El libro de mis vidas

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 21 de febrero de 2015

EllibrodemisvidasAleksandar Hemon es un escritor de origen bosnio que vive en Estados Unidos desde 1992, cuando ya las guerras étnicas y nacionalistas desgarraban a la antigua Yugoslavia. Ha escrito algunos libros de relatos y un par de novelas ejemplares; sin duda, su proyecto es uno de los más interesantes de la narrativa contemporánea. Esta breve colección de crónicas -escritas a regañadientes, según él mismo indica- admite al menos dos lecturas. Para quienes lo han leído, ilustrará de mejor manera hasta qué punto y cómo su biografía se imbrica en la ficción. Escribí en otro lugar sobre la profunda similitud entre Hemon y Bolaño, a pesar de sus distancias lingüísticas, culturales y geográficas. En definitiva, ambos trabajan sobre el desarraigo como materia prima, y los dos, para usar la feliz expresión de Ignacio Echevarría, son escritores extraterritoriales. En el caso de Hemon, se da, además, que escribe en inglés, una lengua adoptada cerca de los 30 años, y que por eso late en sus libros con una textura original. Desde el desarraigo, desde un punto de vista descentrado. Ambos dan cuenta, como pocos escritores de nuestro tiempo, de la precariedad de la vida actual y de la sensación de desamparo que sacude a tanta gente.

Para quienes no lo han leído, estas crónicas son una excelente introducción a uno de los conflictos más desgarradores y violentos de la post Guerra Fría, las guerras genocidas que se sucedieron en la península de los Balcanes. Hemon vivió los momentos previos y, cuando recién abandonaba la casa familiar, se vio arrastrado por el vértigo de un conflicto que, si atendemos al escritor albanés Ismaíl Kadaré, se remonta a más de un milenio. Hemon escribe con enorme cariño sobre su familia, sus perros, sus primeros empleos, pero detrás de esas crónicas está el latido de la bestia, la sensación de que todo se desmoronará, el aliento de la furia genocida; por ejemplo, en su profesor de literatura, el único que les abría puertas y que luego pasó a ser ideólogo de la peor épica genocida: “Puede que por culpa del profesor Koljevic mi literatura esté empapada de irritada intolerancia ante el parloteo burgués, lamentablemente contaminada de una impotente cólera de la que no puedo desprenderme”. El libro es ejemplar. Pocos escritores se miran con tanto humor y tan poca indulgencia. Y pocos atestiguan, como él, que la literatura puede ser una forma de compromiso más allá de las ideologías.

Aleksandar Hemon. Duomo Ediciones, Barcelona, 2013. 228 páginas.

«Mis documentos», de Alejandro Zambra (bis)

Desarraigo sin fronteras (reseña publicada en el suplemento «Babelia» del diario El País, primero de febrero de 2014)

Mis documentos
Alejandro Zambra
Anagrama. Barcelona, 2014
208 páginas. 16,90 euros

CUENTOS. A SUS 38 AÑOS, el chileno Alejandro Zambra ya muestra una obra prolífica y diversa que combina, hasta ahora, poesía, ensayo y novela. Mis documentos es su cuarto libro de narrativa y el primero en que aborda el cuento como género. El libro muestra con singular claridad una seña de identidad de Zambra como escritor, la habilidad para borronear las fronteras y hacer emerger —en el caso de este libro— relatos que tratan de vidas tan inciertas como reconocibles y queribles que despiertan en el lector no solo una cierta solidaridad, sino también la impresión difusa de que los retratos de Zambra —esos episodios, esos quiebres en las relaciones de pareja, esa vulnerabilidad tanto del chileno atrapado en un secuestro exprés en un taxi mexicano o la del que va a Bélgica en busca de su pareja, ella lo rechaza y él, sin apenas dinero y con la maleta perdida en un tren, solo atina a caminar por Bruselas— son una cifra de interpretación que expresa una nueva forma del desarraigo ya no territorial, sino de las certezas que por tanto tiempo constituyeron la base de la sociabilidad chilena. El libro destaca además por su unidad de temática y estilo; y si bien hay varios cuentos de indudable base autobiográfica que establecen una clara continuidad con Formas de volver a casa, su más reciente novela, la fortaleza del tejido narrativo y su manera de vincular entre sí los textos con líneas invisibles hace tan difícil como inoficioso pretender distinguir si hay relatos de otras vidas o si se trata de distintas máscaras del autor, especialmente si la única pista es tan poco confiable como que el relato esté escrito por un narrador en primera o tercera persona.

