Desubicados

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 18 de octubre de 2014

desubicados-portada-1Hay muchas maneras de transitar por la frontera entre géneros, una de las tendencias de la literatura contemporánea. Aunque la idea de fundir narrativa y ensayo se puede rastrear en sus orígenes hasta muchas décadas atrás -piénsese, por ejemplo, en Thomas Mann-, lo que comenzó por la incorporación de ideas a la trama narrativa se ha convertido en una ancha corriente que se cuenta entre las más fecundas de hoy.

La escritora argentina María Sonia Cristoff se inscribe con este libro -el primero suyo publicado en Chile (la edición argentina es de 2006)- en esa corriente y de forma bastante radical: Desubicados apenas tiene trama y, además, está mayormente en los capítulos iniciales, dedicados al insomnio, a los misterios de la acústica y a la actividad sexual de una pareja de vecinos de la protagonista que todos los días, con inquietante puntualidad, empieza ruidosos escarceos amatorios a las tres de la madrugada. Cristoff tiene un humor sombrío y enfocado sobre todo en la narradora, que cada vez que va al teatro -sea buena o mala la obra- sufre una incómoda picazón en el lado izquierdo de la cara y que encuentra en los zoológicos un lugar de refugio y de comunión con el mundo, un remanso de paz que le devuelve la tranquilidad y le alivia la comezón.

Ahí está la vía para la introducción del ensayo -o de la crónica, si se quiere, que de ambos hay- referido al mundo animal, a la conservación de las especies, al calentamiento global, a los intentos por salvar especies, a los modos de relación de los miembros del género humano con el mundo animal. Cristoff incorpora abundante información en páginas donde la anécdota se pierde -o vuelve al pasado, a sus viajes, a zoológicos de otras latitudes- y cede el paso a una reflexión que, aunque pase de la jirafa al ornitorrinco, del jabalí al demonio de Tasmania, o a sus modos de inserción en el imaginario cultural de niños y adultos, tiene un punto inasible: no se trata exactamente de eso, no estamos ante un sermón ecologista, sino de una interrogación que tiene mucho más que ver con el lugar que ocupamos en el mundo. La enorme gracia de Cristoff es que plantea asuntos muy graves con humor y humanidad, con una protagonista que expone su fragilidad, su acerado sentido del ridículo y una vitalidad reflexiva que supera insomnios, desvelos, picazones y ruidos perturbadores a las tres de la madrugada.

María Sonia Cristoff. Libros del Laurel, Santiago, 2014. 138 páginas.

Reinos

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 10 de mayo de 2014

reino-portRomina Reyes (1988), periodista, debuta en la ficción con este breve libro compuesto por seis relatos, con el que ganó el premio Mejores Obras Literarias Inéditas 2013 en la categoría cuento. Y merecidamente, puesto que el libro revela una mano segura en el trazo y una voz propia que tiene muchas posibilidades de ganar madurez y depurar un estilo que ya se manifiesta con claridad. Se trata de historias situadas en las antípodas de la épica, escritas en un tono menor donde la melancolía y la sensación de vacío se instalan con suavidad, sin aspavientos, sin el más mínimo vestigio de autocompasión. La contención, sin embargo, no implica amargura; hay lucidez, una profunda y cristalina lucidez, pero sin que esa capacidad de sentir el vacío o la inutilidad de las cosas se transforme en un lastre para el fluir de los relatos. “A veces pienso como si nada bueno me fuera a pasar nunca, lo que no significa que esté triste ni que la pase mal”, dice uno de los personajes, y parece resumir el tono general de los cuentos. La autora asume con mucha propiedad voces narrativas masculinas y femeninas, y a través de ellas construye relatos que establecen una clara correspondencia con su experiencia de vida; no intentan ir más allá, pero ello no limita, ni mucho menos, su capacidad expresiva. Más que la metaliteratura, tan de moda, o que la ficción elaborada a partir de la propia biografía, otra tendencia muy marcada en la narrativa chilena reciente, lo de Romina Reyes es el intento de atrapar fragmentos de vidas en esos momentos donde la claridad, o algo semejante a la lucidez, obliga a mirar la realidad de frente y a percibir cuánto hay de inestable, de frágil, de incierto, en la existencia de cada uno. Momentos de crecimiento, ritos de paso, que operan de alguna manera a contrapelo del famoso verso de Gabriela Mistral “todas íbamos a ser reinas”: en los cuentos de Romina Reyes, los reinos son el dominio de la incertidumbre, el desvelo, de la intuición de “Qué terrible debe ser no tener que hacer otra cosa que pensar”, porque por ahí se asoman el peso de vivir y la inutilidad de la esperanza: “Debe ser desgastante vivir pensando que hay que esperar algo, como si la vida estuviera en otra parte”. El último cuento, que da su título al libro, es quizá el que mejor trabaja el desgarro, el dolor y la dificultad de conocer al otro; y sin duda que es uno de los mejores motivos para conocer la obra de esta joven autora.

