El hastío y el tiempo

The_sanitarium_Davos-Dorf_(14357228353)Se han difundido muchos conceptos erróneos sobre la naturaleza del hastío. Se cree que la novedad y el carácter interesante de su contenido «hacen pasar» el tiempo, es decir, lo abrevian, mientras que la monotonía y el vacío alargan a veces el instante y la hora patéticamente. Pero esto es inexacto, pues, siendo en ocasiones así, la monotonía y el vacío pueden abreviar y acelerar vastas extensiones de tiempo hasta reducirlas a la nada. Por el contrario, un contenido rico e interesante es sin duda capaz de abreviar una hora e incluso un día, pero, considerado en conjunto, confiere al paso del tiempo amplitud, peso y solidez, de manera que los años ricos en acontecimientos pasan con mayor lentitud que los años pobres, vacíos y ligeros, que el viento barre y se alejan volando. El hastío es, pues, en realidad, una representación enfermiza de la brevedad del tiempo provocada por la monotonía. Los grandes períodos de tiempo, cuando su curso es de una monotonía ininterrumpida, llegan a encogerse en una medida que espanta mortalmente al espíritu. Cuando los días son semejantes entre sí, no constituyen más que un solo día, y con una uniformidad perfecta la vida más larga sería vivida como muy breve y pasaría en un momento. La costumbre es una somnolencia o, al menos, un debilitamiento de la conciencia del tiempo, y cuando los años de la niñez son vividos lentamente y luego la vida se desarrolla cada vez más deprisa y se precipita, es también debido a la costumbre. Sabemos perfectamente que la inserción de nuevas costumbres es el único medio de que disponemos para mantenernos vivos, para refrescar nuestra percepción del tiempo, para obtener, en definitiva, un rejuvenecimiento, una confirmación, una mayor lentitud de nuestra experiencia del tiempo y, por ello, la renovación de nuestro sentimiento de la vida en general.

la-montana-magicaTal es el objetivo del cambio de aires o lugar, del viaje de recreo; la influencia bienhechora del cambio y el episodio. Los primeros días de permanencia en un lugar nuevo tienen un ritmo alegre, es decir, robusto y amplio, y comprende unos seis u ocho días. Pero luego, en la medida en que uno se «adapta», comienza a sentir cómo se abrevian; quien se interesa por la vida o, mejor aún, quien desea interesarse por ella, percibe con espanto cómo los días se van haciendo ligeros y furtivos, y la última semana —por ejemplo, de cuatro— posee una rapidez y fugacidad inquietantes. Es verdad que el rejuvenecimiento de nuestra conciencia del tiempo ayuda a superar ese período intercalado y desempeña su papel aun después de volver a la regularidad. Después del cambio, los primeros días en nuestra casa nos parecen también nuevos, amplios y jóvenes, pero sólo al principio, pues uno se acostumbra más deprisa a la regularidad que a su interrupción, y cuando nuestra vivencia del tiempo asiste a su fatiga por la edad, o —signo de debilidad congénita— no ha estado muy desarrollado, se adormece rápidamente y al cabo de veinticuatro horas es como si nunca nos hubiésemos marchado y el viaje no hubiese sido más que el sueño de una noche.

La montaña mágica. Thomas Mann, Edhasa, 2005. 933 páginas. Traducción de Isabel García Adánez.

Cagada de mosca

s . Prototipo de la puntuación. Observa Garvinus que los sistemas de puntuación usados por los distintos pueblos que cultivan una literatura dependían originalmente de los hábitos sociales y la alimentación general de las moscas que infestaba los diversos países. Estos animalitos, que siempre se han caracterizado por su amistosa familiaridad con los autores, embellecen con mayor o menor generosidad, según sus hábitos corporales, los manuscritos que crecen bajo la pluma haciendo surgir el sentido de la obra por una especie de interpretación superior a, e independiente de, los poderes del escritor. Los «viejos maestros» de la literatura —es decir los escritores primitivos cuya moscaobra es tan estimada por los escribas y críticos que usan luego el mismo idioma— jamás puntuaban, sino que escribían a vuelapluma sin esa interrupción del pensamiento que produce la puntuación. (Lo mismo observamos en los niños de hoy, lo que constituye una notable y hermosa aplicación de la ley según la cual la infancia de los individuos reproduce los métodos y estadios de desarrollo que caracterizan a la infancia de las razas). Los modernos investigadores, con sus instrumentos ópticos y ensayos químicos, han descubierto que toda la puntuación de esos antiguos escritos ha sido insertada por la ingeniosa y servicial colaboradora de los escritores, la mosca doméstica o Musca maledicta. Al transcribir esos viejos manuscritos, ya sea para apropiarse de las obras o para preservar lo que naturalmente consideran como revelaciones divinas, los literatos posteriores copian reverente y minuciosamente todas las marcas que encuentran en los papiros y pergaminos, y de ese modo la lucidez del pensamiento y el valor general de la obra se ven milagrosamente realzados. Los autores contemporáneos de los copistas, por supuesto, aprovechan esas marcas para su propia creación, y con la ayuda que les prestan las moscas de su propia casa, a menudo rivalizan y hasta superan las viejas composiciones, por lo menos en lo que atañe a la puntuación, que no es una gloria desdeñable. Para comprender plenamente los importantes servicios que la mosca presta a la literatura, basta dejar un página de cualquier novelista popular junto a un platito con crema y melaza, en una habitación soleada, y observar cómo el ingenio se hace más brillante y el estilo más refinado, en proporción directa al tiempo de exposición.

Ambrose Bierce. Diccionario del Diablo. Editorial Cepe, Buenos Aires, 1972. Traducción de Rodolfo Walsh.

De solapa en solapa (y a veces, contratapa)

Jean Starobinski “es una de las figuras más destacadas en el pensamiento europeo contemporáneo”.

Paul Ricoeur “fue uno de los filósofos más destacados e innovadores del siglo XX”.

Elsa Morante “es una de las más grandes novelistas delsiglo XX”.

Virginia Woolf “está considerada como uno de los mayores exponentes del modernismo literario del siglo XX”.

James Joyce “está considerado uno de los escritores más grandes del siglo XX por su gran influencia y su escritura innovadora”.

Marcel Reich-Ranicki “es, sin duda, el crítico literario alemán más prestigioso, además del más controvertido”.

Marcel Proust “es el novelista francés más influyente de todo el siglo XX y un maestro indiscutible de la literatura moderna”.

