Máscaras, alteridades y restaurantes chinos

El año del verano que nunca llegó

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 11 de julio de 2015 

el verano que nunca llegóEn abril de 1815 se registró la erupción del monte Tambora, en Indonesia, la más grande en 1.300 años, que arrojó a la atmósfera cientos de miles de toneladas de azufre y cenizas. La nube negra, dispersada por los vientos, llegó al hemisferio norte y cerró los cielos. La lluvia, la nieve y el frío que congeló ríos y lagos reinaron en los meses destinados a la cosecha. Cundió el hambre. Hubo epidemias. Parecía el fin del mundo, y culminó con tres días y tres noches de completa oscuridad. En esa fecha, en una mansión a orillas de lago Lemán, en Ginebra, estaban reunidos los poetas Byron y Shelley, Mary Woolstonecraft y John Polidori, más otros invitados. En esas noches, escribe William Ospina, “dos poderosos mitos de nuestra época se estaban gestando en las habitaciones de Villa Diodati”. Alimentados por las partículas suspendidas en el aire, el frío y la borrasca, y sobre todo por el miedo, “porque para concebir las fantasías más terribles no precisamos ser poetas sino estar de verdad aterrados”, el vampiro y el hombre creado con retazos de otros hombres tienen su origen en esa larguísima noche en Ginebra, mientras el pánico galopaba por China, por Europa, por Estados Unidos, en la inverosímil cantidad de días en que la lluvia no cesó de caer en Irlanda.

Ospina reconstruye esa historia desde un punto de vista muy personal: cómo se encontró con el tema en las calles de Buenos Aires, cómo la casualidad lo llevó a la Villa Diodati, cómo fue completando sus lagunas y su conocimiento tanto de los personajes como de la ya abundante tradición novelesca que se ha inspirado en una conjunción de factores tan extraños y de frutos tan relevantes para la cultura de nuestro tiempo. Escrito en primera persona, el libro combina el ensayo literario con la autobiografía, pero es algo más que eso, la historia de una búsqueda que indaga también en un tema mayor: el modo en que se construyen los mitos. Ospina, a sabiendas, recorre un camino ya bastante transitado; lo que hace la diferencia -y que transforma El año del verano que nunca llegó en un libro apasionante- es su libertad para establecer vínculos y hacer enlazar episodios tanto de su biografía como de la historia de la cultura. Posesionado por el tema, solo pudo darle curso a la obsesión a través de un texto que pone sobre el tapete una muy atractiva intuición sobre nuestro tiempo.

William Ospina. Literatura Random House, Santiago, 2015. 301 páginas.

Lanchas en la bahía

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 4 de julio de 2015 

15.06-Lanchas-en-la-bahia-PortadaLa editorial Tajamar tiene el propósito de rescatar toda la obra de Manuel Rojas, un autor injustamente relegado al nicho de lecturas escolares y, por lo tanto, poco publicado en colecciones destinadas a todos los lectores. De ahí viene la empresa de rescate emprendida por Tajamar: que se vuelva a leer a Rojas, que volvamos a hablar de sus libros. Porque, sin duda, se trata de uno de los grandes narradores chilenos, que merece estar en el diálogo literario contemporáneo.

Lanchas en la bahía es su primera novela, y sorprende por su aire fresco y renovado, que no esquiva ni las metáforas audaces ni el monólogo interior. Compuesta a través de escenas en la vida de Eugenio, un joven de pueblo que llega a trabajar al puerto de Valparaíso, es tanto una novela de iniciación como un cuadro de costumbres, un relato social y una novela de aventuras. Rojas tenía 35 años cuando la publicó, cuando ya demostraba un singular talento para poner en escena a personajes de pueblo y para capturar de manera certera el ambiente de su tiempo, con un lenguaje vibrante y rico: “Algunos gritos se erguían como espadas y otros ascendían perezosamente por los peldaños de las vocales; unos abríanse como abanicos y otros rezongaban como mendigos pertinaces, y todos se unían, se desunían, se enlazaban, se desenlazaban, luchando entre sí, ascendiendo hacia el cielo atardecido de diciembre, de donde descendían ondulando, y morían”. A la vez, Rojas ya indicaba que, más allá de su talento, tenía la capacidad de ofrecer una nueva forma de escribir narrativa, muy lejos del criollismo, por ejemplo. Y, conforme a su trayectoria de dirigente de la FECh de izquierdas -igual que José Santos González Vera, otro gran escritor que no tiene la notoriedad que merece-, no descuida, en el fragor urbano del puerto cosmopolita y pobre, los temas sindicales y sociales. Volver a leer a Rojas, o conocerlo, es restablecer un cierto orden en la escena literaria, a veces descentrada por afanes vanguardistas que en realidad parecen borradores inacabados. Y Lanchas en la bahía, por su brevedad y frescura, es una excelente puerta de entrada al mundo que creó Manuel Rojas en una serie de novelas ejemplares.

