Me dijo Miranda

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 29 de marzo de 2014

GalendeUn relato en sordina. Federico Galende, escritor y académico argentino radicado en Chile desde hace años, escogió un procedimiento similar al hipnótico “sostiene Pereira” de la novela homónima de Antonio Tabucchi para desarrollar una historia que asume una perspectiva limitada o más bien mediada por esa técnica narrativa. Aunque el narrador de Galende se asume también como personaje, su voz titubeante reconstruye a su vez las confesiones fragmentarias de un hombre común y corriente que por esos azares de la vida se encontró de súbito en uno de los puestos más complicados para un detective de la Policía de Investigaciones: jefe de la Guardia de Palacio en el último año de la Presidencia de Salvador Allende. “Miranda era un hombre complejo y discreto a la vez, un hombre capaz de diluirse, sin ningún sobresalto ni despunte”, en la masa anónima; más aún, agrega el narrador, “lo que lo distinguía era su facultad para pasar desapercibido. Por eso era un buen detective”. Un buen detective, un buen hombre, un hombre discreto, quitado de bulla, apegado a las normas. Casado, sin hijos. Sin más militancia política que su sentido del deber frente a la autoridad. Este hombre, Miranda, le habla al narrador de su vida; “me dijo Miranda”, repite el narrador, mientras trata también de fijar el momento en que se dio esa conversación, si en la casa del ex detective, si en alguna caminata larga, sin destino y más llena de silencios que de palabras. Hay ahí una paradoja o contradicción que se expresa en esta frase del narrador: “No quiere decir que Miranda no hubiera querido hablarme de su vida, lo que no quería era narrarla, que es muy distinto”. Esa reticencia se manifiesta en el carácter fragmentario de la información que el narrador ordena como puede, puesto que cada hecho es “una especie un nudo suelto”, especialmente cuando se trata de reconstruir el momento más importante de la vida de Miranda (y de Chile en el siglo XX), el bombardeo de La Moneda y la muerte del Presidente Allende. El punto de vista distanciado y la perspectiva reducida constituyen el suelo firme de una novela sin pretensiones históricas ni documentales: es el relato paciente y moroso de la vida de un hombre común atrapado en el vértigo de los acontecimientos; y desde ese ángulo, el de un personaje marginal, el autor construye una de las novelas más logradas y finas sobre un tiempo de fracasos y brutalidades.

Federico Galende. Alquimia Ediciones, Santiago, 2013. 232 páginas.

«Mis documentos», de Alejandro Zambra (bis)

Desarraigo sin fronteras (reseña publicada en el suplemento «Babelia» del diario El País, primero de febrero de 2014)

Mis documentos
Alejandro Zambra
Anagrama. Barcelona, 2014
208 páginas. 16,90 euros

CUENTOS. A SUS 38 AÑOS, el chileno Alejandro Zambra ya muestra una obra prolífica y diversa que combina, hasta ahora, poesía, ensayo y novela. Mis documentos es su cuarto libro de narrativa y el primero en que aborda el cuento como género. El libro muestra con singular claridad una seña de identidad de Zambra como escritor, la habilidad para borronear las fronteras y hacer emerger —en el caso de este libro— relatos que tratan de vidas tan inciertas como reconocibles y queribles que despiertan en el lector no solo una cierta solidaridad, sino también la impresión difusa de que los retratos de Zambra —esos episodios, esos quiebres en las relaciones de pareja, esa vulnerabilidad tanto del chileno atrapado en un secuestro exprés en un taxi mexicano o la del que va a Bélgica en busca de su pareja, ella lo rechaza y él, sin apenas dinero y con la maleta perdida en un tren, solo atina a caminar por Bruselas— son una cifra de interpretación que expresa una nueva forma del desarraigo ya no territorial, sino de las certezas que por tanto tiempo constituyeron la base de la sociabilidad chilena. El libro destaca además por su unidad de temática y estilo; y si bien hay varios cuentos de indudable base autobiográfica que establecen una clara continuidad con Formas de volver a casa, su más reciente novela, la fortaleza del tejido narrativo y su manera de vincular entre sí los textos con líneas invisibles hace tan difícil como inoficioso pretender distinguir si hay relatos de otras vidas o si se trata de distintas máscaras del autor, especialmente si la única pista es tan poco confiable como que el relato esté escrito por un narrador en primera o tercera persona.

Foto: Reuters / Tomas Bravo Los relatos de Zambra tratan de vidas tan inciertas como queribles.

