Amo a Dick

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 20 de septiembre de 2014

amo a dickLa escritora y cineasta estadounidense Chris Kraus vendrá a Chile a comienzos de octubre como invitada del Festival de Literatura de Buenos Aires, Filba, que desde el año pasado se celebra también en Santiago (y a partir de 2014, se suma Montevideo). Es entonces una buena oportunidad para hablar de su única obra traducida al castellano, Amo a Dick (título que contiene un obvio juego textual), libro interesantísimo que, aunque fue publicado originalmente en 1997, recién a fines de 2013 pudimos leerlo en español.

Se trata de una obra difícil de clasificar. Chris habla de sí misma, de su relación con su marido y con el elusivo Dick, el hombre del cual se enamora cuando está a punto de cruzar el abismo de los 39 años, “fecha de caducidad de una hembra”, según escribe Eileen Myles en el prólogo. Pero habla también de muchas otras cosas, de su cine experimental, de su juventud en bares de toppless, de su calidad de “acompañante” en las fiestas de gente del arte, donde David Byrne y John Cale ponían la música, del arte contemporáneo, del judaísmo, del dilema que representa para el feminismo la Chica Guapa cuando ella se siente fea, de sexo, de política, de activismo, de viajes, del matrimonio (del suyo con Sylvere, pero también en general). Y lo hace a través de dos formas: el relato en tercera persona, lo menos frecuente, y las largas y sucesivas cartas que ella y su marido le escriben a Dick, cartas que son tanto una crónica del enamoramiento de Chris como un levantamiento más general sobre el papel y el lugar de las mujeres en una sociedad rabiosamente masculina.

Si hay algún rasgo que define con entera propiedad el libro es la intensidad. “Así que en un sentido amar es como escribir: vivir en un estado con tanta intensidad que es vital ser precisa y consciente”, dice la narradora-protagonista. Mucho se ha escrito y elaborado sobre la propia vida como sustento de la ficción. Quizá este sea un caso inverso, al menos formalmente: la estructura literaria como soporte para llevar a cabo una intensísima operación de desnudamiento, de exploración de la verdad hasta un extremo insoportable, porque “ser real y absolutamente sincero es ser casi profético, volcar la cesta de los huevos”. Y no queda huevo intacto tras el vendaval de un texto que se lee con la respiración contenida, por el poderoso impulso de verdad y de libertad que lo recorre de punta a cabo.

Chris Kraus. Alpha Decay, Barcelona, 2013. 339 páginas.

NW London

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 5 de julio de 2014

Noroeste_152X230Zadie Smith regresa a los temas de su primera novela, Dientes blancos: la vida de gentes de origen caribeño o africano en el melting pot londinense. El sector geográfico que da título a la novela es donde se han asentado por décadas, y la autora recrea la existencia cotidiana a través de un relato que alterna el foco, el escenario y los personajes protagónicos, así como el modo en que se construye en cada una de las cinco partes. Hay dos personajes dominantes: Leah Hamwell, pelirroja y alta descendiente de irlandeses, y Keisha Blake (quien cambia su nombre por Natalie), de familia jamaicana (al igual que Félix, el personaje invitado que protagoniza la segunda parte y de cuya -mala- suerte se enteran las amigas por la prensa). Son amigas desde los cuatro años y, a pesar de la distinta evolución de sus vidas, siguen ligadas por una especie de pacto que escapa a toda racionalización. Más que por el tema de la ciudad multirracial y las tensiones y dificultades que acarrea, la novela interesa por la inteligente construcción de personajes y la exploración de distintas sensibilidades femeninas. En eso Smith demuestra su maestría y madurez narrativa; no hay esa exploración ya desgastada de la psicología, sino una puesta en escena que la destaca sobre el plano y que mantiene intactas las oscuridades e indefiniciones presentes en la vida de cualquiera. Ese relieve preside tanto el desarrollo narrativo como las variaciones de estilo; si la parte de Leah (la primera) recuerda, con su flujo nervioso, novelas previas de Smith, la parte de Natalie (la tercera), construida sobre la base de fragmentos numerados que admiten una amplia continuidad, pero también excursos, adelantos hacia el futuro, regresos a la infancia, muestra que la autora tiene muchos, variados y ricos recursos para rodear a sus personajes y hacerlos emerger siempre bajo renovadas luces. Luces que revelan un paisaje que, a veces, se reviste de inesperada crudeza; es que, como lo demuestra la autora, vivir, ya sea en el noroeste de Londres o en cualquier otra latitud, es una experiencia que suele estrellar las planificaciones e, incluso, la idea que cada quien tiene de sí mismo. Esa lectura -que nadie es inmutable; que cada uno puede ser sorprendido por lo que anida, desconocido, en su interior; que no hay claridad en la mirada sobre uno mismo- es lo que puede quedar resonando tras concluir la novela.

