Tratado sobre la infidelidad

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 21 de noviembre de 2015

tratado-393x600Tras leer esta colección de relatos, se entiende que los autores -los mexicanos León Plascencia Ñol y Julián Herbert- no se refieren a la infidelidad en su sentido clásico, aquel del triángulo amoroso, y tampoco a las escapadas ocasionales fuera del marco de la pareja. Se trata de una cuestión mucho más de fondo. Quizá de ahí viene el título, curiosa elección para un conjunto de cuentos cuyo hilo conductor no es tanto la infidelidad como el deseo y los modos en que este se proyecta, se desplaza, se pervierte, se desdobla o se frustra. “No hay deseo más puro que el no correspondido”, dice una de las más felices frases del libro. Puede desprenderse de ahí una pauta de lectura: en el más extenso y uno de los mejor logrados, “Tokyo big diary”, el intenso erotismo de la relación de Fuzzaro -personaje que protagoniza varios relatos- con su amante japonesa no es otra cosa que una operación de olvido, una suerte de terapia donde el deseo por Shino se enciende y se multiplica para borrar, para abolir, para olvidar el deseo por Nita. En otro cuento, el protagonista muere; pero muere lo que él es en ese momento, el hombre que ama a una artista conceptual madura y atractiva, y lo mata él mismo, para volver a sus juergas con las jóvenes actrices que su trabajo de guionista le pone a la mano. La infidelidad puede ser, así, una forma mucho más sutil y profunda de traición. No se trata del mero acto físico, sino de una operación compleja y premeditada que hunde a ambos en el mismo abismo de dolor y desgarro.

Eso sí, Plascencia y Herbert no pierden el sentido del humor. Negro, por fuerza, para estar a la altura de las circunstancias. Cuando se enfrentan en serio asuntos tan serios como el deseo y la infidelidad, no queda más que asomarse a aspectos sumamente sórdidos de los seres humanos, extrañas maneras -a veces extrañísimas- que las parejas descubren para mantener ya no viva, sino apenas posible, una relación; y el humor y la distancia alivianan el amargo trago. En ese sentido, el cuento “Palabras mucho más cortas que un sentimiento abatido” es ejemplar. Aunque en más de alguna oportunidad se les arranca una frase hecha o un epigrama sin mayor sustancia, impresiona cómo los autores lograron dar coherencia, claridad y estilo a una propuesta narrativa con ese sello hasta melancólico de lo irrepetible. El último cuento, “Una horda de locos”, es, precisamente, un ejercicio de estilo sobre una vieja fotografía.

León Plascencia Ñol y Julián Herbert. Montacerdos, Santiago, 2015. 120 páginas.

Triage

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 14 de noviembre de 2015

TriagePatricio Alvarado, artista, fotógrafo y ensayista, publica su primera obra de ficción, un libro misterioso y con algo de inasible, compuesto de fragmentos y materiales diversos. En letras blancas y fondo negro, noticias sobre el comando Hernán Trizano y sobre el mismo personaje, lo que sitúa a la novela en el marco del conflicto mapuche. En los otros fragmentos, la voz del protagonista relata principalmente una vida laboral fantasmal, tanto como digitador de una empresa virtual donde su tarea es agregar chilenismos y cambiar palabras a artículos extranjeros, como de empleado en un edificio deshabitado donde, sin embargo, la basura no cesa de acumularse; pero también recoge casos de la crónica policial temuquense -peleas de borrachos que terminan en brutales asesinatos, accidentes carreteros, crímenes de mujeres- y se dirige a otro personaje aún más fantasmal, Andrea, a quien nunca ve, quien nunca contesta.

