Los afectos

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 2 de enero de 2016

Los-afectosEl novelista boliviano Rodrigo Hasbún aborda, en esta novela, la vida de una familia de inmigrantes alemanes que llegó en los años 50 a La Paz. Aclara, desde el inicio, que es una obra de ficción que en ningún caso pretende “ser un retrato fidedigno” de alguno de los miembros de la familia. Y sin duda que se trata de una obra de ficción, por la manera de desarrollar a los personajes y la alternancia de voces y tiempos verbales que recorre el texto. Ocurre que los Erlt no son cualquier familia. El padre fue el camarógrafo estrella de la cineasta Leni Riefenstahl, quien fue a su vez la gran retratista de los nazis; y su hija Monika, la principal protagonista del libro, una de las destacadas líderes del Ejército de Liberación Nacional que impulsó Guevara y continuaron los hermanos Inti y Coco Peredo.

Sin embargo, no hay acá una reconstrucción mitificadora de la guerrilla, que aparece recién en la segunda parte del libro. Tal como indica el título, el relato indaga mucho más en el tejido de relaciones en una familia, tanto entre ellos como con sus amigos, maridos (Hans Erlt tuvo tres hijas) y amantes. La alternancia de voces enriquece considerablemente el desarrollo, y más todavía cuando parece acercar el foco con algunos personajes y alejarlo en otros, como en el caso de Monika, una figura enigmática que resiste las lecturas fáciles y los clichés habituales en estos casos. Hasbún incluso se ríe de algunos de ellos, como aquel de que ser comunista es muy fácil para alguien que viene de una familia acomodada. Que ese tejido de relaciones se imbrique con la realidad social y política boliviana en las décadas de los 50 y los 60 le da un áspero contexto a la vida familiar, aunque, ya está dicho, la línea de la novela transcurre por los descubrimientos de la adolescencia y la juventud, por los impulsos de fuga de lo que te proporciona seguridad, por los sueños desbocados del padre y el hambre utópico de la hija, por las opciones de la soledad o de la seguridad. Y por ese camino una de las protagonistas escribe una frase reveladora: “No es cierto que la memoria sea un lugar seguro. Ahí también las cosas se desfiguran y se pierden. Ahí también terminamos alejándonos de la gente que más amamos”. Cuando solo queda la memoria, cuando hay otros que solo aparecen en los hitos del pasado, se puede comprobar asimismo que los afectos igual cambian, se degradan, se traicionan, o simplemente encuentran la profundidad irreversible del olvido. Hasbún, junto a Liliana Colanzi y Maximiliano Barrientos, representa a una nueva y muy viva generación narrativa de su país.

Rodrigo Hasbún. Literatura Random House, Barcelona, 2015. 140 páginas.

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La ola

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 20 de diciembre de 2014

La-olaSiete cuentos dan forma a este libro de la escritora boliviana Liliana Colanzi (1981). Algunos, como “Vacaciones permanentes”, habían aparecido en un libro previo que llevaba precisamente ese título. El contrapunto entre antiguo y nuevo es muy útil; ese relato es representativo de una escritura bien lograda, pero con un punto todavía de adolescencia en los temas escogidos y en el desarrollo de una trama que podría haber ocurrido en Santa Cruz (la ciudad natal de la autora), Nueva York o Talca: jóvenes perdidos en su camino hacia la madurez, relaciones quebradas, la intensidad dramática de decisiones que más tarde serán tenues hebras de humo en la memoria. Otros relatos -“Retrato de familia”, “El ojo”, “Meteorito”, “La ola”- escapan claramente de ese marco y despliegan historias bien logradas que demuestran una singular madurez en el tratamiento del relato breve.

El mayor logro de Colanzi radica en su modo de trabajar los finales. Hay, aunque a veces sea solo en las últimas líneas, una aceleración del ritmo y una intensificación del sentido que elevan la intensidad narrativa y de alguna manera transforman la narración en otra cosa, o en otro cuento; unas pocas líneas o un par de párrafos que actúan con un efecto bumerán y golpean la conciencia del lector desde ángulos inesperados. Historias familiares o campesinas, cuentos de taxistas, presencias sobrenaturales, frutas autóctonas, dejan ver también el origen de la autora y atisbos sobre la vida cotidiana en Santa Cruz, pero sin ningún afán localista. Al contrario, se nota en Colanzi su voluntad de escribir para todos, con historias que no se arraigan en el color local, sino en sensaciones y percepciones más universales, aunque recuerde, con especial gusto, el achachairú, “la fruta más deliciosa del mundo: por fuera es de un anaranjado violento y por dentro es carnosa, blanca, dulce, ligeramente ácida”. Esa nota de nostalgia funciona como un sello de origen que otorga una identidad más precisa a los relatos, así como cuando habla de los cambas o incorpora una construcción verbal tan propia del castellano de Bolivia, el “había sido”. A partir de ella, Colanzi modula una forma de imaginar, de construir ficciones, desde otro lugar de América Latina, cuyo mapa -gracias, en buena medida, a las editoriales pequeñas de catálogos más arriesgados- se ha enriquecido singularmente en los últimos años.

Liliana Colanzi. Montacerdos, Santiago, 2014. 125 páginas.