Zadie Smith. Salamandra, Madrid, 2013. 377 páginas.

Buscanidos

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 12 de julio de 2014

Portada_Buscanidos_defTercera entrega narrativa de Matías Celedón, Buscanidos es una novela desafiante en su brevedad y en la densidad de un lenguaje que se instala como una suerte de barrera de resistencia, una construcción de palabras que no agota la extrañeza de un mundo donde confluyen las fuerzas desbocadas de la naturaleza, ritos feroces y ecos deformados de las fiestas religiosas que apuntalan el paisaje nortino. Un circo pobre, carpas gitanas, tribus de indios, un cura de apellido inglés, unos cuantos nombres propios, miseria, pobreza, violencia, multitudes reunidas por una niña milagrosa, jaulas y fieras, jaulas y niños, el páramo asediado por el calor o la lluvia, vírgenes y santuarios, un río que se seca en los meses de verano, ritos de apareamiento entre hombres y mujeres que viven el resto del año separados por la corriente, la curiosa profesión de “buscanidos”, un experto en descubrir en el interior de los cactus dónde están las aves más gordas y apetitosas, son algunos de los elementos que dan forma a una narración que varía las voces y guarda siempre el misterio: el lenguaje se estrella ante una realidad indescriptible y por lo mismo nunca la agota ni la explica del todo.

La linealidad clásica se rompe en episodios breves, algunos tocados de naturalismo, otros alucinados, alguno antropológico; y hay una amenaza persistente, un anuncio de tragedia, un aire apocalíptico en ese páramo donde toda la energía humana, la alucinación de la fe y el latido de la naturaleza parece desbocarse sin límite. Si en algunos tramos la narración es contenida y descriptiva, en otros parece rendirse ante un gran estallido que concentra toda la tensión acumulada, la mala suerte, el hambre, la desdicha, la pulsión sexual, la curiosidad y la espera ante el espectáculo. Todo parece rodear, finalmente, la historia de una niña rescatada de un lugar inimaginable (“era el basurero de la pobreza y olía como el único pozo ciego del infierno”) y, según dice el narrador de turno en aquel capítulo, “esta historia, aunque no lo parezca, trata de su suerte”. Con esta novela quebrada y compleja, que no le teme a los vacíos, a la incoherencia y a la furia, Celedón da un paso más en una trayectoria que destaca por la variedad de los recursos que pone en juego en cada nueva entrega. Y si lo breve es lo suyo, hay que decir también que la depuración extrema de sus relatos le otorga a la vez una densidad muy poco habitual en la narrativa chilena.

Matías Celedón. Hueders, Santiago, 2014. 93 páginas.

Flores nuevas

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 19 de julio de 2014

Flores-nuevasEl argentino Federico Falco nació en General Cabrera, en la provincia de Córdoba, y, a juzgar por sus relatos, también se crió en aquellas tierras: en los seis cuentos recogidos en este volumen, tanto el paisaje como la especial sociabilidad provinciana son la materia que nutre un desarrollo narrativo por lo general clásico, pero sin duda atractivo.

Falco construye buenas historias que se adentran en esa manera de vivir, que conjuga la amplitud del horizonte de la planicie con la cerrazón de perspectivas que parece inherente al pueblo chico, donde todo tiene un aire de rito vacío, y que cifra la identidad y el destino en cuidar los límites de lo conocido, aunque en ese devenir alimenta tensiones, odios y rivalidades que crean grietas subterráneas en el paisaje aparentemente tranquilo.

