La novela total sobre la batalla de Stalingrado

Artículo publicado en el suplemento «Artes y letras», del diario El Mercurio, 6 de abril de 2008

La aparición de este libro, directamente traducido del ruso, fue uno de los acontecimientos literarios más importantes en el ámbito de la lengua española. No sólo porque es una de las grandes obras narrativas del siglo XX, sino también porque ha logrado un impresionante éxito de lectores desde su publicación el año pasado.

En 1985, Seix Barral publicó una edición de Vida y destino, pero traducida del francés. Eran 800 páginas en letra pequeña, difícil de leer, y pasó totalmente inadvertida. Tampoco la edición inglesa tuvo mayor repercusión, aunque sí fue éxito de ventas en Francia. Más de veinte años después, y en buena medida gracias a la obra del historiador inglés Anthony Beevor, que editó y publicó los diarios de corresponsal de guerra del escritor ruso, Vida y destino alcanza un feliz renacimiento.
Vida y destino

En Inglaterra, pasó de vender 500 ejemplares al año a vender 500 al mes. En España, la cuidada edición de Galaxia Gutenberg, traducida directamente del ruso por Marta Rebón, ha sido uno de los libros más comentados y celebrados de los últimos tiempos. Según indicó el diario español ADN en noviembre de 2007, la editorial esperaba “vender entre el mandarinato cultural algunos (pocos) miles de copias”, pero a poco más de un mes ya había vendido 100 mil, y miles más se preparaban en la imprenta, cosa notable para un libro de 1.100 páginas. En Chile, a pesar del precio, la novela de Grossman también acaparó las vitrinas de las librerías y hoy está prácticamente agotada.

Pero el camino para llegar a este reconocimiento ha tenido un trazado donde el azar, la decisión y la buena fortuna han corrido parejas. Desde luego, Grossman no vivió para presenciarlo, y ni siquiera lo suficiente como para intuir que sería posible.

Dos o tres siglos de censura

Grossman concluyó Vida y destino en 1960, cuando todavía duraba el espejismo de la apertura iniciada por Jruschov y su denuncia de los crímenes del estalinismo. El antiguo comisario del Ejército Rojo estuvo en Stalingrado, al igual que Grossman, pero ya estaba asediado por el impulso restaurador, por así decirlo, de los viejos cuadros del PCUS. Con todo, Grossman confiaba en que su novela, por su dimensión épica, por su rescate del heroísmo del pueblo ruso en la gran guerra patriótica y por su prestigio como periodista, podría ser publicada. En octubre de ese año la entregó a los editores de la revista Znamya. En febrero de 1961 recibió la respuesta: tres agentes de la KGB, la policía política soviética, llegaron hasta su casa a confiscar el manuscrito, las cintas de la máquina de escribir, el papel calco y cualquier papel relacionado con la novela. Ya no se hacía desaparecer personas, como en los tiempos de Stalin, pero sí se podía secuestrar un manuscrito.

Pero el autor no se rindió de inmediato. No sólo confiaba en el valor literario y testimonial de su novela, también apelaba a la verdad. Le escribió a Jruschov que “sigo creyendo que he dicho la verdad, que escribí el libro amando a los hombres, confiando en ellos. Pido la libertad para mi libro”. Finalmente, Grossman fue recibido por Mijail Suslov, un dirigente del partido que, según el historiador Zhores Medvedev, prefería “tener poder real antes que notoriedad pública” y, con ese bajo perfil, fue el gran ideólogo y estratega de la Guerra Fría. Medvedev, además, sostiene que era “el tapado” de Stalin, que no asumió el poder sólo porque el extremo secretismo del dictador se llevó a la tumba los hilos de la operación para encumbrarlo. Suslov fue, pues, el encargado de desalentar finalmente a Grossman. Según algunas versiones, se limitó a decirle, en tono condescendiente, que volviera al estilo de sus primeras y ortodoxas obras (en rigor, no eran así). Según las más difundidas, Suslov dijo que Vida y destino no podía ser publicada en 200 o 300 años.

La celebración de Steiner

Grossman tenía 56 años cuando concluyó Vida y destino. Murió a los 59, de cáncer, y sin esperanzas de ver publicada su obra, aunque, por fortuna, había hecho dos copias antes de hacer pública la existencia del manuscrito. Años después, gracias al físico Andrei Sajarov, una de esas copias fue enviada fuera de la Unión Soviética y a comienzos de la década de los ochenta, en Suiza, apareció la primera edición de Vida y destino.

Tras leer aquella edición, el crítico George Steiner escribió que “novelas como La rueda roja de Solzhenitsin y Vida y destino eclipsan todo lo tenido por ficción seria en Occidente al día de hoy”, afirmación que puede ser un tanto exagerada y probablemente escrita al calor de disputas ideológicas que hoy no están vigentes. Aún así, un elogio tan excesivo en apariencia despertó la ira de escritores como Anthony Burgess. El escritor Robert Chandler, traductor de Grossman al inglés, dice que el autor de La naranja mecánica acusó a Grossman de falta de imaginación, “algo sorprendente que atribuir a un escritor capaz de describir tan convincentemente los últimos momentos de un niño muriendo en una cámara de gas nazi”.

