Nerón

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 14 de marzo de 2009

Nerón“El placer de leer” es el lema de la colección Noema (Turner en España, Fondo de Cultura Económica en América Latina), que bordea ya los 50 títulos y es, sin duda, una de las colecciones de ensayos más atractivas del catálogo de libros en español; y precisamente porque, en lugar de privilegiar una línea temática, seleccionan sus títulos sobre la base de que estén bien escritos y contengan propuestas interesantes y novedosas.

Un claro ejemplo es esta biografía del emperador Nerón, uno de los personajes con más mala fama en la historia universal, a cargo de Edward Champlin, profesor de historia de Roma, derecho romano y literatura latina en la universidad de Princeton. No es el acopio de erudición lo que llama la atención: Champlin, con habilidad, relega a notas al final del libro el impresionante bagaje de fuentes y lecturas utilizadas en el libro, sino la vitalidad de la escritura y la audacia en la interpretación. Nerón surge, de este libro, como un personaje más complejo y vivo de lo que indica la imaginería más consolidada, el loco cruel que tocaba el arpa mientras Roma ardía a sus pies. No es que sea totalmente inocente del incendio (aunque hay teorías que sí lo afirman), pero esa imagen fue añadida al relato colectivo recién en el siglo XVII. Lo cierto es que Nerón reaccionó con presteza a la catástrofe y mantuvo su popularidad entre los romanos, cuestión difícil si realmente la opinión contemporánea lo sindicara como el incendiario que destruyó dos tercios de la ciudad. Pero ése es sólo un detalle de la riquísima discusión de fuentes y teorías que entrega Champlin. Más interesante aún, si cabe, es la paciente reconstrucción de la estrategia que siguió Nerón para ganarse el corazón de sus súbditos, en la estela de la reconstitución de los grandes mitos griegos y latinos. Todo ello no redime a Nerón de su tradicional imagen, fundada en crímenes harto reales tanto en su entorno familiar como contra los cristianos, y en un estilo de vida que espantaba a los patricios romanos; pero le da otro hilo a la historia, una línea de interpretación que permite entender mucho mejor la época en que vivió y las múltiples dimensiones de un personaje que se perpetuó como uno de aquellos que habrán de volver, uno de los que no han muerto, uno de los que habitan en la fuerza y la vitalidad del mito tanto como en las páginas de la historia. Gran mérito de Champlin, puesto que no hay que ser especialista en la antigüedad y ni siquiera se requiere un interés previo en la época para gozar de un libro tan bien escrito como una buena novela y mucho mejor, desde luego, que buena parte de las novelas históricas que acaparan público y espacio en las vitrinas de las librerías.

Turner/FCE, Ciudad de México, 2008. 374 páginas.

Hotel Florida

Reseña publicada eb la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 11 de abril de 2015

Cub Hotel Florida L30.inddEl subtítulo del libro es “Verdad, amor y muerte en la Guerra Civil”. Es el tipo de obra cuya lectura plantea, desde las primeras páginas, una pregunta que solo la autora podría contestar: ¿cómo se le ocurrió escribirla? Es que historias, crónicas, novelas y ensayos sobre la Guerra Civil en España hay muchos y muy variados y la frondosa bibliografía no cesa de crecer, especialmente cuando de manera sumamente tardía se abordan los silencios de la transición a la democracia. Sin embargo, la estadounidense Amanda Veill -escritora de biografías y ensayos que han ganado numerosos premios- encontró el modo de entrar en el tema de forma original y apasionante. La autora escogió seis personajes que se vincularon con la Guerra Civil desde distintos ángulos. Varios de ellos son famosos: Ernest Hemingway y Martha Gellhorn, quien se convirtió en su pareja en los agitados días de la guerra, y Robert Capa y Gerda Taro, fotógrafos, jóvenes y llenos de talento, que documentaron como pocos el conflicto y el entorno, los enfrentamientos y sus consecuencias (Taro murió mientras cubrían una retirada republicana, lo que destrozó a Capa, aunque no dejó su empeño de cronista bélico hasta que falleció, también víctima de su cercanía a los combates, en Corea en 1953). Otros son menos conocidos (al menos fuera de España), como Arturo Barea, que escribió sus memorias en el exilio y dejó una abundante obra literaria escrita en Inglaterra, y su esposa, la periodista austríaca Ilse Kulcsar, activista de izquierda en su país y en la República Checa que recaló en Madrid gracias al espíritu aventurero de André Malraux. Todos ellos -en algún momento de los tres años de enfrentamiento- recalaron en el Hotel Florida.