“El cementerio perfecto”, el cuento más extenso del libro (que podría haberse estirado hasta constituirse en una novela; hay un gran mérito del autor en mantenerlo como un cuento largo, una nouvelle de bien cuidada arquitectura), ilustra perfectamente el modo en que Falco dispone los elementos para crear el especial clima de sus relatos, cuyo melancólico humor actúa como un leve contrapunto para la tristeza que los recorre. El pueblo de Coronel Isabeta no tiene cementerio; los muertos van al del pueblo vecino. El intendente de la localidad, cuyo padre, de 104 años, tiene una fractura en la cadera y debería morir de un momento a otro, quiere cambiar tal estado de cosas y contrata a un especialista en el diseño de cementerios, que advierte de inmediato las posibilidades estéticas de la ladera del cerro que se alza a un costado del pueblo y pone manos a la obra.

Pero lo que parecía ser el homenaje de un hijo a su padre saca a la luz historias familiares y tensiones pueblerinas que amenazan la obra y angustian al diseñador, cuya vida solitaria y volcada a su trabajo queda expuesta con una cruda luz, apenas matizada por, ya está dicho, el humor suave y casi a contrapelo que se cuela en todos los cuentos. Ya se trate de las fiestas de 15 y los embarazos juveniles, del sentimiento de culpa o del ímpetu revolucionario, de suicidios o de accidentes de autos, la radiografía de la provincia que Falco lleva a cabo seduce por la calidad de las historias, pero sobre todo por esa nota sostenida de melancolía y distancia que hace más cercanos a personajes de vidas anodinas y, claro está, provincianas.

Federico Falco. Montacerdos Ediciones, Santiago, 2014. 167 páginas.

Imitación de Guatemala

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 9 de agosto de 2014

portada-imitacion-guatemala_grandeLa velocidad de la actual industria editorial determina que ya sea muy difícil encontrar obras, incluso relativamente recientes, de escritores latinoamericanos. Alfaguara ha tomado una muy destacable iniciativa para ponerlas nuevamente en circulación. Ya han aparecido dos volúmenes de novelas del peruano-mexicano Mario Bellatin, con el valor agregado de que muchas nunca tuvieron distribución en todo el ámbito de habla hispana; y acaba de llegar a Chile Imitación de Guatemala, que reúne cuatro novelas cortas de Rodrigo Rey Rosa, uno de los más destacados escritores de su generación (que es también la de Roberto Bolaño, Juan Villoro y Horacio Castellanos, entre otros). Que me maten si… es de 1995; El cojo bueno, de 1996; Piedras encantadas, de 2001; y Caballeriza, de 2006.

Y si al menos en el primero de Bellatin se echaba de menos una nota editorial que indicara los datos bibliográficos del material reunido, en éste el mismo autor escribió una nota introductoria donde dice, con ironía, que “releerse a sí mismo no es necesariamente una experiencia agradable”. Rey Rosa escribió estas novelas luego de su regreso a Guatemala “poco antes de la firma de una supuesta paz”. Se trata de obras que el autor califica de “ficción política” (línea que ha prolongado en obras más recientes) que retratan con crudeza y profundidad un país en donde “el linchamiento ha sido la única manifestación perdurable de organización social”. Sin embargo, Rey Rosa está muy lejos del sospechoso ámbito de la literatura comprometida, aquella que se pone al servicio de una causa y que por lo mismo suele transigir con las exigencias artísticas. Lo del escritor guatemalteco es, antes de cualquier otra cosa, excelente literatura, que se adentra con paso firme tanto en los meandros de la violencia como en las ambigüedades y contradicciones que supone toda vida.

En estas ficciones no hay héroes, pero sí víctimas; hay testimonio, pero el de personajes que asisten un poco a contrapelo, por la fuerza de las circunstancias, a la dificultad de vivir en un país donde la violencia cambia de signo, pero no de formas; donde la corrupción y el cacicazgo parecen modos naturales de convivencia; donde mirar un poco más allá, o siquiera de soslayo, puede ser un gesto que acarree la sospecha y la persecución. Rey Rosa trabaja sobre zonas ambiguas y casualidades impredecibles que desencadenan el trabajo del azar, y esa exploración es profundamente reveladora sobre su país y su gente.

Rodrigo Rey Rosa. Alfaguara, Madrid, 2013. 361 páginas.

