Me acuerdo

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 30 de junio de 2007

UN LIBRO DE CULTO

Me acuerdo PerecGeorges Perec es uno de los autores más singulares del siglo pasado. Autor de culto e incomprendido por muchos, que lo acusan de excesivo interés en la forma y desmedida vocación lúdica, el escritor francés influyó mucho más de lo que se piensa en las nuevas maneras de entender las fronteras de la narrativa. Durante 15 años fue autor de los crucigramas semanales de Le Point, escribió en los más diversos géneros y trabajó como archivero del laboratorio de investigación neurofísica del hospital Saint-Antoine. Hace algunos años, la editorial Gedisa publicó una selección de obras breves bajo el título Pensar/Clasificar, una síntesis del estilo de aproximación de Perec a la literatura: obras para armar, en la expresión de Cortázar, animadas por el afán de juego y de una cierta manera de reproducir el funcionamiento del azar, con los cruces, las coincidencias, las sorpresas y los giros inesperados.

Me acuerdo es un libro de culto, pero que hasta ahora no había sido traducido al español. Perec se inspiró en I remember, de Joe Brainard, y lo informa la misma lógica de dejar en libertad a la memoria para reconstruir, a través de fragmentos caprichosos, una época y una vida. El libro de Perec tiene 480 entradas, todas muy breves, donde pone en escena programas radiales, libros, deportistas, películas, juegos, expresiones, músicos, modas, lugares, diálogos, barcos, en fin, de todo lo que pueda surgir en el ejercicio de recordar. El resultado es fascinante, un mapa de época, una colección de estímulos, la cartografía de la materia prima de donde brota una obra literaria compleja y provocativa, aún no reconocida en todo su valor.

Me acuerdo fue publicado en 1978, cuatro años antes de la muerte de Perec. Y aunque muchas referencias son desconocidas para el lector contemporáneo (aunque ayudan las notas y el índice de materias), no es apremiante saber a qué se refiere el autor en cada entrada; lo importante es el valor del ejercicio, que reivindica la libertad creativa y estimula la participación del lector. En eso, Perec destaca sobre la mayoría de sus colegas. Es posible encontrar el libro en librerías como Ulises o Altamira.

Georges Perec. Editorial Berenice, Córdoba, 2006. 173 páginas.

Me acuerdo

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 31 de octubre de 2009

me-acuerdo-brainardJoe Brainard, artista plástico, murió en 1992 a los 52 años. Dejó atrás una interesantísima obra de collages, cuadros y montajes; además diseñó portadas de libros y discos, disfraces de teatro y escenografías, pero, curiosamente, debe buena parte de su fama a una serie de libros que comenzó a publicar a los 28 años bajo un mantra tan sencillo como reconocible y eficaz: “me acuerdo”. Al compás de esa fórmula de evocación recupera su biografía y también el espíritu de la época que le tocó vivir: su adolescencia en Tulsa, Oklahoma y su juventud en Nueva York. Pero, sin duda, Brainard pone el acento en el primer factor, su biografía, hecha de humores, hedores, deseos y vuelos sublimes, con alguna crudeza respecto de sus experiencias homosexuales y un aire de sinceridad que parece ser la clave de la permanencia de su libro en la memoria colectiva. Brainard trabaja desde el fragmento, el dato o la experiencia única, con libertad, sin orden, al ritmo que dicta la sola evocación. Y, con toda su brevedad y concisión, con su modo errático, descubre una manera de hablar de sí mismo que tiene resonancias universales. Paul Auster escribió que “con frases sencillas y contundentes, traza el mapa del alma humana y altera de forma permanente la manera en que miramos el mundo”. La reciente edición de Sexto Piso, primera en español, salda una deuda ya antigua con un texto que deberíamos haber conocido antes.

