Bonsái

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, primero de abril de 2006

Bonsái«Al final, Emilia muere y Julio no muere. El resto es literatura». Así cierra el primer párrafo de esta novela -­digámoslo así­- de Alejandro Zambra, poeta y crítico literario que debuta en el género narrativo. La frase final suele usarse, en otros contextos, para desacreditar lo que se considera accesorio o no atingente a un determinado asunto. Una frase hecha, una muletilla que suele escucharse en programas televisivos y, desde luego, en tono y con ademán descalificador.

En Bonsái, en cambio, el resto es la novela. Podría decirse, entonces, que la frase es redundante e innecesaria, pero no es así: Zambra busca, desde el principio y por diversos medios, mantener siempre una cierta distancia entre el lector y lo narrado, una distancia que recalca, precisamente, que se trata de un texto literario y no de la imitación o transposición de la realidad. No hay efectos especiales para ilusionar al lector y hacerlo creer que el texto es algo distinto de un texto literario, carácter acentuado más aún porque los protagonistas, Emilia y Julio, estudian literatura, hablan de libros e incluso incorporan las lecturas en voz alta a sus ritos sexuales, y porque el ritmo sinuoso que sigue su historia está también marcado por páginas y autores determinados.

Un juego adicional se establece entre el título de la obra y sus características: es una miniatura literaria, un texto muy breve, muy bien trabajado y decantado hasta el extremo, cuya principal virtud quizá es que relata, como tantos otros libros, una historia de amor; pero lo hace con herramientas nuevas, con otra mirada, con otra sensibilidad, hasta el punto de traspasar la distancia establecida artificiosamente y establecer, en último término, una comunicación privilegiada con el lector. En efecto, la novela de Zambra finalmente conmueve y remueve con el hálito de tragedia ya anunciado en el primer párrafo, aunque lo hace de manera insidiosa, como si no quisiera hacerlo, como si sólo se tratara de literatura en el sentido derogatorio de la expresión; pero no, es literatura de la mejor clase, una obra de extraña madurez que hace de la brevedad una de sus mayores virtudes, por lo mucho que se puede decir y sobre todo sugerir en tan pocas páginas.

Alejandro Zambra. Anagrama, Barcelona, 2006. 96 páginas.

La dama de la furgoneta

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 18 de abril de 2009

dama furgonetaEl año pasado, Anagrama publicó Una lectora nada común, de Alan Bennett, comentada en esta columna: una novela chispeante y provocadora, acorde con la fama de su autor, considerado el dramaturgo más célebre del Reino Unido. La misma editorial trae ahora La dama de la furgoneta, que es más bien un perfil periodístico que una novela (de hecho, la mayor parte del texto apareció en 1989 en London Review of Books; en 1994, para su publicación como libro, Bennet agregó una postdata de unas 15 páginas).

Obviamente, el rescate de esta obra se debe al éxito de la anterior, y está muy bien que así sea. Breve y magistral en su precisión, relata la extraña relación que el autor estableció con una especie de vagabunda que rondaba por su barrio. Gracias al subsidio que recibía del gobierno, Miss Shepperd tenía recursos –modestos, claro– que le permitían comprar furgonetas de segunda mano, convertidas de inmediato en un cruce de basural y casa, cuya pestilencia ahuyentaba a los paseantes. Después de un par de encuentros callejeros que pusieron a prueba la paciencia de Bennett, ocurrió un desagradable incidente: un par de borrachos rompió los vidrios de la furgoneta y Miss Shepperd quedó con cortes en la cara. El autor se compadeció de ella y le ofreció estacionar la furgoneta en su jardín y de ahí prácticamente no se movió más. Miss Shepperd tenía además un auto, cuyo motor encendía en las mañanas y lo aceleraba por unos cuarenta minutos; dos coches de niño; y, en los últimos años, una silla de ruedas, aunque podía caminar perfectamente. A través de breves notas, fechadas entre 1969 y 1990, cuando la dama de la furgoneta ya había muerto, Bennett entrega un retrato preciso, humorístico y generoso de esta excéntrica anciana, siempre elusiva respecto de sí misma y con claras convicciones morales, religiosas y políticas, fundadora –y única militante– del Fidelis Party, vendedora callejera de panfletos ultraconservadores escritos por ella misma, coleccionista de los más diversos objetos que, amontonados en la furgoneta, recibían además una gruesa capa de polvos de talco. Pero lo más interesante del texto no es el recuento de las excentricidades y manías de una anciana que bien podría haber estado internada en algún hospital psiquiátrico (de hecho, lo estuvo, antes de conocer a Bennett), sino la manera en que el autor retrata su relación con ella, una relación que tenía claras fronteras –alguna vez traspasadas por ella, por supuesto– y un complejo sistema de signos y señales que rigió la estrecha vecindad por más de 15 años. Bennett es singularmente respetuoso de la intimidad y de la reserva de su vecina sobre sí misma, aunque al final, tras el registro de la furgoneta, da con algunas claves, pero no todas: Miss Shepperd sigue siendo un enigma.

