El ocupante

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 29 de septiembre de 2012

El ocupanteEsta quinta novela de Sarah Waters representa un paso más de la autora en su exploración estilística a partir de la novela clásica. La impecable factura de sus obras, su extensión y su vocación realista evocan de inmediato las formas clásicas, la gran tradición narrativa de la Inglaterra del siglo XIX; pero, a la vez, son un sutilísimo ejercicio de subversión y relectura, tanto de las épocas en que se sitúan las narraciones como del género novelesco. Pero si en las anteriores la subversión iba mayormente por descubrir los estratos ocultos tras las rigideces victorianas y la vida que fluía, generosa y a borbotones, por los intersticios del orden social y desde los barrios de indecible pobreza, en El ocupante Waters se ocupa de reelaborar la clásica historia de fantasmas; M. R. James, Walter de la Mare y Charles Dickens, entre muchos otros, crearon un riquísimo paisaje de apariciones, espectros y hechos inexplicables, que hoy parece más bien de capa caída ante la emergencia de formas más seductoras de la fantasía. Waters no se arredra ante ese panorama y sitúa los hechos de su novela en los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial, en un rincón rural milagrosamente respetado por los bombardeos. La mayoría de las grandes casas solariegas están abandonadas o han sido vendidas para otros fines; sólo en algunas, sus ocupantes luchan por detener el inclemente paso del tiempo y también el incontenible avances de fuerzas sociales que amenazan su estatus y su capacidad de mantener el estilo de vida de sus antepasados. Una de estas casas es Hundreds Hall, donde un oscuro médico rural llega a trabar amistad con los dueños de casa, la viuda y sus dos hijos, los Ayres. La novela es también un brillante estudio social; esa pequeña sociedad provinciana es la miniatura de una sociedad cruzada por un estricto orden de clases cuya violación acarrea el más vergonzoso bochorno. Buena prueba de ello es que, sin que deje jamás de ser amena y ligeramente misteriosa, la aparición de lo extraordinario, de lo fantástico, de lo impensable, asoma recién tras unas 180 páginas. De ahí en adelante el tejido se hace más denso y pleno de matices; por más que la incredulidad sea la nota dominante, por más que el hermano esté internado en un hospital psiquiátrico (y muy contento de estar ahí, lejos de la “infección” que corroe Hundreds Hall), habrá de pasar aún más tiempo para que el terror muestre sus fríos dedos en los oscuros pasillos de la casona.

Sarah Waters. Anagrama, Barcelona, 2012. 532 páginas.

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Falsa identidad

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 12 de marzo de 2005

Falsa identidadLa escritora galesa Sarah Waters ha cultivado un filón que, hasta ahora, le ha dado magníficos frutos: la subversión de la novela victoriana. El lustre de la perla y Falsa identidad son novelas de vasta extensión, al estilo Dickens o William Wilikie Collins, y transcurren en los altos y bajos estratos de la sociedad británica, desde los callejones más miserables a las más elegantes mansiones. Las apariencias, las sagradas apariencias de la época, muestran aquí, sin embargo, su revés, que, en rigor, debería ser el derecho: la impostura y la máscara, el corsé y el miriñaque, esconden seres que aman y sufren, cuerpos que desean y exploran, y eso es lo que revela, magistralmente, Sarah Waters.

Esta novela en particular añade al cuadro general una trama de engaños y dobleces que multiplica, por así decirlo, el espíritu de la época. La protagonista, Susan Trinder, hija de una asesina que fue ahorcada frente a su ventana poco después de haber ella nacido, deviene en Susan Smith, doncella de una mansión en las afueras de Londres. La nueva Susan es parte de una intriga compleja para arrebatarle su cuantiosa herencia a otra huérfana, Maud Tilly; pero, en cuanto Susan y el lector ingresan en Briar, casona oscura, silenciosa e intimidante, advertirán, más allá de las veladas advertencias de la narradora, que tras el silencio y las estrictas normas de convivencia alientan fantasmas oscuros, imágenes perversas y espíritus retorcidos. Porque complejo y retorcido es el dueño de casa, el señor Tilly, coleccionista de libros dedicados al placer; de literatura pornográfica, en buenas cuentas, que reúne, enumera y clasifica para escribir un índice general y universal del género, vasta obra en la que le ayuda su sobrina, el ama de Susan. La doncella se cree lista y el ama finge inocencia mientras ambas tejen sus redes. La primera quiere dinero; la segunda, escapar de su tío y gozar de su herencia. Es ahí donde la autora teje, a su vez, sus propias redes, que atrapan al lector y lo conducen a una vertiginosa espiral de conspiraciones, trampas y cambios de papeles en el mismo Briar, en un manicomio y en otros espacios donde se funden la codicia, el deseo, el placer clandestino y la furia.

