Un poeta inglés en la guerra civil española

No sé cuándo llegó a mi casa Un instante en la guerra, del escritor inglés Laurie Lee; de cualquier manera, la edición en la colección Atajos, de Muchnik Editores, es relativamente reciente, de 1998, justo un año después de la muerte del autor, y lo leí hace poco porque, de alguna manera, siempre me andaba topando con él, especialmente ahora que he tenido que reordenar, otra vez, la biblioteca.

El libro es breve y filoso; relata su (escueta) participación como voluntario en la Guerra Civil Española entre diciembre de 1937 y marzo o abril del año siguiente (Lee no precisa bien las fechas), tras la caída definitiva del frente de Teruel. Lee pasó varias semanas en la cárcel como sospechoso de espionaje. Primero, no podían creer que hubiera atravesado solo Los Pirineos con un violín a cuestas; luego, a causa de un viaje previo a Marruecos, desde donde se levantó Franco, volvió al calabozo; y, finalmente, cuando sus superiores decidieron enviarlo de regreso a Inglaterra, la desconfiada policía militar catalana, en lugar de darle la visa de salida, lo detuvo nuevamente.

Nada de ello pareció hacer mella en el improvisado soldado, que percibía, en la miseria del equipamiento de las brigadas internacionales, en sus raciones de hambre y en la escasez de armas y municiones, que aquella causa no estaba destinada a la victoria. Su crónica, escrita muchos años después, en 1991, recoje lo esencial de su experiencia en un lenguaje poco habitual para las memorias de guerra. Escribe, por ejemplo, poco después de su ingreso a España:

A mis espaldas quedaban el sabor fuerte y picante de los Gauloises y las salsas suaves, la carne aromática y las opulentas tierras de labranza; ante mí, aún en forma espectral, tenía todo lo que recordaba [de un viaje previo]: el tufo de trapos y humo de leña, la sal del pescado seco, vino agrio y mareo, piedra y espina, caballos viejos y cuero podrido.

Según Lee, el invierno de 1937-1938 fue el peor en España en cincuenta años. Pasó su entrenamiento en Tarazona de la Mancha.

Parecía un lugar duro y severo, un pedazo de hierro castellano oxidado. La pobreza de las casuchas cubiertas de nieve, amontonadas en torno a la fangosa plaza, le daban un aspecto de decadencia casi siberiana. Figuras bajas, achaparradas, se deslizaban lentamente alrededor de nosotros, cada una envuelta en un capullo distinto; y el áspero silencio del lugar y de la gente parecía compartir una reclusión sin propósito, donde ya no cabía esperar nada suave, cálido, tierno o compasivo. Aquella era una España muerta, tendida sobre una losa, un cadáver congelado hasta el cual, considerando nuestro entusiasmo inicial, al parecer habíamos llegado demasiado tarde, no como defensores, sino como carroñeros de medianoche.

Y así podría continuar hilando citas como el sonido de una corneta, un sonido puro y frío, tenue como un carámbano, pero creo que ya es suficiente para dar una idea de la textura de la prosa de Lee, el vehículo ideal para dar cuenta de unos meses tocados por la vara de la desesperanza, la confusión y la búsqueda de lo inasible, que se resuelven en una sola experiencia de combate. Una experiencia que también tiene algo de onírico, entre el desorden del campo de batalla, el ruido ensordecedor de la artillería y la confusión de cuerpos que se enfrentan en las laderas desoladas de los alrededores de Teruel, pero que tiene un resultado concreto e imborrable: Había matado a un hombre y recordaba sus ojos airados y sorprendidos. Con razón Lee se pregunta lo siguiente, y no lo responde porque no puede hacerlo:

¿Era aquello, pues, lo que yo había venido a hacer, lo que daba sentido a mi viaje, acabar con la vida de un joven desconocido en un momento de pánico, cosa que en modo alguno afectaría la victoria y la derrota?

Aunque, en cierto modo, el libro es la respuesta a la pregunta, aunque haya sido escrito varias décadas después. Más que la contribución de Lee a la estadística bélica, lo que importa de verdad es su testimonio y su alegato anti bélico (que eso es) y su repudio al exceso ideológico (que el libro, con cariño, pero con claridad, muestra en más de una ocasión). Y sí, vistas así las cosas, esos meses terribles de invierno y peligro, de cárcel y hambre, de amor y de amistad, de odio y de furia, se justificaron no por su contribución a la causa republicana, sino por su capacidad de plasmar su experiencia en un libro donde la blanca luz del día era como el dolor; la veía y la sentía, un tenso y maleable trozo de silencio extendido sobre el rostro.

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