Alan Bennett. Editorial Anagrama, Barcelona, 2009. 96 páginas.

Una lectora nada común

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 19 de julio de 2008

lectora nada comúnAlan Bennett es uno de los dramaturgos más célebres del Reino Unido, además de guionista de cine y novelista. En este último género ha cultivado más bien la nouvelle, la novela corta, ese desafío mayor que exige mantener la tensión y el equilibrio y el suspenso del cuento en una extensión mucho mayor. Anagrama publicó, hace algunos años, dos de ellas, Con lo puesto y La ceremonia del masaje, y ahora Una lectora nada común, publicada el año pasado en inglés. Y, como las otras, es una notabilísima muestra del sentido del humor británico, así como de la impresionante habilidad narrativa de Bennett.

Isabel II, siguiendo el rumbo de sus díscolos perros, llega hasta un sector del palacio que nunca visita y se encuentra con la biblioteca ambulante del vecino municipio. Sólo por real gentileza y no desairar al bibliotecario, pide en préstamo un libro, que devuelve debidamente leído a la semana siguiente (“cuando empezamos un libro, lo terminamos. Nos han educado así”), y vuelve a toparse tanto con el señor Hutchings como con un pinche de cocina, ávido lector, cuyos gustos son un tanto particulares: lee sólo autores gay. La reina, en pocas semanas, se convierte en una ávida lectora, que hasta descuida sus deberes por el placer que le brindan los libros. Su nuevo hábito no pasa desapercibido y comienza a despertar una sorda resistencia entre los cortesanos. La biblioteca ambulante no llega más, el pinche de cocina ascendido a amanuense es trasladado, los libros que la reina llevaba en una gira a Canadá se pierden; pero la reina sigue leyendo, cada vez más, hasta que lentamente otra actividad se abre paso, actividad quizá aún más amenazante para quienes la rodean: Isabel II ha comenzado a escribir.

El libro es una aguda sátira del poder, que también pone en la picota a los políticos (su ignorancia, especialmente) y a los escritores (su soberbia y narcisismo, no sus obras). Todo ello es casi obvio, dado el argumento de la novela, pero no por ello la sátira es menos mordiente o el humor menos eficaz. El autor perfila un personaje convincente que descubre con rapidez el infinito campo de estímulos representado por los libros, con los que crecientemente dialoga y va redefiniendo su relación no sólo con ellos, sino también consigo misma y con el mundo. Escribe la reina: “Creo que quizá me estoy convirtiendo en un ser humano. No estoy segura de que sea una evolución bien recibida”. Y claro que no: a su alrededor crece la incomodidad, pero ella, impertérrita, continúa con el trabajoso proceso de humanizarse, y lo lleva hasta un punto que sin duda sorprenderá al lector. Por último, la novela es una afilada y muy graciosa introducción a la narrativa inglesa, y, a pesar del protagonismo de la literatura, no es un libro destinado a especialistas, sino a todo ser humano.

Alan Bennett. Anagrama, Barcelona, 2008. 119 páginas.

Sé dónde estás

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 26 de septiembre de 2015

Sé dónde estás_4F.inddEsta es una novela modélica sobre el acoso sexual motivado por la psicopatía. No se trata de abusos de poder o de fuerza ni de aquella burda y machista apelación al género -“es que así somos los hombres”- para justificar conductas inadmisibles. El asunto corre por el carril de la locura, del desquiciamiento, de la total falta de distancia entre lo que se quiere y lo que de verdad ocurre, del divorcio total entre el discurso propio y la respuesta ajena. Sé dónde estás es la primera novela de Claire Kendal, californiana radicada en Inglaterra, profesora de literatura inglesa y de escritura creativa. Con esas herramientas creó un mundo sórdido en el que el acosador, académico de literatura, como ella, le va cerrando espacios a una empleada administrativa hasta el sofocamiento absoluto. Para evitar la persecución en el campus, Clarissa se inscribe como jurado y participa en un proceso que se extenderá por siete semanas. Pero es un empeño inútil.