Me dijo Miranda

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 29 de marzo de 2014

GalendeUn relato en sordina. Federico Galende, escritor y académico argentino radicado en Chile desde hace años, escogió un procedimiento similar al hipnótico “sostiene Pereira” de la novela homónima de Antonio Tabucchi para desarrollar una historia que asume una perspectiva limitada o más bien mediada por esa técnica narrativa. Aunque el narrador de Galende se asume también como personaje, su voz titubeante reconstruye a su vez las confesiones fragmentarias de un hombre común y corriente que por esos azares de la vida se encontró de súbito en uno de los puestos más complicados para un detective de la Policía de Investigaciones: jefe de la Guardia de Palacio en el último año de la Presidencia de Salvador Allende. “Miranda era un hombre complejo y discreto a la vez, un hombre capaz de diluirse, sin ningún sobresalto ni despunte”, en la masa anónima; más aún, agrega el narrador, “lo que lo distinguía era su facultad para pasar desapercibido. Por eso era un buen detective”. Un buen detective, un buen hombre, un hombre discreto, quitado de bulla, apegado a las normas. Casado, sin hijos. Sin más militancia política que su sentido del deber frente a la autoridad. Este hombre, Miranda, le habla al narrador de su vida; “me dijo Miranda”, repite el narrador, mientras trata también de fijar el momento en que se dio esa conversación, si en la casa del ex detective, si en alguna caminata larga, sin destino y más llena de silencios que de palabras. Hay ahí una paradoja o contradicción que se expresa en esta frase del narrador: “No quiere decir que Miranda no hubiera querido hablarme de su vida, lo que no quería era narrarla, que es muy distinto”. Esa reticencia se manifiesta en el carácter fragmentario de la información que el narrador ordena como puede, puesto que cada hecho es “una especie un nudo suelto”, especialmente cuando se trata de reconstruir el momento más importante de la vida de Miranda (y de Chile en el siglo XX), el bombardeo de La Moneda y la muerte del Presidente Allende. El punto de vista distanciado y la perspectiva reducida constituyen el suelo firme de una novela sin pretensiones históricas ni documentales: es el relato paciente y moroso de la vida de un hombre común atrapado en el vértigo de los acontecimientos; y desde ese ángulo, el de un personaje marginal, el autor construye una de las novelas más logradas y finas sobre un tiempo de fracasos y brutalidades.

Federico Galende. Alquimia Ediciones, Santiago, 2013. 232 páginas.

«Mis documentos», de Alejandro Zambra (bis)

Desarraigo sin fronteras (reseña publicada en el suplemento «Babelia» del diario El País, primero de febrero de 2014)

Mis documentos
Alejandro Zambra
Anagrama. Barcelona, 2014
208 páginas. 16,90 euros

CUENTOS. A SUS 38 AÑOS, el chileno Alejandro Zambra ya muestra una obra prolífica y diversa que combina, hasta ahora, poesía, ensayo y novela. Mis documentos es su cuarto libro de narrativa y el primero en que aborda el cuento como género. El libro muestra con singular claridad una seña de identidad de Zambra como escritor, la habilidad para borronear las fronteras y hacer emerger —en el caso de este libro— relatos que tratan de vidas tan inciertas como reconocibles y queribles que despiertan en el lector no solo una cierta solidaridad, sino también la impresión difusa de que los retratos de Zambra —esos episodios, esos quiebres en las relaciones de pareja, esa vulnerabilidad tanto del chileno atrapado en un secuestro exprés en un taxi mexicano o la del que va a Bélgica en busca de su pareja, ella lo rechaza y él, sin apenas dinero y con la maleta perdida en un tren, solo atina a caminar por Bruselas— son una cifra de interpretación que expresa una nueva forma del desarraigo ya no territorial, sino de las certezas que por tanto tiempo constituyeron la base de la sociabilidad chilena. El libro destaca además por su unidad de temática y estilo; y si bien hay varios cuentos de indudable base autobiográfica que establecen una clara continuidad con Formas de volver a casa, su más reciente novela, la fortaleza del tejido narrativo y su manera de vincular entre sí los textos con líneas invisibles hace tan difícil como inoficioso pretender distinguir si hay relatos de otras vidas o si se trata de distintas máscaras del autor, especialmente si la única pista es tan poco confiable como que el relato esté escrito por un narrador en primera o tercera persona.

Foto: Reuters / Tomas Bravo Los relatos de Zambra tratan de vidas tan inciertas como queribles.

