Amo a Dick

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 20 de septiembre de 2014

amo a dickLa escritora y cineasta estadounidense Chris Kraus vendrá a Chile a comienzos de octubre como invitada del Festival de Literatura de Buenos Aires, Filba, que desde el año pasado se celebra también en Santiago (y a partir de 2014, se suma Montevideo). Es entonces una buena oportunidad para hablar de su única obra traducida al castellano, Amo a Dick (título que contiene un obvio juego textual), libro interesantísimo que, aunque fue publicado originalmente en 1997, recién a fines de 2013 pudimos leerlo en español.

Se trata de una obra difícil de clasificar. Chris habla de sí misma, de su relación con su marido y con el elusivo Dick, el hombre del cual se enamora cuando está a punto de cruzar el abismo de los 39 años, “fecha de caducidad de una hembra”, según escribe Eileen Myles en el prólogo. Pero habla también de muchas otras cosas, de su cine experimental, de su juventud en bares de toppless, de su calidad de “acompañante” en las fiestas de gente del arte, donde David Byrne y John Cale ponían la música, del arte contemporáneo, del judaísmo, del dilema que representa para el feminismo la Chica Guapa cuando ella se siente fea, de sexo, de política, de activismo, de viajes, del matrimonio (del suyo con Sylvere, pero también en general). Y lo hace a través de dos formas: el relato en tercera persona, lo menos frecuente, y las largas y sucesivas cartas que ella y su marido le escriben a Dick, cartas que son tanto una crónica del enamoramiento de Chris como un levantamiento más general sobre el papel y el lugar de las mujeres en una sociedad rabiosamente masculina.

Si hay algún rasgo que define con entera propiedad el libro es la intensidad. “Así que en un sentido amar es como escribir: vivir en un estado con tanta intensidad que es vital ser precisa y consciente”, dice la narradora-protagonista. Mucho se ha escrito y elaborado sobre la propia vida como sustento de la ficción. Quizá este sea un caso inverso, al menos formalmente: la estructura literaria como soporte para llevar a cabo una intensísima operación de desnudamiento, de exploración de la verdad hasta un extremo insoportable, porque “ser real y absolutamente sincero es ser casi profético, volcar la cesta de los huevos”. Y no queda huevo intacto tras el vendaval de un texto que se lee con la respiración contenida, por el poderoso impulso de verdad y de libertad que lo recorre de punta a cabo.

Chris Kraus. Alpha Decay, Barcelona, 2013. 339 páginas.

NW London

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 5 de julio de 2014

Noroeste_152X230Zadie Smith regresa a los temas de su primera novela, Dientes blancos: la vida de gentes de origen caribeño o africano en el melting pot londinense. El sector geográfico que da título a la novela es donde se han asentado por décadas, y la autora recrea la existencia cotidiana a través de un relato que alterna el foco, el escenario y los personajes protagónicos, así como el modo en que se construye en cada una de las cinco partes. Hay dos personajes dominantes: Leah Hamwell, pelirroja y alta descendiente de irlandeses, y Keisha Blake (quien cambia su nombre por Natalie), de familia jamaicana (al igual que Félix, el personaje invitado que protagoniza la segunda parte y de cuya -mala- suerte se enteran las amigas por la prensa). Son amigas desde los cuatro años y, a pesar de la distinta evolución de sus vidas, siguen ligadas por una especie de pacto que escapa a toda racionalización. Más que por el tema de la ciudad multirracial y las tensiones y dificultades que acarrea, la novela interesa por la inteligente construcción de personajes y la exploración de distintas sensibilidades femeninas. En eso Smith demuestra su maestría y madurez narrativa; no hay esa exploración ya desgastada de la psicología, sino una puesta en escena que la destaca sobre el plano y que mantiene intactas las oscuridades e indefiniciones presentes en la vida de cualquiera. Ese relieve preside tanto el desarrollo narrativo como las variaciones de estilo; si la parte de Leah (la primera) recuerda, con su flujo nervioso, novelas previas de Smith, la parte de Natalie (la tercera), construida sobre la base de fragmentos numerados que admiten una amplia continuidad, pero también excursos, adelantos hacia el futuro, regresos a la infancia, muestra que la autora tiene muchos, variados y ricos recursos para rodear a sus personajes y hacerlos emerger siempre bajo renovadas luces. Luces que revelan un paisaje que, a veces, se reviste de inesperada crudeza; es que, como lo demuestra la autora, vivir, ya sea en el noroeste de Londres o en cualquier otra latitud, es una experiencia que suele estrellar las planificaciones e, incluso, la idea que cada quien tiene de sí mismo. Esa lectura -que nadie es inmutable; que cada uno puede ser sorprendido por lo que anida, desconocido, en su interior; que no hay claridad en la mirada sobre uno mismo- es lo que puede quedar resonando tras concluir la novela.

