Hacer el bien

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 8 de agosto de 2015

hacer el bienLa narrativa estadounidense parece inagotable a la hora de explorar la cara más rústica y miserable del país. Entre los libros recientes -y dignos de memoria- que recorren ese mundo está Knockemstiff, de Donald Ray Pollock, y, sin duda, esta novela de Matt Sumell, la primera que publica tras haber visto sus cuentos impresos en las páginas de The Paris Review, Electric Literature y otras revistas. Y lo es por la fuerza de una narración en primera persona a cargo de Alby, el hijo menos dotado, por decirlo suavemente, de una familia que pierde a una mamá por un cáncer y que tratan de construir su destino sobre bases miserables. El relato no es lineal y tiene, sobre todo, momentos de una intensidad inesperada, de ternura y de violencia, que configuran un mundo donde campean la miseria, la ignorancia y la mala suerte.

Tras la muerte de la madre, Alby adopta un pájaro. Quiere suponer que es un halcón y que, en su madurez, “será capaz de cometer actos violentos, tanto sexuales como de los corrientes, en tierra, mar, aire, hielo y cables del tendido telefónico”. Pero es un cardenal rojo y su destino no puede ser otro que el previsible, un punto más en vidas rotas desde el inicio. Pero también, especialmente Alby, son personajes capaces de seducir al lector, por esa mezcla primaria de ingenuidad y violencia, por sus cariños y sus temores, por la habilidad del narrador para que se muestren en su más diáfana y terrible desnudez, no física, desde luego -aunque también comentan sobre vaginas desnudas-, sino en aquella que deja a la vista la fragilidad y la indefensión tanto frente al mundo como frente a sí mismos. No es que no puedan, Alby y su hermano, e incluso su hermana, dar un buen puñetazo. Que incluso puede ser sanador, dice Alby. Es que por ahí Sumell cava profundamente y por eso su novela es como un golpe de puños, que, con humor y ternura, levanta una historia profundamente contemporánea, cruel y querible al mismo tiempo. A los tres años, recuerda Alby, conoció a su hermano menor. “En ese momento le clavé más las uñas, le pellizqué con mayor fuerza, le retorcí más la carne y, cuando el niño abrió la boca sin dientes y soltó un gemido, y después se echó a llorar, me sentí orgulloso”. Una advertencia: Sumell usa el lenguaje popular que corresponde a sus personajes y el traductor lo vierte al castellano con muchos españolismos. Hay que tomar aire y seguir, porque vale la pena.

Matt Sumell. Turner, Madrid, 2014. 277 páginas.

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