El navegante solitario

Teignmouth.jpgDonald Crowhurst tenía una pequeña empresa de productos electrónicos para la navegación marina en el pueblo de Teignmouth, en Devon, Inglaterra. Corrían los años sesenta. El negocio iba mal. Con poca experiencia en navegación, Donald decidió participar en el Sunday Times Golden Globe Race, carrera de yates cuya exigencia era circunnavegar el mundo, sin tocar tierra en ninguna parte. Vendió su casa y compró un trimarán, “barco multicasco que consta de un casco principal y dos flotadores más pequeños atados al lado del casco principal con puntales laterales”, según indica wikipedia.

Si se busca información en la web, es prácticamente unánime la opinión de que Crowhurst era un tramposo que falseó datos para quedarse con las cinco mil libras del premio y salvar así su negocio, pero le salió el tiro por la culata: perdido en el Atlántico, su bitácora se torna cada vez más delirante y finaliza abruptamente: el trimarán, bautizado como Teignmouth Electron en honor a su pueblo, que lo despidió con aplausos, apareció varado y sin su piloto y único pasajero en una isla del Caribe. La explicación fácil es que lo venció la culpa aunada a la inexperiencia; las febriles anotaciones de su diario de viaje dan cuenta de su extravío y, ante su incapacidad para afrontar la verdad, optó por el suicidio.

Pero, como suele pasar, las explicaciones fáciles no tienen por qué ser verdaderas (la navaja de Occam puede ser muy traicionera). La artista Tacita Dean dedicó años a reconstruir el caso y lo publicó en un libro que lleva el nombre del barco. Fue a Teignmouth, y se sorprendió de la mezquindad de sus autoridades, que apostaron por Crowhurst para atraer más visitantes al antiguo puerto reconvertido en destino turístico. Fue a fotografiar los restos del trimarán, que había cambiado de manos y terminó varado en otra playa, azotado por los huracanes y arrimado a un solitario árbol que parecía sostener los restos frente a la violencia de los vientos. Leyó con atención obsesiva la bitácora. Reparó en el detalle de que Donald dejó el barco junto con el cronómetro, único instrumento que le permitía fijar su posición en aquella era pre satelital. En su libro, melancólico, triste, que se interroga sobre todo por la soledad y la huella, Dean da cuenta de su peregrinaje tras la huella de Crowhurst y llega a una conclusión totalmente opuesta a la común: la bitácora no es una muestra de locura, sino de lucidez; y si su autor optó por el suicidio, fue para mostrar la verdad, no para ocultarla. Si hubiera querido pasar a la historia como una víctima de la soledad en el interminable horizonte marítimo, habría lanzado por la borda su bitácora y la planificación de su viaje, que trazaba un risueño recorrido entre dos puntas: el islote Tristán da Cunha y las Islas Malvinas, dos avanzadas -o dos restos- del Imperio Británico en dos extremos, lo que puede sugerir que el engaño (que lo fue; Crowhurst nunca intentó realmente circunnavegar el globo terráqueo y falseó datos sobre su ubicación) ya era una intención larvada, no consciente, antes de zarpar de la costa de Devon.

IMG_4008La artista reconstruye ese momento o esos días o esas semanas de soledad pura y dura, y sobre todo ese momento silencioso, tranquilo, meditado, consciente, en que Donald abrazó el cronómetro y se dejó caer, suavemente, por la borda, con el rumbo perdido y la inmensidad del mar por compañía. Probablemente fue de noche. Y puede haber sido un enorme descanso. Atrás, en la embarcación, quedaba el registro de su empresa imposible. Como escribe Tacita Dean, es tan común embarcarse en proyectos que sabemos que no vamos a poder llevar a cabo. La mayor parte de las veces se trata sólo de fracasos personales que lastran la existencia; Donald, en cambio, llevó su empeño hasta un callejón imposible y se dejó caer, con los ojos abiertos, plenamente consciente de la futilidad de su empeño (o de cualquier empeño, si se lo mira en el eje definitivo de la muerte).

¿Y por qué escribo hoy, casi de memoria, sobre un libro que leí hace unos cuatro años, probablemente deformándolo completamente? Ya se sabe, la memoria es más traicionera que las soluciones simples. Es porque el epígrafe del libro es Space Oddity, la canción completa, compuesta en el mismo año de la epopeya -por qué no llamarla así- del Teignmouth Electron, y uno puede perfectamente entender -y aplaudir- que el mayor Tom sea la cifra que preside el peregrinaje de Tacita Dean tras la huella de Donald Crowhurst:

estoy pasando a través de la puerta
estoy flotando en una forma muy peculiar
y las estrellas lucen muy diferente hoy”.

Tacita Dean. Alias Editorial, Ciudad de México, 2009. Sin folio de páginas. Traducción de José Ignacio Rodríguez Martínez.

balada del pequeño y del gran hijo-de-puta

balada del pequeño y del gran hijo-de-puta
(hysteron proteron)

I

el pequeño hijo-de-puta
es siempre
un pequeño hijo-de-puta;
pero no hay hijo-de-puta,
por pequeño que sea,
que no tenga
su propia
grandeza
dice el pequeño hijo-de-puta.

no obstante, hay
hijos-de-puta
que nacen grandes
e
hijos-de-puta
que nacen pequeños,
dice el pequeño hijo-de-puta
además,
los hijos-de-puta
no se miden por palmos,
dice también
el pequeño hijo-de-puta.

el pequeño
hijo-de-puta
tiene una pequeña
visión de las cosas
y muestra en
todo cuanto hace
y dice
que es exactamente
el pequeño hijo de puta.

no obstante,
el pequeño hijo-de-puta
está orgulloso de
ser
el pequeño hijo-de-puta.

todos
los grandes hijos-de-puta
son reproducciones a
tamaño grande
del pequeño hijo-de-puta,
dice el pequeño hijo-de-puta.

dentro del
pequeño hijo-de-puta
existen en idea
todos los
grandes hijos-de-puta,
dice el pequeño hijo-de-puta.

todo lo que es malo
para el pequeño
es malo
para el gran hijo-de-puta,
dice el pequeño hijo-de-puta.

el pequeño hijo-de-puta
fue creado por el pequeño señor
a su imagen y
semejanza
dice el pequeño hijo-de-puta.

es el pequeño
hijo-de-puta
el que da al grande
todo aquello que él
precisa
para ser el gran hijo-de-puta,
dice el pequeño hijo-de-puta.

por lo demás,
el pequeño hijo-de-puta ve
con buenos ojos
el engrandecimiento
del gran hijo-de-puta:
el pequeño hijo-de-puta
el pequeño señor
Sujeto Servicial
Simple Sobra
o sea, el pequeño hijo-de-puta.

