El diario del anti Funes

9 Febrero 2010

Hombrecitos verdes + una mala de Mosley

Archivado en: Uncategorized — Rodrigo Pinto @ 22:35

Terminé de leer Hombrecitos verdes casi en el bus de ida. El pie de la novela es ingenioso y provocador: existe una agencia gubernamental secretísima, Majestic-12, MJ-12, cuya función es mantener viva la creencia en los ovnis, las abducciones y la amenaza alienígena, con el objeto de legitimar programas de armamento y de investigación espacial que consumen un respetable porcentaje de los aportes de los contribuyentes al Estado. Los computadores de MJ-12 seleccionan aleatoriamente a las víctimas de las abducciones, y equipos dotados de sofisticado equipamiento los llevan a cabo; y puesto que la incredulidad y el cansancio de la gente siembran el escepticismo, es necesario introducir nuevas variables y refinamientos -como la exploración sistemática de los órganos sexuales de los abducidos- en el proceso, que cuenta además con otra serie de técnicas de apoyo, como las marcas gigantescas en los sembradíos o las mutilaciones de animales (a los alienígenas les gusta mucho la lengua de las vacas, por ejemplo).  Pero todo comienza a ir mal, muy mal, cuando un funcionario de la agencia, despechado por no haber sido trasladado al trabajo de campo, decide olvidarse de las recomendaciones del programa y elige, para ser abducido, a John Oliver Banion, conductor del programa televisivo político de mayor influencia en Estados Unidos. Un influyente, un tipo que trapea el piso con el Presidente, que a diario convive con los miembros del círculo de poder del país más poderoso de la tierra, un personaje adulado, temido y odiado. Su rapto desencadena el caos. Banion se convierte en un activista de una causa caracterizada por reunir a gente en general patética, de pocas luces, que ha encontrado en esa causa la justificación de su vida (como suele ocurrir con muchas causas y creencias, sólo que ésta es especialmente ridícula).

La novela trabaja muy bien la sátira, tanto de la clase política como del pueblo llano y crédulo, y la trama se sostiene bien hasta el final, con una acidez que crece junto con el feroz enredo que se arma en torno a Banion. Lo único lamentable es que la traducción trastabilla hacia el final,  con perlas como  ”habría muerto de aburrición”.

Mosley, ¿qué te pasó?

Me gusta mucho la serie de novelas protagonizadas por Easy Rawlins, un detective privado negro en Los Ángeles en las décadas de los cuarenta y los cincuenta. Mosley atrapa de manera brillante el racismo, la miseria y la sordidez del ghetto negro antes de que comenzara la lucha por los derechos civiles. Pero dejó a Easy y, al menos en Matar a Johnny Fry, está muy lejos de la calidad de esa serie.

La novela va, derechamente, de sexo: un hombre descubre que su mujer tiene un amante y decide matarlo, pero antes descubre de sí mismo que, en lugar del convencional y aburrido personaje para quien es suficiente una sesión de sexo una vez a la semana y de la manera más canónica, es en realidad un semental que puede satisfacer a varias mujeres y de distintos modos. Todo ello está metido en un balde existencial y psicológico, donde los traumas de la infancia -sexuales, por supuesto- tienen un papel fundamental, pero mal resuelto, creo yo: es decir, parecen más bien una condena insuperable antes que parte de una historia que admite posibilidades de situarlos en una perspectiva menos dañina o siquiera menos determinante. Por lo menos se lee rápido, pero no es para guardarla.

8 Febrero 2010

El comprador compulsivo y su lista de pendientes

Archivado en: Uncategorized — Rodrigo Pinto @ 0:52

Desde que empezó el año que rumiaba un proyecto de orden profiláctico: protegerme del crecimiento inorgánico de la biblioteca.  Hay tantos libros pendientes de lectura que vienen de viajes recientes a Buenos Aires (3) Montevideo (1) y Arequipa (1), de liquidaciones de distribuidoras amigas, de entusiasmo por autores recién descubiertos,  de recomendaciones de gente que lee tanto como yo, de la compulsión por cubrir mis enormes lagunas en la literatura mundial, del afán de completar colecciones u obras completas de los autores que me gustan, del simple paseo por las librerías, de regalos, de datos, de libros que me llegan para crítica pero que, por una u otra razón, se quedan rezagados y se añaden a las lecturas pendientes. Una lista temible. Y aunque el tiempo para leer siempre es menos del que uno quisiera (porque también hay que ver películas, ¿no?), mi problema no radica tanto en administrar esa disponibilidad, sino en controlar el ritmo de entrada y salida de libros de mi casa.

Primero pensé en la medida más drástica posible: no comprar libros hasta no haber despachado los pendientes. Pero rápidamente advertí la dificultad de hacerlo: siempre habrá alguna oferta irresistible. Después pensé en fijar una cuota alta -50, digamos-, pero también me merecía dudas. Si me demoro mucho, ¿podré cumplir mi compromiso? Así que, tras una larga negociación conmigo mismo, llegué a la siguiente solución: cada diez libros de la lista de pendientes leídos, puedo comprar uno. Voy bien: en mi semana de vacaciones despaché ocho; hoy, domingo, uno más; y tengo otros tres en distinto grado de avance. Faltaba solamente someter a control externo el compromiso, y aquí está, explícito y asumido públicamente.

En los próximos días contaré cuáles fueron los diez primeros.

Crédito de la foto: http://www.panoramio.com/user/24430?with_photo_id=860778

9 Enero 2010

Hombres con abrigo azotados por el viento

Archivado en: Uncategorized — Rodrigo Pinto @ 21:32

Un poema de Malcolm Lowry que me gusta mucho y que reencontré hace poco, a propósito de una conversación en mi casa.

