El lenguaje y la vida cotidiana en el Tercer Reich

Ahora que la editorial Minúscula vuelve a Chile -la trae ahora Ciudad Letrada-, rescato (otra vez) un artículo que escribí en 2002, que no publiqué en ningún medio y que subí a mi anterior blog en 2009. Klemperer me sigue pareciendo un autor fundamental y su ensayo sobre la LTI no pierde nada de vigencia.

El legado de un filólogo

Victor Klemperer, un judío que vivió en la Alemania nazi desde que Hitler se hizo con el poder en 1933 hasta la sangrienta caída del régimen. Un filólogo eminente y escritor compulsivo que salvó la vida gracias a su esposa aria, Eva Schemmler, y que arriesgó la de ambos al escribir día tras día, en su diario, la crónica de la vida cotidiana bajo el Tercer Reich, de la que extrajo también un penetrante estudio sobre los lenguajes totalitarios.

Lingua Tertii Imperii

La lengua del Tercer Imperio, del Tercer Reich, fue designada por Klemperer por su sigla latina por un probable principio de autocensura que, en realidad, de muy poco le hubiera valido si la Gestapo hubiera descubierto sus diarios. Sólo dos años después del término de la guerra publicó LTI. La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo, que fue editado en español por Editorial Minúscula, Barcelona, recién en 2001.

Pocos ejemplares de este libro ejemplar -valga la redundancia- han circulado en Chile. Lo mismo ocurre con la edición de sus diarios, editados por Galaxia Gutenberg con el título de una de las entradas, Quiero dar testimonio hasta el final, que suman casi dos mil páginas. Ambos libros están inextricablemente ligados. LTI es una reflexión más tranquila y distanciada sobre la época, donde Klemperer abre más espacio para la teoría, aunque también el libro tiene un marcado carácter autobiográfico y testimonial. Los diarios, en cambio, son la materia prima para aquella reflexión, sin tamiz alguno, con las repeticiones e imperfecciones que es posible esperar, pero que así logran quizá transmitir con mayor eficacia el horror interminable a que se vieron sometidos los Klemperer y el puñado de judíos que vivió en Dresde durante la guerra. Son también páginas de inmensa ternura, de un inclaudicable amor por la vida y una muestra notable de rigor profesional: aún en medio de la tragedia que día a día mostraba nuevas facetas y rigores, el filólogo se empeñaba en su tarea de registrar, clasificar y describir las características del lenguaje en una sociedad totalitaria.

Klemperer se salvó de la muerte por estar casado con una mujer alemana, factor que le permitió seguir vivendo en su ciudad, aunque en condiciones cada vez más penosas; luego, cuando casi al final de la guerra el partido nazi ordenó la ejecución de los pocos judíos que todavía residían en territorio alemán, el bombardeo que redujo Dresde a escombros (un acto brutal por donde se le mire y totalmente innecesario a esas alturas de la guerra) permitió al matrimonio Klemperer huir de sus perseguidores e iniciar un peregrinaje que concluyó tras la derrota total del nazismo.

Klemperer, hasta 1933, ejercía como profesor de literatura francesa en la universidad local. No quiso abandonar el país cuando el régimen nazi ascendió al poder, tal como lo hizo, por ejemplo, su primo, el director de orquesta Otto Klemperer; como tantos judíos alemanes, se sentía perfectamente integrado y para nada ajeno a la cultura del país.

Se resistía a adentrarse en la cultura nazi. “¿Para qué leer textos nazis? ¿Para amargarme la vida más de lo que me la amargaba la situación en general?”, se preguntaba, eso sí, muy al principio, cuando la persecución era moderada, y se refugió en su trabajo, la literatura francesa del siglo XVII, hasta que le prohibieron el uso de la biblioteca. Entonces asomó como objeto de estudio la LTI, observada en la vida cotidiana, en los diarios, en las proclamas, en los discursos. Y es que, para él, el famoso dístico de Schiller, “la lengua culta que crea y piensa por ti” se llenó de un significado muy distinto del estético que habitualmente se le atribuía: “¿Y si la lengua culta se ha formado a partir de elementos tóxicos o se ha convertido en portadora de sustancias tóxicas?”. Según Klemperer, “el nazismo se introducía en la carne y en la sangre de las masas a través de palabras aisladas, de expresiones, de formas sintácticas que imponía repitiéndolas millones de veces y que eran adoptadas de forma mecánica a inconsciente”.