Cyrill Connolly “está considerado unánimemente uno de los grandes ensayistas ingleses del siglo XX”.

T.S. Eliot, “además de uno de los grandes poetas del XX(sic), fue el crítico más ambicioso y exhaustivo de su generación”.

J.M. Coetzee, “además de uno de los novelistas más prestigiosos del mundo, es un crítico literario del más alto calibre”.

Saul Bellow “es sin duda uno de los grandes escritores norteamericanos del siglo pasado”.

Malcolm Lowry “es uno de los escritores ineludibles del siglo XX”.

Yuri Dombrovski es el “autor de la que es considerada por gran parte de la crítica como la mayor novela rusa del siglo XX, escritor de la misma envergadura de Mijail Bulgákov, Vasili Grosman y Varlan Shalámov”.

Margaret Atwood “es una de las escritoras de más prestigio del panorama internacional”.

Margaret Atwood está “considerada como una de los (sic) poetas mayores de la actual poesía anglosajona”.

Margaret Atwood “es hoy la novelista número uno de Canadá y una de las voces femeninas más interesantes de la literatura contemporánea”.

Michel Tournier “es una de las figuras capitales de la literatura francesa actual”.

Rudyard Kipling “es ampliamente considerado uno de los principales escritores británicos de todos los tiempos”.

Yuri Kazakov “es el más destacado de los cuentistas soviéticos contemporáneos”.

Stanislaw Lem “es sin discusión uno de los mayores escritores vivos”.

Jean-Marie Gustave Le Clézio “en 1994 fue elegido por los lectores de la revista Lire como el mejor escritor francés vivo”.

Samuel Beckett “es uno de los escritores más grandes del siglo”.

José Lezama Lima hizo “una de las más considerables aportaciones de las letras americanas a la cultura de nuestro siglo”.

Luis Goytisolo es “uno de los autores fundamentales del siglo XX”.

 Kurt Vonnegut “fue un maestro de la literatura norteamericana contemporánea”.

Trabajo en (infinito) progreso.

Informe Tapia o la provincia sublevada

Artículo publicado en Contrafuerte Nº 3, diciembre de 2009

Por los intersticios, un poco a contrapelo y por vías poco habituales, Marcelo Mellado se ha ido instalando como una de las voces más genuinas e interesantes de su generación.

TapiaAunque fue columnista de Artes y Letras en El Mercurio y recibió el año pasado el Premio de la Crítica a la mejor obra de narrativa publicada en 2007, por Ciudadanos de baja intensidad, sigue siendo una suerte de rara avis en la narrativa criolla, un marginal que no sólo está consciente de serlo, sino que usa además la marginalidad como estrategia discursiva para dirigir, desde ahí, un ataque en forma a una cierta idea de país anclada en el sentido común. Bajo la mirada áspera y corrosiva de Mellado, esa idea parece disolverse en un amasijo de urbanismo derruido, tribus inmisericordes en sus enfrentamientos, ejércitos de burócratas que trabajan para sí mismos y ambientes degradados donde campean el vino malo, los orines y los hedores de la descomposición del paisaje citadino.

Tras una novela, El huidor (1991) y un volumen de relatos, El objetor (1995), hoy inencontrables, Mellado pareció encontrarse con la difusión –relativamente- masiva cuando Sudamericana le publicó La provincia (2001). Para la anécdota queda que los santantoninos se enfurecieron con Mellado, por ese extraño hábito de confundir la verdad novelesca con el lado de acá de la realidad.

Cuando publicó Informe Tapia, Mellado señaló, en una entrevista en El mostrador, que “El rayón mío en ese momento era el tema de los discursos. Alrededor de uno, no sé por qué, se mueven siempre cientistas sociales o intelectuales que manejan una jerga que tiene que ver con los desarrollos territoriales, que viene de las estudios culturales, de los estudios de género. El tema que más me interesó es todo esto del desarrollo territorial es el “bicentenarismo” cultural; una especie de ocupación discursiva del territorio”. Pero sin duda que ese “rayón” venía desde antiguo: uno de los rasgos más singulares que el lector advierte en La provincia y luego en todo su proyecto narrativo, es su notable habilidad para situar en la misma línea sintáctica voces y términos procedentes de distintas jergas.

De un lado, está el lenguaje sociologizante de quienes suelen analizar asuntos urbanos y sociales, una jerga correosa, plagada de esdrújulas y horrendos neologismos; de otro, el lenguaje burocrático, oficinesco, plano y retentivo, con notas provenientes de los servicios de seguridad y control; cruzando a ambos, el habla de la calle, el “tenimos”, por ejemplo, más notas de chilenglish, variación chilena del spanglish que viene dada no tanto por la convivencia en una comunidad donde se habla tanto inglés como español, sino por el imperio de las modas y la inútil búsqueda de un toque de distinción en el discurso. Es decir, no se trata sólo de que Mellado -para hablar como él- problematice todo lo que sostiene o que se autoparodie constantemente, como sostiene Marcelo Somarriva en la estupenda entrevista que le hizo a propósito de La provincia. Se trata de que desde el léxico y la sintaxis ya se subvierte el orden y se pone en juego otro sistema de relaciones muy poco habitual -único, hay que decir- en la narrativa chilena.

Allí radica, sobre todo, el carácter excéntrico y marginal de la narrativa de Marcelo Mellado. De manera consecuente, dejó el sello multinacional para optar por una editorial pequeña, marginal, que no accede a los circuitos de distribución, que no hace lanzamientos, que no manda ejemplares para su difusión en la prensa, que saca ediciones de 300 ejemplares. Es un gesto político, tal como él mismo señala (“Es un gesto importante. Esta editorial es una Pyme (pequeñas y medianas empresas). Es el mismo tema que en otras cosas: la lucha entre las Pymes y las grandes empresas. Es un gesto editorial, hay que promover a las Pymes y hay que legislar para ellas o hay que protegerlas porque los otros güevones son unas bestias”), pero no gratuito: forma parte de una estrategia discursiva cuyo mayor valor reside en su capacidad de subvertir los códigos lingüísticos y sociales de la narrativa criolla.

