El tabaco que fumaba Plinio

Reseña publicada en la revista Caras, 28 de febrero de 2003

PlinioRecién comienza a circular por nuestras librerías esta antología de la traducción de textos al español, desde cartas hebreas del Siglo X hasta la última página del Ulises de Joyce, traducida por Borges, con voceo incluido. Las autoras escribieron un prólogo y una introducción a cada uno de los textos citados, que conforman un panorama tan entretenido como estimulante.

La tesis de Catelli y Gargatagli es que ha habido históricamente una doble exclusión. La primera segrega la cultura española de la cultura occidental, a lo menos a partir del siglo XVIII, salvo un breve interludio en el siglo XX (Cuando Auerbach o Vossler hablaban de Garcilaso, Góngora u Ortega). Como dicen irónicamente las autoras, “La cultura, la literatura y la tradición españolas desaparecieron, sencillamente, del panteón de las esencias occidentales”. Esta exclusión corre paralela con la operación de escamoteo que España llevó a cabo en América, sin hacerse cargo realmente de su encuentro con las culturas de este lado del Atlántico: “La cultura española aparece, desde el punto de vista de la traducción, como una especie de bisagra entre dos mundos que sucesivamente la rechazan o que ella rechaza: Occidente y América”.

En este contexto se ubican algunos nombres clave en la historia de la doble exclusión, como el del franciscano Diego de Landa, que quemó en la hoguera centenares de códices mayas, “porque no tenían cosa en que no hubiese superstición y falsedades del demonio”; pero, antes de quemarlos, se los hizo traducir, y sobre esa información escribió su Relación de las cosas del Yucatán. Dicen Catelli y Gargatagli: “Esa demora, dilación o tardanza entre el hallazgo de los códices y su destrucción; esos días efímeros en que Landa y los informantes -todos juntos- leían, traducían y escribían, no impidieron que los originales fueran destruidos”. Landa introduce una mediación obligatoria entre la cultura maya y la cultura española, esa bisagra que no es de ninguna parte. No hay que extrañarse, entonces, de que su libro fuera publicado por primera vez recién en 1864, en una editorial francesa, y tampoco hay que sorprenderse de que la obra de Guamán Poma (escrita en 1615) se diera a conocer en Londres en 1912, casi tres siglos después. El breve fragmento que publican las autoras abre el apetito para leer completo “este impresionante, conmovedor y voluminoso artefacto (historia, crónica, sermón, genealogía de los incas desde el Arca de Noé, carta al rey de España, inversión fallida de los argumentos en contra de la conquista del Perú, documento de la propaganda barroca)”.

En suma, este libro es un excelente estímulo para que los no especialistas avancemos en el conocimiento de lo que está tan cerca de nosotros, la riqueza del patrimonio cultural anclado en ambas orillas del Atlántico. Está lleno de historias notables, como, por ejemplo, que en 1422, cuando arreciaba la persecución de los judíos en España, un noble de Calatrava, Luis de Guzmán, encargó a1 judío Mose Arragel de Guadalajara “que traduzca y glose en castellano la Biblia”. Mose, con toda razón, trato de evadir el encargo, pero Guzmán insistió con argumentos difícilmente refutables. Mose empleó 12 años en la tarea, que le habría asegurado un lugar indiscutible en la historia de la lengua castellana, pero la Inquisición ocultó el manuscrito. Lo heredó el conde duque de Olivares, del linaje de los Guzmán, “de cuyas manos pasó a la familia Alba, uno de cuyos miembros la hizo publicar por primera vez en 1922”.

Así, a retazos, con recortes, con increíbles dilaciones, se ha ido construyendo lentamente un corpus lingüístico que sigue siendo mestizo, mezclado, esa bisagra que no es de aquí ni es de allá, pero que tiene una especificidad que hay que reconocer.

El tabaco que fumaba Plinio. Escenas de la traducción en España y América: relatos, leyes y reflexiones sobre los otros, Nora Catelli y Marietta Gargatagli. Ediciones El Serbal, Barcelona, 1998. 446 páginas.

El sueño eterno

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 10 de julio de2004

sueño eternoEs un real placer leer a Raymond Chandler, uno de los fundadores de la novela negra, en buenas ediciones y mejores traducciones pensadas para el amplio público iberoamericano y no sólo para los españoles. Quizá la traducción de modismos por palabras del léxico tradicional le quite algún matiz al relato, pero, en definitiva, lo deja apropiado para la lectura de cualquier hispanohablante, sin toparse a cada minuto con “napia”, “bofia” y otros tantos localismos equivalentes a tropezones en la calle, que incitan a usar el libro para encender la chimenea.

El sueño eterno, editado por la editorial argentina Emecé, es la primera novela de Chandler, un clásico por donde se lo mire, publicada originalmente en 1939. También hizo su debut mundial Philip Marlowe, el prototipo del detective privado duro e incorruptible, solo y amargo, que arriesga su vida y se enfrenta al mundo por 25 dólares diarios, más gastos. Marlowe está muy lejos del prototipo del héroe consagrado por otra ancha tradición estadounidense, solitario también, pero unilateral en su perfil de defensor del bien y la justicia. Marlowe es un perdedor que vive al margen de la ley, que aplica métodos poco ortodoxos, que se enfrenta permanentemente a la policía y los jueces. No aspira a nada. No quiere nada. Tal vez, a estas alturas, el retrato suene repetido. El punto está es que Marlowe es el original, no la copia, y los libros de Chandler están considerados desde hace mucho tiempo como parte de la mejor narrativa estadounidense, lejos de la etiqueta de la novela negra y a una enorme distancia de las múltiples reencarnaciones, siempre menos afortunadas, de un personaje entrañable.

Chandler, Dashiell Hammet y otros que los siguieron pusieron también los cimientos de una narrativa que rompió decisivamente con el modelo de la novela policial vigente hasta su aparición, planteada más como un puzzle, un desafío lógico, un juego de pistas que desafía al lector a llegar a la meta antes que el protagonista. En estas novelas no importa tanto el puzzle, sino el registro implacable del crimen, la corrupción y la bajeza que muestran la cara más fea y podrida de la sociedad. De ahí la amargura de Marlowe, quien sabe que, por más que logre llegar hasta el fin de una determinada trama, a la vuelta de la esquina encontrará un caso todavía peor.

El argumento de esta novela es complejo, retorcido y cruel: un asesinato lleva a otro, y, cuando todo parecía resuelto, asoman nuevos elementos y más muertes jalonan el camino que Marlowe, con insigne porfía, se empeña en seguir. Howard Hawks dirigió la primera versión cinematográfica en 1946, con la pareja Bogart-Bacall en los papeles protagónicos; hay un remake de 1978 menos destacable, dirigido por Michael Winner, con Robert Mitchum y Sarah Miles.

PD: la foto de portada no corresponde a la edición que leí, pero espero que la traducción sea la misma. Tampoco tengo los datos editoriales.