Travesuras de la niña mala

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 17 de junio de 2006

travesurasninamalaA Mario Vargas Llosa aún lo salva el oficio, aunque esta vez camina por el borde del abismo. Esta novela parece un trabajo fallido al que le falta una parte, un desarrollo paralelo que asoma en largas parrafadas pedagógicas incongruentes con la personalidad y estilo del protagonista y narrador de la historia. Vargas Llosa suele trabajar en textos e historias paralelas. En realidad, es casi su marca de fábrica, el sello de su estilo, que llevó a cotas notables en La Casa Verde y Conversación en la Catedral. Esta novela, en cambio, es lineal y única, una sola historia, pero a ratos pareciera emerger el fantasma de la ausente en trozos que parecen incrustaciones sociológicas, históricas o filosóficas, con el agravante de que no son asumidas como tales: entonces, además, son de una liviandad exasperante.

Tal como se preocupa de señalar el texto de la contratapa del libro, la trama se desarrolla en ciudades como París, Londres, Tokio y Madrid (además de Lima, claro, aunque no es tanto Lima como Miraflores, el barrio de la infancia del autor y de muchos de sus personajes, incluido el protagonista de ésta) y en el momento más oportuno: el despertar de los sesenta en París, paralelo a la emergencia de las guerrillas en Perú; el hippismo en Londres; el apogeo de la yakuza en Tokio; el destape en Madrid. La ubicación estratégica en el tiempo y el espacio posibilita el mecanismo de la digresión, pero también muestra con demasiada claridad el pie forzado.

La principal historia es algo mejor. La relación entre el niño bueno y la niña mala, entre el Perú de los privilegios y el Perú de la miseria, tiene sus momentos atractivos y el carácter de ella, de la niña mala, está bien logrado, pero todo ello no es suficiente para darle vigor a una novela anémica, con falsos finales y un romanticismo tan azucarado que le vendría bien la etiqueta de novela rosa. Cabe aún una interpretación más audaz: la novela puede ser entendida como la historia de la relación de Vargas Llosa, el niño bueno, con el Perú, la niña mala, que se mueve entre la atracción y el asco, el encantamiento y la repulsión, el amor loco y el odio furibundo. Puede ser extremar la libertad interpretativa, pero al menos proporciona un eje de lectura que le da algo de misterio al desabrido texto.

Mario Vargas Llosa. Alfaguara, Madrid, 2006. 376 páginas.

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Bonsái

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, primero de abril de 2006

Bonsái«Al final, Emilia muere y Julio no muere. El resto es literatura». Así cierra el primer párrafo de esta novela -­digámoslo así­- de Alejandro Zambra, poeta y crítico literario que debuta en el género narrativo. La frase final suele usarse, en otros contextos, para desacreditar lo que se considera accesorio o no atingente a un determinado asunto. Una frase hecha, una muletilla que suele escucharse en programas televisivos y, desde luego, en tono y con ademán descalificador.

En Bonsái, en cambio, el resto es la novela. Podría decirse, entonces, que la frase es redundante e innecesaria, pero no es así: Zambra busca, desde el principio y por diversos medios, mantener siempre una cierta distancia entre el lector y lo narrado, una distancia que recalca, precisamente, que se trata de un texto literario y no de la imitación o transposición de la realidad. No hay efectos especiales para ilusionar al lector y hacerlo creer que el texto es algo distinto de un texto literario, carácter acentuado más aún porque los protagonistas, Emilia y Julio, estudian literatura, hablan de libros e incluso incorporan las lecturas en voz alta a sus ritos sexuales, y porque el ritmo sinuoso que sigue su historia está también marcado por páginas y autores determinados.

Un juego adicional se establece entre el título de la obra y sus características: es una miniatura literaria, un texto muy breve, muy bien trabajado y decantado hasta el extremo, cuya principal virtud quizá es que relata, como tantos otros libros, una historia de amor; pero lo hace con herramientas nuevas, con otra mirada, con otra sensibilidad, hasta el punto de traspasar la distancia establecida artificiosamente y establecer, en último término, una comunicación privilegiada con el lector. En efecto, la novela de Zambra finalmente conmueve y remueve con el hálito de tragedia ya anunciado en el primer párrafo, aunque lo hace de manera insidiosa, como si no quisiera hacerlo, como si sólo se tratara de literatura en el sentido derogatorio de la expresión; pero no, es literatura de la mejor clase, una obra de extraña madurez que hace de la brevedad una de sus mayores virtudes, por lo mucho que se puede decir y sobre todo sugerir en tan pocas páginas.