Romina Reyes. Montacerdos ediciones, Santiago, 2014. 121 páginas.

Al sur de la Alameda

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 17 de mayo de 2014

tapaEsta novela ilustrada, destinada a un público juvenil -ejercicio siempre difícil y en este caso muy bien logrado, a tal punto que el lector adulto aprovechará también la lectura- aborda la “Revolución de los pingüinos” de 2006 desde una mirada marginal. Desde el borde. Desde la vereda sur de la Alameda. Pero no se trata solo de una cuestión geográfica, aunque el asunto tenga importancia en el argumento. Se trata también de la elección del colegio en toma, de los personajes protagónicos y, más importante todavía, del modo en que Lola Larra escogió contar la historia; del modo en que inventó la trama, dispuso los escenarios y situó a los personajes. Uno de ellos, Nicolás, dice que “al Norte de la avenida se juega la primera división de las movilizaciones. De este lado, al sur de la Alameda, estamos los segundones, la liga B. Allá los liceos pelean con la policía, reciben palos, lanzan bombas de pintura y viven la protesta cercados por las patrullas y las cámaras de los periodistas”. Si aplicamos una metáfora cinematográfica, allá se filma un blockbuster, una megaproducción con múltiples extras y potentes efectos especiales; acá, al sur de la Alameda, se filma una película intimista donde la gran batalla está fuera de campo y llega a la escena solo por sus ecos. Y ahí radica, sin duda, uno de los rasgos más interesantes de esta novela. En esa historia no importan tanto los fogonazos, los grandes destellos, el estruendo, la gran cita mediática, sino que las maneras de vivir una situación que interpela las convicciones y las decisiones de vida en una etapa tan llena de preguntas e inseguridades como es la adolescencia. Lo interesante de esto es que en ese microcosmos, en esa mirada desde el margen, la autora no solo ofrece un relato convincente y a ratos conmovedor de la Revolución Pingüina, sino que, más importante todavía, una historia viva e iluminadora sobre la adolescencia, sus misterios, sus abismos y sus resurrecciones. La toma dura siete días. El diario de Nicolás dura siete días. Pero esa breve experiencia habrá cambiado su vida y la de sus compañeros para siempre. En la habilidad de Lola Larra para situarse en esa perspectiva y lograr un relato convincente, que supera con mucho la coyuntura, que sitúa la épica ahí donde realmente vale, en la valentía que crece en la soledad y en el desafío personal, está el mayor valor de esta novela, que lleva muy bien el enriquecedor diálogo entre la palabra escrita y las ilustraciones de Vicente Reinamontes.

Lola Larra. Ilustraciones de Vicente Reinamontes. Ekaré Sur, Santiago, 2014. 288 páginas.

