La ternura de los monstruos

Reseña publicada en el suplemento «Babelia» del diario El País, 21 de abril de 2012

La mujer de sombra
Luisgé Martín
Anagrama, Barcelona, 2012
228 páginas, 16,90 euros

la mujer de sombraNARRATIVA. La mayoría de los personajes de esta novela tiene dos nombres: Antonio, en realidad, es Segismundo; Olivia fue bautizada como Nicole; Julia usa el nick de Marcia. Solo Eusebio, el protagonista, se mantiene fiel al suyo, aunque también en cierto tipo de chats asume una variada gama de falsas identidades. El dato es un indicio de lo que viene: una novela que se teje y desteje en torno a la doble vida de los protagonistas y a la tesis implícita de que toda persona tiene un lado irreconocible, impenetrable, diferente. Eusebio intenta probarlo cuando contrata a un detective para que investigue a seis de sus conocidos. No le interesan cuestiones banales, como un adulterio, sino “más siniestras, más sórdidas, más escandalosas”: “Incesto, proxenetismo, estafa, violación, secuestro, chantaje, asesinato”. Es que Eusebio, un hombre rico que no necesita trabajar y alimenta una recalcitrante soltería que le permite mantener varias parejas, ha dado, pareciera, con la horma de su zapato: se ha enamorado de una mujer -Julia / Marcia”- y ella le corresponde, pero él es dueño de un secreto que desmiente radicalmente tanto el modo en que se relacionan como la imagen que Julia le ofrece, la amante solícita y plena de ternura, la mujer convencional que quiere su fiesta de matrimonio. Lo inconfesable acá no es el secreto de Julia / Marcia, sino el hecho de que Eusebio lo sepa. “Yo creo que la verdad es muchas veces perniciosa”, dice ella, cuando Eusebio trata de forzar confesiones radicales entre ambos; y este último, cuando intenta fundir en una sola las dos caras de la mujer que ama, se interna en un tortuoso recorrido por los abismos del deseo y del ejercicio del sexo duro. Lo que quiere Eusebio es “saber cómo se comportan a la luz del día los seres aberrantes, cómo se disfrazan. Ver la bondad de los vampiros y la ternura de los monstruos”. Es interesante el desafío narrativo de llevar al límite esa tensión entre saber y confidencia, entre conocer el lado oscuro del otro y no poder revelarlo hasta que el otro quiera, pero el claro desequilibrio en el tratamiento de ambos personajes afecta a la progresión del relato. Y, en general, falta un elemento de contraste que establezca un contrapunto con la escalada de perversiones y secretos; a pesar de su crudez y su vocación transgresora, pierden relieve porque no tienen un fondo distinto sobre el que recortarse.

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Nocturnos

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 10 de julio de 2010

noctur221012011En el mundo contemporáneo, la música ha pasado a ser parte del tramado cotidiano de manera radical. Puede crear vínculos y establecer misteriosas afinidades, tanto como desatar odios y desprecios. La complicidad en torno a los gustos musicales suele ser un ingrediente esencial en cualquier tipo de relación. Sobre ese fondo, Kazuo Ishiguro, uno de los estandartes del dream team de narradores británicos nacidos mayormente en la década de los cincuenta, escribió su primer volumen de cuentos.El subtítulo del libro es “Cinco historias de música y crepúsculo”. Desde luego, el papel protagónico de la música, ya sea desde la interpretación como desde la complicidad en torno a los gustos, y a un cierto tono de melancolía ligado al paso del tiempo y al desgaste que produce en las relaciones de pareja. Es que otro denominador común de los relatos es que se refieren a parejas que están en una zona crepuscular, recién separadas o en vías de hacerlo, por más que el amor mutuo siga siendo una presencia poderosa y viva entre ellos.

Lo seductor de estas páginas está en la perfecta amalgama entre el pretexto y el fondo; es decir, en el modo en que la música y sus efectos se entrelazan con tramas de alcance más universal. Ishiguro, tal como lo mostró en su novela más conocida, Los restos del día, es un maestro en la creación de tonalidades, de climas narrativos, que acompañen y resalten el hilo de sus historias. En este caso, desde el cantante melódico estadounidense que quiere relanzar su carrera y necesita para ello una esposa joven, hasta la pareja de suizos que funden lírica y pop en pequeños escenarios de Europa y ya no logran conciliar el desbocado optimismo de él y la lucidez descarnada de ella, cada relato crece y se desarrolla buscando en todo momento la empatía con los personajes y, por esa vía, con el lector, que no puede menos que hacerse cómplice de ellos. Pero no resulta fácil; Ishiguro no es un optimista y el segundo relato, que podría leerse en clave de comedia, termina por crear la asfixiante sensación de que los malentendidos pueden envenenar cualquier relación. Algunos de los personajes se repiten en los cuentos, aunque en otros contextos, lo que enriquece aún más el tramado delicado y firme a la vez que propone el autor. Y de paso demuestra que, a contrapelo de algunos rezongos que se escuchan ocasionalmente, su generación aún tiene mucho que decir en la narrativa británica.

Kazuo Ishiguro. Anagrama, Barcelona, 2010. 251 páginas.

Bonsái

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, primero de abril de 2006

Bonsái«Al final, Emilia muere y Julio no muere. El resto es literatura». Así cierra el primer párrafo de esta novela -­digámoslo así­- de Alejandro Zambra, poeta y crítico literario que debuta en el género narrativo. La frase final suele usarse, en otros contextos, para desacreditar lo que se considera accesorio o no atingente a un determinado asunto. Una frase hecha, una muletilla que suele escucharse en programas televisivos y, desde luego, en tono y con ademán descalificador.