Alejandro Zambra. Anagrama, Barcelona, 2006. 96 páginas.

Trilobites

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 16 de junio de 2012

PORTADA setenta acr’licoUna docena de cuentos es todo lo que legó a la posteridad Breece Dexter Pancake, que adoptó el D’J como segundo nombre en sus publicaciones por un error de imprenta que terminó por gustarle. Escueta herencia: es que se suicidó a los 26 años, en 1979, por razones que no han podido dilucidarse. A la inversa de otra gran promesa de las letras estadounidenses que también se quitó tempranamente la vida, John Kennedy Toole, el talento de Pancake sí era reconocido y varios de sus relatos aparecieron en la prestigiosa revista The Atlantic, donde precisamente se originó la errata que lo rebautizó. A cuatro años de su muerte apareció la edición de estos 12 cuentos, traducidos al castellano por primera vez.

La impresión que produce la lectura de los relatos es extraña. Por un lado, pareciera tratarse de un estilo y temáticas familiares; de hecho, tal como señaló Rodrigo Fresán, Pancake se inscribe en la tradición muy estadounidense de la literatura de los espacios abiertos. Pero también ofrece una sorprendente madurez estilística y recoge como pocos el ambiente rural de los blancos pobres, tal como antes James Agee en Hablemos ahora de hombres famosos (en plan reportaje, eso sí) y hace poco Donald Ray Pollock en Kno-ckemstiff. También recuerda, pero sólo en el sentido de la manera de construir los relatos, a Raymond Carver; se trata de momentos, de retazos de vidas, de tramas que podrían haber comenzado antes y haber terminado después. Lo que importa es el clima y su certera caracterización de personajes que muestran tanto la dureza que emana de sus malas condiciones de vida como la fragilidad propia de la especie humana. Hay algo ásperamente sofocante en cuentos que desnudan miserias y brutalidades, celos y pasiones, pero sobre todo la desesperanza que atenaza vidas sin horizonte ni misterio. Por lo mismo, importan poco los finales abiertos y las tramas que parecen no resolverse; lo que pueda haber ocurrido antes y lo que después vendrá no será muy distinto de estos momentos de implacable dureza que Pancake supo trazar con tanta firmeza. Él mismo lo sugiere: “En la gasolinera, en un día sin nada que hacer, a veces pienso en las cosas que tal vez le ocurrieron a Chester, me invento pequeñas obras para que me las represente, esté donde esté”. Pocas líneas pueden representar mejor el tedio profundo de un pueblo perdido en el campo sin límites de la América rural.

Breece D’J Pancake.Alpha Decay, Barcelona, 2012. 229 páginas.

Me acuerdo

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 30 de junio de 2007

UN LIBRO DE CULTO

Me acuerdo PerecGeorges Perec es uno de los autores más singulares del siglo pasado. Autor de culto e incomprendido por muchos, que lo acusan de excesivo interés en la forma y desmedida vocación lúdica, el escritor francés influyó mucho más de lo que se piensa en las nuevas maneras de entender las fronteras de la narrativa. Durante 15 años fue autor de los crucigramas semanales de Le Point, escribió en los más diversos géneros y trabajó como archivero del laboratorio de investigación neurofísica del hospital Saint-Antoine. Hace algunos años, la editorial Gedisa publicó una selección de obras breves bajo el título Pensar/Clasificar, una síntesis del estilo de aproximación de Perec a la literatura: obras para armar, en la expresión de Cortázar, animadas por el afán de juego y de una cierta manera de reproducir el funcionamiento del azar, con los cruces, las coincidencias, las sorpresas y los giros inesperados.

Me acuerdo es un libro de culto, pero que hasta ahora no había sido traducido al español. Perec se inspiró en I remember, de Joe Brainard, y lo informa la misma lógica de dejar en libertad a la memoria para reconstruir, a través de fragmentos caprichosos, una época y una vida. El libro de Perec tiene 480 entradas, todas muy breves, donde pone en escena programas radiales, libros, deportistas, películas, juegos, expresiones, músicos, modas, lugares, diálogos, barcos, en fin, de todo lo que pueda surgir en el ejercicio de recordar. El resultado es fascinante, un mapa de época, una colección de estímulos, la cartografía de la materia prima de donde brota una obra literaria compleja y provocativa, aún no reconocida en todo su valor.