En 1982, 12 años después del primer Me acuerdo de Brainard, Georges Perec publicó los suyos y señaló que “el título, la forma y, en cierto modo, el espíritu de estos textos se basan en los I remember de Joe Brainard”. Sí, sólo en cierto modo, porque el de Perec apela más a la memoria colectiva que a la biografía, son más generacionales que personales. Sus Me acuerdo, dijo el mismo autor, “son pequeños pedazos de cotidianidad que fueron vividos y compartidos y luego olvidados. Sin embargo, de repente regresan, por azar o porque han sido buscados entre amigos una noche”, banales, mínimos, insignificantes, pero que, al recuperarlos, provocan “unos segundos de una impalpable y pequeña nostalgia”. Perec, capaz de escribir un libro sobre lo que se ve desde la mesa de un café parisino, no es, obviamente, un mero imitador y esta particular forma de evocación parece creada para él mismo, un artista del fragmento y el detalle que, sin embargo, conforman una obra de portentosa creatividad.

Georges Perec. Berenice, Córdoba, 2006. 173 páginas.

Joe Brainard. Sexto Piso, Ciudad de México, 2009. 146 páginas.

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La lista de Bolaño y Perec

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A pesar de sus radicales diferencias, hay una secreta hermandad entre el francés Georges Perec y el chileno Roberto Bolaño a la hora a abordar la construcción de ficciones.

1. Dos publicaciones recientes y una posta

Con las recientes ediciones de Los sinsabores del verdadero policía, de Roberto Bolaño, y de La cámara oscura, de Georges Perec, los vasos comunicantes entre la obra de ambos autores se hacen mucho más evidentes y queda más claro aún el sentido y la dirección del homenaje que el chileno le hizo al francés en «Un paseo por la literatura», contenido en Tres, pero también una notoria red de puntos de contacto entre muchas otras de las ficciones que construyeron en una suerte de posta; cuando Perec murió, en 1982, Bolaño tenía 27 años, ya era conocido como poeta y daba sus primeros pasos en la escritura de prosa, donde Perec, sin duda, fue uno de sus maestros.

2. Bolaño sueña con Perec

«Soñé que Georges Perec tenía tres años y visitaba mi casa. Lo abrazaba, lo besaba, le decía que era un niño precioso». Así empieza el citado poema en prosa de Bolaño, compuesto por 57 fragmentos numerados. Y salvo los párrafos que van del dos al seis, todos comienzan con la misma fórmula, «soñé»; y así como Perec está en el primero, también está en el último, algo más extenso: “Soñé que Georges Perec tenía tres años y lloraba desconsoladamente. Yo intentaba calmarlo. Lo tomaba en brazos, le compraba golosinas, libros para pintar. Luego nos íbamos al Paseo Marítimo de Nueva York y mientras él jugaba en el tobogán yo me decía a mí mismo: no sirvo para nada, pero serviré para cuidarte, nadie te hará daño, nadie intentará matarte. Después se ponía a llover y volvíamos tranquilamente a casa. ¿Pero dónde estaba nuestra casa?”.

«Un paseo…» es, sin duda, una compleja elaboración desarrollada en la vigilia, donde el soñar se inscribe más bien en lo que Bolaño entiende como poesía más que en la actividad onírica: «La poesía entra en el sueño / como un buzo muerto / en el ojo de Dios». La poesía, que también «entra en el sueño / como un buzo en un lago» es una inmersión creativa articulada desde la conciencia vigilante, pero que el poema comience y termine con la infancia de Perec, el hombre que no tuvo infancia porque le arrebataron a sus padres y construyó una obra en torno a esa ausencia, es indicio de una cuestión harto más programática que la simple admiración. Queda pendiente el ejercicio de construir la biblioteca de Bolaño a partir de los rastros que dejó en la poesía y en la ficción. También hay huellas en el ensayo y la escritura periodística, pero en esos géneros participaba más bien de las discusiones de su tiempo y tomaba partido; en cambio, en estos otros géneros, Bolaño asume de manera más directa el juego de las influencias y de los reconocimientos y en su particular paseo por la literatura, Perec está al comienzo y al final.