Hombres con abrigo azotados por el viento

Nuestras vidas no lo lamentemos

son como cigarrillos frenéticos

que en días de tormenta

los hombres encienden contra el viento

con hábil mano protectora

y después se encienden tan a fondo

como deudas que no podemos pagar

y se fuman tan deprisa a sí mismos

que uno casi no tiene tiempo de encender

una segunda vida que podría

desarrollarse más blandamente que la primera

y en definitiva no saben a nada

y por lo general se tiran.

*Crédito de la foto.

Sinatra: la columna que no fue

Archivado en: Uncategorized — Rodrigo Pinto @ 10:48

Entregué esta columna, que tenía que aparecer publicada el sábado 2 de enero, 9 días antes, justo cuando apareció una nota sobre el mismo libro en la sección cultura del diario. El lunes de esa semana me pidieron que les entregara otra reseña, pero no precisaron bien el la hora límite de la entrega y finalmente no alcancé. Pedí que al menos la postergaran, pero creo que finalmente no aparecerá.

El álbum de Frank Sinatra

Sobre “La Voz” se han publicado miles de libros: una búsqueda en Amazon de biografías de Sinatra arroja sobre 600 títulos, pero con sólo su nombre hay más de 20 mil. ¿Qué agrega, entonces, esta lujosa y cuidada edición, más allá del impresionante material gráfico que incluye? Que el autor es Charles Pignone, un tipo que a los 18 años, en 1984, se convirtió en presidente de la Sinatra Society of America. Desde entonces hasta ahora edita el boletín de la institución, tiene pleno acceso a la familia y se ha convertido en la mejor fuente para el conocimiento de un cantante que marcó a su época. De ahí que este libro no es uno más. Tal como dice Frank Sinatra Jr., la inmensa mayoría de los textos sobre su padre prometen “todos los detalles inéditos de su vida”, cuando en realidad constan “de citas e historias sacadas de otros libros”. No es el caso de éste, apoyado en entrevistas y testimonios de más de 30 personas, acumulados a lo largo de los años, entre los que se encuentran familiares, cineastas, actores y músicos (algunos ya desaparecidos, como Ronald Reagan, Richard Burton y Billy Wilder) y, desde luego, el mismo Sinatra. El texto sigue la clásica línea de tiempo de una biografía, pero sobre la base de testimonios hilados por breves textos de Pignone.

Se trata, obviamente, de una historia oficial que abona a la construcción del mito: cómo se forjó Sinatra, cuáles fueron sus orígenes, de dónde vienen sus principales apodos (“La Voz” y “viejo ojos azules”), su amistad con John Kennedy y Ronald Reagan y su coqueteo con la política, su pasión por el juego, su don sobre los escenarios, su activo papel como actor. No hay mucho énfasis en las zonas oscuras y las acusaciones que se le formularon en otros tiempos. El libro, sin recargar las tintas y con mucha sencillez, propone a un personaje de su tiempo que vivió las contradicciones y temores de la época y que, como artista, ganó una merecidísima fama en el panteón de los grandes.

Pero quizá la nota más distintiva del libro, y que lo hará más valioso para sus admiradores, es la cantidad y calidad del material gráfico repartido en sobres entre las páginas. Desde guiones para apariciones radiales con Dean Martin hasta entradas para sus shows en diversas partes del mundo, desde los programas de las galas presidenciales de 1961 y 1981 hasta afiches, telegramas y partituras, todo en el mismo papel, tamaño y formato de los originales, conforman una muestra notable del recorrido artístico y vital de Sinatra. Pignone describe los objetos y su contexto, lo que valora más aún el despliegue gráfico y el esfuerzo editorial. En suma, se trata de un libro-objeto como pocos, que ya por ello merece que se le destaque. Y, por cierto, también incluye un cd con antiguas y poco conocidas grabaciones.

Charles Pignone. Global Rhythm Océano, 2009, 192 páginas.

5 Enero 2010

Del diario íntimo a la bitácora digital

Archivado en: Uncategorized — Rodrigo Pinto @ 20:46

En Lecturas y libros, el blog donde subo los textos publicados en medios, acabo de incorporar un largo artículo sobre los diarios y sus derivaciones contemporáneas en la esfera digital. Pensé, por un momento, ponerlo acá como parte de la evaluación de la década, pero en rigor no corresponde: no lo es, y, sobre todo, tendría que haber incluido otros diarios que leí en estos años.

Por ejemplo, Una mujer en Berlín, de Anónima, sobre el que escribí aquí (y en uno de los comentarios, Rosa Sala Rose me señaló que se sabe ya que la autora fue la periodista Marta Hillers). O el extraordinario y monumental diario de Viktor Klemperer, sobre el que escribí acá. Y me gustaría haber hablado más sobre los diarios de Kafka, pero creo que ya se ha dicho mucho sobre ellos. Y también me habría gustado haber leído a tiempo los de Tólstoi y Gombrowicz, pero no alcancé; además, ya se agotaba el espacio disponible. Quedarán para una segunda mirada sobre el tema.

3 Enero 2010

Lecturas de la década: ensayos

Archivado en: Uncategorized — Rodrigo Pinto @ 12:52

El mundo del ensayo  sí que es ancho  e inconmensurable. Si en literatura puedo aventurar, con mucha patudez, una que otra generalidad, en este ámbito sólo puedo hablar de preferencias y recorridos muy personales. Las áreas que más me interesan son la historia (contemporánea especialmente) y la literatura, así que ahí están concentrados mis escogidos; y sobre muchos de ellos no he escrito previamente.

Nacional

Siútico, de Óscar Contardo. Es el mejor ensayo del último tiempo sobre Chile y sus estratificaciones sociales, sobre los que son y los que quieren ser, sobre los que pertenecen a las elites y los que las miran con ojos hambrientos, sobre incluidos y excluidos.

