El porvenir es largo

Artículo publicado en la revista Caras número 144, 18 de noviembre de 1993

Impactantes memorias del filósofo Louis Althusser

“¡He estrangulado a Hélène!”

El domingo 16 de noviembre de 1980, en su departamento de París, el filósofo Louis Althusser estranguló a su esposa, Hélène. Pocos meses después, el tribunal concedió al filósofo el beneficio de la sentencia de “No ha lugar”, liberándolo de culpa a causa de sus graves trastornos síquicos. Althusser no pudo, pues, ni siquiera intentar una explicación: fue sepultado, sin más, bajo la losa sepulcral del silencio. Años después, ya liberado del encierro en hospitales psiquiátricos, pudo escribir, en 1986, el impresionante testimonio de su vida y de su crimen, publicado póstumamente- murió en 1990- con el título que él mismo eligió: El porvenir es largo. Acaba de aparecer en nuestras librerías.

althusser¿Qué puede ser peor, el juicio público, la defensa pública, la sentencia por un tiempo preciso -durante el cual se considera que el criminal “paga su deuda” con la sociedad-, o el silencio total bajo la losa del no ha lugar? Es lo que Althusser se interroga en las páginas iniciales de su libro. El criminal sicópata, cercenado de todo derecho a voz, aislado por tiempo indefinido en un pabellón para locos, desaparece, literalmente, de la vida pública. Restringido su derecho a visitas, al contacto con abogados, con parientes, con colegas, reducido a la rutina de los médicos y los enfermeros, el criminal beneficiado por el no ha lugar no tiene manera de restablecer su contacto con la realidad, salvo el difícil camino de la recuperación de su bienestar síquico en un ambiente que no lo favorece, sino todo lo contrario, y, aun, expuesto a que los médicos tratantes reconozcan -o no- su eventual mejoría.

Nada de esto justifica, por cierto, el crimen, y el primero en saberlo es Althusser, tremendamente consciente -a posteriori- del hecho atroz de haber dado muerte a la mujer que amaba por sobre todas las cosas, su nexo más fuerte con ]a realidad, su impulso más decisivo para toda su carrera de filósofo y profesor. Por lo mismo es tan fuerte la voluntad expresiva de A]thusser, en busca no de una justificación, no de la legitimación de su asesinato, sino de la explicación de las circunstancias -dolorosas, crueles, terribles- que permitieron que se cometiera. De paso. en un autoanálisis que deslumbra por su claridad y por su falta de complacencia consigo mismo, Althusser pasa revista a todos aquellos sucesos que lo marcaron y estructuraron su personalidad. Parte de ello lo constituye su singular trayectoria filosófica, que lo levantó como uno de los más importantes pensadores marxistas del siglo.

Fantasmas de la infancia

Althusser nació en Argel, en ese entonces capital de la colonia francesa de Argelia, en 1918. Dos parejas de hermanos están en el origen de su tragedia vital: Charles (su padre) y Louis Althusser, por una parte; y las hermanas Lucienne (su madre) y Juliette Berger. Amigos los padres, no tardaron en concordar el matrimonio de sus hijos: Louis con Lucienne y Charles con Juliette. Pero, en el transcurso de la Primera Guerra Mundial, Louis murió en un accidente aéreo, y su hermano Charles optó por pedir la mano de su prometida, Lucienne. Esta última, que adoraba a Louis, tranquilo, estudioso y puro como ella, se vio repentinamente en los brazos de Charles. Según el hijo de ambos, Lucienne jamás pudo recuperarse de la impostura, y amó a través del hijo a su hombre ausente. Dolorosa sensación de irrealidad, de no existir o de existir solo en el recuerdo de otro, tal es el primer y central fantasma en la historia del filósofo, que marcó –junto a otras fobias de su madre y a la ausencia del padre, no tanto fisica, sino más bien como ausencia del ejercicio de la función de tal- el crecimiento de Althusser. Niño aislado de los otros niños, dedicado al amor por su madre violada y violentada por su padre, con la aterradora sensación de no existir realmente, sobrevivió, sin embargo, y creció soportando las agudas tensiones que desembocarían, más tarde, en prolongadas depresiones y periodos posteriores de exaltación. Sólo a los 27 años, Althusser supo que la excitación sexual podía concluir en un orgasmo; a los 29, cuando conoció a Hélène, no sólo era virgen, sino que además nunca había besado a una mujer. La extraordinaria lucidez del análisis, casi maniática en el detalle y el tramado argumental, hace virtualmente imposible sintetizarla en breve espacio. Por lo demás, Althusser escribió el libro, entre otras razones, para volver a sumergirse en el anonimato, diciendo todo lo que era posible decir sobre sí mismo y comentándolo ampliamente, de tal manera de no dejar el hueco para voces ajenas que intentaran “tener ideas” sobre él.

Hélène, la desesperada

Althusser - HeleneAl regreso del campo de concentración, ya militante del Partido Comunista Francés (PCF) e iniciado en los estudios superiores, Althusser conoció a Héléne, mujer ocho años mayor que él y, si cabe, aún más desesperada. Su madre esperaba un hijo y, en lugar de él, se encontró a una niña morena y fea a la que odió hasta su muerte. A los 12 años, el padre de Hélène enfermó de cáncer y ella lo cuidó. Cuando llegó el momento de la agonía teminal, el médico solicitó a la hija que fuera ella quien administrara la dosis de mortina que le traería el definitivo descanso. Un año después, la misma situación se repitió con la madre que la odiaba. Durante la segunda guerra mundial, todos los amigos de Hélène, comunistas como ella, fueron apresados y fusilados por los nazis. Al término del conflicto, Hélène, perdidos los lazos con el partido y en medio de la más absoluta miseria, reflejaba en su rostro todo el dolor de una existencia marcada por la muerte y la desgracia. El impulso irrefrenab]e de Louis fue de salvarla a corno diera lugar, de su pobreza, de su aislamiento, de su fama de mujer con un terrible carácter. Que Althusser la amó, no cabe duda. A su manera, claro, con sus neurosis a cuestas, con su afán de mantener reservas, de dinero, de alimentos, de libros; pero también de amigos y de mujeres, para prevenir la horrible posibilidad de que Hélène lo abandonara y lo devolviera, una vez más, a la soledad que lo cercaba desde niño.

