese mecanismo de relojería que desmontaba el edificio de los eufemismos, de los silencios cómplices, de los subentendidos, puso en perspectiva global una narrativa local, y el resultado fue vergonzoso. No sólo por Bolaño, sino también por la irrupción de otras voces, venidas de todo el ámbito del español o del castellano hablado, escrito, rugido o balbuceado en estas latitudes. ¿Quién eres? Mírate al espejo. ¿Qué ves? No te engañes.

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Informe Tapia o la provincia sublevada

Artículo publicado en Contrafuerte Nº 3, diciembre de 2009

Por los intersticios, un poco a contrapelo y por vías poco habituales, Marcelo Mellado se ha ido instalando como una de las voces más genuinas e interesantes de su generación.

TapiaAunque fue columnista de Artes y Letras en El Mercurio y recibió el año pasado el Premio de la Crítica a la mejor obra de narrativa publicada en 2007, por Ciudadanos de baja intensidad, sigue siendo una suerte de rara avis en la narrativa criolla, un marginal que no sólo está consciente de serlo, sino que usa además la marginalidad como estrategia discursiva para dirigir, desde ahí, un ataque en forma a una cierta idea de país anclada en el sentido común. Bajo la mirada áspera y corrosiva de Mellado, esa idea parece disolverse en un amasijo de urbanismo derruido, tribus inmisericordes en sus enfrentamientos, ejércitos de burócratas que trabajan para sí mismos y ambientes degradados donde campean el vino malo, los orines y los hedores de la descomposición del paisaje citadino.

Tras una novela, El huidor (1991) y un volumen de relatos, El objetor (1995), hoy inencontrables, Mellado pareció encontrarse con la difusión –relativamente- masiva cuando Sudamericana le publicó La provincia (2001). Para la anécdota queda que los santantoninos se enfurecieron con Mellado, por ese extraño hábito de confundir la verdad novelesca con el lado de acá de la realidad.

Cuando publicó Informe Tapia, Mellado señaló, en una entrevista en El mostrador, que “El rayón mío en ese momento era el tema de los discursos. Alrededor de uno, no sé por qué, se mueven siempre cientistas sociales o intelectuales que manejan una jerga que tiene que ver con los desarrollos territoriales, que viene de las estudios culturales, de los estudios de género. El tema que más me interesó es todo esto del desarrollo territorial es el “bicentenarismo” cultural; una especie de ocupación discursiva del territorio”. Pero sin duda que ese “rayón” venía desde antiguo: uno de los rasgos más singulares que el lector advierte en La provincia y luego en todo su proyecto narrativo, es su notable habilidad para situar en la misma línea sintáctica voces y términos procedentes de distintas jergas.

De un lado, está el lenguaje sociologizante de quienes suelen analizar asuntos urbanos y sociales, una jerga correosa, plagada de esdrújulas y horrendos neologismos; de otro, el lenguaje burocrático, oficinesco, plano y retentivo, con notas provenientes de los servicios de seguridad y control; cruzando a ambos, el habla de la calle, el “tenimos”, por ejemplo, más notas de chilenglish, variación chilena del spanglish que viene dada no tanto por la convivencia en una comunidad donde se habla tanto inglés como español, sino por el imperio de las modas y la inútil búsqueda de un toque de distinción en el discurso. Es decir, no se trata sólo de que Mellado -para hablar como él- problematice todo lo que sostiene o que se autoparodie constantemente, como sostiene Marcelo Somarriva en la estupenda entrevista que le hizo a propósito de La provincia. Se trata de que desde el léxico y la sintaxis ya se subvierte el orden y se pone en juego otro sistema de relaciones muy poco habitual -único, hay que decir- en la narrativa chilena.

Allí radica, sobre todo, el carácter excéntrico y marginal de la narrativa de Marcelo Mellado. De manera consecuente, dejó el sello multinacional para optar por una editorial pequeña, marginal, que no accede a los circuitos de distribución, que no hace lanzamientos, que no manda ejemplares para su difusión en la prensa, que saca ediciones de 300 ejemplares. Es un gesto político, tal como él mismo señala (“Es un gesto importante. Esta editorial es una Pyme (pequeñas y medianas empresas). Es el mismo tema que en otras cosas: la lucha entre las Pymes y las grandes empresas. Es un gesto editorial, hay que promover a las Pymes y hay que legislar para ellas o hay que protegerlas porque los otros güevones son unas bestias”), pero no gratuito: forma parte de una estrategia discursiva cuyo mayor valor reside en su capacidad de subvertir los códigos lingüísticos y sociales de la narrativa criolla.

