El porvenir es largo

Artículo publicado en la revista Caras número 144, 18 de noviembre de 1993

Impactantes memorias del filósofo Louis Althusser

“¡He estrangulado a Hélène!”

El domingo 16 de noviembre de 1980, en su departamento de París, el filósofo Louis Althusser estranguló a su esposa, Hélène. Pocos meses después, el tribunal concedió al filósofo el beneficio de la sentencia de “No ha lugar”, liberándolo de culpa a causa de sus graves trastornos síquicos. Althusser no pudo, pues, ni siquiera intentar una explicación: fue sepultado, sin más, bajo la losa sepulcral del silencio. Años después, ya liberado del encierro en hospitales psiquiátricos, pudo escribir, en 1986, el impresionante testimonio de su vida y de su crimen, publicado póstumamente- murió en 1990- con el título que él mismo eligió: El porvenir es largo. Acaba de aparecer en nuestras librerías.

althusser¿Qué puede ser peor, el juicio público, la defensa pública, la sentencia por un tiempo preciso -durante el cual se considera que el criminal “paga su deuda” con la sociedad-, o el silencio total bajo la losa del no ha lugar? Es lo que Althusser se interroga en las páginas iniciales de su libro. El criminal sicópata, cercenado de todo derecho a voz, aislado por tiempo indefinido en un pabellón para locos, desaparece, literalmente, de la vida pública. Restringido su derecho a visitas, al contacto con abogados, con parientes, con colegas, reducido a la rutina de los médicos y los enfermeros, el criminal beneficiado por el no ha lugar no tiene manera de restablecer su contacto con la realidad, salvo el difícil camino de la recuperación de su bienestar síquico en un ambiente que no lo favorece, sino todo lo contrario, y, aun, expuesto a que los médicos tratantes reconozcan -o no- su eventual mejoría.

Nada de esto justifica, por cierto, el crimen, y el primero en saberlo es Althusser, tremendamente consciente -a posteriori- del hecho atroz de haber dado muerte a la mujer que amaba por sobre todas las cosas, su nexo más fuerte con ]a realidad, su impulso más decisivo para toda su carrera de filósofo y profesor. Por lo mismo es tan fuerte la voluntad expresiva de A]thusser, en busca no de una justificación, no de la legitimación de su asesinato, sino de la explicación de las circunstancias -dolorosas, crueles, terribles- que permitieron que se cometiera. De paso. en un autoanálisis que deslumbra por su claridad y por su falta de complacencia consigo mismo, Althusser pasa revista a todos aquellos sucesos que lo marcaron y estructuraron su personalidad. Parte de ello lo constituye su singular trayectoria filosófica, que lo levantó como uno de los más importantes pensadores marxistas del siglo.

Fantasmas de la infancia

Althusser nació en Argel, en ese entonces capital de la colonia francesa de Argelia, en 918. Dos parejas de hermanos están en el origen de su tragedia vital: Charles (su padre) y Louis Althuser, por una parte; y las hermanas Lucienne (su madre) y Juliette Berger. Amigos los padres, no tardaron en concordar el matrimonio de sus hijos: Louis con Lucienne y Charles con Juliette. Pero, en el transcurso de la Primera Guerra Mundial, Louis murió en un accidente aéreo, y su hermano Charles optó por pedir la mano de su prometida, Lucienne. Esta última, que adoraba a Louis, tranquilo, estudioso y puro como ella, se vio repentinamente en los brazos de Charles. Según el hijo de ambos, Lucienne jamás pudo recuperarse de la impostura, y amó a través del hijo a su hombre ausente. Dolorosa sensación de irrealidad, de no existir o de existir solo en el recuerdo de otro, tal es el primer y central fantasma en la historia del filósofo, que marcó –junto a otras fobias de su madre y a la ausencia del padre, no tanto fisica, sino más bien como ausencia del ejercicio de la función de tal- el crecimiento de Althusser. Niño aislado de los otros niños, dedicado al amor por su madre violada y violentada por su padre, con la aterradora sensación de no existir realmente, sobrevivió, sin embargo, y creció soportando las agudas tensiones que desembocarían, más tarde, en prolongadas depresiones y periodos posteriores de exaltación. Sólo a los 27 años, Althusser supo que la excitación sexual podía concluir en un orgasmo; a los 29, cuando conoció a Hélène, no sólo era virgen, sino que además nunca había besado a una mujer. La extraordinaria lucidez del análisis, casi maniática en el detalle y el tramado argumental, hace virtualmente imposible sintetizarla en breve espacio. Por lo demás, Althusser escribió el libro, entre otras razones, para volver a sumergirse en el anonimato, diciendo todo lo que era posible decir sobre sí mismo y comentándolo ampliamente, de tal manera de no dejar el hueco para voces ajenas que intentaran “tener ideas” sobre él.