Quizá el último cuento del libro es el que mejor ilustra la muy original manera en que Zambra explora nuevas fronteras, que lo identifica como un escritor que renueva los géneros y propone nuevas maneras de leer. Hay un yo narrador que recibe el encargo de escribir un relato policial, y cuenta —entre tazas de café y siestas— cómo lo va escribiendo, pero nunca cita ese cuento sino los recuerdos (verdaderos o falsos, qué más da) que sirven de pie para la historia: la vecina que le gustaba en su adolescencia y que dejó de ver hasta una noche muy posterior de marihuana y alcohol en que ella anunció que quería matar a su papá. A partir de ello el narrador fabula una historia de pedofilia e incesto donde los personajes cambian de profesión o de edad o de cualquier otro detalle para hacerlos calzar en la historia que nunca se narra, o que se narra de otro modo, o que constituye, en definitiva, la manera en que Zambra aborda la materia de sus relatos, desde un yo altamente consciente de su papel de demiurgo. Aquí hay metaliteratura, sin duda, pero muy alejada del modo en que suele abordarse el ejercicio de tomar a los escritores y sus obras como materia de la ficción. Lo nuevo de Zambra es la manera en que el narrador muestra sus cartas, su taller íntimo, su manera de imbricar la vida y el trabajo de la ficción. Desde ahí es posible intentar otra lectura de Mis documentos; si ya la estrategia narrativa difumina las fronteras entre el testimonio y la creación, el personaje protagónico que surge del conjunto (pues bien podría ser uno solo), con su fragilidad y su manera de exponerse en tantas dimensiones —amorosa, sexual, familiar—, se constituye en una suerte de síntesis —y quizá en el punto culminante— de un proyecto narrativo que no ha cesado de abrevar en la autobiografía.

1914. De la paz a la guerra

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 22 de marzo de 2014

1914-de-la-paz-a-la-guerra-9788415832089El próximo 28 de junio se cumplen cien años desde que el archiduque Francisco Fernando fue asesinado en Sarajevo, por ese entonces el lugar de tensión más fuerte entre el creciente imperio ruso y el ya establecido -pero sobre bases frágiles- imperio austrohúngaro. Cinco semanas después, Gran Bretaña decidió entrar a la guerra -ya declarada entre Rusia y Francia, por un lado, y Alemania y Austria-Hungría por el otro-, y ya no hubo posibilidad de volver atrás. De la Gran Guerra -luego conocida como Primera Guerra Mundial- existen numerosas memorias, testimonios y obras analíticas, y uno de los grandes temas es la búsqueda de quién fue el culpable del estallido de un conflicto que cobró millones de vidas, tumbó imperios e incubó una guerra aún más terrible. La historiadora Margaret MacMillan prefiere partir al revés. La gran pregunta de este libro es por qué fracasó la paz. Hacia 1900, como lo describe en las páginas iniciales, Europa gozaba de una prosperidad jamás vista. La Exposición Universal de París mostraba por doquier los frutos del progreso y de los avances científicos (y también de cuestiones que a nadie molestaban tanto, pero que eran peligrosas semillas: el auge de los nacionalismos y la exhibición de trofeos coloniales). Además, el continente más poderoso del mundo había establecido una manera eficiente de solucionar los conflictos. Pero algo se incubaba en Europa. La autora usa una inteligente metáfora: distintas personas caminan por una amplia llanura, aunque hay obstáculos en el camino. Toman decisiones erradas que les van estrechando las opciones. En lugar de volver atrás y reconocer su error, siguen adelante y el valle se va convirtiendo en un desfiladero cerrado donde ya no hay ni posibilidades de regresar ni de avanzar sin enfrentamientos. MacMillan dedica este libro a rastrear, en las décadas anteriores, cuáles fueron las malas decisiones que hicieron posible el conflicto, aunque también incluye, por supuesto, el factor humano: quiénes eran y dónde estaban quienes tomaron las decisiones cruciales en esas cinco semanas. Sin extremar los paralelismos, el conflicto en Crimea parece ser de aquellos que podrían haberse evitado y que podrían, también, desatar una escalada bélica. Por eso la autora es insistente en la pregunta que preside el libro: es más importante saber por qué falló la paz que por qué estalló la guerra. Eso exige ir más atrás y con más profundidad.

Margaret McMillan. Turner, Madrid, 2013. 847 páginas.

El hacedor de camas

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 28 de abril de 2012

hacedor camasRamón, de doce años, es el primer invitado de Nina, su abuela, a pasar el verano en el campo, y el narrador de la novela. Poco a poco llegan los tíos y tías, a quienes Ramón identifica por sus apodos: el tío lustrado y la tía quejumbrosa, el tío deportista y la tía colorina, el tío mano atrofiada, la tía ojos de pájaro, el tío artista fumón y la tía sicóloga, el tío editor y la tía ojerosa, el tío cabeza tatuada; todos los hermanos menos los papás de Ramón, que andan de viaje fuera de Chile, y el que murió de diabetes. Todos y la figura imponente de Nina, la abuela que pinta y hace temblar a todos con su ronco vozarrón. En la casa hay muchas piezas, colchones antiguos y con los resortes vencidos, un bosque de cedros, un perro, ratones, moscas, abejas. Jarros de pisco sour circulan cuando ya han llegado todos. La novela transcurre en unas vacaciones a fines de los noventa o comienzos de los dos mil, cuando ya circulaba el billete de veinte mil pesos pero su uso era todavía muy poco habitual en transacciones pequeñas.