Quizá el mayor interés del libro -que se basa en fuentes autobiográficas, en crónicas, en memorias de conocidos de los protagonistas- y lo que hace su lectura tan absorbente, es que sigue la participación de los protagonistas desde su ángulo de mirada, desde cómo ellos percibían la realidad y cómo reaccionaban. Si Barea quería contribuir de alguna manera a la causa republicana; si Capa y Taro querían tomarles el pulso a los verdaderos combates; si saltaba la chispa de la atracción entre Hemingway y Gellhorn, Vaill lo relata desde su mirada; y en esos tiempos de tensión y peligro, de amores súbitos y feroces, de desafíos constantes a la muerte, la construcción es impecable y tanto más convincente de su verosimilitud que las miradas globales sobre el conflicto.

1914. De la paz a la guerra

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 22 de marzo de 2014

1914-de-la-paz-a-la-guerra-9788415832089El próximo 28 de junio se cumplen cien años desde que el archiduque Francisco Fernando fue asesinado en Sarajevo, por ese entonces el lugar de tensión más fuerte entre el creciente imperio ruso y el ya establecido -pero sobre bases frágiles- imperio austrohúngaro. Cinco semanas después, Gran Bretaña decidió entrar a la guerra -ya declarada entre Rusia y Francia, por un lado, y Alemania y Austria-Hungría por el otro-, y ya no hubo posibilidad de volver atrás. De la Gran Guerra -luego conocida como Primera Guerra Mundial- existen numerosas memorias, testimonios y obras analíticas, y uno de los grandes temas es la búsqueda de quién fue el culpable del estallido de un conflicto que cobró millones de vidas, tumbó imperios e incubó una guerra aún más terrible. La historiadora Margaret MacMillan prefiere partir al revés. La gran pregunta de este libro es por qué fracasó la paz. Hacia 1900, como lo describe en las páginas iniciales, Europa gozaba de una prosperidad jamás vista. La Exposición Universal de París mostraba por doquier los frutos del progreso y de los avances científicos (y también de cuestiones que a nadie molestaban tanto, pero que eran peligrosas semillas: el auge de los nacionalismos y la exhibición de trofeos coloniales). Además, el continente más poderoso del mundo había establecido una manera eficiente de solucionar los conflictos. Pero algo se incubaba en Europa. La autora usa una inteligente metáfora: distintas personas caminan por una amplia llanura, aunque hay obstáculos en el camino. Toman decisiones erradas que les van estrechando las opciones. En lugar de volver atrás y reconocer su error, siguen adelante y el valle se va convirtiendo en un desfiladero cerrado donde ya no hay ni posibilidades de regresar ni de avanzar sin enfrentamientos. MacMillan dedica este libro a rastrear, en las décadas anteriores, cuáles fueron las malas decisiones que hicieron posible el conflicto, aunque también incluye, por supuesto, el factor humano: quiénes eran y dónde estaban quienes tomaron las decisiones cruciales en esas cinco semanas. Sin extremar los paralelismos, el conflicto en Crimea parece ser de aquellos que podrían haberse evitado y que podrían, también, desatar una escalada bélica. Por eso la autora es insistente en la pregunta que preside el libro: es más importante saber por qué falló la paz que por qué estalló la guerra. Eso exige ir más atrás y con más profundidad.

Margaret McMillan. Turner, Madrid, 2013. 847 páginas.