Más allá de estas polémicas, muy propias del ámbito literario, aunque hubo reconocimientos tempranos como el de Steiner y la crítica francesa, sólo recientemente, como está dicho, Grossman ha logrado el reconocimiento que su extraordinaria novela merece.

En Memoria del mal, tentación del bien. Indagación sobre el siglo XX, el crítico literario, filósofo e historiador Tzvetan Todorov, llamado por L’Express “el apóstol del humanismo”, dedicó un capítulo a Grossman y tomó los epígrafes de los capítulos de un texto suyo, La Madona sixtina. El resultado de su intento por definir qué es lo más característico del siglo pasado no es optimista: según Todorov, “el resultado capital, para mí, es la aparición de un mal nuevo, de un régimen político inédito, el totalitarismo que, en su apogeo, dominó buena parte del mundo”. Y para testigo de aquello, Grossman es, sin duda, uno de los privilegiados.

Vida y destino se desarrolla en una multiplicidad de escenarios. Aunque el foco central está en torno a la batalla de Stalingrado, el lector viaja, junto a los personajes de Grossman, desde el campo de concentración alemán de Treblinka hasta los campos de trabajo de Kolimá, en Siberia, por distintas ciudades y pueblos que acogen a miembros de la familia Sháposhnikov y por la Lubianka, la tristemente célebre prisión moscovita que operaba como lugar de interrogatorio y tortura y centro de distribución de prisioneros desde y hacia todo el territorio soviético.

El argumento

La línea argumental remarca la amplitud de la geografía en lo que quizá fue lo más irritante para las autoridades soviéticas, precisamente lo que Todorov resalta desde su análisis histórico y cultural: que el nazismo y el estalinismo son dos caras de la misma moneda totalitaria.

Grossman, además, pone como protagonista a Víctor Schtrum, físico judío, y no vacila en denunciar todas las formas, desde las insidiosas del lenguaje y el gesto corporal hasta la descarada cooperación con el genocidio, del antisemitismo ruso, lo que vuelve a igualar, en su afán asesino, a nazis y estalinistas (su otra novela tardía, Todo fluye, relata el estremecedor exterminio de los campesinos ucranianos a comienzos de la década de los treinta).

Todo fluye

Ante novelas de tan vasta extensión cabe siempre la pregunta, legítima, de si se justifica tamaña empresa. Robert Chandler cuenta, con mucha gracia, que cuando le ofrecieron traducir Vida y destino, se negó de plano: él no sólo no traducía novelas de semejante calibre, sino que no las leía. Pero, como tantos otros lectores, quedó cautivado con esta escritura de formato clásico, transparente y conmovedora, que se da tiempo para adentrarse en el alma de sus personajes y en permitir que cada uno de ellos adquiera la autonomía que exige su papel dentro del relato.

Novela episódica, con capítulos que podrían ser autónomos, con personajes históricos y ficticios, se va armando en la lectura como un gran fresco, un cuadro de increíble viveza, horror y dolor, que a pesar de todo el espanto que narra rescata la humanidad y el valor de las vidas humanas, aún de las más pequeñas y desvalidas, o sobre todo de las más pequeñas y desvalidas.

Grossman, ha destacado la crítica, logra la hazaña de aunar el valor testimonial del testigo privilegiado con la potencia del escritor que crea mundos. De ahí la carga de verdad que respira cada línea de su novela; de ahí su capacidad para conmover, emocionar y atrapar al lector.

Recuadro: Antony Beevor y su rescate de Grossman

El escritor inglés Antony Beevor (1946) dejó el servicio en el ejército y la escritura de novelas para pasarse, doblemente armado con ese bagaje, a la investigación histórica. Se especializó en los años más duros y conflictivos del siglo XX, las décadas de los treinta y los cuarenta, con obras ejemplares que han renovado la manera de hacer historia: cada libro suyo se lee con tanta pasión y sentido del suspenso como una novela.

A ello hay que agregar la solidez de la documentación. En su investigación para Stalingrado, Beevor dio con los diarios y papeles de Grossman, sepultados en el Archivo del Estado Ruso de Literatura y Artes. Ahí estaba no sólo el material básico para sus artículos en Estrella Roja, el diario del Ejército Rojo, que lo convirtieron en el corresponsal de guerra más admirado de la Unión Soviética, sino también, en germen, Vida y destino. Beevor lo citó abundantemente en su extraordinario díptico sobre el frente oriental, Stalingrado y Berlín. La caída: 1945, y luego emprendió la edición de todo el material encontrado -diarios, artículos, cartas- en Un escritor en guerra, rescate -y homenaje a la vez- del trabajo de Grossman, que constituye, según Beevor, “no sólo la materia prima de la que se sirvió un gran escritor” sino que también representa, “de lejos, los mejores testimonios sobre el Frente del Este, quizá las descripciones más penetrantes de lo que el propio Grossman llamaba ‘la verdad despiadada de la guerra'”.

Vasili Grossman. Vida y destino. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2007. 1104 páginas.

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