El relato está construido sobre la base de breves fragmentos; en ocasiones, de una línea; rara vez, de dos o más páginas. Ramón intercala la crónica de las vacaciones con recuerdos de los momentos más significativos de su infancia: cuando murió su perro Pastelero, cuando se disfrazó de hipopótamo, cuando se comió seis completos en tres minutos y ganó la competencia escolar. La mirada del niño, cada vez menos inocente, retrata una familia que alienta tensiones antiguas y que tiene, como es obvio, secretos, esqueletos en el armario, historias vergonzantes, así como también esos momentos de alegría epifánica que jamás se olvidan. Hay líneas del relato -especialmente las que tienen que ver con los vecinos, los campesinos y trabajadores- que podrían haber tenido un desarrollo más amplio; hay personajes que podrían haber crecido más. Pero sin duda es una novela interesante que cala una vez más en los entresijos de la vida de las familias burguesas criollas, de esas que suelen pasar en puntillas por la historia reciente del país (pero este no es el caso; la tía ojos de pájaro perdió a su novio en la dictadura militar) y que asisten con un cierto aire atónito y desamparado a la ola de cambios que ocurre en Chile. Moffat tiene además sentido del ritmo y agrega a su prosa una cadencia liviana y ágil que se lee con gusto y rapidez.

Alejandra Moffat. Sangría Editora, Santiago, 2011. 288 páginas.

La casa de hojas (reseña anotada)

La casa de hojas[1]

CasadehojasEsta novela fue el debut literario de Mark Z. Danielewski, y vaya manera de entrar en la literatura[2]. La casa de hojas es una obra de singular osadía, que pone en escena al menos dos maneras de escribir muy diferentes, juegos tipográficos y de diseño que siguen el desarrollo argumental[3], cajas chinas, relatos paralelos y un impresionante acopio de material de apoyo, tanto inventado como existente. Ficción sobre ficción sobre ficción. Un anciano, Zampanò, escribe un largo manuscrito sobre un documental, El expediente Navidson. Un joven, Johnny Truant, lo encuentra tras la muerte del viejo y se dedica a editarlo. Mientras lo hace, escribe numerosas y extensas notas donde relata su vida (y sus temores, sus pesadillas y sus traumas). Y si el texto de Zampanò tiene mucho de académico[4] y analiza con erudición y profundidad el documental de Navidson, el de Truant es muchísimo más coloquial[5] y desenfadado[6], aunque progresivamente se entrelazan en un nivel muy profundo, el de los sueños, el de los monstruos de la mente, el del filo de la locura. No es que Navidson sea un loco, pero el documental trata de su encuentro con un lugar frío, oscuro y amenazante que desafía las leyes físicas y que está en el lugar más familiar posible, la casa de campo donde el cineasta y fotógrafo se ha ido a vivir con su mujer y sus hijos para tratar de recomponer una relación ya gastada[7]. La intención de Navidson era registrar su vida familiar en el nuevo entorno; pero de repente aparece una pieza[8] nueva en la casa y luego un pasillo gélido y negro que se abre hacia las profundidades de la tierra. La proeza de la novela es que -al menos en los papeles de Zampanò- la peripecia de Navidson siempre está mediada por el discurso analítico donde emergen temas como el eco, el laberinto (y no en vano hay un epígrafe de Borges en la novela), la técnica fotográfica, la arquitectura y muchos otros[9]. En esa erudición hay mucho de juego[10], citas y entrevistas magníficas (sobre todo las inventadas), parodia sangrienta[11] y distancia, pero lo principal es que ese tratamiento sostiene la verosimilitud interna del relato[12]. El relato de Truant, en tanto, sí conecta emocionalmente con el terror que habita en la casa de Navidson, se disloca cada vez más y parece acechado por la misma oscuridad. La novela es experimental en muchos sentidos, pero el autor no pierde de vista una cuestión esencial: enganchar al lector. Y ahí vamos, de la mano de Truant y Zampanò, sumergiéndonos en un abismo de negrura más antiguo que la Tierra y más amenazante que cualquier monstruo del cine.

Mark Z. Danielewski. Pálido Fuego/Alpha Decay, Barcelona, 2013. 709 páginas.


