Bello como una prisión en llamas

Bello como....jpgJulius van Daal es ensayista, traductor e historiador del anarquismo. En este libro se siente la doble huella de Guy Debord y del marxismo tal como está siendo releído por grupos que acentúan su vertiente más radical y no la que se considera hoy políticamente correcta. De ahí que su lectura de los Gordon Riots -el levantamiento popular en Londres en 1780, mayormente ignorado o tergiversado- no sea estrictamente un libro de historia, sino una especie de crónica-ensayo que busca tanto la reconstrucción de la escena como mostrar la manera en que el capitalismo comenzaba a organizarse y a asegurar sus modos de lograr la domesticación de los pobres.

El ensayo se abre con una breve referencia a los Gin Riots de 1736, para ilustrar una relación muy viva en todos los levantamientos populares ingleses de los siglos XVIII y XIX: la transformación de la protesta en fiesta popular desatada -mediante el saqueo o la extorsión a los dueños de cantinas-, aunque la resaca implicara, en el caso de los Gordon Riots, «metralla, cárcel, horca y moralismo». Ese capítulo es muy interesante porque cuenta cómo la ginebra se convirtió en la bebida nacional inglesa: se debió a una combinación de factores económicos, geográficos y políticos, que pueden sintetizarse en la necesidad de una bebida alcohólica barata y con alto contenido calórico, tanto para hacer más tolerable el extenuante esfuerzo físico exigido a obreros y marineros como para abrir una puerta de escape a una realidad que hacía muy escasas “las ocasiones en las que disfrutar el vértigo de la existencia en gozosa o tierna compañía”.

De ahí continúa la estupenda crónica del levantamiento, errático y desbocado, que se originó en una ley que permitía a los católicos enrolarse en el ejército. La ley no estaba motivada por al deseo de inclusión o el fomento de la buena convivencia religiosa, sino en la necesidad de la corona de reclutar más soldados para la guerra que estaba librando contra sus colonias americanas, y permitiría también que sus súbditos canadienses combatieran a los levantiscos de más al sur. La ley no fue bien recibida por algunos sectores. La Asociación protestante, dirigida por un curioso personaje, miembro de la Cámara de los Comunes, lord Gordon, convocó, para la mañana del viernes 2 de junio, a una reunión en St. George’s Fields para suscribir una petición de revisión de la ley “papista”.

Era verano. Un verano inusualmente caluroso en Inglaterra. Muchos pasaron antes a refrescarse a las tabernas el camino. A la cita llegaron 50 mil de los 700 mil habitantes de Londres; como si en Santiago se reuniera una multitud de 420 mil personas. Una fuerza difícil de controlar, más aún cuando el motín era la forma habitual de protesta en Inglaterra. Luego del discurso de lord Gordon y de la masiva firma de la petición -recogida en pliegos que se enrollaron y que debían ser transportados por turnos y por varias personas-, se dirigieron al Parlamento. La multitud, ya soliviantada por el calor y el alcohol, sometió a vejaciones a los parlamentarios que llegaban a votar. La Cámara de los Comunes, atenta a los asuntos de Estado y no a la petición suscrita por la multitud, rechazó la propuesta de lord Gordon. Ahí las cosas empezaron a desbocarse. Milagrosamente, tras un diálogo con un destacamento de caballería y gracias a que todos comenzaron a reírse, la multitud se disolvió pacíficamente.

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Pero pocas horas después, bandas de descontentos volvieron a las calles. Comenzaron los saqueos y los incendios. Hubo maniobras distractivas de la autoridad, como mandar esbirros a organizar desórdenes en un barrio irlandés; pero ya corría la oscura percepción de que el enemigo era otro, ni los detestados irlandeses, ni los papistas, y ni siquiera los católicos: el enemigo eran los ricos. Así, el grito de “no más papismo” pasó a ser “no más explotación”; y, al saber que algunos ciudadanos habían sido detenidos, la ira popular se dirigió a las cárceles. Primero cayó, incendiada, la más importante de la ciudad, Newgate. En los días siguientes, cinco de las seis restantes. Cientos de incendios -iglesias, mansiones, edificios públicos que simbolizaban el poder- se desataban cada noche en la ciudad, donde corría la ginebra y se animaba la exaltación de la multitud dueña de su fuerza y consciente de su poder.