Querido Líder

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 31 de diciembre de 2011

Videos subidos a Youtube mostraron grandes grupos de jóvenes, de mujeres, de hombres, exhibiendo su profundo dolor –o la representación física de un tremendo dolor- tras la muerte de Kim Jong-il, el sucesor de Kim Il-sung, que a su vez entrega el cargo a su hijo Kim Jong-un. Sin claves de interpretación es imposible saber si el llanto es genuino o parte de una coreografía mortuoria similar al arirang, “la gimnasia de las grandes masas y actuación artística” propia de Corea del Norte. Esa muestra graduada y escogida con pinzas de los dolientes en las calles de Pyongyang es, con todo, una de las poquísimas escenas de aquel país que traspasan las fronteras. Como señala la autora en la introducción del libro, Corea del Norte es un hoyo negro en un sentido hasta literal: la caída de las redes eléctricas por la falta de mantenimiento y de recursos energéticos arroja al país a la noche más lóbrega en cuanto cae el sol, noche cerrada que las fotos aéreas satelitales muestran en toda su crudeza al lado de sus iluminados vecinos. La muerte de Kim Jong-il ha vuelto a poner en escena el país-claustro y, para entenderlo mejor, Querido líder, vasto reportaje basado en entrevistas con personas que lograron huir de Corea del Norte, es el libro ideal. Editado en mayo en España, acaba de llegar a Chile y habrá que agradecer, en este caso, el retraso de la distribuidora local, puesto que satisface plenamente la ansiedad por saber algo más sobre este extraño sobreviviente del estalinismo y el culto a la personalidad en el mundo contemporáneo. Bien escrito y sin las tintas demasiado cargadas, el libro estremece por el radical estilo de los gobernantes de Corea del Norte, que practican a escala gigantesca el adoctrinamiento de la población y logran, en buena medida, pasar por bueno un régimen en realidad aberrante, que ofrece como resultado una espantosa hambruna y se debate en una creciente pobreza, retrocediendo en el tiempo hacia épocas más precarias y con mayores carencias (aunque hay un sector –el armamento nuclear- donde Corea del Norte sí es un país moderno). Pero más allá de los datos y los juicios, este libro abruma por el registro de lo cotidiano, donde se muestra con mayor crudeza la cerrazón, la falta de oportunidades y la miseria física y espiritual a que es sometido un pueblo.

Barbara Demick. Turner, Madrid, 2011. 382 páginas.

Sonríe o muere

Reseña publicada en la revista «El sábado» del diario El Mercurio, 3 de septiembre de 2011

En la película Little Miss Sunshine, el padre de la niña protagonista se gana la vida mediante la venta de sets de auto ayuda para mejorar el rendimiento laboral, pero es un completo y rotundo fracasado. Es la “industria de la motivación” que Barbara Ehrenreich describe en el cuarto capítulo de su libro, parte fundamental de la ideología del piensa positivo. O “la trampa”, como dice el subtítulo de este excelente ensayo. Ocurrió que, hará unos diez años, la autora contrajo un cáncer de mama y ya desde el vestidor de la sala donde le hicieron la mamografía se dio de bruces con la punta del iceberg de una industria en torno a la enfermedad: aquella de “piensa positivo y vencerás”, cuyo funesto lado oscuro es “si el cáncer finalmente te mata, es porque tú te dejaste llevar por el derrotismo”. Esa es la trampa que alienta en múltiples aspectos de la vida cotidiana en los Estados Unidos, la falsa conexión entre la mente y el cuerpo o, peor aún, entre la mente y el destino. ¿Te fue mal en un negocio? Culpa tuya, no quisiste triunfar con la suficiente intensidad. ¿Quedaste cesante y te arrastras inexorablemente hacia la pobreza?  El destino te ha hecho el don de poder pensar tu vida de nuevo. ¿Tienes cáncer de próstata? Agradece, porque “supone una oportunidad, un camino, un modelo, un paradigma de qué puede usted hacer para ayudarse a sí mismo y ayudar a los demás”.

Es siniestro. La autora es elocuente: “por favor, que me mate un psicópata, imploré, cualquier cosa menos morir ahogada en ese almíbar sentimental de color rosa que cubría las paredes de aquel vestuario y rezumaba por el pelaje de aquel osito”. A partir de ahí, Ehrenreich realiza una intensa pesquisa por la historia y la cultura estadounidenses para rastrear los factores y las ideas que han dado forma a una manera de mirar el mundo que, por mucho que abunde en sonrisas, esconde también al pueblo que más ansiolíticos consume en el mundo. Con agudeza, con trabajo de campo y un amplio mapa de referencias, da forma a un ensayo que a ratos corta el aliento por su incisivo filo y permite entender mejor por qué tanta superchería empalagosa con etiqueta de autoayuda, pródiga en frases hechas y falsa ternura, tiene libre permiso de circulación en la industria del libro (y en muchas otras industrias) también por estas latitudes.

Barbara Ehrenreich. Turner, Madrid, 2010. 271 páginas.