[1] El título ya es un enigma. Lo más tentador, ante la traducción al castellano, es pensar que el autor se refiere a una casa de hojas de papel, una casa literaria, una casa que existe en las páginas. Pero en inglés hay palabras diferentes para ambas acepciones: Leaves (para hojas de árboles y plantas) y Sheets (para hojas de papel), Sin embargo, la ilustradora Francisca Yáñez me indicó, en twitter, que una de las acepciones del viejo Webster’s es «Something that resembles a leaf, as a page of a book», y Roberto Castillo señaló que también se usa como «One leaf of paper = two pages». Puesto que en la casa no hay nada vegetal, la hipótesis de la ambigüedad del título -que es mucho más explícita en castellano- gana puntos.

[2] Fue publicada en inglés en 2000. Según me indicó Roberto Castillo, el título de la reseña en The New York Times es impagable: Home Sweet Hole («Hogar, dulce hoyo»). Y está disponible en la página del diario.

[3] El diseño del capítulo IX de «El expediente Navidson» es simplemente endiablado, con páginas atiborradas de textos que corren ya sea por el borde de las páginas y por el centro o por cualquier lado y en distintas direcciones. No en vano el tema es el laberinto, aunque la mayor parte de las referencias están tachadas (lo que amplifica el desafío material de la lectura), porque Zampanò, sin que quede claro por qué, quiso borrar todas las referencias a un tema que es clave para entender mejor la novela. Pero Truant, con porfía considerable, las repuso. En otros capítulos -especialmente cuando se describen las exploraciones de las profundidades de la casa- la caja del texto sigue el estrechamiento de los pasillos o bien el texto queda suelto, por así decirlo, y hay que poner el libro de lado o al revés para seguir una línea -o a veces menos de una línea- perdida en el blanco de la página.

[4] La cuestión de las notas merece una nota. Todo lo que escribe Truant está en Courier -notas incluidas- y las de Zampano y de los editores, en Times. No obstante ello, todas son correlativas y hay, con frecuencia, notas a las notas. En términos espaciales, es admisible decir que el relato de Zampanò corre por arriba y el de Truant por abajo, pero ambos se invaden mutuamente, ya sea que las notas extensas de Truant se estiran por varias páginas o que las notas de Zampanò copan todo el espacio de abajo.

[5] La traducción es al castellano peninsular. Nada que objetar al enorme trabajo de Javier Calvo y a la gran calidad de la versión; sin embargo, en el nivel coloquial, la lectura chirría para los que aprendimos el castellano en otras latitudes. Dediqué un par de posteos en Facebook al asunto. Dije que el libro estaba tan entretenido que me demoraba más en la lectura al traducir, mentalmente, del peninsular al chileno; así, por ejemplo, «¿Quién es este tarugo terminal y cómo cojones llegó hasta aquí?», por «¿Quién es este gil ahueonao y cómo rechuchas llegó acá?», lo que dio pie a un sabroso intercambio de opiniones.

[6] Más complejo se tornó el asunto cuando pregunté tanto por la traducción al chileno como por el posible original inglés de “un rollo chungo, un rollo chunguísimo”. Tal como intuyó Marisol García, «chungo» es la traducción de «fucked up». Reproduzco la versión al chileno -hecha por Roberto Castillo- de todo el párrafo (que corresponde a la página 363 de la edición española): «Tu película lo empeoró todo. Es, bueno… una cosa en dos palabras: una huevá pa la coyoma, pero bien pa la coyoma. Okey, tres palabras, cuatro palabras, a quién mierda le importa… muy muy pa la cagá. Lo que se llama un rollo muy penca la huevá. Nunca pensé que iba a decir esto, pero señorita usted tiene que cortarla con el ácido, la mezcalina, o lo que sea que está jalando, aspirando, tragando… métase a una desintoxicación, algo, cualquier cosa porque lo va a pasar muy mal si no hace algo rápido. Nunca he visto una hueá tan pa la coyoma, tan para la recoyoma, tan para la reconchacoyoma. Por culpa de ella me puse a romper cosas, platos, una estatuilla de jade de un pingüino. Una rana de cristal. Me alteré tanto que hasta tiré la pecera de mi amigo al mueble de la loza. Feo, muy feo. Agua salada, pescados muertos por todas partes, yo gritando “puta la huevá pa la coyoma”. Cinco palabras. Me echaron. ¿Usted cree que me puedo alojar en su casa?».

[7] Un hilo que no cupo en la reseña: los personajes protagónicos están bastante dañados. De hecho, la novela podría leerse de manera completamente distinta; Zampanò ofrece numerosas pistas e interpretaciones sobre Navidson, su hermano gemelo (Tom) y su mujer (Karen), mientras que Truant cuenta de su vida más de lo que el lector quisiera saber sobre cualquier persona. Los hijos de Will y Karen tampoco salen indemnes y su profesora llega a la casa en el momento (casi) más inoportuno posible.

[8] En el castellano de Chile, habitación.