Hasta que vino la resaca. Llegaron tropas del Ejército. En cada punto en donde atacaban los insurrectos, la ordenada respuesta militar los hacía retroceder. Por tres veces se lanzaron contra el Banco de Inglaterra; por tres veces fueron diezmados y rechazados. Lord Gordon, incapaz de dirigir la onda expansiva del levantamiento, se había retirado de la escena días atrás. La furia popular no tenía dirección ni aliados y debió ceder ante la fuerza de las armas. Por eso el resultado no fue el mismo del levantamiento que ocurrió en Francia nueve años después. Pero, como señala van Daal, “la masa creciente de esclavos asalariables ya no podía ignorar que para aterrorizar a sus amos hasta provocar su desbandada, sus acciones tenían que apuntar al derrocamiento completo del orden existente”.

Julius van Daal. [pepitas de calabaza ed.], Logroño, 2012. 118 páginas.

Canción de tumba

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 18 de agosto de 2012

ECanción de tumbal escritor mexicano Julián Herbert -mayormente poeta, hasta ahora, que en narrativa sólo había publicado un volumen de cuentos- ha escrito una de las novelas más sorprendentes y admirables de la época reciente, Canción de tumba, donde el protagonista se llama Julián Herbert y tiene un indudable contenido biográfico, aunque sea novela y ficción pura por el modo de organizar el relato y el impecable estilo. Del hilo que conduce la larga agonía de su madre en el Hospital Universitario de Saltillo, el hijo la muestra en toda su grandeza y su miseria, con un cariño atravesado en la garganta y esculpido a punta de decepciones por lado y lado. En esas noches, largas noches de vela y atención al dolor de su madre, a las agujas que la alimentan y medican, a sus excrementos y a su orina, el escritor teje la trama de la vida de ella, de la suya y del país donde nacieron, estremecido por la violencia y el latido de los disparos de las Kalashnikov. “Cada vez que uno redacta en presente está generando una ficción, una voluntaria suspensión de la incredulidad gramatical. Por eso este libro (si es que esto llega a ser un libro, si es que mi madre sobrevive o muere en algún pliegue sintáctico que restaure el sentido de mis divagaciones) se encontrará eventualmente en las librerías archivado de canto en el más empolvado estante de «novela»”.

Esa autoconciencia del narrador es uno de los tantos atractivos de este libro; una ficción que se construye en el camino, que lleva al lector a vivir un presente desde donde se rearticula no sólo una vida, sino también el sentido de escribir. En eso Herbert marca una pauta que nuevamente conduce a la narrativa del norte de México, por más que esa etiqueta sea insuficiente para abarcar el fenómeno. Yuri Herrera, Carlos Velázquez y Herbert están escribiendo la ficción más renovadora e interesante del momento. Y esta novela-documento, esta dolida biografía de una prostituta que huía de las palabras soeces y tenía extraños aires aristocráticos siendo india de pura cepa, es una de aquellas creaciones que estremecen y revelan mucho más, quizá, de lo que fue su intención inicial, conjurar los propios fantasmas y arreglar cuentas con el tumultuoso pasado del autor-narrador. Herbert logra, cosa rara ya en estos tiempos, redibujar el arte de la novela en una extraordinaria clave que descifra, otra vez, la violencia y el desamparo que sacuden tantos rincones de América Latina.

Julián Herbert. Mondadori, Barcelona, 2012. 206 páginas. 

Imitación de Guatemala

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 9 de agosto de 2014

portada-imitacion-guatemala_grandeLa velocidad de la actual industria editorial determina que ya sea muy difícil encontrar obras, incluso relativamente recientes, de escritores latinoamericanos. Alfaguara ha tomado una muy destacable iniciativa para ponerlas nuevamente en circulación. Ya han aparecido dos volúmenes de novelas del peruano-mexicano Mario Bellatin, con el valor agregado de que muchas nunca tuvieron distribución en todo el ámbito de habla hispana; y acaba de llegar a Chile Imitación de Guatemala, que reúne cuatro novelas cortas de Rodrigo Rey Rosa, uno de los más destacados escritores de su generación (que es también la de Roberto Bolaño, Juan Villoro y Horacio Castellanos, entre otros). Que me maten si… es de 1995; El cojo bueno, de 1996; Piedras encantadas, de 2001; y Caballeriza, de 2006.

