José María Arguedas y los hermanos Parra

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En 1968, aquejado por lo que él llama “una dolencia psíquica contraída en la infancia”, que cuando hace crisis lo paraliza y lo empuja al suicidio, el escritor peruano José María Arguedas emprendió la escritura de su última novela, El zorro de arriba y el zorro de abajo, puntuada por cuatro diarios, diarios con los que combate, otra vez, es impulso a quitarse la vida para aliviar la angustia y el sufrimiento. Arguedas está en Santiago de Chile, recuerda episodios de su vida y a los escritores que conoció, como Rulfo (“¿Quién ha cargado la palabra como tú, Juan, de todo el peso de padeceres, de conciencias, de santa lujuria, de hombría, de todo lo que en la criatura humana hay de ceniza, de piedra, de agua, de pudridez violenta por parir y cantar, como tú?”), Carpentier (“lo sentía como un europeo muy ilustre que hablaba castellano. Muy ilustre, de esos ilustres que aprecian lo indígena americano, medidamente. Dispénseme, don Alejo; no es que me caiga usted muy pesado”), Lezama Lima (“Lo vi comer en La Habana como a un injerto de picaflor con hipopótamo. Abría la boca; se rociaba líquido antiasmático en la laringe y seguía comiendo. ¡Gordo fabuloso, Cuba que ha devorado y transfigurado la miel y la hiel de Europa!”) y muchos otros. Son páginas conmovedoras, potentes, implacables, de una lucidez que a ratos espanta. También habla de los Parra, de Nicanor y de Roberto, en cuya casa de La Reina alojó en 1962.

TapaPienso en este momento en Nicanor Parra, ¡cuánta sabiduría, cuánta ternura y escepticismo y una fuerte coraza de protección que deja entrar todo pero filtrando, y una especie no de vanidad sino de herida abierta para las opiniones negativas de su obra! ¡Qué modo increíble de ponerse amargo e iracundo por esas cosas! En la ciudad, amigos, en la ciudad yo no he querido creo que a nadie más que a Nicanor ni me he extraviado más de alguien que de él. Pero, ¿por qué tengo que decir estas cosas de Nicanor? Mucha ciudad tenía adentro o tiene adentro ese caballero tan mezclado y nacido en pueblo, el más inteligente de cuantos he conocido en las ciudades. ¡Lo que hablaba, sabía y no sabía o no sabe de las mujeres! Su hermano Roberto fue mucho más hermano mío que de él; ¡claro!, porque mi trato con Roberto era todo por el lado bueno. Dispensen que diga que este Roberto se había atacado para siempre de ternura en cientos de los más pobres prostíbulos de Chile donde cantaba y tocaba guitarra, mientras que yo me hice igual a él en los ayllus de Ayacucho, entre las indias que sufrían y cantaban como picaflores que van al sol, lo beben y vuelven. En el mismo cuarto dormíamos, Roberto y yo, en casa de Nicanor, en La Reina, cuando vine enfermo en 1962. Otra vez usaré de la misma cantaleta; pues sí, para mí Roberto era como un Felipe Maywa, más joven, más accesible. Porque mientras que Roberto hablaba con voz de persona resignada, con poco porvenir, bastante triste y muy anheloso de estimación, don Felipe me acariciaba en San Juan de Lucanas, como a un becerro sin madre y él tenía la presencia de un indio que sabe, por largo aprendizaje y herencia, la naturaleza de las montañas inmensísimas, su lenguaje y el de los insectos, cascadas y ríos, chicos y grandes; y si bien era “ lacayo” de mi madrastra, o a veces creo que vaquero, se presentaba ante ella como quien puede dispensar protección, como quien de hecho está procurando protección, a pesar de ser sirviente. Todo el porvenir mío y el de mi madrastra, que era patrona de don Felipe, parecía  depender de don Felipe Maywa. Así me parecía, no sé por qué; debía ser por algo. Y cuando este hombre me acariciaba la cabeza, en la cocina o en el corral de los becerros, no sólo se calmaban todas mis intranquilidades sino que me sentía con ánimo para vencer a cualquier clase de enemigos, ya fueran demonios o condenados. Y yo era muy tranquilo; estaba solo entre los domésticos indios, frente a las inmensas montañas y abismos de los Andes donde los árboles y flores lastiman con una belleza en que la soledad y silencio del mundo se concentran. Este Roberto, hermano de Nicanor Parra, cantaba con otro tipo de soledad,  aunque algo parecida; rasgaba la guitarra en cuecas como desesperadas, de alegría más ansiada que disfrutada. Por eso fuimos tan amigos en La Reina. Me hablaba de un amigo suyo que se había quedado sentado sobre una piedra, con el ojo todo colorado, esperando. ¡Qué estupenda era la vida con Nicanor y Roberto Parra! ¡Cómo han bebido el jugo, tan distintos y diversos jugos del mundo, estos hermanos! Charlaba con Roberto en un estado de confianza, amigos, que es una de las formas más raras de ser feliz. Me contaba cosas de los prostíbulos y yo, cuentos de animales y condenados, que es mi fuerte. Roberto se emborracha hasta la agonía; yo me enfermo de la soledad e ilusión quizá patológicas, y “por puro gusto”, porque soy amado por buena y bella gente, como mi mujer por ejemplo. Pero algo nos hicieron cuando más indefensos éramos; yo recuerdo muchas cosas, pero dicen que más peligrosas son aquellas de las que no nos acordamos. Así será.