3. Perec entra en la cámara oscura

La cámara oscura de Perec es la transcripción de sueños tal y como el autor los recordaba al despertar, pasados por el tamiz de la escritura. Y aunque el ejercicio fue intenso y continuado, seis años después, cuando apareció La boutique obscure, Perec puso una cierta distancia con el libro, pero a la vez expuso un método que bien puede haber sido el de Bolaño con la única diferencia del punto de partida, la actividad onírica en cuanto tal y o la invención de lo soñado como acto poético:

“Así que mi experiencia de soñador se convirtió, de forma natural, en nada más que la experiencia de escribir: ni revelación de símbolos, ni ruptura del sentido, ni esclarecimiento de la verdad (aunque me parece que, muy en el fondo de aquellos textos, queda constancia del camino recorrido, de una búsqueda a tientas), sino el vértigo de poner lo que fuera en palabras, la fascinación de un texto que parecía producirse por sí solo”.

4. Trazas opacas y limpias a la vez

En Bolaño tampoco hay revelación de símbolos, por ejemplo, ni apelación a mitologías espurias, ni búsquedas ni rupturas del sentido; más bien, hay ausencia de sentido, el enfrentamiento puro y duro a una experiencia vital que se nutre del azar y desemboca en la oscura, sempiterna y anonadante presencia de la muerte.

Luego, Perec avanza aún más en la definición de su libro de sueños: “Ya casi no me acuerdo de que fueron sueños; no son ya más que textos, estrictos y turbios, enigmáticos para siempre, incluso para mí que no sé ya muy bien qué rostro asociar a qué iniciales, ni qué recuerdo diurno inspiró secretamente qué imagen desvaída, de la que las palabras impresas no volverán a dejar, ya fijadas para siempre, más que una traza opaca y limpia a la vez”.

Esos pares de palabras sirven también para describir la obra de Bolaño: estricta y turbia, de traza opaca y limpia a la vez, anclada en el enigma del recuerdo que no se puede reconstituir ya fuera de la escritura del autor, fuera del universo narrativo que aún, a siete años de su muerte, sigue añadiendo piezas al sólido tramado que lo contiene.

5. Una autobiografía nada convencional

El libro de Perec -sus propios textos «estrictos y turbios, enigmáticos para siempre»- se lee con tanta velocidad e interés como frágil es el tenue rastro de los sueños que queda al despertar. La gimnasia de Perec en el tiempo en que los guardaba enriqueció los detalles y ayudó a que se constituyeran en breves relatos autónomos y con valor en sí mismos, que conforman un capítulo más de esa autobiografía que desperdigó en múltiples lugares y con singulares estrategias: “He escrito fragmentos autobiográficos que siempre se desviaban. ¡No era: «He pensado tal o cual cosa», sino las ganas de escribir una historia de mis ropas o de mis gatos!, o relatos de sueños. Mi maestro en esto es una japonesa, Sei Shonagon, que escribió «Notas de cabecera» (la traducción de la editorial Adriana Hidalgo, única disponible en español, lo tituló «El libro de la almohada»), una recopilación de pensamientos sobre naderías, en fin, sobre las cascadas, los vestidos, las cosas que dan placer, las cosas que tienen una gracia refinada, las cosas sin valor, etc. Para mí ese es el verdadero realismo: apoyarse en una descripción de la realidad despojada de toda presunción”.

6. Del sueño a la estructura

Enrique Vila-Matas escribió, en un antiguo texto suyo sobre Bolaño, que «Una red impalpable de precarias galerías une el segundo bloque de Los detectives salvajes con las mil y una historias de La vida instrucciones de uso del ciudadano Perec». Según Ítalo Calvino, que compartió militancia con Perec en el OuLiPo (Ouvroir de littérature potentielle», que se traduce como “Taller de literatura potencial”), la novela mayor de Perec era «el último acontecimiento en la historia de la novela». A lo que agrega Vila-Matas, en otro texto: «De hecho, durante un largo tiempo La vida instrucciones de uso fue para muchos, en efecto, el último verdadero acontecimiento de la novela moderna. Después, vendría un gran libro de Roberto Bolaño, Los detectives salvajes, que recogía con extraordinaria osadía y talento el guante lanzado por Perec».

En una entrevista, Bolaño señaló lo siguiente: “No sé si lo dijo Borges. Tal vez fue Platón. O tal vez fue Georges Perec. Toda historia remite a otra historia que a su vez remite a otra historia que a su vez remite a otra historia”. Es bastante claro que esa afirmación, que muy probablemente pertenezca en realidad a Bolaño, describe muy bien el mecanismo de construcción narrativa que orienta ambas novelas: historias que pululan, que se reenvían, que siempre abren una ventana, una puerta, un túnel, un pasadizo, hacia otra historia, y luego hacia otra, y así sucesivamente. El milagro que ambos logran es que, pese a esa proliferación estructural, las obras tienen centro, línea y desarrollo.