II

el gran hijo-de-puta
también en ciertos casos comienza
por ser
un pequeño hijo-de-puta,
y no hay hijo-de-puta,
por pequeño que sea,
que no pueda
venir un día a ser
un gran hijo-de-puta,
dice el gran hijo-de-puta.

no obstante, hay
hijos-de-puta
que ya nacen grandes
e
hijos-de-puta
que nacen pequeños,
dice el gran hijo-de-puta
además,
los hijos-de-puta
no se miden por palmos,
dice también
el gran hijo-de-puta.

el gran
hijo-de-puta
tiene una gran
visión de las cosas
y muestra en todo cuanto hace
y dice
que es mismamente
el gran hijo-de-puta.

por eso
el gran hijo-de-puta
está orgulloso de
ser
el gran hijo-de-puta.

todos
los pequeños hijos-de-puta
son reproducciones a
tamaño pequeño
del gran hijo-de-puta,
dice el gran hijo-de-puta.

dentro del
gran hijo-de-puta
existen en idea
todos los
pequeños hijos-de-puta,
dice el gran hijo-de-puta.
todo lo que es bueno
para el grande
no puede
dejar de ser igualmente bueno
para los pequeños hijos-de-puta,
dice el gran hijo-de-puta.

el gran hijo-de-puta
fue creado
por el gran señor
a su imagen y
semejanza,
dice el gran hijo-de-puta.

es el gran
hijo-de-puta
el que da al pequeño
todo aquello que él
precisa
para ser el pequeño hijo-de-puta,
dice el gran hijo-de-puta.

por lo demás,
el gran hijo-de-puta ve
con buenos ojos
la multiplicación
del pequeño hijo-de-puta:
el gran hijo-de-puta
el gran señor
Santo y Seña
Símbolo Supremo
o sea. el gran hijo-de-puta.

En Alberto Pimenta, Discurso sobre el hijo-de-puta, páginas 35-42. [pepitas de calabaza ed.], Logroño, 2014. 128 páginas. Traducción del portugués de Jorge Carrasco.

Bello como una prisión en llamas

Bello como....jpgJulius van Daal es ensayista, traductor e historiador del anarquismo. En este libro se siente la doble huella de Guy Debord y del marxismo tal como está siendo releído por grupos que acentúan su vertiente más radical y no la que se considera hoy políticamente correcta. De ahí que su lectura de los Gordon Riots -el levantamiento popular en Londres en 1780, mayormente ignorado o tergiversado- no sea estrictamente un libro de historia, sino una especie de crónica-ensayo que busca tanto la reconstrucción de la escena como mostrar la manera en que el capitalismo comenzaba a organizarse y a asegurar sus modos de lograr la domesticación de los pobres.

El ensayo se abre con una breve referencia a los Gin Riots de 1736, para ilustrar una relación muy viva en todos los levantamientos populares ingleses de los siglos XVIII y XIX: la transformación de la protesta en fiesta popular desatada -mediante el saqueo o la extorsión a los dueños de cantinas-, aunque la resaca implicara, en el caso de los Gordon Riots, «metralla, cárcel, horca y moralismo». Ese capítulo es muy interesante porque cuenta cómo la ginebra se convirtió en la bebida nacional inglesa: se debió a una combinación de factores económicos, geográficos y políticos, que pueden sintetizarse en la necesidad de una bebida alcohólica barata y con alto contenido calórico, tanto para hacer más tolerable el extenuante esfuerzo físico exigido a obreros y marineros como para abrir una puerta de escape a una realidad que hacía muy escasas “las ocasiones en las que disfrutar el vértigo de la existencia en gozosa o tierna compañía”.

De ahí continúa la estupenda crónica del levantamiento, errático y desbocado, que se originó en una ley que permitía a los católicos enrolarse en el ejército. La ley no estaba motivada por al deseo de inclusión o el fomento de la buena convivencia religiosa, sino en la necesidad de la corona de reclutar más soldados para la guerra que estaba librando contra sus colonias americanas, y permitiría también que sus súbditos canadienses combatieran a los levantiscos de más al sur. La ley no fue bien recibida por algunos sectores. La Asociación protestante, dirigida por un curioso personaje, miembro de la Cámara de los Comunes, lord Gordon, convocó, para la mañana del viernes 2 de junio, a una reunión en St. George’s Fields para suscribir una petición de revisión de la ley “papista”.