Waters no se limita a la paráfrasis del género, o la asume sólo en la extensión y el lujo de detalles que rodea la trama. Sus novelas encierran una clave de interpretación muy contemporánea, una lectura de la historia sin complacencias ni falso orgullo, con maestría, elegancia y sentido del ritmo. No son entonces, estrictamente, novelas históricas; no recrea un mundo, sino que lo revela; y ahí está, sobre todo, su fuerza subversiva.

Sarah Waters. Anagrama, Barcelona, 2003. 624 páginas. 

El lustre de la perla

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 20 de marzo de 2004

lustreLa Inglaterra victoriana está asociada a una serie de tópicos y a algunos personajes. A ella pertenecen la represión, los miriñaques, la exacerbación de la virtud, Sherlock Holmes, Jack El Destripador y Oscar Wilde. Sarah Waters, uno de los estandartes de la nueva generación de narradores británicos, muestra el reverso de la medalla, la otra cara de Gran Bretaña en las décadas finales del siglo XIX, a través de un entrañable personaje que, a cada paso que da, descubre que las cosas no son como parecen y que, más que nunca, las apariencias engañan.

De hecho, la novela se desarrolla a partir de equívocos sobre la identidad de género. La protagonista, Nancy Astley, procede de un pequeño pueblo en la desembocadura del Támesis, cuya principal fuente de trabajo son las ostras. Pero su pasión es el teatro de variedades en la cercana Canterbury. Cuando recién ha cumplido los 18 años, ve a una artista que representa la última moda de los teatros de la época: una joven mujer que se disfraza de hombre y saca aplausos con canciones que resaltan su ambigüedad. Nancy se enamora de la chica-chico, la asiste en el vestuario, se marcha con ella a Londres y al cabo de un tiempo sube con ella al escenario, disfrazada también de chico.

Es sólo el primero de los equívocos; Nancy descubre pronto los recovecos, los rincones y los secretos de la noche londinense, así como el desengaño, la furia y la caída en la absoluta pobreza. Su propio travestismo se convierte en una herramienta de trabajo y seducción, explotando de la manera más singular su talento para parecer lo que no es o bien para resaltar lo que es debajo del disfraz.

De la mano de una impecable reconstrucción de época que cruza todos los ambientes sociales, desde el mundo del espectáculo a las grandes mansiones y, luego, el mundo obrero, Waters desarrolla su historia de equívocos que conduce, finalmente, al reconocimiento de la propia identidad y al descubrimiento del amor genuino. Esa veta romántica está siempre presente en la ingenua Nancy, que, a pesar de todo su aprendizaje erótico y su inmersión en el mercado del sexo nocturno, conserva una mirada que tarda mucho en descubrir la dirección real de los acontecimientos.

La autora demuestra un firme pulso narrativo, aunque, a ratos, se complace demasiado en su propia voz. Cuando el lector sabe ya lo que va a ocurrir más adelante, sea por anuncios del narrador o bien porque simplemente no cabe otra alternativa, Waters demora la revelación en una sucesión de hechos y reflexiones que no pierden el ritmo ni la riqueza del estilo, pero que perfectamente podrían haber sido narradas con mayor economía. Le habría hecho muy bien a una novela de casi quinientas páginas, aunque no por ello pierde interés.

Sarah Waters. Editorial Anagrama, Barcelona, 2004. 496 páginas.

Tras las huellas de Simenon

Artículo publicado en la «Revista de Libros» del diario El Mercurio, sábado 11 de enero de 2003

Con el pulso seguro y el olfato imbatible para estructurar historias atractivas, en 1931 la multitud de seudónimos dio paso al nombre real de Georges Simenon, quien toma de la mano al personaje que lo haría famoso: el comisario Maigret.

simenon 2

Simenon nació en Lieja, Bélgica, en un medio sumamente modesto. Su padre, empleado de una compañía de seguros, se sentía satisfecho en ese lugar, y, con sus hijos, sus vecinos, su pipa y su diario, era feliz. Su madre, en cambio, era todo lo contrario: insatisfecha, angustiada, inestable, insegura respecto de su posición social, introdujo una tensión en el hogar que acompañó a Simenon toda su vida. Y, entre sus dos hijos, Georges y Christian, eligió al segundo: Georges es tu hijo, le decía a su marido, y Christian es el mío. Comprensiblemente, el hijo repudiado abandonó tempranamente la casa paterna y sólo resolvió sus problemas con su madre tras la muerte de ésta, en uno de los escritos autobiográficos más descarnados que conoce la literatura (ver recuadro).

A los 16 años, el joven franco-belga abandonó la escuela e ingresó a trabajar como reportero de la Gaceta de Lieja, donde hizo sus primeras armas en un oficio que siempre reconoció como propio: siempre habló de los periodistas como de sus colegas y, de hecho, durante muchos años combinó la escritura de novelas con el ejercicio de la crónica y el reportaje.

