Travesuras de la niña mala

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 17 de junio de 2006

travesurasninamalaA Mario Vargas Llosa aún lo salva el oficio, aunque esta vez camina por el borde del abismo. Esta novela parece un trabajo fallido al que le falta una parte, un desarrollo paralelo que asoma en largas parrafadas pedagógicas incongruentes con la personalidad y estilo del protagonista y narrador de la historia. Vargas Llosa suele trabajar en textos e historias paralelas. En realidad, es casi su marca de fábrica, el sello de su estilo, que llevó a cotas notables en La Casa Verde y Conversación en la Catedral. Esta novela, en cambio, es lineal y única, una sola historia, pero a ratos pareciera emerger el fantasma de la ausente en trozos que parecen incrustaciones sociológicas, históricas o filosóficas, con el agravante de que no son asumidas como tales: entonces, además, son de una liviandad exasperante.

Tal como se preocupa de señalar el texto de la contratapa del libro, la trama se desarrolla en ciudades como París, Londres, Tokio y Madrid (además de Lima, claro, aunque no es tanto Lima como Miraflores, el barrio de la infancia del autor y de muchos de sus personajes, incluido el protagonista de ésta) y en el momento más oportuno: el despertar de los sesenta en París, paralelo a la emergencia de las guerrillas en Perú; el hippismo en Londres; el apogeo de la yakuza en Tokio; el destape en Madrid. La ubicación estratégica en el tiempo y el espacio posibilita el mecanismo de la digresión, pero también muestra con demasiada claridad el pie forzado.

La principal historia es algo mejor. La relación entre el niño bueno y la niña mala, entre el Perú de los privilegios y el Perú de la miseria, tiene sus momentos atractivos y el carácter de ella, de la niña mala, está bien logrado, pero todo ello no es suficiente para darle vigor a una novela anémica, con falsos finales y un romanticismo tan azucarado que le vendría bien la etiqueta de novela rosa. Cabe aún una interpretación más audaz: la novela puede ser entendida como la historia de la relación de Vargas Llosa, el niño bueno, con el Perú, la niña mala, que se mueve entre la atracción y el asco, el encantamiento y la repulsión, el amor loco y el odio furibundo. Puede ser extremar la libertad interpretativa, pero al menos proporciona un eje de lectura que le da algo de misterio al desabrido texto.

Mario Vargas Llosa. Alfaguara, Madrid, 2006. 376 páginas.

Bonsái

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, primero de abril de 2006

Bonsái«Al final, Emilia muere y Julio no muere. El resto es literatura». Así cierra el primer párrafo de esta novela -­digámoslo así­- de Alejandro Zambra, poeta y crítico literario que debuta en el género narrativo. La frase final suele usarse, en otros contextos, para desacreditar lo que se considera accesorio o no atingente a un determinado asunto. Una frase hecha, una muletilla que suele escucharse en programas televisivos y, desde luego, en tono y con ademán descalificador.

En Bonsái, en cambio, el resto es la novela. Podría decirse, entonces, que la frase es redundante e innecesaria, pero no es así: Zambra busca, desde el principio y por diversos medios, mantener siempre una cierta distancia entre el lector y lo narrado, una distancia que recalca, precisamente, que se trata de un texto literario y no de la imitación o transposición de la realidad. No hay efectos especiales para ilusionar al lector y hacerlo creer que el texto es algo distinto de un texto literario, carácter acentuado más aún porque los protagonistas, Emilia y Julio, estudian literatura, hablan de libros e incluso incorporan las lecturas en voz alta a sus ritos sexuales, y porque el ritmo sinuoso que sigue su historia está también marcado por páginas y autores determinados.

Un juego adicional se establece entre el título de la obra y sus características: es una miniatura literaria, un texto muy breve, muy bien trabajado y decantado hasta el extremo, cuya principal virtud quizá es que relata, como tantos otros libros, una historia de amor; pero lo hace con herramientas nuevas, con otra mirada, con otra sensibilidad, hasta el punto de traspasar la distancia establecida artificiosamente y establecer, en último término, una comunicación privilegiada con el lector. En efecto, la novela de Zambra finalmente conmueve y remueve con el hálito de tragedia ya anunciado en el primer párrafo, aunque lo hace de manera insidiosa, como si no quisiera hacerlo, como si sólo se tratara de literatura en el sentido derogatorio de la expresión; pero no, es literatura de la mejor clase, una obra de extraña madurez que hace de la brevedad una de sus mayores virtudes, por lo mucho que se puede decir y sobre todo sugerir en tan pocas páginas.

Alejandro Zambra. Anagrama, Barcelona, 2006. 96 páginas.

Violencia nueva sobre fondo clásico

Reseña publicada en el suplemento «Babelia» del diario El País, 24 de septiembre de 2011

La prueba del ácido

Élmer Mendoza

Tusquets. Barcelona, 2011

248 páginas. 17 euros

2011 10 Cubierta_LaPruebaDelAcidoNarrativa. En su anterior novela, Balas de plata, que ganó el Premio Tusquets 2008, Élmer Mendoza puso en escena a un personaje de nombre sospechosamente parecido al suyo -Edgar Mendieta-, detective que se recorta sobre la silueta de Philip Marlowe y esa ancha estirpe de hombres taciturnos, solitarios e incorruptibles que anima el género de la novela negra desde Hammett y Chandler en adelante. Como es de rigor, Mendieta tiene rasgos que lo distinguen de sus colegas más allá de la nacionalidad y la época; un pasado de niño abusado sexualmente y su relación con un psicólogo bastante particular, el doctor Parra, le dan un perfil torturado que establece la diferencia. A su vez, esa marca biográfica se incorpora a la trama de La prueba del ácido de manera oblicua, puesto que tiene que ver más bien con la política de alianzas que con la investigación criminal en que se embarca Mendieta desde las primeras páginas. Política de alianzas que resulta clave en una ciudad del norte de México, Culiacán, en el Estado de Sinaloa, uno de los territorios clave para el tráfico de drogas y, por lo tanto, para la guerra desatada entre el gobierno federal y el narco.

Quizá el índice de la violencia psicótica de los cárteles de la droga se refleja mejor en el momento en que los jefes, mientras comen exquisiteces antes de hablar de negocios, abren paso a la nostalgia por el tiempo pasado: “¿Se acuerdan cuando me dio por matar jóvenes de camisa blanca? En qué bronca nos metiste”. Sobre ese telón de fondo se construye una novela de trama clásica que aparentemente aspira a nada más que contar la historia de un crimen y su resolución. El asesinato de una bailarina parece uno de aquellos hechos de la crónica roja que apenas dará para una investigación rutinaria y un rápido paso a la carpeta de casos sin resolver; pero ocurre que Mendieta la conocía -e incluso algo más- y pronto se sabe también que los principales sospechosos son gente importante. Y ahí radica uno de los problemas de la novela: hay mucha gente importante -aparece incluso el padre del presidente de Estados Unidos, que va a cazar patos a una hacienda cerca de Culiacán- y por lo tanto proliferan demasiado las tramas y subtramas que deben desenredar Mendieta y su compañera detective, que responde al improbable nombre de Gris Toledo. Entonces el hilo se pierde por largos tramos y, cuando al fin se recupera, la solución parece salida de la proverbial chistera del mago. En el medio -y eso sí puede reputarse como un mérito- queda el vivo retrato de una sociedad que comienza a vivir en estado de guerra. El espacio no permite citar extensamente el listado de armas que McGiver, el traficante del rubro, vende a distintos cárteles por una suma fija, siete millones de dólares y tres millones de euros. Ni tampoco hacer la lista exhaustiva de todas las muertes que Mendoza acumula en las casi 250 páginas, muertes que poco tienen que ver con la de Mayra Cabral de Melo, la bailarina -de acuerdo, es un eufemismo: la prostituta- de cuerpo espectacular y ojos de diferentes colores que tenía cautivados a los poderosos de Culiacán y de la vecina Mazatlán.