Filósofo y político

Althusser da cuenta de la peculiar relación que existe entre la filosofía y su vida personal, en un análisis sorprendente que lleva a la conclusión de que la formulación de una cosmovisión filosófica es mucho menos el resultado de la reflexión pura, que el resultado de la particular puesta en marcha de obsesiones personales derivadas de la propia historia. De esta manera, esa visión de la filosofía que se sintetiza en la imagen de subir a hombros de un gigante y, desde esa altura, mirar un poco más lejos que los antecesores en la tarea del pensar, se ve brutalmente refutada. El recurso al texto de los filósofos, a la historia de la filosofía, y su atenta lectura (trepar por el cuerpo del gigante), frecuente manera de entender el aprendizaje y la práctica de la filosofía (que, como se puede deducir prontamente, no lleva muy lejos, por el ingente corpus de lectura que el fatigado aspirante a filósofo debe enfrentar), sufre un serio golpe ante este teórico famoso que se reconoce no solo un mal lector (incluso de Marx), sino que también hace gala de deducir, a partir de frases sueltas, el pensamiento o la Iínea central de pensamiento de un libro o de un autor, tremenda refutación del hábito de recorrer una por una, con ánimo reverencial, las palabras de algún filósofo, elaborando al propio tiempo comentarios que enriquecen (o simplemente aumentan) el ya desmesurado corpus textual del autor y sus referencias.

Althusser - Para leerSus relaciones con el marxismo canónico y el Partido Comunista Francés nunca fueron buenas. Sus puntos de vista, bastante poco ortodoxos, desembocaron en una lectura de Marx que pretendía restituirlo al propio rigor de su pensamiento, desechando sus incongruencias y pensando lo que debió haber pensado sobre sus propios supuestos. Borraba así de un plumazo las interpretaciones literales de Marx, la lectura reverencial y el apego a la letra, así como la tradición soviética y estalinista. Nunca renunció, ni en la etapa más tardía de su vida, a sus postulados, a su afirmación del valor del materialismo, a la utopía de arribar, alguna vez, a una sociedad en la que no existan relaciones mercantiles. Pero su opinión acerca de la Unión Soviética y de los socialismos reales, aun antes de su estrepitosa caída, era durísima. Para Althusser, la transición del capitalismo al socialismo vía socialismo de Estado -el modelo que se puso en marcha en la Unión Soviética y sus satélites- era, simplemente, mierda, un río de mierda. Respecto del PCF, a pesar de reconocer que no había una mejor escuela para la formación intelectual y práctica de militantes dedicados a la consecución del objetivo de luchar por una sociedad sin clases, le enrostra no sólo corrupción, burocratismo y dogmatismo, sino también lo acusa de traición a quienes se debía en primer lugar, los proletarios. Traición durante la segunda guerra mundial, por un equivocado alineamiento con la política de pactos de Stalin; y traición durante los sucesos de mayo de 1968, cuando el temor a las masas soliviantadas e izquierdizantes llevó al PCF, según Althusser, a renunciar al triunfo en una situación que sólo cabía definir como revolucionaria.

En suma, se trata de la notable aventura mental y política de un inlelectual metido de lleno en la historia de su época. Althusser opina largamente acerca de las figuras del pensamiento francés contemporáneo –Sartre, Derrida. Merleau-Ponty, Foucault-, de los dirigentes del PCF, de los sucesos de mayo de 1968, de la política del partido. No es preciso, ni mucho menos. compartir sus tesis para acompañarlo en un recorrido que deslumbra por su claridad y rigor, por la generosidad de su pensamiento y el respeto de Althusser por el pensamiento de otros. Como señala en el libro, “aunque se crea y se diga de derechas, eso me da igual, me interesa todo pensamiento cuando no se contenta con palabras, cuando atraviesa la capa ideológica que nos aplasta para llegar, como por un contacto físico material (una modalidad más de la existencia del cuerpo), a la realidad totalmente desnuda”.

Los hechos

Toda la polémica trayectoria de este filósofo. gran formador de intelectuales y creador de su propia escuela de pensamiento, pareció romperse en ese domingo de otoño de 1980.

¿Qué ocurrió antes del crimen, qué desató la tragedia? Ya está dicho que Althusser sufría de frecuentes depresiones, que requerían hospitalización y medicación. En 1980, debió someterse a una operación para corregir una hernia al hiato. La anestesia total y ]a intervención quirúrgica en su cuerpo desataron no solo una melancolía aguda, muy diversa a sus anteriores depresiones, sino también un profundo cambio fisiológico, alterando su reacción a determinadas drogas. El primero de junio ingresó a una clínica y fue tratado mediante el método acostumbrado por los médicos de Althusser, la aplicación de niamida, un antidepresivo que usualmente era elicaz, pero que ahora tuvo los resultados opuestos: cayó en un grave estado de confusión mental, de onirismo y de persecución suicida. Solo estaba pardalmente recuperado cuando volvió a su departamento de la Ecole. Una vez en casa, su relación con Hélène empeoró a tal grado que ella amenazó con dejarlo de la manera más definitiva posible: mediante el suicidio. “Vivíamos encerrados los dos en la clausura de nuestro propio infierno”, escribe Althusser. Incluso ella llegó a rogarle que la matara. Así, en esa mañana de domingo, luego de varios días de encierro en que no contestaban el teléfono ni abrían la puerta, y a solo tres días de que se concretara, a instancias de su analista, un nuevo período de hospitalización, Althusser, como acostumbraba, comenzó a darle masajes en el cuello a Hélène.

Althusser - Spectacol-Viitorul-dureaza-indelung“En esta ocasión, el masaje es en la parte delantera de su cuello. Apoyo los dos pulgares en el hueco de la carne que bordea lo alto del esternón y voy llegando lentamente, un pulgar hacia la derecha, otro un poco sesgado hacia la izquierda, hasta la zona más dura encima de las orejas. El masaje es en V. Siento una gran fatiga muscular en los antebrazos: en verdad, dar masajes siempre me produce dolor en el antebrazo.
“La cara de Hélène está inmóvil y serena, sus ojos abiertos. miran al techo.
“Y, de repente, me sacude el terror: sus ojos están interminablemente fijos y, sobre todo, la punta de la lengua reposa, insólita y apacible, entre sus dientes y labios.
“Ciertamente, ya había visto muertos, pero en mi vida había visto el rostro de una estrangulada. Y, no obstante, sé que es una estrangulada. Pero, ¿cómo? Me levanto y grito: ¡He estrangulado a Hélène!”.