Quizá el último cuento del libro es el que mejor ilustra la muy original manera en que Zambra explora nuevas fronteras, que lo identifica como un escritor que renueva los géneros y propone nuevas maneras de leer. Hay un yo narrador que recibe el encargo de escribir un relato policial, y cuenta —entre tazas de café y siestas— cómo lo va escribiendo, pero nunca cita ese cuento sino los recuerdos (verdaderos o falsos, qué más da) que sirven de pie para la historia: la vecina que le gustaba en su adolescencia y que dejó de ver hasta una noche muy posterior de marihuana y alcohol en que ella anunció que quería matar a su papá. A partir de ello el narrador fabula una historia de pedofilia e incesto donde los personajes cambian de profesión o de edad o de cualquier otro detalle para hacerlos calzar en la historia que nunca se narra, o que se narra de otro modo, o que constituye, en definitiva, la manera en que Zambra aborda la materia de sus relatos, desde un yo altamente consciente de su papel de demiurgo. Aquí hay metaliteratura, sin duda, pero muy alejada del modo en que suele abordarse el ejercicio de tomar a los escritores y sus obras como materia de la ficción. Lo nuevo de Zambra es la manera en que el narrador muestra sus cartas, su taller íntimo, su manera de imbricar la vida y el trabajo de la ficción. Desde ahí es posible intentar otra lectura de Mis documentos; si ya la estrategia narrativa difumina las fronteras entre el testimonio y la creación, el personaje protagónico que surge del conjunto (pues bien podría ser uno solo), con su fragilidad y su manera de exponerse en tantas dimensiones —amorosa, sexual, familiar—, se constituye en una suerte de síntesis —y quizá en el punto culminante— de un proyecto narrativo que no ha cesado de abrevar en la autobiografía.

1914. De la paz a la guerra

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 22 de marzo de 2014

1914-de-la-paz-a-la-guerra-9788415832089El próximo 28 de junio se cumplen cien años desde que el archiduque Francisco Fernando fue asesinado en Sarajevo, por ese entonces el lugar de tensión más fuerte entre el creciente imperio ruso y el ya establecido -pero sobre bases frágiles- imperio austrohúngaro. Cinco semanas después, Gran Bretaña decidió entrar a la guerra -ya declarada entre Rusia y Francia, por un lado, y Alemania y Austria-Hungría por el otro-, y ya no hubo posibilidad de volver atrás. De la Gran Guerra -luego conocida como Primera Guerra Mundial- existen numerosas memorias, testimonios y obras analíticas, y uno de los grandes temas es la búsqueda de quién fue el culpable del estallido de un conflicto que cobró millones de vidas, tumbó imperios e incubó una guerra aún más terrible. La historiadora Margaret MacMillan prefiere partir al revés. La gran pregunta de este libro es por qué fracasó la paz. Hacia 1900, como lo describe en las páginas iniciales, Europa gozaba de una prosperidad jamás vista. La Exposición Universal de París mostraba por doquier los frutos del progreso y de los avances científicos (y también de cuestiones que a nadie molestaban tanto, pero que eran peligrosas semillas: el auge de los nacionalismos y la exhibición de trofeos coloniales). Además, el continente más poderoso del mundo había establecido una manera eficiente de solucionar los conflictos. Pero algo se incubaba en Europa. La autora usa una inteligente metáfora: distintas personas caminan por una amplia llanura, aunque hay obstáculos en el camino. Toman decisiones erradas que les van estrechando las opciones. En lugar de volver atrás y reconocer su error, siguen adelante y el valle se va convirtiendo en un desfiladero cerrado donde ya no hay ni posibilidades de regresar ni de avanzar sin enfrentamientos. MacMillan dedica este libro a rastrear, en las décadas anteriores, cuáles fueron las malas decisiones que hicieron posible el conflicto, aunque también incluye, por supuesto, el factor humano: quiénes eran y dónde estaban quienes tomaron las decisiones cruciales en esas cinco semanas. Sin extremar los paralelismos, el conflicto en Crimea parece ser de aquellos que podrían haberse evitado y que podrían, también, desatar una escalada bélica. Por eso la autora es insistente en la pregunta que preside el libro: es más importante saber por qué falló la paz que por qué estalló la guerra. Eso exige ir más atrás y con más profundidad.

Margaret McMillan. Turner, Madrid, 2013. 847 páginas.

