Convertir la paja en oro

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 22 de agosto de 2015

ConvertirPajaEnOro_PortadaMorris Berman ha sido o es muchas cosas: poeta, novelista, académico, historiador cultural. Sexto Piso ha publicado sus libros sobre la decadencia de Estados Unidos y recientemente Cuestión de valores, un conjunto de ensayos que van desde su tema habitual -el país en que creció- hasta asuntos más generales de normas morales y modos de vivir. Convertir la paja en oro es su primer libro como jubilado y residente en México, escrito ya desde otro punto del camino; la reflexión se da la mano con el testimonio, la digresión con la autobiografía, pero, sobre todo, sorprende por su libertad. Es decir, con su capacidad de plantearse algunas preguntas que parecen tomadas desde otras vertientes -cómo vivir una vida auténtica, por ejemplo- y abordarlas desde sus lecturas, sueños y vivencias. El estilo corre parejo con esa libertad, cada texto parece tener autonomía. El hilo que los une es subterráneo y lo tiene que descubrir el lector.

Las preguntas que Berman aborda son incómodas, aunque surgen claramente expresadas solo en las páginas finales. Por ejemplo: “¿No te molesta vivir en una gran casa llena de objetos caros, sin tener ya jamás sexo con tu pareja, con unos hijos que ni te hablan y se la pasan en sus cuartos jugando videojuegos?”. Para el autor, tanto aquella forma de vivir como el trabajo sin sentido, los antidepresivos, la pantomima de la felicidad representada para los demás y, especialmente, “vivir en una cultura en la que el poder y la influencia no signifiquen más que esto: que estamos dispuestos a inyectarnos veneno en las venas de manera cotidiana”, son el resultado de no vivir una vida auténtica. De cómo lograrlo habla en otras secciones del libro, aunque está muy lejos de ser un manual de autoayuda y, lo que es más importante, tampoco propone respuestas, solo su experiencia (y comienza el libro diciendo que a mediados de sus 60 años empezó a entender su propia vida). Es, de cualquier manera, un libro valioso e inquietante, que no se agota en la primera lectura y que alguna luz puede arrojar sobre cómo romper las narrativas que falsean la perspectiva sobre uno mismo y sobre los demás. Como escribió Kavafis, citado por Berman: “El que espera crecer en espíritu / tendrá que trascender la obediencia y el respeto. / Los placeres sensuales tendrán mucho que enseñarle. / No tendrá miedo del acto destructor: / tendrá que echar abajo la mitad de la casa”.

Morris Berman. Ilustraciones de Jorge Tanamachi. Sexto Piso, Madrid, 2015. 90 páginas.

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Prohibiciones y títulos

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 15 de agosto de 2015

P&TPublicado artesanalmente hace siete años, este libro de Lecturas Ediciones pone nuevamente en circulación, y con mayor alcance, un artefacto literario difícil de definir. Se trata de dos listados que responden a los nombrados en el título. Enumeraciones caóticas, ambos, y -según los autores- con aportes de terceros, se constituyen en una obra breve y múltiple a la vez.

Respecto de las “Prohibiciones”, sería un error leerlas como el catálogo del gusto de una generación o de un grupo social (a propósito de generación, los autores están en la década del 30; de Sebastián Astorga, se sabe que es poeta; de Gabriel Zanetti, que algún pariente suyo era conocido como el Pupi y jugaba por la selección argentina de fútbol). Es más acertado, me parece, leerlas como la reducción al absurdo de la manía de prohibir o de establecer parámetros de buen gusto. Si la primera de las prohibiciones es el kétchup -ciertamente, un engendro intragable-, poco después vienen las mujeres y, luego, los hombres. Es decir, toda la humanidad. Poco más adelante el lector da con “Satie, todo Francia”, lo que podría aludir al antiguo afrancesamiento como sinónimo de buen gusto, pero es claro que se trata de una hipérbole. Nombres propios, música, actividades (¡dormir!), tipos de música y músicos (con salvedades del tipo “Manzanero es la raja”), lugares, poetas, nacionalidades, dudas como “¿se permite el palo santo en el baño?”, futbolistas, personajes históricos, en fin, todo remite, en último término, a la futilidad del hábito de prohibir o del afán de constituirse en el paradigma de la moda, la comida, la lectura o del fútbol.