[9] Y listas. Para traducir las citas de otros idiomas y luego simplemente para saber más de Zampanò, Johnny Truant entrevista a varias mujeres que iban a la casa del ciego a leerle libros. Una de ellas le cuenta cómo hicieron una extensísima lista de fotógrafos: completamente al azar, por búsquedas en bibliotecas y catálogos (estamos todavía en la era pre www), y Truant concluye -por ese y otros detalles- que Zampanò quería pasarse de listo y que era mucho menos erudito de lo que sugiere su texto. La mención chauvinista: En la lista de fotógrafos está Paz Errázuriz pero no Sergio Larraín, aun que el segundo es mucho más famoso que la primera.

[10] Hay citas tan llamativas que el impulso de buscarlas en google es casi irresistible. Por ejemplo: «Miren al cielo, mírense ustedes mismos y recuerden: no somos más que los ecos de Dios, y Dios es Narciso». La referencia de Zampanò es «Hansen Edwin Rose, Creationist Myths (Pneuma Publications, Detroit, Michigan, 1989), p. 219». Pero la pesquisa en internet conduce a saber que ni el autor ni el libro existen, pero que sí hay blogs donde pacientes lectores se preocupan de identificar las fuentes reales y las referencias inventadas, y que en la entrada de Wikipedia (en inglés) sobre libros inventados, Danielewski figura como uno de los autores más prolíficos.

[11] El autor trabajó en un documental sobre el filósofo francés (nacido en Argelia) Jacques Derrida. De ahí que en el libro lo cite unas cuantas veces. Pero también aparece en la serie de entrevistas realizadas por Karen en un capítulo llamado «Lo que les ha parecido a algunos» (se refiere al documental de su marido). Todas las entrevistas son, obviamente, apócrifas, y es donde Danielewski muestra mejor su talento para la parodia. Uno de los entrevistados es Derrida: «Pues bueno, lo que está dentro, es decir, si se me permite decirlo, lo que se despliega a sí mismo de forma infinita sin un exterior, sin otro…, ¿pero dónde está entonces lo otro?». También participan el periodista Hunter S. Thompson (ver nota 7), la feminista Camille Paglia, el físico y filósofo Douglas Hofstadter y Stanley Kubrick, entre otros.

[12] Lo que también hace verosímil el formidable aparato crítico que sostiene el relato de Zampanò, Otra cita inventada, otra cita memorable, referida a la sufrida y accidentada relación entre Navidson y Karen: «La pasión tiene muy poco que ver con la euforia y mucho con la paciencia. No se trata de sentirse bien. Se trata de resistir. Tanto la paciencia como la pasión vienen de la misma raíz latina: pati. Que no significa transmitir exuberancia. Significa sufrir». The Courage to Whitstand, de Daphne Kaplan (Ecco Press, Hopewell, Nueva Jersey, 1996), p iii. Ni la autora ni el libro existen, pero la cita sí. Y funciona perfectamente.

La casa de hojas

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 15 de marzo de 2014

CasadehojasEsta novela fue el debut literario de Mark Z. Danielewski, y vaya manera de entrar en la literatura. La casa de hojas es una obra de singular osadía, que pone en escena al menos dos maneras de escribir muy diferentes, juegos tipográficos y de diseño que siguen el desarrollo argumental, cajas chinas, relatos paralelos y un impresionante acopio de material de apoyo, tanto inventado como existente. Ficción sobre ficción sobre ficción. Un anciano, Zampanò, escribe un largo manuscrito sobre un documental, El expediente Navidson. Un joven, Johnny Truant, lo encuentra tras la muerte del viejo y se dedica a editarlo. Mientras lo hace, escribe numerosas y extensas notas donde relata su vida (y sus temores, sus pesadillas y sus traumas). Y si el texto de Zampanò tiene mucho de académico y analiza con erudición y profundidad el documental de Navidson, el de Truant es muchísimo más coloquial y desenfadado, aunque progresivamente se entrelazan en un nivel muy profundo, el de los sueños, el de los monstruos de la mente, el del filo de la locura. No es que Navidson sea un loco, pero el documental trata de su encuentro con un lugar frío, oscuro y amenazante que desafía las leyes físicas y que está en el lugar más familiar posible, la casa de campo donde el cineasta y fotógrafo se ha ido a vivir con su mujer y sus hijos para tratar de recomponer una relación ya gastada. La intención de Navidson era registrar su vida familiar en el nuevo entorno; pero de repente aparece una pieza nueva en la casa y luego un pasillo gélido y negro que se abre hacia las profundidades de la tierra. La proeza de la novela es que -al menos en los papeles de Zampanò- la peripecia de Navidson siempre está mediada por el discurso analítico donde emergen temas como el eco, el laberinto (y no en vano hay un epígrafe de Borges en la novela), la técnica fotográfica, la arquitectura y muchos otros. En esa erudición hay mucho de juego, citas y entrevistas magníficas (sobre todo las inventadas), parodia sangrienta y distancia, pero lo principal es que ese tratamiento sostiene la verosimilitud interna del relato. El relato de Truant, en tanto, sí conecta emocionalmente con el terror que habita en la casa de Navidson, se disloca cada vez más y parece acechado por la misma oscuridad. La novela es experimental en muchos sentidos, pero el autor no pierde de vista una cuestión esencial: enganchar al lector. Y ahí vamos, de la mano de Truant y Zampanò, sumergiéndonos en un abismo de negrura más antiguo que la Tierra y más amenazante que cualquier monstruo del cine.

