Alfabeto

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 30 de abril de 2016

AlfabetoLa poeta danesa Inger Christensen, de larga trayectoria y múltiples reconocimientos en el ámbito nórdico, publicó Alfabeto en 1981. Prontamente fue saludado como una de las obras cumbre de la poesía del siglo XX; y gracias a Sexto Piso, los lectores en español tenemos acceso, por primera vez, a este trabajo, en una elegante edición bilingüe. La fecha de la edición original es importante: en plena Guerra Fría y cuando aún estaba vigente la tesis de la “Destrucción mutua asegurada” respecto del armamento nuclear, Hiroshima, Nagasaki y los distintos tipos de bombas atómicas, como la de cobalto, “cuyo período de semidesintegración / garantiza un efecto /extremadamente dañino”, tienen una cierta presencia en un libro que repite un motivo, una cadencia, sobre la base de la palabra “existe”: existe lo que nombra la autora, plantas, aves, animales, seres mitológicos, los alfabetos, los defoliantes, los susurros, las cuevas, las glaciaciones, “cigarras, cedros, cipreses, cerebelos”, “los poemas, los días, la muerte”.Ese canto a la existencia, ordenado tanto alfabéticamente como según la secuencia de Fibonacci, es decir, el número de versos correspondiente a cada letra es la suma de los dos precedentes, fluye con una libertad y respeto por el azar que potencia esa estructura aparentemente rígida.

Las cosas que nombra existen, como existe la bomba de cobalto, como existe el amor “tan desmemoriado como tu mano acogida como un pajarillo / en la mía, y la muerte imposible de recordar”; como existe, o existía, puesto que murió en 2009, la voz que entrelaza los versos y que en ese recorrido por las cosas deja entrever su yo más íntimo, que, en lugar de hacer preguntas, mira; en lugar de describir, nombra; en lugar de preferir un relato lineal, sigue círculos concéntricos, espirales y líneas de fuga que también, al final, interrogan al mundo e indagan por el lugar que ocupamos en él. No hay que saber danés para advertir la calidad de la traducción de Francisco Uriz, quien lleva más de 30 años en ello. Hay una cadencia que se siente genuina, como un río de mercurio que se escurre por los intersticios de la estructura, que tiene momentos de un lirismo brillante -“el hielo idéntico a la luz, y en lo más hondo / de la luz glacial la nada, viva, intensa, / como tu mirada a través de la lluvia”- al lado de otros en donde el inicial realismo cede el paso a la interrogación sobre la muerte, a que quizá has olvidado que vas a morir, y notas qué buena vista hay desde la colina que subiste, de todo aquello que se constituye en la materialidad de la existencia, en lo que nos rodea, en lo que está bajo amenaza, en un mundo donde estamos de paso.

Inger Christensen. Sexto Piso, Madrid, 2015. 190 páginas.

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Vida de Rousseau

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 18 de junio de 2016

SoquiTal como señala la traductora y autora del prólogo, Socorro Giménez, la edición de este libro se justifica más por quién la escribió que por el personaje. Hay biografías más completas, una enorme cantidad de aproximaciones teóricas a su obra y está, cómo no, el texto autobiográfico que él escribió, Las confesiones, publicado póstumamente, muy revelador, pero también manipulador. Es uno de los principales filósofos y, diríamos hoy, intelectuales del siglo XVIII, aunque su legado sea profundamente contradictorio, a tal punto que admite muchas etiquetas y distintas valoraciones. Una de ellas es la que resalta esta semblanza biográfica escrita por Mary Shelley: su profunda influencia entre los liberales ingleses; entre ellos, su madre, Mary Wollstonecraft, autora de Vindicación de los derechos de la mujer, uno de los primeros textos que reivindica la igualdad de género, y su padre, William Godwin, filósofo que compartió con su hija la lectura entusiasta de los libros de Rousseau. Ello prueba, señala Giménez, que el filósofo francés fue un compañero intelectual a lo largo de la vida de la autora, desde mucho antes de que comenzara a escribir biografías para una enciclopedia.