Yo (no) quiero creer

Columna publicada originalmente en El Post el 16 de febrero de 2011

Algo extraño hay allá afuera. Algo misterioso, inexplicable, enigmático. La ciencia no tiene todas las respuestas y la religión, tampoco (al menos, no las viejas y anquilosadas que se han fosilizado en instituciones normativas). Hay misterios sin resolver en el mundo y en las afueras de este mundo. ¿Por qué negarnos a la posibilidad de que efectivamente seres de otros planetas hayan puesto en la tierra las semillas de la vida y de la inteligencia? ¿Quién asegura, a ciencia cierta, con total certeza, que en la construcción de las pirámides no intervino una raza alienígena? ¿Por qué pensar que es imposible descubrir, en el fondo del mar, los restos de la perdida civilización atlante? Este es el tipo de preguntas que Ronald H. Fritze plantea en la introducción de Conocimiento inventado. Falacias históricas, ciencia amañada y pseudo-religiones, un ensayo contundente que pone al desnudo un complejo sistema que entremezcla la buena (y excesiva) fe y el afán de lucro.

En efecto, la industria en torno al conocimiento inventado es sumamente próspera; basta mirar, por ejemplo, cuántas entradas hay en Amazon por Atlantis (sólo en libros, 6.528 y subiendo) y se tendrá claro cuánto éxito ha logrado un tema cuyo venerable origen está en un par de referencias en dos diálogos de Platón, el Timeo y el Critias. Ahí debería haberse acabado todo, pero una serie inacabable de relevos que daban por verdad histórica la especulación filosófica terminaron por cimentar, en el siglo XIX, la fortaleza del mito y la construcción de la leyenda.

La abundante bibliografía resultante en torno a este tema –y a muchísimos otros, por desgracia- se funda en que sus autores sitúan el prejuicio antes del conocimiento. Es decir, creen saber previamente lo que ocurrió y van en busca de las pruebas; de manera consecuente, desecharán todo lo que contradiga sus hipótesis y utilizarán todo lo que pueda respaldarlas, aunque se trate de otras afirmaciones voluntaristas. A la inversa, un historiador serio va en busca del conocimiento y coteja, compara y pondera todas las evidencias disponibles, aunque lo conduzcan por un camino totalmente inesperado. La cuestión se agrava con el paso del tiempo; si en el siglo XIX era posible aún sostener como verdades muchos hechos inexactos simplemente por la falta de evidencia y de conocimiento científico, hoy no lo es; y si en aquella época alguien podía afirmar, con relativa buena fe, que la Atlántida existió, hoy no es posible. Pero el mito no deja de rodar. Es lo que Fritze llama el “entorno cúltico”, que lleva, por ejemplo, a que innumerables lectores atribuyan valor histórico a las novelas de Dan Brown y decenas de escribidores con buen ojo para las demandas del mercado publiquen libros de exégesis (¡!) de El código Da Vinci. Un entorno cúltico que confunde e identifica mito y leyenda, aunque los respectivos puntos de partida sean muy distintos, e identifica posibilidad con probabilidad.

El ejemplo que da Fritze es muy claro y lo adapto en su primera parte: es posible que el loto que compré hoy sea el número ganador; y es probable que mañana me levante, porque es día laboral y tenga que ir a trabajar. Entonces, si dices que “es posible que unos exploradores chinos alcanzaran y colonizaran América circunvalando todo el globo terráqueo”, está bien, aunque si nos atenemos a la evidencia disponible, es altamente probable que no lo hayan hecho. Pero, si en el desarrollo argumental eliminas la diferencia entre posibilidad y probabilidad, tienes pseudo historia. De hecho, el segundo capítulo del libro está dedicado a los innumerables conquistadores de América antes de Colón. Otro capítulo –“Gente del fango, hijos de Satán e Identidad Cristiana”- se interna en delirantes teorías sobre los orígenes del hombre, las razas preadanitas (negras, claro) y oscuros fundamentos bíblicos para asentar el racismo sobre bases pretendidamente históricas. El siguiente vuelve a lo mismo, pero desde el Islam.

Más adelante, Fritze revisa sumariamente la bibliografía de los principales pseudohistoriadores: Immanuel Velikovsky, Charles H. Hapgood, Erich von Daniken, Zecharia Sitchin y Graham Hancock. El problema con ellos no es que escriban libros sin reales fundamentos históricos; es que algunos cultos religiosos toman sus temas –por ejemplo, el catastrofismo y los astronautas en la antigüedad- y los transforman en objetivos religiosos. Y ahí, como en el caso de la Puerta del Cielo, el culto puede ser letal (inspiró un suicidio colectivo; los humanos debían “abandonar sus cuerpos” para recibir nuevamente la visita de los Hermanos del Espacio). En sus manifestaciones más inofensivas, estos autores abonan el camino para películas y series como Stargate o Los expedientes X.

