Travesuras de la niña mala

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 17 de junio de 2006

travesurasninamalaA Mario Vargas Llosa aún lo salva el oficio, aunque esta vez camina por el borde del abismo. Esta novela parece un trabajo fallido al que le falta una parte, un desarrollo paralelo que asoma en largas parrafadas pedagógicas incongruentes con la personalidad y estilo del protagonista y narrador de la historia. Vargas Llosa suele trabajar en textos e historias paralelas. En realidad, es casi su marca de fábrica, el sello de su estilo, que llevó a cotas notables en La Casa Verde y Conversación en la Catedral. Esta novela, en cambio, es lineal y única, una sola historia, pero a ratos pareciera emerger el fantasma de la ausente en trozos que parecen incrustaciones sociológicas, históricas o filosóficas, con el agravante de que no son asumidas como tales: entonces, además, son de una liviandad exasperante.

Tal como se preocupa de señalar el texto de la contratapa del libro, la trama se desarrolla en ciudades como París, Londres, Tokio y Madrid (además de Lima, claro, aunque no es tanto Lima como Miraflores, el barrio de la infancia del autor y de muchos de sus personajes, incluido el protagonista de ésta) y en el momento más oportuno: el despertar de los sesenta en París, paralelo a la emergencia de las guerrillas en Perú; el hippismo en Londres; el apogeo de la yakuza en Tokio; el destape en Madrid. La ubicación estratégica en el tiempo y el espacio posibilita el mecanismo de la digresión, pero también muestra con demasiada claridad el pie forzado.

La principal historia es algo mejor. La relación entre el niño bueno y la niña mala, entre el Perú de los privilegios y el Perú de la miseria, tiene sus momentos atractivos y el carácter de ella, de la niña mala, está bien logrado, pero todo ello no es suficiente para darle vigor a una novela anémica, con falsos finales y un romanticismo tan azucarado que le vendría bien la etiqueta de novela rosa. Cabe aún una interpretación más audaz: la novela puede ser entendida como la historia de la relación de Vargas Llosa, el niño bueno, con el Perú, la niña mala, que se mueve entre la atracción y el asco, el encantamiento y la repulsión, el amor loco y el odio furibundo. Puede ser extremar la libertad interpretativa, pero al menos proporciona un eje de lectura que le da algo de misterio al desabrido texto.

Mario Vargas Llosa. Alfaguara, Madrid, 2006. 376 páginas.

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En el café de la juventud perdida

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 29 de noviembre de 2008

cafe-juventud-perdida-patrick-modiano_1_1_1332772El escritor francés Patrick Modiano (1945) ha tenido una presencia constante, pero errática, en el ámbito editorial español. En la década de los setenta, Alfaguara le publicó novelas como Los bulevares periféricos y La ronda de noche. En ese entonces, el autor era una joven promesa de la narrativa francesa, un creador singular que, aunque no había vivido la Segunda Guerra Mundial, recreaba de manera magistral la sordidez del París ocupado. En los ochenta y noventa, la misma editorial publicó sucesivos libros del escritor galo, sin que alcanzaran la resonancia de sus primeras obras. En la presente década, las editoriales Debate y Anagrama han tomado el relevo; la primera, con Las desconocidas y Joyita; la segunda, con Un pedigrí y En el café de la juventud perdida, calificada por la revista Lire como la mejor novela francesa publicada en 2007.