En Bonsái, en cambio, el resto es la novela. Podría decirse, entonces, que la frase es redundante e innecesaria, pero no es así: Zambra busca, desde el principio y por diversos medios, mantener siempre una cierta distancia entre el lector y lo narrado, una distancia que recalca, precisamente, que se trata de un texto literario y no de la imitación o transposición de la realidad. No hay efectos especiales para ilusionar al lector y hacerlo creer que el texto es algo distinto de un texto literario, carácter acentuado más aún porque los protagonistas, Emilia y Julio, estudian literatura, hablan de libros e incluso incorporan las lecturas en voz alta a sus ritos sexuales, y porque el ritmo sinuoso que sigue su historia está también marcado por páginas y autores determinados.

Un juego adicional se establece entre el título de la obra y sus características: es una miniatura literaria, un texto muy breve, muy bien trabajado y decantado hasta el extremo, cuya principal virtud quizá es que relata, como tantos otros libros, una historia de amor; pero lo hace con herramientas nuevas, con otra mirada, con otra sensibilidad, hasta el punto de traspasar la distancia establecida artificiosamente y establecer, en último término, una comunicación privilegiada con el lector. En efecto, la novela de Zambra finalmente conmueve y remueve con el hálito de tragedia ya anunciado en el primer párrafo, aunque lo hace de manera insidiosa, como si no quisiera hacerlo, como si sólo se tratara de literatura en el sentido derogatorio de la expresión; pero no, es literatura de la mejor clase, una obra de extraña madurez que hace de la brevedad una de sus mayores virtudes, por lo mucho que se puede decir y sobre todo sugerir en tan pocas páginas.

Alejandro Zambra. Anagrama, Barcelona, 2006. 96 páginas.

Mis reseñas de Roberto Bolaño en Caras

Estrella distante
Caras, 23 de diciembre de 1996

59f4a-estrellaAunque su nombre es más bien desconocido en el país, se trata de un novelista chileno que ha tenido un enorme éxito de crítica. Sobre todo, con La literatura nazi en América (Seix Barral, Barcelona, 1996; 237 páginas), una novela cuya impresionante eficacia narrativa radica en la superposición de territorios imaginarios -el mapa literario de América sobre el mapa de la narrativa nazi- y de ambos sobre el trazado cultural y geográfico del continente, en un revelador y apasionante juego de sombras y contrastes.

Estrella distante es ni más ni menos que la extensión a novela de uno de los episodios de la obra anterior a Bolaño, “Ramirez Hoffman, el infame”. En Concepción, antes del golpe militar, un personaje inquietante deambula por los talleres literarios de la universidad penquista, integrados mayormente por personajes que hablaban “en argot o en jerga marxista mandrakista”. Es poeta, efectivamente, pero su escritura tiene algo de distanciado, de ajeno, que pone nerviosos a sus interlocutores. El golpe revela su verdadera identidad: se trata del capitán de aviación Carlos Wieder, cuyo concepto del verdadero arte está demasiado lejos de los modelos convencionales. No es sólo la estela de muertes tras de sí lo que convierte a Wieder en un personaje de leyenda, sino su particular y siniestro credo estético. Su trayectoria es seguida de lejos por el narrador, tanto en Chile como en el exilio, con la fascinación y el terror que despiertan los personajes de múltiples caras y una sola idea.

La estructura no es, obviamente, convencional, pero su novedad pasa casi inadvertida al ritmo de una trama que no otorga respiro al lector. Espacios, texturas y personajes de rara originalidad dan cuerpo a una obra notable por su capacidad de remecer las convenciones –literarias y sociales– vigentes en el país.

Una escritura tan poderosamente original y reveladora merece mucho más difusión de la que ha tenido. Aunque, como suele ocurrir en el caso de los que realmente valen, la recomendación “boca a boca” ha significado que los libros de Bolaño desaparezcan con rapidez de las vitrinas.

Roberto Bolaño. Anagrama, Barcelona, 1996. 157 páginas.

Llamadas telefónicas
Caras, 23 de enero de 1998

9c90e-llamadasLa aparición de Bolaño en nuestro medio literario, aún cuando ya había publicado cinco libros de poesía y tres de narrativa, se produjo bruscamente con la distribución de sus dos siguientes obras, La Literatura nazi en América y Estrella distante, ambas de 1996. Con la mayor parte de su trayectoria realizada en España y sumamente reacio a dar entrevistas, el autor de Llamadas telefónicas mantiene abierta una curiosidad que sólo puede satisfacerse mediante la lectura de sus libros: y aquí está su estupenda colección de cuentos para hacerlo.

El libro está estructurado en tres partes, cada una titulada como el último relato de cada sección (y a su vez, el de la primera parte el título al conjunto total). Y efectivamente, aunque de manera elástica y casi imperceptible, los relatos de cada subgrupo tiene rasgos comunes. En el primero, los personajes son escritores o tienen alguna ligazón con la literatura; en el segundo, “Asesinos”, la muerte –o la amenaza de muerte– es una presencia más leve o más poderosa, pero constante; y el último, “Vida de Anne Moore”, reúne cuatro relatos sobre mujeres. Pero más allá de esta división, el libro denota una sorprendente continuidad y coherencia en el estilo al que Bolaño comienza a acostumbrarnos: historias de personajes que están en el margen, en algún margen, en el borde de la desesperación, de la sicosis, del desarraigo; historias que se construyen, sin embargo, en el tono casi monocorde de lo más cotidiano y vulgar de cualquier existencia. Paralelamente, Bolaño asume plenamente el juego de la cita, de la parodia, de la literatura dentro de la literatura, multiplicando las referencias sin que ello se haga sentir en la lectura. De hecho, en lo que también parece ser su marca de fábrica, remitir a su propia obra, uno de los mejores relatos del libro -“Joanna Silvestri”– es la ampliación de un fugaz episodio de Estrella distante. Hay que señalar, también, que Bolaño se muestra aquí como un maestro en los finales abiertos, cuestión siempre difícil de resolver en las narraciones cortas.