25 libros por año

Se trasladó a París en 1923, a los veinte años, y empezó a colaborar con Le Matin. En los ocho años siguientes escribió no menos de 200 novelas, con distintos seudónimos. Hay quienes dicen que escribió, en realidad, más de mil, pero la bibliografía oficial – si cabe el término- recogida por Claude Menguy y Pierre Deligny en el lujoso volumen de homenaje que editó el Fondo Simenon en 1993 a propósito de la exposición Tout Simenon, reconoce 431 títulos, incluidos tanto los firmados con seudónimo como los que asumió bajo su nombre propio, y de todos los géneros, novelas, crónicas, diarios y memorias.

Novelitas baratas, historias de amor, de sexo, de crimen, de pasión, de aventuras, que tenían como objetivo básico ganar dinero. Literatura estrictamente alimentaria, que, sin embargo, fue educando el estilo, la sensibilidad y la capacidad para mirar y aprehender la realidad de uno de los grandes escritores del siglo XX. “Yo era un fabricante, un artesano -señaló- y trabajaba ocho horas diarias de acuerdo al cálculo de que podía escribir a máquina veinticuatro páginas en ese lapso, de manera que necesitaba sólo tres días para una novela de aventuras de diez mil líneas y seis días para una novela de amor de veinte mil líneas”. Sobre esa base fijaba sus honorarios.

Jean du Perry, Georges Simm o Sim, Jean Dorsage, Georges-Martin Georges, Christian Brulls, G. Violis, Gaston Viallis, Gom Gut, Luc Dorsan, eran los principales seudónimos mediante los cuales publicaba títulos como Aquella que amé, Lili tristeza, Amar, morir, Los piratas de Texas, ¡Demasiado bella para él!, El Rey del Pacífico, El monstruo blanco de la Tierra del Fuego, Víctima de su hijo, La isla de los malditos, Un señor libidinoso, en diferentes editoriales y colecciones populares de muy bajo costo.

simenon 4Así también alimentó el mito Simenon. García Márquez, en la introducción a la serie Maigret editada por Tusquets, escribe que Simenon, en la década de los cincuenta, era ya un autor legendario, aunque no tanto por sus libros como por el modo de escribirlos, y por su fecundidad casi irracional. Se decía que terminaba uno cada sábado, que había escrito varios dentro de la vitrina de la editorial para que los peatones pudieran dar fe de la rapidez de su maestría, o que estaba dándole la vuelta al mundo en un yate para aumentar su rendimiento a uno por día.

Literatura también de aprendizaje: en una carta a André Gide, Simenon señaló que había decidido comenzar por obras semi literarias, tanto para vivir de ellas como para aprender a escribir y a aprehender la vida. No tienen más mérito, entonces, que haberle dejado a su autor la capacidad de estructurar rápidamente un relato o de realizar un perfil psicológico.

Y en 1931, con la experiencia acumulada, el pulso seguro y el olfato imbatible para estructurar historias atractivas, la multitud de seudónimos dio paso a Georges Simenon, de la mano del personaje que lo haría universalmente famoso, el comisario Maigret. Paralelamente, Simenon se dedicó a viajar y a escribir reportajes, que reunió en varios volúmenes que hacen notar más aún la destreza alcanzada para captar ambientes y retratar tan certera como rápidamente a sus personajes, que, en el caso de las crónicas, son reales.

Pero volvamos al comisario Maigret. No por firmar con su nombre disminuyó Simenon el ritmo febril de su escritura: en 1931, el editor Arthème Fayard publicó nueve novelas del célebre comisario. Con él Simenon tocó una tecla muy honda en la sensibilidad francesa. Este hombretón grueso, de rostro inexpresivo, permanentemente refugiado tras una humeante pipa, que desayuna pastis u otros alcoholes, casado y sin hijos, que vive en un departamento en la ribera derecha del Sena, en la muy tradicional Place des Vosges, es francés y parisino hasta la médula; y su particular mirada sobre el ejercicio de la justicia, que une la implacable persecución de los criminales con la capacidad de entender las debilidades y flaquezas de los hombres y mujeres que la pesquisa policial pone ante sí, cautivó a los lectores y catapultó a Simenon a la fama.

simenon 5El mismo Simenon, en un texto destinado a un productor cinematográfico, describió a Maigret como alguien que odia la maldad deliberada, odia a los hombres que impregnan el mal de sangre fría, y se muestra feroz con la hipocresía. Por el contrario, es indulgente para con las faltas que son fruto de las debilidades de la naturaleza humana. Un joven o una joven que van por mal camino le inspiran no sólo piedad, sino irritación contra su suerte o contra la organización social que está en el origen de esa mala orientación.

No es extraño entonces que en la turbulenta década de los treinta, cuando arreciaban los vientos de guerra y las amenazas totalitarias, este comisario, tan implacable como compasivo, ganara el favor de los lectores. Aunque ello ocurrió más bien hacia la mitad de la década, cuando Simenon y Maigret pasaron de Fayard a Gallimard, una editorial con bien ganado prestigio en el ámbito de la cultura, y, posteriormente, a Presses de la Cité.