El libro entreteje dos relatos: uno, en primera persona, destacado en negritas, el diario que lleva Clarissa sobre las acciones de Rafe: sus apariciones en la puerta de su casa o en la estación de tren, su robo de la basura, sus regalos -que van desde chocolates hasta un ramo de funerarias rosas negras y, luego, fotografías, revistas sadomasoquistas-, que dan cuenta además de la clausura cada vez mayor que sufre Clarissa y de un modo de vida permanentemente a la defensiva. El segundo relato es en tercera persona y no se despega de la protagonista. De ella tenemos mucha información; de Rafe -y de Robert, el atractivo hombre que conoce en las filas del jurado- muy poco, apenas lo que ellos le cuentan a Clarissa. Con esa restricción del punto de vista, es más fácil construir el suspenso y dosificar las sorpresas. Cuando ella decide investigar por sí misma a Rafe, se topa con callejones sin salida; y cuando confía en que el sistema podrá acudir en su auxilio, hay más sorpresas. Una arista interesante es la del juicio, donde una chica joven, drogadicta y ocasionalmente prostituta, acusa a cinco hombres, traficantes, de violación. El juicio es una preparación para Clarissa en su propio caso, el caso que quiere construir, pero también ve cómo el sistema le carga la mano, la desconfianza y el recelo a la acusadora, porque es mujer. Y por fuerza hay muchas referencias literarias, especialmente a los cuentos de los hermanos Grimm, que burlaron la censura y describieron atrocidades bajo la máscara del cuento de hadas.

Claire Kendal. Anagrama. Barcelona, 2015. 368 páginas.

Cosmética del enemigo

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 20 de junio de 2003

cosméticaAmélie Nothomb, mucho más que Michelle Houellebecq y su provocación posmoderna, es la gran noticia de la literatura escrita en francés, aunque ella sea de origen belga y haya nacido en Japón. Escribe una novela al año, generalmente breves (entre 100 y 150 páginas; Cosmética del enemigo tiene 96) y ha logrado, hasta el momento, responder al desafío de mantener la calidad de una propuesta que circula tanto por los terrenos de la autobiografía como por la imaginación pura. Tal es el caso de esta novela, que comienza como la peor y más vulgar pesadilla de un viajero frecuente: atrapado en un aeropuerto por el retraso de su vuelo, es literalmente asaltado por un pelmazo que lo obliga a escucharlo. Tal como el intruso lo señala, el oído es, en ese contexto, el más desprotegido de los cinco sentidos. Tocarlo sería ilegal, pero no lo es hablar, y hablar, y hablar, y confrontar a su víctima con una extravagante biografía que, poco a poco, toma un rumbo insospechado: el de la violación y el crimen. Jérôme Angust es el acosado y Textor Texel, el acosador. En una prueba más de su talento y versatilidad, la novela se sostiene sólo sobre la base del diálogo que mantienen, sin prácticamente otros personajes y con sólo dos intervenciones de un narrador, al inicio y al final de la novela. Diálogo ágil, saturado de ­­ ironías, de citas, de breves disquisiciones sobre la verdad, la mentira, la moral, la apariencia, la realidad, que enfrenta a personajes que, a primera vista, no pueden ser más disímiles. Pero lo más interesante es ­ el perverso juego que abre ­Nothomb con las identidades de ambos, y cómo la trama va dando sucesivos giros hasta desembocar en algo muy distinto de lo que parecía al comienzo. La cosmética es, según lo define Textor Texel, “la ciencia del orden universal, la suprema moral que determina el mundo”, degradada por los esteticistas; y la “cosmética del enemigo” alude al personaje que cada quien alberga ­dentro de sí, aquel que en el plano interno, en la imaginación, en el sueño, se permite todo lo que las convenciones, las leyes, el buen gusto, el criterio, impiden realizar en este lado de la realidad; ese enemigo interno que recuerda todo lo vivido y todo lo leído, ese fantasma donde se dan la mano la memoria, los sueños, las pesadillas, las aversiones, los deseos ocultos, las aberraciones secretas, los deseos inconfesados. Angust y Texel son las dos caras de la medalla, y el proceso de descubrirlo es lo que produce la tensión narrativa en esta espléndida novela que, más allá de sus resonancias morales y sus historias de crímenes, maneja un sabio sentido del humor que la hace aún más extraña y, además, atractiva.