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El Diario de Ángel Rama

El uruguayo Ángel Rama es uno de los nombres claves en el desarrollo de la crítica y los estudios literarios en América Latina. Nacido en 1926, murió en un accidente aéreo en 1983 junto a la escritora argentina Marta Traba, su segunda mujer. Dejó atrás una obra enorme, en libros, artículos de prensa, ensayos académicos, colecciones editoriales (quizá su mayor creación, en esta línea, es la Biblioteca Ayacucho) y el diario que llevó a partir de 1974. Pocos meses antes de comenzarlo ocurrió el golpe de Estado en Uruguay; Rama estaba en Venezuela y no pudo volver a su patria. Recién en 2001 se editó el Diario 1974-1983 en su país, y en 2008, en Argentina.

El libro tuvo alguna repercusión en Chile, por la dureza de los juicios de Rama sobre algunos escritores chilenos y sobre la diáspora procedente de este país. Es cierto, Rama no esquiva el bulto a la hora de expresar sus opiniones, más aún considerando que se trataba de un diario escrito más bien por el impulso de la soledad y la dureza del exilio que con el propósito de publicar alguna vez aquellas páginas. Aunque con los diarios, especialmente de los escritores, nunca se sabe: el ojo suele estar puesto en la posteridad aunque se asegure explícitamente lo contrario; y si bien Ángel Rama fue un crítico y estudioso de la literatura, su conciencia del lenguaje y del poder de la palabra era, sin duda, muy poderosa, y algunos pasajes del diario denotan una intención creativa que va más allá del mero registro.

Es cierto que fue duro con los chilenos. Sobre Jorge Edwards, por ejemplo, escribió que “tanto ha reprimido, en el estilo diplomático y aristocrático, sus emociones y sus opiniones, que ha concluido por no tenerlas, consagrándose a una conversación plana de cocktail mundano, intercambiando datos y tramando intereses del momento”. Sobre los intelectuales chilenos en general, manifestó su extrañeza ante su propio cambio de opinión. En contraste con las impresiones que se llevó de Chile a mediados de los sesenta, “ahora me parecen ‘flojos’, bastante mal preparados intelectualmente, algo simples y cerradamente nacionalistas, con un horizonte acorralado, frecuentemente reducidos a debates nimios como de patio de vecindad y muy a menudo dotados de falsa cordialidad, como de un sistema defensivo (ofensivo) basado en la simpatía, tras del cual está agazapado un oportunismo primario”.

