Incompetentes

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 13 de diciembre de 2014

portada_incompetentesEsta primera novela de Constanza Gutiérrez (1994) es una demostración de que se puede escribir bien, con naturalidad y cuidado, sin innecesarios alardes metaliterarios, frecuente defecto de escritores jóvenes ansiosos por demostrar que pertenecen al club. La autora sitúa la trama en un colegio en toma, de aquellos que reciben a los alumnos que el sistema va desechando, porque no se ajustan al promedio de normalidad. Y ese es el hilo que recorre el relato: no hay referencias políticas y el asunto de la toma es considerado más bien desde el ángulo de la ausencia de los adultos (abandono que solo en el momento de la toma se torna explícito) que como un acto de protesta. Mal que mal -salvo un trío de alumnas- se trata de estudiantes que ya están en alguna clase de borde, desajustados, con una mirada ligeramente desenfocada. De ahí el título del libro, que de manera más bien oblicua pone en cuestión el afán de competir (o la obligación de desarrollar competencias para, por ejemplo, rendir bien en el colegio para poder pasar a otra etapa y desarrollar otras competencias). Esa sensación de desajuste da el tono al relato, trabajado mediante fragmentos.

La voz narrativa está a cargo de una estudiante, Laura, que introduce al resto de los personajes (la amiga, las mateas, el militante, el amigo que le gusta, un perro) y traza breves estampas de la forzada convivencia en un espacio cerrado que ya casi no tiene vínculos con el mundo exterior. La estructura fragmentaria enriquece las posibilidades de lectura y muestra también la habilidad de la autora para ceñir el relato a una exigencia formal -el límite de extensión de los fragmentos-, sin forzar los cierres.

Los escasos diálogos aportan la nota coloquial a una novela breve, que cuida la atmósfera del relato y desarrolla una trama sobre la base de sensaciones, encuentros, conversaciones, más que sobre hechos, aunque estos finalmente precipiten el desenlace. “Algo me estaba ardiendo dentro, pero quizá solo estaba sentada muy cerca del fuego”, escribe Laura ante una decepción amorosa, pero en realidad todo parece arder a fuego lento en una historia de crecimiento, de ritos de paso, de descubrimientos, una fórmula clásica trabajada con originalidad, rigor y estilo.

Constanza Gutiérrez. La Pollera Ediciones, Santiago, 2014. 72 páginas.

La pasión y la condena

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 29 de noviembre de 2014

pasión y condena - villoroEl título apunta a la desmesura y a la desgracia, cuanto menos; sin embargo, como empieza a aclararlo el subtítulo, “Viaje en torno a una mesa de trabajo”, se trata, en realidad, de un luminoso y ameno ensayo sobre la escritura. Juan Villoro inauguró el festival Puerto de Ideas en 2013 con la lectura de esta conferencia, que aborda desde la materialidad que rodea el ejercicio de la creación literaria -la mesa, los objetos que la cubren parcialmente, el entorno- hasta lo que significa la vocación de escritor en otras dimensiones. Escribir como un trabajo. Escribir como una condena. La escritura como sufrimiento y como placer, o en qué momento y por qué oscila de un polo a otro.

Apoyado en abundantes referencias literarias, Villoro va desenredando la madeja con su habitual solvencia; el escritor mexicano cultiva el ensayo con un estilo diáfano y cercano, lo que se advierte aún más en el cuidado de la escritura en un texto destinado en primer lugar a la lectura en voz alta, que trabaja también con recursos retóricos como la paradoja y el chiste, entre otros, para que no solo corra con fluidez, sino igualmente con quiebres que rompan toda posible monotonía. En una palabra, es una conferencia escrita con empatía, pensando en quienes la van a escuchar, y que, una vez transformada en texto impreso, no pierde nada de su frescura y de su fluidez.