Mellado es, en ese sentido, un escritor incómodo: las tribus de poetas que se enfrentan en Informe Tapia por cuestiones harto poco relevantes son una suerte de copia degradada y risible de los ghettos más visibles de lo que algunos llaman la escena literaria nacional y, aunque exista un cadáver de por medio, la novela jamás pierde el pulso de farsa y parodia que potencia su capacidad de demolición de ritos, mitos y discursos. Es que una de las características clave del estilo de Mellado es el perverso sentido del humor que anima su escritura. El texto que mejor revela cómo opera éste es “Borradores para una teoría del desprecio o El hacedor de asados”, en La provincia. El exhaustivo análisis de los “capítulos” involucrados en esa ceremonia tan habitual y (aparentemente) sin secretos, que alterna cuestiones de orden general con la crónica de un asado específico, es irresistiblemente cómica por la manera en que desnuda códigos tan cotidianos que han pasado a ser invisibles. Así, la conjunción de jergas diversas aplicadas a un suceso anodino tiene el corrosivo poder de mostrar el reverso de las cosas, aquello que normalmente el lenguaje oculta o sepulta bajo capas de lugares comunes y subentendidos donde cada cual sabe exactamente qué no se dijo, pero en un nivel de conciencia donde ni siquiera aflora ese conocimiento.

En realidad, esa manera de proceder se aplica a toda la narrativa de Mellado. En Informe Tapia, hasta la trama tiende a hacerse también invisible en la nube de palabras que la rodean y oprimen; aún así, tras las máscaras de personajes que ni siquiera alcanzan un nombre definitivo –Padilla, Badilla o también Ladilla; Atilio Vera, o Vega, o Varas o, tal vez, Vargas- y las distintas versiones que entrega el narrador, que avanza, retrocede, anuncia o desmiente sus dichos, se arma una historia que también es subversiva, que también cuestiona el perfil oficial de país moderno e integrado al mundo, que extrapola –y así revela- las estrategias de poder que se disputan los espacios en una ciudad de provincias y, por lógica extensión, los espacios de poder en todo el país. La jerga bélica o guerrillera, de la resistencia y la represión, de los aparatos de seguridad y los barretines, añade un punto de paranoia y furia al discurso, pues también se encuentra desplazada al menos de época. La reproducción de ese tipo de discurso en el contexto del país democrático no remite sólo a la dictadura ni tampoco a operaciones de inteligencia como la de la Oficina, sino a una operación aún más subversiva y contraria al consenso instalado en el país: las cosas no han cambiado tanto.

La dislocación de la trama; sus personajes de barrio, sin sofisticación alguna pero tan reconocibles también en los tipos cotidianos que encontramos a diario; la proliferación de lenguajes al interior de los párrafos y su desaforado sentido del humor, son algunas de las características que señalan a Mellado como, al menos, un excéntrico, pero sus decisiones políticas –o ideológicas, como él mismo dice- lo sitúan además en el plano de la marginalidad. Habla desde el borde costero, pero también desde el borde de las estructuras de poder, desde esa conjunción de fronteras donde se funden, por un instante, la iniciativa ciudadana y la institucionalidad oficial, y las tierras de frontera se caracterizan por la inestabilidad, el peligro y el riesgo de pisar minas anti personales; habla desde un puerto ciertamente exitoso, pero también un puerto de segunda que no se mira entre sus pares del mundo, sino ante el espejo del puerto principal que por lo menos puede reivindicar sus andrajos como patrimonio de la humanidad.

Y ahí está lo más interesante de una propuesta narrativa que se resiste no sólo a las modas, sino también a incorporarse a la ritualidad escénica de la literatura criolla. Mellado, de nuevo, es un escritor incómodo, una suerte de Pepe Grillo que sólo por desmarcarse con tanta fuerza de sus pares muestra sus debilidades y desnuda sus transacciones ante el poder. No es el caso de todos, desde luego, pero habrá muchos que prefieren mantener a Mellado en la casilla del loco que farfulla en lenguas desde un puerto infecto y degradado, en lugar de reconocer que su propuesta es de las más originales y sólidas de su generación, los escritores nacidos en la década de los cincuenta.

Una nota al pie: con todo respeto por su marginalidad, a Mellado le hace falta un editor sólo para efectos de revisar la ortografía y la sintaxis. Puede parecer un asunto menor y hasta acorde con su intento de demolición institucional, pero no: para derrotar al enemigo hay que construir una propuesta que resista cualquier embate, hasta los de la Academia de la Lengua.

El caso Morel

Publiqué esta entrada en mi antiguo blog el 6 de febrero de 2008, hace poco más de diez años. Es el comienzo de mi larga historia como lector de Rubem Fonseca.

morelEn 1981 o 1982 –no recuerdo bien, porque en ambos años fui de vacaciones a Chiloé- estaba ya iniciando el regreso y se me acabó la lectura que había llevado. En Ancud, sin muchas esperanzas, entré a una suerte de paquetería-librería que tenía algunos libros en la vitrina. Nada conocido, lo que parecía confirmar mi temor de quedarme sin nada que leer en el viaje de vuelta. Pero me tentó un libro, a pesar de su tapa de horroroso color rosado, que se llamaba El caso Morel. El autor, Rubem Fonseca, brasileño, era totalmente desconocido para mí. El texto de la contraportada decía poco: que la novela era policial, que la primera edición había sido requisada por la policía de su país, que era la primera de un escritor-abogado y ex policía que había publicado previamente un par de volúmenes de cuentos. Me lo llevé.

Y me gustó muchísimo. Tanto, que presté el libro sucesivas veces hasta que desapareció en manos desaprensivas. Leí muchos otros de Fonseca, que sigue publicando aún, pero echaba de menos esa novelita por la inolvidable sensación de arriesgarse con un perfecto desconocido que resulta ser un descubrimiento notable. La encontré hace poco en una de las librerías de viejo de Providencia frente a Miguel Claro al muy módico precio de mil pesos, y la releí feliz. Ahora me sorprendió lo que tiene de adelantada para su época. Es, creo, el texto más experimental de Fonseca; su escritura es frontal, directa, acorde con los procedimientos bastante universales de la novela negra. El caso Morel, sin embargo, se desarrolla en dos planos muy nítidos, con una novela dentro de la novela que es también la clave que el abogado Vilela utiliza para resolver el enigma de un crimen que parece no tener motivación y cuyas huellas son totalmente circunstanciales. En ese sentido, la novela no sólo es magistral, sino también pionera en la corriente por la que han circulado desde Vila-Matas hasta Bolaño, por nombrar algunos escritores que han hecho de la ficción dentro de la ficción una de sus principales herramientas de trabajo. No ha sido reeditada. Hoy pasé de nuevo por las librerías de viejo y había otro ejemplar a la venta.