Y si al menos en el primero de Bellatin se echaba de menos una nota editorial que indicara los datos bibliográficos del material reunido, en éste el mismo autor escribió una nota introductoria donde dice, con ironía, que “releerse a sí mismo no es necesariamente una experiencia agradable”. Rey Rosa escribió estas novelas luego de su regreso a Guatemala “poco antes de la firma de una supuesta paz”. Se trata de obras que el autor califica de “ficción política” (línea que ha prolongado en obras más recientes) que retratan con crudeza y profundidad un país en donde “el linchamiento ha sido la única manifestación perdurable de organización social”. Sin embargo, Rey Rosa está muy lejos del sospechoso ámbito de la literatura comprometida, aquella que se pone al servicio de una causa y que por lo mismo suele transigir con las exigencias artísticas. Lo del escritor guatemalteco es, antes de cualquier otra cosa, excelente literatura, que se adentra con paso firme tanto en los meandros de la violencia como en las ambigüedades y contradicciones que supone toda vida.

En estas ficciones no hay héroes, pero sí víctimas; hay testimonio, pero el de personajes que asisten un poco a contrapelo, por la fuerza de las circunstancias, a la dificultad de vivir en un país donde la violencia cambia de signo, pero no de formas; donde la corrupción y el cacicazgo parecen modos naturales de convivencia; donde mirar un poco más allá, o siquiera de soslayo, puede ser un gesto que acarree la sospecha y la persecución. Rey Rosa trabaja sobre zonas ambiguas y casualidades impredecibles que desencadenan el trabajo del azar, y esa exploración es profundamente reveladora sobre su país y su gente.

Rodrigo Rey Rosa. Alfaguara, Madrid, 2013. 361 páginas.

“Los sordos”, de Rodrigo Rey Rosa

Reseña publicada el sábado 9 de noviembre en la revista “El Sábado” del diario El Mercurio

portada-sordos_grandeLa presencia de Rodrigo Rey Rosa en la última edición de la Feria Internacional del Libro de Santiago motivó que finalmente arribara a Chile la última novela del autor guatemalteco, editada a fines de 2012. En ella retoma una línea ya antigua de su narrativa, el registro de la violencia que se desata en su país, y también marca un regreso al tipo de libros que escribió en los 90; elimina la tendencia más experimental que ofreció en su penúltima novela, El material humano, de 2009, y también su aparición –o de algún otro yo, más bien– como personaje de sus cuentos o novelas, como se vio en la obra ya citada y en Caballeriza (2006). En Los sordos hay, pues, un narrador que ve componiendo las piezas de un puzzle complicado y sórdido, que pone en escena nuevas maneras de vincular dineros mal habidos, codicia, explotación humana y abuso racial. El protagonista es Cayetano, un campesino que deviene en guardaespaldas y que tiene una prodigiosa puntería con las armas de fuego. Puesto al servicio de doña Clara, hija de un banquero, siente que su vida se derrumba cuando ella desaparece misteriosamente, pero la búsqueda de su rastro lo conduce mucho más allá de lo que pensaba. Rey Rosa, con su característica habilidad, elude la narración clásica y sobre todo evita la tentación de dar muchas explicaciones; ello no solo invita a la participación del lector, sino que constituye también una manera de establecer una cierta perplejidad ante el rumbo que toman las cosas, especialmente cuando se enfrentan la moderna ciencia médica con las creencias de campesinos que apenas hablan castellano. Esa perplejidad es lo que multiplica las posibles lecturas de una obra que puede ser, muy en la superficie, un interesante thriller político, pero que es, en realidad, una honda indagación sobre motivaciones humanas como la codicia y el deseo de poder, por un lado, que hermanan a un abogado y a un médico en una complicada trama para hacerse de dinero limpio y montar un negocio sucio; y la lealtad a toda prueba, incluso sin motivo ni retribución –que puede ser incluso una forma de amor, más allá del obvio deseo sexual– que Cayetano siente por doña Clara. Y aunque todo está pasado por un tamiz de turbiedad y polvo que difumina los hechos y que obliga a trabajar para establecer la cronología de lo que pasa en la novela, también queda claro que Rey Rosa mantiene viva no solo una conexión muy íntima con su país, sino también un talento narrativo formidable.

Rodrigo Rey Rosa. Alfaguara, Madrid, 2012. 233 páginas.