Era verano. Un verano inusualmente caluroso en Inglaterra. Muchos pasaron antes a refrescarse a las tabernas el camino. A la cita llegaron 50 mil de los 700 mil habitantes de Londres; como si en Santiago se reuniera una multitud de 420 mil personas. Una fuerza difícil de controlar, más aún cuando el motín era la forma habitual de protesta en Inglaterra. Luego del discurso de lord Gordon y de la masiva firma de la petición -recogida en pliegos que se enrollaron y que debían ser transportados por turnos y por varias personas-, se dirigieron al Parlamento. La multitud, ya soliviantada por el calor y el alcohol, sometió a vejaciones a los parlamentarios que llegaban a votar. La Cámara de los Comunes, atenta a los asuntos de Estado y no a la petición suscrita por la multitud, rechazó la propuesta de lord Gordon. Ahí las cosas empezaron a desbocarse. Milagrosamente, tras un diálogo con un destacamento de caballería y gracias a que todos comenzaron a reírse, la multitud se disolvió pacíficamente.

b Rudge 1.jpg

Pero pocas horas después, bandas de descontentos volvieron a las calles. Comenzaron los saqueos y los incendios. Hubo maniobras distractivas de la autoridad, como mandar esbirros a organizar desórdenes en un barrio irlandés; pero ya corría la oscura percepción de que el enemigo era otro, ni los detestados irlandeses, ni los papistas, y ni siquiera los católicos: el enemigo eran los ricos. Así, el grito de “no más papismo” pasó a ser “no más explotación”; y, al saber que algunos ciudadanos habían sido detenidos, la ira popular se dirigió a las cárceles. Primero cayó, incendiada, la más importante de la ciudad, Newgate. En los días siguientes, cinco de las seis restantes. Cientos de incendios -iglesias, mansiones, edificios públicos que simbolizaban el poder- se desataban cada noche en la ciudad, donde corría la ginebra y se animaba la exaltación de la multitud dueña de su fuerza y consciente de su poder.

Hasta que vino la resaca. Llegaron tropas del Ejército. En cada punto en donde atacaban los insurrectos, la ordenada respuesta militar los hacía retroceder. Por tres veces se lanzaron contra el Banco de Inglaterra; por tres veces fueron diezmados y rechazados. Lord Gordon, incapaz de dirigir la onda expansiva del levantamiento, se había retirado de la escena días atrás. La furia popular no tenía dirección ni aliados y debió ceder ante la fuerza de las armas. Por eso el resultado no fue el mismo del levantamiento que ocurrió en Francia nueve años después. Pero, como señala van Daal, “la masa creciente de esclavos asalariables ya no podía ignorar que para aterrorizar a sus amos hasta provocar su desbandada, sus acciones tenían que apuntar al derrocamiento completo del orden existente”.

Julius van Daal. [pepitas de calabaza ed.], Logroño, 2012. 118 páginas.

¿Qué tipo de lector eres?

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«Constantino Bértolo propone en su ensayo La cena de los notables que existen cinco tipos de lecturas (en realidad hay una sexta, la que lleva a cabo el crítico literario, que no nos incumbe por el momento): la lectura inocente, la lectura adolescente, la lectura sectaria, la lectura letraherida y la lectura civil. Cada una de ellas se define a partir de la distancia que marca el lector con el texto que se dispone a leer, y se basa en el lugar donde se coloca el foco de atención en el ejercicio de lectura. Mientras que el lector adolescente tiende a la identificación con el texto -«¡Oh, esto me ha pasado a mí!»- y establece correspondencia entre el texto y su propia biografía, situando el foco en su experiencia vital, y el lector inocente utiliza la lectura como vehículo de evasión, el lector civil, por su parte, experimenta un mayor desapego del texto, se distancia de él y logra extraer de la lectura un aprovechamiento para intervenir en el contexto político, social o cultural en el que habita. Entre ambos extremos, se sitúan el lector sectario y el lector letraherido; si el primero fundamenta su lectura, como el lector adolescente, en el proceso de identificación, focalizando la lectura en la ideología y discriminando aquellas obras que no comulgan con su visión del mundo, el lector letraherido opera casi como un coleccionista y se acerca a la lectura desde su experiencia lectora, poniendo en relación las lecturas atesoradas a lo largo de su vida y privilegiando los aspectos formales, estrictamente estéticos, sobre otros elementos presentes en toda obra literaria, como las cuestiones políticas y sociales, que de inmediato rechaza».

Qué hacemos con la literatura. David Becerra Mayor, Raquel Arias Careaga, Julio Rodríguez Puértolas, Marta Sanz.Akal, Madrid, 2013. 64 páginas (la cita es de la página 6).

Elogio del pesimismo

elogio-del-pesimismo-lucien-jerphagnon-trabalibrosSi bien la idea del progreso está sumamente extendida y se cuantifica mediante distintos indicadores referidos, por ejemplo, al ingreso per cápita o a la calidad de vida en asuntos específicos, es muy frecuente también escuchar la idea opuesta, que todo va de mal en peor. El historiador y filósofo Lucien Jerphagnon cuenta en el prólogo cómo en su familia, desde varias generaciones, se venía predicando la irremediable decadencia de todo. ¿Y quién no tiene una tía, un abuelo, un vecino mayor, que sostenga que el pasado era mejor? Lo condensa la frase que, no sin alguna picardía, el autor pone como subtítulo del libro. Jerphagnon sostiene que esa tendencia familiar fue una eficaz vacuna en contra del «optimismo crónico» y la agradece, porque «nunca es demasiado pronto para aprender que los coches fúnebres no siempre son para los demás, y que las tostadas suelen caer del lado de la mantequilla». En razón de su calidad de historiador de la filosofía, su tarea es escuchar lo que piensan los demás; aunque ya desde pequeño se daba cuenta, «yendo de libro en libro y casi siempre mientras buscaba otra cosa, de cuánto desengaño subyacía a cualquier consideración acerca de la vida, del amor, de la muerte». Según sus cálculos, llevamos más de 2.700 años de pesimismo. Y aunque su idea original era escribir una historia monumental del pesimismo y de cómo el concepto variaba con el correr de los siglos, la magnitud de la tarea lo llevó a optar por completar una colección ya en marcha, la de todo aquello «que denigra al mundo», y la ordenó por temas. Son fragmentos de 140 autores de todos los tiempos. La estructura recuerda el Aurea Dicta, la magnífica colección de frases latinas que Crítica editó hace algunos años, con dos diferencias: acá, el campo temporal es mucho más extendido; y la temática, mucho más acotada.

