Veneno de escorpión azul

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 11 de agosto de 2007

EEscorpión azuln mayo de 2006, Gonzalo Millán se enteró de que estaba enfermo de cáncer al pulmón. Comenzó entonces un “diario de vida y de muerte”, un documento extraordinario que desarrolla al menos tres registros: la vida cotidiana en su más concreta actividad; la creación poética; y la reflexión lúcida, valerosa y descarnada del hombre enfrentado a la certeza de la muerte, aunque esta última certeza también informa los otros registros. Todo se torna despedida, hasta el hecho de ver pasar al cartero, y la muerte es también la materia prima de los versos que Millán escribe en una carrera de antemano perdida: murió cinco meses después de iniciar el diario.

Hay antecedentes. El escritor estadounidense Harold Brodkey escribió Esta salvaje oscuridad. Diario de mi muerte (Anagrama, 2001), entre el momento en que le diagnosticaron sida y el de su muerte, tres años después. Enrique Lihn, también enfermo de cáncer, escribió más de 300 poesías ya en la condición de desahuciado. Pero lo que aquí interesa no es la originalidad del proyecto, sino el ritmo febril de una escritura casi compulsiva que no pierde el pulso, ni la claridad, ni la lucidez. La RAE define lúcido como claro en el razonamiento, en las expresiones, en el estilo, pero también se asocia la palabra con rapidez intelectual y cordura. Y en la encrucijada que motivó la escritura de este libro, nada más fácil que rendirse a la oscuridad: la desesperación, la autocompasión, los sufrimientos aparejados a una enfermedad terminal, son motivos suficientes para el extravío de la cordura, la pérdida de la claridad y la entrega al derrotismo estéril. Millán no se rinde jamás. Con ello gana la textura y el contenido de un libro agónico y ejemplar, con hallazgos brillantes (no en vano es el poeta chileno que más ha dado que hablar en los últimos años) y una tensión interna que a ratos sobrecoge; texto que termina por privilegiar el primer polo del enunciado, la celebración de la vida hasta que llegue la hora de cercenar la luz, que se extingue la vela.

Gonzalo Millán. Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago, 2007. 321 páginas.

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El navegante solitario

Teignmouth.jpgDonald Crowhurst tenía una pequeña empresa de productos electrónicos para la navegación marina en el pueblo de Teignmouth, en Devon, Inglaterra. Corrían los años sesenta. El negocio iba mal. Con poca experiencia en navegación, Donald decidió participar en el Sunday Times Golden Globe Race, carrera de yates cuya exigencia era circunnavegar el mundo, sin tocar tierra en ninguna parte. Vendió su casa y compró un trimarán, “barco multicasco que consta de un casco principal y dos flotadores más pequeños atados al lado del casco principal con puntales laterales”, según indica wikipedia.

Si se busca información en la web, es prácticamente unánime la opinión de que Crowhurst era un tramposo que falseó datos para quedarse con las cinco mil libras del premio y salvar así su negocio, pero le salió el tiro por la culata: perdido en el Atlántico, su bitácora se torna cada vez más delirante y finaliza abruptamente: el trimarán, bautizado como Teignmouth Electron en honor a su pueblo, que lo despidió con aplausos, apareció varado y sin su piloto y único pasajero en una isla del Caribe. La explicación fácil es que lo venció la culpa aunada a la inexperiencia; las febriles anotaciones de su diario de viaje dan cuenta de su extravío y, ante su incapacidad para afrontar la verdad, optó por el suicidio.

Pero, como suele pasar, las explicaciones fáciles no tienen por qué ser verdaderas (la navaja de Occam puede ser muy traicionera). La artista Tacita Dean dedicó años a reconstruir el caso y lo publicó en un libro que lleva el nombre del barco. Fue a Teignmouth, y se sorprendió de la mezquindad de sus autoridades, que apostaron por Crowhurst para atraer más visitantes al antiguo puerto reconvertido en destino turístico. Fue a fotografiar los restos del trimarán, que había cambiado de manos y terminó varado en otra playa, azotado por los huracanes y arrimado a un solitario árbol que parecía sostener los restos frente a la violencia de los vientos. Leyó con atención obsesiva la bitácora. Reparó en el detalle de que Donald dejó el barco junto con el cronómetro, único instrumento que le permitía fijar su posición en aquella era pre satelital. En su libro, melancólico, triste, que se interroga sobre todo por la soledad y la huella, Dean da cuenta de su peregrinaje tras la huella de Crowhurst y llega a una conclusión totalmente opuesta a la común: la bitácora no es una muestra de locura, sino de lucidez; y si su autor optó por el suicidio, fue para mostrar la verdad, no para ocultarla. Si hubiera querido pasar a la historia como una víctima de la soledad en el interminable horizonte marítimo, habría lanzado por la borda su bitácora y la planificación de su viaje, que trazaba un risueño recorrido entre dos puntas: el islote Tristán da Cunha y las Islas Malvinas, dos avanzadas -o dos restos- del Imperio Británico en dos extremos, lo que puede sugerir que el engaño (que lo fue; Crowhurst nunca intentó realmente circunnavegar el globo terráqueo y falseó datos sobre su ubicación) ya era una intención larvada, no consciente, antes de zarpar de la costa de Devon.