Manuel Rojas. Tajamar Editores, Santiago, 2015. 110 páginas.

Usted está aquí

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 18 de julio de 2015 

Usted está aquíEste libro es una buena muestra de la obra de la escritora colombiana Margarita García Robayo (Cartagena de Indias, 1980): cuatro cuentos y una novela -o nouvelle, mejor dicho-, “Hasta que pase un huracán”, que ocupa unas 50 páginas en esta edición. El limpio estilo de la autora, ajeno a alardes vanguardistas y fiel al designio de armar buenas historias, hace que la escritura fluya con naturalidad y les da fuerza a relatos cotidianos de un Caribe desacostumbrado, lejano tanto de los excesos del realismo mágico como de los lugares comunes sobre la fogosidad, el ritmo y la intensidad de la vida sobre la línea del Ecuador. Los cuentos desarrollan historias que inquietan y dejan un regusto amargo: el niño obeso que ve cerrarse el mundo, la hija que no quiere ver a su padre, la joven intelectual que a fuerza de querer una relación no convencional termina por sucumbir a la ausencia de un concepto, el cuarentón de viaje doblemente atrapado en un hotel de paso y en la historia de una mujer que tiene miedo. La novela es protagonizada por una chica cuyo único objetivo en la vida es irse del país, y en ese empeño descubre que, aunque el mundo no tenga fin, da igual donde estés. “Lo bueno y lo malo de vivir frente al mar es exactamente lo mismo: que el mundo se acaba en el horizonte, o sea que el mundo nunca se acaba”, escribe al comienzo de su relato, que, al igual que los otros, puede leerse como que el horizonte en realidad no existe, que las historias son circulares, que las historias que le cuenta Gustavo, el viejo pescador, son tan repetitivas y monótonas como el videojuego en que entretiene sus días el adolescente ya tan gordo que necesita una silla de ruedas para moverse.

Hay que destacar, más allá de la amargura, la potencia de los relatos y la calidad de la escritura. Aunque a primera vista parezca que hay más de algún final abierto, los relatos están perfectamente concluidos, con sutileza y elegancia; y la novela, sobre todo, muestra el talento de García Robayo para delinear en una sola historia, en un golpe de mirada, en la trayectoria de un personaje cuya inteligencia se convierte en su peor condena, el destino de las clases medias, residentes y migrantes, en el ámbito caribeño. “El medio es el peor lugar en donde estar: casi nadie salía del medio, en el medio vivía la gente insalvable”.

Margarita García Robayo. Montacerdos, Santiago, 2015. 127 páginas. 

Postales de Japón (primera parte)

I. Llegar

DSC_0028El aeropuerto de Narita tiene mala fama; que es demasiado grande, que cuesta ubicarse, que las cosas no son fáciles. Pero llegar no es complicado. Para un chileno, el trámite de policía internacional y aduanas es muy simple y, a la salida, le pregunté a una chica local cómo llegar a las oficinas de Japan Rail. Había comprado un pase por tres semanas, que cubre tanto el Shinkansen -el tren bala; según me enteré por una crónica de Juan Villoro sobre su viaje a Japón, la traducción literal es “ferrocarril troncal”, porque sólo en lenguas extranjeras se destaca que los pasajeros salen disparados como bala; los japoneses lo dan por supuesto- como líneas de metro y trenes locales de la misma compañía. Hay muchas. El transporte en Japón es privado y las líneas trazan otro mapa con múltiples combinaciones. El caso es que llegué con facilidad a esa oficina, pero seguro que con una cara de terror muy notoria. La señorita que me atendió, en un inglés con el fortísimo acento característico de la mayoría de la gente que algo sabe, pero poco, me preguntó si era mi primera vez en Japón. Y en Asia, le dije. Ella me reservó asientos en un tren de Narita a la estación de Shinagawa, la puerta sur de Tokio, y me dio ánimo. De verdad. Ahí tenía que buscar la línea del Shinkansen que paraba en mi destino de ese día, Nagoya. Llevaba muchas horas de viaje: once horas de Santiago a Dallas, cinco de espera, y trece más a Tokio. Pero tenía la adrenalina en un punto muy alto. En los boletos de trenes japoneses aparece el nombre del tren, el carro, el asiento y la hora de salida y llegada (son exactísimos; en algún recorrido escuché que el conductor pedía disculpas por llevar uno o dos minutos de atraso, “a causa de un pasajero”). El tren a Shinagawa fue un relajo. El carro casi vacío. La maleta en la entrada del carro. El paisaje urbano apenas interrumpido por arrozales. Poder estirar las piernas y mirar por la ventana. Ni me di cuenta de cuándo estábamos ya en Tokio.