De ahí el valor de este ensayo biográfico, seguido por un texto escrito mucho antes, el Retrato de Madame d’Houdetot, la mujer de la que Rousseau se enamoró perdidamente. Estos textos -y otros que han sido recuperados en el ámbito anglosajón- muestran la faceta de editora, ensayista y articulista de una mujer mucho más recordada por una obra que pronto se instaló como uno de los grandes mitos de la modernidad, Frankenstein o el moderno Prometeo, que Mary escribió a los 19 años y que remonta su origen al verano de 1815, cuando las cenizas volcánicas del monte Tambora cubrieron los cielos del hemisferio norte y velaron la llegada del verano. En ese falso invierno, Mary, los poetas Byron y Shelley, John Polidori y otros invitados estaban en el lago Lemán, cerca de la ciudad natal de Rousseau, y esa reunión alimentó la creación de dos potentes arquetipos, el hombre hecho de retazos de hombre y el vampiro. Mary Shelley tuvo una biografía atormentada, pero nunca dejó de trabajar y de escribir, con lo que se ganó un lugar en la escena intelectual inglesa y, aunque nunca escribió directamente a favor de los derechos de las mujeres, como su madre, sí está esa huella que manifiesta una postura feminista evidente en textos como los que presenta este libro, textos educativos, destinados a la clase media, y por lo mismo más interesantes y reveladores de cómo, poco a poco, han ido cambiando la valoración y el papel de las mujeres en la sociedad.

Mary Shelley. Ediciones UDP, Santiago, 2015. 148 páginas.

El libro contra la muerte

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 17 de junio de 2017

canettiLa obra entera de Elias Canetti, Nobel de Literatura en 1981, es una de esas catedrales enormes que, aunque el autor murió en 1994, siguen edificándose: parte de su legado se hizo público en 2004, pero para acceder a sus diarios, a sus cartas y a una ingente cantidad de material inédito, 104 cajas repletas de manuscritos, habrá que esperar hasta 2024. Quizá entonces el presente libro, que ya es póstumo, merezca importantes modificaciones y agregados. Es un libro sobre el que Canetti escribió muchísimo, pero que nunca organizó. Solo hacia 1970 mencionó una posible estructura. Y, al revés de otro de sus libros clave, Masa y poder, no quiso que fuera un desarrollo ordenado de sus ideas, sino una colección de fragmentos que colisionan entre sí. Él lo expresó de la mejor manera: “Solo en sus frases dispersas y contradictorias consigue el hombre recogerse, ser un todo sin perder lo más importante, repetirse, respirarse, enterarse de sus gestos, fundamentar su acento, ensayar sus máscaras, temer sus verdades, convertir sus mentiras en vapor de verdades, encolerizarse para la muerte y desaparecer rejuvenecido”. A pesar de su obsesión contra la muerte, desde que vio morir a su padre de un infarto cuando él tenía 7 años; a pesar de su constante reflexión sobre el posible libro, nunca escribió la primera línea, como indica Peter von Matt en el postfacio. Pero sí sembró su obra de aforismos, reflexiones, microhistorias, citas, referencias literarias, materiales diversos que, para citar una vez más a Matt, “no sabemos cómo se habrían integrado” en la obra que Canetti rumió a lo largo de su vida.

Este libro -un impresionante trabajo, desde luego- recoge cronológicamente los apuntes y fragmentos sobre la muerte, tanto en la obra publicada por Canetti en vida como en los materiales inéditos disponibles, cribados y vueltos a cribar para evitar repeticiones, por ejemplo, pero también para mostrar cómo Canetti volvía a formular, de una manera, antiguas ideas. El resultado es formidable. Si hay alguien que pensó a fondo, en todas sus variables, en el modo en que la muerte nos interroga y a la vez da forma a nuestro destino individual y colectivo, es Canetti. De su rabia contra la muerte, de su afán de vencerla -que sabía vano, pero no por ello renunciaba a él- surge un incesante chisporroteo de intuiciones y reflexiones que no agotan su sentido y que invitan a volver, una y otra vez, a acompañarlo en la desesperación y la ira, en la sensación de que tal vez “esta vida sería menos mala si no fuera arbitrariamente cortada y desgarrada”.

Elias Canetti. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2017. 390 páginas.

Nocturnos

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 10 de julio de 2010

noctur221012011En el mundo contemporáneo, la música ha pasado a ser parte del tramado cotidiano de manera radical. Puede crear vínculos y establecer misteriosas afinidades, tanto como desatar odios y desprecios. La complicidad en torno a los gustos musicales suele ser un ingrediente esencial en cualquier tipo de relación. Sobre ese fondo, Kazuo Ishiguro, uno de los estandartes del dream team de narradores británicos nacidos mayormente en la década de los cincuenta, escribió su primer volumen de cuentos.El subtítulo del libro es “Cinco historias de música y crepúsculo”. Desde luego, el papel protagónico de la música, ya sea desde la interpretación como desde la complicidad en torno a los gustos, y a un cierto tono de melancolía ligado al paso del tiempo y al desgaste que produce en las relaciones de pareja. Es que otro denominador común de los relatos es que se refieren a parejas que están en una zona crepuscular, recién separadas o en vías de hacerlo, por más que el amor mutuo siga siendo una presencia poderosa y viva entre ellos.