Aparte de, por cierto, su certero modo de iluminar un oficio, digamos, una vocación, una elección creativa, que implica casi siempre soledad (aunque hay casos notables de escritura compartida, como los textos a dúo de Borges y Bioy Casares) y ensimismamiento, así como -estamos hablando de escritores de verdad, no de meros entretenedores- una fuerte carga de angustia, sufrimiento y agobio. Villoro, en este aspecto, cita a Vila-Matas y su novela sobre los escritores que abandonaron la tarea, a Fresán y sus reflexiones sobre lo liberador que debe ser dejar la escritura, a Walser y la búsqueda de una medianía silenciosa que lo rescatara del abismo, a Warburg y su redención de la locura a través del camino inverso, el de escribir. Este último caso es quizá el más revelador, por lo singular y extremo: el historiador y teórico del arte escribe una ponencia para demostrar su sanidad mental, pero el discurso que construye es un método curativo en sí mismo, una manera de establecer cómo inscribir el pensamiento mágico en el orden racional y así conciliar los fantasmas interiores con las reglas del mundo.

Juan Villoro. Editorial UV de la Universidad de Valparaíso, Valparaíso, 2014. 54 páginas.

El seminarista / El cobrador

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 18 de diciembre de 2010

el seminarista portadaPocas cosas hay más gratas que el encuentro entre el deber y el placer, entre la obligación de estar al día en las lecturas y el encuentro con la más reciente novela de Rubem Fonseca, quien no pierde, a sus 85 años, el vigor narrativo. Y más todavía cuando El seminarista retoma viejos tópicos del autor y vuelve a tomarle el pulso a la violencia criminal en Río de Janeiro, su ciudad adoptiva (desde los 7 años vive en Río). Es muy interesante apreciar, además, cómo el personaje creció desde un esbozo previo (algunos cuentos contenidos en Ella y otras mujeres, de 2006, historias a las que alude el protagonista) hasta su caracterización plena en una novela que tiene múltiples conexiones con otras previas.El protagonista es un asesino a sueldo, conocido como El Especialista, y está a las órdenes de El Despachante, intermediario entre quien encarga el crimen y quien lo ejecuta. José, o Zé, estudió en el seminario y desde esa época conserva la manía de las citas latinas y un par de amigos que también desertaron de la carrera sacerdotal.Zé tiene una suerte de ética del crimen: si bien nunca lee los diarios o ve noticias para evitar saber, aunque sea por casualidad, quiénes son sus víctimas, no mata a mujeres -salvo las debidas excepciones, claro- ni menos a niños; y, si alguna vez se encarnizó cruelmente en la ejecución, se debió a que el designado para morir era un pedófilo. La trama tiene algo de desquiciado y en algún punto de las sucesivas tramas que se hilan en torno a Zé y su novia el lector puede ver flaquear su fe en la verosimilitud interna del relato; pero, en realidad, eso no es importante. Lo que impresiona en El seminarista es la formidable capacidad de Fonseca para poner en circulación a tipos criminales complejos, cuya posible sicopatía está perfectamente a tono con una sociedad que no sólo los hace posibles, sino que también, de algún modo, los necesita.

tapa El cobradorY la buena noticia es doble: además de esta novela, los editores chilenos lanzaron su edición de El cobrador, de 1979, volumen de cuentos largamente desaparecido de las librerías y uno de los más feroces y contundentes de Fonseca. El protagonista del relato que da título al libro tiene más de un rasgo común con Zé, aunque la violencia inaudita del personaje lo supera largamente y lo constituye en una suerte de prototipo del criminal. Escritos a más de 30 años de distancia, ambos libros conforman un díptico indispensable para abordar a un autor que sigue sorprendiendo por la calidad de su escritura y su radical y desesperanzada mirada sobre la ciudad que lo acoge y la violencia que incuba.

Rubem Fonseca. El seminarista. Tajamar Editores, Santiago, 2010. 156 páginas

Rubem Fonseca. El cobrador. Tajamar Editores, Santiago, 2010. 171 páginas.

Tela de sevoya

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 22 de noviembre de 2014

sevoyaEs un libro tan inclasificable como extraño es el título, escrito en ladino, la lengua de los sefardíes expulsados de España a fines del siglo XV. Una lengua que se resiste a morir, aunque casi nadie la hable ya en la chiquez (la infancia), y que es el hilo que sigue la autora, Myriam Moscova, mexicana, descendiente de sefardíes radicados en Bulgaria y emigrados a México en la década de los 40 del siglo pasado. El hilo la lleva a la abuela Victoria, una mujer amargada y rencorosa que, sin embargo, tuvo para ella una importancia fundamental por hablarle siempre en ladino, porque quienes hablan el castellano en México “no saben decir las kosas kon su muzika de orijín”. También la lleva, a los 50 años, a Bulgaria, un encuentro tardío con la cuna de las tradiciones que alimentaron su infancia y que le significa un sorpresivo encuentro con una amplísima colección de refranes sefardíes.