El filósofo se hundió entonces en una larga noche de delirio, de la que emergió definitivamente al cabo de tres torturantes años. La suma de imponderables -su alterado estado síquico, el encierro en su infierno de a dos, la pasividad de la misma Hélène y los impulsos autodestructivos que perseguían a ambos- se combinaron en el momento preciso para desencadenar la tragedia. Y, sin embargo. Althusser, en principio condenado a la losa sepulcral del silencio en hospitales siquiátricos de por vida, pudo sobreponerse y escribir el asombroso, lúcido y bello testimonio que da cuenta a la vez de su desgracia, de su locura y de su esperanza.

Epílogo

El caso Althusser levantó inmediatas polémicas. Algunos se portaron con decencia; otros aprovecharon la oportunidad de pasarle la cuenta a un filósofo marxista responsable de la  formación de varias generaciones de profesores y filósofos, estableciendo igualdades del tipo marxismo=crimen, filosofía=locura.

Mientras tanto, en sucesivos hospitales siquiátricos -el de Sante Anne, del Estado; el de Soissy, privado-, Althusser daba una prueba más de su excepcional capacidad de sobreponerse a la muerte, a la muerte que lo perseguía desde niño con el fantasma de su tío Louis, y concretada finalmente en la muerte de la única persona que creía realmente en su existencia, la única persona, en definitiva, que lo hacía existir: Hélène, y por sus propias manos.

“Creo haber aprendido -escribió al final del libro- qué es amar: ser capaz, no de tomar iniciativas de sobrepuja sobre uno mismo y de ‘exageración’, sino de estar atento al otro, respetar sus deseos y sus ritmos, no pedir nada pero aprender a recibir, y recibir cada don como una sorpresa de la vida, y ser capaz, sin ninguna pretensión, tanto del mismo don como de la sorpresa para el otro, sin vìolentarlo en lo más mínimo”.

Lección aparentemente simple, que, sin embargo, le costó a Althusser la pérdida más grande posible. Al cabo, pudo decir que “la vida puede aún, a pesar de sus dramas, ser bella. Tengo sesenta y siete años, pero al fin me siento, yo que no tuve juventud porque no fui querido por mí mismo, me siento joven c:omo nunca, incluso si la historia debe acabarse pronto.
Sí. el porvenir es largo”.

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Treinta años de novela y burbujas

Artículo publicado en el suplemento «Babelia» del diario El País, 23 de octubre de 2004

 

1. En busca del tiempo perdido. El golpe de 1973 significó una drástica ruptura en todos los planos de la vida nacional, incluida, por cierto, la producción artística y literaria. Muchos escritores, entre ellos los más significativos de la generación del 50 y de la siguiente (José Donoso, Antonio Skármeta, Ariel Dorfman) partieron al exilio. La clausura cultural de la dictadura, que ejercía censura previa a la edición de libros, dio pie para hablar de un “apagón cultural” y, consecuentemente, a la virtual desaparición de narradores y poetas de la escena pública. Hubo, por cierto, excepciones. El poeta Raúl Zurita recibió el impensado espaldarazo de la crítica oficial. Donoso publicó en España y circuló sin trabas en Chile. Otros -Diamela Eltit, Gonzalo Contreras, Carlos Franz- publicaron a mediados de los ochenta, pero con poquísima repercusión.

En 1989, en vísperas de la entrega del poder, la dictadura levantó las restricciones a la circulación de libros. En 1990, ya en democracia, la editorial Planeta dio un golpe a la cátedra con su colección de literatura chilena. El público y la crítica recibieron con entusiasmo la avalancha de títulos; mal que mal, una de las funciones de la novela es trazar el imaginario del país, devolverle sus pesadillas y sus sueños, ayudar a entender, desde la ficción, quiénes y qué somos, y eso es lo que esperaban, en buena medida, los lectores chilenos.

Aquella colección de tomos de lomo blanco era un cajón de sastre, con autores de las más variadas edades y estilos narrativos, desde José Miguel Varas, que había publicado sus primeros cuentos en la década de los cuarenta, hasta Alberto Fuguet, que lanzó aquí su primera colección de cuentos a los 26 años. Entre ellos, dramaturgos convertidos a la narrativa, como Marco Antonio de la Parra; escritores que siguieron fuera de nuestras fronteras, como Fernando Alegría, José Leandro Urbina y Roberto Castillo; los que ya habían comenzado, pero ahora con crítica y ventas, como Diamela Eltit, Gonzalo Contreras y Carlos Franz, más la nueva hornada -también de edades variadas- entre los que están Arturo Fontaine, Ana María del Río, Jaime Collyer, Sergio Gómez y tantos más.

Esta diversidad generacional y temática hizo que la polémica subsiguiente -muy destacada por los medios- acerca de la existencia o inexistencia de una “nueva narrativa chilena” pronto se revelara como artificiosa y más hija del marketing que de una sensibilidad común o una propuesta coherente. Así y todo, los escritores chilenos gozaron, por algunos años, del favor del público y de la aquiescencia de la crítica: por lo menos había algo que leer, era el sentimiento no expresado, y, entre tanto título, bien podía saltar la liebre. A Planeta se sumaron editoriales como Mondadori, Los Andes y Alfaguara. Los lanzamientos de libros se sucedían uno tras otro. La tradicional Feria del Libro que se mal instalaba en los polvorientos senderos de un parque se trasladó a una vetusta y remozada estación de ferrocarriles. Chile parecía recuperar, gracias a la narrativa, su carácter de país lector.