PD: luego de buscar infructuosamente el libro para escanear la tapa, renuncié y subo la nota sin ella. Debe estar por ahí. No voy a comprar de nuevo la novela, no ahora, por lo menos; capaz que tenga que esperar otros 25 años para guardarla donde corresponde.

Coda de 2018

morel 2Esa edición ya no está en mi biblioteca. Supongo que la exilié porque tengo la estupenda edición de Tajamar, con traducción de John O’Kuinghttons al castellano de Chile. En este blog he puesto muchas de mis reseñas de libros de Fonseca; no sé si todas, porque debe haber más de alguna perdida por ahí. Me dio mucho gusto, a propósito de Tajamar, haber podido reseñar  su novela más ambiciosa, El gran arte, que leí primero en la edición ochentera de Seix Barral y luego en la de la editorial chilena, a fines de 2008.

Y todo esto me vino a la memoria porque acabo de leer y reseñar su penúltima obra, Historias cortas, en El Sábado. La editó Tusquets, eso sí.

Tras las huellas de Simenon

Artículo publicado en la «Revista de Libros» del diario El Mercurio, sábado 11 de enero de 2003

Con el pulso seguro y el olfato imbatible para estructurar historias atractivas, en 1931 la multitud de seudónimos dio paso al nombre real de Georges Simenon, quien toma de la mano al personaje que lo haría famoso: el comisario Maigret.

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Simenon nació en Lieja, Bélgica, en un medio sumamente modesto. Su padre, empleado de una compañía de seguros, se sentía satisfecho en ese lugar, y, con sus hijos, sus vecinos, su pipa y su diario, era feliz. Su madre, en cambio, era todo lo contrario: insatisfecha, angustiada, inestable, insegura respecto de su posición social, introdujo una tensión en el hogar que acompañó a Simenon toda su vida. Y, entre sus dos hijos, Georges y Christian, eligió al segundo: Georges es tu hijo, le decía a su marido, y Christian es el mío. Comprensiblemente, el hijo repudiado abandonó tempranamente la casa paterna y sólo resolvió sus problemas con su madre tras la muerte de ésta, en uno de los escritos autobiográficos más descarnados que conoce la literatura (ver recuadro).

A los 16 años, el joven franco-belga abandonó la escuela e ingresó a trabajar como reportero de la Gaceta de Lieja, donde hizo sus primeras armas en un oficio que siempre reconoció como propio: siempre habló de los periodistas como de sus colegas y, de hecho, durante muchos años combinó la escritura de novelas con el ejercicio de la crónica y el reportaje.

25 libros por año

Se trasladó a París en 1923, a los veinte años, y empezó a colaborar con Le Matin. En los ocho años siguientes escribió no menos de 200 novelas, con distintos seudónimos. Hay quienes dicen que escribió, en realidad, más de mil, pero la bibliografía oficial – si cabe el término- recogida por Claude Menguy y Pierre Deligny en el lujoso volumen de homenaje que editó el Fondo Simenon en 1993 a propósito de la exposición Tout Simenon, reconoce 431 títulos, incluidos tanto los firmados con seudónimo como los que asumió bajo su nombre propio, y de todos los géneros, novelas, crónicas, diarios y memorias.

Novelitas baratas, historias de amor, de sexo, de crimen, de pasión, de aventuras, que tenían como objetivo básico ganar dinero. Literatura estrictamente alimentaria, que, sin embargo, fue educando el estilo, la sensibilidad y la capacidad para mirar y aprehender la realidad de uno de los grandes escritores del siglo XX. “Yo era un fabricante, un artesano -señaló- y trabajaba ocho horas diarias de acuerdo al cálculo de que podía escribir a máquina veinticuatro páginas en ese lapso, de manera que necesitaba sólo tres días para una novela de aventuras de diez mil líneas y seis días para una novela de amor de veinte mil líneas”. Sobre esa base fijaba sus honorarios.

Jean du Perry, Georges Simm o Sim, Jean Dorsage, Georges-Martin Georges, Christian Brulls, G. Violis, Gaston Viallis, Gom Gut, Luc Dorsan, eran los principales seudónimos mediante los cuales publicaba títulos como Aquella que amé, Lili tristeza, Amar, morir, Los piratas de Texas, ¡Demasiado bella para él!, El Rey del Pacífico, El monstruo blanco de la Tierra del Fuego, Víctima de su hijo, La isla de los malditos, Un señor libidinoso, en diferentes editoriales y colecciones populares de muy bajo costo.

simenon 4Así también alimentó el mito Simenon. García Márquez, en la introducción a la serie Maigret editada por Tusquets, escribe que Simenon, en la década de los cincuenta, era ya un autor legendario, aunque no tanto por sus libros como por el modo de escribirlos, y por su fecundidad casi irracional. Se decía que terminaba uno cada sábado, que había escrito varios dentro de la vitrina de la editorial para que los peatones pudieran dar fe de la rapidez de su maestría, o que estaba dándole la vuelta al mundo en un yate para aumentar su rendimiento a uno por día.

Literatura también de aprendizaje: en una carta a André Gide, Simenon señaló que había decidido comenzar por obras semi literarias, tanto para vivir de ellas como para aprender a escribir y a aprehender la vida. No tienen más mérito, entonces, que haberle dejado a su autor la capacidad de estructurar rápidamente un relato o de realizar un perfil psicológico.

Y en 1931, con la experiencia acumulada, el pulso seguro y el olfato imbatible para estructurar historias atractivas, la multitud de seudónimos dio paso a Georges Simenon, de la mano del personaje que lo haría universalmente famoso, el comisario Maigret. Paralelamente, Simenon se dedicó a viajar y a escribir reportajes, que reunió en varios volúmenes que hacen notar más aún la destreza alcanzada para captar ambientes y retratar tan certera como rápidamente a sus personajes, que, en el caso de las crónicas, son reales.