7. Desesperación maniática

Enrique Vila-Matas también sostiene que «En el Bolaño de Los detectives salvajes hay algo de desesperación maniática». Lo dice en el contexto de un razonamiento tan riguroso como lúdico que busca establecer las afinidades y las diferencias entre su obra y la de Bolaño, de manera que no hay que interpretarlo literalmente (que es, en realidad, la peor manera de leer a Vila-Matas), pero la elección de las palabras es indicativa. Y aunque está comparando a Bolaño con Gadda y no menciona a Perec (como sí lo hace en otros textos), el latido de esa desesperación maniática sacude a los tres, a Bolaño, a Perec, a Vila-Matas, y arroja una pista certera que conduce a ese observador de la realidad que quería recoger todo lo que «generalmente no se anota, lo que no tiene importancia, lo que pasa cuando no pasa nada, salvo tiempo, gente, autos y nubes» (Perec y su Tentativa de agotar un lugar parisino) y ese otro escritor latinoamericano para quien la única manera de atrapar el caos circundante era realizando su minuciosa cartografía, un escritor que, Vila-Matas dice, «ve el mundo como un enredo, una maraña o un ovillo».

8. La lista (parcial) de las listas

Perec y Bolaño tienen un rasgo más en común, el uso de las listas como recurso narrativo, aunque de manera muy distinta. Si Bolaño en cierto sentido las enmascara o las incorpora de manera sutil al texto, Perec las explicita, se regodea en ellas, las estira hasta un punto en que dejan de ser listas y se convierten en maneras de enunciar el universo; pero, a veces, Bolaño las utiliza como parte del tramado narrativo, y de manera tan radical que se convierten en la espina dorsal del relato. De este modo, no sólo está el vínculo estructural, sino también esta manera de acopiar enumeraciones que al poco rato dejan de serlo y se convierten en artificios narrativos deslumbrantes.

La más vasta, de complejidad imposible, la lista de las listas en Bolaño, está compuesta por los asesinatos múltiples de mujeres en Santa Teresa, soporte central de «La parte de los crímenes» en 2666. No hay equivocación mayor, no hay lectura más errada, que aquella que adjudica monotonía e inútil repetición a «La parte de los crímenes»; en esa letanía salvaje está la cifra que permite entender la violencia latinoamericana. Pero también está el listado clasificatorio de poetas en Los detectives salvajes, que también aparece, con algunas modificaciones, en Los sinsabores del verdadero policía; en este último libro, la lista de cosas que Amalfitano ha hecho en su vida, un modelo de autobiografía que merece un lugar indiscutible entre las mejores páginas que escribió Bolaño (hay otra versión más adelante, en tercera persona, que difiere sensiblemente en algunos datos); las profecías de Auxilio Lacouture sobre escritores en Amuleto; y diversos fragmentos esparcidos por toda la obra de Bolaño, que descubrirá –y gozará- el lector atento.

9. Perec, la reencarnación de Cristo

Aparte de «Un paseo por la literatura», Bolaño nombra poco a Perec. En Entre paréntesis, la recopilación de sus ensayos y artículos periodísticos, aparece una sola vez y para señalar que el francés Antoine Bello es un «discípulo aventajado de Perec», un gran elogio que no sé si Bello merecía. En el último libro póstumo publicado por sus herederos, Los sinsabores del verdadero policía, aparece Perec como parte de las amistades de J.M.G. Arcimboldi, personaje nombrado fugazmente en Los detectives salvajes y que no hay que confundir con el Benno von Archimboldi de 2666. «Georges Perec, al que admiraba profundamente. En cierta ocasión dijo de él que seguramente era la reencarnación de Cristo», dice en la lista –por supuesto- de amistades.