Aquí está mi reseña, donde dije que “el mayor interés de Siútico radica en su capacidad analítica, en el cuadro que traza a partir de coordenadas lingüísticas, de leyendas urbanas, de gestos casi imperceptibles: el retrato implacable de una sociedad obsesionada por los siúticos y celosa hasta el extremo de mantener intactas las barreras que separan a los grupos con mayor eficacia que un muro o un foso”.

Dos ríos africanos

El río Congo. Descubrimiento, exploración y explotación del río más dramático de la tierra, de Peter Forbath (1977; la edición española es de 2002).  Creo que fue el primer libro que leí de la colección Noema, coedición entre Turner en España y el FCE en México, de la que me he convertido en adicto. Aparte de la elegancia de la colección, hasta el momento nunca me han decepcionado a pesar de la amplia variedad de temas que abordan: filosofía, cine, historia, tecnología, literatura. Pero eso merecería una entrada especial: la mejor colección de ensayos de la década. Ahí Noema no tiene competencia.

Reseñé este libro, una maravilla narrativa, en El Sábado, en 2004; y tres años después escribí algo en mi otro blog (todavía no existía el excelente buscador de Emol que me ha permitido recuperar muchos textos perdidos); y sigo invitando a la lectura de un texto fascinante que muestra lo peor del esclavismo, del colonialismo y de sus. atroces secuelas.

El dios indómito. La historia del río Niger, de Sanche de Gramont (1975; la edición española es de 2003). Después del Congo había que ir por el Níger, un río aún más misterioso y desconocido, cuyo trazado correcto entró en los mapas incluso después que el del Congo. Y su historia no es menos atroz. África Occidental, ese puñado de territorios divididos con lienza que reflejan las pugas de alemanes, ingleses y franceses por la soberanía regional (Sierra Leona, Costa de Marfil, Senegal, Guinea, Burkina Faso, Togo, Dahomey, Costa de Oro, e incluso los Estados grandes del interior, como Mali y Níger, y Nigeria, ya al sur), fue la primera y gran víctima del esclavismo; pero eso es una etapa ya posterior, cuando en las riberas del Níger ya había una milenaria migración egipcia y existía la ciudad más misteriosa de África, Tombuctú, símbolo, en otro tiempo, de la posibilidad de incontables riquezas y, luego, del lugar más remoto y apartado al que podía llegar algún viajero. Y es que el caprichoso curso del Níger parte a pocos kilómetros del Atlántico, en faldeos montañosos que lo orientan, casi en línea recta, al noroeste, donde corre, finalmente, por el borde del desierto, hasta que el sofocante calor y la sequedad de la naturaleza lo fuerzan a tomar rumbo, casi en línea recta, hacia el sur, hasta desembocar en la bahía de Benin, en un estuario lleno de meandros donde las naves europeas conocieron la maldición de la malaria e incontables muertes hasta que la quinina les permitió remontar el río sin fiebres ni convulsiones.

Eso es parte de la historia que cuenta Sanche de Gramont, francés, periodista, corresponsal de guerra e historiador que se nacionalizó estadounidense y pasó a llamarse Ted Morgan. Uno de mis proyectos inconclusos es escribir algo sobre este libro y El rinoceronte del Papa, caudalosa novela de Lawrence Norfolk (casi 900 páginas en apretada tipografía) que tiene una larga sección sobre un viaje aguas arriba del Níger, más otra literatura sobre Tombuctú que estoy pesquisando. Algún día lo haré.

Dos miradas europeas sobre el lado de acá

Viaje literario por América Latina, de Francesco Varanini.  Este antropólogo, periodista, lector y, como dice la solapa del libro, “asesor estratégico de importantes empresas”, publicó este libro en Italia en 1998. La edición de Acantilado es de 2000 y yo lo leí en los primeros meses de 2001, cuando un buen amigo me lo trajo de Buenos Aires (ahora, por fortuna, Acantilado tiene distribución local y es posible encontrarlo acá, y no TAN caro para lo que es).

El libro de Varanini (y en buena medida también el que sigue en este apartado) tiene la virtud de mostrar una mirada desde Europa, o, más bien, de desnudar la idea que Europa tiene de la literatura latinoamericana. Decir esto es apuntar en forma directa al tremendo daño que los epígonos de García Márquez (entre los que debe incluirse él mismo, según Varanini) han infligido a una literatura que tiene muchos más matices y recovecos que lo contenido en lo que el autor llama “lenguaje nobelmarquiano”, una fórmula más que revenida que GGM puso en circulación y que es reconocible no sólo en la literatura, sino también en crónicas y ensayos (el libro abunda en citas donde es muy difícil discernir, a primera vista, si son textos de Gabo o de algún epígono: la conclusión de Varanini es que da lo mismo, el daño ya está hecho). Sostiene que la narrativa latinoamericana es mucho más que esa imagen que tanto le gusta a los europeos, un continente donde ocurren maravillas, excesos e incontinencias a granel, las mujeres bellas suben a los cielos, las enredaderas son sus escalas, la desmesura es la medida de todas las cosas.

Pero hay mucho más: Varanini también escribe sobre Borges, Felisberto Hernández (uno de mis autores favoritos de todos los tiempos; estoy esperando que llegue la antología de sus cuentos que publicó Eterna Cadencia para escribir algo sobre él), Andrés Caicedo (mucho antes que Fuguet, como se ve), Julio Cortázar, Jorge Edwards (un gran análisis de las sucesivas ediciones de Persona non grata), Lezama Lima y Carpentier; y en el último capítulo, “Como las arterias de una araña divina. América Latina, sueño europeo”, revisa a muchos otros más. Un gran libro, que escapa de lo académico, que no le hace caso a los prejuicios ni le tiene miedo a las vacas sagradas.