Hélène, la desesperada

Althusser - HeleneAl regreso del campo de concentración, ya militante del Partido Comunista Francés (PCF) e iniciado en los estudios supcriores, Althusser conoció a Héléne, mujer ocho años mayor que él y, si cabe, aún más desesperada. Su madre esperaba un hijo y, en lugar de él, se encontró a una niña morena y fea a la que odió hasta su muerte. A los 12 años, el padre de Hélène enfermó de cáncer y ella lo cuidó. Cuando llegó el momento de la agonía teminal, el médico solicitó a la hija que fuera ella quien administrara la dosis de mortina que le traería el definitivo descanso. Un año después, la misma situación se repitió con la madre que la odiaba. Durante la segunda guerra mundial, todos los amigos de Hélène, comunistas como ella, fueron apresados y fusilados por los nazis. Al término del conflicto, Hélène, perdidos los lazos con el partido y en medio de la más absoluta miseria, reflejaba en su rostro todo el dolor de una existencia marcada por la muerte y la desgracia. El impulso irrefrenab]e de Louis fue de salvarla a corno diera lugar, de su pobreza, de su aislamiento, de su fama de mujer con un terrible carácter. Que Althusser la amó, no cabe duda. A su manera, claro, con sus neurosis a cuestas, con su afán de mantener reservas, de dinero, de alimentos, de libros; pero también de amigos y de mujeres, para prevenir la horrible posibilidad de que Hélène lo abandonara y lo devolviera, una vez más, a la soledad que lo cercaba desde niño.

Filósofo y político

Althusser da cuenta de la peculiar relación que existe entre la filosofía y su vida personal, en un análisis sorprendente que lleva a la conclusión de que la formulación de una cosmovisión filosófica es mucho menos el resultado de la reflexión pura, que el resultado de la particular puesta en marcha de obsesiones personales derivadas de la propia historia, De esta manera, esa visión de la filosofía que se sintetiza en la imagen de subir a hombros de un gigante y, desde esa altura, mirar un poco más lejos que los antecesores en la tarea del pensar, se ve brutalmente refutada, El recurso al texto de los filósofos, a la historia de la filosofía, y su atenta lectura (trepar por el cuerpo del gigante), frecuente manera de entender el aprendizaje y la práctica de la filosofía (que, como se puede deducir prontamente, no lleva muy lejos, por el ingente corpus de lectura que el fatigado aspirante a filósofo debe enfrentar), sufre un serio golpe ante este teórico famoso que se reconoce no solo un mal lector (incluso de Marx), sino que también hace gala de deducir, a partir de frases sueltas, el pensamiento o la Iínea central de pensamiento de un libro o de un autor, tremenda refutación del hábito de recorrer una por una, con ánimo reverencial las palabras de algún filósofo, elaborando al propio tiempo comentarios que enriquecen (o simplemente aumentan) el ya desmesurado corpus textual del autor y sus referencias.

Althusser - Para leerSus relaciones con el marxismo canónico y el Partido Comunista Francés nunca fueron buenas. Sus puntos de vista, bastante poco ortodoxos, desembocaron en una lectura de Marx que pretendía restituirlo al propio rigor de su pensamiento, desechando sus incongruencias y pensando lo que debió haber pensado sobre sus propios supuestos. Borraba así de un plumazo las interpretaciones literales de Marx, la lectura reverencial y el apego a la letra, así como la tradición soviética y estalinista. Nunca renunció, ni en la etapa más tardía de su vida, a sus postulados, a su afirmación del valor del materialismo, a la utopía de arribar, alguna vez, a una sociedad en la que no existan relaciones mercantiles. Pero su opinión acerca de la Unión Soviética y de los socialismos reales, aun antes de su estrepitosa caída, era durísima. Para Althusser, la transición del capitalismo al socialismo vía socialismo de Estado -el modelo que se puso en marcha en la Unión Soviética y sus satélites- era, simplemente, mierda, un río de mierda. Respecto del PCF, a pesar de reconocer que no había una mejor escuela para la formación intelectual y práctica de militantes dedicados a la consecución del objetivo de luchar por una sociedad sin clases, le enrostra no sólo corrupción, burocratismo y dogmatismo. sino también lo acusa de traición a quienes se debía en primer lugar, los proletarios. Traición durante la segunda guerra mundial, por un equivocado alineamiento con la política de pactos de Stalin; y traición durante los sucesos de mayo de 1968, cuando el temor a las masas soliviantadas e izquierdizantes llevó al PCF. según Althusser. a renunciar al triunfo en una situación que sólo cabía definir como revolucionaria.