Amélie Nothomb. Anagrama, Barcelona, 2003. 96 páginas.

Doctor Pasavento

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 21 de enero de 2006

doctor pasaventoEn una novela anterior, El mal de Montano, Enrique Vila-Matas enunció, a su modo irónico y distanciado respecto de su obra, el rasgo que cada vez más la distingue como una de las más singulares y originales del panorama narrativo de la Europa contemporánea: quien escribe en sus obras -Montano, Pasavento, Vila-Matas- está enfermo de literatura, invadido por la literatura, poseído por la literatura. Doctor Pasavento extrema la tendencia a fundir en un solo género la novela, el ensayo y la autobiografía, aunque esta última sea, sobre todo, la reconstrucción morosa de un itinerario de lecturas y de encuentros literarios. Escritores vivos y muertos, libros publicados y libros imaginados, devienen en personajes que el narrador incorpora en la trama y que desempeñan un papel fundamental en el avance de su proyecto, una interrogación amplia, lúdica y tremendamente seria a la vez, sobre el lugar del escritor en el mundo.


Si en Bartleby y compañía el autor exploraba el silencio, el gesto de dejar de escribir (o de no haber empezado nunca a hacerlo), en Doctor Pasavento indaga sobre la voluntad de desaparecer, ya sea en la escritura o desde la escritura. En ambos casos se trata de recuperar una biografía borrada o suplantada por la escritura, siguiendo,
por ejemplo, el caso de Martín Walser, el escritor de entreguerras que desempeña, en esta novela, un papel central. Walser, al ingresar a un manicomio, “se desprendió del agobio de una identidad contundente de escritor, sustituyéndolo todo por una feliz identidad de anónimo paseante en la nieve”. Pasavento aprovecha un curioso intento de suplantación para intentar a su vez desaparecer, adoptar otra identidad, pero el camino que inicia lo devuelve, una vez más, al ancho campo de la literatura, y el psiquiatra convertido en escritor no puede menos que citar a Vila-Matas: “Siempre quise ser escritor para explicar que, aunque no entendamos nada, la literatura le da sentido a todo”. Y en esa aparente contradicción se esconde o se ofrece una clave más para entender al autor de una obra siempre consciente de sí misma, que amplía la ficción hacia ámbitos nuevos, propios, por ejemplo, de la filosofía, pero sin pretensiones totalizadoras y rescatada de la mera especulación por un firme sentido del ritmo literario, por el humor y la distancia, por el genio perverso de un escritor capaz de ver el otro lado del espejo.

Enrique Vila-Matas. Editorial Anagrama, Barcelona, 2005. 389 páginas.

Máscaras, alteridades y restaurantes chinos

El tercer personaje

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 9 de mayo de 2015

Maquetación 1Sergio Pitol es un escritor curioso. En realidad, le corresponde perfectamente su propia definición de excéntrico: “Escriben de la única manera que les exige su instinto. El canon no les estorba ni tratan de transformarlo. Su mundo es único, de ahí que la forma y el tema sean diferentes”. Quizá por eso, por su condición de excéntrico, el mundo literario tardó en reconocerlo. Cuando se habla del boom, no se lo nombra, aunque es más joven que García Márquez y tres años mayor que Vargas Llosa. Solo a partir de los 90, cuando ya había completado la Trilogía del carnaval, que debe estar entre la mejor literatura latinoamericana del siglo XX, obtuvo premios como el Juan Rulfo y el Cervantes. Nada menos. Y comienza a surgir también la certeza de que la generación de Bolaño tiene mucho más relación con Pitol y Augusto Monterroso que con los patriarcas del boom.