Mellado es, en ese sentido, un escritor incómodo: las tribus de poetas que se enfrentan en Informe Tapia por cuestiones harto poco relevantes son una suerte de copia degradada y risible de los ghettos más visibles de lo que algunos llaman la escena literaria nacional y, aunque exista un cadáver de por medio, la novela jamás pierde el pulso de farsa y parodia que potencia su capacidad de demolición de ritos, mitos y discursos. Es que una de las características clave del estilo de Mellado es el perverso sentido del humor que anima su escritura. El texto que mejor revela cómo opera éste es “Borradores para una teoría del desprecio o El hacedor de asados”, en La provincia. El exhaustivo análisis de los “capítulos” involucrados en esa ceremonia tan habitual y (aparentemente) sin secretos, que alterna cuestiones de orden general con la crónica de un asado específico, es irresistiblemente cómica por la manera en que desnuda códigos tan cotidianos que han pasado a ser invisibles. Así, la conjunción de jergas diversas aplicadas a un suceso anodino tiene el corrosivo poder de mostrar el reverso de las cosas, aquello que normalmente el lenguaje oculta o sepulta bajo capas de lugares comunes y subentendidos donde cada cual sabe exactamente qué no se dijo, pero en un nivel de conciencia donde ni siquiera aflora ese conocimiento.

En realidad, esa manera de proceder se aplica a toda la narrativa de Mellado. En Informe Tapia, hasta la trama tiende a hacerse también invisible en la nube de palabras que la rodean y oprimen; aún así, tras las máscaras de personajes que ni siquiera alcanzan un nombre definitivo –Padilla, Badilla o también Ladilla; Atilio Vera, o Vega, o Varas o, tal vez, Vargas- y las distintas versiones que entrega el narrador, que avanza, retrocede, anuncia o desmiente sus dichos, se arma una historia que también es subversiva, que también cuestiona el perfil oficial de país moderno e integrado al mundo, que extrapola –y así revela- las estrategias de poder que se disputan los espacios en una ciudad de provincias y, por lógica extensión, los espacios de poder en todo el país. La jerga bélica o guerrillera, de la resistencia y la represión, de los aparatos de seguridad y los barretines, añade un punto de paranoia y furia al discurso, pues también se encuentra desplazada al menos de época. La reproducción de ese tipo de discurso en el contexto del país democrático no remite sólo a la dictadura ni tampoco a operaciones de inteligencia como la de la Oficina, sino a una operación aún más subversiva y contraria al consenso instalado en el país: las cosas no han cambiado tanto.

La dislocación de la trama; sus personajes de barrio, sin sofisticación alguna pero tan reconocibles también en los tipos cotidianos que encontramos a diario; la proliferación de lenguajes al interior de los párrafos y su desaforado sentido del humor, son algunas de las características que señalan a Mellado como, al menos, un excéntrico, pero sus decisiones políticas –o ideológicas, como él mismo dice- lo sitúan además en el plano de la marginalidad. Habla desde el borde costero, pero también desde el borde de las estructuras de poder, desde esa conjunción de fronteras donde se funden, por un instante, la iniciativa ciudadana y la institucionalidad oficial, y las tierras de frontera se caracterizan por la inestabilidad, el peligro y el riesgo de pisar minas anti personales; habla desde un puerto ciertamente exitoso, pero también un puerto de segunda que no se mira entre sus pares del mundo, sino ante el espejo del puerto principal que por lo menos puede reivindicar sus andrajos como patrimonio de la humanidad.

Y ahí está lo más interesante de una propuesta narrativa que se resiste no sólo a las modas, sino también a incorporarse a la ritualidad escénica de la literatura criolla. Mellado, de nuevo, es un escritor incómodo, una suerte de Pepe Grillo que sólo por desmarcarse con tanta fuerza de sus pares muestra sus debilidades y desnuda sus transacciones ante el poder. No es el caso de todos, desde luego, pero habrá muchos que prefieren mantener a Mellado en la casilla del loco que farfulla en lenguas desde un puerto infecto y degradado, en lugar de reconocer que su propuesta es de las más originales y sólidas de su generación, los escritores nacidos en la década de los cincuenta.