Perdida, de Gillian Flynn

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 22 de junio de 2013

PerdidaEsta novela -claramente dirigida a un público masivo- por fortuna escapa, y por amplio rango, a los bordes del género y también a sus peores tics; lo que más daña al género es que abundan autores que creen que se trata solo de aplicar una fórmula y situarla en ambientes poco habituales. En cambio, la autora pone a prueba la elasticidad de la novela negra porque es también, como bien lo destaca Rodrigo Fresán en el epílogo, una historia de amor, pero de esas terribles. Más bien se trata de una historia de matrimonio, que no es lo mismo, y que por eso tiene más capacidad de aterrar que el hilo policial de la trama; aunque también aporta, y con singular vivacidad, un componente de comedia, de esa comedia cotidiana, maltrecha y agridulce que se vive entre tantas parejas en el mundo. En suma, Perdida no sólo tiene una estructura compleja, hecha a dos voces (aunque una de ellas se desdobla completamente entre la primera y las dos restantes partes), sino que también enriquece la estructura del thriller con registros más cercanos al lector que la clásica historia de asesinato e investigación policial. Gillian Flynn crea, entonces, una trama inteligente y bien desarrollada que tiene pocos puntos bajos y muchos giros sorprendentes en el camino; pero crea, sobre todo, un gran personaje, la protagonista de la novela: Amy Elliott Dunne, una mujer tan atractiva como brillante, la aparente mujer perfecta, que además goza de una impresionante habilidad para asumir distintas personalidades. No se trata técnicamente de esquizofrenia, sino de talento para adoptar una imagen y ser consecuente con la caracterización, aunque ello sea motivo, finalmente, de equívocos malsanos y de que se plantee la gran incógnita acerca de quién es realmente Amy, también protagonista de una serie de novelas escritas por sus padres, Amy la asombrosa, retrato perfecto de la niña ejemplar que deviene en mujer guapa y rica que parece no tener otro destino que una vida clásicamente burguesa. Pero Amy es mucho más que eso; arrastrada a North Carthage, un pequeño pueblo de Missouri a orillas del Mississippi, dueña de casa desempleada mientras Nick, su marido, está en su pueblo natal y lo pasa muy bien, elabora un plan que requiere, sobre todo, de paciencia, planificación perfecta y una voluntad a toda prueba. Pero está, cómo no, el azar, aunque Amy la perfecta, Amy la asombrosa, también está preparada para afrontar sus jugarretas.

Gillian Flynn. Random House Mondadori, Barcelona, 2013. 569 páginas.

La entrevista completa de Rolling Stone: Susan Sontag

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 6 de septiembre de 2014

Sontag UDPSontag ocupa un espacio conflictivo para muchos. Nadie la considera una filósofa, pero la etiqueta de ensayista le queda estrecha; la salida es considerarla una intelectual, categoría muy amplia y a ratos cuestionada, pero que de todas maneras sirve para apuntar a lo que ella describe como su oficio: pensar. “Yo pienso en todo lo que me sucede”, dice al comienzo de esta larga entrevista que se llevó a cabo en dos momentos, separados por seis meses, en París y en Nueva York, en 1978.

La revista Rolling Stone publicó, en su momento, un tercio del texto, que solo en 2013 fue editado completo por su autor, el periodista Jonathan Cott, quien señala en el prólogo que ella y el pianista Glenn Gould son sus únicos entrevistados que no hablan con frases, “sino con párrafos expansivos y mesurados”. De ahí la particular textura de la entrevista, donde hay pocas vacilaciones y una muestra clara de cómo entiende Sontag la tarea de pensar: en diálogo, cotejando ideas, porque, dice, “conversar me da la posibilidad de saber qué pienso”. Y de eso va, pues, este libro. Cott había leído con mucha atención los ensayos y obras narrativas de Sontag; entre ellos, Contra la interpretación -su obra más famosa- y La enfermedad y sus metáforas. Cuando dice que piensa en todo lo que le sucede, alude al origen de este último libro; tuvo cáncer y ello la llevó a pensar en la enfermedad. Es muy interesante que ya en esa fecha hubiera una voz tan clara y firme contra esa tendencia a sentirse culpable cuando sobreviene una enfermedad.

La entrevista discurre de forma muy libre por aquel tema y por los otros que recorren sus libros: su desconfianza hacia las metáforas y su pasión por la escritura despojada como la de Kafka, Calvino, Beckett o Borges; su repulsa al sistema patriarcal que considera a las mujeres más que los niños y menos que los hombres, “niños mayores con el encanto y el atractivo de los niños”; sobre el modo en que se instala, observa y reflexiona acerca de la realidad en que está inmersa; sobre la vida intelectual de la época. En suma, un diálogo apasionante, vivo y cercano, que sin duda valía la pena rescatar en toda su extensión.

Jonathan Cott. Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago, 2014. 139 páginas.