Sus últimos libros son una muy personal mezcla de autobiografía, de ensayo y de crónica. El presente libro se decanta más hacia el ensayo, pero en modo alguno incurre en la pesadez de la academia. Nunca deja un tono personal ni la primera persona, lo que convierte estos textos en una experiencia de lectura poco habitual. Ya sea que analice ideas y tendencias o a sus autores favoritos, que escriba sobre sus amigos (escritores), sobre pintura, sobre la novela policial o sobre cine -una de sus grandes influencias, según expone en algunos de estos ensayos-, Pitol habla a partir de sí mismo, de cómo esas lecturas o esas películas se incorporaron a su vida y le permitieron entender mejor el mundo. El escritor mexicano tiene otra característica realmente memorable, y es que nunca ha bajado la intensidad de su pasión por la lectura. En este libro recoge ensayos sobre César Aira y Mario Bellatin, por ejemplo, y celebra el placer de encontrar formas renovadas y nuevas ideas en literatura. También habla de Monterroso, de José Emilio Pacheco, de Virginia Woolf y de Cervantes; y uno no puede dejar de asombrarse de que en pocas páginas Pitol encuentre algo nuevo que decir sobre el autor de El Quijote. Mención aparte merece su pasión cinéfila y la lucidez de varios ensayos que van mucho más allá de la erudición en su recuento sobre cómo el cine del siglo XX se ha hecho presente en la historia cultural (y en la suya personal). Mantener intacta la curiosidad y la lucidez a los 82 años es una hazaña poco habitual.

Sergio Pitol. Anagrama, Barcelona, 2014. 252 páginas.

Kureishi y la tradición literaria

Hablan Mamoon Azam, vieja gloria literaria, y Harry Johnson, su biógrafo.

E. M. Forster

-¿Ese enervante sarasa de la literatura inglesa, ese maricón vago, cobarde y pegado a las faldas de su madre?
Harry había mencionado de pasada y en voz baja a E. M. Forster.
-¿Por qué dice eso, cuál es su opinión sobre él?
-¿Mi opinión? No tengo ninguna opinión sobre un hombre que proclamaba que quería escribir sobre sexo homosexual, un tema sobre el que sin duda necesitamos tener información. Como no tenía pelotas para hacerlo, se pasó treinta años mirando por la ventana, cuando no estaba enseñándoles el culo a los conductores de autobús o a otros pakistaníes. Un medio hombre que proclamaba detestar el colonialismo mientras utilizaba el Tercer Mundo como su burdel porque sabía que ahí no lo arrestarían, como sucedería si se ponía a enseñar el pene en un aseo público de Chiswick. ¡Por lo visto prefería a sus amigos antes que a su país! ¡Qué valiente y original!

George Orwell

-Claro que -continuó, con los ojos centelleando- Orwell era todavía peor. Él es el peor de los Blairs. ¿Todavía se lo toman en serio en este país?
-Sobre todo como ensayista.
-Escribió libros para niños, o más bien para niños que tienen la desgracia de estudiarlo. Toda esa escritura facilona, el estilo simplón, la mente vacía y hueca con un fuerte flujo de sadismo, el socialismo sentimental y el Gran Hermano y los cerdos, y nada sobre el amor… intolerable. Ningún adulto que no fuera profesor perdería el tiempo con alguna de sus novelas. Si me imagino el infierno, consiste en estar solo para siempre en la habitación 101 sin otra cosa que leer que uno de sus libros. (…) Ninguno de esos escritores, el marica y el puritano, ha descrito jamás a una mujer hermosa. ¿Qué clase de escritor es incapaz de hacerlo?

Jean Rhys

-La única que todavía disfruto leyendo es a la Diosa.
-¿A cuál?
-A la que me recuerda mis solitarios vagabundeos de alcohólico perro callejero por Londres y París cuando llegué por primera vez: Jean Rhys. Es la única escritora inglesa con la que uno desearía acostarse. ¡El resto no son más que Bröntes, Eliot, Woolf, Murdoch! ¿Puedes imaginarte hacerle un cunnilingus a alguna de ellas? Tal como dijo Jean, el mundo es sencillo: no se trata más que de cafés en los que caes simpático y cafés en los que no.

Los otros

-Cuando tenía diez, veinte o incluso treinta años, me encantaba leer, y podía estar absorto en un determinado escritor durante semanas, leyendo toda su obra, todo lo que hubiese publicado. Ahora eso ya no me sucede, y además ya todo ha desaparecido.
-¿Desaparecido?
-Piensa en ellos: Bertrand Russell, A. J. Ayer, D. H. Lawrence, Aldous Huxley, Anthony Powell, Anthony Burgess, William Golding, Henry Green, Graham Greene…
-No, ese Greene no. No… jamás.
-Bueno, eres osado. Pero el resto… nadie los lee, son ilegibles, han sido desechados, olvidados, una montaña de palabras que se han disuelto en el mar y que no van a volver. Popeye el Marino tiene más longevidad cultural.