Quizá Fritze abunda demasiado en detalles, pero, sin duda, su investigación es contundente e ilustrativa de un fenómeno que se niega a desaparecer y que en Chile adopta una arista inquietante, que lamentablemente el autor sólo enuncia en el prólogo y no desarrolla porque requeriría otro libro: “Los nazis tenían su propia mitología pseudohistórica acerca de una súper raza aria, la cual intentaron sustentar con toda clase de investigaciones pseudohistóricas y pseudocientíficas”. Tal como se demuestra en algunos capítulos de este libro, “la pseudohistoria se presta fácilmente a ser una herramienta del racismo, el fanatismo religioso y el extremismo nacionalista”. Nada más cierto, y de ello hay muestras cercanas. Al concluir la introducción, Fritze cita, con mucha propiedad, a Mark Twain, para reforzar la idea de que hay que estar prevenido cuando uno se encuentra con gente que quiere creer: “Podría pensarse que tengo prejuicios. Quizás los tenga. Me avergonzaría de mí mismo si no los tuviera”.

Ronald H. Fritze. Conocimiento inventado. Falacias históricas, ciencia amañada y pseudo-religiones. Editorial Turner, Madrid, 2010. 351 páginas.

Lecturas de la década: ensayos

El mundo del ensayo  sí que es ancho  e inconmensurable. Si en literatura puedo aventurar, con mucha patudez, una que otra generalidad, en este ámbito sólo puedo hablar de preferencias y recorridos muy personales. Las áreas que más me interesan son la historia (contemporánea especialmente) y la literatura, así que ahí están concentrados mis escogidos; y sobre muchos de ellos no he escrito previamente.

Nacional

Siútico, de Óscar Contardo. Es el mejor ensayo del último tiempo sobre Chile y sus estratificaciones sociales, sobre los que son y los que quieren ser, sobre los que pertenecen a las elites y los que las miran con ojos hambrientos, sobre incluidos y excluidos.

Aquí está mi reseña, donde dije que “el mayor interés de Siútico radica en su capacidad analítica, en el cuadro que traza a partir de coordenadas lingüísticas, de leyendas urbanas, de gestos casi imperceptibles: el retrato implacable de una sociedad obsesionada por los siúticos y celosa hasta el extremo de mantener intactas las barreras que separan a los grupos con mayor eficacia que un muro o un foso”.

Dos ríos africanos

El río Congo. Descubrimiento, exploración y explotación del río más dramático de la tierra, de Peter Forbath (1977; la edición española es de 2002).  Creo que fue el primer libro que leí de la colección Noema, coedición entre Turner en España y el FCE en México, de la que me he convertido en adicto. Aparte de la elegancia de la colección, hasta el momento nunca me han decepcionado a pesar de la amplia variedad de temas que abordan: filosofía, cine, historia, tecnología, literatura. Pero eso merecería una entrada especial: la mejor colección de ensayos de la década. Ahí Noema no tiene competencia.

Reseñé este libro, una maravilla narrativa, en El Sábado, en 2004; y tres años después escribí algo en mi otro blog (todavía no existía el excelente buscador de Emol que me ha permitido recuperar muchos textos perdidos); y sigo invitando a la lectura de un texto fascinante que muestra lo peor del esclavismo, del colonialismo y de sus. atroces secuelas.

El dios indómito. La historia del río Niger, de Sanche de Gramont (1975; la edición española es de 2003). Después del Congo había que ir por el Níger, un río aún más misterioso y desconocido, cuyo trazado correcto entró en los mapas incluso después que el del Congo. Y su historia no es menos atroz. África Occidental, ese puñado de territorios divididos con lienza que reflejan las pugas de alemanes, ingleses y franceses por la soberanía regional (Sierra Leona, Costa de Marfil, Senegal, Guinea, Burkina Faso, Togo, Dahomey, Costa de Oro, e incluso los Estados grandes del interior, como Mali y Níger, y Nigeria, ya al sur), fue la primera y gran víctima del esclavismo; pero eso es una etapa ya posterior, cuando en las riberas del Níger ya había una milenaria migración egipcia y existía la ciudad más misteriosa de África, Tombuctú, símbolo, en otro tiempo, de la posibilidad de incontables riquezas y, luego, del lugar más remoto y apartado al que podía llegar algún viajero. Y es que el caprichoso curso del Níger parte a pocos kilómetros del Atlántico, en faldeos montañosos que lo orientan, casi en línea recta, al noroeste, donde corre, finalmente, por el borde del desierto, hasta que el sofocante calor y la sequedad de la naturaleza lo fuerzan a tomar rumbo, casi en línea recta, hacia el sur, hasta desembocar en la bahía de Benin, en un estuario lleno de meandros donde las naves europeas conocieron la maldición de la malaria e incontables muertes hasta que la quinina les permitió remontar el río sin fiebres ni convulsiones.