Desvíos, de Ignacio Echevarría (2007).  El subtítulo describe perfectamente qué es este libro: “un recorrido crítico por la reciente narrativa latinoamericana”. De este modo, apenas se topa con el anterior y, con la lectura de ambos, cualquier lector puede quedar más o menos bien informado sobre el paisaje literario regional o, al menos, sobre cómo este paisaje es mirado, descrito y analizado con ojos europeos. Echevarría incluye materiales de diverso tipo, desde reseñas breves hasta ensayos de variada extensión. Roberto Bolaño y Nicanor Parra reciben mayor atención por razones que el autor explica en el prólogo. Lo reseñé en 2007 y dije que “la perspectiva desde España, entendida como la metrópoli de un sistema mucho más amplio de circulación, es importante porque expresa ante todo las determinaciones impuestas por la industria editorial. Con fuerte ironía, el autor señala que los editores españoles, cuando van de pesca al “río revuelto de las letras latinoamericanas”, “no es raro que traigan latas, neumáticos, botas y zapatos chorreantes”, aludiendo a la preferencia de la industria por autores de alguna manera estandarizados y fácilmente digeribles por el mercado. Con todo, muchos autores interesantes se cuelan entre pésimas elecciones y premios editoriales diseñados para servir como argumentos de venta, más que para discernir obras de auténtica calidad. Allí, en ese puñado de autores que sobrevive a la presión de la industria por adocenar los contenidos y el lenguaje, radica el mayor interés de este libro para el lector chileno”.

Agrego ahora que Echevarría incluye tanto elogios como severas críticas. Su postura es que los críticos contribuyen a dar forma al canon y, para lograrlo, deben señalar tanto lo bueno como lo malo, lo que califica como lo que no califica. Y algunos de sus juicios son dignos de rescate. Sobre Anphytrion, de Ignacio Padilla: “un refrito aceitoso y azucarado de topicazos solemnes”, de “prosa inaguantablemente sentenciosa, alambicada y vacua”. Sobre Los impacientes, de Gonzalo Garcés: “disimula la delgadez de su imaginación y la mansedumbre de su narcisismo alternando la infatuación filosófica con la melopea generacional”.

La década de Beevor

En pocos años, este historiador británico renovó de manera impresionante la historiografía sobre la Segunda Guerra Mundial y su época (también ha escrito sobre la Guerra Civil española y sobre el París de la postguerra), tanto desde el estilo fluido, ágil y expresivo, hasta el acopio de fuentes de archivos que fueron abiertos tras la caída de los socialismos reales. De todos sus libros, me sigo quedando con los que aparecieron primero en español, el impresionante díptico sobre la guerra en el frente oriental: Stalingrado (2000) y Berlín, la caída: 1945 (2002). En mi reseña sobre La batalla de Creta (2003; fue el tercero en aparecer en español, pero es el primero del autor y el primero que reseñé en El Mercurio), escribí: “Beevor tiene un enorme talento como narrador, que se suma a su conocimiento del oficio militar, su recopilación de fuentes de primera mano, su acceso a los archivos soviéticos (desconocidos para los historiadores occidentales hasta 1990) y su vasta información bibliográfica. Con esos elementos, no extraña que sus libros se lean como novelas y que no sólo hayan recibido numerosos premios, sino que también sean un éxito de ventas”.

Beevor, en muchos casos, ha contribuido a cambiar la imagen estereotipada de los hechos. Por ejemplo, tras leer El día D, queda más que claro que la invasión a Normandía y la liberación de París fueron cualquier cosa menos un paseo triunfal; y cualquier cosa que se diga sobre el talento militar de Hitler queda totalmente desmentida por los fatales desaciertos en las decisiones tácticas y estratégicas en el frente oriental. Stalingrado, con todo, es un fresco impresionante por su dramatismo y la completísima revisión de esos años, desde la Operación Barbarroja que llevó a las tropas alemanas a cruzar las fronteras de la Unión Soviética, hasta el derrumbe de los ejércitos de von Paulus ante la asediada ciudad, más de un año y medio después.

Más paseos por la literatura: Coetzee, Said, Amis, Connolly

Esta entrada está ya demasiado larga, así que simplemente recomiendo estos cuatro libros a los interesados en la crítica literaria y en el punto de vista de observadores tan agudos como estos autores. Los de Said y Coetzee son más académicos; los de Amis y Connolly trabajan los temas con más libertad y humor. Este último, especialmente, puede interesar a públicos más amplios. Cómo no gozar de la escritura de alguien capaz de crear frases como “luego vinieron los días de los hurones con costillas como el hueso de la muerte, para los que compramos hígados crudos en la carnicería caballar de la rue de Seine, mientras ellos escarbaban ruidosamente en la habitación octogonal del Hôtel de la Louisiane”. Hay tanta autobiografía como ensayo, tanta memoria como lectura, y un arco de intereses impresionante.

Cierro con una cita de Amis que me gusta mucho:

Las citas son todo lo que tenemos. Idealizando: toda escritura es una campaña contra el cliché. No sólo los clichés de la pluma, sino los de la mente y los del corazón. Cuando desapruebo, suelo hacerlo basándome en la cita de un cliché. Cuando alabo, suelo basarme en citas que muestran cualidades totalmente opuestas: frescura, vivacidad, profundidad de pensamiento”.

2 Enero 2010

Lecturas de la década: infantil y juvenil

Archivado en: Uncategorized — Rodrigo Pinto @ 14:44

Juvenil

Aunque el primer tomo de Harry Potter apareció en 1997, la década, en este género, estuvo marcada por la avalancha comercial y marquetera del niño mago, sus libros y sus películas. En el afán de estirar la cuerda hasta donde más dé, la última novela será dividida en dos películas.