Pero volvamos al comisario Maigret. No por firmar con su nombre disminuyó Simenon el ritmo febril de su escritura: en 1931, el editor Arthème Fayard publicó nueve novelas del célebre comisario. Con él Simenon tocó una tecla muy honda en la sensibilidad francesa. Este hombretón grueso, de rostro inexpresivo, permanentemente refugiado tras una humeante pipa, que desayuna pastis u otros alcoholes, casado y sin hijos, que vive en un departamento en la ribera derecha del Sena, en la muy tradicional Place des Vosges, es francés y parisino hasta la médula; y su particular mirada sobre el ejercicio de la justicia, que une la implacable persecución de los criminales con la capacidad de entender las debilidades y flaquezas de los hombres y mujeres que la pesquisa policial pone ante sí, cautivó a los lectores y catapultó a Simenon a la fama.

simenon 5El mismo Simenon, en un texto destinado a un productor cinematográfico, describió a Maigret como alguien que odia la maldad deliberada, odia a los hombres que impregnan el mal de sangre fría, y se muestra feroz con la hipocresía. Por el contrario, es indulgente para con las faltas que son fruto de las debilidades de la naturaleza humana. Un joven o una joven que van por mal camino le inspiran no sólo piedad, sino irritación contra su suerte o contra la organización social que está en el origen de esa mala orientación.

No es extraño entonces que en la turbulenta década de los treinta, cuando arreciaban los vientos de guerra y las amenazas totalitarias, este comisario, tan implacable como compasivo, ganara el favor de los lectores. Aunque ello ocurrió más bien hacia la mitad de la década, cuando Simenon y Maigret pasaron de Fayard a Gallimard, una editorial con bien ganado prestigio en el ámbito de la cultura, y, posteriormente, a Presses de la Cité.

Un comisario bonachón

La saga de Maigret creció hasta totalizar 76 novelas, y el comisario pasó rápidamente a la historia del cine. La noche de la encrucijada, dirigida por Jean Renoir, se estrenó en 1932. Desconocidos en casa, de 1992, con Jean-Paul Belmondo, es la última película hasta la fecha basada en una obra de Simenon.

El comisario tiene otra particularidad. Dentro del género policial, la mayor parte de los protagonistas son detectives privados, desde Sherlock Holmes a Phillip Marlowe, desde Sam Spade a Hércules Poirot, pasando por el detective Heredia creado por Ramón Díaz Eterovic; y, consecuentemente, siempre van un paso más adelante que la policía. Es cierto que la tendencia se ha revertido en los últimos años: los comisarios Montalbano, de Andrea Camilieri, y Michael Ohayon, creado por la israelí Batya Gur, más el inspector Kurt Wallander, del sueco Henning Mankell, han devuelto – en la ficción, a lo menos- la capacidad de resolver crímenes a la policía. De todos ellos, por supuesto, Maigret es el padre, por más que se diferencien en estilos de vida y contextura física, y lo es por combinar de la mejor manera el celo investigativo con la capacidad de entender, que es lo que quiere, siempre, Maigret.

portada_el-hombre-que-miraba-pasar-los-trenes-fab_georges-simenon_201602290258Mientras crecía la serie del comisario, Simenon comenzó a escribir novelas que distan tanto de la narrativa policial como de las novelitas de sus comienzos. Y en ellas dio paso a una indagación sobre la condición humana más honda, más conflictiva, más dolorosa y, con mucha frecuencia, más sórdida. Son las novelas que está editando Tusquets -que está llevando adelante la edición de sus obras completas- en la colección Andanzas. Simenon, en una carta a André Gide, aseguró que recién a los cuarenta años publicaría su primera novela de verdad. Quizá seguía considerando a Maigret como una prolongación – más digna, por supuesto- de la literatura alimentaria que escribió a granel, y la serie que inauguró con El hombre que miraba pasar los trenes era, para él, narrativa de verdad.

Lo cierto es que estas novelas muestran otra dimensión del narrador: un hombre más escéptico, más amargo y más complejo que quien está detrás del comisario. Porque el policía es, en definitiva, un hombre bonachón, comprensivo y hasta cariñoso en su parquedad; pero los protagonistas de sus novelas no policiales -con frecuencia enredados también en crímenes- son la otra cara de la medalla, personajes que muestran la miseria humana, los egoísmos y la dureza de vidas que no encuentran su destino. En ellas destacan, sobre todo, su capacidad para crear personajes y escenarios, con trazos simples y escritura directa, que se unen a tramas siempre bien delineadas.

Las novelas no son mejores ni peores que los relatos de Maigret; son distintas, y revelan, por contraste, la excepcional capacidad de Simenon para crear mundos y desarrollar historias. Y aquí está, quizá, la razón que ha hecho de Simenon un autor universal, que, para muchos lectores y críticos, debería haber recibido el Premio Nobel de Literatura. Más allá de Maigret, se alza como un novelista tan profundo como obsesivo, que mostró el mapa íntimo de Francia como muy pocos otros escritores. Pero no hay que restarle mérito tampoco al comisario, un personaje que es parte de la historia de la literatura por derecho propio.

Otra vertiente fecunda: Los escritos autobiográficos

Simenon 6La tercera – y también monumental- vertiente de la escritura de Simenon son sus escritos autobiográficos. Su madre murió en 1970 tras una semana de agonía, durante la cual su hijo novelista la acompañó todo el tiempo. Si no habían sido cercanos cuando era niño, más extraños se habían hecho durante la vida adulta del escritor. De ahí que no extrañe la frase que dijo la madre cuando vio a Simenon: “¿Por qué has venido, Georges?” Tal como lo relata Simenon en su Carta a mi madre, escrita un año después de su muerte, en esa pregunta está quizá la explicación de la vida de su madre, marcada por la desconfianza y la inseguridad, y una clave de la tormentosa relación que mantuvieron desde siempre. Realizar el ejercicio catártico de escribir aquel libro, donde indagó con precisión quirúrgica en la historia de su madre y de sí mismo, tuvo otra consecuencia: Simenon dejó por completo la narrativa y se concentró en la escritura autobiográfica. En 1973, escribió: “¡Soy yo mismo, por fin! ¿Escribir todavía? No lo sé”. Continuó escribiendo sucesivos tomos de lo que llamó sus Dictados, mezcla de diario, memorias y reflexiones, hasta culminar con sus Memorias íntimas, que se extienden por cerca de mil quinientas páginas. Esa nueva obsesión, su propia vida, sus sucesivos matrimonios (institución en la que no creía, y de ello da prueba su cuenta de infinitas aventuras amatorias), el suicidio de su hija y todo aquello que vivió, miró, comparó y apreció, copó sus últimos años y dejó, finalmente, un testimonio del siglo que ya pasó, un testimonio apasionado, conflictivo e iluminador.