Me acuerdo fue publicado en 1978, cuatro años antes de la muerte de Perec. Y aunque muchas referencias son desconocidas para el lector contemporáneo (aunque ayudan las notas y el índice de materias), no es apremiante saber a qué se refiere el autor en cada entrada; lo importante es el valor del ejercicio, que reivindica la libertad creativa y estimula la participación del lector. En eso, Perec destaca sobre la mayoría de sus colegas. Es posible encontrar el libro en librerías como Ulises o Altamira.

Georges Perec. Editorial Berenice, Córdoba, 2006. 173 páginas.

Me acuerdo

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 31 de octubre de 2009

me-acuerdo-brainardJoe Brainard, artista plástico, murió en 1992 a los 52 años. Dejó atrás una interesantísima obra de collages, cuadros y montajes; además diseñó portadas de libros y discos, disfraces de teatro y escenografías, pero, curiosamente, debe buena parte de su fama a una serie de libros que comenzó a publicar a los 28 años bajo un mantra tan sencillo como reconocible y eficaz: “me acuerdo”. Al compás de esa fórmula de evocación recupera su biografía y también el espíritu de la época que le tocó vivir: su adolescencia en Tulsa, Oklahoma y su juventud en Nueva York. Pero, sin duda, Brainard pone el acento en el primer factor, su biografía, hecha de humores, hedores, deseos y vuelos sublimes, con alguna crudeza respecto de sus experiencias homosexuales y un aire de sinceridad que parece ser la clave de la permanencia de su libro en la memoria colectiva. Brainard trabaja desde el fragmento, el dato o la experiencia única, con libertad, sin orden, al ritmo que dicta la sola evocación. Y, con toda su brevedad y concisión, con su modo errático, descubre una manera de hablar de sí mismo que tiene resonancias universales. Paul Auster escribió que “con frases sencillas y contundentes, traza el mapa del alma humana y altera de forma permanente la manera en que miramos el mundo”. La reciente edición de Sexto Piso, primera en español, salda una deuda ya antigua con un texto que deberíamos haber conocido antes.

En 1982, 12 años después del primer Me acuerdo de Brainard, Georges Perec publicó los suyos y señaló que “el título, la forma y, en cierto modo, el espíritu de estos textos se basan en los I remember de Joe Brainard”. Sí, sólo en cierto modo, porque el de Perec apela más a la memoria colectiva que a la biografía, son más generacionales que personales. Sus Me acuerdo, dijo el mismo autor, “son pequeños pedazos de cotidianidad que fueron vividos y compartidos y luego olvidados. Sin embargo, de repente regresan, por azar o porque han sido buscados entre amigos una noche”, banales, mínimos, insignificantes, pero que, al recuperarlos, provocan “unos segundos de una impalpable y pequeña nostalgia”. Perec, capaz de escribir un libro sobre lo que se ve desde la mesa de un café parisino, no es, obviamente, un mero imitador y esta particular forma de evocación parece creada para él mismo, un artista del fragmento y el detalle que, sin embargo, conforman una obra de portentosa creatividad.

Georges Perec. Berenice, Córdoba, 2006. 173 páginas.

Joe Brainard. Sexto Piso, Ciudad de México, 2009. 146 páginas.

La novela total sobre la batalla de Stalingrado

Artículo publicado en el suplemento «Artes y letras», del diario El Mercurio, 6 de abril de 2008

La aparición de este libro, directamente traducido del ruso, fue uno de los acontecimientos literarios más importantes en el ámbito de la lengua española. No sólo porque es una de las grandes obras narrativas del siglo XX, sino también porque ha logrado un impresionante éxito de lectores desde su publicación el año pasado.

En 1985, Seix Barral publicó una edición de Vida y destino, pero traducida del francés. Eran 800 páginas en letra pequeña, difícil de leer, y pasó totalmente inadvertida. Tampoco la edición inglesa tuvo mayor repercusión, aunque sí fue éxito de ventas en Francia. Más de veinte años después, y en buena medida gracias a la obra del historiador inglés Anthony Beevor, que editó y publicó los diarios de corresponsal de guerra del escritor ruso, Vida y destino alcanza un feliz renacimiento.
Vida y destino

En Inglaterra, pasó de vender 500 ejemplares al año a vender 500 al mes. En España, la cuidada edición de Galaxia Gutenberg, traducida directamente del ruso por Marta Rebón, ha sido uno de los libros más comentados y celebrados de los últimos tiempos. Según indicó el diario español ADN en noviembre de 2007, la editorial esperaba “vender entre el mandarinato cultural algunos (pocos) miles de copias”, pero a poco más de un mes ya había vendido 100 mil, y miles más se preparaban en la imprenta, cosa notable para un libro de 1.100 páginas. En Chile, a pesar del precio, la novela de Grossman también acaparó las vitrinas de las librerías y hoy está prácticamente agotada.