Lo seductor de estas páginas está en la perfecta amalgama entre el pretexto y el fondo; es decir, en el modo en que la música y sus efectos se entrelazan con tramas de alcance más universal. Ishiguro, tal como lo mostró en su novela más conocida, Los restos del día, es un maestro en la creación de tonalidades, de climas narrativos, que acompañen y resalten el hilo de sus historias. En este caso, desde el cantante melódico estadounidense que quiere relanzar su carrera y necesita para ello una esposa joven, hasta la pareja de suizos que funden lírica y pop en pequeños escenarios de Europa y ya no logran conciliar el desbocado optimismo de él y la lucidez descarnada de ella, cada relato crece y se desarrolla buscando en todo momento la empatía con los personajes y, por esa vía, con el lector, que no puede menos que hacerse cómplice de ellos. Pero no resulta fácil; Ishiguro no es un optimista y el segundo relato, que podría leerse en clave de comedia, termina por crear la asfixiante sensación de que los malentendidos pueden envenenar cualquier relación. Algunos de los personajes se repiten en los cuentos, aunque en otros contextos, lo que enriquece aún más el tramado delicado y firme a la vez que propone el autor. Y de paso demuestra que, a contrapelo de algunos rezongos que se escuchan ocasionalmente, su generación aún tiene mucho que decir en la narrativa británica.

Kazuo Ishiguro. Anagrama, Barcelona, 2010. 251 páginas.

El Libro de las cosas nunca vistas

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 21 de mayo de 2016

PN914_El libro de las cosas nunca vistasOK.inddPeter Leigh, pastor cristiano, postula a un trabajo. Lo examinan durante semanas o meses. Una de las situaciones a las que debe reaccionar es esta: va a otra ciudad y sale a comer con sus anfitriones. En el restorán, muy animado, hay una jaula donde pequeños patitos corretean junto a su madre. “Cada pocos minutos, un chef agarra uno de los patitos y lo arroja a una olla de aceite hirviendo. Una vez frito, lo sirven a los comensales y todo el mundo está contento y relajado”. Quizá la cita ayude a indicar lo singular que es esta novela; aunque su trama se puede resumir rápido en viajes interestelares, alienígenas, capitalismo desenfrenado, caos apocalíptico en la Tierra y amores trágicos, nada de eso puede orientar la lectura. Si alguien busca una novela de ciencia ficción, saldrá decepcionado (o no pasará de las primeras páginas). Si alguien no la lee porque hay extraterrestres, se perderá una creación genial. Es uno de aquellos raros casos de novelas que revientan las categorías y de las que se puede decir, sin más, que es literatura, pura, dura y buena literatura.

Faber retoma aquí algo que ya había planteado de alguna manera en Bajo la piel, que tuvo una horrible versión cinematográfica, quién es el otro. O, mejor dicho, cuándo reconocemos que estamos frente a un otro y no frente a algo donde no vemos un reflejo especular que nos permita sentirnos interpelados. A ello agrega Faber una interrogante poderosísima: cómo puede ser recibido, entendido y asimilado un relato tan complejo y lleno de símbolos como la Biblia entre seres cuya historia es no tener historia, ni memoria, ni recuerdo, solo presencia. Seres parecidos hasta un cierto punto, pero tan radicalmente distintos en otros que el solo hecho de lograr hablar con ellos es una hazaña social y lingüística mayor. Y mientras Peter lidia con ellos con mucho más éxito de lo esperado, allá lejos y atrás la Tierra se desmorona y Bea, su mujer, pareciera derrumbarse con el planeta. Pocas novelas tocan también, tan de cerca y con tanta delicadeza, la fragilidad humana, ya no física ni tecnológica, sino aquella que se expresa en la capacidad de resistir los embates de la existencia y de entablar relaciones afectivas. Todos los personajes de Faber -los humanos, al menos- están dañados, y cómo resuelven los puzzles de su existencia es una de las tantas variables que atrapan en esta novela dislocada, extraña y apasionante, tan genial como su gran obra anterior, Pétalo carmesí, flor blanca, tan de este tiempo y a la vez tan adelantada a él.