Pero Rama fue duro con todos. En 1977, antes de que le concedieran el Premio Nobel de Literatura y antes de la publicación de obras como Crónica de una muerte anunciada y El amor en los tiempos del cólera, entre muchas otras, el crítico uruguayo se preguntaba sobre Gabriel García Márquez: “¿Quién es, hoy, Gabo? Parecen no quedar huellas del escritor, al menos como ese escritor fue, él lo sabe y aún trata de jugar con esa imagen superpuesta a la antigua. Tampoco un periodista, pero asimismo no un político, sino algo parecido a ambos términos y diferente: un viajante político-cultural quizás, un agitador, pero no un ideólogo, ‘of course’, sino un animador o relacionador que opera entre los centros de poder político de la izquierda. Evidentemente eso lo fascina, es su acción, y eso ha sido logrado con la literatura pero nada tiene que ver con ella”. Y cuando en 1981 da dos conferencias sobre Cien años de soledad, certifica por un lado “las virtudes que contiene, a manera de un juego gozosamente enrevesado”, pero también señala sus defectos, lo que se ve muerto con el tiempo y la “escasa originalidad para la palabra poética” de su autor. Considera a Julio Cortázar su amigo, pero ello no obsta a que, cuando lo escucha hablar de política en ese mismo año, sus palabras le produzcan “desagrado, cólera y más tarde una larga, larga depresión”. Y agrega: “a pesar de que sigue siendo un ‘literato puro’ opina sobre política con tal simpleza, ignorancia de los asuntos y elementalidad del razonamiento, que produce o descorazonamiento o cólera. A mí las dos cosas y concluyo abominando de los escritores metidos a políticos: concluyen haciendo mal las dos cosas”.

Con todo, mucho más ácido y crítico fue Rama con algunos de sus compatriotas, con el provincianismo venelozano que resistía la participación de extranjeros en la vida cultural del país (comenzando por los escritores y académicos de izquierda, paradoja que Rama no cesó de señalar), con la sequedad y poquedad de los académicos latinoamericanos afincados en Estados Unidos.

¿Era Rama el prototipo del gruñón, un permanente descontento, una pulga en la oreja guiada por el mero afán de criticar? Sin duda que no. Aunque lo más llamativo del diario es precisamente la severidad y abundancia de los juicios ásperos sobre sus contemporáneos, el paso de la escritura revela, sin pausa, la figura de un intelectual ejemplar. Se puede apelar al tópico -tenía una curiosidad insaciable-, pero es mejor dejarlo hablar a él: “soy de los que lamentarán irse sin haber podido ver y saber más cosas, tanto antiguas como nuevas”, dice, explicitando aún más su “voraz (y siempre insuficiente) curiosidad de lo que pasa en el mundo”. Y en ese andar muestra también sus amores, sus preferencias, sus experiencias de lectura y de relectura que lo llevan permanentemente a indagar más allá de las obras y su inscripción en la cultura de su tiempo. Y aunque la literatura de América Latina fue el campo en donde Rama trabajó de preferencia, también hay en su diario una fecunda muestra de sus aproximaciones a la literatura universal. El novelón romántico de Alejandro Dumas, El Conde de Montecristo, es una referencia frecuente, entendido como una fuente de ideas cuya universalidad y ambición admiten fecundas aproximaciones a otras obras y épocas.

Esa curiosidad y apertura de Rama es también una suerte de sello de su manera de entender la labor académica. En Venezuela, en España, en Estados Unidos y finalmente en Francia (el diario no abunda en detalles, pero, una vez que asumió Ronald Reagan la Presidencia de Estados Unidos, para los Rama se desató la pesadilla: Ángel fue acusado de “subversivo comunista”, le negaron la visa y tuvo que dejar el país), la variedad de tareas que asume es una clara muestra de su excepcional apertura. Alguien podría calificarla de dispersión, pero, si cabe el término, bienvenido sea en su caso, a la vista de la obra que dejó atrás. La Universidad Alberto Hurtado reeditó,hará un año, La novela en América Latina: Panoramas 1920-1980; y la editorial Tajamar, en 2004, La ciudad letrada.