Sarcasmo y sátira

Artículo publicado en el suplemento Babelia del diario El País, primero de junio de 2013

el-sueno-del-retorno-ebook-9788483836880Es mejor aclarar de entrada que el autor nacido en Honduras en 1957 y radicado en El Salvador durante casi toda su infancia y juventud —es decir, mientras la última época de una sucesión de 41 años de dictaduras militares incubaba una hirviente caldera de ira y descontento que terminó por estallar en 1980— sostiene que “no escribo literatura de la violencia, como más de algún reseñista ha señalado; escribo literatura, a secas”. Pero la violencia es inescapable; si, como el autor sostiene en La metamorfosis del sabueso. Ensayos personales y otros textos (Ediciones de la Universidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2011), “si la patria que me muerde es la memoria, no he encontrado otra forma de ajustar cuentas con ella que a través de la invención”. De ahí que la violencia sea una línea que atraviesa a todo lo largo las ficciones de Castellanos Moya, a veces con mayor intensidad, a veces con carácter protagónico, a veces como el telón de fondo en que se desarrolla la ficción, pero nunca deja de estar ahí, aunque en las últimas décadas haya cambiado de carácter.

Tusquets ha editado casi todas sus obras de ficción (aunque falta La diabla en el espejo, una de las que mejor retrata la vida cotidiana salvadoreña antes de la crisis). Entre ellas destaca El asco. Thomas Bernhard en El Salvador, un relato revulsivo e inmisericorde, una sátira sarcástica y feroz dirigida hacia todo lo que puede identificar al salvadoreño medio y que le valió al autor un buen número de amenazas.

Algún trasunto autobiográfico hay en su más reciente novela, El sueño del retorno. Como el autor, Erasmo Aragón se exilió en México y trabajó en una agencia de prensa controlada por la guerrilla salvadoreña, pero, si el autor duró poco tiempo en ella, Erasmo, en 1991, todavía trabaja ahí. El primer recuerdo de la infancia de ambos es el mismo, una bomba que estalló en el frente de la casa de sus respectivas abuelas, y ambos regresan a El Salvador pocos meses antes del fin de la guerra civil en 1992. Pero hasta ahí parece llegar la similitud. Erasmo Aragón es un personaje de la picaresca más que de la épica, un tipo voluble que ahoga su desazón con vodka y tónica en la noche y cócteles estrambóticos a media mañana para sacarse la resaca, asediado por el miedo a volver a su patria antes del fin del conflicto y por el deterioro irreversible de su relación matrimonial.

Quien mejor se define es el mismo Erasmo: “De pronto percibí la volubilidad de mi carácter, la forma en que los eventos hacían conmigo lo que ellos querían”; y aquellos eventos, en El sueño del retorno, comienzan cuando el protagonista, que además sufre del colon, decide visitar a don Chente, médico salvadoreño exiliado como él, que ve en sus males físicos una manifestación de los trastornos de su espíritu. Aquí la novela se convierte en una exploración de la memoria, con un doble juego entre tres líneas: lo que Erasmo le cuenta al médico en las primeras sesiones; lo que no le cuenta, porque lo avergüenza o porque no le tiene confianza suficiente, pero sí se lo cuenta al lector, bajo la fórmula “pero no le conté que…”; y lo que le cuenta a don Chente en sesiones de hipnosis y que el médico anota en una libreta y que Erasmo desconoce por completo. De ahí que lo asalta la zozobra, más aún cuando el médico desaparece de la escena. Y si las sesiones de hipnosis le producen una extraña paz, pronto su ánimo voluble, las copas, las discusiones con otros exiliados, sus líos matrimoniales y un extraño personaje que es parte de la inteligencia clandestina de la guerrilla salvadoreña en México lo arrastran a bruscos cambios de ánimo que a su vez lo arrojan al alcohol y al desquiciamiento. Pero sobre todo es la incógnita sobre qué le contó a don Chente mientras está dormido le atenaza el cerebro y lo lleva a sumergirse en sus recuerdos, pero también a ponerlos en duda; y en ese trabajo de la memoria asoma también la violencia que vivió en su país y la que le llega por las noticias sobre su patria, pero sobre todo la desazón infinita de no saber quién es realmente y qué va a encontrar en el regreso.

En ese sentido, el título de la novela puede aludir al carácter a ratos onírico —pesadillesco— de las desventuras de Erasmo, que culminan en una desternillante escena en el aeropuerto, cuando cree ver pasar a don Chente y al mismo tiempo no puede resistirse al encanto del cuerpo de una pasajera. En esta novela brilla como pocas veces la contorsión hacia “el sarcasmo y la sátira” —en palabras de Castellanos— que caracteriza una obra que interroga e inquieta sin perder otro rasgo: “A veces reímos tanto o nos ponemos chistositos, para atajar la locura”.