Un comisario bonachón

La saga de Maigret creció hasta totalizar 76 novelas, y el comisario pasó rápidamente a la historia del cine. La noche de la encrucijada, dirigida por Jean Renoir, se estrenó en 1932. Desconocidos en casa, de 1992, con Jean-Paul Belmondo, es la última película hasta la fecha basada en una obra de Simenon.

El comisario tiene otra particularidad. Dentro del género policial, la mayor parte de los protagonistas son detectives privados, desde Sherlock Holmes a Phillip Marlowe, desde Sam Spade a Hércules Poirot, pasando por el detective Heredia creado por Ramón Díaz Eterovic; y, consecuentemente, siempre van un paso más adelante que la policía. Es cierto que la tendencia se ha revertido en los últimos años: los comisarios Montalbano, de Andrea Camilieri, y Michael Ohayon, creado por la israelí Batya Gur, más el inspector Kurt Wallander, del sueco Henning Mankell, han devuelto – en la ficción, a lo menos- la capacidad de resolver crímenes a la policía. De todos ellos, por supuesto, Maigret es el padre, por más que se diferencien en estilos de vida y contextura física, y lo es por combinar de la mejor manera el celo investigativo con la capacidad de entender, que es lo que quiere, siempre, Maigret.

portada_el-hombre-que-miraba-pasar-los-trenes-fab_georges-simenon_201602290258Mientras crecía la serie del comisario, Simenon comenzó a escribir novelas que distan tanto de la narrativa policial como de las novelitas de sus comienzos. Y en ellas dio paso a una indagación sobre la condición humana más honda, más conflictiva, más dolorosa y, con mucha frecuencia, más sórdida. Son las novelas que está editando Tusquets -que está llevando adelante la edición de sus obras completas- en la colección Andanzas. Simenon, en una carta a André Gide, aseguró que recién a los cuarenta años publicaría su primera novela de verdad. Quizá seguía considerando a Maigret como una prolongación – más digna, por supuesto- de la literatura alimentaria que escribió a granel, y la serie que inauguró con El hombre que miraba pasar los trenes era, para él, narrativa de verdad.

Lo cierto es que estas novelas muestran otra dimensión del narrador: un hombre más escéptico, más amargo y más complejo que quien está detrás del comisario. Porque el policía es, en definitiva, un hombre bonachón, comprensivo y hasta cariñoso en su parquedad; pero los protagonistas de sus novelas no policiales -con frecuencia enredados también en crímenes- son la otra cara de la medalla, personajes que muestran la miseria humana, los egoísmos y la dureza de vidas que no encuentran su destino. En ellas destacan, sobre todo, su capacidad para crear personajes y escenarios, con trazos simples y escritura directa, que se unen a tramas siempre bien delineadas.

Las novelas no son mejores ni peores que los relatos de Maigret; son distintas, y revelan, por contraste, la excepcional capacidad de Simenon para crear mundos y desarrollar historias. Y aquí está, quizá, la razón que ha hecho de Simenon un autor universal, que, para muchos lectores y críticos, debería haber recibido el Premio Nobel de Literatura. Más allá de Maigret, se alza como un novelista tan profundo como obsesivo, que mostró el mapa íntimo de Francia como muy pocos otros escritores. Pero no hay que restarle mérito tampoco al comisario, un personaje que es parte de la historia de la literatura por derecho propio.

Otra vertiente fecunda: Los escritos autobiográficos

Simenon 6La tercera – y también monumental- vertiente de la escritura de Simenon son sus escritos autobiográficos. Su madre murió en 1970 tras una semana de agonía, durante la cual su hijo novelista la acompañó todo el tiempo. Si no habían sido cercanos cuando era niño, más extraños se habían hecho durante la vida adulta del escritor. De ahí que no extrañe la frase que dijo la madre cuando vio a Simenon: “¿Por qué has venido, Georges?” Tal como lo relata Simenon en su Carta a mi madre, escrita un año después de su muerte, en esa pregunta está quizá la explicación de la vida de su madre, marcada por la desconfianza y la inseguridad, y una clave de la tormentosa relación que mantuvieron desde siempre. Realizar el ejercicio catártico de escribir aquel libro, donde indagó con precisión quirúrgica en la historia de su madre y de sí mismo, tuvo otra consecuencia: Simenon dejó por completo la narrativa y se concentró en la escritura autobiográfica. En 1973, escribió: “¡Soy yo mismo, por fin! ¿Escribir todavía? No lo sé”. Continuó escribiendo sucesivos tomos de lo que llamó sus Dictados, mezcla de diario, memorias y reflexiones, hasta culminar con sus Memorias íntimas, que se extienden por cerca de mil quinientas páginas. Esa nueva obsesión, su propia vida, sus sucesivos matrimonios (institución en la que no creía, y de ello da prueba su cuenta de infinitas aventuras amatorias), el suicidio de su hija y todo aquello que vivió, miró, comparó y apreció, copó sus últimos años y dejó, finalmente, un testimonio del siglo que ya pasó, un testimonio apasionado, conflictivo e iluminador.