Con personajes que se repiten y una cierta épica del desencanto que de todos modos remata a la manera clásica de la novela negra, Mendoza aporta otro grueso bloque a la construcción de un mundo narrativo que pone en escena a los demonios de la violencia desatada por el tráfico de drogas y su capacidad de corromper a políticos y policías. No tiene el poder perturbador de Roberto Bolaño en 2666 ni el lirismo trágico de Yuri Herrera en Trabajos del reino, pero, con recursos menos vistosos y algo de torpeza en el delicado trabajo de hacer calzar las piezas de un puzle que él mismo complica en exceso, logra también ofrecer un poderoso atisbo del sombrío panorama abierto en México luego de que el poder político le declarara la guerra al narco.

El azar también desempeña un papel en la novela. Estamos lejos de esos argumentos que calzan de manera perfecta y que progresan de manera armónica, con las debidas y previsibles vueltas de tuerca (para ocupar también un tópico sumamente desgastado). Mendoza se las arregla para introducir, como en la realidad, el azar, ese componente fortuito, ese rayo que cae donde quiere y cambia el destino de una vida. O de una novela.

Trilobites

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 16 de junio de 2012

PORTADA setenta acr’licoUna docena de cuentos es todo lo que legó a la posteridad Breece Dexter Pancake, que adoptó el D’J como segundo nombre en sus publicaciones por un error de imprenta que terminó por gustarle. Escueta herencia: es que se suicidó a los 26 años, en 1979, por razones que no han podido dilucidarse. A la inversa de otra gran promesa de las letras estadounidenses que también se quitó tempranamente la vida, John Kennedy Toole, el talento de Pancake sí era reconocido y varios de sus relatos aparecieron en la prestigiosa revista The Atlantic, donde precisamente se originó la errata que lo rebautizó. A cuatro años de su muerte apareció la edición de estos 12 cuentos, traducidos al castellano por primera vez.

La impresión que produce la lectura de los relatos es extraña. Por un lado, pareciera tratarse de un estilo y temáticas familiares; de hecho, tal como señaló Rodrigo Fresán, Pancake se inscribe en la tradición muy estadounidense de la literatura de los espacios abiertos. Pero también ofrece una sorprendente madurez estilística y recoge como pocos el ambiente rural de los blancos pobres, tal como antes James Agee en Hablemos ahora de hombres famosos (en plan reportaje, eso sí) y hace poco Donald Ray Pollock en Kno-ckemstiff. También recuerda, pero sólo en el sentido de la manera de construir los relatos, a Raymond Carver; se trata de momentos, de retazos de vidas, de tramas que podrían haber comenzado antes y haber terminado después. Lo que importa es el clima y su certera caracterización de personajes que muestran tanto la dureza que emana de sus malas condiciones de vida como la fragilidad propia de la especie humana. Hay algo ásperamente sofocante en cuentos que desnudan miserias y brutalidades, celos y pasiones, pero sobre todo la desesperanza que atenaza vidas sin horizonte ni misterio. Por lo mismo, importan poco los finales abiertos y las tramas que parecen no resolverse; lo que pueda haber ocurrido antes y lo que después vendrá no será muy distinto de estos momentos de implacable dureza que Pancake supo trazar con tanta firmeza. Él mismo lo sugiere: “En la gasolinera, en un día sin nada que hacer, a veces pienso en las cosas que tal vez le ocurrieron a Chester, me invento pequeñas obras para que me las represente, esté donde esté”. Pocas líneas pueden representar mejor el tedio profundo de un pueblo perdido en el campo sin límites de la América rural.

Breece D’J Pancake.Alpha Decay, Barcelona, 2012. 229 páginas.

Mis reseñas de Roberto Bolaño en Caras

Estrella distante
Caras, 23 de diciembre de 1996

59f4a-estrellaAunque su nombre es más bien desconocido en el país, se trata de un novelista chileno que ha tenido un enorme éxito de crítica. Sobre todo, con La literatura nazi en América (Seix Barral, Barcelona, 1996; 237 páginas), una novela cuya impresionante eficacia narrativa radica en la superposición de territorios imaginarios -el mapa literario de América sobre el mapa de la narrativa nazi- y de ambos sobre el trazado cultural y geográfico del continente, en un revelador y apasionante juego de sombras y contrastes.

Estrella distante es ni más ni menos que la extensión a novela de uno de los episodios de la obra anterior a Bolaño, “Ramirez Hoffman, el infame”. En Concepción, antes del golpe militar, un personaje inquietante deambula por los talleres literarios de la universidad penquista, integrados mayormente por personajes que hablaban “en argot o en jerga marxista mandrakista”. Es poeta, efectivamente, pero su escritura tiene algo de distanciado, de ajeno, que pone nerviosos a sus interlocutores. El golpe revela su verdadera identidad: se trata del capitán de aviación Carlos Wieder, cuyo concepto del verdadero arte está demasiado lejos de los modelos convencionales. No es sólo la estela de muertes tras de sí lo que convierte a Wieder en un personaje de leyenda, sino su particular y siniestro credo estético. Su trayectoria es seguida de lejos por el narrador, tanto en Chile como en el exilio, con la fascinación y el terror que despiertan los personajes de múltiples caras y una sola idea.

La estructura no es, obviamente, convencional, pero su novedad pasa casi inadvertida al ritmo de una trama que no otorga respiro al lector. Espacios, texturas y personajes de rara originalidad dan cuerpo a una obra notable por su capacidad de remecer las convenciones –literarias y sociales– vigentes en el país.

Una escritura tan poderosamente original y reveladora merece mucho más difusión de la que ha tenido. Aunque, como suele ocurrir en el caso de los que realmente valen, la recomendación “boca a boca” ha significado que los libros de Bolaño desaparezcan con rapidez de las vitrinas.

Roberto Bolaño. Anagrama, Barcelona, 1996. 157 páginas.

Llamadas telefónicas
Caras, 23 de enero de 1998

9c90e-llamadasLa aparición de Bolaño en nuestro medio literario, aún cuando ya había publicado cinco libros de poesía y tres de narrativa, se produjo bruscamente con la distribución de sus dos siguientes obras, La Literatura nazi en América y Estrella distante, ambas de 1996. Con la mayor parte de su trayectoria realizada en España y sumamente reacio a dar entrevistas, el autor de Llamadas telefónicas mantiene abierta una curiosidad que sólo puede satisfacerse mediante la lectura de sus libros: y aquí está su estupenda colección de cuentos para hacerlo.