El denso mundo narrativo de Bolaño recorre lugares de muy diversa geografía; España, en muchos cuentos, pro también México, Rusia, Estados Unidos, Chile. Las referencias políticas y sociales están aquí asumidas como parte de la realidad, y no como un factor desencadenante de la trama, lo que multiplica la eficacia narrativa de esta propuesta. En síntesis, Bolaño confirma aquí todas sus virtudes que lo señalan inequívocamente como el escritor más promisorio de su generación.

Por Roberto Bolaño. Anagrama, Barcelona, 1997. 205 páginas.

La pista de hielo
Caras, 11 de diciembre de 1998

e5317-pistahieloEl escritor chileno Roberto Bolaño vino al país, tras más de 20 años de ausencia, al lanzamiento de esta novela, publicada previamente y en edición limitada en 1993 como ganadora del Premio de Narrativa Ciudad Alcalá de Henares. En consecuencia, este libro es anterior a las obras que lo abrieron una gran ventana en el ámbito literario hispanoamericano, La literatura nazi en América, Estrella distante y Llamadas telefónicas. No por ello, sin embargo, se trata de una obra menor u olvidable; al contrario, revela, una vez más, la extrema ductilidad de estilo de Bolaño y marca también algunos de los temas que no cesa de invocar en el conjunto de la narrativa más interesante que ha producido un escritor de esta generación.

La pista de hielo se sitúa en el balneario de Z, en la costa mediterránea catalana, un pueblo que vive su esplendor en los meses de verano y languidece en calma durante el invierno. Tres narradores alternan sus voces: un chileno poeta y escritor, Remo Morán, responsable de un texto delirante, “San Bernardo” –resumido en uno de los capítulos-, protagonizado por un santo, un perro o un hombre que responde al nombre de Bernardo. Pero Morán vive de tiendas de bisutería, hoteles, bares y campings, alejado por completo de la escritura. El segundo narrador es un poeta mexicano, lejano amigo de Morán, que asume un trabajo como guarda del camping de este último. El tercero es Enric Rosquelles, funcionario del municipio, un gordo con una alta opinión de sí mismo. Circulan además por sus páginas una bella patinadora, una joven vagabunda que suele portar un enorme cuchillo, una revenida cantante de ópera que vive de la caridad, un misterioso mendigo que responde al apodo de El Recluta, y una pequeña galería de personajes que completa el reparto de una trama cuyo rumbo se encamina, inequívoco, a la tragedia, pero con un lenguaje, una distancia y una saludable dosis de humor negro que evitan toda tentación de exagerado dramatismo.

La trama es simple, con contrapuestas historias de amor, con una estafa de por medio y un solitario caserón, el palacio Benvingut, en donde se concentran los hilos del relato. La pista de hielo podría leerse como una historia policial, puesto que hay un crimen de por medio; pero basta conocer un poco la narrativa de Bolaño para advertir, de entrada, que lo que importa es otra cosa, no el cuchillo o el asesinato, sino la vida marginal y castigada de la mayoría de los personajes, cuya búsqueda errabunda parece limitarse a encontrar un lugar en donde apenas sobrevivir. Parece: porque la historia, aun con esos ingredientes y personajes, abre paso a otras realidades, a otros encuentros, a aquello que el lector atento sabrá descubrir y apreciar.

Por Roberto Bolaño. Planeta, Santiago,1998. 188 páginas.

Los detectives salvajes
Caras, 22 de enero de 1999

97e5e-detectivesA un ritmo vertiginoso, Roberto Bolaño ha ido construyendo la obra más significativa y poderosa de la narrativa chilena de las últimas décadas. Tras la edición en Chile de La pista de hielo, una de sus primeras obras, vino pronto desde España su más reciente y más ambiciosa obra, Los detectives salvajes, de una extensión correspondiente con el espíritu que anima sus páginas. Abarcadora y total, pone en movimiento temas ya característicos de la narrativa de Bolaño: el exilio de su más amplia acepción, o, más bien, el desarraigo como una característica de los tiempos; la vida de los escritores y el sentido (o sin sentido) de escribir; la instalación del azar como un poderoso motor de la narración.

Los detectives salvajes abre con el extenso diario de un poeta mexicano, Juan García Madero, en 1976, que narra su encuentro con los poetas real visceralistas y sus dos líderes, el chileno Arturo Belano (alter ego del autor) y el mexicano Ulises Lima. Concluye el diario cuando ellos tres y Lupe, una prostituta mexicana perseguida por su patrón, huyen hacia Sonora, con la tarea de descubrir las huellas de Cesárea Tinajero, poeta fundadora de un movimiento que antecede y prefigura la estética real visceralista. En este punto, la novela abre paso a su sección más extensa, entregada a una multiplicidad de voces que narran sus encuentros a veces sumamente laterales con Belano y Lima, que se prolonga hasta 1996; y, finalmente, retoma el relato García Madero, con lo que ocurrió después de su partida hacia Sonora.

Tal vez uno de los rasgos más notables de esta novela es el doble juego entre la investigación de Belano y Lima tras las huellas de Cesárea Tinajero y la investigación, por así decirlo, del narrador tras las huellas de Belano y Lima. Los personajes de la novela son los testigos de esta búsqueda. Cada uno en escenarios tan diversos como Barcelona y Tel Aviv, París y Viena, Nigeria y Nicaragua, aporta una pieza al puzzle, aunque en muchos momentos sus historias alcanzan un perfecto nivel de autonomía, relatos dentro del relato, cuentos que podrían leerse en forma independiente, pero que son, en realidad, parte de una novela extraordinaria en la que Bolaño despliega sus recursos narrativos y su desencantada visión del mundo. Con un rigor asombroso, el autor somete a juicio a toda la literatura latinoamericana del siglo y a buena parte de la historia, siempre en nombre del empeño de sus personajes protagónicos por descubrir las huellas secretas que pueden revelar el sentido de la poesía y de la vida.