Kassel no invita a la lógica

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 4 de octubre de 2014

kassel-no-invita-a-la-logica_9788432221132 (1)Enrique Vila-Matas fue el invitado estrella del Festival de Literatura que se celebró en Buenos Aires, Montevideo y Santiago. Felizmente ya estaba en las librerías chilenas su última novela –o “reportaje novelado”, como la describe-, Kassel no invita a la lógica, título enigmático que se aclara con la lectura. En esa ciudad alemana se lleva a cabo, cada cinco años, la Documenta, una exposición de arte que se ha constituido en la oportunidad para revisar tendencias vanguardistas desde que se realizara por primera vez en 1955. Los ciudadanos de Kassel, un importante centro de producción de armamentos y escala para muchos convoyes cargados de judíos rumbo a los campos de concentración, optaron por privilegiar el arte antes que la reconstrucción para cambiar la imagen de la ciudad. Todo esto lo cuenta el autor en el libro, que da cumplida cuenta de su viaje y sobre todo de los paseos que realizó por la ciudad y de las reflexiones que fue elaborando mientras caminaba de una instalación a otra.

Aquí confluyen varias características de la narrativa de Vila-Matas. La propia vida como materia de la ficción, por ejemplo, que está presente en sus textos cada vez de manera más pronunciada; y la progresiva difuminación de la frontera entre la narrativa y el ensayo. El interés del reportaje gana muchísimo porque se instala detrás la mirada de un autor reflexivo que no vacila en lidiar con ocurrencias, teorías y personajes y que, sobre todo, no le teme a lo nuevo (y lo nuevo que hay en Kassel es cuanto menos desconcertante). “Me había fascinado gran parte de lo visto (…) porque sin la fascinación por lo nuevo –o por aquello que tenía el detalle de al menos intentar parecerlo- no podía vivir, no había podido vivir nunca, al menos desde que supe que existía o podía existir lo nuevo”. A su vez, las abundantes reflexiones sobre el destino de Europa, sobre el arte contemporáneo y sobre la escritura están muy bien incorporadas en el desarrollo de una trama minuciosa y divertida, con un personaje protagónico con un humor extravagante apresado por l’esprit de escalier, aquello que ocurre cuando se tiene una conversación y luego de un rato, cuando ya es muy tarde –cuando ya se está debajo de la escalera-, viene a la mente la respuesta oportuna, precisa y aguda. Ese personaje torpe y variable, que está de buen ánimo por las mañanas y deprimido por las tardes, que se convierte en una instalación viva en la Documenta, anima una de las propuestas más nuevas y refrescantes de la literatura reciente.

Enrique Vila-Matas. Seix Barral, Barcelona, 2014. 300 páginas.

Juicios a las brujas y otras catástrofes

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 11 de octubre de 2014

Benjamin - Juicios a las brujasEste libro, que selecciona algunas de las crónicas radiales de Walter Benjamin, muestra una de sus facetas más amables y menos conocidas del filósofo, coleccionista, teórico de los medios de comunicación, filólogo, en fin, de una de las grandes figuras intelectuales de la primera mitad del siglo XX. Murió joven, a los 48 años, en la frontera entre Francia y España, uno más de los judíos que no lograron escapar de la tenaza nazi y optó por el suicidio antes que los campos de concentración. Dejó atrás una obra ingente (ocho tomos en la edición española de Abada), pero en su mayor parte inconclusa o fragmentaria. Aun así, es un nombre de referencia totalmente actual, en especial por sus lúcidas reflexiones sobre el arte, la técnica y la cultura.

La radio era un fenómeno nuevo cuando Benjamin trabajaba como periodista; durante seis años -entre 1927 y 1933- tuvo un programa que hoy llamaríamos misceláneo, con crónicas sobre variados asuntos, que él mismo leía. Se dirigía a los jóvenes y, más allá de su sencillez, destacan dos características. Primero, su excepcional habilidad narrativa, que se expresa en sus libros de memorias y en sus narraciones breves; y su formidable capacidad para rebasar la anécdota y convertir estas crónicas en una manifestación más de su capacidad filosófica. No solo porque, como señala Mariana Dimópulos en el prólogo, su curiosidad se dirigiera tanto al pasado como al presente, sino también porque, sencillamente, está en su naturaleza. No son crónicas, por otra parte, de intención propagandística o de infiltración ideológica, y ni siquiera pedagógica. No se sabe bien cómo escogía los temas (y escribió más de 100 en total), pero sí queda claro que se servía de ellos para hacer circular sus ideas sobre el mundo y la sociedad. La crónica que da título al volumen, por ejemplo, no ahorra comentarios sobre el absurdo de considerar pruebas fidedignas aquellas obtenidas a través de la tortura. Cuando escribe sobre las bandas de bandidos alemanes que pervivieron durante siglos, reivindica el humanismo como una herramienta mucho más eficaz que un derecho penal absurdamente estricto. La suerte de los campesinos pobres en el Mississippi, la leyenda de Kaspar Hauser y sus derivaciones sobre la identidad y el ejercicio del poder, el carácter de los perros, son algunos de los asuntos que Benjamin afronta de manera a la vez amena y profunda, con un sello único que sobrevive al tiempo.