En suma, se trata de la notable aventura mental y política de un inlelectual metido de lleno en la historia de su época. Althusser opina largamente acerca de las figuras del pensamiento francés contemporáneo –Sartre, Derrida. Merleau-Ponty, Foucault-, de los dirigentes del PCF, de los sucesos de mayo de 1968, de la política del partido. No es preciso, ni mucho menos. compartir sus tesis para acompañarlo en un recorrido que deslumbra por su claridad y rigor, por la generosidad de su pensamiento y el respeto de Althusser por el pensamiento de otros. Como señala en el libro. “aunque se crea y se diga de derechas, eso me da igual, me interesa todo pensamiento cuando no se contenta con palabras, cuando atraviesa la capa ideológica que nos aplasta para llegar. como por un contacto físico material (una modalidad más de la existencia del cuerpo), a la realidad totalmente desnuda”,

Los hechos

Toda la polémica trayectoria de este filósofo. gran formador de intelectuales y creador de su propia escuela de pensamiento, pareció romperse en ese domingo de otoño de 1980.

¿Qué ocurrió antes del crimen, qué desató la tragedia? Ya está dicho que Althusser sufría de frecuentes depresiones, que requerían hospitalización y medicación. En 1980, debió someterse a una operación para corregir una hernia al hiato. La anestesia total y ]a intervención quirúrgica en su cuerpo desataron no solo una melancolía aguda, muy diversa a sus anteriores depresiones. sino también un profundo cambio fisiológico, alterando su reacción a determinadas drogas. El primero de junio ingresó a una clínica y fue tratado mediante el método acostumbrado por los médicos de Althusser, la aplicación de niamida, un antidepresivo que usualmente era elicaz, pero que ahora tuvo los resultados opuestos: cayó en un grave estado de confusión mental, de onirismo y de persecución suicida. Solo estaba pardalmente recuperado cuando volvió a su departamento de la Ecole. Una vez en casa, su relación con Hélène empeoró a tal grado que ella amenazó con dejarlo de la manera más definitiva posible: mediante el suicidio. “Vivíamos encerrados los dos en la clausura de nuestro propio infierno”, escribe AIlhusser. Incluso ella llegó a rogarle que la matara. Así, en esa mañana de domingo. luego de varios días de encierro en que no contestaban el teléfono ni abrían la puerta. y a solo tres días de que se concretara. a instancias de su analista, un nuevo período de hospitalización, Althusser, como acostumbraba, comenzó a darle masajes en el cuello a Hélène.

Althusser - Spectacol-Viitorul-dureaza-indelung“En esta ocasión, el masaje es en la parte delantera de su cuello. Apoyo los dos pulgares en el hueco de la carne que bordea lo alto del esternón y voy llegando lentamente, un pulgar hada la derecha, otro un poco sesgado hacia la izquierda, hasta la zona más dura encima de las orejas. El masaje es en V. Siento una gran fatiga muscular en los antebrazos: en verdad, dar masajes siempre me produce dolor en el antebrazo.
“La cara de Hélène está inmóvil y serena, sus ojos abiertos. miran al techo.
“Y, de repente, me sacude el terror: sus ojos están interminablemente fijos y, sobre todo, la punta de la lengua reposa, insólita y apacible, entre sus dientes y labios.
“Ciertamente, ya había visto muertos, pero en mi vida había visto el rostro de una estrangulada. Y, no obstante, sé que es una estrangulada. Pero, ¿cómo’? Me levanto y grito: ¡He estrangulado a Hélène!”.

El filósofo se hundió entonces en una larga noche de delirio, de la que emergió definitivamente al cabo de tres torturantes años. La suma de imponderables -su alterado estado síquico, el encierro en su infierno de a dos, la pasividad de la misma Hélène y los impulsos autodestructivos que perseguían a ambos- se combinaron en el momento preciso para desencadenar la tragedia. Y, sin embargo. Althusser, en principio condenado a la losa sepulcral del silencio en hospitales siquiátricos de por vida, pudo sobreponerse y escribir el asombroso, lúcido y bello testimonio que da cuenta a la vez de su desgracia, de su locura y de su esperanza.

Epílogo

El caso Althusser levantó inmediatas polémicas. Algunos se portaron con decencia; otros aprovecharon la oportunidad de pasarle la cuenta a un filósofo marxista responsable de la  formación de varias generaciones de profesores y filósofos, estableciendo igualdades del tipo marxismo=crimen, filosofía=locura.

Mientras tanto, en sucesivos hospitales siquiátricos -el de Sante Annc. Del Estado; el de Soissy, privado-, Althusser daba una prueba más de su excepcional capacidad de sobreponerse a la muerte, a la muerte que lo perseguía desde niño con el fantasma de su tío Louis, y concretada finalmente en la muerte de la única persona que creía realmente en su existencia, la única persona, en definitiva, que lo hacía existir: Hélène, y por sus propias manos.