El libro está estructurado en tres partes, cada una titulada como el último relato de cada sección (y a su vez, el de la primera parte el título al conjunto total). Y efectivamente, aunque de manera elástica y casi imperceptible, los relatos de cada subgrupo tiene rasgos comunes. En el primero, los personajes son escritores o tienen alguna ligazón con la literatura; en el segundo, “Asesinos”, la muerte –o la amenaza de muerte– es una presencia más leve o más poderosa, pero constante; y el último, “Vida de Anne Moore”, reúne cuatro relatos sobre mujeres. Pero más allá de esta división, el libro denota una sorprendente continuidad y coherencia en el estilo al que Bolaño comienza a acostumbrarnos: historias de personajes que están en el margen, en algún margen, en el borde de la desesperación, de la sicosis, del desarraigo; historias que se construyen, sin embargo, en el tono casi monocorde de lo más cotidiano y vulgar de cualquier existencia. Paralelamente, Bolaño asume plenamente el juego de la cita, de la parodia, de la literatura dentro de la literatura, multiplicando las referencias sin que ello se haga sentir en la lectura. De hecho, en lo que también parece ser su marca de fábrica, remitir a su propia obra, uno de los mejores relatos del libro -“Joanna Silvestri”– es la ampliación de un fugaz episodio de Estrella distante. Hay que señalar, también, que Bolaño se muestra aquí como un maestro en los finales abiertos, cuestión siempre difícil de resolver en las narraciones cortas.

El denso mundo narrativo de Bolaño recorre lugares de muy diversa geografía; España, en muchos cuentos, pro también México, Rusia, Estados Unidos, Chile. Las referencias políticas y sociales están aquí asumidas como parte de la realidad, y no como un factor desencadenante de la trama, lo que multiplica la eficacia narrativa de esta propuesta. En síntesis, Bolaño confirma aquí todas sus virtudes que lo señalan inequívocamente como el escritor más promisorio de su generación.

Por Roberto Bolaño. Anagrama, Barcelona, 1997. 205 páginas.

La pista de hielo
Caras, 11 de diciembre de 1998

e5317-pistahieloEl escritor chileno Roberto Bolaño vino al país, tras más de 20 años de ausencia, al lanzamiento de esta novela, publicada previamente y en edición limitada en 1993 como ganadora del Premio de Narrativa Ciudad Alcalá de Henares. En consecuencia, este libro es anterior a las obras que lo abrieron una gran ventana en el ámbito literario hispanoamericano, La literatura nazi en América, Estrella distante y Llamadas telefónicas. No por ello, sin embargo, se trata de una obra menor u olvidable; al contrario, revela, una vez más, la extrema ductilidad de estilo de Bolaño y marca también algunos de los temas que no cesa de invocar en el conjunto de la narrativa más interesante que ha producido un escritor de esta generación.

La pista de hielo se sitúa en el balneario de Z, en la costa mediterránea catalana, un pueblo que vive su esplendor en los meses de verano y languidece en calma durante el invierno. Tres narradores alternan sus voces: un chileno poeta y escritor, Remo Morán, responsable de un texto delirante, “San Bernardo” –resumido en uno de los capítulos-, protagonizado por un santo, un perro o un hombre que responde al nombre de Bernardo. Pero Morán vive de tiendas de bisutería, hoteles, bares y campings, alejado por completo de la escritura. El segundo narrador es un poeta mexicano, lejano amigo de Morán, que asume un trabajo como guarda del camping de este último. El tercero es Enric Rosquelles, funcionario del municipio, un gordo con una alta opinión de sí mismo. Circulan además por sus páginas una bella patinadora, una joven vagabunda que suele portar un enorme cuchillo, una revenida cantante de ópera que vive de la caridad, un misterioso mendigo que responde al apodo de El Recluta, y una pequeña galería de personajes que completa el reparto de una trama cuyo rumbo se encamina, inequívoco, a la tragedia, pero con un lenguaje, una distancia y una saludable dosis de humor negro que evitan toda tentación de exagerado dramatismo.

La trama es simple, con contrapuestas historias de amor, con una estafa de por medio y un solitario caserón, el palacio Benvingut, en donde se concentran los hilos del relato. La pista de hielo podría leerse como una historia policial, puesto que hay un crimen de por medio; pero basta conocer un poco la narrativa de Bolaño para advertir, de entrada, que lo que importa es otra cosa, no el cuchillo o el asesinato, sino la vida marginal y castigada de la mayoría de los personajes, cuya búsqueda errabunda parece limitarse a encontrar un lugar en donde apenas sobrevivir. Parece: porque la historia, aun con esos ingredientes y personajes, abre paso a otras realidades, a otros encuentros, a aquello que el lector atento sabrá descubrir y apreciar.

Por Roberto Bolaño. Planeta, Santiago,1998. 188 páginas.

Los detectives salvajes
Caras, 22 de enero de 1999

97e5e-detectivesA un ritmo vertiginoso, Roberto Bolaño ha ido construyendo la obra más significativa y poderosa de la narrativa chilena de las últimas décadas. Tras la edición en Chile de La pista de hielo, una de sus primeras obras, vino pronto desde España su más reciente y más ambiciosa obra, Los detectives salvajes, de una extensión correspondiente con el espíritu que anima sus páginas. Abarcadora y total, pone en movimiento temas ya característicos de la narrativa de Bolaño: el exilio de su más amplia acepción, o, más bien, el desarraigo como una característica de los tiempos; la vida de los escritores y el sentido (o sin sentido) de escribir; la instalación del azar como un poderoso motor de la narración.

Los detectives salvajes abre con el extenso diario de un poeta mexicano, Juan García Madero, en 1976, que narra su encuentro con los poetas real visceralistas y sus dos líderes, el chileno Arturo Belano (alter ego del autor) y el mexicano Ulises Lima. Concluye el diario cuando ellos tres y Lupe, una prostituta mexicana perseguida por su patrón, huyen hacia Sonora, con la tarea de descubrir las huellas de Cesárea Tinajero, poeta fundadora de un movimiento que antecede y prefigura la estética real visceralista. En este punto, la novela abre paso a su sección más extensa, entregada a una multiplicidad de voces que narran sus encuentros a veces sumamente laterales con Belano y Lima, que se prolonga hasta 1996; y, finalmente, retoma el relato García Madero, con lo que ocurrió después de su partida hacia Sonora.

Tal vez uno de los rasgos más notables de esta novela es el doble juego entre la investigación de Belano y Lima tras las huellas de Cesárea Tinajero y la investigación, por así decirlo, del narrador tras las huellas de Belano y Lima. Los personajes de la novela son los testigos de esta búsqueda. Cada uno en escenarios tan diversos como Barcelona y Tel Aviv, París y Viena, Nigeria y Nicaragua, aporta una pieza al puzzle, aunque en muchos momentos sus historias alcanzan un perfecto nivel de autonomía, relatos dentro del relato, cuentos que podrían leerse en forma independiente, pero que son, en realidad, parte de una novela extraordinaria en la que Bolaño despliega sus recursos narrativos y su desencantada visión del mundo. Con un rigor asombroso, el autor somete a juicio a toda la literatura latinoamericana del siglo y a buena parte de la historia, siempre en nombre del empeño de sus personajes protagónicos por descubrir las huellas secretas que pueden revelar el sentido de la poesía y de la vida.