Una nota al pie: con todo respeto por su marginalidad, a Mellado le hace falta un editor sólo para efectos de revisar la ortografía y la sintaxis. Puede parecer un asunto menor y hasta acorde con su intento de demolición institucional, pero no: para derrotar al enemigo hay que construir una propuesta que resista cualquier embate, hasta los de la Academia de la Lengua.

El catador de libros

Columna publicada en el diario Las Últimas noticias, 25 de junio de 2001.

alone_001Pocas semanas atrás, un crítico literario de “El Mercurio”, José Promis, despachó una subida diatriba contra la novela “Ferrantes”, de Patricio Femández, pese a declarar, de entrada, que no había leído ni la mitad del libro. Hace algunos años ocurrió lo mismo con Ignacio Valente y “Mala onda”, de Alberto Fuguet.

Casos así son para indignarse, según los lectores acuciosos que no opinan de un libro hasta haber leído, y muchas veces soportado, hasta su última página. Pero tal práctica –poco frecuente, por fortuna- viene avalada por el mismísimo pope de la crítica nacional, Hemán Díaz Arrieta, Alone, quien declaraba a quien  quisiera oírlo que no se sentía obligado a leer íntegros los libros objetos de sus críticas: le bastaba “catarlos”.

Es cierto que para reconocer un buen o un mal vino basta con beber menos de una copa. Es cierto también que Alone no se equivocó a la hora de reconocer a los verdaderamente grandes de la poesía chilena, y ello desde muy temprana hora; y también hay que decir, en su defensa, que nunca aceptó el título de crítico, prefiriendo, en cambio, el calificativo de “cronista” de la literatura. Tampoco hay dudas de que la cata literaria puede ser eficaz respecto de los subproductos del mundo de los libros -como los bestsellers, por ejemplo-, pero no lo es, no puede serlo, en el ejercicio cotidiano de la lectura reflexiva que se traduce luego en una opinión expuesta públicamente.

Tal vez por eso es que la obra de Alone tuvo tantos detractores -menos, en todo caso, que sus admiradores y fieles seguidores- y el calificativo de arbitrario sigue rondando los centenares de artículos que publicó, especialmente en “El Mercurio”, durante una larguísima vida como crítico (que lo era, más allá de lo que dijo él mismo respecto de su oficio) que alguna vez incursionó en la novela y, por supuesto, en el ensayo, en las memorias, en los artículos políticos, en los diarios, casi siempre con una prosa repulida y a ratos farragosa, y con un estilo que se siente, conforme pasan los años, cada vez más anacrónico y poco eficaz a la hora de comunicar.

Tal vez por eso es que la paternidad ejercida por Alone durante tantos años no se ha prolongado en el tiempo, y hoy, a pesar de esporádicos ejercicios de  reanimación, su nombre tiene sobre todo el peso de la historia, pero ninguna actualidad. Nadie valora hoy sus tesis o sus propuestas. Su “Historia personal de la literatura chilena’’ es más un catálogo de sus preferencias y animadversiones que un documento confiable para el estudio de la literatura chilena.

A fin de cuentas, Alone es hoy sólo un personaje más de nuestra narrativa -secundario, desde luego-, tal como lo muestra una novela reciente que, por cierto, ha sido rigurosamente ignorada por el diario en que Alone ejerció la crítica durante tantos años.

La extinción de los coleópteros

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 3 de septiembre de 2016

portada_la-extincion-de-los-coleopteros_diego-vargas_201608020615Lo más llamativo de esta segunda novela del temuquense Diego Vargas Gaete, nacido en 1975, publicado y más conocido en Argentina que en Chile, es la estructura, quebrada y sinuosa, construida a través de retazos que se persiguen a través de las páginas, dividida en dos partes que no son tales; y, sin embargo, es una novela que se lee con extraña facilidad. En esa aparente paradoja se advierte el talento de un escritor que escapa a los contornos de su generación. Vargas deja completamente a un lado la biografía como material de su escritura y aborda, siempre a través de una suerte de caleidoscopio, dos historias familiares. El corazón secreto del libro parece radicarse en los abusos cometidos en el sótano del Colegio Germano de Temuco, entre 1979 y 1990. Algunos son señalados de manera explícita y otros se sitúan en la zona más difusa de todos los abusos posibles de cometer durante la dictadura. Y aquí se advierte más aún el valor de la estructura quebrada que soporta la novela: lo que ocurre en el sótano es parte de la historia de los personajes, pero no de manera explícita. Dicho de otro modo, la novela no se sumerge en las profundidades del Aula Magna del colegio, sino que bascula en torno a ese centro de gravedad que atrae las historias que ahí se narran.