2. El estallido de la burbuja. Pero la verdad es que, entre tanto título y tanto reclamo publicitario, a mediados de los noventa había poco que rescatar. Tres novelas sobre el exilio (Urbina, Varas y Cerda). Una novela distanciada que ponía en escena el Chile profundo, la primera y mejor de Gonzalo Contreras. Algunos cuentos de Jaime Collyer. La voz de Ana María del Río. Algunas páginas de Diamela Eltit. Las novelas y cuentos desgarradores de José Miguel Varas. Díaz Eterovic es un escritor menor, pero muy seguro en el género que maneja, la novela negra. Jorge Guzmán rompió un silencio de más de 25 años al publicar Ay mama Inés, una de las buenas novelas históricas que se han escrito en Chile. En la misma línea escribe Antonio Gil, más tributario de la poesía que de la narrativa.

Hay que señalar, como contexto, la insularidad de las letras chilenas. Por políticas de distribución y el criterio de la apuesta segura, las editoriales que controlan el mercado suramericano habían decidido que cada país leía a sus propios autores, y nada más. Sólo lograban traspasar las fronteras quienes tenían asegurado el éxito de ventas, y ello nunca ha sido sinónimo de buena literatura. Chile exportaba a Marcela Serrano, una escritora rosa, y escritores radicados fuera, como Luis Sepúlveda e Isabel Allende, tenían también tribuna, aplauso y circulación. Hasta acá llegaba uno que otro escritor argentino, más los clásicos de siempre. Nada más. Y, mientras tanto, críticos y lectores comenzaban a cansarse. Demasiado libro, demasiado “talento desconocido que renovará la literatura criolla”, y muy pocas nueces. La operación Mc’Ondo, a cargo de Alberto Fuguet y Sergio Gómez, fue apenas un volador de luces que no alcanzó a constituirse en manifiesto.

3. Otras miradas. Pasada la mitad de la década, ocurrieron dos acontecimientos en el ámbito del libro. El primero fue la aparición de un penetrante ensayo del sociólogo Tomás Moulian sobre el Chile de los noventa. Fue tal su éxito que llegó a venderse en almacenes y panaderías de barrio. Y es que la radiografía del país se veía con mucha mayor nitidez en este libro que en la suma de la narrativa publicada hasta la fecha. Ahí se inició un cambio de rumbo, tanto en las decisiones editoriales como en las preferencias de los lectores.

El segundo fue, primero, un rumor boca a boca y, luego, una suerte de instalación de la crítica: la irrupción local, morosa y medida, de Roberto Bolaño en las letras chilenas. Es bueno registrar aquí la incredulidad, la desconfianza e incluso la negación explícita que corrió pareja con la circulación de sus libros. No es chileno, dijeron algunos, cuando se le proclamó como el mejor escritor del país en la década. Es que la narrativa de Bolaño, sin duda la más lúcida y más reveladora sobre el imaginario criollo en ese par de décadas de oscuridad que nos tocó en desgracia, rompía demasiados esquemas. Esa telaraña inasible, ese mecanismo de relojería que desmontaba el edificio de los eufemismos, de los silencios cómplices, de los subentendidos, puso en perspectiva global una narrativa local, y el resultado fue vergonzoso. No sólo por Bolaño, sino también por la irrupción de otras voces, venidas de todo el ámbito del español o del castellano hablado, escrito, rugido o balbuceado en estas latitudes. ¿Quién eres? Mírate al espejo. ¿Qué ves? No te engañes.

Informe Tapia o la provincia sublevada

Artículo publicado en Contrafuerte Nº 3, diciembre de 2009

Por los intersticios, un poco a contrapelo y por vías poco habituales, Marcelo Mellado se ha ido instalando como una de las voces más genuinas e interesantes de su generación.

TapiaAunque fue columnista de Artes y Letras en El Mercurio y recibió el año pasado el Premio de la Crítica a la mejor obra de narrativa publicada en 2007, por Ciudadanos de baja intensidad, sigue siendo una suerte de rara avis en la narrativa criolla, un marginal que no sólo está consciente de serlo, sino que usa además la marginalidad como estrategia discursiva para dirigir, desde ahí, un ataque en forma a una cierta idea de país anclada en el sentido común. Bajo la mirada áspera y corrosiva de Mellado, esa idea parece disolverse en un amasijo de urbanismo derruido, tribus inmisericordes en sus enfrentamientos, ejércitos de burócratas que trabajan para sí mismos y ambientes degradados donde campean el vino malo, los orines y los hedores de la descomposición del paisaje citadino.

Tras una novela, El huidor (1991) y un volumen de relatos, El objetor (1995), hoy inencontrables, Mellado pareció encontrarse con la difusión –relativamente- masiva cuando Sudamericana le publicó La provincia (2001). Para la anécdota queda que los santantoninos se enfurecieron con Mellado, por ese extraño hábito de confundir la verdad novelesca con el lado de acá de la realidad.

Cuando publicó Informe Tapia, Mellado señaló, en una entrevista en El mostrador, que “El rayón mío en ese momento era el tema de los discursos. Alrededor de uno, no sé por qué, se mueven siempre cientistas sociales o intelectuales que manejan una jerga que tiene que ver con los desarrollos territoriales, que viene de las estudios culturales, de los estudios de género. El tema que más me interesó es todo esto del desarrollo territorial es el “bicentenarismo” cultural; una especie de ocupación discursiva del territorio”. Pero sin duda que ese “rayón” venía desde antiguo: uno de los rasgos más singulares que el lector advierte en La provincia y luego en todo su proyecto narrativo, es su notable habilidad para situar en la misma línea sintáctica voces y términos procedentes de distintas jergas.

De un lado, está el lenguaje sociologizante de quienes suelen analizar asuntos urbanos y sociales, una jerga correosa, plagada de esdrújulas y horrendos neologismos; de otro, el lenguaje burocrático, oficinesco, plano y retentivo, con notas provenientes de los servicios de seguridad y control; cruzando a ambos, el habla de la calle, el “tenimos”, por ejemplo, más notas de chilenglish, variación chilena del spanglish que viene dada no tanto por la convivencia en una comunidad donde se habla tanto inglés como español, sino por el imperio de las modas y la inútil búsqueda de un toque de distinción en el discurso. Es decir, no se trata sólo de que Mellado -para hablar como él- problematice todo lo que sostiene o que se autoparodie constantemente, como sostiene Marcelo Somarriva en la estupenda entrevista que le hizo a propósito de La provincia. Se trata de que desde el léxico y la sintaxis ya se subvierte el orden y se pone en juego otro sistema de relaciones muy poco habitual -único, hay que decir- en la narrativa chilena.