Joseph Conrad

A veces Mamoon era más Johnny Rotten que Joseph Conrad.

Ted Hughes

-Ted Hugues, a quien conocí y admiré, hizo lo correcto con los diarios de Sylvia, los metió en el horno después de que su mujer introdujera allí la cabeza. De no haberlo hecho, esos académicos ilegibles no hubiesen cejado en el empeño de utilizarlos para lanzar sus carreras y conseguir unos buenos ingresos, haciendo que él pareciese un ogro. Lo valoran todo según les conviene, sin imaginación. Y es la sexualidad masculina ordinaria lo que no soportan.

Marcel Proust

-La culpa existe, maldito tarado, y debe ser negociada y afrontada. Es duro traicionar a los demás para no traicionarte a ti mismo. Y entretanto uno se convierte en el pobre miope Swann de Proust, que se degrada a sí mismo abriendo la correspondencia de Odette, espiando su casa y pasando cada tarde con la horripilante Verdurin. Los celos sobreviven al deseo, y Swann utiliza a esa abominable mujer para introducirse excrementos en su propia boca.

Hanif Kureishi. La última palabra, Anagrama, Barcelona, 2014. Traducción de Mauricio Bach. Las citas están tomadas de las páginas 84-85, 144, 209, 259-260.

Crimen

Reseña publicada en la revista «El Sábado», 11 de diciembre de 2010

CrimenEsta novela perfectamente podría haber tenido un título que orientara -o indujera- una lectura más acorde con el desarrollo y sobre todo con el desenlace; pero sería de mal gusto proponer opciones acá, puesto que el autor no lo quiso así. De lo que va, en todo caso, es de actos criminales, de culpables, de víctimas, de policías y de rehabilitación. Irvine Welsh, el escocés que saltó a la fama con Trainspotting, explora acá un submundo inquietante y siniestro como pocos, el de la pedofilia, en Escocia, pero mayormente en el sur de Estados Unidos. Pues esta novela transcurre sobre todo en la península de Florida, adonde llega de vacaciones el policía de Edimburgo Ray Lennox, un hombre muy dañado como consecuencia de su lucha -a veces infructuosa, a veces tardía- contra criminales que se ensañan con jóvenes. Viaja con su novia, Trudy, una mujer resplandeciente que sueña con su matrimonio y roza con pinzas la superficie de la cólera y la depresión acumuladas por Ray. Y mientras ella revisa listas de invitados y hojea revistas de novias, el policía traga antidepresivos y bebe hasta un punto en que lo único que quiere en la vida es el estímulo que lo levante del pozo: unas líneas de cocaína. Así, en un bar de la ciudad soleada y calurosa, Ray conoce a dos mujeres, se van a la casa de una de ellas y todo comienza a rodar en el peor de los sentidos: sin saber cómo, Ray se encuentra a cargo de una niña de diez años que sufre de la peor de las amenazas.Lo más interesante de la novela no está en la trama policial, bastante floja y hasta previsible. Tampoco está en la indagación sobre los victimarios; uno de ellos le dice a Ray, en Escocia, que lo hace simplemente “porque puede” (quizá la explicación más sencilla de la psicopatía, la ausencia total de límites y controles); y otro, en Estados Unidos, “porque le gusta”.En realidad, el autor juega sus cartas por las víctimas y por la caída de las máscaras que sirven para ocultar y sublimar dolores y traumas. En la indestructible relación entre el duro policía (un cazador, otro tipo de depredador, que debe indagar muy hondo dentro de sí mismo para descubrir sus verdaderas motivaciones) y la niña (una pre púber que, sin embargo, es capaz de actitudes que revelan vivencias tan amargas como indecibles) y en los caminos oblicuos que han escogido para sobrevivir, Welsh pone lo más interesante y perturbador de la novela; y su exploración a ratos abruma tanto por la crudeza de las experiencias como por la sensación de que tanto el autor como los lectores somos testigos aterrados de lo que ocurre en el fondo de la conciencia de una víctima. Tiempo ha pasado desde su debut literario, y se nota la madurez.

Irvine Welsh. Anagrama, Barcelona, 2010. 440 páginas.