Ejercicios de encuadre

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 25 de octubre de 2014

000 encuadreCarlos Araya, tras escribir y dirigir la película El hijo pródigo y codirigir el documental Propaganda, entrega su primera novela, Ejercicios de encuadre, que obtuvo el Premio Municipal Juegos Literarios Gabriela Mistral 2013. Es, pues, un creador que explora la realidad a través de distintos medios y que, desde el título de su novela, anuncia una suerte de continuidad entre uno y otro: el cuadro, ya sea lo que esté dentro o fuera de él, es un elemento esencial en la narrativa cinematográfica, es lo que el espectador ve (o deja de ver, aunque sabe que está), es el reflejo de la mirada del autor y de su manera de relatar una historia. La novela usa esas técnicas cinematográficas, el cambio de plano, la irrupción de una nueva escena, el carácter fragmentario de una historia que se construye sobre la base de retazos que, no obstante, construyen un hilo argumental descarnado, donde se funden la culpa, la rabia, la desesperación, la angustia, el sexo, el cuerpo y la miseria de la falta de perspectivas, pero (casi) siempre a través de una mirada de soslayo o mediada por otros elementos.

El carácter fragmentario de la obra, muy bien logrado, refuerza esa sensación de dislocamiento, de desacomodo, que envuelve al protagonista en una densa nube donde se tocan las ventanas sobre la realidad -noticias diversas, observaciones, imágenes de la calle y la ciudad- y las cámaras de vigilancia de un pasaje céntrico, esas manifestaciones de la modernidad que huyen hacia un futuro de pertinaz decadencia, donde conviene más entrecerrar los ojos que afrontar la fealdad y miseria.

El ejercicio de estilo -de encuadre- de Araya pone en la escena literaria a un creador que al menos en su primera obra demuestra un indudable talento. Su capacidad para tejer una historia oscura y amarga se potencia con las herramientas expresivas que escogió: el fragmento, la interioridad herida que asoma a ratos y a borbotones, las lecturas parciales que logran constituirse en un todo que no se extravía en la pesadilla, sino, al contrario, en la lucidez persistente de la memoria que no cede a la tentación del olvido.

Carlos Araya. Cuneta, Santiago, 2014. 139 páginas.

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