Pero el camino para llegar a este reconocimiento ha tenido un trazado donde el azar, la decisión y la buena fortuna han corrido parejas. Desde luego, Grossman no vivió para presenciarlo, y ni siquiera lo suficiente como para intuir que sería posible.

Dos o tres siglos de censura

Grossman concluyó Vida y destino en 1960, cuando todavía duraba el espejismo de la apertura iniciada por Jruschov y su denuncia de los crímenes del estalinismo. El antiguo comisario del Ejército Rojo estuvo en Stalingrado, al igual que Grossman, pero ya estaba asediado por el impulso restaurador, por así decirlo, de los viejos cuadros del PCUS. Con todo, Grossman confiaba en que su novela, por su dimensión épica, por su rescate del heroísmo del pueblo ruso en la gran guerra patriótica y por su prestigio como periodista, podría ser publicada. En octubre de ese año la entregó a los editores de la revista Znamya. En febrero de 1961 recibió la respuesta: tres agentes de la KGB, la policía política soviética, llegaron hasta su casa a confiscar el manuscrito, las cintas de la máquina de escribir, el papel calco y cualquier papel relacionado con la novela. Ya no se hacía desaparecer personas, como en los tiempos de Stalin, pero sí se podía secuestrar un manuscrito.

Pero el autor no se rindió de inmediato. No sólo confiaba en el valor literario y testimonial de su novela, también apelaba a la verdad. Le escribió a Jruschov que “sigo creyendo que he dicho la verdad, que escribí el libro amando a los hombres, confiando en ellos. Pido la libertad para mi libro”. Finalmente, Grossman fue recibido por Mijail Suslov, un dirigente del partido que, según el historiador Zhores Medvedev, prefería “tener poder real antes que notoriedad pública” y, con ese bajo perfil, fue el gran ideólogo y estratega de la Guerra Fría. Medvedev, además, sostiene que era “el tapado” de Stalin, que no asumió el poder sólo porque el extremo secretismo del dictador se llevó a la tumba los hilos de la operación para encumbrarlo. Suslov fue, pues, el encargado de desalentar finalmente a Grossman. Según algunas versiones, se limitó a decirle, en tono condescendiente, que volviera al estilo de sus primeras y ortodoxas obras (en rigor, no eran así). Según las más difundidas, Suslov dijo que Vida y destino no podía ser publicada en 200 o 300 años.

La celebración de Steiner

Grossman tenía 56 años cuando concluyó Vida y destino. Murió a los 59, de cáncer, y sin esperanzas de ver publicada su obra, aunque, por fortuna, había hecho dos copias antes de hacer pública la existencia del manuscrito. Años después, gracias al físico Andrei Sajarov, una de esas copias fue enviada fuera de la Unión Soviética y a comienzos de la década de los ochenta, en Suiza, apareció la primera edición de Vida y destino.

Tras leer aquella edición, el crítico George Steiner escribió que “novelas como La rueda roja de Solzhenitsin y Vida y destino eclipsan todo lo tenido por ficción seria en Occidente al día de hoy”, afirmación que puede ser un tanto exagerada y probablemente escrita al calor de disputas ideológicas que hoy no están vigentes. Aún así, un elogio tan excesivo en apariencia despertó la ira de escritores como Anthony Burgess. El escritor Robert Chandler, traductor de Grossman al inglés, dice que el autor de La naranja mecánica acusó a Grossman de falta de imaginación, “algo sorprendente que atribuir a un escritor capaz de describir tan convincentemente los últimos momentos de un niño muriendo en una cámara de gas nazi”.

Más allá de estas polémicas, muy propias del ámbito literario, aunque hubo reconocimientos tempranos como el de Steiner y la crítica francesa, sólo recientemente, como está dicho, Grossman ha logrado el reconocimiento que su extraordinaria novela merece.