No se equivocan ni exageran los críticos que comparan esta novela con Rayuela y otras obras fundacionales del boom de los sesenta. Bolaño ha elaborado una propuesta compleja y múltiple, que, nuevamente, reinventa el arte de escribir novelas y remece el sentido de la escritura.

Por Roberto Bolaño. Anagrama, Barcelona, 1998, 616 páginas.

Amuleto
Caras, 21 de julio de 1999

04441-amuletoEn esta columna se habló de Los detectives salvajes como la gran novela del desarraigo latinoamericano, que exploró tres décadas de la convulsa historia (literaria y política) de este continente. Uno de los muchos episodios de este vasto fresco cuenta la historia de una poetisa uruguaya que permaneció quince días encerrada en el baño de la Facultad de Filosofía de la Universidad Autónoma de México en 1966, cuando el ejército y los granaderos violaron la autonomía universitaria y detuvieron o expulsaron a todos los habituales ocupantes del campus, excepto a Auxilio Lacouture. Es este episodio el que Roberto Bolaño, conforme a un procedimiento ya habitual en su narrativa, extiende a novela. Novela breve y menor, según indicó el autor en una entrevista reciente, porque está escrita en primera persona, y las grandes obras, según él, se escriben en tercera persona. Independientemente de la validez de esta provocativa afirmación, lo cierto es que Amuleto no “pesa” lo mismo que la anterior, sin por ello dejar de ser una estupenda novela.

¿Por qué Auxilio Lacouture y sus quince días encerrada en el baño? ¿Por qué este episodio, entre tantos otros que dan para entender el riquísimo mundo narrativo del autor, es el que quedó como deuda pendiente dentro de Los detectives salvajes? Se debe, probablemente, al carácter emblemático que los hechos de 1968 (la toma de la universidad y la matanza de la Plaza de Tlatelolco) tienen para la década de los sesenta. Y se da aquí una curiosa paradoja: Amuleto es una de las novelas más políticas del autor y, sin embargo, es también la que más se deja llevar por el ritmo poderoso del sueño y el delirio de la poetisa encerrada en el baño, que revive e inventa sin transición escenas o historias en donde se pierde completamente la distinción entre la historia y la fantasía. Sucesivos fantasmas asoman en la conciencia errante de Auxilio y el hilo de la narración oscila y vuelve permanentemente a la luna que recorre las baldosas, mientras ella, con su boca privada de dientes, se tapa pudorosamente la boca cuando enfrenta a sus personajes, a sus recuerdos, a sus fantasías, a los seres evocados por su delirio. Entonces va tomando forma un oblicuo (y no por ello menos eficaz) homenaje a quienes lucharon por cambiar el mundo en esos años. Un antiguo mito griego se enlaza con los vaivenes de la política latinoamericana y los frustrados intentos revolucionarios, dos tragedias se unen y ganan fuerza y sentido para dotar a Amuleto, pese a su carácter menor, de un papel central en la narrativa de Roberto Bolaño.

Por Roberto Bolaño. Anagrama, Barcelona, 1999. 154 páginas.

Monsieur Pain
Caras, 7 de enero de 2000

22114-monsieurpainEscrita a comienzos de la pasada década, esta novela de Bolaño (publicada originalmente con el título de La senda de los elefantes) pertenece al grupo de obras que el autor señala como “dinosaurios” dentro de su trayectoria de escritura, al igual que Consejos de un discípulo de Joyce a un fanático de Morrison, escrita junto a Antonio García-Porta, y La pista de hielo, reeditada por Planeta en Chile. Y si bien ésta última ya puede asimilarse, aunque sea lateralmente, al ciclo narrativo que gira en torno a Los detectives salvajes, las dos primeras responden a otras obsesiones y rumbos.

Consejos…es una obra sumamente curiosa, que funde reflexiones literarias con las andanzas de una pareja de jóvenes sicópatas asesinos de Barcelona, muchos años antes de que el cine de Hollywood popularizara el tópico. Monsieur Pain, con el mérito de ser la primera novela enteramente escrita por Bolaño, contribuye en varios sentidos a afirmar la cronología y el recorrido del autor. Partamos por lo más circunstancial: la novela ganó dos premios y fue editada, lo que está narrado en uno de los cuentos de Llamadas telefónicas. Estos premios, según la nota escrita por Bolaño para esta edición, son los más importantes que ha recibido, “premios búfalo que un piel roja tenía que salir a cazar pues en ello le iba la vida”. El escritor a la intemperie, en el descampado, tuvo finalmente la recompensa por sus desvelos, lo que no disminuye en nada su reconocimiento por los primeros trofeos.

En un sentido muy diferente, Monsieur Pain revela a un Bolaño ya dueño de su talento narrativo, pero con un tono distinto y algo rígido todavía en el desarrollo de la historia, aunque ésta, desde luego, ya evidencia algunas de sus obsesiones y temáticas. Por de pronto, la relación con los libros y la literatura; el argumento circunda y rodea al poeta César Vallejo, agonizante en un hospital parisino, y los textos sobre el mesmerismo o curación por la hipnosis son abundantemente citados. El epígrafe cita a quien más contribuyó a divulgar esa teoría, Edgar Allan Poe, con su relato Revelaciones mesméricas. Pero sólo lo rodea, puesto que la historia cuenta de una oscura conspiración que tiene en su centro al poeta y al mesmerista Pain, llamado a última hora para tratar de sanar al enfermo. En sus intentos por acceder a Vallejo, Pain va encontrando personajes siniestros de ocultas motivaciones y conoce la existencia un París sepulcral y siniestro muy distinto del habitual. Y, como suele ocurrir con Bolaño, nada es simple y todo giro de la novela, por inexplicable que parezca, tiene un sentido oculto. Así, una conspiración conduce a otra, a acontecimientos ya lejanos en el tiempo. Esas verdades acechan a un tranquilo, tímido y algo timorato Pierre Pain, que a sus cuarenta y tantos años sólo ha descubierto formas calmadas de resistir la angustia, y sólo terminan de ensamblarse en el Epílogo de voces: la senda de los elefantes que cierra el libro con datos biográficos (o datos simplemente) sobre algunos de los personajes del libro.

En suma, una novela con algo más que valor arqueológico, que muestra un narrador fuera de su círculo habitual con personajes distintos y en otro entorno, que trae ecos de lecturas y preocupaciones probablemente ya superadas o, mejor dicho, trabajadas y transformadas en las obras posteriores que han merecido el justo reconocimiento de la crítica y los lectores.

Por Roberto Bolaño. Anagrama, Barcelona, 1999, 171 páginas.

Me acuerdo

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 30 de junio de 2007

UN LIBRO DE CULTO

Me acuerdo PerecGeorges Perec es uno de los autores más singulares del siglo pasado. Autor de culto e incomprendido por muchos, que lo acusan de excesivo interés en la forma y desmedida vocación lúdica, el escritor francés influyó mucho más de lo que se piensa en las nuevas maneras de entender las fronteras de la narrativa. Durante 15 años fue autor de los crucigramas semanales de Le Point, escribió en los más diversos géneros y trabajó como archivero del laboratorio de investigación neurofísica del hospital Saint-Antoine. Hace algunos años, la editorial Gedisa publicó una selección de obras breves bajo el título Pensar/Clasificar, una síntesis del estilo de aproximación de Perec a la literatura: obras para armar, en la expresión de Cortázar, animadas por el afán de juego y de una cierta manera de reproducir el funcionamiento del azar, con los cruces, las coincidencias, las sorpresas y los giros inesperados.