La nostalgia y la paciente reconstrucción de la vida parisina en tiempos ya idos parecen ser las marcas de fábrica de la narrativa de Modiano, especialmente en aquellas novelas que han alcanzado el mayor reconocimiento de la crítica. El título de esta última está tomado de un texto de Guy Debord, el filósofo situacionista cuya obra suele asociarse a la revuelta francesa de 1968, y está ambientada precisamente en esa época, en un café parisino donde la filosofía, los paraísos artificiales, las utopías y la literatura se dan cita en torno al alcohol y la bohemia. Personajes ya un poco perdidos, ya descentrados del curso burgués de la existencia, alcanzan un cierto sentido de la pertenencia gracias a su inclusión en un cuaderno donde se registran todas las entradas y salidas de los parroquianos del café Condé: una identidad frágil, en todo caso, expuesta al “maelstrom de las grandes urbes”, con poca o ninguna historia, propia del bohemio que Modiano define, apelando al diccionario, como “persona que lleva una vida de vagabundeo, sin normas ni preocupación por el mañana”. Pero sí hay una preocupación común a varios de los bohemios, el personaje en torno al cual se ordena la narración y que da pie a que la crítica señale que se trata de una novela de misterio. Es Louki, así rebautizada en el café Condé, una mujer joven, callada y enigmática que atrae no tanto las miradas como la curiosidad, no tanto el deseo como la interrogación, pero que también convoca en su estela el ansia de poseerla o al menos de hacerse parte, o de conocer siquiera, su vida fuera del café, su esquiva identidad, el secreto del que se rodea. El celebrado trabajo de Modiano en torno al “formidable poder de la memoria” se verifica aquí a través de los distintos personajes que rodean la figura de Louki, cuyo destino da un sentido muy distinto al título de la novela. No sólo es el paso de los años, no sólo es la nostalgia; hay más maneras de perder la juventud que dejar que el tiempo cumpla con su implacable tarea.

Anagrama, Barcelona, 2008. 131 páginas.

Poema de Chile

Reseña publicada en la revista “El Sábado” del diario El Mercurio, 23 de noviembre de 2013

portada_mistralLa historia de este libro es rara y singularmente injusta. Tan injusta, en realidad, como el extraño trato que ha recibido Gabriela Mistral, tan ícono del orgullo patrio como escasamente leída y realmente apreciada. Hay actos de reparación -como las estupendas ediciones de Tala y Lagar por parte de la UDP-, que la sacan de la academia y la devuelven a los lectores de a pie. A ellos se suma esta edición -la más completa hasta la fecha- de su libro más ignorado y al que probablemente le dedicó más trabajo, 20 años; y no alcanzó a publicarlo en vida. En 1967 apareció una primera edición, realizada por Doris Dana, que pasó totalmente desapercibida; y, claro, eran tiempos agitados no solo por la política, sino que también en el ámbito poético: Lihn y Parra, Neruda y De Rokha, entre otros muchos, animaban una escena compleja y riquísima donde la estampa de la profesora rural no tenía mayor espacio.

Tras la muerte de Doris Dana y la cuidadosa investigación de la enorme cantidad de manuscritos que dejó Mistral, aparecieron 59 poemas que, por métrica, tema y estilo, indudablemente formaban parte de este largo recorrido por Chile de norte a sur, realizado por una mujer fantasma, un indiecito atacameño y un huemul pequeño que celebra, desde luego, la geografía del país y sus hitos más relevantes, pero es mucho más que eso: hay de fondo una exploración similar a la de sus Recados, una pregunta sobre la identidad, una reflexión sobre lo que nos constituye como comunidad cultural, que por sí sola hace de Poema de Chile un libro fundamental en la producción mistraliana. A ello hay que sumar el trabajo de Mistral con el lenguaje. Siempre en octosílabos, pero con distintas rimas y estrofas, la poeta logra un libro singularmente unitario, riquísimo en descubrimientos y versos que escapan largamente del recorrido fijado, como estos: “Porque algunas cosas son / a la vez buenas y malas, / tal como ocurre con hojas / de un lado aterciopeladas / y con el otro te dejan / con la palma ensangrentada. / Casi no parecen hojas, / parecen mujeres malas”. Hay mucho que contar sobre esta cita, pero basta como muestra de una manera de hacer crecer la poesía desde un viaje didáctico hasta una suerte de diario de vida que va llenando cada vez más de sentidos distintos sus páginas. Es de esperar que esta edición tenga mejor suerte que la de 1967, tanto porque es mucho más completa (59 de los 130 poemas estaban inéditos) como porque el libro se lo merece.