Casi a pie de página: el diario de Rama también es eso, un diario, un registro de lo cotidiano, de su relación con Marta y con sus hijos, de sus malestares dentales, del cáncer de mama que afectó a su mujer, del insomnio, del tabaquismo, del registro implacable del paso del tiempo en su semblante, de las esperas en los aeropuertos, de los paisajes (que lo llevan a posturas cada vez más ecologistas), de su sensación de incompletitud cuando Marta está ausente. Este soporte auténticamente biográfico, menos opinante, más desnudo, lo hace más humano y le aporta una carga de autenticidad que se transmite, sin más, al resto de las reflexiones y opiniones.

Del diario íntimo a la bitácora digital

Artículo publicado en el número 10 de la revista Dossier, diciembre de 2009

1. ¿Cuándo comenzó la costumbre de llevar un diario escrito? ¿Cuánto tiempo pasó antes de que algunos de esos diarios trascendieran la esfera privada y se convirtieran no sólo en una fuente más de conocimiento sobre su autor, sino en un género con sus propias leyes y costumbres? Sin duda que es un fenómeno hijo de la revolución de la conciencia artística que operó a partir del Renacimiento y en la estela de lo que algunos autores han llamado “la creación del individuo”.

De cualquier modo, el diario íntimo es un fruto tardío de la valorización del artista en cuanto tal, y no sólo como un personaje talentoso que compone, escribe, pinta o esculpe obras por encargo del príncipe secular o religioso. Sólo a partir de la segunda mitad el siglo XIX es posible encontrar diarios monumentales como los de Tolstoi y Dostoievski, de Jules Renard y de Léon Bloy, a los que siguieron diaristas tan famosos como Franz Kafka, Thomas Mann, Robert Musil y Virginia Woolf, además de Paul Léautaud, Witold Gombrowicz y tantos otros. Son, al menos, algunos de los que conozco, desde que la lectura de diarios pasó a convertirse, para mí, en algo más que un pasatiempo o una distracción del corpus literario principal; es que el género, cuando está bien escrito, tiene un particular atractivo por verificarse en una zona difusa donde confluyen la crónica cotidiana, el ensayo, el epigrama, el juicio demoledor avalado por la (relativa) ausencia de autocensura. Zona múltiple que puede llegar a ser, en el caso de los grandes diaristas, un inagotable placer de lectura, mucho antes que una fuente para completar un cierto mapa literario.

2. Aunque también hay diaristas de circunstancias que valen más como fuente, como George Orwell, que llevó un Diario de guerra (1) entre 1940 y 1942 ante la imperiosa necesidad de dar curso, de alguna manera, a la impotencia que sentía frente a un conflicto en el que no podía participar y del que recibía noticias fragmentarias o sujetas a la censura. Hasta tal punto es circunstancial su diario que el 8 de junio de 1940, cuando The Times anunció la muerte de su cuñado, muy unido a Orwell, él no consignó la noticia en su bitácora. Que, por otra parte, no es sólo el registro de la percepción de un ciudadano alejado de los centros de poder, que especula y trata de formarse un cuadro general a partir de pocas y poco confiables fuentes; puesto que se trata de un agudo observador de la realidad que tuvo una notable intuición para adelantar las tormentas que escondía el futuro europeo y que, aún más, trazó un cuadro siniestro, pero no tan lejano a la realidad, del futuro que hoy vivimos, el diario también es un documento políticamente notable, que no escatima críticas y que revela, con la habitual perspicacia de Orwell, el tinglado oculto tras los afanes bélicos.

Hay otros –y famosos– diarios de circunstancias. El más conocido es el de Ana Frank, la adolescente judía que pasó años encerrada en el ático de una casona de Amsterdam junto a su familia. La ingenuidad de la escritura y la inesperada madurez de la jovencita, confrontada de golpe con la segregación, la amenaza y la imposibilidad de crecer como crece cualquier joven en cualquier lugar del mundo, da a su documento un peso testimonial que lo ha hecho trascender largamente su tiempo.