Uno de ellos es el origen del título: “El meoyo del ombre es tela de sevoya”, que la autora traduce como “La fragilidad humana es como tela de cebolla”. Y capa tras capa, a través de breves capítulos agrupados en seis secciones, Moscova desnuda la cebolla del ladino, de los sefardíes, de su vida familiar, de la sabiduría popular acumulada en el refranero, de la aventura de un pueblo que echó raíces en distintos lugares y que mantenía, a pesar de todo, una lengua común, un regreso a la infancia de la lengua que hablamos, de una viveza y colorido envidiables, que sostiene la estructura de un libro atípico que hace gala de libertad, de frescura y de una originalidad ajena a toda fórmula. Si en “Kantikas” y “La cuarta pared” hay poemas en ladino, cartas y diarios, en “Molino de viento” hay sueños, cuentos, fantasías, que podrían ser algo así como el reverso de “Diario de viaje” -el relato de su encuentro con Bulgaria- y de “Distancia de foco”, que agrupa los recuerdos de su infancia y de su familia, como la historia del tío Milcho, compañero de colegio de Elías Canetti, perdido de la memoria hasta que escucha en la televisión que su antiguo amigo ha recibido el Premio Nobel de Literatura. La vertiente creativa y misteriosa es tan estimulante como la biográfica; entre ambas, “Pisapapeles” aborda el ladino desde una perspectiva más ensayística, aunque esos papeles que se resisten a volar estén también en sus sueños, en sus recuerdos, en la presencia de esa abuela tiránica que ni en la hora de su muerte abrió camino al perdón.

Myriam Moscova. Acantilado, Barcelona, 2014. 280 páginas.

Humillaciones

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 15 de noviembre de 2014

HumillacionesMarcelo Mellado establece un nuevo hito en una narrativa ya profusa, aunque se trate de un escritor que se incorporó tardíamente a la escena literaria. Y lo hace con un estilo consolidado, una escena ya habitual y temas recurrentes, lo que habla bien de un proyecto que tiene claro su itinerario y que, mediante una suerte de espiral, cava más profundo en los sedimentos del país: en la provincia degradada, en la política mínima de los arreglines, en el tráfico de influencias y las movidas partidarias. También abreva en la biografía de su generación, aquella a la que el golpe de Estado sorprendió en la primera juventud y que creció entre la nostalgia, los arrebatos revolucionarios y la omnipresencia de la represión.

El autor tiene la virtud de tomar cada vez más distancia, incluso de sí mismo, lo que es más visible en un cuento en que ajusta cuentas con las miserias y dobleces de la escena literaria chilena a través de un protagonista fóbico y amargado que odia a los progres, a los pobres y a quien se le ponga por delante. Sobre la base de esa distancia, Mellado puede permitirse renovar -o actualizar- su mirada crítica (o cítrica) sobre costumbres burocráticas, pequeñeces cotidianas y hábitos sexuales. El Chile que emerge de estos cuentos da entre lástima, risa y pena, por la capacidad del autor para pasar de las convenciones y las buenas maneras y encontrar así nuevas energías para describir el patetismo nacional con humor y renovado desencanto. Aunque todavía pareciera que hay algo que rescatar, como esa gente buena que queda todavía en la provincia, “una porción importante de gente que cumple su palabra y que no anda con esa huevá maldita de los flaites y de los choros que cagan el negocio con su mala onda o con su informalidad”; pero si quien habla es un vendedor de droga al por menor, la frase tiene otra lectura.

El habla popular siempre ha sido un arma arrojadiza en los libros de Mellado, una manera de romper lo que habitualmente se entiende por literatura o por lenguaje literario, más todavía si, como ocurre en este y en otros de sus libros, se funde con la jerga legalista y el léxico de la conversación política. Ese efecto es una marca de estilo de Mellado, que en este libro se enriquece con la variación de voces narrativas que dan forma a otra colección de cuentos que amplía y profundiza un proyecto de singular coherencia y continuidad.

Marcelo Mellado. Hueders, Santiago, 2014. 120 páginas.