Me acuerdo es un libro de culto, pero que hasta ahora no había sido traducido al español. Perec se inspiró en I remember, de Joe Brainard, y lo informa la misma lógica de dejar en libertad a la memoria para reconstruir, a través de fragmentos caprichosos, una época y una vida. El libro de Perec tiene 480 entradas, todas muy breves, donde pone en escena programas radiales, libros, deportistas, películas, juegos, expresiones, músicos, modas, lugares, diálogos, barcos, en fin, de todo lo que pueda surgir en el ejercicio de recordar. El resultado es fascinante, un mapa de época, una colección de estímulos, la cartografía de la materia prima de donde brota una obra literaria compleja y provocativa, aún no reconocida en todo su valor.

Me acuerdo fue publicado en 1978, cuatro años antes de la muerte de Perec. Y aunque muchas referencias son desconocidas para el lector contemporáneo (aunque ayudan las notas y el índice de materias), no es apremiante saber a qué se refiere el autor en cada entrada; lo importante es el valor del ejercicio, que reivindica la libertad creativa y estimula la participación del lector. En eso, Perec destaca sobre la mayoría de sus colegas. Es posible encontrar el libro en librerías como Ulises o Altamira.

Georges Perec. Editorial Berenice, Córdoba, 2006. 173 páginas.

Me acuerdo

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 31 de octubre de 2009

me-acuerdo-brainardJoe Brainard, artista plástico, murió en 1992 a los 52 años. Dejó atrás una interesantísima obra de collages, cuadros y montajes; además diseñó portadas de libros y discos, disfraces de teatro y escenografías, pero, curiosamente, debe buena parte de su fama a una serie de libros que comenzó a publicar a los 28 años bajo un mantra tan sencillo como reconocible y eficaz: “me acuerdo”. Al compás de esa fórmula de evocación recupera su biografía y también el espíritu de la época que le tocó vivir: su adolescencia en Tulsa, Oklahoma y su juventud en Nueva York. Pero, sin duda, Brainard pone el acento en el primer factor, su biografía, hecha de humores, hedores, deseos y vuelos sublimes, con alguna crudeza respecto de sus experiencias homosexuales y un aire de sinceridad que parece ser la clave de la permanencia de su libro en la memoria colectiva. Brainard trabaja desde el fragmento, el dato o la experiencia única, con libertad, sin orden, al ritmo que dicta la sola evocación. Y, con toda su brevedad y concisión, con su modo errático, descubre una manera de hablar de sí mismo que tiene resonancias universales. Paul Auster escribió que “con frases sencillas y contundentes, traza el mapa del alma humana y altera de forma permanente la manera en que miramos el mundo”. La reciente edición de Sexto Piso, primera en español, salda una deuda ya antigua con un texto que deberíamos haber conocido antes.

En 1982, 12 años después del primer Me acuerdo de Brainard, Georges Perec publicó los suyos y señaló que “el título, la forma y, en cierto modo, el espíritu de estos textos se basan en los I remember de Joe Brainard”. Sí, sólo en cierto modo, porque el de Perec apela más a la memoria colectiva que a la biografía, son más generacionales que personales. Sus Me acuerdo, dijo el mismo autor, “son pequeños pedazos de cotidianidad que fueron vividos y compartidos y luego olvidados. Sin embargo, de repente regresan, por azar o porque han sido buscados entre amigos una noche”, banales, mínimos, insignificantes, pero que, al recuperarlos, provocan “unos segundos de una impalpable y pequeña nostalgia”. Perec, capaz de escribir un libro sobre lo que se ve desde la mesa de un café parisino, no es, obviamente, un mero imitador y esta particular forma de evocación parece creada para él mismo, un artista del fragmento y el detalle que, sin embargo, conforman una obra de portentosa creatividad.

Georges Perec. Berenice, Córdoba, 2006. 173 páginas.

Joe Brainard. Sexto Piso, Ciudad de México, 2009. 146 páginas.

El tabaco que fumaba Plinio

Reseña publicada en la revista Caras, 28 de febrero de 2003

PlinioRecién comienza a circular por nuestras librerías esta antología de la traducción de textos al español, desde cartas hebreas del Siglo X hasta la última página del Ulises de Joyce, traducida por Borges, con voceo incluido. Las autoras escribieron un prólogo y una introducción a cada uno de los textos citados, que conforman un panorama tan entretenido como estimulante.

La tesis de Catelli y Gargatagli es que ha habido históricamente una doble exclusión. La primera segrega la cultura española de la cultura occidental, a lo menos a partir del siglo XVIII, salvo un breve interludio en el siglo XX (Cuando Auerbach o Vossler hablaban de Garcilaso, Góngora u Ortega). Como dicen irónicamente las autoras, “La cultura, la literatura y la tradición españolas desaparecieron, sencillamente, del panteón de las esencias occidentales”. Esta exclusión corre paralela con la operación de escamoteo que España llevó a cabo en América, sin hacerse cargo realmente de su encuentro con las culturas de este lado del Atlántico: “La cultura española aparece, desde el punto de vista de la traducción, como una especie de bisagra entre dos mundos que sucesivamente la rechazan o que ella rechaza: Occidente y América”.

En este contexto se ubican algunos nombres clave en la historia de la doble exclusión, como el del franciscano Diego de Landa, que quemó en la hoguera centenares de códices mayas, “porque no tenían cosa en que no hubiese superstición y falsedades del demonio”; pero, antes de quemarlos, se los hizo traducir, y sobre esa información escribió su Relación de las cosas del Yucatán. Dicen Catelli y Gargatagli: “Esa demora, dilación o tardanza entre el hallazgo de los códices y su destrucción; esos días efímeros en que Landa y los informantes -todos juntos- leían, traducían y escribían, no impidieron que los originales fueran destruidos”. Landa introduce una mediación obligatoria entre la cultura maya y la cultura española, esa bisagra que no es de ninguna parte. No hay que extrañarse, entonces, de que su libro fuera publicado por primera vez recién en 1864, en una editorial francesa, y tampoco hay que sorprenderse de que la obra de Guamán Poma (escrita en 1615) se diera a conocer en Londres en 1912, casi tres siglos después. El breve fragmento que publican las autoras abre el apetito para leer completo “este impresionante, conmovedor y voluminoso artefacto (historia, crónica, sermón, genealogía de los incas desde el Arca de Noé, carta al rey de España, inversión fallida de los argumentos en contra de la conquista del Perú, documento de la propaganda barroca)”.

En suma, este libro es un excelente estímulo para que los no especialistas avancemos en el conocimiento de lo que está tan cerca de nosotros, la riqueza del patrimonio cultural anclado en ambas orillas del Atlántico. Está lleno de historias notables, como, por ejemplo, que en 1422, cuando arreciaba la persecución de los judíos en España, un noble de Calatrava, Luis de Guzmán, encargó a1 judío Mose Arragel de Guadalajara “que traduzca y glose en castellano la Biblia”. Mose, con toda razón, trato de evadir el encargo, pero Guzmán insistió con argumentos difícilmente refutables. Mose empleó 12 años en la tarea, que le habría asegurado un lugar indiscutible en la historia de la lengua castellana, pero la Inquisición ocultó el manuscrito. Lo heredó el conde duque de Olivares, del linaje de los Guzmán, “de cuyas manos pasó a la familia Alba, uno de cuyos miembros la hizo publicar por primera vez en 1922”.