El sueño del retorno. Horacio Castellanos Moya. Tusquets. Barcelona, 2013. 184 páginas. 15 euros

La transmigración de los cuerpos

Reseña publicada en Babelia, suplemento cultural del diario El país, 9 de febrero de 2013.

En una ciudad sin nombre, asediada por una epidemia que poco a pocoScan10030 encierra a la gente en sus casas y libra las calles a los desesperados, a los militares, a los que deben salir quizá porque tampoco tienen esperanzas, transcurre la tercera novela del escritor mexicano Yuri Herrera. El protagonista de La transmigración de los cuerpos es el Alfaqueque, un tipo tan anodino que asume, respecto de sí mismo, que “las cosas entendían pronto que su vida era como la parada de un camión, útil momentáneamente, pero donde nadie se quedaría a vivir”. Lo curioso es que esa dolorida conciencia acerca de sí mismo y  sobre lo dura y triste que es la existencia (“se repitió lo que tantas veces en circunstancias distintas se había dicho: todo lo bueno es un pedazo de algo horrible”), lo convierte en un personaje entrañable, que gana en humanidad y calor mientras más se adentra el
relato en una cruel historia en medio de las calles vacías por el miedo. La concisión característica del estilo de Herrera da acá un paso adelante, con una capacidad expresiva que impresiona más por la contención que por el exceso, más por el exigente rigor en la expresión que por el adjetivo fácil.

El Alfaqueque tiene también –a su manera- el don de la palabra. De oscuro tinterillo pasó, gracias a ese talento, a convertirse en un negociante. “Muchas veces la gente estaba esperando que alguien viniera a bajarle la bilis y a ofrecerle una manera de salirse de la pelea; y para eso es que servía ajustar el verbo. El verbo es ergonómico, decía, Sólo hay que saber calzarlo con cada persona”. Acompañado por el Ñárdertal -un personaje que parece, pero sólo parece, que quisiera que lo maten pronto- y por la Vicky -enfermera que sobre todo verifica la dignidad de los cadáveres que circulan cerca del protagonista-, el Alfaqueque se ve atrapado en una sombría historia de enfrentamientos familiares. Él pone el verbo por un lado y el Menonita, otro especialista en deshacer conflictos, por el otro; y en cada una de las puntas de la madeja hay un muerto. La novela tiene una estructura vagamente policial; el Alfaqueque recuerda al clásico detective de la novela negra cuando va desentrañando el hilo oculto de una trama que se adentra cada vez más en antiguos rencores y cuentas por cobrar, pero no tiene afán justiciero alguno. Quiere la verdad sólo en la medida en que le sirva para evitar más cadáveres cerca suyo y ello porque ese es su trabajo, no por algún imperativo de orden moral. La compañía permanente del Alfaqueque es un perro negro que le roe las entrañas y la leal compañía del mezcalito nocturno, “la mugrita destilada limpiándole la mugrita de adentro”, ese sedimento implacable que la soledad y la violencia van acumulando en la vida cotidiana del Alfaqueque, por más que esta última aparezca como en sordina, en la disputa por los cuerpos de los muertos y en un par de escenas de calculada brutalidad. En su mansa desesperación, en su desapego, hasta en su incredulidad frente al hecho de que su vecina, la Tres Veces Rubia, lo desee como compañero sexual, el personaje protagónico despliega una integridad que es a la vez frágil e imbatible, un precario equilibrio entre la maldad que lo asedia y la compasión, una compasión sincera, profunda y contenida, que siente hacia los cuerpos yertos de la Muñe y Romeo, las dos puntas de una madeja que no por asordinada es menos triste y desoladora, donde sólo la lucidez amarga y humilde del Alfaqueque ofrece  algún camino de redención. Es una novela dura, como las que provienen de una zona fronteriza y asediada por la extrema violencia, pero también extrañamente consoladora, en buena medida gracias a su excepcional calidad literaria.