José María Arguedas y los hermanos Parra

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En 1968, aquejado por lo que él llama “una dolencia psíquica contraída en la infancia”, que cuando hace crisis lo paraliza y lo empuja al suicidio, el escritor peruano José María Arguedas emprendió la escritura de su última novela, El zorro de arriba y el zorro de abajo, puntuada por cuatro diarios, diarios con los que combate, otra vez, es impulso a quitarse la vida para aliviar la angustia y el sufrimiento. Arguedas está en Santiago de Chile, recuerda episodios de su vida y a los escritores que conoció, como Rulfo (“¿Quién ha cargado la palabra como tú, Juan, de todo el peso de padeceres, de conciencias, de santa lujuria, de hombría, de todo lo que en la criatura humana hay de ceniza, de piedra, de agua, de pudridez violenta por parir y cantar, como tú?”), Carpentier (“lo sentía como un europeo muy ilustre que hablaba castellano. Muy ilustre, de esos ilustres que aprecian lo indígena americano, medidamente. Dispénseme, don Alejo; no es que me caiga usted muy pesado”), Lezama Lima (“Lo vi comer en La Habana como a un injerto de picaflor con hipopótamo. Abría la boca; se rociaba líquido antiasmático en la laringe y seguía comiendo. ¡Gordo fabuloso, Cuba que ha devorado y transfigurado la miel y la hiel de Europa!”) y muchos otros. Son páginas conmovedoras, potentes, implacables, de una lucidez que a ratos espanta. También habla de los Parra, de Nicanor y de Roberto, en cuya casa de La Reina alojó en 1962.

TapaPienso en este momento en Nicanor Parra, ¡cuánta sabiduría, cuánta ternura y escepticismo y una fuerte coraza de protección que deja entrar todo pero filtrando, y una especie no de vanidad sino de herida abierta para las opiniones negativas de su obra! ¡Qué modo increíble de ponerse amargo e iracundo por esas cosas! En la ciudad, amigos, en la ciudad yo no he querido creo que a nadie más que a Nicanor ni me he extraviado más de alguien que de él. Pero, ¿por qué tengo que decir estas cosas de Nicanor? Mucha ciudad tenía adentro o tiene adentro ese caballero tan mezclado y nacido en pueblo, el más inteligente de cuantos he conocido en las ciudades. ¡Lo que hablaba, sabía y no sabía o no sabe de las mujeres! Su hermano Roberto fue mucho más hermano mío que de él; ¡claro!, porque mi trato con Roberto era todo por el lado bueno. Dispensen que diga que este Roberto se había atacado para siempre de ternura en cientos de los más pobres prostíbulos de Chile donde cantaba y tocaba guitarra, mientras que yo me hice igual a él en los ayllus de Ayacucho, entre las indias que sufrían y cantaban como picaflores que van al sol, lo beben y vuelven. En el mismo cuarto dormíamos, Roberto y yo, en casa de Nicanor, en La Reina, cuando vine enfermo en 1962. Otra vez usaré de la misma cantaleta; pues sí, para mí Roberto era como un Felipe Maywa, más joven, más accesible. Porque mientras que Roberto hablaba con voz de persona resignada, con poco porvenir, bastante triste y muy anheloso de estimación, don Felipe me acariciaba en San Juan de Lucanas, como a un becerro sin madre y él tenía la presencia de un indio que sabe, por largo aprendizaje y herencia, la naturaleza de las montañas inmensísimas, su lenguaje y el de los insectos, cascadas y ríos, chicos y grandes; y si bien era “ lacayo” de mi madrastra, o a veces creo que vaquero, se presentaba ante ella como quien puede dispensar protección, como quien de hecho está procurando protección, a pesar de ser sirviente. Todo el porvenir mío y el de mi madrastra, que era patrona de don Felipe, parecía  depender de don Felipe Maywa. Así me parecía, no sé por qué; debía ser por algo. Y cuando este hombre me acariciaba la cabeza, en la cocina o en el corral de los becerros, no sólo se calmaban todas mis intranquilidades sino que me sentía con ánimo para vencer a cualquier clase de enemigos, ya fueran demonios o condenados. Y yo era muy tranquilo; estaba solo entre los domésticos indios, frente a las inmensas montañas y abismos de los Andes donde los árboles y flores lastiman con una belleza en que la soledad y silencio del mundo se concentran. Este Roberto, hermano de Nicanor Parra, cantaba con otro tipo de soledad,  aunque algo parecida; rasgaba la guitarra en cuecas como desesperadas, de alegría más ansiada que disfrutada. Por eso fuimos tan amigos en La Reina. Me hablaba de un amigo suyo que se había quedado sentado sobre una piedra, con el ojo todo colorado, esperando. ¡Qué estupenda era la vida con Nicanor y Roberto Parra! ¡Cómo han bebido el jugo, tan distintos y diversos jugos del mundo, estos hermanos! Charlaba con Roberto en un estado de confianza, amigos, que es una de las formas más raras de ser feliz. Me contaba cosas de los prostíbulos y yo, cuentos de animales y condenados, que es mi fuerte. Roberto se emborracha hasta la agonía; yo me enfermo de la soledad e ilusión quizá patológicas, y “por puro gusto”, porque soy amado por buena y bella gente, como mi mujer por ejemplo. Pero algo nos hicieron cuando más indefensos éramos; yo recuerdo muchas cosas, pero dicen que más peligrosas son aquellas de las que no nos acordamos. Así será.

colofón uno

colofón dos

El navegante solitario

Teignmouth.jpgDonald Crowhurst tenía una pequeña empresa de productos electrónicos para la navegación marina en el pueblo de Teignmouth, en Devon, Inglaterra. Corrían los años sesenta. El negocio iba mal. Con poca experiencia en navegación, Donald decidió participar en el Sunday Times Golden Globe Race, carrera de yates cuya exigencia era circunnavegar el mundo, sin tocar tierra en ninguna parte. Vendió su casa y compró un trimarán, “barco multicasco que consta de un casco principal y dos flotadores más pequeños atados al lado del casco principal con puntales laterales”, según indica wikipedia.

Si se busca información en la web, es prácticamente unánime la opinión de que Crowhurst era un tramposo que falseó datos para quedarse con las cinco mil libras del premio y salvar así su negocio, pero le salió el tiro por la culata: perdido en el Atlántico, su bitácora se torna cada vez más delirante y finaliza abruptamente: el trimarán, bautizado como Teignmouth Electron en honor a su pueblo, que lo despidió con aplausos, apareció varado y sin su piloto y único pasajero en una isla del Caribe. La explicación fácil es que lo venció la culpa aunada a la inexperiencia; las febriles anotaciones de su diario de viaje dan cuenta de su extravío y, ante su incapacidad para afrontar la verdad, optó por el suicidio.