Esas son las expresiones que rastrea y documenta en medio de indecibles dificultades. Hay una anécdota reveladora, tanto de su situación como del tono general del libro, que rehúye la autocompasión y muestra, incluso, humor en el relato de la desgracia:

“Nunca, nunca en toda mi vida, un libro me hizo retumbar tanto la cabeza como el Mito del siglo XX de Rosenberg. No porque supusiera una lectura extraordinariamente profunda, difícil de comprender o estremecedora para el alma, sino porque Clemens me golpeó durante varios minutos la cabeza con aquel tomo. (Clemens y Weser eran los torturadores especiales de los judíos de Dresde y se los solía clasificar como el ‘pegador’ y el ‘escupidor’).

-¿Cómo te atreves, cerdo judío, a leer un libro así? –gritó Clemens. Le parecía una profanación de la hostia. -¿Cómo osas tener una obra de la biblioteca de préstamo?”.

El libro había sido pedido por la esposa aria de Klemperer, lo que lo salvó, en esa oportunidad, del campo de concentración. A pesar de las enormes dificultades para su trabajo de campo, el filólogo persistió en la escritura de su diario y registraba el creciente predominio de la LTI en Alemania, incluidas las víctimas, los judíos, que también veían cómo su expresión cotidiana se contaminaba por ese omnipresente bombardeo de palabras y expresiones.

Una de las grandes virtudes del libro es que muestra sin alardes la experiencia de judíos viviendo en territorio nazi. El texto se abre con una introducción donde se pone en el tapete el concepto de heroísmo, que, adoptado por la LTI, siguió contaminando el habla alemana hasta mucho después del fin del Tercer Reich. Conversando con estudiantes alemanes después de la guerra, Klemperer define posiciones y habla de lo que verdaderamente puede considerarse una actitud heroica bajo ese régimen, una oblicua, pero, sin embargo, explícita manera de rendir un homenaje a su esposa:

“Sé de un heroísmo mucho más desolado, mucho más silencioso, de un heroísmo que carecía del apoyo a la pertenencia de un ejército, a un grupo político, que carecía de cualquier esperanza en un futuro esplendor y que se encontraba en la más absoluta soledad. Me refiero a las pocas esposas arias (no fueron muchas) que se resistieron a todas las presiones para que se separaran de sus maridos judíos.”

Pero es la LTI el hilo conductor de este libro, escrito tras muchas dudas y vacilaciones sobre lo que debía hacer con el material acumulado en los diarios. Tomó la decisión de escribirlo tras el encuentro con una refugiada berlinesa que había estado un año en la cárcel y cuyo esposo, militante comunista, había pasado de la celda a un batallón de castigo.

«”¿Por qué estuvo usted en la cárcel?”, pregunté.
“Pues por ciertas palabras…” (Había ofendido al Führer, los símbolos y las instituciones del Tercer Reich)».

Entonces decide escribir el libro, “por ciertas palabras”, por las siglas, por la puntuación, por palabras como “fanático”, a la que dedica, con pasión de filólogo, un capítulo entero. Es que la LTI no se caracteriza por su riqueza (al contrario, es de un pobreza abrumadora) ni, en general, por los nuevos vocablos; más bien desplaza el significado de las palabras y, a fuerza de repetirlas, termina por hacerlas abarcar un ancho campo semántico. Una palabra que estaba, hasta entonces, “a medio camino entre la enfermedad y el crimen” pasó a ser de uso cotidiano, a tal punto que fue progresivamente degradándose. Fanático “significaba la exacerbación de conceptos tales como ‘valiente’, ‘entregado’, ‘constante’ o, para ser más preciso, una concentración gloriosa de aquellas virtudes, y hasta el más mínimo matiz peyorativo desapareció del uso habitual de esta palabra por parte de la LTI” (aunque el mismo Hitler, en Mein Kampf, habla despreciativamente de los “fanáticos de la objetividad”, recuerda Klemperer). Se prestaba un “juramento fanático”, se realizaba una “profesión fanática de fe”, se tenía una “fe fanática” en los mil años que duraría el nazismo. Hasta que, de tanto repetir y repetir, fue necesario, anota Klemperer, que Goebbels, el gran propagandista del régimen nazi, apelara a un “superlativo más allá del superlativo”: en noviembre de 1944, escribía que la situación sólo podía salvarse “mediante un fanatismo feroz”. Como si, apunta Klemperer, “la ferocidad no fuera el estado necesario del fanático, como si pudiese existir un fanatismo dócil”.