Gabriela Mistral. La Pollera Ediciones, Santiago, 2013. 343 páginas.

«Mi vida querida», de Alice Munro

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 19 de octubre de 2013

Mi-vida-queridaSe dice, con justa razón, que en el caso de Alice Munro, el Nobel de Lite­ratura premió al cuento como género. En efecto, la autora canadiense de 82 años publicó solo una no­vela (La vida de las mujeres, reseñada en esta columna) y muchas colecciones de relatos, de los cuales Mi vida querida es el más recien­te y probablemente el último, porque anunció que no escribiría más. Y es también un libro que está plenamente a la altura de su trayectoria; hay escritores que envejecen mal y publican cualquier cosa, confiados ya más en su figura que en su escritura. Munro no es de aquellas. Sus cuentos siguen siendo geniales miradas a vidas comunes y corrientes, pero, tal como ella ha señalado, toda vida común y corriente puede ser extraordinaria. Y eso es lo que logra en sus cuentos perfectamente construidos, que tienen una fluidez narrativa excepcional: que mínimos acontecimientos, algún giro sorpresivo, un impulso repentino, abran para esas existencias lo inesperado, sin perder por ello su humanidad. Es decir, lo que im­porta no es tanto el hecho narrado, sino el modo en que Munro se apodera de ellos y de sus personajes para transfigurarlos y marcar una huella indeleble en la memoria del lector.

Pocos escritores logran una flui­dez de estilo tan transparente y li­viana. No hay, en sus cuentos, nada recargado; cada historia fluye con desarmante naturalidad, aunque Munro, desde luego, no destaca solo por la fineza de su escritura, sino también porque construye buenas historias, que sorprenden, que desazonan, que inquietan, que consuelan. El título de la colección es también el del último cuento y puede tener un carácter auto­biográfico; la protagonista, tal como la autora, nació en 1931, y vuelve a su infancia, a las imágenes de su padre y de su madre, a la de una anciana vecina. Y puede leerse también como una suerte de manifiesto o resumen de toda su narrativa, cuando escribe que «so­lemos decir que hay cosas que no se pueden perdonar, o que nunca podremos perdonarnos. Y sin embargo lo hacemos, lo hacemos a todas horas». En eso consiste, quizá, la vida, la vida que la autora quiere, puesto que Munro rescata tanto como redime aquellos mo­mentos de debilidad que nos hacen más humanos a todos y que, finalmente, perdonamos.

Alice Munro. Lumen, Buenos Aires, 2013. 335 páginas.

«La vida de las mujeres», de Alice Munro

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 19 de mayo de 2012

la-vida-de-las-mujeresLa escritora Alice Munro, nacida en Ontario, Canadá, en 1931, tiene una vasta trayectoria bien difundida en Chile a través de las editoriales que han publicado últimamente sus libros, RBA, De Bolsillo y Lumen. Esta última recupera ahora una antigua novela que no había sido traducida antes, de 1971, cuando Munro tenía 40 años y desplegó en ella ese estilo casi hipnótico, transparente a fuerza de cuidar el ritmo y la cadencia de las frases, que se ha constituido en su más poderosa señal de identidad. Según la autora, la novela “es autobiográfica en la forma, no en el contenido”, afirmación irónica que otorga otro trasfondo al relato en primera persona de Del Jordan, una niña que reconstruye su historia, la de su familia y la de su entorno en la década de los cuarenta. Y si su madre está tocada por una extraña singularidad (vende enciclopedias, hace discursos, escribe cartas a los periódicos), la niña, con una mezcla de horror y compasión, veía en sus tías una radical diferencia y “percibía lo desdeñosas, lo superiores, silenciosas y envidiables que eran esas personas, que podían estarse quietas toda su vida, sin necesidad de hacer o decir nada extraordinario”. Y sin embargo, Del se parece más a su madre de lo que se atreve a reconocer, como se puede intuir pronto y se revela más adelante, cuando ella, ya adolescente, vislumbra los mundos vedados para la antigua gente de su pueblo, Jubilee. Por ahí, por el descubrimiento y la exaltación de lo posible, va la línea profunda de desarrollo de una novela hábilmente construida sobre la base de episodios centrados en personajes distintos, con tal autonomía que incluso podrían leerse como relatos independientes; pero a la vez con una íntima conexión entre sí otorgada por la voz de Del y por el crecimiento de aquellos personajes, que en cada capítulo reciben una luz distinta que les otorga otra intensidad y nuevos matices. Y en realidad, más que de personajes, habría que hablar de las mujeres protagonistas. Los hombres tienen un papel decididamente menor en esta trama, que recoge un momento delicado y frágil en el camino de la creciente autonomía femenina. “No hemos tenido más vida propia que un animal doméstico”, dice la madre de Del, e intuye que algo va a cambiar definitivamente para las mujeres. Su hija es la portadora de esa herencia.