Mark Z. Danielewski. Pálido Fuego/Alpha Decay, Barcelona, 2013. 709 páginas.

«Sobre la crítica» (1925), de William Faulkner

Walt WWalt Withman dijo, entre pretenciosas e hipertrofiadas banalidades, que para tener grandes poetas también debe haber grandes audiencias. Si Walt Whitman se dio cuenta de esto debe de resultar universalmente obvio en estos días de radios que nos informan y de las llamadas revistas de alto copete que corrigen nuestra información; por no hablar del toque personal de los programas de lectura. Y aun así, ¿qué han hecho los periódicos y los programas para hacer de nosotros grandes audiencias o grandes escritores?, ¿han cogido estas sibilas al neófito delicadamente de la mano instruyéndole en los fundamentos del gusto? Ni siquiera han intentado inculcarle una reverencia por sus misterios (despojando así a la crítica incluso de su valor emocional -¿y de qué modo vas a controlar el rebaño si no es mediante sus emociones?, hubo alguna vez una multitud lógica?-). De modo que no hay tradición, no hay espíritu de equipo; todo lo que se necesita para ser admitido en las filas de la crítica es una máquina de escribir.

Ni siquiera intentan moldear sus opiniones por él. Es cierto, resulta poco apreciado el moldear la opinión de alguien en su lugar, pero es un agradable pasatiempo el cambiar su opinión de una falacia a otra, por el bien de su alma. El crítico americano, como el prestidigitador, intenta averiguar exactamente cuánto debe dejar ver al espectador y todavía salirse con la suya -la superioridad de la mano sobre el ojo-. Confunde la pieza a examinar con un instrumento con el que realizar arpegios de la inteligencia. Esto parece tan pretencioso, tan inútil, como el corneta que lleva a cabo acrobacias acústicas mientras espera a que se junte la banda. Con esta diferencia: el corneta después de un rato se cansa y lo deja. Aquí se da la asombrosa posibilidad de que el crítico disfrute con su propia música. ¿Es así, disfrutan leyéndose los unos a los otros? Uno puede imaginar igual de fácil barberos afeitándose unos a otros por diversión.

El crítico americano permanece ciego, no sólo su público sino también él, respecto a la esencia principal. Su negocio se ha convertido en gimnasia mental: se ha convertido en una reencarnación del charlatán de feria de memoria privilegiada, manteniendo embelesada a la rústica parroquia, no por lo que dice, sino por cómo lo dice. Sus mentes vuelan libres ante la vistosa ampulosidad de la pirotecnia. ¿Quién no ha oído esta conversación?

«¿Has visto el último… (escoja usted mismo)? Jones Brown está bien esta vez; él… humm, ¿cuál es ese libro? Una novela, creo… lo tengo en la punta de la lengua, de algún tío. En cualquier caso, Jones se refiere a él como un boy scout estético. Es bueno: tienes que leerlo.»«Sí, lo haré. Brown siempre está bien, ¿te acuerdas cuando dijo de alguien: “Un loro que no podía volar y que nunca había aprendido a maldecir?»

William Faulkner en 1931 (2)Y aun así, cuando le preguntas por el nombre del autor, del libro o acerca de qué se trata, ¡no te lo puede decir! Él tampoco lo ha leído, o no sólo no le ha conmovido sino que a esperado a leer a Brown para tener una opinión. Y Brown no le ha ofrecido ninguna opinión en absoluto. Quizá el propio Brown no tenga ninguna.

¡En Inglaterra hacen este tipo de cosas mucho mejor que en América! Por supuesto que en América hay críticos igual de juiciosos y tolerantes y sólidamente preparados, pero con pocas excepciones no tienen estatus: las revistas que establecen el estándar los ignoran; o ante condiciones insoportables, ignoran a las revistas y viven fuera. En un número reciente de The Saturday Review el señor Gerald Gould, reseñando El jugador oculto de Alfred Noyes dice:

«La gente no habla así… No refleja la forma de hablar común de la gente común: lo que generalmente resultaría pálido… al dar tantísimos detalles resulta confuso».