“Lenguaje que crea y piensa por ti”. Esa fórmula, y la imagen del veneno ingerido en pequeñas dosis, imperceptibles pero igualmente dañinas, atraviesan todo el texto. Klemperer anota desde la extrañeza de una de sus compañeras de trabajo, aria, sumamente cordial con él (lo que era un gesto de valentía), acerca de que esté casado con una mujer aria, hasta manuales de literatura e incluso prospectos farmacéuticos, todos ellos infiltrados y envenenados por la LTI.

La LTI y el antisemitismo

Y aunque intenta mantenerse centrado en el propósito del libro, cada cierto tiempo -y no podía ser de otra manera- asoma también el problema judío o, más bien, el problema del radical antisemitismo de los nazis. Klemperer es un agudo observador, un analista cuidadoso, y escribe páginas notables sobre el tema, proyectando la ideología nazi sobre el fondo del romanticismo y, más en general, de la historia de la cultura alemana. Cita, por ejemplo, la Historia de la cultura alemana, de Wilhelm Scherer, un clásico muy anterior al nazismo, donde el autor sostiene que “el exceso parece ser la maldición de nuestra evolución espiritual. Volamos muy alto y caemos mucho más bajo. Nos asemejamos a aquel germano que, tras perder todas sus propiedades jugando a los dados, se juega su propia libertad en la última tirada, la pierde y acepta ser vendido como esclavo. Tan grande es la terquedad de los germanos incluso en el mal: ellos la llaman fidelidad”. Entonces Klemperer comprendió que “existe una relación entre las bestialidades del hitlerismo y los excesos fáusticos de la literatura clásica alemana y de la filosofía idealista alemana”.

En el capítulo “La raíz alemana”, uno de los más extensos del libro y del cual provienen las anteriores citas, Klemperer usa todas las herramientas adquiridas en su vida académica para adentrarse profundamente en el análisis del nazismo y establece una genealogía que, para mal de los nazis, comienza en un francés, Arthur Gobineau, autor del Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, publicado a mediados del siglo XIX. A los nazis les dolía que uno de sus archienemigos hubiera sido el primero en proclamar “la superioridad de la raza aria, el rango supremo y único de la germanidad no contaminada y la amenaza que sufre por la sangre semita, de calidad mucho peor, que penetra por doquier y que apenas puede calificarse de humana”. Casi al final de la guerra, el Instituto del Reich para la Historia de la Nueva Alemania editó La idea de la raza en el romanticismo alemán y sus fundamentos en el siglo XVIII, pero, según Klemperer, “Herman Blome, el honesto y estúpido autor, demostró justamente lo contrario de lo que quería demostrar”.

El libro de Klemperer es, además, una obra de impresionante humanidad, un relato vivo y actual, que proporciona un testimonio de primera mano sobre la vida cotidiana bajo el nazismo. Pero también es una poderosa lección para desenmascarar otras formas de infiltración de “elementos tóxicos” en el lenguaje cotidiano de hoy. Expresiones como “el eje del mal” son tan simples como reveladoras de la ideología que portan. Cuando el análisis de la sociedad suele expresarse, con aires dogmáticos, en el léxico de la economía, es fácil percibir una nueva forma de totalitarismo ideológico. Cuando, bajo la dictadura, de hablaba de “terroristas subversivos”, se producía un fenómeno similar al “superlativo más allá del superlativo” que usaba Goebbels. Tantas expresiones que, a fuerza de ser repetidas una y otra vez, ganan carta de ciudadanía y aires de verdad, cuando se trata, simplemente, de intentos masivos de adoctrinamiento, deliberados o no, pero presentes en la vida cotidiana, en nuestras lecturas, en nuestras conversaciones. Klemperer pone una voz de alerta que es bueno escuchar.

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