José María Arguedas y los hermanos Parra

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En 1968, aquejado por lo que él llama “una dolencia psíquica contraída en la infancia”, que cuando hace crisis lo paraliza y lo empuja al suicidio, el escritor peruano José María Arguedas emprendió la escritura de su última novela, El zorro de arriba y el zorro de abajo, puntuada por cuatro diarios, diarios con los que combate, otra vez, es impulso a quitarse la vida para aliviar la angustia y el sufrimiento. Arguedas está en Santiago de Chile, recuerda episodios de su vida y a los escritores que conoció, como Rulfo (“¿Quién ha cargado la palabra como tú, Juan, de todo el peso de padeceres, de conciencias, de santa lujuria, de hombría, de todo lo que en la criatura humana hay de ceniza, de piedra, de agua, de pudridez violenta por parir y cantar, como tú?”), Carpentier (“lo sentía como un europeo muy ilustre que hablaba castellano. Muy ilustre, de esos ilustres que aprecian lo indígena americano, medidamente. Dispénseme, don Alejo; no es que me caiga usted muy pesado”), Lezama Lima (“Lo vi comer en La Habana como a un injerto de picaflor con hipopótamo. Abría la boca; se rociaba líquido antiasmático en la laringe y seguía comiendo. ¡Gordo fabuloso, Cuba que ha devorado y transfigurado la miel y la hiel de Europa!”) y muchos otros. Son páginas conmovedoras, potentes, implacables, de una lucidez que a ratos espanta. También habla de los Parra, de Nicanor y de Roberto, en cuya casa de La Reina alojó en 1962.

TapaPienso en este momento en Nicanor Parra, ¡cuánta sabiduría, cuánta ternura y escepticismo y una fuerte coraza de protección que deja entrar todo pero filtrando, y una especie no de vanidad sino de herida abierta para las opiniones negativas de su obra! ¡Qué modo increíble de ponerse amargo e iracundo por esas cosas! En la ciudad, amigos, en la ciudad yo no he querido creo que a nadie más que a Nicanor ni me he extraviado más de alguien que de él. Pero, ¿por qué tengo que decir estas cosas de Nicanor? Mucha ciudad tenía adentro o tiene adentro ese caballero tan mezclado y nacido en pueblo, el más inteligente de cuantos he conocido en las ciudades. ¡Lo que hablaba, sabía y no sabía o no sabe de las mujeres! Su hermano Roberto fue mucho más hermano mío que de él; ¡claro!, porque mi trato con Roberto era todo por el lado bueno. Dispensen que diga que este Roberto se había atacado para siempre de ternura en cientos de los más pobres prostíbulos de Chile donde cantaba y tocaba guitarra, mientras que yo me hice igual a él en los ayllus de Ayacucho, entre las indias que sufrían y cantaban como picaflores que van al sol, lo beben y vuelven. En el mismo cuarto dormíamos, Roberto y yo, en casa de Nicanor, en La Reina, cuando vine enfermo en 1962. Otra vez usaré de la misma cantaleta; pues sí, para mí Roberto era como un Felipe Maywa, más joven, más accesible. Porque mientras que Roberto hablaba con voz de persona resignada, con poco porvenir, bastante triste y muy anheloso de estimación, don Felipe me acariciaba en San Juan de Lucanas, como a un becerro sin madre y él tenía la presencia de un indio que sabe, por largo aprendizaje y herencia, la naturaleza de las montañas inmensísimas, su lenguaje y el de los insectos, cascadas y ríos, chicos y grandes; y si bien era “ lacayo” de mi madrastra, o a veces creo que vaquero, se presentaba ante ella como quien puede dispensar protección, como quien de hecho está procurando protección, a pesar de ser sirviente. Todo el porvenir mío y el de mi madrastra, que era patrona de don Felipe, parecía  depender de don Felipe Maywa. Así me parecía, no sé por qué; debía ser por algo. Y cuando este hombre me acariciaba la cabeza, en la cocina o en el corral de los becerros, no sólo se calmaban todas mis intranquilidades sino que me sentía con ánimo para vencer a cualquier clase de enemigos, ya fueran demonios o condenados. Y yo era muy tranquilo; estaba solo entre los domésticos indios, frente a las inmensas montañas y abismos de los Andes donde los árboles y flores lastiman con una belleza en que la soledad y silencio del mundo se concentran. Este Roberto, hermano de Nicanor Parra, cantaba con otro tipo de soledad,  aunque algo parecida; rasgaba la guitarra en cuecas como desesperadas, de alegría más ansiada que disfrutada. Por eso fuimos tan amigos en La Reina. Me hablaba de un amigo suyo que se había quedado sentado sobre una piedra, con el ojo todo colorado, esperando. ¡Qué estupenda era la vida con Nicanor y Roberto Parra! ¡Cómo han bebido el jugo, tan distintos y diversos jugos del mundo, estos hermanos! Charlaba con Roberto en un estado de confianza, amigos, que es una de las formas más raras de ser feliz. Me contaba cosas de los prostíbulos y yo, cuentos de animales y condenados, que es mi fuerte. Roberto se emborracha hasta la agonía; yo me enfermo de la soledad e ilusión quizá patológicas, y “por puro gusto”, porque soy amado por buena y bella gente, como mi mujer por ejemplo. Pero algo nos hicieron cuando más indefensos éramos; yo recuerdo muchas cosas, pero dicen que más peligrosas son aquellas de las que no nos acordamos. Así será.