Narita NagoyaEn Shinagawa están muy bien señalizados los accesos al Shinkansen, de modo que tras una hora (más) de viaje estuve en mi puesto para afrontar dos horas y media (más) de viaje hasta Nagoya. Me tocó en la ventana de la derecha. Vi el Monte Fuji, casi despojado de nieve. Vi una trama urbana interrumpida ocasionalmente por cerros colmados de verde y por arrozales. Una vez en Nagoya, apelé a la solución universalmente fácil: busqué un taxi y le pedí que me llevara al hotel. 38 horas habían pasado desde que otro taxi me recogió en mi casa en Santiago cuando tuve a mano otra cama donde acostarme y estirar la espalda. Nagoya. Un polígono industrial según mi amigo Arturo, artífice de mi viaje. Lo que vi en el camino de la estación al hotel fueron calles anchas, arboladas, con señalizaciones en ideogramas que me parecían -y nunca dejaron de hacerlo- parte del paisaje más que de maneras de comunicarse.

II. El taxi, el tren y el mapa

En Japón, las direcciones son un intrincado sistema. Lo destaca Horacio Castellanos Moya en sus Cuadernos de Tokio. El primer número indica el barrio; el segundo, la manzana; el tercero, la casa o edificio. Los taxistas usan aplicaciones computacionales para llegar a destino. En realidad, basta con mostrarles el teléfono fijo de la dirección para que el mapa virtual les señale el recorrido. Son muy amables, como (casi) todos los japoneses. Villoro viajaba con traductora, así que podía enterarse de lo que hablaban los conductores. Mi experiencia fue distinta: Saludo -konichiwa-, muestra de un papel con la dirección o la enunciación del nombre del hotel, en Nagoya, o de algún templo, en Kioto; y eso fue otro problema, por ejemplo, con uno de los más famosos y visitados de la ciudad, Kiyomizu-Dera, que Roberto y yo pronunciábamos con IMG_1420los acentos y los espacios cambiados, es decir, Kiyo-Mizudera, y no entendían adónde queríamos ir. La cuestión no es banal. Roberto buscaba figuras de Godzilla para su hijo. En vano. Hasta que algún vendedor atinó, abrió mucho los ojos y exclamó: “ahhh, Gúuudzira”, y todo se solucionó. Pero nunca supe de qué hablaban los taxistas, cosa importante. El porteño te habla del momento político, de la historia argentina y de lo que se le cante. El chileno se queja o te pone tópicos insufribles, como el frío o el calor. Me tocó un taxista parlanchín, pero en japonés. Nunca tomó nota de que su pasajero no entendía (espacio para localismos: un bledo, castellano clásico; un carajo, castellano centroamericano; ni una weá, castellano chileno), y tampoco esperaba respuesta. Hay taxistas así, los más insufribles, los que te interpelan constantemente sólo para reafirmar sus puntos de vista. Los japoneses -salvo la excepción indicada- guardan silencio. Un respetuoso silencio. Todos los autos son un modelo especial de Nissan, con la puerta trasera que se abre automáticamente y muy amplio espacio interior. Autos grandes. Una excepción.

Pero la abstracción de los números en las direcciones no es el único rasgo que distingue el mapa japonés. El viajero del Shinkansen entre Tokio y Osaka -unos 500 kilómetros- verá que, salvo raras lagunas verdes, hay un continuo donde la única diferencia es la altura de las edificaciones. Es que sólo el 25 % de todo el territorio japonés es plano, y ahí se IMG_1669bconcentra la población urbana. Su superficie es menos de la mitad de Chile y tiene alrededor de 7.5 veces más habitantes, 130 millones versus 17, repartidos mayoritariamente en menos de un octavo de la superficie de este país. Alojé unos días en Hirakata, una ciudad -según nuestro concepto- que está entre Kioto y Osaka, distantes unos 50 kilómetros entre sí. Pero, en realidad, Hirakata-Koen (koen = parque) y Hirakata (que tiene municipio, diputados, normas locales) son estaciones de tren, puntos en un mapa de conexiones. No estás en Hirakata, estás en Kansai, una amplia división administrativa que se considera la segunda aglomeración urbana de Japón, con unos 18 millones de habitantes, más que toda la población chilena (el complejo Tokio-Yokohama agrupa a 38 millones de personas). Desde cualquier punto de Kansai, vía trenes locales, puedes acceder a Kioto, Nara, Osaka, Kobe, y múltiples otros lugares. Arashiyama, por ejemplo, un lugar precioso con el bosque de bambúes más grande de Japón, un río caudaloso, colinas boscosas, templos sintoístas y budistas, calles estrechas, tiendas de artesanías sumamente trabajadas. Bueno: Hirakata y Arashiyama son puntos en el mapa que se conectan vía trenes. Es Kansai. Hay un tren para turistas que va de Kioto a Arashiyama, pero no. Lo mejor es llegar cuando logres situar tu lugar en el mapa, el punto que eres en un espacio interactivo, un lugar que no existe salvo que estés en él, que hayas salido de las estaciones, pero que además sepas cómo volver, cómo reconstruir el recorrido.