Todo en Triage es precario e impreciso; y si hacia el final el protagonista empieza a contar sus sueños, ello solo recalca el tono onírico -pesadillesco- dictado por frases como “se derrite la luz de la pantalla y es absorbida por el suelo. El cielorraso comienza a gotear y cada gota taladra el piso percutiendo al ritmo de mi pulso”. La extrema soledad del protagonista, que trabaja desde piezas en casas antiguas o pensiones desangeladas donde nunca ve a los vecinos, que atrapa redes adivinando las contraseñas, que se arma una cama en un sótano con cartones para no volver a una pensión, que de súbito se encuentra cesante cuando nadie le contesta el teléfono ni el correo, que llega a direcciones tan fantasmales como sus trabajos, es sobrecogedora y se constituye en lo esencial del texto, en su exploración más profunda, más destacada, aun cuando la sitúa contra el fondo de la muerte que sobreviene por el azar, por la influencia del alcohol, por un descuido en la carretera. De ahí la sensación de precariedad que recorre el texto y también su carácter circular; hay párrafos intercambiables entre el inicio y el final, que refuerzan la idea de que el único relato posible es esa sensación de asfixia y soledad tan propia de este tiempo. Destaca también en Triage el cuidado con el lenguaje y la calidad de las metáforas: “En los arrecifes de la ciudad, las piedras y las rompientes parecen copiadas de un álbum fotográfico. No hay espacio para carreteras o calles donde el humo dibuje minúsculas nubes dispuestas a disolverse junto a los edificios”.

Patricio Alvarado. Alquimia Ediciones, Santiago, 2015. 136 páginas.

¿Qué tipo de lector eres?

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«Constantino Bértolo propone en su ensayo La cena de los notables que existen cinco tipos de lecturas (en realidad hay una sexta, la que lleva a cabo el crítico literario, que no nos incumbe por el momento): la lectura inocente, la lectura adolescente, la lectura sectaria, la lectura letraherida y la lectura civil. Cada una de ellas se define a partir de la distancia que marca el lector con el texto que se dispone a leer, y se basa en el lugar donde se coloca el foco de atención en el ejercicio de lectura. Mientras que el lector adolescente tiende a la identificación con el texto -«¡Oh, esto me ha pasado a mí!»- y establece correspondencia entre el texto y su propia biografía, situando el foco en su experiencia vital, y el lector inocente utiliza la lectura como vehículo de evasión, el lector civil, por su parte, experimenta un mayor desapego del texto, se distancia de él y logra extraer de la lectura un aprovechamiento para intervenir en el contexto político, social o cultural en el que habita. Entre ambos extremos, se sitúan el lector sectario y el lector letraherido; si el primero fundamenta su lectura, como el lector adolescente, en el proceso de identificación, focalizando la lectura en la ideología y discriminando aquellas obras que no comulgan con su visión del mundo, el lector letraherido opera casi como un coleccionista y se acerca a la lectura desde su experiencia lectora, poniendo en relación las lecturas atesoradas a lo largo de su vida y privilegiando los aspectos formales, estrictamente estéticos, sobre otros elementos presentes en toda obra literaria, como las cuestiones políticas y sociales, que de inmediato rechaza».

Qué hacemos con la literatura. David Becerra Mayor, Raquel Arias Careaga, Julio Rodríguez Puértolas, Marta Sanz.Akal, Madrid, 2013. 64 páginas (la cita es de la página 6).

Habrá que hacer algo mientras tanto

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 31 de octubre de 2015

NeyraEzio Neyra (1980) es uno de los más promisorios escritores peruanos de las jóvenes generaciones. Por esos azares de la deriva editorial, sus obras han sido publicadas en Chile, por Juan Carlos Sáez Editor y Cuneta. Bienvenido sea. El auge de las editoriales empeñadas en construir catálogos de calidad ha tenido como consecuencia el enriquecimiento de las posibilidades de lectura. Habrá que hacer algo mientras tanto es la primera novela de Neyra, publicada en Lima hace 10 años, pero la madurez de su escritura no delata, en absoluto, que haya sido escrita antes de los 25 años. Aunque el tema, sí, es vagamente juvenil: tres amigos que no logran obtener una visa para salir del país simplemente porque llegan tarde -y se pelean a puñetazos en la espera-, deciden construir un barco para abandonar el país; pero la ciudad en que viven no tiene ríos, ni lagos, ni mar. Es, propiamente hablando, una utopía tal como la define el Diccionario de la Real Academia Española: “Plan, proyecto, doctrina o sistema optimista que aparece como irrealizable en el momento de su formulación”. La embarcación, construida dentro de una casa, parece sucesivamente escritorio, bicicleta, patíbulo, rampa, cabaña. Los tres amigos -Alto, Gordo y Mediano- trabajan día y noche, acechados por los curiosos vecinos, hasta que finalmente emprenden la marcha, sobre ruedas, pero impulsados por el viento.