Otro personaje de la novela, Padilla, poeta, situaba a Arcimboldi “en el cruce improbable de Aloysius Bertrand y Georges Perec y (agárrate) Gide y el Robbe-Grillet del Proyecto para una revolución en Nueva York”. Son alusiones humorísticas en su desmesura y eclecticismo, pero ese es el tono dominante en esta novela que su autor dejó a medio camino. Quizá por lo mismo –porque es una suerte de depósito de materiales que luego fluyeron hacia otras obras o quizá era algo así como un laboratorio para probar fórmulas y temas- es pródiga en listas y tiene una estructura tan enmarañada que el mismo Bolaño la calificó de diabólica. Así termina por remitir de nuevo a Perec, con el añadido de que, como ocurría sólo en «Un paseo por la literatura», la referencia es explícita.

10. 53 sinsabores póstumos

A Perec lo sorprendió la muerte cuando aún era más joven que Bolaño al momento de la suya. Trabajaba en otro de sus proyectos aparentemente imposibles, la novela 53 días, novela policial, homenaje a Stendhal (el título alude al tiempo que le tomó a este último escribir La cartuja de Parma, libro extraordinario, probablemente el mejor que escribió el autor) y juego y parodia del arte de narrar articulado en torno a una frase del mismo Stendhal, «una novela es un espejo que se pasea a lo largo de un camino», que quedó lamentablemente inacabada. La edición de Harry Mathews y Jacques Roubaud, publicada en en 1989 y en español, por Mondadori, al año siguiente, recoge una primera parte más o menos terminada –un enigma policial-, de alrededor 100 páginas y 11 capítulos; el esquema de los capítulos restantes; y otras 150 páginas con apuntes, carpetas, esbozos y apuntes que al menos formulan un argumento imposible de endemoniada estructura, el juego de espejos que tanto le gustaba a Perec. Y a Bolaño: se sabe que era un gran entusiasta por ese libro incompleto y provocador. Y si se mira desde la distancia y en una sola mirada 53 días y Los sinsabores del verdadero policía, se advierte que el río de las coincidencias corre con mayor fuerza y arrastra bloques de peso insospechado; las cajas chinas y las historias que proliferan, las dobles y triples lecturas en el mismo libro, los libros dentro de los libros, están aquí y allá, en los 53 sinsabores póstumos que Perec y Bolaño ofrecen en un juego que espejea en el horizonte.

Coda

Georges Perec. La cámara oscura. Impedimenta, Madrid, 2010. No tiene folio de páginas. Se compone de 123 sueños y unas diez páginas con un muy sugerente índice de materias. La edición francesa es de 1972.

Roberto Bolaño. Los sinsabores del verdadero policía. Anagrama, Barcelona, 2011. 325 páginas. Corresponde a una serie de carpetas agrupadas bajo ese título, algunas escritas a máquina y otras impresas desde el computador de Bolaño; por otras referencias del autor, sabemos que trabajaba en este libro ya desde mediados de los ochenta, pero no se sabe cuándo dejó de intervenir en el manuscrito. Probablemente, al menos en lo que estaba en su computador, lo trabajó hasta poco tiempo antes de su muerte.

Artículo publicado en la revista Universidad Diego Portales – Pensamiento y cultura, número 9, 2012.

Ilustración de Alejandra Acosta

Notas breves sobre el arte y modo de ordenar libros, por Georges Perec

Notas breves sobre el arte y modo de ordenar libros

Georges Perec

Tomado de Pensar/clasificar (Gedisa, Barcelona, 1986; pp. 26-34)

Toda biblioteca (denomino biblioteca a un conjunto de libros reunido por un lector no profesional para su placer y uso cotidianos. Ello excluye las colecciones de bibliófilos y las encuadernaciones por metro, pero también la mayoría de las bibliotecas especializadas –las universitarias, por ejemplo– cuyos problemas particulares se parecen a los de las bibliotecas públicas) responde a una doble necesidad, que a menudo es también una doble manía: la de conservar ciertas cosas (libros) y la de ordenarlos según ciertos modos.