Zadie Smith. Salamandra, Madrid, 2013. 377 páginas.

Buscanidos

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 12 de julio de 2014

Portada_Buscanidos_defTercera entrega narrativa de Matías Celedón, Buscanidos es una novela desafiante en su brevedad y en la densidad de un lenguaje que se instala como una suerte de barrera de resistencia, una construcción de palabras que no agota la extrañeza de un mundo donde confluyen las fuerzas desbocadas de la naturaleza, ritos feroces y ecos deformados de las fiestas religiosas que apuntalan el paisaje nortino. Un circo pobre, carpas gitanas, tribus de indios, un cura de apellido inglés, unos cuantos nombres propios, miseria, pobreza, violencia, multitudes reunidas por una niña milagrosa, jaulas y fieras, jaulas y niños, el páramo asediado por el calor o la lluvia, vírgenes y santuarios, un río que se seca en los meses de verano, ritos de apareamiento entre hombres y mujeres que viven el resto del año separados por la corriente, la curiosa profesión de “buscanidos”, un experto en descubrir en el interior de los cactus dónde están las aves más gordas y apetitosas, son algunos de los elementos que dan forma a una narración que varía las voces y guarda siempre el misterio: el lenguaje se estrella ante una realidad indescriptible y por lo mismo nunca la agota ni la explica del todo.

La linealidad clásica se rompe en episodios breves, algunos tocados de naturalismo, otros alucinados, alguno antropológico; y hay una amenaza persistente, un anuncio de tragedia, un aire apocalíptico en ese páramo donde toda la energía humana, la alucinación de la fe y el latido de la naturaleza parece desbocarse sin límite. Si en algunos tramos la narración es contenida y descriptiva, en otros parece rendirse ante un gran estallido que concentra toda la tensión acumulada, la mala suerte, el hambre, la desdicha, la pulsión sexual, la curiosidad y la espera ante el espectáculo. Todo parece rodear, finalmente, la historia de una niña rescatada de un lugar inimaginable (“era el basurero de la pobreza y olía como el único pozo ciego del infierno”) y, según dice el narrador de turno en aquel capítulo, “esta historia, aunque no lo parezca, trata de su suerte”. Con esta novela quebrada y compleja, que no le teme a los vacíos, a la incoherencia y a la furia, Celedón da un paso más en una trayectoria que destaca por la variedad de los recursos que pone en juego en cada nueva entrega. Y si lo breve es lo suyo, hay que decir también que la depuración extrema de sus relatos le otorga a la vez una densidad muy poco habitual en la narrativa chilena.

Matías Celedón. Hueders, Santiago, 2014. 93 páginas.

Flores nuevas

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 19 de julio de 2014

Flores-nuevasEl argentino Federico Falco nació en General Cabrera, en la provincia de Córdoba, y, a juzgar por sus relatos, también se crió en aquellas tierras: en los seis cuentos recogidos en este volumen, tanto el paisaje como la especial sociabilidad provinciana son la materia que nutre un desarrollo narrativo por lo general clásico, pero sin duda atractivo.

Falco construye buenas historias que se adentran en esa manera de vivir, que conjuga la amplitud del horizonte de la planicie con la cerrazón de perspectivas que parece inherente al pueblo chico, donde todo tiene un aire de rito vacío, y que cifra la identidad y el destino en cuidar los límites de lo conocido, aunque en ese devenir alimenta tensiones, odios y rivalidades que crean grietas subterráneas en el paisaje aparentemente tranquilo.