Michel Faber. Editorial Anagrama, Barcelona, 2016. Traducción de Inga Pellisa. 624 páginas.

Travesuras de la niña mala

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 17 de junio de 2006

travesurasninamalaA Mario Vargas Llosa aún lo salva el oficio, aunque esta vez camina por el borde del abismo. Esta novela parece un trabajo fallido al que le falta una parte, un desarrollo paralelo que asoma en largas parrafadas pedagógicas incongruentes con la personalidad y estilo del protagonista y narrador de la historia. Vargas Llosa suele trabajar en textos e historias paralelas. En realidad, es casi su marca de fábrica, el sello de su estilo, que llevó a cotas notables en La Casa Verde y Conversación en la Catedral. Esta novela, en cambio, es lineal y única, una sola historia, pero a ratos pareciera emerger el fantasma de la ausente en trozos que parecen incrustaciones sociológicas, históricas o filosóficas, con el agravante de que no son asumidas como tales: entonces, además, son de una liviandad exasperante.

Tal como se preocupa de señalar el texto de la contratapa del libro, la trama se desarrolla en ciudades como París, Londres, Tokio y Madrid (además de Lima, claro, aunque no es tanto Lima como Miraflores, el barrio de la infancia del autor y de muchos de sus personajes, incluido el protagonista de ésta) y en el momento más oportuno: el despertar de los sesenta en París, paralelo a la emergencia de las guerrillas en Perú; el hippismo en Londres; el apogeo de la yakuza en Tokio; el destape en Madrid. La ubicación estratégica en el tiempo y el espacio posibilita el mecanismo de la digresión, pero también muestra con demasiada claridad el pie forzado.

La principal historia es algo mejor. La relación entre el niño bueno y la niña mala, entre el Perú de los privilegios y el Perú de la miseria, tiene sus momentos atractivos y el carácter de ella, de la niña mala, está bien logrado, pero todo ello no es suficiente para darle vigor a una novela anémica, con falsos finales y un romanticismo tan azucarado que le vendría bien la etiqueta de novela rosa. Cabe aún una interpretación más audaz: la novela puede ser entendida como la historia de la relación de Vargas Llosa, el niño bueno, con el Perú, la niña mala, que se mueve entre la atracción y el asco, el encantamiento y la repulsión, el amor loco y el odio furibundo. Puede ser extremar la libertad interpretativa, pero al menos proporciona un eje de lectura que le da algo de misterio al desabrido texto.

Mario Vargas Llosa. Alfaguara, Madrid, 2006. 376 páginas.

Bonsái

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, primero de abril de 2006

Bonsái«Al final, Emilia muere y Julio no muere. El resto es literatura». Así cierra el primer párrafo de esta novela -­digámoslo así­- de Alejandro Zambra, poeta y crítico literario que debuta en el género narrativo. La frase final suele usarse, en otros contextos, para desacreditar lo que se considera accesorio o no atingente a un determinado asunto. Una frase hecha, una muletilla que suele escucharse en programas televisivos y, desde luego, en tono y con ademán descalificador.

En Bonsái, en cambio, el resto es la novela. Podría decirse, entonces, que la frase es redundante e innecesaria, pero no es así: Zambra busca, desde el principio y por diversos medios, mantener siempre una cierta distancia entre el lector y lo narrado, una distancia que recalca, precisamente, que se trata de un texto literario y no de la imitación o transposición de la realidad. No hay efectos especiales para ilusionar al lector y hacerlo creer que el texto es algo distinto de un texto literario, carácter acentuado más aún porque los protagonistas, Emilia y Julio, estudian literatura, hablan de libros e incluso incorporan las lecturas en voz alta a sus ritos sexuales, y porque el ritmo sinuoso que sigue su historia está también marcado por páginas y autores determinados.

Un juego adicional se establece entre el título de la obra y sus características: es una miniatura literaria, un texto muy breve, muy bien trabajado y decantado hasta el extremo, cuya principal virtud quizá es que relata, como tantos otros libros, una historia de amor; pero lo hace con herramientas nuevas, con otra mirada, con otra sensibilidad, hasta el punto de traspasar la distancia establecida artificiosamente y establecer, en último término, una comunicación privilegiada con el lector. En efecto, la novela de Zambra finalmente conmueve y remueve con el hálito de tragedia ya anunciado en el primer párrafo, aunque lo hace de manera insidiosa, como si no quisiera hacerlo, como si sólo se tratara de literatura en el sentido derogatorio de la expresión; pero no, es literatura de la mejor clase, una obra de extraña madurez que hace de la brevedad una de sus mayores virtudes, por lo mucho que se puede decir y sobre todo sugerir en tan pocas páginas.

