La comemadre

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 5 de septiembre de 2015

comemadre 1En la actual generación de novelistas argentinos cercanos a los 40 años, Roque Larraquy destaca como el más impredecible. Siete años tardó en escribir La comemadre, compuesta por dos historias separadas por 90 años, unidas por unas ranas de juguete, por un sanatorio situado en el campo, por los recuerdos de un médico de comienzos de siglo y por la diabólica habilidad de Larraquy para tejer tenues hilos entre ambas. La primera circula por los vericuetos del delirio, de la frontera entre la vida y la muerte o, más precisamente, por el momento de la muerte tras un corte limpio y preciso de la guillotina que permite nueve segundos de sobrevida a la cabeza cercenada. La segunda es la historia de un artista, de un genio, de un gordo insoportable por algunos años, de un escultor de su propio cuerpo. Ambas están narradas en primera persona, pero con estilos distintos; el médico a cargo del primer relato, el doctor Quintana, deja relucir la ironía y el don de atrapar los instantes en frases cortas, con alguna distancia de lo que narra y con una segunda línea argumental, su amor por la enfermera Menéndez; el segundo, a cargo del artista, es un monumento al ego descomunal del protagonista, que complementa con sus recuerdos una tesis sobre su vida escrita por una estadounidense “que asistió a un campamento para gordos a los quince” y que se llama igual que la protagonista de Wonder Woman, por lo que se siente “pop y sucia”. En sus confesiones, el artista despacha aforismos como este: “La monogamia es, como todas las cosas artificiales, estrictamente necesaria, porque el hombre inventa solo lo que necesita”, o “el techo de la ambición ajena se ve muy bajo”.

El hilo común a ambas historias, aparte de las ranas que son juguetes para ciegos, es la monstruosidad. De un lado, un experimento brutal puntuado, sin embargo, por un humor irresistible; del otro, un artista que fija la monstruosidad como el objeto de su trabajo expresivo. Si en el primero las cabezas caen, en el segundo un niño de dos cabezas es el modelo para el artista. Finalmente, todo vuelve a fluir hacia el sanatorio Temperley, donde la comemadre, una planta que produce larvas capaces de hacer desaparecer cadáveres, tuvo alguna vez una importante función en el sótano del lugar y vuelve a aparecer en el segundo relato, esta vez como parte de una instalación artística que completa el círculo del absurdo ferozmente humorístico que Larraquy pone en escena.

Roque Larraquy. Turner/Océano, Madrid, 2014. 157 páginas.

Hacer el bien

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 8 de agosto de 2015

hacer el bienLa narrativa estadounidense parece inagotable a la hora de explorar la cara más rústica y miserable del país. Entre los libros recientes -y dignos de memoria- que recorren ese mundo está Knockemstiff, de Donald Ray Pollock, y, sin duda, esta novela de Matt Sumell, la primera que publica tras haber visto sus cuentos impresos en las páginas de The Paris Review, Electric Literature y otras revistas. Y lo es por la fuerza de una narración en primera persona a cargo de Alby, el hijo menos dotado, por decirlo suavemente, de una familia que pierde a una mamá por un cáncer y que tratan de construir su destino sobre bases miserables. El relato no es lineal y tiene, sobre todo, momentos de una intensidad inesperada, de ternura y de violencia, que configuran un mundo donde campean la miseria, la ignorancia y la mala suerte.

Tras la muerte de la madre, Alby adopta un pájaro. Quiere suponer que es un halcón y que, en su madurez, “será capaz de cometer actos violentos, tanto sexuales como de los corrientes, en tierra, mar, aire, hielo y cables del tendido telefónico”. Pero es un cardenal rojo y su destino no puede ser otro que el previsible, un punto más en vidas rotas desde el inicio. Pero también, especialmente Alby, son personajes capaces de seducir al lector, por esa mezcla primaria de ingenuidad y violencia, por sus cariños y sus temores, por la habilidad del narrador para que se muestren en su más diáfana y terrible desnudez, no física, desde luego -aunque también comentan sobre vaginas desnudas-, sino en aquella que deja a la vista la fragilidad y la indefensión tanto frente al mundo como frente a sí mismos. No es que no puedan, Alby y su hermano, e incluso su hermana, dar un buen puñetazo. Que incluso puede ser sanador, dice Alby. Es que por ahí Sumell cava profundamente y por eso su novela es como un golpe de puños, que, con humor y ternura, levanta una historia profundamente contemporánea, cruel y querible al mismo tiempo. A los tres años, recuerda Alby, conoció a su hermano menor. “En ese momento le clavé más las uñas, le pellizqué con mayor fuerza, le retorcí más la carne y, cuando el niño abrió la boca sin dientes y soltó un gemido, y después se echó a llorar, me sentí orgulloso”. Una advertencia: Sumell usa el lenguaje popular que corresponde a sus personajes y el traductor lo vierte al castellano con muchos españolismos. Hay que tomar aire y seguir, porque vale la pena.

Matt Sumell. Turner, Madrid, 2014. 277 páginas.

Las esposas de Los Álamos

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 7 de marzo de 2015

AlamosLos Álamos es el poblado -construido especialmente para la ocasión; sus habitantes lo llamaban “La Colina”- en donde se instalaron los científicos, sus familias y los laboratorios en donde se llevó a cabo lo central del Proyecto Manhattan, destinado a crear una bomba basada en la fisión nuclear. Una bomba atómica, en buenas cuentas, como las que arrasaron Hiroshima y Nagasaki a comienzos de agosto de 1945: Little Boy y Fat Man. Hay una amplísima documentación sobre la historia de la fisión nuclear y del Proyecto Manhattan, así como sobre sus efectos en las ciudades japonesas. Este libro se refiere a los mismos hechos, pero desde un ángulo tan inexplorado como original, la voz de las mujeres que acompañaron a los científicos a un desolado rincón de Nuevo México y que asistieron -en medio del viento cargado de polvo y la precariedad de la vida en un campamento militar- al trabajo secreto de sus maridos, quienes no podían contarles nada.

La autora escogió además una novedosa manera de narrar. En lugar de una historia coral, donde muchas voces se perfilan y se turnan para construir un relato abarcador, Tarashea Nesbit optó por fundir todas esas voces en un nosotros, en una voz colectiva que establece diferencias y enumera casos, pero que habla siempre desde el grupo, desde aquel conjunto de mujeres cultas, muchas de ellas también científicas. Desde la desolación de la meseta y la omnipresente sensación de soledad (no solo por el aislamiento y la lejanía de Los Álamos), las esposas, las mujeres, las madres enuncian esa voz plural que da cuenta, por una parte, de cómo se procesaban las noticias de la guerra en pequeñas comunidades y, por otra, muestra, sin exagerar la nota, hasta qué punto ellas eran postergadas solo por el hecho de ser mujeres. Es muy interesante cómo esa opresión se conjuga con otra nota social, la presencia en La Colina de mujeres de tribus indias o de origen mexicano que prestaban servicios domésticos, y que eran objeto de otras discriminaciones.

Lo que más destaca en el libro es la fluidez del relato y de qué manera logra avanzar y conmover mediante recursos sencillos y bien trabajados, a tal punto que sería un error abrazar la novela como un instrumento ideológico o un libro de denuncia. Al contrario, esa voz colectiva narra una historia que se abre a algunos de los vientos más feroces del siglo XX, sin perder ternura, delicadeza ni sensibilidad.

Tarashea Nesbit. Turner, Madrid, 2014. 296 páginas. Distribuye Océano.