Pero, como suele pasar, las explicaciones fáciles no tienen por qué ser verdaderas (la navaja de Occam puede ser muy traicionera). La artista Tacita Dean dedicó años a reconstruir el caso y lo publicó en un libro que lleva el nombre del barco. Fue a Teignmouth, y se sorprendió de la mezquindad de sus autoridades, que apostaron por Crowhurst para atraer más visitantes al antiguo puerto reconvertido en destino turístico. Fue a fotografiar los restos del trimarán, que había cambiado de manos y terminó varado en otra playa, azotado por los huracanes y arrimado a un solitario árbol que parecía sostener los restos frente a la violencia de los vientos. Leyó con atención obsesiva la bitácora. Reparó en el detalle de que Donald dejó el barco junto con el cronómetro, único instrumento que le permitía fijar su posición en aquella era pre satelital. En su libro, melancólico, triste, que se interroga sobre todo por la soledad y la huella, Dean da cuenta de su peregrinaje tras la huella de Crowhurst y llega a una conclusión totalmente opuesta a la común: la bitácora no es una muestra de locura, sino de lucidez; y si su autor optó por el suicidio, fue para mostrar la verdad, no para ocultarla. Si hubiera querido pasar a la historia como una víctima de la soledad en el interminable horizonte marítimo, habría lanzado por la borda su bitácora y la planificación de su viaje, que trazaba un risueño recorrido entre dos puntas: el islote Tristán da Cunha y las Islas Malvinas, dos avanzadas -o dos restos- del Imperio Británico en dos extremos, lo que puede sugerir que el engaño (que lo fue; Crowhurst nunca intentó realmente circunnavegar el globo terráqueo y falseó datos sobre su ubicación) ya era una intención larvada, no consciente, antes de zarpar de la costa de Devon.

IMG_4008La artista reconstruye ese momento o esos días o esas semanas de soledad pura y dura, y sobre todo ese momento silencioso, tranquilo, meditado, consciente, en que Donald abrazó el cronómetro y se dejó caer, suavemente, por la borda, con el rumbo perdido y la inmensidad del mar por compañía. Probablemente fue de noche. Y puede haber sido un enorme descanso. Atrás, en la embarcación, quedaba el registro de su empresa imposible. Como escribe Tacita Dean, es tan común embarcarse en proyectos que sabemos que no vamos a poder llevar a cabo. La mayor parte de las veces se trata sólo de fracasos personales que lastran la existencia; Donald, en cambio, llevó su empeño hasta un callejón imposible y se dejó caer, con los ojos abiertos, plenamente consciente de la futilidad de su empeño (o de cualquier empeño, si se lo mira en el eje definitivo de la muerte).

¿Y por qué escribo hoy, casi de memoria, sobre un libro que leí hace unos cuatro años, probablemente deformándolo completamente? Ya se sabe, la memoria es más traicionera que las soluciones simples. Es porque el epígrafe del libro es Space Oddity, la canción completa, compuesta en el mismo año de la epopeya -por qué no llamarla así- del Teignmouth Electron, y uno puede perfectamente entender -y aplaudir- que el mayor Tom sea la cifra que preside el peregrinaje de Tacita Dean tras la huella de Donald Crowhurst:

estoy pasando a través de la puerta
estoy flotando en una forma muy peculiar
y las estrellas lucen muy diferente hoy”.

Tacita Dean. Alias Editorial, Ciudad de México, 2009. Sin folio de páginas. Traducción de José Ignacio Rodríguez Martínez.

balada del pequeño y del gran hijo-de-puta

balada del pequeño y del gran hijo-de-puta
(hysteron proteron)

I

el pequeño hijo-de-puta
es siempre
un pequeño hijo-de-puta;
pero no hay hijo-de-puta,
por pequeño que sea,
que no tenga
su propia
grandeza
dice el pequeño hijo-de-puta.

no obstante, hay
hijos-de-puta
que nacen grandes
e
hijos-de-puta
que nacen pequeños,
dice el pequeño hijo-de-puta
además,
los hijos-de-puta
no se miden por palmos,
dice también
el pequeño hijo-de-puta.

el pequeño
hijo-de-puta
tiene una pequeña
visión de las cosas
y muestra en
todo cuanto hace
y dice
que es exactamente
el pequeño hijo de puta.

no obstante,
el pequeño hijo-de-puta
está orgulloso de
ser
el pequeño hijo-de-puta.

todos
los grandes hijos-de-puta
son reproducciones a
tamaño grande
del pequeño hijo-de-puta,
dice el pequeño hijo-de-puta.

dentro del
pequeño hijo-de-puta
existen en idea
todos los
grandes hijos-de-puta,
dice el pequeño hijo-de-puta.

todo lo que es malo
para el pequeño
es malo
para el gran hijo-de-puta,
dice el pequeño hijo-de-puta.

el pequeño hijo-de-puta
fue creado por el pequeño señor
a su imagen y
semejanza
dice el pequeño hijo-de-puta.

es el pequeño
hijo-de-puta
el que da al grande
todo aquello que él
precisa
para ser el gran hijo-de-puta,
dice el pequeño hijo-de-puta.

por lo demás,
el pequeño hijo-de-puta ve
con buenos ojos
el engrandecimiento
del gran hijo-de-puta:
el pequeño hijo-de-puta
el pequeño señor
Sujeto Servicial
Simple Sobra
o sea, el pequeño hijo-de-puta.

