Matate, amor

Reseña publicada en la revista «Sábado» del diario El Mercurio, 1 de septiembre de 2018

matate“Somos parte de esas parejas que mecanizan la palabra amor hasta cuando se detestan: amor, no quiero volverte a ver”, dice la protagonista y una de las voces narrativas de esta obra de la argentina Ariana Harwicz. Desde muy temprano, esa frase y otras de feroz incorrección política marcan el tono de una novela febril y desarmante, que pone en juego tantas cosas que suelen darse por sentadas. El amor de madre o, más que eso, el acomodo automático, instintivo e inevitable de la mujer al papel de madre. La fidelidad en el matrimonio o, más bien, la libertad para seguir impulsos que no tienen mucha explicación ni más causa aparente que el calor, o la noche, o el encuentro furtivo en un bosque. La fortaleza de los vínculos familiares, o, mejor dicho, la supervivencia de parejas y de grupos familiares más amplios entendida siempre como milagro, camino a contramarcha, negación de la naturaleza. Es impresionante el juego con las voces narrativas (“Ahora hablo como él. Siendo él, pienso en ella y se me seca la boca”), cuando el personaje protagónico se desdobla, se mira, se juzga y enciende una tormenta en el otro: “Pienso en ella y tengo arcadas de deseo”, y, cuando vuelve a sí misma, a esa joven madre que enloquece en la soledad cuando viaja el marido y que solo atina a preguntarle qué comió, logra también la ácida lucidez de quienes ven más allá de sí mismos: “Y la perorata de los celos, el bla bla bla que destruye simultáneamente al celoso y al celado dio rienda suelta a patadas, golpes, idiota, pelotudo de mierda, loca histérica y demás banalidades”.

Matate, amor tiene una intensidad narrativa impresionante. Harwicz maneja el ritmo a través de las divisiones entre párrafos, la mayoría de más de una página pero tampoco demasiado largos, que cierran siempre como si de un cuento se tratara. Esos respiros, esas pausas en el desarrollo de la novela, permiten también al lector tomar aire y seguir adentrándose en la historia de la protagonista. Todos los demás, el marido, el amante, el hijo, la suegra, son personajes secundarios. Ella devora la acción, la mueve con el lenguaje desgarbado de su lengua inquieta, con su mirada que incendia la pradera a la menor provocación. “Intento pertenecerle. Le doy mi cuero cabelludo. Tomá. Le doy mi cerebro. Le doy mi piel estirada. Tironeá. Le doy mis pestañas, no me importa perderlas. Que mis ojos se sequen en un abrir y cerrar. Me ofrezco. Agarrá. Tené, Probá”. Y así hasta que todo parece estallar en pedazos. Nadie puede salir incólume de esta lectura.

Ariana Harwicz. Elefante, Santiago, 2018. 104 páginas.

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