“Creo haber aprendido -escribió al final del libro- qué es amar: ser capaz, no de tomar iniciativas de sobrepuja sobre uno mismo y de ‘exageración’, sino de estar atento al otro, respetar sus deseos y sus ritmos, no pedir nada pero aprender a recibir, y recibir cada don corno una sorpresa de la vida, y ser capaz, sin ninguna pretensión, tanto del mismo don como de la sorpresa para el otro, sin vìolentarlo en lo más mínimo”.

Lección aparentemente simple, que, sin embargo, le costó a Althusser la pérdida más grande posible. Al cabo, pudo decir que “la vida puede aún, a pesar de sus dramas, ser bella. Tengo sesenta y siete años, pero al fin me siento. yo que no tuve juventud porque no fui querido por mí mismo, me siento joven c:omo nunca, incluso si la historia debe acabarse pronto.
Sí. el porvenir es largo'”.

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Mis reseñas de Roberto Bolaño en Caras

Estrella distante
Caras, 23 de diciembre de 1996

59f4a-estrellaAunque su nombre es más bien desconocido en el país, se trata de un novelista chileno que ha tenido un enorme éxito de crítica. Sobre todo, con La literatura nazi en América (Seix Barral, Barcelona, 1996; 237 páginas), una novela cuya impresionante eficacia narrativa radica en la superposición de territorios imaginarios -el mapa literario de América sobre el mapa de la narrativa nazi- y de ambos sobre el trazado cultural y geográfico del continente, en un revelador y apasionante juego de sombras y contrastes.

Estrella distante es ni más ni menos que la extensión a novela de uno de los episodios de la obra anterior a Bolaño, “Ramirez Hoffman, el infame”. En Concepción, antes del golpe militar, un personaje inquietante deambula por los talleres literarios de la universidad penquista, integrados mayormente por personajes que hablaban “en argot o en jerga marxista mandrakista”. Es poeta, efectivamente, pero su escritura tiene algo de distanciado, de ajeno, que pone nerviosos a sus interlocutores. El golpe revela su verdadera identidad: se trata del capitán de aviación Carlos Wieder, cuyo concepto del verdadero arte está demasiado lejos de los modelos convencionales. No es sólo la estela de muertes tras de sí lo que convierte a Wieder en un personaje de leyenda, sino su particular y siniestro credo estético. Su trayectoria es seguida de lejos por el narrador, tanto en Chile como en el exilio, con la fascinación y el terror que despiertan los personajes de múltiples caras y una sola idea.

La estructura no es, obviamente, convencional, pero su novedad pasa casi inadvertida al ritmo de una trama que no otorga respiro al lector. Espacios, texturas y personajes de rara originalidad dan cuerpo a una obra notable por su capacidad de remecer las convenciones –literarias y sociales– vigentes en el país.

Una escritura tan poderosamente original y reveladora merece mucho más difusión de la que ha tenido. Aunque, como suele ocurrir en el caso de los que realmente valen, la recomendación “boca a boca” ha significado que los libros de Bolaño desaparezcan con rapidez de las vitrinas.

Roberto Bolaño. Anagrama, Barcelona, 1996. 157 páginas.

Llamadas telefónicas
Caras, 23 de enero de 1998

9c90e-llamadasLa aparición de Bolaño en nuestro medio literario, aún cuando ya había publicado cinco libros de poesía y tres de narrativa, se produjo bruscamente con la distribución de sus dos siguientes obras, La Literatura nazi en América y Estrella distante, ambas de 1996. Con la mayor parte de su trayectoria realizada en España y sumamente reacio a dar entrevistas, el autor de Llamadas telefónicas mantiene abierta una curiosidad que sólo puede satisfacerse mediante la lectura de sus libros: y aquí está su estupenda colección de cuentos para hacerlo.

El libro está estructurado en tres partes, cada una titulada como el último relato de cada sección (y a su vez, el de la primera parte el título al conjunto total). Y efectivamente, aunque de manera elástica y casi imperceptible, los relatos de cada subgrupo tiene rasgos comunes. En el primero, los personajes son escritores o tienen alguna ligazón con la literatura; en el segundo, “Asesinos”, la muerte –o la amenaza de muerte– es una presencia más leve o más poderosa, pero constante; y el último, “Vida de Anne Moore”, reúne cuatro relatos sobre mujeres. Pero más allá de esta división, el libro denota una sorprendente continuidad y coherencia en el estilo al que Bolaño comienza a acostumbrarnos: historias de personajes que están en el margen, en algún margen, en el borde de la desesperación, de la sicosis, del desarraigo; historias que se construyen, sin embargo, en el tono casi monocorde de lo más cotidiano y vulgar de cualquier existencia. Paralelamente, Bolaño asume plenamente el juego de la cita, de la parodia, de la literatura dentro de la literatura, multiplicando las referencias sin que ello se haga sentir en la lectura. De hecho, en lo que también parece ser su marca de fábrica, remitir a su propia obra, uno de los mejores relatos del libro -“Joanna Silvestri”– es la ampliación de un fugaz episodio de Estrella distante. Hay que señalar, también, que Bolaño se muestra aquí como un maestro en los finales abiertos, cuestión siempre difícil de resolver en las narraciones cortas.