Algunas son tangenciales. Otras se refieren a los antepasados. Pero incluso la que más parece escapar de ese sótano, la de Julio Mellado, hijo de Joselito Mellado, el guardián de las puertas de aquel recinto, académico en una universidad de Valparaíso, está tocada de forma imborrable a través de unas fotos que Julio descubre en una caja en el clóset de su padre. Fotos que pasan por las manos de los personajes, pero que nunca se describen, que solo exudan un rastro ominoso y terrible que el lector percibe a través de los personajes. La de Julio es, también, la más lúdica y desaforada, y lleva la novela hasta una culminación donde parecen fundirse el pasado de su infancia, el pasado del país y el futuro de todos. La otra historia importante es, por cierto, la de la familia Kunz, conocida a través de retazos y de los fragmentos de un libro llamado “Diario de un viaje: historia secreta de la familia Kunz”. Si el sótano es el corazón de La extinción de los coleópteros, el “Diario…” es su columna vertebral, porque le otorga dureza, solidez y continuidad a personajes que entran y salen del texto.

Diego Vargas Gaete. Emecé, Santiago, 2016. 199 páginas.

El rincón de los niños

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 20 de septiembre de 2008

el rincónHay que resaltar, como uno de los hechos destacados del año literario, la reedición de El rincón de los niños, novela publicada originalmente por Nascimento en 1980, momento en que recibió apenas el juicio desfavorable de la crítica y la indiferencia de los lectores, salvo, claro está, dos o tres opiniones entusiastas; una de ellas, el texto que Adriana Valdés escribió para la primera edición, figura aquí como apéndice, más el prólogo de Carlos Labbé.

Cristián Huneeus (1937-1985), su autor, fue uno de los miembros más activos de la generación del cincuenta, cuya obra de ficción relativamente corta, más ensayos y escritos biográficos, se redescubre, se valora y se lee, finalmente, como lo mereció desde su origen. Además de escritor, Huneeus fue “estudiante de arquitectura y literatura, narrador, conductor radial, agricultor, profesor universitario”, tal como lo sintetizaron los editores de sus artículos de prensa, y, consistentemente con aquella diversidad de intereses, Roberto Merino sostiene que esta novela pone en escena “el lenguaje de las sucesivas tribus a las que un individuo puede pertenecer parcialmente en su vida: la tribu barrial, la de la clase social, la literaria, la académica, la de la abandonada juventud e incluso la psicoanalítica”.

Escritura estructurada sobre el fragmento, la yuxtaposición de distintos relatos y un cierto caos que llama la atención sobre el mismo proceso de dar forma a la novela, ciertamente se trata de un libro llamativo, rupturista, que, sin embargo, ya lejos de la clausura cultural y política de su fecha de edición original, se lee con relativa facilidad y creciente asombro. Asombro, porque esta especie de crónica tribal, para insistir en la expresión de Merino, tiene un grado de libertad y de soltura que es raro encontrar en narrativa chilena de aquella época y también en la más reciente, donde los afanes de innovación se reducen, con frecuencia, al mero quiebre de la sintaxis y a la acumulación de nombres de escritores. Sobre distintas capas de significado, que comienzan por el nombre del protagonista, Gaspar Ruiz, Huneeus da vuelta a su época y la subvierte, a ratos de manera sutil, a ratos con una franqueza casi brutal. “Gaspar Ruiz” ya es toda una referencia: un cuento –o novela corta- de Joseph Conrad tiene ese título y alude a un campesino y soldado chileno que padeció miles de vicisitudes en la guerra por la independencia. Este Gaspar, el de Huneeus, vive en su tiempo y escribe copiosamente textos que llegan a las manos del narrador que los transcribe y comenta, además de introducir fragmentos de diversos orígenes. Tras ese ejercicio se esconde una convicción radical, la pregunta acerca de si “algo tan impreciso y vulnerable a la interpretación como es una vida humana puede postularse como ‘real”‘: y ahí está el juego de una novela provocadora, irreverente y estimulante.

Sangría, Santiago, 2008. 307 páginas.