El resultado es este libro, una “colección de desesperanza”  que aspira a ayudar a los lectores a sentirse menos solos en sus lamentos, al ver que algún otro retrató cabalmente el mal que le aqueja. Jerphagnon introduce con un breve párrafo cada tema y suele descolocar al lector, sea por el humor o por la agudeza de su reflexión. No todas las citas son igualmente buenas; alguna hay demasiado tópica de tan manoseada en otros contextos -como la de Plauto, «El hombre es el lobo del hombre»-, alguna rebuscada, otra demasiado extensa, pero, aún con esos baches, que son muy pocos, el libro se lee con un extraño placer, ese que nos indica que no estábamos tan equivocados, que el progreso es una entelequia, que no será gol sino tiro en el palo, y también la melancolía inevitable de entender de repente que alguna vez fuimos felices y que en ese tiempo no nos dimos cuenta (ver, más abajo, Felicidad); y confirmar además que en estos días inestables y dolorosos el pesimismo puede ser tu último abrigo, el espacio que te reconforta, tu puerta privilegiada a la realidad.

El editor del libro, Juan Antonio Montiel, señala en una nota previa que, además de dar cuenta de casi tres milenios de pesimismo, el libro «demuestra también la profusión y variedad de la traducción al español», puesto que en la inmensa mayoría de los casos se acudió a las versiones ya existentes, con nombres como los de fray Luis de Granada, Pablo Neruda, Tomás Segovia, José Gaos, Ángel Crespo y Pedro Salinas entre los traductores. Ello constituye, según Montiel -mexicano radicado en España, traductor excepcional, así que sabe de lo que habla-, «un modesto motivo de optimismo».

Seleccioné una o dos entradas por tema, para dar una mejor idea sobre el contenido del libro.

I. Habladme de amor

«… uno abandona su libertad completamente cuando se prenda de otro ser. El deseo puede apagarse, la pasión morir, sin embargo, en el fondo del corazón hay siempre algo inalienable que se puede dar pero no recuperar. Hasta el momento de la muerte, uno pertenece a aquellos a los que amó». Julien GreenLeviathan

II. La vida familiar

«A ver si mi tío paterno la palma; ya le haremos un entierro por todo lo alto». Persio, Sátiras, II. 9-10

«Tenía ocho años y los ojos de mi padre no se habían posado jamás sobre mí». Charles-Maurice de Talleyrand, Memorias

III. Las relaciones llamadas «humanas»

«Pongo como un hecho que, si todos los hombres supieran lo que los unos dicen de los otros, no habría cuatro amigos en el mundo». Blaise Pascal, Pensamientos, 101

«¡Dios mío! ¡Protégenos de aquellos que nos desean el bien en exceso!». Vladimir Jankélévitch, Traité des vertus

IV. De la política y los políticos

«Lo propio de los regímenes en agonía es permitir una mezcla confusa de creencias y doctrinas, y crear, al mismo tiempo, la ilusión de que se podrá retrasar indefinidamente la hora de la elección…
»De ahí, y únicamente de ahí, deriva el encanto de los períodos prerrevolucionarios». E.M. Cioran, Del inconveniente de haber nacido

V. La ley del impedimento máximo de la naturaleza

Aquí conviene citar, en primer término, la introducción de Jerphagnon:

«Está claro: cuando una tostada se cae, lo hace siempre del lado de la mantequilla. Se trata de un problema que está más allá de la física. Un amigo judío me confesó una vez que había preguntado por esta cuestión a su rabino. Después de meditar unos instantes, éste le contestó: “Hijo mío, ¿estás seguro de que untas la mantequilla del lado correcto?”». Lucien Jerphagnon, Elogio del pesimismo

«Todo camino en el que uno se lanza a fondo termina por convertirse en un callejón sin salida». Roger Martin du GardLes Thibault

VI. Felicidad

«La felicidad es inasible; la sabiduría de los individuos sabe que la felicidad no existe más que en el recuerdo … sólo después nos damos cuenta de que en tal o cual época fuimos felices sin saberlo». Paul Veyne, Séneca

VII. La estupidez, por llamarla de algún modo

«El tonto que tiene buena memoria está lleno de pensamientos y de datos, pero es incapaz de sacar conclusiones». Vauvenargues, Reflexiones y máximas

«Cuantas menos ideas se tienen, más alto se habla». François Mauriac, Le Feu sur la terre

VIII. Así es la gente

(y las redes sociales)

«… muchos vierten lágrimas para ostentarlas y tienen secos los ojos cuando falta quien las mire, y piensan que es cosa fea no llorar cuando lo hacen todos». Séneca, De la tranquilidad del alma, XV.6

«… esa multiforme fiera que es la opinión pública…». Sinesio de Cirene, Dión, XIV.3

IX. Los dioses, a quienes las religiones echan la culpa

«Entre dos ciudades vecinas, Ombos y Téntira, se mantiene encendida una antigua y perdurable enemistad, un odio inextinguible, una llama incurable. Y ese enorme furor de unos contra otros procede de la aversión que experimentan respectivamente ambos por los dioses de sus vecinos, convencidos cada cual de que sólo los de su ciudad adora pueden ser considerados dioses verdaderos». Juvenal, Sátiras, XV.35-38

«La devoción encuentra, para sus malas acciones, razones que un hombre simple y honesto no sabría encontrar». Montesquieu, Pensées diverses

X. ¡Todo pasa tan rápido!

«… a cierta edad esperar cuesta un gran trabajo…». Dino Buzzati, El desierto de los tártaros

«A los veinte años sólo tenía pasado». Louis-Ferdinand Céline, Viaje al fin de la noche

XI. Una muerte segura

«… no son la muerte o las fatigas lo temible, sino el temer a las fatigas o a la muerte». Epicteto, Disertaciones, II.1.