Aquí está la esencia de la crítica. Tan exacta y clara y completa: no hay nada más que decir. Una crítica que no sólo el público, sino también el autor, puede leer con provecho. ¿Pero qué habría hecho el crítico americano ante esto? ¿Quién de nuestros árbitros literarios habría dejado pasar esta oportunidad de referirse al señor Noyes como un «boy scout estético» o alguna otra cosa igual de pretensiosa e irrelevante?, ¿y qué lector cogería el libro con una mente imparcial, sin un ligero malestar de paternalismo y confusión… no hacia el libro, sino hacia el señor Noyes? Uno de cada cien. ¿Y qué escritor, con su propia compulsión al sufrimiento, su propio impulso a calificar de tábano a todo papel que le hostigue, podría obtener algún provecho o sustento de ser denominado un boy scout estético? Ninguno.

Cordura, esa es la palabra. Vive y deja vivir; critica con gusto en virtud de un criterio, y no riñas. La reseña inglesa crituca al libro, la americana al autor. El crítico americano le endosa al público lector un distorsionado bufón en el seno de cuya sombra acechan imprecisamente los títulos de varios volúmentes íntegros. Sin duda, si hay dos profesiones en las que no deberían existir envidias profesionales son la prostitución y la literatura.

double_dealer_192205Tal como es, la competición se vuelve encarnizada. El escritor no puede empezar a competir con el crítico, está demasiado ocupado escribiendo y también está orgánicamente incapacitado para la contienda. Y si tuviese tiempo y se armase adecuadamente, sería injusto. El crítico, una vez que se ha convertido en un hábito para sus lectores, es considerado infalible por ellos; y su contacto con ellos es lo suficientemente directo como para permitirle tener siempre la última palabra. Y con el americano la última palabra es la que tiene peso, la definitiva. Probablemente porque le da una oportunidad de decir algo sobre sí mismo.

[Double Dealer, enero-febrero de 1925; reimpreso en William Faulkner: early prose and poetry, ed. Carvel Collins, Boston, 1962. Ese texto es el reproducido aquí.]

William Faulkner. Ensayos y discursos. Capitán Swing, Madrid, octubre de 2012. 372 páginas. Traducción de David Sánchez Usanos. El artículo reproducido está en las páginas 107 a 109.

Continuación de ideas diversas

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 8 de marzo de 2014

continuacion-de-ideas-diversas-674x1024Aunque el escritor argentino César Aira ha escrito algunos ensayos (sobre Alejandra Pizarnik y sobre Copi, pero sobre todo su inigualable Diccionario de autores latinoamericanos), y aunque ha incursionado en el género dramático, el trazo principal de su escritura corre por la novela y, en menor medida, el cuento. Este libro -y en verdad no podría ser de otra manera, tratándose de Aira- rompe las convenciones exigidas tanto al ensayo como al diario de vida y aún a la ficción, puesto que de todo ello hay en esta sucesión de parágrafos que alguna vez enlazan con el siguiente, aunque lo habitual es que el tema cambie completamente. Recuerdos, películas, hechos del día anterior, el insomnio, la literatura y sus procedimientos, ideas de novelas, las pesadillas, ácidos juicios sobre el mundo contemporáneo, su manera de entender el ejercicio de la escritura, dan forma a un libro que gana valor (unos cuántos parágrafos se refieren al tema del valor literario o artístico) por varias razones. Primero, se trata de la inconfundible voz narrativa de Aira, uno de los escritores menos convencionales y más atractivos de la escena latinoamericana actual. Segundo, Aira habla de sí mismo, en primera persona, y, aunque sea de manera parcelada y casi renuente, como si tratara de esconder en la ironía o la distancia la peripecia autobiográfica, ofrece un singular recorrido por su formación como lector y algunas luces -pocas- sobre su familia y su entorno. Tercero, recupera una tradición (y la subvierte, por supuesto) ya antigua, esos libros de pensamientos (que solían incluir aforismos, pero esas frases cerradas y tajantes, que sobreviven la cita en cualquier contexto, no van con el autor) que menudearon en Europa hará un par de siglos. Aira la subvierte por la libertad que se toma con los temas y la ausencia de todo intento moralizante o al menos pedagógico. Se convierte así en un recorrido que el mismo autor describe como un “cadáver exquisito”, esa forma de escribir entre varios donde cada uno aporta un verso o un párrafo, solo que en este caso todas las ideas, las ocurrencias, los sueños, vienen de un escritor que si a los 14 años leía a Proust, Borges y Kafka (y por ello dice de sí mismo que fue “un lector muy precozmente intelectual, muy highbrow y no poco esnob, muy literario”), también afirma que la principal influencia en su vida de escritor son “las historietas de Superman, de los años cincuenta y sesenta”. Este contraste -uno de tantos- puede dar una idea de lo que hay en este libro singular y único, tan Aira como Aira.

César Aira. Ediciones Universidad Diego Portales, 2014. 86 páginas.