La primera mitad de la novela está narrada por Alto; de ahí en adelante se alternan las voces y traducen mucho mejor las tensiones entre ellos y las diferencias en el modo de mirar y apreciar el trabajo que han realizado. No se trata de una empresa feliz; el primer capítulo enuncia de manera general la posible motivación de querer irse, con una descripción demoledora del vacío de la vida cotidiana que remata así: “Ingresar, bostezar, mirar, callar, reposar, rezar, llorar, acostarse tarde en la noche y pensar que es una lástima que mañana haya mañana”. Y si antes era el tedio, en la soledad del viaje y bajo un sol tremendo, será el odio puro y duro el que marque el desarrollo del relato, que a ratos le parece a uno de los protagonistas “un sueño dentro de otro sueño”, y donde, tal como ocurre en la actividad onírica, la realidad parece fundirse con la imaginación: a veces la nave surca el mar, pero en el siguiente párrafo el escenario vuelve a ser la tierra calurosa, el sudor, la soledad, el miedo y la rabia.

Ezio Neyra. Editorial Cuneta, Santiago, 2015. 73 páginas.

Pequeño recuento sobre mis faltas

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 24 de octubre de 2015

PORTADAPAVONLa obra de la mendocina Cecilia Pavón (1973) es breve y variada: poesía recogida en un volumen, un libro de relatos breves, curadora de una galería de arte que dio mucho que hablar en Buenos Aires. Esta breve selección recoge algunos de sus cuentos y significa la introducción en Chile de una escritora más que interesante, que coquetea de manera genial con la cursilería hasta el punto de otorgarle otro sentido al término. Cuando escribe que la literatura “no es más que un halo de luz color durazno o azul, algo parecido a esos aros de fuego azul que hay muy cerca del castillo del Conde Drácula cuando Keanu Reeves pasa a toda velocidad en una carroza, en la película de Francis Ford Coppola)”, no se advierte ni como una provocación ni una frase absurda, sino como la respiración natural de un relato donde una escritora vampiriza -literariamente hablando- a sus alumnos.

La protagonista de “Todas las carteras que he tenido” muestra que es perfectamente posible narrar una vida, hacer recaer el peso de la biografía y de la historia de su tiempo, en un accesorio que refleja estados anímicos, cuestiones de la edad y del crecimiento, circunstancias históricas, modas en formas y tipo de materiales (que a su vez reflejan el estado de la economía y del progreso) con gracia, estilo y profundidad. De esa profundidad que hay que descubrir en la superficie del relato; Pavón no apela ni a grandes palabras ni a trascendentales conceptos para desnudar aquello que nos constituye y que nutre el tiempo. “En la década de los noventa lo sintético era ‘fashion’ y políticamente correcto”, frase que la sensibilidad actual contradice por completo. Algunos cuentos -como este de las carteras- tienen un vago aire autobiográfico; otros muestran su experiencia en el mundo de los artistas y las galerías que exponen sus obras (incluidos poetas y perfumes robados), pero lo más interesante está en su estudiada levedad, en el absurdo sin estridencias ni dramas existenciales, en su muy especial modo de tomarle el pulso a nuestro tiempo, en la serena y nada de impostada reflexión sobre la belleza que surge en alguna página. Hacia el final del libro, un episodio y una frase parecen quebrar el tono o bien anuncian una nueva línea narrativa, que hace surgir la angustia de una manera menos lúdica: “Nadie nunca más debería acusar a nadie de preferir la inconsistencia de las nubes a las luchas de poder que se libran debajo de ellas”.

Cecilia Pavón. Overol, Santiago, 2015. 59 páginas.