IMG_4008La artista reconstruye ese momento o esos días o esas semanas de soledad pura y dura, y sobre todo ese momento silencioso, tranquilo, meditado, consciente, en que Donald abrazó el cronómetro y se dejó caer, suavemente, por la borda, con el rumbo perdido y la inmensidad del mar por compañía. Probablemente fue de noche. Y puede haber sido un enorme descanso. Atrás, en la embarcación, quedaba el registro de su empresa imposible. Como escribe Tacita Dean, es tan común embarcarse en proyectos que sabemos que no vamos a poder llevar a cabo. La mayor parte de las veces se trata sólo de fracasos personales que lastran la existencia; Donald, en cambio, llevó su empeño hasta un callejón imposible y se dejó caer, con los ojos abiertos, plenamente consciente de la futilidad de su empeño (o de cualquier empeño, si se lo mira en el eje definitivo de la muerte).

¿Y por qué escribo hoy, casi de memoria, sobre un libro que leí hace unos cuatro años, probablemente deformándolo completamente? Ya se sabe, la memoria es más traicionera que las soluciones simples. Es porque el epígrafe del libro es Space Oddity, la canción completa, compuesta en el mismo año de la epopeya -por qué no llamarla así- del Teignmouth Electron, y uno puede perfectamente entender -y aplaudir- que el mayor Tom sea la cifra que preside el peregrinaje de Tacita Dean tras la huella de Donald Crowhurst:

estoy pasando a través de la puerta
estoy flotando en una forma muy peculiar
y las estrellas lucen muy diferente hoy”.

Tacita Dean. Alias Editorial, Ciudad de México, 2009. Sin folio de páginas. Traducción de José Ignacio Rodríguez Martínez.

balada del pequeño y del gran hijo-de-puta

balada del pequeño y del gran hijo-de-puta
(hysteron proteron)

I

el pequeño hijo-de-puta
es siempre
un pequeño hijo-de-puta;
pero no hay hijo-de-puta,
por pequeño que sea,
que no tenga
su propia
grandeza
dice el pequeño hijo-de-puta.

no obstante, hay
hijos-de-puta
que nacen grandes
e
hijos-de-puta
que nacen pequeños,
dice el pequeño hijo-de-puta
además,
los hijos-de-puta
no se miden por palmos,
dice también
el pequeño hijo-de-puta.

el pequeño
hijo-de-puta
tiene una pequeña
visión de las cosas
y muestra en
todo cuanto hace
y dice
que es exactamente
el pequeño hijo de puta.

no obstante,
el pequeño hijo-de-puta
está orgulloso de
ser
el pequeño hijo-de-puta.

todos
los grandes hijos-de-puta
son reproducciones a
tamaño grande
del pequeño hijo-de-puta,
dice el pequeño hijo-de-puta.

dentro del
pequeño hijo-de-puta
existen en idea
todos los
grandes hijos-de-puta,
dice el pequeño hijo-de-puta.

todo lo que es malo
para el pequeño
es malo
para el gran hijo-de-puta,
dice el pequeño hijo-de-puta.

el pequeño hijo-de-puta
fue creado por el pequeño señor
a su imagen y
semejanza
dice el pequeño hijo-de-puta.

es el pequeño
hijo-de-puta
el que da al grande
todo aquello que él
precisa
para ser el gran hijo-de-puta,
dice el pequeño hijo-de-puta.

por lo demás,
el pequeño hijo-de-puta ve
con buenos ojos
el engrandecimiento
del gran hijo-de-puta:
el pequeño hijo-de-puta
el pequeño señor
Sujeto Servicial
Simple Sobra
o sea, el pequeño hijo-de-puta.