Allí radica, sobre todo, el carácter excéntrico y marginal de la narrativa de Marcelo Mellado. De manera consecuente, dejó el sello multinacional para optar por una editorial pequeña, marginal, que no accede a los circuitos de distribución, que no hace lanzamientos, que no manda ejemplares para su difusión en la prensa, que saca ediciones de 300 ejemplares. Es un gesto político, tal como él mismo señala (“Es un gesto importante. Esta editorial es una Pyme (pequeñas y medianas empresas). Es el mismo tema que en otras cosas: la lucha entre las Pymes y las grandes empresas. Es un gesto editorial, hay que promover a las Pymes y hay que legislar para ellas o hay que protegerlas porque los otros güevones son unas bestias”), pero no gratuito: forma parte de una estrategia discursiva cuyo mayor valor reside en su capacidad de subvertir los códigos lingüísticos y sociales de la narrativa criolla.

Mellado es, en ese sentido, un escritor incómodo: las tribus de poetas que se enfrentan en Informe Tapia por cuestiones harto poco relevantes son una suerte de copia degradada y risible de los ghettos más visibles de lo que algunos llaman la escena literaria nacional y, aunque exista un cadáver de por medio, la novela jamás pierde el pulso de farsa y parodia que potencia su capacidad de demolición de ritos, mitos y discursos. Es que una de las características clave del estilo de Mellado es el perverso sentido del humor que anima su escritura. El texto que mejor revela cómo opera éste es “Borradores para una teoría del desprecio o El hacedor de asados”, en La provincia. El exhaustivo análisis de los “capítulos” involucrados en esa ceremonia tan habitual y (aparentemente) sin secretos, que alterna cuestiones de orden general con la crónica de un asado específico, es irresistiblemente cómica por la manera en que desnuda códigos tan cotidianos que han pasado a ser invisibles. Así, la conjunción de jergas diversas aplicadas a un suceso anodino tiene el corrosivo poder de mostrar el reverso de las cosas, aquello que normalmente el lenguaje oculta o sepulta bajo capas de lugares comunes y subentendidos donde cada cual sabe exactamente qué no se dijo, pero en un nivel de conciencia donde ni siquiera aflora ese conocimiento.

En realidad, esa manera de proceder se aplica a toda la narrativa de Mellado. En Informe Tapia, hasta la trama tiende a hacerse también invisible en la nube de palabras que la rodean y oprimen; aún así, tras las máscaras de personajes que ni siquiera alcanzan un nombre definitivo –Padilla, Badilla o también Ladilla; Atilio Vera, o Vega, o Varas o, tal vez, Vargas- y las distintas versiones que entrega el narrador, que avanza, retrocede, anuncia o desmiente sus dichos, se arma una historia que también es subversiva, que también cuestiona el perfil oficial de país moderno e integrado al mundo, que extrapola –y así revela- las estrategias de poder que se disputan los espacios en una ciudad de provincias y, por lógica extensión, los espacios de poder en todo el país. La jerga bélica o guerrillera, de la resistencia y la represión, de los aparatos de seguridad y los barretines, añade un punto de paranoia y furia al discurso, pues también se encuentra desplazada al menos de época. La reproducción de ese tipo de discurso en el contexto del país democrático no remite sólo a la dictadura ni tampoco a operaciones de inteligencia como la de la Oficina, sino a una operación aún más subversiva y contraria al consenso instalado en el país: las cosas no han cambiado tanto.

La dislocación de la trama; sus personajes de barrio, sin sofisticación alguna pero tan reconocibles también en los tipos cotidianos que encontramos a diario; la proliferación de lenguajes al interior de los párrafos y su desaforado sentido del humor, son algunas de las características que señalan a Mellado como, al menos, un excéntrico, pero sus decisiones políticas –o ideológicas, como él mismo dice- lo sitúan además en el plano de la marginalidad. Habla desde el borde costero, pero también desde el borde de las estructuras de poder, desde esa conjunción de fronteras donde se funden, por un instante, la iniciativa ciudadana y la institucionalidad oficial, y las tierras de frontera se caracterizan por la inestabilidad, el peligro y el riesgo de pisar minas anti personales; habla desde un puerto ciertamente exitoso, pero también un puerto de segunda que no se mira entre sus pares del mundo, sino ante el espejo del puerto principal que por lo menos puede reivindicar sus andrajos como patrimonio de la humanidad.

Y ahí está lo más interesante de una propuesta narrativa que se resiste no sólo a las modas, sino también a incorporarse a la ritualidad escénica de la literatura criolla. Mellado, de nuevo, es un escritor incómodo, una suerte de Pepe Grillo que sólo por desmarcarse con tanta fuerza de sus pares muestra sus debilidades y desnuda sus transacciones ante el poder. No es el caso de todos, desde luego, pero habrá muchos que prefieren mantener a Mellado en la casilla del loco que farfulla en lenguas desde un puerto infecto y degradado, en lugar de reconocer que su propuesta es de las más originales y sólidas de su generación, los escritores nacidos en la década de los cincuenta.

Una nota al pie: con todo respeto por su marginalidad, a Mellado le hace falta un editor sólo para efectos de revisar la ortografía y la sintaxis. Puede parecer un asunto menor y hasta acorde con su intento de demolición institucional, pero no: para derrotar al enemigo hay que construir una propuesta que resista cualquier embate, hasta los de la Academia de la Lengua.

El catador de libros

Columna publicada en el diario Las Últimas noticias, 25 de junio de 2001.

alone_001Pocas semanas atrás, un crítico literario de “El Mercurio”, José Promis, despachó una subida diatriba contra la novela “Ferrantes”, de Patricio Femández, pese a declarar, de entrada, que no había leído ni la mitad del libro. Hace algunos años ocurrió lo mismo con Ignacio Valente y “Mala onda”, de Alberto Fuguet.