A mí nunca me ha gustado. Creo que Rowling dio con un buen filón comercial, nada más, y está en su derecho de explotarlo. Pero ocurre que, cuando se dice que sus libros son malos, viene la inmediata defensa: muchos niños se han incorporado a la lectura gracias a ellos. Bueno: una cosa es leer y otra aprender a disfrutar de la buena literatura. Cuando reseñé la segunda, recibí una carta indignada de una estudiante lectora y fan de Potter. Cuando reseñé la sexta (y una de las peores, a mi juicio), el blog del Mercurio recibió más comentarios que cualquier otra reseña que yo haya escrito alguna vez. No sólo critiqué una obra popular; también disparé contra los metaleros, así que me llegó castigo por partida doble. Todavía está online, aquí. Hay respuestas muy graciosas:

“Me parece que antes de opinar, y antes de dignarse a escribir en un blog debería tener argumentos más sólidos”.

“Todo critico es un artista frustrado por su propia falta de talento”.

“¿Cuál fue la teoría con la que analizó las novelas? Si acaso conoce alguna”.

“Sugiero leerse un libro sobre criterios de calidad en literatura antes de volver a opinar. Menos mal que la gente no los lee mucho a ustedes y mucho menos se guía por lo que ustedes dicen para elegir que leer”.

“Claro que por personas con un ci mínimo, que al parecer no es su caso”.

Esta larga introducción sólo vale para destacar otras dos series de libros destinados al público juvenil, que me parecen harto más interesantes, provocativas y mejor escritas que Harry Potter.

La primera es de Eoin Colfer, irlandés como Rowling y escritor desde muy chico, según indica su biografía. El protagonista, que da el nombre a la serie, es Artemis Fowl, un adolescente experto en todo tipo de malas prácticas y heredero de una fortuna que su padre ha logrado más fuera de la ley que dentro de ella. Y Artemis, por una de esas casualidades que marcan la vida, conoce a los seres mágicos que viven en el subsuelo: elfos, centauros, hadas y todo tipo de seres mitológicos huyen de “los barrosos” y se hunden en las profundidades de la tierra, apoyados no sólo en el uso de la magia, sino también en una tecnología muy superior a la humana. Artemis cuenta con la ayuda de Mayordomo, una suerte de guardaespaldas y consejero “vestido con traje de Hugo Boss y con la cabeza afeitada”, y vive crecientemente los problemas de la pubertad: “cada vez que veo una chica guapa, malgasto un valioso tiempo cerebral pensando en ella”. Tiene un C.I. privilegiado, que no vacila en lucir, y se maneja en internet como un experto. Es decir, Artemis es un personaje cercano, metido en el mundo, un pillo que también tiene corazón, como lo demuestra, finalmente, su amistad con Holly Canija, la capitana de la policía del subsuelo que primero trata de frustrar sus planes y luego se hace amiga del adolescente.

La imagen corresponde a la quinta entrega de la serie, de 2007 y ya apareció otro en España, pero aún no llega.Aquí reseñé el segundo libro, El cubo B. Como ahí digo, Fowl tiene todo el humor y la frescura que no tiene el plúmbeo estilo de Rowling y su pomposa inscripción en el tópico de la lucha entre el bien y el mal.

Y si la serie de Artemis Fowl es buena, creo que Crónicas de la prehistoria, de Michelle Paver, es aún mejor. La autora nació en Malawi, creció en Inglaterra, estudió bioquímica y se tituló de abogada. Tras 13 años de ejercicio se dedicó a la literatura y muy bienvenida sea. Su recreación de la prehistoria es magnífica; tiene una coherencia y rigor que ya quisieran muchos tratados, pero las tesis antropológicas están tan bien incorporadas al texto que no se notan. El protagonista, Torak, no sólo vive aventuras apasionantes (y uso deliberadamente el adjetivo), sino que también lleva a cabo un proceso de crecimiento y maduración muy bien trabajado.

Pero hay malas noticias. Inexplicablemente para mí, porque se trata, como escribí en la reseña del segundo tomo, de la serie “mejor escrita y más compleja de las muchas destinadas al lector adolescente aparecidas en los últimos años”, la distribuidora, Océano, dejó de traerla. Dos veces he encargado a viajeras los tres volúmenes siguientes a España, y las dos veces no han podido cumplir con el encargo por razones atendibles, pero también frustrantes. Espero que la tercera, que aún no se vislumbra, sea la definitiva. Aquí está la reseña citada.

Otros títulos que nos han gustado mucho, a los mellizos (15 años ahora) y a mí, son:

Túneles. Copio aquí lo que escribí en una propuesta de lecturas para el verano de 2008:

“El único pero que se le puede hacer a este libro es que el “continuará” de la última página deja con las ganas de seguir leyendo las aventuras de Will Burrows, un adolescente que cava y cava hasta descubrir que bajo la tierra hay más mundos de los que es posible imaginar. El libro es muy entretenido, pero también dramático y hasta aterrador en algunas secuencias. Puede entusiasmar a lectores renuentes y gustará sin duda a los avezados, en especial a quienes disfrutan con aventuras bien pensadas, complejas y sorpresivas en el desarrollo de la trama. Roderick Gordon y Brian Williams“.

Agrego que ya llegó el segundo tomo a Chile y lo tenemos contemplado para las lecturas de este verano.

Jonathan Strange y el señor Morrell, de Susanna Clarke. Aquí está la reseña. Leída a la distancia, quizá me excedí en los elogios -pensándolo bien, no es TAN buena- , pero, para quienes quieran conocer una autora interesante y un libro distinto, más adulto, está muy bien.

El nombre del viento, de Patrick Rothfuss. Tiene sitio web. Es una buena novela en el género, de vasto aliento (es, por cierto, un primer tomo, y apenas abarca la infancia y la adolescencia del protagonista). Tiene buen pulso narrativo, harto dramatismo y el mundo ficticio que crea es original, por más que se noten las huellas de Tolkien y de Rowling (la etapa universitaria del protagonista tiene un lejano parentesco con Hogwarts). Pero Rothfuss es mucho más entretenido que ambos.