La segunda parte, “Títulos”, es todavía más caótica y graciosa. La enumeración va, esta vez, por posibles títulos de lo que sea que necesite de alguno. Aunque alguno exista (como “Memorias póstumas”), la mayoría son juegos conceptuales (aunque el arte conceptual está prohibido) que vienen, en general, de dos vertientes: la literatura y el cine (los que pretenden significar algo, como “La cosecha tardía”, y son perfectamente plausibles) o de la vida cotidiana, donde se hace más evidente el absurdo: “No hay toallas dentro”. Otros, varios, parecen venir de la sección autoayuda. Ambos ejercicios son inagotables y una buena base para añadir. Nunca para sustraer, frase que aplica tanto para prohibiciones como para títulos.

Sebastián Astorga y Gabriel Zanetti. Lecturas Ediciones, Santiago, 2015. 78 páginas.

Vila-Matas: un punto sin retorno

Publiqué este artículo en el número 10 del suplemento “Diagonal”, del desaparecido diario El Metropolitano, el domingo 25 de julio de 1999. Vila-Matas vino a Chile pocos meses después y sus paseos por Tunquén y la celebración del Año Nuevo en el hotel Brighton de Valparaíso alimentaron la escritura de El Mal de Montano, su siguiente novela. Lo rescaté para mi antiguo blog diez años después. Y ahora que ganó el Juan Rulfo, uno de los más importantes distinciones literarias en el ámbito iberoamericano, lo pongo a rodar otra vez.

La narrativa de Vila-Matas
Un punto sin retorno

Vila DiagonalEnrique Vila-Matas es, más que catalán, rigurosamente barcelonés. Desde esas coordenadas ha nacido y crecido una de las narrativas más desafiantes del nuevo auge de la narrativa española. Las contratapas de los libros de Vila-Matas suelen com­placerse en señalar que se trata de un escritor de culto, con seguidores entu­siastas e incondicionales en todos los puntos del planeta, un culto que se comparte y se difunde como un secreto que a nadie le interesa guardar para sí.

georges-perecSu proyecto narrativo reconoce íco­nos claros: Borges por un lado, Perec, Calvino y todo el Oulipo por otro, más una selección de clásicos como el Melville tardío, Sterne, Conrad, Bioy Casares y otros. La línea es clara, la lite­ratura como un juego de doble fondo, el juego como contraparte de la escritura. Cuando relata sus inicios como periodis­ta en la mítica revista Fotogramas, cuenta que escribió, con total desparpajo, un artículo sobre Nabokov sin haber leído una sola línea del escritor. En su colección de artículos El viajero más lento, recoge una entrevista a Brando inventada de principio a fin simplemen­te porque no pudo traducir del inglés el texto que le había llegado. Publicada en octubre de 1970, diez años después Vila­-Matas descubrió públicamente el fraude, sin el menor remordimiento, por supuesto. Es que todo el mecanismo de su narrativa reposa sobre los dobles y triples niveles de lo que suele llamarse realidad, a través de obras que derechamente rompen con el formato de la novela, o lo subvierten desde otros códigos en un molde sólo aparentemente conven­cional.

En el prólogo a Historia abreviada de la lite­ratura portátil, Vila-Matas describe a los escritores que forman parte de la “conspiración shandy”, selecto grupo de pintores, filósofos y escritores como Walter Benjamin, Marcel Duchamp, Georgia O’Keefe, Federico García Lorca, el satanista Aleister Crowley y muchos otros: “Escritores turcos de tanto tabaco y café que consumían, héroes de esa batalla perdida que es la vida, amantes de la escritura cuando ésta se convierte en la experiencia más divertida y también más radical”. Estas palabras bien pueden aplicarse al autor, especialmente lo referido a la radicalidad del proyecto de escritura y de lo que significa, para Vila-Matas, optar por la literatura. También en El viajero más lento reco­ge una presentación de su libro Suicidios ejempla­res: “Nunca sabe uno bien dónde se mete. La lite­ratura, al exigirle al escritor la máxima ambición, es el lío más monumental que conozco. Porque desde el primer momento uno ha de compararse con los mejores”. De ahí, de esa tensión creativa que demanda la máxima exigencia, Vila-Matas formula, quizá sin quererlo, quizá con toda la deli­beración posible, su poética: “Me satisface que en definitiva se haya puesto en pie por fin mi más antiguo proyecto literario: el de exponerme siem­pre a la hora de escribir, tal como proponía Michel Leiris cuando hablaba de ese continuo estar expuesto a sí mismo mientras el asta pasa por donde existe el acero del dolor: ‘introducir por lo menos la sombra de un cuerno de toro en una obra literaria’”.