colofón uno

colofón dos

Alfabeto

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 30 de abril de 2016

AlfabetoLa poeta danesa Inger Christensen, de larga trayectoria y múltiples reconocimientos en el ámbito nórdico, publicó Alfabeto en 1981. Prontamente fue saludado como una de las obras cumbre de la poesía del siglo XX; y gracias a Sexto Piso, los lectores en español tenemos acceso, por primera vez, a este trabajo, en una elegante edición bilingüe. La fecha de la edición original es importante: en plena Guerra Fría y cuando aún estaba vigente la tesis de la “Destrucción mutua asegurada” respecto del armamento nuclear, Hiroshima, Nagasaki y los distintos tipos de bombas atómicas, como la de cobalto, “cuyo período de semidesintegración / garantiza un efecto /extremadamente dañino”, tienen una cierta presencia en un libro que repite un motivo, una cadencia, sobre la base de la palabra “existe”: existe lo que nombra la autora, plantas, aves, animales, seres mitológicos, los alfabetos, los defoliantes, los susurros, las cuevas, las glaciaciones, “cigarras, cedros, cipreses, cerebelos”, “los poemas, los días, la muerte”.Ese canto a la existencia, ordenado tanto alfabéticamente como según la secuencia de Fibonacci, es decir, el número de versos correspondiente a cada letra es la suma de los dos precedentes, fluye con una libertad y respeto por el azar que potencia esa estructura aparentemente rígida.

Las cosas que nombra existen, como existe la bomba de cobalto, como existe el amor “tan desmemoriado como tu mano acogida como un pajarillo / en la mía, y la muerte imposible de recordar”; como existe, o existía, puesto que murió en 2009, la voz que entrelaza los versos y que en ese recorrido por las cosas deja entrever su yo más íntimo, que, en lugar de hacer preguntas, mira; en lugar de describir, nombra; en lugar de preferir un relato lineal, sigue círculos concéntricos, espirales y líneas de fuga que también, al final, interrogan al mundo e indagan por el lugar que ocupamos en él. No hay que saber danés para advertir la calidad de la traducción de Francisco Uriz, quien lleva más de 30 años en ello. Hay una cadencia que se siente genuina, como un río de mercurio que se escurre por los intersticios de la estructura, que tiene momentos de un lirismo brillante -“el hielo idéntico a la luz, y en lo más hondo / de la luz glacial la nada, viva, intensa, / como tu mirada a través de la lluvia”- al lado de otros en donde el inicial realismo cede el paso a la interrogación sobre la muerte, a que quizá has olvidado que vas a morir, y notas qué buena vista hay desde la colina que subiste, de todo aquello que se constituye en la materialidad de la existencia, en lo que nos rodea, en lo que está bajo amenaza, en un mundo donde estamos de paso.

Inger Christensen. Sexto Piso, Madrid, 2015. 190 páginas.

Vida de Rousseau

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 18 de junio de 2016

SoquiTal como señala la traductora y autora del prólogo, Socorro Giménez, la edición de este libro se justifica más por quién la escribió que por el personaje. Hay biografías más completas, una enorme cantidad de aproximaciones teóricas a su obra y está, cómo no, el texto autobiográfico que él escribió, Las confesiones, publicado póstumamente, muy revelador, pero también manipulador. Es uno de los principales filósofos y, diríamos hoy, intelectuales del siglo XVIII, aunque su legado sea profundamente contradictorio, a tal punto que admite muchas etiquetas y distintas valoraciones. Una de ellas es la que resalta esta semblanza biográfica escrita por Mary Shelley: su profunda influencia entre los liberales ingleses; entre ellos, su madre, Mary Wollstonecraft, autora de Vindicación de los derechos de la mujer, uno de los primeros textos que reivindica la igualdad de género, y su padre, William Godwin, filósofo que compartió con su hija la lectura entusiasta de los libros de Rousseau. Ello prueba, señala Giménez, que el filósofo francés fue un compañero intelectual a lo largo de la vida de la autora, desde mucho antes de que comenzara a escribir biografías para una enciclopedia.