Eso es parte de la historia que cuenta Sanche de Gramont, francés, periodista, corresponsal de guerra e historiador que se nacionalizó estadounidense y pasó a llamarse Ted Morgan. Uno de mis proyectos inconclusos es escribir algo sobre este libro y El rinoceronte del Papa, caudalosa novela de Lawrence Norfolk (casi 900 páginas en apretada tipografía) que tiene una larga sección sobre un viaje aguas arriba del Níger, más otra literatura sobre Tombuctú que estoy pesquisando. Algún día lo haré.

Dos miradas europeas sobre el lado de acá

Viaje literario por América Latina, de Francesco Varanini.  Este antropólogo, periodista, lector y, como dice la solapa del libro, “asesor estratégico de importantes empresas”, publicó este libro en Italia en 1998. La edición de Acantilado es de 2000 y yo lo leí en los primeros meses de 2001, cuando un buen amigo me lo trajo de Buenos Aires (ahora, por fortuna, Acantilado tiene distribución local y es posible encontrarlo acá, y no TAN caro para lo que es).

El libro de Varanini (y en buena medida también el que sigue en este apartado) tiene la virtud de mostrar una mirada desde Europa, o, más bien, de desnudar la idea que Europa tiene de la literatura latinoamericana. Decir esto es apuntar en forma directa al tremendo daño que los epígonos de García Márquez (entre los que debe incluirse él mismo, según Varanini) han infligido a una literatura que tiene muchos más matices y recovecos que lo contenido en lo que el autor llama “lenguaje nobelmarquiano”, una fórmula más que revenida que GGM puso en circulación y que es reconocible no sólo en la literatura, sino también en crónicas y ensayos (el libro abunda en citas donde es muy difícil discernir, a primera vista, si son textos de Gabo o de algún epígono: la conclusión de Varanini es que da lo mismo, el daño ya está hecho). Sostiene que la narrativa latinoamericana es mucho más que esa imagen que tanto le gusta a los europeos, un continente donde ocurren maravillas, excesos e incontinencias a granel, las mujeres bellas suben a los cielos, las enredaderas son sus escalas, la desmesura es la medida de todas las cosas.

Pero hay mucho más: Varanini también escribe sobre Borges, Felisberto Hernández (uno de mis autores favoritos de todos los tiempos; estoy esperando que llegue la antología de sus cuentos que publicó Eterna Cadencia para escribir algo sobre él), Andrés Caicedo (mucho antes que Fuguet, como se ve), Julio Cortázar, Jorge Edwards (un gran análisis de las sucesivas ediciones de Persona non grata), Lezama Lima y Carpentier; y en el último capítulo, “Como las arterias de una araña divina. América Latina, sueño europeo”, revisa a muchos otros más. Un gran libro, que escapa de lo académico, que no le hace caso a los prejuicios ni le tiene miedo a las vacas sagradas.

Desvíos, de Ignacio Echevarría (2007).  El subtítulo describe perfectamente qué es este libro: “un recorrido crítico por la reciente narrativa latinoamericana”. De este modo, apenas se topa con el anterior y, con la lectura de ambos, cualquier lector puede quedar más o menos bien informado sobre el paisaje literario regional o, al menos, sobre cómo este paisaje es mirado, descrito y analizado con ojos europeos. Echevarría incluye materiales de diverso tipo, desde reseñas breves hasta ensayos de variada extensión. Roberto Bolaño y Nicanor Parra reciben mayor atención por razones que el autor explica en el prólogo. Lo reseñé en 2007 y dije que “la perspectiva desde España, entendida como la metrópoli de un sistema mucho más amplio de circulación, es importante porque expresa ante todo las determinaciones impuestas por la industria editorial. Con fuerte ironía, el autor señala que los editores españoles, cuando van de pesca al “río revuelto de las letras latinoamericanas”, “no es raro que traigan latas, neumáticos, botas y zapatos chorreantes”, aludiendo a la preferencia de la industria por autores de alguna manera estandarizados y fácilmente digeribles por el mercado. Con todo, muchos autores interesantes se cuelan entre pésimas elecciones y premios editoriales diseñados para servir como argumentos de venta, más que para discernir obras de auténtica calidad. Allí, en ese puñado de autores que sobrevive a la presión de la industria por adocenar los contenidos y el lenguaje, radica el mayor interés de este libro para el lector chileno”.