Bogotana[mente]

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 27bogotana de junio de 2015

Brutas Editoras es un emprendimiento independiente desarrollado por escritoras chilenas, pero con una sede ubicua; los libros se editaban en Nueva York, ahora al menos tienen el pie de imprenta en Chile. El proyecto es singular por otros motivos: la línea de Destinos Cruzados -la colección principal, hasta el momento, de Brutas- es la crónica sobre ciudades o países, con dos autores por libro, y siempre de otro origen. El resultado es un interesante caleidoscopio de miradas que resitúa la noción de pertenencia y que devuelve al ojo del visitante toda su capacidad de ver más allá de lo habitual. Hay títulos sobre Japón, Belarús, Chile y París, entre otros, a los que se suma esta doble crónica sobre Bogotá. El primer texto es de Alejandra Costamagna; el segundo, del venezolano Slavko Zupcic.

La crónica de Costamagna comienza en un territorio familiar para cualquier viajero latinoamericano en países vecinos o cercanos: las variaciones de la lengua, aunque va más allá del mero registro: se trata de descubrir al bogotano en los giros, en las metáforas, en el “sol de agua”, un sol brillante que parece anunciar buen tiempo, pero que es, en realidad, un seguro presagio de lluvia. Costamagna rescata también el lado oscuro de la ciudad y del país, la terrible estadística de violencia que no puede disimular ni la deliciosa cadencia bogotana ni la amabilidad de tratarla de “sumercé”. Si el texto de la escritora chilena invita a vivir la experiencia bogotana, el texto de Zupcic es una muestra de lo difícil que puede ser llegar a lograrlo, aunque se haya vivido muy cerca, y quizá por eso es una crónica tocada a la vez por el humor y por una rara especie de nostalgia. Criado en Valencia, Venezuela, y residente en Barcelona, España, Bogotá -gracias a un par de compañeros de colegio y sus familias- se convirtió en una suerte de mito, en la ciudad deseada y nunca vista que solo muchos años más tarde -y al final de su relato- pudo contrastar con la realidad. Médico psiquiatra de profesión y escritor también, Zupcic compone un texto híbrido en la forma, que usa mucho más las herramientas de la narrativa que las de la crónica. En realidad, lo mismo ocurre, si bien más del lado del lenguaje y el estilo, con el de Costamagna. Y ambos son excelentes aproximaciones a esa ciudad de altura que tiene su historia, su enigma y su cadencia subyugante.

Alejandra Costamagna y Slavko Zupcic. Brutas Editoras, Santiago, 2015. 133 páginas.

Pelota sudaca

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 20 de junio de 2015

portadasudacaDe los muchos libros que han aparecido con motivo de la Copa América, probablemente Pelota sudaca sea el más atípico y singular en su estilo y contenido. Si nos atenemos al índice, no tiene mucho de novedoso: revisa, país por país, los perfiles de los jugadores más destacados de su historia, incluyendo tanto a los ya largamente fallecidos como a los jugadores que hoy brillan en los estadios de Santiago, La Serena o Temuco. Lo llamativo y original es la manera en que están construidos los perfiles, tanto de cada país como de los jugadores. El lenguaje, para empezar, no es el clásico de un libro sobre deportes o fútbol. Hay una suerte de delirio encendido en párrafos largos, sinuosos y plagados de comas -muchas de ellas de sobra, pero ya es una decisión de estilo-, que aspira a atrapar en la palabra el misterio y la belleza del fútbol.

“Tal como Lautaro se laureó fama de exterminador de conquistadores y cobardes, el rumor de un Matador de sangre mapuche cruzó desde los Andes hasta la Gran Bota, contando la historia de un enemigo de la compasión que era capaz de convertir un ladrillo de asbesto en una hermosa estrella fugaz destinada a desintegrarse en las redes”, se lee en el perfil de Marcelo Salas. La cita arroja luz sobre otra particularidad del libro: la amplitud y frecuencia de referencias que no pertenecen al ámbito del fútbol (uno de los autores, Jerónimo Parada, es licenciado en filosofía; el otro, Andrés Santa María, es periodista). La mitología griega, las leyendas artúricas, el nacimiento del bossa nova y del candombe, el mestizaje, las guerras latinoamericanas, las tradiciones de los pueblos originarios, algunos libros de la Biblia, Schopenhauer y Nietzsche, los príncipes italianos, la arquitectura europea, el capitalismo salvaje, la pobreza y el desenfreno, todo se funde en estos perfiles que pueden comenzar por cualquier parte y que, en realidad, no retratan a cada personaje, sino al conjunto de referencias que con humor e imaginación se puede construir en torno a ellos. Por eso es atípico, un libro raro pero también refrescante, que se complace en la desmesura, la arbitrariedad y un sentido del humor a veces críptico, pero siempre fecundo. Prueba, además, que las aproximaciones al fútbol no tienen por qué ser las de siempre, y que la mitología griega (y otros saberes) no sobra a la hora de instalarse a mirar un partido de fútbol.