Sí, sí: creo que los libros de Tolkien son pomposos y laterísimos.

Infantil

Mi autor favorito en libros para los más chicos es, a mucha distancia, el inglés Anthony Browne. Aquí hay una buena descripción de su trabajo.Ahí se cuenta que recibió medalla Children’s Laureate por ser “un artista sumamente distinguido y extraordinario; alguien que logra involucrar a los niños en sus libros y que ha influido en una generación entera de ilustradores [...] Sus libros ofrecen un profundo e inmediato placer, a la vez que nos instan (tanto a niños como a adultos) a volver a ellos. Y cuando volvemos, sentimos que descubrimos gradualmente nuevas cosas”. Totalmente de acuerdo.

Agrego que lo que más me gusta es que sugiere mucho más de lo que dice, de tal manera que el lector está obligado a completar el cuadro y rellenar las historias con su propia imaginación. El dibujo es espectacular, de una expresividad impresionante.

Aquí se puede encontrar todos sus libros.

Y en mi última visita a la librería Gonzalo Rojas, me regalaron estos libritos de Oliver Jeffers, tres bellísimas historias que dejan fluir con toda libertad la imaginación de un niño que viaja, que encuentra cosas, que hace insólitas amistades. Tienen, eso sí, algo extraño y casi inquietante: no aparecen adultos. Pero que son libros capaces de encantar a los niños -y a los adultos-, no hay duda.

1 Enero 2010

Lecturas de la década: relecturas y bodrios

Archivado en: Uncategorized — Rodrigo Pinto @ 22:01

Relecturas

1. La cartuja de Parma. La leí hace por lo menos 20 años, en una edición en dos tomos de una desaparecida editorial argentina con traducción de José Bianco. La presté y la perdí hace muchos años también y ya pensaba que iba a tener que conseguir otra versión cuando Mondadori reeditó la misma traducción, que procedí a comprar y releer de inmediato; y renové mi amor eterno por Gina Pietranera, para mi gusto, el mejor personaje femenino de la literatura mundial de todos los tiempos.

2. Ivanhoe. En la entrada anterior de este blog escribí sobre esta experiencia, así que no me repetiré.

3. El gran arte. Gracias a la editorial chilena Tajamar, pude volver a leer esta enorme novela de Rubem Fonseca, su obra más ambiciosa, un placer que agradezco y que recomiendo encarecidamente. Tajamar acaba de publicar además Vastas emociones y pensamientos imperfectos; mi reseña aparece el sábado 9 de enero.

4. El conde Montecristo. Otro clásico que no leía desde que era chico. Estupenda la edición de Mondadori. Es un culebrón incomparable. 1100 páginas que pasan volando.

5. El elegido. Es una de las novelas tardías (y menos conocidas) de Thomas Mann. La leí en una antigua edición de Sudamericana, creo. Ahora vuelve por Edhasa. La reseñé, pero no sé si el diario la publique: no les gustan las reediciones. No importa que lleve décadas fuera de las librerías, que sea una nueva traducción en otra editorial, en fin.

Bodrios infumables

1. El premio mayor se lo lleva Muerte a los latinos, de Fernando Villegas. Con mi reseña me gané el mote de “critiquillo huevoncete”, una de las mejores cosas que me pasaron en 2007. Aquí, la reseña y la enjundiosa respuesta del autor.

2. Como bien dice Andrea Palet, da lo mismo que Ampuero sea un mal escritor y que apoye a Piñera; lo insoportable es que crea que es un intelectual. Sus primeras novelas policiales son pasables, pero luego ha ido cuesta abajo en la rodada. Aquí está mi reseña de Pasiones griegas, una de esas novelas que te hacen rabiar por el tiempo perdido en la lectura.

3. No es tan mal libro como para caer en la categoría de bodrio infumable, pero su autor ha armado tal alharaca por las reseñas desfavorables que lo incluyo en la lista. Está bien, se puede discrepar del crítico, pero atribuir intenciones o personalismos es un recurso muy bajo. Me cae bien Gumucio, pero eso no es razón para callar lo que pienso: La deuda es una novela fallida, débil y pretenciosa. Mi reseña, aquí.

31 Diciembre 2009

Lecturas de la década: autores

Archivado en: Uncategorized — Rodrigo Pinto @ 18:33

Para empezar, aclaremos: las décadas van del 1 al 10 y no del cero al 9. Esa discusión ardió con el cambio de milenio y las mayores celebraciones tuvieron lugar el año del cambio de folio –el paso de 1999 a 2000- y no cuando propiamente terminaron el año, el siglo y el milenio, el paso de 2000 a 2001. Ahora ocurre algo similar: menudean las evaluaciones de una década que aún no concluye, pero parece que se trata de una batalla perdida.

En segundo lugar, encuentro dificilísimo esto de armar listas de evaluación. Ya me cuesta para un año, cuanto más para un período más largo. ¿Quién, honestamente hablando, se acuerda de los libros leídos en 2001 0 2005? Y si hay que evaluar lo leído, ¿hay que incluir sólo los libros nuevos? ¿Qué pasa con los clásicos y con los libros que compramos a destiempo? Y más aún: ¿cómo salir del cliché, de los libros que todo el mundo reconoce como hitos?

Y, en tercer lugar, no entiendo la utilidad de las listas. Por muy buen lector que seas, y aunque tengas la obligación de leer al menos un libro por semana para escribir su reseña, el conjunto de lo que has leído es una gota en el océano. De manera que tu evaluación será necesariamente parcial y restringida no sólo por tu gusto, sino también por tu capacidad de lectura.