No se equivocan ni exageran los críticos que comparan esta novela con Rayuela y otras obras fundacionales del boom de los sesenta. Bolaño ha elaborado una propuesta compleja y múltiple, que, nuevamente, reinventa el arte de escribir novelas y remece el sentido de la escritura.

Por Roberto Bolaño. Anagrama, Barcelona, 1998, 616 páginas.

Amuleto
Caras, 21 de julio de 1999

04441-amuletoEn esta columna se habló de Los detectives salvajes como la gran novela del desarraigo latinoamericano, que exploró tres décadas de la convulsa historia (literaria y política) de este continente. Uno de los muchos episodios de este vasto fresco cuenta la historia de una poetisa uruguaya que permaneció quince días encerrada en el baño de la Facultad de Filosofía de la Universidad Autónoma de México en 1966, cuando el ejército y los granaderos violaron la autonomía universitaria y detuvieron o expulsaron a todos los habituales ocupantes del campus, excepto a Auxilio Lacouture. Es este episodio el que Roberto Bolaño, conforme a un procedimiento ya habitual en su narrativa, extiende a novela. Novela breve y menor, según indicó el autor en una entrevista reciente, porque está escrita en primera persona, y las grandes obras, según él, se escriben en tercera persona. Independientemente de la validez de esta provocativa afirmación, lo cierto es que Amuleto no “pesa” lo mismo que la anterior, sin por ello dejar de ser una estupenda novela.

¿Por qué Auxilio Lacouture y sus quince días encerrada en el baño? ¿Por qué este episodio, entre tantos otros que dan para entender el riquísimo mundo narrativo del autor, es el que quedó como deuda pendiente dentro de Los detectives salvajes? Se debe, probablemente, al carácter emblemático que los hechos de 1968 (la toma de la universidad y la matanza de la Plaza de Tlatelolco) tienen para la década de los sesenta. Y se da aquí una curiosa paradoja: Amuleto es una de las novelas más políticas del autor y, sin embargo, es también la que más se deja llevar por el ritmo poderoso del sueño y el delirio de la poetisa encerrada en el baño, que revive e inventa sin transición escenas o historias en donde se pierde completamente la distinción entre la historia y la fantasía. Sucesivos fantasmas asoman en la conciencia errante de Auxilio y el hilo de la narración oscila y vuelve permanentemente a la luna que recorre las baldosas, mientras ella, con su boca privada de dientes, se tapa pudorosamente la boca cuando enfrenta a sus personajes, a sus recuerdos, a sus fantasías, a los seres evocados por su delirio. Entonces va tomando forma un oblicuo (y no por ello menos eficaz) homenaje a quienes lucharon por cambiar el mundo en esos años. Un antiguo mito griego se enlaza con los vaivenes de la política latinoamericana y los frustrados intentos revolucionarios, dos tragedias se unen y ganan fuerza y sentido para dotar a Amuleto, pese a su carácter menor, de un papel central en la narrativa de Roberto Bolaño.

Por Roberto Bolaño. Anagrama, Barcelona, 1999. 154 páginas.

Monsieur Pain
Caras, 7 de enero de 2000

22114-monsieurpainEscrita a comienzos de la pasada década, esta novela de Bolaño (publicada originalmente con el título de La senda de los elefantes) pertenece al grupo de obras que el autor señala como “dinosaurios” dentro de su trayectoria de escritura, al igual que Consejos de un discípulo de Joyce a un fanático de Morrison, escrita junto a Antonio García-Porta, y La pista de hielo, reeditada por Planeta en Chile. Y si bien ésta última ya puede asimilarse, aunque sea lateralmente, al ciclo narrativo que gira en torno a Los detectives salvajes, las dos primeras responden a otras obsesiones y rumbos.

Consejos…es una obra sumamente curiosa, que funde reflexiones literarias con las andanzas de una pareja de jóvenes sicópatas asesinos de Barcelona, muchos años antes de que el cine de Hollywood popularizara el tópico. Monsieur Pain, con el mérito de ser la primera novela enteramente escrita por Bolaño, contribuye en varios sentidos a afirmar la cronología y el recorrido del autor. Partamos por lo más circunstancial: la novela ganó dos premios y fue editada, lo que está narrado en uno de los cuentos de Llamadas telefónicas. Estos premios, según la nota escrita por Bolaño para esta edición, son los más importantes que ha recibido, “premios búfalo que un piel roja tenía que salir a cazar pues en ello le iba la vida”. El escritor a la intemperie, en el descampado, tuvo finalmente la recompensa por sus desvelos, lo que no disminuye en nada su reconocimiento por los primeros trofeos.