«El verbo morir no se conjuga en primera persona». Jean Cassou, Le livre de Lazare

XII. ¿Treinta siglos de decadencia?

«Muchos son los inconvenientes que acosan al [que es] viejo …; intratable y gruñón, es dado a alabar el tiempo pasado, cuando él era niño, y a corregir y censurar a los jóvenes». Horacio, Arte poética, 169-175

XIII. La condición humana

«Ser o no ser, de eso de trata:
Si para nuestro espíritu es más noble sufrir
Las pedradas y dardos de la atroz Fortuna
O levantarse en armas contra un mar de aflicciones
Y oponiéndose a ellas darles fin.
Morir para dormir; no más …». William Shakespeare, Hamlet, Acto III, Escena 1

«¿Para qué conquistar la luna, si no es para suicidarse allí?» André Malraux, Les Chênes qu’on abat

XIV. ¿Sabremos alguna vez cuál es la última palabra?

«¡No se atormente! Queriendo profundizar tanto, se corre por una pendiente peligrosa». Gustave Flaubert, Bouvard y Pécuchet

«Las ideas generales no son ni verdaderas, ni falsas, ni justas ni injustas, sino vacuas». Paul Veyne, Le Quotidien et l’interesant

XV. De donde resulta que a pesar de todo hay que «ir tirando»

«Créeme cuando te digo que no es de sabios decir: viviré. Tardíamente se quiere vivir el día de mañana. Vive hoy». Marcial, Epigramas I.11

«Por muy extraño que pueda parecernos, después de nosotros el mundo seguirá girando. Sin vosotros. Sin mí. Con altibajos, pero continuará. Y no se contentará con hacer que nuestros sucesores sean más felices de lo que nosotros lo fuimos en medio de nuestros dramas. Ya lo sabéis, el paraíso no va a aparecer mañana. El infierno tampoco». Jean d’Ormesson, C’était bien

El cierre del libro –Y ya que todo tiene un final– es una luminosa y sabia reflexión del autor, que relativiza tanto el pesimismo a la Cioran -una pose- como el optimismo permanente. Pero mejor cito a Jerphagnon para cerrar este paseo por la desolación:

Nunca, mientras la vida dure, dejaremos de preferir lo bueno y de quejarnos de lo malo y ¿por qué no?, de desear que todo sea mejor. Por lo menos durante un instante. Nada de lo que une a los hombres en esa miseria de la que hablaba Pascal es inútil. Nada que venga acompañado de un instante de alegría resulta superfluo. A cada quien le corresponde proveerse, ya que nadie puede vivir por el otro. Nada ayuda tanto como la esperanza.

Lucien Jerphagnon. Edición al cuidado de Juan Antonio Montiel. Barril & Barral, Barcelona, 2010. 160 páginas.

El infierno del bibliófilo – El infierno del músico

bibliófilo - músicoEncargué el libro a España porque el título me pareció irresistible. Qué castigo, qué penurias, qué desgracias incesantes pueden merecer los amantes de los libros y los practicantes de la música. Se trata de dos relatos de Charles Asselinau, un romántico tardío que comenzó a publicar cuando Flaubert y el realismo ya daban la nota dominante, para desesperación de este erudito y amigo de escritores como Baudelaire, Gautier y Nerval. El primero es un relato autónomo; el segundo forma parte de una colección de cuentos que Asselineau tituló La doble vida, y que decidió publicar simplemente porque los había escrito. Baudelaire lo reseñó con generosidad (de todo esto me enteré por el extenso prólogo del traductor, Guillermo López Gallego) y señala: “Se ha repetido muchas veces: el estilo es el hombre; pero ¿acaso no puede decirse en igual justicia: la elección de temas es el hombre”?.

Tanto el poeta francés como el autor del prólogo tienen conciencia de los defectos de los relatos de Asselieneau, y Baudelaire acierta plenamente: los relatos acá reunidos atraen y permanecen no por la perfección de la escritura, sino por los temas que abordan. El infierno del bibliófilo -o el personaje del bibliófilo, mejor dicho- está muy distante del universo del lector; es el buscador de ediciones raras, de libros antiguos, expoerto en lomos, vitelas, portadillas y curiosidades tipográficas. Y es que la bibliofilia, como cualquier otra manía, condensa, según Asselienau, todos los pecados: “codicia, lujuria, orgullo, avaricia, olvido del deber y menosprecio del prójimo”. El protagonista es uno de aquellos hombres que colecciona libros y catálogos, un rostro familiar en todo remate de libros, un conocedor experto del mercado de libros viejos, y ha logrado formar, con los años, una colección más que digna. El protagonista de El infierno del músico es un joven compositor alemán a quien la fama y la fortuna no le sobrevienen de manera automática, como él lo pensaba, en virtud de su talento; y entonces, cuando está a punto de morir de hambre en una solitaria habitación en París, formula su último deseo: escuchar de otro intérprete algún fragmento, por mínimo que sea, de sus composiciones. Una mano  tan misericordiosa como Asselineauinteresada lo salva en el último minuto, y con la fama le llega el castigo. El romántico Asselineau toca teclas extremas y hunde a sus personajes en la desesperación, pero cada relato guarda las debidas sorpresas.

Es interesante apreciar cuánto ha cambiado la mirada sobre el libro desde los tiempos de Asselineau, así como volver a apreciar la vibración de relatos poblados de sueños, emociones extremas y abismos (y cumbres) sentimentales. Los temas que Asselineau pone en estas obras -el apetito desmedido por los libros (u otros objetos coleccionables) y el anhelo de reconocimiento fuera de toda medida- siguen vigentes, por supuesto, aunque sus relatos sean más bien un testimonio de época que una posibilidad de diálogo con el presente.

Charles Asselineau. El Desvelo Ediciones, Guarnizo (Cantabria), 2012. 128 páginas.