El denso mundo narrativo de Bolaño recorre lugares de muy diversa geografía; España, en muchos cuentos, pro también México, Rusia, Estados Unidos, Chile. Las referencias políticas y sociales están aquí asumidas como parte de la realidad, y no como un factor desencadenante de la trama, lo que multiplica la eficacia narrativa de esta propuesta. En síntesis, Bolaño confirma aquí todas sus virtudes que lo señalan inequívocamente como el escritor más promisorio de su generación.

Por Roberto Bolaño. Anagrama, Barcelona, 1997. 205 páginas.

La pista de hielo
Caras, 11 de diciembre de 1998

e5317-pistahieloEl escritor chileno Roberto Bolaño vino al país, tras más de 20 años de ausencia, al lanzamiento de esta novela, publicada previamente y en edición limitada en 1993 como ganadora del Premio de Narrativa Ciudad Alcalá de Henares. En consecuencia, este libro es anterior a las obras que lo abrieron una gran ventana en el ámbito literario hispanoamericano, La literatura nazi en América, Estrella distante y Llamadas telefónicas. No por ello, sin embargo, se trata de una obra menor u olvidable; al contrario, revela, una vez más, la extrema ductilidad de estilo de Bolaño y marca también algunos de los temas que no cesa de invocar en el conjunto de la narrativa más interesante que ha producido un escritor de esta generación.

La pista de hielo se sitúa en el balneario de Z, en la costa mediterránea catalana, un pueblo que vive su esplendor en los meses de verano y languidece en calma durante el invierno. Tres narradores alternan sus voces: un chileno poeta y escritor, Remo Morán, responsable de un texto delirante, “San Bernardo” –resumido en uno de los capítulos-, protagonizado por un santo, un perro o un hombre que responde al nombre de Bernardo. Pero Morán vive de tiendas de bisutería, hoteles, bares y campings, alejado por completo de la escritura. El segundo narrador es un poeta mexicano, lejano amigo de Morán, que asume un trabajo como guarda del camping de este último. El tercero es Enric Rosquelles, funcionario del municipio, un gordo con una alta opinión de sí mismo. Circulan además por sus páginas una bella patinadora, una joven vagabunda que suele portar un enorme cuchillo, una revenida cantante de ópera que vive de la caridad, un misterioso mendigo que responde al apodo de El Recluta, y una pequeña galería de personajes que completa el reparto de una trama cuyo rumbo se encamina, inequívoco, a la tragedia, pero con un lenguaje, una distancia y una saludable dosis de humor negro que evitan toda tentación de exagerado dramatismo.

La trama es simple, con contrapuestas historias de amor, con una estafa de por medio y un solitario caserón, el palacio Benvingut, en donde se concentran los hilos del relato. La pista de hielo podría leerse como una historia policial, puesto que hay un crimen de por medio; pero basta conocer un poco la narrativa de Bolaño para advertir, de entrada, que lo que importa es otra cosa, no el cuchillo o el asesinato, sino la vida marginal y castigada de la mayoría de los personajes, cuya búsqueda errabunda parece limitarse a encontrar un lugar en donde apenas sobrevivir. Parece: porque la historia, aun con esos ingredientes y personajes, abre paso a otras realidades, a otros encuentros, a aquello que el lector atento sabrá descubrir y apreciar.

Por Roberto Bolaño. Planeta, Santiago,1998. 188 páginas.

Los detectives salvajes
Caras, 22 de enero de 1999

97e5e-detectivesA un ritmo vertiginoso, Roberto Bolaño ha ido construyendo la obra más significativa y poderosa de la narrativa chilena de las últimas décadas. Tras la edición en Chile de La pista de hielo, una de sus primeras obras, vino pronto desde España su más reciente y más ambiciosa obra, Los detectives salvajes, de una extensión correspondiente con el espíritu que anima sus páginas. Abarcadora y total, pone en movimiento temas ya característicos de la narrativa de Bolaño: el exilio de su más amplia acepción, o, más bien, el desarraigo como una característica de los tiempos; la vida de los escritores y el sentido (o sin sentido) de escribir; la instalación del azar como un poderoso motor de la narración.

Los detectives salvajes abre con el extenso diario de un poeta mexicano, Juan García Madero, en 1976, que narra su encuentro con los poetas real visceralistas y sus dos líderes, el chileno Arturo Belano (alter ego del autor) y el mexicano Ulises Lima. Concluye el diario cuando ellos tres y Lupe, una prostituta mexicana perseguida por su patrón, huyen hacia Sonora, con la tarea de descubrir las huellas de Cesárea Tinajero, poeta fundadora de un movimiento que antecede y prefigura la estética real visceralista. En este punto, la novela abre paso a su sección más extensa, entregada a una multiplicidad de voces que narran sus encuentros a veces sumamente laterales con Belano y Lima, que se prolonga hasta 1996; y, finalmente, retoma el relato García Madero, con lo que ocurrió después de su partida hacia Sonora.

