Kureishi y la tradición literaria

Hablan Mamoon Azam, vieja gloria literaria, y Harry Johnson, su biógrafo.

E. M. Forster

-¿Ese enervante sarasa de la literatura inglesa, ese maricón vago, cobarde y pegado a las faldas de su madre?
Harry había mencionado de pasada y en voz baja a E. M. Forster.
-¿Por qué dice eso, cuál es su opinión sobre él?
-¿Mi opinión? No tengo ninguna opinión sobre un hombre que proclamaba que quería escribir sobre sexo homosexual, un tema sobre el que sin duda necesitamos tener información. Como no tenía pelotas para hacerlo, se pasó treinta años mirando por la ventana, cuando no estaba enseñándoles el culo a los conductores de autobús o a otros pakistaníes. Un medio hombre que proclamaba detestar el colonialismo mientras utilizaba el Tercer Mundo como su burdel porque sabía que ahí no lo arrestarían, como sucedería si se ponía a enseñar el pene en un aseo público de Chiswick. ¡Por lo visto prefería a sus amigos antes que a su país! ¡Qué valiente y original!

George Orwell

-Claro que -continuó, con los ojos centelleando- Orwell era todavía peor. Él es el peor de los Blairs. ¿Todavía se lo toman en serio en este país?
-Sobre todo como ensayista.
-Escribió libros para niños, o más bien para niños que tienen la desgracia de estudiarlo. Toda esa escritura facilona, el estilo simplón, la mente vacía y hueca con un fuerte flujo de sadismo, el socialismo sentimental y el Gran Hermano y los cerdos, y nada sobre el amor… intolerable. Ningún adulto que no fuera profesor perdería el tiempo con alguna de sus novelas. Si me imagino el infierno, consiste en estar solo para siempre en la habitación 101 sin otra cosa que leer que uno de sus libros. (…) Ninguno de esos escritores, el marica y el puritano, ha descrito jamás a una mujer hermosa. ¿Qué clase de escritor es incapaz de hacerlo?

Jean Rhys

-La única que todavía disfruto leyendo es a la Diosa.
-¿A cuál?
-A la que me recuerda mis solitarios vagabundeos de alcohólico perro callejero por Londres y París cuando llegué por primera vez: Jean Rhys. Es la única escritora inglesa con la que uno desearía acostarse. ¡El resto no son más que Bröntes, Eliot, Woolf, Murdoch! ¿Puedes imaginarte hacerle un cunnilingus a alguna de ellas? Tal como dijo Jean, el mundo es sencillo: no se trata más que de cafés en los que caes simpático y cafés en los que no.

Los otros

-Cuando tenía diez, veinte o incluso treinta años, me encantaba leer, y podía estar absorto en un determinado escritor durante semanas, leyendo toda su obra, todo lo que hubiese publicado. Ahora eso ya no me sucede, y además ya todo ha desaparecido.
-¿Desaparecido?
-Piensa en ellos: Bertrand Russell, A. J. Ayer, D. H. Lawrence, Aldous Huxley, Anthony Powell, Anthony Burgess, William Golding, Henry Green, Graham Greene…
-No, ese Greene no. No… jamás.
-Bueno, eres osado. Pero el resto… nadie los lee, son ilegibles, han sido desechados, olvidados, una montaña de palabras que se han disuelto en el mar y que no van a volver. Popeye el Marino tiene más longevidad cultural.

Joseph Conrad

A veces Mamoon era más Johnny Rotten que Joseph Conrad.

Ted Hughes

-Ted Hugues, a quien conocí y admiré, hizo lo correcto con los diarios de Sylvia, los metió en el horno después de que su mujer introdujera allí la cabeza. De no haberlo hecho, esos académicos ilegibles no hubiesen cejado en el empeño de utilizarlos para lanzar sus carreras y conseguir unos buenos ingresos, haciendo que él pareciese un ogro. Lo valoran todo según les conviene, sin imaginación. Y es la sexualidad masculina ordinaria lo que no soportan.

Marcel Proust

-La culpa existe, maldito tarado, y debe ser negociada y afrontada. Es duro traicionar a los demás para no traicionarte a ti mismo. Y entretanto uno se convierte en el pobre miope Swann de Proust, que se degrada a sí mismo abriendo la correspondencia de Odette, espiando su casa y pasando cada tarde con la horripilante Verdurin. Los celos sobreviven al deseo, y Swann utiliza a esa abominable mujer para introducirse excrementos en su propia boca.

Hanif Kureishi. La última palabra, Anagrama, Barcelona, 2014. Traducción de Mauricio Bach. Las citas están tomadas de las páginas 84-85, 144, 209, 259-260.

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