Alice Munro. Lumen, Barcelona, 2011. 375 páginas.

Hombre lento

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 25 de febrero de 2006

En esta última novela de J.M. Coetzee, ambientada en Australia, la trama es aparentemente banal: Paul Rayment, de 60 años, fotógrafo retirado y solitario, es atropellado cuando va en bicicleta a hacer sus compras. El accidente es tan grave que le amputan una pierna por sobre la rodilla. No acepta la posibilidad de una prótesis y se encierra en su casa, asistido por Marijana, una enfermera inmigrante croata que habla poco inglés. En las primeras semanas, en el hospital y luego en su casa, Rayment revisa su vida, hasta entonces ordenada y banal; separado, sin hijos, jubilado, buena salud, una larga expectativa de vida, ¿y qué más? Sin su pierna, sin su autonomía, ese orden ha sido profundamente trastocado y el fotógrafo enfrenta, sin dramatismo, los significados que la muerte asume para él. Irrumpe Marijana, una mujer regordeta, casada, respetuosa y eficiente, que comienza a devolverle el interés por la vida y más aún: contra todas sus expectativas, Rayment se enamora de Marijana y sueña con recomenzar todo de nuevo, sueña con un hijo, quiere cumplir el papel que cree que tiene todo hombre sobre la Tierra: dar continuidad a la especie, prolongar la vida.

Entonces aparece Elizabeth Costello, escritora y personaje recurrente en las últimas obras de Coetzee. Una anciana mucho mayor que Rayment, que irrumpe en su departamento y cuestiona sus sentimientos, sus decisiones y sus percepciones. A partir de entonces, la novela despliega su singularidad y se rompe lo que era un relato convencional. Costello aparece ­hasta de manera burlonamente explícita con una referencia a Pepe Grillo­ como la clásica imagen de la conciencia, en un juego de múltiples niveles: es la autora que se mete en la vida de su personaje y que va construyendo la trama de acuerdo con las reacciones de éste; es la anciana enferma del corazón que recuerda a Rayment, de manera implacable, los estragos de la vejez y, en su caso, de la amputación de la pierna; y es también la expresión del autor y de su manera de construir relatos que, al poner en cuestión los sentimientos y pensamientos de los personajes, cuestionan también al lector. Ese juego ­que a ratos cae en un exceso de repeticiones­ amplifica y da resonancia universal a las lúcidas reflexiones en torno a la muerte, al amor y al deseo que cruzan el destino y las decisiones de Paul Rayment, que pasan, sobre todo, por aceptar lo que se es.