Distancia de rescate

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 6 de junio de 2015

Distancia de rescate - SchweblinLa escritora argentina Samanta Schweblin ha cultivado hasta ahora, y con singular éxito, la narrativa breve. Sus cuentos han ganado diversos premios en Argentina, México y España. La única excepción es Distancia de rescate, una novela breve y compleja que prolonga una tendencia de su trabajo, la aparición del misterio, “el guiño a lo fantástico”, como ella misma la ha caracterizado. En la novela acuña una expresión precisa para la atención que las madres -y los padres- prestan a sus hijos pequeños, esa suerte de radar que los mantiene en alerta frente a su presencia o ausencia, a los ruidos y los silencios, a la distancia justa que permite acudir en su auxilio si tienen algún problema. Esa es la “distancia de rescate” que se pone en tensión en la novela, cuando Amanda y su hija Rita llegan a un lugar de veraneo donde el principio de realidad comienza a descarrilarse.

Hay una oscura amenaza en el lugar, una enfermedad misteriosa, una casa verde que no se relaciona para nada con la de Vargas Llosa; es el lugar de la práctica de una suerte de medicina no tradicional, que propone la curación mediante la migración del espíritu hacia otro cuerpo, único modo de detener un mal tan inasible como desacostumbrado. “Eso no es lo importante”, repite, como un mantra, uno de los personajes, David, que dialoga con Amanda y la ayuda a reconstruir el hilo de lo sucedido. Así está construida la novela, un relato en primera persona donde Amanda se interroga y describe los días recién pasados, puntuado por intervenciones de David -un niño- que trata de no hacerla perder el hilo y fijar la historia con exactitud: se trata, sobre todo, de atrapar un momento, el instante en que Amanda perdió la distancia de rescate y se precipitó la desgracia. Schweblin trabaja muy bien el misterio y el suspenso; el relato explora morosamente lo ocurrido en pocos días, pero esa exactitud, esa mirada minuciosa, se pierde también en lo que no se puede atrapar, en los hechos que se escurren entre los dedos, en el flujo de una historia donde los breteles de un bikini o una mancha de humedad que ha dejado el pasto en la ropa, pueden ser las señales definitivas o una pista que conduce a un punto ciego. Todo el libro está atravesado por la extrañeza de la transformación, del uno que pasa a ser otro, y esa es otra distancia que el relato enuncia, explora y nunca termina de agotar.

Samanta Schweblin. Literatura Random House, Buenos Aires, 2014. 124 páginas.

Bolaño, ¿un clásico?

Artículo publicado en la revista Pensamiento y Cultura de la Universidad Diego Portales, agosto de 2006

Archivo Bolaño Alicia andares 6Mi profesor de literatura española en la universidad estuvo a punto de quitarle toda posibilidad de placer a la lectura del Quijote. Era un obseso de las citas textuales. Había que enfrentarse al libro como a una eterna suma de frases y atender, sobre todo, a los personajes mínimos, a aquellos nombrados de pasada en algún oscuro episodio, porque esos eran los que había que recordar. Nada de miradas a vuelo de pájaro, intentos de interpretaciones audaces o búsqueda de un atisbo de perspectiva; era, realmente, una lectura literal del Quijote, a la letra y letra por letra, una suerte de trabajo forzado lleno de trampas y rincones minados. Pero el libro se impuso por sí mismo y terminé leyéndolo con creciente interés y luego con pasión (muy lejos de lo que había sido mi primera y parcial experiencia durante la enseñanza media, con el mismo libro), olvidando el pie forzado, arriesgando bajas calificaciones en los controles de lectura. Qué más daba. No estaba de acuerdo con el método y me bastaba con aprobar el curso, cosa que logré sin brillo y sin gloria, pero feliz de haber leído a Cervantes a mi ritmo y siguiendo mis propias obsesiones.

Bolaño, Roberto - 2666-tapaY ahora que releí 2666 de Roberto Bolaño, sin la obligación de hacerlo rápido para alcanzar a redactar una reseña para la revista en que escribo semanalmente, recordé a mi antiguo profesor, que en paz descanse, e imaginé que se reencarnaba en el año 2666, como profesor de literatura latinoamericana del siglo XX, y que preguntaba a sus alumnos, por ejemplo, cuántas generaciones de María Expósito convivieron en la misma casa, o cómo se llamaba el bar donde bebieron juntos Marco Antonio Guerra y Amalfitano, o cuál de las víctimas murió tras su cuarto infarto al miocardio, o qué episodio corresponde al cruce de las tramas de esta novela y de Los detectives salvajes. 2666 habría sido un desafío memorable para mi profesor: sólo en “La parte de los crímenes” habría tenido nada menos que 352 páginas con un protagonista colectivo, una interminable procesión de personajes de fugaz aparición entre algunos pocos que entran y salen cada cierto tiempo del caudaloso río del relato; y en las otras cuatro partes, historias innumerables que extienden zarcillos y raíces, líneas de comunicación, ventanas y túneles, entre unas y otras.