En Memoria del mal, tentación del bien. Indagación sobre el siglo XX, el crítico literario, filósofo e historiador Tzvetan Todorov, llamado por L’Express “el apóstol del humanismo”, dedicó un capítulo a Grossman y tomó los epígrafes de los capítulos de un texto suyo, La Madona sixtina. El resultado de su intento por definir qué es lo más característico del siglo pasado no es optimista: según Todorov, “el resultado capital, para mí, es la aparición de un mal nuevo, de un régimen político inédito, el totalitarismo que, en su apogeo, dominó buena parte del mundo”. Y para testigo de aquello, Grossman es, sin duda, uno de los privilegiados.

Vida y destino se desarrolla en una multiplicidad de escenarios. Aunque el foco central está en torno a la batalla de Stalingrado, el lector viaja, junto a los personajes de Grossman, desde el campo de concentración alemán de Treblinka hasta los campos de trabajo de Kolimá, en Siberia, por distintas ciudades y pueblos que acogen a miembros de la familia Sháposhnikov y por la Lubianka, la tristemente célebre prisión moscovita que operaba como lugar de interrogatorio y tortura y centro de distribución de prisioneros desde y hacia todo el territorio soviético.

El argumento

La línea argumental remarca la amplitud de la geografía en lo que quizá fue lo más irritante para las autoridades soviéticas, precisamente lo que Todorov resalta desde su análisis histórico y cultural: que el nazismo y el estalinismo son dos caras de la misma moneda totalitaria.

Grossman, además, pone como protagonista a Víctor Schtrum, físico judío, y no vacila en denunciar todas las formas, desde las insidiosas del lenguaje y el gesto corporal hasta la descarada cooperación con el genocidio, del antisemitismo ruso, lo que vuelve a igualar, en su afán asesino, a nazis y estalinistas (su otra novela tardía, Todo fluye, relata el estremecedor exterminio de los campesinos ucranianos a comienzos de la década de los treinta).

Todo fluye

Ante novelas de tan vasta extensión cabe siempre la pregunta, legítima, de si se justifica tamaña empresa. Robert Chandler cuenta, con mucha gracia, que cuando le ofrecieron traducir Vida y destino, se negó de plano: él no sólo no traducía novelas de semejante calibre, sino que no las leía. Pero, como tantos otros lectores, quedó cautivado con esta escritura de formato clásico, transparente y conmovedora, que se da tiempo para adentrarse en el alma de sus personajes y en permitir que cada uno de ellos adquiera la autonomía que exige su papel dentro del relato.

Novela episódica, con capítulos que podrían ser autónomos, con personajes históricos y ficticios, se va armando en la lectura como un gran fresco, un cuadro de increíble viveza, horror y dolor, que a pesar de todo el espanto que narra rescata la humanidad y el valor de las vidas humanas, aún de las más pequeñas y desvalidas, o sobre todo de las más pequeñas y desvalidas.

Grossman, ha destacado la crítica, logra la hazaña de aunar el valor testimonial del testigo privilegiado con la potencia del escritor que crea mundos. De ahí la carga de verdad que respira cada línea de su novela; de ahí su capacidad para conmover, emocionar y atrapar al lector.

Recuadro: Antony Beevor y su rescate de Grossman

El escritor inglés Antony Beevor (1946) dejó el servicio en el ejército y la escritura de novelas para pasarse, doblemente armado con ese bagaje, a la investigación histórica. Se especializó en los años más duros y conflictivos del siglo XX, las décadas de los treinta y los cuarenta, con obras ejemplares que han renovado la manera de hacer historia: cada libro suyo se lee con tanta pasión y sentido del suspenso como una novela.

A ello hay que agregar la solidez de la documentación. En su investigación para Stalingrado, Beevor dio con los diarios y papeles de Grossman, sepultados en el Archivo del Estado Ruso de Literatura y Artes. Ahí estaba no sólo el material básico para sus artículos en Estrella Roja, el diario del Ejército Rojo, que lo convirtieron en el corresponsal de guerra más admirado de la Unión Soviética, sino también, en germen, Vida y destino. Beevor lo citó abundantemente en su extraordinario díptico sobre el frente oriental, Stalingrado y Berlín. La caída: 1945, y luego emprendió la edición de todo el material encontrado -diarios, artículos, cartas- en Un escritor en guerra, rescate -y homenaje a la vez- del trabajo de Grossman, que constituye, según Beevor, “no sólo la materia prima de la que se sirvió un gran escritor” sino que también representa, “de lejos, los mejores testimonios sobre el Frente del Este, quizá las descripciones más penetrantes de lo que el propio Grossman llamaba ‘la verdad despiadada de la guerra'”.

