Editores

«Nuestros editores sienten mucho amor por su arte, pero dudo de que el amor de nuestros editores llegue a igualar al de los Manuzio, los Froben, los Amerbach, los editores que florecieron en los albores del arte de la imprenta. Los editores holandeses del siglo XVI exponían en los escaparates de sus tipografías las pruebas de imprenta de sus ediciones griegas, ofreciendo buenos premios a los estudiantes por cada errata que descubrieran en ellas. Querría equivocarme, pero pienso que, desde entonces, la conciencia del editor se ha cegado, se ha atascado un poco. He corregido ya cuatro veces las pruebas de un libro mío de próxima publicación y todavía no he conseguido dar una grafía correcta a los retruécanos que hace Homero con los nombres de Aquiles y Odiseo. Pero hay algo peor. Hace unos días, en la biblioteca de una amiga mía, la señora D. M., veo Santuario, de William Faulkner, en traducción francesa de R. N. Raimbault y Henry Delgove, con prólogo de André Malraux y publicado por Gallimard, de París, el editor de la Nouvelle Revue Francaise; y como yo, al contrario de algunos de mis colegas, no rehúyo, por rigor nacionalista, la lectura de libros extranjeros, le pido a mi amiga que me preste el libro de Faulkner, y ella, amablemente, me lo presta. Conozco el tema de Santuario y sé que es un libro más obsesivo incluso que los otros de Faulkner; se trata de un curioso caso de perversión psíquica. En vista de ello, la misma noche me meto en la cama con aquel pequeño artilugio en la mano prometiéndome intensísimas emociones. Pero en el primer capítulo, titulado «Fin de los padres tranquilos», leo que «a los franceses les gusta la voluptuosidad del pensamiento» y que «en todo momento éstos fueron de los más fértiles en ideas»; y en el capítulo segundo, titulado «La miseria funcionaria», leo que «la República deja morir de hambre a sus funcionarios, que son la guardia pretoriana del sufragio universal». Lleno de recelo por causa de estas extrañas aseveraciones, tanto más raras en una novela de ambiente norteamericano en la que, entre otras cosas, se habla de una joven que es violada con una panoja de maíz, miro la primera página del libro y leo en la portada: Pierre Hamp. La peine des hombres. Une nouvelle fortune, es decir, un libro de un tal Pierre Hamp sobre la situación de Francia después de la Gran Guerra. Si Manuzio, Froben, Amerbach llegan a publicar un libro de Pierre Hamp bajo la cubierta de un libro de William Faulkner, lo más probable es que ninguno de esos príncipes de la edición hubiera sobrevivido a tal vergüenza, pero no tengo noticias de que el señor Gallimard haya muerto de este bochorno. Al día siguiente tropiezo con mi amiga y le pregunto si ha leído Santuario, de William Faulkner, que tan amablemente me ha prestado, y me responde que sí, que lo ha leído, pero que lo ha encontrado un poco distinto de los demás libros de este autor».

Alberto Savinio, Nueva enciclopedia, págs. 133-134, en la edición de Acantilado, 2010, 407 páginas. Traducción de Jesús Pardo.

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