Vastas emociones y pensamientos imperfectos

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 9 de enero de 2010

Tapa Vastas emocionesDe las cuatro novelas extensas de Rubem Fonseca, Vastas emociones y pensamientos imperfectos es la única que nunca había llegado a Chile. El autor obtuvo un tardío reconocimiento: recién cuando ganó, en 2003, el Premio Juan Rulfo y el Premio Luis de Camoes, distinción que entregan de manera conjunta los gobiernos de Brasil y Portugal, su impresionante aporte a la novela negra del continente rebasó la frontera de un reducido y fiel grupo de lectores.

Fonseca, que ha vivido casi toda su vida en Río de Janeiro, retrata sin piedad un entorno urbano largamente asediado por la violencia y el crimen, pero también mucho más que eso, especialmente en sus relatos de largo aliento, donde late el pulso febril y complejo de un país que tiene algo de impenetrable. Sus personajes, como el cineasta que protagoniza Vastas emociones…, suelen ser hombres cultos, escépticos y mujeriegos, que de repente son arrastrados por el ritmo vertiginoso del azar. En esta novela, el protagonista se cambia de casa; en la primera noche, recibe a una bailarina de carnaval que le deja una caja. La bailarina muere, la caja tiene piedras preciosas, una banda criminal le sigue la pista. Mientras tanto, recibe una inesperada invitación a filmar en Alemania una película sobre Caballería roja, el volumen de cuentos de Isaak Bábel, que es una de las joyas menos conocidas de la literatura rusa del siglo pasado. El escritor ruso y su libro alcanzan una gran importancia en la trama, que se desdobla y sigue rumbos que llevan desde Río a Berlín Occidental y Oriental, luego a París, a Minas Gerais, a Río, nuevamente, y se enriquece con referencias literarias y análisis políticos: hay un mundo que se derrumba y Fonseca, un gran observador y un escéptico con un sentido finísimo del ritmo de los tiempos, lo atrapa en precisos y certeros rasgos. La novela es, también, un relato policial, y Fonseca se muestra nuevamente como un maestro de la intriga. Las líneas se cierran de manera perfecta y, en este caso, la novela tiene un extraño aire circular; pero, en realidad, quien cambia es, sobre todo, el lector. Es muy difícil leer a Fonseca sin aprender algo sobre nosotros mismos, por el poder revelador de una escritura sin concesiones.

Rubem Fonseca. Tajamar Editores, Santiago, 2009. 278 páginas.

El gran arte

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 27 de diciembre de 2008

Tapa El gran arte“Perdí un diente”, dice Ada, la mujer del abogado conocido como Mandrake, protagonista de varias obras de Rubem Fonseca, y se pone a llorar. En realidad, lo que le ocurrió, precisamente por acompañar a Mandrake, es muchísimo más grave. “Parecía más pequeña y frágil, una vieja asustada”, piensa el abogado, antes de que ella decida abandonarlo, incapaz de lidiar con sus fantasmas.

Todo ello es un episodio más, y menor, incluso, en la vasta trama de El gran arte, la novela más extensa y ambiciosa de Fonseca. Publicada originalmente en 1983, tuvo una edición española, por Seix Barral, largamente agotada en las librerías; esta nueva edición, a cargo de una editorial chilena y con una nueva traducción (a ratos desconcertante, por la aparición de gruesos chilenismos donde uno menos lo espera), rescata con plena justicia una obra mayor de la narrativa latinoamericana del siglo XX, donde el gran fresco de la violencia que azota muchas ciudades de la región queda retratado a la perfección. La trama que soporta este retrato no sólo corresponde a la mejor tradición de la novela negra, con abogados y policías siguiendo un rastro jalonado de cadáveres; además, se sumerge en la densa trama social del Brasil, en la espesura de los privilegios, en la crueldad de las discriminaciones, en la soberbia de los poderosos, en la brutal iniquidad que condena a los débiles. La primera parte, “Percor” (por “perforar y cortar”, nombre de una división de la policía especializada en el uso de armas blancas), pone en escena a los personajes. Una cinta de video perdida va marcando un rastro de sangre -incluyendo las heridas de Mandrake y de Ada-, que en algún momento se cruza con una operación de contrabando de cocaína. La segunda, “Retrato de familia” amplía la mirada hacia la historia de una prominente familia de Río de Janeiro.