Ese modo que colma

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 17 de julio de 2010

El mexicano Daniel Sada ganó, el año pasado, el Premio Herralde de Novela con Casi nunca. Fue una excelente noticia, especialmente porque puso en circulación en todo el ámbito iberoamericano la obra de un autor saludado por sus compañeros de generación como uno de los más interesantes y renovadores de la narrativa latinoamericana. Mucho se podrá criticar recientes decisiones editoriales de Anagrama, pero lo cierto es que incorporaciones como las de Sada y el guatemalteco Rodrigo Rey Rosa reafirman su relevancia para los lectores. Ese modo que colma es una colección de cuentos en los que Sada insiste en el cultivo de un estilo personalísimo: un lenguaje lleno de recovecos y giros, que juega con los sentidos, que retuerce las frases o las modula mediante un uso muy poco tradicional e intensivo de los signos de puntuación. Los cuentos se ambientan en el norte de México y no escapan, en modo alguno, a las determinaciones del tiempo: el cuento más revelador en ese sentido es el que da título al libro. En una fiesta de cárteles que miran pasar una avioneta cargada de cocaína rumbo a Estados Unidos, aparecen tres cabezas guillotinadas en una gran hielera. Pero Sada ni intenta adentrarse en la psicología del narco ni abunda en la senda de la investigación criminal; en cambio, sigue el rumbo más doméstico, a cargo de las recientes viudas, sobre qué hacer con las cabezas, además de seguir picando hielo para evitar el mal olor. De este modo, lo grotesco se superpone a la tragedia y la marca feroz que la violencia narco impone a la sociedad mexicana agrega aquí una dimensión más cotidiana, aunque no menos espeluznante. Ese juego entre lo grotesco y la violencia, entre la capacidad reveladora del lenguaje y la crudeza de hechos que pertenecen a la crónica policial es lo que saca chispas en estos cuentos. El primero, por ejemplo, “El gusto por los bailes”, escrito mayormente en versos octosílabos que podrían cantarse como un corrido, es una tragedia que se inscribe casi alegremente en la tradición de la canción popular que habla de desgracias y se refocila en el dolor ajeno. Hay también notas de costumbres, siempre tocadas por un estilo que las transforma y las devuelve al lector como ironías o juegos o bromas. Leer a Sada es un ejercicio demandante, pero también de los más estimulantes y divertidos que se pueda encontrar en la narrativa contemporánea.

Daniel Sada. Anagrama, Barcelona, 2010. 185 páginas.

El material humano

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 8 de agosto de 2009

En sus últimas novelas, Caballeriza y El material humano, el novelista guatemalteco Rey Rosa ensaya una fórmula de ficción que no es nueva, pero que, en su caso, alcanza un notable poder de convicción y eficacia narrativa. El autor se asume también como personaje y protagonista de la novela e incorpora fragmentos de su biografía, así como personajes reales, al relato, aunque, al menos en El material humano, la más reciente, se preocupa de señalar desde el inicio que “aunque no lo parezca, aunque no quiera parecerlo, ésta es una obra de ficción”. Al mismo tiempo, la trama de la novela insiste en un tópico que Rey Rosa ha trabajado de manera consistente en varios de sus libros, la violencia política que asoló -y aún continúa afectando- su país. El cojo bueno, Lo que soñó Sebastián y Que me maten si… son algunos de los hitos desde donde emerge la imagen de una Guatemala desgarrada y dolorosa, donde se palpa el miedo y sentirse amenazado no es paranoia, sino una cuestión de supervivencia.Y acá Rey Rosa conduce su indagación hacia una nueva frontera, de la mano de su personaje-autor, cuya madre fue secuestrada por la guerrilla y que, por esos azares de la vida, cuando comienza a investigar en un gigantesco depósito de archivos de la policía encontrado en un antiguo centro de torturas, roza verdades que no debería conocer. A su manera siempre oblicua y totalmente alejada de la denuncia militante, con la distancia del escepticismo y el auxilio de un estilo ya depurado y decantado hasta alcanzar una notable fluidez, Rey Rosa construye una suerte de tapiz cuyos fragmentos progresivamente adquieren sentido en el conjunto. Una línea narrativa apunta al perfil de un indio maya, Benedicto Tun, que fue el alma de la investigación criminológica en Guatemala hasta los años setenta; otra, a sus viajes y a su relación con B+, su novia; una más, a su labor de investigación en los papeles del archivo; y todo ello fundido con una suerte de diario de vida que incluye sus lecturas y muchas citas que no están allí por obra del azar. Citas no sólo literarias: es inolvidable el listado de fichados por la policía y los delitos que motivaron su detención, un catálogo de culpas que revela, de manera impresionante, la arbitrariedad de la justicia, más allá incluso de los brutales procedimientos que jalonan las páginas. Pero lo más inquietante del libro es la manera aparentemente azarosa y oblicua, por así decirlo, en que el autor se aproxima al fenómeno de la violencia y cómo lo hace latir en estas páginas, sin aspavientos, siempre medido, pero profundamente estremecedor.

Anagrama, Barcelona, 2009. 183 páginas.