De ahí el valor de este ensayo biográfico, seguido por un texto escrito mucho antes, el Retrato de Madame d’Houdetot, la mujer de la que Rousseau se enamoró perdidamente. Estos textos -y otros que han sido recuperados en el ámbito anglosajón- muestran la faceta de editora, ensayista y articulista de una mujer mucho más recordada por una obra que pronto se instaló como uno de los grandes mitos de la modernidad, Frankenstein o el moderno Prometeo, que Mary escribió a los 19 años y que remonta su origen al verano de 1815, cuando las cenizas volcánicas del monte Tambora cubrieron los cielos del hemisferio norte y velaron la llegada del verano. En ese falso invierno, Mary, los poetas Byron y Shelley, John Polidori y otros invitados estaban en el lago Lemán, cerca de la ciudad natal de Rousseau, y esa reunión alimentó la creación de dos potentes arquetipos, el hombre hecho de retazos de hombre y el vampiro. Mary Shelley tuvo una biografía atormentada, pero nunca dejó de trabajar y de escribir, con lo que se ganó un lugar en la escena intelectual inglesa y, aunque nunca escribió directamente a favor de los derechos de las mujeres, como su madre, sí está esa huella que manifiesta una postura feminista evidente en textos como los que presenta este libro, textos educativos, destinados a la clase media, y por lo mismo más interesantes y reveladores de cómo, poco a poco, han ido cambiando la valoración y el papel de las mujeres en la sociedad.

Mary Shelley. Ediciones UDP, Santiago, 2015. 148 páginas.

Los otros son más felices

Reseña publicada en el suplemento «Babelia» del diario El País, 28 de enero de 2012

freixasNarrativa. Cuarta novela de Laura Freixas, Los otros son más felices es un recorrido que tiene, según indicó la autora, una raíz biográfica; ella procede de dos familias, una de “la burguesía catalana y otra de clase baja castellana”, y la novela lleva a cabo un minucioso retrato de ambos microcosmos. Quien hace de puente es Áurea, una mujer que en sus cuarenta se encuentra en Londres con una antigua conocida y se ponen largamente al día, pero el lector sólo accede a la voz de Áurea, en una curiosa torsión estilística a la que se le encuentra rápido el tranquillo. Áurea, pues, hace un doble recuento, el de su relación con los catalanes Soley, a quienes visita por primera vez en su adolescencia, y el de su familia manchega tanto en La Era, su pueblo de origen, como en Madrid. Como se trata de la reproducción de un diálogo, la memoria fluye de manera discontinua y los distintos temas se van entrelazando en el relato, que tanto se desplaza en el tiempo como en el espacio; y en todas las líneas se verifica un doble juego de descubrimientos y encubrimientos. En toda familia hay secretos y versiones de la realidad que hacen más tolerable o embellecen un pasado oscuro, vergonzante o simplemente anodino; esos secretos salen a la luz de manera gradual, aunque la necesidad de suspenso e intriga tiende a acumular los hallazgos en los capítulos finales del libro. Los otros son más felices abunda, además, en reflexiones sobre el arte -Áurea es pintora y varios otros personajes importantes también- y en descripciones riquísimas en detalles y matices de los cielos, la luz, el color y la textura de los paisajes de Londres, La Mancha, Madrid y la costa mediterránea. La primera parte añade el interés adicional de capturar el pulso de la vida cotidiana en los años de la transición a la democracia en España. Es también la mejor tramada; ese primer encuentro de Áurea con los Soley, que tan importante fue para ella, es el que mejor se ancla en la memoria. El resto se ve perjudicado a ratos por el exceso de digresiones y la creciente sensación de que ya pasó lo realmente importante. Hay que destacar la obstinación de la mirada de Áurea, que madura y reconstruye su identidad casi a pesar de su pasado; y en ese trabajo de buscar, mirar y decidir con autonomía está la línea secreta que anima un relato maduro y cuidado, donde descubrir al otro -a ese otro que solemos presumir más feliz- es, ante todo, descubrirse a uno mismo.