Foto: Reuters / Tomas Bravo Los relatos de Zambra tratan de vidas tan inciertas como queribles.

Quizá el último cuento del libro es el que mejor ilustra la muy original manera en que Zambra explora nuevas fronteras, que lo identifica como un escritor que renueva los géneros y propone nuevas maneras de leer. Hay un yo narrador que recibe el encargo de escribir un relato policial, y cuenta —entre tazas de café y siestas— cómo lo va escribiendo, pero nunca cita ese cuento sino los recuerdos (verdaderos o falsos, qué más da) que sirven de pie para la historia: la vecina que le gustaba en su adolescencia y que dejó de ver hasta una noche muy posterior de marihuana y alcohol en que ella anunció que quería matar a su papá. A partir de ello el narrador fabula una historia de pedofilia e incesto donde los personajes cambian de profesión o de edad o de cualquier otro detalle para hacerlos calzar en la historia que nunca se narra, o que se narra de otro modo, o que constituye, en definitiva, la manera en que Zambra aborda la materia de sus relatos, desde un yo altamente consciente de su papel de demiurgo. Aquí hay metaliteratura, sin duda, pero muy alejada del modo en que suele abordarse el ejercicio de tomar a los escritores y sus obras como materia de la ficción. Lo nuevo de Zambra es la manera en que el narrador muestra sus cartas, su taller íntimo, su manera de imbricar la vida y el trabajo de la ficción. Desde ahí es posible intentar otra lectura de Mis documentos; si ya la estrategia narrativa difumina las fronteras entre el testimonio y la creación, el personaje protagónico que surge del conjunto (pues bien podría ser uno solo), con su fragilidad y su manera de exponerse en tantas dimensiones —amorosa, sexual, familiar—, se constituye en una suerte de síntesis —y quizá en el punto culminante— de un proyecto narrativo que no ha cesado de abrevar en la autobiografía.

El proyecto Hemon

Publicado previamente en El Post, 29 de junio de 2011

Cuando leí, hace algunos años ya, La cuestión de Bruno y El hombre de ninguna parte, de Aleksandar Hemon, me pareció que había encontrado al escritor del futuro, al hombre por el que había que apostar todas las fichas, y dije, varias veces, que era mi candidato al Premio Nobel de Literatura en unos 20 o 30 o 40 años más. Hemon nació en 1964, así que, si vive unos 80 años, lapso nada extraño en un país desarrollado (es bosnio, pero vive en Estados Unidos), tiene hasta 2044 para recibir el galardón.

El Nobel es, en todo caso, una lotería, y no vale la pena abundar en ello. Quería decir con eso que me parecía un escritor al que había que seguirle la pista, un escritor que hablaba por nuestro tiempo y lo interpretaba de manera cabal. Me parecía también admirable que escribiera en inglés, una lengua adoptada ya adulto, igual que Conrad y Nabokov. No podía dejar de recordar a Deleuze y Guattari y su definición de literatura menor, la que “una minoría hace dentro de una lengua mayor”. Hablan de Kafka, que escribe en alemán, pero el alemán de la minoría judía en Praga, donde se habla mayoritariamente checo; y apuntan, como otra característica de una literatura menor, que en ellas “todo es político”. En cambio, agregan, en las grandes literaturas, “el problema individual (familiar, conyugal, etcétera) tiende a unirse con otros problemas no menos individuales, dejando el medio social como una especie de ambiente o trasfondo. (…) La literatura menor es completamente diferente: su espacio reducido hace que cada problema individual se conecte de inmediato con la política”. Hemon, bosnio que escribe en inglés y que expresa la experiencia de su comunidad inmersa en la cultura estadounidense, manifiesta de manera clarísima la presión por politizar un discurso que se articula desde los bordes y desde ahí hace crujir tanto el lenguaje como la expresión de cuestiones como el desarraigo, el extrañamiento, el exilio, la extrañeza.