Otro registro magnífico es Los diarios de Berlín (1940-1945) (2), de Marie “Missie” Vassiltchikov, una aristócrata rusa que tenía 23 años cuando no pudo regresar a su casa en Lituania y debió instalarse en Berlín a comienzos de 1940. El diario de Missie es un notable documento de época. Con saltos, con meses perdidos, con entradas irregulares, de todos modos cubre la vida cotidiana en Berlín (y en Viena y otras ciudades austriacas en 1945) durante el período de la guerra. No destaca por el estilo, más bien práctico y casi telegráfico en ocasiones, ni por el análisis político, sino como demostración de la capacidad de sobrevivir en una época y en un lugar durísimos. Missie nunca se derrumba, ni siquiera cuando fracasa el atentado del conde von Staufenberg y muchos de sus amigos más cercanos van a dar a las cárceles de la SS. Tampoco deja que se pierda de vista que se trata de una mujer joven, guapa y coqueta, que aprovecha las ocasiones más inesperadas para tenderse al sol y tratar de broncearse. De manera muy injusta, ha sido acusada de superficial y frívola por sus descripciones de fiestas y matrimonios (incluida una recepción en la embajada de Chile), pero su diario también es una fuente inestimable para conocer el horror cotidiano de los bombardeos, la infinita zozobra de conspiradores a punto de ser descubiertos y la fortaleza de una mujer sin aspavientos ni aires de grandeza.

3. ¿Revelación u ocultamiento? ¿Son confiables los diarios? Confiables en qué sentido, cabe también preguntarse. Un escritor, ya a partir del siglo pasado, sabe que su diario será publicado, tarde o temprano, e incluso hay quienes lo han hecho en vida (ya hablaremos de ellos, más adelante). De manera que hay que andarse con cuidado: por más que se trate de una escritura íntima, el fantasma del lector se asoma por detrás del hombro. Es mejor entender el diario, entonces, como otra máscara, quizá más cercana a la piel, quizá más sincera, quizá menos tocada por la vanidad o por la obligación de la escritura perfecta, pero máscara, al fin y al cabo, un ejercicio de escritura que complementa otros fragmentos de la obra.

Quizá quien mejor muestra esta ambivalencia de los diarios íntimos es Thomas Mann. Metódico y hasta obsesivo, Mann comenzó su diario en 1918, a los 43 años, y casi hasta su muerte, 37 años después, escribió en él todos los días. Y mientras, de cara al público y a la historia, cultivaba la imagen del gran señor de la novela, una suerte de efigie petrificada que ya desde el traje impecable, los severos anteojos y la alta espalda ligeramente encorvada imponía una presencia severa y distante, en el diario Mann tejía el otro personaje, la otra cara de la medalla: el hipocondríaco, el enfermizo, el mañoso, el enamoradizo de bellos jovencitos, el estreñido, el insomne, el olvidadizo, el repetitivo. Por desgracia, los diarios de Mann han llegado con cuentagotas, y mal, a las librerías chilenas. Sólo he podido leer un fragmento, el de los años 1937 a 1939 (3), en una edición que escamotea aquello que Mann quiso mostrar tanto en el contenido como en la forma. En efecto, es muy llamativo que alguien como él, tan meticuloso, que armó toda una biblioteca para escribir la monumental tetralogía de José y sus hermanos, fuera, en su diario, tan descuidado y olvidadizo. Pero esta edición española renuncia “conscientemente a la fidelidad en la forma”. Pedro Gálvez, el editor, argumenta que sería un “intento vano el querer reproducir en español las peculiaridades idiomáticas de estos escritos”. ¿Y cuáles son? Errores ortográficos y sintácticos, extranjerismos, “el eterno equivocarse de Thomas Mann con los nombres propios, en los que a veces usa grafías distintas, todas falsas, para uno y el mismo nombre, que hasta puede ser el de un íntimo amigo”. Exactamente lo que me habría gustado ver en el diario de Mann, y no la versión corregida, normalizada y expurgada de repeticiones (y sospecho que Gálvez no leyó José y sus hermanos, escrita precisamente en la década de los 30, donde Mann juega hasta el cansancio con distintas grafías para sus principales personajes).