Vasili Grossman. Vida y destino. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2007. 1104 páginas.

Banda sonora

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 7 de abril de 2007

Banda sonoraPor segundo año consecutivo, la Universidad Diego Portales convocó a los críticos literarios de la plaza a discernir dos premios: a las mejores obras publicadas en narrativa y en poesía durante en año anterior. En narrativa, la distinción recayó en Bonsái, de Alejandro Zambra, oportunamente comentado en esta columna, y en poesía, en Banda Sonora, de Andrés Anwandter.

La conversación alrededor de este último texto dio lugar a una mirada más amplia sobre la escasa circulación de los libros de poesía en Chile. Críticos de distintos medios habíamos leído obras muy diversas, pero más guiados por el azar o la amistad que por los mecanismos habituales de selección de obras para comentar. En mi caso, leí Banda sonora en la casa de un amigo, un fin de semana de primavera, y, aunque me gustó mucho, no se me ocurrió comentarla aquí. Esta columna es, entonces, un tardío gesto de reparación hacia el libro que con toda justicia elegimos como el mejor libro de poesía aparecido en 2006, de un joven poeta valdiviano. Libro breve, no sólo por su escaso número de páginas, sino también porque los 16 fragmentos que lo componen están estructurados sobre versos muy cortos, frecuentemente de una sola palabra, sin puntuación alguna que establezca pausas. El texto tampoco se ciñe a ritmos familiares ni repetitivos, lo que plantea un desafío adicional al lector. Sin embargo, aunque la experimentación y el juego sean la marca de este libro, hay también una sólida intuición poética y una habilísima manera de retratar el tiempo contemporáneo, hecho también de retazos, de estímulos múltiples, de collages que funcionan como un telón de fondo, como música de fondo, como la banda sonora interminable que compone la ciudad a punta de bocinazos, gritos, chirridos, voces, silbidos, silbatos, frenazos, risas, emisoras de radio, televisores prendidos, pájaros. Poesía para armar, podría decirse, parafraseando a Cortázar; poesía de múltiples entradas, que acumula palabras aparentemente sueltas o perdidas en frases degradadas, palabras cabeza, palabras cola, pero que se las arregla para construir un retrato-relato sobrio y poderoso sobre este tiempo y sobre este mundo y muestra –cosa que hay que destacar en Chile– nuevos rumbos para la poesía.

Andrés Anwandter. Libros la Calabaza del Diablo, Santiago, 2006. 56 páginas.

Chilean Electric

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 6 de febrero de 2016

chilean-electricLa abuela de Nona Fernández -o del personaje que toma su voz- le contó que estuvo en la Plaza de Armas la noche en que por primera vez se encendió la luz eléctrica en Santiago. Con detalles precisos que fijaban el recuerdo y el momento de modo sumamente vívido: “La luz se paseaba entre los cuerpos potenciando colores, formas y diseños. Abrazaba cinturas, despeinaba cabezas, estrechaba manos, hombros, pechos, espaldas. Sacaba fuera una nueva dimensión de cada uno”. Pero la abuela, en realidad, nació 25 años después de la llegada de la luz eléctrica a Santiago. Ese recuerdo falso desencadena la pesquisa del libro, pero en realidad lo constituye como una poderosa metonimia desde la que se lee la historia del país. Tras la historia de la abuela, la narradora escribe sobre los cortocircuitos en su vida, cuando las cosas se trastrocan, cuando surge un dato o una realidad que quiebra la lógica y que cambia la vida: la niñita que descubre que los caballos de palo no tienen ombligo, un niño que pierde un ojo en una protesta (“un ojo ahorcado en la plaza pública”), los detenidos-desaparecidos, el traslado de los restos de Salvador Allende y el recuerdo de una de sus frases que tiene una rara vigencia: “Más pasión y más cariño”.