Elogio del pesimismo

elogio-del-pesimismo-lucien-jerphagnon-trabalibrosSi bien la idea del progreso está sumamente extendida y se cuantifica mediante distintos indicadores referidos, por ejemplo, al ingreso per cápita o a la calidad de vida en asuntos específicos, es muy frecuente también escuchar la idea opuesta, que todo va de mal en peor. El historiador y filósofo Lucien Jerphagnon cuenta en el prólogo cómo en su familia, desde varias generaciones, se venía predicando la irremediable decadencia de todo. ¿Y quién no tiene una tía, un abuelo, un vecino mayor, que sostenga que el pasado era mejor? Lo condensa la frase que, no sin alguna picardía, el autor pone como subtítulo del libro. Jerphagnon sostiene que esa tendencia familiar fue una eficaz vacuna en contra del «optimismo crónico» y la agradece, porque «nunca es demasiado pronto para aprender que los coches fúnebres no siempre son para los demás, y que las tostadas suelen caer del lado de la mantequilla». En razón de su calidad de historiador de la filosofía, su tarea es escuchar lo que piensan los demás; aunque ya desde pequeño se daba cuenta, «yendo de libro en libro y casi siempre mientras buscaba otra cosa, de cuánto desengaño subyacía a cualquier consideración acerca de la vida, del amor, de la muerte». Según sus cálculos, llevamos más de 2.700 años de pesimismo. Y aunque su idea original era escribir una historia monumental del pesimismo y de cómo el concepto variaba con el correr de los siglos, la magnitud de la tarea lo llevó a optar por completar una colección ya en marcha, la de todo aquello «que denigra al mundo», y la ordenó por temas. Son fragmentos de 140 autores de todos los tiempos. La estructura recuerda el Aurea Dicta, la magnífica colección de frases latinas que Crítica editó hace algunos años, con dos diferencias: acá, el campo temporal es mucho más extendido; y la temática, mucho más acotada.

El resultado es este libro, una “colección de desesperanza”  que aspira a ayudar a los lectores a sentirse menos solos en sus lamentos, al ver que algún otro retrató cabalmente el mal que le aqueja. Jerphagnon introduce con un breve párrafo cada tema y suele descolocar al lector, sea por el humor o por la agudeza de su reflexión. No todas las citas son igualmente buenas; alguna hay demasiado tópica de tan manoseada en otros contextos -como la de Plauto, «El hombre es el lobo del hombre»-, alguna rebuscada, otra demasiado extensa, pero, aún con esos baches, que son muy pocos, el libro se lee con un extraño placer, ese que nos indica que no estábamos tan equivocados, que el progreso es una entelequia, que no será gol sino tiro en el palo, y también la melancolía inevitable de entender de repente que alguna vez fuimos felices y que en ese tiempo no nos dimos cuenta (ver, más abajo, Felicidad); y confirmar además que en estos días inestables y dolorosos el pesimismo puede ser tu último abrigo, el espacio que te reconforta, tu puerta privilegiada a la realidad.

El editor del libro, Juan Antonio Montiel, señala en una nota previa que, además de dar cuenta de casi tres milenios de pesimismo, el libro «demuestra también la profusión y variedad de la traducción al español», puesto que en la inmensa mayoría de los casos se acudió a las versiones ya existentes, con nombres como los de fray Luis de Granada, Pablo Neruda, Tomás Segovia, José Gaos, Ángel Crespo y Pedro Salinas entre los traductores. Ello constituye, según Montiel -mexicano radicado en España, traductor excepcional, así que sabe de lo que habla-, «un modesto motivo de optimismo».

Seleccioné una o dos entradas por tema, para dar una mejor idea sobre el contenido del libro.