Juan Villoro, en un ensayo sobre diarios incluido en De eso se trata (4) sostiene que Mann “no deja de verse a sí mismo como una figura egregia, pero se atreve a perjudicarla con sus dolencias y sus deseos inconfesados”. Pero Mann, en su testamento, estableció que su diario sólo podría editarse 20 años después de su muerte: un buen lapso para permitir que la egregia figura se estabilizara en el tiempo, de modo que el perjuicio fuera mínimo. Agreguemos que hay pocos escritores que han imbricado de manera tan radical su vida con su literatura como Thomas Mann. La monumental biografía que escribió Hermann Kurzke (5) es prueba de ello desde el título: Thomas Mann. La vida como obra de arte, aunque el autor invierte, en cierto sentido, los términos. La tesis de Kurzke es que Mann, con mano de hierro, modeló su biografía para ponerla a la altura de su obra; pero ahí entonces se filtra el corrosivo diario de miserias y minucias, el apartado, el sobrante, el desecho, esa repetitiva y monótona crónica de dolores estomacales y temblores del sentimiento que resuena, casi, como excusa ante el lector: vamos, si ya lo dije todo en mis libros, ¿qué más andas buscando?

4. Vida y escritura, escritura y diarios. Ya indiqué que hay diaristas que publicaron sus bitácoras en vida. Hay dos casos ejemplares, Léon Bloy y Julio Ramón Ribeyro, el más notable autor de este género en el ámbito latinoamericano. Pero partamos por Bloy, el profeta, el tonante, el católico acérrimo que veía en los protestantes y en los ingleses a los mayores enemigos de la humanidad. El diario (6) de Bloy es imperdible a pesar de él y su radicalismo ultramontano, en parte por su impresionante capacidad para insultar, increpar y denostar a otros escritores, a políticos, a ignorantes curas de campo, a los ingleses, a sus corresponsales, a periodistas, a todo aquel que se expusiera a su ira portentosa. Lee una novela y truena: “todos los lugares comunes más bajos del periodismo provinciano y la tertulia de pensión para viajantes están ahí, se despliegan en este libro abyecto como si fueran verdades luminosas”. A su contemporáneo Zola, con quien se enfrentó a propósito del caso Dreyfus, lo llamaba “el cretino de Los Pirineos”. Conversa, por obligación, con un cura alemán en un pueblo danés donde vivió un tiempo, y dice que sus “ideas se parecen a esas vacas enfermas que se revuelcan en el barro y a las que hay que levantar a palos cuando se desea ordeñarlas”.

Pero el diario de Bloy es también valioso por el rigor de su razonamiento, aunque uno no lo comparta, y porque transmite una sensación incomparable de autenticidad. El vigor de su ira corre parejo con la fuerza de sus convicciones, y eso ya es admirable. Comenzó ya mayor con el diarismo, cuando tenía 46 años, y siguió en ello hasta su muerte en 1917. Él mismo publicó siete series de los diarios; la última fue publicada póstumamente, en 1920. La edición española ofrece una selección de aquellas, pero también indica que lo publicado corresponde “al Diario aderezado, cortado, y algunas veces reescrito por Bloy”. En Francia se está publicando el Diario inédito, que, según los editores españoles, “además de ser un diamante en bruto, carece del fulgor de éste, aunque constituya, para hablar con propiedad, su ‘verdadero’ diario”. Verdadero o no, la contundente selección publicada por Acantilado es una fiesta para los lectores.