Dos primos, especialmente, concentran el foco del narrador. Decadencia y perversidad parecen ir de la mano en esta crónica de época. La violencia desencadenada en la primera parte no se atenúa, aunque ocurre más distanciada, en la segunda, y casi siempre bajo las reglas del “gran arte”, el arte de escoger el cuchillo adecuado y darle el uso que corresponde para lograr la mayor efectividad posible en la tarea de matar rápido. Mandrake cita a un poeta griego: “Tengo un gran arte, hiero duramente a aquellos que me hieren”. La posible metáfora del poema se torna, en esta novela, en despiadado apego a la letra. El carismático Mandrake, entre sus puros, la afición a la buena comida y sobre todo a las mujeres, un adicto al sexo que resuelve con elegancia e ironía su vocación polígama, es el hilo conductor -y narrador de buena parte del libro- de una historia amplia y revulsiva, cruel y descarnada, implacable en su retrato de la miseria humana, magistral en su desarrollo.

Rubem Fonseca. Tajamar Editores, Santiago, 2008. 319 páginas.

80 días

Reseña publicada en la revista «Sábado» del diario El Mercurio, 8 de noviembre de 2014

80 díasEste trabajo excede las posibilidades de un libro (de hecho, en la página web http://www.80dias.cl se puede escuchar su banda sonora) y es también un trabajo colectivo que hace dialogar textos y fotografías en el soporte impreso. Su carácter híbrido se acentúa más aún por el tipo de escritura -de Jaime Pinos- que lo recorre: fragmentos temáticos que abordan diversos aspectos de la vida urbana en Santiago, escritos a lo largo de 80 días, que funden autobiografía -el personaje que narra se hace llamar el Transeúnte-, observación social y ensayo, todo en un estilo con identidad y sello personal.

Pinos es poeta y ello se refleja en el texto, muy trabajado, que no elude los adjetivos ni la descripción de sensaciones que remiten al vacío existencial en el contexto de una ciudad desmadrada en sus dimensiones, segregada y agresiva. Hay algo de tremendismo en sus observaciones, una exacerbación de los males urbanos, como cuando se refiere al esmog (“peces enfermos en las aguas podridas de un mar muerto, boqueamos en medio de la enorme nube oscura”) o a la inseguridad de las calles (“aquí el miedo es parte del paisaje”). Nada reprochable hay en eso, puesto que la mirada personal del Transeúnte bien puede ser el reflejo de vivencias, de experiencias de lo urbano, mucho más extendidas de lo que reflejan las estadísticas y la vida de algunos barrios; el ojo del Transeúnte se fija quizá con mayor énfasis en los puntos negros, en los lunares, en las zonas desnudas de árboles, luces y áreas verdes.

Los pasajes del centro remiten inevitablemente a Walter Benjamin y dan cuenta de la degradación imparable de lo que fue un símbolo de la modernidad (“marchita toda fantasía, perdida en estos túneles del tiempo, ya nadie ingresa a estos pasillos en busca de otro cielo”). La segregación urbana remite, en definitiva, a la soledad, a la “multitud de los desconocidos, nuestros semejantes, ese vacío en que nos movemos, a golpes o a empujones, codo a codo con nadie”. Subterráneos, vitrinas, grafitis, bares, son otras maneras de abordar lo urbano y de establecer una cartografía personal, “solo por saber dónde está uno parado, en qué mundo entre los mundos”, que ilumina -aunque sea con crudas luces- la ciudad que habitamos. Las fotografías de Alexis Díaz se relacionan muy bien con los textos de Pinos, duros y poco complacientes; al fin y al cabo, nada peor que la mirada conformista.

Jaime Pinos y Alexis Díaz. Alquimia Ediciones/Siega, Santiago, 2014. 64 páginas.