Casos así son para indignarse, según los lectores acuciosos que no opinan de un libro hasta haber leído, y muchas veces soportado, hasta su última página. Pero tal práctica –poco frecuente, por fortuna- viene avalada por el mismísimo pope de la crítica nacional, Hemán Díaz Arrieta, Alone, quien declaraba a quien  quisiera oírlo que no se sentía obligado a leer íntegros los libros objetos de sus críticas: le bastaba “catarlos”.

Es cierto que para reconocer un buen o un mal vino basta con beber menos de una copa. Es cierto también que Alone no se equivocó a la hora de reconocer a los verdaderamente grandes de la poesía chilena, y ello desde muy temprana hora; y también hay que decir, en su defensa, que nunca aceptó el título de crítico, prefiriendo, en cambio, el calificativo de “cronista” de la literatura. Tampoco hay dudas de que la cata literaria puede ser eficaz respecto de los subproductos del mundo de los libros -como los bestsellers, por ejemplo-, pero no lo es, no puede serlo, en el ejercicio cotidiano de la lectura reflexiva que se traduce luego en una opinión expuesta públicamente.

Tal vez por eso es que la obra de Alone tuvo tantos detractores -menos, en todo caso, que sus admiradores y fieles seguidores- y el calificativo de arbitrario sigue rondando los centenares de artículos que publicó, especialmente en “El Mercurio”, durante una larguísima vida como crítico (que lo era, más allá de lo que dijo él mismo respecto de su oficio) que alguna vez incursionó en la novela y, por supuesto, en el ensayo, en las memorias, en los artículos políticos, en los diarios, casi siempre con una prosa repulida y a ratos farragosa, y con un estilo que se siente, conforme pasan los años, cada vez más anacrónico y poco eficaz a la hora de comunicar.

Tal vez por eso es que la paternidad ejercida por Alone durante tantos años no se ha prolongado en el tiempo, y hoy, a pesar de esporádicos ejercicios de  reanimación, su nombre tiene sobre todo el peso de la historia, pero ninguna actualidad. Nadie valora hoy sus tesis o sus propuestas. Su “Historia personal de la literatura chilena’’ es más un catálogo de sus preferencias y animadversiones que un documento confiable para el estudio de la literatura chilena.

A fin de cuentas, Alone es hoy sólo un personaje más de nuestra narrativa -secundario, desde luego-, tal como lo muestra una novela reciente que, por cierto, ha sido rigurosamente ignorada por el diario en que Alone ejerció la crítica durante tantos años.

La extinción de los coleópteros

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 3 de septiembre de 2016

portada_la-extincion-de-los-coleopteros_diego-vargas_201608020615Lo más llamativo de esta segunda novela del temuquense Diego Vargas Gaete, nacido en 1975, publicado y más conocido en Argentina que en Chile, es la estructura, quebrada y sinuosa, construida a través de retazos que se persiguen a través de las páginas, dividida en dos partes que no son tales; y, sin embargo, es una novela que se lee con extraña facilidad. En esa aparente paradoja se advierte el talento de un escritor que escapa a los contornos de su generación. Vargas deja completamente a un lado la biografía como material de su escritura y aborda, siempre a través de una suerte de caleidoscopio, dos historias familiares. El corazón secreto del libro parece radicarse en los abusos cometidos en el sótano del Colegio Germano de Temuco, entre 1979 y 1990. Algunos son señalados de manera explícita y otros se sitúan en la zona más difusa de todos los abusos posibles de cometer durante la dictadura. Y aquí se advierte más aún el valor de la estructura quebrada que soporta la novela: lo que ocurre en el sótano es parte de la historia de los personajes, pero no de manera explícita. Dicho de otro modo, la novela no se sumerge en las profundidades del Aula Magna del colegio, sino que bascula en torno a ese centro de gravedad que atrae las historias que ahí se narran.

Algunas son tangenciales. Otras se refieren a los antepasados. Pero incluso la que más parece escapar de ese sótano, la de Julio Mellado, hijo de Joselito Mellado, el guardián de las puertas de aquel recinto, académico en una universidad de Valparaíso, está tocada de forma imborrable a través de unas fotos que Julio descubre en una caja en el clóset de su padre. Fotos que pasan por las manos de los personajes, pero que nunca se describen, que solo exudan un rastro ominoso y terrible que el lector percibe a través de los personajes. La de Julio es, también, la más lúdica y desaforada, y lleva la novela hasta una culminación donde parecen fundirse el pasado de su infancia, el pasado del país y el futuro de todos. La otra historia importante es, por cierto, la de la familia Kunz, conocida a través de retazos y de los fragmentos de un libro llamado “Diario de un viaje: historia secreta de la familia Kunz”. Si el sótano es el corazón de La extinción de los coleópteros, el “Diario…” es su columna vertebral, porque le otorga dureza, solidez y continuidad a personajes que entran y salen del texto.

Diego Vargas Gaete. Emecé, Santiago, 2016. 199 páginas.

El rincón de los niños

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 20 de septiembre de 2008

el rincónHay que resaltar, como uno de los hechos destacados del año literario, la reedición de El rincón de los niños, novela publicada originalmente por Nascimento en 1980, momento en que recibió apenas el juicio desfavorable de la crítica y la indiferencia de los lectores, salvo, claro está, dos o tres opiniones entusiastas; una de ellas, el texto que Adriana Valdés escribió para la primera edición, figura aquí como apéndice, más el prólogo de Carlos Labbé.

Cristián Huneeus (1937-1985), su autor, fue uno de los miembros más activos de la generación del cincuenta, cuya obra de ficción relativamente corta, más ensayos y escritos biográficos, se redescubre, se valora y se lee, finalmente, como lo mereció desde su origen. Además de escritor, Huneeus fue “estudiante de arquitectura y literatura, narrador, conductor radial, agricultor, profesor universitario”, tal como lo sintetizaron los editores de sus artículos de prensa, y, consistentemente con aquella diversidad de intereses, Roberto Merino sostiene que esta novela pone en escena “el lenguaje de las sucesivas tribus a las que un individuo puede pertenecer parcialmente en su vida: la tribu barrial, la de la clase social, la literaria, la académica, la de la abandonada juventud e incluso la psicoanalítica”.