El peruano Julio Ramón Ribeyro es otro diarista incansable que, además, estudiaba el género y escribió un ensayo sobre el tema, publicado en un libro desgraciadamente inaccesible en Chile (7). Durante 44 años, desde los 21 a los 65, llevó un diario, y alcanzó a ver publicadas dos series, correspondientes a los periodos 1950-1960 y 1960-1974; un año después de su muerte se publicó una tercera, correspondiente al periodo 1975-1978.Hay una edición española que reúne las tres (8), pero un confuso lío hereditario ha impedido que se publique el voluminoso saldo que queda inédito. Realmente valdría la pena, a la luz de lo publicado; Ribeyro crece (y fuma, habría que agregar) con su diario, un registro notable de escenas, de lecturas, de conversaciones, de reflexiones, guiadas por una “constante interrogación sobre si lo que estoy escribiendo tiene valor, y hasta una especie de deseo de no realizar una obre definitiva, pues quizá eso me condenaría a no hacer nada más. Es la idea de seguir siempre buscando, y de ahí surge el título, La tentación del fracaso”. El escritor peruano rara vez pierde el tono y esa manera de interrogarse esquiva la vanidad y cautiva por su capacidad para leer el mundo desde esas páginas donde se acumulan las colillas, los vasos de vino, las reflexiones luminosas, las dudas, las influencias, las conversaciones; y también –nunca está demás insistir en que no es lo más importante– el registro de un testigo de la época, que estuvo ahí, como escritor e intelectual, en esos revueltos años en París, en Perú y en otras latitudes.

6. Los aforistas: el diario como borrador. Aclaro de entrada: los diarios de Franz Kafka (9) y Jules Renard (10) son mucho más que una colección de aforismos. En el caso del primero, habría que decir también que ese registro cotidiano es una de sus más grandes obras, por la íntima relación que tiene con su proceso creativo y, también, por su extraordinaria lucidez y capacidad para asistir a su proceso interno y dar cuenta de él. Y sin embargo, ambos diarios, el extensísimo del checo y el del francés, muestran de qué manera la observación cotidiana y la reflexión aguda pueden cristalizar en cientos de epigramas geniales y, en el caso de Kafka, en el borrador, en la pizarra, en el laboratorio donde vida y obra se entremezclan de manera inextricable.

Jules Renard es menos conocido. Es, si se quiere, un autor menor, que vive en la memoria sobre todo por su estupenda novela Pelo de zanahoria (11) más algunos cuentos como los incluidos en La amante (12). Su diario (como suele ocurrir, desgraciadamente, la edición española es una somera selección del conjunto; además, su esposa censuró y quemó muchos pasajes del original) tiene una particular textura: Renard recrea o reproduce conversaciones y encuentros como si se tratara de cuentos o escenas, lo que introduce una clara variación dentro del género: o tenía una memoria excepcional, o hay una severa intervención del autor en esa manera de presentar personajes y situaciones. Pero lo mejor es, sin duda, su capacidad para capturar instantes y depurar sus reflexiones hasta la frase perfecta, casi siempre cargada de ironía, que se convierte, de manera automática, en una cita citable, que puede vivir largamente desgajada por completo del contexto en que nació.

“Si un día muero por una mujer, será de risa”.

“Cuando me dicen que tengo talento no hace falta que me lo repitan: lo entiendo a la primera”.

“Las personas felices no tienen talento”.

“Aunque no habla, se sabe que piensa tonterías”.

“Hay gente tan aburrida que te hace perder un día en cinco minutos”.

“¿Lo que pienso de Nietzsche? Que a su apellido le sobran muchas letras”.

Y así hasta el infinito. Renard es despiadado, consigo mismo y con los demás, pero, sobre todo, es un tremendo creador, que enriquece de manera insospechada los límites del género.

5. El lector posible frente el lector virtual. Escribir un diario íntimo es una operación solitaria aunque se adivine que habrá lectores, aunque se escriba para futuros lectores. Escribir una bitácora en la red es también, desde luego, al menos en su gesto inicial, un acto realizado en solitario, pero esa página está destinada al lector inmediato, al navegante que pasaba por ahí, al que está suscrito esperando que la página se actualice. Hay una insidiosa analogía: el blog destinado a la confesión íntima se parece sospechosamente a ese cuaderno con candado donde personajes como la Pequeña Lulú iniciaban una entrada escribiendo “querido diario”, pero sin candado y en el diario mural de la sala del colegio o en un lugar igual de público y sujeto al juicio de los demás.