Tal vez uno de los rasgos más notables de esta novela es el doble juego entre la investigación de Belano y Lima tras las huellas de Cesárea Tinajero y la investigación, por así decirlo, del narrador tras las huellas de Belano y Lima. Los personajes de la novela son los testigos de esta búsqueda. Cada uno en escenarios tan diversos como Barcelona y Tel Aviv, París y Viena, Nigeria y Nicaragua, aporta una pieza al puzzle, aunque en muchos momentos sus historias alcanzan un perfecto nivel de autonomía, relatos dentro del relato, cuentos que podrían leerse en forma independiente, pero que son, en realidad, parte de una novela extraordinaria en la que Bolaño despliega sus recursos narrativos y su desencantada visión del mundo. Con un rigor asombroso, el autor somete a juicio a toda la literatura latinoamericana del siglo y a buena parte de la historia, siempre en nombre del empeño de sus personajes protagónicos por descubrir las huellas secretas que pueden revelar el sentido de la poesía y de la vida.

No se equivocan ni exageran los críticos que comparan esta novela con Rayuela y otras obras fundacionales del boom de los sesenta. Bolaño ha elaborado una propuesta compleja y múltiple, que, nuevamente, reinventa el arte de escribir novelas y remece el sentido de la escritura.

Por Roberto Bolaño. Anagrama, Barcelona, 1998, 616 páginas.

Amuleto
Caras, 21 de julio de 1999

04441-amuletoEn esta columna se habló de Los detectives salvajes como la gran novela del desarraigo latinoamericano, que exploró tres décadas de la convulsa historia (literaria y política) de este continente. Uno de los muchos episodios de este vasto fresco cuenta la historia de una poetisa uruguaya que permaneció quince días encerrada en el baño de la Facultad de Filosofía de la Universidad Autónoma de México en 1966, cuando el ejército y los granaderos violaron la autonomía universitaria y detuvieron o expulsaron a todos los habituales ocupantes del campus, excepto a Auxilio Lacouture. Es este episodio el que Roberto Bolaño, conforme a un procedimiento ya habitual en su narrativa, extiende a novela. Novela breve y menor, según indicó el autor en una entrevista reciente, porque está escrita en primera persona, y las grandes obras, según él, se escriben en tercera persona. Independientemente de la validez de esta provocativa afirmación, lo cierto es que Amuleto no “pesa” lo mismo que la anterior, sin por ello dejar de ser una estupenda novela.

¿Por qué Auxilio Lacouture y sus quince días encerrada en el baño? ¿Por qué este episodio, entre tantos otros que dan para entender el riquísimo mundo narrativo del autor, es el que quedó como deuda pendiente dentro de Los detectives salvajes? Se debe, probablemente, al carácter emblemático que los hechos de 1968 (la toma de la universidad y la matanza de la Plaza de Tlatelolco) tienen para la década de los sesenta. Y se da aquí una curiosa paradoja: Amuleto es una de las novelas más políticas del autor y, sin embargo, es también la que más se deja llevar por el ritmo poderoso del sueño y el delirio de la poetisa encerrada en el baño, que revive e inventa sin transición escenas o historias en donde se pierde completamente la distinción entre la historia y la fantasía. Sucesivos fantasmas asoman en la conciencia errante de Auxilio y el hilo de la narración oscila y vuelve permanentemente a la luna que recorre las baldosas, mientras ella, con su boca privada de dientes, se tapa pudorosamente la boca cuando enfrenta a sus personajes, a sus recuerdos, a sus fantasías, a los seres evocados por su delirio. Entonces va tomando forma un oblicuo (y no por ello menos eficaz) homenaje a quienes lucharon por cambiar el mundo en esos años. Un antiguo mito griego se enlaza con los vaivenes de la política latinoamericana y los frustrados intentos revolucionarios, dos tragedias se unen y ganan fuerza y sentido para dotar a Amuleto, pese a su carácter menor, de un papel central en la narrativa de Roberto Bolaño.

Por Roberto Bolaño. Anagrama, Barcelona, 1999. 154 páginas.

Monsieur Pain
Caras, 7 de enero de 2000

22114-monsieurpainEscrita a comienzos de la pasada década, esta novela de Bolaño (publicada originalmente con el título de La senda de los elefantes) pertenece al grupo de obras que el autor señala como “dinosaurios” dentro de su trayectoria de escritura, al igual que Consejos de un discípulo de Joyce a un fanático de Morrison, escrita junto a Antonio García-Porta, y La pista de hielo, reeditada por Planeta en Chile. Y si bien ésta última ya puede asimilarse, aunque sea lateralmente, al ciclo narrativo que gira en torno a Los detectives salvajes, las dos primeras responden a otras obsesiones y rumbos.