Porque, a pesar de lo dicho sobre las relaciones de Vila-Matas con los grandes lúdicos de la litera­tura universal, su narrativa, tras la apariencia de liviandad, tras su calidad de portátil, como diría un shandy, es tremendamente seria. Suicidios ejem­plares suena como una trivialización de un tema generalmente considerado en sordina o en la cró­nica policial. Pues bien, Vila-Matas lo explora hasta sus últimas consecuencias y, si no llegó a sui­cidarse él mismo, es porque el libro no es perfecto: “Y es que, como decía Faulkner, si un escritor rea­lizara la obra perfecta, sólo le quedaría el suicidio”.

Libros Vila-MatasVila-Matas es un escritor prolífico. Y no es per­fecto, claro, lo que lo mantiene en el mundo de los vivos (y a propósito de vivos y muertos y de cielos e infiernos, en otro artículo notable por su humor el autor revela el anagrama diabólico de su nombre: E. Vila-Matas, leído al revés, es Satam Alive). Entre sus obras destacan la citada Historia abreviada de la literatura portátil, un juego literario de exce­lente ley que borra todas las fronteras entre la crónica y la invención, entre el libro verdadero y la cita imaginaria, entre los personajes reales y las historias que los convirtieron en mitos. Suicidios ejemplares e Hijos sin hijos conforman un díptico de extraña naturaleza: si en el primero es el tema el que da unidad a un conjunto de relatos, en el segundo el procedimiento es, aparentemente, el mismo, pero con la sorpresa adicional de que una ligazón argumental los recorre de punta a cabo. En sus novelas más recientes, que a estas alturas deberían ser llamadas “novelas-novelas”, Vila-Matas toma el molde convencional y lo rompe desde dentro, desde asuntos cotidianos que lenta y casi imperceptiblemente se van transformando en historias extraordinarias que nunca dejan de sorprender.

Extraña forma de vida, de 1997, gira formalmente en torno a la redac­ción de una conferencia literaria. En los dilemas de quien la escribe, un frus­trado novelista que habitualmente repi­te la misma cantinela y cuyo mayor motivo de trastornos es que está ena­morado de dos hermanas y no puede resolver con cuál de las dos quedarse, y en los recorridos temáticos del posible texto, Vila-Matas aventura toda una teoría acerca del mirón (vale decir, acerca del novelista) y teje una diverti­dísima historia sobre los celos y las veleidades del amor. Y si en Lejos de Veracruz, de 1995, el protagonista sentía que a sus 27 años ya habían terminado sus posibilidades de vida y a partir de ese agotamiento se teje la ficción, en El viaje vertical, de 1999, Federico Mayol, Mayol para sus amigos, jubilado y con sus bodas de oro ya bien celebradas, es arrojado bruscamente a la intemperie de la vida de separado y se asoma al descubrimiento de una nueva posibilidad de empezar.

Viaje verticalEsta última novela ha terminado de asentar el reconocimiento de la crítica y del público hacia la obra de Vila-Matas. El pie forzado de un anciano con toda su vida a la espalda que inicia un viaje de iniciación al estilo más clásico de la narrativa ale­mana del siglo pasado, es resuelto de manera notable, con esa suerte de marca de fábrica que brinda la mezcla de la liviandad, el humor y la ironía (cuando no el sarcasmo) con los temas obsesivos de la muerte, el agotamiento y el fin del amor. Mayol, un personaje común y corriente, un hombre hecho a pulso y sin mayor espacio para las sutilezas y menos para los refinamientos de la cultura, descubre para sí mismo y para el lector que siempre hay otros destinos posibles, y que todo encuentro, por tardío que sea y con el objeto que sea (en su caso, el ámbito de la cultura), puede dar un giro a la historia, tal vez ese giro que todos esperamos que se dé alguna vez en la vida, el giro hacia una vida más vida, aunque sea en el umbral de la muerte.

Doctor Pasavento

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 21 de enero de 2006

doctor pasaventoEn una novela anterior, El mal de Montano, Enrique Vila-Matas enunció, a su modo irónico y distanciado respecto de su obra, el rasgo que cada vez más la distingue como una de las más singulares y originales del panorama narrativo de la Europa contemporánea: quien escribe en sus obras -Montano, Pasavento, Vila-Matas- está enfermo de literatura, invadido por la literatura, poseído por la literatura. Doctor Pasavento extrema la tendencia a fundir en un solo género la novela, el ensayo y la autobiografía, aunque esta última sea, sobre todo, la reconstrucción morosa de un itinerario de lecturas y de encuentros literarios. Escritores vivos y muertos, libros publicados y libros imaginados, devienen en personajes que el narrador incorpora en la trama y que desempeñan un papel fundamental en el avance de su proyecto, una interrogación amplia, lúdica y tremendamente seria a la vez, sobre el lugar del escritor en el mundo.