Así, a retazos, con recortes, con increíbles dilaciones, se ha ido construyendo lentamente un corpus lingüístico que sigue siendo mestizo, mezclado, esa bisagra que no es de aquí ni es de allá, pero que tiene una especificidad que hay que reconocer.

El tabaco que fumaba Plinio. Escenas de la traducción en España y América: relatos, leyes y reflexiones sobre los otros, Nora Catelli y Marietta Gargatagli. Ediciones El Serbal, Barcelona, 1998. 446 páginas.

Excentricidad anglosajona, antídoto para la melancolía

Artículo publicado en la revista APSI 323, del 25 de septiembre al 1° de octubre de 1989

SitwellLas islas británicas han sido pródigas en especímenes humanos a los cuales cuadran los adjetivos de excéntricos o de extravagantes. Aquello ha sido, incluso, motivo de chanas universal; un ejemplo claro es el personaje Phileas Fogg, el héroe de la novela La Vuelta al mundo en 80 días, debida al ingenio francés de Julio Verne. Su maniática observancia de hábitos y de horarios, puesta radicalmente a prueba por una expedición de tal magnitud, no sufre menoscabo alguno, y la mayor felicidad de Fogg, al cabo de tan accidentado viaje, radica en restituirse a su amada rutina, el té de las cinco, los diarios en el club, la pipa.

Los mismos ingleses han contribuido generosamente a alimentar su fama de rareza. Sólo un aspecto -su manía de asociarse en estrambóticos clubes- servirá para ilustrar el aserto. Thomas De Quincey, en Del asesinato considerado como una de las bellas artes, informó de la existencia de la Sociedad para el Fomento del Vicio. de la Sociedad para la Supresión de ]a Virtud y de otras no menos escandalosas para la rígida moral victoriana. Robert L. Stevenson propuso, como escenario para las aventuras del príncipe FIorizel de Bohemia, el Club de los Suicidas, organizado para ayudar a salir de esta desesperanzada vida a quienes carecen del valor necesario para obrar por sí mismos. Gilbert K. Chesterton, por último. ideó el Club de los Doce Pescadores Legítimos, cuya única razón de existir es -nada más y nada menos- el exclusivísimo derecho de pertenecer a él.

Los mismos escritores, más allá de sus obras, han marcado caminos en esto de la extravagancia. William Beckford, por ejemplo, que en 1780 pubIicó sus ma1évolas -y ficticias- Memorias biográficas de pintores extraordinarios. una genial tomadura de pelo a confesioneslos eruditos y conocedores de arte de su tiempo; el mismo De Quincey, opiómano empedernido, que hizo de su afición a la droga la fuente de una de sus más notables creaciones, las Memorias de un inglés comedor de opio; o el tranquilo y tímido clérigo Charles L. Dogson, que pasó a la historia de la literatura como Lewis Caroll, autor del ciclo de Alicia y de obras de lógica y de matemáticas en las que e1 p1anteamiento de los problemas adquiere insólitos caracteres oníricos. Carroll, además de escritor, fue fotógrafo, y las imágenes de su sobrina Alicia Liddell y de otras pequeñas amiguitas han dado pábulo a las más diversas teorías sobre el inconsciente y e1 consciente de este solterón que amaba a las niñas.

Pero la que ha asumido la peculiaridad de los ingleses como objeto de su texcéntricosrabajo literario es Edith Sitwell, autora de Ingleses excéntricos. Una galería de hombres y mujeres raros y pasmosos. El libro, publicado originalmente en 1933 y traducido sólo en 1989 al castellano, es una auténtica caja de sorpresas que rescata del olvido, con humor y con distancia, con cariño y con sorna, a personajes que cumplen cabalmente con las características enunciadas en el titulo. Edith Sitwell, poetisa y ensayista británica, murió en 1964, y ésta es su obra actualmente más difundida. Se dice que ella, tal como Beckford, Carlyle y Borges, prefirió simular 1a realidad en lugar de reconocer e1 carácter ficticio de sus personajes. Hayan existido o no, son, de todos modos, cabal expresi6n de la excentricidad inglesa.

El don de la infalibilidad

¿En qué consiste, pues, la ya tan nombrada excentricidad? EI diccionario, con su habitual proceder tautológico, la define como ‘”rareza o extravagancia de carácter”. En extravagancia, no es mucho más descriptivo: “desarreglo en el pensar u obrar”. En extravagante alcanza, por fin, cierta precisión: “que se hace o dice fuera del orden a común modo de obrar”. En el caso de los ingleses, tal comportamiento desajustado obedece, según Edith Sitwell, “a ese conocimiento pecu1iar y satisfactorio de su infalibilidad, que es el sello distintivo y el derecho de nacimiento de la nación británica”. Esa percepción puede !levar a afirmar a un distinguido señor que “el principio vital, los nervios del tronco y las extremidades, la sensación y el movimiento, pueden existir con independencia del cerebro”. En e1 mismo orden de cosas, los médicos de los siglos XVI y XVII podían recetar -y los enfermos ingerir- remedios de este tipo: “piojos de cerdo vivos, lombrices de tierra recién cogidas, puntas negras de patas de cangrejo, huesos humanos calcinados, estiércol de ganso recogido en primavera y secado al sol, hígado de rana, estiércol blanco y seco de pavo real y carne de sapo y de víbora”. Según la autora, el riesgo que implicaba someterse a tales tratamientos determinaba que el número de enfermos imaginarios debía ser mucho menor que en nuestros días.

La infalibilidad podía, también, ayudar a que un personaje como e1 capitán Philip Thicknesse encontrara que ingresar subrepticiamente al domicilio de una rica viuda y asomarse a la ventana con camisón y gorro de dormir era un buen sistema para obligarla a contraer matrimonio; o que el hecho de encerrar de por vida a dos jovencitas en un convento porque su perro devoró al periquito regalón de su mujer (Ia viuda), no era más que una estupenda broma; o a considerar que no haber logrado arrebatarle a sus hijos la fortuna que heredaran por la vía materna era la mayor frustración de su vida, tanto, que el capitán Thicknesse escribió en su testamento: “Dejo mi mano derecha. que será cortada después de mi muerte. a mi hijo Lord Audley. Deseo que se la envíen, con la esperanza de que, al verla, se acuerde de su deber hacia Dios, tras haber abandonado durante tanto tiempo el deber hacia un padre que en otro tiempo le prodigó tanto afecto”.

hermit2Una de las profesiones más singulares que el ingenio inglés ha podido inventar es la de “ermitaño decorativo”. Parece ser que en algún tiempo se consideró de buen tono poseer, dentro de las propiedades campestres de ]as familias inglesas, a un ermitaño que sirviera de viva demostración de la vanidad de las cosas terrenales. Así. en un periódico podía encontrarse la oferta de cincuenta libras anuales “a cualquier hombre que viviera siete años bajo tierra, sin ver a ningún ser humano y sin cortarse el pelo. la barba y las uñas de pies y manos”. Lo notable del caso es que hubo un interesado en el trabajo, pero sólo pudo perseverar durante cuatro años en aquella ocupación.

