Violencia nueva sobre fondo clásico

Reseña publicada en el suplemento «Babelia» del diario El País, 24 de septiembre de 2011

La prueba del ácido

Élmer Mendoza

Tusquets. Barcelona, 2011

248 páginas. 17 euros

2011 10 Cubierta_LaPruebaDelAcidoNarrativa. En su anterior novela, Balas de plata, que ganó el Premio Tusquets 2008, Élmer Mendoza puso en escena a un personaje de nombre sospechosamente parecido al suyo -Edgar Mendieta-, detective que se recorta sobre la silueta de Philip Marlowe y esa ancha estirpe de hombres taciturnos, solitarios e incorruptibles que anima el género de la novela negra desde Hammett y Chandler en adelante. Como es de rigor, Mendieta tiene rasgos que lo distinguen de sus colegas más allá de la nacionalidad y la época; un pasado de niño abusado sexualmente y su relación con un psicólogo bastante particular, el doctor Parra, le dan un perfil torturado que establece la diferencia. A su vez, esa marca biográfica se incorpora a la trama de La prueba del ácido de manera oblicua, puesto que tiene que ver más bien con la política de alianzas que con la investigación criminal en que se embarca Mendieta desde las primeras páginas. Política de alianzas que resulta clave en una ciudad del norte de México, Culiacán, en el Estado de Sinaloa, uno de los territorios clave para el tráfico de drogas y, por lo tanto, para la guerra desatada entre el gobierno federal y el narco.

Quizá el índice de la violencia psicótica de los cárteles de la droga se refleja mejor en el momento en que los jefes, mientras comen exquisiteces antes de hablar de negocios, abren paso a la nostalgia por el tiempo pasado: “¿Se acuerdan cuando me dio por matar jóvenes de camisa blanca? En qué bronca nos metiste”. Sobre ese telón de fondo se construye una novela de trama clásica que aparentemente aspira a nada más que contar la historia de un crimen y su resolución. El asesinato de una bailarina parece uno de aquellos hechos de la crónica roja que apenas dará para una investigación rutinaria y un rápido paso a la carpeta de casos sin resolver; pero ocurre que Mendieta la conocía -e incluso algo más- y pronto se sabe también que los principales sospechosos son gente importante. Y ahí radica uno de los problemas de la novela: hay mucha gente importante -aparece incluso el padre del presidente de Estados Unidos, que va a cazar patos a una hacienda cerca de Culiacán- y por lo tanto proliferan demasiado las tramas y subtramas que deben desenredar Mendieta y su compañera detective, que responde al improbable nombre de Gris Toledo. Entonces el hilo se pierde por largos tramos y, cuando al fin se recupera, la solución parece salida de la proverbial chistera del mago. En el medio -y eso sí puede reputarse como un mérito- queda el vivo retrato de una sociedad que comienza a vivir en estado de guerra. El espacio no permite citar extensamente el listado de armas que McGiver, el traficante del rubro, vende a distintos cárteles por una suma fija, siete millones de dólares y tres millones de euros. Ni tampoco hacer la lista exhaustiva de todas las muertes que Mendoza acumula en las casi 250 páginas, muertes que poco tienen que ver con la de Mayra Cabral de Melo, la bailarina -de acuerdo, es un eufemismo: la prostituta- de cuerpo espectacular y ojos de diferentes colores que tenía cautivados a los poderosos de Culiacán y de la vecina Mazatlán.

Con personajes que se repiten y una cierta épica del desencanto que de todos modos remata a la manera clásica de la novela negra, Mendoza aporta otro grueso bloque a la construcción de un mundo narrativo que pone en escena a los demonios de la violencia desatada por el tráfico de drogas y su capacidad de corromper a políticos y policías. No tiene el poder perturbador de Roberto Bolaño en 2666 ni el lirismo trágico de Yuri Herrera en Trabajos del reino, pero, con recursos menos vistosos y algo de torpeza en el delicado trabajo de hacer calzar las piezas de un puzle que él mismo complica en exceso, logra también ofrecer un poderoso atisbo del sombrío panorama abierto en México luego de que el poder político le declarara la guerra al narco.

El azar también desempeña un papel en la novela. Estamos lejos de esos argumentos que calzan de manera perfecta y que progresan de manera armónica, con las debidas y previsibles vueltas de tuerca (para ocupar también un tópico sumamente desgastado). Mendoza se las arregla para introducir, como en la realidad, el azar, ese componente fortuito, ese rayo que cae donde quiere y cambia el destino de una vida. O de una novela.

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