J. M. Coetzee. Mondadori, Barcelona, 2005. 261 páginas. Traducción de Javier Calvo.

El Nobel de Literatura para Mario Vargas Llosa

El Premio Nobel de Literatura se asemeja cada año más a una ruleta rusa invertida: mientras uno ríe feliz, muchos otros candidatos (oficiales y oficiosos) reciben una descarga de frustración anonadante. Ya lo dijo Nicanor Parra en su memorable Discurso de Guadalajara, cuando recibió el Premio Juan Rulfo:

LA REPÚBLICA HIDEAL DEL FUTURO
Suprimirá los Premios Literarios
Pues no somos caballos de carrera
x un deudor feliz
Cuántos acreedores postergados…

Pero la bolita sigue corriendo. Giró y giró; comenzó a rodar más lentamente en Iberoamérica, luego paseó por América Latina (¿había por acá otros candidatos, aparte de -ironías aparte- Nicanor Parra?) y se detuvo en Perú, un país con el que el Nobel de Literatura está en deuda desde hace décadas y que ahora recibe su ración de justicia a través de un gran escritor. Es muy dudoso, en todo caso, que la deuda establecida con César Vallejo haya pesado en esta decisión; hace demasiados años que murió un poeta que, para mi gusto, es el más grande del siglo XX en habla hispana.

Todo ello viene a confirmar, nada más, que este premio es particularmente azaroso. La literatura universal es un territorio tan extenso y variado que un ganador por año es totalmente insuficiente siquiera para la elaboración de un mapa que dé cuenta de la extraordinaria riqueza y diversidad del paisaje, y estas elecciones consagratorias, que elevan automáticamente a las listas canónicas, se parecen más a un rayo que cae de súbito en un páramo solitario que al resultado de una deliberación.

Y el rayo se precipitó sobre la cabeza de Mario Vargas Llosa, el último estandarte del boom literario que sacudió América Latina en la década de los sesenta. Escritor precoz y prolífico, en menos de diez años MVLL publicó tres novelas ejemplares que ya lo situaron como eterno candidato -y hoy, feliz ganador- del Nobel de Literatura: La ciudad y los perros (1962); La Casa Verde (1965) y Conversación en la Catedral (1969). Tres novelas enormes y distintas, que apostaban a la renovación de las formas tradicionales tanto como a la lectura del Perú (y del continente) desde sus claves íntimas y políticas, personales y sociales. Novelas inolvidables, que leí en hilera en un par de años, antes incluso de salir del colegio, y que luego tuve que releer en la universidad; Adriana Valdés, profesora ejemplar, nos llamó la atención, entre muchas otras cosas, hacia la calidad poética de algunos pasajes de La Casa Verde, la novela de MVLL que más me gusta.

El flamante ganador del Nobel de Literatura es, también, un trabajador acucioso, un tipo que estudia y que produce, desde ensayos y columnas hasta nuevas novelas. Dejó de lado las propuestas más radicales (en estructura y forma) de sus novelas de los sesenta, aunque siguió cultivando una particular afición por los relatos en paralelo, por la novela como una suma de relatos que corren juntos y que sólo a veces fluyen finalmente hacia el mismo río narrativo. Algunas (como La tía Julia y el escribidor) me sorprendieron por sus dosis de humor, cuestión que no se le da bien a Vargas Llosa, más dado a la solemnidad; otras, como La guerra del fin del mundo o La Fiesta del Chivo, me gustaron mucho, a pesar de que las encontré bastante convencionales; y también hubo las que me decepcionaron agudamente, como Travesuras de una chica mala.

Pero no puede haber dudas sobre la calidad del conjunto de la obra de Vargas Llosa, que incluye además un sobresaliente tomo de memorias –El pez en el agua-, ensayos literarios muy intereresantes, como el último que publicó, El viaje a la ficción, dedicado a la obra de otro escritor tan grande como poco reconocido, Juan Carlos Onetti, y una abundantísima producción de columnas y artículos literarios y políticos. Que haya dado un viraje tan fuerte hacia posiciones conservadoras no es motivo, ni mucho menos, para ningunearlo; y, en cualquier caso, sólo con las novelas que escribió en los sesenta merece todo el reconocimiento de los amantes de la buena literatura.

Crédito de la caricatura