El hacedor de camas

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 28 de abril de 2012

hacedor camasRamón, de doce años, es el primer invitado de Nina, su abuela, a pasar el verano en el campo, y el narrador de la novela. Poco a poco llegan los tíos y tías, a quienes Ramón identifica por sus apodos: el tío lustrado y la tía quejumbrosa, el tío deportista y la tía colorina, el tío mano atrofiada, la tía ojos de pájaro, el tío artista fumón y la tía sicóloga, el tío editor y la tía ojerosa, el tío cabeza tatuada; todos los hermanos menos los papás de Ramón, que andan de viaje fuera de Chile, y el que murió de diabetes. Todos y la figura imponente de Nina, la abuela que pinta y hace temblar a todos con su ronco vozarrón. En la casa hay muchas piezas, colchones antiguos y con los resortes vencidos, un bosque de cedros, un perro, ratones, moscas, abejas. Jarros de pisco sour circulan cuando ya han llegado todos. La novela transcurre en unas vacaciones a fines de los noventa o comienzos de los dos mil, cuando ya circulaba el billete de veinte mil pesos pero su uso era todavía muy poco habitual en transacciones pequeñas.

El relato está construido sobre la base de breves fragmentos; en ocasiones, de una línea; rara vez, de dos o más páginas. Ramón intercala la crónica de las vacaciones con recuerdos de los momentos más significativos de su infancia: cuando murió su perro Pastelero, cuando se disfrazó de hipopótamo, cuando se comió seis completos en tres minutos y ganó la competencia escolar. La mirada del niño, cada vez menos inocente, retrata una familia que alienta tensiones antiguas y que tiene, como es obvio, secretos, esqueletos en el armario, historias vergonzantes, así como también esos momentos de alegría epifánica que jamás se olvidan. Hay líneas del relato -especialmente las que tienen que ver con los vecinos, los campesinos y trabajadores- que podrían haber tenido un desarrollo más amplio; hay personajes que podrían haber crecido más. Pero sin duda es una novela interesante que cala una vez más en los entresijos de la vida de las familias burguesas criollas, de esas que suelen pasar en puntillas por la historia reciente del país (pero este no es el caso; la tía ojos de pájaro perdió a su novio en la dictadura militar) y que asisten con un cierto aire atónito y desamparado a la ola de cambios que ocurre en Chile. Moffat tiene además sentido del ritmo y agrega a su prosa una cadencia liviana y ágil que se lee con gusto y rapidez.

Alejandra Moffat. Sangría Editora, Santiago, 2011. 288 páginas.

La casa de hojas (reseña anotada)

La casa de hojas[1]

CasadehojasEsta novela fue el debut literario de Mark Z. Danielewski, y vaya manera de entrar en la literatura[2]. La casa de hojas es una obra de singular osadía, que pone en escena al menos dos maneras de escribir muy diferentes, juegos tipográficos y de diseño que siguen el desarrollo argumental[3], cajas chinas, relatos paralelos y un impresionante acopio de material de apoyo, tanto inventado como existente. Ficción sobre ficción sobre ficción. Un anciano, Zampanò, escribe un largo manuscrito sobre un documental, El expediente Navidson. Un joven, Johnny Truant, lo encuentra tras la muerte del viejo y se dedica a editarlo. Mientras lo hace, escribe numerosas y extensas notas donde relata su vida (y sus temores, sus pesadillas y sus traumas). Y si el texto de Zampanò tiene mucho de académico[4] y analiza con erudición y profundidad el documental de Navidson, el de Truant es muchísimo más coloquial[5] y desenfadado[6], aunque progresivamente se entrelazan en un nivel muy profundo, el de los sueños, el de los monstruos de la mente, el del filo de la locura. No es que Navidson sea un loco, pero el documental trata de su encuentro con un lugar frío, oscuro y amenazante que desafía las leyes físicas y que está en el lugar más familiar posible, la casa de campo donde el cineasta y fotógrafo se ha ido a vivir con su mujer y sus hijos para tratar de recomponer una relación ya gastada[7]. La intención de Navidson era registrar su vida familiar en el nuevo entorno; pero de repente aparece una pieza[8] nueva en la casa y luego un pasillo gélido y negro que se abre hacia las profundidades de la tierra. La proeza de la novela es que -al menos en los papeles de Zampanò- la peripecia de Navidson siempre está mediada por el discurso analítico donde emergen temas como el eco, el laberinto (y no en vano hay un epígrafe de Borges en la novela), la técnica fotográfica, la arquitectura y muchos otros[9]. En esa erudición hay mucho de juego[10], citas y entrevistas magníficas (sobre todo las inventadas), parodia sangrienta[11] y distancia, pero lo principal es que ese tratamiento sostiene la verosimilitud interna del relato[12]. El relato de Truant, en tanto, sí conecta emocionalmente con el terror que habita en la casa de Navidson, se disloca cada vez más y parece acechado por la misma oscuridad. La novela es experimental en muchos sentidos, pero el autor no pierde de vista una cuestión esencial: enganchar al lector. Y ahí vamos, de la mano de Truant y Zampanò, sumergiéndonos en un abismo de negrura más antiguo que la Tierra y más amenazante que cualquier monstruo del cine.