Una mirada oblicua

Con este recorrido por las más variadas formas que reviste el don inglés para comportarse de modo extravagante, Edith Sitwell logra construir una obra que no sólo es entretenida –y, a su vez, excéntrica-, sino, también, propositiva: hay una lectura implícita que da cuenta del modo de ser inglés mucha más fehacientemente que el más sesudo ensayo socio o antropológico. Aquella lectura enlaza con la rica tradición literaria inglesa que hace del humor una de las más eficaces herramientas para describir la realidad. A través de los muchos personajes y de la infinidad de anécdotas asoma el tejido de relaciones sociales y de concepciones de mundo que han regido durante siglos las islas británicas. En su misma atribución de causa a la excentricidad –la certeza de no errar- hay más que un juego de palabras o una ironía gratuita; se trata, en realidad. de una certera caracterización que desborda los límites del libro.

Por lo mismo, Edith Sitwell, a medio camino entre la autocompasión y el sarcasmo, propone su indagación como un antídoto contra la melancolía, aquella que asalta “cuando incluso la nieve y las nubes de contornos oscuros parecen viejos accesorios teatrales, harapos desechados que pertenecieron a actores muertos”. La autora equipara el material básico a un gigantesco montón de basura en el cual es posible encontrar “alguna actitud rígida, e incluso, espléndida, ante la muerte, alguna exageración de las actitudes corrientes en la vida. De tales distorsiones puede alzarse una risa polvorienta”.

Ingleses excéntricos. Por Edith Sitwell. Tusquets Editores, Colección Afueras, Barcelona, 1989. 289 páginas.

Los trabajadores de la muerte

Reseña publicada en la revista Caras, 30 de octubre de 1998

Trabajadores de la muerteEl proyecto narrativo de Diamela Eltit destaca nítidamente dentro del panorama de la narrativa chilena, por su rigurosidad y persistencia en la definición de sus coordenadas. Sin concesiones al lector, sin atención alguna a la emergencia de formas expresivas que por un tiempo se tornan dominantes, sin apartarse ni por un momento de su propio rumbo, la autora ha perfilado una serie narrativa con hitos como Lumpérica, Vaca sagrada y Los vigilantes, que culmina, por ahora, con Los trabajadores de la muerte. La novela es una inquietante parábola cuyo enigmático manejo de los símbolos aprovecha también, y de manera notable, la fuerza del lenguaje popular y de las situaciones cotidianas que asedian la maternidad, la pobreza, la sexualidad. Se trata, pues, de una obra compleja, especie de rompecabezas cuyas piezas van cambiando de forma a medida que avanza la narración. El enigma inicial, planteado por el hombre que sueña a la niña del brazo mutilado en un bar de mala muerte, tiene resonancias metafísicas cuyas conexiones con los textos que siguen son todo menos evidentes. Los relatos alternados de la madre y del hijo fluyen en medio de una frecuente variación de la voz del narrador, que pasa de la primera a la segunda persona y luego regresa a la primera, y van construyendo una historia inexorable, el tejido de destinos cruzados que confluyen en un solo desenlace posible. Entonces asoma la otra historia, la de la niña del brazo mutilado, otra metáfora de las carencias, los desgarramientos y las incertidumbres de la sociedad que Diamela Eltit atrapa y configura en su texto.

Así como hay “una hora precisa en que la taberna representa realmente una taberna y los parroquianos imitan a los parroquianos”, hay también un momento en que el texto, más allá de las opciones que pueden alejarlo de lectores acostumbrados a las lecturas predigeridas e incluso simplemente a la literatura más convencional en el buen sentido del término, representa realmente una novela y los personajes imitan a los personajes. El tejido verbal es de una densidad envolvente que pasa del aparente cálculo excesivo en la construcción de atmósferas a un ritmo feroz que dicta sus propias normas de lectura. Y en ese crecimiento o variación o transmutación de los materiales asoma y domina una historia trágica y dura, pero historia al fin, en la que es posible reconocer tanto los motivos más clásicos de la literatura universal como el aporte original y poderoso de una autora siempre fiel a sus convicciones.

Diamela Eltit. Planeta, Santiago, 1998. 207 páginas.

La novela total sobre la batalla de Stalingrado

Artículo publicado en el suplemento «Artes y letras», del diario El Mercurio, 6 de abril de 2008

La aparición de este libro, directamente traducido del ruso, fue uno de los acontecimientos literarios más importantes en el ámbito de la lengua española. No sólo porque es una de las grandes obras narrativas del siglo XX, sino también porque ha logrado un impresionante éxito de lectores desde su publicación el año pasado.

En 1985, Seix Barral publicó una edición de Vida y destino, pero traducida del francés. Eran 800 páginas en letra pequeña, difícil de leer, y pasó totalmente inadvertida. Tampoco la edición inglesa tuvo mayor repercusión, aunque sí fue éxito de ventas en Francia. Más de veinte años después, y en buena medida gracias a la obra del historiador inglés Anthony Beevor, que editó y publicó los diarios de corresponsal de guerra del escritor ruso, Vida y destino alcanza un feliz renacimiento.
Vida y destino

En Inglaterra, pasó de vender 500 ejemplares al año a vender 500 al mes. En España, la cuidada edición de Galaxia Gutenberg, traducida directamente del ruso por Marta Rebón, ha sido uno de los libros más comentados y celebrados de los últimos tiempos. Según indicó el diario español ADN en noviembre de 2007, la editorial esperaba “vender entre el mandarinato cultural algunos (pocos) miles de copias”, pero a poco más de un mes ya había vendido 100 mil, y miles más se preparaban en la imprenta, cosa notable para un libro de 1.100 páginas. En Chile, a pesar del precio, la novela de Grossman también acaparó las vitrinas de las librerías y hoy está prácticamente agotada.

Pero el camino para llegar a este reconocimiento ha tenido un trazado donde el azar, la decisión y la buena fortuna han corrido parejas. Desde luego, Grossman no vivió para presenciarlo, y ni siquiera lo suficiente como para intuir que sería posible.

Dos o tres siglos de censura

Grossman concluyó Vida y destino en 1960, cuando todavía duraba el espejismo de la apertura iniciada por Jruschov y su denuncia de los crímenes del estalinismo. El antiguo comisario del Ejército Rojo estuvo en Stalingrado, al igual que Grossman, pero ya estaba asediado por el impulso restaurador, por así decirlo, de los viejos cuadros del PCUS. Con todo, Grossman confiaba en que su novela, por su dimensión épica, por su rescate del heroísmo del pueblo ruso en la gran guerra patriótica y por su prestigio como periodista, podría ser publicada. En octubre de ese año la entregó a los editores de la revista Znamya. En febrero de 1961 recibió la respuesta: tres agentes de la KGB, la policía política soviética, llegaron hasta su casa a confiscar el manuscrito, las cintas de la máquina de escribir, el papel calco y cualquier papel relacionado con la novela. Ya no se hacía desaparecer personas, como en los tiempos de Stalin, pero sí se podía secuestrar un manuscrito.