Alejandro Zambra. Anagrama, Barcelona, 2006. 96 páginas.

Trilobites

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 16 de junio de 2012

PORTADA setenta acr’licoUna docena de cuentos es todo lo que legó a la posteridad Breece Dexter Pancake, que adoptó el D’J como segundo nombre en sus publicaciones por un error de imprenta que terminó por gustarle. Escueta herencia: es que se suicidó a los 26 años, en 1979, por razones que no han podido dilucidarse. A la inversa de otra gran promesa de las letras estadounidenses que también se quitó tempranamente la vida, John Kennedy Toole, el talento de Pancake sí era reconocido y varios de sus relatos aparecieron en la prestigiosa revista The Atlantic, donde precisamente se originó la errata que lo rebautizó. A cuatro años de su muerte apareció la edición de estos 12 cuentos, traducidos al castellano por primera vez.

La impresión que produce la lectura de los relatos es extraña. Por un lado, pareciera tratarse de un estilo y temáticas familiares; de hecho, tal como señaló Rodrigo Fresán, Pancake se inscribe en la tradición muy estadounidense de la literatura de los espacios abiertos. Pero también ofrece una sorprendente madurez estilística y recoge como pocos el ambiente rural de los blancos pobres, tal como antes James Agee en Hablemos ahora de hombres famosos (en plan reportaje, eso sí) y hace poco Donald Ray Pollock en Kno-ckemstiff. También recuerda, pero sólo en el sentido de la manera de construir los relatos, a Raymond Carver; se trata de momentos, de retazos de vidas, de tramas que podrían haber comenzado antes y haber terminado después. Lo que importa es el clima y su certera caracterización de personajes que muestran tanto la dureza que emana de sus malas condiciones de vida como la fragilidad propia de la especie humana. Hay algo ásperamente sofocante en cuentos que desnudan miserias y brutalidades, celos y pasiones, pero sobre todo la desesperanza que atenaza vidas sin horizonte ni misterio. Por lo mismo, importan poco los finales abiertos y las tramas que parecen no resolverse; lo que pueda haber ocurrido antes y lo que después vendrá no será muy distinto de estos momentos de implacable dureza que Pancake supo trazar con tanta firmeza. Él mismo lo sugiere: “En la gasolinera, en un día sin nada que hacer, a veces pienso en las cosas que tal vez le ocurrieron a Chester, me invento pequeñas obras para que me las represente, esté donde esté”. Pocas líneas pueden representar mejor el tedio profundo de un pueblo perdido en el campo sin límites de la América rural.

Breece D’J Pancake.Alpha Decay, Barcelona, 2012. 229 páginas.

Me acuerdo

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 30 de junio de 2007

UN LIBRO DE CULTO

Me acuerdo PerecGeorges Perec es uno de los autores más singulares del siglo pasado. Autor de culto e incomprendido por muchos, que lo acusan de excesivo interés en la forma y desmedida vocación lúdica, el escritor francés influyó mucho más de lo que se piensa en las nuevas maneras de entender las fronteras de la narrativa. Durante 15 años fue autor de los crucigramas semanales de Le Point, escribió en los más diversos géneros y trabajó como archivero del laboratorio de investigación neurofísica del hospital Saint-Antoine. Hace algunos años, la editorial Gedisa publicó una selección de obras breves bajo el título Pensar/Clasificar, una síntesis del estilo de aproximación de Perec a la literatura: obras para armar, en la expresión de Cortázar, animadas por el afán de juego y de una cierta manera de reproducir el funcionamiento del azar, con los cruces, las coincidencias, las sorpresas y los giros inesperados.

Me acuerdo es un libro de culto, pero que hasta ahora no había sido traducido al español. Perec se inspiró en I remember, de Joe Brainard, y lo informa la misma lógica de dejar en libertad a la memoria para reconstruir, a través de fragmentos caprichosos, una época y una vida. El libro de Perec tiene 480 entradas, todas muy breves, donde pone en escena programas radiales, libros, deportistas, películas, juegos, expresiones, músicos, modas, lugares, diálogos, barcos, en fin, de todo lo que pueda surgir en el ejercicio de recordar. El resultado es fascinante, un mapa de época, una colección de estímulos, la cartografía de la materia prima de donde brota una obra literaria compleja y provocativa, aún no reconocida en todo su valor.