Mark Z. Danielewski. Pálido Fuego/Alpha Decay, Barcelona, 2013. 709 páginas.


[1] El título ya es un enigma. Lo más tentador, ante la traducción al castellano, es pensar que el autor se refiere a una casa de hojas de papel, una casa literaria, una casa que existe en las páginas. Pero en inglés hay palabras diferentes para ambas acepciones: Leaves (para hojas de árboles y plantas) y Sheets (para hojas de papel), Sin embargo, la ilustradora Francisca Yáñez me indicó, en twitter, que una de las acepciones del viejo Webster’s es «Something that resembles a leaf, as a page of a book», y Roberto Castillo señaló que también se usa como «One leaf of paper = two pages». Puesto que en la casa no hay nada vegetal, la hipótesis de la ambigüedad del título -que es mucho más explícita en castellano- gana puntos.

[2] Fue publicada en inglés en 2000. Según me indicó Roberto Castillo, el título de la reseña en The New York Times es impagable: Home Sweet Hole («Hogar, dulce hoyo»). Y está disponible en la página del diario.

[3] El diseño del capítulo IX de «El expediente Navidson» es simplemente endiablado, con páginas atiborradas de textos que corren ya sea por el borde de las páginas y por el centro o por cualquier lado y en distintas direcciones. No en vano el tema es el laberinto, aunque la mayor parte de las referencias están tachadas (lo que amplifica el desafío material de la lectura), porque Zampanò, sin que quede claro por qué, quiso borrar todas las referencias a un tema que es clave para entender mejor la novela. Pero Truant, con porfía considerable, las repuso. En otros capítulos -especialmente cuando se describen las exploraciones de las profundidades de la casa- la caja del texto sigue el estrechamiento de los pasillos o bien el texto queda suelto, por así decirlo, y hay que poner el libro de lado o al revés para seguir una línea -o a veces menos de una línea- perdida en el blanco de la página.

[4] La cuestión de las notas merece una nota. Todo lo que escribe Truant está en Courier -notas incluidas- y las de Zampano y de los editores, en Times. No obstante ello, todas son correlativas y hay, con frecuencia, notas a las notas. En términos espaciales, es admisible decir que el relato de Zampanò corre por arriba y el de Truant por abajo, pero ambos se invaden mutuamente, ya sea que las notas extensas de Truant se estiran por varias páginas o que las notas de Zampanò copan todo el espacio de abajo.

[5] La traducción es al castellano peninsular. Nada que objetar al enorme trabajo de Javier Calvo y a la gran calidad de la versión; sin embargo, en el nivel coloquial, la lectura chirría para los que aprendimos el castellano en otras latitudes. Dediqué un par de posteos en Facebook al asunto. Dije que el libro estaba tan entretenido que me demoraba más en la lectura al traducir, mentalmente, del peninsular al chileno; así, por ejemplo, «¿Quién es este tarugo terminal y cómo cojones llegó hasta aquí?», por «¿Quién es este gil ahueonao y cómo rechuchas llegó acá?», lo que dio pie a un sabroso intercambio de opiniones.