El revés de la utopía

La república Independiente de Miranda. Por Enrique Lihn. Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1989. 140 páginas.

miranda.jpgEnrique Lihn fue conocido básicamente por su obra poética (La musiquilla de las pobres esferas, París situación irregular, El paseo Ahumada, entre otros títulos), obra que destacó por su seriedad intelectual, por su ceñido trabajo con las formas y por una irreverencia fundada en un acendrado escepticismo. Pero Lihn también destacó en el ámbito de la prosa; desde Agua de arroz, volumen de cuentos publicado en 1964, hasta su novela El arte de la palabra (1981), este autor trabajó, al igual que en su poesía, sobre sendas poco transitadas, con una propuesta estilística y temática que se desmarcaba de las tradiciones vigentes en la literatuta nacional.

En La República Independiente de Miranda, volumen de relatos editado póstumamente, Lihn propone un nuevo territorio para un mapa que registra varios antecedentes: el distrito de Yoknapathawpha de Faulkner, la Santa María de Onetti y el Macondo de García Márquez, para nombrar sólo los más ilustres. Mapa que reinventa e interpreta –o permite leer- el continente real sobre el que se superpone. Este nuevo territorio es una especie de anti utopía de remota ubicación tropical y dislocada geografía, descrito con trazos irónicos y  distanciados que quiebran la esperable alegoría.

El exceso paródico que campea en estos relatos abre una zona imaginaria desgajada del más probable referente (un Chile real agazapado en esta espectral Miranda). Es decir: ante el riesgo de caer en una obvia caricatura o en una historia en clave donde bastaría cambiar los nombres para encontrarse ante una mera crónica, Lihn optó por el exceso. De ahí la delirante geografía de la superposición de islas que conforman Miranda, trazada según líneas cuya regularidad geométrica repugna al sentido común -en el libro es calificada de “estúpida”- e induce a atribuir su creación a humana mano; de ahí la improbabilidad de las catástrofes que arrasan su territorio; de ahí la extravagante importancia de las teorías y prácticas artísticas en la vida política de Miranda.

De este exceso brota una punzante ironía que desafía los códigos del lector. Así como el territorio de Miranda no es reductible al territorio de Chile, estos relatos escapan a la circunstancia en que fueron escritos y se convierten, de carambola, en una mirada de singular lucidez sobre nuestra sociedad.

Pero no sólo de Miranda tratan estos cuentos. Los hay ambientados en Nueva York y en el mismo Chile; su atmósfera, nada mirandiana, tiene, no obstante, indudables relaciones de sentido con los del ciclo de Miranda. Un cuento es ejemplar: “Los gatos”, en donde gatunidad y humanidad se interpelan, agreden y niegan mutuamente.

Apsi 313, del l7 al 23 de julio de 1989

Excesos

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 29 de enero de 2005

excesos de mauricio wacquezMauricio Wacquez, nacido en 1939, pasó buena parte de su vida fuera de Chile. Si antes del golpe militar residió mayormente en Francia, después del mismo se radicó en Barcelona, desde donde continuó su labor como traductor y narrador. En 1971, la prestigiosa colección Cormorán, de la entonces pujante Editorial Universitaria, publicó Excesos, su primera recopilación de cuentos, escritos en Europa, pero situados en diversos rincones de Chile y muy a tono con el espíritu de los sesenta, quizá la década más abierta a nuevas experiencias y a la revolución en todos los ámbitos de la vida social, política y cultural.

Pero Excesos, tal como lo muestra la reciente edición de Sudamericana, es algo más que el espíritu de la época. Wacquez, como lo demostró más tarde en obras como Frente a un hombre armado (1981, reeditada en 2002) y Epifanía de una sombra (2000, editada tras su muerte), es un narrador de rara finura, con una asombrosa sensibilidad para los matices (quizá por ello fue muy cotizado traductor para importantes editoriales españolas; tradujo, entre otros, a Gustave Flaubert, Jean Cocteau y Julien Green) y hábil constructor de relatos.

En el caso de Excesos, hay que matizar el concepto de relatos. Se trata a veces de viñetas, de momentos, de objetos narrativos, por así decirlo, a caballo entre el cuento y la autobiografía y articulados entre sí por personajes o lugares. Es decir, se trata de una de esas colecciones de cuentos que son bastante más que la suma de sus partes y, por tanto, difíciles de incluir individualmente en una antología. A estos rasgos estilísticos hay que sumar la voluntad de provocación contenida en la obra de Wacquez, quien no se detiene ante la maraña de prejuicios que rigen, de manera no declarada pero implacable, la sociabilidad chilena y la corrección de la escritura.