I. Habladme de amor

«… uno abandona su libertad completamente cuando se prenda de otro ser. El deseo puede apagarse, la pasión morir, sin embargo, en el fondo del corazón hay siempre algo inalienable que se puede dar pero no recuperar. Hasta el momento de la muerte, uno pertenece a aquellos a los que amó». Julien GreenLeviathan

II. La vida familiar

«A ver si mi tío paterno la palma; ya le haremos un entierro por todo lo alto». Persio, Sátiras, II. 9-10

«Tenía ocho años y los ojos de mi padre no se habían posado jamás sobre mí». Charles-Maurice de Talleyrand, Memorias

III. Las relaciones llamadas «humanas»

«Pongo como un hecho que, si todos los hombres supieran lo que los unos dicen de los otros, no habría cuatro amigos en el mundo». Blaise Pascal, Pensamientos, 101

«¡Dios mío! ¡Protégenos de aquellos que nos desean el bien en exceso!». Vladimir Jankélévitch, Traité des vertus

IV. De la política y los políticos

«Lo propio de los regímenes en agonía es permitir una mezcla confusa de creencias y doctrinas, y crear, al mismo tiempo, la ilusión de que se podrá retrasar indefinidamente la hora de la elección…
»De ahí, y únicamente de ahí, deriva el encanto de los períodos prerrevolucionarios». E.M. Cioran, Del inconveniente de haber nacido

V. La ley del impedimento máximo de la naturaleza

Aquí conviene citar, en primer término, la introducción de Jerphagnon:

«Está claro: cuando una tostada se cae, lo hace siempre del lado de la mantequilla. Se trata de un problema que está más allá de la física. Un amigo judío me confesó una vez que había preguntado por esta cuestión a su rabino. Después de meditar unos instantes, éste le contestó: “Hijo mío, ¿estás seguro de que untas la mantequilla del lado correcto?”». Lucien Jerphagnon, Elogio del pesimismo

«Todo camino en el que uno se lanza a fondo termina por convertirse en un callejón sin salida». Roger Martin du GardLes Thibault

VI. Felicidad

«La felicidad es inasible; la sabiduría de los individuos sabe que la felicidad no existe más que en el recuerdo … sólo después nos damos cuenta de que en tal o cual época fuimos felices sin saberlo». Paul Veyne, Séneca

VII. La estupidez, por llamarla de algún modo

«El tonto que tiene buena memoria está lleno de pensamientos y de datos, pero es incapaz de sacar conclusiones». Vauvenargues, Reflexiones y máximas

«Cuantas menos ideas se tienen, más alto se habla». François Mauriac, Le Feu sur la terre

VIII. Así es la gente

(y las redes sociales)

«… muchos vierten lágrimas para ostentarlas y tienen secos los ojos cuando falta quien las mire, y piensan que es cosa fea no llorar cuando lo hacen todos». Séneca, De la tranquilidad del alma, XV.6

«… esa multiforme fiera que es la opinión pública…». Sinesio de Cirene, Dión, XIV.3

IX. Los dioses, a quienes las religiones echan la culpa

«Entre dos ciudades vecinas, Ombos y Téntira, se mantiene encendida una antigua y perdurable enemistad, un odio inextinguible, una llama incurable. Y ese enorme furor de unos contra otros procede de la aversión que experimentan respectivamente ambos por los dioses de sus vecinos, convencidos cada cual de que sólo los de su ciudad adora pueden ser considerados dioses verdaderos». Juvenal, Sátiras, XV.35-38

«La devoción encuentra, para sus malas acciones, razones que un hombre simple y honesto no sabría encontrar». Montesquieu, Pensées diverses

X. ¡Todo pasa tan rápido!

«… a cierta edad esperar cuesta un gran trabajo…». Dino Buzzati, El desierto de los tártaros

«A los veinte años sólo tenía pasado». Louis-Ferdinand Céline, Viaje al fin de la noche

XI. Una muerte segura

«… no son la muerte o las fatigas lo temible, sino el temer a las fatigas o a la muerte». Epicteto, Disertaciones, II.1.