Un amigo mío concibió un día el proyecto de limitar su biblioteca a 361 obras. La idea era la siguiente: tras alcanzar, a partir de cierta cantidad n de obras, por adición o sustracción, el numero K = 361, que presuntamente correspondería a una biblioteca, si no ideal, al menos suficiente, obligarse a no adquirir de modo duradero una nueva obra X, sino tras haber eliminado (por donación, eliminación, venta o cualquier otro medio apropiado) una antigua obra Z, de modo que el numero total de obras K permanezca constante e igual a 361:

K + X > 361 > K – Z

La evolución de este seductor proyecto tropezó con obstáculos previsibles para los cuales se hallaron las soluciones del caso: ante todo se consideró que un volumen –digamos de La Pleiade– valía por un (1) libro aunque contuviera tres (3) novelas (o compilaciones de poemas, ensayos, etcétera); de ello se dedujo que tres (3) o cuatro (4) 0 n (n) novelas del mismo autor valían (implícitamente) por un (1) volumen de dicho autor, como fragmentos aun no compilados pero ineluctablemente compilables de sus Obras completas. A partir de ello se consideró que tal novela recientemente adquirida de tal novelista de lengua inglesa de la segunda mitad del siglo XIX no se computaría, lógicamente, como una nueva obra X sino como una obra Z perteneciente a una serie en vías de constitución: el conjunto T de todas las obras escritas por dicho novelista (¡y vaya si las hay!). Ello no alteraba en nada el proyecto inicial: simplemente, en lugar de hablar de 361 obras, se decidió que la biblioteca suficiente se debía componer idealmente de 361 autores, ya hubieran escrito un pequeño opúsculo o páginas como para llenar un camión. Esta modificación resultó ser eficaz durante varios años: pero pronto se reveló que ciertas obras –por ejemplo, las novelas de caballería– no tenían autor o tenían varios, y que ciertos autores –por ejemplo, los dadaístas– no se podían aislar unos de otros sin perder automáticamente del ochenta al ochenta y seis por ciento de aquello que les confería interés: se llego así a la idea de una biblioteca limitada a 361 temas –el término es vago pero los grupos que abarca también lo son, en ocasiones– y este límite ha funcionado rigurosamente hasta hoy.

Por ende, uno de los principales problemas que encuentra el hombre que conserva los libros que leyó o se promete leer un día es el crecimiento de su biblioteca. No todos tienen la oportunidad de ser el capitán Nemo:

«… el mundo terminó para mí el día en que mi Nautilus se sumergió por vez primera bajo las aguas. Ese día compré mis últimos volúmenes, mis últimos folletos, mis últimos diarios, y desde entonces quiero creer que la humanidad no ha pensado ni escrito nada más».

Los 12.000 volúmenes del capitán Nemo, uniformemente encuadernados, están clasificados de una vez por todas y con mayor facilidad aún, puesto que esta clasificación, se nos aclara, no tiene en cuenta el idioma (precisión que no concierne en absoluto al arte de ordenar una biblioteca sino que sólo quiere enfatizar que el capitán Nemo habla por igual todas las lenguas). Pero para nosotros, que continuamos relacionados con una humanidad que se obstina en pensar, escribir, y sobre todo en publicar, el problema del crecimiento de nuestras bibliotecas tiende a convertirse en el único problema real: pues es evidente que hoy no es demasiado difícil conservar diez o veinte libros, incluso cien, pero cuando comenzamos a tener 361, o mil, o tres mil, y sobre todo cuando el número empieza a aumentar casi todos los días, se presenta el problema de ordenar estos libros en alguna parte, y también de tenerlos a mano porque, por una u otra razón, un día deseamos o necesitamos leerlos al fin, e incluso releerlos. Así, el problema de las bibliotecas seria un problema doble: primero un problema de espacio, y después un problema de orden.

1. Del espacio

1.1 Generalidades

Los libros no están dispersos sino reunidos. Así como ponemos todos los frascos con confituras en un armario para confituras, ponemos todos los libros en el mismo lugar, o en diversos mismos lugares. Podríamos, en nuestro afán de conservarlos, apilar libros en baúles, guardarlos en la bodega, el granero o el fondo del placard, pero en general preferimos que sean visibles.

En la práctica, los libros suelen estar ordenados unos junto a otros, a lo largo de una pared o un tabique, sobre soportes rectilíneos, paralelos entre sí, ni demasiado profundos ni demasiado espaciados.