Escritura estructurada sobre el fragmento, la yuxtaposición de distintos relatos y un cierto caos que llama la atención sobre el mismo proceso de dar forma a la novela, ciertamente se trata de un libro llamativo, rupturista, que, sin embargo, ya lejos de la clausura cultural y política de su fecha de edición original, se lee con relativa facilidad y creciente asombro. Asombro, porque esta especie de crónica tribal, para insistir en la expresión de Merino, tiene un grado de libertad y de soltura que es raro encontrar en narrativa chilena de aquella época y también en la más reciente, donde los afanes de innovación se reducen, con frecuencia, al mero quiebre de la sintaxis y a la acumulación de nombres de escritores. Sobre distintas capas de significado, que comienzan por el nombre del protagonista, Gaspar Ruiz, Huneeus da vuelta a su época y la subvierte, a ratos de manera sutil, a ratos con una franqueza casi brutal. “Gaspar Ruiz” ya es toda una referencia: un cuento –o novela corta- de Joseph Conrad tiene ese título y alude a un campesino y soldado chileno que padeció miles de vicisitudes en la guerra por la independencia. Este Gaspar, el de Huneeus, vive en su tiempo y escribe copiosamente textos que llegan a las manos del narrador que los transcribe y comenta, además de introducir fragmentos de diversos orígenes. Tras ese ejercicio se esconde una convicción radical, la pregunta acerca de si “algo tan impreciso y vulnerable a la interpretación como es una vida humana puede postularse como ‘real”‘: y ahí está el juego de una novela provocadora, irreverente y estimulante.

Sangría, Santiago, 2008. 307 páginas.

El revés de la utopía

La república Independiente de Miranda. Por Enrique Lihn. Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1989. 140 páginas.

miranda.jpgEnrique Lihn fue conocido básicamente por su obra poética (La musiquilla de las pobres esferas, París situación irregular, El paseo Ahumada, entre otros títulos), obra que destacó por su seriedad intelectual, por su ceñido trabajo con las formas y por una irreverencia fundada en un acendrado escepticismo. Pero Lihn también destacó en el ámbito de la prosa; desde Agua de arroz, volumen de cuentos publicado en 1964, hasta su novela El arte de la palabra (1981), este autor trabajó, al igual que en su poesía, sobre sendas poco transitadas, con una propuesta estilística y temática que se desmarcaba de las tradiciones vigentes en la literatuta nacional.

En La República Independiente de Miranda, volumen de relatos editado póstumamente, Lihn propone un nuevo territorio para un mapa que registra varios antecedentes: el distrito de Yoknapathawpha de Faulkner, la Santa María de Onetti y el Macondo de García Márquez, para nombrar sólo los más ilustres. Mapa que reinventa e interpreta –o permite leer- el continente real sobre el que se superpone. Este nuevo territorio es una especie de anti utopía de remota ubicación tropical y dislocada geografía, descrito con trazos irónicos y  distanciados que quiebran la esperable alegoría.

El exceso paródico que campea en estos relatos abre una zona imaginaria desgajada del más probable referente (un Chile real agazapado en esta espectral Miranda). Es decir: ante el riesgo de caer en una obvia caricatura o en una historia en clave donde bastaría cambiar los nombres para encontrarse ante una mera crónica, Lihn optó por el exceso. De ahí la delirante geografía de la superposición de islas que conforman Miranda, trazada según líneas cuya regularidad geométrica repugna al sentido común -en el libro es calificada de “estúpida”- e induce a atribuir su creación a humana mano; de ahí la improbabilidad de las catástrofes que arrasan su territorio; de ahí la extravagante importancia de las teorías y prácticas artísticas en la vida política de Miranda.

De este exceso brota una punzante ironía que desafía los códigos del lector. Así como el territorio de Miranda no es reductible al territorio de Chile, estos relatos escapan a la circunstancia en que fueron escritos y se convierten, de carambola, en una mirada de singular lucidez sobre nuestra sociedad.

Pero no sólo de Miranda tratan estos cuentos. Los hay ambientados en Nueva York y en el mismo Chile; su atmósfera, nada mirandiana, tiene, no obstante, indudables relaciones de sentido con los del ciclo de Miranda. Un cuento es ejemplar: “Los gatos”, en donde gatunidad y humanidad se interpelan, agreden y niegan mutuamente.

Apsi 313, del l7 al 23 de julio de 1989

Excesos

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 29 de enero de 2005

excesos de mauricio wacquezMauricio Wacquez, nacido en 1939, pasó buena parte de su vida fuera de Chile. Si antes del golpe militar residió mayormente en Francia, después del mismo se radicó en Barcelona, desde donde continuó su labor como traductor y narrador. En 1971, la prestigiosa colección Cormorán, de la entonces pujante Editorial Universitaria, publicó Excesos, su primera recopilación de cuentos, escritos en Europa, pero situados en diversos rincones de Chile y muy a tono con el espíritu de los sesenta, quizá la década más abierta a nuevas experiencias y a la revolución en todos los ámbitos de la vida social, política y cultural.

Pero Excesos, tal como lo muestra la reciente edición de Sudamericana, es algo más que el espíritu de la época. Wacquez, como lo demostró más tarde en obras como Frente a un hombre armado (1981, reeditada en 2002) y Epifanía de una sombra (2000, editada tras su muerte), es un narrador de rara finura, con una asombrosa sensibilidad para los matices (quizá por ello fue muy cotizado traductor para importantes editoriales españolas; tradujo, entre otros, a Gustave Flaubert, Jean Cocteau y Julien Green) y hábil constructor de relatos.

En el caso de Excesos, hay que matizar el concepto de relatos. Se trata a veces de viñetas, de momentos, de objetos narrativos, por así decirlo, a caballo entre el cuento y la autobiografía y articulados entre sí por personajes o lugares. Es decir, se trata de una de esas colecciones de cuentos que son bastante más que la suma de sus partes y, por tanto, difíciles de incluir individualmente en una antología. A estos rasgos estilísticos hay que sumar la voluntad de provocación contenida en la obra de Wacquez, quien no se detiene ante la maraña de prejuicios que rigen, de manera no declarada pero implacable, la sociabilidad chilena y la corrección de la escritura.