Si en Bartleby y compañía el autor exploraba el silencio, el gesto de dejar de escribir (o de no haber empezado nunca a hacerlo), en Doctor Pasavento indaga sobre la voluntad de desaparecer, ya sea en la escritura o desde la escritura. En ambos casos se trata de recuperar una biografía borrada o suplantada por la escritura, siguiendo,
por ejemplo, el caso de Martín Walser, el escritor de entreguerras que desempeña, en esta novela, un papel central. Walser, al ingresar a un manicomio, “se desprendió del agobio de una identidad contundente de escritor, sustituyéndolo todo por una feliz identidad de anónimo paseante en la nieve”. Pasavento aprovecha un curioso intento de suplantación para intentar a su vez desaparecer, adoptar otra identidad, pero el camino que inicia lo devuelve, una vez más, al ancho campo de la literatura, y el psiquiatra convertido en escritor no puede menos que citar a Vila-Matas: “Siempre quise ser escritor para explicar que, aunque no entendamos nada, la literatura le da sentido a todo”. Y en esa aparente contradicción se esconde o se ofrece una clave más para entender al autor de una obra siempre consciente de sí misma, que amplía la ficción hacia ámbitos nuevos, propios, por ejemplo, de la filosofía, pero sin pretensiones totalizadoras y rescatada de la mera especulación por un firme sentido del ritmo literario, por el humor y la distancia, por el genio perverso de un escritor capaz de ver el otro lado del espejo.

Enrique Vila-Matas. Editorial Anagrama, Barcelona, 2005. 389 páginas.

Hacer el bien

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 8 de agosto de 2015

hacer el bienLa narrativa estadounidense parece inagotable a la hora de explorar la cara más rústica y miserable del país. Entre los libros recientes -y dignos de memoria- que recorren ese mundo está Knockemstiff, de Donald Ray Pollock, y, sin duda, esta novela de Matt Sumell, la primera que publica tras haber visto sus cuentos impresos en las páginas de The Paris Review, Electric Literature y otras revistas. Y lo es por la fuerza de una narración en primera persona a cargo de Alby, el hijo menos dotado, por decirlo suavemente, de una familia que pierde a una mamá por un cáncer y que tratan de construir su destino sobre bases miserables. El relato no es lineal y tiene, sobre todo, momentos de una intensidad inesperada, de ternura y de violencia, que configuran un mundo donde campean la miseria, la ignorancia y la mala suerte.

Tras la muerte de la madre, Alby adopta un pájaro. Quiere suponer que es un halcón y que, en su madurez, “será capaz de cometer actos violentos, tanto sexuales como de los corrientes, en tierra, mar, aire, hielo y cables del tendido telefónico”. Pero es un cardenal rojo y su destino no puede ser otro que el previsible, un punto más en vidas rotas desde el inicio. Pero también, especialmente Alby, son personajes capaces de seducir al lector, por esa mezcla primaria de ingenuidad y violencia, por sus cariños y sus temores, por la habilidad del narrador para que se muestren en su más diáfana y terrible desnudez, no física, desde luego -aunque también comentan sobre vaginas desnudas-, sino en aquella que deja a la vista la fragilidad y la indefensión tanto frente al mundo como frente a sí mismos. No es que no puedan, Alby y su hermano, e incluso su hermana, dar un buen puñetazo. Que incluso puede ser sanador, dice Alby. Es que por ahí Sumell cava profundamente y por eso su novela es como un golpe de puños, que, con humor y ternura, levanta una historia profundamente contemporánea, cruel y querible al mismo tiempo. A los tres años, recuerda Alby, conoció a su hermano menor. “En ese momento le clavé más las uñas, le pellizqué con mayor fuerza, le retorcí más la carne y, cuando el niño abrió la boca sin dientes y soltó un gemido, y después se echó a llorar, me sentí orgulloso”. Una advertencia: Sumell usa el lenguaje popular que corresponde a sus personajes y el traductor lo vierte al castellano con muchos españolismos. Hay que tomar aire y seguir, porque vale la pena.

Matt Sumell. Turner, Madrid, 2014. 277 páginas.

También esto pasará

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, primero de agosto de 2015

Maquetación 1Esta novela de Milena Busquets es uno de los sucesos de la temporada 2015 en España, reeditada y traducida rápidamente a diversas lenguas. Su autora propone un relato que se basa en su biografía, especialmente en la relación con su madre, la famosa escritora y editora que fundó y mantuvo bajo su dirección por 40 años el sello Lumen. Una de las razones es la misma que la crítica le reprochaba a Javier Marías cuando publicó su primera novela: no parece española. Es decir, nada de la pesadez del castizo y sí un ritmo veloz e infatigable, al lado de una saludable desinhibición para hablar tanto de temas íntimos como de la especial relación con su madre, a quien define como “el gran amor de su vida”.