A la hora en que cada uno tiene razón

albert-caracoA la hora en que cada uno tiene razón, todo está perdido, todo se vuelve permitido y posible, es la hora trágica por excelencia y es la nuestra. Estamos en medio de personas de buena fe, que morirán por su causa aceptando inmolarse, sabemos que su causa es un malentendido en la mayoría de los casos, pero no sirve de nada informarles de ello, se negarán a creernos y especialmente teniendo en cuenta que ahí se contiene su razón de vivir. El ideal es casi siempre un pañuelo de equívocos y si sustraemos el contrasentido, consagramos a la mayoría de los hombres al absurdo, ya que la verdad no está hecha nunca a su medida. Ahora bien, nuestros medios, a cada vuelta de rueda, vuelven la verdad más fuerte y nos sentimos cada vez más desorientados en el universo, este universo que humanizamos sin cesar: esta paradoja no es menos trágica que la precedente y no se le ve una solución. ¿Cuánto tiempo subsistiremos presa del desorden? Pues el desorden no sabría eternizarse, el espíritu humano no lo soporta sin estallar. Entonces la catástrofe parece preferible y el hombre vacila en precipitarse, con la esperanza de forzar la mano al futuro.

Albert Caraco. Breviario del caos, Sexto Piso, 2004. página 75. Las negritas son mías. El texto original es de 1982. La traducción es de Rodrigo Santos Rivera.

Decencia

Immagine mostra. Umberto Saba. La poesia di una vita

«¿Acaso te volviste loco, que pretendes hacerme colaborar en una revista? Soy una persona decente que pasa casi todo su tiempo en cama, fumando o leyendo, y que cada tanto sale para hacer alguna visita o para ir al cinematógrafo. Además, carezco por completo de espíritu mesiánico-divulgativo, y jamás he sentido necesidad alguna de compartir mis ideas con los demás, menos aún con los lectores de revistas».

Carta de Roberto Bazlen a Eugenio Montale, 16 de noviembre de 1925, en Informes de lectura / Cartas a Montale, La Bestia Equilátera, Buenos Aires, 2012. 126 páginas. Traducción de Ernesto Montequin.

Desde un no lugar

El último territorio

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 12 de mayo de 2007

Galitzia es una región enclavada en la ladera oriental de los Montes Cárpatos, que separan Ucrania de Hungría y del resto de Europa Central. En el siglo pasado, Galitzia pasó de formar parte del imperio austrohúngaro a la ocupación polaca, soviética, alemana y luego nuevamente soviética, hasta la independencia de Ucrania en la década de los noventa. A pocos kilómetros de Lvov, los diligentes funcionarios del imperio austrohúngaro situaron el centro de Europa, monolito que representó, como pocas otras cosas, el tremendo espejismo sobre el que se cimentó por décadas el mapa del Viejo Continente. Bajo el suelo de Lvov está también la línea divisoria de las aguas que fluyen hacia el Mar Báltico o hacia el Mar Negro. Y, sin embargo, esa centralidad es totalmente ilusoria: Galitzia, y de algún modo también Ucrania, es una zona fronteriza, marginal, la no-Europa en Asia y la no-Asia en Europa, un lugar donde pudo alzarse el mayor observatorio astronómico de la región que, sin embargo, sólo sirve hoy como mudo testigo de la distancia sideral entre el borde y el centro, entre la metrópolis y los márgenes.

UkraniaAl ampliar el mapa se aprecia que Galitzia es la región de Ucrania que más se adentra en esa otra entelequia denominada “Europa Central”, y limita con Belarús (o Bielorrusia), Polonia, Eslovaquia, Hungría y Rumania. Chernobil (Chornobyl en la foto) está en el centro del país, casi en la frontera de Belarús, sobre el río Prypyats (lo he visto como Pripet en traducciones al español)

Desde ahí, desde Stanislaw (nombre tradicional) o Ivano-Frankiska (nombre puesto por los soviéticos), escribe Yuri Andrujovich, en la estela de galitzianos tan ilustres como Joseph Roth, Bruno Schultz y Paul Celan. Los ensayos reunidos en El último territorio dan cuenta de una empresa intelectual y política que busca dibujar el contorno esquivo de una identidad que se funda en tradiciones frágiles y casi fantasmales, esquivas y, en algún sentido, peligrosas. Desde la atalaya de la no-Europa, Andrujovich puede realizar tanto una sátira de insólita crueldad sobre el posmodernismo y la vacuidad de las modas intelectuales que vienen desde Occidente, como una crítica social y profundamente subversiva sobre el arribo de la mafia rusa a las redes de poder en Ucrania. Al mismo tiempo, su lectura de la política y de la historia en las últimas décadas, con el acontecimiento de Chernobyl en el centro del análisis, es demoledora, original y estimulante. Nada más refrescante, en realidad, que leer a alguien que abomina tan crudamente de los lugares comunes, los recursos baratos y la banalización del debate intelectual, a tal punto que, hablando desde una realidad tan lejana en sus coordenadas geográficas y culturales, es capaz de iluminar con nuevos matices el paisaje criollo.
El último territorio. Yuri Andrujovich. Editorial El Acantilado, Barcelona, 2006. 211 páginas.

Hasta allí la columna. Agrego ahora algunas citas y amplío el comentario sobre este ucraniano extrañamente actual para nosotros. Dice Andrujovich:

“Galitzia es una región completamente artificial, hilvanada por una traslúcida telaraña de conjeturas pseudo históricas e intrigas de politicastros. Tienen razón quienes afirman que Galitzia no es más que la invención de unos ministros austríacos de hace ciento cincuenta años”.

¿Es tan así? Según otros textos, Galitzia fue un reino independiente en la Edad Media, fue parte de Polonia en el siglo XIV y se incorporó a Austria en 1772. Andrujovich no puede desconocer la historia larga de Galitzia, puesto que la cita incansablemente, si bien no de la manera convencional o no desde los datos convencionales. La cita pertenece al ensayo que da nombre al libro, que profundiza especialmente sobre Galitzia como un no-lugar. Claramente, es una licencia poética, por así decirlo, para reforzar su irónica visión sobre su territorio natal como una representación de la esencia del posmodernismo. O quizá sí tiene razón: es posible que la división administrativa de hace ciento cincuenta años obedezca a la decisión burocrática de devolver el nombre propio y de otorgar identidad a una región que desde muchos siglos atrás había dejado de ser una unidad independiente. Tierra de todos y tierra de nadie. Uno de los capítulos notables del libro describe la historia de los gitanos, quizá la mejor muestra de un pueblo que no pertenece a ninguna parte, cuyos orígenes, sin embargo, pasan directamente desde una isla mitológica en un mar ficticio a Lvov (o Lviv, Lwow, Lemberg). En Galitzia se fabrican mejores alfombras kelim que en Turquía. Hay sinagogas, mezquitas, iglesias ortodoxas, iglesias católicas. Quizá porque la región es, efectivamente, una entelequia creada por la burocracia imperial, no ha habido -y al parecer no habrá- conatos de independencia política, y la cuestión de la identidad se debate a la manera Andrujovich, entre ruinas, retazos y recuerdos de pasadas dominaciones.
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Vista panorámica de Lvov