En un sentido muy diferente, Monsieur Pain revela a un Bolaño ya dueño de su talento narrativo, pero con un tono distinto y algo rígido todavía en el desarrollo de la historia, aunque ésta, desde luego, ya evidencia algunas de sus obsesiones y temáticas. Por de pronto, la relación con los libros y la literatura; el argumento circunda y rodea al poeta César Vallejo, agonizante en un hospital parisino, y los textos sobre el mesmerismo o curación por la hipnosis son abundantemente citados. El epígrafe cita a quien más contribuyó a divulgar esa teoría, Edgar Allan Poe, con su relato Revelaciones mesméricas. Pero sólo lo rodea, puesto que la historia cuenta de una oscura conspiración que tiene en su centro al poeta y al mesmerista Pain, llamado a última hora para tratar de sanar al enfermo. En sus intentos por acceder a Vallejo, Pain va encontrando personajes siniestros de ocultas motivaciones y conoce la existencia un París sepulcral y siniestro muy distinto del habitual. Y, como suele ocurrir con Bolaño, nada es simple y todo giro de la novela, por inexplicable que parezca, tiene un sentido oculto. Así, una conspiración conduce a otra, a acontecimientos ya lejanos en el tiempo. Esas verdades acechan a un tranquilo, tímido y algo timorato Pierre Pain, que a sus cuarenta y tantos años sólo ha descubierto formas calmadas de resistir la angustia, y sólo terminan de ensamblarse en el Epílogo de voces: la senda de los elefantes que cierra el libro con datos biográficos (o datos simplemente) sobre algunos de los personajes del libro.

En suma, una novela con algo más que valor arqueológico, que muestra un narrador fuera de su círculo habitual con personajes distintos y en otro entorno, que trae ecos de lecturas y preocupaciones probablemente ya superadas o, mejor dicho, trabajadas y transformadas en las obras posteriores que han merecido el justo reconocimiento de la crítica y los lectores.

Por Roberto Bolaño. Anagrama, Barcelona, 1999, 171 páginas.

Coronel Lágrimas

Reseña publicada en la revista El Sábado» del diario El Mercurio, 12 de diciembre de 2015

Maquetación 1Si hay un adjetivo que puede describir esta novela del costarricense Carlos Fonseca, es elegancia. Su manera de construir el personaje del coronel, mediante rodeos, acercamientos y la figura de un narrador que se pone límites para asegurar que siempre se mantenga una cierta distancia, un relativo secreto, un espacio de privacidad -“sin embargo hay algo que no vemos, algo que se esconde detrás de las historias y de la multitud de rostros, algo punzante y latente como el presentimiento del peor malestar”-, es un ejercicio bien ejecutado y sorprendente. Capa tras capa, surge la historia del protagonista, hijo de anarquistas rusos que se exiliaron en México que queda huérfano de padre en la Guerra Civil española y escoge Francia como su nueva patria. Son las primeras coordenadas de una vida que se va revelando, ya está dicho, de una forma indirecta; el coronel vive solo en una casa en Los Pirineos, escribe aforismos en postales e historias biográficas imaginarias -en la escuela de Beckford, Schwob y Borges, entre otros-, que pasan al cuerpo de la novela también de modo fragmentado, por retazos.

Así, Carlos Fonseca urde un tapiz que tiene partes provenientes de Rusia, de México, de España, de Francia, de Vietnam, de Alemania y de muchos otros lugares; de la matemática y de la guerra; de la religión y del amor; del doble delirio de querer borrar las huellas y de continuar, a la vez, con un proyecto quimérico llamado Los Vértigos del Siglo, que tiene capítulos como Diatriba contra los Esfuerzos Útiles: Tesis contra el Trabajo en la Era Práctica. El autor, más que construir una ficción, interroga al material con el que trabaja y desde esa elaboración textual hace emerger algo nuevo y distinto; tal como dice el narrador, “la vida del coronel requiere un nuevo género, una especie de farsa trágica que anula las distinciones entre lo cómico y lo trágico”. Y hay que agregar que nunca afloja la conciencia del narrador, su estilo distanciado que a la vez busca, incesantemente, la complicidad del lector, a través de un nosotros que funde su voz, su inconfundible voz, con la de quien sigue la lectura; y nosotros, sí, nosotros, no podemos entender al coronel, “pero sí podemos cuestionar la tragedia de su farsa y acorralarlo hasta verlo pronunciar su última risa”. Lo que está detrás de estas líneas es que el coronel, este esquivo personaje, se funde también con la historia de un siglo, y esa es la costura que le da profundidad y vértigo a esta novela.

Carlos Fonseca. Anagrama, Barcelona, 2015. 172 páginas.

La dama de la furgoneta

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 18 de abril de 2009

dama furgonetaEl año pasado, Anagrama publicó Una lectora nada común, de Alan Bennett, comentada en esta columna: una novela chispeante y provocadora, acorde con la fama de su autor, considerado el dramaturgo más célebre del Reino Unido. La misma editorial trae ahora La dama de la furgoneta, que es más bien un perfil periodístico que una novela (de hecho, la mayor parte del texto apareció en 1989 en London Review of Books; en 1994, para su publicación como libro, Bennet agregó una postdata de unas 15 páginas).

Obviamente, el rescate de esta obra se debe al éxito de la anterior, y está muy bien que así sea. Breve y magistral en su precisión, relata la extraña relación que el autor estableció con una especie de vagabunda que rondaba por su barrio. Gracias al subsidio que recibía del gobierno, Miss Shepperd tenía recursos –modestos, claro– que le permitían comprar furgonetas de segunda mano, convertidas de inmediato en un cruce de basural y casa, cuya pestilencia ahuyentaba a los paseantes. Después de un par de encuentros callejeros que pusieron a prueba la paciencia de Bennett, ocurrió un desagradable incidente: un par de borrachos rompió los vidrios de la furgoneta y Miss Shepperd quedó con cortes en la cara. El autor se compadeció de ella y le ofreció estacionar la furgoneta en su jardín y de ahí prácticamente no se movió más. Miss Shepperd tenía además un auto, cuyo motor encendía en las mañanas y lo aceleraba por unos cuarenta minutos; dos coches de niño; y, en los últimos años, una silla de ruedas, aunque podía caminar perfectamente. A través de breves notas, fechadas entre 1969 y 1990, cuando la dama de la furgoneta ya había muerto, Bennett entrega un retrato preciso, humorístico y generoso de esta excéntrica anciana, siempre elusiva respecto de sí misma y con claras convicciones morales, religiosas y políticas, fundadora –y única militante– del Fidelis Party, vendedora callejera de panfletos ultraconservadores escritos por ella misma, coleccionista de los más diversos objetos que, amontonados en la furgoneta, recibían además una gruesa capa de polvos de talco. Pero lo más interesante del texto no es el recuento de las excentricidades y manías de una anciana que bien podría haber estado internada en algún hospital psiquiátrico (de hecho, lo estuvo, antes de conocer a Bennett), sino la manera en que el autor retrata su relación con ella, una relación que tenía claras fronteras –alguna vez traspasadas por ella, por supuesto– y un complejo sistema de signos y señales que rigió la estrecha vecindad por más de 15 años. Bennett es singularmente respetuoso de la intimidad y de la reserva de su vecina sobre sí misma, aunque al final, tras el registro de la furgoneta, da con algunas claves, pero no todas: Miss Shepperd sigue siendo un enigma.