Pero pronto deseché tal ejercicio imaginativo. Era demasiado inverosímil pensar que en seis siglos más todavía existirán profesores y alumnos reunidos en una sala, sin más recursos técnicos que el pizarrón y la tiza. Para ese entonces, es más fácil pensar que un libro estará contenido en un chip diminuto que se insertará en un terminal instalado, por ejemplo, en el antebrazo, para traspasarse directamente a la memoria, que se desplegará para acogerlo y juzgarlo sin más trámite. Aunque quién sabe. Auscultar el futuro es tarea de videntes y novelistas de ciencia ficción, no de un crítico literario. Perdido ante la instantánea aparición de cientos de futuros posibles para el libro y la literatura, tiré la esponja.

Pero seguí pensando en mi profesor y sus ejercicios memorísticos (por cierto, la suya era una memoria prodigiosa). Y vi, o creí ver, que había cuestiones de fondo que socavaban desde el inicio tal ejercicio imaginativo.

Primero, el contenido de 2666 no es del tipo susceptible de resistir una evocación de los detalles, especialmente en “La parte de los crímenes”. El lector tiende, más bien, a olvidarlos rápido, para atender al despliegue del conjunto. Tanta suma de horrores, uno detrás de otro; tantos cuerpos violados, mutilados, torturados y asesinados, tanta angustia, tanto dolor, esa sensación terrible que experimentaron la madre de las desaparecidas hermanas Noriega y sus vecinas, “lo que era estar en el purgatorio, una larga espera inerme, una espera cuya columna vertebral era el desamparo, algo muy latinoamericano, por otra parte, una sensación familiar, algo que si uno lo pensaba bien experimentaba todos los días, pero sin angustia, sin la muerte sobrevolando el barrio como una bandada de zopilotes y espesándolo todo, trastocando la rutina de todo, poniendo todas las cosas al revés”. ¿Habría sido mi profesor, realmente, capaz de exigir a sus alumnos detalles tan siniestros como que Herminia Noriega murió tras su cuarto infarto, tras horas de torturas inimaginables? ¿Habría querido que recordaran que, pensando en los cuatro infartos que sufrió la niña, el judicial Juan de Dios Martínez “se cubría la cabeza con las manos y de sus labios escapaba un ulular débil y preciso, como si llorara o pugnara por llorar”?

Lo dudo. Era un hombre profundamente conservador, aunque capaz de apreciar matices nuevos, pero me atrevo a apostar que 2666, y en general la obra de Bolaño, le habría parecido un completo despropósito, indigna del parnaso literario. Que se entienda bien: no quiero desmerecer a mi antiguo profesor. Es que, simplemente, no es de esta época. Probablemente, como Luis Sánchez Latorre, habría dicho que ya no leyó a Bolaño.

Y aquello del parnaso literario lleva a la pregunta de si Bolaño llegará a ser un clásico. Caso en el cual habría lugar para estudios interesantes y enriquecedores, pero también para cartografías aún más perversas; por ejemplo, una tesis literario-estadística sobre el número de mujeres muertas en 2666, con tablas que detallen grado de desnudez, causa de la muerte, si fueron o no violadas y por cuáles conductos, número de mutiladas, edades, porcentaje de mujeres delgadas con cabello negro y largo, etcétera, todo ello dirigido a mostrar, por ejemplo, la función de la reiteración en la narrativa, o para demostrar que 2666 responde a la estética minimalista que adelantaron, en la música, LaMonte Young y Steve Reich, y que popularizó el más accesible de ellos, Philip Glass. Que para todo da la academia, especialmente si se trata de clásicos.

De cualquier modo, aquello no se ha cumplido aún -ninguna obra de Bolaño es todavía considerada un clásico-, aunque, por cierto, ya deben menudear las tesis de pre y post grado sobre el autor y su obra. Avancemos, entonces, en la pregunta formulada. Para no especular simplemente, comencemos por sus filiaciones literarias: dime de dónde vienes y te diré quién eres.

Borges caricatura al óleoHasta el momento, que se sepa, no se ha escrito ni investigado mucho sobre qué escritores influyeron en la poética de Bolaño. No hay que escarbar en exceso para situar a Borges, Kafka y Vallejo como antecedentes relevantes; el primero por La historia de la literatura nazi en América. Bolaño explicitó, en una entrevista, la genealogía: el primer hito es La sinagoga de los iclonoclastas, de Rodolfo Wilcock, que, a su vez, “le debe muchísimo a Historia universal de la infamia, de Borges, cosa nada de rara porque Wilcock fue amigo de Borges y admirador de Borges”. A su vez, ese libro le debe mucho a uno sus maestros, Alfonso Reyes, “el escritor mexicano que tiene un libro que se llama Retratos reales e imaginarios, una joya. A su vez, el libro de Alfonso Reyes le debe mucho a Vidas imaginarias, de Marcel Schwob, que es de donde parte esto. Pero, a su vez, Vidas imaginarias le debe mucho a toda la metodología y la forma de servir en bandeja ciertas biografías que usaban los enciclopedistas”. Toda una familia literaria, que aún podría remontarse a William Beckford y sus Memorias biográficas de pintores extraordinarios, que remite a un procedimiento que Bolaño posteriormente perfeccionó y amplió hasta notables dimensiones.