Como en tantos otros casos recientes, no importa en absoluto qué es ficticio y qué pertenece al dominio de la biografía; lo que interesa es cómo Busquets elabora ese material y se lo propone al lector. La agilidad narrativa y la vivacidad de las descripciones, así como la puesta en escena del torbellino que la sacude en el verano siguiente a la muerte de su madre, que pasa en Cadaqués en compañía de sus hijos, de sus amigas, de sus dos ex maridos y de su amante y su familia -ya esa conjunción insólita da para el desarrollo de una historia novedosa-, es un relato atractivo en parte por ello y en parte por el aire de honestidad y sinceridad que lo recorre, ayudado además por la fluidez del paso de la narración en primera persona a interpelaciones directas a la madre muerta, muy bien integradas en la estructura. Es una protagonista que pareciera no querer dejar nada en la sombra, que describe a los hombres que le gustan, que no tiene problemas -al contrario- con las relaciones paralelas, y que, sobre todo, vive el momento con una enorme intensidad, con los ojos abiertos a todo lo que puede ser de interés en el mundo. Solo la malogra un cierto hábito sentencioso, casi epigramático, que suelta en hilera frases que, en realidad, suelen decir muy poco o que no resisten la comparación con otras experiencias vitales. Van dos tomadas al azar: “Amamos como nos han amado en la infancia, y los amores posteriores pueden ser solo una réplica de ese primer amor”. “No hay marcha atrás en una historia de amor, una relación es siempre una carretera de sentido único”. Puede no ser relevante para la lectura. Es solo que ese tipo de afirmaciones taxativas van sumándose y afectan el ritmo de la narración.

Milena Busquets. Anagrama, Barcelona, 2015. 172 páginas.

Pequeña flor

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 25 de julio de 2015

Pequeña florIosi Havilio integra, junto a Roque Larraquy, Gabriela Cabezón Cámara, Hernán Ronsino, Carlos Ríos, Betina Keizman, Selva Almada, el tan nombrado en estos días Pablo Katchadjian, Patricio Pron y María Sonia Cristoff, entre muchos otros, la impresionante renovación de la narrativa argentina en la última década, un panorama amplio, diverso y sorprendente a la altura de su muy generosa tradición. Pequeña flor es la cuarta novela de Havilio (autor también de Estocolmo, una obra que nos interpela de manera directa: transcurre en Chile y aúna los temas del exilio y la segregación por cuestiones de género), que destaca por su economía narrativa y el ventarrón desquiciado de una trama que se adentra en extraños territorios.

El comienzo puede recordar el “método Aira”, cuando lo que parece ser un libro convencional y casi costumbrista gira bruscamente y se abre a lo desconocido. La diferencia radica en que Havilio es más contenido y ahonda en la huella en lugar de permitir que el zigzagueo de la imaginación lo lleve a cualquier parte, aunque lo que va apareciendo en el foso -que hay uno, y una pala- sea cada vez más desconcertante; pero quizá lo más extraño de todo es que la novela no se sale del molde, una casa en los suburbios, un matrimonio que pasa por una crisis, un terapeuta alternativo que es una mala copia de Jodorowsky -lo que ya es mucho decir-, un hombre cesante que asume las tareas del hogar, una baby sitter que se despide con un beso que cae al lado de su natural destino, un vecino empalagosamente acogedor. Dentro de ese cauce casi trivial, el protagonista descubre que tiene un don único, que puede ser a la vez una maldición; y, en la exploración de sus posibilidades y límites, la novela sigue una deriva impredecible. Las frecuentes digresiones no hacen más que reforzar el planteamiento narrativo, la idea de normalidad bruscamente asediada por un hecho fortuito y espantoso que sitúa todo bajo otra luz y cambia el curso de las cosas. La narración en primera persona dibuja muy bien al resto de los personajes y especialmente a la hija pequeña, dotada (quizá) de otros dones, con quien teje una silenciosa relación de complicidad que crece en el misterio y que precipita el desarrollo final de la novela. Havilio confirma aquí todo el talento mostrado en Opendoor, Estocolmo y Paraísos: un autor en forma, que maneja diversos registros, escribe muy bien y crea mundos que no son su reflejo especular.

Iosi Havilio. Literatura Random House, Buenos Aires, 2015.