Elogio del pesimismo

elogio-del-pesimismo-lucien-jerphagnon-trabalibrosSi bien la idea del progreso está sumamente extendida y se cuantifica mediante distintos indicadores referidos, por ejemplo, al ingreso per cápita o a la calidad de vida en asuntos específicos, es muy frecuente también escuchar la idea opuesta, que todo va de mal en peor. El historiador y filósofo Lucien Jerphagnon cuenta en el prólogo cómo en su familia, desde varias generaciones, se venía predicando la irremediable decadencia de todo. ¿Y quién no tiene una tía, un abuelo, un vecino mayor, que sostenga que el pasado era mejor? Lo condensa la frase que, no sin alguna picardía, el autor pone como subtítulo del libro. Jerphagnon sostiene que esa tendencia familiar fue una eficaz vacuna en contra del «optimismo crónico» y la agradece, porque «nunca es demasiado pronto para aprender que los coches fúnebres no siempre son para los demás, y que las tostadas suelen caer del lado de la mantequilla». En razón de su calidad de historiador de la filosofía, su tarea es escuchar lo que piensan los demás; aunque ya desde pequeño se daba cuenta, «yendo de libro en libro y casi siempre mientras buscaba otra cosa, de cuánto desengaño subyacía a cualquier consideración acerca de la vida, del amor, de la muerte». Según sus cálculos, llevamos más de 2.700 años de pesimismo. Y aunque su idea original era escribir una historia monumental del pesimismo y de cómo el concepto variaba con el correr de los siglos, la magnitud de la tarea lo llevó a optar por completar una colección ya en marcha, la de todo aquello «que denigra al mundo», y la ordenó por temas. Son fragmentos de 140 autores de todos los tiempos. La estructura recuerda el Aurea Dicta, la magnífica colección de frases latinas que Crítica editó hace algunos años, con dos diferencias: acá, el campo temporal es mucho más extendido; y la temática, mucho más acotada.

El resultado es este libro, una “colección de desesperanza”  que aspira a ayudar a los lectores a sentirse menos solos en sus lamentos, al ver que algún otro retrató cabalmente el mal que le aqueja. Jerphagnon introduce con un breve párrafo cada tema y suele descolocar al lector, sea por el humor o por la agudeza de su reflexión. No todas las citas son igualmente buenas; alguna hay demasiado tópica de tan manoseada en otros contextos -como la de Plauto, «El hombre es el lobo del hombre»-, alguna rebuscada, otra demasiado extensa, pero, aún con esos baches, que son muy pocos, el libro se lee con un extraño placer, ese que nos indica que no estábamos tan equivocados, que el progreso es una entelequia, que no será gol sino tiro en el palo, y también la melancolía inevitable de entender de repente que alguna vez fuimos felices y que en ese tiempo no nos dimos cuenta (ver, más abajo, Felicidad); y confirmar además que en estos días inestables y dolorosos el pesimismo puede ser tu último abrigo, el espacio que te reconforta, tu puerta privilegiada a la realidad.

El editor del libro, Juan Antonio Montiel, señala en una nota previa que, además de dar cuenta de casi tres milenios de pesimismo, el libro «demuestra también la profusión y variedad de la traducción al español», puesto que en la inmensa mayoría de los casos se acudió a las versiones ya existentes, con nombres como los de fray Luis de Granada, Pablo Neruda, Tomás Segovia, José Gaos, Ángel Crespo y Pedro Salinas entre los traductores. Ello constituye, según Montiel -mexicano radicado en España, traductor excepcional, así que sabe de lo que habla-, «un modesto motivo de optimismo».

Seleccioné una o dos entradas por tema, para dar una mejor idea sobre el contenido del libro.

I. Habladme de amor

«… uno abandona su libertad completamente cuando se prenda de otro ser. El deseo puede apagarse, la pasión morir, sin embargo, en el fondo del corazón hay siempre algo inalienable que se puede dar pero no recuperar. Hasta el momento de la muerte, uno pertenece a aquellos a los que amó». Julien GreenLeviathan

II. La vida familiar

«A ver si mi tío paterno la palma; ya le haremos un entierro por todo lo alto». Persio, Sátiras, II. 9-10

«Tenía ocho años y los ojos de mi padre no se habían posado jamás sobre mí». Charles-Maurice de Talleyrand, Memorias

III. Las relaciones llamadas «humanas»

«Pongo como un hecho que, si todos los hombres supieran lo que los unos dicen de los otros, no habría cuatro amigos en el mundo». Blaise Pascal, Pensamientos, 101

«¡Dios mío! ¡Protégenos de aquellos que nos desean el bien en exceso!». Vladimir Jankélévitch, Traité des vertus

IV. De la política y los políticos

«Lo propio de los regímenes en agonía es permitir una mezcla confusa de creencias y doctrinas, y crear, al mismo tiempo, la ilusión de que se podrá retrasar indefinidamente la hora de la elección…
»De ahí, y únicamente de ahí, deriva el encanto de los períodos prerrevolucionarios». E.M. Cioran, Del inconveniente de haber nacido

V. La ley del impedimento máximo de la naturaleza

Aquí conviene citar, en primer término, la introducción de Jerphagnon:

«Está claro: cuando una tostada se cae, lo hace siempre del lado de la mantequilla. Se trata de un problema que está más allá de la física. Un amigo judío me confesó una vez que había preguntado por esta cuestión a su rabino. Después de meditar unos instantes, éste le contestó: “Hijo mío, ¿estás seguro de que untas la mantequilla del lado correcto?”». Lucien Jerphagnon, Elogio del pesimismo

«Todo camino en el que uno se lanza a fondo termina por convertirse en un callejón sin salida». Roger Martin du GardLes Thibault

VI. Felicidad

«La felicidad es inasible; la sabiduría de los individuos sabe que la felicidad no existe más que en el recuerdo … sólo después nos damos cuenta de que en tal o cual época fuimos felices sin saberlo». Paul Veyne, Séneca

VII. La estupidez, por llamarla de algún modo

«El tonto que tiene buena memoria está lleno de pensamientos y de datos, pero es incapaz de sacar conclusiones». Vauvenargues, Reflexiones y máximas

«Cuantas menos ideas se tienen, más alto se habla». François Mauriac, Le Feu sur la terre

VIII. Así es la gente

(y las redes sociales)

«… muchos vierten lágrimas para ostentarlas y tienen secos los ojos cuando falta quien las mire, y piensan que es cosa fea no llorar cuando lo hacen todos». Séneca, De la tranquilidad del alma, XV.6

«… esa multiforme fiera que es la opinión pública…». Sinesio de Cirene, Dión, XIV.3

IX. Los dioses, a quienes las religiones echan la culpa

«Entre dos ciudades vecinas, Ombos y Téntira, se mantiene encendida una antigua y perdurable enemistad, un odio inextinguible, una llama incurable. Y ese enorme furor de unos contra otros procede de la aversión que experimentan respectivamente ambos por los dioses de sus vecinos, convencidos cada cual de que sólo los de su ciudad adora pueden ser considerados dioses verdaderos». Juvenal, Sátiras, XV.35-38

«La devoción encuentra, para sus malas acciones, razones que un hombre simple y honesto no sabría encontrar». Montesquieu, Pensées diverses

X. ¡Todo pasa tan rápido!

«… a cierta edad esperar cuesta un gran trabajo…». Dino Buzzati, El desierto de los tártaros

«A los veinte años sólo tenía pasado». Louis-Ferdinand Céline, Viaje al fin de la noche

XI. Una muerte segura

«… no son la muerte o las fatigas lo temible, sino el temer a las fatigas o a la muerte». Epicteto, Disertaciones, II.1.

«El verbo morir no se conjuga en primera persona». Jean Cassou, Le livre de Lazare

XII. ¿Treinta siglos de decadencia?

«Muchos son los inconvenientes que acosan al [que es] viejo …; intratable y gruñón, es dado a alabar el tiempo pasado, cuando él era niño, y a corregir y censurar a los jóvenes». Horacio, Arte poética, 169-175

XIII. La condición humana

«Ser o no ser, de eso de trata:
Si para nuestro espíritu es más noble sufrir
Las pedradas y dardos de la atroz Fortuna
O levantarse en armas contra un mar de aflicciones
Y oponiéndose a ellas darles fin.
Morir para dormir; no más …». William Shakespeare, Hamlet, Acto III, Escena 1

«¿Para qué conquistar la luna, si no es para suicidarse allí?» André Malraux, Les Chênes qu’on abat

XIV. ¿Sabremos alguna vez cuál es la última palabra?

«¡No se atormente! Queriendo profundizar tanto, se corre por una pendiente peligrosa». Gustave Flaubert, Bouvard y Pécuchet

«Las ideas generales no son ni verdaderas, ni falsas, ni justas ni injustas, sino vacuas». Paul Veyne, Le Quotidien et l’interesant

XV. De donde resulta que a pesar de todo hay que «ir tirando»

«Créeme cuando te digo que no es de sabios decir: viviré. Tardíamente se quiere vivir el día de mañana. Vive hoy». Marcial, Epigramas I.11

«Por muy extraño que pueda parecernos, después de nosotros el mundo seguirá girando. Sin vosotros. Sin mí. Con altibajos, pero continuará. Y no se contentará con hacer que nuestros sucesores sean más felices de lo que nosotros lo fuimos en medio de nuestros dramas. Ya lo sabéis, el paraíso no va a aparecer mañana. El infierno tampoco». Jean d’Ormesson, C’était bien

El cierre del libro –Y ya que todo tiene un final– es una luminosa y sabia reflexión del autor, que relativiza tanto el pesimismo a la Cioran -una pose- como el optimismo permanente. Pero mejor cito a Jerphagnon para cerrar este paseo por la desolación:

Nunca, mientras la vida dure, dejaremos de preferir lo bueno y de quejarnos de lo malo y ¿por qué no?, de desear que todo sea mejor. Por lo menos durante un instante. Nada de lo que une a los hombres en esa miseria de la que hablaba Pascal es inútil. Nada que venga acompañado de un instante de alegría resulta superfluo. A cada quien le corresponde proveerse, ya que nadie puede vivir por el otro. Nada ayuda tanto como la esperanza.

Lucien Jerphagnon. Edición al cuidado de Juan Antonio Montiel. Barril & Barral, Barcelona, 2010. 160 páginas.

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