Todo ello era especialmente notorio en los cuentos de La cuestión de Bruno y en la novela El hombre de ninguna parte, escritas tanto desde la memoria como desde la experiencia, desde el recuerdo de Sarajevo y desde la vivencia del desarraigo. El proyecto Lázaro profundiza y enriquece esa vertiente, puesto que pone en línea otras experiencias de migración y rechazo, de búsqueda de nuevos horizontes y de racismo, de fuga de la violencia homicida y encuentro con otro tipo de presión sobre las personas, una violencia más solapada pero no por ello menos atroz.

En mi reseña de El hombre de ninguna parte propuse algunas similitudes entre la obra de Hemon y la de Bolaño: el tratamiento del desarraigo y el hábito de desarrollar historias que ya aparecían en algún libro anterior. Agrego ahora otra: así como Bolaño se situaba como personaje a través de su alter ego Arturo Belano, Hemon repite, bajo distintos nombres y profesiones, a un mismo personaje que, como él, es un exiliado bosnio en Estados Unidos. Antes, en los dos libros anteriores, se llamaba Josef Pronek; en El proyecto Lázaro, Vladimir Brick, que tiene a su Ulises Lima en el personaje del fotógrafo Rora. Y una más: como Bolaño, Hemon adopta una estructura distinta y a la medida de cada proyecto literario. Así, por más que exista una poderosa continuidad temática en su obra, cada proyecto tiene una identidad fuerte y distinta. No se sabe hasta dónde Hemon prolongará esta suerte de sistema planetario de novelas con órbitas concéntricas en torno al desarraigo. Mientras tanto, esta nueva novela arroja inesperadas luces sobre dos momentos de la historia, sin dejar de gravitar en torno a Sarajevo y la desaforada violencia de las guerras civiles en la península de Los Balcanes. Y es que Brick se pone como tarea investigar el asesinato de un joven judío, Lázaro Avervuch, en Chicago en la primera década del siglo pasado, cuando sucesivas olas de inmigrantes fluían desde Europa Oriental en una fuga desesperada de los pogromos que devastaban los barrios judíos en la madre Rusia. La novela fluye entonces en una doble vía, en capítulos que se sitúan en uno u otro tiempo, hasta que progresivamente la historia de Lázaro se entromete en la de Brick y Rora, que han partido a Ucrania y Moldavia en busca de las raíces de la historia del joven judío y de su hermana Olga (quien quizá es la gran heroína de la novela); y aún se podría hablar de una tercera, compuesta por las historias de Sarajevo que Rora le cuenta a Brick durante su viaje. Hay dos periodistas de apellido Miller en la novela. Uno está al servicio del poder en Chicago y deforma hasta extremos increíbles la historia de Lázaro y de Olga; el otro es corresponsal de guerra en Sarajevo. No sabemos qué escribe, pero sí del modo en que se relaciona con el poder; él es el poder.

Mucho más que en sus anteriores obras, Hemon pulsa las teclas del grotesco, del ridículo, del humor sangriento. Sus descripciones de las ciudades ucranianas y moldavas logran desalentar a cualquier proyecto de turista, al tiempo que revelan, como otros autores de la zona, el feroz contraste entre sectores rurales y urbanos pobres atrasados y la invasión que Occidente lleva a cabo a través de productos comerciales y de la industria del entretenimiento. Es una novela que amplía, sin duda, su reflexión –literaria- sobre los efectos de la guerra civil y del desarraigo, pero desde una clave más universal y también más desesperanzada, que revela, sobre todo, las dificultades que implica cerrar el círculo; o, más bien, el problema de no cerrarlo, de dejar abiertas las interrogantes, de regresar, una vez más, al punto de partida, pero en la caída de la espiral y no del encuentro con la propia historia.

La cuestión de Bruno. Anagrama, Barcelona, 2001. 245 páginas.
El hombre de ninguna parte
. Anagrama, Barcelona, 2004. 257 páginas.
El proyecto Lázaro
, Duomo, Barcelona, 2009. 362 páginas.