Antes de la red –es decir, hasta hace no más de 15 años–, un diario tenía que superar muchas vallas para llegar a lectores masivos. El primer requisito, obviamente, es que se tratara de un nombre conocido o que hubiera estado en el lugar y el tiempo precisos para dar valor a sus apuntes cotidianos; el segundo es que algún editor considerara que la edición de ese diario era una inversión rentable. Nada de eso ocurre en la red, que derriba de una sola vez todas las barreras de entrada al ámbito de la escritura y a la exposición pública de la vida cotidiana. La explosión de los blogs, mucho más reciente aún que el acceso universal a las redes virtuales, está en la base de esa suerte de democratización del acceso a los diarios íntimos. Rosanna Mestre Pérez, de la Universitat de València, hizo un interesante análisis del fenómeno en “Coordenadas para una cartografía de la bitácoras electrónicas: ocho rasgos de los weblogs escritos como diarios íntimos” (13). Entre otras cosas, Mestre apunta al talón de Aquiles de la nueva forma de expresión: la superabundancia “suele comportar un volumen también importante de material poco interesante, repetitivo, escasamente estimulante”, que es lo que sin duda ocurre, pero también hay una nueva valoración de escrituras más informales y toscas que permiten, además, la participación, vía comentarios, de los lectores. De esta manera, el nuevo diario íntimo no sólo se aleja del silencio y del secreto, sino que también incorpora a los lectores en la textura de la bitácora.

Mestre señala, precisamente, la “intervención de los lectores” como la primera característica relevante de los diarios íntimos subidos a la red, y agrega otras siete: “tensión entre lo privado y lo público, juego discursivo entre veracidad y verosimilitud, placer de la escritura, disposición cronológica inversa, gestión de la identidad, fragmentación seriada y redes de información mediante enlaces hipertextuales”. Para un lector habitual de blogs, algunas parecen de Perogrullo, pero otras iluminan mejor el fenómeno, especialmente cuando habla del juego entre veracidad y verosimilitud, cuestión capital para seducir a eventuales lectores, y a la gestión de la identidad (o de la reputación): una manera de hacerse ver, una manera de decir que se existe, o que existimos en la medida en que los otros nos ven. La explosión de las redes sociales –nuevas maneras de vivir en la red o de gestionar una identidad medida por el reconocimiento del otro, como Facebook o Twitter– diluyen, de alguna manera, el ejercicio de la escritura, o lo circunscriben a un número mínimo de caracteres. Se ensancha el espacio democrático de las redes virtuales, pero también obliga a reformular estrategias. Es un fenómeno muy interesante; y, aunque hay bitácoras interesantísimas, investigarlas y seguirlas se torna, cada día más, en una aventura infinita. Finalmente, la excesiva amplitud nos devuelve al barrio, y leemos sólo lo que está cerca de nosotros.


(1) Hay dos ediciones recientes. Una recoge sólo el texto del diario: Diario de guerra 1940-1942. Sexto Piso, Ciudad de México, 2006. 166 páginas. La otra lo incluye junto a otros materiales de la época: Matar a un elefante y otros escritos. FCE/Turner, Ciudad de México, 2009. 389 páginas.

(2) El Acantilado, Barcelona, 2004. 510 páginas.

(3) Plaza & Janés, Barcelona, 1987. 251 páginas.

(4) Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago, 2007. 306 páginas.

(5) Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2003. 773 páginas.

(6) Diarios. Acantilado, Barcelona, 2007. 732 páginas.

(7) La caza sutil, de 1975.

(8) La tentación del fracaso. Seix Barral, Barcelona, 2003. 680 páginas.

(9) Diarios. Carta al padre.Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2000. 1045 páginas.

(10) Diario 1887-1910. De Bolsillo, Barcelona, 2008. 300 páginas.

(11) Montesinos, Barcelona, 1981. 188 páginas.

(12) Península, Barcelona, 1999. 110 páginas.

(13) En López García, Guillermo (ed.). El ecosistema digital: Modelos de comunicación, nuevos medios y público en Internet. Valencia: Servei de Publicacions de la Universitat de València. pp. 89-107. Disponible en http://www.uv.es/demopode/libro1/MereloTricas.pdf