Pero el autor no se rindió de inmediato. No sólo confiaba en el valor literario y testimonial de su novela, también apelaba a la verdad. Le escribió a Jruschov que “sigo creyendo que he dicho la verdad, que escribí el libro amando a los hombres, confiando en ellos. Pido la libertad para mi libro”. Finalmente, Grossman fue recibido por Mijail Suslov, un dirigente del partido que, según el historiador Zhores Medvedev, prefería “tener poder real antes que notoriedad pública” y, con ese bajo perfil, fue el gran ideólogo y estratega de la Guerra Fría. Medvedev, además, sostiene que era “el tapado” de Stalin, que no asumió el poder sólo porque el extremo secretismo del dictador se llevó a la tumba los hilos de la operación para encumbrarlo. Suslov fue, pues, el encargado de desalentar finalmente a Grossman. Según algunas versiones, se limitó a decirle, en tono condescendiente, que volviera al estilo de sus primeras y ortodoxas obras (en rigor, no eran así). Según las más difundidas, Suslov dijo que Vida y destino no podía ser publicada en 200 o 300 años.

La celebración de Steiner

Grossman tenía 56 años cuando concluyó Vida y destino. Murió a los 59, de cáncer, y sin esperanzas de ver publicada su obra, aunque, por fortuna, había hecho dos copias antes de hacer pública la existencia del manuscrito. Años después, gracias al físico Andrei Sajarov, una de esas copias fue enviada fuera de la Unión Soviética y a comienzos de la década de los ochenta, en Suiza, apareció la primera edición de Vida y destino.

Tras leer aquella edición, el crítico George Steiner escribió que “novelas como La rueda roja de Solzhenitsin y Vida y destino eclipsan todo lo tenido por ficción seria en Occidente al día de hoy”, afirmación que puede ser un tanto exagerada y probablemente escrita al calor de disputas ideológicas que hoy no están vigentes. Aún así, un elogio tan excesivo en apariencia despertó la ira de escritores como Anthony Burgess. El escritor Robert Chandler, traductor de Grossman al inglés, dice que el autor de La naranja mecánica acusó a Grossman de falta de imaginación, “algo sorprendente que atribuir a un escritor capaz de describir tan convincentemente los últimos momentos de un niño muriendo en una cámara de gas nazi”.

Más allá de estas polémicas, muy propias del ámbito literario, aunque hubo reconocimientos tempranos como el de Steiner y la crítica francesa, sólo recientemente, como está dicho, Grossman ha logrado el reconocimiento que su extraordinaria novela merece.

En Memoria del mal, tentación del bien. Indagación sobre el siglo XX, el crítico literario, filósofo e historiador Tzvetan Todorov, llamado por L’Express “el apóstol del humanismo”, dedicó un capítulo a Grossman y tomó los epígrafes de los capítulos de un texto suyo, La Madona sixtina. El resultado de su intento por definir qué es lo más característico del siglo pasado no es optimista: según Todorov, “el resultado capital, para mí, es la aparición de un mal nuevo, de un régimen político inédito, el totalitarismo que, en su apogeo, dominó buena parte del mundo”. Y para testigo de aquello, Grossman es, sin duda, uno de los privilegiados.

Vida y destino se desarrolla en una multiplicidad de escenarios. Aunque el foco central está en torno a la batalla de Stalingrado, el lector viaja, junto a los personajes de Grossman, desde el campo de concentración alemán de Treblinka hasta los campos de trabajo de Kolimá, en Siberia, por distintas ciudades y pueblos que acogen a miembros de la familia Sháposhnikov y por la Lubianka, la tristemente célebre prisión moscovita que operaba como lugar de interrogatorio y tortura y centro de distribución de prisioneros desde y hacia todo el territorio soviético.

El argumento

La línea argumental remarca la amplitud de la geografía en lo que quizá fue lo más irritante para las autoridades soviéticas, precisamente lo que Todorov resalta desde su análisis histórico y cultural: que el nazismo y el estalinismo son dos caras de la misma moneda totalitaria.

Grossman, además, pone como protagonista a Víctor Schtrum, físico judío, y no vacila en denunciar todas las formas, desde las insidiosas del lenguaje y el gesto corporal hasta la descarada cooperación con el genocidio, del antisemitismo ruso, lo que vuelve a igualar, en su afán asesino, a nazis y estalinistas (su otra novela tardía, Todo fluye, relata el estremecedor exterminio de los campesinos ucranianos a comienzos de la década de los treinta).

Todo fluye

Ante novelas de tan vasta extensión cabe siempre la pregunta, legítima, de si se justifica tamaña empresa. Robert Chandler cuenta, con mucha gracia, que cuando le ofrecieron traducir Vida y destino, se negó de plano: él no sólo no traducía novelas de semejante calibre, sino que no las leía. Pero, como tantos otros lectores, quedó cautivado con esta escritura de formato clásico, transparente y conmovedora, que se da tiempo para adentrarse en el alma de sus personajes y en permitir que cada uno de ellos adquiera la autonomía que exige su papel dentro del relato.

Novela episódica, con capítulos que podrían ser autónomos, con personajes históricos y ficticios, se va armando en la lectura como un gran fresco, un cuadro de increíble viveza, horror y dolor, que a pesar de todo el espanto que narra rescata la humanidad y el valor de las vidas humanas, aún de las más pequeñas y desvalidas, o sobre todo de las más pequeñas y desvalidas.

Grossman, ha destacado la crítica, logra la hazaña de aunar el valor testimonial del testigo privilegiado con la potencia del escritor que crea mundos. De ahí la carga de verdad que respira cada línea de su novela; de ahí su capacidad para conmover, emocionar y atrapar al lector.

Recuadro: Antony Beevor y su rescate de Grossman

El escritor inglés Antony Beevor (1946) dejó el servicio en el ejército y la escritura de novelas para pasarse, doblemente armado con ese bagaje, a la investigación histórica. Se especializó en los años más duros y conflictivos del siglo XX, las décadas de los treinta y los cuarenta, con obras ejemplares que han renovado la manera de hacer historia: cada libro suyo se lee con tanta pasión y sentido del suspenso como una novela.

A ello hay que agregar la solidez de la documentación. En su investigación para Stalingrado, Beevor dio con los diarios y papeles de Grossman, sepultados en el Archivo del Estado Ruso de Literatura y Artes. Ahí estaba no sólo el material básico para sus artículos en Estrella Roja, el diario del Ejército Rojo, que lo convirtieron en el corresponsal de guerra más admirado de la Unión Soviética, sino también, en germen, Vida y destino. Beevor lo citó abundantemente en su extraordinario díptico sobre el frente oriental, Stalingrado y Berlín. La caída: 1945, y luego emprendió la edición de todo el material encontrado -diarios, artículos, cartas- en Un escritor en guerra, rescate -y homenaje a la vez- del trabajo de Grossman, que constituye, según Beevor, “no sólo la materia prima de la que se sirvió un gran escritor” sino que también representa, “de lejos, los mejores testimonios sobre el Frente del Este, quizá las descripciones más penetrantes de lo que el propio Grossman llamaba ‘la verdad despiadada de la guerra'”.

Vasili Grossman. Vida y destino. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2007. 1104 páginas.