Los libros se ordenan –generalmente– en el sentido de la altura y de manera tal que el titulo impreso en el lomo de la obra sea visible (a veces, como en los escaparates de las librerías, se muestra la cubierta de los libros, pero lo chocante, inusitado, lo prohibido, lo que casi siempre se considera chocante, es un libro del que no se vea más que el canto).

En el mobiliario contemporáneo, la biblioteca es un rincón: el “rincón-biblioteca”. Es a menudo un módulo perteneciente a un conjunto “sala de estar”, del cual también forman parte:

El bar con tapa
el escritorio con tapa
el platero de dos puertas
el mueble del estéreo
el mueble del televisor
el mueble del proyector de diapositivas
la vitrina
etcétera

y que se expone en los catálogos adornados con encuadernaciones falsas. En la práctica, sin embargo, los libros se pueden agrupar casi en cualquier parte.

1.2 Cuartos donde se pueden guardar libros

en el vestíbulo
en la sala de estar
en el o los dormitorios
en las letrinas
en la cocina solemos guardar un solo género de obras, las que justamente denominamos “libros de cocina”.

Es rarísimo encontrar libros en un cuarto de baño, aunque para muchos se trate de un lugar favorito de lectura. La humedad ambiente es unánimemente considerada como la primera enemiga de la conservación de los textos impresos. A lo sumo podemos encontrar en un cuarto de baño un botiquín, y en el botiquín una pequeña obra titulada ¿Qué hacer antes de que llegue el médico?

1.3 Sitios donde se pueden poner libros

En la repisa de las chimeneas o los radiadores (tengamos en cuenta, empero, que el calor puede resultar nocivo con el tiempo),
entre dos ventanas,
en el vano de una puerta clausurada,
en los escalones de un escabel de biblioteca, volviéndolo imposible de escalar (muy elegante, cf. Renan),
bajo una ventana,
en un mueble dispuesto en abanico que divida el cuarto en dos partes (muy elegante, causa mejor efecto aún con algunas plantas verdes).

1.4 Cosas que no son libros y que se encuentran a menudo en las bibliotecas

Fotografías en marcos de estaño dorado, pequeños grabados, dibujos a la pluma, flores secas en copas, piróforos provistos o no con cerillas químicas (peligrosas), soldados de plomo, una fotografía de Ernst Renan en su gabinete de trabajo del College de France, postales, ojos de muñeca, cajas, raciones de sal, pimienta y mostaza de la compañía de aeronavegación Lufthansa, pisapapeles, tejidos, canicas, limpiadores de pipas, modelos reducidos de automóviles antiguos, guijarros y piedras multicolores, exvotos, resortes.

2. Del orden

Una biblioteca que no se ordena se desordena: es el ejemplo que me dieron para explicarme qué era la entropía y varias veces lo he verificado experimentalmente.

El desorden de una biblioteca no es grave en sí mismo; está en la categoría del “¿en que cajón habré puesto los calcetines?”. Siempre creemos que sabremos por instinto donde pusimos tal o cual libro, y aunque no lo sepamos, nunca será difícil recorrer de prisa todos los estantes.

A esta apología del desorden simpático se opone la mezquina tentación de la burocracia individual: cada cosa en su lugar y un lugar para cada cosa y viceversa; entre estas dos tensiones, una que privilegia la espontaneidad, la sencillez anarquizante, y otra que exalta las virtudes de la tabula rasa, la frialdad eficaz del gran ordenamiento, siempre se termina por tratar de ordenar los libros; es una operación desafiante, deprimente, pero capaz de procurar sorpresas agradables, como la de encontrar un libro que habíamos olvidado a fuerza de no verlo más y que, dejando para mañana lo que no haremos hoy, devoramos al fin de bruces en la cama.

2.1 Modo de ordenar los libros

clasificación alfabética
clasificación por continentes o países
clasificación por colores
clasificación por encuadernación
clasificación por fecha de adquisición
clasificación por fecha de publicación
clasificación por formato
clasificación por géneros
clasificación por grandes periodos literarios
clasificación por idiomas
clasificación por prioridad de lectura
clasificación por serie

Ninguna de estas clasificaciones es satisfactoria en sí misma. En la práctica, toda biblioteca se ordena a partir de una combinación de estos modos de clasificación: su equilibrio, su resistencia al cambio, su caída en desuso, su permanencia, dan a toda biblioteca una personalidad única.