Dicho esto, intentaré hacer más bien la lista de los autores que en esta década –que no termina- he leído con mayor placer e interés. Habrá antiguos y modernos, nuevos y viejos. ¿Qué importa, si todo esto es un ejercicio de muy dudosa utilidad? En otras entradas irán relecturas, bodrios infumables y narrativa infantil-juvenil (y si me da el ánimo, ensayos).

Autores

1. Tengo que partir por el cliché, no hay más remedio. Los primeros cuatro años estuvieron marcados por Roberto Bolaño: aparecieron Putas asesinas (2001), Amberes (2002), Una novelita lumpen (2002), El gaucho insufrible (2003), Entre paréntesis (2004) y, sobre todo, su gran novela póstuma, 2666, uno de los pocos libros que volvería a leer ya. Aquí escribí sobre esta novela. Él fue, además, el gran motivador para leer a otros latinoamericanos de su generación, como Villoro, Rey Rosa, Aira y Castellanos Moya.

2. Rodrigo Rey Rosa. Guatemalteco, nacido en 1958. Leí casi toda su obra ya en esta década, aunque sus primeros libros son de 1992. El que más me ha gustado es Ningún lugar sagrado (de 1998). Es un imperdible. Ojalá que Anagrama recupere todos sus títulos, largamente desaparecidos del mercado editorial. Muchos –entre ellos, los últimos que editó por Seix Barral- nunca han llegado a Chile (pero sí a Buenos Aires, por fortuna). Entre los últimos, El material humano (2009) y Caballeriza (2006) destacan por un tratamiento distinto del narrador: Rey Rosa se incorpora como personaje. Y son buenísimas novelas, claro.

3. Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948). Es un antiguo conocido, de quien –creo- he leído todo. Destaca, entre lo que publicó en esta década, El mal de Montano 2002), novela que en parte transcurre en Chile (vino precisamente cuando ocurrió el cambio de folio). El narrador escribe, en la página 146: “Valparaíso será ya siempre la pólvora y el nombre de seis amigos chilenos: los Brodsky (Paula y Roberto), Andrés, Rodrigo, Carolina y Gonzalo. Con todos ellos pasamos la agitada noche del 30 de noviembre en una casa frente al Pacífico, en Tunquén, y al día siguiente, en un largo recorrido en coche y con la idea de celebrar el fin de siglo, nos dirigimos al Brighton de Valparaíso, donde teníamos reservadas la totalidad de las habitaciones -seis- de ese pequeño hotel que cuenta con una terraza realmente inolvidable, una terraza con una gran vista sobre la ciudad y la bahía, un espacio que hoy, con la perspectiva del recuerdo, me parece uno de los lugares centrales de mi vida”. Entre sus últimos libros, me gustó muchísimo Dietario voluble.

4. Yuri Andrujovich (Ivano-Francisk, 1960). Partí leyendo El último territorio (2003; la edición española es de 2006) y me atrapó. Se trata de ensayos sobre su tierra natal, Gallitzia, un enclave que ha pasado por muchas manos. Luego leí Doce anillos y Recreaciones, novelas donde el manejo de la sátira es de los mejores que he leído alguna vez. Un tipo para seguir sin vacilaciones. Todos sus libros en español han sido editados por Acantilado. Aquí escribí algo sobre El último territorio.

5. Aleksandar Hemon (Sarajevo, 1964). Es mi apuesta a Premio Nobel de Literatura por ahí por el 2050. La cuestión de Bruno y El hombre de ninguna parte son libros deslumbrantes, que trabajan temas como el desarraigo y la memoria de manera soberbia. Acaba de aparecer en español una nueva novela, El proyecto Lázaro. Desgraciadamente ya no lo edita Anagrama, sino Duomo, que no tiene distribución acá. Si llega, llegará carísima. Para saber un poco más de él, aquí hay un magnífico artículo suyo donde habla de su vida en Sarajevo y la literatura; acá, una reseña de El proyecto Lázaro, escrita por Alberto Manguel (también se puede leer las primeras páginas del libro); y aquí, mi reseña de El hombre de ninguna parte. Hemon, tras los pasos de Conrad y Nabokov, es un gran escritor en inglés, aunque su lengua nativa es otra.

6. Alejandro Zambra (Santiago, 1975). Sus dos novelas, Bonsái y La vida privada de los árboles, están entre lo mejor que se ha escrito en Chile en esta década. Zambra, con su modelo minimalista de escritura, demuestra que la concisión y el cuidado por la escritura son virtudes espléndidas que se traducen, en sus manos, en obras memorables a pesar de su brevedad. También leí, hace poco, su excelente cuento “Noventa días”, incluido en la antología Vagón fumador. Aquí está mi reseña de la segunda novela y acá la que escribí sobre Bonsái.

7. Vasili Grossman (Berdichev, 1905)  En realidad, sólo he leído una novela suya, pero qué novela: Vida y destino es una de las grandes obras de la literatura universal. Acá está el artículo que publiqué sobre ella en Artes y Letras. También leí Un escritor en guerra, de Antony Beevor, que contiene largos fragmentos del diario que llevó durante la Segunda Guerra Mundial. Y estoy juntando el ánimo $uficiente para comprar Todo fluye, también editado por Galaxia Gutenberg.

8. Michel Faber (Holanda, 1960). Otro viajero, otro trasplantado: Faber nació en Holanda, pero sus padres emigraron pronto a Australia, donde estudió literatura, y ahora vive en Escocia, país donde transcurre su primera novela, Bajo la piel, un curiosísimo experimento narrativo que sólo la manía de etiquetar podría inscribir en la sección de ciencia ficción. En realidad, es una novela sobre el otro. Con la segunda, Pétalo carmesí, flor blanca, ganó fama y lectores. Como este listado está muy auto referente, no me da pudor decir que en la contratapa de la edición en Compactos Anagrama citan el final de mi reseña, que está acá.