Consejos…es una obra sumamente curiosa, que funde reflexiones literarias con las andanzas de una pareja de jóvenes sicópatas asesinos de Barcelona, muchos años antes de que el cine de Hollywood popularizara el tópico. Monsieur Pain, con el mérito de ser la primera novela enteramente escrita por Bolaño, contribuye en varios sentidos a afirmar la cronología y el recorrido del autor. Partamos por lo más circunstancial: la novela ganó dos premios y fue editada, lo que está narrado en uno de los cuentos de Llamadas telefónicas. Estos premios, según la nota escrita por Bolaño para esta edición, son los más importantes que ha recibido, “premios búfalo que un piel roja tenía que salir a cazar pues en ello le iba la vida”. El escritor a la intemperie, en el descampado, tuvo finalmente la recompensa por sus desvelos, lo que no disminuye en nada su reconocimiento por los primeros trofeos.

En un sentido muy diferente, Monsieur Pain revela a un Bolaño ya dueño de su talento narrativo, pero con un tono distinto y algo rígido todavía en el desarrollo de la historia, aunque ésta, desde luego, ya evidencia algunas de sus obsesiones y temáticas. Por de pronto, la relación con los libros y la literatura; el argumento circunda y rodea al poeta César Vallejo, agonizante en un hospital parisino, y los textos sobre el mesmerismo o curación por la hipnosis son abundantemente citados. El epígrafe cita a quien más contribuyó a divulgar esa teoría, Edgar Allan Poe, con su relato Revelaciones mesméricas. Pero sólo lo rodea, puesto que la historia cuenta de una oscura conspiración que tiene en su centro al poeta y al mesmerista Pain, llamado a última hora para tratar de sanar al enfermo. En sus intentos por acceder a Vallejo, Pain va encontrando personajes siniestros de ocultas motivaciones y conoce la existencia un París sepulcral y siniestro muy distinto del habitual. Y, como suele ocurrir con Bolaño, nada es simple y todo giro de la novela, por inexplicable que parezca, tiene un sentido oculto. Así, una conspiración conduce a otra, a acontecimientos ya lejanos en el tiempo. Esas verdades acechan a un tranquilo, tímido y algo timorato Pierre Pain, que a sus cuarenta y tantos años sólo ha descubierto formas calmadas de resistir la angustia, y sólo terminan de ensamblarse en el Epílogo de voces: la senda de los elefantes que cierra el libro con datos biográficos (o datos simplemente) sobre algunos de los personajes del libro.

En suma, una novela con algo más que valor arqueológico, que muestra un narrador fuera de su círculo habitual con personajes distintos y en otro entorno, que trae ecos de lecturas y preocupaciones probablemente ya superadas o, mejor dicho, trabajadas y transformadas en las obras posteriores que han merecido el justo reconocimiento de la crítica y los lectores.

Por Roberto Bolaño. Anagrama, Barcelona, 1999, 171 páginas.

El tabaco que fumaba Plinio

Reseña publicada en la revista Caras, 28 de febrero de 2003

PlinioRecién comienza a circular por nuestras librerías esta antología de la traducción de textos al español, desde cartas hebreas del Siglo X hasta la última página del Ulises de Joyce, traducida por Borges, con voceo incluido. Las autoras escribieron un prólogo y una introducción a cada uno de los textos citados, que conforman un panorama tan entretenido como estimulante.

La tesis de Catelli y Gargatagli es que ha habido históricamente una doble exclusión. La primera segrega la cultura española de la cultura occidental, a lo menos a partir del siglo XVIII, salvo un breve interludio en el siglo XX (Cuando Auerbach o Vossler hablaban de Garcilaso, Góngora u Ortega). Como dicen irónicamente las autoras, “La cultura, la literatura y la tradición españolas desaparecieron, sencillamente, del panteón de las esencias occidentales”. Esta exclusión corre paralela con la operación de escamoteo que España llevó a cabo en América, sin hacerse cargo realmente de su encuentro con las culturas de este lado del Atlántico: “La cultura española aparece, desde el punto de vista de la traducción, como una especie de bisagra entre dos mundos que sucesivamente la rechazan o que ella rechaza: Occidente y América”.