Los otros son más felices
Laura Freixas
Destino, Barcelona, 2011
255 páginas, 17.50 euros

El libro contra la muerte

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 17 de junio de 2017

canettiLa obra entera de Elias Canetti, Nobel de Literatura en 1981, es una de esas catedrales enormes que, aunque el autor murió en 1994, siguen edificándose: parte de su legado se hizo público en 2004, pero para acceder a sus diarios, a sus cartas y a una ingente cantidad de material inédito, 104 cajas repletas de manuscritos, habrá que esperar hasta 2024. Quizá entonces el presente libro, que ya es póstumo, merezca importantes modificaciones y agregados. Es un libro sobre el que Canetti escribió muchísimo, pero que nunca organizó. Solo hacia 1970 mencionó una posible estructura. Y, al revés de otro de sus libros clave, Masa y poder, no quiso que fuera un desarrollo ordenado de sus ideas, sino una colección de fragmentos que colisionan entre sí. Él lo expresó de la mejor manera: “Solo en sus frases dispersas y contradictorias consigue el hombre recogerse, ser un todo sin perder lo más importante, repetirse, respirarse, enterarse de sus gestos, fundamentar su acento, ensayar sus máscaras, temer sus verdades, convertir sus mentiras en vapor de verdades, encolerizarse para la muerte y desaparecer rejuvenecido”. A pesar de su obsesión contra la muerte, desde que vio morir a su padre de un infarto cuando él tenía 7 años; a pesar de su constante reflexión sobre el posible libro, nunca escribió la primera línea, como indica Peter von Matt en el postfacio. Pero sí sembró su obra de aforismos, reflexiones, microhistorias, citas, referencias literarias, materiales diversos que, para citar una vez más a Matt, “no sabemos cómo se habrían integrado” en la obra que Canetti rumió a lo largo de su vida.

Este libro -un impresionante trabajo, desde luego- recoge cronológicamente los apuntes y fragmentos sobre la muerte, tanto en la obra publicada por Canetti en vida como en los materiales inéditos disponibles, cribados y vueltos a cribar para evitar repeticiones, por ejemplo, pero también para mostrar cómo Canetti volvía a formular, de una manera, antiguas ideas. El resultado es formidable. Si hay alguien que pensó a fondo, en todas sus variables, en el modo en que la muerte nos interroga y a la vez da forma a nuestro destino individual y colectivo, es Canetti. De su rabia contra la muerte, de su afán de vencerla -que sabía vano, pero no por ello renunciaba a él- surge un incesante chisporroteo de intuiciones y reflexiones que no agotan su sentido y que invitan a volver, una y otra vez, a acompañarlo en la desesperación y la ira, en la sensación de que tal vez “esta vida sería menos mala si no fuera arbitrariamente cortada y desgarrada”.

Elias Canetti. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2017. 390 páginas.

La ternura de los monstruos

Reseña publicada en el suplemento «Babelia» del diario El País, 21 de abril de 2012

La mujer de sombra
Luisgé Martín
Anagrama, Barcelona, 2012
228 páginas, 16,90 euros

la mujer de sombraNARRATIVA. La mayoría de los personajes de esta novela tiene dos nombres: Antonio, en realidad, es Segismundo; Olivia fue bautizada como Nicole; Julia usa el nick de Marcia. Solo Eusebio, el protagonista, se mantiene fiel al suyo, aunque también en cierto tipo de chats asume una variada gama de falsas identidades. El dato es un indicio de lo que viene: una novela que se teje y desteje en torno a la doble vida de los protagonistas y a la tesis implícita de que toda persona tiene un lado irreconocible, impenetrable, diferente. Eusebio intenta probarlo cuando contrata a un detective para que investigue a seis de sus conocidos. No le interesan cuestiones banales, como un adulterio, sino “más siniestras, más sórdidas, más escandalosas”: “Incesto, proxenetismo, estafa, violación, secuestro, chantaje, asesinato”. Es que Eusebio, un hombre rico que no necesita trabajar y alimenta una recalcitrante soltería que le permite mantener varias parejas, ha dado, pareciera, con la horma de su zapato: se ha enamorado de una mujer -Julia / Marcia”- y ella le corresponde, pero él es dueño de un secreto que desmiente radicalmente tanto el modo en que se relacionan como la imagen que Julia le ofrece, la amante solícita y plena de ternura, la mujer convencional que quiere su fiesta de matrimonio. Lo inconfesable acá no es el secreto de Julia / Marcia, sino el hecho de que Eusebio lo sepa. “Yo creo que la verdad es muchas veces perniciosa”, dice ella, cuando Eusebio trata de forzar confesiones radicales entre ambos; y este último, cuando intenta fundir en una sola las dos caras de la mujer que ama, se interna en un tortuoso recorrido por los abismos del deseo y del ejercicio del sexo duro. Lo que quiere Eusebio es “saber cómo se comportan a la luz del día los seres aberrantes, cómo se disfrazan. Ver la bondad de los vampiros y la ternura de los monstruos”. Es interesante el desafío narrativo de llevar al límite esa tensión entre saber y confidencia, entre conocer el lado oscuro del otro y no poder revelarlo hasta que el otro quiera, pero el claro desequilibrio en el tratamiento de ambos personajes afecta a la progresión del relato. Y, en general, falta un elemento de contraste que establezca un contrapunto con la escalada de perversiones y secretos; a pesar de su crudez y su vocación transgresora, pierden relieve porque no tienen un fondo distinto sobre el que recortarse.