Me acuerdo fue publicado en 1978, cuatro años antes de la muerte de Perec. Y aunque muchas referencias son desconocidas para el lector contemporáneo (aunque ayudan las notas y el índice de materias), no es apremiante saber a qué se refiere el autor en cada entrada; lo importante es el valor del ejercicio, que reivindica la libertad creativa y estimula la participación del lector. En eso, Perec destaca sobre la mayoría de sus colegas. Es posible encontrar el libro en librerías como Ulises o Altamira.

Georges Perec. Editorial Berenice, Córdoba, 2006. 173 páginas.

Me acuerdo

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 31 de octubre de 2009

me-acuerdo-brainardJoe Brainard, artista plástico, murió en 1992 a los 52 años. Dejó atrás una interesantísima obra de collages, cuadros y montajes; además diseñó portadas de libros y discos, disfraces de teatro y escenografías, pero, curiosamente, debe buena parte de su fama a una serie de libros que comenzó a publicar a los 28 años bajo un mantra tan sencillo como reconocible y eficaz: “me acuerdo”. Al compás de esa fórmula de evocación recupera su biografía y también el espíritu de la época que le tocó vivir: su adolescencia en Tulsa, Oklahoma y su juventud en Nueva York. Pero, sin duda, Brainard pone el acento en el primer factor, su biografía, hecha de humores, hedores, deseos y vuelos sublimes, con alguna crudeza respecto de sus experiencias homosexuales y un aire de sinceridad que parece ser la clave de la permanencia de su libro en la memoria colectiva. Brainard trabaja desde el fragmento, el dato o la experiencia única, con libertad, sin orden, al ritmo que dicta la sola evocación. Y, con toda su brevedad y concisión, con su modo errático, descubre una manera de hablar de sí mismo que tiene resonancias universales. Paul Auster escribió que “con frases sencillas y contundentes, traza el mapa del alma humana y altera de forma permanente la manera en que miramos el mundo”. La reciente edición de Sexto Piso, primera en español, salda una deuda ya antigua con un texto que deberíamos haber conocido antes.

En 1982, 12 años después del primer Me acuerdo de Brainard, Georges Perec publicó los suyos y señaló que “el título, la forma y, en cierto modo, el espíritu de estos textos se basan en los I remember de Joe Brainard”. Sí, sólo en cierto modo, porque el de Perec apela más a la memoria colectiva que a la biografía, son más generacionales que personales. Sus Me acuerdo, dijo el mismo autor, “son pequeños pedazos de cotidianidad que fueron vividos y compartidos y luego olvidados. Sin embargo, de repente regresan, por azar o porque han sido buscados entre amigos una noche”, banales, mínimos, insignificantes, pero que, al recuperarlos, provocan “unos segundos de una impalpable y pequeña nostalgia”. Perec, capaz de escribir un libro sobre lo que se ve desde la mesa de un café parisino, no es, obviamente, un mero imitador y esta particular forma de evocación parece creada para él mismo, un artista del fragmento y el detalle que, sin embargo, conforman una obra de portentosa creatividad.

Georges Perec. Berenice, Córdoba, 2006. 173 páginas.

Joe Brainard. Sexto Piso, Ciudad de México, 2009. 146 páginas.

La novela total sobre la batalla de Stalingrado

Artículo publicado en el suplemento «Artes y letras», del diario El Mercurio, 6 de abril de 2008

La aparición de este libro, directamente traducido del ruso, fue uno de los acontecimientos literarios más importantes en el ámbito de la lengua española. No sólo porque es una de las grandes obras narrativas del siglo XX, sino también porque ha logrado un impresionante éxito de lectores desde su publicación el año pasado.

En 1985, Seix Barral publicó una edición de Vida y destino, pero traducida del francés. Eran 800 páginas en letra pequeña, difícil de leer, y pasó totalmente inadvertida. Tampoco la edición inglesa tuvo mayor repercusión, aunque sí fue éxito de ventas en Francia. Más de veinte años después, y en buena medida gracias a la obra del historiador inglés Anthony Beevor, que editó y publicó los diarios de corresponsal de guerra del escritor ruso, Vida y destino alcanza un feliz renacimiento.
Vida y destino

En Inglaterra, pasó de vender 500 ejemplares al año a vender 500 al mes. En España, la cuidada edición de Galaxia Gutenberg, traducida directamente del ruso por Marta Rebón, ha sido uno de los libros más comentados y celebrados de los últimos tiempos. Según indicó el diario español ADN en noviembre de 2007, la editorial esperaba “vender entre el mandarinato cultural algunos (pocos) miles de copias”, pero a poco más de un mes ya había vendido 100 mil, y miles más se preparaban en la imprenta, cosa notable para un libro de 1.100 páginas. En Chile, a pesar del precio, la novela de Grossman también acaparó las vitrinas de las librerías y hoy está prácticamente agotada.