«El verbo morir no se conjuga en primera persona». Jean Cassou, Le livre de Lazare

XII. ¿Treinta siglos de decadencia?

«Muchos son los inconvenientes que acosan al [que es] viejo …; intratable y gruñón, es dado a alabar el tiempo pasado, cuando él era niño, y a corregir y censurar a los jóvenes». Horacio, Arte poética, 169-175

XIII. La condición humana

«Ser o no ser, de eso de trata:
Si para nuestro espíritu es más noble sufrir
Las pedradas y dardos de la atroz Fortuna
O levantarse en armas contra un mar de aflicciones
Y oponiéndose a ellas darles fin.
Morir para dormir; no más …». William Shakespeare, Hamlet, Acto III, Escena 1

«¿Para qué conquistar la luna, si no es para suicidarse allí?» André Malraux, Les Chênes qu’on abat

XIV. ¿Sabremos alguna vez cuál es la última palabra?

«¡No se atormente! Queriendo profundizar tanto, se corre por una pendiente peligrosa». Gustave Flaubert, Bouvard y Pécuchet

«Las ideas generales no son ni verdaderas, ni falsas, ni justas ni injustas, sino vacuas». Paul Veyne, Le Quotidien et l’interesant

XV. De donde resulta que a pesar de todo hay que «ir tirando»

«Créeme cuando te digo que no es de sabios decir: viviré. Tardíamente se quiere vivir el día de mañana. Vive hoy». Marcial, Epigramas I.11

«Por muy extraño que pueda parecernos, después de nosotros el mundo seguirá girando. Sin vosotros. Sin mí. Con altibajos, pero continuará. Y no se contentará con hacer que nuestros sucesores sean más felices de lo que nosotros lo fuimos en medio de nuestros dramas. Ya lo sabéis, el paraíso no va a aparecer mañana. El infierno tampoco». Jean d’Ormesson, C’était bien

El cierre del libro –Y ya que todo tiene un final– es una luminosa y sabia reflexión del autor, que relativiza tanto el pesimismo a la Cioran -una pose- como el optimismo permanente. Pero mejor cito a Jerphagnon para cerrar este paseo por la desolación:

Nunca, mientras la vida dure, dejaremos de preferir lo bueno y de quejarnos de lo malo y ¿por qué no?, de desear que todo sea mejor. Por lo menos durante un instante. Nada de lo que une a los hombres en esa miseria de la que hablaba Pascal es inútil. Nada que venga acompañado de un instante de alegría resulta superfluo. A cada quien le corresponde proveerse, ya que nadie puede vivir por el otro. Nada ayuda tanto como la esperanza.

Lucien Jerphagnon. Edición al cuidado de Juan Antonio Montiel. Barril & Barral, Barcelona, 2010. 160 páginas.

El infierno del bibliófilo – El infierno del músico

bibliófilo - músicoEncargué el libro a España porque el título me pareció irresistible. Qué castigo, qué penurias, qué desgracias incesantes pueden merecer los amantes de los libros y los practicantes de la música. Se trata de dos relatos de Charles Asselinau, un romántico tardío que comenzó a publicar cuando Flaubert y el realismo ya daban la nota dominante, para desesperación de este erudito y amigo de escritores como Baudelaire, Gautier y Nerval. El primero es un relato autónomo; el segundo forma parte de una colección de cuentos que Asselineau tituló La doble vida, y que decidió publicar simplemente porque los había escrito. Baudelaire lo reseñó con generosidad (de todo esto me enteré por el extenso prólogo del traductor, Guillermo López Gallego) y señala: “Se ha repetido muchas veces: el estilo es el hombre; pero ¿acaso no puede decirse en igual justicia: la elección de temas es el hombre”?.