Sin embargo, Excesos transita, se diría, por diversas corrientes o profundidades dentro del mismo cauce; si por un lado hay extremos, violencia, muertes; por otro, por debajo, o por arriba, circula el recuerdo de la infancia, no menos feroz, pero en el sentido de la voluntad de desnudamiento, de exploración hasta las últimas consecuencias de las figuras paternas, del sumergirse en el yo con una sinceridad implacable que no abunda en las letras chilenas.

En el prólogo, Carla Cordua destaca el carácter elusivo de algunos relatos, que abordan mediante rodeos, mediante lo no dicho o lo dicho a medias, temas como la bisexualidad o la homosexualidad. Aquí también, y más que nunca, Wacquez recoge el espíritu de los sesenta, pero no de la revolución que recorría el mundo, sino del clausurado espacio de la sociedad chilena.

Mauricio Wacquez. Editorial Sudamericana, Santiago, 2005. 114 páginas.

Recuerdos del pasado

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 12 de marzo de 2005

recuerdosLa hipérbole es un rasgo frecuente en los textos referidos a esta obra de Vicente Pérez Rosales. El mejor ejemplo es la siguiente frase de Alone: “Rara vez se habrá dado tal compenetración de un hombre, un libro y un país como la que hay entre Pérez Rosales, sus Recuerdos del pasado y Chile: los tres conglutinados forman un solo ser, con el mismo carácter y análogo desarrollo”. El texto –citado en el excelente prólogo de Marcelo Somarriva– es útil también para hacer notar la habitual identificación entre el relato de Pérez y la formación de la identidad nacional de Chile, cuestión que conviene no asumir de manera tan literal.

Desde luego, hay que celebrar la recuperación de un libro largamente extraviado de los catálogos editoriales y que, sin duda, es una de las piezas fundamentales de la constitución del corpus literario chileno en el siglo XIX; junto a Pérez están Blest Gana, José Joaquín Vallejo y bien pocos autores más, si dejamos fuera la otra gran corriente formadora de la tradición criolla, la historiografía. Ambas, historia y ficción literaria, son complementarias y forman parte del mismo movimiento creador de una memoria común, pero no sin conflictos. La identidad nacional es más una aspiración y un problema que una realidad, y en torno a ella se suelen desatar controversias acerca del poder y el carácter hegemónico de un discurso asociado a las élites culturales. Por eso es bueno releer a Pérez Rosales desde una perspectiva menos ingenua (el prólogo da algunas pautas en ese sentido) que la “conglutinante” enunciada por Alone, que termina asignando al libro un valor de verdad que supera con mucho las intenciones del autor y, francamente hablando, el alcance de cualquier texto literario. Ojalá entonces esta reedición no sea solamente la oportunidad de revisitar Recuerdos del pasado, sino también de resituar, desde la perspectiva contemporánea, su contribución a la memoria colectiva y a la tan escurridiza y problemática identidad nacional.

Vicente Pérez Rosales. Ediciones B, Santiago, 2006. 541 páginas.

El caso Morel

Publiqué esta entrada en mi antiguo blog el 6 de febrero de 2008, hace poco más de diez años. Es el comienzo de mi larga historia como lector de Rubem Fonseca.

morelEn 1981 o 1982 –no recuerdo bien, porque en ambos años fui de vacaciones a Chiloé- estaba ya iniciando el regreso y se me acabó la lectura que había llevado. En Ancud, sin muchas esperanzas, entré a una suerte de paquetería-librería que tenía algunos libros en la vitrina. Nada conocido, lo que parecía confirmar mi temor de quedarme sin nada que leer en el viaje de vuelta. Pero me tentó un libro, a pesar de su tapa de horroroso color rosado, que se llamaba El caso Morel. El autor, Rubem Fonseca, brasileño, era totalmente desconocido para mí. El texto de la contraportada decía poco: que la novela era policial, que la primera edición había sido requisada por la policía de su país, que era la primera de un escritor-abogado y ex policía que había publicado previamente un par de volúmenes de cuentos. Me lo llevé.