[6] Más complejo se tornó el asunto cuando pregunté tanto por la traducción al chileno como por el posible original inglés de “un rollo chungo, un rollo chunguísimo”. Tal como intuyó Marisol García, «chungo» es la traducción de «fucked up». Reproduzco la versión al chileno -hecha por Roberto Castillo- de todo el párrafo (que corresponde a la página 363 de la edición española): «Tu película lo empeoró todo. Es, bueno… una cosa en dos palabras: una huevá pa la coyoma, pero bien pa la coyoma. Okey, tres palabras, cuatro palabras, a quién mierda le importa… muy muy pa la cagá. Lo que se llama un rollo muy penca la huevá. Nunca pensé que iba a decir esto, pero señorita usted tiene que cortarla con el ácido, la mezcalina, o lo que sea que está jalando, aspirando, tragando… métase a una desintoxicación, algo, cualquier cosa porque lo va a pasar muy mal si no hace algo rápido. Nunca he visto una hueá tan pa la coyoma, tan para la recoyoma, tan para la reconchacoyoma. Por culpa de ella me puse a romper cosas, platos, una estatuilla de jade de un pingüino. Una rana de cristal. Me alteré tanto que hasta tiré la pecera de mi amigo al mueble de la loza. Feo, muy feo. Agua salada, pescados muertos por todas partes, yo gritando “puta la huevá pa la coyoma”. Cinco palabras. Me echaron. ¿Usted cree que me puedo alojar en su casa?».

[7] Un hilo que no cupo en la reseña: los personajes protagónicos están bastante dañados. De hecho, la novela podría leerse de manera completamente distinta; Zampanò ofrece numerosas pistas e interpretaciones sobre Navidson, su hermano gemelo (Tom) y su mujer (Karen), mientras que Truant cuenta de su vida más de lo que el lector quisiera saber sobre cualquier persona. Los hijos de Will y Karen tampoco salen indemnes y su profesora llega a la casa en el momento (casi) más inoportuno posible.

[8] En el castellano de Chile, habitación.

[9] Y listas. Para traducir las citas de otros idiomas y luego simplemente para saber más de Zampanò, Johnny Truant entrevista a varias mujeres que iban a la casa del ciego a leerle libros. Una de ellas le cuenta cómo hicieron una extensísima lista de fotógrafos: completamente al azar, por búsquedas en bibliotecas y catálogos (estamos todavía en la era pre www), y Truant concluye -por ese y otros detalles- que Zampanò quería pasarse de listo y que era mucho menos erudito de lo que sugiere su texto. La mención chauvinista: En la lista de fotógrafos está Paz Errázuriz pero no Sergio Larraín, aun que el segundo es mucho más famoso que la primera.

[10] Hay citas tan llamativas que el impulso de buscarlas en google es casi irresistible. Por ejemplo: «Miren al cielo, mírense ustedes mismos y recuerden: no somos más que los ecos de Dios, y Dios es Narciso». La referencia de Zampanò es «Hansen Edwin Rose, Creationist Myths (Pneuma Publications, Detroit, Michigan, 1989), p. 219». Pero la pesquisa en internet conduce a saber que ni el autor ni el libro existen, pero que sí hay blogs donde pacientes lectores se preocupan de identificar las fuentes reales y las referencias inventadas, y que en la entrada de Wikipedia (en inglés) sobre libros inventados, Danielewski figura como uno de los autores más prolíficos.

[11] El autor trabajó en un documental sobre el filósofo francés (nacido en Argelia) Jacques Derrida. De ahí que en el libro lo cite unas cuantas veces. Pero también aparece en la serie de entrevistas realizadas por Karen en un capítulo llamado «Lo que les ha parecido a algunos» (se refiere al documental de su marido). Todas las entrevistas son, obviamente, apócrifas, y es donde Danielewski muestra mejor su talento para la parodia. Uno de los entrevistados es Derrida: «Pues bueno, lo que está dentro, es decir, si se me permite decirlo, lo que se despliega a sí mismo de forma infinita sin un exterior, sin otro…, ¿pero dónde está entonces lo otro?». También participan el periodista Hunter S. Thompson (ver nota 7), la feminista Camille Paglia, el físico y filósofo Douglas Hofstadter y Stanley Kubrick, entre otros.

[12] Lo que también hace verosímil el formidable aparato crítico que sostiene el relato de Zampanò, Otra cita inventada, otra cita memorable, referida a la sufrida y accidentada relación entre Navidson y Karen: «La pasión tiene muy poco que ver con la euforia y mucho con la paciencia. No se trata de sentirse bien. Se trata de resistir. Tanto la paciencia como la pasión vienen de la misma raíz latina: pati. Que no significa transmitir exuberancia. Significa sufrir». The Courage to Whitstand, de Daphne Kaplan (Ecco Press, Hopewell, Nueva Jersey, 1996), p iii. Ni la autora ni el libro existen, pero la cita sí. Y funciona perfectamente.