Pero el camino para llegar a este reconocimiento ha tenido un trazado donde el azar, la decisión y la buena fortuna han corrido parejas. Desde luego, Grossman no vivió para presenciarlo, y ni siquiera lo suficiente como para intuir que sería posible.

Dos o tres siglos de censura

Grossman concluyó Vida y destino en 1960, cuando todavía duraba el espejismo de la apertura iniciada por Jruschov y su denuncia de los crímenes del estalinismo. El antiguo comisario del Ejército Rojo estuvo en Stalingrado, al igual que Grossman, pero ya estaba asediado por el impulso restaurador, por así decirlo, de los viejos cuadros del PCUS. Con todo, Grossman confiaba en que su novela, por su dimensión épica, por su rescate del heroísmo del pueblo ruso en la gran guerra patriótica y por su prestigio como periodista, podría ser publicada. En octubre de ese año la entregó a los editores de la revista Znamya. En febrero de 1961 recibió la respuesta: tres agentes de la KGB, la policía política soviética, llegaron hasta su casa a confiscar el manuscrito, las cintas de la máquina de escribir, el papel calco y cualquier papel relacionado con la novela. Ya no se hacía desaparecer personas, como en los tiempos de Stalin, pero sí se podía secuestrar un manuscrito.

Pero el autor no se rindió de inmediato. No sólo confiaba en el valor literario y testimonial de su novela, también apelaba a la verdad. Le escribió a Jruschov que “sigo creyendo que he dicho la verdad, que escribí el libro amando a los hombres, confiando en ellos. Pido la libertad para mi libro”. Finalmente, Grossman fue recibido por Mijail Suslov, un dirigente del partido que, según el historiador Zhores Medvedev, prefería “tener poder real antes que notoriedad pública” y, con ese bajo perfil, fue el gran ideólogo y estratega de la Guerra Fría. Medvedev, además, sostiene que era “el tapado” de Stalin, que no asumió el poder sólo porque el extremo secretismo del dictador se llevó a la tumba los hilos de la operación para encumbrarlo. Suslov fue, pues, el encargado de desalentar finalmente a Grossman. Según algunas versiones, se limitó a decirle, en tono condescendiente, que volviera al estilo de sus primeras y ortodoxas obras (en rigor, no eran así). Según las más difundidas, Suslov dijo que Vida y destino no podía ser publicada en 200 o 300 años.

La celebración de Steiner

Grossman tenía 56 años cuando concluyó Vida y destino. Murió a los 59, de cáncer, y sin esperanzas de ver publicada su obra, aunque, por fortuna, había hecho dos copias antes de hacer pública la existencia del manuscrito. Años después, gracias al físico Andrei Sajarov, una de esas copias fue enviada fuera de la Unión Soviética y a comienzos de la década de los ochenta, en Suiza, apareció la primera edición de Vida y destino.

Tras leer aquella edición, el crítico George Steiner escribió que “novelas como La rueda roja de Solzhenitsin y Vida y destino eclipsan todo lo tenido por ficción seria en Occidente al día de hoy”, afirmación que puede ser un tanto exagerada y probablemente escrita al calor de disputas ideológicas que hoy no están vigentes. Aún así, un elogio tan excesivo en apariencia despertó la ira de escritores como Anthony Burgess. El escritor Robert Chandler, traductor de Grossman al inglés, dice que el autor de La naranja mecánica acusó a Grossman de falta de imaginación, “algo sorprendente que atribuir a un escritor capaz de describir tan convincentemente los últimos momentos de un niño muriendo en una cámara de gas nazi”.

Más allá de estas polémicas, muy propias del ámbito literario, aunque hubo reconocimientos tempranos como el de Steiner y la crítica francesa, sólo recientemente, como está dicho, Grossman ha logrado el reconocimiento que su extraordinaria novela merece.