II

el gran hijo-de-puta
también en ciertos casos comienza
por ser
un pequeño hijo-de-puta,
y no hay hijo-de-puta,
por pequeño que sea,
que no pueda
venir un día a ser
un gran hijo-de-puta,
dice el gran hijo-de-puta.

no obstante, hay
hijos-de-puta
que ya nacen grandes
e
hijos-de-puta
que nacen pequeños,
dice el gran hijo-de-puta
además,
los hijos-de-puta
no se miden por palmos,
dice también
el gran hijo-de-puta.

el gran
hijo-de-puta
tiene una gran
visión de las cosas
y muestra en todo cuanto hace
y dice
que es mismamente
el gran hijo-de-puta.

por eso
el gran hijo-de-puta
está orgulloso de
ser
el gran hijo-de-puta.

todos
los pequeños hijos-de-puta
son reproducciones a
tamaño pequeño
del gran hijo-de-puta,
dice el gran hijo-de-puta.

dentro del
gran hijo-de-puta
existen en idea
todos los
pequeños hijos-de-puta,
dice el gran hijo-de-puta.
todo lo que es bueno
para el grande
no puede
dejar de ser igualmente bueno
para los pequeños hijos-de-puta,
dice el gran hijo-de-puta.

el gran hijo-de-puta
fue creado
por el gran señor
a su imagen y
semejanza,
dice el gran hijo-de-puta.

es el gran
hijo-de-puta
el que da al pequeño
todo aquello que él
precisa
para ser el pequeño hijo-de-puta,
dice el gran hijo-de-puta.

por lo demás,
el gran hijo-de-puta ve
con buenos ojos
la multiplicación
del pequeño hijo-de-puta:
el gran hijo-de-puta
el gran señor
Santo y Seña
Símbolo Supremo
o sea. el gran hijo-de-puta.

En Alberto Pimenta, Discurso sobre el hijo-de-puta, páginas 35-42. [pepitas de calabaza ed.], Logroño, 2014. 128 páginas. Traducción del portugués de Jorge Carrasco.

Los afectos

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 2 de enero de 2016

Los-afectosEl novelista boliviano Rodrigo Hasbún aborda, en esta novela, la vida de una familia de inmigrantes alemanes que llegó en los años 50 a La Paz. Aclara, desde el inicio, que es una obra de ficción que en ningún caso pretende “ser un retrato fidedigno” de alguno de los miembros de la familia. Y sin duda que se trata de una obra de ficción, por la manera de desarrollar a los personajes y la alternancia de voces y tiempos verbales que recorre el texto. Ocurre que los Erlt no son cualquier familia. El padre fue el camarógrafo estrella de la cineasta Leni Riefenstahl, quien fue a su vez la gran retratista de los nazis; y su hija Monika, la principal protagonista del libro, una de las destacadas líderes del Ejército de Liberación Nacional que impulsó Guevara y continuaron los hermanos Inti y Coco Peredo.

Sin embargo, no hay acá una reconstrucción mitificadora de la guerrilla, que aparece recién en la segunda parte del libro. Tal como indica el título, el relato indaga mucho más en el tejido de relaciones en una familia, tanto entre ellos como con sus amigos, maridos (Hans Erlt tuvo tres hijas) y amantes. La alternancia de voces enriquece considerablemente el desarrollo, y más todavía cuando parece acercar el foco con algunos personajes y alejarlo en otros, como en el caso de Monika, una figura enigmática que resiste las lecturas fáciles y los clichés habituales en estos casos. Hasbún incluso se ríe de algunos de ellos, como aquel de que ser comunista es muy fácil para alguien que viene de una familia acomodada. Que ese tejido de relaciones se imbrique con la realidad social y política boliviana en las décadas de los 50 y los 60 le da un áspero contexto a la vida familiar, aunque, ya está dicho, la línea de la novela transcurre por los descubrimientos de la adolescencia y la juventud, por los impulsos de fuga de lo que te proporciona seguridad, por los sueños desbocados del padre y el hambre utópico de la hija, por las opciones de la soledad o de la seguridad. Y por ese camino una de las protagonistas escribe una frase reveladora: “No es cierto que la memoria sea un lugar seguro. Ahí también las cosas se desfiguran y se pierden. Ahí también terminamos alejándonos de la gente que más amamos”. Cuando solo queda la memoria, cuando hay otros que solo aparecen en los hitos del pasado, se puede comprobar asimismo que los afectos igual cambian, se degradan, se traicionan, o simplemente encuentran la profundidad irreversible del olvido. Hasbún, junto a Liliana Colanzi y Maximiliano Barrientos, representa a una nueva y muy viva generación narrativa de su país.

Rodrigo Hasbún. Literatura Random House, Barcelona, 2015. 140 páginas.