Agrego ahora que Echevarría incluye tanto elogios como severas críticas. Su postura es que los críticos contribuyen a dar forma al canon y, para lograrlo, deben señalar tanto lo bueno como lo malo, lo que califica como lo que no califica. Y algunos de sus juicios son dignos de rescate. Sobre Anphytrion, de Ignacio Padilla: “un refrito aceitoso y azucarado de topicazos solemnes”, de “prosa inaguantablemente sentenciosa, alambicada y vacua”. Sobre Los impacientes, de Gonzalo Garcés: “disimula la delgadez de su imaginación y la mansedumbre de su narcisismo alternando la infatuación filosófica con la melopea generacional”.

La década de Beevor

En pocos años, este historiador británico renovó de manera impresionante la historiografía sobre la Segunda Guerra Mundial y su época (también ha escrito sobre la Guerra Civil española y sobre el París de la postguerra), tanto desde el estilo fluido, ágil y expresivo, hasta el acopio de fuentes de archivos que fueron abiertos tras la caída de los socialismos reales. De todos sus libros, me sigo quedando con los que aparecieron primero en español, el impresionante díptico sobre la guerra en el frente oriental: Stalingrado (2000) y Berlín, la caída: 1945 (2002). En mi reseña sobre La batalla de Creta (2003; fue el tercero en aparecer en español, pero es el primero del autor y el primero que reseñé en El Mercurio), escribí: “Beevor tiene un enorme talento como narrador, que se suma a su conocimiento del oficio militar, su recopilación de fuentes de primera mano, su acceso a los archivos soviéticos (desconocidos para los historiadores occidentales hasta 1990) y su vasta información bibliográfica. Con esos elementos, no extraña que sus libros se lean como novelas y que no sólo hayan recibido numerosos premios, sino que también sean un éxito de ventas”.

Beevor, en muchos casos, ha contribuido a cambiar la imagen estereotipada de los hechos. Por ejemplo, tras leer El día D, queda más que claro que la invasión a Normandía y la liberación de París fueron cualquier cosa menos un paseo triunfal; y cualquier cosa que se diga sobre el talento militar de Hitler queda totalmente desmentida por los fatales desaciertos en las decisiones tácticas y estratégicas en el frente oriental. Stalingrado, con todo, es un fresco impresionante por su dramatismo y la completísima revisión de esos años, desde la Operación Barbarroja que llevó a las tropas alemanas a cruzar las fronteras de la Unión Soviética, hasta el derrumbe de los ejércitos de von Paulus ante la asediada ciudad, más de un año y medio después.

Más paseos por la literatura: Coetzee, Said, Amis, Connolly

Esta entrada está ya demasiado larga, así que simplemente recomiendo estos cuatro libros a los interesados en la crítica literaria y en el punto de vista de observadores tan agudos como estos autores. Los de Said y Coetzee son más académicos; los de Amis y Connolly trabajan los temas con más libertad y humor. Este último, especialmente, puede interesar a públicos más amplios. Cómo no gozar de la escritura de alguien capaz de crear frases como “luego vinieron los días de los hurones con costillas como el hueso de la muerte, para los que compramos hígados crudos en la carnicería caballar de la rue de Seine, mientras ellos escarbaban ruidosamente en la habitación octogonal del Hôtel de la Louisiane”. Hay tanta autobiografía como ensayo, tanta memoria como lectura, y un arco de intereses impresionante.

Cierro con una cita de Amis que me gusta mucho:

Las citas son todo lo que tenemos. Idealizando: toda escritura es una campaña contra el cliché. No sólo los clichés de la pluma, sino los de la mente y los del corazón. Cuando desapruebo, suelo hacerlo basándome en la cita de un cliché. Cuando alabo, suelo basarme en citas que muestran cualidades totalmente opuestas: frescura, vivacidad, profundidad de pensamiento”.