kafkaEl segundo, muy claramente por “El policía de las ratas”, cuento que pertenece a El gaucho insufrible, extraordinario y explícito homenaje al autor checo a partir de su cuento “Josefina la cantora”; pero también por un tono subterráneo que recorre la obra de Bolaño, las empresas imposibles, las desviaciones eternas, la sensación de que no hay un punto de llegada posible. En ambos autores, además, hay un juego entre sus propios nombres y los de los personajes: el señor K y Arturo Belano están más emparentados de lo que parece, pasajeros de obras que remiten a otras y que van creciendo hasta que pareciera que forman parte de una sola, una novela total que se entrega por capítulos, algunos más cercanos al centro, unos en la periferia, otros que anuncian nuevos desarrollos y variantes.

cesar-vallejoEl tercero, por Monsieur Pain, donde el poeta peruano agoniza en un hospital mientras a su alrededor se teje una rara trama de mesmerismo y crimen. Vallejo es el gran escritor mestizo de América, que escribió buena parte de su obra desde su auto exilio en Madrid y París. Bolaño pone en escena los acentos y las expresiones de chilenos, argentinos, uruguayos, mexicanos y españoles, por lo menos, y su perspectiva del desarraigo, uno de los temas recurrentes en su obra, tiene alcances latinoamericanos.

Una línea consistente en su obra discurre por la literatura. Cuentos de escritores, personajes que escriben y que hablan de escritores, poemas dedicados a la literatura. En ese sentido, funciona como un catálogo de lectura, de amores y de odios, de preferencias arbitrarias, de descubrimientos, de revelaciones; pero también como un sustrato explícito de su obra, que muestra a su vez cómo entiende Bolaño la tarea del escritor. No se puede escribir sin los otros, sin dialogar con ellos, sin establecer también puentes, filiaciones y líneas de contacto con sus obras. Catálogo, además, siempre revelador, tanto del monumental lector que fue Bolaño como de la manera en que logró engarzar ese diálogo en sus obras. Hay quien dice que, al menos en esa variante, Bolaño es un escritor para escritores. Hace pocos meses, una apoderada del colegio de mis hijos me contó que le había regalado a su papá, ex funcionario de la policía de investigaciones, Los detectives salvajes. Al comienzo, el antiguo detective refunfuñaba y reclamaba contra el autor: mucho sexo y mucho nombre, decía. Pero terminó la lectura del libro llorando.

TPG108073 Portrait of Miguel de Cervantes y Saavedra (1547-1615) by Jauregui y Aguilar, Juan de (c.1566-1641); Private Collection; Spanish,  out of copyright

TPG108073 Portrait of Miguel de Cervantes y Saavedra (1547-1615) by Jauregui y Aguilar, Juan de (c.1566-1641); Private Collection; Spanish, out of copyright

Recordemos otro antecedente: en el discurso de recepción del Rómulo Gallegos, Bolaño habló de Cervantes y de su comparación entre la milicia y la poesía, punto que escogió para explicitar su poética, la visión de su obra como un homenaje a la generación perdida de América Latina. Pero también, en un detalle nada trivial, dijo que “desde la mesa donde escribo estoy viendo mis dos ediciones del Quijote”. Que es como decir: alzo los ojos y las veo. O bien: escribo bajo la mirada vigilante de Cervantes. O: Cervantes es el punto focal de mi escritura. Cuando le preguntaron, en una entrevista, acerca de sus lecturas fundamentales, enumeró: “El Quijote, de Cervantes. Moby Dick, de Melville. La Obra Completa de Borges. Rayuela, de Cortázar. La conjura de los necios, de Kennedy Toole. Nadja, de Breton. Las cartas de Jacques Vaché. Todo Ubú, de Jarry. La vida, instrucciones de uso, de Perec. El castillo y El proceso, de Kafka. Los aforismos de Lichtenberg. El Tractatus de Wittgenstein. La invención de Morel, de Bioy Casares. El Satiricón, de Petronio. La Historia de Roma, de Tito Livio. Los Pensamientos de Pascal”.

Cervantes, el primero en la lista, es el padre de la novela universal. Bolaño, sin necesidad de nombrar las obras del párrafo anterior, se refiere a ellas cuando escribe en 2666 que “ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez”. Y, sin duda, Bolaño tenía clara conciencia acerca del valor fundacional de su obra, en el sentido de establecer un nuevo paradigma para la novela.