Walter Benjamin. Hueders, Santiago, 2014. 155 páginas.

En el café de la juventud perdida

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 29 de noviembre de 2008

cafe-juventud-perdida-patrick-modiano_1_1_1332772El escritor francés Patrick Modiano (1945) ha tenido una presencia constante, pero errática, en el ámbito editorial español. En la década de los setenta, Alfaguara le publicó novelas como Los bulevares periféricos y La ronda de noche. En ese entonces, el autor era una joven promesa de la narrativa francesa, un creador singular que, aunque no había vivido la Segunda Guerra Mundial, recreaba de manera magistral la sordidez del París ocupado. En los ochenta y noventa, la misma editorial publicó sucesivos libros del escritor galo, sin que alcanzaran la resonancia de sus primeras obras. En la presente década, las editoriales Debate y Anagrama han tomado el relevo; la primera, con Las desconocidas y Joyita; la segunda, con Un pedigrí y En el café de la juventud perdida, calificada por la revista Lire como la mejor novela francesa publicada en 2007.

La nostalgia y la paciente reconstrucción de la vida parisina en tiempos ya idos parecen ser las marcas de fábrica de la narrativa de Modiano, especialmente en aquellas novelas que han alcanzado el mayor reconocimiento de la crítica. El título de esta última está tomado de un texto de Guy Debord, el filósofo situacionista cuya obra suele asociarse a la revuelta francesa de 1968, y está ambientada precisamente en esa época, en un café parisino donde la filosofía, los paraísos artificiales, las utopías y la literatura se dan cita en torno al alcohol y la bohemia. Personajes ya un poco perdidos, ya descentrados del curso burgués de la existencia, alcanzan un cierto sentido de la pertenencia gracias a su inclusión en un cuaderno donde se registran todas las entradas y salidas de los parroquianos del café Condé: una identidad frágil, en todo caso, expuesta al “maelstrom de las grandes urbes”, con poca o ninguna historia, propia del bohemio que Modiano define, apelando al diccionario, como “persona que lleva una vida de vagabundeo, sin normas ni preocupación por el mañana”. Pero sí hay una preocupación común a varios de los bohemios, el personaje en torno al cual se ordena la narración y que da pie a que la crítica señale que se trata de una novela de misterio. Es Louki, así rebautizada en el café Condé, una mujer joven, callada y enigmática que atrae no tanto las miradas como la curiosidad, no tanto el deseo como la interrogación, pero que también convoca en su estela el ansia de poseerla o al menos de hacerse parte, o de conocer siquiera, su vida fuera del café, su esquiva identidad, el secreto del que se rodea. El celebrado trabajo de Modiano en torno al “formidable poder de la memoria” se verifica aquí a través de los distintos personajes que rodean la figura de Louki, cuyo destino da un sentido muy distinto al título de la novela. No sólo es el paso de los años, no sólo es la nostalgia; hay más maneras de perder la juventud que dejar que el tiempo cumpla con su implacable tarea.

Anagrama, Barcelona, 2008. 131 páginas.

Amo a Dick

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 20 de septiembre de 2014

amo a dickLa escritora y cineasta estadounidense Chris Kraus vendrá a Chile a comienzos de octubre como invitada del Festival de Literatura de Buenos Aires, Filba, que desde el año pasado se celebra también en Santiago (y a partir de 2014, se suma Montevideo). Es entonces una buena oportunidad para hablar de su única obra traducida al castellano, Amo a Dick (título que contiene un obvio juego textual), libro interesantísimo que, aunque fue publicado originalmente en 1997, recién a fines de 2013 pudimos leerlo en español.