La posterior reflexión sobre la luz y la historia de la electricidad en Chile continúa la manera de reconstruir la historia del país a partir de uno de sus rasgos. Fernández escribe con un estilo de contenido lirismo, que privilegia la claridad -el brillo de la luz, se diría-, y con esa herramienta estilística funde la historia de su abuela, de su máquina de escribir, de sus recuerdos inventados, con la suya y con la del país. Habla igual, brevemente, de las luciérnagas y se refiere a un famoso artículo de Pasolini en donde escribe que se extinguieron en Italia por el avance del progreso. El teórico de arte Georges Didi-Huberman lo contradice y sostiene que “para conocer a las luciérnagas hay que verlas en el presente de su supervivencia: hay que verlas danzar vivas en el corazón de la noche, aunque se trate de una noche barrida por algunos feroces reflectores”. Así funciona, de alguna manera, el libro de Fernández: hay noche, hay cortocircuitos, hay una plaza que se ilumina bruscamente, y hay también los trazos de una luz más tenue y parpadeante, la de las vidas y las esperanzas de los vivos, así como existe la oscuridad de los muertos y el reflector feroz cuya cruda luz solo deja lugar al contraste.

Nona Fernández.Alquimia Ediciones, Santiago, 2015. 108 páginas.

Nuevo destino

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 30 de enero de 2016

klayEn uno de los cuentos, los personajes ironizan diciendo que nada ha motivado más para incorporarse a los marines que Full Metal Jacket, el filme de Kubrick sobre Vietnam. “Y eso que es una película antibelicista”, dice uno, a lo que el otro responde: “No hay ninguna película antibelicista. No existe tal cosa”. El cine es un espectáculo soberbio, que puede rebasar el discurso explícito de una película, o su intención de denunciar los horrores de la guerra; en cambio, con libros como este, no hay cómo entusiasmarse con el resultado. Tal como ya lo hizo Gabe Hudson con la Guerra del Golfo en un libro magnífico, Estimado Sr. Bush, Phil Klay, veterano del cuerpo de marines, pone en escena las guerras de Irak y Afganistán, que fueron cualquier cosa menos que un aséptico paseo por los arenales, sustentados en el abrumador dominio en tecnología bélica de las tropas estadounidenses. Klay, ganador del National Book Award y felicitado por Barack Obama, construye relatos en torno al daño -físico, anímico, espiritual, por decirlo de alguna manera- que la participación en la guerra produce en los soldados y en quienes los rodean.

Klay pasa revista a variados oficios dentro del Ejército: los encargados de las unidades funerarias, los POG (personal militar que no entra en combate, los cuerpos de ingenieros, los encargados de operaciones psicológicas). De este modo, la violencia del enfrentamiento está mediada por otra experiencia o narrada desde un punto de vista no convencional; aunque hay relatos de combates concretos, son los menos. Pero lo que siempre está presente es el riesgo y la precariedad, en zonas donde abundan las trampas explosivas y los atentados suicidas en contra de los vehículos del ejército. Hay otro elemento característico de estos relatos: abundan las siglas -de hecho, hay un glosario de varias páginas para entenderlas-, hasta el punto de que uno de los cuentos está construido sobre ellas. Ello habla de la complejidad de la maquinaria bélica y de la respuesta organizativa, que enuncia y nombra por siglas hasta las cosas más irrelevantes. Con todos ello, ni hay heroísmo, ni épica, ni gloria. Uno de los mejores cuentos -“El dinero como sistema armamentístico”- abre con esta frase: “El éxito era una cuestión de perspectiva”, pues no hubo, ni hay, en esas guerras, puntos claros que marquen un triunfo o una derrota. Solo queda el daño, en las tierras de combate, en los combatientes de ambos bandos, en los civiles caídos, en las familias que reciben a soldados heridos de inimaginables formas.

Phil KLay. Literatura Random House, Barcelona, 2015. 275 páginas.

Svetlana Alexiévich

 

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 23 de enero de 2016

svetlanaUna cronista bielorrusa ganó el Premio Nobel de Literatura 2015. Se ha dicho ya repetidas veces que la gran novedad es el reconocimiento a un género cada vez más popular, la no ficción, o la crónica. Está muy bien que así sea; pero ocurre también que los libros de Alexiévich –al menos los dos recientemente editados por Debate- son profundamente políticos en el mejor sentido del término. Voces de Chernóbil tiene como subtítulo “Crónica del futuro”, porque, para la autora, la catástrofe ocurrida en 1986 es un hito central en la historia del siglo, “un enigma que aún debemos descifrar. Un signo que no sabemos leer. Tal vez el enigma del siglo XXI”. La guerra no tiene rostro de mujer es una crónica asombrosa desde el dato inicial: un millón de mujeres combatió en la Gran Guerra Patria. Y, sin embargo, el relato ha sido siempre desde el ángulo masculino.