II

el gran hijo-de-puta
también en ciertos casos comienza
por ser
un pequeño hijo-de-puta,
y no hay hijo-de-puta,
por pequeño que sea,
que no pueda
venir un día a ser
un gran hijo-de-puta,
dice el gran hijo-de-puta.

no obstante, hay
hijos-de-puta
que ya nacen grandes
e
hijos-de-puta
que nacen pequeños,
dice el gran hijo-de-puta
además,
los hijos-de-puta
no se miden por palmos,
dice también
el gran hijo-de-puta.

el gran
hijo-de-puta
tiene una gran
visión de las cosas
y muestra en todo cuanto hace
y dice
que es mismamente
el gran hijo-de-puta.

por eso
el gran hijo-de-puta
está orgulloso de
ser
el gran hijo-de-puta.

todos
los pequeños hijos-de-puta
son reproducciones a
tamaño pequeño
del gran hijo-de-puta,
dice el gran hijo-de-puta.

dentro del
gran hijo-de-puta
existen en idea
todos los
pequeños hijos-de-puta,
dice el gran hijo-de-puta.
todo lo que es bueno
para el grande
no puede
dejar de ser igualmente bueno
para los pequeños hijos-de-puta,
dice el gran hijo-de-puta.

el gran hijo-de-puta
fue creado
por el gran señor
a su imagen y
semejanza,
dice el gran hijo-de-puta.

es el gran
hijo-de-puta
el que da al pequeño
todo aquello que él
precisa
para ser el pequeño hijo-de-puta,
dice el gran hijo-de-puta.

por lo demás,
el gran hijo-de-puta ve
con buenos ojos
la multiplicación
del pequeño hijo-de-puta:
el gran hijo-de-puta
el gran señor
Santo y Seña
Símbolo Supremo
o sea. el gran hijo-de-puta.

En Alberto Pimenta, Discurso sobre el hijo-de-puta, páginas 35-42. [pepitas de calabaza ed.], Logroño, 2014. 128 páginas. Traducción del portugués de Jorge Carrasco.

Bello como una prisión en llamas

Bello como....jpgJulius van Daal es ensayista, traductor e historiador del anarquismo. En este libro se siente la doble huella de Guy Debord y del marxismo tal como está siendo releído por grupos que acentúan su vertiente más radical y no la que se considera hoy políticamente correcta. De ahí que su lectura de los Gordon Riots -el levantamiento popular en Londres en 1780, mayormente ignorado o tergiversado- no sea estrictamente un libro de historia, sino una especie de crónica-ensayo que busca tanto la reconstrucción de la escena como mostrar la manera en que el capitalismo comenzaba a organizarse y a asegurar sus modos de lograr la domesticación de los pobres.

El ensayo se abre con una breve referencia a los Gin Riots de 1736, para ilustrar una relación muy viva en todos los levantamientos populares ingleses de los siglos XVIII y XIX: la transformación de la protesta en fiesta popular desatada -mediante el saqueo o la extorsión a los dueños de cantinas-, aunque la resaca implicara, en el caso de los Gordon Riots, «metralla, cárcel, horca y moralismo». Ese capítulo es muy interesante porque cuenta cómo la ginebra se convirtió en la bebida nacional inglesa: se debió a una combinación de factores económicos, geográficos y políticos, que pueden sintetizarse en la necesidad de una bebida alcohólica barata y con alto contenido calórico, tanto para hacer más tolerable el extenuante esfuerzo físico exigido a obreros y marineros como para abrir una puerta de escape a una realidad que hacía muy escasas “las ocasiones en las que disfrutar el vértigo de la existencia en gozosa o tierna compañía”.

De ahí continúa la estupenda crónica del levantamiento, errático y desbocado, que se originó en una ley que permitía a los católicos enrolarse en el ejército. La ley no estaba motivada por al deseo de inclusión o el fomento de la buena convivencia religiosa, sino en la necesidad de la corona de reclutar más soldados para la guerra que estaba librando contra sus colonias americanas, y permitiría también que sus súbditos canadienses combatieran a los levantiscos de más al sur. La ley no fue bien recibida por algunos sectores. La Asociación protestante, dirigida por un curioso personaje, miembro de la Cámara de los Comunes, lord Gordon, convocó, para la mañana del viernes 2 de junio, a una reunión en St. George’s Fields para suscribir una petición de revisión de la ley “papista”.

Era verano. Un verano inusualmente caluroso en Inglaterra. Muchos pasaron antes a refrescarse a las tabernas el camino. A la cita llegaron 50 mil de los 700 mil habitantes de Londres; como si en Santiago se reuniera una multitud de 420 mil personas. Una fuerza difícil de controlar, más aún cuando el motín era la forma habitual de protesta en Inglaterra. Luego del discurso de lord Gordon y de la masiva firma de la petición -recogida en pliegos que se enrollaron y que debían ser transportados por turnos y por varias personas-, se dirigieron al Parlamento. La multitud, ya soliviantada por el calor y el alcohol, sometió a vejaciones a los parlamentarios que llegaban a votar. La Cámara de los Comunes, atenta a los asuntos de Estado y no a la petición suscrita por la multitud, rechazó la propuesta de lord Gordon. Ahí las cosas empezaron a desbocarse. Milagrosamente, tras un diálogo con un destacamento de caballería y gracias a que todos comenzaron a reírse, la multitud se disolvió pacíficamente.

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Pero pocas horas después, bandas de descontentos volvieron a las calles. Comenzaron los saqueos y los incendios. Hubo maniobras distractivas de la autoridad, como mandar esbirros a organizar desórdenes en un barrio irlandés; pero ya corría la oscura percepción de que el enemigo era otro, ni los detestados irlandeses, ni los papistas, y ni siquiera los católicos: el enemigo eran los ricos. Así, el grito de “no más papismo” pasó a ser “no más explotación”; y, al saber que algunos ciudadanos habían sido detenidos, la ira popular se dirigió a las cárceles. Primero cayó, incendiada, la más importante de la ciudad, Newgate. En los días siguientes, cinco de las seis restantes. Cientos de incendios -iglesias, mansiones, edificios públicos que simbolizaban el poder- se desataban cada noche en la ciudad, donde corría la ginebra y se animaba la exaltación de la multitud dueña de su fuerza y consciente de su poder.

Hasta que vino la resaca. Llegaron tropas del Ejército. En cada punto en donde atacaban los insurrectos, la ordenada respuesta militar los hacía retroceder. Por tres veces se lanzaron contra el Banco de Inglaterra; por tres veces fueron diezmados y rechazados. Lord Gordon, incapaz de dirigir la onda expansiva del levantamiento, se había retirado de la escena días atrás. La furia popular no tenía dirección ni aliados y debió ceder ante la fuerza de las armas. Por eso el resultado no fue el mismo del levantamiento que ocurrió en Francia nueve años después. Pero, como señala van Daal, “la masa creciente de esclavos asalariables ya no podía ignorar que para aterrorizar a sus amos hasta provocar su desbandada, sus acciones tenían que apuntar al derrocamiento completo del orden existente”.

Julius van Daal. [pepitas de calabaza ed.], Logroño, 2012. 118 páginas.