Puede ser pertinente la pregunta de por qué una obra sobre una región tan disímil puede ser interesante para apreciar mejor la realidad criolla. Tal vez se trata solamente de un buen libro, de estilo seductor y provocativo contenido, al menos para quien cree que la literatura de la Europa Central no sólo está destinada a las señoras adictas a la pastelería vienesa. O tal vez es la fuerza del contraste entre dos realidades, el joven país sudamericano que está a medio camino de todo y la vieja región europea transida de historia, pero con un destino marcadamente incierto que a su vez está inscrita en un país a la deriva, “esa gran comunión noctámbula de un pueblo borracho, del que brota la generosidad, el amor y el afecto; así somos, una gran familia, la mafia, hermanos y hermanas todos”.

O tal vez es, simplemente, que, cuando se habla o escribe desde la periferia, el discurso resuena y encuentra ecos. Gilles Deleuze y Feliz Guattari escribieron un breve ensayo llamado Kafka. Por una literatura menor. Postulaban una idea interesante: que Kafka escribía desde los márgenes del alemán, con una sintaxis y un léxico propios de un pequeño grupo de familias alemanas de Praga, muy distinto del alemán propio del centro de la cultura germana. Según ellos, era la mejor manifestación de lo que denominan literatura menor, no en el sentido de la calidad ni de la extensión, sino de aquella que se articula en la periferia de la lengua. Tal como la escritura de los galitzianos y las literaturas menores de América Latina, menores respecto de la peninsular. Hay otras similutudes más obvias: Andrujovich, nacido en 1958, creció en un régimen dictatorial y participó en la búsqueda de cuerpos enterrados en tumbas sin nombre luego del derrumbe de la Unión Soviética; y vivió, y sigue viviendo, una problemática transición a la democracia, más complicada y conflictiva, desde luego, que la chilena.

Apocalíptica de Chernobyl. Cientos de camiones abandonados bajo el vuelo de helicópteros equipados contra la contaminación. Piezas y partes de los vehículos se transaron en el mercado negro. Quedan sólo las carcazas.

Pero hay más. Para el lector universal, sobresale el vigor del estilo de Andrujovich, alimentado por la conciencia de lo que significa ser escritor, más allá y más acá de Chernobyl.

“Ahí está el escritor. Su número de lectores se reduce cada vez más y entre su público sólo van quedando fracasados como él. El idioma materno gira a su alrededor y cada vez es menos un medio de comunicación y más una fortaleza, o, mejor dicho, una concha. Su futuro -el último refugio del grafómano- no queda justificado (a su alrededor observa a la juventud, necia y cínica; los mejores huyen, emigran, se mimifican). Claro que nadie tiene derecho a prohibir a las personas buscar lo mejor de sí, ni tan siquiera a un escritor.

Entonces, ¿qué le queda?

Ahora que lo pienso, le queda algo, y muy importante: esforzarse por escribir bien. En una sociedad lumpenizada, gobernada por instintos y no por ideas, el papel del escritor sigue siendo el mismo. Siempre es el mismo. La única diferencia es que debe ser consciente de que no le escucharán. Esto no significa que no tenga la obligación de escribir bien. Por regla general se trata de una obligación sobre uno mismo, pero no siempre.

Al escritor suele quedarle la esperanza, algo que es posible incluso después de Chernobyl.”

Luminosas palabras desde un paisaje devastado. Quizá Andrujovich es el profeta del siglo XXI. Quizá bajo la cáscara de la modernidad y el emprendimiento están sólo la ruina, la decadencia y la furia… y la esperanza. Por lo menos, aún no hemos tenido nuestro Chernobyl.

Vila-Matas: un punto sin retorno

Publiqué este artículo en el número 10 del suplemento “Diagonal”, del desaparecido diario El Metropolitano, el domingo 25 de julio de 1999. Vila-Matas vino a Chile pocos meses después y sus paseos por Tunquén y la celebración del Año Nuevo en el hotel Brighton de Valparaíso alimentaron la escritura de El Mal de Montano, su siguiente novela. Lo rescaté para mi antiguo blog diez años después. Y ahora que ganó el Juan Rulfo, uno de los más importantes distinciones literarias en el ámbito iberoamericano, lo pongo a rodar otra vez.

La narrativa de Vila-Matas
Un punto sin retorno

Vila DiagonalEnrique Vila-Matas es, más que catalán, rigurosamente barcelonés. Desde esas coordenadas ha nacido y crecido una de las narrativas más desafiantes del nuevo auge de la narrativa española. Las contratapas de los libros de Vila-Matas suelen com­placerse en señalar que se trata de un escritor de culto, con seguidores entu­siastas e incondicionales en todos los puntos del planeta, un culto que se comparte y se difunde como un secreto que a nadie le interesa guardar para sí.

georges-perecSu proyecto narrativo reconoce íco­nos claros: Borges por un lado, Perec, Calvino y todo el Oulipo por otro, más una selección de clásicos como el Melville tardío, Sterne, Conrad, Bioy Casares y otros. La línea es clara, la lite­ratura como un juego de doble fondo, el juego como contraparte de la escritura. Cuando relata sus inicios como periodis­ta en la mítica revista Fotogramas, cuenta que escribió, con total desparpajo, un artículo sobre Nabokov sin haber leído una sola línea del escritor. En su colección de artículos El viajero más lento, recoge una entrevista a Brando inventada de principio a fin simplemen­te porque no pudo traducir del inglés el texto que le había llegado. Publicada en octubre de 1970, diez años después Vila­-Matas descubrió públicamente el fraude, sin el menor remordimiento, por supuesto. Es que todo el mecanismo de su narrativa reposa sobre los dobles y triples niveles de lo que suele llamarse realidad, a través de obras que derechamente rompen con el formato de la novela, o lo subvierten desde otros códigos en un molde sólo aparentemente conven­cional.