Se trata de una obra difícil de clasificar. Chris habla de sí misma, de su relación con su marido y con el elusivo Dick, el hombre del cual se enamora cuando está a punto de cruzar el abismo de los 39 años, “fecha de caducidad de una hembra”, según escribe Eileen Myles en el prólogo. Pero habla también de muchas otras cosas, de su cine experimental, de su juventud en bares de toppless, de su calidad de “acompañante” en las fiestas de gente del arte, donde David Byrne y John Cale ponían la música, del arte contemporáneo, del judaísmo, del dilema que representa para el feminismo la Chica Guapa cuando ella se siente fea, de sexo, de política, de activismo, de viajes, del matrimonio (del suyo con Sylvere, pero también en general). Y lo hace a través de dos formas: el relato en tercera persona, lo menos frecuente, y las largas y sucesivas cartas que ella y su marido le escriben a Dick, cartas que son tanto una crónica del enamoramiento de Chris como un levantamiento más general sobre el papel y el lugar de las mujeres en una sociedad rabiosamente masculina.

Si hay algún rasgo que define con entera propiedad el libro es la intensidad. “Así que en un sentido amar es como escribir: vivir en un estado con tanta intensidad que es vital ser precisa y consciente”, dice la narradora-protagonista. Mucho se ha escrito y elaborado sobre la propia vida como sustento de la ficción. Quizá este sea un caso inverso, al menos formalmente: la estructura literaria como soporte para llevar a cabo una intensísima operación de desnudamiento, de exploración de la verdad hasta un extremo insoportable, porque “ser real y absolutamente sincero es ser casi profético, volcar la cesta de los huevos”. Y no queda huevo intacto tras el vendaval de un texto que se lee con la respiración contenida, por el poderoso impulso de verdad y de libertad que lo recorre de punta a cabo.

Chris Kraus. Alpha Decay, Barcelona, 2013. 339 páginas.

NW London

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 5 de julio de 2014

Noroeste_152X230Zadie Smith regresa a los temas de su primera novela, Dientes blancos: la vida de gentes de origen caribeño o africano en el melting pot londinense. El sector geográfico que da título a la novela es donde se han asentado por décadas, y la autora recrea la existencia cotidiana a través de un relato que alterna el foco, el escenario y los personajes protagónicos, así como el modo en que se construye en cada una de las cinco partes. Hay dos personajes dominantes: Leah Hamwell, pelirroja y alta descendiente de irlandeses, y Keisha Blake (quien cambia su nombre por Natalie), de familia jamaicana (al igual que Félix, el personaje invitado que protagoniza la segunda parte y de cuya -mala- suerte se enteran las amigas por la prensa). Son amigas desde los cuatro años y, a pesar de la distinta evolución de sus vidas, siguen ligadas por una especie de pacto que escapa a toda racionalización. Más que por el tema de la ciudad multirracial y las tensiones y dificultades que acarrea, la novela interesa por la inteligente construcción de personajes y la exploración de distintas sensibilidades femeninas. En eso Smith demuestra su maestría y madurez narrativa; no hay esa exploración ya desgastada de la psicología, sino una puesta en escena que la destaca sobre el plano y que mantiene intactas las oscuridades e indefiniciones presentes en la vida de cualquiera. Ese relieve preside tanto el desarrollo narrativo como las variaciones de estilo; si la parte de Leah (la primera) recuerda, con su flujo nervioso, novelas previas de Smith, la parte de Natalie (la tercera), construida sobre la base de fragmentos numerados que admiten una amplia continuidad, pero también excursos, adelantos hacia el futuro, regresos a la infancia, muestra que la autora tiene muchos, variados y ricos recursos para rodear a sus personajes y hacerlos emerger siempre bajo renovadas luces. Luces que revelan un paisaje que, a veces, se reviste de inesperada crudeza; es que, como lo demuestra la autora, vivir, ya sea en el noroeste de Londres o en cualquier otra latitud, es una experiencia que suele estrellar las planificaciones e, incluso, la idea que cada quien tiene de sí mismo. Esa lectura -que nadie es inmutable; que cada uno puede ser sorprendido por lo que anida, desconocido, en su interior; que no hay claridad en la mirada sobre uno mismo- es lo que puede quedar resonando tras concluir la novela.

Zadie Smith. Salamandra, Madrid, 2013. 377 páginas.