“El cementerio perfecto”, el cuento más extenso del libro (que podría haberse estirado hasta constituirse en una novela; hay un gran mérito del autor en mantenerlo como un cuento largo, una nouvelle de bien cuidada arquitectura), ilustra perfectamente el modo en que Falco dispone los elementos para crear el especial clima de sus relatos, cuyo melancólico humor actúa como un leve contrapunto para la tristeza que los recorre. El pueblo de Coronel Isabeta no tiene cementerio; los muertos van al del pueblo vecino. El intendente de la localidad, cuyo padre, de 104 años, tiene una fractura en la cadera y debería morir de un momento a otro, quiere cambiar tal estado de cosas y contrata a un especialista en el diseño de cementerios, que advierte de inmediato las posibilidades estéticas de la ladera del cerro que se alza a un costado del pueblo y pone manos a la obra.

Pero lo que parecía ser el homenaje de un hijo a su padre saca a la luz historias familiares y tensiones pueblerinas que amenazan la obra y angustian al diseñador, cuya vida solitaria y volcada a su trabajo queda expuesta con una cruda luz, apenas matizada por, ya está dicho, el humor suave y casi a contrapelo que se cuela en todos los cuentos. Ya se trate de las fiestas de 15 y los embarazos juveniles, del sentimiento de culpa o del ímpetu revolucionario, de suicidios o de accidentes de autos, la radiografía de la provincia que Falco lleva a cabo seduce por la calidad de las historias, pero sobre todo por esa nota sostenida de melancolía y distancia que hace más cercanos a personajes de vidas anodinas y, claro está, provincianas.

Federico Falco. Montacerdos Ediciones, Santiago, 2014. 167 páginas.

Imitación de Guatemala

Reseña publicada en la revista «El Sábado» del diario El Mercurio, 9 de agosto de 2014

portada-imitacion-guatemala_grandeLa velocidad de la actual industria editorial determina que ya sea muy difícil encontrar obras, incluso relativamente recientes, de escritores latinoamericanos. Alfaguara ha tomado una muy destacable iniciativa para ponerlas nuevamente en circulación. Ya han aparecido dos volúmenes de novelas del peruano-mexicano Mario Bellatin, con el valor agregado de que muchas nunca tuvieron distribución en todo el ámbito de habla hispana; y acaba de llegar a Chile Imitación de Guatemala, que reúne cuatro novelas cortas de Rodrigo Rey Rosa, uno de los más destacados escritores de su generación (que es también la de Roberto Bolaño, Juan Villoro y Horacio Castellanos, entre otros). Que me maten si… es de 1995; El cojo bueno, de 1996; Piedras encantadas, de 2001; y Caballeriza, de 2006.

Y si al menos en el primero de Bellatin se echaba de menos una nota editorial que indicara los datos bibliográficos del material reunido, en éste el mismo autor escribió una nota introductoria donde dice, con ironía, que “releerse a sí mismo no es necesariamente una experiencia agradable”. Rey Rosa escribió estas novelas luego de su regreso a Guatemala “poco antes de la firma de una supuesta paz”. Se trata de obras que el autor califica de “ficción política” (línea que ha prolongado en obras más recientes) que retratan con crudeza y profundidad un país en donde “el linchamiento ha sido la única manifestación perdurable de organización social”. Sin embargo, Rey Rosa está muy lejos del sospechoso ámbito de la literatura comprometida, aquella que se pone al servicio de una causa y que por lo mismo suele transigir con las exigencias artísticas. Lo del escritor guatemalteco es, antes de cualquier otra cosa, excelente literatura, que se adentra con paso firme tanto en los meandros de la violencia como en las ambigüedades y contradicciones que supone toda vida.

En estas ficciones no hay héroes, pero sí víctimas; hay testimonio, pero el de personajes que asisten un poco a contrapelo, por la fuerza de las circunstancias, a la dificultad de vivir en un país donde la violencia cambia de signo, pero no de formas; donde la corrupción y el cacicazgo parecen modos naturales de convivencia; donde mirar un poco más allá, o siquiera de soslayo, puede ser un gesto que acarree la sospecha y la persecución. Rey Rosa trabaja sobre zonas ambiguas y casualidades impredecibles que desencadenan el trabajo del azar, y esa exploración es profundamente reveladora sobre su país y su gente.

Rodrigo Rey Rosa. Alfaguara, Madrid, 2013. 361 páginas.