Le tomó veinte años escribir la crónica de Chernóbil. El otro libro apareció en 1985, tras años de intenso trabajo y de rechazos editoriales, que cambiaron con la perestroika y Gorbachov. Fue un éxito de ventas enorme. Entre 2002 y 2004 lo reescribió, para incorporar lo que había sacado el censor y notas de sus conversaciones con él. Ambos tienen en común dos cosas. Recogen la otra historia. La catástrofe de Chernóbil está muy bien estudiada y documentada; lo que hace Alexiévich es reconstruir qué pasó en las vidas de quienes sufrieron las consecuencias del accidente. En el otro hace hablar a las mujeres, que llevaban cuarenta años sin poder manifestar su propia mirada sobre el conflicto. Ambos son estremecedores. Como dice la autora, “recordar es, sobre todo, un acto creativo. Al relatar, la gente crea, redacta, su vida”, pero ello demanda trabajo, esfuerzo, para encontrar la propia voz y escapar del punto de vista habitual. Ambos libros son desgarradores. El primer testimonio de Chernóbil es abrumador. Pero hay otra cosa que le agrega valor a cada libro, y es el impresionante talento de Alexiévich para recoger la cadencia de la lengua, el titubeo de las palabras, los rodeos para postergar el momento de decir lo que de verdad duele. Es un ritmo inimitable que recuerda los grandes clásicos rusos y que, más allá de la pertinencia política de los temas escogidos por la autora, constituye sus crónicas como casos de extraordinaria literatura, sin apellido alguno, que estremecen y atrapan a pesar de su implacable dureza.

La guerra no tiene rostro de mujer. Debate, Santiago, 2015. 365 páginas.
Voces de Chernóbil. Debate, Santiago, 2015. 406 páginas.

Inventario de cosas ausentes

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 9 de enero de 2016

inventarioCarola Saavedra nació en Chile, en 1973, pero a los 3 años su familia emigró a Brasil, país donde, con un volumen de cuentos y cinco novelas a su haber, es considerada una de las escritoras más relevantes del momento. Y este Inventario de cosas ausentes muestra claramente por qué; se trata de una novela de amplio registro, que explora el pasado de dos países y que, como otras obras de escritores de su generación y más jóvenes, lidia con las herencias de la(s) dictadura(s) y su efecto en los lazos personales. Por eso es que, a pesar de tratarse de su primer libro traducido al español, resulta familiar; no como un déjà-vu, sino como otra manera de afrontar y elaborar historias que tienen resonancias históricas y biográficas cercanas. Además, Saavedra lleva a cabo un interesante juego con la estructura narrativa, y en eso se advierte más aún su talento y el rigor con que afronta la tarea de la escritura.

Inventario… está organizado en dos partes muy distintas. En la primera, “Cuaderno de anotaciones”, el narrador cuenta fragmentos de la vida de Nina, un personaje que comparte algunos datos biográficos con la autora, y de sus padres y abuelos (todos chilenos); da cuenta de su trabajo en la escritura de una novela; intercala historias paralelas; habla de su vida y de Luiza, su mujer. Dice que “el libro es sobre una mujer llamada Nina”, y eso es verdad, pero respecto de la obra completa, porque la segunda parte, “Ficción”, parece encajonarse durante bastantes páginas en una muy dañada y tormentosa relación padre-hijo, reconstruida a través de fragmentos donde la repetición es el principal recurso estilístico: el hijo dejó la casa paterna a los 23 años; 23 años más tarde, el padre lo cita a la misma casa, al mismo escritorio, y le dice, una y otra vez, las mismas cosas que le decía cuando vivía ahí. La novela vuelve a levantar vuelo con el reingreso de Nina al relato, que se quiebra en historias ajenas, en recuerdos, en biografías, que dejan constantemente en claroscuro quién es quién, pues solo Nina se perfila con claridad frente al que escribe la primera parte y el que protagoniza la segunda. Dos series de diarios operan como fantasmal contrapunto a un relato donde “hay de esos muertos que nunca mueren porque no tienen cuerpo que enterrar”, cuerpos femeninos que envejecen, cuerpos masculinos que deben afrontar, finalmente, que, “para su espanto, llegaba el fin”, a sabiendas también de que el esfuerzo de la escritura, el intento de fijar la historia, puede ser igualmente un espejismo.

Carola Saavedra. Tajamar editores, Santiago, 2015. 134 páginas.