Sin embargo, Excesos transita, se diría, por diversas corrientes o profundidades dentro del mismo cauce; si por un lado hay extremos, violencia, muertes; por otro, por debajo, o por arriba, circula el recuerdo de la infancia, no menos feroz, pero en el sentido de la voluntad de desnudamiento, de exploración hasta las últimas consecuencias de las figuras paternas, del sumergirse en el yo con una sinceridad implacable que no abunda en las letras chilenas.

En el prólogo, Carla Cordua destaca el carácter elusivo de algunos relatos, que abordan mediante rodeos, mediante lo no dicho o lo dicho a medias, temas como la bisexualidad o la homosexualidad. Aquí también, y más que nunca, Wacquez recoge el espíritu de los sesenta, pero no de la revolución que recorría el mundo, sino del clausurado espacio de la sociedad chilena.

Mauricio Wacquez. Editorial Sudamericana, Santiago, 2005. 114 páginas.

Recuerdos del pasado

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 12 de marzo de 2005

recuerdosLa hipérbole es un rasgo frecuente en los textos referidos a esta obra de Vicente Pérez Rosales. El mejor ejemplo es la siguiente frase de Alone: “Rara vez se habrá dado tal compenetración de un hombre, un libro y un país como la que hay entre Pérez Rosales, sus Recuerdos del pasado y Chile: los tres conglutinados forman un solo ser, con el mismo carácter y análogo desarrollo”. El texto –citado en el excelente prólogo de Marcelo Somarriva– es útil también para hacer notar la habitual identificación entre el relato de Pérez y la formación de la identidad nacional de Chile, cuestión que conviene no asumir de manera tan literal.

Desde luego, hay que celebrar la recuperación de un libro largamente extraviado de los catálogos editoriales y que, sin duda, es una de las piezas fundamentales de la constitución del corpus literario chileno en el siglo XIX; junto a Pérez están Blest Gana, José Joaquín Vallejo y bien pocos autores más, si dejamos fuera la otra gran corriente formadora de la tradición criolla, la historiografía. Ambas, historia y ficción literaria, son complementarias y forman parte del mismo movimiento creador de una memoria común, pero no sin conflictos. La identidad nacional es más una aspiración y un problema que una realidad, y en torno a ella se suelen desatar controversias acerca del poder y el carácter hegemónico de un discurso asociado a las élites culturales. Por eso es bueno releer a Pérez Rosales desde una perspectiva menos ingenua (el prólogo da algunas pautas en ese sentido) que la “conglutinante” enunciada por Alone, que termina asignando al libro un valor de verdad que supera con mucho las intenciones del autor y, francamente hablando, el alcance de cualquier texto literario. Ojalá entonces esta reedición no sea solamente la oportunidad de revisitar Recuerdos del pasado, sino también de resituar, desde la perspectiva contemporánea, su contribución a la memoria colectiva y a la tan escurridiza y problemática identidad nacional.

Vicente Pérez Rosales. Ediciones B, Santiago, 2006. 541 páginas.

El caso Morel

Publiqué esta entrada en mi antiguo blog el 6 de febrero de 2008, hace poco más de diez años. Es el comienzo de mi larga historia como lector de Rubem Fonseca.

morelEn 1981 o 1982 –no recuerdo bien, porque en ambos años fui de vacaciones a Chiloé- estaba ya iniciando el regreso y se me acabó la lectura que había llevado. En Ancud, sin muchas esperanzas, entré a una suerte de paquetería-librería que tenía algunos libros en la vitrina. Nada conocido, lo que parecía confirmar mi temor de quedarme sin nada que leer en el viaje de vuelta. Pero me tentó un libro, a pesar de su tapa de horroroso color rosado, que se llamaba El caso Morel. El autor, Rubem Fonseca, brasileño, era totalmente desconocido para mí. El texto de la contraportada decía poco: que la novela era policial, que la primera edición había sido requisada por la policía de su país, que era la primera de un escritor-abogado y ex policía que había publicado previamente un par de volúmenes de cuentos. Me lo llevé.

Y me gustó muchísimo. Tanto, que presté el libro sucesivas veces hasta que desapareció en manos desaprensivas. Leí muchos otros de Fonseca, que sigue publicando aún, pero echaba de menos esa novelita por la inolvidable sensación de arriesgarse con un perfecto desconocido que resulta ser un descubrimiento notable. La encontré hace poco en una de las librerías de viejo de Providencia frente a Miguel Claro al muy módico precio de mil pesos, y la releí feliz. Ahora me sorprendió lo que tiene de adelantada para su época. Es, creo, el texto más experimental de Fonseca; su escritura es frontal, directa, acorde con los procedimientos bastante universales de la novela negra. El caso Morel, sin embargo, se desarrolla en dos planos muy nítidos, con una novela dentro de la novela que es también la clave que el abogado Vilela utiliza para resolver el enigma de un crimen que parece no tener motivación y cuyas huellas son totalmente circunstanciales. En ese sentido, la novela no sólo es magistral, sino también pionera en la corriente por la que han circulado desde Vila-Matas hasta Bolaño, por nombrar algunos escritores que han hecho de la ficción dentro de la ficción una de sus principales herramientas de trabajo. No ha sido reeditada. Hoy pasé de nuevo por las librerías de viejo y había otro ejemplar a la venta.

PD: luego de buscar infructuosamente el libro para escanear la tapa, renuncié y subo la nota sin ella. Debe estar por ahí. No voy a comprar de nuevo la novela, no ahora, por lo menos; capaz que tenga que esperar otros 25 años para guardarla donde corresponde.

Coda de 2018

morel 2Esa edición ya no está en mi biblioteca. Supongo que la exilié porque tengo la estupenda edición de Tajamar, con traducción de John O’Kuinghttons al castellano de Chile. En este blog he puesto muchas de mis reseñas de libros de Fonseca; no sé si todas, porque debe haber más de alguna perdida por ahí. Me dio mucho gusto, a propósito de Tajamar, haber podido reseñar  su novela más ambiciosa, El gran arte, que leí primero en la edición ochentera de Seix Barral y luego en la de la editorial chilena, a fines de 2008.

Y todo esto me vino a la memoria porque acabo de leer y reseñar su penúltima obra, Historias cortas, en El Sábado. La editó Tusquets, eso sí.