Y me gustó muchísimo. Tanto, que presté el libro sucesivas veces hasta que desapareció en manos desaprensivas. Leí muchos otros de Fonseca, que sigue publicando aún, pero echaba de menos esa novelita por la inolvidable sensación de arriesgarse con un perfecto desconocido que resulta ser un descubrimiento notable. La encontré hace poco en una de las librerías de viejo de Providencia frente a Miguel Claro al muy módico precio de mil pesos, y la releí feliz. Ahora me sorprendió lo que tiene de adelantada para su época. Es, creo, el texto más experimental de Fonseca; su escritura es frontal, directa, acorde con los procedimientos bastante universales de la novela negra. El caso Morel, sin embargo, se desarrolla en dos planos muy nítidos, con una novela dentro de la novela que es también la clave que el abogado Vilela utiliza para resolver el enigma de un crimen que parece no tener motivación y cuyas huellas son totalmente circunstanciales. En ese sentido, la novela no sólo es magistral, sino también pionera en la corriente por la que han circulado desde Vila-Matas hasta Bolaño, por nombrar algunos escritores que han hecho de la ficción dentro de la ficción una de sus principales herramientas de trabajo. No ha sido reeditada. Hoy pasé de nuevo por las librerías de viejo y había otro ejemplar a la venta.

PD: luego de buscar infructuosamente el libro para escanear la tapa, renuncié y subo la nota sin ella. Debe estar por ahí. No voy a comprar de nuevo la novela, no ahora, por lo menos; capaz que tenga que esperar otros 25 años para guardarla donde corresponde.

Coda de 2018

morel 2Esa edición ya no está en mi biblioteca. Supongo que la exilié porque tengo la estupenda edición de Tajamar, con traducción de John O’Kuinghttons al castellano de Chile. En este blog he puesto muchas de mis reseñas de libros de Fonseca; no sé si todas, porque debe haber más de alguna perdida por ahí. Me dio mucho gusto, a propósito de Tajamar, haber podido reseñar  su novela más ambiciosa, El gran arte, que leí primero en la edición ochentera de Seix Barral y luego en la de la editorial chilena, a fines de 2008.

Y todo esto me vino a la memoria porque acabo de leer y reseñar su penúltima obra, Historias cortas, en El Sábado. La editó Tusquets, eso sí.

El ocupante

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 29 de septiembre de 2012

El ocupanteEsta quinta novela de Sarah Waters representa un paso más de la autora en su exploración estilística a partir de la novela clásica. La impecable factura de sus obras, su extensión y su vocación realista evocan de inmediato las formas clásicas, la gran tradición narrativa de la Inglaterra del siglo XIX; pero, a la vez, son un sutilísimo ejercicio de subversión y relectura, tanto de las épocas en que se sitúan las narraciones como del género novelesco. Pero si en las anteriores la subversión iba mayormente por descubrir los estratos ocultos tras las rigideces victorianas y la vida que fluía, generosa y a borbotones, por los intersticios del orden social y desde los barrios de indecible pobreza, en El ocupante Waters se ocupa de reelaborar la clásica historia de fantasmas; M. R. James, Walter de la Mare y Charles Dickens, entre muchos otros, crearon un riquísimo paisaje de apariciones, espectros y hechos inexplicables, que hoy parece más bien de capa caída ante la emergencia de formas más seductoras de la fantasía. Waters no se arredra ante ese panorama y sitúa los hechos de su novela en los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial, en un rincón rural milagrosamente respetado por los bombardeos. La mayoría de las grandes casas solariegas están abandonadas o han sido vendidas para otros fines; sólo en algunas, sus ocupantes luchan por detener el inclemente paso del tiempo y también el incontenible avances de fuerzas sociales que amenazan su estatus y su capacidad de mantener el estilo de vida de sus antepasados. Una de estas casas es Hundreds Hall, donde un oscuro médico rural llega a trabar amistad con los dueños de casa, la viuda y sus dos hijos, los Ayres. La novela es también un brillante estudio social; esa pequeña sociedad provinciana es la miniatura de una sociedad cruzada por un estricto orden de clases cuya violación acarrea el más vergonzoso bochorno. Buena prueba de ello es que, sin que deje jamás de ser amena y ligeramente misteriosa, la aparición de lo extraordinario, de lo fantástico, de lo impensable, asoma recién tras unas 180 páginas. De ahí en adelante el tejido se hace más denso y pleno de matices; por más que la incredulidad sea la nota dominante, por más que el hermano esté internado en un hospital psiquiátrico (y muy contento de estar ahí, lejos de la “infección” que corroe Hundreds Hall), habrá de pasar aún más tiempo para que el terror muestre sus fríos dedos en los oscuros pasillos de la casona.

Sarah Waters. Anagrama, Barcelona, 2012. 532 páginas.