En el prólogo a Historia abreviada de la lite­ratura portátil, Vila-Matas describe a los escritores que forman parte de la “conspiración shandy”, selecto grupo de pintores, filósofos y escritores como Walter Benjamin, Marcel Duchamp, Georgia O’Keefe, Federico García Lorca, el satanista Aleister Crowley y muchos otros: “Escritores turcos de tanto tabaco y café que consumían, héroes de esa batalla perdida que es la vida, amantes de la escritura cuando ésta se convierte en la experiencia más divertida y también más radical”. Estas palabras bien pueden aplicarse al autor, especialmente lo referido a la radicalidad del proyecto de escritura y de lo que significa, para Vila-Matas, optar por la literatura. También en El viajero más lento reco­ge una presentación de su libro Suicidios ejempla­res: “Nunca sabe uno bien dónde se mete. La lite­ratura, al exigirle al escritor la máxima ambición, es el lío más monumental que conozco. Porque desde el primer momento uno ha de compararse con los mejores”. De ahí, de esa tensión creativa que demanda la máxima exigencia, Vila-Matas formula, quizá sin quererlo, quizá con toda la deli­beración posible, su poética: “Me satisface que en definitiva se haya puesto en pie por fin mi más antiguo proyecto literario: el de exponerme siem­pre a la hora de escribir, tal como proponía Michel Leiris cuando hablaba de ese continuo estar expuesto a sí mismo mientras el asta pasa por donde existe el acero del dolor: ‘introducir por lo menos la sombra de un cuerno de toro en una obra literaria’”.

Porque, a pesar de lo dicho sobre las relaciones de Vila-Matas con los grandes lúdicos de la litera­tura universal, su narrativa, tras la apariencia de liviandad, tras su calidad de portátil, como diría un shandy, es tremendamente seria. Suicidios ejem­plares suena como una trivialización de un tema generalmente considerado en sordina o en la cró­nica policial. Pues bien, Vila-Matas lo explora hasta sus últimas consecuencias y, si no llegó a sui­cidarse él mismo, es porque el libro no es perfecto: “Y es que, como decía Faulkner, si un escritor rea­lizara la obra perfecta, sólo le quedaría el suicidio”.

Libros Vila-MatasVila-Matas es un escritor prolífico. Y no es per­fecto, claro, lo que lo mantiene en el mundo de los vivos (y a propósito de vivos y muertos y de cielos e infiernos, en otro artículo notable por su humor el autor revela el anagrama diabólico de su nombre: E. Vila-Matas, leído al revés, es Satam Alive). Entre sus obras destacan la citada Historia abreviada de la literatura portátil, un juego literario de exce­lente ley que borra todas las fronteras entre la crónica y la invención, entre el libro verdadero y la cita imaginaria, entre los personajes reales y las historias que los convirtieron en mitos. Suicidios ejemplares e Hijos sin hijos conforman un díptico de extraña naturaleza: si en el primero es el tema el que da unidad a un conjunto de relatos, en el segundo el procedimiento es, aparentemente, el mismo, pero con la sorpresa adicional de que una ligazón argumental los recorre de punta a cabo. En sus novelas más recientes, que a estas alturas deberían ser llamadas “novelas-novelas”, Vila-Matas toma el molde convencional y lo rompe desde dentro, desde asuntos cotidianos que lenta y casi imperceptiblemente se van transformando en historias extraordinarias que nunca dejan de sorprender.

Extraña forma de vida, de 1997, gira formalmente en torno a la redac­ción de una conferencia literaria. En los dilemas de quien la escribe, un frus­trado novelista que habitualmente repi­te la misma cantinela y cuyo mayor motivo de trastornos es que está ena­morado de dos hermanas y no puede resolver con cuál de las dos quedarse, y en los recorridos temáticos del posible texto, Vila-Matas aventura toda una teoría acerca del mirón (vale decir, acerca del novelista) y teje una diverti­dísima historia sobre los celos y las veleidades del amor. Y si en Lejos de Veracruz, de 1995, el protagonista sentía que a sus 27 años ya habían terminado sus posibilidades de vida y a partir de ese agotamiento se teje la ficción, en El viaje vertical, de 1999, Federico Mayol, Mayol para sus amigos, jubilado y con sus bodas de oro ya bien celebradas, es arrojado bruscamente a la intemperie de la vida de separado y se asoma al descubrimiento de una nueva posibilidad de empezar.

Viaje verticalEsta última novela ha terminado de asentar el reconocimiento de la crítica y del público hacia la obra de Vila-Matas. El pie forzado de un anciano con toda su vida a la espalda que inicia un viaje de iniciación al estilo más clásico de la narrativa ale­mana del siglo pasado, es resuelto de manera notable, con esa suerte de marca de fábrica que brinda la mezcla de la liviandad, el humor y la ironía (cuando no el sarcasmo) con los temas obsesivos de la muerte, el agotamiento y el fin del amor. Mayol, un personaje común y corriente, un hombre hecho a pulso y sin mayor espacio para las sutilezas y menos para los refinamientos de la cultura, descubre para sí mismo y para el lector que siempre hay otros destinos posibles, y que todo encuentro, por tardío que sea y con el objeto que sea (en su caso, el ámbito de la cultura), puede dar un giro a la historia, tal vez ese giro que todos esperamos que se dé alguna vez en la vida, el giro hacia una vida más vida, aunque sea en el umbral de la muerte.