Conviene ante todo distinguir entre clasificaciones estables y clasificaciones provisorias; las clasificaciones estables son las que en principio continuaremos respetando; las clasificaciones provisorias no suelen durar más de varios días: el tiempo en que el libro encuentra, o reencuentra, su sitio definitivo. Se puede tratar de una obra recientemente adquirida o todavía no leída, o bien de una obra recientemente leída que no sabemos muy bien dónde poner y que alguna vez nos prometimos clasificar en ocasión de un próximo “gran ordenamiento”, o incluso de una obra cuya lectura hemos interrumpido y que no queremos clasificar antes de haberla retomado y concluido, o bien de un libro del cual nos hemos valido constantemente durante un periodo determinado, o bien de un libro que hemos sacado para buscar un dato o referencia y que aun no hemos regresado a su lugar, o bien de un libro que no querríamos poner en el lugar donde iría porque no nos pertenece y varias veces nos hemos prometido devolverlo, etcétera.

En lo que a mí concierne, casi las tres cuartas partes de mis libros jamás estuvieron realmente clasificados. Los que no están ordenados de un modo definitivamente provisorio lo están de un modo provisoriamente definitivo como en el OuLiPo (Nota: Ouvroir de Litterature Potentielle, el grupo creado por Raymond Queneau, el matemático François le Lionnais e integrado, entre otros, por Calvino, Perec, Benabou). Entre tanto, los traslado de un cuarto al otro, de un anaquel al otro, de una pila a la otra, y a veces paso tres horas buscando un libro, sin encontrarlo pero con la ocasional satisfacción de descubrir otros seis o siete que resultan igualmente útiles.

2.2 Libros muy fáciles de ordenar

Los grandes volúmenes de Jules Verne en encuadernación roja (trátese de genuinos Hetzel o de reediciones Hachette), los libros muy grandes, los muy pequeños, las guías Baedecker, los libros raros o tenidos por tales, los libros encuadernados, los volúmenes de la Pleiade, los Presence du Futur, las novelas publicadas por Editions de Minuit, las colecciones (Chakge, Textes, Les lettres nouvelles, La chemin, etcétera), las revistas, cuando tenemos al menos tres números, etcétera.

2.3 Libros no muy difíciles de ordenar

Los libros sobre cine, trátese de ensayos sobre directores, de álbumes sobre las estrellas o con escenas de filmes; las novelas sudamericanas, la etnología, el psicoanálisis, los libros de cocina (ver mas arriba), los anuarios (junto al teléfono), los románticos alemanes, los libros de la colección “Que sais-je?” (aunque no sabemos si ponerlos juntos o incluirlos dentro de la disciplina que tratan, etcétera).

2.4 Libros casi imposibles de ordenar

Los otros; por ejemplo, las revistas de las que solo poseemos un número, o bien La campaña de 1812 en Rusia de Clausewitz, traducido del alemán por M. Begoueri, capitán en jefe del 31º de Dragones, diplomado de Estado mayor, con un mapa, París, Librairie Militaire R. Chapelot et Cie., 1900, e incluso el fascículo 6 del volumen 91 (noviembre, 1976) de las Publications of the Modern Language Association of America (PMLA) que presenta el programa de las 666 reuniones de trabajo del congreso anual de dicha asociación.

2.5

Como los borgianos bibliotecarios de Babel, que buscan el libro que les dará la clave de todos los demás, oscilamos entre la ilusión de lo alcanzado y el vértigo de lo inasible. En nombre de lo alcanzado, queremos creer que existe un orden único que nos permitiría alcanzar de golpe el saber; en nombre de lo inasible, queremos pensar que el orden y el desorden son dos palabras que designan por igual el azar. También es posible que ambas sean señuelos, engañifas destinadas a disimular el desgaste de los libros y de los sistemas.

Entre los dos, en todo caso, no esta mal que nuestras bibliotecas también sirvan de cuando en cuando como ayudamemoria, como descanso para gatos y como desván para trastos.