En este contexto se ubican algunos nombres clave en la historia de la doble exclusión, como el del franciscano Diego de Landa, que quemó en la hoguera centenares de códices mayas, “porque no tenían cosa en que no hubiese superstición y falsedades del demonio”; pero, antes de quemarlos, se los hizo traducir, y sobre esa información escribió su Relación de las cosas del Yucatán. Dicen Catelli y Gargatagli: “Esa demora, dilación o tardanza entre el hallazgo de los códices y su destrucción; esos días efímeros en que Landa y los informantes -todos juntos- leían, traducían y escribían, no impidieron que los originales fueran destruidos”. Landa introduce una mediación obligatoria entre la cultura maya y la cultura española, esa bisagra que no es de ninguna parte. No hay que extrañarse, entonces, de que su libro fuera publicado por primera vez recién en 1864, en una editorial francesa, y tampoco hay que sorprenderse de que la obra de Guamán Poma (escrita en 1615) se diera a conocer en Londres en 1912, casi tres siglos después. El breve fragmento que publican las autoras abre el apetito para leer completo “este impresionante, conmovedor y voluminoso artefacto (historia, crónica, sermón, genealogía de los incas desde el Arca de Noé, carta al rey de España, inversión fallida de los argumentos en contra de la conquista del Perú, documento de la propaganda barroca)”.

En suma, este libro es un excelente estímulo para que los no especialistas avancemos en el conocimiento de lo que está tan cerca de nosotros, la riqueza del patrimonio cultural anclado en ambas orillas del Atlántico. Está lleno de historias notables, como, por ejemplo, que en 1422, cuando arreciaba la persecución de los judíos en España, un noble de Calatrava, Luis de Guzmán, encargó a1 judío Mose Arragel de Guadalajara “que traduzca y glose en castellano la Biblia”. Mose, con toda razón, trato de evadir el encargo, pero Guzmán insistió con argumentos difícilmente refutables. Mose empleó 12 años en la tarea, que le habría asegurado un lugar indiscutible en la historia de la lengua castellana, pero la Inquisición ocultó el manuscrito. Lo heredó el conde duque de Olivares, del linaje de los Guzmán, “de cuyas manos pasó a la familia Alba, uno de cuyos miembros la hizo publicar por primera vez en 1922”.

Así, a retazos, con recortes, con increíbles dilaciones, se ha ido construyendo lentamente un corpus lingüístico que sigue siendo mestizo, mezclado, esa bisagra que no es de aquí ni es de allá, pero que tiene una especificidad que hay que reconocer.

El tabaco que fumaba Plinio. Escenas de la traducción en España y América: relatos, leyes y reflexiones sobre los otros, Nora Catelli y Marietta Gargatagli. Ediciones El Serbal, Barcelona, 1998. 446 páginas.

Los trabajadores de la muerte

Reseña publicada en la revista Caras, 30 de octubre de 1998

Trabajadores de la muerteEl proyecto narrativo de Diamela Eltit destaca nítidamente dentro del panorama de la narrativa chilena, por su rigurosidad y persistencia en la definición de sus coordenadas. Sin concesiones al lector, sin atención alguna a la emergencia de formas expresivas que por un tiempo se tornan dominantes, sin apartarse ni por un momento de su propio rumbo, la autora ha perfilado una serie narrativa con hitos como Lumpérica, Vaca sagrada y Los vigilantes, que culmina, por ahora, con Los trabajadores de la muerte. La novela es una inquietante parábola cuyo enigmático manejo de los símbolos aprovecha también, y de manera notable, la fuerza del lenguaje popular y de las situaciones cotidianas que asedian la maternidad, la pobreza, la sexualidad. Se trata, pues, de una obra compleja, especie de rompecabezas cuyas piezas van cambiando de forma a medida que avanza la narración. El enigma inicial, planteado por el hombre que sueña a la niña del brazo mutilado en un bar de mala muerte, tiene resonancias metafísicas cuyas conexiones con los textos que siguen son todo menos evidentes. Los relatos alternados de la madre y del hijo fluyen en medio de una frecuente variación de la voz del narrador, que pasa de la primera a la segunda persona y luego regresa a la primera, y van construyendo una historia inexorable, el tejido de destinos cruzados que confluyen en un solo desenlace posible. Entonces asoma la otra historia, la de la niña del brazo mutilado, otra metáfora de las carencias, los desgarramientos y las incertidumbres de la sociedad que Diamela Eltit atrapa y configura en su texto.

Así como hay “una hora precisa en que la taberna representa realmente una taberna y los parroquianos imitan a los parroquianos”, hay también un momento en que el texto, más allá de las opciones que pueden alejarlo de lectores acostumbrados a las lecturas predigeridas e incluso simplemente a la literatura más convencional en el buen sentido del término, representa realmente una novela y los personajes imitan a los personajes. El tejido verbal es de una densidad envolvente que pasa del aparente cálculo excesivo en la construcción de atmósferas a un ritmo feroz que dicta sus propias normas de lectura. Y en ese crecimiento o variación o transmutación de los materiales asoma y domina una historia trágica y dura, pero historia al fin, en la que es posible reconocer tanto los motivos más clásicos de la literatura universal como el aporte original y poderoso de una autora siempre fiel a sus convicciones.

Diamela Eltit. Planeta, Santiago, 1998. 207 páginas.