Contrastemos esa conciencia (que se desprende de su obra, no de sus declaraciones a la prensa o de sus columnas y ensayos) con sus dichos en esos contextos. Bolaño siempre negó el carácter trascendente de su obra, así como, por otra parte, de la de todo el mundo, salvo, claro , la de los grandes maestros.

“Yo no sé cómo -dijo- hay escritores que aún creen en la inmortalidad literaria. Entiendo que haya quienes creen en la inmortalidad del alma, incluso puedo entender a los que creen en el Paraíso y el Infierno, y en esa estación intermedia y sobrecogedora que es el Purgatorio, pero cuando escucho a un escritor hablar de la inmortalidad de determinadas obras literarias me dan ganas de abofetearlo. No estoy hablando de pegarle sino de darle una sola bofetada y después, probablemente, abrazarlo y confortarlo. En esto, yo sé que algunos no estarán de acuerdo conmigo por ser personas básicamente no violentas. Yo también lo soy. Cuando digo darle una bofetada estoy más bien pensando en el carácter lenitivo de ciertas bofetadas, como aquellas que en el cine se les da a los histéricos o a las histéricas para que reaccionen y dejen de gritar y salven su vida”.

Y, sin embargo, a pesar de ese escepticismo, persistió en la tarea de escribir obras descomunales como Los detectives salvajes y 2666. Obras de compleja arquitectura, cuya extensión y osadía formal ya son un desafío formidable para los lectores. Está por verse qué efecto ejercerá la poética de Bolaño sobre las nuevas generaciones de escritores, pero lo que sí está claro es que ya se lo define como un nítido punto de referencia, que marca un antes y un después: ¿será aquello el primer requisito para alcanzar la estatura de un clásico?

Bolaño dijo que la literatura era un oficio peligroso, frase que fue tomada con cierta sorna en los comidillos literarios. El peligro no radica, desde luego, en el acto de escribir, que tiene algo de burocratico y oficinesco por más nobles que sean sus materiales, sino en lo que se puede descubrir a través de la escritura, en los mundos que el escritor abre, en lo que puede llegar a revelar, finalmente, sobre las profundidades del corazón humano.

Ciudad Juárez“Ciudad Juárez” -Santa Teresa en 2666- es nuestra maldición y nuestro espejo, el espejo desasosegado de nuestras frustraciones y de nuestra infame interpretación de la libertad y de nuestros deseos”, dijo en su última entrevista, respondiendo a la pregunta de qué era para él el infierno. Y, ciertamente, es infernal el mundo que describe en “La parte de los crímenes”, “la náusea y la rabia” que siente Harry Magaña, el sheriff de Huntville que sigue el rastro de mujeres estadounidenses desaparecidas, cuando ve, en una casona oscura, que alguien levanta un bulto de la cama envuelto en plástico. Náusea y rabia ante la violencia, el asesinato, la impunidad, la complicidad de policías y jueces, náusea y rabia ante el designio de matar, “infame interpretación de la libertad y de nuestros deseos”. Pero no se trata, ni mucho menos, solamente de una denuncia moral, social o política. Es un paso más -y tan certero como apasionante- en la indagación sobre la violencia como la cifra inscrita en la identidad latinoamericana, desde Chile a México, desde El Salvador hasta Argentina, que en este libro alcanza, además, resonancias universales.

Se puede emplear una metáfora geométrica para describir la obra de Bolaño: se trata de series de círculos concéntricos que se intersectan en espiral, rodeando el centro o cayendo directamente en él; ondas que se propagan por cuentos y novelas, poemas y artículos, casi siempre ligados entre sí por personajes, situaciones, historias y lugares. Tal vez la mayor anomalía del sistema, por así decirlo, el círculo aparentemente sin intersecciones, es Una novelita lumpen; pero ahí también están los temas de siempre de Bolaño y, por si fuera poco, desde el título dialoga irónicamente con la obra de José Donoso.

A tres años de su muerte, con dos libros póstumos anunciados -cuentos y poesías, respectivamente-, el rescate editorial de su primera novela, Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, que pronto llegará a Chile, y la reciente aparición de una selección de sus entrevistas, aún queda mucho por leer de Bolaño. Y mucho más que decir: no es aventurado afirmar que, como la obra de Kafka, seguirá interrogando a los lectores y desafiando los intentos por reducirla a una sola mirada, a una sola lectura. Y no es tan arriesgado tampoco afirmar que, de los novelistas chilenos del siglo XX, Bolaño es uno de los destinados a perdurar en el tiempo. Su obra sigue ganando premios y, sobre todo, lectores, no sólo por el aura trágica de su prematura muerte -otra dimensión del peligro del oficio de la escritura-, sino, sobre todo, por su capacidad de abrir mundos, de establecer resonancias, de desarrollar un imaginario tan profundamente revelador como el contenido en su obra.