9. Amélie Nothomb (Kobe, 1967). Nació en Japón porque su padre es diplomático, pero es belga, escribe en francés y vive en Bruselas. Es muy prolífica -casi, casi una novela por año- y, por lo mismo, es irregular; de hecho, sus últimas novelas no han estado a la altura de las que más me han gustado, todas publicadas y leídas en esta década: Estupor y temblores, Metafísica de los tubos, Cosmética del enemigo. Totalmente recomendable, en todo caso, aún en sus obras menos buenas, que tienen, de todos modos, la mirada original y la imaginación loca que me gustan mucho.

Menciones honrosas para autores de los que no he leído lo suficiente: Daniel Sada, por Casi nunca; David Lodge , por ¡El autor, el autor!, uno de los homenajes literarios más entrañables y bien escritos que he leído; Fabián Casas, por Ocio; Natalia Ginzburg, por Querido Miguel; Flann O’Brien, por La vida dura; Goran Petrovic, por Diferencias; Alan Bennett, por Una lectora nada común y La ceremonia del masaje; Chang-Rae Lee, por En lengua materna.

21 Noviembre 2009

Roth, Ivanhoe, Albahari

Archivado en: Uncategorized — Rodrigo Pinto @ 23:34

Decidí escribir un artículo sobre las Cartas de Joseph Roth, así que retomé la lectura que había dejado incompleta. Roth es uno de los autores de la Europa de entre guerras que más ha persistido en los catálogos editoriales; Bruguera, Seix Barral, Siruela y Anagrama tienen obras suyas. Recientemente, Acantilado ha emprendido las publicación de la mayoría de sus obras, a las que se suman selecciones de crónicas editadas por Minúscula y Siglo XXI (y también por Acantilado). Ejerció largamente el periodismo, aunque desde una muy particular concepción de la crónica. Y fue un compulsivo escritor de cartas: según el editor y autor del prólogo, Hermann Kesten, escribió más de cinco mil, de las que logró rescatar alrededor de 600. Un número significativo de ellas está dirigida a Stefan Zweig, con el valor agregado de que se incluyen también muchas cartas que Zweig le escribió a Roth.

No es raro que escribiera tantas cartas. Desde muy temprano llevó una vida errante por las capitales de Europa, vivía en hoteles, se jactaba de tener sólo tres maletas y su contenido. Era complicado de trato, rebelde ante los editores, duro con sus acreedores, y así lo manifestaba; y un gran comentarista de lo que pasaba en torno a sí y de los libros que pasaban por sus manos. Pero es sólo una fuente más, importante, pero no suficiente, para conocer bien al personaje detrás de novelas tan abarcadoras del derrumbe del Antiguo Régimen como La marcha de Radetzky o tan iluminadoras de la lucha contra los demonios del alcoholismo como La leyenda del Santo Bebedor.

También, a ratos, y con placer culpable, he releído Ivanhoe, de Walter Scott, una de las compras que hice en la última Feria del Libro. Fue una de las primeras novelas que leí de chico; tenía tapas azules, duras, y letra chica. Y no la leí una, sino varias veces, para re-vivir las aventuras de Wilfred Ivanhoe, el Rey Ricardo y Locksley -también conocido como Robin Hood- contra desalmados normandos como el templario Brian de Bois-Gilbert, Reginald Front-de-Boeuf, Phillipe de Malvoisin y otros nobles de la corte del Príncipe Juan. En el centro, dos mujeres, Lady Rowena y la judía Rebecca de York. Y por ahí, el porquerizo Gurth y Wanda el bufón. Y Cedric el Sajón. Y Athelstane de Connisburgh. Y Waldemar Fitzurze. Cito de memoria: descubrí que el libro está aún muy presente en mi memoria, pero aún así el reencuentro ha sido un real placer. Es una novela bien construida, que presenta con largueza a los personajes, que los lleva de una aventura a otra, que señala con claridad los bandos, que exalta virtudes clásicas de la caballería andante como el valor, la gentileza y la lealtad desde dos puntos divergentes: los que las encarnan y los que las traicionan.Y si algo no le falla a Scott, que a veces se demora demasiado en detalles que ahora me parecen irrelevantes, es el pulso para llevar la trama hacia la aventura, el riesgo y el peligro, con notas de humor y, como corresponde a un romántico, las penas y las alegrías del amor.

Y ayer, antes de decidirme por hincarle el diente al voluminoso tomo de Roth, había empezado la novela Goetz y Meyer, del escritor serbio de origen judío David Albahari. Es de Funambulista, una editorial española independiente que llega a la librería del FCE en el Paseo Bulnes (también he visto un par de títulos en la Ulises, pero bastante más caros). Se trata, en breve, de la reconstrucción de la vida de dos soldados de la SS, Goetz y Meyer, durante el tiempo en que condujeron un camión en cuya parte trasera, a razón de alrededor de 100 al día -0 200,  si había tiempo-, asfixiaban con monóxido de carbono a mujeres, niños y ancianos judíos. Ahí murió buena parte de la familia del narrador; otra, los hombres adultos, habían sido fusilados previamente. El libro, como descubrí, a propósito de una frase que subí a twitter y de las reacciones que despertó, circula peligrosamente por el borde de la cursilería,cuestión que no se advierte hasta que se priva de contexto los dichos del narrador, un solterón de cincuenta años que ve que su árbol genealógico, tan cuidadosamente reconstruido a partir de archivos y de entrevistas con otros pocos sobrevivientes, se extingue con él. Albahari enfrenta la tragedia y el horror con una distancia que no viene de la ironía y el humor, sino del sentimentalismo, y eso le da a su relato una textura muy especial, una manera morosa de aproximarse a los hechos que no excluye, incluso, la compasión por los verdugos.

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