Alan Bennett. Editorial Anagrama, Barcelona, 2009. 96 páginas.

Una lectora nada común

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 19 de julio de 2008

lectora nada comúnAlan Bennett es uno de los dramaturgos más célebres del Reino Unido, además de guionista de cine y novelista. En este último género ha cultivado más bien la nouvelle, la novela corta, ese desafío mayor que exige mantener la tensión y el equilibrio y el suspenso del cuento en una extensión mucho mayor. Anagrama publicó, hace algunos años, dos de ellas, Con lo puesto y La ceremonia del masaje, y ahora Una lectora nada común, publicada el año pasado en inglés. Y, como las otras, es una notabilísima muestra del sentido del humor británico, así como de la impresionante habilidad narrativa de Bennett.

Isabel II, siguiendo el rumbo de sus díscolos perros, llega hasta un sector del palacio que nunca visita y se encuentra con la biblioteca ambulante del vecino municipio. Sólo por real gentileza y no desairar al bibliotecario, pide en préstamo un libro, que devuelve debidamente leído a la semana siguiente (“cuando empezamos un libro, lo terminamos. Nos han educado así”), y vuelve a toparse tanto con el señor Hutchings como con un pinche de cocina, ávido lector, cuyos gustos son un tanto particulares: lee sólo autores gay. La reina, en pocas semanas, se convierte en una ávida lectora, que hasta descuida sus deberes por el placer que le brindan los libros. Su nuevo hábito no pasa desapercibido y comienza a despertar una sorda resistencia entre los cortesanos. La biblioteca ambulante no llega más, el pinche de cocina ascendido a amanuense es trasladado, los libros que la reina llevaba en una gira a Canadá se pierden; pero la reina sigue leyendo, cada vez más, hasta que lentamente otra actividad se abre paso, actividad quizá aún más amenazante para quienes la rodean: Isabel II ha comenzado a escribir.

El libro es una aguda sátira del poder, que también pone en la picota a los políticos (su ignorancia, especialmente) y a los escritores (su soberbia y narcisismo, no sus obras). Todo ello es casi obvio, dado el argumento de la novela, pero no por ello la sátira es menos mordiente o el humor menos eficaz. El autor perfila un personaje convincente que descubre con rapidez el infinito campo de estímulos representado por los libros, con los que crecientemente dialoga y va redefiniendo su relación no sólo con ellos, sino también consigo misma y con el mundo. Escribe la reina: “Creo que quizá me estoy convirtiendo en un ser humano. No estoy segura de que sea una evolución bien recibida”. Y claro que no: a su alrededor crece la incomodidad, pero ella, impertérrita, continúa con el trabajoso proceso de humanizarse, y lo lleva hasta un punto que sin duda sorprenderá al lector. Por último, la novela es una afilada y muy graciosa introducción a la narrativa inglesa, y, a pesar del protagonismo de la literatura, no es un libro destinado a especialistas, sino a todo ser humano.

Alan Bennett. Anagrama, Barcelona, 2008. 119 páginas.

Sé dónde estás

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 26 de septiembre de 2015

Sé dónde estás_4F.inddEsta es una novela modélica sobre el acoso sexual motivado por la psicopatía. No se trata de abusos de poder o de fuerza ni de aquella burda y machista apelación al género -“es que así somos los hombres”- para justificar conductas inadmisibles. El asunto corre por el carril de la locura, del desquiciamiento, de la total falta de distancia entre lo que se quiere y lo que de verdad ocurre, del divorcio total entre el discurso propio y la respuesta ajena. Sé dónde estás es la primera novela de Claire Kendal, californiana radicada en Inglaterra, profesora de literatura inglesa y de escritura creativa. Con esas herramientas creó un mundo sórdido en el que el acosador, académico de literatura, como ella, le va cerrando espacios a una empleada administrativa hasta el sofocamiento absoluto. Para evitar la persecución en el campus, Clarissa se inscribe como jurado y participa en un proceso que se extenderá por siete semanas. Pero es un empeño inútil.