Tanto el poeta francés como el autor del prólogo tienen conciencia de los defectos de los relatos de Asselieneau, y Baudelaire acierta plenamente: los relatos acá reunidos atraen y permanecen no por la perfección de la escritura, sino por los temas que abordan. El infierno del bibliófilo -o el personaje del bibliófilo, mejor dicho- está muy distante del universo del lector; es el buscador de ediciones raras, de libros antiguos, expoerto en lomos, vitelas, portadillas y curiosidades tipográficas. Y es que la bibliofilia, como cualquier otra manía, condensa, según Asselienau, todos los pecados: “codicia, lujuria, orgullo, avaricia, olvido del deber y menosprecio del prójimo”. El protagonista es uno de aquellos hombres que colecciona libros y catálogos, un rostro familiar en todo remate de libros, un conocedor experto del mercado de libros viejos, y ha logrado formar, con los años, una colección más que digna. El protagonista de El infierno del músico es un joven compositor alemán a quien la fama y la fortuna no le sobrevienen de manera automática, como él lo pensaba, en virtud de su talento; y entonces, cuando está a punto de morir de hambre en una solitaria habitación en París, formula su último deseo: escuchar de otro intérprete algún fragmento, por mínimo que sea, de sus composiciones. Una mano  tan misericordiosa como Asselineauinteresada lo salva en el último minuto, y con la fama le llega el castigo. El romántico Asselineau toca teclas extremas y hunde a sus personajes en la desesperación, pero cada relato guarda las debidas sorpresas.

Es interesante apreciar cuánto ha cambiado la mirada sobre el libro desde los tiempos de Asselineau, así como volver a apreciar la vibración de relatos poblados de sueños, emociones extremas y abismos (y cumbres) sentimentales. Los temas que Asselineau pone en estas obras -el apetito desmedido por los libros (u otros objetos coleccionables) y el anhelo de reconocimiento fuera de toda medida- siguen vigentes, por supuesto, aunque sus relatos sean más bien un testimonio de época que una posibilidad de diálogo con el presente.

Charles Asselineau. El Desvelo Ediciones, Guarnizo (Cantabria), 2012. 128 páginas.

A la hora en que cada uno tiene razón

albert-caracoA la hora en que cada uno tiene razón, todo está perdido, todo se vuelve permitido y posible, es la hora trágica por excelencia y es la nuestra. Estamos en medio de personas de buena fe, que morirán por su causa aceptando inmolarse, sabemos que su causa es un malentendido en la mayoría de los casos, pero no sirve de nada informarles de ello, se negarán a creernos y especialmente teniendo en cuenta que ahí se contiene su razón de vivir. El ideal es casi siempre un pañuelo de equívocos y si sustraemos el contrasentido, consagramos a la mayoría de los hombres al absurdo, ya que la verdad no está hecha nunca a su medida. Ahora bien, nuestros medios, a cada vuelta de rueda, vuelven la verdad más fuerte y nos sentimos cada vez más desorientados en el universo, este universo que humanizamos sin cesar: esta paradoja no es menos trágica que la precedente y no se le ve una solución. ¿Cuánto tiempo subsistiremos presa del desorden? Pues el desorden no sabría eternizarse, el espíritu humano no lo soporta sin estallar. Entonces la catástrofe parece preferible y el hombre vacila en precipitarse, con la esperanza de forzar la mano al futuro.

Albert Caraco. Breviario del caos, Sexto Piso, 2004. página 75. Las negritas son mías. El texto original es de 1982. La traducción es de Rodrigo Santos Rivera.

Material rodante

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 17 de octubre de 2015

Material rodante“Los viajes esconden sorpresas que nunca tienen mucho que ver con el lugar que ansiamos visitar sino con nuestras propias fantasías”, escribe el autor de este curioso libro, una suerte de diario de vida escrito a bordo de un recorrido hecho un par de veces a la semana entre dos ciudades, una belga y otra holandesa, en trenes sin glamour ni cámaras fotográficas asomadas por las ventanas; traslados intensamente rutinarios, donde algunos de los pasajeros habituales se saludan con un casi imperceptible movimiento de la cabeza. Un viaje sin más sorpresas que las que puede deparar, como dice la cita, la fantasía, que también es difícil de ejercer en ese contexto casi burocrático, reglado y medido de trenes que se mueven por las llanuras que circundan el Mar del Norte, en territorios muchas veces ganados a las aguas. Maier construye un texto amable, con una buena cuota de autoironía, que puede reparar en menudencias -el número y tipo de tiendas que hay en una estación- o en hechos históricos, como el ataque nocturno a un tren que transportaba judíos belgas a Bergen-Belsen en una de las cansinas y diminutas estaciones que cruza rumbo a Nimega o hacia Lovaina, que va, sobre todo, desde la levedad en el mejor sentido de la palabra; ese aire leve de la reflexión cotidiana, que no aspira a explicar el orden del mundo y que huye del flaneur que cree que el movimiento por ciudades desconocidas le ayudará -y el autor pide permiso para bostezar antes de escribirlo- hasta descubrir el sentido de la vida.