Salón de belleza

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 22 de febrero de 2014

Salón de bellezaLa historia editorial de este libro ya es larga. Fue publicado por primera veza en Lima, en 1994; luego, en Tusquets México, en 1999; la misma editorial lo lanzó en España en 2005. Ninguna de esas ediciones está disponible hoy en Chile, de manera que es muy bienvenido este rescate de Cuneta. Es que se trata de una de sus novelas más importantes -ha escrito más de veinte- porque muestra con claridad el modo en que el autor desarrolla sus ficciones e incluye sus temas preferentes: la enfermedad, la sensación de amenaza, el mundo que se enrarece, la decadencia, la ambigüedad sexual. Un antiguo salón de belleza atendía sobre todo a clientas bajo cuyos “cutis gastados era visible una larga agonía que se vestía de una especie de esperanza en cada una de las visitas”. Era atendido por travestis, que algunas tardes ponían ropa femenina en sus maletines, partían al centro de la ciudad, se cambiaban en algún lugar discreto y salían a explorar la noche. Sin embargo, una extraña enfermedad comienza a causar estragos en la población y el último sobreviviente de los peluqueros, aficionado también a mantener acuarios y criar en ellos a peces raros, y movido quién sabe por qué impulso, transforma gradualmente el salón de belleza en el Moridero, un lugar donde van a parar los enfermos ya incurables (“aparte del Moridero, la única alternativa sería perecer en la calle”). La narración no es lineal; los recuerdos del salón de belleza, de las andanzas nocturnas y de la crianza de peces (el capítulo sobre los ajolotes, o axolotl, es uno de los más memorables, quizá por la enorme carga simbólica que ese animal ha alcanzado en América Latina: la “ferocidad de sus costumbres” parece hermanarse extrañamente con la violencia que asola buena parte de la región) se alternan con las escenas del Moridero, ya un espacio nauseabundo donde el olor a agua estancada de la única pecera sobreviviente parece lo único que aporta al lugar algo de frescura. Poco a poco, la enfermedad se toma los espacios y las reflexiones del protagonista alcanzan puntos más extremos y más extraños, donde resalta la frialdad de la mirada sobre la muerte y los asuntos prácticos que conlleva en un lugar como el Moridero. No hay frivolidad, sino una manera muy seria de considerar el asunto más importante de la existencia humana: su término.

Mario Bellatín. Cuneta, Santiago, 2013. 83 páginas.

Una historia sencilla

Maquetaci—n 1Aunque se publica en una colección de narrativa, se trata, en realidad, de una crónica, un género que ha ganado considerable dignidad y calidad en los años recientes gracias a periodistas como la argentina Leila Guerriero, que unen el rigor en la investigación con la habilidad para construir historias bien armadas y mejor escritas. Lo habitual es que el foco esté puesto en un fenómeno, en un hecho o en un personaje que se salen de lo común, que despiertan la curiosidad pública, que siembran asombro, alarma, temor o exaltación. En este libro, Guerriero escogió el camino inverso. De ahí la particular textura de esta crónica sobre un baile folclórico argentino -el malambo, un zapateo sometido a reglas implacables que demanda un tremendo esfuerzo físico, acompañado por guitarra y bombo- y, sobre todo, sobre uno de sus cultores, Ramón González Alcántara; y de ahí también las preguntas que la autora propone el lector hacia la mitad del libro: «¿Nos interesa leer historias de la gente como Rodolfo? ¿Gente que cree que la familia es algo bueno, que la bondad y Dios existen? ¿Nos interesa la pobreza cuando no es miseria extrema, cuando no rima con violencia, cuando está exenta de la brutalidad con que nos gusta verla -leerla- revestida?». Nada hay, pues, de espectacular o fuera de lo común en esta crónica, como no sea el malambo, una prueba de resistencia que forja atletas capaces de resistir casi cinco minutos equivalentes a una competencia de cien metros planos, o las reglas del Festival Nacional de Malambo que se lleva a cabo en el pueblo de Laborde -siete cuadras de largo por catorce de ancho-, que entregan, junto con la corona de campeón en la categoría adulto, la jubilación. El campeón no puede volver a competir. El malambo del triunfo es también su último malambo; pero es también la puerta a la gloria. Una gloria limitada, claro; el Festival de Laborde tiene poquísima publicidad, nada de televisión y no más de dos mil espectadores, compuestos en su mayoría por bailarines, sus familias y sus amigos. Guerriero pone en la escena a ese público, sus amistades, sus sentimientos y sus esperanzas. Vidas comunes y corrientes que solo en el malambo alcanzan una intensidad especial que los transfigura y que, en el caso de los campeones, les cambia la vida. Todos vuelven a Laborde, el escenario de la gloria y la aniquilación. Es, con todo, tal como el título lo indica, una historia sencilla de gentes sencillas, y ahí radican su encanto y su fuerza.

Leila Guerriero. Anagrama, Santiago, 2013. 147 páginas.