El libro entreteje dos relatos: uno, en primera persona, destacado en negritas, el diario que lleva Clarissa sobre las acciones de Rafe: sus apariciones en la puerta de su casa o en la estación de tren, su robo de la basura, sus regalos -que van desde chocolates hasta un ramo de funerarias rosas negras y, luego, fotografías, revistas sadomasoquistas-, que dan cuenta además de la clausura cada vez mayor que sufre Clarissa y de un modo de vida permanentemente a la defensiva. El segundo relato es en tercera persona y no se despega de la protagonista. De ella tenemos mucha información; de Rafe -y de Robert, el atractivo hombre que conoce en las filas del jurado- muy poco, apenas lo que ellos le cuentan a Clarissa. Con esa restricción del punto de vista, es más fácil construir el suspenso y dosificar las sorpresas. Cuando ella decide investigar por sí misma a Rafe, se topa con callejones sin salida; y cuando confía en que el sistema podrá acudir en su auxilio, hay más sorpresas. Una arista interesante es la del juicio, donde una chica joven, drogadicta y ocasionalmente prostituta, acusa a cinco hombres, traficantes, de violación. El juicio es una preparación para Clarissa en su propio caso, el caso que quiere construir, pero también ve cómo el sistema le carga la mano, la desconfianza y el recelo a la acusadora, porque es mujer. Y por fuerza hay muchas referencias literarias, especialmente a los cuentos de los hermanos Grimm, que burlaron la censura y describieron atrocidades bajo la máscara del cuento de hadas.

Claire Kendal. Anagrama. Barcelona, 2015. 368 páginas.

Cosmética del enemigo

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 20 de junio de 2003

cosméticaAmélie Nothomb, mucho más que Michelle Houellebecq y su provocación posmoderna, es la gran noticia de la literatura escrita en francés, aunque ella sea de origen belga y haya nacido en Japón. Escribe una novela al año, generalmente breves (entre 100 y 150 páginas; Cosmética del enemigo tiene 96) y ha logrado, hasta el momento, responder al desafío de mantener la calidad de una propuesta que circula tanto por los terrenos de la autobiografía como por la imaginación pura. Tal es el caso de esta novela, que comienza como la peor y más vulgar pesadilla de un viajero frecuente: atrapado en un aeropuerto por el retraso de su vuelo, es literalmente asaltado por un pelmazo que lo obliga a escucharlo. Tal como el intruso lo señala, el oído es, en ese contexto, el más desprotegido de los cinco sentidos. Tocarlo sería ilegal, pero no lo es hablar, y hablar, y hablar, y confrontar a su víctima con una extravagante biografía que, poco a poco, toma un rumbo insospechado: el de la violación y el crimen. Jérôme Angust es el acosado y Textor Texel, el acosador. En una prueba más de su talento y versatilidad, la novela se sostiene sólo sobre la base del diálogo que mantienen, sin prácticamente otros personajes y con sólo dos intervenciones de un narrador, al inicio y al final de la novela. Diálogo ágil, saturado de ­­ ironías, de citas, de breves disquisiciones sobre la verdad, la mentira, la moral, la apariencia, la realidad, que enfrenta a personajes que, a primera vista, no pueden ser más disímiles. Pero lo más interesante es ­ el perverso juego que abre ­Nothomb con las identidades de ambos, y cómo la trama va dando sucesivos giros hasta desembocar en algo muy distinto de lo que parecía al comienzo. La cosmética es, según lo define Textor Texel, “la ciencia del orden universal, la suprema moral que determina el mundo”, degradada por los esteticistas; y la “cosmética del enemigo” alude al personaje que cada quien alberga ­dentro de sí, aquel que en el plano interno, en la imaginación, en el sueño, se permite todo lo que las convenciones, las leyes, el buen gusto, el criterio, impiden realizar en este lado de la realidad; ese enemigo interno que recuerda todo lo vivido y todo lo leído, ese fantasma donde se dan la mano la memoria, los sueños, las pesadillas, las aversiones, los deseos ocultos, las aberraciones secretas, los deseos inconfesados. Angust y Texel son las dos caras de la medalla, y el proceso de descubrirlo es lo que produce la tensión narrativa en esta espléndida novela que, más allá de sus resonancias morales y sus historias de crímenes, maneja un sabio sentido del humor que la hace aún más extraña y, además, atractiva.

Amélie Nothomb. Anagrama, Barcelona, 2003. 96 páginas.

Vila-Matas: un punto sin retorno

Publiqué este artículo en el número 10 del suplemento “Diagonal”, del desaparecido diario El Metropolitano, el domingo 25 de julio de 1999. Vila-Matas vino a Chile pocos meses después y sus paseos por Tunquén y la celebración del Año Nuevo en el hotel Brighton de Valparaíso alimentaron la escritura de El Mal de Montano, su siguiente novela. Lo rescaté para mi antiguo blog diez años después. Y ahora que ganó el Juan Rulfo, uno de los más importantes distinciones literarias en el ámbito iberoamericano, lo pongo a rodar otra vez.

La narrativa de Vila-Matas
Un punto sin retorno

Vila DiagonalEnrique Vila-Matas es, más que catalán, rigurosamente barcelonés. Desde esas coordenadas ha nacido y crecido una de las narrativas más desafiantes del nuevo auge de la narrativa española. Las contratapas de los libros de Vila-Matas suelen com­placerse en señalar que se trata de un escritor de culto, con seguidores entu­siastas e incondicionales en todos los puntos del planeta, un culto que se comparte y se difunde como un secreto que a nadie le interesa guardar para sí.

georges-perecSu proyecto narrativo reconoce íco­nos claros: Borges por un lado, Perec, Calvino y todo el Oulipo por otro, más una selección de clásicos como el Melville tardío, Sterne, Conrad, Bioy Casares y otros. La línea es clara, la lite­ratura como un juego de doble fondo, el juego como contraparte de la escritura. Cuando relata sus inicios como periodis­ta en la mítica revista Fotogramas, cuenta que escribió, con total desparpajo, un artículo sobre Nabokov sin haber leído una sola línea del escritor. En su colección de artículos El viajero más lento, recoge una entrevista a Brando inventada de principio a fin simplemen­te porque no pudo traducir del inglés el texto que le había llegado. Publicada en octubre de 1970, diez años después Vila­-Matas descubrió públicamente el fraude, sin el menor remordimiento, por supuesto. Es que todo el mecanismo de su narrativa reposa sobre los dobles y triples niveles de lo que suele llamarse realidad, a través de obras que derechamente rompen con el formato de la novela, o lo subvierten desde otros códigos en un molde sólo aparentemente conven­cional.