En Memoria del mal, tentación del bien. Indagación sobre el siglo XX, el crítico literario, filósofo e historiador Tzvetan Todorov, llamado por L’Express “el apóstol del humanismo”, dedicó un capítulo a Grossman y tomó los epígrafes de los capítulos de un texto suyo, La Madona sixtina. El resultado de su intento por definir qué es lo más característico del siglo pasado no es optimista: según Todorov, “el resultado capital, para mí, es la aparición de un mal nuevo, de un régimen político inédito, el totalitarismo que, en su apogeo, dominó buena parte del mundo”. Y para testigo de aquello, Grossman es, sin duda, uno de los privilegiados.

Vida y destino se desarrolla en una multiplicidad de escenarios. Aunque el foco central está en torno a la batalla de Stalingrado, el lector viaja, junto a los personajes de Grossman, desde el campo de concentración alemán de Treblinka hasta los campos de trabajo de Kolimá, en Siberia, por distintas ciudades y pueblos que acogen a miembros de la familia Sháposhnikov y por la Lubianka, la tristemente célebre prisión moscovita que operaba como lugar de interrogatorio y tortura y centro de distribución de prisioneros desde y hacia todo el territorio soviético.

El argumento

La línea argumental remarca la amplitud de la geografía en lo que quizá fue lo más irritante para las autoridades soviéticas, precisamente lo que Todorov resalta desde su análisis histórico y cultural: que el nazismo y el estalinismo son dos caras de la misma moneda totalitaria.

Grossman, además, pone como protagonista a Víctor Schtrum, físico judío, y no vacila en denunciar todas las formas, desde las insidiosas del lenguaje y el gesto corporal hasta la descarada cooperación con el genocidio, del antisemitismo ruso, lo que vuelve a igualar, en su afán asesino, a nazis y estalinistas (su otra novela tardía, Todo fluye, relata el estremecedor exterminio de los campesinos ucranianos a comienzos de la década de los treinta).

Todo fluye

Ante novelas de tan vasta extensión cabe siempre la pregunta, legítima, de si se justifica tamaña empresa. Robert Chandler cuenta, con mucha gracia, que cuando le ofrecieron traducir Vida y destino, se negó de plano: él no sólo no traducía novelas de semejante calibre, sino que no las leía. Pero, como tantos otros lectores, quedó cautivado con esta escritura de formato clásico, transparente y conmovedora, que se da tiempo para adentrarse en el alma de sus personajes y en permitir que cada uno de ellos adquiera la autonomía que exige su papel dentro del relato.

Novela episódica, con capítulos que podrían ser autónomos, con personajes históricos y ficticios, se va armando en la lectura como un gran fresco, un cuadro de increíble viveza, horror y dolor, que a pesar de todo el espanto que narra rescata la humanidad y el valor de las vidas humanas, aún de las más pequeñas y desvalidas, o sobre todo de las más pequeñas y desvalidas.

Grossman, ha destacado la crítica, logra la hazaña de aunar el valor testimonial del testigo privilegiado con la potencia del escritor que crea mundos. De ahí la carga de verdad que respira cada línea de su novela; de ahí su capacidad para conmover, emocionar y atrapar al lector.

Recuadro: Antony Beevor y su rescate de Grossman

El escritor inglés Antony Beevor (1946) dejó el servicio en el ejército y la escritura de novelas para pasarse, doblemente armado con ese bagaje, a la investigación histórica. Se especializó en los años más duros y conflictivos del siglo XX, las décadas de los treinta y los cuarenta, con obras ejemplares que han renovado la manera de hacer historia: cada libro suyo se lee con tanta pasión y sentido del suspenso como una novela.

A ello hay que agregar la solidez de la documentación. En su investigación para Stalingrado, Beevor dio con los diarios y papeles de Grossman, sepultados en el Archivo del Estado Ruso de Literatura y Artes. Ahí estaba no sólo el material básico para sus artículos en Estrella Roja, el diario del Ejército Rojo, que lo convirtieron en el corresponsal de guerra más admirado de la Unión Soviética, sino también, en germen, Vida y destino. Beevor lo citó abundantemente en su extraordinario díptico sobre el frente oriental, Stalingrado y Berlín. La caída: 1945, y luego emprendió la edición de todo el material encontrado -diarios, artículos, cartas- en Un escritor en guerra, rescate -y homenaje a la vez- del trabajo de Grossman, que constituye, según Beevor, “no sólo la materia prima de la que se sirvió un gran escritor” sino que también representa, “de lejos, los mejores testimonios sobre el Frente del Este, quizá las descripciones más penetrantes de lo que el propio Grossman llamaba ‘la verdad despiadada de la guerra'”.

Vasili Grossman. Vida y destino. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2007. 1104 páginas.