Caperucita se come al lobo

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 26 de enero de 2013

Quintana loboUn hecho destacable del catálogo de Editorial Cuneta es que suele incluir escritores latinoamericanos: Mario Bellatin, César Aira y Andrés Neumann, por ejemplo. A ellos se suma ahora la colombiana Pilar Quintana, con el valor adicional de que es mucho menos conocida en Chile, y cualquier intento de hacer más permeables las fronteras literarias es bienvenido. Quintana (1972) entrega en este libro una serie de cuentos ágiles, desenfadados (aunque hay uno terrible) y de un intenso erotismo vinculado al deseo, al impulso repentino, al juego, a la pérdida del control, al fetichismo y hasta a la violencia. El olor fuerte e intenso de las axilas de un hombre es el detonante del ardor en el primero, que se llama, precisamente, “Olor”. El segundo -“El hueco”- representa la conjunción brutal entre la arista del deseo incontenible y la omnipotencia despiadada de los señores colombianos de la droga. “Violación” se adentra -sin más culpa de la que está contenida en el título- en el espinoso asunto de las relaciones sexuales con menores de edad. “Caperucita se come al lobo” es, a mucha distancia, el mejor del conjunto, por su humor desatado y la graciosa perversidad de un personaje que en algún momento escribe: “Yo no soy tan sucia. Pero lo era”. “Amiguísimos” juega con esa extraña frontera entre amistad y compañía sexual, entre el deseo que fluye y la contención dictada por la existencia de otro tipo de relación entre una mujer y un hombre. El último, “Una segunda oportunidad”, pasa casi sin sobresaltos de la infidelidad y la violencia al territorio de lo real maravilloso, por decirlo de una manera tan presente en la narrativa colombiana. Escritos con un estilo llano, sin aspavientos, con un desarrollo que normalmente (aunque en alguno ocurre) no desemboca en lo previsible y que mantiene viva casi en todos la cuerda del humor en personajes capaces de reírse de sí mismos, los cuentos rápidos de Quintana responden, claro, al concepto que preside el nombre de otro volumen de cuentos suyos, El coleccionista de polvos raros. “Todo lo hicimos con desesperación y abandono, y no creo que fuera sólo por el peligro o porque fuera nuestra primera vez, sino porque en el fondo sabíamos que también era la última”, dice el protagonista de “El hueco”; y es que así funciona ese impulso tan difícil de asir y sobre todo tan impredecible que es el ansia del otro, del cuerpo del otro.

Pilar Quintana. Cuneta, Santiago, 2012. 65 páginas.

Mal encuentro a la luz de la luna

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, primero de noviembre de 2014

Mal-encuentro-portadaW. Stanley Moss y Patrick Leigh Fermor, su compañero de aventuras, pertenecen a esa estirpe imperial inglesa reconocible en muchos ambientes y épocas, aunque deben haber sido de los últimos: el joven aristócrata -o al menos formado en Oxford o Cambridge- dado a la aventura, capaz de internarse en territorios ignotos sin saber una palabra del idioma local y de entretenerse recitando a Sófocles en griego durante alguna noche de feroz mal tiempo y sin comida ni fuego. Exploradores de África o de la Antártica, caminantes por los desiertos australianos, colonos en la Patagonia o miembros de las fuerzas especiales del ejército enviados tras las líneas enemigas en misiones de sabotaje y de apoyo a la resistencia local. En este último caso están Moss y Fermor (quien además escribió, después del fin del conflicto, memorables libros de viajes), que pasaron buena parte de la Segunda Guerra Mundial en Creta, ocupada por los alemanes hasta fines de 1944. Su mayor hazaña es la que Moss cuenta a través del diario que llevó: el secuestro del general Kreipe, el segundo al mando de la fuerza de ocupación alemana. Debe ser uno de los pocos casos en que conviene leer primero el post scriptum del libro. Es que ese texto, de Leigh Fermor, ofrece el marco para entender por qué dos oficiales ingleses, con apoyo de guerrilleros cretenses, se propusieron una misión a primera vista tan descabellada, que el prólogo de otro de sus amigos pinta con motivaciones románticas. El diario de Moss tiene una indudable frescura; escrito en las mañanas, cuando tenían que permanecer escondidos, tiene la huella de esa épica que respira con naturalidad y hace partícipe al lector de la emoción de la aventura. No es muy afortunado con las metáforas (“el sol era como un juerguista madrugador con una nariz verde surgiendo entre los árboles”), pero su estilo es vivaz y espontáneo. Y aunque no es el tema del libro, bastantes luces da sobre la dureza de la ocupación alemana. Moss se permite, además, juicios sobre los cretenses que como mínimo pecan de livianos, así como críticas muy severas a los comunistas locales. Entrega un escaso aporte historiográfico, pero tiene un valor como documento de época, testimonio del fin de una era y de la extinción de un personaje.

W. Stanley Moss. Acantilado, Barcelona, 2014. 246 páginas.