En el prólogo a Historia abreviada de la lite­ratura portátil, Vila-Matas describe a los escritores que forman parte de la “conspiración shandy”, selecto grupo de pintores, filósofos y escritores como Walter Benjamin, Marcel Duchamp, Georgia O’Keefe, Federico García Lorca, el satanista Aleister Crowley y muchos otros: “Escritores turcos de tanto tabaco y café que consumían, héroes de esa batalla perdida que es la vida, amantes de la escritura cuando ésta se convierte en la experiencia más divertida y también más radical”. Estas palabras bien pueden aplicarse al autor, especialmente lo referido a la radicalidad del proyecto de escritura y de lo que significa, para Vila-Matas, optar por la literatura. También en El viajero más lento reco­ge una presentación de su libro Suicidios ejempla­res: “Nunca sabe uno bien dónde se mete. La lite­ratura, al exigirle al escritor la máxima ambición, es el lío más monumental que conozco. Porque desde el primer momento uno ha de compararse con los mejores”. De ahí, de esa tensión creativa que demanda la máxima exigencia, Vila-Matas formula, quizá sin quererlo, quizá con toda la deli­beración posible, su poética: “Me satisface que en definitiva se haya puesto en pie por fin mi más antiguo proyecto literario: el de exponerme siem­pre a la hora de escribir, tal como proponía Michel Leiris cuando hablaba de ese continuo estar expuesto a sí mismo mientras el asta pasa por donde existe el acero del dolor: ‘introducir por lo menos la sombra de un cuerno de toro en una obra literaria’”.

Porque, a pesar de lo dicho sobre las relaciones de Vila-Matas con los grandes lúdicos de la litera­tura universal, su narrativa, tras la apariencia de liviandad, tras su calidad de portátil, como diría un shandy, es tremendamente seria. Suicidios ejem­plares suena como una trivialización de un tema generalmente considerado en sordina o en la cró­nica policial. Pues bien, Vila-Matas lo explora hasta sus últimas consecuencias y, si no llegó a sui­cidarse él mismo, es porque el libro no es perfecto: “Y es que, como decía Faulkner, si un escritor rea­lizara la obra perfecta, sólo le quedaría el suicidio”.

Libros Vila-MatasVila-Matas es un escritor prolífico. Y no es per­fecto, claro, lo que lo mantiene en el mundo de los vivos (y a propósito de vivos y muertos y de cielos e infiernos, en otro artículo notable por su humor el autor revela el anagrama diabólico de su nombre: E. Vila-Matas, leído al revés, es Satam Alive). Entre sus obras destacan la citada Historia abreviada de la literatura portátil, un juego literario de exce­lente ley que borra todas las fronteras entre la crónica y la invención, entre el libro verdadero y la cita imaginaria, entre los personajes reales y las historias que los convirtieron en mitos. Suicidios ejemplares e Hijos sin hijos conforman un díptico de extraña naturaleza: si en el primero es el tema el que da unidad a un conjunto de relatos, en el segundo el procedimiento es, aparentemente, el mismo, pero con la sorpresa adicional de que una ligazón argumental los recorre de punta a cabo. En sus novelas más recientes, que a estas alturas deberían ser llamadas “novelas-novelas”, Vila-Matas toma el molde convencional y lo rompe desde dentro, desde asuntos cotidianos que lenta y casi imperceptiblemente se van transformando en historias extraordinarias que nunca dejan de sorprender.

Extraña forma de vida, de 1997, gira formalmente en torno a la redac­ción de una conferencia literaria. En los dilemas de quien la escribe, un frus­trado novelista que habitualmente repi­te la misma cantinela y cuyo mayor motivo de trastornos es que está ena­morado de dos hermanas y no puede resolver con cuál de las dos quedarse, y en los recorridos temáticos del posible texto, Vila-Matas aventura toda una teoría acerca del mirón (vale decir, acerca del novelista) y teje una diverti­dísima historia sobre los celos y las veleidades del amor. Y si en Lejos de Veracruz, de 1995, el protagonista sentía que a sus 27 años ya habían terminado sus posibilidades de vida y a partir de ese agotamiento se teje la ficción, en El viaje vertical, de 1999, Federico Mayol, Mayol para sus amigos, jubilado y con sus bodas de oro ya bien celebradas, es arrojado bruscamente a la intemperie de la vida de separado y se asoma al descubrimiento de una nueva posibilidad de empezar.

Viaje verticalEsta última novela ha terminado de asentar el reconocimiento de la crítica y del público hacia la obra de Vila-Matas. El pie forzado de un anciano con toda su vida a la espalda que inicia un viaje de iniciación al estilo más clásico de la narrativa ale­mana del siglo pasado, es resuelto de manera notable, con esa suerte de marca de fábrica que brinda la mezcla de la liviandad, el humor y la ironía (cuando no el sarcasmo) con los temas obsesivos de la muerte, el agotamiento y el fin del amor. Mayol, un personaje común y corriente, un hombre hecho a pulso y sin mayor espacio para las sutilezas y menos para los refinamientos de la cultura, descubre para sí mismo y para el lector que siempre hay otros destinos posibles, y que todo encuentro, por tardío que sea y con el objeto que sea (en su caso, el ámbito de la cultura), puede dar un giro a la historia, tal vez ese giro que todos esperamos que se dé alguna vez en la vida, el giro hacia una vida más vida, aunque sea en el umbral de la muerte.