El libro es parte de una colección de editorial Minúscula que se llama “Paisajes narrados”, que en su mayoría son libros que nadie consideraría en colecciones de viajes: crónicas periodísticas, novelas que ocurren en lugares exóticos o que incluyen el motivo del viaje. A esta colección se incorpora Material rodante, del chileno Gonzalo Maier, un libro híbrido que se compone de literatura -el estilo y las citas-, de crónica, de diario, de aforismos incluso, perdidos en la extensión de párrafos que nunca se atascan o demoran, como a veces sí les ocurre a esos trenes europeos que, si el autor cambia de recorrido, pueden asomarse al interior de las casas que muestran sus ventanas abiertas e iluminadas, como si pequeños televisores ofrecieran un espectáculo múltiple y fugaz que se pierde luego en el familiar traqueteo de los vagones en la oscuridad. Es un libro de viajes, sin duda, pero de aquellos en que la repetición es el detonante de la escritura, y no la novedad del paisaje.

Gonzalo Maier. Editorial Minúscula, Barcelona, 2015. 113 páginas.

La resta

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 10 de octubre de 2015

La_restajpgEs sorprendente que el relevo más filoso y mordiente para las novelas dedicadas a la dictadura por escritores como Bolaño, Marín, Cerda y Varas venga de una escritora muy joven, de 32 años. Llama la atención por la madurez de la escritura y el modo en que desacomoda todas las versiones oficiales: nada fue plácido, el heroísmo tuvo su costo en sufrimientos propios y ajenos, las huellas del castigo, de los silencios y de las versiones oficiales siguen ahondando una herida que está lejos de cerrar. Pero lo que más deslumbra de La resta es el oído, si se puede expresar así, o la musicalidad de una prosa que nunca decae en un ritmo único, que vuelve una y otra vez sobre el peso de las palabras: “Y yo, una vez más, dejé de oír, intentando escapar del peso de esas frases, convencida, como cuando niña, de que cada persona no vivía una cantidad de años sino un número predestinado de palabras que podía escuchar a lo largo de la vida (y había palabras leves como planeador o libélula y otras pesadas como gruta, queloide y rajadura). Las de mi madre valían por ciento, por miles, y me mataban más rápido que ninguna”.

Los protagonistas son hijos de exiliados y resistentes a la dictadura, con vidas quebradas, truncadas o desviadas por la potencia aniquiladora del fin de un proyecto; y la novela se construye en un doble registro: el que se abre con los recuerdos infantiles del triunfo del No -con una voz narrativa que tiene las enormes virtudes de no impostar el tono y de no caer en la autoindulgencia- y un presente en un Santiago cubierto de cenizas y una muerta repatriada cuyo ataúd fue a dar a Mendoza. En la novela hay dos voces alternas, las de Iquiela y la de Felipe; y ellos, junto a Paloma, la hija de la muerta, deben ir en busca del cuerpo perdido en otro aeropuerto. Si la voz de Iquiela intenta ordenar el relato y resistir, siempre, el peso de las palabras -que por eso reinventa en juegos y audaces metáforas, así como descubre las grietas del castellano de Paloma, cuyo “chileno” se pierde cuando habla con franqueza alemana-, la de Felipe es más enloquecida y libre, con la obsesión de los números y los muertos, como si contar y reducir todo a cifras pudiera borrar, también, la textura del mundo. La primera parte de la novela es, casi, un largo prólogo; la segunda, la búsqueda de algo más que un ataúd, la de una cifra que haga encajar las piezas, que permita deshacerse de “costras, penas, lutos; pagando con sílabas esa deuda incalculable”.

Alia Trabucco Zerán. Tajamar Editores, Santiago, 2015. 220 páginas.